lunes, 18 de mayo de 2020

Comentario de textos - Abril 2020



Pereza me da empezar a escribir en estos tiempos extraños en los que al parecer estamos en camino hacia un ese oxímoron de la “nueva normalidad” que me chirria incluso más que otros pero que ahora es completamente normal oír a todo el mundo como una realidad, incluso como el objetivo a alcanzar; pereza me da escribir encontrándome en una fase no identificada (probablemente en la fase raíz de 2 menos 1; o en la raíz de pi menos la raíz de e; imposible de saber con una numeración de fases que empieza en cero solo para que la última fase no sea la cuatro, ni tampoco la última, a menos que ya hayamos renunciado a la fase que nos devuelva a la normalidad normal); pereza me da escribir frente a la falta de criterio numérico de la mayoría de los tertulianos que veo en los telediarios o leo en los periódicos, esos nombrados expertos en disciplinas que no son las que practican pero de las que opinan como auténticos poseedores de la verdad absoluta,  e incluso, me temo, en los expertos secretos del gobierno, que se reúnen en unos comités en los que solo ellos pueden evaluar criterios objetivos que no pueden comentarnos pero que en palabras de su líder supremo son, pese a todo, públicos y fácilmente verificables por la ciudadanía, conformando un panel de mandos objetivo que misteriosamente incluye criterios subjetivos; pereza frente a la falta de noticias ajenas a la enfermedad que hemos dejado que cambie nuestra forma de vida, no ya temporalmente sino parece que para siempre.

Tengo tanta pereza, tanta desfisia diría por usar una palabra familiar (probablemente solo de mi familia), que me ya ni me apetece ponerme a reflexionar sobre este cambio de actitud de toda la sociedad que ha pasado de aquel “nadie cambiara nuestra forma de vida” en relación con el terrorismo, fundamentalmente, el terrorismo islámico al actual oxímoron de “pues iremos a una nueva normalidad”, es decir cambiaremos toda nuestra forma de vida por un virus tan ricamente, sin problemas (incluso con algunos sectores que piensan que incluso deberíamos cambiarla todavía más e incluir la mascarilla como parte de los complementos de moda). No, me da pereza plantearme, ni tan siquiera teóricamente, cual sería nuestra reacción, como sociedad digo, si de repente una organización terrorista declarara que ellos son los responsables de la diseminación de este virus ¿volveríamos a nuestra actitud de “no cambiaran nuestra forma de vida” o seguiríamos persiguiendo el oxímoron del cambio de forma de vida, de buscar una nueva normalidad?

Tan desfisioso estoy que no me apetece hacer la matemática necesaria para contaros que en la situación actual (digamos con un cinco por ciento de la población infectada) y con unos test que tienen un porcentaje de falsos negativos y de falsos positivos elevado (del orden del 6% y del 4,5%) el que un test de positivo es solo ligeramente más fiable que decidir que uno está infectado tirando una moneda al aire.

Pero como perdido entre la casi exclusividad de noticias sobre el virus se ha colado la supuesta aprobación de una ley para retirar las matemáticas de las carreras de ciencia y tecnología (majadería más grande no se puede imaginar en situaciones normales, no digamos ya en momentos en los que todo el mundo se ha convertido en experto en geometría y en análisis estadístico o en un mundo cada vez con más presencia digital) creo que igual debería aportar unos cálculos básicos que, como el resto de este post pues podéis saltaros (no, no entrara en el examen final).

Tomemos unas 1000 personas, por facilitar el cálculo que no tiene influencia alguna en el resultado.

Si hay un 5 por ciento de infectados quiere decir que de esas mil personas, 50 están infectadas y 950 no.

Si la tasa de fallo (falsos negativos) sobre los verdaderamente infectados (50) es del 6% - acierta en un 94% de los casos – se medirán 47 positivos en este grupo de 50.

Si la tasa de fallo sobre los no infectados (950) es del 4,5% - acierta en un 95,4% de los casos – quiere decir que dará positivo en 43 ocasiones.

Es decir que los test hechos a esas mil personas darán un resultado de 90 infectados de los cuales 47 estarán realmente infectados y 43 serán falsos positivos.

Así que si tu test da positivo pues tu probabilidad de estar realmente infectado es de 47/90, poco más preciso que el resultado de tirar una moneda al aire y que salga cara (podría decir cruz, pero la verdad es que por el diseño de las monedas es ligeramente más probable que salga cara que cruz, muy ligeramente pero más probable en la realidad según algunos investigadores con mucho tiempo libre y con becas, que sea cual sea su importe, son claramente excesivas).

Otra cosa es que significa realmente esta probabilidad que eso ya es de segundo curso o para nota y como esto no entra en el examen, aquí lo dejamos.

Por otra parte 3 personas de esas mil (de los 50 infectados, los 3 no detectados) tendrán un resultado que dice que no tienen la enfermedad cuando realmente la tienen. Esto igual puede ser un problema de contención de la epidemia ya que 3 de cada mil – no, no parece mucho – estarán contagiados, pero con un resultado negativo y por lo tanto razonablemente seguros de que no tienen la enfermedad (ya que el test les ha dicho que no).

Pero por qué preocuparse de estas cosas, de estas pequeñas realidades matemáticas cuando no van a entrar en el examen y de hecho ahora se propone que las matemáticas no sean necesarias para las carreras técnicas y científicas.

Ya digo, al fin y al cabo, las matemáticas no le hacen falta a nadie y nadie las usa realmente en su vida cotidiana (yo sí, pero eso es culpa mía que soy muy, pero muy, rarito y hay días que me da por aplicar el teorema central del límite, o de pensar que, si no se contagia la gente, no se relaciona para contagiarse, pues será imposible que esta resulte contagiada y por lo tanto imposible que se alcance una cierta inmunidad de manada o de grupo por no falta a nadie).

Pero, ya, si eso, pues comentamos de esto otro día, en otro momento, o así a lo loco en la sección de comentarios.

Ahora con las lecturas de este mes confinado, que podrían ser muchas pero que al final no lo son ya que aunque mis creencias personales son las de que no es tan fácil, ni tan preocupante, contagiarse como confinar a toda la sociedad para evitar esto (que, por otra parte, para mí, es casi un objetivo necesario para la vuelta a la normalidad, a la normal, no a la nueva) no me parece justo recurrir al envío a domicilio de productos (si es peligroso para mi salir también lo es para el mensajero y simplemente porque yo pueda pagarlo no creo que deba hacerle correr unos riesgos que yo no corro) pues no he recurrido a comprar libros por la red.

Con mis librerías de referencia cerradas y sin esta posibilidad era el momento de plantearse la relectura de cosas que ya tuviera en casa.

Esto, que en principio parece fácil teniendo en cuenta que en casa hay bastantes libros, resulto ser algo difícil ya que por una parte el año pasado regale gran parte de mi librería a una residencia de ancianos; por otra, parte de mi librería, por razones de espacio, está en casa de Álvaro y Helena (más que de espacio, por la vagancia de trasladarlo); y por otra parte por el funcionamiento errático de mi memoria que, si bien le cuesta recordar si he leído un libro cuando estoy en una librería, al mirar mi librería no tiene prácticamente ninguna duda de que ese libro ya lo he leído e incluso recuerdo bastante del mismo como para no sentirme tentado a releerlo.

Tras enfrentarme a estos problemas durante varios días al final que decidí a coger Yo, Claudio para la primera relectura, casi por desesperación. Estaba seguro de que lo había leído, pero como tenía la duda de si lo había leído antes o después de ver la serie de televisión (que en casa de mis padres era casi obligatoria por ser una de las series favoritas de mi madre) y como solo recordaba las líneas generales pues parecía una buena opción ya que, pese a todo, tenía buen recuerdo de esta lectura. Curiosamente esta vez las intrigas de la Roma de Graves no han conseguido engancharme y puede que por la desfisia de estos días pues no conseguía avanzar en la historia y me he visto obligado a dejarlo a medias. Guardare su relectura para otra época en la que este más centrado ya que sigo creyendo que merece la pena revisar un folletín como este, más sabiendo que gran parte de lo que cuenta es historia (que supongo estarán pensado en quitar de las carreras de letras).



