viernes, 14 de julio de 2017

Comentario de textos - Junio 2017

Hacía ya varios años que no me acercaba por la feria del libro, algo que supongo era una tradición familiar (de la que no tengo recuerdo) y que mantuve como tradición personal, con amigos, durante muchos años para luego abandonar totalmente.

Supongo que las razones por las que deje de acudir a la feria del libro fueron variadas y seguro que en mayor o menor medida entre ellas se cuentan la perdida de contacto con aquellos amigos que me solían acompañar, mi creciente aversión a las multitudes y también el hecho de que en los últimos años en los que acudí la mayoría de las casetas eran de librerías, con muy pocas editoriales, lo que obviamente la convertía en algo tan aburrido como pasear tropecientas veces por los pasillos de la zona de libros de una gran superficie interminable, viendo una y otra vez los mismos libros en casi todas las casetas. Algo realmente agotador que no compensaba el placer de tomarse luego una cerveza, o incluso más habitualmente durante la primaveral tormenta veraniega que, por lo menos para mí, siempre ha caracterizado mis visitas a la feria del libro.

A mí siempre me ha llovido torrencialmente en la feria del libro, desde la primera de la que tengo recuerdo: una en la que me compre el primer tomo de El Señor de los Anillos (ejemplar que preste a Manolo Die Deán, y que nunca me devolvió y yo no he vuelto a comprarme ya que quiero pensar, pese a que de esto haga más de treinta años, que algún día me lo devolverá) y cosas súper-hippies; pasando por aquellas en las que Jacobo y yo buscábamos libros de poetas franceses o malditos para escribir canciones, cunado no directamente copiar partes enteras (lo que técnicamente se llama homenajear a los autores) y en una de las cuales nos gastamos todo el dinero que teníamos destinado para las cervezas de ese día, o de esa semana, en comprar los dos tomos de todas las canciones de Bob Dylan (hasta aquel momento del que ya hace también mucho tiempo) en una edición bilingüe que he tenido que reemplazar por una edición posterior no bilingüe (eso si, solo en ingles que para algo es uno un cultureta), porque no se bien como, porque motivo, con que chantajes emocionales exactos, mi hermana Maite se acabó quedando con aquellos dos volúmenes que a diferencia del primer tomo de El Señor de los Anillos sé que nunca recuperare; hasta las últimas que recuerdo en compañía de Lourdes y de Barcina (cuando Lourdes y yo ya no éramos pareja, pero quedábamos para ir a la feria a dar un paseo por tradición, pero antes de que Barcina dejara totalmente de beber para convertirse en un montañero), en todas ellas me ha llovido, o al menos ha llovido en mi recuerdo y nos hemos refugiado en un bar con unas cervezas antes de saturarnos de la propia feria.

Este año, sin embargo, no llovió durante mi visita a la feria del libro, algo que además de extraño hizo que la misma se alargara un poco más de lo necesario, de lo aconsejable, y que no acabara precipitadamente con unas cervezas en el bar más cercano si no con mucha calma y una vuelta lenta a la totalidad de la feria y con mi sobrina Alicia tomándose un zumo de alguna fruta absurda y de un color no excesivamente natural (diría yo, o dicen mis reciente recuerdos) mientras comprobaba todo lo que se había feriado. Porque realmente fue Alicia la única que se ferió libros de motu proprio (por ella se habría comprado casi todas las colecciones de El Club de Tea, y digo casi todas porque aún no está por la labor de comprarse libros repetidos y su prodigiosa memoria le da de sobra para recordar que libros tiene, no como a otros que acaban comprándose libros que ya se han leído y, ojo, que no miro a nadie… ya que no tengo ningún espejo a mano).

El caso es que, pese a que mis expectativas  eras bajas yo llevaba una actitud razonablemente positiva frente a la compra de libros y eso que mis últimos recuerdos eran los de ver solamente librerías y en todas ellas los mismos libros, caseta tras caseta, tras caseta hasta que llegara la lluvia salvadora que nos arrastrara desde el paseo de coches hasta el bar, aunque fuera artificialmente cuesta arriba ya que como todo el mundo sabe los bares más cercanos están cuesta arriba por, supongo, una maldición bíblica.

Si bien no tuve suerte con la lluvia he de reconocer que este año me sorprendió la proporción de editoriales y como consecuencia la variedad de la oferta aunque nada consiguió tentarme especialmente para comprármelo.

Además de ver algunas editoriales interesantes, pero nada lo suficientemente tentador, también pare en la caseta de mi librería de referencia, la Librería Méndez, pero solo lo hice para saludar y prácticamente no mire lo que tenían expuesto (yo soy un tipo más de interior y prefiero mirarlo acompañado por su poco de aire acondicionado en verano) y si no pude parar en mi otra librería de referencia, la librería Fuenfría de Cercedilla que estoy seguro que todos visitareis más de una vez este verano, por no tener presencia en la feria tampoco pude parar a saludar al librero Tarambana ya que pese a que mi sobrina quería acudir el día que este, también denominado su tío Rafa, estuviera ejerciendo de famoso firmando ejemplares suyos (o de otros, que es algo que practica desde pequeño), la posibilidad de visitar la feria en fin de semana está completamente fuera de mis capacidades actuales de concentración y aguante frente a las multitudes de mis semejantes (semejantes en cuanto a especie, se entiende que cada día me siento más lejos de ellos).

Pese a que no encontré nada que me tentara para mí si compre un par de libros: uno para mi hermana (American Gods de Gaiman en español), que andaba imposibilitada de mirar nada por la atención que requiere Alicia,  y otro para Álvaro (igual debería decir mejor: con la excusa de Álvaro), que debería decir que le pasaba algo parecido, aunque un poco menos y si consiguió mirar alguna caseta sin la insistente presencia de Alicia, aunque creo que solo de Comics (puede que porque a Alicia también le interesaran estas casetas o puede que por otro motivo).

La novela que compre para Álvaro era Zebulon, que en palabras del vendedor de la editorial era un gran western crepuscular, del que diré que había oído hablar solo porque se iba a presentar en una librería del barrio (aunque nunca llegue a enterarme bien de cuando y donde) y por el que tenía un cierto interés por una razón tan válida (o tan poco valida) como que el autor se apellida Wurlitzer y no `por eso del western crepuscular. Obviamente como yo no tenía nada que leer se la robe, no ese mismo día, que uno no es de ese tipo de personas, si no un par de días después cuando comprobé que todavía no la había empezado y que si era buena me daría tiempo a leerla prácticamente antes de que notara su ausencia.

Si bien no estoy seguro de que Alvaro haya notado la ausencia de la novela (ya que le preste la versión americana de Amrican Gods, no para distraerle, si no a petición propia) ciertamente podía haberse dado cuenta ya que aún no se la he devuelto. De hecho ni siquiera me la he terminado habiéndome costado un esfuerzo excesivo llegar hasta la página 142 donde definitivamente me quede atascado, sin posibilidad de avance y ciertamente tampoco de retroceder, aunque si esto fuera posible hubiera retrocedido tranquilamente y la habría dejado en la mesa de casa de Álvaro completamente olvidada. Lástima eso de no poder volver atrás en el tiempo, algo que si ciertamente fuera posible y estuviera al alcance de todos haría que la vida fuera sencillamente un caos sin ningún sentido (todos volviendo todo el tiempo atrás cada vez que a uno no le guste algo… una combinatoria sencillamente imposible) y lástima que la novela no me haya gustado ya que me habría gustado comprar más novelas de Mr. Wurlitzer.

Aunque parezca increíble mi pelea con esta novela me había acercado a las puertas del día 20, que amablemente Amazon se empeñaba en recordarme seria el día que se pondría a la venta la nueva novela e Don Winslow. Estaba a punto de pedirla por Amazon, traicionando a mis librerías de referencia con mi clásica excusa de comprarla en versión original (que merece mucho la pena en el caso de Winslow) cuando al mirar el calendario me di cuenta de que ya estaba casi a punto para intentar irme a Piles a pasar unos días, tomarme un arroz al horno y seguir dándole la lata a la rama de mi familia que me aguanta a diario por aquello de que tengo la oficina montada en el recibidor de su casa y de que solo tenía por leer otras 140 páginas de esa novela que ya casi había decidido dejar.
Así que antes de pedir la novela de Winslow, en versión original, me decidí a realizar una visita a mi librería, que en cierta medida les había prometido en la feria del libro, y aprovechando que tenía que atender a una conferencia en la Real Academia de Ingeniería decidí salir con tiempo y parar en la calle Mayor. En principio, no parecía una gran idea ya que luego tendría que ir cargando con los libros – no, no tenía duda de que compraría un cierto número de ellos – hasta la conferencia y de vuelta a casa bajo un calor que, sin llegar a ser el de estos días, ya era un poco excesivo para hacer agradable el paseo; pero las otras opciones eran: la traición a mis librerías, quedarme sin nada que leer para el viaje a Piles, o – la más descabellada conociendo mi escasa movilidad, pero la que os aconsejo siempre – acercarme a Cercedilla.

Normalmente de camino de la librería Méndez siempre me asalta uno de esos grandes dilemas de  la humanidad del tipo ¿antes o después? Ya sabéis de que os hablo: ¿me compro una palmera de chocolate en la pastelería El Riojano antes de entrar o al salir? Hace algunos años la solución era evidente ya que en realidad no existía un dilema: me compraba una antes de entrar y otra (o más de una) al salir. Sin embargo ahora, por aquello de la vigilancia médica, este es un dilema de difícil solución: comprarla antes de ir tiene la ventaja de la retribución inmediata y de (como en Annie Hall, con lo de los besos) liberar la mente del dilema pero claro un día de calor tienes el riesgo de mancharte mucho con el chocolate y tampoco se trata de ponerte luego a ojear libros con los dedos llenos de chocolate; comprarla después permite una satisfacción más tranquila ya que la distancia entre ambos establecimientos es un poco escasa para disfrutar con deleite de una exquisitez como esta. Afortunadamente como esta vez mis pasos a la salida me llevarían en la dirección contraria y como yo tengo una norma casi sagrada de no retroceder cuando estoy dando un paseo (entre otras muchas como que no vale cruzar la calle para ver una tienda o que no vale volver por la misma calle en el mismo día, que configurar mi idiosincrática personalidad, o como les gusta definirla a algunos: mi idiotica personalidad) me había librado del dilema, lo que obviamente me producía una cierta alegría.

