sábado, 7 de marzo de 2020

Comentario de textos enero 2020



Lo de empezar diciendo que llego tarde es ya un lugar común, y ya sabéis que yo y la gente pues como que no nos llevamos muy bien. En espacial es lugares comunes o públicos, por no hablar ya de las fiestas populares; yo soy más de lugares privados así que este mes pues no pediré perdón por escribir tarde, ni siquiera siendo ya prácticamente el último fin de semana del mes de febrero.

Enero empezó tranquilo, con una modificación significativa en nuestras tradiciones familiares – bueno, en lo que pasan por tradiciones familiares pese a no tener la confirmación del tiempo que el resto del mundo requiere. En nuestra casa hay cosas que se convierten en tradición, si así lo decidimos, desde la primera vez que las hacemos– en concreto de la tradición del día de Reyes. Se había convertido en tradición que me tocara a mi comprar un regalo para cada uno de los miembros del núcleo duro de la familia que cenamos juntos la noche de Reyes. Este año, sin embargo, a petición de mi sobrina hemos cambiado la tradición y hemos decidido hacer un amigo invisible. Este cambio hace que ya no tengo que pasar la mañana y/o la tarde del día cinco encerrado en el corte inglés, dando vueltas buscando todos los regalos que me tocaba comprar (aunque todavía me paso la mañana y la tarde del 24 de diciembre dedicado a estos menesteres ya que para mí esa es la verdadera tradición y es mi verdadero recuerdo de las navidades: ir el ultimo día al corte ingles con mi padre y con una lista casi eterna de algunas cosas, pocas podría incluso decirse ya que es una cuestión relativa, que faltaban por comprar. Ya sabéis, esos regalos de última hora que todavía no se han comprado porque las navidades han venido sin avisar, porque algunos requerimos un poco de tensión para lleva a cabo según que tareas).

Empezó tranquilo, decía, y yo empecé a leerme El embalse 13 libro que resulta obvio me compré solo por el título – me cuesta resistirme a títulos que tengan incluyan referencias al agua o a las obras hidráulicas – en mi librería de referencia de la calle Mayor: la librería Méndez como bien sabéis pero que yo sigo mencionado a ver si algún día coincidimos por allí (mencionaría mi librería de referencia de la sierra, la librería Fuenfría, pero tendría que ser por motivos distintos ya que las posibilidades de que coincidamos en ella son pequeñas por mucho esfuerzo que pongáis de vuestra parte. Como decía siempre mi padre: dos no pueden si uno no quiere. Aunque en este mas que no querer se trata de no encontrar el momento o los medios). La novela pues no está ni bien ni mal, pero yo no he conseguido terminármela. En gran medida porque no está bien, no conseguí que me enganchara, pero también porque un día aburrido frente al ordenador encontré una oferta verdaderamente barata de vuelos a NYC, y claro pues organizamos un viaje para mantener nuestra tradición de viajar una vez al año hasta esa fascinante ciudad. Aunque podía haber cogido la novela para el avión (realmente aviones ya que el vuelo era, a la ida, vía Londres) pero como no me estaba enganchando pues se quedó sobre mi mesita de noche, sin terminar. Puede que la novela mejorara, a partir del punto en el que la he abandonado, pero creo que me quedare sin saberlo, o no, que igual en algún momento vuelvo a retomarla (diría que no y casi seguro que así sea ya que sospecho que se va directa a la estantería y de allí es difícil, muy difícil, salir o ser rescatado). Lamento no poder contaros más, pero es lo que hay.

Como viajaba sin nada que leer aproveche la parada – la escala, creo que es el termino técnico – en Heathrow para comprarme un libro del que tampoco os puedo comentar nada de momento ya que tampoco lo termine en el avión pero que ahora estoy retomando y que ira a la lista de los del mes que viene (bueno, de este mes, pero el mes que viene).

La verdad es que NYC me sigue gustando mucho, pese a que obviamente ambos (la ciudad y yo) hemos cambiado mucho y nuestra relación ahora es muy diferente de la relación de hace unos años. Yo estoy viejo y cansado – aparte de que, en este viaje, durante unos días, estuve con un buen gripazo; vamos, especialmente atontado – y la ciudad también esta cambiada y algunos de sus encantos han desaparecido o se han minimizado (cada vez hay menos tiendas extravagantes y únicas, y más franquicias y cosas normales; mas repetición) además en enero es una ciudad en la que hace frio (lo que es peor, yo ahora lo noto ya que antes era atérmico y lo del frio pues me resultaba indiferente) y que por primera vez he visto nevada lo que obviamente es un punto a su favor. Como cantaban aquellos “no es tu culpa, ni tampoco puede ser la culpa mía”. En cualquier caso, esperemos que esta tradición se siga manteniendo ya que todavía se mantienen muchas de las cosas que me encantan y a las que me costaría renunciar, entre ellas mis librerías de referencia: Kinokuniya y McNally Jackson que es donde he aprovechado para abastecerme.

Imaginaros si estaba descentrado, posiblemente enfermo, que normalmente a la vuelta de NYC ya vengo con un par de libros leídos durante esas horas entre la última cerveza y dormir, o bien en esas horas de la mañana entre mi despertar y el del resto o incluso hasta el instante en el que todos estamos, por fin, listos para salir del apartamento y empezar nuestra exploración sin rumbo alrededor de la cuadricula de esta ciudad de escaso pasado; pero este año el primer libro que empecé a leer fue el que me compre en el aeropuerto de vuelta hacia casa: The care and feeding of ravenously hungry girls. Así estaban las cosas y supongo que este año no he sido la mejor de las compañías, con una desgana ciertamente excesiva y con una emoción ciertamente deficiente. “necesita mejorar” seria la máxima nota que conseguiría mi comportamiento en esta ocasión.

No culpo totalmente a la novela, ya que no todas las novelas sirven para leer en un avión, siendo las mejores para esto los bestsellers y probablemente las peores las que no tienen una historia claramente lineal (ya sabéis con saltos en el tiempo o entre personajes- narradores) para las que se requiere, o al menos yo necesito algo más de concentración de la que se puede conseguir en un avión, y esta es de este último tipo. El resultado es que pese a que la historia – una familia monta una ONG, con no recuerdo que excusa, y al final la utilizan para todo menos para su objetivo inicial, bueno, básicamente la utilizan para vivir ellos de la mejor manera posible, al final les pillan y el barrio, que era el que les financiaba, pues les da la espalda mientras ellos acaban en la cárcel – me interesaba porque al fin y al cabo es algo que pienso de la mayoría de las ONGs, o más bien de la mayoría de las entidades sin ánimo de lucro que aplican el sin ánimo de lucro a que no producen beneficios contables, excluyendo por supuesto sueldos exorbitados de la dirección o la contratación de esos pedigüeños que copan las calles de cualquier ciudad y que obviamente no son voluntarios sino personal contratado para hacer crecer la pirámide y aprovechar para viajar a distintos países con la excusa de la cooperación (basta mirar las cifras de dinero que se recaudaron para el desastre de Haití y las que realmente llegaron a los Haitianos – escalofriante diferencia entre ambas – o pensar en el número de ONGs que enviaron delegaciones a Haití para pensar todas en hacer lo mismo) Pero, en fin, voy a parar porque me enciendo y no le conviene a mi presión arterial y lo de que todos acaben en la cárcel no lo veo ya que entonces alguien se vería obligado a montar varias entidades sin ánimo de lucro de apoyo a los presos de entidades sin ánimo de lucro. En cualquier caso, si me ha servido para confirmar una vez más las diferencias culturales a través de esa lista que la protagonista hace mientras “wander along the bookcase to the classics: Jane Austen, Charles Dickens, Robert Frost, Langston Hughes, Zora Neale Hurston” ya que escasamente la mitad entrarían en una lista de clásicos de mi librería. 

Ya en Madrid pues era el momento de empezar con mi primera adquisición japonesa, The Goddess Chronicle, de la que me preocupaba mucho una de las citas de la contraportada “A dark and lovely feminist retelling of the Japanese creation myth”, que no prometía nada bueno, pero como conocía a la autora (no en el sentido físico de conocer, sino en el de haber leído ya varios libros suyos) pues decidí ignorar esta cita y darle una oportunidad. La verdad es que es un libro que he disfrutado y que en el caso de ser una revisión feminista de los mitos de la creación es una revisión feminista valenciana:

“as ill as she was Izanami-sama´s desire to produce life did not flatter, so from her vomit arose the male and female deities Kanayama-biko and Kanayama-bime. These two are the Deities of Mining. From her excrement sprang Haniyasu-biko and Haniyasu-bime, the Gods of Clay. Next from her urine arose Mitsu-ha-no-me, the God of Gushing Water”


Vale, vale, la primera es diosa – supongo que por eso lo del feminismo, aunque pese a que los dioses se crean en pares, el primero que se crea es siempre el masculino – y que el panteón de dioses japoneses pues es muy numeroso, pero, hombre (o mujer, digo feministamente) que, al menos parte de, los dioses provengan del vómito, del meado o de los excrementos pues solo se le ocurre a un valenciano (o valenciana).

En cualquier caso, es un feminismo dudoso, no igualitario, ya que al parecer se puede saber si un ahogado es hombre o mujer ya que “Men float face down, women face up”, algo que podría ser cierto (yo no lo pongo en duda) pero que inevitablemente me hace pensar en chistes de tetas que no es una cosa muy feminista que digamos.

