domingo, 27 de noviembre de 2016

Ordenando mi libreria

(Iba a poner un disclaimer comentando que este es un post especialmente largo pero no lo pongo porque he decidido dejar el trabajo a mitad de camino por lo que aun siendo excesivamente largo no está ni mucho menos acabado. Eso si, sigue siendo algo largo).

En casa de mis padres, cada cierto tiempo, había que ponerse a ordenar la librería del despacho (la de novela negra que estaba en la salita, y a cargo fundamentalmente de mi madre no solia presentar este problema; las de cada uno de los hermanos pues a su estilo) ya que a mi padre le gustaba tenerla ordenada alfabéticamente pero no le gustaba mucho colocar los libros a medida que los iba leyendo (realmente es algo que a nadie le gusta ya que cada poco tiempo tienes que mover toda la librería para encajar un solo libro en su sitio; si es de alguien por Z pues no pasa nada pero como te leas uno por la A y no te quepa, ya puedes prepararte para ir moviendo libros de balda a balda hasta el infinito y mas allá), simplemente mi padre (y todos) nos limitábamos a dejar que los libros se fueran acumulando sobre los ya existentes, bien en horizontal sobre los colocados o en un equilibrio estrictamente inestable en una segunda fila hasta que tocaba reorganizarlo todo, generalmente cuando los libros empezaban a caerse casi de forma continua  (no achacable a la presencia de fantasmas, sí no más bien fruto de su precario equilibrio) o cuando empezaba a formarse una pila molesta en el suelo del despacho (con molesta, me refiero a que hacia algunas estanterías inalcanzables).

Era una operación verdaderamente cansina. Afortunadamente no tanto como la operación que mi padre intento montar cuando le dio su vena informática y quería que creáramos bases de datos de todo (videos, libros, etc.) que entonces no solo había que colocarlos, si no revisarlos y ponerse a teclear toda la información, porque obviamente a mi padre no le valía solo con el título y el autor; no señor, ya puestos había que meter todo tipo de información sobre el libro y la editorial.

En cualquier caso la operación no resultaba cansina para mi padre que como buen ingeniero básicamente se dedicaba a dirigir y subcontratar las operaciones, si no para nosotros que éramos la mano de obra que debía realizar esta y casi cualquier otra operación. De hecho mi padre solía comentar con sus amigos que eso del mando a distancia de la televisión era una tontería, que no acababa de verle al utilidad: al fin y al cabo él tenía hijos y si quería cambiar de canal pues simplemente le bastaba con decir “cambia el canal” y el canal se cambiaba (es verdad que esta actitud sobre las ventajas de la mano de obra frente a la tecnología no era exclusiva de mi padre, sí no más bien sospecho que era/es una predisposición genética ya que en su día, hace muchos, muchos años, mi tío Pepe Armero – el comunista que trabajaba para la NASA desde su nave al final de Alcalá – le comentaba a mi otro tipo Pepe – el rico, el que construyo una planta para fabricar Carborundum, algo que no tenía ni idea para que servía pero como le sobraba electricidad de un salto hidroeléctrico que tenía en explotación, miro que era lo que más electricidad consumía en su fabricación y se decidió por ello. Obviamente la casualidad quiso que resultara ser un producto que le ayudaría a aumentar su fortuna ya que es uno de los abrasivos más utilizados en construcción y que coloco en las bandas negras de todo el metro de Madrid. Pues eso, que mi tío intentaba explicarle que estaba desarrollando un sistema para que un coche te llevara a donde tu quisieras sin necesidad de conducir, le explicaba las bondades del sistema, intentaba convencerle de su utilidad, e incluso le comentaba las vías tecnológicas posibles para llevarlo a cabo. Cuando mi tio Pepe acaba todas sus explicaciones, mi otro tío Pepe “el rico” se limitó a decirle algo así como: “muy bien, muy interesante, muy interesante. Eso sí, le veo un problema”. Para añadir antes de que mi tío Pepe pudiera preguntarle cual era el problema “para mí que eso ya está inventado, se llama… chofer y yo ya tengo uno”. Ante esto mi tío Pepe Armero solo pudo darle la razón ya que era un argumento irrebatible para cierto sector social – el único que seguramente pudiera permitírselo – y aparco, sin sistema de navegación especial, el proyecto de coche autónomo dejando, como luego se vería, el paso libre para que ahora puedan intentarlo compañías como Apple, Google y similares volviendo a poner sobre la mesa los problemas éticos de una decisión autónoma por parte de una maquina en casos extremos (de hecho el MIT ha creado una plataforma/juego en internet para intentar averiguar cuál sería el comportamiento ético aceptado por las personas en casos como ¿si, en un paso de cebra, tienes que elegir entre atropellar a distintos tipo de personas – por un lado dos ejecutivos y por otro, digamos, una mujer embarazada (con muerte para todos) -  que elegirías? ¿y si algunos solo acaban heridos y otros muertos? ¿Si algunos estaban cruzando bien y otros mal? Y ¿si el accidente en un caso supusiera tu muerte pero salvar a tres señoras embarazadas y dos niños?... Es fascinante…)

Podríais suponer que después de haber sufrido en carne propia estas reordenaciones de librerías en cierta medida intento mantener mi librería ordenada para no tenerme que enfrentar a ellas, pero os equivocaríais ya que para no enfrentarme a reordenar mi librería, astutamente, me decidí hace mucho por mantener la librería desordenada entre mudanzas (en cada mudanza se produce un orden aleatorio de libros que se quedan como van saliendo de las cajas) y ordenando los nuevos libros por orden de compra. Vamos que me limitaba a poner las cajas de libros existente al azar y luego los libros nuevos en cualquier sitio en el que pudieran encajar a medida que los compraba. Y tan feliz, oye. Si, sé que así me resultaba muy difícil saber lo que tenía, por no hablar de encontrar un libro para prestar o para releer, vamos que más que una librería tenía un almacén de libros. Almacén, que todo sea dicho, empezaba a resultar un poco excesivo para mi espacio de estantería ya que prácticamente todas las baldas tenían dos filas de libros.

Este era el aspecto de mi librería principal (la poesía, los libros de Rafa, los libros de magia y algunos otros están en otras zonas) el otro día:



Obviamente estaba si ya que deshacerse de libros es algo difícil para los que nos gustan los libros y nos da un poco de yu-yu lo de tirarlos a la basura, alegre o tristemente: es un poco una especie de pecado venial o mortal (depende del libro) y para evitar esto la última vez organice una barbacoa en casa – cuando tenía una casa con terraza – en la que cada invitado estaba obligado a llevarse una caja, o una bolsa de libros, truco que me sirvió para deshacerme de bastantes libros con la conciencia limpia, aunque sospecho que muchos de ellos acabaron en Las Vistillas olvidados como parte de la resaca de las fiestas y seguramente mezclados con todo tipo de basura en la recogida selectiva del ayuntamiento.

Así que andaba yo pensando que hacer con los libros que empezaban a no caberme y que incluso tampoco empezaban a caber en casa de Álvaro y Helena, donde llevo años acumulando libros, fundamentalmente en inglés, con la excusa de dejárselos para que los lean pero que nunca retiro una vez se los han leído, conformando así lo que yo llamo mi librería alternativa, cuando como caída del cielo me surgió una oportunidad mucho más que aceptable, imitando a Hernández o a Fernández: aun diría más, me surgió una aceptable oportunidad, una oportunidad excelente: un buen amigo mío tenía el compromiso de montar una librería en un centro de ancianos, así que andaba buscando libros a ser posible gratuitos y necesitaba como unos quinientos.

José Ramón, el amigo en cuestión, no tenía muchos requisitos para los libros. Según él no había ningún requisito lo que prácticamente me permitiría deshacerme (corrijo: contribuir a una buena causa) con un buen puñado de libros liberando espacio para futuras adquisiciones o por lo menos para reducir el número de baldas con doble fila y ver un poco los libros que tenía, así que le dije que yo aportaba los que pudiera… que tenía bastantes de los que no me importaría librarme, de hecho lo agradecería aun cuando eso requiriera mirar los libros uno por uno para ver cuales quería quedarme y cuáles no. Trabajo que parece sencillo pero que no lo es – en muchos casos es difícil decidir si quieres quedarte o no un libro – además de agotador ya que hay que mover todos los libros varias veces pero, oye, todo sea por los ancianitos (y egoístamente por hacer hueco).

Pero ¿Quién dijo miedo? Yo no, así que el jueves por la tarde empecé a mover los libros haciendo dos montones: por un lado los libros que – por algún motivo – quería quedarme y por otro lado los libros de los que no me importaba deshacerme, por el bien de los ancianitos (algo, el bien de los ancianitos, que todo sea dicho no me permitía deshacerme de libros en ingles ya que al parecer los ancianitos de Castilla León no están interesados – según José Ramón – en leer en inglés, cosa que hará que mi librería quede un poco idiomáticamente desequilibrada al poder deshacerme de todo lo que quiera en español pero de nada en ingles).

Con todo y tras varias vueltas, al final el reparto ha quedado razonablemente igualado, quedando para los ancianitos de Catilla León unos doce metros lineales de libros y para mí, curiosamente, los suficientes para que en mi librería haya sitio con una sola fila de libros por balda: vamos que me he librado (perdón: he contribuido con y por el bienestar intelectual de los ancianitos) de algo menos de la mitad de los libros que tenía.

Como ya los había movido todos, ya que estaba hecha la parte más dura, pues me he dedicado a ordenarlos alfabéticamente (más o menos) antes de colocarlos en su nueva ubicación.

