El otro día un exjefe mío (podría decir que el único verdadero jefe que he tenido descontando anécdotas, como mi tiempo de becario o mi periodo en Nueva Zelanda) me mando un WhatsApp recordándome una anécdota de Rutherford (Ernest o Lord, según quien lo mente, el descubridor del núcleo atómico y primer premio nobel neozelandés) que me ha hecho plantearme una pregunta.
La anécdota es que un día un profesor de física amigo suyo visito
a Rutherford (supongo que en este caso a Ernest) con un alumno al que había
puesto un cero cuando el alumno consideraba que se merecía un 20 (si, al
parecer ese examen, o al menos el ejercicio en debate, puntuaba 20 puntos) para
que hiciera de juez en la discrepancia y fijara que nota se merecía el alumno.
La pregunta en conflicto era “¿Cómo es posible determinar
la altura de un edificio con ayuda de un barómetro?” y la respuesta del
alumno había sido… “se sube a la cima del edificio, se toma el barómetro, se
le ata una cuerda, se deja deslizar hasta el suelo, luego se sube de nuevo, se
mide la longitud de la cuerda y eso da la altura del edificio”. Obviamente
la respuesta es totalmente correcta. El argumento del profesor para suspender
al alumno era que se trataba de un examen de física y no había empleado
conocimientos de física (algo que podría estar implícito en el hecho de que el
examen fuera de física pero que no estaba estipulado en la pregunta).
Rutheford, contrario a la división salomónica, opto
por darle otra oportunidad al estudiante para responder a la pregunta, pero
esta vez dejándole claro que debía utilizar la física y que para ello tenia
seis minutos (si, ni cinco ni diez; Rutherford era físico) y según su
respuesta pues le pondría un cero o un veinte (nada de medias tintas).
El estudiante acepto y se sentó, ante la, supongo yo, atenta
mirada de ambos profesores, con papel y lápiz para responder.
A los cinco minutos Rutherford, al observar que el
estudiante no había escrito nada, mosca y convencido de que claramente se
merecía la nota que le había puesto su amigo profesor (el famoso cero), le
pregunto “si renunciaba y se marchaba”.
El alumno le dijo que “para nada, es que el problema
tiene muchas respuestas y no sé cuál de ellas me convence más, me parecía la
mejor, o más bien cual convencerá más a Rutherford”.
Rutherford, diría que yo un poco harto del alumno, le
pidió disculpas por la interrupción y le dijo que siguiera.
En el minuto que le quedaba escribió “coja el barómetro y
láncelo al suelo desde la azotea del edificio, calcule el tiempo de caída (t)
con un cronómetro. Después aplique la formula altura = ½ g t2 y
obtendrá la altura del edificio.”
Obviamente ambos profesores tuvieron que darla por buena,
era correcta y aplicaba un principio físico(aplicación directa de la formula
del movimiento uniformemente acelerado con velocidad inicial de cero), así el alumno
obtuvo sus veinte puntos (seguramente para cabreo del profesor que le había
suspendido ya que esa no era la respuesta que esperaba).
Rutherford, curioso como todo científico y,
seguramente, un poco mosqueado por la seguridad del estudiante sobre todas las
respuestas que según el tenia, no pudo o no quiso dejarlo así y le
pregunto qué otras respuestas había estado pensando.
A lo que el estudiante respondió “pues hay muchas
maneras. coges el barómetro en un día soleado y mides la altura del barómetro y
la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra
del edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura
del edificio; coges el barómetro y te sitúas en las escaleras del edificio en
la planta baja. Según subes las escaleras, vas marcando la altura del barómetro
y cuentas el número de marcas hasta la azotea. Multiplicas al final la altura
del barómetro por el numero de marcas que has hecho y ya tienes la altura;
puede atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si fuera un péndulo. Si
calculamos que cuando el barómetro está a la altura de la azotea la gravedad es
cero y si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al
descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular
del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla
fórmula trigonométrica, podríamos calcular, sin duda, la altura del edificio.
En este mismo estilo de sistema, atas el barómetro a una cuerda y lo descuelgas
desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedes calcular la altura
midiendo su periodo de precisión”; todas respuestas correctas para resolver
el problema (si bien algunas de ellas no aplican la física).
