domingo, 9 de agosto de 2015

Comentario de Textos - Julio 2015

Otra vida – Per Olov Enquist
House of cards – Michael Dobbs
Dia Cero – David Baldacci
La sancion de Loo – Trevanian
The Cartel – Don Winslow
The Wolf in Winter – John Connolly

La verdad es que no sé muy bien porque compro biografías, cuando sé que no me gustan, cuando se perfectamente que  incluso aunque el personaje me parezca interesante (digamos Henry Rollins; del que acabare comprándome una si la veo) me acabo aburriendo. Lo que ya raya la estupidez, o tal vez no la raya por estar demasiado alejado de ella por el lado equivocado, es comprarme una biografía de un tipo que no conozco, del que no se absolutamente nada. No digamos ya comprar una biografía de un autor teatral sueco, pero si a mí el teatro me parece casi tan aburrido e insoportable (salvo escasas y honrosas excepciones) como, digamos, los mimos (estos sin excepción).

Pero bueno, supongo que soy ese tipo de persona (no sé cuál es el criterio de división, pero seguro hay uno) así que me compre (en la librería Méndez, como debe ser; a falta de un viaje al campo hasta Cercedilla ) Otra Vida, solo Dios sabrá por qué. Supongo que la razón que tuvo mi cerebro reptiliano fue que en la contraportada se citaba el terrorismo de Munich, a Olof Palme y otros temas de los que se poco (por no decir nada) y bueno, nunca está de más, ni de menos, aprender nuevo. El caso es que si, que me ha aburrido. Básicamente: me ha aburrido como casi todas las biografías, pero la verdad es que me ha resultado educativa en algunos temas, supongo que esa es la ventaja de leer cosas de “no ficción”, que se supone que lo que lees es verdad y aumenta tu cultura general. Bueno, a menos que seas como yo y no seas capaz de retener la información más de un par de un par de días en cuyo caso el aumento lleva emparejada la pérdida no siendo especialmente útil.

Me ha sorprendido recordar algo que seguramente había sabido y olvidado (probablemente como muchos): que el Meinhof de la Baader-Meinhof realmente hace referencia a una mujer, a Ulrike Meinhof para más señas, a una intelectual que harta de que todo el mundo la tachara de intelectual, de mucha cháchara pero poca acción, pues se decidió a formar un grupo terrorista (cuidadín con las críticas que las carga el diablo y las disparan los intelectuales. Posiblemente el primer grupo terrorista moderno y sin duda el primero (puede que el único) con paridad absoluta en su cúpula (si, el Baader es por Andreas Baader que, pese a el nombre casi femenino en español, es varón.

Me ha encantado su explicación de porqué fue tan fácil el atentado de los juegos de Múnich (sea o no cierta) eso de que los juegos de Múnich intentaban borrar la historia de “lo alemán”, especialmente de los doce años de Hitler, y que por eso se relajaron todas las normas de seguridad adoptando “la ideología de la alegría”.

Así que diría que en cierta medida ha sido una compra justificada y que la lectura ha merecido la pena incluso para ser una biografía de un autor teatral, completamente desconocido para mí pero al parecer famoso hasta en Broadway (aunque fracasara llego a estrenar allí).

Es rara la semana que hablando con Helena y Álvaro no sale alguna anécdota de una serie de televisión que se llama House of Cards, que yo no veo pero que ellos sí, así que sentía curiosidad por la serie, cosa que obviamente me impulso a comprar el libro en el que se basa la serie. Como no he visto la serie pues no puedo decir si se parece, si es mejor o si es peor, tan solo puedo comentaros que si bien la serie pasa en Estados Unidos el libro pasa en Inglaterra. Esto puede parecer una tontería pero para un libro sobre intrigas políticas y el funcionamiento de las instituciones pues es una diferencia importante ya que prácticamente todas las referencias han de adaptarse e incluso las intrigas deben de ser sobre otros temas y con otras maneras.

La historia no es especialmente brillante, en el sentido de compleja o poco previsible, pero está muy bien escrita y se lee con mucha gracia, pero lo que de verdad merece la pena son las frases que abren cada capítulo que son sencillamente fascinantes (casi todas). Como muestra, dos ejemplos:

“La verdad es como un buen vino. A menudo se encuentra arrebujada en el rincón más oscuro de una bodega. Necesita que le den la vuelta de vez en cuando. También que se le quite suavemente el polvo, antes de sacarla a la luz y empezar a utilizarla”.

“Leí aquella biblia de cabo a rabo. Me fije en que San Lucas decía que debíamos perdonar a nuestros enemigos. Leí el resto de sus palabras, y las palabras de todos los santos, de verdad que sí. Ninguno de ellos mencionaba lo más mínimo en ningún sitio sobre perdonar a nuestros amigos”.

El libro tiene 48 capítulos, a veces hay más de una por capitulo…  solo por esto merece la pena, además está la historia que no es mala.

Como teníamos que celebrar el cumpleaños de mi abuela (si, teníamos es la palabra correcta) yo suponía que mi hermano (haciendo honor a nuestros orígenes de mercaderes fenicios) me bajaría algunos libros de la Librería Fuenfría de Cercedilla (que me dicen que la visitáis poco, casi menos que yo. Eso no puede ser, que lo sepáis) pero decidió hacer honor a nuestros orígenes de-vete-a-saber-donde y o se le olvido, o pensó con toda la razón que hacia demasiado calor para cargar con ellos o, británicamente, sentencio que le parecía una imposición y me dejo sin nada que leer obligándome a ir a una librería ajena a mi rutina (cuyo nombre no citare a) por que no tiene interés, b) porque no me acuerdo y c) vale, no hay ‘c’ pero siempre queda mejor poner tres razones) para abastecerme de por lo menos un best seller que me mantuviera entretenido unos días.

Curiosamente, ese mismo día después de la comida con mi abuela descubrí que tengo un lector de este blog que no me conocía y al que yo no conocía (no digo que no haya más, que seguro que los lectores de blogs son como las meigas; que haberlas, hailas).

Si, señores por increíble que pueda parecer tengo un lector ajeno a mi familia directa e incluso a mi familia ampliada; y encima no se trata de un enfermo mental residente en una institución con todo el tiempo libre del mundo.

No, para nada; en lugar de un enfermo mental resulto ser una excelente persona, no solo por ser lector de este blog (como todos y cada uno de vosotros, salvo, tal vez, ese que estaba al fondo y que ahora se llevan en volandas los enfermeros) si no porque además es camarero-dueño de un bar que tiene una pinta excelente (el bar La Barra en la Calle Garcilaso) y que aunque aún no he probado para comer os recomiendo con la absoluta tranquilidad que me da el conocer a Juan y el aspecto del bar (de hecho lo recomendaría aunque Juan no estuviera leyendo este blog).

Lo bueno (o lo malo) de los Best sellers, de los buenos, es que te los lees tranquilamente sin grandes expectativas y sin ninguna decepción, salvo los muy buenos que están en una categoría aparte. Para mi Baldacci es un escritor de Best sellers de esa categoría aparte, cuando le sale uno bueno, bueno es muy, muy bueno e inolvidable pero también tiene de la categoría normal. Dia cero es de estos, se lee perfectamente, cumple la misión de entretenerte las horas, tiene una buena historia, bien construida y algún personaje brillante pero te lo acabas y no ha quedado nada. Vamos, que creo que ahora mismo podría volver a leérmelo tranquilamente y me volvería a quedar igual, sin nada especial que comentar salvo que es bueno (oficio que tiene Baldacci, creo que se dice).


Si Baldacci me gusta desde el primer libro que leí suyo (Poder absoluto, por cierto) y me sigue gustando aunque algunos de sus libros no me convenzan, Trevanian es un autor que cuándo lo leí por primera vez, en una colección de novela negra que mi madre tenía en casa, no me gustó nada, pero nada de nada. Mi recuerdo es que lei un par de ellos (las dos sanciones) y sencillamente me parecía incomprensible que a nadie le pudieran gustar. Sin embargo hace unos años leí una que no conocía (The Main) y sencillamente me engancho, me engancho tanto que podría afirmar que ya me he vuelto a leer todo lo que ha escrito (aunque como es un seudónimo de alguien que no queda claro quién es, igual tiene más con otro nombre y aun me queda mucho por leer suyo. Ojala) y todo me ha gustado: desde la novela de vaqueros hasta la novela de las chicas de NYC. Pues eso sencillamente me parece brillante todo él y la Sancion de Loo no es una excepción: desde la primera página con la descripción del protagonista “No era físicamente valiente – tenía una imaginación demasiado activa para ello – y había intentado acallar su miedo insensibilizando dicha imaginación a través de escenas en las que le disparaban, le apuñalaban, le atacaban con gas cianuro o le envenenaban – siempre con comidas exóticas y en restaurantes realmente buenos-.”; pasando por el propio chiste del título: si el MI5 y el MI6 se llaman  así por estar en el despacho 5 y la 6 del Ministerio la brigada de asesinos (sancionadores) a la que pertenece el asesino estaba ubicada en el retrete (The Loo, en ingles fino, fino) hasta los diálogos:

“…  Soy el típico ejemplo de una especie a la que solo le queda un espécimen vivo.
-          Bastardo fanfarrón
-          La familia es correcta, pero ¿y el género?
-          ¿Culo sabio?
-          No sabía que entendías de taxonomía animal…”

Sencillamente: brillante, inevitable acordarse de aquel de:"- Creo que me he enamorado de un subnormal. - ¿y te gusta mas que yo?". Brillante, casi todo el. No os lo recomiendo porque yo no hago eso, pero espero que os guste y si ahora no os gusta probar en otro momento que igual os pasa como a mí. Cada libro tiene su momento para cada uno.

