Hoy empiezo comentando (vamos, los que me conocéis habréis leído, correctamente, “metiéndome”) con el que mucha gente esta considerando uno de los grandes avances tecnológicos de esta generación (de la anterior fue internet, que igualmente era una gran idea pero que se ha desarrollado tan deficientemente que se ha convertido en una idea pésima), avance que algunos incluso clasifican la gran revolución de esta era (posiblemente lo sea).
Empecemos por mi sobrina Ali que , como al parecer todos los
jóvenes de hoy en día, igual de vagos que los adolescentes de toda la vida solo
que esta nueva herramienta, la utilizan para hacer parte de sus deberes. Esto,
no es muy distinto a lo que hacíamos nosotros que cogíamos el “Larousse” (o
similar) para o copiar directamente lo
que decía o para escribir lo mismo, pero cambiando cosas para que no se notara
o por “inquietud”.
Hasta aquí no sería nada nuevo ni comentable, es lo mismo de
siempre, aunque existen algunas diferencias.
La primera es que, tal vez, ahora es más tentador y más
fácil copiar las cosas tal y como te las da ya escritas la “maquina”, vamos
que, al no tener ni que copiarlo, pues te facilita mucho tirar por la vagancia.
Otra, para mi más importante, es que elimina la necesidad de
“ir buscando” cosas que quieres contar o explicar ya que es la “maquina” la que
hace la búsqueda de todo lo que a ella le parece que tiene que contar, basada
precisamente en las búsquedas de otras personas, lo cual si lo piensas bien es
casi un consejo para dejar todo para ultima hora cuando ya estén “incorporadas”
las búsquedas y los resultados de los más listos.
Siendo estos dos temas relevantes el problema fundamental de
los modelos actuales de estos sistemas (LLMs, Large Language Models, que los
llaman ) es, como mucho mejor demuestra mi “desconocido” Neal Krawetz, que en
general son decepcionantes ya que muchas veces, generan “Rube
Goldberg-esque solutions, hyperfocus on minutia, and provide
inaccurate or fictional responses”; o dicho simplemente “mienten”.
No es que mientan siempre, pero si está en su esencia la
capacidad de mentir, por dos fenómenos similares que el diferencia en
“alucinaciones” y “confabulación” (otros autores consideran ambos como el mismo:
como la necesidad de responder, la incapacidad de decir “no lo sé” y de carecer de un sentido de “lo que es verdad”).
Como consecuencia de los cuales o bien
“alucinan”: llegan a una conclusión para la que no tienen información, pero les
“suena creíble”; o “confabulan”: escogen un camino equivocado basado en
minucias e información no relevante o, sencillamente, incorrecta pero que está
en su modelo, no olvidemos que gran
parte de “la red/ el modelo” está llena de chorradas sin verificar).
Y esto, esto es un gran problema. Yo diría que es como “una bola de nieve descendiendo por la ladera
del himalaya” ya que, en el caso de tener un escaso conocimiento, pues implanta
un conocimiento completamente erróneo y sesgado que se trasmite y que se
retroalimenta.
Esto ya es malo de por sí, pero es que además algunos
profesores (que a vagancia pueden llegar a superar a los vagos de sus alumnos)
ahora usan esta misma tecnología para “detectar” si algo está escrito por una
persona o por “la maquina”, así que cogen el texto y lo pasan por “un detector
de IA”, que obviamente puede que acierte y clasifique el texto como generado,
por ejemplo en el caso de que sea una copia directa y extensa o de que tenga
las típicas “coletillas” del proceso que el vago del alumno ni siquiera se
molestara en borrar (lo que vendría ser equivalente a copiar el pie de página
del Larousse) pero también puede que falle estrepitosamente y clasifique como
algo generado algo que simplemente esta bien escrito y es correcto.
Esto es muy arriesgado, hay cientos, probablemente miles, de
abogados especialistas debatiendo autorías de canciones o textos en juzgados
conclusiones cuando menos dudosas; a la par que dañino para los que de verdad
lo hagan bien.
