jueves, 30 de julio de 2020

Comentario de textos Junio 2020


PS: debido a problemas tecnicos de momento este post va sin fotos y sin videos. Si algun dia me acuerdo y averiguo como, pues lo actualizare aunque tampoco pongais muchas esperanzas en esto. Los luditas somos asin.
PSS: corregido lo de las fotos... espero...

Aquí estoy, casi a últimos de mes, sentado frente a lo que en casa llamamos “el huerto de Piles” (pese a que ya hace años que en el mismo no crece ninguna hortaliza o similar) mirando a un limonero como si quisiera ser un poeta rememorando su infancia o, más bien, su tercera infancia cuando la verdad es que, curiosamente, yo si tengo recuerdos de mi infancia asociados a unos limoneros. No a este que veo ahora, sino a los que había en El Puig, donde entre hectáreas, o fanegas o anegadas, no sabría decir, de naranjos había una zona que era el huerto de los limones. Pese a que era una de las zonas más cercanas a la casa, a la señorial casa debería decir, solo separada de la misma por dos jardines con flores, diría, por decir, que, de estilo francés, era una de las zonas más abandonadas y más oscuras de la finca. Mis recuerdos, posiblemente inventados, son que no era una zona fácilmente accesible, no por su dificultad, sino por su oscuridad y porque a continuación no había nada. Nada, salvo la balsa de riego que nos hacía las veces de piscina y en la que nadábamos en compañía de un numero de ranas suficiente como para formar su propia civilización y algunas culebrillas de campo, entre líquenes y todo tipo de musgo y donde usábamos la tubería de llenado de la balsa tanto como trampolín para tirarnos como ducha, o como grifo de un SPA de deficiente diseño.

A mí me encantaba bañarme en aquella balsa, rodeado de la flora y fauna que crece en un agua estancada (dejo de gustarme nadar, asi en general, cuando a mi sobrino Pepe – que era un gran nadador, el David Meca de la familia ya que se dedicaba a nadar travesías – le dio un ictus, o un derrame cerebral – que aún no se la diferencia, si es que la hay- con efectos mucho mayores de los que tuvo el mío; a partir de entonces me dejo de gustarme nadar, evitándolo en la medida de lo posible, aunque no haya servido para no sufrir mi propio derrame) y después a la vuelta cruzar por el huerto de los limones, en lugar de ir por el camino principal, y comerme un limón a mordiscos, con cascara y todo. Si, lo de la cascara suena raro, pero tenéis que tener en cuenta que hasta que no fui muy mayor (en una comida fuera de mi casa) yo pensaba que la piña se comía sin pelar y por supuesto con el corazón, algo que parece no ser cierto y que incluso hace como raro para el resto del mundo. Aunque no lo comprendo bien, ya que se supone que las vitaminas están principalmente entre la cascara y el fruto la verdad es que ahora (casi siempre) pelo la piña, aunque me como el corazón, y hace ya algún tiempo que no me como ningún limón a mordiscos. Pero, divago, ya, si eso, hablamos de mis hábitos alimentarios otro día y os comento lo mucho que me gustaba el coco cuando era pequeño (incluso pelado, este sí) y como me pase un verano comiéndome un par de cocos diarios, cocos que ganaba – eran el premio principal – en un puesto de una feria en L’Escala (si, donde las anchoas peludas, por diferenciarlas de las de Santoña) jugando a los dardos, entrenamiento, o afición, que luego me depararía bastante alegrías – en forma de invitaciones ganadas honradamente – en el Red Lion y otros bares durante mi adolescencia.

Ahora, con carácter excepcional, me saltare el orden cronológico de mis lecturas del mes para empezar cuanto antes con Amor intempestivo, la nueva novela de Rafa y, como no, aprovechare los recuerdos de mi hermano sobre lo que mi padre le dijo cuando leyó su primera novela: “En lo que has escrito hay una buena novela… que tú no has conseguido escribir” para deciros que, gracias a la colaboración de su editor (que le hizo quitar la parte del borrador inicial que era, simplemente una excusa, un McGuffin que diría aquel personaje del propio Rafa) esta vez sí ha conseguido escribir la buena novela que había en el borrador (por cierto y para evitar malos entendidos, creo que esto, lo de escribir una buena novela ya lo había conseguido bastantes veces con anterioridad, puede que casi todas aunque no quiero mojarme en estos momentos).

Dicho esto, lo de la buena novela, la verdad es que leer sobre historias que conoces, que has vivido (aunque probablemente sería más correcto decir de historias con las que has convivido, ya que los mismos hechos conforman diferentes historias para cada uno de los partícipes, así que nadie ha vivido la misma historia) pues tiene algo de raro, resulta extraño comprobar que cosas o como recuerdan otras personas de partes de tu vida, vale, de su vida ya que los demás, incluso los personajes que esta vez tenemos hasta frase (no grandes frases, pero frases… que es otro nivel de personaje) hemos vivido otra vida, con hechos parecidos.

Si para mi hermano el recuerdo le ayuda incluso aunque afirme “pero a mí, al recordar, cuando regresan a mi corazón (eso es recordar, del latín, cor, cordis, volver a atravesar el corazón) mueren allí de nuevo, todos los días, y aumenta a mi alrededor la oscuridad, y regresa también el deseo de encontrar un sitio donde esconderme. Estas páginas, tal vez.” es otra cosa en la que somos muy diferentes. Aunque es cierto que mi derrame me ha hecho perder la memoria y gran parte de mis recuerdos, muchos de ellos los he perdido por voluntad propia o como mecanismo de autodefensa. Sencillamente, como Nick Nolte en el Príncipe de las mareas (o como muchos otros personajes) me niego a recordar según qué cosas, no quiero indagar en mi pasado, no me interesa volver a atravesar mi corazón, me mantengo alejado de todos los sitios que pueden recordarme según qué cosas ya que ni siquiera sé si puedo recordar algunas páginas de mi pasado. No, para mí todo el pasado está olvidado, no aparece en ningún mapa (de momento, aunque este blog – si algún día dejo de hablar de libros – quería que sirviera para eso) ya que tener un mapa es la mejor forma de no encontrar las cosas, o de solo encontrar las que uno ha marcado en el mapa; todo lo que no está el mapa pues, sencillamente, no existe. Supongo que así son los recuerdos de todos, mapas de territorios por explorar, pese a haber estado allí. Pero, divago, de nuevo, ya, si eso, pues hablamos de mapas o pasados, o de exploradores celestes otro día. Ahora os dejo aquí cantando ese “I Dont remember, I don.t recal, I got no memories of anything, anything at all” porque remember y recall son cosas diferentes, aunque yo sea incapaz de encontrar la diferencia en español.




Una parte de mi quiere deciros que es un libro de lectura obligatoria, secretado por alguna glándula desconocida que tienen los escritores y que como soñaban Rafa, Orejudo y otros sobre sus futuras obras maestras “solo nos quedaba pararlo a limpio, de que ya estaba escrito y listo para ser publicado, en cuanto cada uno decidiera la ilustración de la portada” y lleno de cosas fantásticas como ese “nolo contenderé, es decir, que no me declaraba ni culpable ni inocente: no quería discutir” que le ofrecen a Rafa en un juicio en Estados Unidos, o esa descripción de nuestro padre enfermo y de su “mirada de enfermo, que no se si la tienen todos o solo los enfermos de la familia: sin mover la cabeza, que tenía un poco inclinada hacia abajo, levantaba los ojos azulados hacia nosotros y sentíamos de inmediato que era el, papa, y que nos quería, y que se iba a poner bien” de la que me gustaría poneros una foto que tengo (pero no localizo, aunque he localizado esta que creo que se parece a la que recuerdo) en la que se puede observar con claridad, hasta el movimiento; pero la verdad es que – como seguro han descubierto todos ellos – casi nunca es el escritor el que elige la portada así que eso era de lo poco que no tenían que aportar al libro pese a que la tuvieran  más que decidida antes de haber tecleado una página y en otro orden de cosas no se i es una buena idea que la leáis y penséis que las cosas que nos han pasado tienen una importancia diferente a la que tienen, así que propondré la lectura solo como opcional ya que  o bien no entrara en el examen o solo será para subir nota.

En cualquier caso, es hora de volver al principio del mes y a los libros comprados en mi (vuestra, espero) librería de referencia de la capital, la Librería Méndez, ya que pese a que para conseguir el ejemplar dedicado subí hasta Cercedilla, a la Librería Fuenfria (cosa que ya sabéis os recomiendo hacer) la verdad es que no me baje ningun libro de allí, en parte porque ya había comprado para el mes y en parte porque después de comer y con el libro de Rafa en las manos pues el resto de libros resultaban menos apetecibles.

Podría decir que escogí La gran fortuna porque pasaba en Bucarest, que extrañamente es una de esas ciudades en las que he vivido un tiempo suficiente y que sentía curiosidad por como la describiría una inglesa, pero sería mentira ya que, por la contraportada, sabía que se trataba de un Bucarest muy distinto al que yo visite en su día – pre revolución comunista, ya que pasa en el inicio de la segunda guerra mundial – o podría decir que iba sobre una pareja de ingleses, de ingleses de antes de la guerra, que siempre tienen un toque de diversión, pero también sería mentira ya que la verdadera razón de escogerla es que me había puesto a repasar mis conocimientos de hidráulica y obviamente Manning es algo básico en este tema, tan básico que fue el límite que me puse para seguir retrocediendo en mi repaso.