También me ha resultado muy interesante la visión del concepto del yin y del yang que se da en toda la novela, ya que todo va como emparejado y hay como dos vidas paralelas, que en nuestra versión occidental importada por los hippies representa la armonía del universo (sea eso lo que se, que tampoco quiero entran en ese debate) y que sin embargo en esta historia se traduce en que cuando la sacerdotisa del día (a la que toda la isla trata a cuerpo de rey, reina digo, durante toda su vida) muere pues hay que matar a la sacerdotisa de la noche (que ha vivido toda su vida, dicho sencillamente, puteada por toda la isla) ya que si no, pues se pierde el equilibrio de las cosas y todo tipo de desgracias pueden ocurrir y ocurrirán. Si, supongo que a eso se le puede llamar equilibrio, pero no sé si es un equilibrio que resulte interesante, así en principio diría que no mucho para una mitad.

La verdad es que últimamente tengo bastante mala suerte con mis visitas a McNally Jackson ya que la parte de abajo – la que tiene tanto la novela policiaca, negra, de crímenes e incluso lo que llamaríamos el fondo editorial básico – suele estar cerrada por alguna presentación, lectura poética o similar que me impide cotillear a gusto y marcharme con una gran carga. Esta vez limitado a la parte superior, en la que están las novedades y algo de fondo editorial clásico, pues estaba dudando sobre si coger The Schrödinger girl, y acababa de dejarla cuando Álvaro me dijo “has visto esta”, le dije que sí y decidí cogerla y la verdad es que tiene su punto, o varios puntos. En una de las primeras escenas el protagonista está en una librería mirando un libro de física cuántica y decide que hablara con la primera persona que coja el mismo libro. Algo que parece una forma de entablar una conversación tan buena o mala como cualquier otra pero que solo funcionaria, daría lugar a una conversación y no a unas miradas de pánico e incluso a una llamada a las fuerzas de seguridad del estado o por lo menos al guardia de seguridad, en una ciudad como NYC donde todos son tradicionalmente antipáticos pero al parecer también son unos revisionistas, no muy seguidores, o nada seguidores, de la tradición de antipatía que se supone les caracteriza y donde es creíble que algo así no solo de lugar a una conversación sino que incluso continúe tomando un café y bueno, la historia siga para dar lugar a una novela que no incluya una inminente visita a un centro penitenciario.

El caso es que la chica en cuestión empieza a multiplicarse, a desdoblarse en varias chicas con vidas y caracteres distintos que se van cruzando en la vida del protagonista provocándole el esperable nivel de desconcierto. Esto, además de otras cosas, le lleva a varias conversaciones con un amigo suyo psicólogo o psiquiatra cansado de serlo ya que ha dejado de beber y los problemas ajenos ya le interesan mucho menos que antes cuando “I was drunk. The patients were more interesting then. Now I know why Freud did cocaine”.

Por supuesto todos sus amigos, a los que cuenta la historia de esa chica cuántica que se duplica cada cierto tiempo con cambios en la personalidad, piensa que está loco e intentan convencerle, pero a quien no le ha pasado que “It should have been obvious to them that the more they questioned me, the more I would want to prove them wrong” lo que cada vez le enreda más en la historia. Pero, asi son las cosas entre amigos, entre amigos de verdad que no se dan la razón a ciegas unos a otros, sino más bien todo lo contrario y pueden crear una competición por casi cualquier tema (iba a escribir una competición de a ver quién mea más lejos, pero sospecho que no sería considerado lenguaje inclusivo).

The Housing Lark, es una novela sobre los inmigrantes caribeños en Londres en los sesenta algo que, por los acontecimientos racistas posteriores, incluso actuales, uno nunca pensaría que (esta inmigración) era algo que había demandado el Reino Unido, sino que se había producido en gran medida en contra de la política oficial. Vamos que uno (yo, por ejemplo) piensa que el Reino Unido había acogido a los inmigrantes caribeños por su buen corazón (el de los británicos, digo) e incluso uno (yo, no) podría pensar que el abuso de esta bondad era la causa principal de los problemas de esta inmigración, y sin embargo, parece que la realidad es que fue el Reino Unido el que demando que vinieran estos inmigrantes ya que tenían una escasez de mano de obra. Así se escribe la historia, y lo que es peor se transmite a las futuras generaciones de votantes de ciertos partidos que (imitando a la primera ministra de Nueva Zelanda respecto al autor de la masacre de Christchurch) me niego a nombrar.

Se trata de una novelilla graciosa en la que un grupo de inmigrantes que viven en pésimas condiciones de alquiler deciden juntar dinero para comprarse una casa y convertirse así en sus nuevos caseros y poder salir de la pobreza. No quiero contaros más de cómo se desarrollan las cosas o de como acaba todo que puede que sea algo racista pese a ser caribeño el autor o de las relaciones entre los hombres y mujeres caribeños de la novela que puede que no sean precisamente feministas, pero si os diré que parece que esta no es la novela que hizo famoso al autor y que si veo la que le hizo famoso intentare comprármela. No, esto no es una recomendación que ya sabéis que yo no recomiendo libros.

En fin, aquí lo dejo, que ya voy con un mes de retraso y febrero, como todos los meses a la vuelta de NYC, pues ha sido un mes intenso de lecturas y quiero volver a empezar a escribir pronto para ponerme al día y ver si encuentro tiempo para comentar algo más que libros.
Divertíos asaltando el castillo.

Lecturas
El embalse 13 – Jon McGregor
The care and feeding of ravenously hungry girls – Anissa Gray
The Goddess Chronicle – Matsuo Kirino
The Schrödinger girl – Laurel Brett
The housing lark – Sam Selvon

martes, 4 de febrero de 2020

Comentario de textos diciembre 2019


La verdad es que ahora mismo ando a) algo confundido; b) algo disperso y c) bastante desganado. Imagino que es normal y que se trata de un proceso de readaptación que no tiene mayor trascendencia, bueno, más que imaginarlo debería decir que lo espero, que espero que sea así.

Pero el caso es que ahora tengo que volver a tomar decisiones sobre qué hacer en el futuro cercano e incluso en el futuro algo más lejano (sin excesos temporales, pero si con un poco de perspectiva). Laboralmente me debato entre algunas opciones que creo que tengo, o a las que puedo optar sin acabar de ver ninguna de ellas especialmente clara; desde el punto de vista de este blog me debato entre hacer una entrada que abarque las lecturas de diciembre del año pasado y de este enero con la intención de ponerme al día, que ya estamos a tres de enero y para cuando acabe de escribir y publique estaremos a dios sabe que día, e incluso de algún día cumplir esa promesa de hablar de cosas que no sean libros y entre hacer dos entradas separadas para, por lo menos, cumplir mi promesa de escribir una vez al mes. Decisiones, decisiones…

Lo del trabajo, pues ya veremos; lo de la entrada pues también, a medida que esto avance, aunque la decisión estará tomada antes de escribir el título así que ya sabréis lo que ha pasado. El titulo será un spoiler en toda regla, diría que incluso más que un spoiler es como titular una novela “el asesino es el mayordomo” (siempre y cuando el asesino sea el mayordomo, si al final el asesino es otro o ni siquiera hay mayordomo pues el spoiler pasa a ser una broma).

En fin, para darme una oportunidad de acabar, empezare a escribir sobre los libros y me abstendré de comentar el debate sobre el color más feo y su parecido con el color tradicional de la ropa de “falsa caza” tan usada por los defensores de esta nuestra España (loquita de corazón y dura como la caña, que decía aquella). Como ando sin acceso a internet – aquí en casa – y como tengo una memoria algo deficiente (o alternativa, para ser políticamente correcto que al parecer ya no existen las deficiencias, ni los deficientes) pues no so puedo confirmar el pantone exacto (que una búsqueda en internet os podrá confirmar sin problemas. Venga, va, os ahorro la búsqueda: se trata del 448 C) y solo comentare que es muy parecido a lo que antes se llamaba “verde oliva” pero que cuando quisieron ponerle este nombre – a petición de las autoridades australianas que fueron las que hicieron una encuesta para elegirlo con intención de usarlo en las cajetillas de cigarrillos para que fueran menos tentadoras – se encontraron con una fuerte oposición del sector olivarero australiano (que si, que parece que lo hay y que es un lobby importante) y tuvieron que desistir de esta denominación. En fin, que parece que aquel poema/canción, con su correspondiente modificación a “galeses del sur, aceituneros altivos” puede usarse en todo el mundo. Mira tú, quien nos lo iba a decir. En cualquier caso, desbarro de nuevo, así, que, ya si eso, hablamos de los aceituneros australianos otro día.

Lindsay Hutton (el tipo de persona que me gustaría ser a mí de mayor) no pudo acercarse al aniversario del Wurlitzer así que no nos vimos, pero ahora, a la vuelta, me encontré con un par de regalos que había dejado. El primero de ellos, Scarfolk Annual 1979, es una mezcla entre comic, fanzine y revistilla universitaria literaria excesivamente bien editada. No tengo claro de si se trata de un clásico escoces o más bien de la revisión de un clásico escoces de la época, dado que la edición es de 2019, pero desde luego tiene ese sabor a chorrada universitaria (o incluso preuniversitaria) que, por lo menos a mí, pues me lleva a los primeros ochenta y porque no decirlo me hace recordar La Perla de Lab-UAM con más dibujitos o a un Makoki con menos dibujitos. El caso es que es un librillo ideal para tener en el cuarto de baño para echarse unas risas sin complicaciones que afortunadamente esta en inglés y no directamente en escoces. Es decir, que puede leerse.


