sábado, 18 de junio de 2016

Comentario de textos - Extra - Junio 2016

Disclaimer: bienvenidos a una edición extra de mis lecturas. He tenido que hacer esta edición extra porque me he venido a Piles unos días y aunque mi idea era avanzar en la escritura de un libro técnico que (se supone) estoy preparando la verdad es que básicamente he hecho una precuela de El Quijote y me he dedicado casi exclusivamente a leer. Así que mirando la pila de lecturas que se va amontonando y la certeza de que lo que llevo leído a día 12 dará lugar a un post excesivo me he decidido excepcionalmente a crear esta edición extra. Así además me justifico un poco haber venido cargando con el ordenador con el que debería estar trabajando. Ya solo tengo que encontrar una excusa para haber cargado con todos los libros e informes que me he traído e incluso con la guitarra pero ya pensare algo. Con todo se trata de un post, especialmente largo pero eso solo podía haberlo evitado habiéndome puesto a escribir mi libro, que es lo que tenía que haber hecho. En fin… ahí va el ladrillo.

No siempre se consigue resolver una de esas dudas que inquietan a la humanidad, o por lo menos a gran parte de la humanidad que yo conozco; no siempre se consiguen pruebas irrefutables que permitan elegir un bando en una de esas discusiones recurrentes e inevitables entre lectores y cinéfilos, o más habitualmente entre no lectores y aficionados al cine; no siempre se consigue el ejemplo perfecto para rebatir una afirmación común, tan común como “siempre es mejor el libro que la película”. Está prácticamente aceptado que los libros son siempre mejores que las películas, al fin y al cabo unos son arte serio – literatura – y las otras no son más que mero entretenimiento. Aunque viendo lo que leen algunas personas, las suficientes para elevar, incomprensiblemente,  algunos libros a la lista de los más vendidos y viendo algunas películas que sencillamente resultan tan pedantes e incomprensibles que seguramente rezuman Cultura (con mayúsculas) por todos sus poros, escenas o cortes parece una discusión innecesaria y podría afirmarse fácilmente que en todas partes cuecen habas (Literariamente) o que los ángeles también comen judías (cinematográficamente). Se trata de una generalización absurda y existen ejemplos suficientes para negar tamaña afirmación, baste pensar en algunas adaptaciones de Stephen King que, hasta en opinión del propio autor, son mejores que la novela-cuento en la que se basan; incluso algunas personas poco sensatas pueden pensar en La Princesa Prometida o Blade Runner, grandes películas que parten de grandes (en mi opinión incluso mejores) libros pero sin embargo la idea persiste: el libro es mejor que la película dice la gente, con total tranquilidad aunque no hayamos leído el libro o no hayamos visto la película y si dices lo contrario eres juzgado como poco intelectual.

Pero esto se acabó, amigos, tengo la prueba irrefutable. De hecho la he tenido durante mucho tiempo en la biblioteca de casa pero me había dado pereza ponerme a comprobarlo hasta que sin nada que leer y con la pereza que me acompaña a principios de mes cogí El Padrino de la estantería y me lo leí (hablo, obviamente, de releer, no de leer por primera vez; que uno es un intelectual). Es irrefutable. Aunque dudo que haya alguien que no haya visto la película todos sabemos que hablamos de un clásico del cine, de un referente cultural como pocos, de una obra maestra, casi de una prueba básica de que eres un ser humano (si bien puede no haberte gustado, o eso dicen, en el caso de que seas excesivamente femenino y de hecho en algunos círculos se utiliza como detector de la homosexualidad a eso he oído) y sin embargo el libro, pese a ser un best-seller en su día (no sé si antes o después de la película), no pasaría una criba de los cien, ni de los mil, mejores libros. Si has hecho ambas cosas (ver el libro y leer la película, que cantaría Kiko Veneno) habrás comprobado que pese a la fidelidad de la película al libro esta añade detalles que la mejoran notablemente como los canelones que Clemenza lleva en el coche cuando va a matar al que traiciono al padrino. Esos canelones, que no tienen ninguna importancia, resultan inolvidables (aunque puede que no sean canelones). Muchas escenas siendo prácticamente iguales, tienen algún pequeño detalle en la película que les aporta precisamente esa sutil diferencia que eleva el conjunto de bueno a obra maestra. El casting de los personajes, si bien se desvía de las descripciones del libro (convirtiendo a gordos en flacos y cosas así),  es impecable y recoge mucho mejor la personalidad de los personajes que, en general, acojonan más. El Padrino, siendo un buen libro, es mucho mejor película que libro, siendo el contraejemplo prefecto para la tan manida sentencia cultureta. Se acabó el debate sobre libros y cine. No digo más, que decía aquel.

No es normal, aunque tampoco es inaudito, que lea dos libros seguidos, o prácticamente seguidos, del mismo autor. Ni siquiera cuando vuelvo de NYC y por caprichos de calendarios editoriales uno de mis autores favoritos ha sacado dos libros entre mis visitas suelo leerme los dos seguidos ya que casi todos los autores saturan un poco y conviene espaciar la lectura del mismo autor para poder apreciar más las diferencias con otros, la calidad si es que la tiene (he de reconocer que algo parecido me pasa con los libros de cuentos, que me cuesta mucho sentarme a leer toda una colección de cuentos del mismo autor o del mismo tema así, de corrido. No digamos ya la poesía, que solo se puede leer en pequeñas dosis). Necesito pausas, pero claro si te has tenido que tienes que coger un tren y no llevar nada para leer pues dependes mucho de lo que la tienda de la estación tenga que ofrecerte.

Curiosamente la mañana que me marchaba a Valladolid – por temas laborales – la tienda de la estación de Chamartín tenía el nuevo libro de Rafa en novedades (os recuerdo: Señales de humo se llama y es la precuela de Manual de Literatura para Caníbales, aunque seguro que ya lo tenéis leído o, probablemente, conociéndoos, releído como es preceptivo, y que habéis disfrutado) y aunque me tentó comprarlo solo para que tuvieran que reponer y siguiera bien expuesto, al final me acerque a los libros en inglés, sección que cada vez es mayor y está mejor nutrida de novedades en paperback (o rustica) no tanto para satisfacer el bilingüismo creciente de este país sí no más bien como prueba de una mayor presencia de extranjeros lectores. El caso es que entre esos libros de bolsillo de bajo coste estaba la nueva novela de Kerr, la tercera de la serie sobre el entrenador de futbol detectivesco: False nine. Ya estaba en bolsillo en ingles la tercera cuando yo prácticamente había terminado de leerme la segunda traducida, así que tenía que comprármela ya que era prácticamente la mejor opción que veía. Todo lo dicho para la anterior es aplicable: una novela sencilla, entretenida que demuestra a) el buen hacer del escritor (no en vano el mismo se acaba referenciando al hablar del libro que ha escrito el protagonista – un entrenador de futbol – de forma bastante graciosa: “I should have got myself a ghost. Like Roddy Doyle or Philip Kerr. Kerr’s more expensive I hear. But then he doesn’t look for a credit. The rumour is he’s done quite a famous footballers. Probably because as ghosts go he’s more transparent than most”; vete tú a saber, supongo que el sabrá cuanto ha trabajado de escritor oculto, de ghost), b) porque siempre expresa opiniones con las que coincido pero con mucha más gracia de la que yo aporto, como la del valor de algunos títulos universitarios: “Anyway, university doesn’t mean much nowadays. You can get a degree for staying in bed and watching televisión” y c) porque siempre se aprende algo interesante como que puede que el odio entre los seguidores del Real Madrid Barcelona se remonte a un famoso partido que se jugó en 1943 y que el Barcelona perdió 11-1 y para el que Kerr imagina el final del discurso del entrenador del Barcelona en el descanso, tras haberles dicho lo típico de ganar y tal, en estos términos: “On second thought’s, you’d best let these spaniards beat us, lads, or they’re liable to shoot us, like they shoot Lorca. If they can shoot a poet these fascists can certainly shoot a football team”. Aunque en principio parece más fácil, e incluso aceptable, matar a un poeta que a todo un equipo de futbol he de reconocer que los discursos de medio partido no se le dan bien a Kerr que en otra novela lanza uno que dudo pudiera ser comprendido por casi ningún jugador de futbol (excepción hecha del Valdano ese que al parecer es un intelectual). Aunque no te guste el futbol merece la pena leerla, tengo que regalárselas a Zarandieta para ver qué le parecen a alguien que le guste el futbol que puede ser la prueba de fuego.

Este mes tenía la idea de venirme a Piles unos días, solo, para ver si conseguía avanzar en un libro que (se supone) estoy preparando, para intentar fumar menos, montar en bicicleta o pasear por la orilla como un viejecito, intentar volver a tocar la guitarra y en general despejarme (aunque no sepa, ni se me ocurra, de qué tengo que despejarme).

Era una buena idea que obviamente requería hacer acopio de libros ya que, pese a la multitud de cosas que quería hacer, se perfectamente que iba a ser incapaz de hacer bastantes de ellas y los días en la costa son mucho más largos que los días en el interior (digan lo que digan los relojes y/o la realidad), así que era necesario acercarme por mi librería capitalina de referencia, la Liberia Méndez de la calle Mayor, para hacer acopio de libros o me vería obligado a desviarme en la salida de Madrid para pasar por la librería Fuenfría de Cercedilla – que realmente debería ser mi librería de referencia, la vuestra y la de cualquiera que se precie y tenga cierta movilidad – algo que seguramente retrasaría mi salida de Madrid excesivamente o me obligaría a conducir los cuatrocientos kilómetros hasta Piles después de haber tomado alguna cerveza de más con mi hermano ya que para una vez que paso por allí, pues hay que hacer los honores, y esto último no parecía una buena idea desde el punto de vista de la seguridad vial (ya es discutido por algunas personas malvadas que el hecho de que yo conduzca sea bueno para la seguridad vial, pero eso es solo porque algunas personas son de natural muy, muy malvadas y lo digo refiriéndome a algunos de vosotros. Ya sabéis quienes sois).

