Sigo con mi propósito de ponerme al día antes de que acabe el año (si, también para con este propósito cumplido pues, ya, si eso, plantearme nuevos propósitos para el año que viene. Es broma que yo no soy de propósitos de año nuevo) y empiezo con las lecturas de, ya tan solo, un trimestre de retraso.
Aunque no he recibido quejas (ni elogios, todo hay que decirlo)
por ir tan acelerado como para saltarme las introducciones y pasar solo a las
lecturas, como septiembre es uno de esos meses en los que leo poco (por debajo
de mi media, quiero decir; que, para la media nacional ni tan mal, oiga) pues
antes de ponerme a ello os cuento un par de chorradas.
La primera tiene que ver con la “crisis del psoe” (si, paso de ponerlo en mayúsculas que tienen
tantos líos, que por mucho aprecio que les tuviera mi padre, creo que ahora
mismo no se lo merecen) y también con ciertas historias de mi padre. No, tranquilos
que nada que ver con ninguno de los dos temas que atañen a ese partido del que usted
me habla (de esos, ya, si eso, pues hablamos otro día) pero que viendo la sucesión
de escándalos: echan a uno por corrupción, ponen a otro, lo echan por corrupción,
ponen a otro (o lo proponen) y lo tienen que echar por sobón, van a poner a
otro y les pasa lo mismo; pues me ha recordado a la historia de los directores
de obra del Canal de Panamá que contaba mi padre y que yo repito cada cierto
tiempo dándole veracidad (aunque vete a saber cuánto hay de cierto).
Obviamente eran otros tiempos, otras personas o por
referenciarlo a los libros eran “otras
voces, otros ámbitos” (ya sabéis la primera obra de Capote, Truman como otro
presidente, no el de la historia, que ese fue el que daría nombre a los ositos
de peluche).
Pues contada esta chorrada estoy tentado de hablaros de lo poco
que últimamente entiendo los anuncios de la tele (hay uno en el que parecen
exigir que los mayores de setenta tengan que renovar su carnet de identidad –
yo no sabía que no tuvieran que hacerlo – ya que le parece que siguen teniendo derecho a renovarlo y
que eso es edadismo o algo así; o ese
otro que empieza “no se porque los llaman
interruptores sino interrumpen nada” ¿perdona, estamos locos?) pero paso a
las lecturas que tengo un objetivo.
Últimamente tengo bastante suerte con los libros que tienen un título,
cuando menos, discutible y la verdad es que La picadura de la abeja pues, en mi nada humilde opinión, es un título
pésimo (no tanto como aquel de “El
movimiento de los cuerpos a través del espacio”, especialmente para una
historia familiar en Irlanda (no sé porque no me parece muy razonable que haya
abejas en Irlanda, pero tampoco sé porque no debería haberlas). Eso sí, el
libro me ha parecido bastante bueno igual, o pese a ello que no tengo las cosas
claras, por tratarse de una saga familia una familia con sus problemas (las únicas
que dan para una novela como ya dijo aquel al empezar su libro). Tiene cosas
estupendas que estoy seguro de que todos estamos dispuestos a aplicar a miembros
de nuestra familia (no daré nombres de la mía, de hecho, diré que a mí no se me
ocurre nadie a quien aplicárselo en mi familia) como ese “A menudo la vida de su hermano le recordaba a un culebrón escrito con lápices
de colores infantiles.”; o esa otra que creo explica bien porque (aunque el
personaje se refiere al cambio climático) a todos nos cuesta eliminar los hábitos
perniciosos que todos tenemos “La idea de
combatirlo parece en muchos sentidos peor que dejar que nos mate. O dicho de
otra manera: nos cuesta mas hacernos a dejar de ser quienes somos que hacernos
a la idea de que vamos a morir.”; o una de mis favoritas “El pasado se
queda con nosotros, de formas que no siempre nos esperábamos. Si no hemos hecho
las paces con él, nunca dejara de volver.”, que podria ser el lema del colegio
de psicólogos argentinos.
Me confunde un poco más, pese a que explique muchas anomalías estadísticas
(como, por ejemplo, que el 90% de los conductores creen que el 90% conduce mal
pero que ellos conducen estupendamente) ese “Supongo que es lo que quiere todo el mundo, ¿no? Ser como todos los demás.
Pero no hay nadie que sea como los demás. Es lo único que tenemos todos en común.”;
ya que me parece que la gente ahora vive en un oxímoron continuo en el que a la
vez que quieren ser completamente individuales, especiales en su
individualidad, también quieren ser como todos los demás.
También tiene cosas que (creo, lamentable y sinceramente) sigue
pensando la gente (alguna gente) pero que nadie reconocerá hoy haber dicho
nunca, pese a que todos las hayamos oído, como “Tu padre siempre decía que no se puede confiar en las mujeres: para él
era un…, como se dice, un artículo de fe. La mayor broma de Dios fue crear el
cuerpo de la mujer y ponerle cerebro de mujer, eso decía. Era como dejas a un
envenenador a cargo de una tienda de golosinas.”