Ordenar tu librería es una experiencia extraña, es un poco como ir a una reunión de antiguos alumnos del colegio: hay algunas personas que no te suenan de nada y que dudas mucho estuvieran contigo en el colegio, hay muchos otros que te suenan pero de los que prácticamente no tienes recuerdos; están las personas que compartían recreo contigo pero a las que siempre has odiado por ser totalmente ajenos a tu forma de entender la vida; están los conocidos, de los que tienes recuerdos agradables pero a los que nunca llamarías por teléfono para ir a tomar unas cervezas; están algunos amores de esos que estabas seguro serian eternos pero que ahora te resultan completamente indiferentes, y entre ellos, por los rincones y alejados de los demás, están esos amigos de toda la vida, a algunos de los cuales no has visto en años, algo que no evita que sigan siendo tus mejores amigos, mientas que a otros los vistes hace tan solo unos días y estas seguro de que volverás a verlos en un par de días; pero también están las ausencias, todos aquellos que te gustaría que estuvieran allí y que sin embargo no han aparecido, algunos sabes que tienen excusa y que están en otro sitio atendiendo a otros compromisos, de otros no sabes nada hace tanto tiempo que es posible que solo existieran en tu imaginación, y hay otros que, simplemente, sabes que ya no estarán nunca aunque para ti siempre estén a tu lado.

Sí, en una librería hay un poco de todo, como en botica que diría aquel, y es posible que si la reunión tuviera lugar en otro momento de mi vida la clasificación de cada uno de mis amigos, mis libros, cambiaria pero, de lo que no hay duda, es  que al cabo de estar un rato entre todos esos conocidos es que, sin duda, son demasiados. Aunque afortunadamente menos que antes de empezar la selección como puede verse en esta foto del después de la librería:


Como alguien, un anónimo, me comento el otro día que porque no hacia alguna lista de mis libros favoritos, o de mis libros favoritos de este año y como no recibo muchas peticiones me he decidido no a hacer una lista (que es algo demasiado complicado, además de ser una opción demasiado obvia para llevar a cabo por un Anonimo) si no a hacer un resumen de esta reunión con mis viejos y nuevos amigos, conocidos y desconocidos, eso sí, solo de los que he “salvado” de los ancianitos de Castilla y León o, mejor dicho y puesto que se trata de una causa noble: para los ancianitos de León. (de estos igual os hablo otro día cuando José Ramón haya procesado la lista de títulos que les deberían llegar, aunque puede que Rosa exija su diezmo y no todos lleguen a los ancianitos).

Así que prepararos porque resumir este tipo de reuniones es un proceso largo, tedioso para todo el mundo incluso, aunque un poco menos, para el que lo lleva a cabo y al que le gustaría haber pasado más tiempo con alguno de los amigos de verdad rememorando cosas y eso teniendo en cuenta que uno nunca ha sido muy sociable y que sobre muchos de ellos se reserva su opinión (no solo sobre todos los que han sido descartados para el beneficio de los ancianitos de Castilla León, sí no incluso de muchos de los que se quedan).

(digresión entre paréntesis: mientras escribo este, cuasi eterno, post estoy sentado en casa oyendo discos de vinilo – sí, aunque me haya quitado la barba algunas maneras de hípster siempre se quedan – y ahora mismo escucho un disco del 91, Deliciosamente amargo de La Granja, y me sorprende mucho la letra de la última canción de la primera cara, Cucharas de plata, esa que dice eso de “el futuro está cada vez peor, que alguien me explique cómo hemos llegado hasta aquí” y me sorprende pensando que las cosas siguen yendo a peor y entonces ya estaban mal).

Así que con los libros ordenados por apellidos (que es la forma en la que uno recuerda a los conocidos del colegio o de clase de la universidad, por lo menos cuando pasaban lista en clase) detecto la primera ausencia significativa al no poder localizar Ariadna en Naxos de Azpeitia (Chavi para algunos, Javier o incluso Don Javier para el resto), un libro que en mi recuerdo, al menos, es excelente a la par que educativo, en la frontera entre ser un libro histórico y uno de mitología y cuya perdida no se ve compensada por encontrar una copia de Hipnos junto a dos ejemplares, en todas las clases hay al menos un par de gemelos y en esta no podía ser menos (de hecho no son los únicos) de El impresor de Venecia (el ultimo de Chavi) a los que resulta necesario separar por el bien de los ancianitos y porque, total, visto un gemelo visto el otro.

Como no podía ser menos en la B se me acumulan un buen montón de Baldacci, pero sé que no están todos ya que ni siquiera aparece Poder Absoluto, libro absolutamente imprescindible (mejor que la película, lo que siendo el guion de Goldman, William – guardado en la G - lo dice todo), tampoco aparece Sombras verdes, ballena blanca ese excelente libro de Bradbury sobre la preparación del guion de Moby Dick para John Huston que es otro imprescindible, lleno de anécdotas de una Irlanda que uno puede suponer bastante tradicional poblada de bebedores y buenas gentes; y tampoco aparece Kitchen Confidential de Bourdain que imagino como una visión realista del mundo de los cocineros – jugando a piratas con sus cuchillos y preparándose rayas de cocaína en la máquina de cortar fiambres, entre otras cosas – no solo por ser Bourdain un chef de reconocido prestigio si no también por algunos de mis conocidos, aunque sea una versión diametralmente opuesta a lo que hacen creer los programas de cocina de la televisión (por presumir, aunque no venga a cuento, diré que sí, que he estado en el restaurante de Bourdain, Les Halles en NYC, aunque por aquello de decir toda la verdad reconoceré que fue una casualidad debido a una lluvia persistente, su cercanía a nuestro hotel, un inicio de catarro y la promesa de una sopa de cebolla y no por visitar un restaurante famoso). Pese a ser libros todos ellos, para mí, imprescindibles llevo bien su perdida porque estoy convencido, o quiero estar convencido, de que están en mi librería auxiliar (la de casa de Álvaro y Helena) por lo que no están realmente perdidos.

Pero no todo son perdidas, si no que como contrapartida ha aparecido la primera edición de ¡Tierra! de Stefano Benni, que había dado por perdida y repuesto con una nueva edición de bolsillo mucho menos elegante, aunque mucho menos maltratada por las multiples lecturas,  que ahora podrán disfrutar los ancianitos de Castilla y León si es que entre ellos hay aficionados al género de Ciencia Ficción o al de las novelas de humor ya que es una novela verdaderamente divertida de viajes espaciales, o espacio temporales, y chorradas varias.

No podrán disfrutar sin embargo de las memorias de Burgess ya que pese a ser yo más de ficción que de realidad (por lo que tampoco podrán disfrutar de La Naranja Mecánica) y no recordar nada de lo que cuenta, he considerado necesario quedármelo ya que creo que tiene uno de los mejores títulos posibles para una autobiografía: Ya viviste lo tuyo.

Nunca he estado muy interesado en el futbol, ni en el deporte en sí mismo, ni en casi nada de lo que le rodea, ni mucho menos en la intelectualidad del futbol que puso de moda (creo) que un tal Valdano comentando de libros y de todo de tipo de cosas desde la televisión como un verdadero intelectual – cuando ser intelectual era cool – pero  he de reconocer que en su día Entre los vándalos de Bufford me sorprendió mucho con su retrato tipo periodismo de investigación sobre el mundo de los Hooligans y sus relaciones (supongo) humanas.

Un libro precioso, en un sentido literal ya que tiene dibujitos acompañando a una serie de poemas, es La melancólica muerte de chico Ostra, que me he quedado para evitar las tentaciones de que los ancianitos de Castilla León les reciten poemas de Tim Burton a sus sobrinos más pequeños y puedan asustarlos con estas historias de la chica cerilla, que acabara achicharrada y similares (ya hay suficiente drama y maldad en las versiones originales – pre Disney – de los cuentos clásicos, como para añadir más al arsenal de los ancianos).

Con todo la mayor alegría en la letra B, me la ha proporcionado reencontrarme con Balzac, pero estar tranquilos que no me refiero a haber localizado cosas como La comedia Humana o Eugenia Grandet. No, no me refiero a estas grandes obras y a su valor literario (un par de ellas han ido para los ancianitos de Castilla León, que seguro que saben apreciarlas) sí no que estoy hablando de Cuentos libertinos, un libro que en su día me regalo Jacobo y que puede que no tenga el valor literario de las grandes obras de Balzac pero que para mí tiene mucho más valor que todas ellas juntas. Cosas del cariño, que no del libertinaje, que conste.

Dos autores completamente diferentes, salvo por la letra de ordenación, de los que me quedo todo lo que tengo (lo siento mucho por los ancianitos de Castilla León) son Connolly y Chirbes y creo que lo tengo todo (aunque en casa me faltan, por lo menos,  uno de cada autor, de los que sé que he tenido, que espero estén localizados en mi librería alternativa).

A Connolly (no confundir con Connelly,. Yo lo he hecho y tengo una novela suya que, sin ser mala, no está a la altura de Connolly) hay que leerle por su serie de Charlie Parker que mezcla novela negra con fantasía y cuya primera novela (que por cierto esta entre las que he perdido, o, sinceramente espero,  está en mi librería auxiliar) Todas las cosas muertas tiene uno de esos principios verdaderamente brillantes (claramente entre los mejores principios que he leído: un tipo – policía, para más señas - ha salido a tomar una cervezas después de una discusión un poco acalorada con su mujer y cuando vuelve a casa tanto su mujer como su hija han sido brutalmente asesinadas, siendo el obviamente el principal sospechoso y siendo lector consciente de que él no ha sido) y no solo eso, sí no que mantiene el ritmo y el nivel durante toda la novela y prácticamente durante casi toda la serie (es verdad que tiene algún punto bajo que, al menos yo, le he perdonado) pero también hay que leerle por su otra serie que es un poco más infantil pero verdaderamente divertida (que recurre a las notas a pie, como Morgenstern/Goldman recurre a los paréntesis, para arrancar más carcajadas que las que ya de por si provoca el texto) en la que un niño (Samuel) se enfrenta a diferentes fuerzas infernales primero en la tierra (The Gates), luego en el mismísimo infierno (The Infernals) y al fin del mundo de vuelta en la tierra (The Creeps). Como casi todos están en ingles pues ya puestos también me quedo los cuentos cortos que están en los volúmenes de Nocturnes.