Previendo que ya no vería a mi hermano más veces este mes y aprovechando que Winslow había sacado nueva novela en ingles aproveche para pedir unos libros por amazon y mantener un poco el nivel de inglés (a la espera del próximo viaje a NYC, que cada día está más cerca, espero) haciendo algo que no solo no cuesta esfuerzo sino que proporciona satisfacción ya que algunos libros mejoran mucho en inglés (seguramente también en otros idiomas originales pero eso no puedo decirlo por mi incapacidad para leer en más idiomas. Lo siento pero yo solo soy bi-idiota no poli-idiota como algunos otros).

A ver, ya he dicho otras veces que Winslow es uno de mis autores preferidos, de esos de los que me compro todo lo que veo sin pensar y de los que me gusta casi todo. Sin embargo esta vez he de decir que The Cartel no me ha convencido. No está mal, pero parece más un libro de historia de los carteles de la droga que una novela y creo que la historia real de los carteles, sus venturas y desventuras, son todavía más alucinantes, más de fuera de este mundo que diría aquel, que algunos pasajes del libro que ya parecen excesivos. Creo que en esto la realidad supera a la ficción, por buena que sea la ficción. Además, no sé, creo que le falta el toque diría casi poético de otras novelas de Winslow, la rapidez de los diálogos y la credibilidad de los personajes. Con todo tiene un razonamiento que sencillamente tengo que hacer mío para casi cualquier ocasión en la que se debata la importancia de la ingeniería, concretamente de la ingeniería de aguas que es la que a mí me gusta:
“… the infrastructure for moving clean water in and filthy water out is what allowed people to congregate in large populations in permanent dwellings and create cities and cultures. Otherwise, people had to be nomads to literally escape their own shit.”
Efectivamente, la ingeniería de aguas es la causa de la civilización y, como decía y demostraba otro, también de la incivilización ya que el nivel de dictadura de un país puede evaluarse en función de la magnitud de sus obras hidráulicas. Cuanto más grandes las obras hidráulicas, mas dictadura, menos libertad individual; ejemplos no faltan pero no me acuerdo del libro. Se lo preguntare a Rafa y le diré que pida unos ejemplares para tener en la librería Fuenfria de Cercedilla (así tenéis otra razón mas para pasaros por allí). Por eso a mí me interesan las obras no faraónicas, parafraseando malamente a Rafa: me interesa más la calderilla que los cheques en blanco.

Obviamente ya que estaba en amazon pues aproveche y me compre la última de Connolly (John, no confundir con Michael que es bueno pero no tanto) que es un autor del que también tengo todo y es de los que me gusta leer en inglés. Siendo sincero compre las dos últimas porque creía que no había leído ninguna de las dos, pero solo acerté a medias. Una ya me la había leído aunque obviamente no recordaba nada de ella hasta no verla físicamente momento en el que se me hizo la luz. Algunos podríais pensar que pues vaya mierda de novela si no recuerdas nada; vosotros mismos la verdad es que yo tengo la suerte o la maldición de que no recuerdo nada de lo que leo (o muy poco), solamente consigo recordar si me gustan o no y no siempre con acierto.

The Wolf in Winter (El león en invierno, supongo que será la traducción, aunque con las traducciones nunca se sabe) es la treceava, o así que tampoco me he puesto a contarlas, novela de la serie de Charlie Parker (Connolly tiene otra serie de un niño, Samuel Johnson, que siendo totalmente diferentes, comicas, son excelentes). La primera novela de la serie de Charlie Parker es sencillamente fascinante, con uno de esos principios sencillamente increíbles, brillantes (ciertamente en mi top ten y posiblemente en mi top cinco de inicios de novela) luego la serie mantiene el tipo aunque los personajes se van agotando un poco y las historias empiezan a parecerse un poco e incluso alguna se lee con un poco de cansancio. Esta no, esta vuelve a la calidad y la verdad es que merece la pena y deja algunas frases que merecen la pena: “He was trying to put loss into words, but loss is absence and will allways defy expression”; y sobre todo una crítica que – sin haber leido a Thomas Wolfe – creo que daré por válida para aplicar a otros libros:
“The only reason that Wolfe’s debut was even marginally tolerable was because Perkins had forced Wolfe to remove 60.000 words from it. At Louis’s rough estimate, that still left ‘Look Homeward Angel’ – which in the store’s Scribner edition, came to about 500 pages – at least 499 pages to long”.
Eso si es una crítica, clara y meridiana (por cierto, al parecer Perkins era el editor de Wolfe) y después de conocer a Louis de trece novelas no tengo duda de que no merece la pena leer ese libro por muy famoso que pueda ser.

Puede que este post os haya dado la idea de que soy un poco coleccionista y que si me gusta un autor pues me esfuerzo en tener todos sus libros y no es eso. De hecho, durante mucho tiempo fui supersticioso en el sentido contrario y me negaba a completar mi colección de libros de Goldman: los tenia todos salvo uno que me negaba a comprar ya que me había convencido de que si los leía todos, moriría; o más bien, mirado positivamente, pensaba que mientras no tuviera todos los libros de Goldman no podría morir ya que aún me quedaría uno por leer y no pensaba morir sin haberlos leído todos, eso no sería aceptable. El caso es que deje esa superstición cuando después de contárselo a una novia que tuve, esta debió de entenderlo mal (quiero pensar) y para un cumpleaños o una navidad, tras mucho trabajo de búsqueda en librerías de segunda mano por internet y seguramente pagando una buena cantidad de dinero por él, y con (quiero pensar) su mejor intención, me regalo el único libro de Goldman que me faltaba con la intención por supuesto de que lo leyera o de que superara mi superstición, o (no quiero ni pensarlo) de que muriera al leerlo.

El caso es que pese a que ya lo tengo desde hace bastantes años, de momento y hasta que Goldman no saque otro libro no pienso leerlo aunque me apetece bastante, incluso algunos días mucho pero ¿que sería la vida sin supersticiones o sin prejuicios?

Si Goldman saca otro libro tendré que tomar una decisión sobre cuál de los dos leer, si eso, ya os cuento.


lunes, 27 de julio de 2015

Ordenando cosas en casa

¿Ordenando? Realmente no, más bien solamente colocando. Eso de ordenar me resulta sumamente difícil ya que hay que – como decía Nick Hornsby decía en High Fidelity – lo más difícil de ordenar es encontrar el criterio de ordenación. ¿Cómo ordenar, por ejemplo tu colección de discos? ¿por estilos, por autor, por fecha de edición, por fecha de compra?

Imposible decidirse así que yo más que ordenar, de momento, me he limitado a colocar las cosas en sitios que, ni mucho menos, serán definitivos pero que de momento han cumplido su función de permitirme sacar todas mis mierdas de las cajas, lo que unido a una limpieza general y varios cientos de visitas a los contenedores municipales me permite tener, por primera vez en bastante más de quince años, mi casa prácticamente libre de cajas. Algo que, junto con el tener lámparas, es un cambio sustantivo en mi vida y que realmente resulta muy, pero que muy agradable.

Una de las cosas que necesitan colocación son mis discos. Mis discos digo y  no mi colección de discos porque yo no tengo una colección de discos: tengo algunos discos, un número indeterminado – elevado, puede – pero que no es una colección, igual que tampoco tengo una colección de libros, simplemente tengo libros. Siempre me hace gracia cuando la gente se refiere a sus discos como su colección, no sé cómo un montón de discos se convierte en una colección pero sospecho que tiene que ver tanto con la vanidad del propietario como con el tener una elevada proporción de ediciones extrañas. Así que puede que realmente tenga una colección, ya que vanidad no me falta y ediciones extrañas tengo algunas aunque sospecho que el menos del mínimo necesario para cualificarla como colección. Nunca se sabe, si eso, un día lo miro.

El caso es que tras intentar colocar mi colección de discos en unas estanterías, de esas de Ikea, que había cortado a medida de la pared que me quedaba libre y que había colgado con sumo cuidado la primera vez solo para que se me cayeran casi instantáneamente, que había colgado una vez más, con más cuidado incluso, solamente para ver como se me volvían a caer en una preciosa cascada: primero la de arriba que tiraba la de en medio, que tiraba la siguiente hasta que todas ellas y todos los discos quedaban en el suelo, incluso después de que con la ayuda de Álvaro las hubiera colgado una tercera vez con resultados idénticos, pues después de eso me decidí a comprarme un mueble para colocarlos. Mueble que extrañamente encajaba casi mejor que las estanterías en la parte de mi casa en la que pensaba colocar los discos. La verdad es que no sé porque no me decidí por comprar el mueble directamente ya que soy perfectamente consciente de que el bricolaje no es lo mío. Supongo que la vanidad de hacer las cosas por uno mismo.

