sábado, 26 de septiembre de 2015

Comentario de textos - Septiembre 2015

Arenas movedizas – Henning Mankell
Los viernes en Enrico’s – Don Carpenter
Los soldados de Cataluña – Eduardo Mendoza
La historia de la lluvia – Niall Williams
Medusa – Ricardo Menéndez Salmon

Pues este mes empiezo antes mis tareas, no porque haya observado en las estadísticas que me proporciona la red que mis escasos lectores tenéis tendencia de mirar si he escrito algo antes de que acabe el mes, cosa que, por cierto, hacéis y que, todo sea dicho, me impone un poco de presión psicológica (un poco, pero vamos tampoco gran cosa) sí no más bien como si fueran deberes vacacionales y yo me hubiera vuelto un buen niño que quiere acabar sus tareas para ir a rasgarse las rodillas o, preferentemente, abrirse la crisma montando una bicicleta durante todo el verano, No, no es que escribir estos comentarios los considere deberes, es que asi os puedo dar envidia contándoos que en pocos días debo cumplir con mi deber de peregrinación anual y visitar NYC (esperemos que con menos avalanchas que la Meca) y que e estos días no van a ser muy productivos desde un punto de vista de escribir (lo digo como si el resto del mes hubiera estado escribiendo a destajo, teniendo muchos días productivos para esto de escribir) ya que son días de celebración con el noveno aniversario del Wurlitzer, de conciertos y de cervezas (aunque menos que normalmente por eso de la gota y otras complicaciones propias de la avanzada edad que uno va alcanzando. Ya es casi seguro que a los cincuenta llego, prácticamente en cuanto vuelva de mi peregrinación). Pero divago, si eso, ya os daré envidia otro día.

La visita aplazada a Cercedilla tampoco ha sucedido este mes, en parte porque como era el cumpleaños de Rafa le vería en Madrid y tampoco es cosa de ver a los hermanos mayores tantas veces, así que en lugar de visitar la librería Fuenfría de Cercedilla, lugar de referencia y de peregrinaje (un poco menos obligatorio que NYC), y seguir las recomendaciones de mi hermano mayor he visitado mi librería de referencia madrileña, ya sabéis, la librería Méndez de la calle Mayor, donde son casi tan discretos como en un sex-shop (tengo entendido, ya que  yo estos establecimientos no los frecuento, ni para visitar a las amigas que trabajan en ellos, que en un cómputo mental rápido son, increíblemente, más de dos) pero donde implícitamente (probablemente también explícitamente si eres sociable) te recomiendan gracias a su preselección de libros que permanecen “de cara” cosas interesantes, aunque luego algunos sufran un poco de crítica en este blog, algo que suele deberse a mis erráticos criterios de selección de libros y de mi escasa (nula) memoria por lo que me acabo llevando libros de temas o autores que no me interesan o no me gustan directamente.

Arenas movedizas no es una novela – lo que ya la predispone contra mis gustos básicos – si no que se trata de una especie de biografia, notas sueltas, que su autor escribe tras ser diagnosticado con una enfermedad importante que obviamente cambia su vida en gran medida, tema que, por razones personales que todos sabéis ya que no me canso (seguramente vosotros sí) de repetirlas como si el mundo, mi mundo, girara en torno a ellas (cosa que hace, de momento, aunque intento superarlo), he de reconocer que si me interesa (aunque después de la carta de Oliver Sacks, creo que ya no es necesario leer mucho más sobre este tema). Así que en este sentido había un cierto empate técnico en cuanto al tema, por lo que el comprarlo o no podemos suponer que dependería básicamente de mi conocimiento previo el autor. Porque si, conocía al autor y había leído tres o cuatro novelas suyas, todas policiacas, con resultados muy dispares. La primera (que leí y que se publicó) me gusto, me atrevería a decir que bastante, y las siguientes diría que no, me atrevería a decir que poco a poco dejo de gustarme hasta llegar a esta novela que he de reconocer que básicamente no me ha gustado, cansándome hasta el extremo la obsesión personal (o colectiva) sobre la gestión de los residuos nucleares que se mantiene durante todo el libro.

No habiéndome gustado he de reconocer que tiene algunas reflexiones sumamente interesantes sobre las desigualdades que suscribo plenamente y en las que solo había pensado marginalmente: “Esa es una de las mayores injusticias del mundo en el que vivimos, que algunas personas tengan tiempo para pensar mientras que a otras nunca se les ofrece esa posibilidad. Poder buscar el sentido de la vida debería de incluirse en las declaraciones de derechos como algo obvio”; algunas otras en las que si pienso a menudo pero que no había formulado tan precisamente: “La prisa es casi siempre una manifestación de necesidades humanas ficticias”; y alguna idea para algún que otro posible escrito para este blog con motivo de mi próximo cumpleaños que de momento no confieso, no por la superstición de no hablar de lo que uno escribe, si no por si mi vagancia me supera y no la llevo a la práctica nunca.

Creo que ya he contado que ahora estoy viendo una serie de televisión, El ala oeste de la Casa Blanca, recomendada por Álvaro y Helena, que me está gustando bastante y que pese a que se supone que va sobre el presidente de Estados Unidos y sus equipo realmente va sobre la parte de su equipo que le escribe, o presenta, los discursos; es decir, sobre los guionistas del presidente. Trabajo que, ni que decir tiene vistas las declaraciones de nuestros políticos, en España uno debe suponer que no existe pese a su más que indudable necesidad pero que se dé buena tinta que en los casos de campañas importantes existen, porque conozco (vosotros seguro que también, pero no puedo dar nombres ya que eso queda para su biografía, o autobiografía de las que ya tiene una) a uno que ejerció este oficio, entre otros igual de poco o nada respetados  y ocultos.

Claro, cuando un guionista o un escritor –razonablemente bueno – escribe sobre  el oficio de escribir suele acabar saliendo una buena película, serie de televisión, biografia, o novela y esa fue mi reacción ante Los viernes en Enrico’s que, según la contraportada “disecciona con rotunda sobriedad las ambiciones literarias y las aspiraciones a la fama y el dinero de un heterogéneo grupo de amigos”. Vamos que va sobre unos cuantos conocidos, amigos, que quieren escribir (unos con mayor éxito que otros) o que no quieren pero lo hacen igualmente y cuyas vidas se van cruzando a lo largo de la novela, aunque no en Enrico’s (el bar) como podría suponerse del título y de la portada. Dicho de otra forma seguramente sobre los conocidos, amigos escritores, de Carpenter y que alguien con más cultura que yo seguro que puede asociar a personajes más o menos reales. Como ya digo se echa mucho de menos la presencia del Enrico’s en la novela la verdad es que se lee bastante bien, es entretenida e incluso parece realista, para ser una novela de escritores sin bar, algo que obviamente no es muy plausible.

La verdad es que en un momento se plantea uno de esos problemas que siempre me han intrigado sobre el hecho de escribir ficción y no sentirse decepcionado luego con el mundo real: “Había olvidado lo deprimente que era todo. Había estado viviendo en su propio mundo secreto con la que gente que ella misma se había inventado, que hacia cosas que ella misma decidía y que resultaban como ella pretendía. De pronto, había vuelto al mundo real, donde todo estaba fuera de control.”  Supongo que esta puede ser la causa de que tantos escritores crean saber tan bien como funciona el mundo, no el real, si no el que ellos han inventado (detalles, detalles para ellos).

Como contrapartida ofrece una descripción aplicable a la mayoría de los trabajos restantes (los no creativos) cuando uno de los escritores se plantea si seguir con su trabajo por aquello de mantener el realismo de sus escritos y estas en contacto con el mundo real: “No había nada maravilloso en un trabajo cualificado. La parte maravillosa de su jornada laboral, como con cualquier trabajo, era terminarla. Jaime envolvía el trabajo de romanticismo, del mismo modo que envolvía de romanticismo su escritura”.

El mes pasado, como mi homenaje personal a Chirbes, releí uno de sus libros y la verdad es que soportaba el paso del tiempo excelentemente por lo que al encontrar una nueva edición de La verdad sobre el caso Savolta, absurdamente retitulada (al parecer no retitulada, si no recuperando su título original) Los soldados de Cataluña me decidí a comprobar si realmente era el libro que yo recordaba y que, recuerdo que en su momento (no cuando salió, que fue hace 40 años, si no cuando lo leí, probablemente hace tan solo treinta y cinco) me pareció muy bueno (no tanto, como sus obras menores: el laberinto de las aceitunas o el misterio de la cripta embrujada que siguen siendo de mis novelas favoritas suyas). En fin, me veo obligado a reconocer que, a diferencia de Chirbes, este no ha pasado la criba del tiempo y que aun estando muy lejos de la opinión de la censura franquista: “Novelón estúpido y confuso, escrito sin pies ni cabeza… … todo lo típico de las novelas pésimas escritas por escritores que no saben escribir”; si me lo leyera ahora por primera vez es posible que no estuviera tan lejos de esa opinión.

La mejor escena es la de la caravana de mujeres libertarias vagando por los pueblos patrocinado el amor libre; posiblemente la mejor frase (lamento coincidir con Montalbán en desatacarla) seria: “No lo conozco a él, sí no a su careta. La naturaleza crea infinitos tipos humanos, pero el hombre, desde su origen, solo ha inventado una docena de caretas”; pero el mayor (re)descubrimiento es el uso del verbo ramonear en la novela asociado a un comportamiento de perder el tiempo, de hacer el gandul, lo que igual puede ser interpretado como su sentido actual asociado a los Ramones. Al encontrar este verbo, después de confirmar su existencia con mi filólogo de cabecera (aka: el librero tarambana) decidí comprobar su presencia en una fuente fiable: el Roca Barcia, denominado más formalmente el “Primer Diccionario General Etimológico de la Lengua Española, 1881” del que, por azares de los repartos familiares, tengo una copia en buen estado y cuyo contenido es indiscutible como puede deducirse de la portada masónica del mismo.