A Chirbes, ya lo he dicho otras veces (siempre que puedo), hay que leerle; sobre esto no puede haber discusión alguna, debería ser obligatorio y a ser posible (no se me ocurre ningún motivo para que no sea posible, salvo en el caso de los ancianitos de Castilla León que se quedan de momento sin sus libros) leer algo más que Crematorio ya que por mucho que esta sea la novela que le ha dado fama frente al gran público por una serie de televisión (que yo, como cultureta que soy no he visto) esta infinitamente lejos de La buena letra, de La larga marcha (que es el que no tengo localizado) o de casi todas las demás (salvo un par de excepciones).Obligatorio, ya digo.

En esta letra alguna cosa más hay, como las obras completas de Lewis Carroll, The Complete Lewis Carroll, que a estas alturas no necesita presentación y menos de mi parte, aunque diré que hay cosas que, entre tanta obra,  me han resultado imposibles de leer como The hunting of the Sanrk ya que mi ingles nunca llegara a ese nivel (ni ya puestos al de leer a gran parte de Joyce); un único libro de Crichton, The Lost World, que no está a la altura de otros suyos que realmente merecen la pena y que para mi siempre estarán asociados a unas sesiones maratonianas de lectura que nos metíamos Lourdes, Rafa y yo en la calle Lérida ; y por supuesto en esta letra también está la serie de Howard, que yo he decidido unilateralmente y sin criterio, clasificar en esta letra por el personaje principal y del que solo hay uno (de los cuatro) en mi librería y ya ni siquiera recuerdo cual era, digamos que es Johannes Cabal: The necromancer (aunque sospecho que no es este).

En la D obviamente era necesario mantener alejado de los ancianos Jack el fatalista de Diderot ya que no se trata de que se organice un motín en la residencia a la hora de la comida al clásico grito que este prohombre de la ilustración ponía en boca de sus personajes, ese “comamos jesuita, comamos jesuita” que siempre recordare como cantico de última hora de algunas noches de borrachera inolvidables; y también por inevitable e inolvidable tengo que mencionar a Dickens del que por diversión me quedo con Los papeles del club Pickwick, dividido en tres tomos pequeños, casi a modo de fascículos, de la edición de Alianza que aun estan localizados.

Tampoco estoy muy seguro del efecto que casi cualquier novela de K. Dick (si, ordenado en la D, que la K es de segundo nombre) podría tener en los ancianitos así que he decidido quedarme la colección cuasi completa, incluyendo por supuesto ¿sueñan los androides con ovejas eléctricas? que todo el mundo ha llegado a conocer como Blade Runner, pero también la única novela que no es de ciencia ficción de K Dick, Ir tirando, que es una pequeña joya y por supuesto Fluyan sus lágrimas, dijo el policía, que es uno de esos títulos que atrapan (la novela también), por no entrar en muchas otras que hacen que K Dick sea uno de los más grandes de la Ciencia Ficción y que he decidido que los ancianitos de Castilla León no conseguirán apreciar.

Con Roald Dahl debería haber sido generoso y haber dejado para los ancianitos algún libro que pudieran leerle a sus nietos, tipo Charlie y la fábrica de chocolate, o Las Brujas, o incluso haberle dejado alguna de las recopilaciones de cuentos adultos que destilan un humor inglés y negro verdaderamente entretenido como Relatos de lo inesperado (en el que creo que esta ese cuento de la pareja de ancianos que se van a ir en un crucero de larga duración y él está todo el tiempo recordándole a ella que no se olvide esto o lo otro y le anda metiendo prisa, a la vez que insiste continuamente en que van a llegar tarde. Al final él se marcha antes mientras ella recoge unas últimas cosas que el insistía que se le olvidarían y quedan en verse en el barco. Cuando ella llega al barco no consigue localizarlo y piensa que al final él ha perdido el barco…. ella hace el viaje con cierta preocupación y al volver se entera de que su marido ha muerto atrapado en el ascensor cuando salida de casa. O igual era al revés y era el ella la que se marcha antes porque teme perder el barco… no sé, mejor leerlo que contado por mí ni se le parece; mejor aún leed todo Roald Dahl porque puede que me equivoque de libro, o tal vez de autor y este cuento en concreto sea de Sakui y no de Dahl) pero la verdad es que es tan bueno que tendrán que perdonarme los ancianitos pero me los he quedado todos.

Desde mi punto de vista (aunque puede estar mal ordenado) esta letra también incluye a Fernando del Paso, cuyo Palinuro de México, me parece una novela excepcional pero que por mucho que la recomiende (antes recomendaba libros) no he conseguido encontrar a nadie que le guste ya que ni siquiera le gusto a Lourdes cuando se lo deje (aunque puede que esto fuera por dejárselo tarde y un poquito destrozado por lo que me lo acabo devolviendo forrado aunque no feliz de su lectura), por supuesto del Paso también tiene (aunque ahora mismo perdida de mi librería y creo que esta si está realmente perdida para siempre) Linda 67, una novela policiaca que tiene otro de esos principios que estarían entre los diez mejores que he leído nunca (donde un tipo en un coche se enciende un cigarrillo y el olor tan agradable del mismo le recuerda que ahora puede volver a fumar en su casa ya que, al fin y al cabo, acaba de asesinar a su mujer que es a la que le molestaba el olor del tabaco en su casa).

Por supuesto que de esta letra también estoy obligado a quedarme y a mencionar a uno de esos autores que estoy seguro de que no he entendido, De Lillo, pero que me gusta leer y del que prácticamente lo he leído todo desde aquel Ruido de fondo que me recomendó mi hermano Rafa hace ya muchos años y que primero me leí en inglés y como pensaba que me había perdido algo me lo volví a leer en español por si era un problema de mi nivel de inglés, pero no, no era eso. Es sencillamente que con DeLillo me quedo siempre con la sensación de haberme perdido algo muy importante de la novela, algo se me escapa en todas y cada una de ellas.

Hablando de mi hermano Rafa y de recomendar libros justo en la letra E esta Menos que cero de Easton-Ellis, novela que como ya he contado otra vez motivo una airada carta de mi hermano por hacerle gastar unos cuantos dólares en ella en un momento en que andaba bastante apretado de fondos y que creo todavía no me ha perdonado (o no del todo), razón por la que obviamente tengo que quedármela aunque releída al cabo de unos años no me parezca especialmente brillante, posiblemente ni siquiera buena.

La F por supuesto incluye a Flaubert, no por Madame Bovary o La educación sentimental que obviamente están bien, si no que el que se queda es la desternillante Bouvard y Pécuchet que seguro que tiene muchas cosas, referencias culturales se llaman creo (burlas llanamente en muchos casos), de las que seguro que me he perdido muchas pero que es sencillamente divertida, divertida. Además de divertida, pues es de Flaubert y leer a Flaubert siempre hace muy elegante y culto, así que ya sabéis.

También en esta letra era necesario conservar Una habitación con vistas que es una referencia cinematográfica inolvidable (diría que de cine de chicas porque al parecer a todas las chicas les gusta Daniel Day-Lewis – desde Mi hermosa lavandería , peli de culto del cine homosexual - , incluso o especialmente, cuando hace de imbécil insoportable como es este caso, pero añadiría que de buen cine de chicas ya que a mí me gusto bastante) para los que tenemos una edad (debería serlo para cualquiera, chicas y chicos, pero imagino que no lo es) y ya que andaba guardando referencias era inevitable recoger Belver Yinn que si bien es una novela que a mí me pareció muy mala tuvo un gran éxito entre la mayoría de las chicas que conocía en la época en la que salió (concretamente creo que era la novela favorita de Isa, la hermana de Lourdes, a la que si no recuerdo mal también le gusto. A mí me pareció una mierda pero que sabré yo).

Me habría gustado guardar Perdida que es una de esas novelas excepcionales que verdaderamente sorprenden y que uno se enorgullece estúpidamente por la casualidad (cogerla al azar en una librería) de haberla leído varios años antes de que fuera conocida (sí, vale, yo no me he leído Perdida, me he leído Gone Girl que es mucho más cool) pero como debe estar en mi librería alternativa he guardado las que tenía y que los ancianitos no querrían por estar en ingles Sharp Objects esperando que Dark Places este también en la librería alternativa porque sin ser tan buenas, merecen la pena y tienen la ventaja de ser anteriores lo que me permite decir que ya conocía y seguía a Gillian Flynn desde antes de su éxito.

Así llegamos a Goldman y por supuesto a Morgenstern, autor que para mi sorpresa si bien es conocido como guionista es extrañamente poco conocido como escritor, especialmente por escritores y estudiosos de la literatura como mi hermano Rafa o su amiga, Lidia, una casi hermana por derecho propio y también por matrimonio con nuestro casi hermano Claudio (algo que confunde mucho el árbol familiar y nos hace parecer White Trash de la americana profunda en la que cuasi hermanos se casan con cuasi hermanas; pero así son las relaciones familiares) y digo esto porque sé que a los dos les descubrí yo a Goldman (concretamente en un viaje a Maine y New Hampshire que ya, si eso, os lo cuento otro día).

Me gustaría mucho que los ancianitos de Castilla León pudieran leer a Goldman entero: desde The temple of Gold hasta Brothers, pasando por Marathon man y Tinsel y por supuesto a la versión reducida a la vez que ampliada del Morgenstern de La Princesa prometida o al de The silent Gondoliers pero no puedo renunciar a ningún título de mi colección, ni siquiera o especialmente al que aún me queda por leer: Wigger.


Creo que es el momento de parar aquí – que mejor que Goldman – aunque amenazo con continuar revisando los libros que se han quedado en mi librería en futuros posts (si hay demanda, o si no la hay y me apetece acabar el trabajo que ya he avanzado hasta casi Pujol, Don Carlos Pujol que, creo y espero, no tiene nada que ver con el jugador de futbol que es casi el único que se encuentra en internet) aunque puede que en un formato un poco más compacto.

martes, 1 de noviembre de 2016

Comentario textos Octubre 2016

Septiembre acabo con los eventos del décimo aniversario el Wurlitzer lo que, pese a que ya bebo mucho menos de lo que bebía antes (prácticamente soy abstemio y monacal) me dejo, sí no con una resaca, si un cierto cansancio. Uno de esos cansancios alegres, felices, de los que hablan las madres y los padres cuando te dicen que te esfuerces, que por mucho que te canses el esfuerzo merece la pena y otras majaderías de educación católica que resultan ser ciertas (no como muchas otras, aunque la verdad es que no puedo asegurarlo porque yo fui a un colegio laico y mis padres eran cuando menos muy laxos en sus creencias católicas).