Tras este primer fracaso para conseguir lectura, o relectura de mi librería que incluso en tiempo de pandemia uno sigue siendo un intelectual dedicado a la relectura más que a la lectura, y como yo no he respetado estrictamente el confinamiento pues me puse a investigar la librería de casa de Álvaro y Helena a ver que encontraba para releer. El problema fundamental era el mismo: la mayoría de los libros recordaba haberlos leído e incluso recordaba bastante de ellos como para no plantearme su relectura en estos momentos. Sin embargo, entre ellos apareció Stardust que no estaba seguro de haber leído – tenía el recuerdo de que en su momento no me apeteció nada por ser un cuento demasiado infantil – pero que ahora, tras haber leído más cosas de su autor, si me apetecía leerlo y decidí darle una oportunidad a esta historia infantil, a este cuento de hadas. La verdad es que se lee muy bien, muy rápido y pasas un rato bastante entretenido, algo que no deja de ser el objetivo principal de casi todas las lecturas (o por lo menos de las mías) si bien no es el objetivo de las relecturas que es solo el de presumir.

También aproveche para coger prestado Las uvas de la ira, libro que estaba seguro de que ya había leído, pero del que tampoco recordaba mucho, o mucho más de lo que muestra la película. No diré que es un buen libro – eso es algo sabido por todos ¿no? – ni tampoco diré que es mejor que la película – eso es algo que siempre hay que decir, aunque no siempre sea cierto – pero si diré que leer este melodrama, porque es un auténtico melodrama, siempre es reconfortante (no se bien porque, supongo que por un natural egoísmo de saber lo mal que lo pasan otros y no uno) y a la vez un poco desasosegante (por ese resquicio de conciencia social que todos tenemos y que nos hace sentirnos mal cuando leemos estas cosas). El caso es que, leído ahora, con una mayor división en Estados Unidos entre el campo y la ciudad, con una inmigración (ahora exterior) igual de elevada resulta preocupante ver lo poco, o nada, que algunas cosas han cambiado, o mejor dicho comprobar como algunas cosas siguen siendo iguales solamente con cambios cosméticos. Como la lucha de clases, la igualdad buscada o por lo menos una menor diferencia, siguen estando igual de lejos ahora y, por mucho que haya optimistas irreductibles, probablemente en esa nueva normalidad que se nos avecina.

Afortunadamente antes de ponerme a rebuscar de nuevo en las librerías ya estudiadas recibí la oferta de préstamo de libros de Jorge, el pintor vecino, que amablemente me acerco unos cuantos libros para seguir enfrentándome a este confinamiento, o más bien a la ausencia de librerías abiertas en las que ir a mirar novedades y apetencias.

Su primera recomendación fue My name is Aher Lev, libro completamente desconocido para mí, al igual que su autor, y con una portada verdaderamente fea y de la que no se entiende su relación con la historia pero que según Jorge era un gran libro. La verdad es que preferiría no discrepar con él, y deciros que es un buen libro, incluso que es un libro excelente, pero me resulta muy difícil ya que me ha parecido bastante normalillo, tirando a malo. Puedo entender por qué le gusta a Jorge, el pintor, ya que su protagonista es un pintor (o un wanna-be durante gran parte del libro) y el libro contiene bastantes citas sobre arte, su trascendencia y esas cosas, pero la verdad es que a mí me ha parecido básicamente la historia de un niño mal criado. Un personaje solamente preocupado por el mismo, y por su arte obviamente, que en gran medida olvida el mundo alrededor o solamente hace que gire a su alrededor. Si me ha gustado enterarme de esa razón por la que a los judíos les parece muy mal matar (al parecer especialmente a judíos) y que se explica por aquello de que cada asesinato es realmente un genocidio ya que no solo matas a una persona sino a todas las personas que él pudiera haber sido (algo que ya habia leido, inlcuso en una novela de Rafa).  Con todo, incluida la búsqueda en internet de la portada que me hace creer que es un libro bastante famoso, o por lo menos suficientemente conocido, no puedo estar de acuerdo con Jorge.

Siempre me gusta contar que viví dos años en Colombia, pese a que no tenga ningún recuerdo de estos años, salvo los inventados por ver películas de super-8, fotografías o como resultado de diferentes historias familiares, traumas infantiles (como no saber pronunciar kilometro y cosas similares) o a través de expresiones o palabras que se usan en mi familia pero que son desconocidas para el resto del mundo exterior. Una de estas palabas es tula, que es una especie de bolsa de viaje o de deporte (para mí solamente es aplicable a mis tulas – la grande y la pequeña – que son una de las pocas cosas amarillas que me gustan verdaderamente y que pese a ser ya inútiles para su función – una tiene las asa inutilizadas por efecto del fuego – y a la otra no le funciona la cremallera – siguen siendo una de mis posesiones favoritas, una de esas cosas irrenunciables) así que cuando en El ruido de las cosas al caer se menciona como algo normal la existencia de “unas doce tulas repletas de ladrillos, unos trescientos kilos en total” pues a mí me da un arrebato (similar al que me da con según que música colombiana, algo inexplicable) al enterarme de que por lo menos para los narcotraficantes (los ladrillos lo son de coca) la tula existe, como tal, y mi percepción del libro mejora clara y parcialmente. Con toda mi parcialidad creo que este es un buen libro, sin ser excepcional ni nada parecido, está bien escrito y la historia pues más o menos sostiene el interés. Además, en estos días de incertidumbre provocada este pasaje resulta más aplicable si cabe a mi situación: “Ahora mismo hay una cadena de circunstancias, de errores culpables o de afortunadas decisiones, cuyas consecuencias me esperan a la vuelta de la esquina; y aunque lo sepa, aunque tenga la incómoda certeza de que esas cosas están pasando y me afectaran, no hay manera de que pueda anticiparme a ellas.”

Si, ciertamente así es como me siento. Totalmente impotente ante lo que está por venir, confundido por no poder, o no querer adaptarme, por negarme a aceptar esa nueva normalidad que no creo compatible con mi forma de vivir o de entender la vida. Pero, haremos lo que podamos y trataremos de reparar lo mejor posible lo daños.

En fin, aquí os dejo por hoy y espero que para la próxima ya estemos en una fase diferente de este viaje a un lugar en el que no queremos estar, o incluso que ya estemos de vuelta a donde queremos estar.

Lecturas
Yo, Claudio – Robert Graves
Stardust – Neil Gaiman
Las uvas de la ira – John Steinbeck
My name is Asher Lev – Chaim Potok
El ruido de las cosas al caer – Juan Gabriel Vásquez

lunes, 27 de abril de 2020

Comentario de textos - Marzo 2020


Imagino que estáis pensando que este mes no tengo ninguna excusa para escribir tan tarde, al fin y al cabo, llevamos ya más de un mes “confinados” lo que, en principio, parece que debería proporcionar tiempo más que suficiente para escribir antes de llegar casi a final de mes, de mes vencido por así decir. Pues os equivocáis completamente, yo soy un profesional y siempre, siempre puedo y debo encontrar, por lo menos, una excusa para mis acciones por injustificables o estúpidas que estas sean.

Además, en este caso las excusas son múltiples: empezando por el propio hecho del “confinamiento” que por no ser elegido y decidido por uno pues le sume a uno en un estado de apatía más o menos total del que es difícil salir, y que hace que se requiera más voluntad, o tener algo de lo que escribir para sentarse; pasando por el hecho de que puestos a escribir parece inevitable hablar de la situación actual, algo que resulta difícil de hacer en este momento ya que por muchas palabrotas que uno diga en su vida cotidiana, no es lo mismo decirlas que escribirlas; que al fin y al cabo mis padres gastaron mucho dinero en llevarme a un colegio de pago y no es cuestión de decepcionarles; y terminando por el hecho de que se trata de un confinamiento “expandible a poquitos” (supongo que para no asustar a la población, a los niños de papa estado) pues uno no sabe qué hacer, que tiempo tiene por delante y que actividad empezar, si es que uno quiere empezar alguna durante este periodo.

