jueves, 17 de septiembre de 2026

Comentario de textos – Agosto 2026

El otro día un exjefe mío (podría decir que el único verdadero jefe que he tenido descontando anécdotas, como mi tiempo de becario o mi periodo en Nueva Zelanda) me mando un WhatsApp recordándome una anécdota de Rutherford (Ernest o Lord, según quien lo mente, el descubridor del núcleo atómico y primer premio nobel neozelandés) que me ha hecho plantearme una pregunta.

La anécdota es que un día un profesor de física amigo suyo visito a Rutherford (supongo que en este caso a Ernest) con un alumno al que había puesto un cero cuando el alumno consideraba que se merecía un 20 (si, al parecer ese examen, o al menos el ejercicio en debate, puntuaba 20 puntos) para que hiciera de juez en la discrepancia y fijara que nota se merecía el alumno.

La pregunta en conflicto era “¿Cómo es posible determinar la altura de un edificio con ayuda de un barómetro?” y la respuesta del alumno había sido… “se sube a la cima del edificio, se toma el barómetro, se le ata una cuerda, se deja deslizar hasta el suelo, luego se sube de nuevo, se mide la longitud de la cuerda y eso da la altura del edificio”. Obviamente la respuesta es totalmente correcta. El argumento del profesor para suspender al alumno era que se trataba de un examen de física y no había empleado conocimientos de física (algo que podría estar implícito en el hecho de que el examen fuera de física pero que no estaba estipulado en la pregunta).

Rutheford, contrario a la división salomónica, opto por darle otra oportunidad al estudiante para responder a la pregunta, pero esta vez dejándole claro que debía utilizar la física y que para ello tenia seis minutos (si, ni cinco ni diez; Rutherford era físico) y según su respuesta pues le pondría un cero o un veinte (nada de medias tintas).

El estudiante acepto y se sentó, ante la, supongo yo, atenta mirada de ambos profesores, con papel y lápiz para responder.

A los cinco minutos Rutherford, al observar que el estudiante no había escrito nada, mosca y convencido de que claramente se merecía la nota que le había puesto su amigo profesor (el famoso cero), le pregunto “si renunciaba y se marchaba”.

El alumno le dijo que “para nada, es que el problema tiene muchas respuestas y no sé cuál de ellas me convence más, me parecía la mejor, o más bien cual convencerá más a Rutherford”.

Rutherford, diría que yo un poco harto del alumno, le pidió disculpas por la interrupción y le dijo que siguiera.

En el minuto que le quedaba escribió “coja el barómetro y láncelo al suelo desde la azotea del edificio, calcule el tiempo de caída (t) con un cronómetro. Después aplique la formula altura = ½ g t2 y obtendrá la altura del edificio.”

Obviamente ambos profesores tuvieron que darla por buena, era correcta y aplicaba un principio físico(aplicación directa de la formula del movimiento uniformemente acelerado con velocidad inicial de cero), así el alumno obtuvo sus veinte puntos (seguramente para cabreo del profesor que le había suspendido ya que esa no era la respuesta que esperaba).

Rutherford, curioso como todo científico y, seguramente, un poco mosqueado por la seguridad del estudiante sobre todas las respuestas que según el tenia, no pudo o no quiso dejarlo así y le pregunto qué otras respuestas había estado pensando.

A lo que el estudiante respondió “pues hay muchas maneras. coges el barómetro en un día soleado y mides la altura del barómetro y la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura del edificio; coges el barómetro y te sitúas en las escaleras del edificio en la planta baja. Según subes las escaleras, vas marcando la altura del barómetro y cuentas el número de marcas hasta la azotea. Multiplicas al final la altura del barómetro por el numero de marcas que has hecho y ya tienes la altura; puede atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si fuera un péndulo. Si calculamos que cuando el barómetro está a la altura de la azotea la gravedad es cero y si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla fórmula trigonométrica, podríamos calcular, sin duda, la altura del edificio. En este mismo estilo de sistema, atas el barómetro a una cuerda y lo descuelgas desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedes calcular la altura midiendo su periodo de precisión”; todas respuestas correctas para resolver el problema (si bien algunas de ellas no aplican la física).