El otro regalo que Lindsay había dejado era Vambo, una novela claramente auto editada por un escoces de Glasgow que supongo, sin ningún dato adicional salvo una foto en la que parece tener una edad similar y esta con una copa de Martini, amigo de Lindsay o cuando menos conocido, al que el mismo (el autor, digo) define, o se define, en la contraportada como el “most dangerous Rock & Roll autor of his generation”.  A ver, se deja leer (afortunadamente tampoco está en escoces, o en fonético) e incluso en algún momento tiene gracia, pero no pasas de ser un divertimento al que le falta bastante trabajo para poder ser considerada una novela (probablemente esto es lo que le habrán dicho los editores antes de decidirse por la autoedición). Yo la he leído con cariño y la guardare igualmente con el mismo cariño, pero ni, aunque fuera fácil de encontrar se la recomendaría a nadie.


De mi última visita a mi librería de referencia capitalina salí con Los errantes, una novela de la última premio nobel (bueno, no el ultimo que ese fue otro no exento de polémica y que casi creo recordar que no hay) no porque me apeteciera especialmente sino por aquello de mantenerme al día y poder hablar con propiedad frente a posibles intensos locales (ya sabéis el tipo, los que siempre llevan un libro de Murakami – del que no mola – o un cuadernillo para tomar copiosas notas sobre la realidad o dios sabe sobre que) que seguro que están devorando esta novela de una polaca con premio nobel. Si, la cursiva en novela esta puesta a propósito ya que no estoy muy seguro de que se pueda clasificar como tal a esta serie de “pedazos” (o en el lenguaje de la contraportada “historias incompletas, cuentos oníricos subsumidos en un libérrimo cuaderno de viaje hecho de excursos, apuntes, narraciones y recuerdos”. Entenderéis porque apetecer, apetecer pues no apetecía leerlo).

El caso es que pese a el poco interés que despierta inicialmente luego está lleno de datos, o informaciones, curiosas como la aclaración sobre cómo se produciría la resurrección de la carne (con que cuerpo nos encontraremos para toda la eternidad, aquellos que creáis en este tipo de cosas en lugar de abrazar el pastafarismo,o cualquier otra creencia estúpida con tal de renciar a la fe de vuestros mayores, digamos por ejemplo, el tierra planismo que parece ser una cosa) y que al parecer es con “nuestra apariencia física, a la edad de Cristo”. Vamos, que de resucitar lo haremos como estábamos a los treinta y tres años. No sería la que yo hubiera elegido, pero, no, tampoco se bien cuál hubiera elegido. Tampoco aclara esto si es solo la edad física o también nuestra edad mental, nuestros recuerdos o nuestro ánimo, también serían el de esa edad para toda la eternidad (donde, por cierto, calculo que no pasa nada, así que en realidad no envejeceremos ni nos haremos más sabios). Creo que es un debate interesante y que no está muy bien resuelto – puede que lo este, teológicamente, pero que yo no tenga ni idea, ya que de teología también ando flojillo siendo algo que forma parte de mi incultura enciclopédica – y que sobretodo deja en el aire a todos los que mueran antes de esta edad, como se recuperan estos para la eternidad ¿con su ultimo físico, o con aquel que misteriosamente tendrían a los treinta y tres de haber seguido viviendo, o ya descompuestos? Además, esto me hace tener la duda de si esto de la resurrección de la carne es como la imagen residual que cada uno tiene en Matrix (la película, la primera que las demás no merece la pena ni mencionarlas) aunque imagino que no ya que en la película hay una cierta tendencia a ser más joven y molón (aunque de todo hay en el código fuente, o en la viña del señor).

También otras curiosidades más actuales, que al parecer explican – en caso de ser ciertas, que yo siempre supongo que todo lo que leo es verdad y esto no tiene por qué ser necesariamente verdad, ni necesariamente cierto – como el origen de la denominación de Pogo para el baile punk por excelencia: “mañana toca Sabbat. Jasidiés imberbes bailan el pogo en un bulevar al ritmo de una alegre música sudamericana de moda. ‘Bailar’ no es la palabra adecuada. Se trata mas bien de pegar saltos salvajes y extáticos, girar sobre el propio eje, sin moverse del sitio, los cuerpos rebotando unos contra otros”. Una descripción casi correcta de un pogo en, digamos, México (aunque no sé si tan siquiera en México puede asignarse música sudamericana a los punks) y por lo de no moverse del sitio ya que el pogo moderno tiende provocar desplazamientos, casi tectónicos.

Incluso incluye curiosidades más dudosas, como “en una ciudad del Lejano Oriente se suele señalar los restaurantes vegetarianos con una esvástica roja, el ancestral signo del Sol y la fuerza vital”. Digo dudosa, en parte por esa referencia a una ciudad sin identificar y también por aquello de unir el vegetarianismo con la fuerza vital. No parece muy creíble, aunque si es cierto que es posible ya que la esvástica es un símbolo con significados anteriores al que tenemos asociado en occidente (el nazismo). Tanto es así que en Japón en utilizaba tradicionalmente en los mapas para representar la ubicación, o disposición (que no recuerdo bien), de los templos y que tras un debate bastante acalorado sobre si debía de eliminarse la esvástica en los planos que van a preparar para los próximos juegos olímpicos para no ofender a los occidentales, han decidido que las mantendrán ya que para ellos el significado es otro y no ven la necesidad de occidentalizar sus grafías solamente porque les hayan robado la simbología y la hayan utilizado para una de las peores causas posibles. Faltaría más que al que han robado tuviera que sentirse culpable, aunque el debate está servido e imagino que en un par de meses – cuando las olimpiadas, o juegos olímpicos estén más cerca – este debate se trasladara a todas nuestras televisiones y medios de prensa, y se soltaran todo tipo de barbaridades. Ante esto, solamente diré que “recuerden, aquí les hemos informado antes”.

De la librería Méndez (que antes no he citado por nombre, ni por dirección: la calle mayor) también me lleve Los hambrientos y los saciados en la esperanza de que fuera un divertimento sencillo sin pretensiones, pero con reflexiones interesantes sobre la inmigración (que me parece un término extravagantemente partidista en su uso para describir el movimiento de personas, la migración, ya que denota claramente la perspectiva desde la que se habla, eliminado toda posible neutralidad en la conversación. Se habla mucho de los problemas de la inmigración, pero nada de los problemas de la emigración y, no sé, pero para mí que también los hay, igual que hay causas, los verdaderos problemas). La verdad es que es entretenida, se deja leer razonablemente, pero le falta el punto necesario de reflexión para pasar de ser un divertimento a una novela. Ya, ya sé que es raro que diga esto y luego me queje de las novelas espesas, solo reflexión, pero como siempre e incluso citando a mi horóscopo pues lo importante es el equilibrio (del que yo carezco completamente).

Lo que me ha resultado más curioso, ya que la novela pasa en la actualidad, es la afirmación que hace de que unos disparos contra manifestantes hechos ahora son “Que yo sepa, han sido los primeros disparos en directo en la televisión alemana”. Puede que sea cierto, no soy un experto en televisión alemana y tampoco lo soy en los juegos olímpicos, pero creo recordar que la resolución de aquel incidente en los juegos olímpicos de Múnich – sí, he decidido hacerme el irlandés y decir incidente para una doble matanza – fue televisado en su segunda mitad y algún que otro disparo en directo se vio.

Esperando la navidad y con una cuasi certeza de que al menos un libro caería por tan señaladas fechas decidí retomar la lectura de La capital, libro que había empezado en mi anterior visita – cuando estar en Madrid era para mí estar de visita – pero que no había terminado y con el que no me había apetecido cargar en el avión hasta Nueva Zelanda. He de reconocer que pese a que es un libro entretenido no he conseguido acabármelo ya que por algún motivo no me ha acabado de interesar la historia, o no lo suficiente para continuarla (igual no es culpa de la historia si no de la larga pausa que le impuse al libro). Lo que si me ha interesado mucho es algunas curiosidades lingüísticas como “¿Por qué se decía sudar como un cerdo? Como hijo de granjero sabía, claro, que los cerdos no sudan, no pueden transpirar por la piel. De niño empleo una vez ese giro. ¿Por qué? Porque se dice. Su padre le había reprendido. Los cerdos no sudan. Y no hay que hacer todo lo que hacen los demás; si otros dicen estupideces, tú no tienes que decirlas también”. Ya veis, esto de la estupidez de comportarse como los demás es como lo del pecar católico, no solo se hace de obra, sino también de pensamiento y de palabra, y seguramente también de omisión (aunque esto último supongo que será el empeñarse en distinguirse de los demás a toda costa, esa individualidad que parece ser la gran virtud de estos tiempos en los que hay que ser diferente a toda costa pero que al final solo hace que todos los diferentes sean iguales, como le paso a ese hípster que denuncio a una revista porque habían usado una foto suya – tan seguro estaba de su estilo único – pero que resulto ser de otro hípster).

