domingo, 28 de diciembre de 2025

Comentario de textos - Noviembre 2025

Buenas de nuevo, aquí estamos intentando alcanzar mi último objetivo en plazo para cumplir mi propósito ya que, aunque como he han hecho notar no son lo mismo los propósitos (algo que en la familia no practicamos) que los objetivos (algo que sí que practicamos en casa) pues yo sigo, con mi terquedad habitual, considerando que estoy cumpliendo un propósito y no varios objetivos sucesivos ya que no acabo de captar la diferencia entre ambos en su verdadera magnitud.

Si me da tiempo a acabar esto antes de fin de año, ya me habré puesto al día de mis lecturas atrasadas de este año (salvo las de diciembre, que todavía están en progreso) e incluso con el nuevo propósito (u objetivo mensual) de mantenerme al día y, así a lo loco, no solo de comentar mis lecturas sino de incluir algo más en estos comentarios de textos a modo de introducción, os gusten o no, que como sabéis a mí me da igual (o eso me gusta decir).

Teniendo en cuenta las fechas que son y lo sucedido estos últimos días he decidido, en esta introducción, remontarme a mediados de los setenta, más específicamente a algo que sucedió (digamos) alrededor, o después, de 1975. ¿Por qué esa fecha? Bueno, pues porque con mi memoria no puedo precisar más y lo único que tengo claro es que lo que os voy a contar sucedió después de que nos mudáramos de la calle Viriato a Nicasio Gallego, es decir después de que naciera mi hermana pequeña, cuando yo tenía (digamos) pues algo más de diez años. Claro que, como en toda historia, para empezar por el principio a veces hay que remontarse algo más allá del principio de la misma; en mi caso es necesario contar que en Viriato, pese a que parezca extraño, por la edad que entonces teníamos, nuestros padres nos dejaban pasear solos por el barrio (cuando no directamente nos mandaban solos a comprar cosas de última hora por el barrio; eso sí, normalmente a tiendas conocidas donde “teníamos cuenta” y simplemente había que decir “que te lo apuntaran”, es decir, sin dinero, no tanto por su tranquilidad sino, al menos en mi caso, que me solía ofrecer voluntario para todas estas gestiones, para que no “sisaramos”, o no demasiado o demasiado frecuentemente) así que yo tenía la costumbre de pasear el barrio e incluso los días que llevaba dinero acércame a “Santa, la pipera” para comprar cosas con esa parte “de las vueltas” que nunca llegaban a casa, o por lo menos al bolsillo de mis padres.

Esta política no cambio con el cambio de barrio y nosotros (aunque no hacíamos vida de barrio) pues seguíamos paseando libremente por el barrio alentados por esas compras que teóricamente eran urgentes (algo que se necesitaba para la cena) pero que a veces tardaban más de lo esperado achacándolo a que había mucha gente en “don pedro” cuando realmente se debía a haber salido a descubrir/pasear/orearnos por el barrio (en mi caso).

En uno de estos paseos (o puede que fuera en cualquier otro con mis padres, ¿Quién lo sabe?) recuerdo haber pasado por el escaparate de una óptica que había en la glorieta de Bilbao (el limite psicológico al que nos dejaban ir solos en aquellos primeros años, aunque estaba solo a dos pasos del drugstore que era un salón de juegos que descubriríamos algo, no mucho, después y que obviamente tiraría por la borda sino el limite psicológico de mis padres, ciertamente si mi límite geográfico ya que acabaría haciéndome bastante habitual del mismo y acabaría pasando allí muchas horas con distintas maquinitas, de las que, ya, si eso, pues hablamos otro día) y allí, en el escaparate de esa óptica descubrí la maquina más fascinante que había visto nunca. Aquella cosa/máquina que había en el escaparate era sencillamente increíble, yo no solo no podía parar de mirarla cuando pasaba por el escaparate, sino que siempre que salía a la calle tenía que ir un rato a mirarla, rato que debido a lo ya comentado se alargaba excesivamente y que me obligaba, al volver a casa, a inventar todo tipo de excusas para mi tardanza (normalmente la de “mucha gente” funcionaba sin problemas, salvo una vez que mi tardanza se alargó y mi padre acabo bajando a buscarme a la tienda en la que se suponía que estaba sin encontrarme y, claro, cuando dije que “es que había mucha gente” pues… digamos que tuve algún problema de credibilidad, pero nada grave ya que, afortunadamente, había que hacer la cena y una excusa adicional de que “pues nos habremos cruzado”, afortunadamente llegue antes de que el volviera, pues me salvo de algo mucho peor, algo que en casa de mis amigos se llamaba una bronca pero que en el caso se mi padre, era peor, era “una reflexión”; mil veces peor que una bronca de casa de mis amigos).

Ya, seguro que alguno querréis saber que era esa máquina que podía tener fascinado a un preadolescente, aunque fuera un preadolescente raro como debía serlo yo (yo nunca lo he creído, que yo sea raro, ya que, para mi yo soy la definición de la normalidad, son todos los demás los que son raritos; diga lo que diga la estadística y el concepto de normalidad que en aquellos años, en mi descargo, diré que no conocía), pero no es el momento, todavía, de contároslo.

Esto duro bastante tiempo, en mi recuerdo varios años, pero al final un día aquella maquina desapareció del escaparate y con ella desapareció el tiempo que yo perdía fascinado ante el escaparate (podría mejor decir que apareció aquel tiempo, que pos supuesto yo, decepcionado con el mundo por la desaparición de la máquina, dedique a perder en otros menesteres de mis paseos, algo que seguramente me llevara a cruzar la frontera psicológica de mi territorio y bajar hasta el drugstore, donde descubriría, entre muchas otras cosas, posiblemente inadecuadas para mi edad, el mundo de las máquinas electrónicas, mas allá de las del pinball).

Así de perdido estaba yo, en aquellos años, echando de menos mi maquina e intentando sustituirla con otras que, aunque tenían sus encantos pues no eran lo mismo, era un poco como cuando después de dejar a tu verdadero amor pues te dedicas a la promiscuidad, es entretenido, puede que incluso mas, pero no es lo mismo.

Fueron pasando los años, muchos años, y aunque el recuerdo estaba allí pues estaba enterrado, olvidado si es que puede olvidarse un recuerdo (que yo diría que no, por definición, pero ya me entendéis, o no; vete a saber).

Hasta que de repente este año, paseando por Barnes&Noble, allí había algo muy parecido, mucho más pequeño, pequeña, pero era casi lo mismo, la idea era la misma y volvió aquel recuerdo, todas aquellas horas mirando aquel escaparate (como si fuera un niño de una película de posguerra o un personaje de Dickens; un niño fascinado con lo que había detrás del escaparate, tan cerca pero totalmente fuera de su alcance).

Ya, ya, ahora también os veo, a los que creéis que me conocéis o a los ávidos de un final feliz (o de un final cualquiera) pensando “pues que bien, la compraste inmediatamente ¿no?”.

Pero, no, siento decepcionaros y os diré que no, no la compre (algo que los que de verdad me conocen ya habrían anticipado por razones, que, ya, si eso, pues comentamos otro día), así que no, ese no es el final de la historia.

La historia termina (o continua) con los regalos de navidad de este año, para los que mi sobrina Ali llevaba varios días asegurándome que había encontrado el regalo perfecto para mí (algo que me tenía tan aterrorizado como cualquier noche de reyes, o de navidad, de mi infancia en la que siempre estaba el riesgo, certeza a partir de un año, de acabar con carbón en lugar de con el Fuerte Apache de Comansi, un Exin Castillos, o algo similar; si, varios años me dejaron carbón, dulce afortunadamente y, también afortunadamente, junto a otros regalos; costumbre que terminó cuando mis padres, o los reyes, vete a saber, vieron que la verdad es que el carbón dulce me gustaba y me parecía un buen regalo; no un regalazo pero si un buen regalo, mejor que, digamos, ropa; o igual termino cuando descubrimos que ambos, los reyes y los padres, eran los mismos).Si, claro visto desde vuestro lado de la historia, a estas alturas ya todos, cual lectores de policiacas que en el último capítulo descubren que sí, que el asesino era el mayordomo, anticipáis cual es el regalo pero, pese a las distintas advertencias de mi sobrina, la mañana (algo más tarde obviamente) de navidad cuando mi sobrina trajo el primer regalo (en casa, ahora, se van dando los regalos en mano de uno en uno pero sin pausas) yo no tenía ni idea de que me iba a regalar. No pensaba que nadie, menos aún mi sobrina, se hubiera fijado especialmente, o, especialmente ella recordara dos meses después m emoción o sorpresa al haberme vuelto a cruzar con la máquina de mi infancia, ya que a) mi sobrina es una adolescente que parece que no presta mucha atención salvo a sus cosas y b) como todo el mundo sabe yo soy hierático y no expreso especialmente bien mis emociones (o no las expreso de ninguna manera, o no de una forma gestual).