Hizo una pausa (quiero imaginar) y añadió “pero la mejor
seria coger el barómetro y golpear con él la puerta de la casa del conserje.
Cuando abra, decirle:-Señor conserje, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted
me dice la altura de este edificio, se lo regalo”. (vale, tiene el problema
de que igual el conserje pues no sabia la altura del edificio pero pensemos que
eran otros tiempos y otros conserjes)
Rutherford aceptando que para resolver el problema
todas las respuestas eran válidas, pero ya un poco rallado con el estudiante,
le pregunto “pero ¿sabe la respuesta convencional”.
Obviamente el estudiante la sabia, como supongo que la
sabéis todos y le dijo “la diferencia de presión marcada por un barómetro en
dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos
lugares por lo que basta con medir en la calle y en la azotea y restar” pero
a continuación de esto añadió un especie de “no quería decirla” ya qué “sus
profesores habían intentado enseñarle a pensar y que estaba harto de la
universidad y de los profesores que intentaban imponerle la idea de que solo
había una forma de pensar correctamente”. (respuesta impecable a la que
solo le falto añadir, con respecto al primer profesor, que los profesores
deberían hacer enunciados completos y precisos, si quieren respuestas
adecuadas).
Por si alguno se lo pregunta o considera que el estudiante
no merecía su nota, solo os diré que se trataba de Niels Bohr, ganador
del premio por su modelo del átomo e innovador de la teoría cuántica que podría
haberse quedado sin estudiar física por un profesor, digámoslo claramente, algo
inepto y formalista. Curiosamente la identidad del profesor que quería una
respuesta determinada no se ha incorporado a la anécdota y seguramente tampoco
a la historia ya que es el único personaje que no gano un premio nobel
(supongo).
Lo que más me sorprende de esta anécdota es que, normalmente
y así estaba en el texto que me enviaron, se atribuye a Rutherford y no
a Bohr cuando para mi dice mucho mas del segundo que del primero,
sirviendo para dejar bastante clara la personalidad o el carácter de Bohr (algunos
dirían el típico tocapelotas pero no yo que me solidarizo con él).
Quitando que ya me gustaría a mi que algún día se pudiera
contar una anécdota tan buena de mí (lo del nobel lo descarto) me pregunto si
hay alguna anécdota mía que diera una medida tan aproximada de mi carácter o
personalidad (si, seguro que las hay y para eso tenéis los comentarios) o a
falta de anécdota, una frase que me definiera.
Puede que sea porque acabo de volver de vacaciones, pero lo
único, lo mejor, que se me ocurre ahora, es que “soy el tipo de persona que
tiene una bombonería favorita en NYC” (que por cierto tras unos años sin
tenerla localizada, habiendo estado cerrada, ha abierto de nuevo en una zona
visitable y que obviamente os recomiendo visitar) que no esta al nivel de la
anécdota, pero que, a mí me parece, dice mucho de mi carácter, preferencias y
personalidad pero podéis opinar.
Pues nada, contada esta anécdota (que os cuento además de
por ser curiosa, porque para mí define muy bien la necesidad de tener buenos
profesores y de no cerrarse a opciones estrictamente convencionales, asumiendo
que el empleo de soluciones no convencionales es algo sumamente valido y que
debe impulsarse durante la formación; carencia, la de buenos profesores, que mi
sobrina – que tiene, como varios más de la familia, lo que podríamos denominar
líneas de razonamiento divergentes o no convencionales – está sufriendo
en algunos exámenes. Algo bastante triste, me parece a mí; por no decir
preocupante y frustrante) pasemos a las lecturas que igual es a lo que habéis
venido, o no; dejando claro que por aquello de ser Agosto y estar mis librerías
de referencia (si Méndez en la calle Mayor, e incluso, aunque aún no
está claro que tenga esta categoría, In-verso aquí al lado, en Augusto
Figueroa)de vacaciones parte del mes pues alguna compra ha sido fuera de mi zona
de confort.
