domingo, 28 de diciembre de 2025

Comentario de textos - Noviembre 2025

Buenas de nuevo, aquí estamos intentando alcanzar mi último objetivo en plazo para cumplir mi propósito ya que, aunque como he han hecho notar no son lo mismo los propósitos (algo que en la familia no practicamos) que los objetivos (algo que sí que practicamos en casa) pues yo sigo, con mi terquedad habitual, considerando que estoy cumpliendo un propósito y no varios objetivos sucesivos ya que no acabo de captar la diferencia entre ambos en su verdadera magnitud.

Si me da tiempo a acabar esto antes de fin de año, ya me habré puesto al día de mis lecturas atrasadas de este año (salvo las de diciembre, que todavía están en progreso) e incluso con el nuevo propósito (u objetivo mensual) de mantenerme al día y, así a lo loco, no solo de comentar mis lecturas sino de incluir algo más en estos comentarios de textos a modo de introducción, os gusten o no, que como sabéis a mí me da igual (o eso me gusta decir).

Teniendo en cuenta las fechas que son y lo sucedido estos últimos días he decidido, en esta introducción, remontarme a mediados de los setenta, más específicamente a algo que sucedió (digamos) alrededor, o después, de 1975. ¿Por qué esa fecha? Bueno, pues porque con mi memoria no puedo precisar más y lo único que tengo claro es que lo que os voy a contar sucedió después de que nos mudáramos de la calle Viriato a Nicasio Gallego, es decir después de que naciera mi hermana pequeña, cuando yo tenía (digamos) pues algo más de diez años. Claro que, como en toda historia, para empezar por el principio a veces hay que remontarse algo más allá del principio de la misma; en mi caso es necesario contar que en Viriato, pese a que parezca extraño, por la edad que entonces teníamos, nuestros padres nos dejaban pasear solos por el barrio (cuando no directamente nos mandaban solos a comprar cosas de última hora por el barrio; eso sí, normalmente a tiendas conocidas donde “teníamos cuenta” y simplemente había que decir “que te lo apuntaran”, es decir, sin dinero, no tanto por su tranquilidad sino, al menos en mi caso, que me solía ofrecer voluntario para todas estas gestiones, para que no “sisaramos”, o no demasiado o demasiado frecuentemente) así que yo tenía la costumbre de pasear el barrio e incluso los días que llevaba dinero acércame a “Santa, la pipera” para comprar cosas con esa parte “de las vueltas” que nunca llegaban a casa, o por lo menos al bolsillo de mis padres.

Esta política no cambio con el cambio de barrio y nosotros (aunque no hacíamos vida de barrio) pues seguíamos paseando libremente por el barrio alentados por esas compras que teóricamente eran urgentes (algo que se necesitaba para la cena) pero que a veces tardaban más de lo esperado achacándolo a que había mucha gente en “don pedro” cuando realmente se debía a haber salido a descubrir/pasear/orearnos por el barrio (en mi caso).

En uno de estos paseos (o puede que fuera en cualquier otro con mis padres, ¿Quién lo sabe?) recuerdo haber pasado por el escaparate de una óptica que había en la glorieta de Bilbao (el limite psicológico al que nos dejaban ir solos en aquellos primeros años, aunque estaba solo a dos pasos del drugstore que era un salón de juegos que descubriríamos algo, no mucho, después y que obviamente tiraría por la borda sino el limite psicológico de mis padres, ciertamente si mi límite geográfico ya que acabaría haciéndome bastante habitual del mismo y acabaría pasando allí muchas horas con distintas maquinitas, de las que, ya, si eso, pues hablamos otro día) y allí, en el escaparate de esa óptica descubrí la maquina más fascinante que había visto nunca. Aquella cosa/máquina que había en el escaparate era sencillamente increíble, yo no solo no podía parar de mirarla cuando pasaba por el escaparate, sino que siempre que salía a la calle tenía que ir un rato a mirarla, rato que debido a lo ya comentado se alargaba excesivamente y que me obligaba, al volver a casa, a inventar todo tipo de excusas para mi tardanza (normalmente la de “mucha gente” funcionaba sin problemas, salvo una vez que mi tardanza se alargó y mi padre acabo bajando a buscarme a la tienda en la que se suponía que estaba sin encontrarme y, claro, cuando dije que “es que había mucha gente” pues… digamos que tuve algún problema de credibilidad, pero nada grave ya que, afortunadamente, había que hacer la cena y una excusa adicional de que “pues nos habremos cruzado”, afortunadamente llegue antes de que el volviera, pues me salvo de algo mucho peor, algo que en casa de mis amigos se llamaba una bronca pero que en el caso se mi padre, era peor, era “una reflexión”; mil veces peor que una bronca de casa de mis amigos).