Vale, también podía haberme acercado a la feria del libro y haber paseado por el retiro esquivando mimos y espectáculos callejeros varios pero la verdad es que desde hace ya varios años la feria me da demasiada pereza y me satura mucho ver los mismos diez o veinte libros en casi todas las casetas y muy pocas cosas tentadoras debido a las pocas casetas de editoriales “especiales” o especializadas. No sé, igual es cosa mía pero ahora es como ver la misma mesa de El Corte Ingles o de Vips una y otra vez… demasiado aburrido.

En cualquier caso he de reconocer que pese al buen aspecto que tenía Adios en azul, estuve a punto de no cogerla cuando leí que era la primera de una serie de veintiuna novelas con el mismo protagonista. ¿Veintiuna? Así de pronto, parecían muchísimas. No ya solo para escribirlas si no para ponerse a leerlas si de verdad la primera merecía la pena ¿de verdad, veintiuna solo con el mismo protagonista? ¿Sesenta y nueve en total? Vaya pereza o vaya alegría tener por delante (o por detrás realmente) una obra tan extensa como esa. Son cifras que dan un poco de vértigo y por lo tanto de pereza lectora. Error, ha sido una alegría leer esta novela y realmente me apetece leerme otras cuantas (no creo que las sesenta y nueve, ni probablemente las veintiuna pero seguro que la de El Cabo del miedo, que es de este autor, y alguna más serán inevitables) y tengo que apuntarme el nombre (es fácil: MacDonald, pero también es fácil de confundir con otros MacDonald que hay) para buscar un tomo en NYC en versión original. Eso sí, en Septiembre ya que como bien cuenta el autor “Manhattan en Agosto es una repetición de la Gran Plaga de Londres. La mermada muchedumbre arrastra los pies por las calles convertidas en hornos, con las bocas entreabiertas, al borde del sincope. Los que todavía se mantienen con fuerzas se deslizan con la cabeza gacha de un oasis de aire acondicionado al siguiente, pasando el menor tiempo posible expuestos a la muerte negra que cae a plomo en el exterior”. Aunque me permito poner en duda tanto lo de la “mermada” muchedumbre,  que hoy en día es una ficción ya que Manhattan sigue llena en pleno Agosto y lo de la “Gran Plaga de Londres” que creo que no es más que un eufemismo o una traducción (histórica pero suave) de aquel episodio de un Londres apestoso por las alcantarillas y que se llamó: The Great Stink, es decir más bien el gran hedor que la gran plaga y que impulso la renovación del saneamiento de la ciudad (un tema interesante y que creo que ya he mencionado alguna otra vez).

Es normal que uno se sienta más o menos identificado con el protagonista de las novelas, especialmente en el caso de la novela negra, ya que este suele representar al héroe (con mayúsculas) y los principios morales más sólidos que a todos nos gusta pensar que tenemos aunque luego, en lo que viene siendo la vida real no los practiquemos, pero no he podido dejar de sentirme parcialmente identificado frente a descripciones como “Me han dicho que cuanto me veo arrastrado a situaciones violentas puedo parecer alguien salido de algún rincón recóndito del infierno, pero yo nunca me he visto con esa pinta. Mi espejo refleja sistemáticamente la campechana imagen de un joven ingeniero que logra construir el puente sobre el rio superando enormes dificultades, incluida la flecha envenenada que acaba haciendo diana en su heroico hombro”. Parcialmente porque pese a que en algún caso he oído algo similar sobre mi aspecto en situaciones violentas y aún más cuando en España el concepto de campechano e ingeniero son difícilmente unibles (excepción hecha de locutores televisivos que consideran al Rey, o al emérito Rey como campechano) pero sobre todo porque como todos los que me conocéis sabéis yo soy básicamente hierático, en todo tipo de situaciones.

Si, como ya digo, no me siento identificado físicamente con el protagonista resulta inevitable sentirse identificado psicológicamente cuando afirma “…soy un romántico incurable que considera que las relaciones entre un hombre y una mujer no deberían convertirse en un concurso para saber si nos ponemos a la altura de los conejos. Los conejos siempre nos van a ganar”, sobre todo por tan sabia conclusión, en ese tema no se puede competir con los conejos. Una novela excelentemente entretenida, aunque asunte pensar que el fenotipo del malvado sigue igual, o más, vigente que el del bueno. Cosas de los fenotipos, supongo.

Si bien no consigo soportar a algunos autores que mis contemporáneos hípsters adoran ya que me parecen espesos e innecesarios, el colmo de la pedantería y de la vacuidad tengo una relación muy extraña con DeLillo que me gusta pese a que ciertamente ninguno de los que no he citado les llega en complejidad, o en “espesez” y siempre que acabo una novela suya tengo esa sensación de inferioridad que proviene de estar seguro de haberme perdido las partes más interesantes, la profundidad de la reflexión, el recado que diría Rafa para referirse a El Mensaje que dirían otros; pero que siempre, extrañamente acabo leyendo con satisfacción. Pues eso es exactamente lo que me ha pasado con Cero K, que creo que me he perdido, que se me ha escapado, la reflexión que tiene la novela; vamos, que no me enterado de nada. Y pese a ser consciente de que me he perdido todo lo importante, me ha gustado. Seguramente solo por algún truco hipnótico de su escritura que me afecta subliminalmente, que es una forma vacía de decir que no tengo ni idea de porque me ha gustado aunque puede que sea por lo que el propio autor dice: “Es humano querer saber más, y más, y todavía más – le dije -. Pero también es cierto que lo que no sabemos es lo que nos hace humanos. Y el no saber no tiene fin”, como mi incultura enciclopédica o como porque me gusta DeLillo.

Después de una lectura tan densa como la de DeLillo resulta necesario plantearse una lectura ligera y que mejor que una compilación de cuentos de novela negra que pasan en la ciudad de Madrid que es lo que promete Madrid Negro. Claro que también afirma que reúne a algunos de los autores más destacados de la novela negra en castellano y la verdad es que la lectura de la lista – además de la evidente falta del hermano del que esto escribe – no parece cumplir esta expectativa. Obviando la imperdonable ausencia ya mencionada es necesario referirse al aprovechamiento (indudablemente comercial) del título genérico de Ciudad-Barrio-Lo que sea Noir que corresponde a una serie en la que – al menos los que yo he leído – los cuentos si aprovechan características de la ciudad-barrio-lo que sea que quieren reflejar y que en este caso es – salvo alguna excepción honrosa – muy discutible. 

Si bien cada uno de los cuentos parece ubicarse en un barrio de Madrid la verdad es que se trata de una ubicación en muchos casos forzada solo para entrar en el título y estructura planteado como demuestra el hecho de que en una conversación de un policía sobre un juez se refiera al mismo a este como “habrá dejado a medias el almuerzo y la lectura del diario en el club náutico”. ¿En serio? ¿Un policía de Madrid se refiere a un juez de Madrid mentando el Club náutico? ¿Seguro que el cuento pasaba en Madrid inicialmente, que no se ha adaptado para la edición? Vale, me lo creo pero para ello es necesario que se trate del Madrid inundado de todos sabemos que autor que debería estar en esta antología. En cualquier caso ¿que podría esperarse si el editor, compilador, es un argentino que vive y trabaja en Barcelona, es decir alguien que no conoce vive Madrid? En serio, no había un compilador que conociera/viviera un poco más Madrid; si no gato, gato por lo menos gato adoptado o adoptivo.

Pese a esto, Jaboncillos Dos de Mayo, el primero y sin duda el más entretenido, el que salva la antología, presenta una lucha entre los nuevos Hipsters y los antiguos aborígenes, o indígenas más bien, del barrio, junto con Crimenes Cercanos en el que también están presenten las rencillas propias de un barrio concreto (en este caso con el club de golf de El Canal como punto focal) son de los pocos que podríamos clasificar de específicos de Madrid, o al menos de un Madrid urbano y real con algo de gracia. El Lobo, retrata un Madrid tan puntual y casi rural o aislado que se hace difícil considerarlo Madrid pero se trata de un buen cuento que casi parece de esos ingleses macabros por lo que cierra el libro de una forma correcta.

Con todo la parte más divertida la aporta Fernando Marías cuando su propio personaje se da cuenta de que “las primeras palabras que décadas atrás aprendí a escribir sobre el papel reglado de un cuaderno infantil de caligrafía” fueron… ¡Tachan! ¡Tachan, tachan! … Fernando Marías. ¿Cómo te quedas? Las primeras palabras que aprendió a escribir no fueron palabras sencillas tipo “Oso” o “Asa”, como seguramente hicimos todos nosotros. No, las primera palabras que el (supongo que con mayúsculas y acento, o con acento o con mayúsculas) aprendió a escribir fueron las de su nombre, no su nombre completo que incluiría el apellido de su madre, no, tan solo el nombre para la posteridad. Supongo que eso explica muchas cosas, incluso porque su cuento es tan malo y porque en el mismo no hay ningún oso, ni ninguna cosa a lo que agarrarse o con la que agarrar algo.

Reconozco que Mastretta es una debilidad mía, estoy incluso dispuesto a reconocer que solo tiene una, tal vez dos, novelas buenas y poco más que un puñado de cuentos pero solo lo reconoceré ante alguien que haya leído Arráncame la vida. Si no, no tiene sentido hablar ni reconocer nada. Dicho esto he de reconocer que El viento de las horas solo aporta una serie de recuerdos sencillos, muchos de su infancia y otros de mucho más tarde porque aunque no haya actualizado mucho la foto que acompaña al libro hablamos de una persona de más de sesenta años, casi una venerable ancianita que de hecho en estos recuerdos ejerce de ancianita, con sus problemas de memoria, con sus problemas para andar y manejar a sus perros al mismo tiempo. En fin, que ejerce más de abuelita entrañable que de narradora convencional y siempre con ese sonido tan mejicano que suena como de otro planeta, que más que narrar arrulla la historia. No, no hay nada excepcional en este libro y sin embargo desde mi actitud de viejecito que intenta aglutinar sus recuerdos, a veces, algunas cosas, me parecen excepcionales.