Mi primera lectura del mes fue Punto Cero, una historia policiaca
de un escritor clásico japones del que ya había leído otra que no me acabo de
convencer. Esta tampoco lo ha hecho pese a la curiosidad de que siendo una
novela de 1959 la protagonista sea una mujer (no policía) investigando sobre la
desaparición de marido poco después de la boda. No es que sea mala, se deja
leer y algunas cosas del Japón de poco después de su derrota en la segunda
guerra mundial (sobre todo los temas familiares y de registro de familia) pues
resultan interesantes como eso de que los militares llamaban a las jóvenes
japonesas que ofrecían sus servicios sexuales panpan, sin aclarar la
nota del traductor si este nombre es la onomatopeya de las palmadas que los
militares daban para llamarlas o del sonido de sus tapados de tacón. Pero nada
es lo suficientemente interesante para absorber y disfrutar de la historia.
Esta plaga de almas, me parece un titulo excelente,
especialmente cuando uno piensa en esa parte de sus congéneres a los puede
aplicarles que “El cielo matutino se carga de nubes que filtran la lluvia
entre la luz gris; este día no tiene salvación. Algunas personas ya están en la
calle: una raza agobiada, con la vista fija en el suelo, desanimada antes de
que la jornada haya empezado a respirar. Tienen la expresión resentida de
hombres y mujeres que desearían estar en otra parte, en cualquier otra”;
especialmente si uno es el tipo de persona para el que “La intimidad de
compartir sentimientos no era su forma de hacer las cosas.”
No, con ese tipo de persona no me refiero a mí
(maledicentes), que, en este libro, hasta la intervención de mis médicos y de
sus criterios uniformes, yo estaba más próximo a ese otro que “Siempre ha
sido gordo. Nealon lo ve ahora claramente; no es un hombre abrumado por un
exceso de carne en la madurez. Se le ve demasiado cómodo con su volumen,
demasiado despreocupado por su corpulencia. No hay nada del pesar que tantas
veces ha notado en hombres de esa edad que han sucumbido a la carne. Este
hombre lleva toda su vida viviendo en paz con su persona.”; si, así cómodo,
despreocupado y en paz era yo.
Como se trata de una novela que pasa en una zona muy rural
de Irlanda no esta nada mal recordar la opinión del protagonista sobre sus
paisanos, rurales y no tan rurales: “Nealon lo toleraba porque sabia que
esos hombres eran necesarios para la vida rural, hombres que se dedican a su
trabajo sin sentimientos incapacitantes. Mas tarde, en sus años de estudiante,
llegaría a sentir por el un respeto diferente cunado se vio rodeado de
insípidos vegetarianos y demás amantes de los animales. Para Nealon, su mirada
hipersensible era una negación enfermiza de toda la mierda, la sangre y el
dolor de los que se nutre la vida. Sus remilgos insulsos hicieron que se
distanciara rápidamente de ellos con desagrado. La vida rural no era un idilio
pastoral poblado de santos campesinos y animales cariñosos, lleno de utensilios
caseros suavizados por el uso venerable. La granja era un reino pringoso que
palpitaba de dolor en ciclos de muerte y renovación teñidos de boñigas verdes y
mucosidades sanguinolentas.”
A ver, hay compras de las que uno solo puede culparse a si
mismo, este es el caso de Aburridisima, que ya desde el titulo pues como
que no hacia presagiar nada bueno, si le sumamos el hecho de ser una colección
de historias y que al parece la autora “fue actriz, escritora, performer y
figura clave de la contracultura japonesa” pues, como dice aquel “¿Qué
podía salir mal?”. Sinceramente creo que no haya nada que salvar en este
libro y cualquier otro mes ni me habría acercado a el (bueno, miento si
estuviera en mi librería de referencia en un buen lugar; pues sí, igual o
habría cogido). En fin, por destacar algo, ese “cuando se trataba de
satisfacer su ego, podía ser mas codiciosa que un viejo prestamista.”, pero
ya veis el nivel.
He de reconocer que de La vida al final no tengo
ahora mismo ningún recuerdo, no puedo decir si es buena o mala, si bien me temo
que no será demasiado buena ya que no he marcado ninguna frase ni ninguna
pagina como algo a recordar. De hecho, releo la contraportada que me cuenta que
va sobre un abogado al que le diagnostican una enfermedad terminal y se dedica
a prepararse ante lo inevitable y despedirse de sus seres queridos. Pues
nada, ni con esta sinopsis consigo recordar nada de esta novela. Eso ya dice
bastante.