Excusas, explicaciones siempre hay y si no las hay, uno siempre puede buscarlas y encontrarla; incluso alguien como yo que solo respeta este confinamiento de forma parcial y solamente por imperativo legal como si fuera un independista jurando un cargo estatal.

La verdad es que para mí la razón fundamental para no ponerme a escribir se debe a la necesidad de comentar sobre la situación actual de la que estoy tan cansado, por lo estúpido de la misma, que me resulta sumamente difícil saber por dónde empezar a comentar o hacerlo sin ponerme a insultar a diestro y siniestro. Todo me resulta tan absurdo que se me acumulan las cosas, las estupideces, los cinismos, las falsedades que comentar.

Supongo que en este caso lo mejor sería empezar por el principio, aunque sea casi imposible encontrar el principio de esta historia. ¿Cuál es el principio?

Es posible empezar la historia en China con los primeros casos “informados” (y hablar de la escasa capacidad de intervención de esas autoridades internacionales, la OMS en este caso, para ejercer un cierto control sobre esta, ahora pandemia) o puede empezarse mucho antes con los casos que, al parecer, existían con anterioridad a las fechas “oficiales”. Ahora parece que todo el mundo está de acuerdo en que los casos empezaron mucho antes, ahora parece que ya en enero había casos en NYC, lo que me permitiría empezar por mis sospechas de haber pasado esta enfermedad en NYC en mi última visita, ultiam por ahora y, me temo, por bastante tiempo, aunque debido a que yo a) yo no tengo termómetro (ni siquiera en mi casa, mucho menos cuando viajo) no puedo confirmar que tuviera fiebre durante mi enfermedad en NYC; b) como fumador activo que soy, para mí no es tan raro que un catarro me dé con tos seca y c) posiblemente por esta misma cualidad activa (una de las pocas cualidades activas que tengo) pues mi sentido del olfato y del gusto tampoco es que sea gran cosa, así que me resulta imposible decir si he tenido los síntomas necesarios, que todo dicho son especialmente vagos y difusos por no hablar de que, al parecer ahora, uno puede haber tenido la enfermedad, esta enfermedad que al parecer tanto nos preocupa,  sin tener ningún síntoma (de hecho ya se habla de que en NYC puede que más del 30% de la población ya haya pasado la enfermedad de forma asintomática, es decir sin enterarse. Algo que no deja de ser raro para una enfermedad que nos estamos esforzando porque cambie nuestra forma de vivir).

Pero también podría empezarse la historia mucho antes y plantearse si no sería necesario obligar a nuestros políticos y a nuestros científicos a leer más o ir mas al cine (dos ámbitos en los que la posibilidad de una pandemia de este estilo – bueno, por razones de dramatismo artístico, en general mucho peor – ha sido contada mil veces) o tal vez incluso bastara con que en lugar de ir al cine se leyeran los informes que ellos mismos encargan (al parecer prácticamente todos los organismos oficiales – de casi todos los países y a casi todos los niveles- tenían encima de sus mesas informes indicando no solo que esto podía pasar si no que seguramente volvería a pasar (al fin y al cabo ya habíamos sufrido varias similares, pero con la principal diferencia de estar acotadas a esos otros mundos que pese a estar en el nuestro preferimos no recordar que existen) y que en caso de que pasara, cuando pasara más bien, nuestra preparación para afrontarla no es que fuera deficiente, es que era inexistente. Pero si hasta el tontorrón de Bill-Puertas ya había dado conferencias en las que (para escurrir el bulto de los efectos de los posibles virus informáticos) indicaba que era mucho más posible la existencia de un escenario con un virus letal físico y lo poco preparados que estábamos. Tal vez la historia podría empezar por aquí, de que sirve pedir informes para ignorarlos, leer o ir al cine para no enterarse y no reflexionar un poquito (y digo esto sin considerar necesario hacer un cine fórum de las películas basadas en novelas de Chrichton, por poner un ejemplo).

Obviamente se puede empezar la historia en otro sitio, especialmente si uno es aficionado a las teorías conspiranoicas y buscarse un laboratorio secreto en una base naval americana desde la que el virus se distribuye al mundo para desestabilizar economías, o buscarse un laboratorio en Wuhan desde el que – por incompetencia de los chinos, a diferencia de la simple maldad de la teoría anterior – el virus es liberado con efectos devastadores, u otros muchos inicios. Pero como yo personalmente soy partidario de la teoría del maya disléxico que apunta a un error de transcripción en la fecha del fin del mundo, que quedaría prevista para el año que viene, eso me parece retrotraerme mucho en el tiempo.

Y si la historia se puede empezar en muchas partes pues obviamente se puede centrar en muchas cosas: ¿hablamos del lenguaje belicista de nuestro “comité de comunicación” gubernamental, parecido en su lenguaje y analogía bélica al de otros países, pero con mejores chascarrillos como ese “en la guerra todos los días son lunes”?

Supongo que sería mejor no entrar en esto, ya que de hacerlo sería necesaria recordarles que no parece que esto sea una “guerra” que vayamos a ganar en ningún caso: incluso cuando el virus – como cualquier gripe – desaparezca no habremos ganado ya que todo parece indicar que el virus – o las fuerzas ocultas que lo han creado – habrá conseguido cambiar nuestra forma de vida de maneras que ninguno deseamos incluyendo un distanciamiento social  (que no deja de ser una brecha en la sociedad), una posibilidad cada vez más cierta control y censura estatal (si incluso se habla de un pasaporte sanitario, inmunológico; cuando aún no se sabe si los que han sido infectados son realmente inmunes) e incluso vecinal (basta fijarse en esos comités de acusadores de balcón que proliferan hoy en día) y una subversión del contrato social dando más poder a las grandes corporaciones sobre el individuo (con esa casi obligatoriedad del pago con tarjeta, de compras por la red, en general de cosas que dejan una traza que puede ser analizada para clasificar a las personas) que habrán dejado un reguero de pobreza y sufrimiento social aumentando esa brecha social entre los que tienen rentas por su trabajo y los que tienen rentas de propiedades, y si, no me olvido (aunque no me parezca tan relevante como a otras personas) el virus habrá dejado un número significativo de muertes.

Pero si quisiéramos entran en la analogía bélica, creo que sería más sincero aclarar que esta es seria una guerra en la que estamos luchando realmente mal, casi de la peor forma posible: sin equipamiento o con un equipamiento que desconocemos si es el adecuado, sin información del enemigo y rodeado de quintacolumnistas. No sé, igual esta es la mejor forma de luchar en una guerra moderna – que sabré yo, que ni siquiera he hecho la mili (como varios de los ministros de defensa de previos gobiernos de este país – pero así, a priori, más parece que estemos pelando al azar que de forma ordenada.

Al fin y al cabo parece que no solo estamos enviando a las tropas sin pertrechos (si bien, creo necesario señalar que parece que nuestras tropas necesitas, casi quieren, mas pertrechos de los que son necesarios y todos quieren llevar desde su rifle reglamentario hasta un lanzallamas o un cuchillo Bowie de supervivencia), si no que ni siquiera nos habíamos preocupado de adquirir los pertrechos básicos por si esto ocurría. Ya sabéis, la típica guerra en la que uno no se plantea que igual tiene que mandar médicos al frente para intentar salvar a los heridos (en este caso contar con un sistema sanitario que pudiera hacer frente a esta incidencia).

Igual de lamentable es que tenemos la osadía de pensar que vamos a ganar sin tener un sistema de información básico (lo que en una analogía bélica sería un servicio de espionaje) que nos permita definir los movimientos, las fortalezas y las debilidades de las tropas enemigas. Parece que hemos (los estados, casi en masa salvo algunas excepciones que merecerían mi aplauso por hacerse los suecos) decidido que basta con esconderse en una cueva mientras inventamos una bomba atómica (una vacuna) para acabar la guerra. Se trata solo de atrincherarse y resistir, de resistir como podamos con cualquier sacrificio, hasta que una corporación nos de la herramienta definitiva y entonces, asumiendo que podamos pagarla la usaremos y volveremos a nuestra vida normal o ya no tan normal. Porque pese a que cada vez parece más claro que todo el tema del confinamiento tiene como objetivo el colapso de nuestro sistema sanitario más que el de la propia lucha contra la enfermedad estoy casi seguro de que no lo reforzaremos en la medida de lo requerido una vez pase esto.