La verdad es que es una novela entretenida, en la que aprendido una de esas curiosidades sobre sectas – los Skoptsi – que siempre sorprenden: “son una de las atracciones que hay que ver en esta ciudad. Los Skoptsi son una secta rusa. Creen que para que seamos digno de la gracia, todos, hombres y mujeres, debemos desprendernos de todo lo que nos cuelgue por delante. O sea que cuando se han reproducido, los jóvenes se entregan a unas orgias descomunales en las que alcanzan tal grado de éxtasis que acaban mutilándose a si mismos”. Mutilándose en un sentido más amplio que el de aquel “Do the mutilation” de los Revillos, y que me hacen plantearme como alguien llega a esta extravagante teoría y la pone en práctica:

Más curioso, por ser una historia que luego se repetiría (en forma real o de mito; que yo en eso no entro) es saber que Rumania también tenía su reclamación sobre ese concepto tan guerra civilista que es el oro de Moscú: “El editorial recordaba a los lectores que en 1914 as reservas de oro del país habían sido enviadas a Moscú para garantizar su seguridad, aunque después nunca habían regresado. Pero ahora la viril juventud rumana estaba dispuesta a enmendar este atropello.”
Pero no solo de comunistas vive la novela, también hay algún hueco para la segunda parte de la parte contratante, para “los sonrientes jóvenes rubios apostados en las torretas de los tanques salían sanos y salvos de las ruinas. Todos se dejaban acariciar por el sol. Cantaban: ‘¿qué importa qué destruyamos el mundo? Cuando sea nuestro, ya lo volveremos a construir’.” Algo en lo que si sustituimos a los jóvenes rubios por una sociedad secreta, a los tanques por unos virus y las medidas contra él, y le añadimos una buena ración de conspiranoia (tipo QAnon o inferior) podemos pensar que es un cantico que alguien está aplicando a esta España nuestra, al Madrid que la IDA está destruyendo, a esa idea de vida que en el libro se asocia a “En España había colorido y calor y peligro. Allí todo tenía sentido. La vida debería ser así.”, dentro de poco aquí ya solo quedara el calor, ni el colorido ni el peligro que es consustancial a la vida como cantaban los grandes de Glutamato en ese “Vivir siempre es mortal”



Curiosamente mi siguiente lectura, Un caballero en Moscú, también estaba asociada al bloque soviético y la verdad es que tenía una premisa divertida, si bien un tanto extraña: un noble ruso es condenado a muerte, pero su pena es conmutada por un arresto domiciliario a perpetuidad en un hotel de lujo, “conspicuo exponente del lujo y la decadencia que el nuevo régimen se ha propuesto erradicar” (al parecer la cadena de muerte se la conmutan por un poema que escribió en su juventud, aunque no queda claro como ambas cosas – morir o vivir en un hotel de lujo – pueden considerarse, en cierta medida equivalentes. Misterios de la mene soviética).

Como en casi todas las novelas buenas por lejos que uno se encuentre del protagonista es inevitable identificarse con la sensatez del mismo, mas todavía si es capaz de hacer afirmaciones como “Siempre había creído e un caballero tenía que mirarse al espejo con desconfianza. Pues los espejos no eran herramientas para descubrirse a uno mismo, sino más bien para engañarse. ¿Cuántas veces había visto a una joven hermosa dar un giro de treinta grados delante del espejo para verse más favorecida? (¡Como si, en adelante, la gente solo fuera a verla desde ese ángulo!) ¿Cuántas veces había visto a una gran dama llevar un sombrero terriblemente pasado de moda, pero que a ella le parecía au courant porque su espejo tenía un marco de estilo igual de antiguado?”

Aunque algunas de sus afirmaciones sean cuando menos extrañas y claramente discutibles, como sus consejos sobre vinos “¿El Rioja? El Rioja era un vino que podía acabar con el estofado con la misma violencia con que Aquiles había acabado con Héctor. Le daría muerte al plato de un golpe en la cabeza y lo arrastraría atado a su cuadriga hasta que hubiera puesto a prueba la entereza de los troyanos.” No sé, podría ser ya que los Riojas no son vinos tan suaves como otros, pero yo se lo echo a los estofados y no acaban degollados, ni imaginarme lo que podría pensar si le echas un poco del “maldito Cariñena” o de un vino de El Bierzo o Toro.

Pese a que el protagonista se pasa casi toda su vida adulta encerrado en el hotel el autor consigue endosarle el papel de padre – a través de una niña abandonada en el mismo, así que de padrino o tío sería más adecuado – lo que le permite hacer una gran reflexión sobre la educación: “el papel de un padre es expresar sus preocupaciones y, después, retirarse tres pasos. No uno ni dos, sino tres. O incluso cuatro. (Pero nunca cinco.) Si, un padre debe compartir con su hijo sus dudas y luego retirarse tres o cuatro pasos, para que el niño pueda tomar por si solo la decisión, aun en el caso de que esa decisión pueda conducir a un disgusto.” Algo fácil de decir, pero, creo, casi imposible de llevar a la práctica, imagino que por ser un paso una medida claramente imprecisa o puede que por ese afán de protección tan arraigado (o simplemente por no tener que lidiar con las consecuencias del error del niño).

Ya metido en casualidades, coincidencias o curiosidades mi siguiente lectura, Los secretos que guardamos, también se relacionaba con el bloque soviético, en este caso con la publicación de El doctor Zhivago en la URSS y con el papel que unas mecanógrafas de la CIA habían jugado para introducir la novela ilegalmente en la URSS (según la contraportada). La verdad es que a mí la historia de las secretarias se me ha quedado corta y esperaba más de ella, no sé, una participación más activa, un poco más de espionaje clásico o algo de ese estilo. Sin embargo, si me ha resultado muy interesante enterarme de cosas de Pasternak, el autor, cosas como que le nominaron dos veces al premio nobel (la primera renuncio, al parecer presionado por el aparato del estado y, ya, si eso, pues a la segunda… acepto), o que realmente era un poeta, al parecer muy apreciado por el régimen, o que esta era su primera y única novela. Estos dos hechos, mirados conjuntamente, me confunden un poco ya que pese a que sea conocido por su única novela entiendo que las dos nominaciones debieron ser por su obra poética ya que, sinceramente, tampoco me parece que la novela en cuestión sea merecedora de un premio nobel que tengo entendido se da por toda una carrera (o por parte, ya que se debe dar en vida y tampoco vas a dejar de escribir porque te den el nobel. Si así fuera sonaría mas a premio para acallar a escritores que otra cosa. Aunque nunca se sabe, igual esta era la idea de Nobel, que era un tipo vengativo como prueba la prohibición expresa de instaurar un nobel de Matemáticas por esa pequeñez, micro o macro machismo lo dejo a vuestra elección, de que su mujer le engañaba con un matemático). No sé, es algo raro si uno quiere mantener la teoría de que el Nobel se da realmente por los méritos propios y no por componendas de geopolítica u otros criterios de reparto.

El libro se supone que también muestra una fascinación por el cine – como no podía ser menos ya que realmente la fama de la novela esta asociada al cine – fascinación que siente las secretarias y que todos los que hemos ido a cines (con mayúsculas y no a los mini cines actuales) hemos sentido desde los grandes carteles, o en este caso, en Washington D.C: “el letrero de neón rojo del Georgetown, esperar en la cola a que la persona de la taquilla te diera una entrada, el olor de las palomitas, los suelos pringosos, los acomodadores que te guiaban hasta tu asiento con su pequeña linterna. Incluso canturreara en la ducha Let´s All Go the Lobby, que era la letra del anuncio que proyectaban para animar a comprar chucherías en el mismo cine. Pero mi parte favorita siempre ha sido el momento entre que se apagan las luces y empieza la película, ese instante en que el mundo entero parece estar al borde de algo.” Supongo que todo esto forma parte de la infancia de muchos, ese vértigo y esas sensaciones… luego crecimos y vinieron los cines de versión original, desaparecieron los acomodadores, los cines redujeron su tamaño a poco más que una sala de reuniones y ya no cantamos “Movierecord” aunque mantenemos vivo el “visite nuestro bar”.

Si esta visión del cine es la que todos tenemos he de volver al libro anterior en el un comunista acérrimo habla de las películas del cine negro “Todas sin excepción representaban un Estados Unidos en el que la corrupción y la crueldad campaban a sus anchas; en el que la justicia era un mendigo y la bondad un necio; en el que la lealtad era endeble y el egoísmo, duro como el acero. Dicho de otro modo, representaban un retrato sumamente realista de lo que era el capitalismo” solo par preguntarse “¿Quién hace estas películas? ¿Quién las promociona? … ¿Cómo es posible, Aleksandr? ¿Por qué les permiten hacer estas películas? ¿no se dan cuenta de que están minando sus propios cimientos?”. Cuanta inocencia, cuanta fe en la humanidad, cuan poco entendimiento de los principios del capitalismo ¿minando, dice? Nada más lejos de la realidad, promocionando el capitalismo y sus valores, si bien a través de sus antihéroes (porque no hay héroes en el capitalismo) pero siempre dejando la esperanza de que uno puede ser el malo, el poderoso, ese que hace lo que quiere porque, al fin y al cabo, él se lo merece, él es diferente a todos los demás, él es el individuo al que no se aplican las reglas de la sociedad, ni las pequeñas ni las grandes. Enternecedor a la vez que dramático.

Mi siguiente elección para el mes – ya después de la lectura de la de Rafa – fue El enigma de la habitación 622 ya que había leído la primera novela del autor y me había parecido entretenida (no especialmente buena, le habría quitado gran parte de ella sin ningún problema) y parecía que con su volumen podría ser una elección valida de cara al verano y a tener que visitar librerías con mascarilla (algo que me imposibilita pensar en una medida que no os podéis imaginar). Si a la primera le había quitado la mitad y me hubiera quedado con una novela entretenida a esta le puedo quitar el noventa por ciento y me quedaría con una novela sencillamente aburrida. En el límite de la estafa del autor que tiene éxito con una primera novela (me perdí la segunda asi que no estoy totalmente seguro).

En fin, que aquí sigue el limonero y creo que es hora de intentar publicar esto y marcharme a dar un baño al mar o un paseíto por la orilla (aunque increíblemente aquí en Piles han puesto una norma que dice que está prohibido pasear por la orilla de doce a tres; no se si es simple gilipollez o es para apoyar a los chiringuitos, espero, aunque lo dudo, que sea la segunda). En breve mas, mucho mas que estar en Piles es lo que tiene, tiempo para leer.