Ahora bien, si uno introduce erratas o errores marginales
(algo que además de hacer muchas veces involuntariamente, a veces también hago
voluntariamente – cual bordador de alfombras persa, que siempre introducían un
fallo porque la perfección solo estaba al alcance a Ala - sabiendo que el que
lo va a revisar va a estar mirando hasta que encuentre el fallo por lo que una
vez encontrado pues ya se relaja) pues es probable que lo de por valido. Es
decir, que para evitar estos problemas estos sistemas promueven que uno añada
errores.
Por otra parte, si el texto es algo que “solo” has corregido
con un programa, pero en el que la base es tuya es probable que sea clasificado
como generado y por lo tanto rechazado cuando precisamente esta puede ser una
buena utilidad de este tipo de sistemas: el de ayudarte a expresar mejor lo que
querías decir, vamos que si lo usas para ayudarte pues puedes tener problemas.
No se si explico alguno de estos problemas o desvarío pero
para terminar esta parte, antes de pasar a lo libros, solo os contare que
parece que esto mismo está pasando en los servicios de Recursos Humanos, que
antes recomendaban que corrigieras tu CV con IA pero que ahora, aunque
inicialmente los valoran mejor, finalmente los rechazan por generados. (a menos
que introduzcas errores que luego se volverán en tu contra en la entrevista
personal) y además se ha detectado un corporativismo entre sistemas. Así los
RRHH que usan para la comprobación automática, digamos ChatGPT valoran,
notablemente, mejor los generados con su herramienta que los hechos con,
digamos, Claude y viceversa; pero siempre mejor que los no generados.
Encontrar, entre las novedades de mi librería de referencia
(si, ya sabéis, pero, para que quede constancia, yo repito su nombre: Méndez en
la calle mayor) La maldición de los Stensson pues me sorprendió porque
pensaba que su autor, un nombre sueco, solo quería escribir la trilogía que ya había
escrito pensaba yo que, como justificación de eso, de ser noble y no tener que
trabajar para ganarse la vida, la buena vida, pero como su trilogía me había gustado
pues me la compre sin dudar.
Me ha parecido mucho mas floja que la trilogía, de hecho
casi me han aburrido todas esas rencillas entre nobles y la lucha por unos
reinos con unas dinastías que desconozco completamente pero que cuando uno
comprueba el árbol genealógico que viene en la contra guarda del libro comprueba
que para el autor es una saga familiar, de su propia familia quiero decir lo
que no le añade la gracia suficiente. El caso es que como esta ambienta en 1434,
puede que brillantemente, ni lo dudo ni tengo mas pruebas que la existencia de
frases que desde luego no tienen el filtro actual como esa de “Eberstein
escupe una sarta de improperios contra las mujeres y concluye que preferiría que
tuvieran la inteligencia de los perros: un cachorro prende toda la vida con un
azote, mientras que una mujer aguante palos sin volverse nunca más sabia.”;
aunque al introducir personajes femeninos pueda contrarrestar este efecto con replicas
femeninas a amenazas de duros hombres del norte, como esa de “Sangre – Ella lo
mira con desprecio -. No me sorprende que le tengas miedo; no estas acostumbrado
a verla. Yo, en cambio, he sangrado cada vez desde que cumplí doce años.”, a
las que les sobra el sentido común de algo normal pero ignorado por muchos, por
no decir casi todos, hombres, incluso hoy en día.
Cogí El amo del corral estando completamente seguro
de que ya la había leído (cuando se edito a finales de los noventa, con mucha
fama de y tuvo bastante fama) e incluso con
la sospecha de que, al tratarse de un conflicto
de basuras, que podía tratarse de esa versión inexistente sobre la mafia de las
basuras que yo, unilateralmente, atribuyo a Don Wilson pero que no,
tampoco es esta novela. Esta es una biografía de un personaje ficticio que se
convierte en el centro de una rebelión de los trabajadores de recogida de
basuras en una localidad de Pensilvania convirtiéndose en un héroe popular prácticamente
sin hacer nada. La verdad es que se lee bastante bien pese a que no he
conseguido marcar nada destacable en la misma lo cual, pues nunca es buena
señal de la calidad de la novela.