Para ampliar vuestra cultura la definición del Roca Barcia es: “Neutro. Cortar las ramas de los arboles || Cortar los animales para su pasto las ramas de los árboles. ETIMOLOGÍA. Ramon: francés, ramonear, limpiar el cañón de una chimenea.” Dicho esto, yo seguiré usando ramonear para hacer canciones, o versiones de canciones, a modo de los Ramones y para otros comportamientos asociados a los Ramones. Vosotros haced lo que queráis, ramonear cortando ramitas, limpiando chimeneas o versionando canciones infantiles (“… ser un feliz… deshollinador… tralala… tralala…”).

Otra de mis extrañas debilidades, a mí me gusta pensar que más que debilidad es una deformación profesional (como si una deformación fuera mejor que una debilidad), es la de comprar casi cualquier libro que tenga una referencia hídrica en su título. La historia de la lluvia resultaba por lo tanto una compra obligatoria ya que si bien hace mucho que no trabajo en ello, mi primer trabajo “profesional” fue de hidrólogo (becario de, más bien) estudiando las lluvias de Valencia para desarrollar un sistema experto de previsión de avenidas. Al menos ese era mi puesto oficial, hidrólogo, si bien mi trabajo real consistía en probar los sistemas de inteligencia artificial que desarrollaban los informáticos y ver si funcionaban: básicamente probarlos en distintas hipótesis a ver si se “rompían”.  En el Laboratorio de Sistemas Inteligentes (así se llamaba, lo juro) aprendí de hidrología, de informática, de inteligencia artificial y me convertí en un experto en conseguir que el ordenador emitiera el temido (por los informáticos) mensaje de “Bus error. Core Dumped” que demostraba que había llevado mi tarea a cabo con éxito rompiendo el programa  al someterlo a una situación real no contemplada por los informáticos que enseguida ponían cara de estupor volvían a modificar el programa y vuelta a empezar. Pero divago, si eso, ya os lo cuento otro día.

Volviendo al libro he de decir que una vez más me siento engañado por el título, ya que la lluvia si bien omnipresente ya que la historia pasa en Irlanda tampoco sale especialmente y por supuesto, nada de su historia si es que tal cosa pudiera existir. Mi impresión inicial del libro es que un irlandés se ha leído todos los libros del realismo mágico sudamericano y ha intentado trasladarlo a contar la historia de una familiar irlandesa, colocando incluso una inmensa biblioteca a disposición del autor para que le ayude en las referencias de sus personajes. Las cosas no iban bien, ya había pasado de la página 150 y empezaba a sentirme decepcionado (no tanto como para dejarlo, pero cerca) y de repente: “…los chicos pueden enamorarse más profundamente que las chicas, son mucho más grandes y pesados y pueden caer desde mucho más alto y mucho más fuerte, y al darse contra el suelo de la realidad queda un tremendo desastre que alguna otra mujer se encontrara e intentara volver a meter en la botella”. Los suscribo y añado que lo que luego se mete en la botella nunca es lo que había antes de romperse.

Poco a poco el libro se va animando, no la historia, si no la sensación agradable del libro y empieza a transmitir una gran pasión por la lectura que le hace dejar algunas frases memorables sobre distintos aspectos de los libros y la lectura. Comparándola con la realidad, “Papa y yo fuimos a unos cuantos lugares, y puesto que algunas cosas, la mayoría de las cosas según mi experiencia, son más nítidas cuando no las has visto, conozco el Mississippi mejor que Moyasta” (Moyasta, para aquellos con poca cultura hídrica y poca imaginación, es el rio de su pueblo); describiendo el propio objeto , “los libros son seres vivos, tienen lomos, olores y longevidad, y de tanto vivir unos acusan desgarrones y están combados, y otros tienen manchas”, vamos, más o menos como nosotros mismos; sobre lo difícil que es trasladar algunas cosas a la ficción, si uno escribiera lo que realmente ha sucedido sin duda el lector pensaría que se está exagerando y creando coincidencias imposibles, por no hablar de que “todo el dolor de la vida no funciona en la ficción. No se puede transmitir tanta pena: los lectores tirarían el libro contra la pared”, excusa, más que razón, por la que hay algunas cosas de las que no escribo (de momento), eso o tal vez porque a mí como al padre de la protagonista “Le encantaba leer, nada más. Y leía libros que consideraba tan superiores a cualquier cosa que pudiera soñar el que cualquier noción de escribir se evaporaba de inmediato en la certeza del fracaso”. Lo cierto es que al final del libro te quedas con un gran sabor de boca y es posible que al libro, como dicen los catadores finos de vinos, solo le faltara dejarlo respirar un poco, aguantar el principio, para que se abriera y saborear un gran caldo.

Como me hace quedar bien y a todos nos gusta sentirnos bien os confesare que este mes he hecho algo que nunca antes había hecho pese a que podía haberlo hecho en cualquier momento de los, digamos, últimos quince años: irme a la casa de Piles yo solo. No, nunca había estado en Piles solo y eso que muchas veces, en mitad de alguno de mis ataques de anti sociabilidad, he pensado en marchame allí y quedarme un tiempo, aislado, como decía aquel con la idea de “vivir como un noble arruinado entre las ruinas de mi inteligencia”. Pero nunca lo había hecho, ni siquiera ahora he hecho ese plan ya que la única razón de ir hasta Piles fue la de ir a buscar a un amigo que andaba pasando un momento un poco malo y que había decidido encerrarse en su casa de Oliva, el último piso de una torre, con su cámara cenital a pleno funcionamiento y grabando su desesperación. Así que más que una escapada de la sociabilidad al final he ido a Piles por algo parecido a un acto de sociabilidad, apoyar y recoger a un amigo, sacándole de un mal momento. aun cuando la verdadera razón dudo que haya sido la amistad sí no más bien el intentar compensar el mayor error de mi juventud. Pero divago, si eso, ya os lo cuento otro día.

El caso es que pese a que este amigo no es especialmente lector, una forma fina de decir que salvo libros de esos de aeropuerto sobre inteligencia emocional, desarrollo personal y similares (incluido por supuesto el libro “Tu, calvo, gordo, hijo de puta cómprame este libro de cómo hacer amigos”) dudo que haya leído algo, alguna novela, en toda su vida, se empeñó en recomendarme un libro, de hecho en dejármelo para que lo leyera. Y así acabe leyéndome Medusa, que podría resultar interesante al ser el personaje central un cámara de la Alemania nazi que filma las grabaciones del horror cometido, ya sabéis fusilamientos, experimentos con seres humanos, vamos el holocausto. Los aspectos psicológicos de cómo alguien puede filmar algo como eso, como puede justificar el participar, aun con la excusa de ser un mero observador, en algo tan inaceptable, es un tema inquietante, muy inquietante, como lo es toda la psicología de los asesinos en serie. Sin embargo el libro no acaba de contar nada y solo describe una extravagante historia sin profundizar en ninguno de los aspectos que podrían resultar interesantes. Diría que una decepción, pero no estaría diciendo la verdad ya que el origen de la recomendación no me había hecho concebir muchas esperanzas.

Hora de dejar de escribir y de prepararme para volver al aniversario del Wurlitzer, ya que aunque ahora mi cansancio existencial y vital me hagan retirarme pronto perdiéndome cosas como la barra llena de aficionadas practicando lo aprendido en la lectura del ultimo Cosmopolitan, puede que incluso en algún curso especializado para futuras divorciadas, sobre ser bailaría de barra, quiero hacer acto de presencia, ver los conciertos y disfrutar de estos eventos antes de marcharme a NYC (si, ya lo he contado pero os lo repito para daros un poco de envidia).



Nos vemos a la vuelta con la maleta de mano rellena de las lecturas del otoño invierno. No seáis envidiosos, no caigáis en la trampa: sed felices y, ya puestos, como decía aquel, “tened cuidado ahí fuera”.   

lunes, 31 de agosto de 2015

Comentariode textos - Agosto 2015

El entierro de Genarín – Julio Llamazares
Padres e hijos – Ivan S. Turguénev
Pedigrí – Georges Simenón
Los huesos dormidos – Deborah Crombie
Sé dónde estás – Claire Kendal
No está solo – Sandrone Dazieri
La buena letra – Rafael Chirbes
Lo que nunca sabrás – Jeong I-hyeon

Es curioso esto del Blog, no lo del Blog de Libros sobre el que – al no ser mi blog de este tipo – no tengo nada que comentar, si no sobre el resto ya que pese a que recibo pocos comentarios, o más bien ninguno (cabrones silenciosos que sois los lectores, que se que estáis hay rumiando vuestra venganza), los poco que recibo suelen tener la intención de corregir alguna historia que he contado y básicamente pueden resumirse en “así no fue como paso. No, no fue nada parecido a eso”

Por aquello de no enfadar a mis escasos lectores (si, a ti, que no escribes seas quien seas) no diré aquello de “estáis equivocados, todo lo que se cuenta aquí es cierto, aunque puede que no todo sea verdad (como decía aquel)”; tampoco lo diré porque parece que mi memoria me engaña continuamente y puede (casi seguro) que nada sucediera como os yo lo cuento, ni como vosotros os lo contáis, puede incluso que algunas cosas nunca sucedieran y desde luego hay muchas que sucedieron que aún no he contado, que probablemente no cuente nunca, o tal vez si ya que puede que así descubra a mas lectores.

Pero ya que estamos y a tenor de un comentario recibido de viva voz – es lo que tiene ver habitualmente a muchos de mis (escasos) lectores: que no me dejan comentarios porque saben que soy un poco ludita y que mejor me lo dicen de viva voz que usando medios tecnológicos – me veo obligado, en honor a la verdad, a realizar una importante corrección. 

¿Cuál, igual os preguntáis?