Hizo una pausa (quiero imaginar) y añadió “pero la mejor seria coger el barómetro y golpear con él la puerta de la casa del conserje. Cuando abra, decirle:-Señor conserje, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo”. (vale, tiene el problema de que igual el conserje pues no sabia la altura del edificio pero pensemos que eran otros tiempos y otros conserjes)

Rutherford aceptando que para resolver el problema todas las respuestas eran válidas, pero ya un poco rallado con el estudiante, le pregunto “pero ¿sabe la respuesta convencional”.

Obviamente el estudiante la sabia, como supongo que la sabéis todos y le dijo “la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares por lo que basta con medir en la calle y en la azotea y restar” pero a continuación de esto añadió un especie de “no quería decirla” ya qué “sus profesores habían intentado enseñarle a pensar y que estaba harto de la universidad y de los profesores que intentaban imponerle la idea de que solo había una forma de pensar correctamente”. (respuesta impecable a la que solo le falto añadir, con respecto al primer profesor, que los profesores deberían hacer enunciados completos y precisos, si quieren respuestas adecuadas).

Por si alguno se lo pregunta o considera que el estudiante no merecía su nota, solo os diré que se trataba de Niels Bohr, ganador del premio por su modelo del átomo e innovador de la teoría cuántica que podría haberse quedado sin estudiar física por un profesor, digámoslo claramente, algo inepto y formalista. Curiosamente la identidad del profesor que quería una respuesta determinada no se ha incorporado a la anécdota y seguramente tampoco a la historia ya que es el único personaje que no gano un premio nobel (supongo).

Lo que más me sorprende de esta anécdota es que, normalmente y así estaba en el texto que me enviaron, se atribuye a Rutherford y no a Bohr cuando para mi dice mucho mas del segundo que del primero, sirviendo para dejar bastante clara la personalidad o el carácter de Bohr (algunos dirían el típico tocapelotas pero no yo que me solidarizo con él).

Quitando que ya me gustaría a mi que algún día se pudiera contar una anécdota tan buena de mí (lo del nobel lo descarto) me pregunto si hay alguna anécdota mía que diera una medida tan aproximada de mi carácter o personalidad (si, seguro que las hay y para eso tenéis los comentarios) o a falta de anécdota, una frase que me definiera.

Puede que sea porque acabo de volver de vacaciones, pero lo único, lo mejor, que se me ocurre ahora, es que “soy el tipo de persona que tiene una bombonería favorita en NYC” (que por cierto tras unos años sin tenerla localizada, habiendo estado cerrada, ha abierto de nuevo en una zona visitable y que obviamente os recomiendo visitar) que no esta al nivel de la anécdota, pero que, a mí me parece, dice mucho de mi carácter, preferencias y personalidad pero podéis opinar.

Pues nada, contada esta anécdota (que os cuento además de por ser curiosa, porque para mí define muy bien la necesidad de tener buenos profesores y de no cerrarse a opciones estrictamente convencionales, asumiendo que el empleo de soluciones no convencionales es algo sumamente valido y que debe impulsarse durante la formación; carencia, la de buenos profesores, que mi sobrina – que tiene, como varios más de la familia, lo que podríamos denominar líneas de razonamiento divergentes o no convencionales – está sufriendo en algunos exámenes. Algo bastante triste, me parece a mí; por no decir preocupante y frustrante) pasemos a las lecturas que igual es a lo que habéis venido, o no; dejando claro que por aquello de ser Agosto y estar mis librerías de referencia (si Méndez en la calle Mayor, e incluso, aunque aún no está claro que tenga esta categoría, In-verso aquí al lado, en Augusto Figueroa)de vacaciones parte del mes pues alguna compra ha sido fuera de mi zona de confort.