Lecturas
Amor intempestivo – Rafael Reig
La gran fortuna – Olivia Manning
Un Caballero en Moscú – Amor Towles
Los secretos que guardamos – Lara Prescott
El enigma de la habitación 622 – Joël Dicker

domingo, 21 de junio de 2020

Comentario de textos Mayo 2020


Pues aquí seguimos, parcialmente confinados en un mundo que parecía haberse quedado sin noticias, o más bien, en el que las noticias habían dejado de importar y solo existía la pandemia, y como consecuencia de ella desde las más estúpidas teorías conspiranoicas hasta las más estúpidas indicaciones de nuestros gobiernos y de los expertos que les asesoran, que tan pronto dicen una cosa como la contraria, o cualquier cosa entre medias, según soplen los vientos y las necesidades de cada grupo político. Eso sí, según ellos,, todo basado en la experiencia y el conocimiento científico, pero sin advertir que ninguno de los dos existe o que cada uno habla de la feria como le fue en ella o de que sobre muchas cosas no existe consenso científico y en la que sí parece existirlo es la única que se han olvidado, eso en lo que todos los expertos en salud solían estar de acuerdo, aquello de que: “Health is more than just disease prevention. For many people, being healthy requires social interactions with friends and family, spending time outdoors, exercise, physical intimacy, and other pleasures of life “.

En eso andábamos y así nos habríamos quedado si no hubiera sido por la muerte, el asesinato grabado en directo, de George Floyd y la llegada del verano, de la temporada turística (no nos engañemos). Las consecuencias de la primera noticia, más que la noticia en sí misma, si han conseguido desplazar a la pandemia de los principales titulares y la segunda, bueno, la segunda, sencillamente ha transformado la opinión de todos los expertos que asesoran a nuestro gobierno y ya, para lo antes posible se podrá volver a lo que nos quieren vender como nueva normalidad., que básicamente pretenden sea un cambio radical en nuestras vidas ni para bien, ni aceptado al menos por mí.
La verdad es que frente a ambas noticias me siento bastante asqueado por muchos motivos.

De los de los expertos en la gestión de la pandemia ya he hablado aquí otras veces y aunque podría añadir cosas, tampoco creo que sirviera de nada ya que últimamente ni el derecho al pataleo me consuela. 

De las consecuencias del asesinato, aunque se podrían hacer (se han hecho) reflexiones muy sesudas (no es lo normal, siendo lo normal quedarse en la parte superficial o tomar decisiones que no acaban de entenderse como la de que HBO retire Lo que el viento se llevó de su catálogo de películas; algo, que si bien no es censura técnicamente – al fin y al cabo, es como si una editorial decide no publicar un libro en concreto, y no como que un estado prohíba un libro, digamos, matar a un ruiseñor, o cualquier otro – para mi está bastante cerca por las características casi monopolísticas del mercado audiovisual) y otras que se encuentran en el extremo opuesto y que dudo que puedan calificarse de reflexiones (ya que a mi entender una reflexión requiere pasar un tiempo reflexionado y no decir lo primero que se te pasa por la cabeza) a mi hay dos temas que me interesan y de los que creo que se habla poco.

Por una parte, está el tema de la militarización de las fuerzas de seguridad (si, ahora se empieza a hablar de ello y algunas personas hablan de que otras hablan de desmantelar las fuerzas de seguridad haciendo una interpretación torticera de lo que los primeros han dicho) y en general de la militarización de la sociedad, de la civil, digo. Para mi es inquietante que las fuerzas de seguridad, la policía local, quiera convertirse en el ejercito y que incluso exista esa visión en la sociedad, esa escala que va de la policía local, a la policía nacional, al ejército, a los cuerpos de elite asumiendo que este es el orden de importancia de desarrollo de la misma. Que se promueva que los policías locales se conviertan en cuerpos de elite, para entendernos ,de asesinos entrenados, en lugar de tender cada vez más hacia la sociedad civil. Seguro que no me estoy explicando, pero intentare hacerlo otro día para que me entendáis mejor, pero me parece totalmente fuera de lugar que un portero o un camarero aprendan krag-maga (o como se llame) en lugar de aprender un poco de educación y psicología para no tener que saber ese tipo de cosas.

Otra cosa que me inquieta, o que me inquietara en un futuro optimista, es pensar que ¿Por qué no ha habido la voluntad de cambiar las cosas hasta que no ha habido protestas, protestas violentas? ¿De verdad debe ser esto así, solo puedes conseguir lo que es justo y necesario moralmente si te dedicas a destrozar cosas? Y no me malinterpretéis, estoy a favor del cambio, más del cambio de estas cosas, pero es solo que me inquieta que el cambio solo se produzca como consecuencia de acciones violentas. Para mí es como decirle a la gente que la educación o la racionalidad no sirven de nada frente a la violencia, que es mejor ser un maleducado violento que una persona educada, que es la única forma de conseguir cosas. No sé, me inquieta que la sociedad mande y reciba este mensaje; aunque para ser sinceros me inquieta más que todo esto pase sin ningún cambio real: ni en la militarización de la sociedad ni en el racismo imperante. Me temo que en cuanto otra noticia retome los titulares toda la lucha por la igualdad quedara en lo que siempre ha quedado, en nada, en agua de borrajas, en otro episodio que nos prometeremos a nosotros mismos, como sociedad, que no volverá a suceder; hasta que suceda de nuevo que nos volveremos a escandalizar.

Pero divago, como siempre al principio, por aquello de que estas entradas traten de algo más que de mis lecturas mensuales. Si, todavía me debo a mi mismo escribir más a menudo para contar otras cosas, pero mientras se cumple esta promesa hecha sin horizonte temporal, vamos con las lecturas.

Como ya os conté el mes pasado la imposibilidad de visitar mis librerías de referencia fue suplida por el préstamo de algunos libros por parte del vecino pintor así que este mes tenía por delante una trilogía de la que solo he podido leerme el primero Annihilation porque su lectura no me ha dejado ningunas ganas de continuar con los otros dos volúmenes. A ver, no es que sea una mala novela solo que no es interesante y no mejora en casi nada la historia ya contada mil veces: una expedición (científica se supone) llega a un sitio completamente aislado en el que pasan cosas muy raras que van a investigar mientras van muriendo uno a uno. Tal vez la única reflexión interesante de toda la novela es la relacionada con el mapa de la zona que una de las expediciones previa (también desaparecida), les ha hecho llegar: “The map had been the first form of misdirection, for what is a map but a way of emphasising things and making others things invisible?”, ya que si tienes un mapa lo que no está en él, pues como que no existe, a menos que seas explorador o, digamos, científico, que son el tipo de personas que, a veces, buscan las cosas que no aparecen en los mapas por aquello de completar el conocimiento ya que un mapa nunca es completo, el mapa no es el territorio que decía aquel.

Mi siguiente lectura era The great man, otro libro en el que el protagonista, se supone, es un pintor (extrañamente también judío), aunque más bien se trata de un libro en el que la historia se inicia con la muerte de ese gran pintor y realmente las protagonistas pues son su hermana (también pintora y famosa) su mujer y su amante. La verdad es que al principio tiene su punto precisamente por el aporte de personajes de, digamos, la tercera edad que ciertamente no salen mucho en las novelas y menos en la categoría de amantes que parece algo reservado para la crisis de los cuarenta o cincuenta. Es una novedad que tiene su gracia, aunque pierde fuelle a lo largo de la historia y del que solo puedo destacar (aunque no esté de acuerdo) su valoración sobre los autistas: “he’s so deeply autistic he’s locked in his own mind; it’s imposible to dislike someone who isn’t fully there. Dislike requires presence”.

Totalmente en desacuerdo ya que yo no requiero la presencia de la gente para que no me guste, de hecho, prefiero que no me gusten a distancia, que estén ausentes y creo que de hecho la falta de presencia (mental) es el motivo de muchos divorcios (según tengo entendido) o de muchos matrimonios infelices.

En fin, como uno no puede vivir solo de los préstamos o de las relecturas me di una vuelta por Amazon para buscar a algunos de esos autores que me gusta leer en ingles por aquello de no traicionar, abandonar en este caso por imposibilidad física, a mis librerías de referencias, ya sabéis; la librería Méndez en la calle mayor y, así, un poco más lejos, pues la librería Fuenfría en la sierra de Madrid, en Cercedilla, aunque que os voy a contar a estas alturas que no sepáis de ambas.

Aunque quería haber empezado por otro libro debido a los misterios de la logística de envío de Amazon pues me llegaron separados los libros que pedí juntos y dentro de los del primer envío estaba The Woman in the Woods, otra de Charlie Parker que, incompresiblemente (Por que la primera edición es de 2018), todavía no había leído. Una alegría reencontrase con Charlie Parker, y ya desde la primera página estaba de acuerdo con el: “Parker wondered if at some point every person reached an age where he or she prayed for a pause to progress, although often it seems to him that progress was just so much window dressing, because people tended to remain much as they have always been. Still, he wished folks would occasionally leave the windows as they were, for a while at least.” Obviamente yo ya he llegado a esa edad e incluso a las mismas conclusiones.

Respecto a la novela en sí misma, pues sigue la saga si bien esta vez el trasfondo de la maldad intrínseca se centra en las mujeres maltratadas y el de la bondad pues en las redes informales de ayuda para las mismas mientras siguen luchando contra el verdadero mal que siempre está en la saga. Pese a toda la fantasía de la maldad absoluta que siempre está en sus libros, los personajes siempre tienen ese toque de normalidad encontrándose en situaciones en las que todos nos hemos encontrado “Parker didn’t know how many beers Walsh might have drunk, but he guessed it was somewhere between ‘too many’ and ‘not enough’”. ¿A quién no le ha pasado tener esta duda, sobre uno mismo o sobre un amigo? (siendo, en ocasiones, el orden un tema importante ya que demasiadas a veces es menos que no suficientes).

Sentirse identificado con Parker es fácil, ya que es el cínico bueno (el antihéroe, supongo) pero la verdad es que en sus novelas siempre hay ideas, formas de expresar estas ideas, con las que, aunque mencione a los nazis, síntoma claro de estar equivocado, uno ha de estar (al menos parcialmente) de acuerdo: “if I could outlaw one concept, the obvious others apart, it would be fucking blind patriotism. It’s nationalism in better clothing. You know who were patriots? The Nazis, and those Japanese fucks who bombed Pearl Harbor, and the Serbs who rounded all those men and boys and put them in holes in the ground outside Srebrenica before going back to rape their women, at least until someone tried bombing sense into them. Patriots built Auschwitz. You start believing that ‘my country wrong or right’ shit, and it always ends up at the same place: a pit filled with bones”. Incluso si en lugar de pensar eso sobre tu país lo piensas sobre tu raza, sobre tu cultura o sobre tu grupo de preferencias sexuales.