Finalmente, el mueble y el rinconcillo de los discos me ha quedado bastante bien aunque aún me falta encontrar el sitio en el que poner ese equipo, o las partes del mismo, para el que tengo algunos vales regalo de mi familia que espero algún día hagan efectivos. Incluso espero que los hagan efectivos antes de que cumpla los cincuenta años, algo que puede parecer como muy lejano pero que realmente será dentro de poco, de demasiado poco, de lo suficientemente poco como para ya estar casi seguro de que “a los cincuenta llego, mal se tienen que poner las cosas”.

Como tan solo había colocado los discos, sin ordenar, pues no me había fijado en que discos quedaban a la vista y probablemente no habría reparado en ello si no fuera por un comentario de Cabut (nuestro sexto hermano) que como pintor que es pues también es observador y nada más llegar me soltó a bocajarro: “muy bien, muy bien, así me gusta con LLuis Llach”. Obviamente, al principio, ni idea de que estaba hablando y casi empezaba a pensar que se estaba haciendo mayor, delirando en su propio mundo interior, hasta que seguí su mirada y observe los discos que habían quedado a la vista. No deliraba. Efectivamente de los discos a la vista, uno era de Lluis Llach, algo que resultaba curioso porque creo que es el único vinilo que tengo de Lluis Llach (bueno igual ni es un vinilo, no sé si los discos de cantautores pueden ser considerados vinilos por los puristas).

Ciertamente resultaba curioso, pero no solo eso resultaba curioso. No, la verdad es que había cosas bastante curiosas fruto del azar de colocarlos sin pensar y sin ordenar, casualidades que seguramente resultan significativas si uno es aficionado a la búsqueda de coincidencias místicas. Yo no lo soy, pero la verdad es que igual me convierto ya que ese tipo (curiosamente había escrito timo en lugar de tipo) de coincidencias místicas, la búsqueda de ellas, permiten contar cosas y aunque no me faltan temas la verdad es que siempre es difícil buscar un “inicio”.

La primera y que podría ser esperable es que cada uno de los discos que se ven ha sido importante en mi vida, de una u otra manera; aunque esto es fácil porque muchos de los discos que tengo lo son. De hecho es probable que cualquier otra combinación tuviera un resultado parecido o incluso mejor ya que tampoco es que sean los discos más significativos de mi vida. (No, no tengo ni idea de cuáles podrían ser los que pudiera considerar los más significativos en mi vida. Hay tantas opciones, tantos discos que guardan recuerdos muy especiales en mi vida que creo que de vez en cuando volveré a colocar los discos sin mirar a ver que discos y que recuerdos salen con ellos). Pero divago, si eso, ya lo probamos otro día.

La coincidencia mística más llamativa que no es visible a primera vista (yo he tenido que comprobarla) es que son del mismo año. Sí, no solo son del mismo año si no que  precisamente son del 77 (tanta historia con el punk del 77 y ya ves tú, los tres discos que a mí me salen al azar son de ese año y ninguno se acerca al punk ni por asomo).

Obviamente yo no los compre en el 77 – ese año aun tenia entre once y doce años y aunque a todos nos guste imaginarnos como precoces en nuestros gustos y aficiones tampoco conviene exagerar y modificar el pasado – pero si es cierto que en mi recuerdo estos discos comparten los mismos años de escuchas simultaneas (de ecléctico podríamos clasificar mi gusto, si aún estuviéramos en los ochenta  incluso de sinérgico).

El Campanades a mort de Lluis Llach seguramente si lo oía en el 77 ya que este es un disco que he heredado de mis padres que si debieron de comprárselo el año en el que se editó. Si, esa era parte de la música que oían mis padres: cantautores, canción protesta, esas cosas. En mi casa se cantaba L’estaca y todos los hermanos (salvo Helena que por nacer más tarde se perdió parte deesta infancia musical, no toda, ni mucho menos) todavía podemos cantar, letra incluida, las canciones de Quilapayun, de Víctor Jara, de Atahualpa Yupanqui, de Mercedes Sosa, de George Brassens, de Paco Ibáñez, de Raimon, de Joaquín Diaz… ya os hacéis una idea, o no.

Afortunadamente, o desafortunadamente, eso no era lo único que oían mis padres que también le daban, fuerte y flojo, a todos los ritmos sudamericanos (supongo que por haber vivido dos años en Cali, Colombia)  con el resultado de que ahora, pese a mi voluntad, los ballenatos me siguen emocionando aunque no sean buenos y casi me avergüenzo de que mi cuerpo no pueda resistir el impulso de bailar (aka: mover un poco el pie o la cabeza) cuando oigo un ballenato o similar (si, incluso ese de la camisa negra).

Podía haber sido peor… mucho peor…

El caso es que este disco de Llach me sigue encantando. Bueno, obviamente si lo conocéis sabréis que como mucho me gusta la mitad del disco ya que la cara A es completamente inaceptable, con una composición que pretende ser clásica, con sus coros mayestáticos y su orquesta completa de un montón de maestros, vamos, totalmente pretenciosa y prescindible. Pero la cara B compensa totalmente este desastre de cara A (si, yo ya era hípster en los ochenta y me gustaban las caras B mucho más que las caras A y estoy seguro de que la edición japonesa es todavía mejor).

No, la primera cara creo que no he vuelto a oírla (si es que alguna vez la he oído) pero desde luego Laura es una de mis canciones de amor favoritas, creo que es sencillamente una canción perfecta (letra y música), es de esas canciones que estoy seguro aceptarían una revisión y actualización y seguirían siendo excepcionales. Esa guitarra española, de repente, es sencillamente tan buena, si no mejor, que la que consiguieron meter The Church en el Almost with you

Es oírla y me entran ganas de  enamorarme de una Laura para poder cantársela, pero como no he conocido ninguna Laura que no esté loca –  tengo una amplia teoría  sobre los nombres y la personalidad – de lo que de verdad me entran ganas es de cambiarle el nombre a alguna chica que se lo merezca y achacarle el error a mi memoria dispersa o al daño cerebral, que para algo tendrá que servir ¿no?.

Por supuesto cantar Viñes verdes vora al mar a voz en grito por la carretera de Valencia siempre me traerá a la memoria un viaje con Cabut en su 4L amarillo, acelerando y desacelerando para que al sacar la mano por la ventanilla pareciera que estábamos acariciando un pecho, un pecho distinto según la velocidad a la que circuláramos.

No sabría decir que año descubrí a Springsteen pero si tuviera que apostar diría que fue en el 79, con su aparición en el concierto de No Nukes (Si, ¿Qué pasa? ¿Vosotros no tenéis un pasado antinuclear? Ya, claro y seguro que tenéis microondas en casa. Pues yo sí, que antes era un hippy) con un medley que hacia (Devil with the blue dress) pero sobre todo con la versión de Stay que se marcaba con el propio Jackson-Jackson Brown (versión que luego disfrutaría más al comprarme una grabación pirata del concierto de Springsteen que encontré en Record Runner y  que sigue siendo impactante. Si, soy más hípster que tomar cold-brew tengo discos piratas e incluso tengo un disco doble con solo tres caras grabadas ). Ese disco y el descubrimiento de mucha música: desde Crosby  Stills Nash hasta Graham Nash, pasando por Poco o James Taylor, hasta por supuesto Tom Petty y Springsteen es lo mejor que ha dejado el movimiento antinuclear, con diferencia.

En ese momento con Springsteen pasaba una cosa curiosa: uno podía ir hacia atrás cuando era un hippy que se consideraba heredero de (ni más ni menos) Bob Dylan y similares y hacia canciones de siete o nueve minutos con letras enrevesadas, o podía ir hacia delante, hacia el rock (con mayúsculas, supongo) hacia canciones más cortas (tampoco mucho) pero con menos instrumentación…. mejor dicho: con menos instrumentos exóticos (hacia el futuro del rock que dijo alguien al verle tocar). ¿Qué hice yo? Pues de todo un poco: un poco hacia adelante, hacia The River,  al que llegaría justo a tiempo para quedarme extasiado; otro poco hacia atrás, hacia el Greetings y el The Wild, the Innocent & The E-Street Shuffle, porque, repito: yo era un hippie y el primer Springsteen también lo era; pero sobre todo hacia el medio, hacia el Born to Run y hacia Darkness on the edge on town que como todos sabemos o reconoceremos son dos obras maestras. (si no lo reconoces: fuera de este blog inmediatamente, pero eso si, deja un comentario para que no sepa quién eres y prohibirte la entrada)

Supongo que, por fechas, este fue uno de los primeros discos que me compre. Puede que  ahorrando toda mi paga, pero más probablemente convenciendo a mi padre de que la música era tan cultura como la literatura ya que calculo que mi paga no llegaría para tanto (menos considerando que en Madrid a esa edad ya se ponía beber. Y si se podía, ¿Quién no iba a beber?). En mi casa tenías el derecho a comprarte un libro al mes, mi padre nos regalaba un libro que escogiéramos al mes, igual que dé más pequeños nos regalaba un tebeo (normalmente un joyas literarias juveniles) todos los domingos antes de salir a comer, porque se suponía que era cultura. Mi primera gran victoria familiar fue conseguir que se aceptara un disco como equivalente a un libro y casi seguro que este fue uno de los primeros que se benefició de esta victoria.