Ya, seguro que alguno querréis saber que era esa máquina que podía tener fascinado a un preadolescente, aunque fuera un preadolescente raro como debía serlo yo (yo nunca lo he creído, que yo sea raro, ya que, para mi yo soy la definición de la normalidad, son todos los demás los que son raritos; diga lo que diga la estadística y el concepto de normalidad que en aquellos años, en mi descargo, diré que no conocía), pero no es el momento, todavía, de contároslo.

Esto duro bastante tiempo, en mi recuerdo varios años, pero al final un día aquella maquina desapareció del escaparate y con ella desapareció el tiempo que yo perdía fascinado ante el escaparate (podría mejor decir que apareció aquel tiempo, que pos supuesto yo, decepcionado con el mundo por la desaparición de la máquina, dedique a perder en otros menesteres de mis paseos, algo que seguramente me llevara a cruzar la frontera psicológica de mi territorio y bajar hasta el drugstore, donde descubriría, entre muchas otras cosas, posiblemente inadecuadas para mi edad, el mundo de las máquinas electrónicas, mas allá de las del pinball).

Así de perdido estaba yo, en aquellos años, echando de menos mi maquina e intentando sustituirla con otras que, aunque tenían sus encantos pues no eran lo mismo, era un poco como cuando después de dejar a tu verdadero amor pues te dedicas a la promiscuidad, es entretenido, puede que incluso mas, pero no es lo mismo.

Fueron pasando los años, muchos años, y aunque el recuerdo estaba allí pues estaba enterrado, olvidado si es que puede olvidarse un recuerdo (que yo diría que no, por definición, pero ya me entendéis, o no; vete a saber).

Hasta que de repente este año, paseando por Barnes&Noble, allí había algo muy parecido, mucho más pequeño, pequeña, pero era casi lo mismo, la idea era la misma y volvió aquel recuerdo, todas aquellas horas mirando aquel escaparate (como si fuera un niño de una película de posguerra o un personaje de Dickens; un niño fascinado con lo que había detrás del escaparate, tan cerca pero totalmente fuera de su alcance).

Ya, ya, ahora también os veo, a los que creéis que me conocéis o a los ávidos de un final feliz (o de un final cualquiera) pensando “pues que bien, la compraste inmediatamente ¿no?”.

Pero, no, siento decepcionaros y os diré que no, no la compre (algo que los que de verdad me conocen ya habrían anticipado por razones, que, ya, si eso, pues comentamos otro día), así que no, ese no es el final de la historia.

La historia termina (o continua) con los regalos de navidad de este año, para los que mi sobrina Ali llevaba varios días asegurándome que había encontrado el regalo perfecto para mí (algo que me tenía tan aterrorizado como cualquier noche de reyes, o de navidad, de mi infancia en la que siempre estaba el riesgo, certeza a partir de un año, de acabar con carbón en lugar de con el Fuerte Apache de Comansi, un Exin Castillos, o algo similar; si, varios años me dejaron carbón, dulce afortunadamente y, también afortunadamente, junto a otros regalos; costumbre que terminó cuando mis padres, o los reyes, vete a saber, vieron que la verdad es que el carbón dulce me gustaba y me parecía un buen regalo; no un regalazo pero si un buen regalo, mejor que, digamos, ropa; o igual termino cuando descubrimos que ambos, los reyes y los padres, eran los mismos).Si, claro visto desde vuestro lado de la historia, a estas alturas ya todos, cual lectores de policiacas que en el último capítulo descubren que sí, que el asesino era el mayordomo, anticipáis cual es el regalo pero, pese a las distintas advertencias de mi sobrina, la mañana (algo más tarde obviamente) de navidad cuando mi sobrina trajo el primer regalo (en casa, ahora, se van dando los regalos en mano de uno en uno pero sin pausas) yo no tenía ni idea de que me iba a regalar. No pensaba que nadie, menos aún mi sobrina, se hubiera fijado especialmente, o, especialmente ella recordara dos meses después m emoción o sorpresa al haberme vuelto a cruzar con la máquina de mi infancia, ya que a) mi sobrina es una adolescente que parece que no presta mucha atención salvo a sus cosas y b) como todo el mundo sabe yo soy hierático y no expreso especialmente bien mis emociones (o no las expreso de ninguna manera, o no de una forma gestual).