Escogí La noche devastada mas que por mis gustos
personales, que a mí las novelas de terror, de casas encantadas, pues no me van
mucho, como regalo para Alvaro ya que va sobre unos adolescentes franceses de
los años noventa aficionados pues a las cosas de adolescentes de esa época como
Nirvana, las películas de terror y otras cosas que, con matices son propias de
todas las adolescencias. El caso es que me la leí y no me disgusto, incluso diría
que esta bastante bien en su género (no es que yo sepa mucho de este género) y
solo puedo decir que se deja leer, pero sin dejar huella y, una vez, mas sin
haber marcado ninguna frase como especialmente brillante.
Con El barman del Ritz me paso algo parecido: el titulo
me obligaba a comprarla, si no para mi pues para Alvaro, pero que fuera una historia
real, ambienta en el Paris ocupado, con un barman que era judío pues como que
tiraba bastante para atrás y hubiera sido un error ya que solo por frases como “Si
el coctel es un arte de rigor y mesura, llevar un bar es, por el contrario, el
arte del desorden; dejar que la vida se desborde, jugar con los límites,
aceptar sobrepasarlos a veces, en eso ha consistido el éxito de Frank Meier,
mas incluso que en sus célebres combinados. Esa es también su ambigüedad, la de
un espíritu disciplinado imantado por el anticonformismo.”; que en mi modesta
experiencia es totalmente cierta, si no para todos los bares o las personas, si
para muchos, o al menos para los que a mí me gustan; o esa otra sobre las
cualidades de un barman “Poner la realidad a un lado, atenerse a la lógica, decirle
al cliente lo que quiere oír; Frank jamás había imaginado que una vida de
barman lo entrenaría para los interrogatorios”, que aporta una nueva visión
de lo que da este trabajo en la que, obviamente, uno nunca piensa.
También esta esa respuesta a lo que a filosófica pregunta de
que le gustaría a uno escuchar de Dios cuando
llegara la hora, ese impecable “No hay sitio Frank, vuelva más tarde.
Creo que eso estaría muy bien.”, que algunas noches algunas personas no
encajan tan bien como deberían; e incluso ese consejo de “No se lo tome todo
en serio, Frank, la frivolidad es el principio de la sabiduría. Es un poco
pronto, pero sírvame un gin-tonic y brindemos…” que sin llegar a ser un
Churchill pues es muy aceptable. Pues eso, que bastante bien.
Como ya he comentado otras veces uno tiene sus tradiciones y
comprar La intriga del funeral inconveniente, por ser una novela de
Mendoza, pues entra entre ellas y por lo tanto es algo inevitable, mas
inevitable si es una novela alineada con esas primeras de broma de las que tan
bien recuerdo tengo. Sin ser mala, es entretenida de forma general, pues como
muchas cosas tradiciones, que ya son más un espectáculo anodino, o como la nostalgia
pues ya no es lo que era.
Una tradición que para mi es obligatoria es comprar,
preferentemente en inglés, cada nueva novela de Irving, no solo por se uno de
mis escritores favoritos si no por ser uno de los pocos gustos que comparto con
la supermodelo más conocida de mis años adolescente o post adolescente. Así que
la compra de La reina Esther era obligatoria, para mí, e incluso
apetecible ya que tenía una extensión bastante más manejable (quiero decir reducida)
que las últimas novelas, mancuernas casi, de Irving permitiendo la
lectura en la cama sin riesgo para la vida. Incluso, según la contraportada
pues volvía a terreno conocido (al de “Príncipes de Maine…”) con lo que prometía
incluso más. Pero, creedme si os digo que lo he intentado pero que no he conseguido
terminármela. Ya van dos de Irving que no consigo terminarme lo que obviamente
indica que uno de los dos, o los dos, hemos cambiado mucho en todos estos años.