Seguro que cuando antes hablaba de Macdonald y de que es un nombre fácil de recordar pero también fácil de confundir alguno pensaba que mi memoria está fatal (cosa que es cierta por lo que no hay de que avergonzarse) pero lo decía con razón ya que El Coche fúnebre a rayas es de otro Macdonald que es también un clásico de la novela negra y dudo mucho que sea el único, así que ya veis: confundir a los dos, tres, o más, puede ser más fácil de los que imaginabais y le puede pasar a cualquiera, no solo a alguien con daño cerebral certificado. Supongo que se puede decir que esta es una novela negra canónica, ya que tiene todo lo que exige el canon de la novela negra: un detective cínico, mujeres más o menos fatales, una trama compleja con varios giros, asesinatos, intrigas y más o menos acaba muriendo hasta el apuntador. Que lo tiene todo y todo en su sitio, como si de una mujer fatal se tratara.

De mis compras para venirme a Piles, que me habían parecido generosas para diez días, ya solo me quedaba un libro por leer y la verdad es que solo llevaba aquí unos pocos días pero es lo que tiene si dedicas tu tiempo a leer y obvias el resto de las cosas que te habías planteado hacer: El libro al que quería darle un empujón y que me había servido de excusa para este viaje, además de obligarme a cargar con varios kilos de libros e informes en el equipaje, seguía todavía sin el menor impulso salvo el de colocar todos los informes, lápices y otro material de escritura sobre la mesa del comedor (algo básico: la mise en place); lo de volver a aprender a tocar la guitarra, que por supuesto también había traído en mi equipaje, prácticamente había sido desechado ante la pereza de volver a tener que crearme callos en los dedos. De hecho salvo pasear por la orilla del mar y sentarme vora al mar como una viña verde (que cantaba aquel), ir en bicicleta hasta el supermercado, descansar y leer, el resto de las cosas que me habían traído hasta la playa estaban por hacer, la rutina necesaria estaba por establecerse (y aun lo está) en gran parte por esa pereza que produce la playa y en gran parte por haber sido devorado por mosquitos tigre  que habían tomado la casa en nuestra ausencia y al parecer, según la opinión experta del exterminador al ver el estado de mis piernas, en forma de plaga.

Con un solo libro por leer, de los que había traído, y con los escasos que pudiera salvar para releer de los existentes por aquí, empezaba a tener un problema logístico y podía o ponerme a trabajar y dejar de leer tanto o bien rezar para que el libro que me quedada: Los monstruos que ríen fuera malo, ya que un libro malo siempre dura más que un libro bueno. Obviamente opte por los rezos ya que entre otras cosas el picor de las piernas no me dejaba concentrarme para ponerme a realiza tareas útiles, o más bien la verdad es que me apetecía entre poco y nada y por otra parte parecía necesario ya que el libro no tenía mala pinta: parecía tratarse de una de espías y aventureros en el África actual que por supuesto venia acompañada de muchos elogios en la solapilla. Puesto que había rezado para que el libro fuera malo me vi en la obligación de empezarlo por aquello de comprobar si las plegarias surtían efecto y he de decir que si, parece que las plegarias surtieron efecto: es un libro cuando menos flojillo, que puede que refleje bien un África que para mí es totalmente desconocida pero que me ha parecido un poco prototípica, sin ningún interés especial salvo el de describir la limpieza de un hotel en África cuyo “… vestíbulo olía a limpio, o bien a veneno, dependiendo de qué opinión tuvieras sobre ciertas sustancias químicas…” y en el que “La habitación era pequeña y tenía ese mismo aroma que decía: hemos matado todo lo que te pueda dar miedo” y que tras una limpieza de la terraza, especialmente de las zonas en las que crecían los mosquitos tigre me sirvió para mandar un mensaje tranquilizador sobre el estado de la misma en el que comunicaba que había dejado la terraza con un “alegre olor a lejía que dice he matado todo lo que puede morir”

Si bien mis plegarias fueron atendidas y el libro me duro un poco más de lo esperable, con el sentido del humor característico de los dioses (o del único dios para los monoteístas) me acabe el libro después del último baño de la tarde lo que obviamente me dejaba en una posición cuando menos discutible sin nada que leer para esa noche y sin posibilidades de adquirir nada hasta el día siguiente. En cualquier caso gracias a mi escasa, nula, memoria me pude enfrentar a los libros que había por aquí y pese a estar seguro de que ya los había leído todos (salvo por supuesto The decline and fall of the Roman Empire y algunos títulos similares) me sentía capacitado para releer Dos historias romanas de Carlos Pujol. Para mi Pujol está en una lista de descubrimientos que me hizo Rafa en su día, entre muchos otros, y que incluía a autores excepcionales pero extrañamente poco conocidos (vale, o poco conocidos por mí en aquel momento) como Piglia, Monterrosso, Soriano y algún otro a los que les he cogido un cariño especial y que sin motivo considero unidos. Como queda claro por el título más que una novela son dos cuentos largos que suceden en Roma en distintas épocas por lo que no tienen prácticamente ninguna relación entre ellos (salvo la de compartir geografía). El primero de ellos tiene por protagonista a un exiliado español en Roma al que en alguien acusa de actividades sospechosas por no hacer lo que hacen los españoles en Roma y por no juntarse con ellos algo de lo que se defiende de forma impecable: “si necesitara la compañía de compatriotas, lo más fácil era no salir de mi país” y que más adelante se permite el afirmar una verdad ineludible como “la soledad nos obliga a ser nosotros mismos” o partiendo de la misma observación: “A veces pienso que dentro de un hombre hay muchos hombres, y que apenas se conocen entre sí. Lo que somos, lo que soñamos ser y lo que un día descubrimos en nosotros como una verdad oculta e insospechable que es una revelación sorprendente. Convivir con todos esos individuos no es nada fácil”.

El segundo de los cuentos pasa justo antes del inicio de la segunda guerra mundial lo que le permite a Carlos Pujol describir a Il Duce, al que alguien quiere comunicarle un problema tan grave como que su tía (creo) ya no tiene teléfono, con una sola frase demoledora a la vez que explica los problema de tener teléfono en casa (o actualizado: de tener móvil): “no molestes a ese señor, que estará muy ocupado ensayando poses titánicas. Si supieras lo tranquila que se vive sin teléfono. Era como tener la puerta de la casa abierta día y noche, en cualquier momento se te podía colar un desconocido”.

Es verdaderamente brillante y no me extraña que Rafa sintiera una especial devoción (o cariño) `por él, que probablemente era (o es) mutuo ya que como marcador del libro hay una carta de la editorial en la que se indica que le mandan el libro a Rafa por petición expresa del autor, que aunque mandara muchas siempre es algo que hace ilusión (digo).

Total que ya estábamos otra vez en el punto de partida: sin nada que leer y en un pueblo sin librería ni puesto de periódicos o best-sellers (que solo abre en lo que aquí es estrictamente la temporada) pero por lo menos era un día laborable y Gandía no está lejos. Además según mi móvil en Gandía hay dos librerías  (Ambra y Cervantes) y yo tenía el depósito lleno y gafas de sol (aunque no era de noche, ni estaba reuniendo a la banda, si puede decirse que estaba en una misión de Dios).

La librería Cervantes, que me pareció a priori la más tentadora por el nombre, resulto ser poco más que un kiosco de prensa, algo que me deprimió lo bastante como para dejar de buscar la otra librería y decidir acercarme a Carrefour ya que tenía que comprar un regalo para un cumpleaños, algo de comida y además sabía que por lo menos tenían algún bestseller. Mejor asegurar que arriesgarme a otra decepción.

No esperaba nada excepcional, lo típico de cualquier caseta de la feria del libro o incluso un poco menos así que me lleve una gran sorpresa cuando me encontré Armada, la segunda novela del autor de Ready Player One que había leído hace poco y me había parecido más que correcta. Es verdad que mi alegría se vio un poco empañada por la banda que la acompañaba y en la que se anunciaba que Spielberg pensaba hacer una versión de la primera novela, algo que siempre resulta, cuando menos, inquietante. Mi primera sospecha es que había aprovechado este tirón comercial para sacar un borrador de novela que tenía metido en un cajón antes de que le publicaran y triunfara con la primera si bien deseche esta idea al comprobar las fechas de publicación de ambas. Si bien yo acababa de leer, hacía poco, la primera el caso es que esta llevaba publicada casi cinco años por lo que la teoría de aprovechar el tirón comercial con cualquier borrador del cajón parecía menos probable. Cinco años son tiempo más que suficiente para escribir una novela nueva, incluso una buena novela nueva (vale, ya sé que alguno tomara nota de esto y me lo echara en cara cuando dentro de n años yo siga intentando darle un empujón a mi libro; e incluso algunos mucho antes cuando no complete mis deberes de historietas para mi blog). En cualquier caso la cogí con ganas y la verdad es que empieza entretenida pero poco a poco va perdiendo fuelle, pareciéndose demasiado a una mezcla de la primera y de El juego de Ender pero con toques de Spielberg (si así de poderosa es la psicología) o incluso de la factoría Disney. Se deja leer pero está muy lejos de la primera, pese a explotar un tema parecido o tal vez precisamente por eso y digo esto pese a que el padre del protagonista trabaje en algún momento en una planta de aguas residuales que es algo que siempre suma puntos (si bien una planta extraña ya que pese a vivir en un pueblecito pequeño la planta acaba explotando como si se tratara de una planta de una gran población. Pero vamos esta “extrañeza” solo es rara para mí y no molesta en la novela)

Definitivamente voy a dejar de leer novela negra escrita por autores franceses, puede que sea solo mala suerte o una serie de elecciones equivocadas pero cada vez que cojo una novela de un autor (o autora) francés (o francesa) que se supone es el nuevo descubrimiento de la novela negra francesa me decepciona sobremanera. También puede ser que genéticamente tenga codificado un odio o repulsión hacia lo francés (excluyendo obviamente sus quesos, el pate, el vino y el sorbete de mandarina con calvados entre muchas otras cosas) pero… A ver, no es que La Brigada de Anne Capestan sea mala, mala. La verdad es que la propia brigada, los personajes que la conforman tienen su gracia, e incluso la reflexión que puede haber implícita en que incluso el más lerdo de los lerdos, o el más peculiar de los peculiares, puede aportar algo en un trabajo me parece valida pero no consigue hacer reír como debería teniendo en cuenta la cantidad de personajes esperpénticos que contiene. Este conjunto de personajes en manos de, digamos Mendoza, habría dado lugar a una gran novela, muchísimo más divertida o por lo menos para mí, que he de reconocer que el humor francés se me escapa completamente. Una lástima, ya digo.