Es un disco que me sigue encantando pese a que no haya una canción que dure menos de cuatro minutos y que más de la mitad de las canciones duren más de siete minutos (hay una de 9:56 que pese a ello es excelente). No sé, siempre me recordara a Manolo Die y a nuestros primeros intentos de ser músicos, de convertirnos en el nuevo Bob Dylan, el nuevo Neil Young o el nuevo James Taylor… los primeros intentos de tocar la guitarra, la armónica o incluso el piano (obviamente el saxo de Clarence Clemons tendría que aportarlo otro ya que eso era sencillamente inalcanzable. ¡Cómo si lo otro no lo fuera!).

A Elvis Costello lo descubrí a través de Jacobo, a través de los discos de sus hermanos mayores, lo cual nos sitúa en 1980 aproximadamente. Sencillamente fue como una epifanía (no era la primera: ya habíamos descubierto a Steve Forbert , a los Only Ones, a Lou Reed; y no, no sería la última) eso es lo que queríamos ser de mayores, incluso de menores; sencillamente era lo que queríamos ser en cualquier momento, a partir de ese momento. Sí, eso es lo que íbamos a ser, aunque para ello tuviéramos que ponernos gafas y  ser feos (más feos incluso). Ibamos a componer canciones de tres minutos, canciones divertidas y brillantes, incluso podríamos componer canciones de amor excepcionales. Simplemente componer Alison habría bastado para hacernos felices y el disco tiene muchas, muchas más que sencillamente son excepcionales, son buenas hasta cuando las versiones son malas (y hay versiones muy, muy malas).

Lo intentamos. No lo conseguimos, pero, si eso, ya os lo cuento otro día.

Puede que alguno de mis lectores haya sido observador y se haya dado cuenta de que además de estos tres discos en la foto se ve otro disco, un single: el de Los Benditos, que no, no es de 1977, así que esa casualidad que se ha anunciado a bombo y platillo no es tal.

Podría defenderme diciendo que los singles son otro tema, un tema completamente distinto, pero no tendría mucho sentido, diréis: un disco es un disco y este no es del 77, es del 2007. Listillo, añadiréis, así, obviando datos, es fácil encontrar casualidades  cual defensor de la homeopatía o de algo peor.

Vale, pues no hay ninguna casualidad en los discos pero quedaba mejor así.

Cada disco tiene su historia, mejor o peor aunque la verdad es que en todas ellas hay partes peores que no he contado y mejores que tampoco he contado. Si eso, ya os cuento otro día.


Pero sí que hay otra cosa que estos discos tienen en común y que tampoco es muy normal: a los cuatro autores los he visto en directo: a LLuis LLach fui a verle a un teatro en el barrio de Salamanca (en pleno barrio pijo de Madrid) y me emocione cuando toco Laura (aunque la gente se emocionó mucho más cuando canto L’Estaca, que como canción no tiene nada); para ver a Springsteen me fui hasta Montpellier la primera vez que paso relativamente cerca de Madrid; a Costello tarde mucho en verle, demasiado, ya que para entonces Jacobo ya había muerto y pese a que había reunido a los Attractions  para ese concierto me supo a decepción ya que todo había cambiado; a Los Benditos los vi en El Sol en un evento del que ya os contare otro día y que aunque no consiguió devolverme a aquella epifanía que tuvimos consiguió reconciliarme bastante con la música y con la vida en un momento de horas bajas.

domingo, 5 de julio de 2015

Comentario de textos - Junio 2015

Una Juventud – Patrick Mondiano
La noche del ilusionista – Daniel Kehlmann
Irène – Pierre Lemaitre
Cuentos completos – Kingsley Amis
Otro tiempo, otra vida – Leif GW Persson
Perros de paja – Gordon Williams
Harvard Square – André Aciman
Caza al asesino – Jean-Patrick Manchette
El Reino de la noche – William Hope Hodgson
Crónicas de la era K-pop – Fernando San Basilio

Ya, ya, yo también me he dado cuenta: obviamente en la última entrada no puse todos los libros que me había leído en los meses anteriores ya que no resulta creíble que me haya leído todo esto en este mes, considerando que ya estoy instalado en mi casa, que tengo televisión y que pese a que cada vez me parezca más aburrida (cuantos más canales hay, parece que hay menos variedad) he visto bastante este mes.

Además, ahora al repasar las lecturas, resulta obvio que he hecho dos visitas a mi librería de referencia de Madrid (si, a la librería Méndez de la calle Mayor; la misma que la vuestra espero), aunque ninguna a mi referencia de la sierra (si, a ese que también debe de ser la vuestra, si queréis que sigamos siendo amigos; la librería Fuenfría de Cercedilla). Esto último es algo imperdonable, sobre todo si os confieso que tuve que volver desde Guadarrama a Madrid en autobús un día que me dejaron allí tirado después de una visita de obra. En fin,  menos mal que el librero tarambana no lee este blog porque si no se enfadara. Razón no le faltara.

No es solamente porque haya estado colocando mi casa y halla visto, no ordenado ni releído, lo que podría llamar mi colección de libros de magia (sí, soy tan prototípico que en mi adolescencia hacia magia, supongo que con la intención de ser más sociable) si no porque creo que estas cosas soy incapaz de evitarlas y si un libro tiene la palabra ilusionista (o similar) en la portada o un fotograma de Melies pues yo voy y me lo compro sin dudar (o dudando). La Noche del ilusionista tiene ambas cosas y…. poco más. Creo. La verdad es que ahora miro la portada, lo abro al azar, leo una o dos frases…  y nada, nada me viene a la memoria y lo que me viene hace que no me apetezca leerlo.





La verdad es que eso de abrir un libro que he leído hace poco y ser incapaz de recordar nada es algo que siempre me ha pasado (vale, ahora me pasa un poco mas) por lo que ya no me preocupa lo mas mínimo. Si no consigo ni recordar la sensación de haberlo leído es que no merece la pena, puedo no recordar la historia o recordarla mínimamente pero de los libros buenos (buenos para mí, según mi criterio) siempre recuerdo la sensación de haberlos leído. No me preocupa, en general no me preocupa. Me pongo un poco más nervioso, mejor dicho, me preocupa un poco más cuando el libro es de un premio nobel, de un premio nobel de literatura se entiende pero así es la vida. En cualquier caso que Una juventud tampoco me haya dejado ningún recuerdo me molesta un poco más que el caso del libro anterior, incluso un poco más – no por lo del premio nobel – si no porque sinceramente me apetecía y pensaba que podría ser bueno, que incluso podría, en cierta medida, identificarme con alguno de los personajes. Pero no, se ve que no.

Irène tiene una premisa interesante: un asesino imitando crímenes e otras novelas policiacas, de clásicos de la novela negra y es una pena que no consiga nada con esta premisa. Con una premisa parecida, aunque a la vez muy distinta, Kerr consiguió montar una novela muy entretenida en Una investigación filosófica; pero Kerr es Kerr y… no es lo mismo, incluso son libros malos son mucho mejores que este. Realmente creo que lo que más me molesta de este libro es que acaba derivando hacia una especie de final de Hollywood tipo Seven sin desarrollar esa premisa que podría dar mucho juego si se sabe usar.

Como todo buen recopilatorio, Cuentos Completos, tiene cosas que no están a la altura del resto y que bajan un poco el nivel general del conjunto, más si el conjunto es de Amis que siempre resulta entretenido (aunque a veces repetitivo). El caso es que me deja una frase que me gustaría que tuvierais en cuenta al leer estos comentarios: “seguro que ustedes considerarían una farsa tener que tomarse en serio a un montón de esquimales que afirmaran que alguien es un magnifico jugador de criquet. En fin, yo si lo haría”.  Obviamente yo soy el montón de esquimales y la frase es tan aplicable para las críticas buenas como para las malas.
Por supuesto varios de los cuentos tienen relación con la bebida, hablamos de Sir Kingsley Amis, por favor y pese a que muchos de ellos son de mediados de los sesenta o setenta, algunas reflexiones siguen siendo totalmente ciertas y las subscribo y con ellas mi manía por esta nueva cultura de la cerveza (que no por la cerveza en sí, ni por su variedad): “el esnobismo del vino se está extendiendo cada vez más: la gente bebe vino porque cree que le otorga cierta categoría. Como la gente ‘equivocada’, sin clase alguna, está empezando a beber vino, los pubs y la cerveza comienzan a considerarse una forma de distinguirse del vulgo”. Y, añado yo, así se están cargando la paz espiritual de los que bebemos la cerveza porque nos gusta, sin tener que recordar si las preferimos de fermentación al bies o  si preferimos el lúpulo de la Conchinchina. Algunos solo queremos una cerveza, una cerveza normal, rica y fría, o casi helada.

El caso es que terminados estos cuentos de Amis recuerdo (si, aunque os parezca increíble aún recuerdo cosas, algunas, más bien pocas), recuerdo que me había quedado sin nada para leer, algo que, en principio, me haría visitar algunas de mis dos librerías de referencia pronto, si no fuera porque ahora paso las mañanas de los sábados con mi sobrina Alicia y aunque nuestro plan habitual incluye ir a comprar plantas de colores para plantarlas en mi casa, condenándolas a una muerte anunciada, a veces consigo variar nuestra rutina de carceleros de plantas variadas y llevarla a algún otro sitio; digamos por ejemplo a la casa del libro (a la de la calle Fuencarral, que es la más nueva de las nuevas. Tan nueva para mi que la verdad es que sigue siendo Rodilla, La casa del libro de Rodilla).

