Buenas de nuevo, aquí estamos intentando alcanzar mi último objetivo en plazo para cumplir mi propósito ya que, aunque como he han hecho notar no son lo mismo los propósitos (algo que en la familia no practicamos) que los objetivos (algo que sí que practicamos en casa) pues yo sigo, con mi terquedad habitual, considerando que estoy cumpliendo un propósito y no varios objetivos sucesivos ya que no acabo de captar la diferencia entre ambos en su verdadera magnitud.
Si me da tiempo a acabar esto antes de fin de año, ya me habré
puesto al día de mis lecturas atrasadas de este año (salvo las de diciembre,
que todavía están en progreso) e incluso con el nuevo propósito (u objetivo
mensual) de mantenerme al día y, así a lo loco, no solo de comentar mis
lecturas sino de incluir algo más en estos comentarios de textos a modo de
introducción, os gusten o no, que como sabéis a mí me da igual (o eso me gusta
decir).
Teniendo en cuenta las fechas que son y lo sucedido estos últimos días he decidido, en esta introducción, remontarme a mediados de los setenta, más específicamente a algo que sucedió (digamos) alrededor, o después, de 1975. ¿Por qué esa fecha? Bueno, pues porque con mi memoria no puedo precisar más y lo único que tengo claro es que lo que os voy a contar sucedió después de que nos mudáramos de la calle Viriato a Nicasio Gallego, es decir después de que naciera mi hermana pequeña, cuando yo tenía (digamos) pues algo más de diez años. Claro que, como en toda historia, para empezar por el principio a veces hay que remontarse algo más allá del principio de la misma; en mi caso es necesario contar que en Viriato, pese a que parezca extraño, por la edad que entonces teníamos, nuestros padres nos dejaban pasear solos por el barrio (cuando no directamente nos mandaban solos a comprar cosas de última hora por el barrio; eso sí, normalmente a tiendas conocidas donde “teníamos cuenta” y simplemente había que decir “que te lo apuntaran”, es decir, sin dinero, no tanto por su tranquilidad sino, al menos en mi caso, que me solía ofrecer voluntario para todas estas gestiones, para que no “sisaramos”, o no demasiado o demasiado frecuentemente) así que yo tenía la costumbre de pasear el barrio e incluso los días que llevaba dinero acércame a “Santa, la pipera” para comprar cosas con esa parte “de las vueltas” que nunca llegaban a casa, o por lo menos al bolsillo de mis padres.
Esta política no cambio con el cambio de barrio y nosotros
(aunque no hacíamos vida de barrio) pues seguíamos paseando libremente por el
barrio alentados por esas compras que teóricamente eran urgentes (algo que se
necesitaba para la cena) pero que a veces tardaban más de lo esperado
achacándolo a que había mucha gente en “don
pedro” cuando realmente se debía a haber salido a descubrir/pasear/orearnos por el barrio (en mi caso).
En uno de estos paseos (o puede que fuera en cualquier otro con
mis padres, ¿Quién lo sabe?) recuerdo haber pasado por el escaparate de una
óptica que había en la glorieta de Bilbao (el limite psicológico al que nos
dejaban ir solos en aquellos primeros años, aunque estaba solo a dos pasos del
drugstore que era un salón de juegos que descubriríamos algo, no mucho, después
y que obviamente tiraría por la borda sino el limite psicológico de mis padres,
ciertamente si mi límite geográfico ya que acabaría haciéndome bastante
habitual del mismo y acabaría pasando allí muchas horas con distintas
maquinitas, de las que, ya, si eso, pues hablamos otro día) y allí, en el
escaparate de esa óptica descubrí la
maquina más fascinante que había visto nunca. Aquella cosa/máquina que había en el escaparate era sencillamente
increíble, yo no solo no podía parar de mirarla cuando pasaba por el
escaparate, sino que siempre que salía a la calle tenía que ir un rato a mirarla,
rato que debido a lo ya comentado se alargaba excesivamente y que me obligaba,
al volver a casa, a inventar todo tipo de excusas para mi tardanza (normalmente
la de “mucha gente” funcionaba sin
problemas, salvo una vez que mi tardanza se alargó y mi padre acabo bajando a buscarme
a la tienda en la que se suponía que estaba sin encontrarme y, claro, cuando
dije que “es que había mucha gente”
pues… digamos que tuve algún problema de credibilidad, pero nada grave ya que,
afortunadamente, había que hacer la cena y una excusa adicional de que “pues nos habremos cruzado”,
afortunadamente llegue antes de que el volviera, pues me salvo de algo mucho
peor, algo que en casa de mis amigos se llamaba una bronca pero que en el caso
se mi padre, era peor, era “una
reflexión”; mil veces peor que una bronca de casa de mis amigos).