Mi primera lectura del mes  fue Punto Cero, una historia policiaca de un escritor clásico japones del que ya había leído otra que no me acabo de convencer. Esta tampoco lo ha hecho pese a la curiosidad de que siendo una novela de 1959 la protagonista sea una mujer (no policía) investigando sobre la desaparición de marido poco después de la boda. No es que sea mala, se deja leer y algunas cosas del Japón de poco después de su derrota en la segunda guerra mundial (sobre todo los temas familiares y de registro de familia) pues resultan interesantes como eso de que los militares llamaban a las jóvenes japonesas que ofrecían sus servicios sexuales panpan, sin aclarar la nota del traductor si este nombre es la onomatopeya de las palmadas que los militares daban para llamarlas o del sonido de sus tapados de tacón. Pero nada es lo suficientemente interesante para absorber y disfrutar de la historia.

Esta plaga de almas, me parece un titulo excelente, especialmente cuando uno piensa en esa parte de sus congéneres a los puede aplicarles que “El cielo matutino se carga de nubes que filtran la lluvia entre la luz gris; este día no tiene salvación. Algunas personas ya están en la calle: una raza agobiada, con la vista fija en el suelo, desanimada antes de que la jornada haya empezado a respirar. Tienen la expresión resentida de hombres y mujeres que desearían estar en otra parte, en cualquier otra”; especialmente si uno es el tipo de persona para el que “La intimidad de compartir sentimientos no era su forma de hacer las cosas.”

No, con ese tipo de persona no me refiero a mí (maledicentes), que, en este libro, hasta la intervención de mis médicos y de sus criterios uniformes, yo estaba más próximo a ese otro que “Siempre ha sido gordo. Nealon lo ve ahora claramente; no es un hombre abrumado por un exceso de carne en la madurez. Se le ve demasiado cómodo con su volumen, demasiado despreocupado por su corpulencia. No hay nada del pesar que tantas veces ha notado en hombres de esa edad que han sucumbido a la carne. Este hombre lleva toda su vida viviendo en paz con su persona.”; si, así cómodo, despreocupado y en paz era yo.

Como se trata de una novela que pasa en una zona muy rural de Irlanda no esta nada mal recordar la opinión del protagonista sobre sus paisanos, rurales y no tan rurales: “Nealon lo toleraba porque sabia que esos hombres eran necesarios para la vida rural, hombres que se dedican a su trabajo sin sentimientos incapacitantes. Mas tarde, en sus años de estudiante, llegaría a sentir por el un respeto diferente cunado se vio rodeado de insípidos vegetarianos y demás amantes de los animales. Para Nealon, su mirada hipersensible era una negación enfermiza de toda la mierda, la sangre y el dolor de los que se nutre la vida. Sus remilgos insulsos hicieron que se distanciara rápidamente de ellos con desagrado. La vida rural no era un idilio pastoral poblado de santos campesinos y animales cariñosos, lleno de utensilios caseros suavizados por el uso venerable. La granja era un reino pringoso que palpitaba de dolor en ciclos de muerte y renovación teñidos de boñigas verdes y mucosidades sanguinolentas.”

A ver, hay compras de las que uno solo puede culparse a si mismo, este es el caso de Aburridisima, que ya desde el titulo pues como que no hacia presagiar nada bueno, si le sumamos el hecho de ser una colección de historias y que al parece la autora “fue actriz, escritora, performer y figura clave de la contracultura japonesa” pues, como dice aquel “¿Qué podía salir mal?”. Sinceramente creo que no haya nada que salvar en este libro y cualquier otro mes ni me habría acercado a el (bueno, miento si estuviera en mi librería de referencia en un buen lugar; pues sí, igual o habría cogido). En fin, por destacar algo, ese “cuando se trataba de satisfacer su ego, podía ser mas codiciosa que un viejo prestamista.”, pero ya veis el nivel.

He de reconocer que de La vida al final no tengo ahora mismo ningún recuerdo, no puedo decir si es buena o mala, si bien me temo que no será demasiado buena ya que no he marcado ninguna frase ni ninguna pagina como algo a recordar. De hecho, releo la contraportada que me cuenta que va sobre un abogado al que le diagnostican una enfermedad terminal y se dedica a prepararse ante lo inevitable y despedirse de sus seres queridos. Pues nada, ni con esta sinopsis consigo recordar nada de esta novela. Eso ya dice bastante.

