lunes, 27 de septiembre de 2021

Comentario de textos Agosto 2021

Extrañamente estoy empezando a escribir esto en la mañana de un lunes. Sí, debería estar trabajando en lugar de dedicado a estos menesteres, pero… se ya ha pasado el último fin de semana del mes siguiente a mis lecturas; así de mal de tiempo voy.  ¿Cómo es que voy tan mal de tiempo? Pues la verdad es que ni idea, imagino que es tan solo por pequeñas cosas que me van entreteniendo ¿Qué cosas? Pues anda que no queréis detalles, ni idea… pequeñas cosas que se suman unas a otras, o tal vez solo sea mi pereza característica. Pereza reforzada por el hecho de que cada ve entiendo menos el mundo que me rodea.

La verdad es que me gustaría haber escrito antes, no para hablar de Afganistán (como todo el mundo ha hecho este mes, hasta el volcán de canarias, cuando ya ha quedado relegado otra vez al olvido) o de lo que sube el precio de la energía (sin entrar en sus causas), sino para hablar de cosas mías (de las taras incomprensibles de algunos amigos, de que ahora ya pasada, holgadamente, la cincuentena, todavía algunos estén con problemas de patio de colegio; aunque seguramente tampoco hablaría de esto ya que es muy difícil hablar sin nombres y más peliagudo incluso es proporcionar los nombres reales. Eso ya convertiría todo en un patio de colegio y no es la idea).

No, lo de Afganistán pues siendo la gran tragedia que es, es algo que no me apetece comentar porque, en cierta medida – que los retrógrados den pasos hacia atrás – era previsible y la única “sorpresa” es que realmente veinte años no hayan servido para cambiar la mentalidad de un pueblo ¿Quién iba a decir que en menos de una generación las cosas pueden cambiar y una parte de la especie evolucionar? ¿Quién, me pregunto (retóricamente, por si alguno tiene duda))? No, lo que, si me tiene muy preocupado, por su falta de repercusión y por su impacto, es Texas… estos, también retrógrados, pero parte de una democracia teóricamente avanzada, estos sí que me preocupan. Me preocupa mucho que se apruebe una ley que permite llevar armas sin ningún tipo de permiso (siempre y cuando las lleves a la vista, que, para llevarlas ocultas, al parecer, si se necesita un permiso administrativo) y solo puedo pensar que si aquí se permitiera algo parecido pues en breve sí que tendríamos una pandemia que diezmaría la población. Y con lo preocupante que una noticia así puede ser, resulta que van y aprueban una ley anti-aborto que limita las posibilidades de abortar a “cuando técnicamente puede oírse el latido”, lo que al parecer medicamente es en el entorno de seis semanas (plazo en el que puede que ni los implicados sepan lo que ha pasado) y eso incluso en caso de violaciones, menores o abusos. Pero es que no solo es esto, sino que se aprueban recompensas para cualquiera que denuncie un caso y castigos para cualquiera que colabore, entendiendo como colaboración casi cualquier cosa (por ejemplo, pueden acusar a un taxista de colaborar si lleva a una embarazada – de menos de seis semanas – a una clínica abortista) y pueden darle una recompensa económica a quien denuncia a este taxista. Esto sí que me parece escalofriante. Vale, no será peor que lo que va a pasar en Afganistán, pero es que estamos hablando de Texas, estamos hablando de un sitio en el que se supone hay gente normal, de gente que debería entender que una ley del aborto no es para promover el aborto, que nadie quiere eso, que nadie aborta porque si, que el aborto es un trauma para todos los implicados. No lo sé, la verdad es que, como decía, cada vez entiendo menos el mundo que me rodea (sí, soy así y creo que Texas forma parte del mundo que me rodea; de Afganistán ya no estoy tan seguro, tan seguro de que forme parte del mundo que me rodea, digo).

En cualquier caso, paso a comentar mis lecturas que agosto es un mes de verano en el que pase tiempo en Piles por lo que tengo tarea por delante (aunque como deje bastantes libros en Piles, pues tampoco tanta ya que sin tenerlos delante los recuerdo, todavía, peor por increíble o imposible que pueda parecer).