Ya, seguro que alguno querréis saber que era esa máquina que
podía tener fascinado a un preadolescente, aunque fuera un preadolescente raro
como debía serlo yo (yo nunca lo he creído, que yo sea raro, ya que, para mi yo
soy la definición de la normalidad, son todos los demás los que son raritos; diga lo que diga la estadística
y el concepto de normalidad que en aquellos años, en mi descargo, diré que no
conocía), pero no es el momento, todavía, de contároslo.
Esto duro bastante tiempo, en mi recuerdo varios años, pero al
final un día aquella maquina desapareció del escaparate y con ella desapareció
el tiempo que yo perdía fascinado ante el escaparate (podría mejor decir que
apareció aquel tiempo, que pos supuesto yo, decepcionado con el mundo por la
desaparición de la máquina, dedique a perder en otros menesteres de mis paseos,
algo que seguramente me llevara a cruzar la frontera psicológica de mi
territorio y bajar hasta el drugstore,
donde descubriría, entre muchas otras cosas, posiblemente inadecuadas para mi
edad, el mundo de las máquinas electrónicas, mas allá de las del pinball).
Así de perdido estaba yo, en aquellos años, echando de menos mi
maquina e intentando sustituirla con otras que, aunque tenían sus encantos pues
no eran lo mismo, era un poco como cuando después de dejar a tu verdadero amor
pues te dedicas a la promiscuidad, es entretenido, puede que incluso mas, pero
no es lo mismo.
Fueron pasando los años, muchos años, y aunque el recuerdo
estaba allí pues estaba enterrado, olvidado si es que puede olvidarse un
recuerdo (que yo diría que no, por definición, pero ya me entendéis, o no; vete
a saber).
Hasta que de repente este año, paseando por Barnes&Noble, allí había algo muy parecido, mucho más pequeño,
pequeña, pero era casi lo mismo, la idea era la misma y volvió aquel recuerdo,
todas aquellas horas mirando aquel escaparate (como si fuera un niño de una
película de posguerra o un personaje de Dickens; un niño fascinado con lo que
había detrás del escaparate, tan cerca pero totalmente fuera de su alcance).
Ya, ya, ahora también os veo, a los que creéis que me conocéis o
a los ávidos de un final feliz (o de un final cualquiera) pensando “pues que bien, la compraste inmediatamente ¿no?”.
Pero, no, siento decepcionaros y os diré que no, no la compre
(algo que los que de verdad me conocen ya habrían anticipado por razones, que,
ya, si eso, pues comentamos otro día), así que no, ese no es el final de la
historia.
La historia termina (o continua) con los regalos de navidad de
este año, para los que mi sobrina Ali llevaba varios días asegurándome que
había encontrado el regalo perfecto para mí (algo que me tenía tan aterrorizado
como cualquier noche de reyes, o de navidad, de mi infancia en la que siempre
estaba el riesgo, certeza a partir de un año, de acabar con carbón en lugar de
con el Fuerte Apache de Comansi, un Exin Castillos, o algo similar; si,
varios años me dejaron carbón, dulce afortunadamente y, también
afortunadamente, junto a otros regalos; costumbre que terminó cuando mis
padres, o los reyes, vete a saber, vieron que la verdad es que el carbón dulce
me gustaba y me parecía un buen regalo; no un regalazo pero si un buen regalo, mejor que, digamos, ropa; o igual
termino cuando descubrimos que ambos, los reyes y los padres, eran los mismos).Si,
claro visto desde vuestro lado de la historia, a estas alturas ya todos, cual
lectores de policiacas que en el último capítulo descubren que sí, que el
asesino era el mayordomo, anticipáis cual es el regalo pero, pese a las
distintas advertencias de mi sobrina, la mañana (algo más tarde obviamente) de
navidad cuando mi sobrina trajo el primer regalo (en casa, ahora, se van dando
los regalos en mano de uno en uno pero sin pausas) yo no tenía ni idea de que
me iba a regalar. No pensaba que nadie, menos aún mi sobrina, se hubiera fijado
especialmente, o, especialmente ella recordara dos meses después m emoción o
sorpresa al haberme vuelto a cruzar con la máquina de mi infancia, ya que a) mi
sobrina es una adolescente que parece que no presta mucha atención salvo a sus
cosas y b) como todo el mundo sabe yo soy hierático y no expreso especialmente
bien mis emociones (o no las expreso de ninguna manera, o no de una forma
gestual).