Sobre Algo supuestamente divertido que nunca volver a hacer, estoy seguro de que todos habréis adivinado que mi única razón para comprarla es que me gusto el título. Mas dudoso era el hecho de ser una recopilación de artículos, o ensayos, sobre la cultura norteamericana escritos en los noventa por un autor que me sonaba, pero no lo suficiente como para situarlo en el espectro de divertido o aburrido. Según mi librera era divertido, en el estilo de Fran Lebowitz, autora que ya he comentado me parece fundamental y divertidísima. Lamentablemente o mi librera no ha leído a Lebowitz o la confunda con la fotógrafa porque ni por la extensión (hay artículos de mas de setenta paginas) ni por el sentido del humor o la visión crítica y cínica se parecen en nada. Solamente esta frase, hablando sobre el ascenso de Reagan y de, en general, de las posturas conservadoras se salva “La mayoría de nosotros seguimos prefiriendo el nihilismo al neandertalismo”; aunque según las encuestas, las elecciones, y los comentarios generales parece que esta mayoría es cada vez más minoritaria e incluso a veces pienso que los neandertales eran demasiado evolucionados para clasificar de esto a una gran mayoría de congéneres.

Ya con mis dos librerías cerradas pues me acerque a otra muy conocida, también en el barrio, donde me compre, sin demasiadas ganas he de reconocer, Incierta gloria, novela de un catalán y escrita en catalán sobre la guerra civil, o, mejor dicho, situada en la guerra civil ya que realmente es sobre triángulos amorosos (o figuras mas complicadas que el triángulo) y la mejor frase, obviando la referencia a la existencia de un gremio de tocineros (al menos en la Barcelona de esa época; cuya festividad , por cierto, es el 17 de enero, dato que merece apuntar para celebrar) está al principio con ese “no sabemos nada de los demás, ni nos importa; en cambio, desearíamos que los demás nos conocieran a fondo. Nuestro afán por ser comprendidos solo puede compararse a nuestra desgana por comprender a nadie.”; algo con lo que, como lector, pues solo puedo estar parcialmente de acuerdo ya que igual comprender a personas reales no me interesa mucho, pero a personajes de ficción pues un poco más.

En cualquier como novela guerra civilista pues tiene alguna referencia a la religión como esa sobre los borrachos que “si beben, es para ahogar en vino el sentimiento del vacío, «el primer paso hacia la religión»”; o esa otra referente a la triple negación de San Pedro “como impresiona la indulgencia de Jesús ante ese defecto que los jóvenes rara vez perdona: la cobardía” que siempre resulta curioso pero que en tiempo de guerra tiene más sentido.

Curioso también me ha gustado que me recuerde como “Por lo visto hace apenas cien años las distintas clases sociales vivían en los mismos edificios; la diferencia la marcaba el piso. Cuanto mas pobres eran, mas cerca del cielo vivían.”, algo que ha cambiado tanto por el status de los áticos como por la existencia de urbanizaciones exclusivas o diferenciadas; pero más curioso, teniendo en cuenta que hablamos de 1930, es, al menos para mí, esto de “Otro asunto que daba pie a interminables peroratas era el de cierto guerrillero que operaba por esas fechas en las junglas de Nicaragua o de Guatemala, un tal Sandino, si no me falla la memoria…”; básicamente por la longevidad del Sandinismo, o por la tradición en los nombres ya que me recuerdo a finales de los ochenta a mí mismo, acompañado de mi hermano y un americano, gritando semi beodos en un semisótano de Long Island eso de consignas sobre Sandino y sobre otras chorradas. Ya digo, nunca se sabe.

Antes de que alguien, basado en la selección de frases, piense que es una buena novela he de decir que a mi solo me ha gustado, no demasiado, una de las tres partes que la componen pese a que en la misma hay ideas que suscribo completamente como “Ella es muy sensible al asco, lo que es lo mismo, sin el menor sentimiento. Porque los sentimientos, poco o mucho, siempre son sucios; no me lo niegues.”, aunque los seguidores del orden y del minimalismo piensen lo contario; o esa otra con la que todos valoramos el mainstream o la repetición de las marcas y locales iguales, “He llegado a pensar que toda idea, por buena que sea, se vuelve malvada si se difunde demasiado”.