Pues sí, un sábado conseguí llevarla (o que me llevara ella; eso nunca queda claro) hasta la casa del libro y tras media hora viendo todos los libros infantiles para elegir el que más “cositas de mover” tenía me permitió distraerme cinco milisegundos para escoger yo, y eso de camino hacia la caja.

Tras aprovechar al máximo el tiempo disponible para esta tarea agarre un libro de bolsillo de un autor que me sonaba había leído en la esperanza de que no fuera este que cogía el que libro que ya había leído y que mi difuso recuerdo del autor fuera porque me había gustado. Así fue como me hice con Otro tiempo, otra vida, que resultó ser la segunda parte de una trilogía pero que, afortunadamente o por ir con Alicia, resulto que el libro que me había leído era la primera parte de la trilogía. Así que todo estaba bien, de hecho estoy pensando en que en lugar de pedirle a Alicia unos milisegundos para escoger un libro yo, dejarle que lo escoja ella directamente y con la buena fortuna de los niños seguro que o coge la tercera parte de esta trilogía o coge uno tan bueno o mejor que el que yo podría escoger, incluso contando con todo el tiempo del mundo. Ciertamente leerme la tercera parte de la trilogía no me molestaría nada ya que los dos primeros me han gustado (creo) bastante.  No geniales pero si buenas, lo suficientemente buena como para copiar una frase: “Hay algunas verdades sobre otras personas que solo podemos encontrar con ayuda de nuestra propia fantasía”.

Lo malo de la novela negra, de las buenas y en general de las novelas buenas es que se leen rápido y claro, si solo te da tiempo a comprar una pues enseguida te quedas otra vez sin lectura. Afortunadamente Zippi por fin iba a presentar su primera novela Una gota de sangre en el Martini, por favor de la que tuve el privilegio de leer el borrador y que me apetecía volver a leer en su versión final. Así que, sin traicionar a mis librerías de referencia, me acerque a la presentación en la librería Cervantes y Compañía para felicitar y acompañar al autor, aunque esto último no era necesario ya que Zippi siempre está bien acompañado y en este evento más. Allí estaba el todo Malasaña.

Algunas personas pensaran que es de mala educación comprar más libros que el presentado cuando se va a una presentación, es posible; pero yo tengo una incapacidad para estar en una librería y comprar un solo libro por mucho que sea una presentación.

(Nota: igual os estáis preguntando porque no está el libro de Zippi entre la lista de leídos esta vez. Por si acaso, os contare la verdad: pues no me lo he vuelto a leer. No porque no me apeteciera, si no porque al poco era el cumpleaños de mi sobrino Rafa y aproveche que no me había dado tiempo a que Zippi me lo dedicara (ya os digo que estaba el todo Malasaña formando cola para la dedicatoria) para regalárselo a mi sobrino, que para algo estudia, o dice que estudia, Filología, y a mí no se me ocurría nada mejor. Así que,  Zippi, si lees esto: ya sabes, guárdame un ejemplar que me he quedado sin)

Afortunadamente, debido a mi taradez, el regalar el libro de Zippi no me dejaba sin lecturas ya que también había comprado Perros de paja. Si, se trata de ese Perros de Paja, el de la película de Peckinpah, que obviamente yo desconocía que estaba basada en un libro. Podríamos entrar en el debate de si el libro es mejor que la peli, si eso siempre es así o no, pero, si eso ya lo comentamos otro día. En este caso los dos se parecen y a la vez son completamente distintos. El problema que plantean, ese problema tramposo de si los pacifistas lo son cuando les toca a ellos o solo lo son cuanto las cosas conciernen a los demás, es el mismo pero las diferencias en la raíz y la forma del conflicto hacen el caso completamente diferente. Se trata de dos situaciones no equiparables y que pese a ser parecidas no tienen nada que ver. Pero es un buen libro y, por cierto a mí también me parece que es una buena película.

Si antes he dicho que podría dejar a Alicia elegir los libros que me compro, la verdad es que lo he dicho en serio porque mi última compra no ha sido nada acertada. De hecho uno, El reino de la noche, que se supone es una obra de terror y ciencia ficción que “inspiro a grandes autores del género” tuve que dejarlo a medias; otro, Harvard Square, sobre una amistad imposible en Boston entre un árabe y un judío me costó acabarlo y es como si no me lo hubiera leído salvo por el tiempo perdido; otro, Caza al asesino, se deja leer pero desde luego el personaje del asesino está muy lejos de ser un personaje carismático, a años luz de buenos personajes de Goldman, de Trevanian, o de Baldacci, lo que obviamente desilusiona hasta sabiendo que es una novela francesa  (la verdad es que decepcionan más las críticas de la contraportada que demuestra un grado de desconocimiento de la literatura bastante deprimente); y el ultimo Crónicas de la era K-pop es tan malo como seria esperable, como yo esperaba quiero decir y solo lo compre porque pensaba que el san Basilio podía ser nuestro viejo amigo Samba y sentía curiosidad. Ahora espero que no sea Samba ya que si le veo tendré que disimular o directamente mentir. Tampoco se trata de hacer daño por hacer daño.




Así acabo este “compromiso” y espero poder contar con el tiempo y las ganas de aburriros con otro tipo de aventuras en breve, que esto no es un blog de libros aunque con lo poco que escribo de otras cosas podrían llegar a parecerse a uno.

domingo, 21 de junio de 2015

He vuelto - Comentario de textos

¿increíble, verdad? Con lo bien que lo llevaba, aunque no llegaba a tener una periodicidad  salvo por el comentario de textos mensual – por lo menos si tenia una cierta costumbre de escribir en este blog y ya veis: ahora hace cinco, seis meses que no he dejado pasar sin escribir nada, nada, ni siquiera los comentarios de mis lecturas.

Bueno realmente no es que no haya escrito nada, ya que si que he escrito cosas, he empezado algunas que no he conseguido terminar porque cada vez se me hacían mas y mas largas, ciertamente inacabables o si fueran acabables debería de aplicarles unas diez veces el método Stefen King para reducirlas como el a una longitud legible (si, al parecer King la primera versión de las novelas de King es como diez veces más larga que la novela final y su método consiste en una vez escrita diezmarla. Casi increíble viendo los tomos que le salen pero posible viendo las longitudes que incluso a mí me salen).

Pese a no escribir en este blog la verdad es que en estos últimos meses si he escrito un par de cosillas que, encima de todo, he podido ver impresas: un articulillo para un especial de Agua de El Economista y una pequeña “entrevista” a Alvaro para la revista de una asociación de bares. No, no es mucho, lo se; pero es solo por justificarme, aunque teniendo en cuenta que he conseguido mudarme de casa y prácticamente tener mi casa acabada, tras luchar con mi inutilidad para el bricolaje, que no solo hace que tarde mucho en hacer las cosas si no que puesto que mis estanterías, estantes e inlcuso cuadros, tienen tendencia a caerse y me veo obligado a repetir su colocación pues, claro, me lleva mucho mas tiempo del normal. Al fin y al cabo durante toda la EGB suspendia metódicamente la “pretecnología” y mis trabajos ni siquiera eran aptos de ser presentados en las ferias de fin de curso del colegio.

Pero divago, si eso, ya os lo cuento otro día.

Hoy mi objetivo es intentar ponerme al día de las lecturas de estos meses, que afortunadamente han sido menos de las normales y de las que mis notas serán más breves porque aunque he seguido tomando notas creo que con tanto lió de cajas, colocar y ordenar al final he perdido casi todas las que había tomado y he dejado pasar tanto tiempo de algunos libros que sinceramente ya ni siquiera recuerdo haberlos leído. Así de mal anda mi memoria, menos mal que, previsoramente, los últimos libros leídos no los he ordenado, que si no, no podría escribir ni los títulos, que por cierto son estos:

Saints of New York – R. J. Ellory
Light and dark – Natsume Soseki
Los Simpsons y las matematicas – Simon Singh
La nuevas aventuras de Hansichi – Okamoto Kido
La luminarias – Eleanor Catton
El balcón en invierno – Luis Landero
Una revelación brutal – Louise Penny

Mercado de invierno – Philip Kerr
Soy Leyenda – Richard Matheson
Expo 58 – Jonathan Coe
Hanns y Rudolf – Thomas Harding


























Mi mudanza ha sido por etapas y en la primera de ellas, la ocupación de una casa que mi hermana tiene en la calle Santa Brigida, todavía me quedaban un par de libros de los que había comprado en NYC e incluso empece a escribir mi “comentario de textos” de ellos por lo que puedo reconstruir un poco mas de los libros.