Así que puede que este haya sido uno de los mejores regalos de navidad que recuerdo y por seguir añadiendo emociones navideñas diré que no tanto por la maquina en si (que también) sino simplemente porque hubiera prestado atención, e incluso hago acto de contrición (aprovechando que Ali no lee esto) y modifico, al menos en parte, mi opinión sobre los intereses de mi sobrina adolescente y valoro increíblemente su gesto.

Ya, igual ahora queréis saber que era, pero, como en una mala novela, pues dejo el giro argumental final, o la explicación, para el final y ahora, a por las lecturas que, ya veras, al final no llegare a terminar este objetivo e incumpliré mi propósito y ya llevamos bastante introducción.

He de reconocer que compre The city we became por los comentarios (especialmente el de Gaiman que está en la portada) aunque con cierta prevención ya que eso de las ciudades con alma pues me parecía un poco infumable. De hecho, más que infumable me recordaba a la primera novela de mi hermano Rafa (o puede que no sea en la primera) en la que el protagonista se apunta a un taller de literatura en el que les piden un cuento con la ciudad como protagonista y les dan algunas (absurdas) indicaciones para puntuar mejor como que la ciudad sea un personaje. Bueno, pues esta escritora, esta novela al menos, pues habría sacado más allá de la matricula ya que cada uno de los barrios de NYC es un personaje y hay otro que es la ciudad al completo, y tienen la tarea de evitar la destrucción de la ciudad por parte de si misma. Vamos un desatino total; tanto desatino que reconoceré que no solo no he conseguido terminarla, sino que la mitad que he leído me ha parecido ilegible.

Tan ilegible me ha parecido que pensaba que estaba saturado de leer en ingles así que aprovechando que había pasado por mi librería de referencia (ya sabéis, Méndez en la calle Mayor) para ir a Piles unos días pues decidí empezar La mala costumbre, que sí, que tampoco tenía buena pinta al ser una historia sobre una chica transexual en el Madrid de los noventa pero que por lo menos tenía la ventaja de ser corta y, bueno, igual tenía algo de interés. La verdad es que no, que no tiene especial interés salvo por la referencia a el bar en el que yo solía desayunar hace ya bastantes años (hasta que lo vendieron a un grupo grande) pero lo suficientemente tarde para que siguiera siendo una referencia en el mundo homosexual o transexual (aunque como un día me dijo un compañero de carrera que me encontré allí “si estas mesas contaran las cochinadas que he hecho aquí, nadie se lo creería” y dado su carácter de homosexual festivo y promiscuo pues es posible que en los noventa todavía lo fuera, aunque también es posible que hubiera dejado de serlo).

Mi siguiente lectura, ya en la tranquilidad de Piles, fue The plot against America de la que me sorprendió la premisa de ciencia ficción de la misma, que sitúa la novela en una américa en la que Lindbergh no solo se convierte en un héroe nacional al cruzar el Atlántico, sino que llega a ser presidente de los Estados Unidos, una premisa rara para un autor que se supone sesudo (aunque puede que lo confunda con el otro Roth, con Henry creo). Por supuesto, Lindbergh se convierte en un presidente no solo patriótico, sino aislacionista, segregacionista, antisemita que incluso hace un pacto con Hitler; en fin, nada que no hayamos o estemos viendo en estos días. Es una novela interesante y bien construida que hace la historia impactante e interesante (incluso con esa colección de sellos de la que el niño judío que cuenta la historia se arrepiente de tener tras el pacto con Hitler), a la que igual le falta alguna frase que merezca la pena ser recordada. Eso si, tiene una curiosidad de esas de trivial que yo desconocía y es que, pese a que fue Washington el presidente que eligió Washington como capital de los estados unidos, incluso firmo la ley en la que declara que lo será permanentemente, el nunca vivió allí. Algo raro me parece y me ha dejado con la curiosidad de saber por qué eligió esa ciudad como capital (no la suficiente como para mirarlo, pero si me resulta curioso). Una buena lectura, no tan buena como, digamos, El hombre en el castillo de K. Dick pero es que eso son palabras mayores no siendo ni con mucho la mejor de K.Dick.