Sobre Algo supuestamente divertido que nunca volver a
hacer, estoy seguro de que todos habréis adivinado que mi única razón para
comprarla es que me gusto el título. Mas dudoso era el hecho de ser una
recopilación de artículos, o ensayos, sobre la cultura norteamericana escritos
en los noventa por un autor que me sonaba, pero no lo suficiente como para
situarlo en el espectro de divertido o aburrido. Según mi librera era
divertido, en el estilo de Fran Lebowitz, autora que ya he comentado me
parece fundamental y divertidísima. Lamentablemente o mi librera no ha leído a
Lebowitz o la confunda con la fotógrafa porque ni por la extensión (hay
artículos de mas de setenta paginas) ni por el sentido del humor o la visión crítica
y cínica se parecen en nada. Solamente esta frase, hablando sobre el ascenso de
Reagan y de, en general, de las posturas conservadoras se salva “La mayoría
de nosotros seguimos prefiriendo el nihilismo al neandertalismo”; aunque
según las encuestas, las elecciones, y los comentarios generales parece que
esta mayoría es cada vez más minoritaria e incluso a veces pienso que los
neandertales eran demasiado evolucionados para clasificar de esto a una gran mayoría
de congéneres.
Ya con mis dos librerías cerradas pues me acerque a otra muy
conocida, también en el barrio, donde me compre, sin demasiadas ganas he de
reconocer, Incierta gloria, novela de un catalán y escrita en catalán
sobre la guerra civil, o, mejor dicho, situada en la guerra civil ya que
realmente es sobre triángulos amorosos (o figuras mas complicadas que el
triángulo) y la mejor frase, obviando la referencia a la existencia de un gremio
de tocineros (al menos en la Barcelona de esa época; cuya festividad , por
cierto, es el 17 de enero, dato que merece apuntar para celebrar) está al
principio con ese “no sabemos nada de los demás, ni nos importa; en cambio,
desearíamos que los demás nos conocieran a fondo. Nuestro afán por ser
comprendidos solo puede compararse a nuestra desgana por comprender a nadie.”;
algo con lo que, como lector, pues solo puedo estar parcialmente de acuerdo ya
que igual comprender a personas reales no me interesa mucho, pero a personajes
de ficción pues un poco más.
En cualquier como novela guerra civilista pues tiene alguna
referencia a la religión como esa sobre los borrachos que “si beben, es para
ahogar en vino el sentimiento del vacío, «el primer paso hacia la religión»”;
o esa otra referente a la triple negación de San Pedro “como impresiona la
indulgencia de Jesús ante ese defecto que los jóvenes rara vez perdona: la
cobardía” que siempre resulta curioso pero que en tiempo de guerra tiene más
sentido.
Curioso también me ha gustado que me recuerde como “Por
lo visto hace apenas cien años las distintas clases sociales vivían en los
mismos edificios; la diferencia la marcaba el piso. Cuanto mas pobres eran, mas
cerca del cielo vivían.”, algo que ha cambiado tanto por el status de los
áticos como por la existencia de urbanizaciones exclusivas o diferenciadas;
pero más curioso, teniendo en cuenta que hablamos de 1930, es, al menos para
mí, esto de “Otro asunto que daba pie a interminables peroratas era el de
cierto guerrillero que operaba por esas fechas en las junglas de Nicaragua o de
Guatemala, un tal Sandino, si no me falla la memoria…”; básicamente por la
longevidad del Sandinismo, o por la tradición en los nombres ya que me recuerdo
a finales de los ochenta a mí mismo, acompañado de mi hermano y un americano,
gritando semi beodos en un semisótano de Long Island eso de consignas sobre
Sandino y sobre otras chorradas. Ya digo, nunca se sabe.
Antes de que alguien, basado en la selección de frases, piense
que es una buena novela he de decir que a mi solo me ha gustado, no demasiado,
una de las tres partes que la componen pese a que en la misma hay ideas que
suscribo completamente como “Ella es muy sensible al asco, lo que es lo
mismo, sin el menor sentimiento. Porque los sentimientos, poco o mucho, siempre
son sucios; no me lo niegues.”, aunque los seguidores del orden y del
minimalismo piensen lo contario; o esa otra con la que todos valoramos el mainstream
o la repetición de las marcas y locales iguales, “He llegado a pensar que
toda idea, por buena que sea, se vuelve malvada si se difunde demasiado”.