Sin embargo mi alegría duraría poco ya que nada más entrar a la librería me di cuenta de que allí estaba la traducción del nuevo libro de Winslow: Corrupción Policial lo que obviamente me planteaba otro de esos dilemas universales. Mi primer instinto fue ignorar la existencia de la traducción (para mis lectores menos avispados – no miro a nadie sobrino, ya sabes que yo también te quiero y deseo que, algún año, acabes filología – aclaro que el dilema era cuál de las dos comprar, si la traducción o el original), manteniendo mis planes de traición de comprarme la versión original, ya que habían traducido una novela que se llama The Force, como Corrupción Policial, algo que así directamente te estropea parte de la trama sin ninguna necesidad y por supuesto no auguraba nada bueno, pero pensando en que las vacaciones estaban cerca y que posiblemente me la leyera en Piles donde podría ser disfrutado por algunos familiares a los que lo de leer en ingles no les tienta pues casi parecía más razonable (tanto económicamente como ambientalmente) comprar la versión traducida. A mi ninguna de estas razones me parecía especialmente importante pero como tampoco tenía mucho que recomendarle a L para la playa pues me decidí por la versión traducida.

No voy a decir que la decisión fuera un error ya que la novela es lo suficientemente buena pero si estoy en condiciones de afirmar que no es lo mismo y obviamente puedo afirmar que es mucho mejor en inglés. Ahora es cuando podéis decir que no tengo ninguna prueba de esta afirmación y que una vez más estoy haciendo afirmaciones en el más puro estilo familiar o incluso de mi colectivo profesional: sin ninguna base. Pues que sepáis que os equivocáis y que esta vez tengo pruebas: tantas pruebas como novelas tiene Winslow (descontando, de una vez y para siempre El Cartel que para mí no es que sea la única novela mala de Winslow, es que: no es una novela si no un tocho bastante infumable) ya que su estilo de frases cortas que repite a modo de estribillo de canción se pierde completamente al pasarlo al español y posiblemente a otros idiomas (sinceramente no creo que sea culpa del traductor – lo del título tampoco creo sea culpa suya, si no de la editorial – si no de las propias diferencias entre los idiomas; pero que sabré yo de estas cosas). El caso es que, a diferencia de lo que me había costado avanzar en la de Mr. Wurlitzer, en un par de días me había leído las más de quinientas páginas que tiene, y la había disfrutado.

Mi siguiente compra, Los Cinco y yo, fue una que se me olvido hacer en mi anterior visita; más que un olvido – que en cierta medida iba con la idea de comprarla – fue que no la vi, me lie con otras cosas, al final no la compre y cuando llegue a casa pues me di cuenta de que no la había comprado (ya sabes, lo típico, vas a comprar el pan y vuelves a casa con un par de bolsas del supermercado pero obviamente en ninguna de ellas hay una barra de pan, ni tan siquiera un mísero chusco de pan). En cualquier caso la banda que tenía esta segunda edición, junto con algunos de los comentarios de la solapilla, me tenían confuso ya que parecían indicar que se trataba de una novela divertida (creo que ponía textualmente la más divertida) e incluso hilarante y la verdad es que a mí, habiendo leído (creo) todo lo publicado de Orejudo (junto con alguna cosa no publicada, o publicada muy marginalmente) y pareciéndome, como me parece, un gran escritor (iba a poner un muy buen escritor pero no sé si es muy correcto, así que me he decidido por un gran, que queda mejor, más preciso posiblemente,  y si lo lee le hará más ilusión) pues me resulta tan difícil aplicarle el adjetivo de divertido a lo que escribe que prefiero no comentar sobre las posibilidades de aplicarle lo de hilarante.  No quiero decir que Orejudo sea aburrido, que no lo es, pero de eso a divertido o hilarante hay varias bibliotecas de Alejandría.

No creo que sea una mala novela pero a mí no me ha gustado, de hecho lo que me ha parecido es que quería escribir otra novela – que si podría ser divertida – creo que él quería haber escrito la novela que en su novela adjudica a Rafa: la de cómo serían los cinco de mayores, pero que por algún motivo no se ha decidido a escribirla. Posiblemente porque en cierta medida para escribir esa historia de cómo serían los cinco de mayores no basta con un solo escritor si no que se necesitan al menos dos escritores amigos (preferiblemente tres o más) y unas cuantas botellas de whisky, una novela como esa necesita una sesión de sentarse con tus amigos a beber y ponerse a desbarrar como hacías cuando tenías menos de veinte años y se te ocurrió por primera vez la posibilidad de hacer esto (algo que estoy seguro que comentaron más de una vez hace muchos años ambos dos – Reig y Orejudo – posiblemente con la connivencia de Lopez, Chavi, Nogales, Becerra, Ridao… en aquellos tiempos de La Perla de Lab-UAM).

Creo que ya lo he comentado otras veces y pese a que es algo que me ha dado más decepciones que alegrías si un editor le pone a un libro una faja con una frase elogiosa de cualquiera de mis escritores favoritos ha vendido un libro más ya que es casi seguro que yo lo compre en cuanto lo veo. Eso, lo de comprarlo, fue lo que me paso con Visitation Street que Lehane elogiaba en la faja. Afortunadamente no me ha decepcionado lo mas mínimo, de hecho me ha parecido un gran libro lo que es decir mucho para un libro en el que realmente no pasa nada significativo, para un libro de esos de personajes que es lo que es, incluso aunque yo no tenga muy claro a que me refiero. Supongo que lo que quiero decir es que más que la historia que se cuenta – que no tiene nada de especial: unas chiquillas salen a dar una vuelta en barca, una muere y así empieza la historia -  lo bueno del libro son las descripciones de los personajes y de sus relaciones (aunque alguno, por absurdo o poco creíble, a mí me sobra pero esto queda compensado con creces con otros) e incluso en este caso de sus relaciones con una parte de Brooklyn, de las esperanzas y decepciones de los mismos. No puedo dejar de advertiros que aunque parece corta se hace larga, pero larga en un buen sentido; para mi es simplemente una especie de efecto óptico en el que parece que has leído mucho y sin embargo no has avanzado tanto como pensabas, igual es porque has disfrutado de una forma pausada.

Juan Madrid no es uno de mis escritores favoritos, aunque en general lo que he leído de él me ha gustado y todavía recuerdo con sorpresa ese libro que era una especie de ejercicio de taller de literatura en el que cogía una noticia del periódico y escribía un cuento inventándose una historia. Inevitablemente me recuerda a la única vez que una empresa seria me sometió a un proceso de selección con su departamento de recursos humanos en el que nos hicieron varios test de personalidad y de inteligencia ya que una de las pruebas era que te daban una ilustración y te pedían que explicaras una historia que encajara con la ilustración. (a mí me dieron una de un padre y un hijo en un despacho y bueno… la historia se complicó bastante para el poco tiempo que tenía pero ya, si eso, intento acordarme otro día).

Supongo que en circunstancias normales no habría comprado Perros que duermen pero con un posible viaje a Piles por delante parecía una lectura que, cuando menos, seria entretenida y playera (no en un sentido de playero en plan surf y eso, sí no más bien en el de tener el cerebro medio apagado y disfrutar de la lectura con la mitad despierta). Igual fue precisamente por esta esperanza de leerlo con medio cerebro por lo que me gusto ya que en lugar de la típica novela de crímenes o de los bajos fondos se trata de una novela razonablemente seria sobre la postguerra civil y el régimen de Franco. Iba a escribir razonablemente verosímil pero por una parte me he dado cuenta de que no tengo ni idea de la verosimilitud o no de las descripciones que se hacen en la novela y por otra parte (o por la misma) el otro día hablando de esta novela Rafa me pregunto si me había tirado para atrás lo de Franco, que algunas personas (incluso casi a el mismo) le había echado un poco para atrás y yo me quede un momento en blanco. No porque no me acordara de a que se refería con lo de Franco – que si recordaba perfectamente la escena – si no porque yo lo había leído como completamente ficticio y pese a que se reconoce perfectamente a Franco en ese personaje en concreto para mí no había ninguna relación entre el personaje y la persona. Lo que él se planteaba, me planteaba sobre si podía creerme que Franco hiciera algo así era algo que a lo que no había dedicado ni una conexión neuronal. Ni me había impactado ni me lo había creído, lo había leído como una ficción, como el que lee en una novela que los alienígenas han hecho un pacto con la CIA para que les suministren leche de vaca a cambio de tecnología o como el que lee sobre campos de niños esclavos en la cara oculta de la luna, o era en los campos de marte (lo primero es de una gran película y lo segundo parece que es una pregunta a la que ha tenido que responder un senador de estados unidos).

La verdad es que ahora que lo pienso, después de la pregunta de Rafa, creo que tal vez lo único que le sobra a la novela no es lo de Franco si no que le sobra toda la historia del crimen o la parte pseudopoliciaca. Realmente no le hace ninguna falta todo eso para ser una buena novela sobre la postguerra civil y el régimen de Franco pero imagino que Juan Madrid habrá sucumbido al hecho de tener que ser un escritor de un cierto tipo. Creo que si no hubiera sucumbido a esto y se hubiera centrado en más realismo habría sido mejor novela e incluso podría haber subido a la categoría en la que esta Stephen King de escritor realista tipo Galdos para los que han vivido o pasado tiempo en Maine.

Tal vez una de las cosas más curiosas es esa continuidad que existe en España en los apellidos ya que puede observarse que muchos apellidos siguen manteniendo el mismo peso social pase lo que pase y que los que ya estaban entonces aún siguen y aunque puede que no sea el caso y que no tenga ninguna relación resulta sumamente curioso leer que los nacionales no solo querían envenenar el abastecimiento a Madrid, si no que uno de los generales encargado o ideólogos de esto era un tal Gistaú, apellido que a día de hoy sigue vinculado al mundo del agua en la figura de Roque que ha sido prácticamente de todo incluso director gerente del Canal de Isabel II (igual precisamente para resarcirse de ese antepasado que quería envenenar Madrid).

Hace algunos años me había leído la novela de American Gods en Ingles y aunque me había gustado no me había gustado lo suficiente para para comprarme la especie de secuela que es Anansi Boys y hace nada había visto una serie basada en la novela de la que todo el mundo (venga vale, solo una parte del mundo compuesta en su mayoría por frikis) hablaba maravillas y de cuyo primer capítulo yo también hablo maravillas. Tiene un principio brutalmente impactante que curiosamente no recordaba de la novela aunque pensaba que podía estar porque al fin y al cabo su impacto es básicamente visual, luego baja mucho y al final yo me quede con la sensación de que no solo no me acordaba de nada de la novela (solo de algunas escenas sueltas) si no de que habían tergiversado bastante la historia, metiendo personajes y relaciones que no existían y acabándola de una forma tan lejana de la historia original que resultaba casi indignante. Pero como mi memoria es como es, pensaba que seguramente estaba equivocado y que la serie era fiel al libro, así que aprovechando que se lo había comprado a L y que estaba en Piles me decidí a leerme American Gods, en español, algo que no estoy seguro de si técnicamente puede considerarse como una relectura o más bien lo contrario ya que el proceso normal es leer primero la traducción y luego, ya en plan cultureta, leerse el original.