Así que puede que este haya sido uno de los mejores regalos de
navidad que recuerdo y por seguir añadiendo emociones navideñas diré que no
tanto por la maquina en si (que también) sino simplemente porque hubiera
prestado atención, e incluso hago acto de contrición (aprovechando que Ali no
lee esto) y modifico, al menos en parte, mi opinión sobre los intereses de mi
sobrina adolescente y valoro increíblemente su gesto.
Ya, igual ahora queréis saber que era, pero, como en una mala
novela, pues dejo el giro argumental final, o la explicación, para el final y
ahora, a por las lecturas que, ya veras, al final no llegare a terminar este
objetivo e incumpliré mi propósito y ya llevamos bastante introducción.
He de reconocer que compre The
city we became por los comentarios (especialmente el de Gaiman que está en
la portada) aunque con cierta prevención ya que eso de las ciudades con alma
pues me parecía un poco infumable. De hecho, más que infumable me recordaba a
la primera novela de mi hermano Rafa (o puede que no sea en la primera) en la
que el protagonista se apunta a un taller de literatura en el que les piden un
cuento con la ciudad como protagonista y les dan algunas (absurdas)
indicaciones para puntuar mejor como que la ciudad sea un personaje. Bueno,
pues esta escritora, esta novela al menos, pues habría sacado más allá de la
matricula ya que cada uno de los barrios de NYC es un personaje y hay otro que
es la ciudad al completo, y tienen la tarea de evitar la destrucción de la
ciudad por parte de si misma. Vamos un desatino total; tanto desatino que
reconoceré que no solo no he conseguido terminarla, sino que la mitad que he
leído me ha parecido ilegible.
Tan ilegible me ha parecido que pensaba que estaba saturado de
leer en ingles así que aprovechando que había pasado por mi librería de
referencia (ya sabéis, Méndez en la calle Mayor) para ir a Piles unos días pues
decidí empezar La mala costumbre,
que sí, que tampoco tenía buena pinta al ser una historia sobre una chica
transexual en el Madrid de los noventa pero que por lo menos tenía la ventaja
de ser corta y, bueno, igual tenía algo de interés. La verdad es que no, que no
tiene especial interés salvo por la referencia a el bar en el que yo solía
desayunar hace ya bastantes años (hasta que lo vendieron a un grupo grande) pero
lo suficientemente tarde para que siguiera siendo una referencia en el mundo
homosexual o transexual (aunque como un día me dijo un compañero de carrera que
me encontré allí “si estas mesas contaran las cochinadas que he hecho aquí,
nadie se lo creería” y dado su carácter de homosexual festivo y promiscuo pues
es posible que en los noventa todavía lo fuera, aunque también es posible que
hubiera dejado de serlo).
Mi siguiente lectura, ya en la tranquilidad de Piles, fue The plot against America de la que me sorprendió
la premisa de ciencia ficción de la misma, que sitúa la novela en una américa
en la que Lindbergh no solo se convierte en un héroe nacional al cruzar el Atlántico,
sino que llega a ser presidente de los Estados Unidos, una premisa rara para un
autor que se supone sesudo (aunque
puede que lo confunda con el otro Roth, con Henry creo). Por supuesto,
Lindbergh se convierte en un presidente no solo patriótico, sino aislacionista,
segregacionista, antisemita que incluso hace un pacto con Hitler; en fin, nada
que no hayamos o estemos viendo en estos días. Es una novela interesante y bien
construida que hace la historia impactante e interesante (incluso con esa
colección de sellos de la que el niño judío que cuenta la historia se
arrepiente de tener tras el pacto con Hitler), a la que igual le falta alguna
frase que merezca la pena ser recordada. Eso si, tiene una curiosidad de esas
de trivial que yo desconocía y es que, pese a que fue Washington el presidente
que eligió Washington como capital de los estados unidos, incluso firmo la ley
en la que declara que lo será permanentemente, el nunca vivió allí. Algo raro
me parece y me ha dejado con la curiosidad de saber por qué eligió esa ciudad
como capital (no la suficiente como para mirarlo, pero si me resulta curioso).