Aunque he perdido la practica (y las fuerzas) para salir todos los días del aniversario a ver todos los conciertos estuve en un par de ellos y la verdad es que además de ver a los grupos fue una alegría ver a mucha gente que, por aquello de salir poco, hacía mucho que no veía y a la que, la verdad sea dicha, echaba de menos aunque luego interactuara con ellos poco menos que un saludo cortes y un brindis rápido. La verdad es que me gusta estar en el Wurlitzer (pese a no poder fumar dentro y a que mi cerebro se sature rápidamente), me gusta tomarme unas cervezas en mi esquina disfrutando de un buen concierto o incluso disfrutando de criticar uno malo, o de un estilo incomprensible para mí, ya que criticar cosas siempre ha sido una debilidad de los miembros de mi familia (teóricamente solo ha sido una debilidad  la crítica constructiva, en la que tanto insistía mi padre, aunque no estoy seguro de que tal cosa exista, - creo que vista desde el punto de vista del criticado casi ninguna crítica es constructiva – y en caso de existir me temo que no es la que más practico).

En cualquier caso como ya comentaba el mes anterior había conseguido llegar al doce de octubre sin haber terminado ningún libro, aunque prácticamente me había terminado Razor Girl; un libro que había comprado en el aeropuerto de Atlanta tan solo porque tenía una portada bonita. Aunque, a priori, no lo incluiría en mi top ten de principios la verdad es que resulta curioso y prometedor eso de empezar una historia con un accidente (leve) en el que (desde el punto de vista de protagonista) su coche es golpeado por detrás y cuando se baja para hacer el parte el conductor del otro coche es una chica que le saluda con una navaja de afeitar a la vez que se disculpa por haberse distraído al conducir por andar depilándose sus partes íntimas para acudir a una cita. Una portada y un principio prometedores a los que, desgraciadamente, el resto del libro (ni la historia, ni los personajes, ni los diálogos) terminan de corresponder quedándose en tan solo eso. Un libro correcto pero que desaprovecha el tirón inicial del principio de la historia.

Conseguí acabar el libro con tiempo de sobra para empezar a preparar mi bolsa (las maletas dirían algunos) para marcharme a NYC el día catorce por lo que me volví a presentar en el aeropuerto sin nada para leer en el viaje. Como esta vez no viajaba solo no era algo que me preocupara mucho ya que quieras que no, entre charlar un rato sobre las peticiones de comida especial de Álvaro (que en este viaje le dio por pedir comida Kosher) y los múltiples entretenimientos que mi sobrina Alicia requería de mi hermana Helena (su madre) para no quedarse, bajo ningún concepto, dormida, junto con las pequeñas discusiones que estos causaban pues se pasa el viaje bastante entretenido.

Aunque no me preocupaba mucho montarme en el avión sin nada que leer, como ahora tienes que estar unas cuantas horas paseando por la terminal del aeropuerto sin nada que hacer pero sin dejar tu equipaje desatendido (eso nunca), una vez desayunado y antes de visitar el Duty free para comprar cigarrillos y otros productos varios con los que completar la maleta de entretenimientos de Alicia, pues me acerque a la tienda de prensa a ver si había alguna cosa interesante. La verdad es que no había mucho, pero entre lo poco que había un título me llamo la atención: Blancanieves debe morir. Ya, no parece un título especialmente bueno por lo que posiblemente debería explicar ahora porque me llamo la atención. Sin embargo pese a que dudo que surjan muchas más oportunidades para hablar de mi relación con Blancanieves (o Schneewittchen como Thomas Gemperle me enseño, con poco éxito en la pronunciación, que se decía en alemán hace ya muchos, muchísimos año) ya que no es un tema que surja habitualmente ni en las conversaciones ni, así, en general o en este blog; y pese a que precisamente la idea de este blog era la de contar(me, a mí mismo) parte de mi pasado la verdad es que hoy no me siento con ganas de ponerme a escribir sobre estas cosas y no quiero buscar una excusa para hablar de esto. Así que dejémoslo así, ya, si eso, hablamos otro día de esto.

¿Qué decir del libro? Pues supongo que podría empezar por el final, si hubiera conseguido terminármelo, pero ni con las más de siete horas de vuelo, ni siendo la única lectura que tenía a mi alcance los primeros días, por lo menos hasta que visitara McNally Jackson (u otra de mis librerías favoritas) y teniendo en cuenta que esta visita se iba a retrasar con casi total seguridad hasta que consiguiéramos mesa en El Rubirosa, creo que esto lo dice todo. Es una historia demasiado previsible (digo estoy consciente de no haber leído el final, pero estoy seguro de que no tiene un giro mortal al final; o aunque lo tenga sigue siendo demasiado previsible. Contradicción incluida y aceptada) y la verdad es que la escritura tampoco aporta nada (aquí me hago el cultureta y me refiero a eso de el estilo). Prescindible o como mucho aceptable como libro de playa.

NYC me gusta. No solo me gusta si no que para mí es sumamente agradable visitarla en la compañía de siempre (o de casi siempre, debería decir, ya que es una ciudad que he visitado con mucha gente); la visita anual es una de mis tradiciones favoritas (tal vez, la única tradición que realmente me sigue gustando) y digo esto siendo perfectamente consciente de que las visitas ya no las mismas que eran antes.

Nosotros no somos los mismos (especialmente yo, que soy consciente de haber cambiado mucho y no precisamente para bien lo que provoca no pocas tiranteces en algunos casos) y aunque ya llevemos siendo el mismo número varios años las prioridades no son las mismas: unas crecen en importancia, otras disminuyen, pero muchas otras se mantienen compatibles entre todos y resulta difícil saber quien disfruta más las tiendas de caramelos y chucherías o en las tiendas de comics o de chorradas varias.

La ciudad tampoco es la misma, nunca lo ha sido (afortunadamente) y precisamente en eso radica su encanto: en que cada vez que vas hay nuevas cosas que descubrir, nuevas cosas con las que sorprenderse. En los últimos años, sin embargo, algunas de las tiendas favoritas, de nuestras tiendas más especiales han desaparecido y uno se lleva algunas decepciones al ver locales que a uno le encantaban vacíos o sustituidos por negocios infinitamente más anodinos que los que había, que los que uno esperaba encontrar. Supongo que es ley de vida, o la ley de la ciudad, pero este año yo lo he notado más y si bien es cierto que mi guía de NYC (una que escribí para María Rodrigo hará unos cinco años) perdía algún local cada año la verdad es que creo que ahora la mitad de ellas ha desaparecido. No, no me malinterpretéis, no es pena lo que siento (aunque echare de menos muchos locales), no, lo que siento es simplemente la pereza de volver a descubrir mi ciudad favorita y volver a compilar una guía. Pero es una tarea a la que pondré con gusto en breve. Si, muchas cosas han desaparecido pero hay otras nuevas, otras perduran y muchas quedan por descubrir antes de que desaparezcan.

(Precisamente hoy leo una noticia sobre el Bronx – que no, que no es un barrio que yo visite – en la que comentan que cuando cierre el Barnes & Noble que hay allí – a finales de este año -  ya no quedara ninguna librería en todo el Bronx. Más de un millón y medio de personas y ni una sola librería. Significativo. Afortunadamente parece que hay planes de abrir una librería – pastelería este año, que no es lo mismo pero algo es algo)

En cualquier caso, será porque nos hacemos mayores o más glotones, pero los lugares que no solo se mantienen si no que aumentan son nuestros sitios favoritos para comer. De hecho parte de las excursiones ahora las planeamos en función del día que conseguimos mesa en alguno de ellos. 

Obviamente la excursión a Brooklyn depende de cuando hayamos conseguido la mesa en Peter Luger para devorar su Porterhouse y su ensalada de tomate, cebolla y beicon (cortado con un grosor superior al del menique de una virgen adolescente, o superior al dedo DIN para los más tiquismiquis o los que no tengáis claro como es el menique mencionado) y para que Alicia pueda meter la cabeza en un cuenco de nata montada (el equivalente unipersonal a las guerras de merengues que hacíamos en Játiva cuando éramos pequeños); la excursión a McNally depende de la tarde en la que tengamos pensado cenar en El Rubirosa para degustar sus pizzas y (algunos, no todos pero no daré nombres) ponernos tibios a cocteles mega-extra alcohólicos a la par que deliciosos; la excursión a las tiendas de la calle dieciocho contempla el parar a comer las delicias nada apetecibles por escrito, pero exquisitas, del The Gander, un sitio en el que hay que ser valiente a la hora de pedir para poder disfrutar; y así sucesivamente. En fin, que estamos hechos unos gordos, o mejor dicho siempre lo hemos sido (había gente que a nuestro primer bar, el Morgenstern, lo llamaba el bar de los gordos: Gordo se nace, no se hace y, por cierto, no depende del peso ni de la talla. Es puro vicio y placer.  Pero divago, ya, si eso, comentamos otro día de sitios para comer bien en NYC.

Curiosamente, pese a que a mi Brooklyn no me gusta (el único año que me gusto un poco fue el que estaba Catherine viviendo allí pero creo que incluso las cloacas de Bombay – si Bombay tuviera cloacas – me gustarían con Catherine), nunca encuentro nada interesante, este año, incluso antes de perdernos en las tiendas de discos conseguimos localizar una librería, Word, con buen aspecto (no excesivamente Hípster) en la que, puede que por la ausencia de lectura, decidí llenar mi mochila hasta casi los topes incluyendo el ladrillo (672 paginas) de la autobiografía de Elvis Costello: Unfaithful Music & Dissapearing Ink.