Mientras me leía esta novela me llego la que más ganas tenia de leer del pedido que había hecho: Chicago de Mamet, David, que es un autor (fundamentalmente teatral y de guiones) que esta entre mis favoritos. Yo descubrí a Mamet con La Casa de juegos, una película que posiblemente hay envejecido mal pero que yo recuerdo como una obra maestra de las películas sobre timadores. Además, unos cuantos años después (Mamet) me serviría para hacer rabiar a mi hermano en una librería de viejo en Missouri (creo recordar, aunque podría haber sucedido en Maine) al comprar unos libros de Mamet y otros de Goldman y recibir la felicitación del librero por mi buen criterio frente a las cultas compras que mi hermano hacía para impresionarle sin respuesta por parte de aquel librero que había luchado en España con las brigadas internacionales y que Rafa quería conocer. Incluso todavía tiene mucha utilidad para epatar a todos esos aspirantes a actor que trabajan, temporalmente, de camareros, porteros o similares pero cuyo conocimiento del teatro se limita, probablemente, a los musicales.

Vamos, que parcial, parcial no soy respecto a Mamet, así que decir que me ha gustado no será ninguna sorpresa y puede que el hecho de que no me haya gustado tanto como esperaba tampoco lo sea (al fin y al cabo, cada año estoy más pitufo gruñón, o enano gruñón), pero en esta última frase la clave es “tanto como esperaba” ya que gustarme me ha gustado mucho (como prueba la cantidad de marcadores que he puesto en la misma para recordar partes).

Empezando desde la descripción de lo que son las noticias “is that which makes its consumer self-important, angry, or sufficiently whatever the hell to turn to page twelve, and turning, encounter the ad for the carpet sale”, las noticias son la justificación para la publicidad de la venta de alfombras o digamos, por citar algo más de la novela, de ese anuncio “How could… Al Capone escape… from absolutely… any scrape? Burma-Shave” que, aunque no he conseguido encontrar en la red me parece creíble; pasando por esas casualidades, o igual supersticiones, como que “the armistice has been signed on November 10, and hostilities were to cease on the next day: the eleventh day of the eleventh month on the eleventh hour” y por que no ese tipo de frases que siempre sorprenden como “the first phrase he’d heard, in basic training, was that those looking for sympathy could find it in the dictionary, between ‘shit’ and ‘syphillis’”  o esa otra de la plegaria de los aviadores “not ‘do not leave me die’ but ‘don’t let it be my fault’”, que resume todo un concepto vital.

Ya digo, la clave es “tanto como esperaba” ya que de Mamet yo esperaba mucho, mucho; tal vez demasiado.

Tras Mamet le tocaba el turno a Kerr y a su póstuma y treceava novela de Gunther: Metropolis que, si he de decir la verdad, estoy casi seguro de que no es la treceava (o la siguiente a la doceava) si no que es algo que han sacado de un cajón para hacer caja. A ver, no me mal interpretéis, no es una mala novela, pero tampoco es tan buena como debería ser y el hecho de que la acción transcurra antes de la de las primeras novelas de la serie pues da que pensar. El personaje, naturalmente, no es tan cínico, tan de novela negra, como llegara a serlo o casi diría como empieza siéndolo en la trilogía berlinesa ya que aún no le han pasado tantas cosas, hablamos de su primer caso como policía y el personaje pues no es tan el mismo. Con todo, la historia se sostiene y a lo largo de la misma hay reflexiones interesantes como “the law’s still a set menú in this city, Angerstein. You don’t get to pick and choose that you’ll have and what you won’t” que quien mas, quien menos, todos olvidamos a la hora de pensar en nuestros derechos, pero olvidamos nuestros deberes, o solo queremos cumplir parte de las leyes (normalmente las que nos benefician) y que los demás también cumplan las que nos benefician.

Me resulta imposible no citar la reflexión sobre el Berlín de entre guerras (o entre Weimar y el nazismo) que creo por su parecido con nuestra situación actual (o mas bien con la de la del Madrid de los años ochenta, esta es mi refelxion sesuda de hoy, que, ya, si eso, pues desarrollo otro dia): “I think we’re always going to be facing a crisis of one kind or another. Might as well get used to that. It’s indecision that’s more likely to cause our crises. Governments that can’t get anything done. With no clear majority, I’m not sure this new one will be any different. Right now our biggest problem looks like democracy itself. What use is it when it can’t deliver a viable government? It’s the paradox of our times and sometimes I worry that we will get tired of it before it can sort itself out.” Una preocupante paradoja.

Si me sorprendió que hubiera una novela de Connolly de 2018 que no hubiera leído, el que hubiera una de 2019que no me hubiera leído, A Book of Bones, me sorprendió solamente un poco menos, pero me seguía pareciendo inexplicable: si había estado en NYC en enero y no había visto ninguna de las dos en mis visitas a mis librerías de referencia. Me resultaba un poco inexplicable, aunque como explicación más plausible se me ocurre mi negativa a comprar en Barnes&Noble, negativa que incluye incluso el mirar en la propia tienda por razones de maldad empresarial que no viene al caso explicar ahora, combinada con la posibilidad de que el catarro que cogí en mi visita fuera algo más de lo que parecía (si, seguramente coronavirus, ¿porque no?) y estuviera más atontado de lo normal durante mi visita.

En cualquier caso, yo, al igual que Angel ignore este catarro ya que pese a ser “an unusual human being… Where he did not differ from most men was in his distrust of doctors, and his response to virtually any ailment had generally been to ignore it in the expectation that it would eventually get bored and leave his body, or tackle it with the aid of whatever was on special that week at CVS.” Pero a diferencia de él, yo solo tenía un catarro o una enfermedad leve, no como el bueno del amigo Angel que tiene un cáncer diagnosticado y en tratamiento durante esta última novela de la saga (si bien, Connolly advierte que seguirá con Parker y sus inicios en su próxima novela que ya está preparando y que espero no me pase inadvertida)

La novela está bien, para ser el cierre de una saga si bien pues se echa en falta a los personajes gravemente enfermos y como todos los finales pues deja una sensación extraña a medida que la vas leyendo y ves cómo avanza el final irremediablemente. Ya veremos cómo vuelve a antes del principio y como desarrola las relaciones de Parker con los secundarios e incluso el personaje antes de estas novelas. Puede ser prometedor o un desastre, ya veremos.

En cualqueir caso es casi seguro que pese a ser novelas de entretenimiento los lectores aprendamos algunas tonterías como que en Inglaterra, cerca del muro de Adriano, esta Corbridge que “was once a Corstopitum, or Coria, the northernmost outpost of the Roman Empire”, ya sabesi como nuestras Coria, del rio u otras; o que uan de esas extrañas medidas – que varía de medida según el caso – era el codo (cubit) y que “two thousand cubits, Johnston explained, was the distance from the Mount of Olives to Jerusalem and the furthest a Jew was permitted to walk on the Sabbath”.Ya digo, curiosidades o conocimientos inutiles.

El caso es que esta lectura terminaba con mi pedido de libros por internet y las librerías todavía no estaban abiertas. Afortunadamente ya parecía faltar poco, cuestión de días, y yo todavía tenía un préstamo sin intentar leer: Ancillary Justice, así que las cosas no estaban tan mal como parecían, no todo estaba perdido; aunque estaban mal ya que era un libro que no me apetecía demasiado leer, según la contraportada el protagonista (o la protagonista) había sido un barco de guerra y un sistema de inteligencia artificial que ahora había sido castigado a ser un simple humano.

La empecé, ya digo, sin demasiadas ganas y en cuanto abrieron las librerías (sin cita previa) pues la deje sin ningún remordimiento ni mala conciencia. No me estaba interesando pese a que si que había encontrado esta reflexión interesante: “Luxury always comes at someone else’s expense. One of the many advantages of civilization is that one doesn’t generally to see that, if one doesn’t wish. You’re free to enjoy its benefits without troubling your conscience.” Así que puede que esté bien – al fin y al cabo, ha ganado todos los premios de ciencia ficción – pero ahora es el momento de apoyar a mis librerías de referencia, aunque sea difícil por eso de tener que llevar mascarilla y no poder enredar dando vueltas y vueltas a los ejemplares, así que tocaba dejarlo y ponerse con las compras realizadas en la librería Méndez, que ya, si eso, comentaremos el mes que viene.

Lo dicho: divertíos asaltando el castillo (o visitando bares y tiendas de barrio).

Lecturas
Anhiliation – Natalie Portman
The great man – Kate Christensen
The Woman in the Woods – John Connolly
Chicago – David Mamet
Metropolis – Philip Keer
A Book of Bones – John Connolly
Ancillary Justice – Ann Leckie


lunes, 18 de mayo de 2020

Comentario de textos - Abril 2020



Pereza me da empezar a escribir en estos tiempos extraños en los que al parecer estamos en camino hacia un ese oxímoron de la “nueva normalidad” que me chirria incluso más que otros pero que ahora es completamente normal oír a todo el mundo como una realidad, incluso como el objetivo a alcanzar; pereza me da escribir encontrándome en una fase no identificada (probablemente en la fase raíz de 2 menos 1; o en la raíz de pi menos la raíz de e; imposible de saber con una numeración de fases que empieza en cero solo para que la última fase no sea la cuatro, ni tampoco la última, a menos que ya hayamos renunciado a la fase que nos devuelva a la normalidad normal); pereza me da escribir frente a la falta de criterio numérico de la mayoría de los tertulianos que veo en los telediarios o leo en los periódicos, esos nombrados expertos en disciplinas que no son las que practican pero de las que opinan como auténticos poseedores de la verdad absoluta,  e incluso, me temo, en los expertos secretos del gobierno, que se reúnen en unos comités en los que solo ellos pueden evaluar criterios objetivos que no pueden comentarnos pero que en palabras de su líder supremo son, pese a todo, públicos y fácilmente verificables por la ciudadanía, conformando un panel de mandos objetivo que misteriosamente incluye criterios subjetivos; pereza frente a la falta de noticias ajenas a la enfermedad que hemos dejado que cambie nuestra forma de vida, no ya temporalmente sino parece que para siempre.