Así que puede que este haya sido uno de los mejores regalos de navidad que recuerdo y por seguir añadiendo emociones navideñas diré que no tanto por la maquina en si (que también) sino simplemente porque hubiera prestado atención, e incluso hago acto de contrición (aprovechando que Ali no lee esto) y modifico, al menos en parte, mi opinión sobre los intereses de mi sobrina adolescente y valoro increíblemente su gesto.

Ya, igual ahora queréis saber que era, pero, como en una mala novela, pues dejo el giro argumental final, o la explicación, para el final y ahora, a por las lecturas que, ya veras, al final no llegare a terminar este objetivo e incumpliré mi propósito y ya llevamos bastante introducción.

He de reconocer que compre The city we became por los comentarios (especialmente el de Gaiman que está en la portada) aunque con cierta prevención ya que eso de las ciudades con alma pues me parecía un poco infumable. De hecho, más que infumable me recordaba a la primera novela de mi hermano Rafa (o puede que no sea en la primera) en la que el protagonista se apunta a un taller de literatura en el que les piden un cuento con la ciudad como protagonista y les dan algunas (absurdas) indicaciones para puntuar mejor como que la ciudad sea un personaje. Bueno, pues esta escritora, esta novela al menos, pues habría sacado más allá de la matricula ya que cada uno de los barrios de NYC es un personaje y hay otro que es la ciudad al completo, y tienen la tarea de evitar la destrucción de la ciudad por parte de si misma. Vamos un desatino total; tanto desatino que reconoceré que no solo no he conseguido terminarla, sino que la mitad que he leído me ha parecido ilegible.

Tan ilegible me ha parecido que pensaba que estaba saturado de leer en ingles así que aprovechando que había pasado por mi librería de referencia (ya sabéis, Méndez en la calle Mayor) para ir a Piles unos días pues decidí empezar La mala costumbre, que sí, que tampoco tenía buena pinta al ser una historia sobre una chica transexual en el Madrid de los noventa pero que por lo menos tenía la ventaja de ser corta y, bueno, igual tenía algo de interés. La verdad es que no, que no tiene especial interés salvo por la referencia a el bar en el que yo solía desayunar hace ya bastantes años (hasta que lo vendieron a un grupo grande) pero lo suficientemente tarde para que siguiera siendo una referencia en el mundo homosexual o transexual (aunque como un día me dijo un compañero de carrera que me encontré allí “si estas mesas contaran las cochinadas que he hecho aquí, nadie se lo creería” y dado su carácter de homosexual festivo y promiscuo pues es posible que en los noventa todavía lo fuera, aunque también es posible que hubiera dejado de serlo).

Mi siguiente lectura, ya en la tranquilidad de Piles, fue The plot against America de la que me sorprendió la premisa de ciencia ficción de la misma, que sitúa la novela en una américa en la que Lindbergh no solo se convierte en un héroe nacional al cruzar el Atlántico, sino que llega a ser presidente de los Estados Unidos, una premisa rara para un autor que se supone sesudo (aunque puede que lo confunda con el otro Roth, con Henry creo). Por supuesto, Lindbergh se convierte en un presidente no solo patriótico, sino aislacionista, segregacionista, antisemita que incluso hace un pacto con Hitler; en fin, nada que no hayamos o estemos viendo en estos días. Es una novela interesante y bien construida que hace la historia impactante e interesante (incluso con esa colección de sellos de la que el niño judío que cuenta la historia se arrepiente de tener tras el pacto con Hitler), a la que igual le falta alguna frase que merezca la pena ser recordada. Eso si, tiene una curiosidad de esas de trivial que yo desconocía y es que, pese a que fue Washington el presidente que eligió Washington como capital de los estados unidos, incluso firmo la ley en la que declara que lo será permanentemente, el nunca vivió allí. Algo raro me parece y me ha dejado con la curiosidad de saber por qué eligió esa ciudad como capital (no la suficiente como para mirarlo, pero si me resulta curioso). Una buena lectura, no tan buena como, digamos, El hombre en el castillo de K. Dick pero es que eso son palabras mayores no siendo ni con mucho la mejor de K.Dick.

Aquí me veo obligado a confesar que he hecho trampa en mis lecturas ya que, pese a que compre Tarantula pensando que no la había leído nunca, solo por mi gusto por Dylan (Bob, digo) y por completar la lectura de cosas suyas. En cuanto la cogi en Piles me di cuenta de que no solo la había leído sino de que resultaba sencillamente ilegible, siendo poco más que un rumble-mumble  (batiburrillo, lo traduciría yo) sin ningún sentido que me resultaba imposible de leer. Así que, no, aunque la apunte como lectura debería de quitarla de la lista ua que sencillamente no llegue a leerme (o murmurarme) más allá de veinte o treinta paginas (tampoco es que tenga muchas más) y solo puedo pensar que, si en su día la leí, sí que era un verdadero fan de Dylan (Bob, repito) ya que ahora me parece eso, ilegible.

Ya que estaba con músicos pues me decidí por Just Kids que para decepción mía mas que sobre Patti Smith iba sobre su compañero de piso/rollo ocasional/relación (llámalo equis) Robert Mapplethorpe, posiblemente uno de los fotógrafos urbanos y gais más importantes de los setenta y ochenta, que se haría famoso por hacer fotografías homoeroticas en blanco y negro, así como por varias polémicas sexuales (homosexuales para ser exactos). Es verdad que resulta una biografia curiosa ya que, más o menos, aparecen otros personajes de esos que vivían en el Chelsea Hotel o que pululaban por aquel NYC de los años setenta y que forma parte de la cultura popular. Tambien es interesante la visión de los primeros años del que seria uno de los fotógrafos más famosos de su época, y como al principio se dedicaba a hacer collares de cuentas (como cualquier hippie de, digamos, Gandia); un poco más tarde a hacer collages con recortes de revistas de porno homosexual (mientras ejercía, en parte por diversión y en parte por dinero, como chapero en la calle 42, aunque se echa de menos que no salga el Ramone Chapero) para después pasar a hacer polaroids (y envidiar y perseguir a Warhol) y por fin fotografías ya en un formato más convencional (que le daría la fama bien entrados los ochenta). En este sentido, es interesante como biografia de Mapplethorpe y de los inicios de una carrera artística y de las penurias de los artistas (que pese a todo conseguían sobrevivir en un hotel de NYC, o en grandes apartamentos; eso sí, poco amueblados, dando lugar al concepto de Loft)y a los que “My doctor said I was anemic and told me to have red meat and drink porter, advice given to Baudelaire when he trudged through a winter in Brussels sick and alone”; porque todos sabemos de la dieta es importante para la anemia y más aún para la tuberculosis, pero algunos tenemos una idea de dieta y otros, pues, otra.

 Pues WE es una novela de ciencia ficción rusa escrita en 1921, precursora, por tanto, entre otras a las que se parece en temática (un mundo distópico dividido en clases estrictas y vigilado por un gran hermano) de 1984 y de Un mundo feliz, de la que yo nunca había oído hablar que además tiene una introducción de Margaret Atwood y un ensayo de Ursula K. Le Guin, dos de las escritoras más conocidas de distopías (digamos).

Pues eso es un mundo en el que se ha eliminado a casi toda la población “While it’s true that only 0.2 percent of the world’s population survived, on the bright side, cleansed of its thousand- year-old filth, the face of the Earth has grown quite bright and shining! Now, that remaining zero-pint-two percent could finally taste bliss from behind the walls of the One State.”; así que, en principio, ni tan mal para los que quedan, aunque obviamente nunca es así y por supuesto surge los disidentes y bueno… pues eso… todo perfecto ya que igualando a todo el mundo se elimina la envidia porque según el estado único “Isn’t it clear: joy and envy are the numerator and denominator of the fraction called happinness”

 Pues va a ser que no, que no es tan fácil, igual que esa explicación que le dan a un personaje que afirma que odia la niebla “Which means you love it. You’re afraid of it because it’s more powerful that you, you hate it because you are afraid and love it because you can’t subjugate it. After all, the only thing you can truly love are things you can’t subjugate”; que por lo menos yo pues considero la típica simpleza propia de un psicoanalista argentino, o de un argentino normal si es que hay diferencia entre ambos.

Con todo es una lectura interesante, aunque sea para preguntarse si los autores posteriores lo habían leído y buscar las diferencias entre distopías varias.