Puede que incluso alguno anticipe, por su importancia, la corrección en cuestión, que es:
la serie que me recomendaron Álvaro y Helena no es “House of Cards”, como dije, si no  que es “El ala oeste de la casa blanca” (serie que he empezado a ver y que realmente es divertida e incluso recomendable). 
Puede parecer una corrección estúpida pero ciertamente es necesaria. Si alguno esperaba una corrección mayor que esta, lo mejor es que se compre una mecedora, se ponga su bebida favorita y … siga esperando porque puede tardar, o incluso no llegar nunca. 

Cuando empieza el verano intento estar bien abastecido de libros por aquello de que igual me da por ir a Piles a pasar unos días y tomarme un arrós (si, con s y con acento, que es como se toma allí; con s, con acento, con morcilla, con garbanzos, con ternera, con tomate, incluso con pelota; asi es como se toma el mejor arrós) en el mejor y poco conocido sitio de Gandía, del cual no voy a poner ni nombre ni dirección ya que prefiero – aunque sea malo para ellos – no revelar esta informacion para que siga siendo uno de mis sitios favoritos y no se llene de gente, aunque sea de lectores de este blog; todos personas excelentes, qué duda cabe.

Por supuesto para abastecerme lo más razonable, lo más apropiado y lo que, ni que decir tiene, os recomiendo habría sido, qué duda cabe, visitar la Librería Fuenfría de Cercedilla pero como el imaginaros a todos congregados en la librería me producía un poco de ansiedad social. Vale, esto es una excusa pésima, ya que segun me informan no os pasais tanto como debierais y solo vais un poco mas que yo. La realidad tiene más que ver con mi pereza existencial, con la distancia hasta Cercedilla y por supuesto con la falta de un mecanismo transportador adecuado aun por inventar (Rafa, en cuanto desarrollen sistemas de tele transportación instantánea prometo subir a visitarte; sin falta).

No pudiendo hacer lo más razonable y apropiado y no confiando en que mi hermano continuara con el transporte a domicilio me acerque por la librería Méndez de la calle Mayor, que es obviamente lo que os recomiendo a todos los que tengáis una movilidad reducida, alternativa o como se diga, aunque , eso que quede claro, esto solo lo recomiendo a los que cumpláis esta condición; a los demás, al igual que vuestro médico de cabecera, os recomiendo que deis un paseo por el campo (concretamente pos la sierra de Madrid, específicamente por Cercedilla. Nada como eso para mejorar la salud de cuerpo y mente).

Como había acabado el mes pasado leyendo Best-Sellers  y solo por hacerme el culto e intenso mi primera elección fue comprar un “clásico ruso”, Padres e Hijos, que es una de las mejores maneras de parecen un cultureta sin tener que pasar horas en La Bicicleta esperando a que te traigan un café o incluso días si pides un cold-brew. En la contraportada clasifican al protagonista como “hípster nihilista” que supongo debe de ser un calificativo que les encantaría a muchos de los parroquianos bebedores de Cold-brew (sea eso lo que sea) ontraportada que, obviamente apoyada por el título, vende el libro como un “conflicto  generacional”. Desde mi punto de vista, si bien es cierto que hay dos generaciones representadas en el libro (vamos que hay unos padres y sus hijos) más que un conflicto generacional se trata de un folletín mas bien insulso, una historia de unos amoríos adolescentes en la que la historia general me parece bastante floja pero que deja perlas brillantes con las que me siento bastante identificado: “Tengo muchos recuerdos, pero nada que recordar, y ante mí un largo, largo camino que recorrer, pero sin ninguna finalidad… Y no tengo ganas de recorrerlo”; así como explicaciones de porque algunas personas tomas ciertas decisiones vitales (generalmente en relación con las parejas que escogen) que me apenan profundamente por lo extendidas que están, a la par que equivocadas: “¿Ves lo que estoy haciendo? En la maleta me queda un hueco vacío y lo estoy llenando con heno. Pues lo mismo ocurre con la maleta de la vida: la llenamos con cualquier cosa con tal de que no esté vacía”. En mi, nada humilde, opinión no vale meter cualquier cosa o persona para rellenar un hueco, yo prefiero tener un hueco a tener un mal relleno. No sé si me explico.

Siendo consciente de que el verano – sobre todo si incluye viajes en tren a Piles – requiere un buen abastecimiento de libros e incluso un tipo específico de libros que puedan empezarse y terminarse en un viaje, me compre El entierro de Genarín, una novela que vista su longitud y el tamaño de la letra resulta lo suficientemente corta como para durar un solo viaje de tren, o incluso menos. 

La verdad es que es un divertimento gracioso en el que se narra la historia, casi el evangelio, de un borracho-putero de León que fue atropellado por un camión de la basura y que, al parecer, ha dado lugar a una procesión en Jueves Santo en su honor. Obviamente, siendo yo una persona acostumbrada a realizar, en otras épocas,  via-crucis alcohólicos por Madrid, más concretamente por la manzana de la calle Lerida 88 toda la historia de la procesión me parece bastante interesante. 

La verdad es que el libro tiene menos gracia de lo esperable, menos gracia de lo que una historia como esta podría tener bien desarrollada, la verdad es que resulta agradable de leer. De todo su contenido, aparte de lo que me asusta pensar que mi sobrino pueda tener como objetivo vital el parecerse a Genarín (aunque solo fuera para que le hicieran una procesión), me quedo con la descripción de “varios advenedizos y cantamañanas, sin catadura física ni autoridad moral suficiente para ostentar el grado de macarras, pero con la afición y el tesón necesarios para intervenir como reservas cuando la ocasión lo permitía” que creo plenamente aplicable a algunos de los malotes actuales que a veces se encuentran en las noches del Wurlitzer. Si es que ya ni los macarras con lo que eran (no como los del No-Fun u otros sitios miticos); de hecho, ya ni siquiera la nostalgia es lo que era.

La verdad es que aunque ya llevo bastante años visitando la librería Méndez mis conversaciones con los, según yo, hermanos Méndez son bastante escasas y es muy raro que hablemos sobre libros, mucho menos que me hagan recomendaciones así que cuando el hermano mayor de los Méndez (de que uno sea mayor no tengo ninguna prueba pero es algo casi seguro, al no ser gemelos; de que el hermano al que me refiero sea el mayor aún tengo menos pruebas pero es por entendernos) me recomendó Pedigrí diciéndome que era un libro que le había encantado, que tenía que leérmelo me resulto inevitable hacerle caso y me lo lleve a Piles para leerlo tranquilamente en el porche, que es donde me gusta leer en Piles. 

Allí, en el porche de Piles, estaba yo leyendo y disfrutando tranquilamente de la lectura de Simenon cuando pasa un vecino del lugar (me atrevo asegurar que no aborigen, aunque podria ser) se para y me empieza a contar lo mucho que le gusta Simenon (como si se tratara del mismísimo Faulkner y Piles fuera el pueblo de Amanece que no es poco), que este no se lo ha comprado porque estaba caro, en fin… lo que viene siendo su vida. Algo raro si resulto esto, pero no tanto como cuando al poco rato pasa con su familia y en lugar de saludarme me hace una especie de señal secreta como si ambos compartiéramos un secreto único en el mundo: el respeto por Faulkner, digo por Simenon. 

El caso es que el libro me gusto pero no tanto como para apuntarme a la secta secreta de admiradores del autor aunque haya sido cordialmente invitado con ese saludo secreto; de hecho lo que más me ha molestado de la lectura del libro ha sido no poder acabármelo en Piles y habérselo regalado, o por lo menos prestado, para que el pudiera disfrutar de la lectura ya que la única razón, segun me explico compungido, para no comprárselo había sido su precio, 36 euros es mucho para un libro en estos tiempos. Lástima que la crisis y mi lentitud en acabarlo, le hayan privado de momento de leerlo.

La verdad es que existe la creencia de que el verano es una temporada ideal para leer novela negra igual que existe la creencia de que es ideal para tomar una cerveza. A mi esto no me afecta, tal vez por haber sido atérmico durante mucho tiempo y no tener muy claro eso lo de las estaciones, yo bebo cerveza todo el año igual que leo novela negra todo el año pero es innegable que parece haber más novedades editoriales de novela negra en verano por lo que el resto de mis compras en la librería Mendez fueron de novela negra.

Comentar novelas negras tiene el problema, que últimamente a la gente le importa mucho, de descubrir si la trama es interesante, de dar pistas de lo que pasa en la misma, vamos de hacer lo que ahora se llama “Spoilers”, lo que antes venia siendo joder-estropear el final. La verdad es que salvo los spoilers excesivos, tipo quien es el asesino, yo no estoy en contra de ellos, de hecho creo que esta moda de considerarlos como algo pernicioso para los libros, el cine o la televisión, le hace poca justicia al hecho de contar historias, ya que para mi no es desenlace de la historia lo importante, si no el conjunto de la historia y sobretodo la manera de contarla. Incluso cuando tenía algo de memoria nunca me ha importado volver a ver una película o volver a leer un libro (si son lo suficientemente buenos) ya que siempre hay mucho más que cual es el desenlace de la historia o de algún personaje y la forma de leerlo cambia segun el momento de cada uno. En serio, las buenas historias pueden contarse (verse) muchas veces independientemente de si sabes o no el final; es solo en las malas cuando el saber el final te estropea la historia. No son los spoilers los que estropean las historias.

En cualquier caso como ahora ya no tengo nada de memoria el problema para mi es que si la novela no tiene alguna frase que me impacte especialmente y que la anote en mi cuaderno – con esa letra pequeña de psicópata que tan nerviosos pone a algunos miembros de mi familia y allegados; bueno, en general a cualquiera que me vea escribiendo a mano – lo único que me queda de las novelas es la sensación general de haberlas leído y lo que la relectura de las contraportadas (que leo como spoileres) me aportada.

Esto es lo que me pasa con Los huesos dormidos, que no he apuntado ninguna frase y que me ha dejado la sensación general de no ser una novela especialmente interesante, excepto tal vez para escritores o filólogos ya que toda la trama se basa en una especie de coincidencia entre la vida – y la muerte – de una filóloga que está estudiando la obra de una escritora. Como estoy seguro de que me he perdido las referencias concretas al grupo de escritores al que se refiere la filóloga pues me resulta algo un poco ajeno. Además, las coincidencias y yo no nos llevamos bien, ni en la vida real ni, mucho menos, en las novelas.