Esa misma noche empecé a leerla y he de reconocer que enseguida encontré cosas interesantes: “A lot of pop music has come out of people falling to copy their model and accidentally creating something new. The closer you get to your ideal, the less original you sound”, que creo que no solo es aplicable a la música si no también a los libros. Íbamos por buen camino, aunque como ya creo haber contado, eso era fácil ya que durante un tiempo no me habría importado ser Elvis Costello, de hecho me habría encantado así que me gustara no tenía mucho mérito.

Lo que tiene mérito es que haya estado a punto de dejarla a mitad porque se estaba convirtiendo en una pesadilla casi imposible leer, además cada vez más.

Si al principio algunas notas biográficas sobre su padre aportaban un toque que podía explicar algunas cosas (al fin y al cabo creo que es difícil entender a los hijos sin saber nada de los padres o de cómo se criaron) poco a poco este personaje se volvía agotadoramente insufrible resultando sumamente curioso que pese a que el mismo reconoce que fue su madre la que siempre le crio y siempre estuvo de su parte, mientras que su padre le hacía un caso mínimo realmente es de su padre del que habla todo el tiempo mientras que lo dedicado a su madre es casi anecdótico.

Si al principio reconocer algunas tropelías o episodios de su vida te satisfacía, al ir pasando páginas y no encontrar ninguna referencia a episodios muy significativos de su carrera (como cuando grabo bajo otro nombre una canción contra Margaret Thatcher, la que pasaría a la historia como la dama de hierro, mote que supongo que prefería al que tenía al principio de su carrera política cuando se la conocía como la ladrona de leche, o la robaleche: the milk snatcher en su ingles natal) te deja totalmente insatisfecho y preguntándote cuantas cosas relevantes se ha dejado sin contar.

Si al principio alguna cita de sus canciones sirve para ilustrar algo la reproduciendo de letras enteras al final te hace sospechar que su vanidad le hace pensar que puede postularse para otro nobel de literatura incluso antes de que se confirmara el de Bob Dylan.

Debería haberla dejado sin acabar (yo de leer, o incluso el de escribir) aunque me ha encantado saber que The Band le gustaban mucho (¿a que persona sensata pueden no gustarle muchísimo?) y algunas otras curiosidades que sirven para reafirmar algunos de mis criterios musicales (aunque se haya dejado otras importantes y casi todas sus opiniones sobre sus contemporáneos) y sobre todo me ha encantado esta frase sobre cuando sabe uno que realmente se ha hecho mayor: “They say that it is a sign that you are getting older when policemen start to look young”. Interesante a ratos pero decepcionante en general.

He de confesar que no conseguí acabarme la autobiografía de Costello antes de que fuera necesario preparar las maletas para el viaje de vuelta por lo que le toco viajar con el equipaje mientras yo llevaba en cabina una lectura más llevadera: I, Lucifer, que pretendía ser una biografía del diablo o como dice en la portada del libro su parte de la historia. Si bien creo que esto no lo consigue, lo de contar la historia de Lucifer desde su punto de vista, digo,he de reconocer que en The Strand (que fue la librería en la que lo compre entre, al parecer, 18 millas de libros, casi 30 kilómetros) tenían un cartel que decía algo así como “si te gusta la primera página, no podrás dejar de leer”. Decidí probar y leerme la primera página (y no el resumen de contraportada, que como siempre me dice Rafa es justo lo único que no ha escrito el autor por lo que es una mala referencia para decidir). No me entusiasmo, me pareció flojilla pero decidí comprarlo (supongo que ya lo había decidido al ojear, que no leer, la contraportada). Aunque no cumple las expectativas (lo puedes dejar sin problema, aunque, ya digo, a mí no me gusto la primera página) tiene puntos de vista divertidos, o mas bien curiosos de los cuales mi favorito es ese de que si es el diablo (Lucifer, venga) es el que de verdad está a cargo del infierno y realmente quiere molestar a Dios ¿a santo de qué viene eso de sufrir en el infierno? “No one gets it. Which do you think would annoy Him more? Souls in Hell Suffering and whishing they’d been Good? Or souls in Hell partying and thinking, ‘Thank fuck I didn’t bother with all that morally sound behavior crap?’ You see the logic, surely”.

Como esta hay alguna otra que merece la pena (como la de Judas y su traición). Una lectura entretenida a ratos, en otros confusa, pero que además permite añadir un pecado a la lista de todos los artistas incluidos (o especialmente) escritores al reflexionar “.. since every artist knows more than he can tell, all art is lying by omission” incluyendo principalmente a Dios y en mucha menor medida al que esto escribe que obviamente omite algunas cosas que sabe (aunque no está seguro de recordar, como cantaba aquel: “I can’t forget, I can’t forget… but I don’t remember what”).

Dejo de omitir, o de contar, de pecar por omision por hoy, que hoy, día de todos los santos, por eso de ser festivo, para mí es como domingo y tampoco es cosa de regodearse en el pecado en un domingo.
  
Razor Girl – Carl Hiaasen
Blancanieves debe morir – Nele Neuhaus
I, Lucifer – Glen Duncan

Unfaithful music & Disappearing Ink – Elvis Costello

miércoles, 12 de octubre de 2016

Comentario de textos - Septiembre 2016

Tengo la sensación de que ha sido un mes bastante raro y lo más curioso es que no tengo mucha idea de porque ha sido tan raro. Supongo, pero es solo un suponer que se ha debido a la tensión creada por varios asuntos relacionados con el Wurlitzer, al fin y al cabo estábamos metidos en unos cuantos temas que se debían de resolver durante este mes de Septiembre.

Por una parte teníamos en marcha una ampliación de aforo que nos había preparado un estudio de arquitectura, (digo lo de estudio por que es como a ellos les gusta denominarse pero para los demás es lo que viene siendo una pandilla de arquitectos. Y no, no añado el calificativo de negados al título de arquitectos, ya que – no solo como ingeniero, si no como ser humano que ha tratado con arquitectos – se, todos sabemos, que, salvo honrosas excepciones añadir este adjetivo no aporta nada ya que va implícito en el titulo), ampliación que después de realizar las obras propuestas por la caterva de negados, el técnico del ayuntamiento, con más razón que un santo, había considerado que no era aceptable, que era casi un “fraude de norma” y la había denegado.

Como consecuencia de esta negativa del ayuntamiento (que habíamos conseguido parar y que no fuera una negativa formal, si no provisional) habíamos preparado, nosotros esta vez, otra solución con un poco más de obra y el técnico tenía que venir a revisar, lo que obviamente creaba una cierta tensión. Si bien, como todos los que me conocéis sabéis, mi vanidad es tal que obviamente no debería preocuparme lo más mínimo que la solución fuera aceptada ya que yo había participado en definirla por lo que, por definición, tenía que estar bien, lo que si me preocupaba es que no cumplía con lo que decían las normas: no cumplía la norma ya que esta norma (escrita por arquitectos) no era interpretada por los arquitectos (ni los de la pandillita ni los del ayuntamiento) conforme a lo que pone si no a lo que al parecer querían haber puesto en la norma y que debido a su incapacidad habían escrito mal pero que afortunadamente todos ellos interpretaban igual de mal (aunque con variantes).

Por otra parte teníamos que resolver un asunto laboral, o por decirlo más claramente: un asunto de chantaje laboral en gran medida respaldado por la ley. Un asunto sobre el que la verdad es que todavía no me apetece extenderme pero que también era una importante fuente de tensión, más incluso que el de la licencia ya que en este caso las opciones no estaban tan claras y todas salvo una opción, una posibilidad remota (pese a ser la que se ajustaba a la realidad) eran malas y esta única opción no dependía de nosotros sí no de la posible interpretación de las posibles mentiras que determinadas personas pudieran contar (corrijo: de las mentiras que esas personas ya iban contando y que, para bien o para mal, incluso algunos conocidos, casi hasta amigos, se estaban creyendo a pies juntillas, e incluso iban repitiendo. No, no daré nombres porque ¿para qué? Ellos saben quiénes son, yo sé quiénes son algunos y los demás casi seguro que también).

El caso es que fue un principio de mes, con cierta tensión y con muy pocas lecturas ya que me faltaban las ganas de acercarme a mis librerías de referencia pese a que tras el verano no me quedaba nada que leer y no fue hasta que no a la vuelta de un viaje decidí pasarme por la librería del Circulo de Bellas Artes que casi me pillaba de camino desde Atocha a casa y me compre dos libros para saciar mi necesidad lectora.

La primera elección era bastante obvia ya que se trataba de Por la mañana me habré ido, cuyo autor ya conocía (incluso lo recordaba), policiaca y en la Irlanda del norte de los ochenta, que más se podía añadir. La novela es bastante buena y sin embargo no es tan buena, o a mí no me ha gustado tanto, como la anterior que leí de McKinty. ¿Por qué? Bueno, diría que en la primera la presencia del IRA, y de la violencia asociada, era algo más cotidiano con lo que los protagonistas convivían y sin embargo en esta el IRA esta en cierta medida más presente a través de distintos personajes lo que le quita esa cotidianeidad que le daba un cierto toque; y por otra parte hace un homenaje a esos casos de habitación cerrada de la literatura policiaca centrándose en exceso en la resolución de ese caso. Pero tal vez estos sean factores para que a algunos os guste más, os parezca más una novela policiaca o la disfrutéis ya que, sin duda, yo diría que es una buena novela y un autor a seguir (de momento, por lo menos). Eso sí, creo que la traducción debería estar un poco más trabajada porque si bien es cierto que la palabra que (posiblemente) usa en el original para describir una determinada zona de la ciudad, caracterizada “con sus hileras de casa grises, sus pilluelos callejeros, sus hogueras, sus coches quemados, sus incitantes dibujos de AK-47 en cada muro” pueda traducirse literalmente por urbanización, nadie en España entenderá esa zona como una urbanización si no como un suburbio, una barriada o algo similar. Pero vamos, que esto no pasa de ser una anécdota.