Sí, es verdad que gran parte de la comunidad científica está volcada en buscar el arma definitiva, envuelta en un supuesto clima de cooperación cuyo único objetivo es ser los primeros para acceder a los beneficios de su venta y mientras tanto… mientras tanto, pues desconocemos todo sobre ese enemigo.

¿Cómo se transmite, cuanto contacto es necesario, como nos protegemos de sus ataques? Esta información, básica en cualquier campaña bélica, como no reportara dinero a la industria pues la ignoramos, de hecho, como el ignorarla reportara más dinero a ciertas industrias pues mejor que mejor y nos ponemos a jugar al juego de las sillas creando confusión.

Así se nos dice, se nos obliga (por ley o socialmente) a llevar mascarillas y ponernos guantes cuando desconocemos si el virus se transmite por los aerosoles en cuyo las mascarillas podrían tener algún sentido en algunos casos (no, no las que nos hemos inventado ahora – las higiénicas - para poder producirlas y proporcionar a todas esas personas tan interesadas por mostrar su participación en la lucha un acto que les permita demostrar su compromiso en público aunque toda la comunidad científica sepa que no sirven para nada), o si  el virus se transmite por gotas mayores (no os diré su nombre técnico, que lo tienen y es divertido) que están sometidas a la ley de la gravedad (combinada con la ley de Stockes y la de Newton, para los puristas de la física) hasta que se depositan en las superficies desde las cuales el siguiente podría cogerlas, en cuyo caso los guantes podrían tener algún sentido, pero no las mascarillas (excepto para los más bajitos a los que podría llegarle las gotas de los altos).

Tampoco parece necesario estudiar, ya que no hay dinero para ganar en este estudio, cuanto permanecen estas gotas o aerosoles en las superficies o en el aire (respectivamente) y por lo tanto cuales son los riesgos de tocar algo después de que este objeto haya quedado contaminado, o como de seguro es pasar por donde alguien ha estornudado al cabo de diez minutos.

No, en lugar de esto nos inventamos una norma de distancia social que cada vez vamos aumentando (empezamos en un metro que parece una distancia razonable para los típicos perdigones de hablar que ya hemos aumentado a dos metros por los estornudos y que hay gente que quiere aumentar más ya que al fin y al cabo hay expertos en lanzamiento de huesos de aceitunas que llegan a casi la decena de metros) pero que es una distancia estática ya que el pasar por el mismo sitio cinco segundos después de un estornudo, al parecer, no supone ningún riesgo, siempre que hayamos estado a más de dos metros del estornudo (algo que en el caso de aerosoles pues parece difícil de creer).

De verdad que no puedo con tanta tontería, no, no estudiemos las fortalezas y debilidades del virus, sus vías de ataque, las concentraciones necesarias, lo que esto significan.

Que decir de la lucha contra los quintacolumnistas, esos que difunden falsos rumores o invenciones sobre la fuerza de ese enemigo invisible (que es seguro que ignora que es nuestro enemigo y que es invisible; seguramente a su escala él podría, si pudiera, considerarse visible) y que desgraciadamente parecen estar infiltrados entre los asesores del gobierno. Me encantaría conocer a quién se la ha ocurrido la majadería de que lo mejor es estornudarse en la parte interior del codo, conocerle y ver si alguna vez pasea al lado de su abuela, o de cualquier persona mayor, que lo primero que hará es colgarse de su brazo apoyando sus cariñosas y ancianas manos en esa zona. Sí, es la mejor de las ideas, mucho más que digamos ponerse la mano delante al estornudar, o tal vez, y solo tal vez, estornudar apuntando hacia el suelo y con toda la fuerza posible para conseguir que el enemigo invisible se quede arrastrado en el suelo de la calle que al fin y al cabo no solemos tocar.

Puede que si exista cierta lucha cuando todos comentamos, nos sorprendemos y escandalizamos ante las ocurrencias de “Mr. T.” y su comité unipersonal de expertos (del nuestro, nuestro comité de expertos, que debe de ser secreto por razones de inteligencia militar para no ser atacado por el virus algo que no está funcionando bien ya que de los cinco primeros portavoces del comité comunicación, el virus ya ha localizado y atacado a casi todos pues prefiero no comentar). Pero, ya digo, poco o ninguna ya que los grupos de cuñados siguen a la orden del día, apoyados por unos medios de comunicación que solo hablan de esto consultando cada vez a expertos con especialidades más cripticas y más alejadas de lo necesario que parecen decir cosas que parecen elegir al azar, sin ninguna reflexión o base, pero que son tomadas como ciertas por el siguiente medio de comunicación como una verdad comprobada y, sobre todo, apoyadas por un gobierno dedicado a hacer spoilers de sus propuestas de ley. Spoilers gubernamentales que obviamente son dados por verdad por todo el mundo, aunque luego las escenas, o temas, a los que se refieren estos spoilers desaparezcan del montaje final (de la ley publicada) y dedicado a tergiversar las cifras para su beneficio, especialmente las de su apoyo económico que no me atrevo a clasificar de insuficiente porque no quiero ser tachado de estar a favor del gobierno al ser insuficiente un adjetivo generoso en este contexto.

Pues sí, en esta guerra henos decidido que nos basta con hacer gestos estúpidos como mantenernos separados unos de otros en la calle (incluso aquellas personas que conviven y que probablemente hayan estado abrazándose, o haciendo solo Dios sabe que en la intimidad de sus hogares); si, basta con ir separados, aunque nos movamos, ponernos unos medios de protección que no sabemos si nos protegen o de qué, y que parece que mal usados (algo que parece más habitual de lo que uno podría sospechar si consideramos que el SUMMA – el servicio de emergencias del ayuntamiento – lleva a un hombre limpio, cuya única función es la de recordarles al resto de los miembros como y que deben de ponerse en cada momento; o si miramos las estadísticas de contagiados de la Unidad Militar de Emergencias o, si , lo siento, de los sanitarios, incluso cuando estos si tienen mas riesgo que la UME o el SUMMA, por aquello de la proximidad a casos infectados) pueden hacer más daño que bien, mantenernos en una incertidumbre global sobre lo que sucederá en las próximas semanas, o meses, rellenos de frases peligrosamente vacías (eslóganes increíbles sacados de malas películas: “no dejaremos que nadie se quede atrás”, “juntos venceremos” o similares.), con eso nos basta.

Con eso y con esperar el arma definitiva confiando en que tendremos el dinero para fabricarla y que llegue a todo el mundo (algo que parece técnicamente inviable, considerando que las armas definitivas contra otros enemigos conocimos, pe.e malaria pues no han llegado a todos  salvo al primer mundo).

Mientras tanto atrincherémonos, cambiemos toda nuestra forma de vivir, pero llevemos una camiseta de “Keep Calm and Carry On”.

Una gran forma de librar una guerra, de ganarla (quiera decir eso lo que quiera decir en este caso): sin pertrechos, sin información y rodeados de quintacolumnistas; solo con buenas palabras. Pues vale, lo dicho a ganar, “oooheee, ohhhheee” (o como se vocalice este canto de victoria) y a prepararnos para el partido de vuelta.

En fin, por esto no quería ponerme a escribir, que me caliento y se me va de las manos. Incluso habiendo dejado fuera cientos de cosas que me resultan incomprensibles de esta situación ya que ha quedado un post demasiado largo.

Así que, a los libros, ya, si eso, seguimos charlando sobre esto en otra ocasión o incluso sobre otros países como Suecia o de que como vamos a salir de esta (si, vale, con mucha precaución, pero ¿Cómo? Si lo que hay que conseguir es la inmunidad de grupo – de rebaño que se dice ahora en parte por traducción del inglés y en parte porque sí, porque somos, para algunos, un rebaño – y no salimos a contagiarnos… no sé, parece difícil); si, también podríamos hablar de la saturación del sistema sanitario y de esos “héroes dormidos al volante, héroes al frente de sus tanques” que cantaba Glutamato y a los que al parecer es socialmente necesario aplaudir todos los días, solamente por hacer su trabajo.