Pero volviendo al tema de sudar como un cerdo, ¿Qué, por qué se dice? “porque mucha gente tiene un problema con la sangre. Antes, cuando hacían la matanza en casa, veían cuanto sangraban los cerdos, y entonces llamaban sudor a la sangre”. Mira tú, y yo pensando que era porque te hacían trabajar como un cerdo y sudabas (cosa que no tenía sentido ya que los cerdos, trabajar, pues tampoco trabajan mucho)

O esa otra del loco “que se dio muerte por haber sentido un amor inmortal” dando lugar a otro oxímoron de esos, e incluso esa de que “el termino alemán Lager significa en alemán almacén, pero, entre otros significados, tiene también el de campo de concentración”, además del más conocido – en inglés y puede que en alemán también – de un tipo de cerveza. Ya ves tú, lo que se aprende.

El caso es que, pese a que le doy credibilidad a estas teorías, la afirmación que luego hace de que “vivió tranquilamente como consejero de la Dirección General de Seguridad, DGS, la policía secreta española” pues me hace dudar ya que estoy casi seguro de que la DGS no es, ni era, la policía secreta española. Poco secreta seria si tenía su sede en la plaza mayor, ¿no?, vamos ya sería poca secreta con una sede oficial.

Efectivamente mis previsiones de un libro por navidad se cumplieron y recibí Como desees, regalo que cumple el criterio básico de un regalo de navidad (o de cualquier regalo): el de ser algo que te apetece tener pero que no estás seguro de querer comprarte. Obviamente cualquier cosa relacionada con Goldman, más aún con Morgenstern, pues me apetece y quiero tenerla (sin fanatismos o paparruchas de coleccionista, no nos equivoquemos para otras navidades o fiestas) pero este libro en concreto me parecía que iba a ser insulso, todo iba a ser bueno y apenas si habría algún cotilleo divertido. Eso era lo que hacía que no me apeteciera comprarlo, eso y el oportunismo del actor convertido en coautor (vamos autor firmante con negro reconocido, que puede que entonces sea solo mulato). Es entretenido ya que habla del resto de los actores y del rodaje, pero le falta ese punto necesario de maldad para que merezca la pena. Con todo me ha recordado una frase de la película que uso poco (o nada) pero que pienso empezar a usar y con la que acabo esta entrada: 


“¡Divertíos asaltando el castillo!”



Lecturas

Scarflok Annual 1979 – Varios autores (creo)
Vambo – William Ritchie
Los errantes – Olga Tocarzuk
Los hambrientos y los saciados – Timur Vermes
La Capital – Robert Menasse (sin terminar)
Como desees – Gary Elwes con Joe Layden















jueves, 2 de enero de 2020

Comentario de textos Noviembre 2019

Treinta y uno de diciembre y por fin me siento a escribir sobre mis lecturas del mes de noviembre; como tardare más de un día en terminar esta entrada y, obviamente, mañana no será un día operativo (la única “operación” que realizare será la de meter las sobras de lasaña en el horno en algún momento del día) y luego hasta que no consiga una conexión a internet (ahora mismo en casa no tengo) pues esto no verá la luz hasta el año que viene y creo que batiré mi propio record de tardanza. 

El año que viene espero hacerlo mejor – no en el sentido de tardar más, todavía más; sino en el contrario: en el de escribir más a menudo y sobre más cosas que solamente libros; ya sabéis, la idea inicial de recopilar recuerdos y cosas de ese estilo. Digamos, por decir, que ese es uno de mis propósitos de año nuevo (aunque realmente no lo es, que yo eso de los propósitos lo veo un despropósito) junto con organizar un poco mi vida (no, no es que este desorganizada pero ahora mismo está en un momento extravagante, en el que vuelvo a tener que decidir qué hacer, así con el futuro me refiero).

En cualquier caso, acabo de tomar la decisión que más que propósitos para el año nuevo voy a tomar un propósito para lo que queda de año. Uno sencillo e incluso alcanzable: acabar es escribir esta entrada antes de que acabe el año, de hecho, antes de que empiecen las celebraciones, los preparativos e incluso las pre celebraciones. Parece un propósito modesto, pero por algo hay que empezar. Así que a la tarea de comentar las lecturas de este mes.

Mi primera lectura del mes fue The Memory Police, novela de una japonesa que no conocía pese a que según la contraportada es una de las autoras más conocidas en Japón y que encontré en la librería de Auckland que no he conseguido que me gustara. Obviamente con mis problemas de memoria el titulo ya llamo mi atención y aunque la premisa se me antojaba un poco incomprensible: en una isla de Japón van desapareciendo cosas, categorías enteras en plan las rosas, y no solo desaparecen las cosas sino incluso los recuerdos de las mismas y por supuesto pues hay una especie de grupo disidente que mantiene algunos recuerdos vivos, e incluso algunos objetos que se supone que han dejado de existir, así como la policía de los recuerdos que da título al libro.

Se trata de una premisa tan absurda que solo puedo pensar que se trate de una de esas metáforas que yo, en mi simpleza, no acabo de captar verdaderamente y que leídas literalmente resultan, pues eso, absurdas. Es verdad que como indica el protagonista, a veces, incluso cuando has perdido el recuerdo de algo, cuando ya no recuerdas, queda la sensación del recuerdo:

 “my memories don´t fell as though they´ve been pulled up by the root. Even if they faced, something remains. Like tiny seeds that might germinate again if the rain falls. And even if a memory disappears completely, the heart retains something. A slight tremor or pain, some bit of joy, a tear”.

A mí esto me pasa con los libros de los que apenas recuerdo nada, pero de los que, si me queda esa sensación de alegría, ese sentimiento de si me gustaron, incluso de si me emocionaron o me parecieron una autentica bazofia. Ese sentimiento sigue allí pese a que yo sea incapaz de recordar nada del libro en cuestión incluso cuando empiezo a volvérmelo a leer es posible que no tenga ningún recuerdo hasta la mitad el libro, o incluso hasta las últimas páginas del libro, momento en el que de repente recuerdo todo del libro. Algo que no tiene ningún mérito ya que no recuerdo la primera lectura si no esta segunda, o tercera lectura, y es algo similar a mis recuerdos de infancia que no los recuerdo hasta que no veo una foto o una de las antiguas películas de súper 8 y de repente me digo, anda mira si me acuerdo de eso, sin saber si realmente recuerdo lo que paso o haber visto la fotografía, o la película, antes. Con todo me gusta pensar que los recuerdos están en alguna parte esperan solamente a esa lluvia para germinar de nuevo, pero creo que solo quiero pensar eso porque es una frase bonita con obvias reminiscencias de esa otra de Blade Runner (ya sabéis cual).

Aunque todavía no está lista para ver la luz ya he tenido el placer de leer un primer (o segundo) borrador de la nueva novela de mi hermano Rafa (como buen hermano prefiero llamarle Rafa que sé que no le gusta nada, para eso están los hermanos) y cuando me pregunto que me había parecido me habría gustado contestarle ese “I couldn´t posible say” que le contesta uno de los personajes, un ávido lector, a un escritor cuya escritura le gusta. Me gustaría haberle explicado que “If you read a novel to the end, then it´s over. A will never want to do something as wasteful as that. I´d rather keep it here with me, safe and sound, forever” que me parece una frase muy elegante, pero he de decir que yo me termine la novela de Rafa y de momento me ha gustado bastante, aunque, ya, si eso, reservaremos los comentarios para la versión final o para otra lectura posterior.

Aunque no sea relevante no puede evitar mencionar una curiosidad que he aprendido sobre la vocales en Japonés, que si bien son las mismas que en español por algún extraño motivo que no alcanza a comprender su orden natural es diferente al nuestro; algo que he descubierto gracias a las pruebas de escritura que lleva cabo la protagonista del libro: “To warm up my fingers, I tried writing a, i, u, e, o. Then, taking care to match the size of the characters to the lines on the paper, I continued with ka, ki, ku, ke, ko”. Inquietante, cuando menos.

Ni el título, ni la portada de First Cosmic Velocity dejan ninguna duda sobre el tema general del libro: la carrera espacial rusa, si bien no muestran la premisa básica del libro que es la de la existencia de una conspiración global en la carrera espacial mediante el uso de gemelos para mandarlos al espacio: mandan a uno y luego cuando la nave se destruye en la reentrada pues sacan al otro gemelo (o al doble de la perra Laika) para apuntarse un logro respecto a la exploración espacial. Una parte del libro – la de quien es más héroe, si el que va al espacio o en que se queda en tierra – me recuerda inevitablemente (aunque con un poco más pobremente) a aquella historia que contaba Goldman sobre Un puente muy lejano y como la gente percibía que los mas valientes eran los que cruzaban el rió en la primera barca sospechando que los alemanes estaban al otro lado del puente dispuestos a ametrallarles – y los ametrallaban a todos – pero se olvidaban del valor de los que iban en la segunda (y sucesivas) barcas y me no es que sospecharan que al otro lado estaban los alemanes, no, para ellos no era una sospecha, era una certeza – lo que obviamente requiere más valor, rayano en la insensatez me atrevo a afirmar – pero que sin embargo no son percibidos como los héroes y no son recordados. Los héroes, para el imaginario colectivo, son los primeros, aunque requiera más valor ser el segundo.

El libro me ha parecido flojillo, falto de desarrollo y de personajes con personalidad si bien la descripción de la expresión de la abuela (aplicable, en mi experiencia más a madres) es sencillamente indiscutible “He recognized the expression from Grandmother, one he has always identified as concern mixed with happiness at having something to be concerned about.” ¿Quién no ha visto, no reconoce, esta expresión en su madre? Esa alegría por la preocupación con un menor o mayor toque de preocupación real.