Saints of New York es de esas novelas con McGuffin: en las que se cuenta una historia sencilla (la investigación de la muerte de un traficante) simplemente como excusa para ir contando otra historia que es la que de verdad le interesa al autor, que en este caso es la investigación de si el padre del protagonista era, o no, un policía corrupto. La verdad es que no ha debido de convencerme mucho porque ahora miro la portada y ni siquiera consigo recordar nada especial del libro, salvo la presencia de policías irlandeses, y que gracias a mis notas puedo reconstruir su afición al alcohol “Hell if his adult life was a road trip he’d done pretty much all of it DUI”; o sus complicadas relaciones con la divinidad: “would have liked to believe in God, but he felt that faith should be mutual. It should be reciprocated. And he knew, with certainty, that God did not believe in him” e incluso citando partes poco conocidas (diría poco conocidas por mí, pero eso sería aplicable a casi toda la totalidad) de la biblia que promueven el consumo de alcohol, en este caso: Proverbios 31. Poco más os puedo contar

Light and Dark es una novela cotidiana y decimonónica, puede que incluso costumbrista, pero de costumbres japonesas Es, cuando menos, curiosa en el sentido de ver un poco de lo que podría ser una vida cotidiana de un Japón pre guerra mundial pero post samuráis, de un Japón en vías de desarrollo y de las relaciones maritales, familiares y personales. En ese sentido muchas cosas resultan completamente sorprendentes, pero le falta “historia”, en el sentido de trama, ya que apenas si pasa nada relevante o al menos nada relevante que yo recuerde.

Una vez terminados estos restos de la maleta de NYC era el momento de enfrentarse a los “regalos navideños”. Si, entiendo vuestra aprehensión, casi miedo, ya que será parecido al que yo sentía al desenvolverlos:



Resulta evidente, lo he repetido muchas veces, que a mi los escritores japonés me suelen gustar, que de hecho considero que Japón es el único sitio exótico que realmente queda en este mundo, mucho mas que la sabana africana o las cumbres asiáticas que tan exótica le parecen a la gente. Eso es cierto pero de esto a que una novela juvenil  de un detective japonés (más bien unos cuentecillos que en algunos casos no pasan de un chiste malo) pueda interesarme hay un abismo. Un abismo insondable. No sé, no digo que Las nuevas aventuras de Hanshichi sean malas, ni siquiera digo que sean mejores o peores que las “antiguas/originales” aventuras de Hanshichi (esto último por desconocimiento de estas últimas) y tal vez antes de la pubertad puedan tener algún interés o resultar curiosas. Igual la culpa es mía y de que en lugar de ser un preadolescente soy post-post, (tal vez incluso un par de post más serían necesarios para relacionar mi edad actual con la adolescencia).


Si el tal Hanshichi me pilla mayor para disfrutarlo, Las luminarias, creo que me pilla pequeño para disfrutarlo ya que no he conseguido cogerle la gracia, o dicho de otra forma que me ha parecido sencillamente ilegible. Tan ilegible como que la he dejado a mitad, tal vez me haya perdido la mitad buena – mi padre tuvo una época en l que todos los  libros y  las películas le parecía que tenían cuando menos dos partes y si le preguntabas por cualquiera te decía “bien, la primera parte bien” o “la primera parte no me gusto peor la segunda es excelente”- no lo se, o igual es que no he cogido la gracia de la relación de los capítulos con los horóscopos, o que la he cogido y su estupidez me parece sorprendente. No se, sinceramente, no sé; ya digo, no conseguí acabarla.





Las matemáticas me interesan más que los horóscopos por lo que Los Simpson y las matemáticas parece un regalo más adecuado, además Simon Singh es un divulgador entretenido y los Simpson sin ser de mis series favoritas pues es ciertamente divertida y una “referencia cultural” necesaria. La verdad es que es un libro que se lee muy bien, muy entretenido y con anécdotas, curiosidades e inquietudes fascinantes (¿Cómo puede ser que si los personajes tienen cuatro dedos cuenten en base diez?). Lástima que tena dos partes – esto es un hecho y no que cada vez me parezca mas a mi padre – y que la segunda este dedicada a Futurama, una serie que ciertamente no es una referencia cultural para mí.






Terminados los regalos navideños, faltandome el tiempo para visitar la librería Fuenfria de Cercedilla y sin reuniones familiares para aprovechar el servicio a domicilio de la misma, resultaba obligada la visita a mi librería de referencia. Aunque ahora me pille un poco mas lejos la Librería Méndez de la calle mayor, he decidido seguir manteniéndola como mi librería de referencia en Madrid (capital, que en entornos más amplios, al igual que para vosotros, la librería Fuenfria debe ser la de referencia. No nos equivoquemos).

Puesto que nadie me lo había regalado por navidad me compre El balcón en invierno, ya que Landero normalmente me gusta y de este Rafa me había dicho – casualmente un día que nos encontramos al propio Landero en el barrio y delante de el – que era muy bueno, que le había gustado mucho. Si no conocéis a Rafa podéis pensar que lo decía por estar Landero delante pero no, Rafa habría aprovechado para decirle que no le gustaba si bien luego en público y sin Landero delante habría jurado que le encantaba, al fin y al cabo son amigos y la amistad y la familia (en el caso de que no sean lo mismo) son lo primero. La verdad: es una buena novela, incluso excelente; eso si, es una novela de Luis Landero con todo lo que eso significa y que por aquello de ser breve no os voy a contar hoy, si eso, ya lo hablamos otro día.

Hay escritores que me gustan, que me gustan casi intrínsecamente, que sigo y de los que compro cualquier novela que saquen. Incluso si el tema de la novela me resulta completamente indiferente como es el caso de Mercado de Invierno. A mí el tema del futbol sinceramente… pues eso… que ni siquiera me parece un tema, salvo tal vez cuando trata sobre los hoolligans ingleses violentos que en si mismos son fascinantes, como todos los violentos por otra parte que es indudable que siempre ejercen un poder fascinador (en libro, me refiero; en la vida real esta fascinación intelectual se trasforma en repugnancia) por lo que podría haberla obviado, pero Kerr es Kerr y hay que darle una oportunidad en cualquier tema que escriba. Al fin y al cabo, si a el le parece lo suficientemente fascinante como para escribir sobre el pues habrá que intentar adivinar porque. Me cuesta decidir si es una buena o una mala novela porque me he dado cuenta – ya lo sabía – que no conozco nada de ese entorno y claro todas las referencias a los personajes secundarios se pierden en mi caso por lo que pese a estar bien escrita y muy bien contada pues me pierdo (como en las partes en latín de El nombre de la rosa). Imagino que si conoces a los personajes secundarios y accesorios debe de ser una lectura muy entretenida y una serie a seguir, yo no estoy seguro de que lo haga.

Piglia, es otro de estos autores (no son tantos realmente, aunque si unos cuantos) con los que siempre me siento tentado a comprar cualquier libro que vea, sin pensarlo, sin casi ni ojear la contraportada (bueno, solo para comprobar que no me suena haberlo leído). El camino de Ida lo compre sin fiarme en que Ida estaba con mayúsculas y que se refería por lo tanto a una persona y no al verbo, que me parecía un título más adecuado, especialmente para un argentino (o para una primera parte de algo). Diria que me gusto, que tal vez me gusto mucho, pero me temo que no me ha dejado ningún recuerdo y que ahora mismo lo miro y no consigo recordar ni tan siquiera haberlo leído. Esto no puede ser bueno.






Otro de esos temas fascinantes, para mí, es la vida cotidiana de los nazis o de cualquier grupo violento ¿Cómo puede mantenerse una vida familiar cuando uno tiene un desprecio total por la vida humana? ¿Cómo puede vivir alguien con su familia en un campo de concentración participando en las masacres? ¿Cómo puede llegar uno  a disociar tanto una realidad de otra, o la visión de su realidad de la realidad? Hanns y Rudolf que compre pensando que era una novela, es realmente una biografía novelada; realmente dos biografías cruzadas: la del comandante de Auschwitz y la de un judío alemán aunque acabara persiguiéndole para sentarle en el banquillo en un juicio contra la humanidad. Siempre digo que prefiero las novelas a las biografías, que prefiero saber que las cosas que leo son inventadas y no verdad y este caso no es una excepción: preferiría que todo fuera solo una invención y que nada de esto hubiera sucedido. Podría tener un poco (más) de fe en la humanidad. Lamentablemente parece que no, que todo, o al menos bastante es cierto y eso asusta, asusta más que pensar en asesinos psicópatas inventados que recordar que han existido y posiblemente siguen existiendo.

Hablando de violencia, resulta curioso que pensar en las diferencias entre Estados Unidos y Canadá que siempre nos trasmiten que todo lo violento de Estados Unidos se transforma casi en pacifico en Canadá. No tengo muy claro de dónde o como nace esta diferencia, puede que de esa idea hippie de los americanos que huían a Canadá para escapar de Vietnam o de la imagen de guardabosques pijo de la policía montada de Canadá (que pese a esto son uno de los cuerpos de elite más duros del mundo) pero el caso es que no son tantas las novelas de asesinatos en Canadá así que Una revelación brutal podría llenar este vacío al estar escrita por la autora canadiense de proyección más internacional (sic). La novela no esta mal, puede que incluso bien ya que mantiene la tensión y la sorpresa, pero la verdad es que al acabar uno se convence de que tanto los Simpson como South Park o el resto de las referencias en las que se burlan de la violencia de los canadienses (fuera de los campos de hockey, que son otra cosa) parece plenamente justificada y que realmente la violencia en Canadá es menos violencia.