Aquí me veo obligado a confesar que he hecho trampa en mis lecturas ya que, pese a que compre Tarantula pensando que no la había leído nunca, solo por mi gusto por Dylan (Bob, digo) y por completar la lectura de cosas suyas. En cuanto la cogi en Piles me di cuenta de que no solo la había leído sino de que resultaba sencillamente ilegible, siendo poco más que un rumble-mumble  (batiburrillo, lo traduciría yo) sin ningún sentido que me resultaba imposible de leer. Así que, no, aunque la apunte como lectura debería de quitarla de la lista ua que sencillamente no llegue a leerme (o murmurarme) más allá de veinte o treinta paginas (tampoco es que tenga muchas más) y solo puedo pensar que, si en su día la leí, sí que era un verdadero fan de Dylan (Bob, repito) ya que ahora me parece eso, ilegible.

Ya que estaba con músicos pues me decidí por Just Kids que para decepción mía mas que sobre Patti Smith iba sobre su compañero de piso/rollo ocasional/relación (llámalo equis) Robert Mapplethorpe, posiblemente uno de los fotógrafos urbanos y gais más importantes de los setenta y ochenta, que se haría famoso por hacer fotografías homoeroticas en blanco y negro, así como por varias polémicas sexuales (homosexuales para ser exactos). Es verdad que resulta una biografia curiosa ya que, más o menos, aparecen otros personajes de esos que vivían en el Chelsea Hotel o que pululaban por aquel NYC de los años setenta y que forma parte de la cultura popular. Tambien es interesante la visión de los primeros años del que seria uno de los fotógrafos más famosos de su época, y como al principio se dedicaba a hacer collares de cuentas (como cualquier hippie de, digamos, Gandia); un poco más tarde a hacer collages con recortes de revistas de porno homosexual (mientras ejercía, en parte por diversión y en parte por dinero, como chapero en la calle 42, aunque se echa de menos que no salga el Ramone Chapero) para después pasar a hacer polaroids (y envidiar y perseguir a Warhol) y por fin fotografías ya en un formato más convencional (que le daría la fama bien entrados los ochenta). En este sentido, es interesante como biografia de Mapplethorpe y de los inicios de una carrera artística y de las penurias de los artistas (que pese a todo conseguían sobrevivir en un hotel de NYC, o en grandes apartamentos; eso sí, poco amueblados, dando lugar al concepto de Loft)y a los que “My doctor said I was anemic and told me to have red meat and drink porter, advice given to Baudelaire when he trudged through a winter in Brussels sick and alone”; porque todos sabemos de la dieta es importante para la anemia y más aún para la tuberculosis, pero algunos tenemos una idea de dieta y otros, pues, otra.

 Pues WE es una novela de ciencia ficción rusa escrita en 1921, precursora, por tanto, entre otras a las que se parece en temática (un mundo distópico dividido en clases estrictas y vigilado por un gran hermano) de 1984 y de Un mundo feliz, de la que yo nunca había oído hablar que además tiene una introducción de Margaret Atwood y un ensayo de Ursula K. Le Guin, dos de las escritoras más conocidas de distopías (digamos).

Pues eso es un mundo en el que se ha eliminado a casi toda la población “While it’s true that only 0.2 percent of the world’s population survived, on the bright side, cleansed of its thousand- year-old filth, the face of the Earth has grown quite bright and shining! Now, that remaining zero-pint-two percent could finally taste bliss from behind the walls of the One State.”; así que, en principio, ni tan mal para los que quedan, aunque obviamente nunca es así y por supuesto surge los disidentes y bueno… pues eso… todo perfecto ya que igualando a todo el mundo se elimina la envidia porque según el estado único “Isn’t it clear: joy and envy are the numerator and denominator of the fraction called happinness”

 Pues va a ser que no, que no es tan fácil, igual que esa explicación que le dan a un personaje que afirma que odia la niebla “Which means you love it. You’re afraid of it because it’s more powerful that you, you hate it because you are afraid and love it because you can’t subjugate it. After all, the only thing you can truly love are things you can’t subjugate”; que por lo menos yo pues considero la típica simpleza propia de un psicoanalista argentino, o de un argentino normal si es que hay diferencia entre ambos.