Pero, ya, si eso, pues otro día… ahora a las lecturas… que son pocas.

Lo que sembramos es una novela sobre una saga familiar que se supone retrata (siempre según la contraportada) la colisión entre la raza, el género y la clase en la américa moderna. A ver, que no seré yo quien diga que no hace eso, vete tú a saber, pero el caso es que si lo hace a mí no me ha dejado ninguna huella especial. De hecho, ahora mismo sería incapaz de hacer un resumen de lo que pasa en la novela, de destacar algún personaje interesante y realmente me tengo que conformar con decir que no entiendo porque (tal vez por no saber describirlo adecuadamente) o para que (para rellenar espacio tal vez) tiene que incluir unas pequeñísimas fotografías que no aportan gran cosa a la novela. Se deja leer, sin demasiado esfuerzo, pero no aporta nada salvo alguna pequeña cosa puntual como “… hablaba de su exmujer. De cuanto la odiaba. Y de cuan triste seria el futuro sin aquel odio que había llegado a sentarle tan a medida como un abrigo viejo”. No voy a dar nombres, pero creo que todo conocemos por lo menos a alguna pareja cuya relación está sustentada en un ocio similar y que no sabría que hacer sin ese odio.

Otra cosa que me ha sorprendido ha sido algunas decisiones del traductor (no, no voy a añadir o traductora ya que he comprobado que, al menos de nombre, se trata de un hombre) como la de decidir traducir M&Ms (estoy casi seguro) por Lacasitos (que seguro no era la marca comercial original). La verdad es que no se si estoy de acuerdo con esta traducción, que obviamente acerca el texto al público español de cierta edad, a costa de añadir una cierta incredulidad en el lector aficionado a los M&Ms (que sí, que es mi caso).

Mi siguiente lectura Un plan sangriento es un falso true crime, concepto que resulta mucho más tentador que un true crime para alguien como yo que tiene serias dudas de que exista algo así como la verdad (no ya con mayúsculas, sino incluso con minúsculas; ni tan siguiera en cosas tan, en principio, poco dudosas como las ciencias o en las matemáticas. Todo depende de la visión de cada uno y/o de los axiomas en los que uno decida creer). El hecho de elegir como nombre del protagonista el del propio autor pues le añade un toque de credibilidad que se complementa muy bien con la parte claramente narrativa con las partes más oficiales (informes de testigos, médicos, actas del juicio). Todo, los varios asesinatos, pasan en las tierras altas de Escocia (iba a escribir las Highlands o incluso en la Escocia vaciada para hacerme el moderno). Es la típica historia de caciques y campesinos, más de campesinos en la que las rencillas pues acaban en una especie de Puerto Urraco pero con escoceses y sin incitaciones al asesinato. De hecho, el interrogatorio en el juicio al padre del asesino es una de mis partes favoritas cuando el abogado quiere que le cuente más cosas sobre su hijo y le pregunta cosas como “¿describiría usted a su hijo como una persona violenta?” algo a lo que el padre contesta sencillamente “Nunca he tenido motivos para describirlo”. Esto dentro de un interrogatorio en el que obviamente responde que si, que le pegaba o que en general no había nunca pensado mucho en cosas como el futuro. Al fin y al cabo, como dice en otra parte de la novela el hijo a respuesta de su maestro de escuela:” … me pregunto qué planes tenia para el futuro. Era una pregunta que ninguna persona de nuestros pagos plantearía jamás. Hacer planes suponía una ofensa contra la providencia”. No me atrevo a decir que refleje la realidad de una época, al fin y al cabo, es un falso true crime, pero desde luego a mí me resulta totalmente creíble, puede que más que si fuera de verdad.

Aquí he de hacer un breve interludio solamente para daros envidia y confesar que ya he leído, no uno si no dos borradores de la nueva novela de Rafa, que antes del estallido de la pandemia estaba en espera de ser publicada en mayo pero que posiblemente se retrasara. No puedo decir nada mas ya que me reservo mis comentarios para la lectura de la obra editada formalmente pero ya sabéis: dentro de poco deberéis comprarla si es que queréis disfrutar de una buena novela (que lo es, pero ya he dicho demasiado sobre ella).

Las novelas sobre jóvenes católicos ingleses son, creo yo, un género en sí mismo como el de las novelas sobre universitarios y universidades (habiendo bastaste intersección entre ambos géneros) y además son un género que me interesa mucho (Al fin y al cabo, yo crecí con el tipo de educación laica española que es fundamentalmente católica sin curas) así que Almas y cuerpos era una elección obvia, incluso inevitable. A mí me ha gustado bastante, pero soy consciente de mi favoritismo hacia este género, que me encanta enterarme de que “la sodomía aparecía en el catecismo básico como uno de los ‘cuatro pecados que claman al cielo’”, algo que si bien puede explicar el rechazo del grueso de los católicos hacia la homosexualidad hace más inexplicable la afición a practicarla unida a delitos de abuso de menores de un cierto porcentaje de curas católicos y de no curas, pero católicos. Aunque lo que de vedad me gusta más es saber que de verdad (quiero creer) existe (o existía) un grupo de pecados que “claman al cielo”, es algo que me encanta. Que encima “los otros tres, por si alguien tiene curiosidad, son el asesinato deliberado, la opresión de los pobres y la privación de su salario a los trabajadores” ya me fascina. Si, ciertamente inexplicable lo de los últimos dos, no que clamen al cielo (que me parece que no puede ser menos) si no lo practicados que son por gran parte de los denominados católicos y, sobretodo, lo consentidos por diría la totalidad de las autoridades eclesiásticas y casi diría no eclesiásticas. Esto es algo que clama al cielo.

Si eso es divertido, casi lo es más descubrir que existe algo denominado “conciencia escatológica” y que escatológica no se refiere a lo que todo buen valenciano cree y practica si no que “escatológica, otra palabra de lo más útil, relativa a las cuatro cosas ultimas: la muerte, el juicio el cielo y el infierno”. Siempre es apasionante educarse un poco y llenar, aunque sea mínimamente, esa incultura enciclopédica que uno tiene y encima cree no tener (ya que yo tenía claro lo que era la escatología hasta ahora). Tanto es así, de enciclopédica mi incultura de mis conocimientos, que seguía teniendo dudas de que al fin y acabo no estuviéramos hablando de pedos y similares y tan solo se tratara de una mala traducción por lo que he consultado el Roca-Barcia (ese Primer Diccionario General Etimológico de la Lengua Española de 1880-1881 que tanto lustre da a mi hogar) y que recoge escatología como “Doctrina de las cosas que deben suceder en la consecución de los siglos, o fin del mundo”. Fascinante, realmente fascinante y nada que ver con el caca-culo-pedo-pis que estaba, y sigue, en mi cerebro asociado a la escatología. Tendré que preguntar cómo se ha pasado de un significado al otro ya que es un salto muy grande.

El libro además está lleno de otras grandes frases aplicables a la juventud (católica e inglesa en este caso, pero no exclusivamente) “El más allá figura en sus pensamientos como una especie de jubilación: se trata de algo para lo que hay que estar asegurado, pero no es un asunto al que uno le de muchas vueltas al principio de su carrera”; e incluso consejos para escritores que, como lector de escasa memoria, suscribo: “resulta excesivo presenta a diez personajes al mismo tiempo” ya que, por lo menos yo, tiendo a perderme si se me presentan todos los personajes a la vez.