Enfrentado otra vez a la librería de Piles – no quería arriesgarme a ir en sábado a Gandía, por si la otra librería estaba cerrada que aquí nunca se sabe – me estaba quedando sin opciones de (re)lectura cuando me di cuenta de que había una copia de Esa oscura gente y de que probablemente hacia veinticinco años que no la leía (ya que se editó en 1990). Igual era el momento de hacer una relectura aun a riesgo de desencuadernar un poco la edición (que está realizada en papel verjurado con mucho cuidado pero no prevista para leer en la playa). Si, definitivamente era un buen momento para releerla, para volver a leer un sentido del humor que entiendo (no como el francés). No entrare en mucho detalle puesto que es una de esas novelas que o la habéis leído o posiblemente ya no podréis adquirir en ningún sitio (la editorial quebró –posiblemente por darle la razón al autor y demostrar que el negocio editorial no es tan limpio como parece – y casi toda la edición acabo en un depósito de confiscaciones hasta que misteriosamente al cabo de unos años apareció en forma de saldos en casi todos los Vips oportunidad que aprovechamos algunos para hacer acopio de ejemplares en espera de que se inventara e-bay y la novela se convirtiera en el clásico que merece ser) y tampoco se trata de daros envidia diciéndoos que ha aguantado muy bien el paso de los años y que a mí me sigue pareciendo una obra maestra. Incluso más divertida ahora tras haber leído otras teorías literarias de Rafa en otras novelas y manuales (aunque he de reconocer que sigo echando de menos algunas cosas que nunca llegaron a la novela final y se quedaron en el borrador y que me resultaban muy graciosas como las apariciones de Juanma el Terrible que por cierto acabo abriendo un bar de cañas en la calle de la Pasa y diciendo aquello de “el que no pasa por la pasa no se casa”. Ni idea de si sigue allí pero igual me acerco a comprobarlo). En cualquier caso: No digo más.

Aun me quedan tres días en Piles pero creo que definitivamente no leeré mas y me pondré a trabajar que ya va siendo hora, o más bien hora de ir a dar un paseo por la playa para llegar a tiempo al aperitivo.

Nota final: para los poco observadores he cambiado la lista de lecturas al final, por aquello de crear tensión dramática y que no sepáis a priori que es lo que he leído cada mes. Astuto que es uno, ¿a qué si?

El Padrino – Mario Puzo
False nine– Philip Kerr
Adiós en azul – John MacDonald
Cero K – Don DeLillo
Madrid Negro – Varios Autores.
El viento de las horas – Angeles Mastretta
El coche fúnebre a rayas – Ross MacDonald
Los monstruos que ríen – Denis Johnson
Dos historias romanas – Carlos Pujol
Armada – Ernest Cline
La Brigada de Anne Capestan – Sophie Hénaff

Esa oscura gente – Rafael Reig

sábado, 28 de mayo de 2016

Comentario de textos - Mayo 2016


Señales de Humo – Rafael Reig
El impresor de Venecia -  Javier Azpeitia
La Cata – Roald Dahl
Avenue of Mysteries – John Irving
¿Has tenido familia alguna vez? – Bill Clegg
Los impunes – Richard Price
Relatos tempranos – Truman Capote
La mano de Dios – Philip Kerr


Si el mes pasado llegaba tarde, tarde, a esta cita con mis comentarios este mes me Adelanto y empiezo a escribir esto en una mañana de sábado cuando todavía no ha acabado mayo, como además ayer empezó la Feria del Libro y todavía quedan tres días de mayo existe la posibilidad de que todavía debiera añadir algún libro a esta lista del mes. En cualquier caso como dudo que visite la Feria en fin de semana (nunca se sabe), como ya hay bastantes en mi lista y como además en ella están un par de ellos de autores conocidos (conocidos por mi, personalmente quiero decir) he decidido escribir antes de tiempo y quien sabe igual a alguien le sirve para decidirse por comprar alguno de estos libros en la feria.

Aunque, creo que innecesario decir cuál es el que creo que deberíais de compraros – no debería haber duda al respecto – cambiare mi habitual orden cronológico para mencionar que una compra obligatoria, sin el “casi” que suele ponerse, debería ser: Señales de Humo. Si alguno tenéis un hermano mayor sabéis que precisamente – pese a la creencia popular – este sería un motivo para no hablar bien de él, ya que a) las relaciones con alguien con quien has compartido habitación obligatoriamente desde pequeño no son las mejores referencias para llevarse bien y mucho menos para hablar bien de él; b) si te ha tocado vestirte con las ropas heredadas, de segunda mano vamos, o jugar con los juguetes que el ya había roto o manipulado (razón por la que supongo mi juego favorito de pequeño era el QuimiCefa ya que la escasa afición de mi hermano por la ciencia practica – no así por la teórica que siempre le ha gustado, pese a no estar claro que su entendimiento de la misma sea correcto en algunos casos – me permitía tener un juego de primera mano) tampoco ayudan a apoyarlo y c) (citando al propio autor, con recelos por los motivos anteriores) está muy bien saber, e incluso reconocer, que algunas personas son geniales, que tienen más cultura que tú, que escriben mucho mejor y que, así en general, puede que incluso sean más inteligentes. Todo eso está muy bien pero sería mucho mejor si fuera una persona desconocida, a ser posible de un lugar lejano, y no alguien a quien conoces. No, que sea alguien a quien conoces mola poco, que se a tu hermano no mola nada: mucho mejor si fuera alguien de la sierra de Cazorla o de Babia. Pero en fin, esto es lo que hay… el único consuelo es que gracias a la dedicatoria tengo una prueba de que al menos en cuanto a códigos se refiere claramente le supero.

En cualquier caso se trata de un libro brillante, con partes que son más que excelentes que justifican totalmente la compra del mismo – incluso justifican la compra de dos ejemplares: uno en una tienda que puntué para las listas de éxitos de la prensa y otro en la Librería Fuenfría de Cercedilla para llevárselo dedicado y también para apoyar económicamente al autor de cara a nuevas novelas, aunque con partes que se hacen un poquito más espesas. Supongo que esto último, lo de que haya partes “mas espesas” puede hacer dudar a alguno pero si pensáis en el libro como en un disco – algo de lo que me costó mucho convencer a mis padres cuando era pequeño para conseguir que me subvencionaran la compra de discos de forma parecida a como subvencionaban la compra de libros – es evidente que hay discos excelentes aunque todas sus canciones no lo sean, de hecho yo tengo muchos discos (creo que todo el mundo debería tenerlos ya que algunos son obligatorios) que solo tienen una canción excelente, una canción justifica todo el disco, incluso a veces toda la carrera musical de un artista (conste que este no es el caso del libro, ni del autor, que, puedo decir, que tiene mucho más que una canción).

Imagino que puede leerse como un libro de texto, de crítica o teoría literario que es en la zona en la que absurdamente, seguramente por alguna rencilla personal, los de La Casa del Libro han decidido clasificarlo como tal y relegarlo al sótano en lugar de ponerlo en exhibición con las novedades pero yo me lo he leído como una novela (como leo casi todo, salvo la poesía) que creo que es lo que es. 

Vale que es una novela con un tema, la narración, que al fin y al cabo no es más que “Por eso la narración es el depósito de lo que sabemos o creemos sobre nosotros mismos y sobre cómo debemos vivir nuestra vida” e incluso tal vez con una tesis: “No hay que ser uno mismo, gente del provenir, por mucho que lo repitan los poetas y las compañías telefónicas: hay que ser otro, todos los demás”, es decir algo más que la solidaridad: la compresión del otro, la identificación con él, el conocimiento de que formar parte de algo mayor que uno mismo y en consecuencia como se ha adaptado la forma de contar historias, lamentablemente, en el sentido contrario hasta llevarnos a esa individualidad/insolidaridad que es la señal de identificación de estos tiempos (incluso entre las personas solidarias, que lo son, en muchos casos, precisamente por no identificarse con los que son solidarios, si no por sentirse/saberse diferentes).

Se trata asimismo de un libro sumamente culto en el que se nos recuerdan (mejor, se nos enseñan) curiosidades como que (ya sabéis quienes) “se limitaron a llamar waterboarding a lo que en la edad media se conocía como tormento de toca y agua, inventado por la Inquisición, ya que tenía prohibido derramar sangre o mutilar” probando que ni siquiera en las cosas malas hemos avanzado tanto como pensamos o incluso probando que siempre, en cualquier área del conocimiento, hay que conocer a los clásicos; incluso nos recuerda ciertos desatinos que han llevado hasta nuestros días con fuerzas renovadas como “hasta comer sin sal, que, como todo el mundo sabía, era cosa que solo hacia el Maligno, pues cuantos participaron en algún aquelarre confesaron (bajo tortura en general) que en los banquetes del Diablo ningún alimento llevaba sal, lo que les hizo incomodo tragarse aquellos manjares”, desatino aconsejado actualmente por gran parte de la profesión médica incluyendo a mis médicos. No puedo evitar señalar que si bien creo que todo lo recogido en el libro puede ser cierto tengo mis dudas sobre algún detalle concreto como ese de que Cervantes “En 1580, tras cinco años y un mes cautivo, desembarco cerca de Denia, en la playa de Piles” ya que la ubicación concreta me parece una pequeña licencia poética o, más probablemente, un guiño a la propia historia familiar.