Ya dicho, no me ha convencido, ni siquiera con ese “Distraerse el la cosa más aburrida del mundo. Es mucho mejor quedarse en casa y abandonarse a la tristeza; la tristeza, si uno se esfuerza en tomársela con calma, puede llegar a ser tan sedante como una lluvia de primavera. Si supiéramos sacar partido de nuestra tristeza, quizás descubriríamos que la única felicidad posible en este mundo es la de una tristeza clara y resignada. Pero hay momentos en que la tristeza nos muestra su expresión mas repulsiva; hay momentos en que  no es ya ni tristeza, que es apenas vacío, aridez, tedio de vivir, y entonces… Y pese a todo, el entretenimiento es mucho mas vacío y árido; el entretenimiento lo seca todo, todo lo que toca lo marchita.”, que, pese a que me gusta, no me convence del todo por ser excesivo y desprestigiar las distracciones (que son necesarias); una cosa es aceptar la tristeza como algo natural y otra darle este peso.

Las vidas secretas de las mujeres de los asesinos, me parece un gran título, incluso más que para un libro, para una serie de televisión (o plataforma, que se que ya la televisión prácticamente no existe) pero mas que como se plantea en el libro con las mujeres investigando otra serie de asesinatos como reportaje de que notaban o que no, si habían visto cambios, como los habían gestionado y ese tipo de cosas. Si damos crédito a las series de asesinos en serie sería una tarea difícil ya que normalmente la esposa (o la inexistencia de una relación) es precisamente uno de los desencadenantes o es la primera víctima. Difícilmente sobrevive, lo que me lleva a una de las reflexiones del libro “Una vez oí decir que los mayores temores de las mujeres en la vida son la agresión sexual y la muerte. ¿Y para los hombres? Lo que les quita el sueño es la idea de ser rechazados y humillados por una posible pareja. ¿No es patético? Que libres deben sentirse ahí fuera; viven la vida como algo normal. Que increíblemente liviana debe ser su existencia: vagar por donde quieran sin miedo, con la seguridad de que son intocables y lo peor que puede pasarles es que la chica guapa que les gusta los rechace.”; en la que teniendo razón creo que se equivoca en valorar como patético, liviano algo que debería ser normal, o igual de normal, para todos.

La novela en general carece de la gracia suficiente y solo me he reído con eso de “los hombres mas aburridos sienten la necesidad de cultivar «su imagen» vistiéndose como los Beatles.”, por aquello del parecido razonable con algún conocido, aunque entiendo aplicable a cultivar “otras imágenes” que cultivan conocidos que ya no tienen la edad necesaria. Correcta pero olvidable.

Es curioso que siendo yo un fan de Murakami, del bueno, no del que la gente, los hípsters (si es que quedan) pasea sus libros por Malasaña y Lavapiés, no me hubiera leído su primera novela, Azul casi transparente. Mi desconocimiento es todavía más curioso si consideramos que se editó en español en 1982 y trata de unos jóvenes japoneses cerca de una base militar norteamericana dedicados a poco mas que las drogas y como conseguirlas. Vamos, en cierta medida, una versión japonesa de Menos que cero y la típica novela que yo debería haber leído en su día (no descarto haberlo hecho).

Tal vez en su día me habría parecido interesante y me habría gustado, pero ahora me ha parecido floja y muy por debajo del desfase de sus novelas posteriores que si me gustan. Lo único verdaderamente sorprendente es que estos japoneses, desnortados por las drogas, estuvieran leyendo La Cartuja de Parma, algo que yo clasificaría de anacrónico más por el simple hecho de que estos jóvenes lean, sino por que lean a un clásico como Stendahl (aunque igual es un guiño del autor que yo no he pillado).