Una buena lectura, no tan buena como, digamos, El hombre en el castillo de K. Dick pero es que eso son palabras
mayores no siendo ni con mucho la mejor de K.Dick.
Aquí me veo obligado a confesar que he hecho trampa en mis
lecturas ya que, pese a que compre Tarantula
pensando que no la había leído nunca, solo por mi gusto por Dylan (Bob, digo) y por completar la
lectura de cosas suyas. En cuanto la cogi en Piles me di cuenta de que no solo
la había leído sino de que resultaba sencillamente ilegible, siendo poco más
que un rumble-mumble (batiburrillo, lo traduciría yo) sin ningún
sentido que me resultaba imposible de leer. Así que, no, aunque la apunte como
lectura debería de quitarla de la lista ua que sencillamente no llegue a leerme
(o murmurarme) más allá de veinte o treinta paginas (tampoco es que tenga
muchas más) y solo puedo pensar que, si en su día la leí, sí que era un
verdadero fan de Dylan (Bob, repito)
ya que ahora me parece eso, ilegible.
Ya que estaba con músicos pues me decidí por Just Kids que para decepción mía mas
que sobre Patti Smith iba sobre su
compañero de piso/rollo ocasional/relación (llámalo equis) Robert Mapplethorpe, posiblemente uno de los fotógrafos urbanos y gais
más importantes de los setenta y ochenta, que se haría famoso por hacer
fotografías homoeroticas en blanco y negro, así como por varias polémicas
sexuales (homosexuales para ser exactos). Es verdad que resulta una biografia curiosa ya que, más o menos,
aparecen otros personajes de esos que vivían en el Chelsea Hotel o que pululaban por aquel NYC de los años setenta y
que forma parte de la cultura popular. Tambien es interesante la visión de los
primeros años del que seria uno de los fotógrafos más famosos de su época, y
como al principio se dedicaba a hacer collares de cuentas (como cualquier
hippie de, digamos, Gandia); un poco más tarde a hacer collages con recortes de
revistas de porno homosexual (mientras ejercía, en parte por diversión y en
parte por dinero, como chapero en la calle 42, aunque se echa de menos que no
salga el Ramone Chapero) para después
pasar a hacer polaroids (y envidiar y perseguir a Warhol) y por fin fotografías ya en un formato más convencional
(que le daría la fama bien entrados los ochenta). En este sentido, es
interesante como biografia de
Mapplethorpe y de los inicios de una carrera artística y de las penurias de
los artistas (que pese a todo conseguían sobrevivir en un hotel de NYC, o en
grandes apartamentos; eso sí, poco amueblados, dando lugar al concepto de Loft)y a los que “My doctor said I was anemic and told me to have red meat and drink
porter, advice given to Baudelaire when he trudged through a winter in Brussels
sick and alone”; porque todos sabemos de la dieta es importante para la
anemia y más aún para la tuberculosis, pero algunos tenemos una idea de dieta y
otros, pues, otra.

Pues eso es un
mundo en el que se ha eliminado a casi toda la población “While it’s true that only 0.2 percent of the world’s population
survived, on the bright side, cleansed of its thousand- year-old filth, the
face of the Earth has grown quite bright and shining! Now, that remaining zero-pint-two percent
could finally taste bliss from behind the walls of the One State.”; así
que, en principio, ni tan mal para los que quedan, aunque obviamente nunca es
así y por supuesto surge los disidentes y bueno… pues eso… todo perfecto ya que
igualando a todo el mundo se elimina la envidia porque según el estado único “Isn’t it clear: joy and envy are the
numerator and denominator of the fraction called happinness”
Con todo es una lectura interesante, aunque sea para preguntarse
si los autores posteriores lo habían leído y buscar las diferencias entre
distopías varias.