Con todo es una lectura interesante, aunque sea para preguntarse si los autores posteriores lo habían leído y buscar las diferencias entre distopías varias.

Cuando veo un libro de “los clásicos de la novela negra de la British Library”, si no llevo ya demasiadas compras, pues lo cojo ya que, de momento, sin ser espectaculares (ni tan siquiera novela negra según mi particular criterio) siempre son entretenidos y con ese toque de novela clásica de detectives. Así que este mes, en mi visita a Méndez, le toco la suerte (o a mí en suerte): Muerte de un librero que es la típica investigación de asesinato (de un librero) sin mayores complicaciones salvo con el punto de que es un librero de libros raros y el que investiga en un sargento metido a aficionado a los libros raros, metido a esta afición precisamente por el librero que será asesinado al que acompaña a casa a un día que va completamente ebrio (porque si, estas cosas hace, o hacía, la policía inglesa si te veía totalmente borracho, te acompaña amablemente a tu casa. Otros tiempos, obviamente). Lo dicho para las otras de la serie es aplicable, correcta, amable y entretenida. Sin pretensiones y sin grandes resultados; una lectura ideal para una tarde fría en Piles frente a la chimenea.

Mi visita a Piles acabo empezando la última de Penny, The grey Wolf, que como ya he dicho varias veces es una de esas escritoras que me gusta bastante. Es verdad que sus tramas cada vez se complican más lo que hace que me gusten algo menos pero en esta en concreto la trama gira entorno a la posibilidad de un atentado terrorista contra el sistema de abastecimiento de una gran ciudad canadiense (spoiler: “My God, are you trying to tell me you’re involved in a plot to poison Montreal’s drinking water as a way to save the planet”; si, esa es la idea del grupo terrorista, un poco casi como el tema del 0,2% de WE).

Es un tema que profesionalmente me ha interesado, incluso estuve trabajando en un proyecto para desarrollar un sistema de alerta temprana, uno de cuyos problemas era saber cuál podría ser el contaminante a detectar (ya que hay demasiados: Sarin, Anthrax, Ricina, etc.) pero en esta novela se decantan por el Botulismo, una buena elección, ya que se trata de “A neurotoxin. Works on the muscles. Causes paralysis. According to the latest data a gram can kill a million people”; (si, aunque parezca hay datos, inlcuso datos actualizados, de este tipo de cosas).En cualquier caso, con independencia de cual fuera el contaminante elegido, el mayor problema (que también se recoge en la novela) es que este tipo de ataque no tiene por qué ser efectivo, realmente ni siquiera tiene que llegar a realizarse, no, bastaría con la amenaza creíble de realizarlo ya que esto crearía la pérdida de confianza en un sistema básico del que depende (exagerando, y sin querer entrar en la polémica de lo que es la civilización) casi toda la civilización: el acceso seguro al agua. Si esto se pone en duda, el estado se pone en duda y el sistema de tambalea, o se cae.

Pero, como ya digo, lo que me gusta de estas novelas no es tanto la trama como los personajes (especialmente el inspector Gamache) y esas pequeñas cosas con las que (con variaciones) me siento identificado: “He’d had his first cappuccino over there, at the round table by the window. He’d hated the bitter taste. But then he’d also hated his first beer and first scotch and first taste of smoked salmon. Took him a while and some perseverance, to get used to the taste of adulthood. Now, the cannoli were a different matter. He’d liked those from the get-go”; o esas reflexiones como la que hace cuando descubre un video suyo en la red de no uno de sus mejores momentos: “Those filming had a right, thought perhaps not a perfect right, to video, but Gamache wondered if they realized that with every second they posted, they lost pieces of their humanity.”; qué diría que es algo tan sencillo como respetar aquello de que mi libertad termina donde empieza la tuya.