Pese a que (no me preguntéis porque) el escudo de mi colegio era el Atomium de Bruselas yo nunca había visitado Bruselas ni había tenido ganas y todo mi conocimiento sobre “esos Belgitas” viene, efectivamente, de Asterix. Sin embargo ahora estoy apuntado a un comité de Investigación sobre Hidrocarburos no convencionales (si, ya, ya os veo venir: ¿de qué? Pero si tú todavía crees que hay gasolina con y sin plomo ¿Qué sabrás tu de hidrocarburos? Pues sinceramente, tenéis razón y no sé nada. Pero tampoco hace falta saber; de hecho no saber es precisamente mi especialidad).

En cualquier caso, el caso es que tenía que viajar a Bruselas – posiblemente tenga que viajar de vez en cuando, pero ya tengo comprometido todo el chocolate que puedo importar, que será de Darcies por si vais – así que me pareció curioso comprarme una novela que pasare en Bruselas: Expo 58.Ya, hubiera sido mejor comprar algo actual y no algo que pasara en 1958 pero bueno esta es la que estaba allí en el mostrador. La verdad es que tiene su gracia, sobretodo el hecho de que el protagonista tiene que montar un pub británico en el pabellón de la exposición universal aunque tampoco sería una gran novela para recomendar (si yo recomendara novelas). Se deja leer, sin problemas y poco más.

Creo que he leído alguna otra novela antes de que empezara Junio – que las de Junio quedan para la siguiente entrega – pero como no estoy seguro de cuando las he leído terminare con Soy Leyenda, que curiosamente – ya que las dos versiones de la película que he visto me han parecido malas – me apetecía leer. No me ha gustado mucho pero la verdad es que siempre habia pensado que los monstruos eran una especie de Zombies y sin embargo lo que son es un tipo especial de vampiro. Si, hay que ver, verdad. O yo no me entero de las películas de terror, algo altamente probable, o hay una conspiración vampírica para culpar a los zombies de todos los males de los fututos apocalípticos. No sé, le preguntare a Álvaro que de Zombies y otros entes malignos sabe más y seguro que sabe resolver la duda de qué pasa si un vampiro muerde a una momia ¿en que se convierte la momia?.





En fin, creo que este parón me ha enseñado una lección y es que debo de escribir más a menudo y centrarme en historias cortas. Reflexión que me hago a mí mismo porque dudo que ninguno de mis lectores halláis llegado hasta aquí. 

Pero divago, si eso, ya lo comentamos otro día.

lunes, 12 de enero de 2015

Comentario de Textos - Diciembre 2014

The ways of the dead – Neely Tucker
You should have known – Jean Hanff Korelitrz
The man who wouldn’t stand up – Jacob M. Appel
Ojalá nos perdonen – A. M. Homes
Anatomy of a murder – Robert Traver
Brooklyn – Colm Tóibín
Neverwhere – Neil Gaiman

Este mes (bueno, realmente el mes anterior, no esté en el que escribo) he tenido motivos suficientes para haber escrito más entradas ya que ha sido un mes con suficientes cambios/noticias que habrían justificado más entradas. El principal es que he vendido mi casa, la casa de Santa Ana; por supuesto sin haberme comprado otra antes (uno es así) por lo que ahora mismo estoy a la espera de tener un nuevo domicilio, y vuelvo a vivir “provisionalmente”.

Esto por si solo habría justificado varias entradas en este blog (que no, que no es de libros: que es de mis chorradas, aunque no lo parezca) y podría haber enumerado las casas en las que he vivido,  o las mudanzas entre ellas que al final son casi más significativas, o tal vez solo aquellas en las que he vivido provisionalmente; podría haberos contado mis inquietudes frente a la provisionalidad de estar sin domicilio o incluso haberos contado porque me he decidido a vender mi casa actual arriesgándome a esta inquietud frente a la provisionalidad; podría incluso haber recuperado recuerdos de muchas cosas que han aparecido de la que preparaba la mudanza (no al hacerla, que uno ya esta mayor y esta vez se la he encargado a profesionales, algo más profesionales que Charlie, Saban(dija)  y, por supuesto, Álvaro que han sido los encargados de las ultimas que he tenido que hacer); en fin, que temas había y ganas de escribir también, pero…

Precisamente por esta provisionalidad de la que os hablo y por la inquietud que me produce (si, lo reconozco; soy tan malo afrontando cambios como haciendo abdominales. Cosas que pasan) no me han quedado suficientes ganas para vencer la pereza, casi en grado de molicie, que se me ha venido encima. Eso que os ahorráis.

Pero solo os lo ahorráis de momento, ya que gracias a la colaboración de los de siempre (ellos ya sabes quienes son y seguro que vosotros también; probablemente seáis los mismos ya que esto tampoco lo lee tanta gente, así que me ahorro la enumeración nominativa) ya tengo apalabrada una nueva casa, aunque aún tardare un tiempo en tenerla lista por temas diversos (administrativos y de obras) lo que incluso podría añadir posibilidades de entradas a este blog. Pero, si eso, ya os lo cuento otro día que hoy toca hablar de lecturas.

Aunque algo más que diezmada a principios de mes todavía tenía mi montañita de libros comprados en NYC de la que nutrirme con solo estirar la mano desde el sillón de mi salón (ya ex salón) y ¿qué mejor forma de empezar el mes que con una policiaca, de un autor para mi desconocido, como The ways of the dead?. En principio ninguna, aunque una vez leída se me ocurren mejores formas u opciones. No porque sea una mala novela, que no lo es, incluso es una buena novela, pero un poco demasiado típica o tópica (que no sé qué es más acertado en estos casos). Tiene sus asesinatos, su detective duro, sus conspiraciones de poderosos y en general lo suficiente para pasar un rato entretenido; buena, pero le fala algo que la haga un poco especial, ese poquito que la llevaría un poco más allá, que la haría destacar de entre el montón de novelas policías convencionales. Eso sí, tiene una de las mejores clasificaciones de lo que vienen siendo las distintas especies de White Trash (aunque no puedo valorar su precisión, intentare recordar las diferencias para posibles conversaciones y discusiones):
“Dipshits from Georgia, north Florida, the Carolinas, those are crackers. West Virginia, Kentucky, Tennessee, Arkansas? Hillbillies. Hicks from Mississippi, Alabama, and north Louisiana – and just up in the western part of Tennessee and just across the river in the Arkansas delta? Those are rednecks. South Louisiana? Cajuns. Not even God can help you with them.“Y’all look the same to me.“I can’t help you with your prejudices.“Which  ones are the poor white trash?“The ones who’ll shoot your ass somewhere between you calling them ‘white’ and ‘trash’”
Ya he comentado varias veces que los libros escritos por chicas, más aun si son thrillers, siempre despiertan mi curiosidad – al igual que los de japoneses, que me siguen pareciendo la última civilización exótica (novelas de misterio escritas por mujeres japonesas he leído pocas pero las que he leído me han gustado bastante, por si os lo estabais preguntando; si, las hay y tienen su punto)- por lo que ciertamente tenia ganas de leer You Should have known. Pese a que la premisa del libro (que una psiquiatra, consejera matrimonial, que está a punto de publicar un libro con ese mismo título, descubra que ella es una de esas personas que deberían haber sabido lo que pasaba en su relación) no era demasiado tentadora, ¿un poco simplista, diría yo?.  Además, como yo considero que tengo una buena capacidad para engañar (tendría, podría mentir muy bien, quiero decir, podría, si quisiera - que no quiero, quede claro -  ya que eso me convertiría en un buen mentiroso y como siempre digo “la sinceridad es muy importante, si consigues fingirla está hecho”) la premisa de que es difícil engañar a alguien durante mucho tiempo y que uno debería haberlo sabido me parece un poco falta de realismo. Es verdad que sí que creo que hay muchas cosas que la gente debería haber sabido de las personas con las que se relaciona si tan solo hubiera querido fijarse un poco en algunos signos, especialmente en las relaciones de pareja, todos conocemos a alguien que sabemos que no se está fijando adecuadamente en su pareja, que no está leyendo las señales de su verdadero comportamiento (¿no? Bueno, yo sí, aunque no daré nombres hoy), señales tan obvias que no podemos evitar pensar, cuando todo se acaba descubriendo, “debería haberlo sabido”. No sé, será eso de que el amor es ciego o sencillamente: subnormal en algunos casos (y no, ni daré nombres, ni me refiero a nadie en particular). Con todo, es una novela entretenida aunque tampoco brillante.