Ya dicho, no me ha convencido, ni siquiera con ese “Distraerse
el la cosa más aburrida del mundo. Es mucho mejor quedarse en casa y
abandonarse a la tristeza; la tristeza, si uno se esfuerza en tomársela con
calma, puede llegar a ser tan sedante como una lluvia de primavera. Si
supiéramos sacar partido de nuestra tristeza, quizás descubriríamos que la
única felicidad posible en este mundo es la de una tristeza clara y resignada.
Pero hay momentos en que la tristeza nos muestra su expresión mas repulsiva;
hay momentos en que no es ya ni
tristeza, que es apenas vacío, aridez, tedio de vivir, y entonces… Y pese a
todo, el entretenimiento es mucho mas vacío y árido; el entretenimiento lo seca
todo, todo lo que toca lo marchita.”, que, pese a que me gusta, no me
convence del todo por ser excesivo y desprestigiar las distracciones (que son
necesarias); una cosa es aceptar la tristeza como algo natural y otra darle
este peso.
Las vidas secretas de las mujeres de los asesinos, me
parece un gran título, incluso más que para un libro, para una serie de
televisión (o plataforma, que se que ya la televisión prácticamente no existe)
pero mas que como se plantea en el libro con las mujeres investigando otra
serie de asesinatos como reportaje de que notaban o que no, si habían visto
cambios, como los habían gestionado y ese tipo de cosas. Si damos crédito a las
series de asesinos en serie sería una tarea difícil ya que normalmente la
esposa (o la inexistencia de una relación) es precisamente uno de los
desencadenantes o es la primera víctima. Difícilmente sobrevive, lo que me
lleva a una de las reflexiones del libro “Una vez oí decir que los mayores
temores de las mujeres en la vida son la agresión sexual y la muerte. ¿Y para
los hombres? Lo que les quita el sueño es la idea de ser rechazados y
humillados por una posible pareja. ¿No es patético? Que libres deben sentirse
ahí fuera; viven la vida como algo normal. Que increíblemente liviana debe ser
su existencia: vagar por donde quieran sin miedo, con la seguridad de que son
intocables y lo peor que puede pasarles es que la chica guapa que les gusta los
rechace.”; en la que teniendo razón creo que se equivoca en valorar como
patético, liviano algo que debería ser normal, o igual de normal, para todos.
La novela en general carece de la gracia suficiente y solo
me he reído con eso de “los hombres mas aburridos sienten la necesidad de
cultivar «su imagen» vistiéndose como los Beatles.”, por aquello del
parecido razonable con algún conocido, aunque entiendo aplicable a cultivar “otras
imágenes” que cultivan conocidos que ya no tienen la edad necesaria.
Correcta pero olvidable.
Es curioso que siendo yo un fan de Murakami, del
bueno, no del que la gente, los hípsters (si es que quedan) pasea sus
libros por Malasaña y Lavapiés, no me hubiera leído su primera
novela, Azul casi transparente. Mi desconocimiento es todavía más
curioso si consideramos que se editó en español en 1982 y trata de unos jóvenes
japoneses cerca de una base militar norteamericana dedicados a poco mas que las
drogas y como conseguirlas. Vamos, en cierta medida, una versión japonesa de Menos
que cero y la típica novela que yo debería haber leído en su día (no
descarto haberlo hecho).
Tal vez en su día me habría parecido interesante y me habría
gustado, pero ahora me ha parecido floja y muy por debajo del desfase de sus
novelas posteriores que si me gustan. Lo único verdaderamente sorprendente es
que estos japoneses, desnortados por las drogas, estuvieran leyendo La
Cartuja de Parma, algo que yo clasificaría de anacrónico más por el simple
hecho de que estos jóvenes lean, sino por que lean a un clásico como Stendahl
(aunque igual es un guiño del autor que yo no he pillado).