En cualquier caso, la verdad es que me consoló bastante que el libro se pareciera más a mi recuerdo que a la serie que acababa de ver. También me consoló bastante que mi opinión no hubiera cambiado especialmente y que si bien es un libro entretenido es un poco pajillero y con partes absolutamente infumables, o más bien solo aceptables si uno anda bastante fumado.

Si la novela de Juan Madrid la compre porque necesitaba páginas, que decir de Rendición de Ray Loriga que es un escritor que no me gusta especialmente. Pues supongo que mi única excusa puede ser que intentaba comprobar que escribe la gente de mi edad que es famosa y que, aunque sea de vista, pues conozco. Aun con el riego de parecer que nunca cambio de opinión – algo que todo sea dicho mucha gente cree equivocadamente – he de decir que no veo ninguna razón para modificar ni mínimamente mi opinión. Si bien la premisa inicial del libro que los que se creían los vencedores realmente son los que han sido derrotados tiene su punto (como en el chiste ese de ir invadiendo países más pequeños que el tuyo, rindiéndote y luego convocando elecciones de forma que, al ser más, pues seas el victorioso) tiene su punto que luego no desarrolla, si acaso me siento tentado de reforzarla ya que eso no pillo eso de  “al fin y al cabo lo último que querían era encontrarse con nadie”, puede que este equivocado pero yo en su caso lo que no querría seria encontrarme con alguien. Supongo que estará bien pero a mí me chirria a mas no poder pero bueno por lo menos, aunque sea en un mundo ficticio  refleja la realidad de que los poderosos son “los dueños del agua” pues me gusta por lo de realismo desconocido que tiene.


Zebulon – Rudolf Wurlitzer
Corrupción Policial – Don Winslow
Los cinco y yo – Antonio Orejudo
Visitation Street – Ivy Pochoda
Perros que duermen – Juan Madrid
American Gods – Neil Gaiman

Rendición – Ray Loriga

domingo, 4 de junio de 2017

Comentario de textos - Mayo 2017

Este mes ha sido un mes raro en lo referente a mis lecturas, ya que aunque al final de esta entrada aparezcan cuatro libros – que no es una mala medida – la verdad es que este mes solamente he leído dos y medio. Podría culpar a ese último medio, ya hablaremos luego de él, de que mis lecturas hayan sido escasas; en parte seria cierto pero no sería estrictamente justo. La verdad es que he pasado un mes bastante descentrado de todo salvo, tal vez, de ver series de televisión en streaming como si intentara reivindicar mi época más hípster, ya sabéis aquella en la que me hice con un macbook y aproveche para empezar este blog.

He visto unas cuantas series como “The man in the high castle”, basada en la novela de Philip K. Dick y cuya estética es impresionante aunque han alargado excesivamente la historia y pierde bastante del punto de sorpresa de la noval original; “Fadua” una extraña serie israelita sobre los servicios de inteligencia, un poco al estilo 24 pero sin tanta producción; “Paranoia” que s una muy curiosa serie policiaca inglesa en la que los alemanes quedan retratados como una pandilla de hippies trasnochados y en la que los policías británicos al no llevar arma tienen bastantes problemas a la hora de perseguir a los malos; y por supuesto ahora  mismo ando cada semana a la espera del nuevo capítulo de “American Gods” para disfrutar con las alucinaciones de Neil Gaiman, algunas de las cuales son convertidas en imágenes con mucho acierto y otra con menos (no, no me he enganchado a “Twin Peaks”, ni siquiera he visto ningún capitulo. No porque sea un hípster a la antigua usanza si no porque soy incapaz de resolver los problemas de conexión entre los distintos cacharros que me permitirían verla en mi televisión: vamos que porque aunque quiera ser un hípster sigo siendo básicamente un torpe con algunas cosas).

De una forma elegante podría decir que he tenido un mes “visual” pero para que nos entendamos todos lo que he tenido es un mes de vago dedicado a contemplar la televisión, intentando atrofiar (o desarrollar, que este punto nunca lo he tenido claro) mi imaginación ya que, como cantaban aquellos que parece que ahora están de moda: “la televisión es nutritiva”.

Con todo he de reconocer que mi mes de lector empezó bastante bien, con su correspondiente visita a la reformada librería Méndez de la calle Mayor, pero lamentablemente con el aplazamiento, una vez más, de la necesaria visita a la librería Fuenfría de Cercedilla y con la adquisición de Bull Mountain que ha sido un descubrimiento. Es una novela muy buena, con una historia clásica de una dinastía familiar –  una dinastía de paletos fabricantes de licor casero y metidos al tráfico de drogas, pero que son la realeza de las montañas de esa América verdaderamente profunda – con sus odios irreconciliables entre hermanos que empieza con no solo empieza con un de esas escenas que te enganchan si no que mantiene el tipo a lo largo de todo el libro. Muy entretenida y bien escrita, tanto que cuando Helena me pidió un libro reciente en español, no dude en dejársela y ahora, además de mi opinión, cuento con dos más, la suya y la de Álvaro, y todas positivas. Otro tipo de persona no dudaría en recomendarla. Yo, como ya sabéis, no recomiendo por lo que me abstengo.


Si bien mi primera elección fue acertada, la segunda, como me temía incluso al realizarla, resulto bastante decepcionante ya que se supone que El motel del Voyeur es una historia real sobre las practicad de voyeur que un dueño de hotel le cuenta a Gay Talese y que el prácticamente hace poco más que transmitir. La verdad es que a mí las historias reales me importan en general entre poco y nada, y que de hecho prefiero que todo sea inventado. No sé porque pero, para mí,  las cosas inventadas además de más entretenidas son incluso más creíbles. Puede que yo sea un tipo raro, no lo dudo aunque se me hace extraño ya que precisamente yo soy, para mí, la medida de la normalidad, pero vete tú a saber. El caso es que si bien algún otro libro de Talese que he leído – un recopilatorio de crónicas deportivas, creo, y puede que incluso el de la mafia – sin llegarme a emociona no me habían disgustado este me ha parecido muy flojillo, y eso por ser cortes que está más cercano a infumable.




Supongo que mi hermana tiene razón y que más que además de haber empeorado mi memoria lo que realmente ha empeorado es lo poco que me fijo en las cosas. Solo así se explica que en la misma compra añadiera otro libro, El banquete celestial, que pasara en una América profunda, o más bien en el oeste americano, por supuesto sin ser consciente de este hecho en el momento de su compra. Con ciertos parecidos, en especial esa América del salvaje oeste, pero con muchas diferencias en este libro también hay una pequeña saga familiar en la que unos hermanos, tras la muerte de su padre, se enfrentan de distintas formas y con el apoyo de la referencia de un libro de aventuras a un viaje que les lleva a conocer a personajes variados. Ni bueno, ni malo el libro se deja leer e incluso en algunos momentos resulta gracioso aunque desgraciadamente sin mantener el tono, el ritmo, o como se llame. Para mi lo más divertido es la figura de un “Inspector de saneamientos” que es una figura que por razones profesionales obvias me resulta divertida ver en una novela, si bien el carácter del personaje (un pequeño dictador en su pequeña parcela de poder) resulta a veces cuando menos ligeramente molesto, en el que lo son – desgraciadamente – muchos funcionarios de rango bajo- medio.

Una cosa que, para mí y para muchas otras personas, resulta un poco inexplicable es mi tendencia a comprar libros de algunos autores que, sencillamente, sé que no me gustan pero a veces no puedo evitarlo. Diría que en parte es porque se me olvida lo poco que me gustan, incluso a veces lo mucho que me disgustan, y en parte porque si le gustan a alguien que me cae bien siempre creo que debo de darles otra oportunidad, independientemente de cuantas oportunidades les haya dado y de cuantos libros suyos me haya visto a dejar a medias. Este es exactamente lo que me ha pasado con La Voz del Amo, que si bien conseguí que una vez me gustara un libro del autor todas las otras veces que he intentado leerlo me ha parecido sinceramente insoportable, tanto es así que no consigo entender como a personas que me caen bien y de cuyo criterio me fio puede gustarle Stanislaw Lem. Sencillamente no lo entiendo, sencillamente creo que es insoportable y este ha tenido bloqueada mi capacidad lectora durante muchos días, empujándome en gran medida hacia la televisión, hasta que hoy con motivo de escribir esto he decidido retirarlo de mi mesita de noche y negarme a seguir. Me he dado, una vez más por derrotado y aunque espero haber aprendido la lección me temo que cualquier día, dentro de algunos años, vuelvo a caer en la trampa y vuelvo a darle una oportunidad. En este momento, espero sinceramente que no sea así. Intentare mantenerme firme a este respecto, lo prometo.

Lo dicho, un mes tranquilo en cuanto a lecturas y un poco descentrado en el resto de aspectos pero que ya se ha acabado y ahora, mientras dudo si acercarme esta semana a la feria del libro para intentar que al menos se produzca la tradicional tormenta primaveral que me deja empapado y mitigue un poco la sequía que se nos viene encima, o si engañar a algún conocido para que me acerque a Cercedilla e ignorar la feria y condenar a la costa levantina a un posible verano con restricciones de agua, miro una foto que un amigo del colegio ha recuperado y en la que tenía prácticamente la tercera parte de mi edad actual y de la que hace ahora casi treinta y cinco años y decido que aún hay muchas historias que no he contado y que aunque no sean del todo mías, ni la mayor parte de ellas totalmente verdad, igual me animo a contarlas.


Ya, si eso, os la cuento otro día si alguno acierta la edad aproximada que tendría yo en esa foto (que es un año menos de lo que dan los cálculos que os he puesto) o si alguno (no familia) reconoce quien soy.


Lecturas:

Bull Mountain – Brian Panowich
El motel del Voyeur – Gay Talese
El banquete celestial – Donald Ray Pollock
La Voz del Amo – Stanislaw Lem




domingo, 30 de abril de 2017

Comentario de Textos Marzo (+ Abril) de 2017

Si, al final ha pasado lo que todos anticipábamos, algunos (los mas previsores, los que saben quien es el asesino desde la primera pagina de casi cualquier novela) desde la primera entrada de este blog, y me he saltado un mes de compartir mis comentarios de textos, sin ningún motivo realmente especial.