Tengo tanta pereza, tanta desfisia diría por usar una palabra familiar (probablemente solo de mi familia), que me ya ni me apetece ponerme a reflexionar sobre este cambio de actitud de toda la sociedad que ha pasado de aquel “nadie cambiara nuestra forma de vida” en relación con el terrorismo, fundamentalmente, el terrorismo islámico al actual oxímoron de “pues iremos a una nueva normalidad”, es decir cambiaremos toda nuestra forma de vida por un virus tan ricamente, sin problemas (incluso con algunos sectores que piensan que incluso deberíamos cambiarla todavía más e incluir la mascarilla como parte de los complementos de moda). No, me da pereza plantearme, ni tan siquiera teóricamente, cual sería nuestra reacción, como sociedad digo, si de repente una organización terrorista declarara que ellos son los responsables de la diseminación de este virus ¿volveríamos a nuestra actitud de “no cambiaran nuestra forma de vida” o seguiríamos persiguiendo el oxímoron del cambio de forma de vida, de buscar una nueva normalidad?

Tan desfisioso estoy que no me apetece hacer la matemática necesaria para contaros que en la situación actual (digamos con un cinco por ciento de la población infectada) y con unos test que tienen un porcentaje de falsos negativos y de falsos positivos elevado (del orden del 6% y del 4,5%) el que un test de positivo es solo ligeramente más fiable que decidir que uno está infectado tirando una moneda al aire.

Pero como perdido entre la casi exclusividad de noticias sobre el virus se ha colado la supuesta aprobación de una ley para retirar las matemáticas de las carreras de ciencia y tecnología (majadería más grande no se puede imaginar en situaciones normales, no digamos ya en momentos en los que todo el mundo se ha convertido en experto en geometría y en análisis estadístico o en un mundo cada vez con más presencia digital) creo que igual debería aportar unos cálculos básicos que, como el resto de este post pues podéis saltaros (no, no entrara en el examen final).

Tomemos unas 1000 personas, por facilitar el cálculo que no tiene influencia alguna en el resultado.

Si hay un 5 por ciento de infectados quiere decir que de esas mil personas, 50 están infectadas y 950 no.

Si la tasa de fallo (falsos negativos) sobre los verdaderamente infectados (50) es del 6% - acierta en un 94% de los casos – se medirán 47 positivos en este grupo de 50.

Si la tasa de fallo sobre los no infectados (950) es del 4,5% - acierta en un 95,4% de los casos – quiere decir que dará positivo en 43 ocasiones.

Es decir que los test hechos a esas mil personas darán un resultado de 90 infectados de los cuales 47 estarán realmente infectados y 43 serán falsos positivos.

Así que si tu test da positivo pues tu probabilidad de estar realmente infectado es de 47/90, poco más preciso que el resultado de tirar una moneda al aire y que salga cara (podría decir cruz, pero la verdad es que por el diseño de las monedas es ligeramente más probable que salga cara que cruz, muy ligeramente pero más probable en la realidad según algunos investigadores con mucho tiempo libre y con becas, que sea cual sea su importe, son claramente excesivas).

Otra cosa es que significa realmente esta probabilidad que eso ya es de segundo curso o para nota y como esto no entra en el examen, aquí lo dejamos.

Por otra parte 3 personas de esas mil (de los 50 infectados, los 3 no detectados) tendrán un resultado que dice que no tienen la enfermedad cuando realmente la tienen. Esto igual puede ser un problema de contención de la epidemia ya que 3 de cada mil – no, no parece mucho – estarán contagiados, pero con un resultado negativo y por lo tanto razonablemente seguros de que no tienen la enfermedad (ya que el test les ha dicho que no).

Pero por qué preocuparse de estas cosas, de estas pequeñas realidades matemáticas cuando no van a entrar en el examen y de hecho ahora se propone que las matemáticas no sean necesarias para las carreras técnicas y científicas.

Ya digo, al fin y al cabo, las matemáticas no le hacen falta a nadie y nadie las usa realmente en su vida cotidiana (yo sí, pero eso es culpa mía que soy muy, pero muy, rarito y hay días que me da por aplicar el teorema central del límite, o de pensar que, si no se contagia la gente, no se relaciona para contagiarse, pues será imposible que esta resulte contagiada y por lo tanto imposible que se alcance una cierta inmunidad de manada o de grupo por no falta a nadie).

Pero, ya, si eso, pues comentamos de esto otro día, en otro momento, o así a lo loco en la sección de comentarios.

Ahora con las lecturas de este mes confinado, que podrían ser muchas pero que al final no lo son ya que aunque mis creencias personales son las de que no es tan fácil, ni tan preocupante, contagiarse como confinar a toda la sociedad para evitar esto (que, por otra parte, para mí, es casi un objetivo necesario para la vuelta a la normalidad, a la normal, no a la nueva) no me parece justo recurrir al envío a domicilio de productos (si es peligroso para mi salir también lo es para el mensajero y simplemente porque yo pueda pagarlo no creo que deba hacerle correr unos riesgos que yo no corro) pues no he recurrido a comprar libros por la red.

Con mis librerías de referencia cerradas y sin esta posibilidad era el momento de plantearse la relectura de cosas que ya tuviera en casa.

Esto, que en principio parece fácil teniendo en cuenta que en casa hay bastantes libros, resulto ser algo difícil ya que por una parte el año pasado regale gran parte de mi librería a una residencia de ancianos; por otra, parte de mi librería, por razones de espacio, está en casa de Álvaro y Helena (más que de espacio, por la vagancia de trasladarlo); y por otra parte por el funcionamiento errático de mi memoria que, si bien le cuesta recordar si he leído un libro cuando estoy en una librería, al mirar mi librería no tiene prácticamente ninguna duda de que ese libro ya lo he leído e incluso recuerdo bastante del mismo como para no sentirme tentado a releerlo.

Tras enfrentarme a estos problemas durante varios días al final que decidí a coger Yo, Claudio para la primera relectura, casi por desesperación. Estaba seguro de que lo había leído, pero como tenía la duda de si lo había leído antes o después de ver la serie de televisión (que en casa de mis padres era casi obligatoria por ser una de las series favoritas de mi madre) y como solo recordaba las líneas generales pues parecía una buena opción ya que, pese a todo, tenía buen recuerdo de esta lectura. Curiosamente esta vez las intrigas de la Roma de Graves no han conseguido engancharme y puede que por la desfisia de estos días pues no conseguía avanzar en la historia y me he visto obligado a dejarlo a medias. Guardare su relectura para otra época en la que este más centrado ya que sigo creyendo que merece la pena revisar un folletín como este, más sabiendo que gran parte de lo que cuenta es historia (que supongo estarán pensado en quitar de las carreras de letras).



Tras este primer fracaso para conseguir lectura, o relectura de mi librería que incluso en tiempo de pandemia uno sigue siendo un intelectual dedicado a la relectura más que a la lectura, y como yo no he respetado estrictamente el confinamiento pues me puse a investigar la librería de casa de Álvaro y Helena a ver que encontraba para releer. El problema fundamental era el mismo: la mayoría de los libros recordaba haberlos leído e incluso recordaba bastante de ellos como para no plantearme su relectura en estos momentos. Sin embargo, entre ellos apareció Stardust que no estaba seguro de haber leído – tenía el recuerdo de que en su momento no me apeteció nada por ser un cuento demasiado infantil – pero que ahora, tras haber leído más cosas de su autor, si me apetecía leerlo y decidí darle una oportunidad a esta historia infantil, a este cuento de hadas. La verdad es que se lee muy bien, muy rápido y pasas un rato bastante entretenido, algo que no deja de ser el objetivo principal de casi todas las lecturas (o por lo menos de las mías) si bien no es el objetivo de las relecturas que es solo el de presumir.

También aproveche para coger prestado Las uvas de la ira, libro que estaba seguro de que ya había leído, pero del que tampoco recordaba mucho, o mucho más de lo que muestra la película. No diré que es un buen libro – eso es algo sabido por todos ¿no? – ni tampoco diré que es mejor que la película – eso es algo que siempre hay que decir, aunque no siempre sea cierto – pero si diré que leer este melodrama, porque es un auténtico melodrama, siempre es reconfortante (no se bien porque, supongo que por un natural egoísmo de saber lo mal que lo pasan otros y no uno) y a la vez un poco desasosegante (por ese resquicio de conciencia social que todos tenemos y que nos hace sentirnos mal cuando leemos estas cosas). El caso es que, leído ahora, con una mayor división en Estados Unidos entre el campo y la ciudad, con una inmigración (ahora exterior) igual de elevada resulta preocupante ver lo poco, o nada, que algunas cosas han cambiado, o mejor dicho comprobar como algunas cosas siguen siendo iguales solamente con cambios cosméticos. Como la lucha de clases, la igualdad buscada o por lo menos una menor diferencia, siguen estando igual de lejos ahora y, por mucho que haya optimistas irreductibles, probablemente en esa nueva normalidad que se nos avecina.

Afortunadamente antes de ponerme a rebuscar de nuevo en las librerías ya estudiadas recibí la oferta de préstamo de libros de Jorge, el pintor vecino, que amablemente me acerco unos cuantos libros para seguir enfrentándome a este confinamiento, o más bien a la ausencia de librerías abiertas en las que ir a mirar novedades y apetencias.

Su primera recomendación fue My name is Aher Lev, libro completamente desconocido para mí, al igual que su autor, y con una portada verdaderamente fea y de la que no se entiende su relación con la historia pero que según Jorge era un gran libro. La verdad es que preferiría no discrepar con él, y deciros que es un buen libro, incluso que es un libro excelente, pero me resulta muy difícil ya que me ha parecido bastante normalillo, tirando a malo. Puedo entender por qué le gusta a Jorge, el pintor, ya que su protagonista es un pintor (o un wanna-be durante gran parte del libro) y el libro contiene bastantes citas sobre arte, su trascendencia y esas cosas, pero la verdad es que a mí me ha parecido básicamente la historia de un niño mal criado. Un personaje solamente preocupado por el mismo, y por su arte obviamente, que en gran medida olvida el mundo alrededor o solamente hace que gire a su alrededor. Si me ha gustado enterarme de esa razón por la que a los judíos les parece muy mal matar (al parecer especialmente a judíos) y que se explica por aquello de que cada asesinato es realmente un genocidio ya que no solo matas a una persona sino a todas las personas que él pudiera haber sido (algo que ya habia leido, inlcuso en una novela de Rafa).  Con todo, incluida la búsqueda en internet de la portada que me hace creer que es un libro bastante famoso, o por lo menos suficientemente conocido, no puedo estar de acuerdo con Jorge.