Con todo, incluso con el prisma deformante del odio de un hermano pequeño, un gran libro cuya mayor pega – que seguramente se hará famosa, en algunos círculos – es la errata en un verso de Vallejo que proporciona al verso un giro casi surrealista (vinculándolo de forma extravagante con el mundo de la moda) que pese a todo resulta comprensible e incluso divertida.

El cuento La cata, lo compre para regalárselo a mi amigo Muñoz que ahora anda metido en medio de un divorcio y viviendo en un apartamento provisional en el que obviamente solo tiene algunos libros de esos de aeropuerto o estación sobre gestión empresarial y cosas igualmente absurdas. No es que crea que antes de su divorcio tuviera algún libro decente  en su casa y sé que no es lo que llamaríamos un lector por lo que realmente regalarle un libro es algo que no tiene demasiado sentido salvo el de regalarle a alguien algo que nunca se compraría el mismo. Dahl es un autor que yo siempre recomiendo para aprender a leer en inglés, me parece fácil de leer y sus historias siempre son entretenidas con ese puntito británico de mala leche y aunque este estuviera traducido estaba ilustrado lo que obviamente siempre le da un puntito para aquellas personas no excesivamente lectoras y precisamente este libro va (bueno, no es exactamente que vaya de eso) sobre una de las pocas aficiones confesables de Muñoz: el vino, la cata de vinos y eso de distinguir un vino de otro. No hace falta decir que el cuento, como casi todos los de Roald Dahl, es entretenido y aunque ya lo hayas leído siempre se disfruta de la relectura por lo que antes de regalárselo me regale una relectura del mismo y no sé si es por eso, o solamente porque mi memoria anda cada dia peor, por lo que el otro día que estuve con él se me olvido regalárselo pero en breve espero acordarme y que su casa, aunque provisional, tenga un buen libro (o al menos un buen cuento).

Azpeitia es amigo de mi hermano Rafa y por lo tanto más o menos amigo y conocido de toda la familia, siendo además uno de esos amigos que a mi hermano le molesta un poco  – a la vez que le agrada mucho – que sean buenos escritores de su misma generación y que como él dice ya podrían haber nacido más lejos y no ser uno de tus amigos para poder o envidiarles u odiarles tranquilamente sin los problemas de la amistad. Dado lo rápido que cambian las novedades en las librerías , casi más que la ropa en un Zara o en un Primark, es posible que si no hubiera sido por Rafa la edición de este libro, El mercader de Venecia, se me hubiera pasado entre mis visitas a mis librerías de referencia y hubiera sido una pena ya que todo lo (poco) que he leído de Xavi (si, en la familia le llamamos Xavi) me ha gustado (si recomendara libros, recomendaría, sin lugar a dudas, la lectura de Ariadna en Naxos). Si bien suelo decir que me gusta más como poeta que como narrador esto es solo porque tengo un incunable suyo (un borrador único, o casi único, de Miedo a perder la memoria) que no está entre mis  posesiones mas preciadas y sobre la base del que a veces estoy a punto de que Azpeitia es el mejor poeta actual hasta que obviamente me acuerdo de Nogales,  al que por mucha amista que haya hay que llamar Don Pablo Nogales, que sin lugar a dudas y pese a ser poco practicante se ha ganado el derecho indiscutido a ese titulo.

En cualquier caso se trata de un libro muy bueno al que tal vez le pasa algo parecido a lo que le pasa al manual de Rafa y es que a ratos resulta demasiado culto lo que si bien no lo hace difícil de leer sí que te crea un cierto sentimiento de incultura y de estar perdiéndote referencias y conocimientos esenciales (como con esa imprecación de “por Hecate” que esta por todas partes casi como una celebración de amigos borrachos o la posible broma/parecido con la editorial Ancora y Delfín en la que estoy seguro que hay mucho más de lo que yo he sabido captar). No solo está muy bien escrito y refleja un amor impresionante por los libros, aquí más centrado en el oficio necesario para la edición del libro (el impresor) que en la literatura en si como en el caso de Rafa si no que ofrece visiones alternativas de imágenes y cosas que merecen la pena: “¿Has visto como pintan a la Virgen, pisando una víbora? No es que se esté peleando con ella, eso son engaños para cristianos: la víbora es parte de ella y la pisa para que no ataque. Si la suelta estas perdido”; reflexiones que no dejan de ser de actualidad: “Sera un infierno y será horroroso y lo que tú quieras, pero cuando te pones a hacer cuentas, al final de las crisis siempre se gana más que en las bonanzas, aunque sea vendiendo la cuarta parte. Ya lo dice el refrán: Vaca flaca engorda al amo” que a su vez se basan en ciertas premisas de la desigualdad inherente a las relaciones laborales en las que se los poderosos pueden afirmar que “el jornal es el dinero mejor invertido, te da esclavos convencidos de que son libres”.


Un gran principio de mes, con estos dos libros excelentes por derecho propio y no por ser de familiares y conocidos pese a lo que pueda parecer que merecían ser seguidos por uno de mis (y de una supermodelo de los ochenta, de nombre Claudia) clásicos personales: John Irving y su Avenue of mysteries. Si, así en Ingles, ya que pese a que ya estaba la traducción disponible y esperándome en mi librería de referencia, ya sabéis la Librería Méndez de la calle mayor, y seguramente habría llegado también a la librería Fuenfría de Cercedilla, decidí pedirlo a Amazon para poder leerlo en inglés ya que nunca es lo mismo y en algunos autores la versión original es, si es posible, necesaria. De Irving lo he leído todo, incluso un libro que el mismo se permite referenciar en este diciendo que es un libro que no ha leído casi nadie (probablemente Claudia no lo haya hecho) y todos (salvo uno), incluso ese que no le ha gustado a ninguno de mis conocidos, me han gustado. Por eso me extraña tanto que esta vez no haya sido ni tan siquiera capaz de acabar esta novela, que he dejado cuando llevaba tres cuartas partes, y me temo lo peor que no sea culpa suya si no culpa mía, que haya cambiado últimamente más de lo que había imaginado que había cambiado. Igual simplemente no era el momento para este libro y para mí pero me duele no haber sido capaz de acabarlo.

Pese a no haber podido terminarlo, Irving siempre tiene reflexiones que comparto como la que hace sobre la reescritura de la vida, ya sea en modo de biografía o de simple historia, ya que toda biografía y en cierta medida casi cualquier historia – Rafa dixit, creo – es en gran medida póstuma, como también lo son los recuerdos o los sueños: “The way you remember or dream about your loves ones – the ones who are gone – you can’t stop their endings from jumping ahead of the resto of their stories. You don’t get to choose the chronology of what you dream, or the order of events in which you remember someone. In your mind – in your dreams, in your memories – sometimes the story begins with the epilogue.”

¿Qué haríamos si toda nuestra familia muriera y nos quedáramos completamente solos?¿Cómo reaccionaríamos ante ese puñetazo de dolor Está son las preguntas con las que la contraportada presenta el libro ¿Has tenido familia alguna vez? Y por razones obvias que no vienen al caso de momento y que tampoco hay que repetir ya que mis pocos lectores ya sabéis a que me refiero pues me tentaron a comprarlo. Leído el libro y comparando este con la contraportada solo puedo darle una vez más la razón a mi hermano cuando explica lo extraño que resulta que la gente compra sus libros precisamente por lo único que él no ha escrito: la contraportada, que habitualmente escribe la editorial más con un interés comercial que con uno de reflejar la realidad del libro al que acompaña. Cuando esto ocurre, como es este caso, todo el libro sea bueno o malo se ve desvirtuado (al menos para mí) y uno se queda con un mal sabor de boca que ni siquiera la coincidencia con ciertos planteamientos pueden paliar: “En general, he hecho las paces con mis errores, pero a menudo me tropiezo con un recuerdo y me tumba”.

Estoy seguro, es inevitable y en gran medida coincido, que eso de comprar algunos libros en el idioma original es una pedantería, incluso una pedantería innecesaria pero precisamente en este libro (y en otros) además de la falta de coincidencia entre la contraportada y el contenido se detectan algunos problemas de traducción que parecen indicar que posiblemente el original tiene otro sonido, otro ritmo (otro tropo que diría un poema de Vallejo sin errata) que lo mejoran ya que leer algo como  “… con los familiares sonidos del chicle de la Madonna de los ochenta…” ciertamente hace daños a mis odios y si traducimos (probablemente) “Bubblegum music” por chicle cuando menos nos perdemos cuando no nos enfadamos directamente.

Esto de la traducción es aún más importante cuando precisamente una de las características del autor es su uso del lenguaje, del lenguaje de la calle, su uso precisamente la seña de identidad, es lo que da credibilidad a la novela. En estos casos esto tiene que estar mucho más cuidado, por lo que leer algo como “Un cenicero en el que se acumulaban los restos de cinco filtros de Kool y la capa de un puro vaciado de picadura de la que aun colgaban unas cuantas hebras de sativa” entiendo que para describir un cenicero en el que había colillas y los restos de un porro en una novela de un escritor que se supone refleja el lenguaje callejero es cuando menos preocupante. Esto es exactamente lo que pasa en Los impunes, que es una novela correcta aunque nada deslumbrante en el planteamiento pero que se supone escrita por uno de los guionistas más cotizados por su verbo callejero en estados unidos. Me cuesta creerme que la frase suene ni medio parecida en inglés, que tenga las mismas implicaciones, el mismo “trapo”… aunque todo es posible y puede que no sea problema del traductor. Nunca se sabe pero las otras novelas que he leído de Price sin traducir si tienen ese sonido callejero y esa credibilidad en el lenguajes, o mejor dicho en la adaptación del lenguaje a los personajes.