Cuando veo un libro de “los clásicos de la novela negra de la
British Library”, si no llevo ya demasiadas compras, pues lo cojo ya que, de
momento, sin ser espectaculares (ni tan siquiera novela negra según mi
particular criterio) siempre son entretenidos y con ese toque de novela clásica
de detectives. Así que este mes, en mi visita a Méndez, le toco la suerte (o a
mí en suerte): Muerte de un librero
que es la típica investigación de asesinato (de un librero) sin mayores
complicaciones salvo con el punto de que es un librero de libros raros y el que
investiga en un sargento metido a aficionado a los libros raros, metido a esta
afición precisamente por el librero que será asesinado al que acompaña a casa a
un día que va completamente ebrio (porque si, estas cosas hace, o hacía, la
policía inglesa si te veía totalmente borracho, te acompaña amablemente a tu
casa. Otros tiempos, obviamente). Lo dicho para las otras de la serie es
aplicable, correcta, amable y entretenida. Sin pretensiones y sin grandes
resultados; una lectura ideal para una tarde fría en Piles frente a la
chimenea.
Mi visita a Piles acabo empezando la última de Penny, The grey Wolf, que como ya he dicho varias veces es una de esas
escritoras que me gusta bastante. Es verdad que sus tramas cada vez se
complican más lo que hace que me gusten algo menos pero en esta en concreto la
trama gira entorno a la posibilidad de un atentado terrorista contra el sistema
de abastecimiento de una gran ciudad canadiense (spoiler: “My God, are you trying to tell me you’re involved in a plot to poison
Montreal’s drinking water as a way to save the planet”; si, esa es la idea
del grupo terrorista, un poco casi como el tema del 0,2% de WE).
Es un tema que profesionalmente me ha interesado, incluso estuve
trabajando en un proyecto para desarrollar un sistema de alerta temprana, uno
de cuyos problemas era saber cuál podría ser el contaminante a detectar (ya que
hay demasiados: Sarin, Anthrax, Ricina, etc.) pero en esta novela se decantan
por el Botulismo, una buena elección, ya que se trata de “A neurotoxin. Works on the muscles. Causes paralysis. According to the
latest data a gram can kill a million people”; (si, aunque parezca hay
datos, inlcuso datos actualizados, de este tipo de cosas).En cualquier caso,
con independencia de cual fuera el contaminante elegido, el mayor problema (que
también se recoge en la novela) es que este tipo de ataque no tiene por qué ser
efectivo, realmente ni siquiera tiene que llegar a realizarse, no, bastaría con
la amenaza creíble de realizarlo ya que esto crearía la pérdida de confianza en
un sistema básico del que depende (exagerando, y sin querer entrar en la
polémica de lo que es la civilización) casi toda la civilización: el acceso
seguro al agua. Si esto se pone en duda, el estado se pone en duda y el sistema
de tambalea, o se cae.
Pero, como ya digo, lo que me gusta de estas novelas no es tanto
la trama como los personajes (especialmente el inspector Gamache) y esas pequeñas cosas con las que (con variaciones) me
siento identificado: “He’d had his first
cappuccino over there, at the round table by the window. He’d hated the bitter taste. But then he’d also hated his first beer and
first scotch and first taste of smoked salmon. Took him a while and some
perseverance, to get used to the taste of adulthood. Now, the cannoli were a
different matter. He’d liked those from the get-go”; o esas
reflexiones como la que hace cuando descubre un video suyo en la red de no uno
de sus mejores momentos: “Those filming
had a right, thought perhaps not a perfect right, to video, but Gamache
wondered if they realized that with every second they posted, they lost pieces
of their humanity.”; qué diría que es algo tan sencillo como respetar
aquello de que mi libertad termina donde empieza la tuya.


He de confesar que qué se la esté tachando de anti-woke, sea esto o su contrario lo
que sea, intentando significar que es fascista por esta novela (puede que
también por las anteriores, pero de esta si me han llegado artículos
comentándolo) me duele ya que esta vez también coincido con el planteamiento
general de la novela e incluso me he reído con gran parte de la parodia, pero,
esto de la risa, probablemente también sea algo genético e inevitable.
También, habiendo llevado yo mismo algunas veces a acabo alguna
venganza, he de estar de acuerdo con la protagonista en que “La venganza rara vez satisface, pero eso ya
lo sabía desde el principio. Como ya he dicho, no soy una ingenua emocional. De
hecho, si alguien espera volver a sentirse bien, recuperado, le recomiendo
encarecidamente que se olvide de venganzas. No funciona. Par empezar, no
consigue que aquello de lo que queremos vengarnos no se nos infligiera; rara
vez provoca en nuestra némesis una pizca de arrepentimiento; rara vez mueve a
ese pobre remedo de ser humano a reconocer que el castigo era merecido”.