Siempre me gusta contar que viví dos años en Colombia, pese a que no tenga ningún recuerdo de estos años, salvo los inventados por ver películas de super-8, fotografías o como resultado de diferentes historias familiares, traumas infantiles (como no saber pronunciar kilometro y cosas similares) o a través de expresiones o palabras que se usan en mi familia pero que son desconocidas para el resto del mundo exterior. Una de estas palabas es tula, que es una especie de bolsa de viaje o de deporte (para mí solamente es aplicable a mis tulas – la grande y la pequeña – que son una de las pocas cosas amarillas que me gustan verdaderamente y que pese a ser ya inútiles para su función – una tiene las asa inutilizadas por efecto del fuego – y a la otra no le funciona la cremallera – siguen siendo una de mis posesiones favoritas, una de esas cosas irrenunciables) así que cuando en El ruido de las cosas al caer se menciona como algo normal la existencia de “unas doce tulas repletas de ladrillos, unos trescientos kilos en total” pues a mí me da un arrebato (similar al que me da con según que música colombiana, algo inexplicable) al enterarme de que por lo menos para los narcotraficantes (los ladrillos lo son de coca) la tula existe, como tal, y mi percepción del libro mejora clara y parcialmente. Con toda mi parcialidad creo que este es un buen libro, sin ser excepcional ni nada parecido, está bien escrito y la historia pues más o menos sostiene el interés. Además, en estos días de incertidumbre provocada este pasaje resulta más aplicable si cabe a mi situación: “Ahora mismo hay una cadena de circunstancias, de errores culpables o de afortunadas decisiones, cuyas consecuencias me esperan a la vuelta de la esquina; y aunque lo sepa, aunque tenga la incómoda certeza de que esas cosas están pasando y me afectaran, no hay manera de que pueda anticiparme a ellas.”

Si, ciertamente así es como me siento. Totalmente impotente ante lo que está por venir, confundido por no poder, o no querer adaptarme, por negarme a aceptar esa nueva normalidad que no creo compatible con mi forma de vivir o de entender la vida. Pero, haremos lo que podamos y trataremos de reparar lo mejor posible lo daños.

En fin, aquí os dejo por hoy y espero que para la próxima ya estemos en una fase diferente de este viaje a un lugar en el que no queremos estar, o incluso que ya estemos de vuelta a donde queremos estar.

Lecturas
Yo, Claudio – Robert Graves
Stardust – Neil Gaiman
Las uvas de la ira – John Steinbeck
My name is Asher Lev – Chaim Potok
El ruido de las cosas al caer – Juan Gabriel Vásquez

lunes, 27 de abril de 2020

Comentario de textos - Marzo 2020


Imagino que estáis pensando que este mes no tengo ninguna excusa para escribir tan tarde, al fin y al cabo, llevamos ya más de un mes “confinados” lo que, en principio, parece que debería proporcionar tiempo más que suficiente para escribir antes de llegar casi a final de mes, de mes vencido por así decir. Pues os equivocáis completamente, yo soy un profesional y siempre, siempre puedo y debo encontrar, por lo menos, una excusa para mis acciones por injustificables o estúpidas que estas sean.

Además, en este caso las excusas son múltiples: empezando por el propio hecho del “confinamiento” que por no ser elegido y decidido por uno pues le sume a uno en un estado de apatía más o menos total del que es difícil salir, y que hace que se requiera más voluntad, o tener algo de lo que escribir para sentarse; pasando por el hecho de que puestos a escribir parece inevitable hablar de la situación actual, algo que resulta difícil de hacer en este momento ya que por muchas palabrotas que uno diga en su vida cotidiana, no es lo mismo decirlas que escribirlas; que al fin y al cabo mis padres gastaron mucho dinero en llevarme a un colegio de pago y no es cuestión de decepcionarles; y terminando por el hecho de que se trata de un confinamiento “expandible a poquitos” (supongo que para no asustar a la población, a los niños de papa estado) pues uno no sabe qué hacer, que tiempo tiene por delante y que actividad empezar, si es que uno quiere empezar alguna durante este periodo.

Excusas, explicaciones siempre hay y si no las hay, uno siempre puede buscarlas y encontrarla; incluso alguien como yo que solo respeta este confinamiento de forma parcial y solamente por imperativo legal como si fuera un independista jurando un cargo estatal.

La verdad es que para mí la razón fundamental para no ponerme a escribir se debe a la necesidad de comentar sobre la situación actual de la que estoy tan cansado, por lo estúpido de la misma, que me resulta sumamente difícil saber por dónde empezar a comentar o hacerlo sin ponerme a insultar a diestro y siniestro. Todo me resulta tan absurdo que se me acumulan las cosas, las estupideces, los cinismos, las falsedades que comentar.

Supongo que en este caso lo mejor sería empezar por el principio, aunque sea casi imposible encontrar el principio de esta historia. ¿Cuál es el principio?

Es posible empezar la historia en China con los primeros casos “informados” (y hablar de la escasa capacidad de intervención de esas autoridades internacionales, la OMS en este caso, para ejercer un cierto control sobre esta, ahora pandemia) o puede empezarse mucho antes con los casos que, al parecer, existían con anterioridad a las fechas “oficiales”. Ahora parece que todo el mundo está de acuerdo en que los casos empezaron mucho antes, ahora parece que ya en enero había casos en NYC, lo que me permitiría empezar por mis sospechas de haber pasado esta enfermedad en NYC en mi última visita, ultiam por ahora y, me temo, por bastante tiempo, aunque debido a que yo a) yo no tengo termómetro (ni siquiera en mi casa, mucho menos cuando viajo) no puedo confirmar que tuviera fiebre durante mi enfermedad en NYC; b) como fumador activo que soy, para mí no es tan raro que un catarro me dé con tos seca y c) posiblemente por esta misma cualidad activa (una de las pocas cualidades activas que tengo) pues mi sentido del olfato y del gusto tampoco es que sea gran cosa, así que me resulta imposible decir si he tenido los síntomas necesarios, que todo dicho son especialmente vagos y difusos por no hablar de que, al parecer ahora, uno puede haber tenido la enfermedad, esta enfermedad que al parecer tanto nos preocupa,  sin tener ningún síntoma (de hecho ya se habla de que en NYC puede que más del 30% de la población ya haya pasado la enfermedad de forma asintomática, es decir sin enterarse. Algo que no deja de ser raro para una enfermedad que nos estamos esforzando porque cambie nuestra forma de vivir).

Pero también podría empezarse la historia mucho antes y plantearse si no sería necesario obligar a nuestros políticos y a nuestros científicos a leer más o ir mas al cine (dos ámbitos en los que la posibilidad de una pandemia de este estilo – bueno, por razones de dramatismo artístico, en general mucho peor – ha sido contada mil veces) o tal vez incluso bastara con que en lugar de ir al cine se leyeran los informes que ellos mismos encargan (al parecer prácticamente todos los organismos oficiales – de casi todos los países y a casi todos los niveles- tenían encima de sus mesas informes indicando no solo que esto podía pasar si no que seguramente volvería a pasar (al fin y al cabo ya habíamos sufrido varias similares, pero con la principal diferencia de estar acotadas a esos otros mundos que pese a estar en el nuestro preferimos no recordar que existen) y que en caso de que pasara, cuando pasara más bien, nuestra preparación para afrontarla no es que fuera deficiente, es que era inexistente. Pero si hasta el tontorrón de Bill-Puertas ya había dado conferencias en las que (para escurrir el bulto de los efectos de los posibles virus informáticos) indicaba que era mucho más posible la existencia de un escenario con un virus letal físico y lo poco preparados que estábamos. Tal vez la historia podría empezar por aquí, de que sirve pedir informes para ignorarlos, leer o ir al cine para no enterarse y no reflexionar un poquito (y digo esto sin considerar necesario hacer un cine fórum de las películas basadas en novelas de Chrichton, por poner un ejemplo).

Obviamente se puede empezar la historia en otro sitio, especialmente si uno es aficionado a las teorías conspiranoicas y buscarse un laboratorio secreto en una base naval americana desde la que el virus se distribuye al mundo para desestabilizar economías, o buscarse un laboratorio en Wuhan desde el que – por incompetencia de los chinos, a diferencia de la simple maldad de la teoría anterior – el virus es liberado con efectos devastadores, u otros muchos inicios. Pero como yo personalmente soy partidario de la teoría del maya disléxico que apunta a un error de transcripción en la fecha del fin del mundo, que quedaría prevista para el año que viene, eso me parece retrotraerme mucho en el tiempo.

Y si la historia se puede empezar en muchas partes pues obviamente se puede centrar en muchas cosas: ¿hablamos del lenguaje belicista de nuestro “comité de comunicación” gubernamental, parecido en su lenguaje y analogía bélica al de otros países, pero con mejores chascarrillos como ese “en la guerra todos los días son lunes”?

Supongo que sería mejor no entrar en esto, ya que de hacerlo sería necesaria recordarles que no parece que esto sea una “guerra” que vayamos a ganar en ningún caso: incluso cuando el virus – como cualquier gripe – desaparezca no habremos ganado ya que todo parece indicar que el virus – o las fuerzas ocultas que lo han creado – habrá conseguido cambiar nuestra forma de vida de maneras que ninguno deseamos incluyendo un distanciamiento social  (que no deja de ser una brecha en la sociedad), una posibilidad cada vez más cierta control y censura estatal (si incluso se habla de un pasaporte sanitario, inmunológico; cuando aún no se sabe si los que han sido infectados son realmente inmunes) e incluso vecinal (basta fijarse en esos comités de acusadores de balcón que proliferan hoy en día) y una subversión del contrato social dando más poder a las grandes corporaciones sobre el individuo (con esa casi obligatoriedad del pago con tarjeta, de compras por la red, en general de cosas que dejan una traza que puede ser analizada para clasificar a las personas) que habrán dejado un reguero de pobreza y sufrimiento social aumentando esa brecha social entre los que tienen rentas por su trabajo y los que tienen rentas de propiedades, y si, no me olvido (aunque no me parezca tan relevante como a otras personas) el virus habrá dejado un número significativo de muertes.