El principio de mes me pillo en Piles, con todas mis lecturas agotadas, así que mi primera lectura fue Sangre Turbia que Alvaro y Helena aportaron tras una visita a Gandía y que tenía una pinta entre decente y dudosa, vamos el típico Best-Seller de verano, lo suficientemente largo como para pasar unos días leyendo y lo suficientemente bien escrito como para leerlo con gusto, pero no lo suficientemente bien como para disfrutarlo. La verdad es que si me ha gustado la descripción de si misma de la protagonista “había quedado seducida por la idea de convertirse, a los treinta años, en una mujer sofisticada completamente distinta de la boba jovencita demasiado corta para darse cuenta de que, entre lo que su marido decía que le encantaba y lo que en realidad le gustaba llevarse a la cama, había tanto parecido como entre un higo y una granada de mano” (que así, sin pensarlo mucho diría que es incluso menos que entre un huevo y una castaña).

Aunque no sea relevante en ningún sentido (salvo para todos los que tenemos prejuicios, es decir, todos) es inevitable mencionar que esta serie (si, ya nadie escribe una sola novela, todo el mundo escribe series) está escrita por la autora de Harry Potter y no deja de sorprenderme el nivel intelectual (bajo, o muy bajo) que asocia a su protagonista femenina la cual considera una tarea titánica una “que venía a ser como resolver una ecuación lineal especialmente difícil. Se pasó cerca de cuarenta minutos…” ¿una ecuación lineal, en serio, cuarenta minutos? En fin, casualmente este mismo mes he leído otra novela (ya llegaremos), está escrita por un hombre en el que las protagonistas femeninas son capaces de resolver la trayectoria de un misil balístico solo con la ayuda de una “regla de cálculo y un libro de logaritmos” en menos tiempo. Pero no quiero hacer comparaciones ni profundizar en el tema del machismo femenino, que se alargaría mucho esta entrada.

Si en verano hay que leer best-sellers también hay que leer novelas de esas muy simples y divertidas, así que no se si consciente o inconscientemente la otra aportación de Alvaro y Helena fue Transbordo en Moscú que es exactamente eso, un divertimento, una novela que intenta mantenerte con una sonrisa durante toda la lectura, ya sea recurriendo a chistes clásicos, como el de que cuenta un Guardia civil en Ibiza “En esta isla hay un solo cabo y muchos golfos” o más rebuscados como el de San Estanislao de Kotska que como parte de su camino hacia la santidad “se quedó paralitico de todos los miembros. Menos del viril, porque en ese no manda Dios, si no el demonio. Estanislao lo soporto con entereza y hasta con alegría y murió en olor de santidad”.

Pero es que además de sus chistes, y de sus personajes creíbles en su esperpento, tiene reflexiones muy acertadas como “lo mejor de Barcelona son los interiores: la luz a través de las persianas, el olor de las cocinas. Somos un país de mercaderes: lo bueno se queda en casa y al forastero le vendemos las apariencias” dos afirmaciones con las que estoy de acuerdo: Barcelona no tiene nada en sus exteriores y si, somos un país de mercaderes (por lo menos, o más que ninguno, los levantinos); o sus curiosidades léxicas como “sufrí un episodio de lo que ahora llaman depresión y en mis tiempos llamábamos acedia” que por mucho que suene a nombre de planta o a pescado es un estado espiritual en el que resulta muy fácil caer y al que, al menos yo, tengo cierta tendencia, ya sabéis apatía, tedio, aburrimiento, abatimiento, un “estado de inquietud e incapacidad para trabajar u orar” (según The Concise Oxford Dcitionary of he Chrsitian Church; o eso dice Wikipedia); a la telegráfica historia de Sor Sonrisa, esa monja belga precursora de otras cantantes con temas pegadizo que “Al cabo de poco se eclipso su fama, ella colgó los hábitos, se emparejo con otra mujer y acabó suicidándose en 1985” ya que el “mundillo de la música moderna es una cueva de drogotas. De ahí no se salva nadie. Ni siquiera la Hermana Sonrisa”.

Pues eso, una gran lectura veraniega, o de entretiempo.