La segunda elección también respondía al mismo criterio de conocer al autor y de hacer una compra de supervivencia (algo muy distinto a una compra por placer como las que hago en mis librerías de referencia o en las librerías que me gustan que no es el caso de la del Circulo) ya que era la segunda parte de House of Cards: Jaque al Rey. Simplificando mucho podría decirse que es más de lo mismo, intrigas políticas en Inglaterra, con el mismo personaje central que la anterior pero que esta vez está decidido a derrocar la monarquía ya que ya ha llegado a ser primer ministro derrocando al anterior con sus intrigas. Lo más interesante es que esta vez cuenta con el apoyo de un personaje femenino especialista en la realización de encuestas de opinión lo que le permite explicar como en muchos casos las encuestas de opinión no intentan conocer la opinión si no formarla mediante la selección dela pregunta sobre la que se hace la encuesta o incluso el momento de realización de la misma. Que el autor es un buen observador de la realidad queda patente en muchas afirmaciones que hace a lo largo de la novela como cuanto explica el amor de algunos tipos de personas por el campo y su contenido animal: “los tipos nacidos y criados en bloques de hormigón y rodeados por farolas rotas y coches destrozados tendían a sentir cierta ingenua empatía con el campo y los seres que vivieran en él”. Me encanta lo de ingenua empatía. Es una buena novela pero yo he echado de menos las frases que en la anterior habrían cada capítulo y que eran ciertamente excelentes.

La verdad es que con solo estas dos novelas, me había plantado casi en el día veinte de septiembre y ya estaba pensando en un viaje que tenía que hacer a Nueva Orleans para un congreso y que me tenía un poco tenso. No solo por el hecho de ir solo y tener que pasarme todo el día hablando en ingles en distintas reuniones sí no que además tanto a la ida como a la vuelta tenía que hacer escala (lo que viene siendo hacer transbordo en otros medios de transporte como el metro) y cambiar de avión que es algo que me molesta bastante porque siempre creo que voy a perder la conexión (por mucho tiempo que tenga) y que me acabare quedando atrapado en el aeropuerto, completamente perdido y, ya digo: solo. Por supuesto que nunca me ha pasado nada parecido y siempre he hecho las conexiones de vuelos sin ningún problema,  pero es algo a lo que no consigo acostumbrarme a cambiar de avión y cada vez – con todas las malditas e inútiles medidas de seguridad – me crea más tensión.

Me habría gustado llegar al viaje con algún libro, ya que a diferencia de otros aeropuertos en el de Madrid no hay una buena librería (solo hay un puesto de venta de prensa con algún libro) en la que entretenerse un rato mirando libros para acabar comprándose uno bueno.

La selección estaba muy limitada, poco más que libros de autoayuda, de gestión de empresas o de comunicación, unos pocas novedades editoriales que uno tiene que estar muy desesperado para considerar interesante y algunos best-sellers. La decisión estaba clara y elegí El Murciélago, de un autor del que ya había leído alguna novela y no me había parecido ni bueno ni malo; normalito, entretenido para una lectura en un par de aviones. Como no tenía especiales esperanzas pues no me defraudo y cumplió su cometido con cierto acierto. Se trata de una historia entretenida en la que tal vez lo más curioso sea ese de ver a un escandinavo manejándose por Australia investigando uno o más crímenes. Como no me apetecía hacer el psicópata en el avión sacando mi cuaderno para escribir alguna frase o alguna idea del libro ahora me encuentro con el problema de que soy incapaz de localizar algunas cosas que me llamaron la atención (como el significado de los murciélagos para los aborígenes) así que poco puedo añadir salvo que no me ha dejado un recuerdo especial.

Como alguno habréis supuesto mi plan era pasear por Nueva Orleans – además de acudir a unas cuantas reuniones que tenía y que eran por las que me pagaban el viaje – buscando lo de siempre: librerías, tiendas de discos, tiendas de ropas, curiosidades; además de por supuesto tomarme unas cervecitas y disfrutar de la ciudad. Obviamente suponía que Nueva Orleans tendría buenas librerías por lo que no andaba preocupado por no tener nada que leer (salvo terminar el libro que había comprado en el aeropuerto); lamentablemente o no lo es o yo conseguí esquivarlas todas (esta es una habilidad que curiosamente tengo: la de esquivar cualquier cosa que esté buscando en una ciudad. Soy tan hábil que puedo recorrer veinte manzanas de NYC sin encontrar un StarBucks o similar).

Pese a que la feria y sus actividades sociales me tenían bastante entretenido por el día desde un ahora bastante temprana al segundo día ya andaba un poco desesperado por localizar una buena librería. El tercer día, domingo, estaba pensando en asaltar una Little Free Library y llevarme prestado uno o más libros sin dejar ninguno, como si fuera un atentico español (bueno, no del todo autentico porque para un auténtico español cogería todos los libros sin tener ninguna intención de leerlos – solo porque estaban allí – y yo quería leer alguno) pero me contuve pensando en que no era la mejor forma de participar en este proyecto (algo que tengo intención – ya veremos en que queda - hacer en Piles el próximo verano instalando mi pequeña librería gratuita).


Como no robe ninguno y tampoco encontré ninguna librería interesante acabe llegando al aeropuerto de Atlanta – para hacer transbordo hacia Madrid – sin nada que leer (una vez más) pero llegue confiado de que era un aeropuerto importante en el que seguro que había una buena librería o por lo menos un puesto de Hudson News bien equipado en el que abastecerme además de chucherías para el viaje (y para Alicia) de algún libro.

Así fue como acabe seleccionando The Drifter para leer durante el vuelo de vuelta a Madrid, en gran medida porque lo recomendaba Baldacci al que le sigo teniendo respeto como escritor de Thrillers, si bien cada vez le tengo menos como crítico y del que casi me empieza a parecer que añade una frase del tipo “lo mejor que has leído” a algunos libros solo para que los suyos parezcan mejores en comparación. A ver, el libro es entretenido (lo cual es muy bueno, o casi ideal para leer en un avión) pero la historia es demasiado previsible con eso de que el héroe vuelva para ayudar a la viuda de un amigo del ejército, que obviamente tiene un hijo, pero se encuentra con unos cuantos negocios cuando menos discutibles (por no hacer spoilers) y tiene que intervenir y solucionarlo todo pese a estar todo el mundo en su contra. En fin, la típica historia que da para poco más que un western de Sergio Leone. Pero si hasta hay un perro fiel a su antiguo dueño que acaba teniendo un papel significativo. Posiblemente tenga alguna cosa buena pero tampoco quería hace el psicópata tomando notas en el viaje de vuelta, aunque ahora mismo no recuerdo ninguna. Con todo se deja leer pero para mí no es una serie a seguir (si, se adivina que a poco éxito que tenga esto dará lugar a una serie).

Nada más volver y para terminar el mes lo único que quedaba era celebrar el aniversario, el décimo del Wurlitzer, y por si os lo estabais preguntando con todos los asuntos arreglados: con el aforo ampliado hasta un nivel que parece increíble y que esperamos por una parte esperamos no tener que usar pero por otra esperamos que nos sea necesario muchos días, sobre todo en muchos conciertos; y con el tema del chantaje zanjado y camino del olvido.

Escribo esto a día doce de octubre y he de confesar que de momento solo me he leído un libro este mes  por lo que parece que también será un mes tranquilo en cuanto a lecturas aunque ya veremos que en un par de días me marcho a NYC y McNally Jackson me estará esperando con novedades, clásicos y otros libros tentadores para el otoño invierno (o eso espero; eso y encontrar alguna librería nueva tentadora que sustituya a las que han ido cerrando estos años). Ya os contare, ahora solo decía esto por daros un poco de envidia.


Por la mañana me habré ido – Adrian McKinty
Jaque al Rey – Michael Dobbs
El Murciélago – Jo Nesbo

The Drifter – Nicholas Petrie

domingo, 4 de septiembre de 2016

Comentario de textos Agosto 2016


Aaaahh, Agosto. El mes de verano por excelencia, por definición e incluso simplemente por el calor agobiante que se sufre en Madrid y en casi todas partes. No es que a mí me afecte lo mas mínimo ya que por muchas razones, que no me detendré a detallar ni a debatir, últimamente tengo tan poco trabajo que para mí son casi vacaciones todos los meses, aunque no del todo ya que empiezo a sufrir las posibilidades de un cierto agobio económico lo que hace que no se sean exactamente vacaciones. O si, ya que como siempre digo “las vacaciones son para los pobres, los ricos ¿de qué necesitan (necesitamos) vacaciones?”.

Empezaba Agosto y yo todavía tenía en casa un libro por leer, lo que siempre me da una cierta tranquilidad espiritual por aquello de no tenerme que enfrentar a conflictos entre mis librerías de referencia (ya sabéis: la librería Fuenfría de Cercedilla, que si bien parece que se anima todavía puede aceptar más visitantes sin problemas; y la librería Méndez de la calle Mayor, que con la perdida de la hora punta de las diez que tenían cuando las trabajadoras) del Ayuntamiento – sí, así en femenino ya que, según la opinión del librero, las compradoras de libros son notablemente más mujeres que hombres) aprovechaban para pasarse a comprar una novela a la hora del café). El nivel de pereza había aumentado al once.

En Grand Central Station me senté y lloré era la novela que me esperaba para empezar mis lecturas de agosto, y aun diré más: era la única novela que tenía, algo que digo para explicar porque me empecine en acabarla ya que pese a ser bastante corta se hace excesivamente larga. Es más, me atrevo a decir que  se hace excesivamente larga desde la primera página. No dudo de que pueda tener su encanto para ciertas personas y que las frases que adornan su contraportada no sean sinceras, supongo que es tan solo que yo no estoy en ese grupo de personas. No me ha interesado nada la historia que cuenta, ni como la cuenta y unidas las dos cosas ni siquiera estoy muy seguro de cuál es la historia que cuenta. Bueno, sí se la historia que pretende contar porque parece ser autobiográfica y la explica en la solapilla, si no fuera por esto creo que no me habría enterado de nada, o de casi nada de la historia. También supongo que me he perdido algo del lenguaje ese tan poético que usa, que a mi sencillamente me suena a petardez tras petardez, a un montón de frases vacías que realmente no significan nada. Igual es problema mío y eso es el lenguaje poético pero no tiene ni punta de comparación con, digamos, Moix, Ana María para más señas. Con todo la parte más sorprendente, tan sorprendente hasta casi resultar divertida, la componen las ultimas diez páginas sobre la traducción y las citas o referencias en el texto que se dedican a contarte que cuando ha escrito “rumores de guerra” realmente está citando a Tacito si dice “Desnuda espero” está citando a no sé qué poeta. Vamos, que con este método de buscar referencias hasta la sección de deportes del periódico cita a todos los clásicos de la literatura tranquilamente, siendo por lo tanto una sección para culturetas y hipsters. Ríete tú de las casualidades de los videntes, de las profecías de Nostradamus o de la cábala.