No tengo muy claro que me llevo a seleccionar Cuentos tempranos de Capote entre los libros que había. Supongo que fue simplemente su estatus de autor clásico, casi de lectura obligatoria, ya que creo recordar que otros cuentos que había leído de el no me habían gustado especialmente (excepción hecha del obvio) si bien si me gustó muchísimo un libro de entrevistas que leí hace tiempo y en el que en lugar de entrevistar a Marilyn entrevistaba a su asistenta (o criado, que eran otros tiempo). En cualquier caso el calificativo de tempranos me tenía que haber hecho desconfiar, precisamente por su sinceridad ya que esto es lo que son: unos cuentos tempranos, de un principiante que apunta maneras pero que no tienen nada especialmente remarcable. Se leen bien, sin problemas pero creo que solo tienen, si es que tienen alguno, un interés para fans o para estudiosos. Ahora mismo soy incapaz de recordar ninguno que me haya dejado la más mínima huella, lo cual es realmente pobre, y ninguno de ellos me ha hecho tomar una nota de una idea o frase interesante (que por otra parte es la única forma que tengo de conseguir recordar algo entre la lectura y la escritura de estas lecturas).

Hace un par de años tenía dudas sobre si Philip Kerr era de verdad aficionado al futbol o de si sencillamente, después de su serie de éxito sobre un investigador privado en la Alemania nazi, había decidido hacer una especie de tour de forcé y escribir una novela sobre un tema que a priori podría prestarse poco a desarrollar una buena novela: el mundo del futbol. Digo esto no porque crea que el mundo del futbol carezca de los elementos para hacer una novela negra ya que otra cosa no le faltara pero dinero, corruptelas, drogas, mafias, en fin todos los elementos para una novela (o una serie) negra los tiene sí no más bien en el sentido de si puede leerse con placer una novela sobre futbol (no, no me refiero a una novela en la que el futbol sea un añadido, como en la de Rafa, o como los cuentos aquellos de Rafael Verdu), me refiero a una novela negra en la que los personajes sean futbolistas y que realmente sea sobre futbol.

La duda se me quito cuando leí Mercado de invierno, la primera novela de la serie del entrenador investigador privado Scott Manson, que era una novela negra muy maja, pero pensé que se debía precisamente al oficio de Kerr y que era una casualidad. Pero parece que no, ya que La mano de Dios me ha parecido una novela excelente y eso que – como si fuera una novela cultureta – estoy casi seguro de que me he perdido casi todas las referencias de la novela, y seguramente cosas que mucha otra gente hubiera captado sin ningún problema. La verdad es que resulta un poco cabreante confirmar que existe otra cultura de la que yo no tengo ni idea, que existe otro tema en el que soy enciclopédicamente inculto. Es incluso un poco más cabreante perderse las referencias de una cultura – que para mal en mi opinión – es mucho más extendida, más social, más común que la cultura minoritaria, esa cultura con mayúsculas que comparten seguramente la mayor parte de mis contemporáneos pero que a mí me resulta totalmente ajena pero que existe (pero si hasta hay un santo de los jugadores de futbol: San Luigi Scrosoppi se llama el santo y ). En cualquier caso si bien la novela no me ha dado ganas de aprender más de futbol (ni siquiera el conocer a Paul Heaton, un verdadero fan del futbol y un genio de la música, y la posibilidad de comunicarme un poco más con un él lo consiguieron) he de reconocer que es la típica novela muy entretenida como no esperaba menor de Kerr y al menos yo, de momento, seguiré leyendo las de la serie.

Pues nada, acabo aquí mis libres del mes de forma anticipada y curiosamente con tiempo para ver la final de un torneo de fútbol (creo que la Champions) que parece que se juega en breve entre el Real y el Atleti… curioso y con tiempo, pero no lo suficientemente curioso como para verla. Ya me informare mañana (inevitablemente) y ya, si eso, más adelante intento solventar mis lagunas oceánicas de incultura futbolera.


sábado, 14 de mayo de 2016

Comentario de textos - Abril 2016

Los diarios de Adán y Eva – Mark Twain
El arte de tener razón – Arthur Schopenhauer
El loro de Flaubert – Julian Barnes
La mitad de la verdad – Zygmunt Miloszewski


Voy con retraso, voy con retraso casi como aquel conejo de “llego tarde, llego tarde”. No solo para escribir sobre mis lecturas mensuales si no que “llego tarde, llego tarde” para escribir sobre otras cosas que era la intención original, prácticamente incumplida, de este blog (lo de los libros era solo una excusa, copiada de Nick Hornsby todo sea dicho, para intentar coger un poco de ritmo).

“llego tarde, llego tarde” me repito, incluso un poco más desde que ayer Facebook me recordó que hace tres años que empecé este blog. ¿Tres años, tres? (como las hijas de Elena, que también eran tres, y ninguna era buena). Tres años parece una barbaridad de tiempo, sobre todo para haber compartido tan pocas historias, recuerdos o paridas como tengo la sensación de haber compartido.

Ciertamente tengo la sensación de no haber contado prácticamente ninguna historia, casi ningún recuerdo (o del revés ya que si tengo que fiarme de los comentarios recibidos parece que mis recuerdos son más bien historias y no cosas que han sucedido o que no han sucedido como yo las he contado. Todo mentira, todo sucedió casi exactamente como lo he contado) y pocas o ninguna paridas. Además en estos tres años han pasado cosas de las que podría haber hablado: me he mudado de casa, he cumplido cincuenta años, he vuelto a ver a Lourdes en un bar casi de noche, he visto a amigos de la infancia que no veía desde que éramos enanos (o adolescentes), he visto buenos conciertos, me he hecho  director de un par de asociaciones técnicas, he trabajado poco (por aquello de la crisis, la social y la mía personal), me han fascinado algunas chicas y “casi” he llegado a enamorarme de ellas, he dejado de ver a otras personas importantes para mí y prácticamente he firmado un contrato editorial para un libro técnico (no lo he firmado porque aún tengo que escribirlo y la presión nunca es buena para nada salvo para procrastinar). En fin, lo normal en tres años: han pasado cosas y otras que deberían haber pasado, pues no han sucedido o han sucedido y yo las he olvidado o ni siquiera las he recordado: sigo sin tener tocadiscos, mi abuela sigue viva y todavía tengo un cuadro sin colgar en mi casa (bueno, esto último no ha sucedido no porque no lo haya colgado – que lo he colgado dos veces – si no porque el bricolaje y yo, como las manualidades y la pretecnología que hacíamos en el colegido de pequeños, no nos llevamos bien y yo lo cuelgo y él se cae).

Tres años dice Facebook y gracias a los servicios estadísticos de este sitio en el que “alojo” mi blog veo que es verdad y compruebo que mis entradas en conjunto han recibido más de diez mil visitas (incluso descontando las 28 que recibí ayer directamente desde el Facebook por “compartir” el recuerdo), una cifra que se me antoja increíble incluso descontando las mías propias que no deberían estar incluidas pero nunca se sabe.

Más increíble incluso se me antoja que haya escrito cuarenta y nueve entradas (con esta cincuenta) ya que eso quiere decir que hay unas trece que no son mis entradas mensuales sobre libros (eso es más del veinticinco por ciento). Es decir que piense lo que yo piense, tenga la sensación que tenga, parece que una de cada cuatro entradas que he escrito trata sobre algo distinto a los libros que he leído en el mes y teniendo en cuenta que cuando escribo de libros a veces también comparto algún recuerdo o parida pues algo he debido de compartir aunque, si alguien me preguntara que, le diría que no tengo ni idea, que no he compartido prácticamente nada y que “llego tarde, llego tarde” para el objetivo de compartir recuerdos, paridas y otros.

Pero parece que no tanto, que algo aunque yo no lo recuerde sí que he compartido. Tendré que releerme para averiguar qué cosas he contado y confirmar si eran verdad o no; igual van y tienen razón los amigos que me dejan comentarios (aunque lo dudo).

En cualquier hoy toca hablar de libros y lo primero – aunque seguro que los más observadores, viendo los títulos, ya lo habéis notado – es hablar de su procedencia, que no es otra que la librería Fuenfría de Cercedilla, mi librería de referencia a distancia ya que soy un maldito vago que no se acerca por allí y que prefiere seguir aprovechándose de su hermano mayor para el trabajo sucio de acercarme los libros hasta la civilización, incluso a riesgo de dejar en sus manos la selección de los mismos; y espero que la vuestra, vuestra librería de referencia, con visita al librero tarambana que además ahora tiene nuevo libro publicado lo que justifica que os acerquéis (una vez más, espero, aunque si no pues que os acerquéis por primera vez) y os lo llevéis dedicado con un cariño proporcional al número de cañas o vinos que toméis con el autor (que por cierto os puede firmar libros de otros autores sin ningún tipo de pudor y con una calidad de falsificación envidiable como prueban los numerosos libros firmados – hasta por Dickens – de la biblioteca de mis padres).


Supongo que un poco excesivo considerar Los diarios de Adán y Eva como un libro, mucho mas como dos libros separados por mucho que estén escritos con trece años de separación, ya que no pasan de ser dos divertimentos del autor, obviamente innecesario explicar que en forma de diario de los mismísimos Adán y Eva, fundamentalmente de sus primeros días juntos. Machista, misógino, políticamente incorrecto son adjetivos que, con mayor o menor acierto se pueden aplicar a ambos textos sobre todo si uno se dedica a la lectura literal o textual (en el sentido de sin contexto) ya que además de decir frases que pueden ser clasificadas de auténticas barbaridades deja entender cosas que incluso son más barbaridad en el sentido de ser todavía más estereotipo pero… la verdad es que, como todas las exageraciones de los estereotipos y pensando, muy generosamente, que la forma de pensar que reflejan estos sin cosa de otros tiempos resulta divertido, incluso a ratos bastante divertido. Inevitablemente, como una caída aparatosa de un desconocido o desconocida en la calle, divertido pero no apto para todos los públicos (feministas reivindicativas y literales deberían abstenerse de su lectura, en mi opinión).