Pero si quisiéramos entran en la analogía bélica, creo que sería más sincero aclarar que esta es seria una guerra en la que estamos luchando realmente mal, casi de la peor forma posible: sin equipamiento o con un equipamiento que desconocemos si es el adecuado, sin información del enemigo y rodeado de quintacolumnistas. No sé, igual esta es la mejor forma de luchar en una guerra moderna – que sabré yo, que ni siquiera he hecho la mili (como varios de los ministros de defensa de previos gobiernos de este país – pero así, a priori, más parece que estemos pelando al azar que de forma ordenada.

Al fin y al cabo parece que no solo estamos enviando a las tropas sin pertrechos (si bien, creo necesario señalar que parece que nuestras tropas necesitas, casi quieren, mas pertrechos de los que son necesarios y todos quieren llevar desde su rifle reglamentario hasta un lanzallamas o un cuchillo Bowie de supervivencia), si no que ni siquiera nos habíamos preocupado de adquirir los pertrechos básicos por si esto ocurría. Ya sabéis, la típica guerra en la que uno no se plantea que igual tiene que mandar médicos al frente para intentar salvar a los heridos (en este caso contar con un sistema sanitario que pudiera hacer frente a esta incidencia).

Igual de lamentable es que tenemos la osadía de pensar que vamos a ganar sin tener un sistema de información básico (lo que en una analogía bélica sería un servicio de espionaje) que nos permita definir los movimientos, las fortalezas y las debilidades de las tropas enemigas. Parece que hemos (los estados, casi en masa salvo algunas excepciones que merecerían mi aplauso por hacerse los suecos) decidido que basta con esconderse en una cueva mientras inventamos una bomba atómica (una vacuna) para acabar la guerra. Se trata solo de atrincherarse y resistir, de resistir como podamos con cualquier sacrificio, hasta que una corporación nos de la herramienta definitiva y entonces, asumiendo que podamos pagarla la usaremos y volveremos a nuestra vida normal o ya no tan normal. Porque pese a que cada vez parece más claro que todo el tema del confinamiento tiene como objetivo el colapso de nuestro sistema sanitario más que el de la propia lucha contra la enfermedad estoy casi seguro de que no lo reforzaremos en la medida de lo requerido una vez pase esto.

Sí, es verdad que gran parte de la comunidad científica está volcada en buscar el arma definitiva, envuelta en un supuesto clima de cooperación cuyo único objetivo es ser los primeros para acceder a los beneficios de su venta y mientras tanto… mientras tanto, pues desconocemos todo sobre ese enemigo.

¿Cómo se transmite, cuanto contacto es necesario, como nos protegemos de sus ataques? Esta información, básica en cualquier campaña bélica, como no reportara dinero a la industria pues la ignoramos, de hecho, como el ignorarla reportara más dinero a ciertas industrias pues mejor que mejor y nos ponemos a jugar al juego de las sillas creando confusión.

Así se nos dice, se nos obliga (por ley o socialmente) a llevar mascarillas y ponernos guantes cuando desconocemos si el virus se transmite por los aerosoles en cuyo las mascarillas podrían tener algún sentido en algunos casos (no, no las que nos hemos inventado ahora – las higiénicas - para poder producirlas y proporcionar a todas esas personas tan interesadas por mostrar su participación en la lucha un acto que les permita demostrar su compromiso en público aunque toda la comunidad científica sepa que no sirven para nada), o si  el virus se transmite por gotas mayores (no os diré su nombre técnico, que lo tienen y es divertido) que están sometidas a la ley de la gravedad (combinada con la ley de Stockes y la de Newton, para los puristas de la física) hasta que se depositan en las superficies desde las cuales el siguiente podría cogerlas, en cuyo caso los guantes podrían tener algún sentido, pero no las mascarillas (excepto para los más bajitos a los que podría llegarle las gotas de los altos).

Tampoco parece necesario estudiar, ya que no hay dinero para ganar en este estudio, cuanto permanecen estas gotas o aerosoles en las superficies o en el aire (respectivamente) y por lo tanto cuales son los riesgos de tocar algo después de que este objeto haya quedado contaminado, o como de seguro es pasar por donde alguien ha estornudado al cabo de diez minutos.

No, en lugar de esto nos inventamos una norma de distancia social que cada vez vamos aumentando (empezamos en un metro que parece una distancia razonable para los típicos perdigones de hablar que ya hemos aumentado a dos metros por los estornudos y que hay gente que quiere aumentar más ya que al fin y al cabo hay expertos en lanzamiento de huesos de aceitunas que llegan a casi la decena de metros) pero que es una distancia estática ya que el pasar por el mismo sitio cinco segundos después de un estornudo, al parecer, no supone ningún riesgo, siempre que hayamos estado a más de dos metros del estornudo (algo que en el caso de aerosoles pues parece difícil de creer).

De verdad que no puedo con tanta tontería, no, no estudiemos las fortalezas y debilidades del virus, sus vías de ataque, las concentraciones necesarias, lo que esto significan.

Que decir de la lucha contra los quintacolumnistas, esos que difunden falsos rumores o invenciones sobre la fuerza de ese enemigo invisible (que es seguro que ignora que es nuestro enemigo y que es invisible; seguramente a su escala él podría, si pudiera, considerarse visible) y que desgraciadamente parecen estar infiltrados entre los asesores del gobierno. Me encantaría conocer a quién se la ha ocurrido la majadería de que lo mejor es estornudarse en la parte interior del codo, conocerle y ver si alguna vez pasea al lado de su abuela, o de cualquier persona mayor, que lo primero que hará es colgarse de su brazo apoyando sus cariñosas y ancianas manos en esa zona. Sí, es la mejor de las ideas, mucho más que digamos ponerse la mano delante al estornudar, o tal vez, y solo tal vez, estornudar apuntando hacia el suelo y con toda la fuerza posible para conseguir que el enemigo invisible se quede arrastrado en el suelo de la calle que al fin y al cabo no solemos tocar.

Puede que si exista cierta lucha cuando todos comentamos, nos sorprendemos y escandalizamos ante las ocurrencias de “Mr. T.” y su comité unipersonal de expertos (del nuestro, nuestro comité de expertos, que debe de ser secreto por razones de inteligencia militar para no ser atacado por el virus algo que no está funcionando bien ya que de los cinco primeros portavoces del comité comunicación, el virus ya ha localizado y atacado a casi todos pues prefiero no comentar). Pero, ya digo, poco o ninguna ya que los grupos de cuñados siguen a la orden del día, apoyados por unos medios de comunicación que solo hablan de esto consultando cada vez a expertos con especialidades más cripticas y más alejadas de lo necesario que parecen decir cosas que parecen elegir al azar, sin ninguna reflexión o base, pero que son tomadas como ciertas por el siguiente medio de comunicación como una verdad comprobada y, sobre todo, apoyadas por un gobierno dedicado a hacer spoilers de sus propuestas de ley. Spoilers gubernamentales que obviamente son dados por verdad por todo el mundo, aunque luego las escenas, o temas, a los que se refieren estos spoilers desaparezcan del montaje final (de la ley publicada) y dedicado a tergiversar las cifras para su beneficio, especialmente las de su apoyo económico que no me atrevo a clasificar de insuficiente porque no quiero ser tachado de estar a favor del gobierno al ser insuficiente un adjetivo generoso en este contexto.

Pues sí, en esta guerra henos decidido que nos basta con hacer gestos estúpidos como mantenernos separados unos de otros en la calle (incluso aquellas personas que conviven y que probablemente hayan estado abrazándose, o haciendo solo Dios sabe que en la intimidad de sus hogares); si, basta con ir separados, aunque nos movamos, ponernos unos medios de protección que no sabemos si nos protegen o de qué, y que parece que mal usados (algo que parece más habitual de lo que uno podría sospechar si consideramos que el SUMMA – el servicio de emergencias del ayuntamiento – lleva a un hombre limpio, cuya única función es la de recordarles al resto de los miembros como y que deben de ponerse en cada momento; o si miramos las estadísticas de contagiados de la Unidad Militar de Emergencias o, si , lo siento, de los sanitarios, incluso cuando estos si tienen mas riesgo que la UME o el SUMMA, por aquello de la proximidad a casos infectados) pueden hacer más daño que bien, mantenernos en una incertidumbre global sobre lo que sucederá en las próximas semanas, o meses, rellenos de frases peligrosamente vacías (eslóganes increíbles sacados de malas películas: “no dejaremos que nadie se quede atrás”, “juntos venceremos” o similares.), con eso nos basta.

Con eso y con esperar el arma definitiva confiando en que tendremos el dinero para fabricarla y que llegue a todo el mundo (algo que parece técnicamente inviable, considerando que las armas definitivas contra otros enemigos conocimos, pe.e malaria pues no han llegado a todos  salvo al primer mundo).

Mientras tanto atrincherémonos, cambiemos toda nuestra forma de vivir, pero llevemos una camiseta de “Keep Calm and Carry On”.

Una gran forma de librar una guerra, de ganarla (quiera decir eso lo que quiera decir en este caso): sin pertrechos, sin información y rodeados de quintacolumnistas; solo con buenas palabras. Pues vale, lo dicho a ganar, “oooheee, ohhhheee” (o como se vocalice este canto de victoria) y a prepararnos para el partido de vuelta.

En fin, por esto no quería ponerme a escribir, que me caliento y se me va de las manos. Incluso habiendo dejado fuera cientos de cosas que me resultan incomprensibles de esta situación ya que ha quedado un post demasiado largo.

Así que, a los libros, ya, si eso, seguimos charlando sobre esto en otra ocasión o incluso sobre otros países como Suecia o de que como vamos a salir de esta (si, vale, con mucha precaución, pero ¿Cómo? Si lo que hay que conseguir es la inmunidad de grupo – de rebaño que se dice ahora en parte por traducción del inglés y en parte porque sí, porque somos, para algunos, un rebaño – y no salimos a contagiarnos… no sé, parece difícil); si, también podríamos hablar de la saturación del sistema sanitario y de esos “héroes dormidos al volante, héroes al frente de sus tanques” que cantaba Glutamato y a los que al parecer es socialmente necesario aplaudir todos los días, solamente por hacer su trabajo.