Como digo, y por vuestras muestras de apoyo e interés veo que ninguno de vosotros pensaba que hubiera motivo de preocupación, no ha habido ningún motivo importante para saltarme mi cita mensual: no he estado incapacitado ni nada parecido pero vamos, que gracias por preguntar, uno se siente más relevante cuando tras faltar a una cita recibe mensajes de interés o apoyo. Ya, ya sé que “una sola falta” no es indicador de nada pero si tienes una “regla” muy regular y una interesante vida sexual la “primera” falta puede ser un indicio de preocupación. Como no es mi caso – por lo de la vida sexual, digo – pues entiendo que no estuvierais preocupados y para “quitaros” ese peso de encima este mes adelanto “mi regla” y escribo antes de que se acabe el segundo mes. 

Podéis estar tranquilos: parece que no estoy embarazado aunque el viernes que viene tenga cita para hacerme una ecografía y confirmar este punto e incluso, si fuera el caso, el sexo de mi futuro retoño.

En cualquier caso este mes era el de volver a visitar mis librerías de referencia – tras agotar mi pequeña maleta neoyorkina. Pese a que el tiempo, extrañamente primaveral, podía/debería haber dirigido acertadamente mis pasos hacia la Librería Fuenfría de Cercedilla, que la verdad es que ya me vale y que espero que vosotros menos sedentarios estéis visitando en mi nombre (aunque el librero Tarambana no me ha informado de casi ninguna visita extravagante, por lo que tengo mis dudas sobre vuestra actitud), pero mis ya tradicionales problemas de movilidad y mi escaso interés por lo que viene siendo el campo hicieron que me decidiera por acercarme a la calle Mayor, a la Librería Méndez a los que también tenía abandonados por aquello de las lecturas en idiomas extranjeros.

Tan abandonados les había tenido que al entrar tuve la sensación de que me había equivocado de librería ya que me parecía más luminosa y todo estaba como un poco descolocado (respecto a su disposición habitual). Cuando ya estaba casi convencido de que, por extraño que fuera, me había equivocado de librería y que en lugar de en la Librería Méndez me había metido en una nueva librería de esas más modernas que debían de haber abierto en la misma calle mayor (porque de eso estaba seguro: estaba en la calle mayor) para aumentar mi confusión me saludo uno de los hermanos Méndez y me percate de la presencia del otro hermano Méndez al final de la librería. Algo extraño estaba pasando. ¿Podía ser que mi memoria hubiera olvidado la disposición de la librería? ¿Podía tratarse de un truco de marketing de unos hípsters impostores? ¿Me había desorientado y no estaba en la calle mayor o ni siquiera estaba en Madrid? Parecían opciones poco probables (salvo la de haberme olvidado de cómo era la librería, que eso podría ser) que se demostraron falsas cuando ambos hermanos Méndez, con ayuda de un desconocido (para mi), se pusieron a intentar sacar una mesa de la librería. En ese momento comprendí que igual solo habían hecho un poco de reforma, o bastante reforma quitando un murete que había y dejando un espacio bastante más diáfano que hace la librería más amplia.

Tranquilizado por la compresión de lo que había sucedido y confirmado que efectivamente estaba visitando mi librería de referencia de Madrid ya me pude dedicar a intentar ubicarme entre la nueva disposición de las secciones de la librería (que finalmente no han cambiado tanto, o que rápidamente han sido internalizadas por mi cerebro, pero que siempre son una buena excusa para acercarse a visitarlas) y a seleccionar mis lecturas para el futuro próximo.

Elegir en primer lugar un libro con aspecto de Best-Seller típico de estación o aeropuerto seguramente no sea la mejor forma de honrar las obras realizadas en la librería pero para mí cualquier libro de Harris (especialmente de Robert, aunque en caso de necesidad Thomas también me vale) es casi una obligación y si encima se trata de un libro sobre católicos pues solo requiere un bit de mi cerebro para que confirme el “si” necesario para cogerlo y pensar en marcharme a casa, a mi mecedora, para devorarlo tranquilamente. A ver Conclave, que es el libro en cuestión, no es ni con mucho el mejor libro de Harris, de hecho comparado con su nivel habitual yo lo clasificaría de flojillo, de divertimento o más precisamente de unas forma de amortizar las horas de estudio sobre un tema que siempre parece interesante y críptico: el proceso de elección de un nuevo Papa. Aunque mi incultura es enciclopédica y no puedo valorar cuantos errores (si es que hay alguno) tiene la descripción del proceso de elección papal resulta obvio que Harris se ha pasado tiempo estudiándolo y sospecho que llegando a la conclusión evidente de que todo el proceso está diseñado sobre la premisa de que “Nadie se fía de nadie” y que deben de tomarse todo tipo de medidas para asegurar que la elección sea medianamente limpia. Esto es algo que no deja de sorprender si tenemos en cuenta que se supone que todos son hombres de fe y muy por encima de estas pequeñas cosas materiales por lo que no parecería necesario contar con tantos mecanismos de control o aseguramiento de la limpieza del proceso. En este sentido es ligeramente escalofriante y como todo buen Best-Seller al final tiene su giro sorpresa que redondea el libro dejándote con la duda de si esa situación seria posible y que sería lo que realmente sucedería a partir de allí.

Como andaba por la zona de novela negra/thriller decidí acompañar mi Best-Seller de estación con un libro con una edición un poco menos de Kiosco, algo que pareciera un poco más formal, y me decidí por Bajo los montes de Kolima. Ya, ya se lo que vais a decir… una historia de espías en la tundra siberiana con un protagonista que se dedica a fingir acentos en una versión traducida y sin ninguna idea, por mi parte, sobre como son estos dialectos o sus diferencias pues no parece muy interesante. La verdad es que acertáis y a mí no me ha resultado especialmente interesante, sí no más bien aburridilla y tediosa; pero para gustos :las contraportadas, que obviamente la clasifican como uno de los mejores thrillers escritos hasta hoy. Yo no he conseguido acabármela, de hecho se quedó en la mesilla en mi viaje de semana santa ya que me quedaba poco para justificar el ir cargando con ella hasta Piles (y eso que iba en coche, que al fin y al cabo).



Supongo que la mala conciencia de haber cogido un libro de kiosco en una librería recientemente reformada me impulso a seguir compensado mis compras y eso me llevo a coger La pianola, por el prestigio de su autor: un libro de Kurt Vonnegut siempre hace elegante con su toque de hípster (El desayuno de los campeones ya lo tenía y, por supuesto, también Matadero 5). Además el hecho de tratarse de un mundo en el que las maquinas han sustituido a los humanos apelaba a mi faceta más Ludita (si, tras muchos, muchos años de trabajar con máquinas cada día me vuelvo mas Ludita, más que por las maquinas en si mismas – que para mí no son más que herramientas – por los enfoques cada vez más extendidos del uso y el futuro de la relación hombre máquina que me enervan; pero divago, ya, si eso, comentamos sobre este tema otro día); y por si fuera poco la cita inicial del libro es Mateo, 6:28 (por ahorraros el trabajo de buscarla es la de “los lirios del campo”) que para mí siempre será la cita inicial de la novela inédita El Efecto Mateo de seguro que sospecháis quien. Pese a todas estas cosas a su favor (o en su contra si incluimos lo del hipsterismo) la verdad es que es un libro que no me ha convencido nada, de hecho ahora mismo soy incapaz de recordar nada de lo que pasa y mucho menos como acaba la novela lo que es una señal pésima (incluso viniendo de mí y de mi lamentable almacén de recuerdos, mal llamado memoria).

Como a finales de marzo tenía que viajar a Berlín – por temas laborales – y puesto que andaba en una librería me pareció perfectamente adecuado comprar Una librería en Berlín, incluso considerando que parecía la típica historia de persecución judía en la Alemania nazi, cosa que ciertamente no me apetecía demasiado. De hecho mi idea era llevármelo a Berlín y leerlo bien en el avión o incluso, si tenía tiempo, en la propia ciudad de Berlín - que parecia una cosa muy fina eso de ir andando con un libro con semejante titulo - de la que tomo el mundo me decía que era estupenda. Estaba bastante seguro de que ni Berlín, ni el libro me iban a gustar pero la combinación parecía inevitable. Reconozco que el libro me ha gustado, sobretodo porque donde esperaba encontrar los lamentos más o menos habituales de los perseguido y las historias truculentas y reales, había un estoicismo y una aceptación bastante coherentes y donde esperaba una colección de malvados el libro se centraba más en la colección de buenas personas que apoyaban a la protagonista en sus peripecias por una Francia ocupada y su ruta de escape hacia una neutral Suiza (Berlín casi solo aparece en el título y parece que la librería ni siquiera puede localizarse).

Respecto a Berlín, pese a tener la compañía de Álvaro, que si estaba convencido de que Berlín le iba a gustar (sus conocidos hacen verdadero proselitismo de la misma) para pasear la ciudad (que nos cruzamos andando de este a oeste y de norte a sur hasta salirnos del mapa por todos los extremos) disfrutar de unas cuantas cervezas y de un par de comidas decentes yo no he cambiado mi opinión y me parece una ciudad pobre y desangelada (eso sí, tengo que reconocer que lo de poder fumar en los bares mientras bebes cerveza es algo que alegra mucho las noches, puede que lo suficiente como para que acabáramos desmontando ese mito de que en Berlín los bares nunca cierran y acabaran prácticamente echándonos de un par de bares para poder cerrar).

La razón por la que me salte el comentario de textos de Marzo es que este año la semana santa ha caído muy pronto, a primeros de abril, y no me dio tiempo antes de irme a Piles a escribir mis comentarios ya que había estado, y sigo, procrastinando con algunos trabajos que tengo que hacer.

Confiando en que había dejado, casi sin leer, The New Mammoth Book of Pulp Fiction y en la esperanza de ponerme al día con mis trabajos atrasados me marche a Piles con un solo libro, suficientemente gordo: La piedra lunar, que en realidad es un libro que no necesita presentación ya que se trata de un clásico de las novelas de detectives casi al nivel de las de Sherlock Holmes (aunque no recordara nada estoy seguro de haberla leído con anterioridad así que realmente se trata de una relectura, como debe de ser en vacaciones). Tiene todos los ingredientes típicos de una novela de detectives, incluyendo, por supuesto, a su mayordomo que en este caso está libre de toda sospecha al ser un fan acérrimo de Robinson Crusoe, libro que utiliza como otras personas utilizan el I-Ching o el Tarot, y que llega a afirmar “Hay que ser muy tolerante con un hombre que no ha leído Robinson Crusoe desde que era niño” para indicar la falta de carácter de un personaje. 