He de confesar que si esto de las citas me ha divertido es porque una vez, en esos años tan raros en los que a los bares les dio por anunciarse poniendo una lista de los grupos que pinchaban, yo decidí escribir un panfletillo utilizando los títulos de cien de mis (del Wurlitzer) canciones favoritas (bueno realmente fueron 101, como broma adicional con la nomenclatura de los cursos de iniciación que en estados unidos se denominan “lo-que-te-apetezca-estudiar 101”) que pretendía contar una historia estúpida como excusa para el entretenimiento de localizar las ciento una canciones. Se trataba de localizar las ciento una que yo habia puesto ya que la lista final de canciones que podían localizarse era muy superior a las ciento una ya que había muchas que yo no sabía que había puesto, pese a que me eran conocidas, y que algunos de los pocos jugadores que leyeron aquello “localizaron” rápidamente. Pero divago, si eso, ya os copio el panfletillo otro día y a ver cuántas y cuales adivináis y cuantas de ellas eran, y cuantas no eras, las que yo había incluido.

Diría que las traiciones se pagan – aunque precisamente este mes el ir a la Casa del Libro a comprar algo estaba justificado, por aquello de las vacaciones – y que por eso El libro de Stone, que no tenía mala pinta, me acabo pareciendo una bazofia bastante infumable. Escrito por un neurótico, diría que casi más neurótico que Woody Allen, pero sin la diezmillonésima parte de su gracia. Como ejemplo, en un momento del libro está abrazando, algo más que cariñosamente, a su novia y de repente decide imaginarse que realmente su novia está abrazando, mucho más que cariñosamente,  a su padre para acto seguido imaginarse que es el mismo el que está abrazando a su madre y a continuación estrangulándola. Por mi parte, sobran los comentarios. Es verdad que pese a  haberme parecido un mal libro suscribo, aunque no sea aplicable en este caso, su afirmación de que “los libros son la mejor manera de relacionarse con la humanidad sin llegar a comprometerse con los seres humanos”
También creo que es totalmente cierto eso de que “la expresión ‘para siempre’  resulta imposible de concebir hasta que cae con todo su peso sobre uno mismo: la aceptación de que para siempre significa para siempre jamás”; el resto de los ‘para siempre’ son claramente condicionales al igual que siempre lo es aquello de “de esta agua no beberé, y este cura no es mi padre”. Solo esos ‘para siempre’ que se asocian a una perdida irreversible son de verdad, los demás… ya se verán.

Mi otra compra en La Casa del Libro fue un libro en inglés, Orphan X, en gran medida para sentirme menos traidor pero en parte porque venía recomendado, entre otros, por Baldacci, escritor que goza de mi favor incondicional en ese de los Thrillers, siendo todas (vale, casi todas) sus novelas un valor seguro. No hay que ser un genio para deducir sobre la base de la portada que va sobre un asesino (por voluntad, trabajo, venganza, o vete a saber tú el motivo), ni viendo el ‘huérfano’ del título, e incluso la X parece indicar que ira sobre un asesino fabricado por el gobierno a partir de un huérfano que por supuesto no será el único de ese programa gubernamental (queda la duda de si la X es un numeral, es decir es el décimo, o si es un literal, y por lo tanto hay algunos más de diez).

Curiosamente la dedicatoria del libro no es a una serie de autores similares del género si no que la hace a los protagonistas de los libros, presentando una lista de asesinos famosos, entendiendo como asesinos incluso a espías o detectives lo que en cierta medida remite a mi lista de canciones para sustituir a una lista de grupos que ya he comentado antes. Es una dedicatoria larga – prácticamente una página entera – ya que la cantidad de asesinos de novela es muy elevada y pese a ello salta a la vista que falta uno de mis favoritos, uno de mis referentes del género, un desliz, o una laguna casi imperdonable ya que como puede hacerse una lista como esa y que no aparezca… bueno, ya os lo cuento otro día.

El libro se deja leer muy bien, aunque por supuesto resulte totalmente increíble. Yo me lo devore – prácticamente entero - en el viaje en tren a Piles. Un viaje que confesare hice directo, pese a que había comprado billete solo hasta Valencia, por lo que teóricamente tenía que bajarme y cambiar al cercanías, hecho que ignore al descubrir que el tren iba directo hasta Gandía aunque con cierta aprensión por si aparecía un revisor pero  ¿Quién, que revisor, le va a decir nada a un psicópata que apunta con letra minúscula frases en un cuaderno? Por mucho que en este caso las frases fueran tan horterillas como esta frase que igual usare un día de estos para congraciarme con las chicas y con el hecho de ligar/amar mucho menos que la mayoría de mis conocidos: “A guy can love a million woman. But a ‘man’, a man loves one woman a million ways”. Toma frase… ¿cómo te quedas? Especialmente tú que sabes quién eres, a quien se aplicaría esta frase si fuera mía. Pues eso, un libro bueno aunque no sé si lo suficiente como para darle las gracias de Baldacci.

Si, exactamente tal y como estáis pensando los más observadores de vosotros ahora me encontraba de nuevo en Piles con tan solo unos pocos capítulos por leer de un libro de esos que se leen prácticamente solos. No era un plan brillante sobretodo sabiendo que en Piles ya no me queda prácticamente nada que leer (el resto de los visitantes tienen más suerte ya que yo  he decidido dejar todos los libros que llevo y me acabo allí para el siguiente lector.  No por bondad ni nada parecido, si no tan solo porque pese a lo que dice la tradición popular sobre  los libros – la cultura, en general – estos no solo ocupan lugar si no que pesan y mi natural vagancia me obliga a actuar así).

Afortunadamente mi memoria es lamentable, especialmente para los libros y en particular para los libros que se leen casi sin pensar y puedo releer sin problemas muchos libros como si fuera un  intelectual, aunque tengo entendido que estos (los intelectuales) recuerdan lo que han leído y la relectura la llevan a cabo para captar los matices y sutilezas que no captaron en la primera lectura (por la complejidad del libro, no por su torpeza natural, que mira que sois malos cuando queréis) y no porque, como me pasa a mí, no se acuerden de nada de lo que han leído. En fin, sea como sea el caso es que, tras buscar un buen rato, localice un Best-Seller, El socio, que probablemente (con una probabilidad cercana al 100%) ya me había leído en visitas anteriores pero que pensaba que perfectamente podía volver a leerme y eso que los best-sellers son los libros más difíciles de releer ya que en muchos casos lo que más importa es la resolución de la historia y no la forma en la que está contada (como si dijéramos, en un tono fascistoide, eso de que el fin es más importante que los medios; o para llevar la contraria a los hippies que el camino no es importante, solo el final importa).
No hubiera sido raro, no habría sido la primera vez (ni será la última, me temo) que a mitad de un libro mi cerebro se ilumina y descubre que efectivamente ya lo había leído sumiéndome en la duda de que hacer: seguir o dejarlo. Pero no, no me sonaba nada, nada de nada y eso que es una de esas historias en las que todo son trampas, todo cambia de repente hasta la última página (aunque uno adivine, o sospeche, cuál va a ser ese giro final que sabe que habrá). En fin, eso una tranquila lectura de playa, entretenida y poco más con sus personajes muy buenos y con sus grandes corporaciones muy malas. En este caso una compañía de seguros para las que en mi experiencia (desgraciadamente bastante amplia) y para las que con excepción del FAM, es cierto lo que afirma uno de los protagonistas que  “llevaba años trabajando para compañías de seguros y nada le sorprendía: sabía que siempre encontraban la manera de caer más bajo”. Si, son lo peor aunque en difícil empate con los servicios de garantía que, por increíble que pueda parecer para las cámaras sumergibles no cubren los daños por agua.

Afortunadamente, pese a lo que internet me decía en mi última búsqueda, en Gandía si hay una Casa del Libro como afirmaba mi hermana Helena, demostrando que siempre es mejor fiarse de una persona que de una maquina por lo que podía ir a abastecerme sin buscar la segunda librería de Gandía pueblo en una de esas visitas necesarias para abastecerse de cosas o para pasar una tarde de bandera roja ya que además está en un centro comercial. Se trata de una tienda mínima – las he visto más grandes y mejor abastecidas en algunos aeropuertos – pero que cumpliría, si no nos poníamos muy exigentes, la función de abastecerme.

La ausencia de novedades interesantes me obligo a plantearme volver a la intelectualidad veraniega y dedicarme a las relecturas en un sentido estricto por lo que cogí La trilogía de La Fundación, que son tres libros que sabía perfectamente que ya había leído, que además creía recordar por lo que sí que sería un verdadero intelectual, releyendo para captar matices y sutilezas. Pero como una mona vestida de seda, por muchos trucos que usara yo seguía siendo yo y aunque recordara lo de la psicohistoria, poco más recordaba y ya estaba volviendo a leer sin captar sutilezas, e incluso lo que recordaba era nuevo para mí demostrando que uno puede leer el mismo libro de muchas formas distintas. Así, por ejemplo, recordaba el concepto de la psicohistoria casi como una especie de fatalismo marxista, en el que las cosas estaban escritas, o adivinadas, debido no a las acciones de las personas individuales si no a una especie de mente colectiva que era la que formaba la historia. Sin embargo leyéndola (perdón releyéndola) ahora la actitud fatalista de La Fundación se me acercaba casi al comportamiento de Rajoy y en su inacción para cualquier cosa (en esta etapa plagada de elecciones, no cuando gozaba de la mayoría absoluta para cometer actos cercanos – por el lado equivocada – a la criminalidad), ese “total, seré presidente haga lo que haga, así que no hago nada, no cedo nada y no pacto nada”.

