domingo, 14 de diciembre de 2025

Comentario de textos - Septiembre 2025

Sigo con mi propósito de ponerme al día antes de que acabe el año (si, también para con este propósito cumplido pues, ya, si eso, plantearme nuevos propósitos para el año que viene. Es broma que yo no soy de propósitos de año nuevo) y empiezo con las lecturas de, ya tan solo, un trimestre de retraso.

Aunque no he recibido quejas (ni elogios, todo hay que decirlo) por ir tan acelerado como para saltarme las introducciones y pasar solo a las lecturas, como septiembre es uno de esos meses en los que leo poco (por debajo de mi media, quiero decir; que, para la media nacional ni tan mal, oiga) pues antes de ponerme a ello os cuento un par de chorradas.

La primera tiene que ver con la “crisis del psoe” (si, paso de ponerlo en mayúsculas que tienen tantos líos, que por mucho aprecio que les tuviera mi padre, creo que ahora mismo no se lo merecen) y también con ciertas historias de mi padre. No, tranquilos que nada que ver con ninguno de los dos temas que atañen a ese partido del que usted me habla (de esos, ya, si eso, pues hablamos otro día) pero que viendo la sucesión de escándalos: echan a uno por corrupción, ponen a otro, lo echan por corrupción, ponen a otro (o lo proponen) y lo tienen que echar por sobón, van a poner a otro y les pasa lo mismo; pues me ha recordado a la historia de los directores de obra del Canal de Panamá que contaba mi padre y que yo repito cada cierto tiempo dándole veracidad (aunque vete a saber cuánto hay de cierto).

 La historia (o la versión familiar de la misma) es que cuando estaban construyendo el Canal de Panamá (para los que no lo sepáis una de esas obras de ingeniería hidráulica por las que, como decía aquel, Frank Westerman para ser precisos, puede medirse el nivel de autoritarismo de una sociedad y solo comparable a la propuesta de los rusos para cambiar la dirección de sus ríos – que en lugar de ir hacia Asia fueran hacia Europa - que parece que ahora retoman con planes para modificar todo el rio Ob); el caso es que cada poco tiempo (en general, cada pocos meses) la administración tenía que cambiar al director de la obra ya que siempre le acusaban (al parecer con toda la razón del mundo) de todos tipos de corruptelas varias. La historia familiar dice que el presidente de los estados unidos (que era la administración de las obras) harto de tener que estar todo el tiempo con lo mismo le propuso el puesto a un incorruptible. Este, además de ser incorruptible, o tal vez por eso, pues era sensato y al aceptar el puesto le dijo al presidente “vale, acepto, pero no prometo que no me corrompan. Solo le prometo que cuando lleguen a mi cifra «le avisare» para que me retire del puesto que yo no tengo ninguna gana de ser corrupto”. El caso es que, en menos de un año, el presidente recibió la llamada del ingeniero para que le retiraran y se retiró siendo incorruptible.

Obviamente eran otros tiempos, otras personas o por referenciarlo a los libros eran “otras voces, otros ámbitos” (ya sabéis la primera obra de Capote, Truman como otro presidente, no el de la historia, que ese fue el que daría nombre a los ositos de peluche).

Pues contada esta chorrada estoy tentado de hablaros de lo poco que últimamente entiendo los anuncios de la tele (hay uno en el que parecen exigir que los mayores de setenta tengan que renovar su carnet de identidad – yo no sabía que no tuvieran que hacerlo – ya que le parece que siguen teniendo derecho a renovarlo y que eso es edadismo o algo así; o ese otro que empieza “no se porque los llaman interruptores sino interrumpen nada” ¿perdona, estamos locos?) pero paso a las lecturas que tengo un objetivo.