Pues eso, qué si disfrute mucho la anterior, mi siguiente
lectura, Suave es la furia, pues me pareció
que era otro de esos libros escritos para escritores, críticos literarios y
otras gentes del gremio ya que es como una especie de thriller literario (en la
que la relación de los protagonistas se centra en su conocimiento y adoración
por esa novela a la que imita el titulo) y que, por supuesto, como todos, pues
ocultan secretos inconfesables que, también por supuesto, enturbian sus
relaciones.
La única frase que salvo del libro (pese a no ser, realmente del
libro, es ese “A los dieciocho años,
nuestras convicciones son montañas desde las que oteamos el horizonte – recito para
sí mismo -, a los cuarenta y cinco, cuevas en las que nos escondemos.”;
aunque ahora, ya cumplidos los sesenta (como me gusta presumir de edad, menuda
cosa) me queda la duda de que serán nuestras convicciones ¿la fosa de las
marianas, que no tenemos ni idea de que es? Espero que no, o no en mi caso,
pero supongo, mejor eso (no recordarlas) que aferrarse a ellas e intentar imponérselas
al mundo.
Mi siguiente lectura (como todas salvo indicación expresa
mercadas en mí, espero que vuestra, librería de referencia de Madrid: Méndez en
la calle Mayor) fue Los niños de Himmler.
Que si, que soy consciente, que buena pinta pues no tenía; aunque no me negareis
que el tema de los nazis manteniendo maternidades para abastecer a las madres infértiles
del Reich, o al propio Reich de sus futuros soldados tiene algo de inquietante
que, en un autor de bestsellers como
Harris (cualquiera de los dos, Thomas o Richard) podría dar lugar a un libro verdaderamente
entretenido. Este no lo es.
En este punto me había vuelto a quedar sin lecturas y en lugar
de seguir con K. Dick pues cogí Génesis
y Catástrofe (que sí, que como título es un poco lamentable y tirando a
espeso y más propio de una tesis que de un conjunto de cuentos) pero a) era una
relectura, así que ya sabía que era bueno y b) es de Dahl que es garantía para casi cualquier cosa. Nueve cuentos (hoy todo
parecen citas literarias) todos por encima de buenos, incluso de muy buenos,
desde una madre a punto de perder a su hijo al dar a luz (angustioso en parte
hasta que dicen el apellido de la madre), la invención de una máquina de
inteligencia artificial para escribir artículos y novelas (mucho mejor del
mentiroso, mentirero incluso, de ChatGPT)
y en fin… no os cuento más.

Es verdad que tiene alguna frase realista y acertada, como “Sabemos por experiencia que, al marcharse,
algunos sacan su cuchillo más afilado para clavárselo al otro donde más le
duele. Y que saben exactamente cuál es el sitio porque conocen a esa persona
mejor que nadie.”; pero, sinceramente (aunque igual es culpa de la
traductora) no se le puede dar al Nobel a nadie que escriba “Extrajo a medias una caja de la balda
inferior, abrió la tapa y saco un mapa a escala…” ¿el mapa está a escala o
a tamaño real representando – lo que hacen los mapas –algo a escala? En serio, si
no estuviera a escala – la representación – pues sería tan grande como lo que
representa; para suspenderla, sino en literatura, si en lógica, pero matricula
en redundancia.
Si una novela policiaca viene con una frase de Chandler
(Raymond) diciendo que “es uno de los
libros más fascinantes escritos en los últimos diez años” pues como vas a
resistirte a cómpralo, por mucho que el titulo sea dudoso; este es el caso de El señor Bowling compra el periódico mi
última lectura de septiembre antes de enredarme en al aniversario e irme a NYC.
SiI bien es verdad que en la primera página uno encuentra una
frase que promete: “… a menudo caía en un estado a desesperada soledad, un
estado de ánimo que tal vez podría haberse denominado suicida de no ser porque él
era un hombre incapaz de cometer suicido, pues tenía demasiado sentido del
humor para hacer un acto tan frio y deliberado.”; la historia, pese a su
extrañeza, con un protagonista que se dedica a matar a gente pero cuyos
asesinatos son todos atribuidos a otras causas y clasificados de muertes sin más
le trae por la callar de la amargura, no acaba de atrapar y al final uno se
pregunta cuál es la fecha de publicación (1943) y cuál es la década en la que este
es lo más fascinante para alguien como Chandler ya que una búsqueda rápida da
algunos resultados que bueno son más que dignos competidores. Solo puedo
concluir que Chandler estaba muy ocupado escribiendo como para mantenerse al día,
o a la década, con sus lecturas, o que “más
fascinantes” es un error de traducción. Pero, ya, si eso, lo cometamos otro
día. Ahora ¡Divertíos asaltando el
castillo!
Lecturas
La picadura de la abeja - Paul Murray
Suave es la furia - Sash Bischoff
Los niños de Himmler - Carolien De Mulder
Génesis y Catástrofe - Roald Dahl
Imposible decir adiós - Han Kang
El señor Bowling compra el periódico - Donald Henderson

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