Cuando veo un libro de “los clásicos de la novela negra de la British Library”, si no llevo ya demasiadas compras, pues lo cojo ya que, de momento, sin ser espectaculares (ni tan siquiera novela negra según mi particular criterio) siempre son entretenidos y con ese toque de novela clásica de detectives. Así que este mes, en mi visita a Méndez, le toco la suerte (o a mí en suerte): Muerte de un librero que es la típica investigación de asesinato (de un librero) sin mayores complicaciones salvo con el punto de que es un librero de libros raros y el que investiga en un sargento metido a aficionado a los libros raros, metido a esta afición precisamente por el librero que será asesinado al que acompaña a casa a un día que va completamente ebrio (porque si, estas cosas hace, o hacía, la policía inglesa si te veía totalmente borracho, te acompaña amablemente a tu casa. Otros tiempos, obviamente). Lo dicho para las otras de la serie es aplicable, correcta, amable y entretenida. Sin pretensiones y sin grandes resultados; una lectura ideal para una tarde fría en Piles frente a la chimenea.

Mi visita a Piles acabo empezando la última de Penny, The grey Wolf, que como ya he dicho varias veces es una de esas escritoras que me gusta bastante. Es verdad que sus tramas cada vez se complican más lo que hace que me gusten algo menos pero en esta en concreto la trama gira entorno a la posibilidad de un atentado terrorista contra el sistema de abastecimiento de una gran ciudad canadiense (spoiler: “My God, are you trying to tell me you’re involved in a plot to poison Montreal’s drinking water as a way to save the planet”; si, esa es la idea del grupo terrorista, un poco casi como el tema del 0,2% de WE).

Es un tema que profesionalmente me ha interesado, incluso estuve trabajando en un proyecto para desarrollar un sistema de alerta temprana, uno de cuyos problemas era saber cuál podría ser el contaminante a detectar (ya que hay demasiados: Sarin, Anthrax, Ricina, etc.) pero en esta novela se decantan por el Botulismo, una buena elección, ya que se trata de “A neurotoxin. Works on the muscles. Causes paralysis. According to the latest data a gram can kill a million people”; (si, aunque parezca hay datos, inlcuso datos actualizados, de este tipo de cosas).En cualquier caso, con independencia de cual fuera el contaminante elegido, el mayor problema (que también se recoge en la novela) es que este tipo de ataque no tiene por qué ser efectivo, realmente ni siquiera tiene que llegar a realizarse, no, bastaría con la amenaza creíble de realizarlo ya que esto crearía la pérdida de confianza en un sistema básico del que depende (exagerando, y sin querer entrar en la polémica de lo que es la civilización) casi toda la civilización: el acceso seguro al agua. Si esto se pone en duda, el estado se pone en duda y el sistema de tambalea, o se cae.

Pero, como ya digo, lo que me gusta de estas novelas no es tanto la trama como los personajes (especialmente el inspector Gamache) y esas pequeñas cosas con las que (con variaciones) me siento identificado: “He’d had his first cappuccino over there, at the round table by the window. He’d hated the bitter taste. But then he’d also hated his first beer and first scotch and first taste of smoked salmon. Took him a while and some perseverance, to get used to the taste of adulthood. Now, the cannoli were a different matter. He’d liked those from the get-go”; o esas reflexiones como la que hace cuando descubre un video suyo en la red de no uno de sus mejores momentos: “Those filming had a right, thought perhaps not a perfect right, to video, but Gamache wondered if they realized that with every second they posted, they lost pieces of their humanity.”; qué diría que es algo tan sencillo como respetar aquello de que mi libertad termina donde empieza la tuya.

 Lo peor (por decir algo, aunque seguro que tiene su parte buena) es que la propia novela anuncia una segunda parte que obviamente se llamara The Black Wolf por esos dos lobos que un viejo indio le contaba a su nieto que tenía dentro de el: “…he had two wolves at war inside him, tearing at his insides. One of them, a grey wolf, wanted the old man to be strong and compassionate. Wise and courageous enough to be forgiving. The other a black wolf, wanted him to be vengeful. To forget no wrong. To forgive no slight. To attack first. To be cruel and cunning and brutal to Friends and enemies alike. To spare no one.”; algo que asusto tanto a su nieto como para irse corriente de su lado y no volver en varios días, y volver para preguntarle, muy preocupado, cuál de los dos lobos iba a ganar: “The one that I feed.”; le respondió su abuelo, así de sencillo; ganara el que alimentes.

 Ozark Dogs era una de las novelas que tenían junto a la caja en mi nueva librería de referencia para novela negra y de misterio de NYC, asi que aunque en principio parece la típica novela de rencillas familiares eternas, en las montañas Ozark en lugar de Puerto Urraco, lo que le da un poco más de color por aquello de que hay negocios de metanfetamina y supremacistas blancos por lo que prometía ser una lectura, cuando menos entretenida. Lo es, aunque le falta para ser una gran novela tener algo más sorprendente que la historia normal de rencillas familiares de tiempos inmemoriales con pocos añadidos.

 Cuando cogí Manía, de la mesa de mi librería de referencia, no era consciente de que era de una de mis autoras favoritas de los últimos años (la que habla de gordos y la obsesión actual por el deporte, de la que he comentado sus dos últimos libros) pero tenía una premisa interesante de un mundo “distópico” (pongo las comillas ya que igual no estamos tan lejos de esa distopía) en el que se ha impuesto la Paridad mental, la igualdad intelectual absoluta (ya no existe la estupidez, en ningún grado, nadie es más listo que los demás e incluso El idiota de Dostoievski está prohibido por su título), enfocada además desde la perspectiva de una profesora universitaria (la que dice basta, obviamente) que había crecido en una secta, en los testigos de Jehová, para abandonarla por todas las perogrulladas y majaderías que creían y que después de su lucha contra el sistema, hacia el final del libro, duda de si ella puede excluirse o no de ser parte de esa “humanidad en general” que la ha decepcionado apoyando estas nuevas posturas (majaderías): “No obstante, hay algo difícil de identificar que si me distingue de la mayoría, y si aun estáis leyendo esto, es probable que parezcáis a mí mismo grupo genético. La verdad, no entiendo por qué nací con una curiosa inmunidad a las enfermedades dogmáticas que con tanta facilidad infectan a mis semejantes, y tampoco entiendo por qué ciertos fenotipos no resultaron afectados por el COVID-19. Me resisto a afirmar que formo parte de un grupo de escogidos, como los testigos de Jehová, y puede que estos últimos trece años hubiera sido una persona un poco más feliz de haber seguido al rebaño sin pararme a pensar.”; nada que añadir señoría: será genética pero no cuela, ni esa igualdad ficticia ni lo de que solo se salvaran los “ciento cuarenta y cuatro mil” (escogidos de los testigos de Jehová).

He de confesar que qué se la esté tachando de anti-woke, sea esto o su contrario lo que sea, intentando significar que es fascista por esta novela (puede que también por las anteriores, pero de esta si me han llegado artículos comentándolo) me duele ya que esta vez también coincido con el planteamiento general de la novela e incluso me he reído con gran parte de la parodia, pero, esto de la risa, probablemente también sea algo genético e inevitable.

También, habiendo llevado yo mismo algunas veces a acabo alguna venganza, he de estar de acuerdo con la protagonista en que “La venganza rara vez satisface, pero eso ya lo sabía desde el principio. Como ya he dicho, no soy una ingenua emocional. De hecho, si alguien espera volver a sentirse bien, recuperado, le recomiendo encarecidamente que se olvide de venganzas. No funciona. Par empezar, no consigue que aquello de lo que queremos vengarnos no se nos infligiera; rara vez provoca en nuestra némesis una pizca de arrepentimiento; rara vez mueve a ese pobre remedo de ser humano a reconocer que el castigo era merecido”.

Pese a todo eso, como continua la protagonista, nada de eso es el motivo o el objetivo de la venganza, “con todo, mi intención no era provocar arrepentimiento, y en el fondo me daba igual si cierta persona llegaba a reconocer, incluso ante sí misma, que se lo había buscado. Tampoco intentaba sentirme feliz. Lo que quería era hacer infeliz a alguien.”; esa es la verdad de la venganza y pese a todo, a veces, como dice la canción “La única solución es la venganza”:



La elección de mi última lectura del mes (si, este ha sido un mes por encima de la media de lecturas) os sorprenderá si os digo que es de un autor mexicano y sobre la emigración asturiana a México (la de 1874, no la de la guerra civil) y la posterior re emigración, vamos los indianos, pero no puedo ocultar que de esto va El metal y la escoria (si, el titulo sería más aplicable a una novela de aventuras épicas).