Mis obligaciones laborales- escasas – hicieron que fuera necesario que volviera a Madrid por lo que para el tren de vuelta era hora de comprar algún libro y pese a cogerlo en Valencia y no en Gandía (con eso de la pandemia Renfe había decidido reducir de dos a uno diarios los trenes de Gandía a Madrid, por lo que no había plazas) había pocas opciones por lo que al final me decidí por coger Cuentos completos de Piglia, pese a que sospechaba que me los había leído prácticamente todos ya que es uno de esos autores de culto que me descubrió mi hermano Rafa (AKA el librero tarambana) y del que creo tengo sus obras completas (además de ser casi iguales de espaldas como prueba el cuadro de mi tío Ricardo, AKA Cabut). Probablemente esta es una de las pocas ventajas de carecer de memoria, que puedes volver a leer libros de cuentos como si no los hubieras leído antes (o por lo menos una gran parte de ellos; con las novelas es distinto ya que hay un momento en el que te suenan demasiado y eso te crea mucha inquietud).


Una vez en Madrid, con Piglia a medio leer (por lo que luego volveremos a él) y con mi librería de referencia cerrada por vacaciones (la de Madrid, ya sabéis Librería Méndez en la calle Mayor; la de Cercedilla, Librería Fuenfria, pues supongo que abierta, pero a una distancia inalcanzable para mi alma urbanita) decidí acercarme a la casa del libro a ver que podía comprarme para mi vuelta a Piles. Una primera vuelta resulto completamente infructuosa por lo que tuve que acercarme a la parte de libros en Ingles donde para mi sorpresa y alegría encontré V2.

En principio la historia de las bombas, o misiles balísticos, V2 no me interesaba nada, pero Harris siempre es Harris, siempre aporta un punto de vista interesante y, a mí, me gusta como escribe, incluso cuando no me interesa de lo que escribe. En este caso la historia se centra en una unidad de mujeres británicas cuya misión es la de calcular los puntos de lanzamiento de los misiles – que son móviles – a partir de los impactos que se producen en Londres. Para ello tienen seis minutos y solo cuentan con una regla de cálculo y un libro de logaritmos con los que deberían hacer el cálculo inverso de la parábola de tiro para poder enviar a un escuadrón de bombarderos a “devolverles el ataque” y acabar con las plataformas de lanzamiento antes de que las muevan de sitio. Si lo consiguen cambiaran en curso de la historia y la visión de los alemanes de la mujer en la guerra ya que “It would seem we have been betrayed not by women in brothels, but by women employing the laws of mathematics”

Una gran diferencia con la empanada protagonista de la de la novela de Rowling que necesitaba cuarenta minutos para resolver “una ecuación lineal especialmente difícil”. NI que decir tiene que esta es una historia verídica, como es la del papel de las mujeres en el desciframiento de la maquina Enigna (que fue otra novela de Harris), y que ciertamente lo acaban consiguiendo usando solamente útiles similares a los que se ven en la foto (sí, soy el tipo de persona que no solo tiene una regla de cálculo en casa, sino que también tiene un libro de logaritmos, ¿Qué pasa, vosotros no? Que poco preparados os veo).

Otra curiosidad que aporta el libro es que, pese a su fama como arma final de los alemanes, estas bombas mataron a unas cinco mil personas, que son muchas, pero no tantas cuando tienes en cuenta que en la construcción de las bombas murieron cerca de veinte mil personas. Es verdad que los muertos en la fabricación no eran alemanes pero la verdad es que resultan sorprendentes estas cifras, que el poder destructivo en la fabricación sea cuatro veces superior a su poder destructivo (calculo que hago de cabeza y sin usar la regla de cálculo).

También tenía muchas ganas de leer The Dirty South, por aquello de continuar con la serie de Connolly, especialmente ahora que se suponía volvía a los principios. He de reconocer que me ha decepcionado un poco, pero solo por culpa mía. Me explico, por alguna razón pensaba que la novela pasaría antes de la primera, antes de presentar al detective en sociedad, antes de que su mujer y su hija fueran brutamente asesinadas. Pensaba que el libro iba a presentar a Charlie Parker, antes de que sucediera todo, antes de que se convirtiera en Charlie Parker; supongo que incluso esperaba algún incidente que ofreciera una explicación de porqué el, de porque le había pasado lo que le paso. Es algo que creía sin ningún motivo, pero que me decepciono al descubrir que no, que se trata del primer caso ya siendo Charlie Parker., ya iniciada su caza del culpable y, así en un sentido general, del mal. Quitando esta decepción, que se debe solamente a mi mala interpretación de un anuncio, la novela no decepciona y es lo que uno puede esperar de esta serie. La próxima parece que explicara – o eso he entendido yo, que ya veis de los que me entero – la relación entre Charlie Parker y sus dos amigos que siempre acaban salvándole a tiros con todo tipo de armas. Le tengo ganas, aunque ya veremos de que va al final.