Fue a mitad de esta lectura cuando se empezó a hablar de decretar el estado de alarma si bien era el momento en que no estaba claro que era esto o cuando, de empezar, empezaría; por lo que no me di suficiente prisa en ir a visitar a mi librería de referencia capitalina, que os recuerdo para cuando se acabe esta situación es la Liberia Méndez en la calle Mayor para que paséis a visitar a los hermanos (que posiblemente no lo sean) y comprar los libros que no habéis podido comprar este tiempo o incluso alguno más ya que seguramente andarán muy apretados y nos necesitaran a todos. Eso sí, sin olvidar que, si decidís salir al campo (los aficionados a esto) elegid Cercedilla para vuestra primera salida y visitar a mi hermano en la Librería Fuenfria que, si bien es posible que aún no tenga ejemplares de su nueva novela necesitara el apoyo de todos. O, si lo preferís y lo consideráis excluyente, visitar vuestras librerías de referencia, pero por favor no os acostumbréis a comprar a multinacionales o por la red por mucho más baratas y cómodas que os hayan parecido durante este extraño periodo, o, al menos, compaginar ambos tipos de compra. 

Y después de esta pausa publicitaria….volvemos con la programación habitual…

Por suerte, todavía tenía reservado, sin leer, un libro de mi última compra en NYC. En honor a la verdad no lo tenía reservado si no que no había sido capaz de avanzar hasta acabármelo; lo había empezado pero la verdad es que no había conseguido avanzar mucho, tal vez cuarenta páginas de cerca de mil páginas. Así que allí estaba Ducks, Newburyport esperando su segunda oportunidad para apasionarme, o cuando menos entretenerme, durante una pandemia. Pero no, no es El Decamerón, ese libro con las historias que unos nobles se cuentan cuando – insolidariamente – deciden marcharse de la ciudad a su casa de campo durante la peste negra (u otra peste) y que por cierto igual no me importaría releer (aunque para mi sea más una primera lectura ya que no recuerdo nada). Tampoco es Palinuro de Méjico, al que creo que el autor (la autora en este caso, confirmado) pretende en cierta medida imitar (en mi humilde opinión) y en lo que fracaso completamente (según mi opinión normal, no la humilde). La única gracia que parece tener es el hecho de estar escrito casi sin signos de puntuación, pero ni siquiera en estas circunstancias adversas he conseguido pasar de la página doscientos o doscientos y poco. Igual vosotros tenéis más suerte.

Hoy no os digo que os divirtáis asaltando el castillo ya que de momento ni eso se puede; bueno, o no podemos la mayoría que no tenemos un castillo en el patio o en el salón de casa y a los que nos resulta más fácil solidarizarnos con los niños confinados que a nuestras novelescas infantas, o princesas; como se diga.

Lecturas
Lo que sembramos– Regina Porter
Un plan sangriento. El caso Roderick Macrae – Gramee Macrae Burnet
Almas y Cuerpos – David Lodge
Ducks, Newburyport – Lucy Ellmann

miércoles, 11 de marzo de 2020

Comentario de textos febrero 2020



No hace ni veinticuatro horas que termine de escribir la entrada de libros de enero y ya estoy de vuelta aquí por varias razones: la primera, que ya es ocho de marzo – y aunque hace un día ideal para pasear me temo que no saldré de casa por aquello de las manifestaciones que se prevé colapsen Madrid hoy. Nada que ver con estar en contra o a favor de la manifestación, es solo que me temo que la calle estará demasiado llena para lo que mi mente puede soportar, además, las manifestaciones son cada vez más como aquel sketch de Las Chass, algo a lo que la gente va antes, o después, de irse a tomar el aperitivo, un sitio en el que dejarse ver sin ninguna reivindicación concreta, o concreta y tangible –la segunda razón es que en febrero he leído bastante – igual no en cantidad de páginas pero ciertamente si en número de libros (algunos eran muy cortos) – por lo que me va a llevar tiempo comentar las lecturas; y la tercera es que sigo en plan optimista, pensando que algún día encontrare el tiempo, y las ganas simultáneamente, para escribir en este blog de algo que no sea libros. Ni idea de sobre qué, pero espero que en su momento se me ocurra algo que comentar.

¿Qué cómo puede ser que haya leído mucho y a la vez no haya tenido tiempo para escribir una entrada en este blog? Pues no lo tengo claro. Por una parte, he tenido tiempo ya que aún no he decidido que voy a hacer con mi futuro laboral por lo puede decirse que realmente todavía no estoy trabajando (si bien, sigo haciendo hojas de cálculo y pequeños informes de cosas que van saliendo) pero por otra parte dije que sí, que colaboraría en un tema que esperaba que fuera sencillo pero que se ha convertido en una auténtica tortura que, sinceramente, ha ocupado una cantidad ingente de tiempo. El tema en cuestión era revisar la traducción de un libro técnico. Si bien era, es, o será cuando esté acabado, un libro no excesivamente largo tampoco era, es o será, especialmente corto (unas 700 páginas, una vez formateadas) y yo pensaba que sería cuestión de leérselo y tomar algunas notas de un número limitado de errores, incluso teníamos un formato para hacer los comentarios. Así que no parecía mucho trabajo, parecía la típica cosa que se puede hacer en esos ratos libres sin demasiado problema. Gran error el mío, al final y sin marcar todos los errores (unos por repetidos incesantemente y otros porque creo que ya no podía verlos; ya sabéis, eso del bosque y los arboles) al final he marcado más de dieciséis mil errores. Vamos, que creo que casi me habría costado menos traducirlo desde cero y si lo he acabado ha sido solo por cabezonería. Así que he estado leyendo sobre “primeros respondedores”, sobre cosas que pasan “temprano a la mañana” y en fin sobre construcciones gramaticales imposibles (incluso para mí que no soy lo que podríamos llamar un experto en estas lides). Agotador y me temo que improductivo ya que el resto del equipo revisor está formado por gente (de Chile, Argentina e incluso de Texas) a la que me temo que estas cosas les suenan bien y forman parte de su español, así que ya veremos qué pasa con la versión final. Pero, divago, ya, si eso, pues lo comentamos otro día. Ahora a las lecturas.

He de reconocer que Sherlock Holmes. A scandal in Japan es una novela que no he escogí yo, sino que fue Álvaro el que la escogió por lo que el acierto, el descubrimiento, hay que atribuírselo a él Yo no soy especialmente aficionado a Sherlock Holmes, ni lo he sido nunca, ni siquiera de pequeño cuando supongo que leería varias de sus novelas. Siempre me ha parecido demasiado artificioso y, en cierta media, tramposo ya que al final parte del misterio se basa en una ceniza con la que es capaz de averiguar que el asesino fumaba una marca que solo se fabrica en un pueblo de una lejana región de dios sabe donde y que por lo tanto como además la colilla tiene una gota de algo que solo Sherlock sabe identificar pues está claro que el asesino no solo era fumador (suposición ya arriesgada desde un punto de vista lógico como sabe cualquiera que haya viajado en el metro de Madrid, ya que puede que solo llevara el cigarrillo encendido) sino que además es un asiático de la provincia de Xin-Ideas (por la especificidad de la ceniza) bajito (por la forma en la que la ceniza está en el cenicero) y al que le huele el aliento (por la enzima que contiene la gota encontrada en la colilla). A mí siempre me ha parecido que podría ser eso o cualquier otra cosa, pero, de nuevo, divago.

No hace falta ser Sherlock para sospechar que esta novela pasa en Japón, a donde Sherlock se ha ido, más bien le ha enviado su hermano, después de matar, o dejar morir, al malvado Moriarty y donde usara sus poderes de deducción para… bueno, sin spoilers. Afortunadamente no hay tanta deducción lógica en esta novela como en los originales (o en mi recuerdo de los originales) pero si ciertas observaciones básicas de contraste entre Japón y occidente y nada más llegar el avispado de Sherlock se da cuenta “as far as the eye could see the whole Street was full of loud confusion, and yet once glance was enough to see that the streets were hygienic. Unlike in London, there were no puddles of sewage by the side of the road”, algo de lo que no estoy totalmente seguro ya que desconozco cuando se instaló el saneamiento en Japón pero que tengo que recordar mirar por curiosidad ingenieril, o simplemente intelectual.