 Lo peor (por decir algo, aunque seguro que tiene su parte buena) es que la propia novela anuncia una segunda parte que obviamente se llamara The Black Wolf por esos dos lobos que un viejo indio le contaba a su nieto que tenía dentro de el: “…he had two wolves at war inside him, tearing at his insides. One of them, a grey wolf, wanted the old man to be strong and compassionate. Wise and courageous enough to be forgiving. The other a black wolf, wanted him to be vengeful. To forget no wrong. To forgive no slight. To attack first. To be cruel and cunning and brutal to Friends and enemies alike. To spare no one.”; algo que asusto tanto a su nieto como para irse corriente de su lado y no volver en varios días, y volver para preguntarle, muy preocupado, cuál de los dos lobos iba a ganar: “The one that I feed.”; le respondió su abuelo, así de sencillo; ganara el que alimentes.

 Ozark Dogs era una de las novelas que tenían junto a la caja en mi nueva librería de referencia para novela negra y de misterio de NYC, asi que aunque en principio parece la típica novela de rencillas familiares eternas, en las montañas Ozark en lugar de Puerto Urraco, lo que le da un poco más de color por aquello de que hay negocios de metanfetamina y supremacistas blancos por lo que prometía ser una lectura, cuando menos entretenida. Lo es, aunque le falta para ser una gran novela tener algo más sorprendente que la historia normal de rencillas familiares de tiempos inmemoriales con pocos añadidos.

 Cuando cogí Manía, de la mesa de mi librería de referencia, no era consciente de que era de una de mis autoras favoritas de los últimos años (la que habla de gordos y la obsesión actual por el deporte, de la que he comentado sus dos últimos libros) pero tenía una premisa interesante de un mundo “distópico” (pongo las comillas ya que igual no estamos tan lejos de esa distopía) en el que se ha impuesto la Paridad mental, la igualdad intelectual absoluta (ya no existe la estupidez, en ningún grado, nadie es más listo que los demás e incluso El idiota de Dostoievski está prohibido por su título), enfocada además desde la perspectiva de una profesora universitaria (la que dice basta, obviamente) que había crecido en una secta, en los testigos de Jehová, para abandonarla por todas las perogrulladas y majaderías que creían y que después de su lucha contra el sistema, hacia el final del libro, duda de si ella puede excluirse o no de ser parte de esa “humanidad en general” que la ha decepcionado apoyando estas nuevas posturas (majaderías): “No obstante, hay algo difícil de identificar que si me distingue de la mayoría, y si aun estáis leyendo esto, es probable que parezcáis a mí mismo grupo genético. La verdad, no entiendo por qué nací con una curiosa inmunidad a las enfermedades dogmáticas que con tanta facilidad infectan a mis semejantes, y tampoco entiendo por qué ciertos fenotipos no resultaron afectados por el COVID-19. Me resisto a afirmar que formo parte de un grupo de escogidos, como los testigos de Jehová, y puede que estos últimos trece años hubiera sido una persona un poco más feliz de haber seguido al rebaño sin pararme a pensar.”; nada que añadir señoría: será genética pero no cuela, ni esa igualdad ficticia ni lo de que solo se salvaran los “ciento cuarenta y cuatro mil” (escogidos de los testigos de Jehová).

He de confesar que qué se la esté tachando de anti-woke, sea esto o su contrario lo que sea, intentando significar que es fascista por esta novela (puede que también por las anteriores, pero de esta si me han llegado artículos comentándolo) me duele ya que esta vez también coincido con el planteamiento general de la novela e incluso me he reído con gran parte de la parodia, pero, esto de la risa, probablemente también sea algo genético e inevitable.

También, habiendo llevado yo mismo algunas veces a acabo alguna venganza, he de estar de acuerdo con la protagonista en que “La venganza rara vez satisface, pero eso ya lo sabía desde el principio. Como ya he dicho, no soy una ingenua emocional. De hecho, si alguien espera volver a sentirse bien, recuperado, le recomiendo encarecidamente que se olvide de venganzas. No funciona. Par empezar, no consigue que aquello de lo que queremos vengarnos no se nos infligiera; rara vez provoca en nuestra némesis una pizca de arrepentimiento; rara vez mueve a ese pobre remedo de ser humano a reconocer que el castigo era merecido”.