A veces no puedo resistirme a coger novelas simplemente por
la nacionalidad del autor (siempre y cuando estén en una editorial conocida o
tengan algo más) así que este mes me hice con El corazón negro, por
aquello de ser su autor ucraniano (o ucranio como parece que se dice ahora, o
al menos dicen en las noticias) y por tratarse de una investigación criminal
sobre la venta ilegal de carne de cerdo (obviamente no por ser carne de cerdo
sino por las restricciones tras la guerra bolchevique).
Siendo una novela entretenida, como novela de detectives o
criminal pues no tiene por donde cogerla y es casi mas una critica a la
burocracia, a sus chorradas o procedimientos que otra cosa. Tiene cosas
graciosas cuando el investigador principal, tras asistir a un curso de
interrogatorios, se queja del contenido semi vacío del mismo e incluso de que “¡Imagínate
que me obligaron a fumar para aprender a echar el humo a la cara de los
interrogados!”; o cuando en otro momento comenta “¡Los discípulos
aprenden de los maestros novatos!”, quejándose del nivel profesional de los
formadores que creo cada vez se da mas (pero igual esto es solo porque yo cada
vez soy mas mayor).
Lo mejor para mi es cuando describe a alguien como “¡Desde
luego que es honesto! – aseguro Jolodny, y se encogió de hombros de nuevo - ¡Y
también es muy capaz de mentir, ya lo creo!”; dejando claro que no existe
ninguna contradicción entre ambas cosas.
Dicho esto, he de reconocer que me ha hecho daño leer
esta errata “… sentada en la mesa y alumbrada por el calendario de tres
velas.” (¿calendario, en serio?); un poco menos de daño me ha hecho leer “Balde
de medida. Capacidad: 10 tazas, 100 Charki, 200 shkalilki” cuando he leído
la nota a pie que dice que un Charki son 123 mililitros… ¿en serio, las tazas
en ucrania eran de 1,23 litros? Y yo quejándome de los tamaños de café
americanos; y me ha sorprendido mucho que en una conversación sobre Judas
Iscariote (hablando de traiciones y traidores) uno de los personajes diga “¿no
es cierto que el fue el primero que echó a andar detrás de Jesús? ¿estaba ciego
o qué?”, que seria un detalle muy interesante pero que parece que inexacto
o que no está claro el orden real de los discípulos (cosas de la historia sagrada)
pero seguro que no fue el primero que le siguió.
Mi última lectura del mes, Operación Masacre, tenía
mucho riesgo de que no me fuera a gustar ya que es una novela de no ficción
moderna sobre unos fusilados en argentina que realmente no habían muerto o no
todos (cosas de argentinos o de militares no tengo claro como en se puede
fallar fusilando).
Al parecer el fusilamiento era conocido y no especialmente
interesante hasta que el escritor en una conversación en un bar oye que alguien
le dice a otro parroquiano que hay un fusilado que vive lo que , da lugar a la
investigación que recoge el libro.
Curiosamente parece que fue un desastre de fusilamiento (no
solo por ser totalmente ilegal ya que no existía causa para el mismo) y que no
solo sobrevivió uno sino varios (no recuerdo cuantos, pero como seis o más).
Totalmente prescindible excepto por un consejo, que al parecer es un “chiste
idiota de Rilke”, pero que parece bastante acertado: “Si usted piensa
que puede vivir sin escribir, no debe escribir.”, o por lo menos si uno no
piensa en términos meramente económicos.
En fin, me gustaría decir que ahora – tras la vacaciones –
volveremos a la normalidad de las lecturas y las visitas a mis librerías, pero
lo dudo ya que este año he ido antes a NYC, acabo de volver, y tengo una balda
llena de libros en inglés para los próximos meses con los que divertirme. Concretamente
esta:
Yo con esto, vosotros… pues ¡Divertíos, asaltando el
castillo!
Lecturas
Punto Cero - Seicho Matsumoto
Esta plaga de almas - Mike McCormack
Aburridísima - Izumi Suzuki
La vida al final - Bernhard Schlink
Algo supuestamente divertido que nunca volver a hacer -
David Foster Wallace
Incierta gloria - Joan Sales
Las vidas secretas de las mujeres de los asesinos -
Elizabeth Arnott
Azul casi transparente - Riu Murakami
El corazón negro - Andréi Kurkov
Operación Masacre - Rodolfo Walsh


