Siguiendo con contrastes obvios, otro es provocado por la indudable afición de Sherlock a la cocaína (yo creía que era al opio, pero ya digo que no he leído mucho de él) que según el “it refreshes the mind and clarifies thought. It is an indispensable to me as rice is to the Japanese” pero que para su anfitrión japonés  “it leads to progressive deterioration and morbidity of spirit” (“that´s and old wives’ tale” para Sherlock) que inevitablemente me recuerda a uno de los insensatos comentarios de un profesor de mi sobrina Alicia que opina, en su clase para pre-adolescentes, que “el azúcar es tan mala como, o peor, que la cocaína”, afirmación que incluso aceptando (algo que ya es mucho aceptar) que el azúcar sea mala está completamente fuera de lugar y del sentido común pero, no sé, será lector de Sherlock Holmes.

Con todo, mi reflexión favorita es la que hace sobre los hermanos, concretamente sobre los hermanos mayores: “Speaking purely in my own capacity, the significance of my individual existence is greatly injured by the existence of a brother. I may be unique, but he presence of a brother, identical in blood and greater in experience in years, cuts my own value down by half”. Obviamente no la comparto en su totalidad, pero, como hermano mediano, he de reconocer que no le falta algo de razón, aunque a veces puede que más que reducir a la mitad el valor de uno, lo doble. Que hermanos hay de todos tipos y no, no voy a entrar en cuál de ellos me considero para cual, de mis hermanos, o hermanas.

 es el típico libro de cuentos de terror (dark tales según la portada) que la verdad pues no da miedo ni nada por el estilo. La verdad es que es muy difícil dar miedo en tan solo diez páginas (que es la longitud media de cada uno de los cuentos) pero yo creo que ni tan siquiera lo intenta. En cierta medida lo único curioso es que intenta vincular todos los cuentos, cada uno con el siguiente para que, en cierta forma, parezca una historia más larga o, tal vez, para otra cosa que tampoco estoy seguro. Si un cuento acaba en una sala especifica de un hospital pues el siguiente empieza allí, o si en uno sale un camión accidentado en el otro pues es el accidente el tema principal del cuento. Un poco entre infantil – el típico juego de palabras encadenadas – y el cine de moderneo que funciona pues lo justo.





Una de las grandes decepciones de las lecturas de este mes ha sido Sing, Unburied, Sign que parecía prometer bastante pero que ni siquiera he conseguido acabarme, lo he dejado a la mitad. Diría que lo deje con dolor de corazón, pero la verdad es que me estaba resultando insoportable y una novela de un viaje por Mississippi de una familia a visitar a un familiar preso (algo que podría sonar interesante) es verdaderamente decepcionante. No digo que sea malo, ya que ha ganado algunos premios e incluso parece estar en la lista de los mejores diez libros del NYT, solo digo que a mí no ha conseguido ni engancharme un poco y si conseguí llegar hasta casi la página ciento cuarenta creo que ha sido solo por testarudez.





Después de esta decepción decidí no arriesgarme y escogí el libro más corto de los que me quedaban por leer (no llega a las cien páginas) para que fuera casi imposible dejarlo a mitad (algo que siempre me decepciona). Devils in Daylight es una curiosa historia en la que uno de los protagonistas (un escritor para más señas) descubre qué, cuando y donde, se va a cometer un asesinato y, extrañamente, decide acudir a la cita más que con la intención de detenerlo con la intención de observarlo. Esto ya es en sí bastante raro, pero es que además convence a su mejor amigo para que le acompañe y si, los dos ven como una mujer comete un asesinato un poco ritual que, adema, sirve de sesión fotográfica (así, en plan película snuff, o como se diga). Si bien ninguno de los dos hace nada, ni ese día ni los siguientes, uno de ellos se obsesiona con la asesina y la trama (corta, como ya he dicho) pues avanza hasta que al final todo era “a work of fiction authored by a woman”. Gracias al epilogo (no estoy seguro de que sea la palabra correcta) me he enterado de que puede ser una copia de un cuento de Poe (que yo no recuerdo o, más probablemente, no conozco) y de una extravagante curiosidad religiosa: “In the Japanese middle ages, devout Buddhists regularly condemned Murasaki to hell for the sin of writing fiction”. ¿Cuál es la curiosidad, os preguntareis? Que los budistas – si bien los de la edad media – consideren la escritura de ficción un pecado que te manda directo al infierno es bastante sorprendente, aunque te deje con la duda de si los budistas tienen textos sagrados – así, tipo la Biblia – si la escritura de estos también es pecado, ya que obviamente ficción lo es, o si este caso está exento. Igualmente, la existencia de un infierno dentro del budismo parece sorprendente para mi mente occidental, pensaba que no tenían. Pero igual, aunque casi ninguno se sorprenda de que en la edad media los japoneses tuvieran textos de ficción (que encima molestaran a los budistas) puede que alguno si se sorprenderá, en esta jornada de igualdad, que el Murasakí al que se refiere en esta referencia es una mujer, la que escribió uno de los libros más famosos de la época y, en general, de la literatura japonesa, algo que es difícil de concebir en la literatura europea.

Ya puestos en curiosidades comentaros que al parecer a principios del siglo XX en Japón era popular el billar, si bien una variación del billar francés que se jugaba con cuatro bolas (en lugar de tres para los que no habéis pasado la infancia en los billares de General Perón, o en algún otro, o para los que menos sepáis de este juego) y que ganaba el primero que conseguía golpear cien bolas haciendo al menos una carambola por tacada. Yotsu-dama se llama esta variante para los que sois aficionados a la información inútil.

Tras esta lectura y aunque no me apetecía demasiado ya que la única novela que había leído del autor no me había gustado demasiado, por predecible, y que esta nueva adquisición (hecha con ánimo de reconciliarme con el autor) parecía la típica novela de detectives, me decidí por empezar Newcomer y ver si la reconciliación era posible. Ciertamente me he reconciliado con él, ya que es una novela interesante, no tanto por la trama, que no es gran cosa, sino por el personaje central y como se relaciona con el mundo. El personaje central (aparte de la víctima que, parafraseando a Cuerda, José Luis, es necesaria pero no contingente, o del revés) es un policía recién llegado a un barrio de Tokio que se dedica a visitar distintas tiendas y residencias relacionadas con la vida de la víctima o con el asesinato y que se relaciona de una forma muy curiosa, muy natural me atrevería a decir aunque sea de lo más antinatural frente a la imagen que todos tenemos de un investigador de la policía, que va explicando, descubriendo, la relación entre cada uno de los personajes y la víctima. Es una novela que se lee estupendamente y que sin tener ninguna frase o episodio destacable resulta fascinante.

El mes pasado comente que había dejado a mitad la novela que compre para el viaje de ida a NYC, Those People, que no consiguió engancharme ni siquiera para leerla en el avión. Como habíamos organizado otro viaje a Piles, con la excusa de que incomprensiblemente hacia finales de febrero parece que los chavalines tienen un viernes y un lunes no lectivos (Incomprensible porque no sé cómo pretenden que los padres puedan tomarse esos dos días libres para hacerse cargos de ellos. Supongo que se supone que o los cuida el servicio – todos somos ricos y tenemos servicio, incluso el servicio – o bien todos tenemos familia que se pueda hacer cargo de ellos ya que carece de otras obligaciones; o, lo que incluso sería más raro, en las familias solamente trabaja uno de los padres –  supongo que en esta caso el plural sobra – por lo que no hay mucho problema salvo, tal vez, digo, para las familias monoparentales que, en cualquier caso ya lo llevan chungo) pero decidí continuar con su lectura ya que si me daba tiempo a acabarla pues bien y si no me daba tiempo pues la dejaba definitivamente y no habría sido una perdida muy grande, porque buena, buena ya sabía que no era. La termine, pero si bien al final la historia – a la típica urbanización de familias con niños se muda una familia sin niños y con un estilo de vida un poco diferente y empiezan los problemas – tiene algún pequeño giro la novela para nada mejora.

Como es necesario para realizar cualquier viaje a Piles fue necesaria una visita a mi librería capitalina de referencia para equiparme, si no con ropa interior (que no es el sitio adecuado) si con lecturas necesarias así que el miércoles, diría yo, me acerque a la Librería Méndez de la calle Mayor para asegurarme el suministro del material necesario para cuatro días en la playa o, mejor dicho, cerca de la playa que yo soy más de interior y de chiringuito que de arena.