Al final, un poco desesperado de no encontrar nada tentador en español en la casa del libro, me decidí (por fin) a coger una edición de bolsillo de Patria, ese fenómeno editorial que parece haber gustado a todo el mundo, razón que para mí la convertía en una novela sumamente sospechosa, con grandes posibilidades de no convencerme nada, pero oye, era barata y larga, algo bueno para el verano en Piles. No me ha parecido mala, pero tampoco me ha parecido buena. SI me ha parecido tramposa y excesivamente acumulativa: no basta con la relación entre las dos familias, la relación con la violencia etarra y con sus perpetradores, sino que hay que poner a una paralitica y añadir todo tipo de cosas que distraen de, más que complementan, la historia central: esa de la terquedad y la persistencia en la defensa de acciones incomprensibles e inaceptables solo por el vínculo de la sangre. Si bien no le quito méritos, se deja leer bien y la historia no es mala, ahora que ha sacado otra que encima para en Madrid la verdad es que no siento ninguna tentación de leerla, por lo menos de momento ya veremos para el verano que viene.

Acabadas mis últimas compras era el momento de volver a Piglia y seguir leyendo lo que no me quedaba después de un Valencia-Madrid en tren, es decir bastantes de sus cuentos completos incluso algunos que estaba seguro de no haber leído (como los casos del comisario Croce).

Ya he dicho otras veces que los libros de cuentos son difíciles de valorar ya que hay de todo, los hay excelentes y los hay que no son tan buenos. Con todo, la verdad es que siempre (pese a que en los primeros es excesivamente argentino) tiene grandes frases como “… sentía un vacío porque estaba todo menos él. La ausencia era eso. Un lugar que uno conoce y recuerda de memoria, como si fuera una foto, donde uno falta.”

También me gusta mucho está esa otra reflexión, que puede ser suya o de un tal Jakobson “Cuando lo consultaron para darle un puesto de profesor en Harvard a Valdimir Naboov, dijo; Señores, respeto el talento literario del Señor Nabokov, ¿pero a quien se le ocurre invitar a un elefante a dar clases de zoología?” que es tan cierta en casi todos los temas docentes.

Por supuesto que cuando lees todos los cuentos seguidos notas que algunas reflexiones se repiten, como lo hacemos todos al contar historias, especialmente las que el autor considera brillantes como “El matrimonio es una institución criminal, dijo después. Una institución pensada para que con sus lazos se ahorque uno de los cónyuges. Ese es el sentido de la sentencia «hasta que la muerte nos separe». El crimen femenino es su resultado lógico. Las suicidas como Madame Bovary o Ana Karenina, dijo Steve, son utopías masculinas. Proyecciones invertidas del terror que provoca a os hombres captar la mirada asesina e sus mujeres. ¡Entonces las convierten en suicidas! Esas historias son cuentos de hadas para varones, fabulas tranquilizadoras, parábolas con moraleja. Cuentos contados entre hombres en la intimidad del vagón de fumar del expreso Paris-Moscú”. Digo esto inconscientemente, y siendo consciente, de que en general la violencia no se ejerce en el sentido en el que refleja esta cita y que existe más crimen masculino que femenino, que nadie me malinterprete o malinterprete a Piglia que creo que es consciente de esto, pero es lo tiene querer hacer una buena frase, que, a veces, obliga a reinterpretar la realidad.