Tampoco voy a ocultar que, pese a que tenga muchas cosas que me han llamado la atención como enterarme de que, al menos en México, país especialista en los temas del día de los muertos, la celebración no sea el día 1, que es solo para los muertos infantes, y que es “cada dos de noviembre, día de los muertos grandes”; o que haya existido una “guerra de los pasteles”, entre México y Francia, no estando claro si por una cuenta sin pagar en un restaurante francés (una cuenta de pasteles) o por unos destrozos, o incluso leer ese sorprendente coplilla que citan de “En Madrid ciudad bravía / que entre antiguas y modernas / tiene trescientas tabernas / y solo diez librerías”; tenga también un personaje con el que por aquello del nombre algunos puedan tener la tentación de identificarme con él en ese “Como si hubiera querido contribuir con su muerte a fortalecer el prestigio del sistema decimal, Benito, ordenado y preciso como fue en su vida, murió el 10 de octubre de 2010, el diez del diez del diez” aunque claramente llego ya demasiado tarde o demasiado pronto; o incluso por características de algún personaje con las que si me puedo identificar como ese “mentirosa hasta la falsificación y veraz hasta la llaga. Es decir, fue coherente con las polaridades entre la cuales el ser humano se debate.”, o esa otra sobre los recuerdos y porque los más antiguos son más fáciles de recordar “porque son muchas las veces que los he invocado y lo que recuerdo es el recuerdo del recuerdo… la primera casa, el primer coche, el primer amor.”; pues, pese a todo esto, la sensación que me ha quedado es que no me ha gustado.

E incluso aunque piense en hacer mía, o de mi biografía, ya veremos, esa respuesta del padre “Una vez le pregunte a papa, viendo aquella montaña de colillas; ¿todo eso te has fumado?, Y el, con una lógica implacable, me respondió: No, eso es precisamente lo que no me he fumado.”; pues eso, pese a todo esto, pues la sensación es que no me ha gustado especialmente. Raro ¿no?

Pues nada, aquí acabo el último objetivo para cumplir mi propósito, pero antes de que protestéis y justo antes de despedirme os contare cual fue el regalo, cuál fue mi obsesión durante algún tiempo, obsesión que puede, o no, guardar relación con mi fascinación por la hidráulica de la que, ya, si eso, hablaremos otro día… pues se trata simplemente de una máquina de olas, que pese a que en mis recuerdos sea mucho más impresionante ahora que la tengo he de reconocer que me sigue fascinando como el primer día y sigo quedándome embobado mirándola (tanto me gusta que os dejo un video, aunque  no le haga justicia).

  


Pues eso, ¡Divertíos asaltando el castillo! mientras yo sigo mirando las olas en mi salón.

Lecturas

The city we became - N.K. Jemisin

La mala costumbre - Alana S. Portero

The plot against America - Philip Roth

Tarantula - Bob Dylan

Just Kids - Patti Smith

We - Yevgeny Zamtatin

Muerte de un librero - Bernard J. Farmer

The grey wolf - Louise Penny

Ozark dogs - Eli Cranor

Mania - Lionel Shriver

El metal y la escoria - Gonzalo Celorio

domingo, 21 de diciembre de 2025

Comentario de textos - Octubre 2025

Pues seguimos para bingo, vamos que sigo intentando ponerme al dia de mis atrasos comunicativos. Realmente ya estoy muy cerca, aunque si bien octubre, con la visita a NYC, mi cumpleaños y otras cosas, es un mes de lectura medio me tiene preocupada la pila de libros de noviembre (que estuve en Piles) e incluso la de diciembre, pero, ya, si eso, pues ya nos preocuparemos “cuando lleguemos a ese puente” que se dice, o algo parecido.

Siempre pasan muchas cosas que no me da tiempo a comentar, sobre las que dar mi opinión y este mes (diciembre) pues no ha sido la excepción, pero como voy apretado solamente comentare lo increíble que me parece que hayan asesinado a Rob Reiner, más todavía que haya sido su hijo, pero todavía más que el presidente de estados unidos, si, ese, haya declarado que “le parece bien”; no con todas esas palabras exactas pero vamos que, para él, lo que lo ha matado ha sido “estar en contra de Trump” (vamos de él y sus políticas); creo que llego a decir que lo había matado “un virus trumpista”. Sobre esto pues, no sé, por una parte, igual eso que decían de que el valor de uno, a veces, no se mide tanto por sus amigos como por sus enemigos y casi es de alegrarse que ese personaje te odie a alguien a quien aprecias (en cierta media te da valor); y por otra pues no sé si alucinar con su teoría del virus que casi me lleva a recordar esos tiempos en los que en lugar de ser todo culpa de los virus pues todo era culpa del cáncer y todo te daba cáncer, como cantaba el gran Joe Jackson a ritmo caribeño (con bastante alegría para lo sosainas que es) y que os dejo aquí para vuestro disfrute o descubrimiento.

 


Afortunadamente la letra ya no es verdad y eso de “there is no cure, there is no answer… No, caffeine, No protein, No booze or Nicotine…”, pues ha dejado de ser cierto, por una parte, porque ahora el cáncer se cura bastante y por otra por la estúpida inclusión en la letra de las proteínas (supongo que quieren representar la raw meat pero, se le iba la rima) ya que ahora (para algunos) las proteínas son el nuevo súper alimento, que está en todo como valor extra añadido y además lo que te da cáncer pues sigue siendo un misterio (hace años leí un articulo muy interesante, en un libro que se llama Science Friction que tenía varias teorías demenciadas pero científicas de varios tema, sobre la posibilidad de que el cáncer fuera una enfermedad contagiosa; posibilidad que estadísticamente, a nivel personal probablemente sobre la base del efecto Baader-Meinhof, no parece absurda ya que en cuanto conoces a alguien con cáncer empiezan a aparecer casos en su entorno. Yo solo lo comento sin crear una conspiranoia).

En cualquier caso, ya puestos a comentar también es demencial que, si ahora alguien escribiera esta letra (o, hablando de Cáncer, la de los grandes Siniestro Total, aún más específica en el tipo de cáncer lo que daría lugar a acusaciones más graves) seria lapidado públicamente, o por lo menos en las redes. Lo que lleva a recordar al otro gran fallecido este mes Jorge Ilegales que ahora (como muchos otros) no podría publicar ninguna de sus grandes canciones, himnos generacionales casi, sin ofender seriamente a todo el planeta o por lo menos a toda la, cada vez más enorme, masa mojigata con la que convivimos (vale también ha muerto el de Extemoduro, pero a mí esto no me dice nada especial salvo que parece haber fundadas sospechas de que ambos han fallecido  por haber dejado las drogas hace poco a una edad avanzada, algo que parece que no es bueno. O las dejas pronto o, parece, que ya, mejor no las dejes).

En fin, pero vamos a lo que hemos venido aquí, en lugar de estar pensando en comprar regalos o preparar mi felicitación navideña; a intentar ponernos al día de lecturas.

Me cuesta mucho encontrar caso en los que los libros no sean mejores que las películas en las que se basan (salvo, por supuesto, como todos sabemos en el caso de El Padrino; no, ni siquiera en la obra maestra de Reiner, Rob) así que cogí con mucha ilusión La guerra de los Rose, que siendo una película casi mítica de los ochenta sobre un proceso de divorcio y la destructiva pelea entre los futuros ex por la casa en la que viven, no tenía ni idea de que estuviera basada en una novela. A ver, la novela está bien pero obviamente es otro contraejemplo de la norma general enunciada y el libro no puede compartir con la química de los dos protagonistas de la película, Kathleen Turner y Michael Douglas, ni ya puestos con Danny DeVito. Así que, si necesitáis otro contraejemplo para esa discusión recurrente sobre libros y cine, pues este lo es. 

Ya en NYC y tras visitar mis librerías de referencia de la ciudad pues empecé a leer The Woman dies que no siendo una novela sino una recopilación de cuentos cortos (52 en poco más de 150 páginas) pues era una buena elección para no tener que estar especialmente metido en la historia. Como en toda recopilación; ahora que lo pienso, corrijo ya que creo que no es una recopilación sino un libro de cuentos; escrito exprofeso así para ser publicado como una unidad (ya, no es que importe, pero por aclarar) pues los hay mejores, peores, buenos, malos y simplemente sin sentido (como ese que es una sola frase, ni siquiera especialmente brillante). Eso sí, te permite alucinar un poco con el nivel de machismo de la sociedad japonesa (tal vez, su mayor lacra) aunque mi frase favorita del libro es, creo, bastante hispánica “When a man gives his opinión, he’s a man. When a woman gives her opinión, she’s a bitch.”; que ciertamente mucha gente piensa sobre la promiscuidad.

 

Ya en Madrid mi siguiente lectura fue el último de la seria de Charlie Parker, The children of Eve, que si bien me sigue gustando este no es de los mejores (que como digo cada vez que leo uno, ninguno es como el primero) pero tampoco es el peor de la serie y, que puedo decir, pues ya les tengo cariño a los personajes y su lucha entre el bien y el mal (ambos con mayúsculas, pero personalizados en seres humanos). Podría decir que lo más curioso es que se trata de un ejemplar firmado por el autor que solo cogí (firmado, se entiende) porque no los había sin firmar ya que aunque si conozco al autor no le doy ningún valor a que este firmado, de hecho eso de comprar un libro (que no te has leído) firmado por el autor siempre me recuerda (como muchas otras cosas) a Lourdes y a cuando en, la ya desaparecida librería de NYC que era mi favorita para policiacas, el dependiente, todo amabilidad, le dijo que no se llevara el ejemplar que había cogido, que se llevara uno que tenían firmado, algo a lo que se negó diciendo “No gracias, que no lo he leído y si no me gusta pues prefiero no tener la firma.”