La primera novela que llamo mi atención, adema fuertemente, fue Enero Sangriento, ya que parecía una buena novela negra que encima estaba ambientada en Glasgow en los setenta. Tan prometedora parecía que durante un buen rato estaba seguro de haberla leído y a punto estuve de no comprármela. Afortunadamente al final me decidí a comprarla, si solo tenía una vaga sensación de haberla leído igual no la había leído y si la había leído pues leerla en español tampoco sería mala idea ya que podía dejarla en Piles y seguro que tendría algún otro lector antes del verano. Es una novela muy correcta, con su detective con el que en cierta medida te identificas y es una lectura ideal para el verano o para casi cualquier otra temporada. Además, encima no la había leído así que todo salió bien y no tengo que devolverla (algo que no pensaba hacer pero que me hizo ilusión que uno de los hermanos me comentara que podría hacerlo sin ningún problema).

Supongo que he de confesar que realmente antes de empezar con esa novela aproveche que en el baño de casa de Alvaro y Helena había aparecido The Fade Out, un comic de uno de mis autores favoritos (Brubacker) algo que me hizo ilusión porque últimamente los comics que compramos en NYC tienden a desaparecer antes de que yo los lea y, desgraciadamente, no vuelven a aparecer nunca así que me quedo sin leerlos fundamentalmente porque se me olvida cuales eran y no tengo forma de buscarlos entre el orden – propio y normal para cualquier tienda de comics que se precie – en el que Álvaro mantiene su libraría de comics pero que resulta completamente críptico para un no iniciado.
Se trata de un comic, probablemente de una novela gráfica, ambientada en la época dorada de Hollywood con su toque de Macartismo que es verdaderamente entretenida: productores viciosos, escritores honrados, mujeres fatales, escritores borrachos, en fin, un poco de todo lo que uno espera de un clásico de esa época. He de reconocer que la disfrute menos de lo que debía ya que se trata de una novela que se editó por partes y ya había leído algunas de ellas, lo que me creaba mucho desasosiego ya que a ratos estaba completamente seguro de haberla leído y de repente nada me sonaba: Al llegar al final y ver las portadas con las que se editaron las partes independientes me di cuenta de que en lugar de seguir totalmente enfermo mental (que lo de volverme loco es algo a lo que llego tarde) era simplemente que me si que había leído algunas partes, pero no todas. Misterio resuelto para mi tranquilidad mental.

Raramente los hermanos (Méndez, no los míos, que tampoco) me recomiendan alguna novela, no mantenemos ese tipo de relación, sino que nos comportamos como ingleses de libro, pero esta vez el mayor de ellos (repito que igual no es el mayor, esto es una decisión unilateral, así como el hecho de que sean hermanos) mientras andaba yo dándole vueltas a 1793, me dijo, sin llegar a recomendármelo, que todo el mundo hablaba muy bien de ese libro. Añadiendo que era una novela histórica de detectives, algo (el termino novela histórica) me hizo dejarlo donde estaba a la velocidad del rayo como si pudiera ser contagiosa, como, por ser actual, estuviera llena de coronavirus activos (aunque en aquel momento – escribo aquí para cualquier futuro historiador – no era más que una gripe y Italia no había aislado parte de su territorio ni, esperemos futuros historiadores, la civilización había colapsado – ciertamente no hay un término en novela que me produzca una reacción similar (bueno, si los hay pero no suelen estar a mi alcance).

El caso es que me apetecía comprarla y el hecho (también comentado por el mayor de los hermanos) que el autor era de la nobleza escandinava y que su nombre quería decir “noche y día” me parecía que le daba un toque pijo-hippie o hippie-pijo que hacía que me apeteciera más. Pero ¿novela histórica, en serio? A ver para mí que una novela pase en otra época no la convierte en novela histórica, ni siquiera que la época este bien documentada y bien escrita la convierte en novela histórica. Si solo fuera necesario eso, todas las novelas serian históricas. Puede que no ahora mismo, no en el momento en el que fueron escritas, pero si con el paso del tiempo. No, novela histórica es otra cosa; una pedantería. Obviamente para mí las novelas de Philip Keer sobre los nazis, las de Robert Harris sobre la Roma imperial, ni tan siguiera el Nombre de la Rosa de Eco son novela histórica. Yo, Claudio de Graves, Ariadna en Naxos de Azpeitia o la del impresor de Orejudo podrían serlo, pero…yo diría que no, simplemente son novelas que suceden en otro momento.

Así que al final decidí llevármela y sinceramente creo que ha sido una de las novelas que más me ha gustado últimamente. Casi estoy tentado de recomendarla, pero no lo hare, eso si se la he dejado a Helena y espero que se la lleve en su próximo viaje a Piles y la deje allí para disfrute de los visitantes.
He de decir que casi hacia el principio de la historia la aparición de un elemento de la Inquisición Española “en la plaza está instalado el burro español, con su lomo en cuña. Encima, sentado a horcajadas y con pesas en los pies, hay un hombre que no para de lloriquear” me hizo desconfiar un poco y pensar que igual si era, una novela his… ya sabéis. Pero a la vez que me hizo dudar (poco he de reconocer, ya que para tan solo lloriquear en un burro español hay que ser muy, pero muy, resistente, no basta con ser sueco) me recordó un viaje a Toledo con mi hermano y creo que con Juanito Cervezas (Johnn Beers) en el que visitamos el museo de la Inquisición Española que era realmente fascinante, por lo descabellado, pero en el que no recuerdo si había un burro español (instrumento, digo; no persona).

Afortunadamente al poco la novela introduce la profesión de uno de los dos protagonistas principales y su relación con su trabajo: “Cardell lo detesta sobre todo porque el acuerdo que tiene con Gedda lo obliga a mantenerse razonablemente sobrio, Cumple labores de vigilantes y portero durante algunas horas, por más o menos un chelín a la semana, a lo que suma una comisión por cada borracho que pone de patitas en la calle.” Y obviamente esta aparición de la profesión de portero de garito en una historia ambientada en la Suecia del siglo dieciocho pues me sorprendió.

Igual de sorprendente es el que le pagaran una comisión por cada borracho que echaba a la calle, supongo que si esto lo haces hoy en día acabas con el bar completamente vacío para poder cobrar la comisión. Aunque luego – cuando echa a uno - entiendes que no se refiere a el borracho típico, sino a los alborotadores borrachos (que pese a lo que piensen algunas personas son, afortunadamente, la minoría de los borrachos) ya que borracho allí estaban todos ya que en palabras del mismo portero: “Esta es una parroquia muy sedienta. Tras la comunión, el cáliz queda tan vacío que los clérigos nos vemos obligados a buscar el sacramento en otra parte.”

Creo que la historia es lo suficientemente complicada, con reminiscencias de los mejores thrillers de Harris (de ambos Harris, me refiero), con un buen ritmo y con diferentes partes, narradores, que realmente aportan a la historia e incluso con algo que a mí me parece un gran guiño a la inmortal obra de Morgenstern: “Ahora solo resta una cosa: beberemos hasta caernos y después volveremos al punto de partida. Sabremos lo mismo, pero al menos estaremos menos sobrios.” Si bien hay que recordar que “mi nombre es Iñigo Montoya, tu mataste a mi padre, prepárate a morir” siguiendo las instrucciones de Vizzini lo hace del revés, en el orden correcto en mi opinión: primero vuelve al punto de partida y luego ya, pues se emborracha (en el orden inverso, el riesgo de no llegar al punto de partida es demasiado elevado).

En fin, pues eso, ¡divertíos asaltando el castillo!


Lecturas
Sherlock Holmes. A scandal in Japan – Keisuke Matsuoka
Revenge – Yoko Ogawa
Sing, Unburied, Sing – Jesmyn Ward (sin terminar)
Devils in Daylight – Jumichiro Tanizaki
Newcomer – Keigo Higashino
Those People – Louise Candlish
Enero Sangriento – Alan Parks
The Fade Out – Ed Brubaker & Sean Phillips
1793 - Niklas Natt Och Dag