Si es cierto que las relaciones de pareja producen esta ceguera en algunos casos, no son ni con mucho las relaciones que más ceguera (o subnormalidad) producen a día de hoy. Desafortunadamente, hay relaciones mucho peores: el patriotismo, la fe religiosa o incluso la fe en un equipo de futbol, por poner algunos ejemplos. No solo peores por la intensidad que despiertan y por el número de participantes simultáneos, sí no porque además tienen, pueden, a volverse contra aquella persona o grupo de personas que no comparta este mismo sentimiento. Puedes (es difícil, pero se puede según la publicidad institucional) conseguir convencer a una chica de que ese tipo que le parece excepcional y que tanto se preocupa por ella, en realidad es un auténtico cabrón machista que seguramente termine haciéndole daño, incluso, probablemente, físico e incluso posiblemente mucho pero intenta, sin embargo, convencer a un grupo de que no te importa especialmente su equipo deportivo favorito, su dios favorito y probablemente único, o su única patria y sus símbolos.
Inténtalo y, si eso (si sobrevives, quiero decir) pues ya me lo cuentas otro día. Sin llegar a matarle esto es lo que le pasa al protagonista de The man who wouldn’t stand up, alguien que sencillamente durante los preliminares de un parrido decide no levantarse cuando suena el himno nacional; alguien que harto de tanto patriotismo vacío, empeora las cosas cuando intentan afearle su conducta mostrándole sentado, en la inevitable pantalla gigante del estadio, durante el himno mostrando un dedo(y no uno cualquiera, se entiende) a la cámara y manteniéndose sentado; alguien que luego se reafirma en que no quería levantarse ese día, sencillamente no quería, para unirse a la multitud. Por supuesto debes imaginarte a este americano díscolo en la América actual, en esa América post 11 de septiembre en la que se han recortado tantos derechos civiles (además de acabar con los complementos masculinos en los viajes en avión) y en la que se requiere tanta ciega adhesión a los símbolos patrios que este insulto es equiparable a los peores insultos de algunos dibujantes de caricaturas para otros colectivos. Esa es la prometedora premisa del libro y la única queja es que no esta tan bien desarrollada como sería deseable, aunque lo suficiente para ser una lectura entretenida.

Puesto que mi pila de libros de NYC empezaba a disminuir preocupantemente y como todavía tenía un libro llegado desde la Librería Fuenfria de Cercedilla, vía mi servicio personal de mensajería (aka mi hermano, aka el librero tarambana), me decidí a cambiar de idioma y leer Ojala nos perdonen. En principio no me interesaba demasiado ya que estoy un poco cansado de esas historias de familia que en la contraportada tienen que citar a Tolstoi (aquello de “todas las familias felices son iguales; las familias infelices lo son cada una a su manera”), además la foto de la autora disfrazada de neoyorquina de Annie Hall revisitada a lo moderno no me parecía nada tentadora, un poco demasiado institutriz  a la vez que un poco demasiado super-star literaria. Puesto que era mi única opción en español en ese momento: o me estiraba hasta alguna de mis librerías de referencia o esperaba hasta las navidades y me arriesgaba con las opciones de regalo que seguro llegarían en esas fechas. Entre esas opciones y considerando mi vagancia consustancial la opción estaba clara y la verdad es que la elección fue acertada ya que el libro me gusto bastante. He de decir que creo que es bueno, aunque puede que mi visión este un poco afectada por el hecho de que el protagonista sufre un ictus, que si bien creo que no es exactamente lo mismo que yo sufrí (creo que hay matices medidos entre un ictus y un derrame cerebral) hace que sienta cierta identificación con él y con algunas de sus reflexiones sobre su la recuperación:
“Estoy empezando a recuperar la normalidad o lo que no es normal del todo pero se considera normal en este último mes. No puedo decir en absoluto que me sienta yo mismo; de hecho, en realidad no recuerdo como me sentía y lo que podría significar ‘yo mismo’”
 e incluso, ya puestos, sobre las sensaciones anteriores: 
“¿Cómo explicarse uno mismo? Es como si lo único que pudiera hacer fuera gruñir y confiar en que me entiendan por la entonación. Podría culpar al ictus, pero mentiría. ¿Cómo puedo decirle a alguien que siempre me ha habitado una sensación herrumbrosa de asco, un agua insípida, salobre, que sospecho que es mi alma?”.

Volviendo a NYC, a las compras realizadas allí quiero decir que para volver aun tendre que esperar un poco, repetiré que una de las cosas que me gusta del mercado editorial americano (de sus librerías) es que se pueden encontrar reediciones de libros con facilidad, no solo de libros clásicos en un sentido estricto, con mayúsculas, que esos también se encuentran aquí, si no de libros que solo son clásicos en un sentido de serie-B: clásicos no importantes, como Anatomy of a murder. Si, ese mismo, el libro en el que se basa la película que si bien todos confundimos con otra (seguramente cada uno de nosotros la confunda con una película distinta) reconocemos la cartelería de la misma como un icono atemporal y que  es uno de los clásicos de las películas de juicios. Por mucho que todos (yo incluido) la confundamos con otra película basándonos solo en la imagen clásica de su anuncio una vez que uno empieza a leer el libro se le vienen a la cabeza imágenes inconfundibles de la misma y se da cuenta de que es un gran libro al que realmente la película hace justicia y que el reparto seria difícilmente más acertado. Siendo ambos (libro y película) excelentes, como esto (no) es un blog de libros me veo obligado a decir que el libro es mejor que la película aunque solo sea por cosas como describir lo que el abogado principal hace un día que está preocupado al abandonar la sala al final de la jornada laboral (recordemos que esto es América y que la jornada acaba algo antes de las cinco de la tarde): 
“So I did the only sensible thing a worried man could do – I stopped off at the Halfway House for one tall drink, just one. By midnight, having bought my way into the jazz combo, that old hepcat Polly Biegler and his borrowed fly-swatters was making crazy with the drums. ‘Lissen to the ma-a-n….’”
¿A quién no le ha pasado, salir agobiado de trabajar a tomarse una copita y seguir seis horas después disfrutando como un poseso de la atmósfera de un bar? ¿A ti, no? Pues, lo siento. En serio, deberías probarlo, hay pocas cosas mas gratificantes.

Puede que aún no lo haya dejado claro pero NYC me gusta mucho, probablemente sea mi ciudad favorita y si, lo sé, digo esto desde mi casi total incultura de ciudades ya que tampoco conozco tantas y me falta por conocer muchas de las obligatorias. Pero lo digo tranquilamente, y lo defiendo con la insensata seguridad que caracteriza muchas de mis afirmaciones categóricas. Pues pese a ser NYC mi ciudad favorita he de reconocer que nunca le he cogido el punto a Brooklyn, que se supone que ahora es lo cool de NYC (si es que todavía se dice cool, que lo dudo).

Pese a intentarlo no consigo que me guste (mucho menos ahora que Katherine ya no vive allí) y eso que dos de mis restaurantes favoritos, de mi top ten diría, están precisamente en este barrio (¿Cuáles, os preguntais? Pues, si eso, ya os lo cuento otro dia). Así que si veo una novela que se titula simplemente Brooklyn pues claro, me la compro para seguir intentando cambiar de opinión, porque nunca se sabe e igual la gente tiene razón y yo estoy equivocado (seguro, seguro, será eso). Aunque la novela no es mala, solo os diré que no lo ha conseguido, no ha conseguido que cambie de opinión, pero yo seguiré intentándolo y quien sabe, igual algún día me guste Brooklyn (tal vez, tal vez, si consigo mudarme allí).





Como ya es costumbre y para no decepcionaros os diré que sí, que este mes también me he leído Neverwhere, que, en cierta medida, ya me había leído. En mi descargo diré que esta vez no es que hubiera leído la novela, si no que había leído la adaptación de la misma a cómic, que no es exactamente lo mismo, aunque en este caso sea casi lo mismo ya que se trata de una novela fantástica más propia de un cómic que de una novela. Por lo tanto es discutible eso de que ya la hubiera leído, siendo indiscutible que era como si no lo hubiera leído ya que no me acordaba de nada, absolutamente de nada. Al contrario que en el caso de las versiones cinematográficas y para demostrar que esto no es un blog de libros os diré que creo, confío realmente, en que el cómic sea mejor que la novela por que la novela no tiene nada especial y lo poco que tiene puede quedar mejor bien dibujado (salvo tal vez la referencia a The great Stink de Londres que en 1858 obligo a remodelar todo el saneamiento de la ciudad dando un importante impulso a la ingeniería sanitaria, que tampoco os interesara mucho pero que casi seguro no aparece en el cómic).

Estas lecturas han hecho disminuir mí ya mermada pila de libros notablemente (dejando solo dos para enfrentar el final de las festividades y lo que venga después) por lo que incluso teniendo en cuenta las aportaciones de las fiestas navideñas harán inevitable la visita a mis librerías de referencia o bien el uso de suministros alternativos.

En cualquier caso que sepáis que este mes si he visitado la Librería Fuenfria de Cercedilla, algo de lo que tengo testigos ya que por increíble que parezca (con lo poco que la visito) me encontré con Nacho, justo antes de que él se marchara para el sudeste asiático a disfrutar de las fiestas con la guapa y encantadora Patty de Pantones (afortunado él y añado, para no parecer excesivamente machista: afortunada ella), que andaba de convivencias empresariales y se había escapado para acercarse a la nunca suficientemente reconocida librería Fuenfria de Cercedilla (si él ha podido, vosotros no tenéis escusa. Que lo sepáis).


Pese a tener testigos de mi visita por increíble que parezca no tengo pruebas de ella ya que al final se nos alargó la mañana hablando de otras cosas y me baje sin ningún libro de mi librería de referencia, algo que no os recomiendo hacer ya que luego os arrepentiréis de no tener buenas lecturas como estoy haciendo yo ahora mismo.