Con Sé dónde estás el problema es ligeramente diferente: creo que retrata bien la obsesión y el daño que el acoso puede producir en una persona ya que básicamente de eso va la novela, de un acosador, o más bien de su víctima. Como esta todo el tiempo jugando con la posibilidad de que para todo pueda existir una interpretación alternativa, que él no la esté acosando, que ella este malinterpretando toda la historia, o incluso y esto es la peor de las opciones que si bien todo es cierto todo pueda ser interpretado de otra manera y al final ella sea la culpable la novela me parece un poco tramposa.

Entiendo que esto pasa, lo de que siempre hay interpretaciones alternativas, que ciertamente malinterpretar las señales es un temor legitimo, y soy consciente de lo facil que es tergiversar las historias para conseguir una interpretación partidista, de hecho ya he comentado que casi todos los comentarios que recibo de mis historias – totalmente ciertas – son que no sucedieron así y casi todos por personas que estuvieron en la historia. Esto no lo dudo y sobre esta premisa se pueden construir grandes historias (Perdida es un ejemplo claro y contundente) pero, no se, creo que el problema es que jugar con este tipo de malentendidos resulta difícil y hay que ser un maestro y no estoy seguro de que sea el caso.

La verdad es que a veces que alegro mucho de ser, lo que algunos podrían llamar, un tipo descentrado, y de ser perfectamente capaz de comprar un libro sin acabar de leerme lo que dice la contraportada, o incluso pese a haberlo leído (lo que dice la contraportada, me refiero; lo de comprar involuntariamente un libro que ya he leido solo me ha pasado un puñado de veces. No mas por mucho que os cuenten, puede que el puñado sea de granos de arena pero, no mas que eso). 

Esto es lo que me ha pasado con No está solo del que al releer ahora la contraportada veo que tiene todos los ingredientes para que no me apetezca comprarlo; pero si hasta hay “un joven genio cuya capacidad de deducción solo es igualada por sus paranoias”, un personaje principal que es “incapaz de superar lo que llama el desastre”,  “ramificaciones insospechadas”… Vaya truño podria uno anticipar.

¿Por qué lo compre? Pues, no tengo ni idea, desde tampoco fue por la portada ni por el título ya que ninguno me parece nada especial. No sé, igual lo compre porque todo parecía tan malo, tan fuera lugar que a la fuerza tenía que haber algo.

La verdad: es que el libro tiene algo. No sabría decir que, pero es una buena historia pese a todas las pegas que se le puedan poner, se lee estupendamente y creo que su compra ha sido un acierto, aunque dudo que la continuación que aventura el final de para otra buena historia. Ya veremos.

Casualmente me acabe las compras del mes con algo de adelanto y coincidiendo (aproximadamente) con algo que ya no es noticia y creo que realmente tampoco ha sido mucha noticia, o no toda la que debería haberlo sido: la muerte de Rafael Chirbes. Un grande, sin ninguna duda. 

Yo no le conocido, salvo por sus novelas que es una forma marginal de conocer a alguien, pero la verdad es que por increíble que pueda pareceros a punto estuve de verme obligado a conocerlo (en contra de mi voluntad, he de decir) ya que cuando mi padre leyó La buena letra y se enteró que vivía, razonablemente cerca de Játiva, se empeñó en que tenía que escribirle una carta como primer paso para ir a presentarle sus respetos (lo que casi seguro me involucraba a mi como chófer).

Mi padre, tras leer ese libro, se sentía en la obligación moral de decirle lo mucho que le había gustado, deseaba sentarse con él a charlar y obviamente deseaba que nosotros leyéramos y entendiéramos el libro. 

Es imposible saber si lo entendimos. Es seguro que no lo entendimos como él quería, como el lo había entendido (ya digo, cada uno entiende las cosas a su manera) y sin embargo para mi esa lectura me obligo a leer todos sus libros, los que ya había escrito y todos los que escribiría después. En este caso usar el verbo obligar es absurdo, ya que he disfrutado, mucho, con (prácticamente) todo lo que ha escrito Chirbes; no, para mí no ha sido una obligación pero sinceramente creo que debería ser una lectura obligatoria.

Estoy seguro de que en mi estantería hay un ejemplar de la primera edición de La buena Letra pero como me sentía incapaz de encontrarlo me acerque a la Fnac (ya que era justo la semana de vacaciones de los Mendez y la tele transportacion aun es un "leve pensamiento en la mente de sus padres", como cantaban aquellos) a comprarme otro ejemplar para volver a leerla como homenaje a ambos. Es verdad que podía haber comprado La larga marcha o cualquier otro más largo para disfrutar más tiempo de la lectura de Chirbes pero este fue el que descubrió mi padre y será siempre el que yo recuerde asociando a ambos. 

En esta edición el propio Chirbes le ha quitado un capitulo – el ultimo – ya que no le parece justificada esa “justicia” que el tiempo proporcionaba a la historia borrando las heridas y creo que no le falta razón y que incluso ahora la historia mejora, si esto es posible.

Sencillamente se trata de una novela casi perfecta (hay es nada) aunque por no faltar a mi imagen de critico injustificable (e injustificada) le pondría la pega de que repite dos veces la misma frase para describir el estado de un personaje “metido en un pozo, y sin fuerzas ni siquiera para gritar”. Mordaz que es este critico, por lo demás: la descripción de todos los personajes y de las situaciones con una economía total de medios, el trazado de casi toda una guerra y una posguerra, de las trasformaciones y de las relaciones familiares en poco más de cien páginas es verdadera poesía. Y no solo poesía.

Si no lo habéis leído, deberíais. No solo este, deberíais leer (casi) todo Chirbes pero por si no lo hacéis os dejare tres mis frases favoritas de este:
“Del mismo modo que un huevo lleva dentro encerrado un pollo ya desde el principio, las actitudes de la gente llevan dentro lo que van a acabar siendo, e incluso en sus rasgos mas generosos puede adivinarse el embrión de sus peores defectos”.
“Hay palabras que son de un vidrio tan delicado que si uno las usa una sola vez, se rompen y vierten su contenido y manchan”.
“El tiempo lo deshacía todo, lo convertía en polvo, y luego soplaba el viento y se llevaba ese polvo”
Obviamente después de Chirbes casi cualquier cosa que puedas leer te tiene que saber a poco, así que para poder salir de este atolladero – tampoco hay tantas obras maestras – decidí comprarme un libro cuya única virtud parecía ser la de ser un Best seller en Corea (no quedaba claro si en la de los buenos o la de los malos), Lo que nunca sabrás; al fin y al cabo a un best seller coreano nadie va a pedirle mucho. Serviría a modo de los sorbetes esos que daban en algunos restaurantes, muy finos,  para cambiar de sabor entre plato y plato. 

La verdad es que es una novela curiosa, que desarrolla una trama de esas que se complican un poco innecesariamente pero que se deja leer. Bueno, esto no es exactamente cierto ya que los nombres confunden mucho y  a veces te confundes (yo al menos) de personaje.

Sin ser bueno, no es malo y se deja leer y sobretodo en este caso te saca una obra maestra de la cabeza lo que nos permitirá seguir leyendo el mes que viene, con un poco de suerte (un puñado) igual incluso alguna otra obra maestra. Si eso, ya os lo cuento.

domingo, 9 de agosto de 2015

Comentario de Textos - Julio 2015

Otra vida – Per Olov Enquist
House of cards – Michael Dobbs
Dia Cero – David Baldacci
La sancion de Loo – Trevanian
The Cartel – Don Winslow
The Wolf in Winter – John Connolly

La verdad es que no sé muy bien porque compro biografías, cuando sé que no me gustan, cuando se perfectamente que  incluso aunque el personaje me parezca interesante (digamos Henry Rollins; del que acabare comprándome una si la veo) me acabo aburriendo. Lo que ya raya la estupidez, o tal vez no la raya por estar demasiado alejado de ella por el lado equivocado, es comprarme una biografía de un tipo que no conozco, del que no se absolutamente nada. No digamos ya comprar una biografía de un autor teatral sueco, pero si a mí el teatro me parece casi tan aburrido e insoportable (salvo escasas y honrosas excepciones) como, digamos, los mimos (estos sin excepción).

Pero bueno, supongo que soy ese tipo de persona (no sé cuál es el criterio de división, pero seguro hay uno) así que me compre (en la librería Méndez, como debe ser; a falta de un viaje al campo hasta Cercedilla ) Otra Vida, solo Dios sabrá por qué. Supongo que la razón que tuvo mi cerebro reptiliano fue que en la contraportada se citaba el terrorismo de Munich, a Olof Palme y otros temas de los que se poco (por no decir nada) y bueno, nunca está de más, ni de menos, aprender nuevo. El caso es que si, que me ha aburrido. Básicamente: me ha aburrido como casi todas las biografías, pero la verdad es que me ha resultado educativa en algunos temas, supongo que esa es la ventaja de leer cosas de “no ficción”, que se supone que lo que lees es verdad y aumenta tu cultura general. Bueno, a menos que seas como yo y no seas capaz de retener la información más de un par de un par de días en cuyo caso el aumento lleva emparejada la pérdida no siendo especialmente útil.

Me ha sorprendido recordar algo que seguramente había sabido y olvidado (probablemente como muchos): que el Meinhof de la Baader-Meinhof realmente hace referencia a una mujer, a Ulrike Meinhof para más señas, a una intelectual que harta de que todo el mundo la tachara de intelectual, de mucha cháchara pero poca acción, pues se decidió a formar un grupo terrorista (cuidadín con las críticas que las carga el diablo y las disparan los intelectuales. Posiblemente el primer grupo terrorista moderno y sin duda el primero (puede que el único) con paridad absoluta en su cúpula (si, el Baader es por Andreas Baader que, pese a el nombre casi femenino en español, es varón.