 El caso es que, como decía, esto no es lo más curioso del libro sino que ha sido descubrir que existe la denominada “Tatsuboko cardiomyopathy: he died of a broken heart, a surge of hormones following the stress of her loss.”, algo que uno piensa que sucede pero que también piensa que es más cosa de películas y canciones.

 Como siempre en estos casos pues también tiene alguna frase lapidaria, variación de algún dicho habitual, como ese “Small thieves, Vaughn’s father used to say, get sentences, but big thieves get statues.”; del que existen casi infinitas versiones. En general una buena lectura pero, creo, solo para los seguidores de la serie, no para iniciarse en ella o para leerlo separado.

 The strand es (creo, o creo que así se publicita) la librería más grande NYC y un foco de visita para muchos locales e incluso una atracción turística, aunque desde que la reformaron (especialmente el sótano) y se puede visitar sin sufrir un desmayo por el calor o los olores del saneamiento, y desde que incluso tiene zonas en las que dos personas pueden cruzarse sin chocar, es verdad que ha perdido gran parte de su atractivo para los más puristas (entre los que me encuentro); eso sí, a cambio ahora puede visitarse e incluso disfrutar (más o menos) no ya solo de sus precios de ganga sino de las ediciones de cosas raras que tienen. ¿Qué porque cuento esto? Bueno, pues obviamente porque mi siguiente lectura (de las varias que compre en este viaje) la compre allí y es una de esas cosas raras; una novela de detectives en Leningrado en los años 30: Punishment of a Hunter.

Estoy convencido de que el tema y la portada os habrían hecho imitarme y también os la habríais comprado, especialmente los que conozcáis la serie de novelas policiacas de Kerr sobre la Alemania nazi. Si, con que fuera la mitad de buena que la peor de esa serie pues ya sería bastante buena. Sin embargo, he de reconocer, y advertiros, de que si bien no se calcular un porcentaje que la relacione con la más floja de Kerr, solo os diré que no he conseguido terminármela y hacia la mitad decidí que ya había tenido suficiente y que esto no iba a ninguna parte. 

Un poco decepcionado decidí no arriesgar y dedicarme a While drowning in the desert, para releerla como celebración de la reedición por el treinta aniversario de la serie de novelas de Winslow (relectura porque está ya la había leído en su día; algo que sabía al comprarla aunque tenía dudas de si había leído todas las que habían reeditado) pero que me compre (solo dos de las cinco, que aunque pequeñas me parecía que comprar las cinco era excesivo y me dejada sin espacio para otras novedades) para cerrar un circulo de esos que gustan tanto a los de la espiritualidad y el karma, ya que las primeras las compre en mi antigua librería de policiacas favorita de NYC y estas reediciones  en mi nueva librería de policiacas favorita de NYC. En esta primera serie de novelas el personaje central es un mindundi que se está iniciando (en las primeras, luego ya más consolidado, obviamente) como investigador privado/resuelve problemas. En esta pues tiene que ir a recoger a un venerable anciano a las vegas y llevarlo a Palm Spings pero todo se complica poco a poco, fundamentalmente por la actitud del anciano frente a parte del viaje y los detalles. Vamos, un clásico de la comedia de carretera que entretiene, bastante. Personalmente me quedo con el descubrimiento del término “bathetic”, que creo que no existe en español, pero que intenta describir algo que es patético por excesivamente sentimental y tonto; vamos un comportamiento muy de los adolescentes que hacen un drama de que la cosa más pequeña no salga exactamente como desean y pueden ponerse de rodillas pidiendo explicaciones a los dioses porque el banco de su camiseta no coincide con el de sus pantalones. Me encantaría que hubiera equivalente en español.

 Mi siguiente lectura, Felony Juggler, es otra compra verdaderamente difícil de encontrar, quiero decir que no es una novela que uno pueda encontrar en cualquier librería, pese a que su autor (la mitad gigante de un peculiar dúo de magos americanos) tenga varias novelas publicadas y sea pues un personaje bastante conocido televisivamente. Obviamente, ya lo dice el título, va sobre un malabarista (algo que el autor fue) que compagina las actuaciones callejeras de malabares con cuchillos, con ciertos delitos, llegando a atracar un banco y ser perseguido. Es bastante entretenida y ciertamente tiene un poco de morbo el intentar distinguir que parte son autobiográficas y cuales no.

Mi última lectura de octubre la compre por el título, Sociopath. A memoir (si, pese a la coletilla de memoir que claramente indicaba basada en hechos reales; que ya sabéis que me importan poco) pero no por, como algunas ya estáis pensando, por un interés profesional personal de posible identificación en esa categoría clínica. Pues eso, son las memorias de alguien que descubre que es sociópata, que no psicópata, y lo sabe (como diría un meme cualquiera, o el más extendido) pues decide estudiar el tema (vamos, psicología) para intentar mejorar la clasificación de personalidades para hacer un hueco a la sociópata frente a l psicopatía. Además de estar de acuerdo con la diferencia general entre ambos conceptos (sin tener ni idea de ninguno de los dos, aparte de lo que todos creemos, sin base, entender) coincido con la autora en que hay niveles de sociópata en los que las emociones, si bien no salen naturales pues pueden ser aprendidas y, por lo tanto, fingidas. Lo mismo que cuando fui secuestrado por la cruz roja (motivo por el que no colaboro ni con el sorteo del oro ni con ninguna de sus actividades, por lo menos hasta que pidan perdón públicamente e incluso personalmente) y me dijeron que para poder seguir tenía que aprobar un examen de primeros auxilios ya que sin aprobar no podían seguir teniéndome como voluntario (es decir, secuestrado. Ante tan sorprendente revelación, con una gran alegría, tuve que preguntarles “vale, entonces ¿esto significa que si no apruebo me marcho a casa y acabo con mi secuestro?”; a lo que muy seguros e incluso preocupados intentaron tranquilizarme con un “no, no te preocupes, es tan fácil que es imposible suspender”. Vale, otro error por su parte ya que… como descubrirían en breve si un examen es tan fácil que no se puede suspender… igual de sencillo, o incluso más, resulta suspender y ciertamente no me costó ningún esfuerzo responder mal a todas las preguntas y sacar la nota, posiblemente, más baja de toda la historia de la cruz roja (aunque viendo a algunos personajes que luego encontraría tengo ciertas dudas de que la mía fuera la más baja), consiguiendo un claro suspenso. Suspenso que todo sea dicho no me libro de ellos, si lo hizo mi resistencia pasiva que acabo desesperándoles y me decidieron ignorarme en el futuro antes de que la situación se les fuera de las manos y acabáramos teniendo algún accidente o acabaran con alguna querellita por parte del público.

Pero, ya, si eso, os cuento mis batallitas de la mili (del servicio social sustitutorio) pues otro día. Acabo con la idea de ver alguna película de Reiner (me gustaría ver una que trata de las relaciones con su hijo que es de las pocas suyas que no he visto) pero antes y hasta la siguiente, pues ¡Divertíos asaltando el castillo!


 Lecturas

La guerra de los Rose - Warren Adler

The Woman dies - Aoko Matsuda

The children of Eve - John Connolly

Punishment of a Hunter - Yulia Yakovleva

While drowning in the desert - Donald Winslow

Felony Juggler - Penn Jillete

Sociopath. A memoir - Patric Gagne



domingo, 14 de diciembre de 2025

Comentario de textos - Septiembre 2025

Sigo con mi propósito de ponerme al día antes de que acabe el año (si, también para con este propósito cumplido pues, ya, si eso, plantearme nuevos propósitos para el año que viene. Es broma que yo no soy de propósitos de año nuevo) y empiezo con las lecturas de, ya tan solo, un trimestre de retraso.

Aunque no he recibido quejas (ni elogios, todo hay que decirlo) por ir tan acelerado como para saltarme las introducciones y pasar solo a las lecturas, como septiembre es uno de esos meses en los que leo poco (por debajo de mi media, quiero decir; que, para la media nacional ni tan mal, oiga) pues antes de ponerme a ello os cuento un par de chorradas.