Por acabar con los cuentos de Piglia he de señalar que me ha dado ganas de volver a hacer lectura retrospectiva y descubrir ese “La tumba sin sosiego” de Connolly, que obviamente no parece el mismo Connolly de Charlie Parker, y desconozco, y no me apetece inventarme (o todavía peor) buscar si hay relación entre ambos.De vuelta en Madrid, otra vez sin lecturas, encontré un libro en casa de Alvaro y Helena que alguien le debió regalar (a Alvaro, casi seguro) una navidad ya que me extrañaría mucho que se lo hubiera comprado el, excesivamente parecido a los pocos libros / revistillas que había en casa de mi abuela, una recopilación de cuentos, un Alfred Hitchcock presenta: cuentos que mi madre nunca me conto. Pues eso, que tiene cuentos de Roald Dahl, de Ray Bradbury y de otros dieciocho autores (otra vez puedo calcular, sin regla de cálculo, que son veinte cuentos) con su poco de mala sangre y en general, con sorpresa final. Entretenido de leer, pero tampoco ninguno especialmente destacable.



Ya casi, a finales de agosto, pude acercarme por mi librería de referencia de los Madriles (no os repito cual es, para no alargar esto, pero ya sabéis visitar ambas) y hacerme con lecturas y con poco fe pero por recomendación del hermano mayor de los Méndez (según mi teoría familiar, que no tiene por qué tener que ver nada con la realidad) cogí El Gabinete de los ocultistas. Pese a su título, no tiene nada que ver con el ocultismo y es una entretenida novela policiaca que se deja leer y en la que cada vez que ser reúnen los trece miembros del gabinete, uno aparece asesinado, lo cual no deja de ser divertido desde un punto de vista supersticioso, pero que tampoco me parece como para andar recomendándola.




Otra de mis compras y, si, por fin, mi última lectura de este mes fue Delatora. Si, la compre solo porque la autora es uno de esos nombres que siempre aparecen en las conversaciones sobre libros y que no recordaba haber leído nunca, no sé, es una de esos nombres que uno se supone tiene que conocer e incluso haber leído (o eso me parece a mí, que igual me confundo con otra). El libro es, en cierto modo (en ese apego entre verdad o familia), justo lo contrario de Patria, aquí una hermana delata a sus hermanos que han cometido un asesinato racista y tiene que vivir con las consecuencias familiares y sociales de eso, de ser una delatora. ¿en qué otra cosa se diferencia? Pues en que esta es una gran novela, centrada en lo que quiere contar y añadiendo solo las distracciones precisas.

Habla de las relaciones, de las que parecen complicadas vistas desde fuera, como la de los padres de uno :“Ahora que soy mayor he llegado a entender que su conexión estaba como las raíces de los árboles, llena de nudos, y era subterránea e invisible”; de esos recuerdos distorsionados que todos tenemos: ”un delicioso aroma ardiente, el aliento de papa, feroz e inconfundible, aunque yo no tenía in idea del porqué, no tenía ni ida de que había estado bebiendo(whisky), pero sabía que aquella ferocidad era el verdadero aliento del padre, el aliento del varón”; pero sobretodo del esfuerzo personal y emocional de hacer lo correcto. Me alegro de haberla leído y ahora le daré una oportunidad a sus cuentos u a lo que vea de ella.

Una buena forma de acabar el mes y, como siempre, ya sabéis mi consejo ¡Divertíos asaltando el castillo!

 

Lecturas

Sangre turbia – Robert Galbraith

Transbordo en Moscú – Eduardo Mendoza

V2 – Robert Harris

The Dirty South – John Connolly

Patria – Fernando Aramburu

Cuentos Completos – Ricardo Piglia

Alfred Hitchcock presenta: Cuentos que mi madre nunca me cono – Varios Autores

El Gabinete de los ocultistas – Armin Öhri

Delatora – Joyce Carol Oates

domingo, 22 de agosto de 2021

Comentario de textos Julio 2021

 “La masa cerebral se compacta como si fuera un bloque de cemento. Al seccionarlo, en el microscopio, se observa que cada una de las neuronas esta apelotonada, igual que una araña cuando la pisas. Cien mil millones de neuronas petrificadas una a una. Puede que se tratara de un suicidio celular masivo desencadenado por el pánico, pero nadie lo sabía en realidad.”