Pese a todo eso, como continua la protagonista, nada de eso es
el motivo o el objetivo de la venganza, “con
todo, mi intención no era provocar arrepentimiento, y en el fondo me daba igual
si cierta persona llegaba a reconocer, incluso ante sí misma, que se lo había
buscado. Tampoco intentaba sentirme feliz. Lo que quería era hacer infeliz a
alguien.”; esa es la verdad de la venganza y pese a todo, a veces, como
dice la canción “La única solución es la
venganza”:
La elección de mi última lectura del mes (si, este ha sido un
mes por encima de la media de lecturas) os sorprenderá si os digo que es de un
autor mexicano y sobre la emigración asturiana a México (la de 1874, no la de
la guerra civil) y la posterior re emigración, vamos los indianos, pero no
puedo ocultar que de esto va El metal y
la escoria (si, el titulo sería más aplicable a una novela de aventuras épicas).
Tampoco voy a ocultar que, pese a que tenga muchas cosas que me
han llamado la atención como enterarme de que, al menos en México, país
especialista en los temas del día de los muertos, la celebración no sea el día
1, que es solo para los muertos infantes, y que es “cada dos de noviembre, día de los muertos grandes”; o que haya
existido una “guerra de los pasteles”,
entre México y Francia, no estando claro si por una cuenta sin pagar en un
restaurante francés (una cuenta de pasteles) o por unos destrozos, o incluso
leer ese sorprendente coplilla que citan de “En
Madrid ciudad bravía / que entre antiguas y modernas / tiene trescientas
tabernas / y solo diez librerías”; tenga también un personaje con el que
por aquello del nombre algunos puedan tener la tentación de identificarme con
él en ese “Como si hubiera querido
contribuir con su muerte a fortalecer el prestigio del sistema decimal, Benito,
ordenado y preciso como fue en su vida, murió el 10 de octubre de 2010, el diez
del diez del diez” aunque claramente llego ya demasiado tarde o demasiado
pronto; o incluso por características de algún personaje con las que si me
puedo identificar como ese “mentirosa
hasta la falsificación y veraz hasta la llaga. Es decir, fue coherente con las
polaridades entre la cuales el ser humano se debate.”, o esa otra sobre los
recuerdos y porque los más antiguos son más fáciles de recordar “porque son muchas las veces que los he
invocado y lo que recuerdo es el recuerdo del recuerdo… la primera casa, el
primer coche, el primer amor.”; pues, pese a todo esto, la sensación que me
ha quedado es que no me ha gustado.
E incluso aunque piense en hacer mía, o de mi biografía, ya
veremos, esa respuesta del padre “Una vez
le pregunte a papa, viendo aquella montaña de colillas; ¿todo eso te has
fumado?, Y el, con una lógica implacable, me respondió: No, eso es precisamente
lo que no me he fumado.”; pues eso, pese a todo esto, pues la sensación es
que no me ha gustado especialmente. Raro ¿no?
Pues nada, aquí acabo el último objetivo para cumplir mi propósito, pero antes de que protestéis y justo antes de despedirme os contare cual fue el regalo, cuál fue mi obsesión durante algún tiempo, obsesión que puede, o no, guardar relación con mi fascinación por la hidráulica de la que, ya, si eso, hablaremos otro día… pues se trata simplemente de una máquina de olas, que pese a que en mis recuerdos sea mucho más impresionante ahora que la tengo he de reconocer que me sigue fascinando como el primer día y sigo quedándome embobado mirándola (tanto me gusta que os dejo un video, aunque no le haga justicia).
Lecturas
The city we became - N.K. Jemisin
La mala costumbre - Alana S. Portero
The plot against America - Philip Roth
Tarantula - Bob
Dylan
Just Kids -
Patti Smith
We - Yevgeny Zamtatin
Muerte de un librero - Bernard J. Farmer
The grey wolf -
Louise Penny
Ozark dogs -
Eli Cranor
Mania - Lionel Shriver
El metal y la escoria - Gonzalo Celorio






