La primera tiene que ver con la “crisis del psoe” (si, paso de ponerlo en mayúsculas que tienen tantos líos, que por mucho aprecio que les tuviera mi padre, creo que ahora mismo no se lo merecen) y también con ciertas historias de mi padre. No, tranquilos que nada que ver con ninguno de los dos temas que atañen a ese partido del que usted me habla (de esos, ya, si eso, pues hablamos otro día) pero que viendo la sucesión de escándalos: echan a uno por corrupción, ponen a otro, lo echan por corrupción, ponen a otro (o lo proponen) y lo tienen que echar por sobón, van a poner a otro y les pasa lo mismo; pues me ha recordado a la historia de los directores de obra del Canal de Panamá que contaba mi padre y que yo repito cada cierto tiempo dándole veracidad (aunque vete a saber cuánto hay de cierto).

 La historia (o la versión familiar de la misma) es que cuando estaban construyendo el Canal de Panamá (para los que no lo sepáis una de esas obras de ingeniería hidráulica por las que, como decía aquel, Frank Westerman para ser precisos, puede medirse el nivel de autoritarismo de una sociedad y solo comparable a la propuesta de los rusos para cambiar la dirección de sus ríos – que en lugar de ir hacia Asia fueran hacia Europa - que parece que ahora retoman con planes para modificar todo el rio Ob); el caso es que cada poco tiempo (en general, cada pocos meses) la administración tenía que cambiar al director de la obra ya que siempre le acusaban (al parecer con toda la razón del mundo) de todos tipos de corruptelas varias. La historia familiar dice que el presidente de los estados unidos (que era la administración de las obras) harto de tener que estar todo el tiempo con lo mismo le propuso el puesto a un incorruptible. Este, además de ser incorruptible, o tal vez por eso, pues era sensato y al aceptar el puesto le dijo al presidente “vale, acepto, pero no prometo que no me corrompan. Solo le prometo que cuando lleguen a mi cifra «le avisare» para que me retire del puesto que yo no tengo ninguna gana de ser corrupto”. El caso es que, en menos de un año, el presidente recibió la llamada del ingeniero para que le retiraran y se retiró siendo incorruptible.

Obviamente eran otros tiempos, otras personas o por referenciarlo a los libros eran “otras voces, otros ámbitos” (ya sabéis la primera obra de Capote, Truman como otro presidente, no el de la historia, que ese fue el que daría nombre a los ositos de peluche).

Pues contada esta chorrada estoy tentado de hablaros de lo poco que últimamente entiendo los anuncios de la tele (hay uno en el que parecen exigir que los mayores de setenta tengan que renovar su carnet de identidad – yo no sabía que no tuvieran que hacerlo – ya que le parece que siguen teniendo derecho a renovarlo y que eso es edadismo o algo así; o ese otro que empieza “no se porque los llaman interruptores sino interrumpen nada” ¿perdona, estamos locos?) pero paso a las lecturas que tengo un objetivo.

Últimamente tengo bastante suerte con los libros que tienen un título, cuando menos, discutible y la verdad es que La picadura de la abeja pues, en mi nada humilde opinión, es un título pésimo (no tanto como aquel de “El movimiento de los cuerpos a través del espacio”, especialmente para una historia familiar en Irlanda (no sé porque no me parece muy razonable que haya abejas en Irlanda, pero tampoco sé porque no debería haberlas). Eso sí, el libro me ha parecido bastante bueno igual, o pese a ello que no tengo las cosas claras, por tratarse de una saga familia una familia con sus problemas (las únicas que dan para una novela como ya dijo aquel al empezar su libro). Tiene cosas estupendas que estoy seguro de que todos estamos dispuestos a aplicar a miembros de nuestra familia (no daré nombres de la mía, de hecho, diré que a mí no se me ocurre nadie a quien aplicárselo en mi familia) como ese “A menudo la vida de su hermano le recordaba a un culebrón escrito con lápices de colores infantiles.”; o esa otra que creo explica bien porque (aunque el personaje se refiere al cambio climático) a todos nos cuesta eliminar los hábitos perniciosos que todos tenemos “La idea de combatirlo parece en muchos sentidos peor que dejar que nos mate. O dicho de otra manera: nos cuesta mas hacernos a dejar de ser quienes somos que hacernos a la idea de que vamos a morir.”; o una de mis favoritas “El pasado se queda con nosotros, de formas que no siempre nos esperábamos. Si no hemos hecho las paces con él, nunca dejara de volver.”, que podria ser el lema del colegio de psicólogos argentinos.

Me confunde un poco más, pese a que explique muchas anomalías estadísticas (como, por ejemplo, que el 90% de los conductores creen que el 90% conduce mal pero que ellos conducen estupendamente) ese “Supongo que es lo que quiere todo el mundo, ¿no? Ser como todos los demás. Pero no hay nadie que sea como los demás. Es lo único que tenemos todos en común.”; ya que me parece que la gente ahora vive en un oxímoron continuo en el que a la vez que quieren ser completamente individuales, especiales en su individualidad, también quieren ser como todos los demás.

También tiene cosas que (creo, lamentable y sinceramente) sigue pensando la gente (alguna gente) pero que nadie reconocerá hoy haber dicho nunca, pese a que todos las hayamos oído, como “Tu padre siempre decía que no se puede confiar en las mujeres: para él era un…, como se dice, un artículo de fe. La mayor broma de Dios fue crear el cuerpo de la mujer y ponerle cerebro de mujer, eso decía. Era como dejas a un envenenador a cargo de una tienda de golosinas.”

Pues eso, qué si disfrute mucho la anterior, mi siguiente lectura, Suave es la furia, pues me pareció que era otro de esos libros escritos para escritores, críticos literarios y otras gentes del gremio ya que es como una especie de thriller literario (en la que la relación de los protagonistas se centra en su conocimiento y adoración por esa novela a la que imita el titulo) y que, por supuesto, como todos, pues ocultan secretos inconfesables que, también por supuesto, enturbian sus relaciones.

La única frase que salvo del libro (pese a no ser, realmente del libro, es ese “A los dieciocho años, nuestras convicciones son montañas desde las que oteamos el horizonte – recito para sí mismo -, a los cuarenta y cinco, cuevas en las que nos escondemos.”; aunque ahora, ya cumplidos los sesenta (como me gusta presumir de edad, menuda cosa) me queda la duda de que serán nuestras convicciones ¿la fosa de las marianas, que no tenemos ni idea de que es? Espero que no, o no en mi caso, pero supongo, mejor eso (no recordarlas) que aferrarse a ellas e intentar imponérselas al mundo.

Mi siguiente lectura (como todas salvo indicación expresa mercadas en mí, espero que vuestra, librería de referencia de Madrid: Méndez en la calle Mayor) fue Los niños de Himmler. Que si, que soy consciente, que buena pinta pues no tenía; aunque no me negareis que el tema de los nazis manteniendo maternidades para abastecer a las madres infértiles del Reich, o al propio Reich de sus futuros soldados tiene algo de inquietante que, en un autor de bestsellers como Harris (cualquiera de los dos, Thomas o Richard) podría dar lugar a un libro verdaderamente entretenido. Este no lo es.

En este punto me había vuelto a quedar sin lecturas y en lugar de seguir con K. Dick pues cogí Génesis y Catástrofe (que sí, que como título es un poco lamentable y tirando a espeso y más propio de una tesis que de un conjunto de cuentos) pero a) era una relectura, así que ya sabía que era bueno y b) es de Dahl que es garantía para casi cualquier cosa. Nueve cuentos (hoy todo parecen citas literarias) todos por encima de buenos, incluso de muy buenos, desde una madre a punto de perder a su hijo al dar a luz (angustioso en parte hasta que dicen el apellido de la madre), la invención de una máquina de inteligencia artificial para escribir artículos y novelas (mucho mejor del mentiroso, mentirero incluso, de ChatGPT) y en fin… no os cuento más.


 En mi siguiente visita a Méndez pues cogí Imposible decir adiós, y aunque, sin saberlo, pues otro premio nobel, esta vez mujer coreana y de la que me habían hablado razonablemente bien por otra novela (La vegetariana, que no cogí por estar ya un poco saturado de malos títulos) de la que obviamente habían reeditado toda su obra. A ver, tengo que reafirmarme en que no me acaban de convencer los premios Nobel; la novela no está ni bien ni mal, algo que me parece muy poco para un premio Nobel (puede que la famosa lo mereciera, no digo que no), comando una historia “de amistad” que, por lo menos para mí, parte de una premisa bastante desquiciada (o no muy razonable para un europeo como yo) en la que una amiga que ha sufrido un accidente ruega a su amiga del alma que vaya a una isla aislada (no una al azar, sino en la que vivía la amiga) y poco isleña (prácticamente aislada por la nieve) para ocuparse de su cotorra. Ya digo, una majadería cuya única parte buena es trasmitir cuando hay que saber decir que no (creo yo).