Creo que ya comenté que desde mi punto de vista una de las razones por las que la trilogía de ciencia ficción de Cixin Liu ha tenido tanto éxito es porque se mete bastante con el régimen comunista chino y algunas de sus estupideces como querer cambiar el color de los semáforos para que el rojo represente avanzar. De lo que no estoy seguro es de si comente que también tenia algún debate sobre so la teoría de la relatividad era capitalista o comunista pero como este debate vuelve a surgir en este libro aprovecho y os dejo esta reflexión:

“relativity is both supremely individualistic and perfectly socialist. My perspective is essential, but only to me. I do sometimes think that´s something Marx didn´t understand. Community is a myth, a convenient, perhaps essential one, but what community can there be if no two people see light the same way? So the idea of community is what let us rationalize our selfishness as something noble, when in fact we are stuck with our own internal logic. The math of logic is universal. We´re all looking at the same numbers, but the equation is unique for each of us”.

A mi esto razonamiento, más que para la teoría de la relatividad me parece que sirve mejor para explicar porque en las elecciones todos los partidos ganan mientras que todos sus adversarios siempre pierden: los numero son los mismos pero la ecuación para interpretarlos es única para cada uno. Algo verdaderamente sorprendente y un completo sinsentido aunque no deja de sorprenderme el parecido fonético entre algunos números en ruso con los nuestros como puede verse en esta cuenta atrás que se incluye en el libro, que yo de ruso… entre poco y nada: “pyat, chetirii, trii,dua, odin” (el parecido de dos y tres es sorprendente y no pienso mencionar nada sobre ese Odín que se desdobla como uno y dios mitológico, lo que no deja de ser sorprendente que en una religión con muchos dioses haya uno que sea el uno).

Por último y dadas mis circunstancias personales he de reconocer que en cierta gran medida coincido con esa otra excelente frase de “I now know that leaving one place is not the same thing as returning to another”. Por segunda vez en un año he abandonado un lugar, pero aún no se si he vuelto a otro, ya veremos cómo discurre el inicio del año para averiguar si he vuelto a algún sitio o si he llegado a uno nuevo.

A mitad de mes ya estaba decidida mi vuelta y finalmente me marche de Auckland sin pasar The Women´s Bookstore para despedirme o provererme de libros ya que confiaba que con Chances Are y con algún best-seller de aeropuerto pues podría llegar a casa sin demasiado exceso de equipaje. A mi Richard Russo me gusta porque sus novelas suelene tener un ritmo muy pausado en el que la acción, si es que la hay, discurre bien lentamente o bajo la superficie de unas comunidades por lo demás tranquilas y apacibles. Nada parece alterar el orden de unas vidas que están completamente alteradas por algo que en parte solo se adivina. En esta la acción, o el hecho, esta más visible ya que hay una perdida en el pasado de los amigos sexagenarios que se reúnen de nuevo. Una perdida, una muerte cuyo recuerdo es una sombra sobre todas las relaciones y sobre la visión del mundo de cada uno de esos sexagenarios. Perdita que deja esta frase con la que coincide plenamente, y que consider applicable en demasiadas ocasiones: “He will lose her, of course, because that´s how these things worked. What you can afford to lose is precisely what he world robs you of. How it knew what you needed the most, just so it could deny you that very thing, was a question for philosophers.”

Además, uno de los personajes sufre una serie de micro derrames cerebrales, algo que suponiendo bien documentado a Russo me permite ponerle a mi condición un nombre propio de una deplorable agencia de detectives de tebeo (que no de comic): “The initial diagnosis is a TIA, what they call a ministroke. Apparently he´s been having them for a while”. QUE si bien me tranquiliza ya que suena mejor sufrir una TIA que un derrame, a la vez me intranquiliza ya que parece que no es un episodio aislado y que se pueden tener asi en un pequeño grupo o durante cierto tiempo.

El libro también deja una variación de esa frase que, desgraciadamente, cualquier persona con empleados o con gente a su cargo (léase hijos y similares) se ve obligada a decir, o al menos pensar, de vez en cuando y que en distintas variaciones significa que solo hay una forma de hacer las cosas la mía (ya sea en ese “a mi manera o carretera” o en ese “puedes hacerlas como yo, o hacerlas mal” o su variación “hacerlas como yo, o hacerlas bien”) y que en este caso se transforma en “You always have a choice. You can do things his way, or you can wish you had.” Que es todavía más paternal que cualquiera de las anteriores.

Mis lecturas de avión se debían completar con la lectura de un best-seller de aeropuerto y esta vez le tocó en suerte a Agent Running in The Field. Puede que fuera el cansancio del viaje – al fin y al cabo, es casi un día de viaje – o más probablemente fuera que LeCarre es de esos escritores a los que nunca he conseguido cogerles el gusto y que solamente compro por aquello de intentarlo (porque era uno de los autores favoritos de mi madre) pero el caso es que el libro se ha quedado a mitad sin poder, ni querer, terminármelo en el último vuelo. Algo que, ya digo, igual no es culpa suya, pero, como decía aquel, tampoco puede ser la culpa mía.

Nada destacable en el libro, en su primera mitad, que reseñar, ni una sola frase marcada en el mismo. Supongo que pese a ello seguiré intentado que me guste LeCarre algún que otro dia pero, ya lo veo difícil.

De vuelta en casa, pese a tener por delante unos cuantos días de pereza que teóricamente debía empezar a mezclar con visitas y retomar el contacto con la gente (algo que de momento solo he hecho parcialmente excusándome en las navidades y en la promesa de un nuevo año, como quien dice, a la vuelta de la esquina) retome la lectura de The Future is Female! que es un libro de cuentos de ciencia ficción escritos por mujeres que llevaba leyendo intermitentemente desde el año pasado (Intermitencia permitida por ser un libro de cuentos).

La verdad es que es un libro fascinante con 25 cuentos variados en temática y sobre los que no sé si será políticamente correcto que se ve la sensibilidad femenina en los mismos o que no, que esta sensibilidad no se ve y que son indistinguibles de, digamos, cuentos escritos por hombres. Así que por no meter mucho la pata en este fin de año diré que ni lo uno ni lo otro, y las dos cosas al mismo tiempo ya que se trata de veinticinco autores diferentes y por lo tanto de distintas visiones y sensibilidades. Hasta aquí puedo leer.

Terminado el libro mi hermana Helena me paso Una Odisea, libro que al parecer le habían recomendado fervientemente mi hermano Rafa y, si no lo entendí mal, incluso mi hermana Maite. Con solo mirarlo y leer el subtitulo ese de “Un padre, un hijo, una epopeya” que resultaba incluso malo para anunciar una película de serie Z resultaba claro que iba a ser difícil de digerir y si no hubiera sido por las recomendaciones no le habría dedicado más de cinco minutos. Desgraciadamente para mí, por la recomendación, le he dedicado el tiempo necesario para leerlo o más bien para ser torturado por la lectura de esto que, como tesis doctoral moderna sobre la Odisea puede tener un pase – dudosamente – pero que como libro resulta francamente insoportable, al menos para, digamos, personas normales que ni se saben la Odisea de memoria ni les ha creado un impacto vital.

Como curiosidad mencionar la etimología que cita el autor para travel (al parecer dudosa, al menos según mi hermano Rafa – posiblemente también para el propio autor - ya que cuando la mencioné en una comida dio lugar a una pequeña discusión en la que yo fui incapaz de citar la fuente de la que procedía esta información, pese a que no hacia ni un par de días que había acabado el libro) y con la que, en gran medida coincido. 

“Hoy, al oír la palabra pensamos en algo placentero, algo que hacemos en nuestro tiempo libre, el nombre de una sección del periódico que solemos hojear los fines de desaman. ¿Cuál es su relación con trabajoso? Ocurre que travel es prima hermana (como trabajo en castellano) de travail, que según un voluminoso diccionario – que mi padre me compro hace casi cuarenta años, hallándome yo en vísperas de mi primer viaje importante, de la periferia de Nueva York a la universidad de Virginia, de norte a sur, del instituto a la facultad – es ‘esfuerzo doloroso o laborioso’. El dolor, en efecto, se atisba, como un palimpsesto, insinuándose tras las letras de travail, merced a la extraña etimología de la palabra: procede, vía el inglés medieval y una reconfortante parada en el francés antiguo, del latín medieval trepalium, ´instrumento de tortura´. Así, pues, travel sugiere la dimensión emotiva del viaje: no sus accesorios materiales, ni el tiempo que puede llevarnos, sino lo que experimentamos. Porque en los días en que la palabra adquirió su forma y significado, travel implicaba, más que ninguna otra cosa, penas, dificultades, esfuerzo, algo que casi todo el mundo rechaza enérgicamente”.

Desde mi punto de vista los viajes, que parecen el nuevo opio del pueblo o la nueva religión ya que a todo el mundo parece encantarle viajar, que viajar es lo más, están completamente sobrevalorados y en muchos casos se acercan más a un trabajo y cada vez más a una experiencia delirante en la que uno es sometido voluntariamente a todo tipo de procedimientos absurdos (a menos que uno viaje en business o superior, que entonces como he podido comprobar gracias a las políticas de overbooking de las compañías aéreas y a la acumulación de puntos, es otra historia) que solo son aceptables porque uno quiere llegar al destino. Destino que para mí se basa simplemente en una ciudad en la que uno puede vivir unos días mejor de lo que vive cotidianamente, digamos a NYC. En ningún caso para ir a ver lugares más pobres que el de origen, la discutible naturaleza que siempre sale mejor en fotografía que en la realidad o por el mero placer del viaje. El viaje en si mismo, por mucho que digan los hippies, no es para nada una actividad placentera ni mucho menos el fin en si mismo.