Pero, ya, si eso, pues otro día… ahora a las lecturas… que son pocas.

Lo que sembramos es una novela sobre una saga familiar que se supone retrata (siempre según la contraportada) la colisión entre la raza, el género y la clase en la américa moderna. A ver, que no seré yo quien diga que no hace eso, vete tú a saber, pero el caso es que si lo hace a mí no me ha dejado ninguna huella especial. De hecho, ahora mismo sería incapaz de hacer un resumen de lo que pasa en la novela, de destacar algún personaje interesante y realmente me tengo que conformar con decir que no entiendo porque (tal vez por no saber describirlo adecuadamente) o para que (para rellenar espacio tal vez) tiene que incluir unas pequeñísimas fotografías que no aportan gran cosa a la novela. Se deja leer, sin demasiado esfuerzo, pero no aporta nada salvo alguna pequeña cosa puntual como “… hablaba de su exmujer. De cuanto la odiaba. Y de cuan triste seria el futuro sin aquel odio que había llegado a sentarle tan a medida como un abrigo viejo”. No voy a dar nombres, pero creo que todo conocemos por lo menos a alguna pareja cuya relación está sustentada en un ocio similar y que no sabría que hacer sin ese odio.

Otra cosa que me ha sorprendido ha sido algunas decisiones del traductor (no, no voy a añadir o traductora ya que he comprobado que, al menos de nombre, se trata de un hombre) como la de decidir traducir M&Ms (estoy casi seguro) por Lacasitos (que seguro no era la marca comercial original). La verdad es que no se si estoy de acuerdo con esta traducción, que obviamente acerca el texto al público español de cierta edad, a costa de añadir una cierta incredulidad en el lector aficionado a los M&Ms (que sí, que es mi caso).

Mi siguiente lectura Un plan sangriento es un falso true crime, concepto que resulta mucho más tentador que un true crime para alguien como yo que tiene serias dudas de que exista algo así como la verdad (no ya con mayúsculas, sino incluso con minúsculas; ni tan siguiera en cosas tan, en principio, poco dudosas como las ciencias o en las matemáticas. Todo depende de la visión de cada uno y/o de los axiomas en los que uno decida creer). El hecho de elegir como nombre del protagonista el del propio autor pues le añade un toque de credibilidad que se complementa muy bien con la parte claramente narrativa con las partes más oficiales (informes de testigos, médicos, actas del juicio). Todo, los varios asesinatos, pasan en las tierras altas de Escocia (iba a escribir las Highlands o incluso en la Escocia vaciada para hacerme el moderno). Es la típica historia de caciques y campesinos, más de campesinos en la que las rencillas pues acaban en una especie de Puerto Urraco pero con escoceses y sin incitaciones al asesinato. De hecho, el interrogatorio en el juicio al padre del asesino es una de mis partes favoritas cuando el abogado quiere que le cuente más cosas sobre su hijo y le pregunta cosas como “¿describiría usted a su hijo como una persona violenta?” algo a lo que el padre contesta sencillamente “Nunca he tenido motivos para describirlo”. Esto dentro de un interrogatorio en el que obviamente responde que si, que le pegaba o que en general no había nunca pensado mucho en cosas como el futuro. Al fin y al cabo, como dice en otra parte de la novela el hijo a respuesta de su maestro de escuela:” … me pregunto qué planes tenia para el futuro. Era una pregunta que ninguna persona de nuestros pagos plantearía jamás. Hacer planes suponía una ofensa contra la providencia”. No me atrevo a decir que refleje la realidad de una época, al fin y al cabo, es un falso true crime, pero desde luego a mí me resulta totalmente creíble, puede que más que si fuera de verdad.

Aquí he de hacer un breve interludio solamente para daros envidia y confesar que ya he leído, no uno si no dos borradores de la nueva novela de Rafa, que antes del estallido de la pandemia estaba en espera de ser publicada en mayo pero que posiblemente se retrasara. No puedo decir nada mas ya que me reservo mis comentarios para la lectura de la obra editada formalmente pero ya sabéis: dentro de poco deberéis comprarla si es que queréis disfrutar de una buena novela (que lo es, pero ya he dicho demasiado sobre ella).

Las novelas sobre jóvenes católicos ingleses son, creo yo, un género en sí mismo como el de las novelas sobre universitarios y universidades (habiendo bastaste intersección entre ambos géneros) y además son un género que me interesa mucho (Al fin y al cabo, yo crecí con el tipo de educación laica española que es fundamentalmente católica sin curas) así que Almas y cuerpos era una elección obvia, incluso inevitable. A mí me ha gustado bastante, pero soy consciente de mi favoritismo hacia este género, que me encanta enterarme de que “la sodomía aparecía en el catecismo básico como uno de los ‘cuatro pecados que claman al cielo’”, algo que si bien puede explicar el rechazo del grueso de los católicos hacia la homosexualidad hace más inexplicable la afición a practicarla unida a delitos de abuso de menores de un cierto porcentaje de curas católicos y de no curas, pero católicos. Aunque lo que de vedad me gusta más es saber que de verdad (quiero creer) existe (o existía) un grupo de pecados que “claman al cielo”, es algo que me encanta. Que encima “los otros tres, por si alguien tiene curiosidad, son el asesinato deliberado, la opresión de los pobres y la privación de su salario a los trabajadores” ya me fascina. Si, ciertamente inexplicable lo de los últimos dos, no que clamen al cielo (que me parece que no puede ser menos) si no lo practicados que son por gran parte de los denominados católicos y, sobretodo, lo consentidos por diría la totalidad de las autoridades eclesiásticas y casi diría no eclesiásticas. Esto es algo que clama al cielo.

Si eso es divertido, casi lo es más descubrir que existe algo denominado “conciencia escatológica” y que escatológica no se refiere a lo que todo buen valenciano cree y practica si no que “escatológica, otra palabra de lo más útil, relativa a las cuatro cosas ultimas: la muerte, el juicio el cielo y el infierno”. Siempre es apasionante educarse un poco y llenar, aunque sea mínimamente, esa incultura enciclopédica que uno tiene y encima cree no tener (ya que yo tenía claro lo que era la escatología hasta ahora). Tanto es así, de enciclopédica mi incultura de mis conocimientos, que seguía teniendo dudas de que al fin y acabo no estuviéramos hablando de pedos y similares y tan solo se tratara de una mala traducción por lo que he consultado el Roca-Barcia (ese Primer Diccionario General Etimológico de la Lengua Española de 1880-1881 que tanto lustre da a mi hogar) y que recoge escatología como “Doctrina de las cosas que deben suceder en la consecución de los siglos, o fin del mundo”. Fascinante, realmente fascinante y nada que ver con el caca-culo-pedo-pis que estaba, y sigue, en mi cerebro asociado a la escatología. Tendré que preguntar cómo se ha pasado de un significado al otro ya que es un salto muy grande.

El libro además está lleno de otras grandes frases aplicables a la juventud (católica e inglesa en este caso, pero no exclusivamente) “El más allá figura en sus pensamientos como una especie de jubilación: se trata de algo para lo que hay que estar asegurado, pero no es un asunto al que uno le de muchas vueltas al principio de su carrera”; e incluso consejos para escritores que, como lector de escasa memoria, suscribo: “resulta excesivo presenta a diez personajes al mismo tiempo” ya que, por lo menos yo, tiendo a perderme si se me presentan todos los personajes a la vez.

Fue a mitad de esta lectura cuando se empezó a hablar de decretar el estado de alarma si bien era el momento en que no estaba claro que era esto o cuando, de empezar, empezaría; por lo que no me di suficiente prisa en ir a visitar a mi librería de referencia capitalina, que os recuerdo para cuando se acabe esta situación es la Liberia Méndez en la calle Mayor para que paséis a visitar a los hermanos (que posiblemente no lo sean) y comprar los libros que no habéis podido comprar este tiempo o incluso alguno más ya que seguramente andarán muy apretados y nos necesitaran a todos. Eso sí, sin olvidar que, si decidís salir al campo (los aficionados a esto) elegid Cercedilla para vuestra primera salida y visitar a mi hermano en la Librería Fuenfria que, si bien es posible que aún no tenga ejemplares de su nueva novela necesitara el apoyo de todos. O, si lo preferís y lo consideráis excluyente, visitar vuestras librerías de referencia, pero por favor no os acostumbréis a comprar a multinacionales o por la red por mucho más baratas y cómodas que os hayan parecido durante este extraño periodo, o, al menos, compaginar ambos tipos de compra. 

Y después de esta pausa publicitaria….volvemos con la programación habitual…

Por suerte, todavía tenía reservado, sin leer, un libro de mi última compra en NYC. En honor a la verdad no lo tenía reservado si no que no había sido capaz de avanzar hasta acabármelo; lo había empezado pero la verdad es que no había conseguido avanzar mucho, tal vez cuarenta páginas de cerca de mil páginas. Así que allí estaba Ducks, Newburyport esperando su segunda oportunidad para apasionarme, o cuando menos entretenerme, durante una pandemia. Pero no, no es El Decamerón, ese libro con las historias que unos nobles se cuentan cuando – insolidariamente – deciden marcharse de la ciudad a su casa de campo durante la peste negra (u otra peste) y que por cierto igual no me importaría releer (aunque para mi sea más una primera lectura ya que no recuerdo nada). Tampoco es Palinuro de Méjico, al que creo que el autor (la autora en este caso, confirmado) pretende en cierta medida imitar (en mi humilde opinión) y en lo que fracaso completamente (según mi opinión normal, no la humilde). La única gracia que parece tener es el hecho de estar escrito casi sin signos de puntuación, pero ni siquiera en estas circunstancias adversas he conseguido pasar de la página doscientos o doscientos y poco. Igual vosotros tenéis más suerte.

Hoy no os digo que os divirtáis asaltando el castillo ya que de momento ni eso se puede; bueno, o no podemos la mayoría que no tenemos un castillo en el patio o en el salón de casa y a los que nos resulta más fácil solidarizarnos con los niños confinados que a nuestras novelescas infantas, o princesas; como se diga.

Lecturas
Lo que sembramos– Regina Porter
Un plan sangriento. El caso Roderick Macrae – Gramee Macrae Burnet
Almas y Cuerpos – David Lodge
Ducks, Newburyport – Lucy Ellmann