Me ha encantado su explicación de porqué fue tan fácil el atentado de los juegos de Múnich (sea o no cierta) eso de que los juegos de Múnich intentaban borrar la historia de “lo alemán”, especialmente de los doce años de Hitler, y que por eso se relajaron todas las normas de seguridad adoptando “la ideología de la alegría”.

Así que diría que en cierta medida ha sido una compra justificada y que la lectura ha merecido la pena incluso para ser una biografía de un autor teatral, completamente desconocido para mí pero al parecer famoso hasta en Broadway (aunque fracasara llego a estrenar allí).

Es rara la semana que hablando con Helena y Álvaro no sale alguna anécdota de una serie de televisión que se llama House of Cards, que yo no veo pero que ellos sí, así que sentía curiosidad por la serie, cosa que obviamente me impulso a comprar el libro en el que se basa la serie. Como no he visto la serie pues no puedo decir si se parece, si es mejor o si es peor, tan solo puedo comentaros que si bien la serie pasa en Estados Unidos el libro pasa en Inglaterra. Esto puede parecer una tontería pero para un libro sobre intrigas políticas y el funcionamiento de las instituciones pues es una diferencia importante ya que prácticamente todas las referencias han de adaptarse e incluso las intrigas deben de ser sobre otros temas y con otras maneras.

La historia no es especialmente brillante, en el sentido de compleja o poco previsible, pero está muy bien escrita y se lee con mucha gracia, pero lo que de verdad merece la pena son las frases que abren cada capítulo que son sencillamente fascinantes (casi todas). Como muestra, dos ejemplos:

“La verdad es como un buen vino. A menudo se encuentra arrebujada en el rincón más oscuro de una bodega. Necesita que le den la vuelta de vez en cuando. También que se le quite suavemente el polvo, antes de sacarla a la luz y empezar a utilizarla”.

“Leí aquella biblia de cabo a rabo. Me fije en que San Lucas decía que debíamos perdonar a nuestros enemigos. Leí el resto de sus palabras, y las palabras de todos los santos, de verdad que sí. Ninguno de ellos mencionaba lo más mínimo en ningún sitio sobre perdonar a nuestros amigos”.

El libro tiene 48 capítulos, a veces hay más de una por capitulo…  solo por esto merece la pena, además está la historia que no es mala.

Como teníamos que celebrar el cumpleaños de mi abuela (si, teníamos es la palabra correcta) yo suponía que mi hermano (haciendo honor a nuestros orígenes de mercaderes fenicios) me bajaría algunos libros de la Librería Fuenfría de Cercedilla (que me dicen que la visitáis poco, casi menos que yo. Eso no puede ser, que lo sepáis) pero decidió hacer honor a nuestros orígenes de-vete-a-saber-donde y o se le olvido, o pensó con toda la razón que hacia demasiado calor para cargar con ellos o, británicamente, sentencio que le parecía una imposición y me dejo sin nada que leer obligándome a ir a una librería ajena a mi rutina (cuyo nombre no citare a) por que no tiene interés, b) porque no me acuerdo y c) vale, no hay ‘c’ pero siempre queda mejor poner tres razones) para abastecerme de por lo menos un best seller que me mantuviera entretenido unos días.

Curiosamente, ese mismo día después de la comida con mi abuela descubrí que tengo un lector de este blog que no me conocía y al que yo no conocía (no digo que no haya más, que seguro que los lectores de blogs son como las meigas; que haberlas, hailas).

Si, señores por increíble que pueda parecer tengo un lector ajeno a mi familia directa e incluso a mi familia ampliada; y encima no se trata de un enfermo mental residente en una institución con todo el tiempo libre del mundo.

No, para nada; en lugar de un enfermo mental resulto ser una excelente persona, no solo por ser lector de este blog (como todos y cada uno de vosotros, salvo, tal vez, ese que estaba al fondo y que ahora se llevan en volandas los enfermeros) si no porque además es camarero-dueño de un bar que tiene una pinta excelente (el bar La Barra en la Calle Garcilaso) y que aunque aún no he probado para comer os recomiendo con la absoluta tranquilidad que me da el conocer a Juan y el aspecto del bar (de hecho lo recomendaría aunque Juan no estuviera leyendo este blog).

Lo bueno (o lo malo) de los Best sellers, de los buenos, es que te los lees tranquilamente sin grandes expectativas y sin ninguna decepción, salvo los muy buenos que están en una categoría aparte. Para mi Baldacci es un escritor de Best sellers de esa categoría aparte, cuando le sale uno bueno, bueno es muy, muy bueno e inolvidable pero también tiene de la categoría normal. Dia cero es de estos, se lee perfectamente, cumple la misión de entretenerte las horas, tiene una buena historia, bien construida y algún personaje brillante pero te lo acabas y no ha quedado nada. Vamos, que creo que ahora mismo podría volver a leérmelo tranquilamente y me volvería a quedar igual, sin nada especial que comentar salvo que es bueno (oficio que tiene Baldacci, creo que se dice).


Si Baldacci me gusta desde el primer libro que leí suyo (Poder absoluto, por cierto) y me sigue gustando aunque algunos de sus libros no me convenzan, Trevanian es un autor que cuándo lo leí por primera vez, en una colección de novela negra que mi madre tenía en casa, no me gustó nada, pero nada de nada. Mi recuerdo es que lei un par de ellos (las dos sanciones) y sencillamente me parecía incomprensible que a nadie le pudieran gustar. Sin embargo hace unos años leí una que no conocía (The Main) y sencillamente me engancho, me engancho tanto que podría afirmar que ya me he vuelto a leer todo lo que ha escrito (aunque como es un seudónimo de alguien que no queda claro quién es, igual tiene más con otro nombre y aun me queda mucho por leer suyo. Ojala) y todo me ha gustado: desde la novela de vaqueros hasta la novela de las chicas de NYC. Pues eso sencillamente me parece brillante todo él y la Sancion de Loo no es una excepción: desde la primera página con la descripción del protagonista “No era físicamente valiente – tenía una imaginación demasiado activa para ello – y había intentado acallar su miedo insensibilizando dicha imaginación a través de escenas en las que le disparaban, le apuñalaban, le atacaban con gas cianuro o le envenenaban – siempre con comidas exóticas y en restaurantes realmente buenos-.”; pasando por el propio chiste del título: si el MI5 y el MI6 se llaman  así por estar en el despacho 5 y la 6 del Ministerio la brigada de asesinos (sancionadores) a la que pertenece el asesino estaba ubicada en el retrete (The Loo, en ingles fino, fino) hasta los diálogos:

“…  Soy el típico ejemplo de una especie a la que solo le queda un espécimen vivo.
-          Bastardo fanfarrón
-          La familia es correcta, pero ¿y el género?
-          ¿Culo sabio?
-          No sabía que entendías de taxonomía animal…”

Sencillamente: brillante, inevitable acordarse de aquel de:"- Creo que me he enamorado de un subnormal. - ¿y te gusta mas que yo?". Brillante, casi todo el. No os lo recomiendo porque yo no hago eso, pero espero que os guste y si ahora no os gusta probar en otro momento que igual os pasa como a mí. Cada libro tiene su momento para cada uno.

Previendo que ya no vería a mi hermano más veces este mes y aprovechando que Winslow había sacado nueva novela en ingles aproveche para pedir unos libros por amazon y mantener un poco el nivel de inglés (a la espera del próximo viaje a NYC, que cada día está más cerca, espero) haciendo algo que no solo no cuesta esfuerzo sino que proporciona satisfacción ya que algunos libros mejoran mucho en inglés (seguramente también en otros idiomas originales pero eso no puedo decirlo por mi incapacidad para leer en más idiomas. Lo siento pero yo solo soy bi-idiota no poli-idiota como algunos otros).

A ver, ya he dicho otras veces que Winslow es uno de mis autores preferidos, de esos de los que me compro todo lo que veo sin pensar y de los que me gusta casi todo. Sin embargo esta vez he de decir que The Cartel no me ha convencido. No está mal, pero parece más un libro de historia de los carteles de la droga que una novela y creo que la historia real de los carteles, sus venturas y desventuras, son todavía más alucinantes, más de fuera de este mundo que diría aquel, que algunos pasajes del libro que ya parecen excesivos. Creo que en esto la realidad supera a la ficción, por buena que sea la ficción. Además, no sé, creo que le falta el toque diría casi poético de otras novelas de Winslow, la rapidez de los diálogos y la credibilidad de los personajes. Con todo tiene un razonamiento que sencillamente tengo que hacer mío para casi cualquier ocasión en la que se debata la importancia de la ingeniería, concretamente de la ingeniería de aguas que es la que a mí me gusta:
“… the infrastructure for moving clean water in and filthy water out is what allowed people to congregate in large populations in permanent dwellings and create cities and cultures. Otherwise, people had to be nomads to literally escape their own shit.”
Efectivamente, la ingeniería de aguas es la causa de la civilización y, como decía y demostraba otro, también de la incivilización ya que el nivel de dictadura de un país puede evaluarse en función de la magnitud de sus obras hidráulicas. Cuanto más grandes las obras hidráulicas, mas dictadura, menos libertad individual; ejemplos no faltan pero no me acuerdo del libro. Se lo preguntare a Rafa y le diré que pida unos ejemplares para tener en la librería Fuenfria de Cercedilla (así tenéis otra razón mas para pasaros por allí). Por eso a mí me interesan las obras no faraónicas, parafraseando malamente a Rafa: me interesa más la calderilla que los cheques en blanco.

Obviamente ya que estaba en amazon pues aproveche y me compre la última de Connolly (John, no confundir con Michael que es bueno pero no tanto) que es un autor del que también tengo todo y es de los que me gusta leer en inglés. Siendo sincero compre las dos últimas porque creía que no había leído ninguna de las dos, pero solo acerté a medias. Una ya me la había leído aunque obviamente no recordaba nada de ella hasta no verla físicamente momento en el que se me hizo la luz. Algunos podríais pensar que pues vaya mierda de novela si no recuerdas nada; vosotros mismos la verdad es que yo tengo la suerte o la maldición de que no recuerdo nada de lo que leo (o muy poco), solamente consigo recordar si me gustan o no y no siempre con acierto.