Dicho esto, y terminadas los comentarios de mis lecturas a tiempo – aún no ha terminado el año ni empezado los preparativos o las pre celebraciones (que habrán terminado y empezado cuando publique esto) voy a empezar a pensar en mi próxima visita a NYC, obviando el viaje, o puede incluso que en ese viaje prometido (a mí mismo) a Japón.

Pues eso, feliz año, y ya, si eso, seguimos otro día.

Textos:

The Memory Police – Yoko Ogawa
First Cosmic Velocity –Zach Powers
Chances Are – Richard Russo
Agent Running in the field – John Le Carré
The future is female! – Edited by Lisa Yaszek
Una Odisea – Daniel Mendelsohn


miércoles, 4 de diciembre de 2019

Comentarrio de textos Octubre 2019


Septiembre  acabo con una visita relámpago a Madrid (un Blitzreig Pop en condiciones) para participar en las celebraciones del XIII aniversario del Wurlitzer (bueno, vale, participar, participar lo que se dice participar igual no ya que este verbo tiene la connotación de hacer una parte de la preparación, o algo útil para el desarrollo del mismo, y este año la verdad es que no – tampoco es que otros años participe mucho, mucho pero desde luego un poco más, pero esta vez con la distancia y esas cosas pues no he hecho nada – así que dejémoslo en celebrar que a) parece más correcto y b) es más divertido).

¿Qué decir del aniversario del Wurlitzer? ¿Qué decir que no se haya dicho, o que se haya dicho (que decían aquellos, los de quien conociera a María, amaría a María, o era quien conociera a María, a María, a María; nunca lo he tenido claro)? Pues no sabría por dónde empezar y la verdad es que daría para más de un post largo, incluso muy largo y la verdad es que hoy ya tengo bastante trabajo con comentar los libros del mes de octubre, que han sido bastantes y que además se me han mezclado con los de noviembre (si, hoy ya estamos a 1 de diciembre, así que no es que vaya retrasado, prácticamente voy de minusválido o por ser más políticamente correcto con un calendario alternativo).

¿tengo una excusa para escribir tan tarde? Pues la verdad es que yo diría que sí, que tengo una excelente excusa y es que ya estoy de vuelta en Madrid, habiendo abandonado mi aventura neozelandesa a mediados del mes de noviembre. Dicho así uno podría pensar que eso no es excusa para no escribir los comentarios de octubre, que por tradición intento que estén antes de mediados de mes y que, por lo tanto, podía haber escrito en una de las típicas tardes de domingo con clima variable de Auckland. Poder, podría haber escrito antes si no fuera porque para abandonar un país después de casi un año pues uno tiene que hacer bastantes cosas que le llevan tiempo incluyendo entre otras la de tomar la decisión, la fecha para la decisión y esas pequeñas cosas que trastornan a cualquiera (mas todavía a alguien que es incapaz de gestionar – salvo mediante subcontratación – cualquier servicio cotidiano, como es mi caso). En fin, pero tampoco se trata de hablar de mi decisión de volver a casa y dar por terminada esta aventura extranjera, o de exiliado, o expatriado que mola más, en este post que como he dicho ya promete ser largo solo por la cantidad de lecturas, así que, del final de esta aventura extranjera, ya, si eso, pues hablamos otro día.

Como a finales de septiembre no tenía todavía ninguna idea de lo que sucedería en el futuro pues me acerque por mi librería de referencia de Madrid capital, la librería Méndez de la calle mayor para los olvidadizos, obviamente ante la imposibilidad logística de visitar mi librería de referencia de la sierra (exacto, amigos de poca memoria, Fuenfría en Cercedilla). La verdad es que tenía un poco de aprensión con esta visita ya que mis visitas anuales a NYC me han enseñado que visitar un negocio una sola vez al año a veces no es suficiente para que este negocio se mantenga abierto – hay que ir con más frecuencia para asegurarse de que continuara existiendo – y habría sido otra gran perdida, posiblemente equiparable a la perdida de Partners & Crime (la que era mi librería favorita de NYC) o del NoHo Star (el único sitio en el que me he comido dos ensaladas Cesar seguidas de buenas que estaban). Afortunadamente la librería Méndez ha sobrevivido a mi abandono temporal aupándose así a la categoría de McNally que de momento todavía resiste en NYC a los cambios de usos y costumbres de nuestros coetáneos. Pero, repito: no lo deis por hecho y visitar vuestras librerías, tiendas de discos y restaurantes con toda la frecuencia que podáis ya que el riesgo de perder cosas que os identifican es excesivo y la sustitución por otros negocios nunca funciona (en mi experiencia es más lo que se pierde cuando uno de tus negocios favoritos desparece que lo que se gana cuando aparece otro nuevo, salvo honrosas, pero escasas excepciones).

La falta de visitas durante meses me permitió recabar las recomendaciones de los hermanos Méndez con la excusa de que no estaba al día de lo publicado por autores españoles (fingiendo que normalmente lo estoy y que no compro al azar, o pocos autores españoles) ya que con la distancia pues me apetecía leer cosas que no hubieran sido traducidas. Uno de los hermanos (yo diría que el menor, pero puede que ya sea bastante erróneo considerarles hermanos como para encima añadir a esto las posibilidades de ofender a uno, o incluso a los dos, diciendo que uno es mayor que el otro, aunque ya sería casualidad que tuvieran la misma edad).

Cuando ya me habían hecho las recomendaciones y ya tenía sus cuatro o cinco libros (que es el máximo que me gusta transportar en un paseo, así de vago soy yo) una nueva edición de Los Gozos y las Sombras llamo mi atención y no pude resistirme a la idea de estar exiliado leyendo (perdón, obviamente releyendo) una obra maestra o una super novela o un mega tocho, sería más apropiado decir ya que esta edición incluye los tres tomos en un solo volumen (superando las 1.200 páginas de extensión). Nada que ver con el tamaño estándar de las novelas normales, sino que además del ejercicio intelectual proporciona prácticamente ejercicio físico por el solo hecho de transportarlo o de leerlo.

Tengo el recuerdo de que la primera lectura, seguramente en mi adolescencia e impulsado, o convencido, por mi hermano, no me gustó tanto como esta vez, incluso teniendo en cuenta que mis problemas de memoria me hacen estar en desacuerdo con algunas frases con las que seguro de estaba de acuerdo antes de perder gran parte de mi memoria: “Creo que si de pronto borrasen todos mis recuerdos de entonces, sería el que soy, y nada mío me habrían arrebatado”. Puedo aseguraros que esto no es cierto, que la perdida de los recuerdos te cambia como persona, que cada vez que pierdes un recuerdo eres menos tú. Esto es un hecho por muy bien que suene esa frase.

Sorprende (o a mí me ha sorprendido) la actualidad de algunas frases, o tal vez sea más correcto decir la atemporalidad de las mismas como ese genérico “la gente es imbécil” o el un poco más focalizado de “Nada hay más torpe que un adolescente que se cree cargado de experiencia”, frase en la que probablemente mi yo adolescente, y cargado de experiencia, no reparo, o si lo hizo, la considero como la expresión de un viejecillo probablemente sobrecargado de prejuicios; llegando algunas incluso a ser casi premonitorias “Los apóstoles del futuro predicaran la vulgaridad obligatoria y los políticos la impondrán por la fuerza de una pedagogía debidamente orientada” que si no describe la cultura televisiva o popular actual (en el caso de que sean diferentes), le falta poco y se refiere a ese gran fracaso en el que se ha convertido la internet y la conectividad con la que algunos soñábamos en nuestra adolescencia (cargada de experiencia vital, y de razón añado). Aunque no debería sorprendernos ya que como el propio Torrente nos da la clave de esa atemporalidad cuando se refiere a “Y en ese mundo, que ya empieza a existir, que ya existe en parte desde siempre”.

Con todo supongo que la lectura en el exilio me ha hecho fijarme más en sus referencias y descripciones de esa España que en algunas cosas es idéntica a Nueva Zelanda, o mejor dicho al sentimiento que los aborígenes (y adoptados) tienen de su país y que es la base de esos nacionalismos que resultan, cuando menos, preocupantes y que se basan en un concepto tan sencillo como el de que “España no pertenece al mundo. España ¿entiende? Es un mundo por si sola”. Si bien en el caso de aquella España cuya historia realmente “empieza el día en que Dios busco, entre los pueblos, aquel más capaz de defender su iglesia, y nos vio a nosotros, dispuestos siempre a morir por una cabezonada” tiene algunos factores religiosos añadidos.

Esa España que apenas ha cambiado en las cosas fundamentales, en la que todavía “un hombre vale, como usted sabe, en razón directa del número de mujeres con las que se ha acostado, y deja de valer en razón directa a los cuernos que le han puesto” pero a la que se le llena la boca con pequeños cambios irrelevantes en la que ahora resulta anacrónico afirmar “A mí, esto del café con leche… Donde este un pedazo de pan con ajo y una copa de aguardiente” si bien temo que volverá ya que como decía aquel la historia de España es como la morcilla está hecha con sangre, y además repite.