Es verdad que en el segundo libro se sigue viendo esa lucha entre los, buenos y viejos, tiempos de La Fundación (con un sistema basado en la ciencia pura) y los tiempos posteriores de El Imperio (basado en la herencia de los lideres) que le hacen recordar a un científico “Además, en tiempos de sus antepasados, los alcaldes eran elegidos y destituidos a voluntad, y las únicas personas que heredaban algo por derecho de nacimiento eran los idiotas congénitos” y que si marcan un poco ese alegato a favor de gobiernos más lógicos que los que tenemos (o a los que tendremos en el futuro).

Supongo que esto de re interpretar los libros, es tan natural como el cuándo eres crio y ves La Guerra de las Galaxias y quedas convencido de que realmente los Jedis son los buenos, los que defienden la libertad, la justicia y todo lo importante, que tú de mayor quieres ser un Jedi (por supuesto partimos de la base de que no puedes ser Han Solo, que es lo que de verdad quiere ser cualquiera de nosotros); y luego al cabo de unos años y de unos cuantos  visionados adicionales te das cuenta de que no dejan de ser una secta religiosa con todos los problemas morales que esto implica y si bien no quieres ser el emperador ya no estás seguro de querer ser un Jedi, a menos que puedas ser Obi-Wan Kenobi (de viejo, se entiende)

Yo ya sé que no seré Jedi, ni tampoco seré  Alec Guinness (que aunque pueda parecer lo mismo, no, no es lo mismo que ser Pepe Mahou que por cierto tampoco seré) pero creo que si estoy cerca de ese personaje de La Fundación del que dicen “Era un anciano y le gustaba decir que sus conductos neurónicos se habían calcificado hasta el extremo de que sus procesos mentales eran rígidos e invariables…. Pero sus ojos no veían menos porque estaban más gastados y su mente no era menos experimentada y sabia porque ya no era ágil”. Lo de los procesos mentales rígidos ya lo tengo logrado, aunque fallo en lo de no ver menos.

Ya que andaba comprando libros aproveche y cogí, con muy poco convencimiento diré, Perros Callejeros, ya que nunca consigo recordar si Elmore Leonard me gusta o no ya que lo confundo con James Ellroy (creo) que no me gusta, o ,mejor dicho me gusta en plan pimientos de Padrón: unos si y otros no. Si me decidí a cogerlo fue en plan homenaje a algunos conocidos que no pueden resistirse a las ofertas (no daré nombres) y porque por el precio que tenía podía arriesgarme sin cargo de conciencia. Se trata de una novela bastante correcta, entretenida aunque con un punto de todo el mundo engaña a todo el mundo, nadie se fía de nadie y esto acabara estallando por cualquier parte que es un poco cansino. Yo la he disfrutado y como toda buena novela negra deja perlas excelentes: “Yo creo que el cielo debe de estar en alguno de esos planetas que no vemos, detrás de las estrellas. Para los que están allí no tengan que mirar a la tierra y pensar: Joder que suerte he tenido de salir de allí.”


Ya de vuelta en Madrid (aviso a los lectores playeros: la trilogía me la acabe de leer en el tren así que no busquéis ni esta ni la de Leonard por Piles) me acerque un sábado a otra Casa del Libro (esta vez a la de Fuencarral en la que había una cajera verdaderamente preciosa y encantadora) a comprar algo y cumpliendo con otro de los ritos veraniegos compre un libro de un volumen más apropiado para la halterofilia que para la lectura en la cama: Ciudad en llamas. He de confesar que estuve dudando un buen rato si comprarlo o no – no solo porque yo leo bastante en la cama y no quería morir aplastado – si no porque también tenía una especie de interludios que pretendían reproducir cosas como fanzines punks y diarios. Eso en el lado negativo. En el positivo pues estaba básicamente que pasaba en NYC a mediados de los setenta y que trataba más o menos de los inicios del Punk en esta ciudad. Claro que esto era según la contraportada… y esa lección (la de que no puedes fiarte de las contraportadas) ya la he aprendido. Al final la ausencia de otra cosa más interesante me hizo decidirme por comprarla y lamento decir que no he conseguido acabármela porque me ha parecido sencillamente insoportable y solo avanzaba en ella por necesidad, por ausencia de alternativa lectora.

Lo que más me molesta es que creo sinceramente que podía haber sido una buena novela. Al fin y al cabo pasa (NYC en 1977) en un momento y lugar que es razonablemente histórico (si bien, de esa historia de andar por casa de algunas personas; no de la historia con mayúsculas), que además el autor sitúa muy acertadamente entre dos hechos que realmente no tienen ninguna relación (ni entre ellos, ni con el momento de la novela) como son el bicentenario de estados unidos y el apagón de la ciudad de Nueva York . Relacionar tanto el bicentenario como el apagón dela ciudad podía aportarle un toque bastante interesante a la historia del punk en la ciudad, y si a esto el autor añade un hecho (no sé si real o inventado) que tiene potencial para desarrollar una teoría suficientemente divertida como es que ese fuera el primer año (el bicentenario) en que los fuegos del 4 de Julio no fueron disparados por personas si no por maquinas.  

Pero no es solo que la historia estuviera bien situada sí no que además en algunos casos describe personalidades de una forma excelente: “solo creía que sus acciones tenían consecuencias como los niños creen en el Ratoncito Pérez: porque los demás lo decían y porque cuando levantabas la almohada… ¡Mira! ¡Una moneda!”. ¿Qué mejor forma de describir la irresponsabilidad de algunos adultos o semiadultos?; y en otros describe bien principios cuasi filosóficos: “Y había aprendido que, en realidad, no podías hacer acopio de nada que importara. Sentimientos, personas, canciones, sexo, fuegos artificiales: existían solo en un tiempo concreto y, cuando este concluía, se acababan”. No solo se acababan en ese tiempo, que es una obviedad, si no que se acababan también las sensaciones asociadas a ellos, incluso su recuerdo y es ese final el que provoca eso de la nostalgia, incluso eso que yo digo para reírme de ella de  que “ahora ya ni siquiera la nostalgia es lo que era”.

Creo que podía haber sido buena pero es tan mala que no solo no la he terminado si no que había pensado en dejarla muchas veces pero, desgraciadamente, no tenía otra cosa que leer. Afortunadamente mi amigo de la infancia Mike (González, para más señas. Del que por su importancia en mi pasado tendré que hablar más en estas páginas, pero, ya si eso, otro día) puso un comentario en Facebook de que se estaba leyendo una nueva novela de la serie de Bernie Gunther. Esta información unida a la rapidez del servicio prime de amazon, y a la excusa que me proporcionaba que a mi sobrina se le hubiera roto una botella que tenía y a la que le tenía un cariño de esos infantiles que haría que ,cuando se diera cuenta de que se le había roto, se produjera una pequeña crisis domestica de mayor intensidad que la crisis de los misiles soviética, con todos en DefCon 1 y con el Doomsday Clock a escasos segundos de la media noche, me salvo de continuar leyéndola, o por lo menos durante un tiempo: lo que tarde en leerme The other side of silence.

Lamentablemente leerse un libro de Kerr es algo que lleva poco tiempo, ya que uno se pone a ello y prácticamente no puede parar hasta terminar. Sí, es de ese tipo de autores: de los que son un poco mejor que muy buenos y no solo cuando escriben novela negra. De hecho esta novela más que negra es casi de espías. El personaje central es S.W: Maughman, el famoso escritor, y la trama se basa en unos chantajes – en principio – sobre su homosexualidad y la de su círculo de amigos para complicarse con la trama de espionaje. Sumamente entretenida, e incluso educativa en chorradas como que en un cuadro famoso de Gauguin (Eve), ella, la Eva del cuadro tiene no siete dedos en el pie izquierdo y no los cinco habituales o los seis que algunos condes malvados tienen en una mano. Afirmación que me pareció tan insólita como la de que Maughman jugara al Bridge con la Reina de España en 1956 (supongo que se refiere a una reina en el exilio, a una ex reina, ya que hasta yo con mi incultura histórica enciclopédica sé que en esas fechas no había reina en España) pero que se compensa con conversaciones como la que ocurre cuando Gunther le dice a Maughman “A picture can tell a thousand words. Isn’t that what they say?” (Refiriéndose a la foto con la que le chantajean) y él se limita a responder  “Christ, I hope not. Otherwise I’m out of fu-fucking work” (no porque le costara decir joder, sí no porque al parecer en ocasiones tartamudeaba).

Acabado este libro, como un intermedio que demostró una vez más la teoría de que muchas veces los anuncios son mucho mejores que los programas en los que se ubican, intente volver a Ciudad en llamas. Lo intente fuertemente hasta que llego el final de mes, que considere una señal, y decidí que era imposible seguir intentándolo y que lo daría por acabado para los comentarios de este mes. Una pena, tanto tiempo perdido con un libro tan malo.

Aquí acabo aunque me voy con la sensación de que he adquirido demasiados compromisos de contar otras cosas que no se si conseguiré cumplir. Lo intentare o, más probablemente, me olvidare de ellos si nadie me los recuerda (afortunadamente tengo un certificado médico que permite no tener conciencia de culpabilidad por las cosas que olvido, o más precisamente por el hecho de no añadir recuerdos nuevos como los de estos compromisos a mi cerebro).


En Grand Central Station me senté y lloré – Elizabeth Smart
Orphan X -  Gregg  Hurwitz
El libro de Stone – Jonathan Papernick
El socio – John Grisham
Trilogía de La Fundación – Isaac Asimov
Perros Callejeros – Elmore Leonard
Ciudad en llamas – Garth Risk Hallberg

The other side of silence – Philp Kerr