Es verdad que tiene alguna frase realista y acertada, como “Sabemos por experiencia que, al marcharse, algunos sacan su cuchillo más afilado para clavárselo al otro donde más le duele. Y que saben exactamente cuál es el sitio porque conocen a esa persona mejor que nadie.”; pero, sinceramente (aunque igual es culpa de la traductora) no se le puede dar al Nobel a nadie que escriba “Extrajo a medias una caja de la balda inferior, abrió la tapa y saco un mapa a escala…” ¿el mapa está a escala o a tamaño real representando – lo que hacen los mapas –algo a escala? En serio, si no estuviera a escala – la representación – pues sería tan grande como lo que representa; para suspenderla, sino en literatura, si en lógica, pero matricula en redundancia.

 

Si una novela policiaca viene con una frase de Chandler (Raymond) diciendo que “es uno de los libros más fascinantes escritos en los últimos diez años” pues como vas a resistirte a cómpralo, por mucho que el titulo sea dudoso; este es el caso de El señor Bowling compra el periódico mi última lectura de septiembre antes de enredarme en al aniversario e irme a NYC.

SiI bien es verdad que en la primera página uno encuentra una frase que promete: “… a menudo caía en un estado a desesperada soledad, un estado de ánimo que tal vez podría haberse denominado suicida de no ser porque él era un hombre incapaz de cometer suicido, pues tenía demasiado sentido del humor para hacer un acto tan frio y deliberado.”; la historia, pese a su extrañeza, con un protagonista que se dedica a matar a gente pero cuyos asesinatos son todos atribuidos a otras causas y clasificados de muertes sin más le trae por la callar de la amargura, no acaba de atrapar y al final uno se pregunta cuál es la fecha de publicación (1943) y cuál es la década en la que este es lo más fascinante para alguien como Chandler ya que una búsqueda rápida da algunos resultados que bueno son más que dignos competidores. Solo puedo concluir que Chandler estaba muy ocupado escribiendo como para mantenerse al día, o a la década, con sus lecturas, o que “más fascinantes” es un error de traducción. Pero, ya, si eso, lo cometamos otro día. Ahora  ¡Divertíos asaltando el castillo!

 

Lecturas

La picadura de la abeja - Paul Murray

Suave es la furia - Sash Bischoff

Los niños de Himmler - Carolien De Mulder

Génesis y Catástrofe - Roald Dahl

Imposible decir adiós - Han Kang

El señor Bowling compra el periódico - Donald Henderson

domingo, 7 de diciembre de 2025

Comentario de textos - Agosto 2025

Como ya supondréis mi objetivo ahora es ponerme al día de las lecturas antes de que acabe el año, y siendo ya diciembre y yendo yo solo por agosto pues, la cosa se complica. Así que esta esta vez pues no habrá introducción comentando mis inquietudes o chorradas (que si me paro a pensar seguro que hay bastantes cosas que comentar, que el mundo está cada día más extraño, o al menos a mí me lo parece); así, que hoy directamente a las lecturas que, por aquello de ser el mes de agosto, no son pocas (aunque como he ido poco a Piles este año pues tampoco son tantas) pero afortunadamente para la longitud de esta entrada (desgraciadamente para mi) pues han sido bastante mediocres y con pocas cosas reseñables.

Mi primera lectura fue Posesión, que es una de esas novelas que gustan a los miembros de los gremios asociados a la literatura (de hecho, fue ganadora del premio Booker) ya que van sobre sus obsesiones con otros escritores y con “desentrañar” sus vidas a través de sus papeles; en este caso unas cartas inéditas de un escritor victoriano (imaginario) que aparecen de pronto y que “cambiaran la percepción” que se tiene sobre el mismo en todo el mundo. Si bien suelen gustar mucho en “el gremio”, la verdad es que es difícil que nos gusten a los demás tanto (hay excepciones, aunque ahora no se me ocurre ninguna), y yo, pues he de reconocer que no me ha convencido especialmente.

Con todo si me ha gustado esa reflexión sobre “Es curioso, ahora que lo pienso, que en el ajedrez la mujer sea la que puede dar grandes carreras y andar libremente en todas direcciones, mientras que en la vida es justo del revés”, hecho al que siendo consciente nunca me había planteado exactamente así (si había pensado que el rey era una de las piezas más inútiles, en movimientos, de todas las que hay, pero lo de la reina pues no me lo había planteado); o esa otra de “¿conoces la teoría de que la historia clásica de detectives surge con la novela clásica del adulterio, porque todo el mundo quiere saber quién es el padre, cual es el origen, cual es el secreto”, con la que sin tener claro la existencia de ese género (novela clásica de adulterio) salvo precisamente Madame Bovary donde no hay ninguna intriga (que yo recuerde) creo que no estoy de acuerdo pero, que sabré yo de estas cosas.

Nuestros días serán infinitos, pues tenía una premisa más interesante en la que un padre secuestra a su hija y se la lleva a vivir al sótano de una casa que ha convertido en un refugio nuclear donde la convence de que todo ha sido destruido y solo quedan ellos dos en todo el mundo. Un día ella tiene un encuentro con “otras botas” que no son las de su padre y finalmente consigue escapar. No es un mal planteamiento para una novela (tampoco especialmente original ya que hay muchas películas que van más o menos de esto mismo; gente que vive engañada sobre el fin del mundo) que puede dar lugar a reflexiones interesantes sobre el control e incluso sobre la normalidad del control en la infancia. Lamentablemente se me “ha quedado corta”, con poco interés quiero decir y no veo nada destacable o destacado.

Curiosamente cogí Humus con bastante reticencia ya que una novela sobre dos estudiantes de agronomía que toman caminos opuestos, uno que decide volver a explotar los terrenos familiares que habían sido abandonados porque el uso de pesticidas los había arruinado y otro que monta una start-up para el uso de gusanos para la regeneración de la tierra (por supuesto mediante selección genética, inteligencia artificial y otras cosas de ese estilo y moda) pues eso, tenía un riesgo elevad de ser demasiado tópica.

Por eso me ha sorprendido muy favorablemente con su tono general, algunas descripciones como “la reproducción de la lombriz de tierra es sexo gay seguido de reproducción asistida entre chicas”, que puede ser cierta o no, que yo sobre este tema poco, digno mejor nada, sé; o algunas frases como “Arthur disertaba así acerca de los males que acarrea la abundancia con esa falsa desesperación de los veinte años, cuando uno puede pasárselo bien no creyendo en nada porque aún cree en sí mismo.” (obviando la imposibilidad lógica de no creer en nada si uno cree en uno). Vamos que, en general, me ha gustado bastante

Como el mercado editorial sigue publicando japoneses pues yo sigo comprándolos y mi japonés de este mes ha sido Susaki Paradise, una novela (o seis historias con un punto común) publicada poco después del fin de la segunda guerra mundial relacionadas con la prostitución en Japón. Concretamente las historias pasan en una taberna a las afueras del barrio de las prostitutas donde se van cruzando estas historias de las que entran, las que salen las que permanecen. Es curioso, aunque como había leído hace poco otro sobre, más o menos, el mismo tema pues nada me ha sorprendido esta vez especialmente (ya me sorprendieron algunas particularidades en la lectura anterior).

Leer a autores sudamericanos siempre tiene el problema, o la diversión, del lenguaje particular de cada país, así que cuando en La muerte ajena, al poco de empezarla, uno se encuentra con ese “Veronica lleno la bañadera. ¿Bañadera o bañera?” uno no puede más que volver a preguntarse ¿Qué tipo de duda es esa? ¿en qué país se platea un hablante nativo este tipo de duda? Bueno, pues, en este caso, es en Argentina, aunque no descarto que la duda le surja precisamente por el habla de otro país de habla hispana (aprox.). Aparte de estas curiosidades lingüísticas la historia, la investigación por parte de una periodista de la típica muerte de la que se duda si es asesinato o suicidio pues no parta mucho, salvo el hecho de que la periodista se plantea la duda porque la muerta, aunque nadie lo sepa, es su hermana (de distinto padre, razón por la que no nadie las vincula). Por lo demás pues poco que comentar, ni buena ni mala.

Mi última compra en mi librería de referencia (si, Méndez en la calle mayor de Madrid; nunca está de más repetirlo para aportar un poco de publicidad) antes de que cerraran por el verano (recordar que pese al fría actual estas son las lecturas de agosto) fue El Jacarandá y creo que solo la compre porque me parecía raro el uso de “el” (por mucho que se trate de un árbol, para mi es “la”, no me preguntéis porque) ya que el tema un exiliado ruandés, bueno de segunda generación, en Francia decide investigar sus orígenes pues, prometer, no  prometía mucho pero, bueno, también estaba el tema de las vacaciones (de la librería, no las mías) y la necesidad de acopio. Pues eso, sin especial interés para mí y la verdad es que no he conseguido conectar con los problemas de identidad del personaje. Seguramente el autor tenga su público, pero yo no estoy en ese grupo.