En fin, innecesario decir que se trata de un gran libro, un librazo o libraco, si bien en gran parte no dista mucho de la idea de un culebrón de calidad, si es que tal cosa existe. Una forma ideal de pasar unas cuantas tardes lluviosas tan buena, o mejor, que verse una temporada entera de cualquier serie de televisión.

Tras la lectura de todas estas páginas en español era el momento de retomar uno de esos libros, en ingles que todavía tenía por leer y que no sabes bien porque comprantes en su día, siendo la única explicación plausible que era de lo poco tentador que había y tú estabas básicamente sin lectura. Uno de los esos libros que podríamos llamar de coche-escoba que se acaban escogiendo una vez que has tenido, no que bajar el listón, sino sencillamente cuando son las cinco de la mañana y has tirado el listón con la idea de buscarlo otro día. Lo único tentador de Invisible Breathing era que, según la contraportada, uno de sus adolescentes protagonistas parecía tener una obsesión con los números que podría dar cierto juego, aunque el resto de la descripción apuntaba a una historia de amor adolescente, homosexual y obviamente reprimido por la sociedad.

Es decir, más o menos a una novela intrascendente si la obsesión numérica no se desarrollaba bien y no sobrepasaba a la parte de amoríos homosexuales. Desgraciadamente no lo hace y la novela no ofrece nada que merezca la pena comentar excepción hecha, posiblemente solo para cierto sector muy específico de los lectores, de la percepción de las aguas de Nueva Zelanda por los propios neozelandeses que la consideran completamente contaminada y ni siquiera se plantean rellenar sus cantimploras en arroyos debido al peligro de enfermedades: “The water left over from yesterday is almost gone. Water is all around me… Dad says there´s giardia throughout most of waterways in New Zealand, so I resist filling my water bottle, for now”.

Algo que refleja varios hechos interesantes de Nueva Zelanda, la creencia en información no contrastada para la toma de decisiones unida a la generalización de la información (Nueva Zelanda está muy lejos de tener una red de control de la calidad de las aguas como la que nosotros tenemos por lo que la información existente es de muy escasos puntos con escasa representatividad); el miedo que tienen a todo que les impide hacer cosas como beber de un arroyo cristalino porque han oído que todas las aguas de Nuez Zelanda están contaminadas; y su cinismo innato ya que pese a esta percepción interior en el país venden exactamente la imagen contraria fuera del mismo. Desinformación, cinismo y miedo, sería una buena descripción de las características básicas de los neozelandeses, pero, ya, si eso, lo hablamos otro día.

Ahora se trataba de ir combinando, en la medida de lo posible, los libros en español y los libros en inglés, por lo menos hasta que se me acabaran los primeros. Mi siguiente lectura seria A plena Luz, libro que narra parte de la vida de un ladrón de bancos a través de un viaje de un día por los escenarios de sus delitos de la mano de un periodista el día se su liberación de la cárcel. Se trata de un libro interesante ya que el personaje central lo es. Tiene teorías interesantes, que yo no comparto especialmente, como la de que existe punto de inflexión en la vida de las personas: “retrocede en tu vida y mira si eres capaz de señalar el momento en el que todo cambio. Si no puedes, eso significa que aún no ha llegado tu momento, y en ese caso será mejor que te prepares, porque va a llegar”.

Ciertamente yo no creo que la vida sea tan sencilla, que solo exista un momento en el que todo cambie; desgraciada y afortunadamente, al menos en mi experiencia, existe más de un momento en el que tu vida cambia radicalmente, a veces por una buena causa y otras por una catástrofe. Yo puedo identificar fácilmente más de cuatro momentos en los que mi vida cambio completamente y me temo, o espero, no lo tengo claro, que no serán los únicos. Todavía habrá más momentos que definan mi vida, como en aquel poema-chiste de Cesar Vallejo yo sigo creyendo que el momento más importante de mi vida está todavía por llegar. Creo que pensar eso es una obligación moral de todos, siempre hay posibilidad de que ocurra otro hecho que cambie tu vida para bien, otro momento que la defina y la ponga en perspectiva, que te permita pasarla de nuevo a limpio.

Si me gusta su crítica a una de esas frases manidas, “el tiempo… ladrón sutil de la juventud”, que en realidad no significan nada por mucho que sean recurrentes en nuestras vidas y que “es algo que dijo uno de esos malditos poetas muertos. El padre Flynn lo decía siempre. Nos hacia aprendérnoslo de memoria. Seguramente estaba ahí mismo y pronunciaba ese verso que es una mierda pichada en un palo. El tiempo es un ladrón, sí, pero de sutil no tiene nada. Es un matón. Y la juventud es una damisela vieja que camina por el parque con un bolso lleno de dinero”.

También contiene una de esas informaciones que he de recordar verificar para saber hasta qué punto es cierta, sobre la prueba de carga del puente de Brooklyn (la prueba de carga de un puente es lo que su nombre indica, poner mucho peso en el mismo para ver si resiste como se espera de él antes de permitir que se ponga en uso – que pase gente o vehículos – y  normalmente se hace con camiones llenos de piedras o tierras) e incluso de la impresión general inicial del puente en la gente: “Esos cables, esos arcos góticos de ladrillo… Qué bonito. Daddo dice que murieron muchos hombres construyendo ese puente. Los arcos son sus lapidas. Willie cree que murieron por una buena causa. Daddo dice que ese puente, cuando se inauguró aterraba a la gente. Era demasiado grande, nadie creía que fuera a aguantar. Barnum, el empresario circense, tuvo que hacer pasar una manda de elefantes por el para demostrar que era seguro.”

Gran parte de mis compañeros de oficina son de Sudáfrica, país que da la impresión de estar quedándose vacía, o al menos vacío de población blanca que por una parte se sienten discriminados y por otras viven algo asustados, como imagino gran parte de la población negra, ya que parece ser un país sumamente violento en el que la vida humana tiene realmente poco valor, o al menos la vida de los demás ya que normalmente cuando alguien mata para robar lo hace pensando que su vida tiene más valor que la de la víctima. No piensa que la vida humana no tenga valor, solo que la suya tiene un valor superior.

Este convivir con sudafricanos ha creado un cierto mercado de libros sobre este país, aquí en estas antípodas, y mi curiosidad me llevo a comprar You will be safe here para intentar entender un poco mejor de donde vienen – cuáles son sus referentes culturales – y como es la vida, o al menos como la ven algunos escritores, algo que no tiene por qué ser necesariamente lo mismo.

Que la vida es distinta se nota en la variación local de algunas expresiones que todos conocemos como “tiger got  yout tongue?”; cuando nosotros hablaríamos de  una simple mascota, un gato, ellos lo sustituyen por un tigre, algo que obviamente parece algo excesivo o tal vez no.

El caso es que Sudáfrica tiene cierto parecido con Nueva Zelanda, al menos climatológicamente, ya que aquí tampoco existen las tradicionales cuatro estaciones a las que estamos acostumbrados (si bien cada vez menos por eso de la emergencia climática con la que ahora estamos amenazados) e incluso se nota su nostalgia con distanciamiento de la Europa de la que proceden parte de sus habitantes: “Each tree stubbornly marks all four seasons even when we really only get two. I think they remember Europe better than we who took root more recently. I wonder if they´re used to summer in January?”. Imagino que en la mayoría de los países del hemisferio sur pasare algo parecido y que tiene que acostumbrarse a ese sin sentido de celebrar las navidades en pleno verano. No sé si existe el concepto de “semi-antipoda” para indicar lo que está al otro lado del mundo pero en el mismo hemisferio pero igual debería existir y sería aplicable, creo, a Nueva Zelanda y Sudáfrica, lo que no deja de ser curioso.

El libro tiene dos partes claramente diferenciadas (esto es algo que mi padre veía en casi todos los libros durante una época, cuando no eran tres) cada una de las cuales se centra en un episodio de la historia de Sudáfrica del que yo no sabía nada. 

La primera parte sucede durante la guerra de los Boers – algo que parece no esta tan lejano por las memorias de mis compañeros de mesa – cuando parece que los ingleses tuvieron el honor de inventar los campos de concentración para controlar a los Boers (no, no a los negros que parece que en aquel momento ni siquiera tenían consideración de seres humanos) con el saqueo indiscriminado de sus propiedades e incluso la destrucción de todo lo que pudieron encontrar. Larey-Marie mi compañera de mesa me conto que una de las cosas que se había traído de Sudáfrica a Nueva Zelanda era una simple mesa de madera que su abuela (probablemente bisabuela) enterró cuando fueron a saquear su casa y a llevarlos a un campo de concentración. Es decir, es algo que es relativa y sorprendentemente reciente.

La segunda parte se centra en una especie de campamentos de formación del espíritu nacional fascista y racista que existían allí en tiempos más recientes y aunque menos sorprendente, especialmente en estos tiempos de revival del racismo/fascismo, no deja de ser interesante. Por supuesto todo acaba cuando se descubren una serie de asesinatos dentro del campo de formación – que, en cierta medida, salvando las distancias, me recuerdan a los campamentos de la OJE de cuando yo era niño y que no imagino muy distintos de esos mismos campamentos una década antes – y afortunadamente con el juicio y condena de parte de los culpables (no, no escribo de todos los culpables ya que obviamente todos los culpables son demasiados, probablemente toda la sociedad).