The Wolf in Winter (El león en invierno, supongo que será la traducción, aunque con las traducciones nunca se sabe) es la treceava, o así que tampoco me he puesto a contarlas, novela de la serie de Charlie Parker (Connolly tiene otra serie de un niño, Samuel Johnson, que siendo totalmente diferentes, comicas, son excelentes). La primera novela de la serie de Charlie Parker es sencillamente fascinante, con uno de esos principios sencillamente increíbles, brillantes (ciertamente en mi top ten y posiblemente en mi top cinco de inicios de novela) luego la serie mantiene el tipo aunque los personajes se van agotando un poco y las historias empiezan a parecerse un poco e incluso alguna se lee con un poco de cansancio. Esta no, esta vuelve a la calidad y la verdad es que merece la pena y deja algunas frases que merecen la pena: “He was trying to put loss into words, but loss is absence and will allways defy expression”; y sobre todo una crítica que – sin haber leido a Thomas Wolfe – creo que daré por válida para aplicar a otros libros:
“The only reason that Wolfe’s debut was even marginally tolerable was because Perkins had forced Wolfe to remove 60.000 words from it. At Louis’s rough estimate, that still left ‘Look Homeward Angel’ – which in the store’s Scribner edition, came to about 500 pages – at least 499 pages to long”.
Eso si es una crítica, clara y meridiana (por cierto, al parecer Perkins era el editor de Wolfe) y después de conocer a Louis de trece novelas no tengo duda de que no merece la pena leer ese libro por muy famoso que pueda ser.

Puede que este post os haya dado la idea de que soy un poco coleccionista y que si me gusta un autor pues me esfuerzo en tener todos sus libros y no es eso. De hecho, durante mucho tiempo fui supersticioso en el sentido contrario y me negaba a completar mi colección de libros de Goldman: los tenia todos salvo uno que me negaba a comprar ya que me había convencido de que si los leía todos, moriría; o más bien, mirado positivamente, pensaba que mientras no tuviera todos los libros de Goldman no podría morir ya que aún me quedaría uno por leer y no pensaba morir sin haberlos leído todos, eso no sería aceptable. El caso es que deje esa superstición cuando después de contárselo a una novia que tuve, esta debió de entenderlo mal (quiero pensar) y para un cumpleaños o una navidad, tras mucho trabajo de búsqueda en librerías de segunda mano por internet y seguramente pagando una buena cantidad de dinero por él, y con (quiero pensar) su mejor intención, me regalo el único libro de Goldman que me faltaba con la intención por supuesto de que lo leyera o de que superara mi superstición, o (no quiero ni pensarlo) de que muriera al leerlo.

El caso es que pese a que ya lo tengo desde hace bastantes años, de momento y hasta que Goldman no saque otro libro no pienso leerlo aunque me apetece bastante, incluso algunos días mucho pero ¿que sería la vida sin supersticiones o sin prejuicios?

Si Goldman saca otro libro tendré que tomar una decisión sobre cuál de los dos leer, si eso, ya os cuento.


lunes, 27 de julio de 2015

Ordenando cosas en casa

¿Ordenando? Realmente no, más bien solamente colocando. Eso de ordenar me resulta sumamente difícil ya que hay que – como decía Nick Hornsby decía en High Fidelity – lo más difícil de ordenar es encontrar el criterio de ordenación. ¿Cómo ordenar, por ejemplo tu colección de discos? ¿por estilos, por autor, por fecha de edición, por fecha de compra?

Imposible decidirse así que yo más que ordenar, de momento, me he limitado a colocar las cosas en sitios que, ni mucho menos, serán definitivos pero que de momento han cumplido su función de permitirme sacar todas mis mierdas de las cajas, lo que unido a una limpieza general y varios cientos de visitas a los contenedores municipales me permite tener, por primera vez en bastante más de quince años, mi casa prácticamente libre de cajas. Algo que, junto con el tener lámparas, es un cambio sustantivo en mi vida y que realmente resulta muy, pero que muy agradable.

Una de las cosas que necesitan colocación son mis discos. Mis discos digo y  no mi colección de discos porque yo no tengo una colección de discos: tengo algunos discos, un número indeterminado – elevado, puede – pero que no es una colección, igual que tampoco tengo una colección de libros, simplemente tengo libros. Siempre me hace gracia cuando la gente se refiere a sus discos como su colección, no sé cómo un montón de discos se convierte en una colección pero sospecho que tiene que ver tanto con la vanidad del propietario como con el tener una elevada proporción de ediciones extrañas. Así que puede que realmente tenga una colección, ya que vanidad no me falta y ediciones extrañas tengo algunas aunque sospecho que el menos del mínimo necesario para cualificarla como colección. Nunca se sabe, si eso, un día lo miro.

El caso es que tras intentar colocar mi colección de discos en unas estanterías, de esas de Ikea, que había cortado a medida de la pared que me quedaba libre y que había colgado con sumo cuidado la primera vez solo para que se me cayeran casi instantáneamente, que había colgado una vez más, con más cuidado incluso, solamente para ver como se me volvían a caer en una preciosa cascada: primero la de arriba que tiraba la de en medio, que tiraba la siguiente hasta que todas ellas y todos los discos quedaban en el suelo, incluso después de que con la ayuda de Álvaro las hubiera colgado una tercera vez con resultados idénticos, pues después de eso me decidí a comprarme un mueble para colocarlos. Mueble que extrañamente encajaba casi mejor que las estanterías en la parte de mi casa en la que pensaba colocar los discos. La verdad es que no sé porque no me decidí por comprar el mueble directamente ya que soy perfectamente consciente de que el bricolaje no es lo mío. Supongo que la vanidad de hacer las cosas por uno mismo.

Finalmente, el mueble y el rinconcillo de los discos me ha quedado bastante bien aunque aún me falta encontrar el sitio en el que poner ese equipo, o las partes del mismo, para el que tengo algunos vales regalo de mi familia que espero algún día hagan efectivos. Incluso espero que los hagan efectivos antes de que cumpla los cincuenta años, algo que puede parecer como muy lejano pero que realmente será dentro de poco, de demasiado poco, de lo suficientemente poco como para ya estar casi seguro de que “a los cincuenta llego, mal se tienen que poner las cosas”.

Como tan solo había colocado los discos, sin ordenar, pues no me había fijado en que discos quedaban a la vista y probablemente no habría reparado en ello si no fuera por un comentario de Cabut (nuestro sexto hermano) que como pintor que es pues también es observador y nada más llegar me soltó a bocajarro: “muy bien, muy bien, así me gusta con LLuis Llach”. Obviamente, al principio, ni idea de que estaba hablando y casi empezaba a pensar que se estaba haciendo mayor, delirando en su propio mundo interior, hasta que seguí su mirada y observe los discos que habían quedado a la vista. No deliraba. Efectivamente de los discos a la vista, uno era de Lluis Llach, algo que resultaba curioso porque creo que es el único vinilo que tengo de Lluis Llach (bueno igual ni es un vinilo, no sé si los discos de cantautores pueden ser considerados vinilos por los puristas).

Ciertamente resultaba curioso, pero no solo eso resultaba curioso. No, la verdad es que había cosas bastante curiosas fruto del azar de colocarlos sin pensar y sin ordenar, casualidades que seguramente resultan significativas si uno es aficionado a la búsqueda de coincidencias místicas. Yo no lo soy, pero la verdad es que igual me convierto ya que ese tipo (curiosamente había escrito timo en lugar de tipo) de coincidencias místicas, la búsqueda de ellas, permiten contar cosas y aunque no me faltan temas la verdad es que siempre es difícil buscar un “inicio”.

La primera y que podría ser esperable es que cada uno de los discos que se ven ha sido importante en mi vida, de una u otra manera; aunque esto es fácil porque muchos de los discos que tengo lo son. De hecho es probable que cualquier otra combinación tuviera un resultado parecido o incluso mejor ya que tampoco es que sean los discos más significativos de mi vida. (No, no tengo ni idea de cuáles podrían ser los que pudiera considerar los más significativos en mi vida. Hay tantas opciones, tantos discos que guardan recuerdos muy especiales en mi vida que creo que de vez en cuando volveré a colocar los discos sin mirar a ver que discos y que recuerdos salen con ellos). Pero divago, si eso, ya lo probamos otro día.

La coincidencia mística más llamativa que no es visible a primera vista (yo he tenido que comprobarla) es que son del mismo año. Sí, no solo son del mismo año si no que  precisamente son del 77 (tanta historia con el punk del 77 y ya ves tú, los tres discos que a mí me salen al azar son de ese año y ninguno se acerca al punk ni por asomo).

Obviamente yo no los compre en el 77 – ese año aun tenia entre once y doce años y aunque a todos nos guste imaginarnos como precoces en nuestros gustos y aficiones tampoco conviene exagerar y modificar el pasado – pero si es cierto que en mi recuerdo estos discos comparten los mismos años de escuchas simultaneas (de ecléctico podríamos clasificar mi gusto, si aún estuviéramos en los ochenta  incluso de sinérgico).

El Campanades a mort de Lluis Llach seguramente si lo oía en el 77 ya que este es un disco que he heredado de mis padres que si debieron de comprárselo el año en el que se editó. Si, esa era parte de la música que oían mis padres: cantautores, canción protesta, esas cosas. En mi casa se cantaba L’estaca y todos los hermanos (salvo Helena que por nacer más tarde se perdió parte deesta infancia musical, no toda, ni mucho menos) todavía podemos cantar, letra incluida, las canciones de Quilapayun, de Víctor Jara, de Atahualpa Yupanqui, de Mercedes Sosa, de George Brassens, de Paco Ibáñez, de Raimon, de Joaquín Diaz… ya os hacéis una idea, o no.