Tras esta racha de lecturas decepcionantes pues me daba un
poco de pereza enfrentarme a Los malos muertos una novela teóricamente policiaca
que pasa en las excavaciones arqueológica de L’Escala y que solo había
cogido porque me recordó un verano que pase en un campamento de verano allí cuando
era pequeño y del que lo que mas recuerdo (obviamente no son las ruinas que
seguro que visitamos varias veces) es una feria en la que el gran premio de
jugar a los dardos (si, extrañamente el juego de la feria no era con escopetas
de balines, algo a lo que estábamos más acostumbrados los chavales, por el
propio campamento, donde practicábamos y jugábamos con escopetas, sino con
dardos) era uno coco entero (los de consolación eran trozos de coco, bastante
secos por el sol y el calor). El caso es que en aquella época yo jugaba muchos
a los dardos porque teníamos una diana en el pasillo de casa, contra la puerta
de la habitación de los chicos, y pese a que la puerta ya era poco más que un
colador de tantos agujeros que tenía, la verdad es que no tenia rival por lo
que gane varios cocos para sorpresa de todo el mundo (algo que también me pasaría
posteriormente cuando, ya adolescente, jugaba a los dardos en El León Rojo
para sorpresa de amigos y disgusto de desconocidos y camellos que apostaban en
contra de aquella pareja de chavales que no tenían edad para estar en ese bar y
mucho menos para beberse las pintas honradamente ganadas a los dardos).
Aparte de este viaje en la memoria a aquel verano en L’Escala
pues la novela ni fu ni fa (6-7, no como nota, que sería alta, sino por si hay algún
preadolescente leyendo esto), se deja leer, pero poco más.
Mi ultima lectura, La mejor edad, pues también
entra en el catalogo de autores semi obligatorios, o por lo menos en esa lista
de aquellos por los que de vez en cuando siento curiosidad (en la categoría de
poetas o letristas metidos a la tarea de escribir una novela, o como diría mi
hermano a terminar algún renglón de vez en cuando). Es cierto que basta con leer
la contraportada, la descripción general de la historia que es la de un juez
que visita, treinta años después de la condena, en el bar que regenta a su primer
condenado al que sabe que condeno sin pruebas sin que quede claro que busca del
encuentro y con la duda de que deparara este encuentro. Se deja leer aunque
aporta poco aunque tenga esta frase de “No digo que no, y puedo cambiar de opinión
como cambio de bebida” que, aunque parezca fácil, todos sabemos es bastante
difícil en general y mas con la edad (yo he cambiado varias veces de bebida pero
muchas mas de opinión) y un poco pero (por su longitud) esta otra de “En la
barra del bar, se aprenden muchas cosas, es una lección constante de vida, cada
bebedor parece un catedrático dispuesto a ejemplificar la estupidez o la
inteligencia. Uno adquiere sabiduría a fuerza de mirar escuchar y reconocer las
cosas importantes…” (abro paréntesis para decir que esto es algo que cada
vez se da menos, ya que ahora los camareros es raro que se fijen o escuchen, por
mucho que los bebedores sigan siendo todos catedráticos; cierro paréntesis para
continuar con su reflexión sobre la discontinuidad de la vida ) “… Contar la
vida no es más que intentar explicar el momento del error o del acierto; todas
la historias desembocan en una decisión, en la conversación que no se tuvo, el beso
que no se dio. La suerte de haber salido esa noche, la fortuna de haber encontrado
un buen amor, la catástrofe de no apagar el ordenador antes de salir de sacas,
el riesgo de dejas las pruebas del delito ante los ojos de tu marido o tu mujer…”,
que es un poco reduccionista desde mi punto de vista pero que, como buen poeta,
termina construyendo una buena frase “todo el mundo es un delincuente que va
dejando pruebas por donde pasa”
En fin, como veis no ha sido el mejor mes de lecturas y he
de decir que, aunque esta vez empecé a escribir bastante pronto (antes del primer
de los últimos escándalos de PSOE) pues he terminado por los pelos dentro del
mes y seguramente antes del último de los escándalos de la política nacional.
En fin, en breve (espero) el siguiente mes y vosotros pues ¡Divertíos
asaltando el castillo!
Lecturas
La maldición de los Stensson - Nilas Natt Och Dag
El amo del corral - Tristan Egolf
La noche devastada - Jean-Baptiste Del Amo
El barman del Ritz - Phillipe Collin
La intriga del funeral inconveniente - Eduardo Mendoza
La reina Esther - John Irving
Los malos muertos - Eisabeth Anglarill
La mejor edad - Luis García Montero