La verdad es que me falta conocer la opinión de mis compañeros sudafricanos sobre este segundo episodio de su historia que desgraciadamente imagino no les parece tan triste como el primero y para el que incluso encontraran alguna justificación moral. Espero equivocarme, pero ciertos comentarios me hacen pensar que no me equivocare.

Compre Insurrección aconsejado por los hermanos Méndez pese a que ninguna de las cosas que podía juzgar rápidamente (título, portada y contraportada) parecían prometedoras. Me cuesta pensar que libros sobre la sociedad actual española me puedan interesar, sigo siendo de esas personas que creen que cierto distanciamiento es necesario para poder escribir una buena novela. O eso me gusta pensar, si bien es verdad que con autores extranjeros no tengo tantos reparos y me cuesta bastante menos leer novelas de actualidad, supongo que en este caso sustituyo el distanciamiento temporal por el distanciamiento geográfico. Pero como yo había ido a que me recomendaran pues me deje recomendar, ya que eso no es como pedir consejo que a veces se pide solamente para reflexionar sin ninguna intención de seguir el consejo que te han dado.

A ver, no es una mala novela, puede que incluso sea buena pero no estoy seguro de que cubra o transmita las complejidades de ciertos colectivos que quiere retratar, especialmente el de los oficinistas y el de los okupas. En el primero tiene más aciertos, imagino que, por conocerlos mejor, como al hablar de los trepas y describirse el mismo dentro de este entorno “Él había aprendido a conquistar pequeños espacios inadvertidos por los demás, tan ocupados en pelear y en amenazar y en ser macho alfa, pero como puede haber tantos machos alfa en el mismo sitio…. Ellos hacen justo lo que se espera, eliminar a los débiles para que la empresa funcione mejor, la selección natural. Yo soy una especie invasora y silenciosa. Parece que no compito, pero ahí estoy, mira a cuantos he echado de la pirámide de los mandriles, y yo sigo en mi sitio.” Obviamente yo creo no ser ninguna de las dos especies y creo firmemente que todos deberíamos ser de otra, buscar más la simbiosis que la competencia, pero obviamente esos dos tipos de especies – los machos alfa y las especies invasoras – copan el ecosistema laboral.

Si coincido en la visión de lo tontorrona que se ha vuelto últimamente la gente en relación con los trabajos que le tocan hacer “esta gente si estuviese en la guerra protestaría por tener que limpiar el fusil. Harían una huelga. Se quejarían de que los mandos les exigen cosas que no están en el contrato” algo en lo que posiblemente coincido por mi carácter de jefe explotador (ya que no parece haber otro tipo de jefe) que no entiende como alguien puede pasarse dos horas diarias levantando pesas en el gimnasio, pero luego es incapaz de levantar dos cajas de cerveza en su trabajo y las tiene que llevar de una en una, que si no su espalda de resiente.

Sobre la parte de los okupas solo señalare que me hizo mucha gracia que la protagonista – la hija del oficinista caído en desgracia – se llame Ana como mi sobrina y no puedo dejar de sorprenderme por algunas de sus simplistas teorías que sospecho coinciden en gran medida con las de mi sobrina. Una lástima que no haya incidido en ciertos aspectos que para mí son relevantes y que se haya quedado en la superficie de algunas cosas. Pero, con todo, una novela interesante de leer.

Mi siguiente lectura, también por recomendación, fue Mejor la ausencia, novela que por pasar en los 80-90 y en la margen izquierda del Nervión (que como todo el mundo sabe es todavía la margen equivocada del rio) pues podía tener su interés por todo eso de las drogas unidas a una cierta violencia juvenil (desgraciadamente desaprovechada en el terrorismo; la violencia, digo que no las drogas que sospecho que nunca se desaprovechan). La verdad es que es una novela que se deja leer, aunque a mí personalmente me resulte muy cargante el uso de palabras en euskera en el texto (no porque sean en euskera – que obviamente no hablo en la intimidad – me pasa lo mismo con el spanglish que me chirria incluso cuando suena divertido) pero sin llegar a emocionar y creo que no tiene ninguna frase o idea verdaderamente memorable.

Para mí lo más divertido, o simplemente curioso, es que en la novela anterior la autora de esta estaba en los agradecimientos como “la primera lectora de mis libros desde hace tiempo, por lo que me da, por todo lo que me enseña” que unido a la edad de ambos escritores apunta claramente a que son pareja (desde hace tiempo) y que en esta ni hay dedicatoria ni agradecimientos, ni nada de este estilo hacia el otro autor. Lo peor es que me temo que es una omisión consciente por algún extraño motivo de género que yo soy incapaz de comprender, cosas del heteropatriarcado, supongo; o de la Dana o de la ViGen esa o cualquier otro palabro incomprensible de esos que se han instalado en las noticias en mi ausencia de este país, de esta España mía, esta España nuestra. Esa España que como decía Moix (Ana María) “ni es chicha, ni limoná; loquita de corazón y dura como la caña”.

Dejando a la feliz, o no, pareja de autores o al menos a la asimétrica pareja era el momento de pasar a mi última novela de autor español: Un asunto demasiado familiar que es básicamente una novela de detectives en Barcelona, con su constructor y sus personajes marginales. Un entretenimiento majo, pero sin más, imagino que de hecho sin más pretensiones; una novela que se lee tan fácil como se olvida (algo que no es necesariamente malo y que en mi caso es algo que puede decirse incluso de las obras maestras). Sí que me ha gustado mucho encontrar una mención a lo que un artículo me descubrió que podría ser un apasionante tema de tesis doctoral: como varia el lenguaje en los informes de los servicios de inteligencia con el tiempo, si este refleja, o no, las variaciones de los estilos más populares en la literatura de cada época. ¿Cómo sería un informe sobre la muerte de Kennedy si se redactara en la actualidad? No solo como ha variado el lenguaje si no posiblemente la estructura ya que pese a que los informes sean informes objetivos: “eran textos humando. Con estilos diferentes y, no se podía negar, personales”. Casi me apetece estudiar filología para tener una excusa para hacer este trabajo, pero, claro, si ahora me pongo a estudiar filología y la termino, imagino que mi sobrino acabaría odiándome cortésmente; además antes tendría que estudiar derecho que ya vengo necesitándolo desde hace años para temas variopintos.

Todavía me quedaba una última novela en español, Maquinas como yo, que bien podría haberme comprado en versión original pero que compre en mi librería de referencia de Madrid por aquello de apoyar al comercio local. Se trata de la típica novela de robots, o supongo que ahora debería decir de inteligencia artificial, o de humanos sintéticos u como quiera que les dé por llamarlos esta semana en la que los replicantes (por usar el término familiar para los lectores de K. Dick, que ya andamos saturados de este tipo de avanzadilla tecnológica) pues poco a tomo toman consciencia, tienen sentimientos, se preguntan por la inmortalidad y otro tipo de zarandajas. La verdad es que poco aporta a otros clásicos anteriores, de los que se mantiene lejos, lejos, casi diría yo que en lontananza. Su punto más divertido es la recreación de una realidad paralela (añadiendo otra de esas teorías científicas, la de los mundos paralelos, de las que todo el mundo habla como ciencia pese a que no exista ninguna prueba de ella) en la que Inglaterra perdió la guerra de las Malvinas. Desde mi punto de vista esto de la realidad paralela es un acierto ya que uno puede obviar documentarse y contar lo que le apetezca como real ya que, al fin y al cabo, estamos en un universo paralelo así que la precisión pues carece de importancia. Un acierto para poder escribir sin preocuparte de si lo que escribes es verdad o mentira: si no lo ha sido históricamente pues no pasa nada ya que estamos en una realidad paralela. Tampoco es que sea algo nuevo o sorprendente (que Rafa ya lo uso cuando inundo Madrid y seguro que alguien antes de él) pero es un recurso majo si no te apetece ofender, o tener la posibilidad de negar la ofensa, y estas escribiendo digamos auto ficción.

Claro que eso no quita el gran desacierto de que nuestro replicante – que se comunica telepáticamente con otros replicantes y que accede a todo el conocimiento por algo similar a nuestra wifi – se vea obligado a utilizar un ordenador de su dueño para averiguar según qué cosas. Aunque lo más fascinante es que ese replicante que “podía correr dieciséis kilómetros en dos horas, sin necesidad de recarga, o su equivalente en energía, conversar sin descanso durante doce días”. Esta equivalencia energética me resulta especialmente fastidiosa y no imagino de donde puede haber salido, pero os dejo que calculéis a cuanto equivale cada hora de conversación en términos de energía, digo. Igual me vuelvo dicharachero como método de adelgazamiento, o probablemente no (ya que no compensa, os digo).

En cualquier caso, con las lecturas de noviembre pendientes de comentar voy a ver si Publio esto y me marcho un par de días a la playa con la Dana a tomar un arroz al horno, algunas cervezas e incluso algún limón del huerto. Así que no esperéis nada hasta mediados de diciembre.

Lecturas
Los Gozos y las Sombras – Gonzalo Torrente Ballester
Invisible Breathing – Eileen Merriman
You will be safe here – Damian Barr
Insurrección – José Ovejero
Mejor la ausencia – Edurne Portela
Un asunto demasiado familiar – Rosa Ribas
Maquinas como yo – Ian McEwan