A veces no puedo resistirme a coger novelas simplemente por la nacionalidad del autor (siempre y cuando estén en una editorial conocida o tengan algo más) así que este mes me hice con El corazón negro, por aquello de ser su autor ucraniano (o ucranio como parece que se dice ahora, o al menos dicen en las noticias) y por tratarse de una investigación criminal sobre la venta ilegal de carne de cerdo (obviamente no por ser carne de cerdo sino por las restricciones tras la guerra bolchevique).

Siendo una novela entretenida, como novela de detectives o criminal pues no tiene por donde cogerla y es casi mas una critica a la burocracia, a sus chorradas o procedimientos que otra cosa. Tiene cosas graciosas cuando el investigador principal, tras asistir a un curso de interrogatorios, se queja del contenido semi vacío del mismo e incluso de que “¡Imagínate que me obligaron a fumar para aprender a echar el humo a la cara de los interrogados!”; o cuando en otro momento comenta “¡Los discípulos aprenden de los maestros novatos!”, quejándose del nivel profesional de los formadores que creo cada vez se da mas (pero igual esto es solo porque yo cada vez soy mas mayor).

Lo mejor para mi es cuando describe a alguien como “¡Desde luego que es honesto! – aseguro Jolodny, y se encogió de hombros de nuevo - ¡Y también es muy capaz de mentir, ya lo creo!”; dejando claro que no existe ninguna contradicción entre ambas cosas.

Dicho esto, he de reconocer que me ha hecho daño leer esta errata “… sentada en la mesa y alumbrada por el calendario de tres velas.” (¿calendario, en serio?); un poco menos de daño me ha hecho leer “Balde de medida. Capacidad: 10 tazas, 100 Charki, 200 shkalilki” cuando he leído la nota a pie que dice que un Charki son 123 mililitros… ¿en serio, las tazas en ucrania eran de 1,23 litros? Y yo quejándome de los tamaños de café americanos; y me ha sorprendido mucho que en una conversación sobre Judas Iscariote (hablando de traiciones y traidores) uno de los personajes diga “¿no es cierto que el fue el primero que echó a andar detrás de Jesús? ¿estaba ciego o qué?”, que seria un detalle muy interesante pero que parece que inexacto o que no está claro el orden real de los discípulos (cosas de la historia sagrada) pero seguro que no fue el primero que le siguió.

Mi última lectura del mes, Operación Masacre, tenía mucho riesgo de que no me fuera a gustar ya que es una novela de no ficción moderna sobre unos fusilados en argentina que realmente no habían muerto o no todos (cosas de argentinos o de militares no tengo claro como en se puede fallar fusilando).

Al parecer el fusilamiento era conocido y no especialmente interesante hasta que el escritor en una conversación en un bar oye que alguien le dice a otro parroquiano que hay un fusilado que vive lo que , da lugar a la investigación que recoge el libro.

Curiosamente parece que fue un desastre de fusilamiento (no solo por ser totalmente ilegal ya que no existía causa para el mismo) y que no solo sobrevivió uno sino varios (no recuerdo cuantos, pero como seis o más). Totalmente prescindible excepto por un consejo, que al parecer es un “chiste idiota de Rilke”, pero que parece bastante acertado: “Si usted piensa que puede vivir sin escribir, no debe escribir.”, o por lo menos si uno no piensa en términos meramente económicos.

En fin, me gustaría decir que ahora – tras la vacaciones – volveremos a la normalidad de las lecturas y las visitas a mis librerías, pero lo dudo ya que este año he ido antes a NYC, acabo de volver, y tengo una balda llena de libros en inglés para los próximos meses con los que divertirme. Concretamente esta:

 


Yo con esto, vosotros… pues ¡Divertíos, asaltando el castillo!

 

Lecturas

Punto Cero - Seicho Matsumoto

Esta plaga de almas - Mike McCormack

Aburridísima - Izumi Suzuki

La vida al final - Bernhard Schlink

Algo supuestamente divertido que nunca volver a hacer - David Foster Wallace

Incierta gloria - Joan Sales

Las vidas secretas de las mujeres de los asesinos - Elizabeth Arnott

Azul casi transparente - Riu Murakami

El corazón negro - Andréi Kurkov

Operación Masacre - Rodolfo Walsh

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