Últimamente tengo bastante suerte con los libros que tienen un título, cuando menos, discutible y la verdad es que La picadura de la abeja pues, en mi nada humilde opinión, es un título pésimo (no tanto como aquel de “El movimiento de los cuerpos a través del espacio”, especialmente para una historia familiar en Irlanda (no sé porque no me parece muy razonable que haya abejas en Irlanda, pero tampoco sé porque no debería haberlas). Eso sí, el libro me ha parecido bastante bueno igual, o pese a ello que no tengo las cosas claras, por tratarse de una saga familia una familia con sus problemas (las únicas que dan para una novela como ya dijo aquel al empezar su libro). Tiene cosas estupendas que estoy seguro de que todos estamos dispuestos a aplicar a miembros de nuestra familia (no daré nombres de la mía, de hecho, diré que a mí no se me ocurre nadie a quien aplicárselo en mi familia) como ese “A menudo la vida de su hermano le recordaba a un culebrón escrito con lápices de colores infantiles.”; o esa otra que creo explica bien porque (aunque el personaje se refiere al cambio climático) a todos nos cuesta eliminar los hábitos perniciosos que todos tenemos “La idea de combatirlo parece en muchos sentidos peor que dejar que nos mate. O dicho de otra manera: nos cuesta mas hacernos a dejar de ser quienes somos que hacernos a la idea de que vamos a morir.”; o una de mis favoritas “El pasado se queda con nosotros, de formas que no siempre nos esperábamos. Si no hemos hecho las paces con él, nunca dejara de volver.”, que podria ser el lema del colegio de psicólogos argentinos.

Me confunde un poco más, pese a que explique muchas anomalías estadísticas (como, por ejemplo, que el 90% de los conductores creen que el 90% conduce mal pero que ellos conducen estupendamente) ese “Supongo que es lo que quiere todo el mundo, ¿no? Ser como todos los demás. Pero no hay nadie que sea como los demás. Es lo único que tenemos todos en común.”; ya que me parece que la gente ahora vive en un oxímoron continuo en el que a la vez que quieren ser completamente individuales, especiales en su individualidad, también quieren ser como todos los demás.

También tiene cosas que (creo, lamentable y sinceramente) sigue pensando la gente (alguna gente) pero que nadie reconocerá hoy haber dicho nunca, pese a que todos las hayamos oído, como “Tu padre siempre decía que no se puede confiar en las mujeres: para él era un…, como se dice, un artículo de fe. La mayor broma de Dios fue crear el cuerpo de la mujer y ponerle cerebro de mujer, eso decía. Era como dejas a un envenenador a cargo de una tienda de golosinas.”

Pues eso, qué si disfrute mucho la anterior, mi siguiente lectura, Suave es la furia, pues me pareció que era otro de esos libros escritos para escritores, críticos literarios y otras gentes del gremio ya que es como una especie de thriller literario (en la que la relación de los protagonistas se centra en su conocimiento y adoración por esa novela a la que imita el titulo) y que, por supuesto, como todos, pues ocultan secretos inconfesables que, también por supuesto, enturbian sus relaciones.

La única frase que salvo del libro (pese a no ser, realmente del libro, es ese “A los dieciocho años, nuestras convicciones son montañas desde las que oteamos el horizonte – recito para sí mismo -, a los cuarenta y cinco, cuevas en las que nos escondemos.”; aunque ahora, ya cumplidos los sesenta (como me gusta presumir de edad, menuda cosa) me queda la duda de que serán nuestras convicciones ¿la fosa de las marianas, que no tenemos ni idea de que es? Espero que no, o no en mi caso, pero supongo, mejor eso (no recordarlas) que aferrarse a ellas e intentar imponérselas al mundo.

Mi siguiente lectura (como todas salvo indicación expresa mercadas en mí, espero que vuestra, librería de referencia de Madrid: Méndez en la calle Mayor) fue Los niños de Himmler. Que si, que soy consciente, que buena pinta pues no tenía; aunque no me negareis que el tema de los nazis manteniendo maternidades para abastecer a las madres infértiles del Reich, o al propio Reich de sus futuros soldados tiene algo de inquietante que, en un autor de bestsellers como Harris (cualquiera de los dos, Thomas o Richard) podría dar lugar a un libro verdaderamente entretenido. Este no lo es.