Pero las mejores frases quedan reservadas a otros personajes, uno de los cuales en sus propias palabras “Soy (¡Gracias a Dios!) constitucionalmente refractario a la razón” refleja, desgraciadamente, como es mucha gente en la actualidad, o aquel otro que aconseja “que vuestra fe sea como vuestros calcetines y vuestros calcetines como vuestra fe. ¡Ambos sin mancha y preparados para ponerse en cualquier momento!” que toma mucho más sentido, en mi caso, cuando compruebas que la has leído con unos calcetines de estar por casa llenos de agujeros, como era precisamente mi caso. Una relectura entretenida que obviamente me impulsara a buscar Robinson Crusoe en mi biblioteca en la esperanza de no habérselo regalado a los ancianitos de Castilla León que seguramente lo estarían usando para tomar importantes decisiones vitales y aunque peor que con el I-Ching o el Tarot no les puede ir, tampoco creo que les haga mucho bien (ni mucho mal). Es un libro que merece la pena – un clásico, vamos – con una estructura interesante en la que la historia se desarrolla en la voz de distintos protagonistas sucesivamente.

Obviamente irme a Piles con un solo libro, por gordo que fuera el mismo y por mucho trabajo que me llevara para avanzar, no parecía una decisión muy acertada pero, como ya he comentado, estaba cubierto por haber dejado allí el libro de Pulp Fiction que tenía casi sin empezar (solo cuatro cuentos de los treinta y tres que tenía) así que estaba razonablemente tranquilo ya que es una lectura entretenida y variada (bueno, todo lo variado que llega a ser el Pulp). Me lo leí entero y hay de todo, como en botica, crimen, mujeres fatales e incluso un par de historias sobre vampiros y, como no, alguna frase verdaderamente memorable: “Long ago I’d learned that there was nowhere a man could be lonelier that at a party” que, al menos para mi, es completamente cierta y la razón por la que no acudo a algunas fiestas en las que se que no voy a estar a gusto ya que no hay nada peor, nada que te haga sentirse más solitario, que estar en una fiesta en la que no encajas o en la que no estas a gusto (también es la razón por la que ahora que prácticamente no bebo tiendo a abandonar las fiestas y las reuniones sociales pronto).

Mi última elección, El numero 11, fue un nuevo intento de que me gustara un autor de moda, de esos que todo el mundo dice que es muy bueno pero que yo no consigo soportar pero que sigo teniendo dudas cuando estoy en la librería ya que no llega a ser lamentable. Creo que esta es la tercera novela suya que leo y pese a ser notablemente mejor que las anteriores por mi parte no habría ningún problema en cedérsela – igual que las dos anteriores – a los ancianos de Castilla León. Si cabe es un poco más confusa y en cierta medida me ha dado la sensación de una serie de cuentos mala y artificiosamente unidos para formar una novela, aunque puede que esta sensación se deba en gran medida a la unión de leerla a saltos y sin demasiadas ganas y a mi cada vez más lamentable memoria a corto plazo (no tanto como la de otras personas que cuando estas cocinando se olvidan de para que habian cortado la cebolla y cosas por el estilo). No sé, puede que realmente las historias tengan más en común de lo que yo creo recordar – que por otra parte, ahora que tengo el libro cerrado delante mío es prácticamente nada – y que si sea una novela, pero no una buena novela. En cualquier caso este ha sido mi tercer intento por lo que ahora al visitar librerías intentare recordar que no, no me gusta Coe.

Realmente he leído otra novela este mes de abril pero como se trata de una novela que me ha gustado y cómo es posible que este mes de mayo que empieza lea poco – debería dejar de procrastinar con mi libro y con otros temas (como contar otras historias en este blog que no sean de libros o que lo sean y terminar la revisión de mi biblioteca y de mi donación a los ancianitos de Castilla León junto con la revisión de la discografía de Alvaro) – me la guardo para el mes siguiente que espero no “tener falta” o que en caso de tenerla la ecografía confirme que es mi hígado lo que da problemas (algo que yo, y todos salvo mi médico, ya sabemos) y que no tendré faltas en los ocho-nueve meses siguientes.


Conclave – Robert Harris
Bajo los montes de Kolima – Lionel Davidson
La Pianola – Kurt Vonnegut
Una librería en Berlin – Francoise Frenkel
La Piedra Lunar – Wilkie Collins

El número 11 – Jonathan Coe

martes, 7 de marzo de 2017

Comentario de textos - Febrero 2017

Hoy he decidido que voy a jubilar una de mis cazadoras. Ya, ya se, que dicho así – sin contexto – no parece algo que merezca ni un mínimo comentario por lo que supongo que me toca explicar que yo no suelo jubilar, tirar, ropa mí en general tampoco suelo tirar cosas.

En lugar de tirar cosa para renovar periódicamente mi vestuario o mi decoración, más bien me dejo llevar por el método que podríamos denominar “del bosque” en el que el ecosistema se renueva, y la continuidad del bosque se mantiene, por los incendios periódicos (bueno, en mi caso una combinación de incendios y mudanzas es lo que mantiene mi ecosistema) ya que al no contar los arboles con depredadores naturales (salvo en algunas zonas los castores) pues los arboles son prácticamente inmortales y allí se quedan envejeciendo el bosque. Esta teoría, la de los incendios como renovadores de los bosques, tiene cierto merito científico pero conviene recordar que no es conveniente llevarla al exceso en la práctica – dejando que el bosque se quede libremente sin control – ya que puede dar lugar al denominado efecto Yellowstone (que debe su nombre a aquella vez, a mediados de los ochenta, diría, en la que unos hippies consiguieron convencer al servicio de parques naturales de estados unidos de aplicarla, dejando que un incendio en el parque se descontrolara – ya lo controlaría la naturaleza, era la teoría – y no solo casi se quedan sin parque natural si no que estuvieron obligados a desalojar varias poblaciones vecinas.

En cualquier caso, ya toca deshacerme de esta cazadora que igual lleva conmigo algo más de diez años, puede que incluso quince y ya ha cumplido con creces su tarea de abrigarme en un par de continentes (podrían haber sido tres si los cincuenta días que pase en Vietnam no hubieran coincidido con la temporada de invierno en España, verano allí, y siendo yo algo más previsor que Aznar – que se presentó en Argentina en pleno verano bien abrigadito con el abrigo de alpaca que lucía al subirse al avión en el invierno Español – decidí dejarla en casa). En cualquier caso me cuesta deshacerme de ella ya que tras este tiempo ya la he adoptado como mi cazadora favorita y me encanta el aspecto de trabajador de un campo petrolífero de Nebraska que me proporciona, pero… así es la vida. A partir de mañana llevare mi nueva cazadora de cuero o una de mis cazadoras no oficiales de ingeniero de obra, hasta que empiece definitivamente la primavera (a la que parece que ya no le falta casi nada para llegar a los madriles).

(Nota: aquí debería ir una foto con mi cazadora pero...)

Pero a lo que íbamos… a las lecturas de este mes que como ya os avance el mes pasado, por aquello del trabajo, han sido escasas (el trabajo bien, por cierto; una vez superado el miedo escénico de volver a empezar a trabajar en serio no se dio mal. De hecho ahora mismo estoy otra vez empantanado con otro par de temas – además de con mi libro para el que no acabo de encontrar el tiempo por aquello de volver a intentar ganar dinero).

Para que no parezcan tan pocas voy a considerar como que he leído parte de The new Mammoth Book of Pulp Fiction, si bien solo me he leído cuatro cuentos de los treinta y tres que tiene.  La verdad es que el titulo ya habla por si mismo: se  trata de cuentos, o novelas cortas (vete tú a saber) típicas de crímenes, bajos fondos, detectives y esas cosas… en general de lo que en el mundo musical seria la cara b de un single de un grupo famoso pero en su edición japonesa o puede que norcoreana. Hay desde Dashell Hammet a McDonald (uno de ellos, no recuerdo cual – la portada dice que se trata de John D.) pasando por Jim Thompson y los cuatro que he leído son muy correctos, aunque no impresionantes. Por si os estáis preguntando porque no he leído más: he de confesar que me lo lleve a Piles aprovechando que uno de los viajes me obligaba a estar temprano por la mañana cerca de allí y decidí dejarlo para próximos viajes ya que tiene una letra infernal para leer cómodamente (algo esperable ya que me costó poco menos de seis dólares) pero que para los días que te quedas sin lectura en la playa puede ser muy útil tenerlo por allí.

Un día de estos, probablemente en noviembre o diciembre, le dedicare un post a Lindsay Hutton que es una de las pocas personas que consiguen reconciliarme con el mundo y que más que hacerme pensar “yo de mayor quiero ser como Lindsay”, me hacen pensar: “yo de mayor quiero ser Lindsay Hutton”, aunque la verdad es que no me gustaría tener que esperar a ser mayor para ser como él: me gustaría ser desde ya mismo tan buena persona como él. Estoy convencido de que es una de las pocas personas del mundo que cuando viaja lleva más equipaje, más suovenirs, en el viaje de ida que en el de vuelta. Me atrevería a afirmar que tiene que pagar exceso de equipaje cada vez que viene a Madrid y que vuelve con tan solo dos mudas sucias a su escocia natal.  

El caso es que en su último viaje trajo The Shoe, para mí un autor y un libro completamente desconocidos y que me atrevería a apostar que no gustara a los aficionados a la lectura no aficionados a la música pop ya que para que pudieran apreciarlo tendría que tener tantas notas a pie de página que parecería una edición crítica de Catedra que les explicaran que canción es “Holidays in the sun” y como, en qué contexto, los Sex Pistols se refieren a Mallorca (majorca en isleño británico) y no, digamos a la India, cuando cantan eso de “cheap holidays in other’s people misery” (bueno, vale, probablemente tendrían que explicarles, antes, a muchos lectores quienes son los Sex Pistols). A mi me ha parecido excelente y con una de esas grandes reflexiones sobre la música que merecen la pena anotar y repetir y que subscribo en su totalidad: “I always fail to understand why it is that popular music – pop music, rock music, call it what you will – is the only art form for which one’s appreciation is expected to diminish as one grows older. I simply cannot understand it. And if you know the answer, put it in a postcard and send it to that twerp”. O en lugar de una postal – que hoy en día es difícil encontrar un buzón – enviarme un comentario.

Pero no solo subscribo sus reflexiones musicales (algunas) si no que tambien muchas otras ya que coincido plenamente en lo de “If you choose televisión as your information supply then you limit your potential for understanding” aunque la actualizaría para incluir tweeter, facebook y en general – por desgracia – gran parte de lo que se ve en la red actualmente. Mira que algunos teníamos grandes esperanzas en internet y en su capacidad de divulgar conocimientos pero obviamente vamos en la dirección equivocada (o por ser más correctos: vamos en el sentido equivocado, que puede que la dirección sea correcta).