Pese a todo eso, como continua la protagonista, nada de eso es el motivo o el objetivo de la venganza, “con todo, mi intención no era provocar arrepentimiento, y en el fondo me daba igual si cierta persona llegaba a reconocer, incluso ante sí misma, que se lo había buscado. Tampoco intentaba sentirme feliz. Lo que quería era hacer infeliz a alguien.”; esa es la verdad de la venganza y pese a todo, a veces, como dice la canción “La única solución es la venganza”:



La elección de mi última lectura del mes (si, este ha sido un mes por encima de la media de lecturas) os sorprenderá si os digo que es de un autor mexicano y sobre la emigración asturiana a México (la de 1874, no la de la guerra civil) y la posterior re emigración, vamos los indianos, pero no puedo ocultar que de esto va El metal y la escoria (si, el titulo sería más aplicable a una novela de aventuras épicas).

Tampoco voy a ocultar que, pese a que tenga muchas cosas que me han llamado la atención como enterarme de que, al menos en México, país especialista en los temas del día de los muertos, la celebración no sea el día 1, que es solo para los muertos infantes, y que es “cada dos de noviembre, día de los muertos grandes”; o que haya existido una “guerra de los pasteles”, entre México y Francia, no estando claro si por una cuenta sin pagar en un restaurante francés (una cuenta de pasteles) o por unos destrozos, o incluso leer ese sorprendente coplilla que citan de “En Madrid ciudad bravía / que entre antiguas y modernas / tiene trescientas tabernas / y solo diez librerías”; tenga también un personaje con el que por aquello del nombre algunos puedan tener la tentación de identificarme con él en ese “Como si hubiera querido contribuir con su muerte a fortalecer el prestigio del sistema decimal, Benito, ordenado y preciso como fue en su vida, murió el 10 de octubre de 2010, el diez del diez del diez” aunque claramente llego ya demasiado tarde o demasiado pronto; o incluso por características de algún personaje con las que si me puedo identificar como ese “mentirosa hasta la falsificación y veraz hasta la llaga. Es decir, fue coherente con las polaridades entre la cuales el ser humano se debate.”, o esa otra sobre los recuerdos y porque los más antiguos son más fáciles de recordar “porque son muchas las veces que los he invocado y lo que recuerdo es el recuerdo del recuerdo… la primera casa, el primer coche, el primer amor.”; pues, pese a todo esto, la sensación que me ha quedado es que no me ha gustado.

E incluso aunque piense en hacer mía, o de mi biografía, ya veremos, esa respuesta del padre “Una vez le pregunte a papa, viendo aquella montaña de colillas; ¿todo eso te has fumado?, Y el, con una lógica implacable, me respondió: No, eso es precisamente lo que no me he fumado.”; pues eso, pese a todo esto, pues la sensación es que no me ha gustado especialmente. Raro ¿no?

Pues nada, aquí acabo el último objetivo para cumplir mi propósito, pero antes de que protestéis y justo antes de despedirme os contare cual fue el regalo, cuál fue mi obsesión durante algún tiempo, obsesión que puede, o no, guardar relación con mi fascinación por la hidráulica de la que, ya, si eso, hablaremos otro día… pues se trata simplemente de una máquina de olas, que pese a que en mis recuerdos sea mucho más impresionante ahora que la tengo he de reconocer que me sigue fascinando como el primer día y sigo quedándome embobado mirándola (tanto me gusta que os dejo un video, aunque  no le haga justicia).

  


Pues eso, ¡Divertíos asaltando el castillo! mientras yo sigo mirando las olas en mi salón.

Lecturas

The city we became - N.K. Jemisin

La mala costumbre - Alana S. Portero

The plot against America - Philip Roth

Tarantula - Bob Dylan

Just Kids - Patti Smith

We - Yevgeny Zamtatin

Muerte de un librero - Bernard J. Farmer

The grey wolf - Louise Penny

Ozark dogs - Eli Cranor

Mania - Lionel Shriver

El metal y la escoria - Gonzalo Celorio

No hay comentarios:

Publicar un comentario