Así describe Rafa la neuronecrosis causada por las “misteriosas capsulas verdes” que aparecían hace veinte años en Sangre a borbotones y que, cortesía de la reedición de Tusquets, pues he vuelto a leer, a releer como intelectualillo que soy, y con la que diría que me he vuelto a reír como la primera vez, aunque, claro, encontrar esta referencia a la apoptosis e incluso aquel personaje, Don Jotabé, que: “Decía sufrir ataques elípticos. «¿No serán epilépticos, don Jotabé?» «Ni hablar: son puramente elípticos. Me olvido siempre de lo que más me conviene, ¿Qué pasa?» con los que, en cierta medida, me identifico ahora (que no entonces, que entonces, como todos me identificaba más con aquel “un tipo se toma un whisky y ya es otro hombre, pero es que es otro hombre también necesita una copa, ¿no? Es lo lógico, tiene derecho. Y así sucesivamente, que le vamos a hacer.”) indudablemente me ha hecho leerla de otra manera, no diría como una novela de anticipación, pero ciertamente de otra manera.

Igual alguno de vosotros, escasos lectores míos, tiene la tentación de releer el ejemplar, que seguro ya tenéis en casa, pero yo os recomiendo que os compréis esta nueva edición, no para que mi hermano suba como la espuma en las listas de éxitos y le lluevan los derechos a autor (algo que no va a pasar) sino básicamente porque en esta edición (en el epilogo) me hermano me menciona dos veces y mi vanidad me obliga a mencioanarlo ya que es algo que en sí mismo resulta sorprendente, pero es que como además no lo hace para insultarme o para quejarse de cualquier cosa de nuestra infancia o juventud, resulta doblemente sorprendente. Encima las dos cosas que cuenta son ciertas y, aunque él no lo cuente y sea difícil imaginarse como están relacionadas, las dos tienen relación a través de un juego de ganzúas. No digo más (que decía el otro) y si queréis saber porque me menciona mi hermano, a visitar vuestra librería de referencia o incluso las mías: ya sabéis Librería Méndez en la calle mayor de Madrid, o si andáis por el campo pues la Librería Fuenfría en Cercedilla donde el propio autor seguramente pueda ampliaros mis apariciones estelares en el epilogo.

En fin, con esta introducción y por aquello de que es verano y he pasado un par de semanas en Piles, lo que implica un montón de lecturas, pues hoy no hago ninguna reflexión de entrada y paso directamente a comentar mis lecturas que puede que esto sea largo (o puede que no, que no he tenido mucho acierto en alguna de mis selecciones).

Compre Trio porque pensaba que el autor era otro autor. Ya, ya lo sé, basta con leer la solapilla, en la que mencionan sus otras obras, para poder darse cuenta de que no era el que yo pensaba, pero es que tampoco estaba seguro de en quien pensaba (ya que también compre otra que, pese a ser de un autor diferente, pensaba que era del mismo autor; no del mismo que Trio sino del mismo que yo pensaba que era el autor de Trio pero que tampoco era el que yo pensaba. Ya, confuso o incluso un poco elíptico). El caso es que ahora mismo, un mes y medio después de haberla leído no consigo recordar absolutamente nada de esta novela. Cuando digo nada, es nada; así que no sé qué deciros salvo que diría que no merece la pena ya que no me ha dejado ni el más mínimo recuerdo ni tengo nada marcado para recordar. Podría ser excepcional, pero, sinceramente, lo dudo y me decanto más bien por un “Podría ser aceptable, dejarse leer” y poco más.



Tokio Redux la compre sabiendo, recordando incluso, que el autor no me convence y que prácticamente siempre que he leído una novela suya me he arrepentido de haberla comprado e incluso con la duda de si ya la había leído (no, había leído Tokio Year Zero, título que podrían haber traducido mal en este). Era la última oportunidad que le daba al autor y solo lo hacía porque me gustan las novelas que pasan en Japón – preferentemente las escritas por japoneses – para entender sus costumbres ya que creo que son el último país exótico (mucho más exótico, interesante y divertido, que cualquier tribu amazónica; donde va a parar).