Después de un divertimento me sentía capacitado, al menos todo lo capacitado que iba a estar, para enfrentarme a El arte de tener razón, para enfrentarme al mismísimo Schopenhauer y a un texto de filosofía, aunque fuera solo a un opúsculo. La primera sorpresa de su lectura proviene de cuando se intenta explicar el título del libro, argumentando la diferencia entre tener la razón y llevar la razón para decir que el libro trata de estrategias para llevar la razón, que no para tenerla que obviamente no es el objetivo de la dialéctica erística (que al parecer es el título original del dichoso opúsculo). Todo muy bien explicado pero… ¿no debería tener, por lo tanto, otro título el libro? No sé, igual me he perdido algo o realmente es que a mí la filosofía me confunde sobremanera. En cualquier caso y por no faltar a la verdad reconoceré que solo me he leído la parte central del libro – la escrita por el mero Schopenhauer – las estratagemas para tener razón, y que he obviado todo el análisis final del editor (casi la mitad del libro).

Las estratagemas si bien son divertidas, a la par que conocidas en su mayoría, y pueden observarse en directo en casi cualquier conversación o debate de actualidad algunos detalles quedan obviamente invalidados por el cambio de lenguaje y de su significado, como: “si el adversario ha propuesto un cambio cualquiera, denomínalo innovación, pues esta palabra es odiosa” siendo desde hace algún tiempo la palabra innovación una de esas palabras mágicas que se convierten en un lugar común para decir chorradas como la sinergia en los años ochenta o la economía circular en los próximos años.
Por otra parte hay cosas con las que sencillamente estoy en desacuerdo con Schopenhauer (tranquilamente, de filosofo no practicante a estrella de la filosofía) , al menos con su forma de expresar alguna idea y con la generalización que realiza para rebatir algunos conceptos como el del argumento de autoridad llegando a afirmar que “… quien hace profesión de una cosa no a ama a la cosa, sino a su ganancia, ni que quien enseña una cosa raras veces la conoce a fondo, pues a quien la ha estudiado a fondo generalmente le queda poco tiempo para enseñar”; mientras que con otras no puedo estar más de acuerdo, pese a su obviedad: “lo que es cierto en teoría tiene que serlo también en la práctica: si no lo es, hay un fallo en la teoría, se ha pasado algo por alto y no se ha tenido en cuenta, y por consiguiente también es falso en la teoría”. Amén a eso Bro Schop (ya, ya sé que es Schopi para los amigos filósofos pero, pese a la lectura de este opúsculo, no me incluyo entre ellos).

Entre las revistas técnicas que leo siempre hay un par de artículos (venga, confesemos la verdad y digamos que más de uno en cada número) de las que ni siquiera consigo entender el título, el título del artículo no me proporciona ninguna información sobre el contenido del artículo, mas allá de la información obvia de que me voy a perder en su lectura. Pese a esta suposición educada de que si no entiendo el título no merecería la pena leer el artículo, muchas veces lo leo y (sorpresa, sorpresa: soy un poco tarado) a veces incluso me entero de algo interesante o por lo menos consigo entender el título (que no es poco). Pues algo parecido me ha pasado con El loro de Flaubert, que seguramente será tan famoso como la madalena de Proust pero que yo no tenía ni idea de a que se refiere, problemas de mi incultura enciclopédica. No tenía, ni tengo, ya que después de leer el libro sigo sin tener una idea clara de que cual es el significado del loro. Lo que si tengo claro es que  yo no clasificaría este libro como una novela, bajo ningún concepto pensaría o diría que se trata de una novela. Puede que sea porque ahora mismo estoy escribiendo para un blog (dicho así parece que a veces escriba para otras cosas, y no… salvo algunas veces, pocas) pero a mí me parece una recopilación de posts sobre Flaubert, muy cultos, muy variados, muy eruditos (seguramente),  algunos entretenidos e incluso algunos sobre loros o sobre El Loro, pero a un mundo, o a una categoría, de mi concepto de novela.

La ultima aportación del librero tarambana es tal vez la única novela que podría haberme comprado yo mismo si la hubiera visto en la librería ya que la verdad es que las anteriores nunca hubieran sido seleccionadas por mí en el mostrador de una librería (bueno, no nunca que puede que en momentos de mucha necesidad las hubiera seleccionado ya que como dice el dicho “nunca digas de esta agua no beberé ni este cura no es mi padre”). Debo aclarar que digo esto como algo positivo y no solo para que Rafa me siga evitando la necesidad moral de subir hasta la librería Fuenfria de Cercedilla si no porque realmente pienso que resulta sumamente enriquecedor el leer cosas (u oír música, o ir a sitios, o, en general, hacer cosas) que uno un hubiera elegido por uno mismo, al fin y al cabo todos tenemos una tendencia natural a seleccionar siempre cosas parecidas lo que nos empobrece (siendo esta precisamente una de mis quejas sobre los buscadores de internet y en general de los seguimientos automatizados de noticias: que solo nos dan lo que queremos ver o lo que nos ha interesado antes. Pero divago, si eso, ya lo despotricamos del uso de la tecnología otro dia).

La mitad de la verdad es una novela, la primera de este mes, y no solo porque lo diga la contraportada si no porque tiene una historia, unos personajes, una narración (ya, ya sé que esto es una simpleza de lector principiante y que en los talleres literarios construyen novelas sin personajes, sin historia y/o sin narración a base, como decía Rafa, de ajustar piezas con llaves inglesas y con monos de trabajo llenos de grasa). Vale, es una novela pero por mucho que se empeñe la contraportada no es una novela negra. No señor, no todas las novelas en las que hay asesinatos son novelas negras; el hecho de que maten a un par de personajes o de que alguien investigue esas muertes no transforma una novela en una novela negra. No para mí. Tampoco creo que una novela se transforme en negra por introducir unas cuantas frases negras de las que esta novela carece salvo cuando se refiere a un eslogan de la Dirección de Trafico de Polonia que en primavera y para prevenir las bravuconadas de los motoristas lanzo una campaña con el slogan “Con la primavera llegan los vegetales” e ilustrada con accidentes de moteros que se habían quedado en estado vegetativo.

No sé, no tengo claro lo que convierte a una novela en una novela negra, supongo que es la suma de muchas cosas entre las cuales está sin duda el reflejar adecuadamente a parte de la sociedad (normalmente pero no necesariamente marginal) y hacerlo con credibilidad (igual esto es simplemente lo que diferencia una novela buena de una mala). No lo sé, pero cuando una novela incluye cosas como: “Los teloneros empezaron con bestiales temas punk-rock, para luego pasar a un estado más melódico tipo Iron Maiden” pues como que a mí me deja fuera de lugar y me hace difícil otorgarle la credibilidad necesaria para considerarla una buena novela.

No, no porque no pueda ser creíble que un grupo empiece con bestiales temas punk-rock y luego pase a algo más melódico tipo Iron Maiden, que todo puede ser y que grupos malos y descentrados hay muchos y es posible, incluso, que esto esté tomado directamente de la crónica real de un concierto en Varsovia pero…. No es el momento de discutir de crítica musical, si eso, ya lo hacemos otro día que ahora “llego tarde, llego tarde” y tengo que pensar en alguna historia o recuerdo para mis próximos posts


domingo, 10 de abril de 2016

Comentario de textos - Marzo 2016


Hay que matar a Lewis Winter – Malcolm Mackay  
El matón que soñaba con un lugar en el paraíso – Jonas Jonasson
Memoria total – David Baldacci
Entry Island – Peter May

No tengo ninguna gana de escribir esta entrada sobre libros, preferiría escribir sobre otras cosas que tengo en la cabeza pero tampoco me siento con ganas de escribir sobre ellas, o mejor dicho: tengo ganas de escribir sobre ellas pero no sé cómo hacerlo, ni siquiera tengo claro si sería capaz de escribir sobre ellas. Sospecho que no, que no, que no sería capaz de escribir y que si supiera hacerlo no me gustaría escribirlo.

Lo que me gusta de escribir, como de casi todas las cosas, es que alguien se ría, que sea un poco más feliz, aunque sea durante unos breves segundos; si tengo la posibilidad de hacer un chiste, lo intentare: la posibilidad de hacer una broma es para mí como el color rojo para los toros (en la cultura popular ya que al parecer en la realidad los toros no reaccionan especialmente al color rojo).

Para mí el mejor momento de escribir es cuando veo a alguien – generalmente a mi hermana Helena – leyendo mi blog en su móvil y le sube una sonrisa a la cara o dice una de esas frases que prácticamente usa siempre conmigo (aunque no solo conmigo) y que forman casi el noventa por ciento de los comentarios que me dedica, tipo “eres más tonto” o “menuda chorradas que dices”. Sin embargo creo que últimamente tengo “menos gracia” y cada vez son más escasas las sonrisas que arrancan mis lecturas en mi hermana… necesito recuperar el buen humor que he perdido.

Por supuesto también son grandes momentos cuando alguien deja un comentario, aunque en general sea para decir que lo que cuento no sucedió como lo he contado, que ellos estaban allí (problemas de poner nombres completos de los protagonistas y  de esa afición que casi todos compartimos de buscarnos de vez en cuando en la red) y que nada de aquello sucedió como yo lo recuerdo. Lo cual me extraña mucho porque en general yo también estaba allí y os puedo asegurar que las pocas historias que os he contado sucedieron como os he contado (igual con algún detalle no del todo correcto). Todos sabéis de mi afición a la verdad (a los paréntesis) y a los datos verificados y sobretodo mi casi total, absoluta y literal memoria.

Tal vez por ello no quiera, no pueda o no sepa contar esas otras cosas que ahora están alojadas en mi cabeza; porque no hay casi ninguna forma de extraer una sonrisa de ellas y porque no quiero mencionar a ninguno de los personajes ya que son cosas que requieren un cierto control del flujo de información (que dicen en los libros que venden en los aeropuertos y que tanto daño han hecho a una generación convencida de convertirse en grandes gestores, bueno, en aquellos que no incrementan las capacidades psicológicas de sus lectores con una colección de tópicos de preescolar).