Efectivamente, como era previsible, había comprado pocos libros para el verano así que terminadas mis compras tuve que volver a El cuarteto de la memoria, de la que todavía me quedaban tres novelas por leer de ese cuartero.  Es verdad que estas tres me han gustado algo más que la primera (que no me convenció en lo más mínimo) y me gusta ese concepto de “… la estirpe de los viajeros inmóviles, que ambos sabíamos que la vida era un viaje a ninguna parte sin moverse de ningún sitio” (que casi seguro que no es suya ya que me suena haberla oído antes).

Cuando lees varias novelas el mismo autor siempre encuentras cosas/ideas que “se repiten” aunque formuladas de maneras iguales o un poco diferentes. En este caso es el concepto de “La vida también es generosa. La gente se olvida de lo generosa que es la vida. Todos piensan en lo que pudo haber sido y no fue, pocas veces en lo que fue sin que uno mereciera que lo fuera” idea que, al menos a mí, me parece muy similar a esa otra de “… alejándose día a día de la vida que hubiera podido tener y no quiso, o no pudo, o no lo dejaron. O simplemente, no supo, que es lo que nos acaba ocurriendo a todos.” Yo creo que son dos caras de la misma moneda, las excusas sobre el control de nuestras decisiones y de su influencia. Peor, que sabré yo.

He de decir que no me he leído las tres novelas seguidas, eso sería un excesivamente suicida, sino que las combine con la lectura (relectura, que uno es un cultureta) de cuentos de K. Dick que siempre da gusto volver a descubrir (redescubrir, debería haber escrito). ¿tengo que contaros algo de K. Dick? No lo creo, me niego a creer que tenga que deciros algo sobre él, aparte de lo evidente: “K. Dick es un genio”. No un genio de la ciencia ficción sino de la normalidad, y lo único que hace es cambiar alguna cosa de la normalidad para que todo pase al terreno de la ciencia ficción, en lugar de mantenerse en el realismo, pero si uno quita este elemento todas las historias son de relaciones normales (o anormales pero realistas). K Dick es una lectura obligatoria, casi todo diría, pero es verdad que escribía muchos cuentos (es de una época en la que para sobrevivir como escritor uno tenía que escribir muchos cuentos para publicar en las revistas) y que los hay mejores y peores, pero básicamente todos buenos.

Podía haber seguido leyendo cuentos de K Dick, creo que tengo (o he tenido) además de casi todas sus novelas, los cuatro de los cinco tomos que edito minotauro (no sé porque no tengo el quinto; cosas que pasan) pero hice otra visita a mi librería de referencia que, aunque solo había estado dos semanas de vacaciones no había podido visitar ya que cruzar la puerta del sol en agosto es casi tan suicida (por otros motivos) como hacerlo ahora, casi en víspera de navidad. Eso si, añado también que esta no es la portada de mi edición, mi edición tiene una portada mucho mas discreta.,

Confesare que desconocía que la famosa película de El Buscavidas (si, la de Eddie Felson «el rápido»: si, la de Paul Newman; todos sabéis cual y si no lo sabéis pues ya tenéis tarea) era una novela así que me lleve una alegría al descubrirlo, comprarla y leerla. Es verdad que es difícil valorar el libro cuando uno tiene una idea tan clara de la película, que es razonablemente fiel al libro, pero como en todos los libros buenos pues siempre hay cosas que no llegan al libro como esa explicación de porqué el gordo de Minnesota no acepta partidas con grandes jugadores ya que “en las partidas entre jugadores profesionales de primer nivel, siempre había algo en juego más allá del dinero, algo que no se reconocía fácilmente y con lo que tampoco resultaba fácil negociar. Se dice que cuando una ballena lucha contra otra nunca es por hambre. Y tiene todo el sentido del mundo, porque el mar está lleno de peces más pequeños.”

Tampoco esta tan claro en la película (o yo no lo recuerdo) los graves problemas de Eddie con el alcohol y como al final encuentra la misma sensación que le daba el alcohol: “Se trataba de una suerte de nirvana, como la que se siente tras un largo trago de whisky por la mañana, antes de comer. Sin embargo, a diferencia del alcohol, esa sensación no presagiaba un camino de sordidez y malestar, sino más bien un tranquilo placer que, al día siguiente, se vería incrementado por algo mejor, aunque de una naturaleza totalmente distintas. Había goce y vida a su alrededor y le habían llegado de forma inesperada, después de ducharse y mientras compraba ropa cara a la hora de la cena.” Algo que, así sacado de contexto, puede considerarse una apología de otro vicio (el de comprar cosas caras) pero que no es idea, no es la compra lo que le da esa sensación, sino el control de su vida.

La última lectura de este mes está un poco fuera de carácter (de mi carácter, digo) ya que se trata de Presentes que, si, va sobre, digamos, la guerra civil española. Concretamente sigue, a través de varios personajes, el traslado del cadáver de Jose Antonio desde Alicante hasta el Valle de los caídos. Supongo que, además de por haber leído otra novela del autor recomendada y que me gusto, pues es un tema que forma parte de mi infancia. No, no el hecho que narra (que obviamente no tengo edad suficiente), sino el hecho de en los largos viajes a Játiva de mi infancia cada cierto tiempo mi padre señalaba a un lado de la carretera (si, aunque pueda sonar raro, nosotros a Játiva no íbamos por la carretera de Valencia sino por la de Alicante) y decía Jose Antoniana señalando una columna. No, no os hagáis una idea extraña, no lo decía con ninguna reverencia ni nada parecido, lo decía igual que cuando veía un silo de sal, decía silo de sal, solo por comentar. Este es uno de esos recuerdos de esos viajes (en uno de los cuales batimos (por tardanza, no por rapidez) el récord de tiempo, tardando más de veinticuatro horas en llegar a Játiva, ya que la rotura del 1500 en la cuesta que bajaba a Aranjuez hizo necesario que pernoctáramos allí y nos vinieran a buscar en coche). Puede que no sea un recuerdo fiable, ya que otro de los recuerdos más vividos de estos viajes es cuando mi padre gritaba “Godelleta” y nosotros teníamos que responder “el ombligo del mundo” pero por mucho de tenga este recuerdo (y mantenga la tradición en los viajes con mi sobrina) el caso es que estoy seguro de que nunca pasábamos por Godelleta (el ombligo del mundo, tengo que añadir y ya puestos añado que por raro que parezca, algo de razón había en esta frase ya que Godelleta, el ombligo del mundo, era un nudo logístico muy importante, de los más importantes de la zona) en estos viajes (ahora, que vamos por la carretera de Valencia si pasamos, pero, entonces, es ciertamente improbable). Supongo que así funcionan los recuerdos y que algo que igual paso una o dos veces pues se ha convertido, en mi memoria, en una tradición de todos los viajes que hacíamos.

Pero volviendo a la novela en cuestión, pues os diré que está bien (como la otra que he leído) pero, al igual que a aquella, pues la veo un poco tramposa en cuanto a la forma de contar las cosas, a la hora de elegir algunas de las escenas o personajes. Por algo que podríamos considerar cierto grado de deformación profesional me duele (no solo en este caso sino en general) el uso, incómodo para mí, de algunas palabras a las que les tengo cariño pero que se han venido usando para otros fines y al igual que el maestro del pueblo de El Bonillo “Por eso no entiende esta pesadilla a la que llaman depuración; etimológicamente, alcanzar lo puro, dejar algo incontaminado y exento de toda mezcla. Es lo que se busca ahora: maestros puros para las escuelas de la España pura. Y a él no lo presienten puro. No lo suficientemente puro. Y hay que ser puramente puro, puro en pura puridad, cuando uno asume el encargo de troquelar las almas de la nueva España.”; pero, ya digo, es solo una manía mía como cuando alguien usa la palabra ingeniero para referirse a alguien que no tiene ni idea con expresiones del tipo “toma con el ingeniero”.  El cualquier caso el libro se deja leer bien y pese a su sesgo en los retratos pues creo que si representa bien aquella España de post guerra. Además, como el autor es de Genovés, estoy convencido de que a mi padre le habría encantado leerlo y, eso siempre es un plus.

Con esto, acelerado y con poco detalle, ya estoy un mes (una entrada) más cerca de conseguir llegar a ponerme al día en lo que queda de año. Ya veremos (en breve); de momento: ¡Divertíos asaltando el castillo!

 

Lecturas

Posesión - A.S. Byatt

Nuestros días serán infinitos - Claire Fuller

Humus - Gaspard Koening

Susaki Paradise - Yoshiko Shibaki

La muerte ajena - Claudia Piñeiro

El Jacaranda - Gaël Faye

Cuarteto de la memoria - La cámara de ámbar - Jose Carlos Llop

Cuarteto de la memoria - Háblame del tercer hombre - Jose Carlos Llop

Cuarteto de la memoria - El mensajero de Argel - Jose Carlos Llop

Cuentos Varios - Philip K Dick

El buscavidas - Walter Tevis

Presentes - Paco Cerdà