Afortunadamente, o desafortunadamente, eso no era lo único que oían mis padres que también le daban, fuerte y flojo, a todos los ritmos sudamericanos (supongo que por haber vivido dos años en Cali, Colombia)  con el resultado de que ahora, pese a mi voluntad, los ballenatos me siguen emocionando aunque no sean buenos y casi me avergüenzo de que mi cuerpo no pueda resistir el impulso de bailar (aka: mover un poco el pie o la cabeza) cuando oigo un ballenato o similar (si, incluso ese de la camisa negra).

Podía haber sido peor… mucho peor…

El caso es que este disco de Llach me sigue encantando. Bueno, obviamente si lo conocéis sabréis que como mucho me gusta la mitad del disco ya que la cara A es completamente inaceptable, con una composición que pretende ser clásica, con sus coros mayestáticos y su orquesta completa de un montón de maestros, vamos, totalmente pretenciosa y prescindible. Pero la cara B compensa totalmente este desastre de cara A (si, yo ya era hípster en los ochenta y me gustaban las caras B mucho más que las caras A y estoy seguro de que la edición japonesa es todavía mejor).

No, la primera cara creo que no he vuelto a oírla (si es que alguna vez la he oído) pero desde luego Laura es una de mis canciones de amor favoritas, creo que es sencillamente una canción perfecta (letra y música), es de esas canciones que estoy seguro aceptarían una revisión y actualización y seguirían siendo excepcionales. Esa guitarra española, de repente, es sencillamente tan buena, si no mejor, que la que consiguieron meter The Church en el Almost with you

Es oírla y me entran ganas de  enamorarme de una Laura para poder cantársela, pero como no he conocido ninguna Laura que no esté loca –  tengo una amplia teoría  sobre los nombres y la personalidad – de lo que de verdad me entran ganas es de cambiarle el nombre a alguna chica que se lo merezca y achacarle el error a mi memoria dispersa o al daño cerebral, que para algo tendrá que servir ¿no?.

Por supuesto cantar Viñes verdes vora al mar a voz en grito por la carretera de Valencia siempre me traerá a la memoria un viaje con Cabut en su 4L amarillo, acelerando y desacelerando para que al sacar la mano por la ventanilla pareciera que estábamos acariciando un pecho, un pecho distinto según la velocidad a la que circuláramos.

No sabría decir que año descubrí a Springsteen pero si tuviera que apostar diría que fue en el 79, con su aparición en el concierto de No Nukes (Si, ¿Qué pasa? ¿Vosotros no tenéis un pasado antinuclear? Ya, claro y seguro que tenéis microondas en casa. Pues yo sí, que antes era un hippy) con un medley que hacia (Devil with the blue dress) pero sobre todo con la versión de Stay que se marcaba con el propio Jackson-Jackson Brown (versión que luego disfrutaría más al comprarme una grabación pirata del concierto de Springsteen que encontré en Record Runner y  que sigue siendo impactante. Si, soy más hípster que tomar cold-brew tengo discos piratas e incluso tengo un disco doble con solo tres caras grabadas ). Ese disco y el descubrimiento de mucha música: desde Crosby  Stills Nash hasta Graham Nash, pasando por Poco o James Taylor, hasta por supuesto Tom Petty y Springsteen es lo mejor que ha dejado el movimiento antinuclear, con diferencia.

En ese momento con Springsteen pasaba una cosa curiosa: uno podía ir hacia atrás cuando era un hippy que se consideraba heredero de (ni más ni menos) Bob Dylan y similares y hacia canciones de siete o nueve minutos con letras enrevesadas, o podía ir hacia delante, hacia el rock (con mayúsculas, supongo) hacia canciones más cortas (tampoco mucho) pero con menos instrumentación…. mejor dicho: con menos instrumentos exóticos (hacia el futuro del rock que dijo alguien al verle tocar). ¿Qué hice yo? Pues de todo un poco: un poco hacia adelante, hacia The River,  al que llegaría justo a tiempo para quedarme extasiado; otro poco hacia atrás, hacia el Greetings y el The Wild, the Innocent & The E-Street Shuffle, porque, repito: yo era un hippie y el primer Springsteen también lo era; pero sobre todo hacia el medio, hacia el Born to Run y hacia Darkness on the edge on town que como todos sabemos o reconoceremos son dos obras maestras. (si no lo reconoces: fuera de este blog inmediatamente, pero eso si, deja un comentario para que no sepa quién eres y prohibirte la entrada)

Supongo que, por fechas, este fue uno de los primeros discos que me compre. Puede que  ahorrando toda mi paga, pero más probablemente convenciendo a mi padre de que la música era tan cultura como la literatura ya que calculo que mi paga no llegaría para tanto (menos considerando que en Madrid a esa edad ya se ponía beber. Y si se podía, ¿Quién no iba a beber?). En mi casa tenías el derecho a comprarte un libro al mes, mi padre nos regalaba un libro que escogiéramos al mes, igual que dé más pequeños nos regalaba un tebeo (normalmente un joyas literarias juveniles) todos los domingos antes de salir a comer, porque se suponía que era cultura. Mi primera gran victoria familiar fue conseguir que se aceptara un disco como equivalente a un libro y casi seguro que este fue uno de los primeros que se benefició de esta victoria.

Es un disco que me sigue encantando pese a que no haya una canción que dure menos de cuatro minutos y que más de la mitad de las canciones duren más de siete minutos (hay una de 9:56 que pese a ello es excelente). No sé, siempre me recordara a Manolo Die y a nuestros primeros intentos de ser músicos, de convertirnos en el nuevo Bob Dylan, el nuevo Neil Young o el nuevo James Taylor… los primeros intentos de tocar la guitarra, la armónica o incluso el piano (obviamente el saxo de Clarence Clemons tendría que aportarlo otro ya que eso era sencillamente inalcanzable. ¡Cómo si lo otro no lo fuera!).

A Elvis Costello lo descubrí a través de Jacobo, a través de los discos de sus hermanos mayores, lo cual nos sitúa en 1980 aproximadamente. Sencillamente fue como una epifanía (no era la primera: ya habíamos descubierto a Steve Forbert , a los Only Ones, a Lou Reed; y no, no sería la última) eso es lo que queríamos ser de mayores, incluso de menores; sencillamente era lo que queríamos ser en cualquier momento, a partir de ese momento. Sí, eso es lo que íbamos a ser, aunque para ello tuviéramos que ponernos gafas y  ser feos (más feos incluso). Ibamos a componer canciones de tres minutos, canciones divertidas y brillantes, incluso podríamos componer canciones de amor excepcionales. Simplemente componer Alison habría bastado para hacernos felices y el disco tiene muchas, muchas más que sencillamente son excepcionales, son buenas hasta cuando las versiones son malas (y hay versiones muy, muy malas).

Lo intentamos. No lo conseguimos, pero, si eso, ya os lo cuento otro día.

Puede que alguno de mis lectores haya sido observador y se haya dado cuenta de que además de estos tres discos en la foto se ve otro disco, un single: el de Los Benditos, que no, no es de 1977, así que esa casualidad que se ha anunciado a bombo y platillo no es tal.

Podría defenderme diciendo que los singles son otro tema, un tema completamente distinto, pero no tendría mucho sentido, diréis: un disco es un disco y este no es del 77, es del 2007. Listillo, añadiréis, así, obviando datos, es fácil encontrar casualidades  cual defensor de la homeopatía o de algo peor.

Vale, pues no hay ninguna casualidad en los discos pero quedaba mejor así.

Cada disco tiene su historia, mejor o peor aunque la verdad es que en todas ellas hay partes peores que no he contado y mejores que tampoco he contado. Si eso, ya os cuento otro día.


Pero sí que hay otra cosa que estos discos tienen en común y que tampoco es muy normal: a los cuatro autores los he visto en directo: a LLuis LLach fui a verle a un teatro en el barrio de Salamanca (en pleno barrio pijo de Madrid) y me emocione cuando toco Laura (aunque la gente se emocionó mucho más cuando canto L’Estaca, que como canción no tiene nada); para ver a Springsteen me fui hasta Montpellier la primera vez que paso relativamente cerca de Madrid; a Costello tarde mucho en verle, demasiado, ya que para entonces Jacobo ya había muerto y pese a que había reunido a los Attractions  para ese concierto me supo a decepción ya que todo había cambiado; a Los Benditos los vi en El Sol en un evento del que ya os contare otro día y que aunque no consiguió devolverme a aquella epifanía que tuvimos consiguió reconciliarme bastante con la música y con la vida en un momento de horas bajas.

domingo, 5 de julio de 2015

Comentario de textos - Junio 2015

Una Juventud – Patrick Mondiano
La noche del ilusionista – Daniel Kehlmann
Irène – Pierre Lemaitre
Cuentos completos – Kingsley Amis
Otro tiempo, otra vida – Leif GW Persson
Perros de paja – Gordon Williams
Harvard Square – André Aciman
Caza al asesino – Jean-Patrick Manchette
El Reino de la noche – William Hope Hodgson
Crónicas de la era K-pop – Fernando San Basilio

Ya, ya, yo también me he dado cuenta: obviamente en la última entrada no puse todos los libros que me había leído en los meses anteriores ya que no resulta creíble que me haya leído todo esto en este mes, considerando que ya estoy instalado en mi casa, que tengo televisión y que pese a que cada vez me parezca más aburrida (cuantos más canales hay, parece que hay menos variedad) he visto bastante este mes.

Además, ahora al repasar las lecturas, resulta obvio que he hecho dos visitas a mi librería de referencia de Madrid (si, a la librería Méndez de la calle Mayor; la misma que la vuestra espero), aunque ninguna a mi referencia de la sierra (si, a ese que también debe de ser la vuestra, si queréis que sigamos siendo amigos; la librería Fuenfría de Cercedilla). Esto último es algo imperdonable, sobre todo si os confieso que tuve que volver desde Guadarrama a Madrid en autobús un día que me dejaron allí tirado después de una visita de obra. En fin,  menos mal que el librero tarambana no lee este blog porque si no se enfadara. Razón no le faltara.