Aunque seguro que nada más mirar la portada ya lo habéis adivinado compre Only the dead know Burbank básicamente por la portada y por el título ya que la historia que contaban en la contraportada – una niña se despierta en una tumba para iniciar un viaje que la llevara al cine de terror de Hollywood – me parecía entre poco y nada interesante. No me atrevería a asegurar que el libro este mal ya que tiene detalles curiosos como ese de practicar batiendo huevos para coger el ritmo de mover la manivela de la cámara de cine de forma constante, ya que no he conseguido acabármelo. Lo deje cuando la niña llega a Berlín y tiene sus primeros éxitos en el cine de terror, así que me he perdido la que seguramente sea la parte más divertida o interesante que imagino es su epopeya americana y pese a dejarlo tan pronto he de reconocer que me ha divertido su descripciones sobre el genio, más bien sobre la percepción del propio genio de algunos artistas y su aceptación/negación:“he had been called a genius, something all artists suspect of themselves at one time but never bother denying until they hear it from a separate source”. Por supuesto sin olvidar el destino reservado a muchos artistas, con no tanto talento como ellos creen: “An artist will starve on so sparse a diet as his own genius”.

Probablemente a algunos os gustara saber que llegados a este punto ya solo me quedaba por leer un libro de los que llenaban mi maleta a la vuelta de NYC por lo que para el próximo mes ya estaré volviendo a visitar mis librerías de referencia, empezando casi seguro por la librería Méndez de la calle Mayor ya que de momento todavía hace frio para subir hasta la librería Fuenfría de Cercedilla (frio para mí, que estoy viejo y tras muchos años de ser atérmico a esta edad me ha cogido el frio, pero no para vosotros que por aquello de no haber sido nunca atérmicos estáis acostumbrados a estas temperaturas y que además os gusta el campo. Así que vosotros empezar por ir a la librería Fuenfría de Cercedilla que siempre agradecen las visitas y cuanto más os conozcan mejor os recomendaran).

Pues eso, mi último libro en ingles de esta temporada ha sido The Watchmaker of Filigree Street, al que le tenía ganas en parte porque lo comparaban con los de Cabal y en parte porque me gustaba el título y la idea general de atentados en la Inglaterra victoriana vinculados en cierta forma a relojes de precisión. Me ha gustado pero mucho menos de lo que esperaba, incluso en algún momento he estado a punto de dejar de leerlo. Puede que ya estuviera saturado de leer en inglés o que el inglés de este libro me resultara algo más difícil de lo habitual y que por eso estuviera a veces tentado de dejarlo, pero también puede que le falte trama y personajes ya que no me he acabado de implicar con ninguno de los personajes. Con todo algunas descripciones de usos de otra época me han hecho sonreír:  “She seemed to acknowledge that while numbers were a necessary part of life, they were, like French postcards, not suitable for a lady”.Y, que conste, que me he sonreído no por el micro o macro machismo que una frase como esta puede representar hoy en dia siendo lo mas natural en el contexto de la historia si no por lo de las postales francesas para referirse a las fotos eróticas de la época. Que a mí ni el micromachismo ni el macromachismo me arrancan una sonrisa, como todos sabéis; si acaso una buena carcajada.

En cualquier caso la mejor frase de este libro y que he de empezar a aplicar para cuando me piden dar una charla es la que pone el autor en boca de un tal Gilbert (que según el es el Gilbert de los famosos Gilbert & Sullivan): “The safest way to success is to write according to the capacity of the stupiest member of the audience”.

Procurare no olvidarla aunque tenerla en cuenta a veces te obliga a bajar tanto el nivel que casi sería mejor ni escribir, ni dar charlas y hacer como Trump y comunicarse solo por vía tweeter. Pero ya, si eso, hablamos de Trump otro día.


The New Mammoth Book of Pulp Fiction – Varios Autores
The Shoe – Gordon Ledge
Only the dead know Burbank – Bradford Tatum

The Watchmaker of Filigree Street – Natasha Pulley

domingo, 26 de febrero de 2017

La Gran Huelga (1986)

Hace algunos meses, cuando surgió la oportunidad de donar parte de mi librería a los ancianitos de Castilla León, empecé a escribir una revisión de los libros que había decidido conservar que podría servir como una lista de mis novelas favoritas (vale, no serviría para eso de ninguna forma pero como alguien me había pedido una lista de mis novelas favoritas y el estado actual de mi memoria me impedía hacerlo, pues tendría que valer).

Escribí lo que se suponía sería una primera parte, llegando con un gran esfuerzo hasta la letra G, no entera pero lo suficiente para hablar del gran Goldman, William; y también tome algunas notas  para poder seguir sin tener que volver a desmontar toda la librería (tarea que no resulta previsible que vuelva a llevar a cabo en muchos años). Por supuesto y gracias a Bermejo también tenía una lista de los libros donados a los ancianitos de Castilla y León  y que seguramente también mereciera algún comentario.

Esta continuación, o continuaciones,  están todavía a la espera pero no os preocupéis, no es hoy cuando voy a continuarla. No, no va  a ser hoy el día que os aburra con esto. Ya, si eso, seguiré otro día con la revisión de mi librería y de la de los ancianitos.

Precisamente por aquellos fechas, un poco después y puede que impulsado por el orden alfabético de mis libros, y en gran medida por tener de nuevo un tocadiscos, decidí ponerme a oír metódicamente la colección de discos de Álvaro (que más o menos esta ordenada alfabéticamente) ya que además de apetecerme oír discos que no había oído en mucho tiempo, discos que yo no tengo porque en su día no tenía dinero para comprármelos y cuando tuve el dinero pues ya tenía otras cosas en la cabeza, me apetecía volver a oír esos discos que yo nunca me hubiera comprado e incluso muchos que ni siquiera había oído nunca.

Mi idea era combinar la escucha de estos discos con la revisión de mi librería en próximas entradas del blog, ya que pensaba que podía quedar más divertido hablar de discos y de libros a la vez, e incluso, quien sabe, tal vez hasta incluir algún video (si soy capaz) para entretener y capturar algún lector despistado, o por lo menos para cabrear a mi hermano mayor al que la música (salvo contadas cosas de las que seguro que no hay video) le pone sumamente nervioso y que como todos los que tenéis hermanos mayores sabéis es una de las pocas obligaciones de los hermanos menores: cabrear y poner nerviosos a los hermanos mayores (a los nuestros y a los ajenos).

Claro que existía un grave problema de coordinación ya que no solo Álvaro ha conseguido una colección de discos (perdón: una discografía, que Álvaro no es coleccionista de discos, ni mucho menos supersticioso ya que eso da mala suerte. Lo de ser supersticioso, no lo de coleccionar discos, digo) que daría envidia a más de un buen coleccionista (o a casi cualquier aficionado; a mí me la da) si no que yo ya había escrito sobre mi librería, llegando hasta la G, antes de “ponerme” en serio a escuchar los discos de Álvaro (digo en serio porque ya iba por la D, en discos, cuando se me ocurrió la idea y pensé en ir tomando notas para esas entradas del blog, por lo que de esas letras ni siquiera recuerdo lo que he escuchado y tendré que volver a empezar cuando acabe). Así que, no, hoy tampoco voy a ponerme a escribir sobre discos, por lo que tampoco me voy a poner a escribir sobre ambas cosas.

¿Qué por qué os cuento sobre que no voy a escribir, en lugar de ponerme a escribir sobre algo? Una gran pregunta, incluso diría “me encanta que me hagas esta pregunta” que decían antes en todas las entrevistas (junto con aquello de “este marco incomparable” para referirse a casi cualquier sitio, incluida Murcia) y cuya variación “una pregunta muy interesante” es la forma actual y estándar de empezar a responder a cualquier pregunta en casi todos los seminarios y congresos justo antes de empezar a no responder a lo que te han preguntado por parte de todos los que han leído libros sobre “cómo comunicar de una manera efectiva” o de cosas similares comprados en las tiendas de los aeropuertos y estaciones de alta velocidad.

Supongo que la respuesta es que nunca tengo claro cómo empezar a contar algo, de hecho la mayor parte de las veces que me siento a escribir este blog ni siquiera tengo claro que historia es la que quiero contar ¿Cómo para saber dónde empieza una historia y termina otra? y supongo que en gran medida es por ello por lo que escribo menos de lo que a mí me apetecería (ya que estamos diré que otro problema al que casi siempre me tengo que enfrentar es ese de que – casi – ninguna historia nos pertenece completamente y aunque tu tengas ganas de contarla pues puede que otros de los protagonistas no tengan interés porque se cuente la historia, o una parte de esa historia).

En cualquier caso, oyendo los discos de Álvaro llegue hasta unos que pensaba que me haría mucha ilusión oír, estaba convencido que todavía me gustarían lo mismo que me gustaron en su día y  que, en cierta medida, han sido parte de la banda sonora de una época de mi vida pero que no había vuelto a oír desde entonces (con entonces me refiero a 1985-86), es decir canciones que probablemente no había oído en los últimos treinta años pero de las que tenía un buen recuerdo, o bastantes buenos recuerdos.

Algunos de estos recuerdos ya los comente en otra entrada de este blog, hace varios años, cuando hable del concierto por el que se terminaron los conciertos de la Escuela (la de Caminos, Canales y Puertos, digo) ya que hablo del disco del primer disco de  Kortatu (bueno, venga para los puristas y porque en este primer disco no está mi tema favorito del grupo, Mierda de ciudad, aclarare que hablo del primer LP, que técnicamente no fue su primer disco ya que antes sacaron “El disco de los cuatro”, que era un disco compartido con otras tres bandas incluso más reivindicativas).

Al oír ahora este primer disco – y otros dos de Kortatu que tiene Álvaro – me sorprende lo malos que eran, posiblemente no como músicos que en eso me niego a entrar, si no lo malos que eran musicalmente (ahora habiendo oído los originales de casi todas las canciones que entonces me sorprendieron, me doy cuenta de que no aportaban nada especialmente). Si los hubiera oído tan solo unos pocos años después (como he oído a sus grupos continuación tipo Negu Gorriak) me habrían parecido una autentica basura y no me habrían interesado lo mas mínimo; cosas de la edad supongo, aunque como Mierda de ciudad no está en estos discos pues me queda el consuelo de que tal vez esta versión si supere al original (por lo menos en mi recuerdo; aunque estoy seguro de que no).

También, aunque esto ya me lo parecía entonces, me resulta muy sorprendente la indiferencia que sus pretensiones políticas tenían en nosotros (parte de la juventud de aquellos años ochenta) y en cómo nos resultaba completamente indiferente que cantaran en euskera o que incluso cantaran a la fuga de dos presos etarras (si, de eso va Sarri, Sarri) para nosotros era música divertida que te hacia saltar (el Ska tiene esta característica, incluso cuando no es especialmente bueno) y buscar otra cerveza para seguir la fiesta ya que sin cerveza no hay fiesta. Nos lo tomábamos con la misma indiferencia con la que nos tomábamos a Gabinete cantando “Como perdimos Berlin” difrazados de Nazis o a Glutamato cantando cualquier barbaridad. Tan cansados estábamos de las reivindicaciones políticas de nuestros hermanos mayores que nos eran indiferentes las de nuestros hermanos pequeños, o de nuestros coetáneos más atrasados (o retrasado). A nosotros solo nos importaba la música y las letras de amor y paz.