En este punto me había vuelto a quedar sin lecturas y en lugar de seguir con K. Dick pues cogí Génesis y Catástrofe (que sí, que como título es un poco lamentable y tirando a espeso y más propio de una tesis que de un conjunto de cuentos) pero a) era una relectura, así que ya sabía que era bueno y b) es de Dahl que es garantía para casi cualquier cosa. Nueve cuentos (hoy todo parecen citas literarias) todos por encima de buenos, incluso de muy buenos, desde una madre a punto de perder a su hijo al dar a luz (angustioso en parte hasta que dicen el apellido de la madre), la invención de una máquina de inteligencia artificial para escribir artículos y novelas (mucho mejor del mentiroso, mentirero incluso, de ChatGPT) y en fin… no os cuento más.


 En mi siguiente visita a Méndez pues cogí Imposible decir adiós, y aunque, sin saberlo, pues otro premio nobel, esta vez mujer coreana y de la que me habían hablado razonablemente bien por otra novela (La vegetariana, que no cogí por estar ya un poco saturado de malos títulos) de la que obviamente habían reeditado toda su obra. A ver, tengo que reafirmarme en que no me acaban de convencer los premios Nobel; la novela no está ni bien ni mal, algo que me parece muy poco para un premio Nobel (puede que la famosa lo mereciera, no digo que no), comando una historia “de amistad” que, por lo menos para mí, parte de una premisa bastante desquiciada (o no muy razonable para un europeo como yo) en la que una amiga que ha sufrido un accidente ruega a su amiga del alma que vaya a una isla aislada (no una al azar, sino en la que vivía la amiga) y poco isleña (prácticamente aislada por la nieve) para ocuparse de su cotorra. Ya digo, una majadería cuya única parte buena es trasmitir cuando hay que saber decir que no (creo yo).

Es verdad que tiene alguna frase realista y acertada, como “Sabemos por experiencia que, al marcharse, algunos sacan su cuchillo más afilado para clavárselo al otro donde más le duele. Y que saben exactamente cuál es el sitio porque conocen a esa persona mejor que nadie.”; pero, sinceramente (aunque igual es culpa de la traductora) no se le puede dar al Nobel a nadie que escriba “Extrajo a medias una caja de la balda inferior, abrió la tapa y saco un mapa a escala…” ¿el mapa está a escala o a tamaño real representando – lo que hacen los mapas –algo a escala? En serio, si no estuviera a escala – la representación – pues sería tan grande como lo que representa; para suspenderla, sino en literatura, si en lógica, pero matricula en redundancia.

 

Si una novela policiaca viene con una frase de Chandler (Raymond) diciendo que “es uno de los libros más fascinantes escritos en los últimos diez años” pues como vas a resistirte a cómpralo, por mucho que el titulo sea dudoso; este es el caso de El señor Bowling compra el periódico mi última lectura de septiembre antes de enredarme en al aniversario e irme a NYC.

SiI bien es verdad que en la primera página uno encuentra una frase que promete: “… a menudo caía en un estado a desesperada soledad, un estado de ánimo que tal vez podría haberse denominado suicida de no ser porque él era un hombre incapaz de cometer suicido, pues tenía demasiado sentido del humor para hacer un acto tan frio y deliberado.”; la historia, pese a su extrañeza, con un protagonista que se dedica a matar a gente pero cuyos asesinatos son todos atribuidos a otras causas y clasificados de muertes sin más le trae por la callar de la amargura, no acaba de atrapar y al final uno se pregunta cuál es la fecha de publicación (1943) y cuál es la década en la que este es lo más fascinante para alguien como Chandler ya que una búsqueda rápida da algunos resultados que bueno son más que dignos competidores. Solo puedo concluir que Chandler estaba muy ocupado escribiendo como para mantenerse al día, o a la década, con sus lecturas, o que “más fascinantes” es un error de traducción. Pero, ya, si eso, lo cometamos otro día. Ahora  ¡Divertíos asaltando el castillo!

 

Lecturas

La picadura de la abeja - Paul Murray

Suave es la furia - Sash Bischoff

Los niños de Himmler - Carolien De Mulder

Génesis y Catástrofe - Roald Dahl

Imposible decir adiós - Han Kang

El señor Bowling compra el periódico - Donald Henderson

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