Sin embargo siento que por lo menos tengo que comentarlo para evitar que se quede estancado en mi cerebro (algo que en las opiniones medicas consultadas, y de acuerdo con estrenos TV, nunca no es una buena cosa) y aunque no lo cuente para comentarlo con nadie igual puede ayudar a justificar un poco de mi mal humor o de mi concentración de estos días (o de los próximos).

En fin, vamos a intentarlo.

Hay gente a la que nos resulta difícil etiquetar como amigos (no, no hablo del Facebook donde para etiquetar a alguien de amigo no necesitas nada especial; si no de la vida real), no son gente a la que llamarías un día que estas un poco abatido para salir a tomar una cerveza ni a la que llamarías para contarles un problema que sepas que no pueden solucionar y que sin embargo conoces desde hace más de la mitad de tu vida, los ves ocasionalmente y te preocupa que las cosas les vayan bien. Son ese tipo de gente que si te llaman para tomar una cerveza, aun cuando no sepas si están abatidos, quedas con ellos inmediatamente; ese tipo de gente que si te llama para pedirte que les soluciones un problema que tú no puedes solucionar, no dejas de intentarlo por esa pequeñez de que no puedas aportar nada. Ese tipo de buena gente con la que has tenido una cierta conexión pero que sin embargo no has llegado a conectar totalmente ya que vuestras vidas son completamente diferentes.

Incluso dentro de este grupo de gente hay categorías por lo que para terminar de definir a nuestro protagonista hay que decir que siempre le has tenido especial aprecio, un aprecio casi heredado ya que casualmente tu padre era amigo (amigo de los de verdad) de su padre y que habiendo muerto su padre hace mucho tiempo, cuando el protagonista era poco más que un chavalín y tu aun no le conocías,  esa amistad de los padres, esa preocupación de un padre por el hijo de un amigo, ese cariño (digamos) lo habías heredado, lo que le confiere cierto estatus especial en esa categoría.

El caso es que esta semana habíamos quedado a comer, con más gente ya que no llegamos no llega a existir esa amistad que te permite quedar de uno a uno, para charlar un poco de todo tipo de tonterías, y para arreglar el mundo o por lo menos para decidir que ya no tiene arreglo. Como siempre fue una comida, digamos agradable si bien como todas las reuniones de gente que se conoce desde hace mucho tiempo pero que no tiene tanto en común, digamos que confusa. Fue agradable y confusa hasta que nuestro protagonista hizo una pausa para contarnos que los problemas de huesos que últimamente le molestaban al jugar al paddel (somos hijos de los ochenta y esto se nota hasta en los deportes que practicamos, o en los que no practicamos), si bien si eran de huesos no eran cosas de la edad y de aquello de seguir haciendo deporte como si no hubieran pasado los últimos veinticinco años por sus articulaciones. No, se lo habían confirmado: tiene cáncer de medula ósea. Medula ósea, lo que lo hace inoperable aunque por supuesto tratable y él está convencido de que lo va a superar. 

Nosotros, yo por lo menos, también estoy convencido, no sé si de si lo va a superar pero por lo menos de que no le va a quitar las ganas de seguir viviendo y viviendo con calidad, viviendo como él quiere vivir.

Estoy convencido por que no puedo estar otra cosa, porque estoy seguro de que no se dedicara a la medicina alternativa (como el tonto el haba ese que acaba de morir por no tratarse el cáncer y confiar en los remedios naturistas) pero la verdad es que se me ha quedado estancado en la cabeza y no sé cómo sacar el dolor que ahora mismo siento, por él, por su mujer, por sus niños, y si también, egoístamente, por sus amigos o por los que no llegamos a ser amigos, amigos.

Estoy convencido y sin embargo me he quedado un poco abotargado (u otra cosa) y no puedo dejar de darle vueltas a ciertas cosas. Pero no sirve de nada pensar más en ello, así que a las lecturas que es a lo que hemos venido.

Mi primera lectura de este mes, Hay que matar a Lewis Winter, solo puedo clasificarla de sorprendente. Sorprendente por que como se escribe una novela negra en la que desde el principio sabes quién es el asesino, quien es el muerto, porque le ha matado, en fin una novela en la que lo sabes todo, no se oculta nada. Dicho así parece que no puede ser buena, no hay intriga ni nada de nada, salvo que hay de todo por eso es sorprendente porque sin recurrir a ninguna trama, ni trampa ni truco es una novela excelente. Con tensión, con una lectura fácil, entretenida. Verdaderamente sorprendente.

También resulta sorprendente, aunque no sea especialmente una gran novela y tenga un título realmente lamentable, El matón que soñaba con un lugar en el paraíso, una novela nórdica en la que lo que más sorprende es como resulta tan viable para ciertas culturas una variante de la religión católica que aquí, en esta España todavía carpetovetónica y ultra católica en su laicidad teórica, sería realmente inconcebible. Otros países, otras costumbres… una novela entretenida pero poco más que un divertimento y que después de haber vuelto a leer al detective loco de Mendoza pues no convence, o a mí no me ha convencido todo lo que debiera.

La verdad es que este mes he leído poco y de hecho llegue casi hasta Jueves Santo con tan solo estos dos libros, pero el miércoles por la tarde cuando estaba intentando hacer la compra para el puente decidí que en lugar de comprar comida me compraba un billete de tren y me marchaba para Piles a tomar un poco el sol o simplemente a cambiar de escenario ya que estoy un poco atorado últimamente.

El caso es que si bien podía cambiar fácilmente la comida por el billete de tren no tenía absolutamente nada que llevarme para leer en Piles y ya era tarde para visitar mis librerías de referencia así que solo disponía de lo que pudiera encontrar en la tienda de la estación de Atocha (aunque podía haberme dado tiempo a pasar por la Cuesta de Moyano y comprar unos libros de segunda mano, la verdad es que no me apetecía).

Afortunadamente algunos de mis autores favoritos de best-seller son tan prolíficos que uno pensaría que o tienen una enfermedad o bien que pese a todo el dinero que han ganado no tienen ninguna otra afición que la de escribir. Casi siempre me es fácil encontrar algún best-seller en las librerías de estaciones o aeropuertos, casi siempre hay al menos un Baldacci nuevo que no he leído. Esta vez fue Memoria Total, título que dados mis problemas de memoria no me había apetecido comprarme en inglés. La verdad es que la novela empieza un malamente, casi tópicamente, hay unos tiroteos en un instituto de estados unidos y en la investigación participa el protagonista que tiene una memoria prodigiosa ya que no olvida nada (parece que el termino medico es hipertinesico, por si quereis o podeis recordarlo o que supone que yo soy hipotinesico o incluso atinesico y no creo que pueda recordarlo) y poco a poco se va complicando la trama con sus pistas falsas e incluso conspiraciones. 

La verdad es que como todo Baldacci se lee bien y entretiene e incluso, aunque desde el otro lado del espectro tinesico me siento identificado con algunas descripciones del estado del protagonista: “un okupa vivirá en mi mente de por vida, y da la casualidad de que soy yo”.

Con todo mi parte favorita procede que el hipertinesico además tiene otra tara mental que es la de que ve colores según su estado emocional (tiene un nombre pero no lo apunte y como buen atinesico no tengo memoria de cual es) lo que le lleva a realizar el siguiente comentario (que suscribo porque realmente tengo problemas con ese color): “El amarillo no era ambivalente. El amarillo es hostil, malicioso. A veces los colores eran certeros, tan bien definidos como los números, de hecho”.

Hablando de colores, nunca os preguntáis ¿Si los daltónicos que toman ácido también ven colores lisérgicos y psicodélicos, o se pierden esta parte de la experiencia? Lástima no conocer ningún daltónico aficionado a las drogas recreativas, me quedo con la duda o espero vuestros comentarios daltónicos.

Como no podía ser de otra forma mi segunda elección, Entry Island, fue un poco más forzada pero como estaba etiquetada como una novela negra y en una editorial razonable pues no parecía mala opción pese a que fuera sobre una especie de Ellis Island pero en Canadá. Lo primero que tengo que decir es que no sé qué hace esta novela en una colección de novela negra, en una colección de novela histórica encajaría mejor aunque por supuesto yo nunca la habría comprado, lo que hubiera sido una pena ya que la novela me ha explicado un misterio, una duda que me inquieto en su momento: por que un grupo de música canadiense, The Real McKenzies, se hacían pasar por escoceses llegando a tocar con sus faldas y todo en el Wurlitzer. Era algo inexplicable para mí. Todavía irlandeses podía llegar a entenderlo, ya que en todos los países hay siempre gente que quiere ser irlandesa (salvo tal vez en Irlanda) y por supuesto en todos los países (Vietnam incluido) hay cervecerías irlandesas, todas iguales y seguramente muy diferentes de las cervecerías de Irlanda.

La explicación, o la que da la novela, está en que durante la hambruna de la patata no solo emigraron los irlandeses, más o menos por voluntad propia, si no que los nobles escoceses decidieron que lo mejor era que sus campesinos embarcaran por la fuerza a las colonias canadienses para dejar de dar la lata y para no tener que preocuparse por darles de comer o mantenerlos o puede que más probablemente por evitar una revuelta social.

La verdad es que la novela no es buena pero me ha encantado la descripción de alguien que no es demasiado sincero como alguien que “en ocasiones es un tanto conciso a la hora de decir la verdad” y también esta reflexión sobre la cultura actual (o sobre la perdida de la misma): “había encontrado por encontrar un sitio en un mundo que vive solo para el presente, en el que la cultura es un bien prescindible, por muchas generaciones que se hayan necesitado para darle forma”.


En fin, aunque dudo que haya algo en esta entrada que haga ni tan siquiera sonreír a Helena, o a otro lector, por lo menos es una entrada algo más corta que las habituales lo que seguramente agradeceréis ya que sin humor mejor brevedad.