No es solamente porque haya estado colocando mi casa y halla visto, no ordenado ni releído, lo que podría llamar mi colección de libros de magia (sí, soy tan prototípico que en mi adolescencia hacia magia, supongo que con la intención de ser más sociable) si no porque creo que estas cosas soy incapaz de evitarlas y si un libro tiene la palabra ilusionista (o similar) en la portada o un fotograma de Melies pues yo voy y me lo compro sin dudar (o dudando). La Noche del ilusionista tiene ambas cosas y…. poco más. Creo. La verdad es que ahora miro la portada, lo abro al azar, leo una o dos frases…  y nada, nada me viene a la memoria y lo que me viene hace que no me apetezca leerlo.





La verdad es que eso de abrir un libro que he leído hace poco y ser incapaz de recordar nada es algo que siempre me ha pasado (vale, ahora me pasa un poco mas) por lo que ya no me preocupa lo mas mínimo. Si no consigo ni recordar la sensación de haberlo leído es que no merece la pena, puedo no recordar la historia o recordarla mínimamente pero de los libros buenos (buenos para mí, según mi criterio) siempre recuerdo la sensación de haberlos leído. No me preocupa, en general no me preocupa. Me pongo un poco más nervioso, mejor dicho, me preocupa un poco más cuando el libro es de un premio nobel, de un premio nobel de literatura se entiende pero así es la vida. En cualquier caso que Una juventud tampoco me haya dejado ningún recuerdo me molesta un poco más que el caso del libro anterior, incluso un poco más – no por lo del premio nobel – si no porque sinceramente me apetecía y pensaba que podría ser bueno, que incluso podría, en cierta medida, identificarme con alguno de los personajes. Pero no, se ve que no.

Irène tiene una premisa interesante: un asesino imitando crímenes e otras novelas policiacas, de clásicos de la novela negra y es una pena que no consiga nada con esta premisa. Con una premisa parecida, aunque a la vez muy distinta, Kerr consiguió montar una novela muy entretenida en Una investigación filosófica; pero Kerr es Kerr y… no es lo mismo, incluso son libros malos son mucho mejores que este. Realmente creo que lo que más me molesta de este libro es que acaba derivando hacia una especie de final de Hollywood tipo Seven sin desarrollar esa premisa que podría dar mucho juego si se sabe usar.

Como todo buen recopilatorio, Cuentos Completos, tiene cosas que no están a la altura del resto y que bajan un poco el nivel general del conjunto, más si el conjunto es de Amis que siempre resulta entretenido (aunque a veces repetitivo). El caso es que me deja una frase que me gustaría que tuvierais en cuenta al leer estos comentarios: “seguro que ustedes considerarían una farsa tener que tomarse en serio a un montón de esquimales que afirmaran que alguien es un magnifico jugador de criquet. En fin, yo si lo haría”.  Obviamente yo soy el montón de esquimales y la frase es tan aplicable para las críticas buenas como para las malas.
Por supuesto varios de los cuentos tienen relación con la bebida, hablamos de Sir Kingsley Amis, por favor y pese a que muchos de ellos son de mediados de los sesenta o setenta, algunas reflexiones siguen siendo totalmente ciertas y las subscribo y con ellas mi manía por esta nueva cultura de la cerveza (que no por la cerveza en sí, ni por su variedad): “el esnobismo del vino se está extendiendo cada vez más: la gente bebe vino porque cree que le otorga cierta categoría. Como la gente ‘equivocada’, sin clase alguna, está empezando a beber vino, los pubs y la cerveza comienzan a considerarse una forma de distinguirse del vulgo”. Y, añado yo, así se están cargando la paz espiritual de los que bebemos la cerveza porque nos gusta, sin tener que recordar si las preferimos de fermentación al bies o  si preferimos el lúpulo de la Conchinchina. Algunos solo queremos una cerveza, una cerveza normal, rica y fría, o casi helada.

El caso es que terminados estos cuentos de Amis recuerdo (si, aunque os parezca increíble aún recuerdo cosas, algunas, más bien pocas), recuerdo que me había quedado sin nada para leer, algo que, en principio, me haría visitar algunas de mis dos librerías de referencia pronto, si no fuera porque ahora paso las mañanas de los sábados con mi sobrina Alicia y aunque nuestro plan habitual incluye ir a comprar plantas de colores para plantarlas en mi casa, condenándolas a una muerte anunciada, a veces consigo variar nuestra rutina de carceleros de plantas variadas y llevarla a algún otro sitio; digamos por ejemplo a la casa del libro (a la de la calle Fuencarral, que es la más nueva de las nuevas. Tan nueva para mi que la verdad es que sigue siendo Rodilla, La casa del libro de Rodilla).

Pues sí, un sábado conseguí llevarla (o que me llevara ella; eso nunca queda claro) hasta la casa del libro y tras media hora viendo todos los libros infantiles para elegir el que más “cositas de mover” tenía me permitió distraerme cinco milisegundos para escoger yo, y eso de camino hacia la caja.

Tras aprovechar al máximo el tiempo disponible para esta tarea agarre un libro de bolsillo de un autor que me sonaba había leído en la esperanza de que no fuera este que cogía el que libro que ya había leído y que mi difuso recuerdo del autor fuera porque me había gustado. Así fue como me hice con Otro tiempo, otra vida, que resultó ser la segunda parte de una trilogía pero que, afortunadamente o por ir con Alicia, resulto que el libro que me había leído era la primera parte de la trilogía. Así que todo estaba bien, de hecho estoy pensando en que en lugar de pedirle a Alicia unos milisegundos para escoger un libro yo, dejarle que lo escoja ella directamente y con la buena fortuna de los niños seguro que o coge la tercera parte de esta trilogía o coge uno tan bueno o mejor que el que yo podría escoger, incluso contando con todo el tiempo del mundo. Ciertamente leerme la tercera parte de la trilogía no me molestaría nada ya que los dos primeros me han gustado (creo) bastante.  No geniales pero si buenas, lo suficientemente buena como para copiar una frase: “Hay algunas verdades sobre otras personas que solo podemos encontrar con ayuda de nuestra propia fantasía”.

Lo malo de la novela negra, de las buenas y en general de las novelas buenas es que se leen rápido y claro, si solo te da tiempo a comprar una pues enseguida te quedas otra vez sin lectura. Afortunadamente Zippi por fin iba a presentar su primera novela Una gota de sangre en el Martini, por favor de la que tuve el privilegio de leer el borrador y que me apetecía volver a leer en su versión final. Así que, sin traicionar a mis librerías de referencia, me acerque a la presentación en la librería Cervantes y Compañía para felicitar y acompañar al autor, aunque esto último no era necesario ya que Zippi siempre está bien acompañado y en este evento más. Allí estaba el todo Malasaña.

Algunas personas pensaran que es de mala educación comprar más libros que el presentado cuando se va a una presentación, es posible; pero yo tengo una incapacidad para estar en una librería y comprar un solo libro por mucho que sea una presentación.

(Nota: igual os estáis preguntando porque no está el libro de Zippi entre la lista de leídos esta vez. Por si acaso, os contare la verdad: pues no me lo he vuelto a leer. No porque no me apeteciera, si no porque al poco era el cumpleaños de mi sobrino Rafa y aproveche que no me había dado tiempo a que Zippi me lo dedicara (ya os digo que estaba el todo Malasaña formando cola para la dedicatoria) para regalárselo a mi sobrino, que para algo estudia, o dice que estudia, Filología, y a mí no se me ocurría nada mejor. Así que,  Zippi, si lees esto: ya sabes, guárdame un ejemplar que me he quedado sin)

Afortunadamente, debido a mi taradez, el regalar el libro de Zippi no me dejaba sin lecturas ya que también había comprado Perros de paja. Si, se trata de ese Perros de Paja, el de la película de Peckinpah, que obviamente yo desconocía que estaba basada en un libro. Podríamos entrar en el debate de si el libro es mejor que la peli, si eso siempre es así o no, pero, si eso ya lo comentamos otro día. En este caso los dos se parecen y a la vez son completamente distintos. El problema que plantean, ese problema tramposo de si los pacifistas lo son cuando les toca a ellos o solo lo son cuanto las cosas conciernen a los demás, es el mismo pero las diferencias en la raíz y la forma del conflicto hacen el caso completamente diferente. Se trata de dos situaciones no equiparables y que pese a ser parecidas no tienen nada que ver. Pero es un buen libro y, por cierto a mí también me parece que es una buena película.

Si antes he dicho que podría dejar a Alicia elegir los libros que me compro, la verdad es que lo he dicho en serio porque mi última compra no ha sido nada acertada. De hecho uno, El reino de la noche, que se supone es una obra de terror y ciencia ficción que “inspiro a grandes autores del género” tuve que dejarlo a medias; otro, Harvard Square, sobre una amistad imposible en Boston entre un árabe y un judío me costó acabarlo y es como si no me lo hubiera leído salvo por el tiempo perdido; otro, Caza al asesino, se deja leer pero desde luego el personaje del asesino está muy lejos de ser un personaje carismático, a años luz de buenos personajes de Goldman, de Trevanian, o de Baldacci, lo que obviamente desilusiona hasta sabiendo que es una novela francesa  (la verdad es que decepcionan más las críticas de la contraportada que demuestra un grado de desconocimiento de la literatura bastante deprimente); y el ultimo Crónicas de la era K-pop es tan malo como seria esperable, como yo esperaba quiero decir y solo lo compre porque pensaba que el san Basilio podía ser nuestro viejo amigo Samba y sentía curiosidad. Ahora espero que no sea Samba ya que si le veo tendré que disimular o directamente mentir. Tampoco se trata de hacer daño por hacer daño.




Así acabo este “compromiso” y espero poder contar con el tiempo y las ganas de aburriros con otro tipo de aventuras en breve, que esto no es un blog de libros aunque con lo poco que escribo de otras cosas podrían llegar a parecerse a uno.