El caso es que oír este disco me hizo acordarme de aquel concierto una vez más y también, porque hacía poco, relativamente, me habían pasado unas fotos, de la “Gran Huelga” de los estudiantes de ingeniería: la huelga por la ley de atribuciones.

Así de combativos éramos todos en aquellos años: Kortatu celebraba la fuga de dos presos etarras y reivindicaba el euskera y el independentismo vasco, mientras que los ingenieros de España se levantaban en huelga frente a la injusticia de perder atribuciones profesionales para cedérselas a los arquitectos, digo a los diseñadores de interiores, y mientras tanto los miembros de Culturales alquilábamos tres Land-Rover para irnos a recorrer Galicia mientras durara la huelga de nuestros compañeros o nos durara el dinero que habíamos ganado vendiendo varias veces (por lo menos tres según las fuentes más fidedignas) el aforo del salón de actos de Caminos a los reivindicativos punkis.

Si, cada colectivo tenía sus prioridades muy claras en aquellos días por lo que justo cuando se iniciaba la huelga de atribuciones y con la verja de caminos todavía sin arreglar (salvo por un poco de cinta americana para intentar disimular que estaba completamente destrozada) los intrépidos ingenieros del futuro nos embarcábamos rumbo a Galicia y sin intención de volver hasta que no se resolvieran los problema que dejábamos atrás.

En principio – por aquello de no parecer esquiroles, por lo de abandonar la huelga, y por no parecer capitalistas en ciernes, por lo de ir a gastarnos los dineros ganados con el sudor de los músicos – decidimos disfrazar aquella escapada como un viaje de estudios (de hecho conseguimos que diferentes organismos nos ofrecieran alojamiento, e incluso alguna empresa una comida digna, por ser los ingenieros del futuro). Además tras lo de la rotura de la verja de la escuela y de otras zonas de la misma nos vimos obligados a plantear el viaje como una actuación urgente, lo que hizo que no todos pudiéramos abandonar Madrid en el mismo momento y nos valió para dejar una representación de culturales en los actos huelguistas en los que era necesaria nuestra presencia y puede que incluso les encargáramos que se enfrentaran a la (justa) ira del cuerpo docente de la Escuela.

Aquí podéis ver al primer contingente de Culturales preparándose para la huida, entre los que los más avispados, o los mejor informados podréis reconocer a algunos directores generales de constructoras responsables de la construcción de las principales infraestructuras de esa España nuestra, claro que también podéis ver a algún infiltrado que no conseguiría terminar la carrera y a algunos que no hemos llegado a nada especial y que por lo tanto seguimos siendo unos irresponsables (y no, no me refiero al campeón de Tango de España, al que algunos habréis reconocido. Que ser campeón de Tango es un logro más importante de lo que, en un principio, os pueda parecer).


Como ya os he dicho se trataba de un viaje que no tenía fecha de vuelta ya que nuestra idea era mantenernos lejos de Madrid, de la escuela, hasta que hubiera acabado la huelga, se nos hubiera acabado el dinero y/o la dirección de la escuela se hubiera olvidado de nosotros y de los pequeños incidentes que habían ocurrido en la escuela.

En cuanto acabara la huelga tendríamos que volver corriendo – bueno, a la velocidad que los Land-Rover permitían con todos dentro; que no era tanta – ya que en ese momento se renovarían las clases y lo que podía ser peor los exámenes, así que todas las mañanas llamábamos a los compañeros y compañeras (si, por increíble que parezca había dos o tres compañeras) que habíamos dejado de reten en Madrid para que nos informaran si se había acabo la huelga o no. Si no se había acabado, era el momento de decidir el siguiente destino del día, hacer una cuantas llamadas para intentar que algún estamento oficial nos diría alojamiento a todos o a los que pudiera acoger dejándoles claro que éramos los ingenieros del futuro en viaje de prácticas. Si eso fallaba era el momento de tirar de amigos y conocidos de la zona que nos dejaran parte de su salón, de sus casas de vacaciones o de lo que fuera para que por lo menos algunos pudieran dormir fuera del Land-Rover ya que tampoco se trataba de gastar el dinero que tantos esfuerzos y disgustos nos había costado ganar en algo tan poco productivo como alojamiento. Aunque no os lo creáis, ya que el 86 no fue un año muy seco en Galicia, la verdad es que nosotros teníamos mucha sed casi todo el día, por no hablar de las noches y necesitábamos ese dinero por meras razones de supervivencia y para poder seguir bailando los temas de Kortatu, e incluso de vez en cuando, a mas altas horas de la noche, algún tema de Esplendor Geométrico (si, concretamente Necrosis en la Poya, que no es un tema fácil de bailar sin apoyo químico o sin una cantidad ingente de alcohol) como puede verse en la figura 2.


La verdad es que me gustaría deciros donde estuvimos pero, por cosas de la edad, tengo recuerdos bastante difusos de aquel viaje, y ya me supone un esfuerzo aseguraros que la Comunidad Autónoma que visitamos primero fue Galicia. Me suena que dormimos en la Comandancia de Marina de Marin, casi seguro que visitamos Santiago y juraría que estuvimos en la Isla de La Toja recorriendo edificios medio abandonados en los que algunos futuros ingenieros se dieron al robo de objetos, o a la recuperación de objetos abandonados según sus propias palabras, que luego había que encajar en los ya bastante llenos Land-Rover, y por supuesto estuvimos en Vigo donde nos detuvo durante un rato la Guardia Civil, a altas hora de la noche o puede que fuera a primera horas del día, para dejarnos marchar cuando conseguimos convencerles de que ya nos íbamos a “la cama” (sin aclararles que nos referíamos a un bar que había en un pueblo cercano, o que por lo menos así nos habían jurado los expertos en Siniestro Total de la zona).

Si no fuera por esas cosas de la edad podría contaros muchas más cosas ya que por algún motivo hace unos años tuvimos una reunión post-viaje (puede que fuera para celebrar que finalmente se había cumplido el plazo de prescripción de todos, o de gran parte, de los delitos que hubiéramos podido cometer durante aquellos días) y estoy casi seguro de que los que tenían tendencia a estar serenos (casualmente diría que fueron los que no llegaron a ser ingenieros y aquellos otros que nunca llegaron a ejercer de ingenieros; si no de gestores y cosas así) nos ilustraron a los demás con anécdotas y comportamientos, cuando menos, confusos de aquel viaje protagonizadas por aquellos que si conseguimos convertirnos en los ingenieros del futuro (ya del pasado). Pero igual no les preste la debida atención a sus anécdotas, porque al fin y al cabo el pasado no me interesa demasiado, o tal vez porque, como ingeniero, soy muy corporativista y pensaba: vete tú a saber que hay de verdad en todas estas anécdotas que cuentan estos no ingenieros y cuanto hay ficción, que los gestores son muy aficionados a las ficciones ajenas y ya me diréis cuáles de esos os parecen personas fiables.


Tampoco puedo aclararos cuanto duro aquel viaje, ya que por una parte hay pocos registros de la Gran Huelga (seguramente silenciada por los poderes facticos del momento o por los decoradores de interiores) y por otra porque yo abandone aquel viaje a la primera ocasión que surgió, mucho antes de que se acabara el viajes.

Si, abandone aquel viaje con mentiras de todo tipo – creo que llegue a matar a algún familiar razonablemente cercano – y me subí en el primer tren a Madrid que pude encontrar en cuanto nos acercamos a una estación de ferrocarril a recoger a parte del grupo que se había quedado a vigilar el desarrollo de la Gran Huelga ya que por muy divertido que estuviera siendo el viaje yo tenía que volver a Madrid, tenía que volver con urgencia para abrazar a Lourdes, para volver a besarla, porque desde la primera vez que la bese, o que ella me beso, o que nos besamos, en la nochevieja de 1985 en las escaleras de la calle Lérida, eso era lo único que de verdad me importaba y me hacía feliz. Malditas canciones pop que han formado mi carácter. Debería haber oído más Rock radical vasco o más Ska, o más Punk, o más cualquier otra cosa, pero entonces ya era tarde, yo ya la echaba de menos. Afortunadamente, añado; y aun la echo de menos aunque ya no haya a donde volver.


viernes, 10 de febrero de 2017

Comentario de textos - Enero 2017

Como novato en esto de escribir me sigue resultando muy curioso cómo la gente interpreta lo que escribo y encuentra cosas entre líneas que no tengo ninguna conciencia de haber dicho. Ya, ya sé que no debería resultarme curioso, si al fin y al cabo esto mismo pasa  prácticamente con cualquier conversación, como no iba a suceder algo parecido, pero ampliado, en este monologo que es lo de escribir y más aún lo de que te lean sin poder ver las caras que ponen al hacerlo (excepción hecha de mi hermana L a la que obligo a leer esto que escribo delante mío para contabilizar sus risas… que cada vez son más escasas, todo sea dicho).

En cualquier caso cuando escribía mi último comentario de textos no estaba tan agobiado como algunos lectores han interpretado, aunque si es cierto que este es el primer mes en los últimos ene años en el que por fin tenía el suficiente trabajo para justificar el sueldo que me pago y claro después de tanto tiempo perdiendo el tiempo uno no sabe cómo va a reaccionar, uno (por lo menos uno como yo) siempre tiene dudas de su capacidad y de no ser lo suficientemente listo, lo suficientemente competente, lo suficientemente llámalo-x para estar seguro de que puede enfrentarse a lo que le viene por delante. Ya, ya sé que muchas veces transmito esa odiosa seguridad de ser el más listo, el más competente y el mas llámalo-x del mundo pero también es verdad que es una opinión compartida que no lo soy, de hecho creo que es una opinión generalizada que todos son más listos, más competentes, mas llámalo-x que yo y que si ellos estuvieran en mi lugar todo funcionaria mejor porque ellos saben cómo hacerlo todo mucho mejor, más competentemente, mas llámalo-x que lo que yo lo hago. Pero no me lo tomo como algo personal ya que creo que piensan eso de forma generalizada sobre todo el mundo, aunque la realidad parezca empeñarse en no darles la razón.

En fin, el caso es que sí que he tenido trabajo este mes y como además era un trabajo que no era de mis favoritos pues, sin llegar a estar agobiado ni preocupado, y como hace años que no trabajo en serio (desde mi derrame y el principio de la crisis) pues no tenía mis capacidades demasiado claras y me faltaba un poco de esa seguridad que da la práctica cotidiana de una actividad (vamos, lo mismo que me pasa con eso de ligar). Pero todo ha ido bastante mejor de lo que esperaba, no había perdido tantas facultades y prácticamente me ha dado tiempo a realizar un trabajo decente (no, excelente que yo no soy de esos) e incluso a perder algo de tiempo con otros asuntos que tampoco podían esperar, a procrastinar y a ver algunas series de televisión (en verdad de Netflix, más que de televisión, ya que desde las navidades soy poseedor de un cacharrin que no sé cómo se llama y tengo en préstamo una Tablet, o como se llame).

Lo que he hecho poco, supongo que en parte porque ya había avisado y no quería quedar mal y en gran parte porque se empezaban a agotar mis reservas de libros ha sido leer, sobretodo en la parte final de enero y en el principio de febrero (como se verá más claro el próximo mes) y aunque no estrictamente relacionado retrasarme con este blog y con mi otro proyecto de escritura (ese famoso libro técnico que no acaba de avanzar. Bueno realmente yo he avanzado mucho en una mitad: la que he subcontratado a Leticia, aunque ni ella ni yo hemos avanzado casi nada con nuestras mitades). Pero algo hemos leído y aunque sea más tarde de lo habitual vamos con esos comentarios de textos.

Aunque podría haber empezado el año leyendo el par de libros que me han regalado por navidad la verdad es que lo empecé leyendo Eileen, o tal vez es que ya lo estaba leyendo en diciembre y aun no me lo había acabado. Vete tu a saber, mi memoria no llega a tanto y mis notas (que tomo en una libretilla, tipo Moleskine, del Maceratta Musei que me regalo hace tiempo mi hermana Maite) no lo aclaran. Ni siquiera mis notas me aclaran si me gusto la novela o no, lo que conociéndome quiere decir que no me gusto especialmente aunque tuviera cosas lo suficientemente buenas como para apuntarlas. Entre ellas esta esa aversión que una de las protagonistas siente (y que yo comparto totalmente) por los perfumes que, con mucho acierto, le hace clasificar a las personas que los llevan como “These highly scented people are not to be trusted. They are predators. They are like the dogs who roll around in one another’s feces. It’s very disturbing”. Tambien tiene esa diferenciación entre hombres y mujeres en función de su capacidad de aguante: que le lleva a decir “A grown woman is like a coyote – she can get by on very Little. Men are more like house cats. Leave them alone for too long and they’ll die of sadness” Incluso tiene esa parte de chorrada cultural que siempre resulta divertida que en este caso es el moto de Pall-Mall, en el que pese a ser la marca que fumaba mi madre durante muchos años (antes de pasarse al tabaco light) yo nunca me había fijado pero que dice “Per aspera ad astra” que (supongo) puede traducirse como “por el sendero áspero, a las estrellas” o incluso mas libremente como “a través del esfuerzo, el triunfo” que obviamente refleja perfectamente la iniciación en este rito de fumar que al principio cuesta pero que si persistes es verdaderamente satisfactorio. Además gracias a la Wikipedia parece que esta frase, que me ha encantado, inspiro un pasaje de la Regla de San Benito (algo que pese a mi nombre, gracias a mi cultura enciclopédica, ni sabía que existía ).

Supongo que si pese a estas cosas no tengo un recuerdo claro de la novela es que no debió de gustarme mucho, o tal vez es que simplemente que mi memoria, mi capacidad de retener cosas nuevas especialmente, cada día está peor. No sé qué habrá sido.

Aunque se trata de un libro de cuentos, que por lo tanto puedes dejarlo y retomarlo con facilidad (creo que los libros de cuentos no deben de leerse seguidos, si no por trozos e incluso si son lo suficientemente cortos uno debe de leerlos en el baño, o por lo menos tener siempre uno ,o más de uno, en el baño) como ya lo tenía empezado pues seguí con Make something Up. Stories you Can’t Unread que en cierta medida me ha servido para reconciliarme con el autor que en sus últimas novelas flojeaba bastante. La verdad es que tiene historias bastante graciosas: en una se pone de moda entre la juventud lobotomizarse; en otra uno se ha creído eso de que la risa cura todas las enfermedades y va a visitar a su padre enfermo de cáncer para contarle chistes  a ver si se cura; en otro tres de los más listos de la clase hartos de que los más fuertes de la clase abusen de ellos deciden repetir curso las veces necesarias para ser los más fuertes de la misma y que no abusen de ellos; en otra se descubre que prácticamente todos los pacientes de una clínica que tiene un método para curar la homosexualidad son jóvenes heterosexuales que están engañando a sus padres para que una vez curados les regalen lo que quieran y en el que uno de los que si son homosexuales ante la pregunta de si no le da miedo ir al infierno por ser homosexual responde tranquilamente y con más razón que un santo (que digo que un santo, con más razón que el propio San Benito): “My idea of Hell would be going to Heaven and being forced to pretend I’m like you for the rest of eternity”. Pues eso, historias divertidas y bien contadas (por lo  menos algunas de ellas).

Creo que es sabido por casi todo el mundo que conoce mis gustos sobre libros que salvo contadas excepciones (contadas incluso con los dedos de la mano izquierda de un dinamitero jubilado y zurdo) no soy especialmente partidario de las biografías ni en general de las historias basadas en casos reales, que yo prefiero que todo sea inventado, que la historia sea falsa, así que me sentí bastante sorprendido cuando por navidad me regalaron dos biografías. Ni con mucho es el peor regalo que me ha hecho mi familia, que un año, vete tú a saber si por olvido de mi cumpleaños o por que otra razón solo me regalo una manzana y ni siquiera me la regalaron envuelta, ni estaba recubierta de caramelo ni nada. No, una manzana, tal cual, cogida imagino del frutero de casa directamente. Un año, que no olvido aunque no recuerde, ese fue todo mi regalo de cumpleaños: una manzana. Así que supongo que han debido de mejorar mucho nuestras relaciones familiares en estos años ya que además de los libros tuve otros regalos y ¿Qué, si se trataba de biografías?. Detalles, nimiedades, “odds and ends” que solía cantar el ya premio nobel con The Band.

Cash, man in black es, obviamente,  la autobiografía de Johnny Cash que podríamos decir es un artista total y extravagantemente reivindicado dentro de un estilo totalmente vilipendiado por todo aquel que quiera ser no ya hípster, sí no incluso simplemente moderno. Desde hace unos cuantos años es un más que un artista es casi un icono de la contracultura y a mi, la verdad es que me cuesta mucho, pero mucho entender esta reivindicación o esta conversión en icono de alguien cuyo mayor logro conocido (aparte de casarse con June Carter) es ser fotogénico, empeñarse en vestir de negro (color que empezó a vestir porque empezó a cantar en iglesias y era un color apropiado para la iglesia), haber grabado un disco, o dos, en una prisión, o dos, (ni siquiera por ser el primero en hacerlo) y ser un anfetaminico conocido, reconocido y convicto por ello. Supongo que si no hubiera sido tan aficionado a las pastillas o tan fotogénico no sería reivindicado si no que seguiría siendo un excelente cantante (en un estilo por otra parte completamente odiado por casi todos los que lo reivindican a Cash) pero con unas ideas cercanas a un Reagan y me temo que por el lado de Bush (quiero decir incluso más a la derecha que Reagan). En cualquier caso la lectura resulta un poco pesada ya que esta autobiografía está escrita una vez rehabilitado de las drogas y estando en comunión con Dios (por gracia y empeño de la Carter family) por lo que todas las historias están filtradas por esta conversión y rehabilitación.

La otra biografía, también autobiografía, es la de Oliver Sacks: En movimiento. Leídas así juntas resulta curioso que los dos fueran adictos a las anfetaminas, incluso resulta ligeramente preocupante que mi familia decida regalarme libros de personajes declaradamente drogadictos y encima con la misma adicción. Prefiero pensar que existen otras razones que esta de la adicción para seleccionar estos dos regalos pero por si acaso, por si alguien tiene dudas, volveré a aclarar que “no, no soy ni he sido nunca aficionado a las anfetaminas y la verdad es que dudo que me aficione en el futuro”. Si bien es verdad que he probado una cierta diversidad de drogas, con cierta variedad añadiría, nunca he sido adicto a ninguna sustancia ilegal (sí, soy adicto al tabaco, a la cerveza, al chocolate y en algunas temporadas al ron e incluso durante un breve periodo a los Moscow Mule) pero por ser sincero el tema de las adicciones si es un tema que me interesa, no así el de los adictos que en general me parecen aburridos, monotemáticos incluso. Pero volviendo al libro… he de reconocer que me he aburrido mucho y que más que una autobiografía casi ha parecido un aburrido currículo, un currículo contado con poca gracia (diría que le falta toda la gracia que aporta en las historias clínicas que le han dado fama). Tanto es así que reconoceré que no me lo he acabado, así que igual luego mejora mucho y el problema es solo que me he quedado antes dormido antes de que llegue lo interesante. Para mí lo único gracioso no proviene de Oliver, si no de su hermano y, por extraño que parezca, son sus últimas palabras desde la cama del hospital: “me voy fuera a  fumar”. Eso es irse con estilo, casi como aquellas de otro Dylan de “dieciocho whiskys, creo que es todo un récord” (que pese a que parece que no son ciertas yo siempre he dicho mal rebajando su supuesto récords en el último whisky, supongo que sabiendo que seguro que se lo dejo sin beber. No porque me parezcan muchos, que ya he demostrado en un par de ocasiones que no son tantos, sí no porque me suena mejor diecisiete. No sé porque.)


En fin, como ya avisaba he leído poco y este mes – ya estamos a día diez y solo he conseguido dejar un libro a mitad – probablemente no mejore mi media (por cierto el penúltimo de mi maleta neoyorquina lo que me obligara a visitar una o mis dos librerías de referencia en breve y con el frío que hace estos días imagino será la librería Mendaz de la calle mayor, ya que subir hasta la librería Fuenfría de Cercedilla parece algo difícil de conseguir). En cualquier caso, no adelantemos acontecimientos, igual me lleno de anfetaminas en honor a mi familia y me pongo a leer a toda velocidad lo que queda de mes… o a escribir… o a leer…. o a ambas cosas… que los anfetaminicos somos así, de aquesta manera y a la vez de aquella otra.


Eileen - Ottessa Moshfegh
Make Something Up. Stories You Can't Unread - Chuck Palahniuk
Cash. Man in Black - Johnny Cash
En movimiento. Una vida - Oliver Sacks