Lo más curioso del libro es descubrir que hay costumbres locales que compartimos, y que están entre mis favoritas como la de “los precios escritos con lápiz en la parte trasera de cada libro” si bien con la diferencia de ubicación – aquí suele estar escrito en la primera página, de hecho, este lo tiene – y es una de esas costumbres que a mí me siguen fascinando y que no puede ser, espero que no lo sea, sustituirse por el código de barras ni por imprimir el precio en la contraportada. No, creo que los precios de los libros tienen que estar escritos a lápiz en la primera página, esta costumbre tiene que mantenerse cueste lo que cueste (aunque sospecho que el librero tarambana no la tiene).

También me ha resultado curioso, a nivel personal ya que puede que fuera el que diera nombre al colegio en el que estudio Alvaro, enterarme de quien era Willoughby y que tuviera relación con Japón: “el general de división Charles A. Willoughby, Sir Charles en persona – cuyo nombre de nacimiento era Adolf Karl von Tescheppe und Weidebach, también conocido como barón Von Willoughby – objeto de numerosas burlas, pero siempre a sus espaldas. Mano derecha de MacArthur, su «fascista favorito», el jefe de Inteligencia contaba con la confianza absoluta del comandante supremo y, por tanto, con carta blanca para hacer lo que le viniese en gana a quien quisiera”. Vamos, así, en principio, un tipo de lo menos recomendable para dar nombre a un colegio, salvo que hablemos de un colegio de corte militar.

Dicho esto, y sin que sea una mala novela, o casi tres separadas en el tiempo, pero conectadas por el mismo asesinato, creo que ya no le voy a dar más oportunidades al autor.

Mi otra confusión de autor fue Las furias invisibles del corazón, aunque por aquello de decir la verdad no fue totalmente una confusión ya que la lectura de la solapilla me aclaro que para nada se trataba del autor del que yo pensaba puesto que sé que no he leído la única novela, best-seller, que nombran en esta solapilla y que nunca me ha interesado lo más mínimo leer ese “El niño con el pijama de rayas”. Es decir, en este caso mi confusión duro poco y se resolvió antes de que comprara el libro, decidiéndome a comprarlo porque pasaba en Irlanda (aunque luego mucho no pase en Irlanda) y más que “un retrato magistral de la historia de Irlanda en las últimas siete décadas” es un retrato más amplio en forma casi de folletín con sus hijos bastardos y sus problemas de rechazo a la madre, en general a la mujer, pero también de los hijos adoptados y, ya puestos, a los homosexuales.

Pese a ser eso, un folletín, la verdad es que tiene descripciones alucinantes por realistas de algunas actitudes como la del padre (adoptivo) que “A veces me pregunto en qué me he equivocado. No lo crie precisamente para que respetara a las mujeres”; o la del funcionariado (ampliable, en mi opinión, a la empresa privada) en ese “tengo que volver al despacho. Alguien tiene que pasarse la tarde mirando por la ventana”, o de temas más extravagantes como ese “nadie debería casarse con la chica con la que ha perdido la virginidad. Es como aprender a conducir en un cacharro destartalado y aferrarte a él, el resto de tu vida, cuando ya sabes conducir un BMW en hora punta por una autopista atestada de vehículos”

La verdad es que, pese a su carácter de folletín, la he disfrutado y puede que incluso sea una buena novela ya que “Todo es posible – dije -. Aunque la mayoría de las cosas son improbables.”

Llegado a este punto del mes decidí marcharme unos días a Piles, a disfrutar de la playa, comer arros al horno, hacer poco (aunque me lleve el ordenador), pasar las tardes (parte de la mañana e incluso de la noche, para que engañarnos) leyendo, tomar el aperitivo y otras cervezas que la tradición y las costumbres locales dictan y poco más por lo que volví a avituallarme a la Librería Méndez (que no estaba el tiempo, ni uno es proclive, para acercarse a Cercedilla).

¿Una nueva novela de una serie de espías disfuncionales? Dicho y hecho, Tigres de verdad, sería la primera lectura de esta visita a Piles, para reencontrarse – entre otros – con esa cocainómana que “tampoco era una consumidora habitual, de los fines de semana no pasaba: de jueves a martes y punto.”, de ese jefe al que al salir por casualidad de una iglesia y cuando le pregunta que hace contesta “Visitar una iglesia, ¿y tú? ¿Cuándo dejaras que Jesucristo entre en tu vida? Hace visitas a domicilio, pero nunca está de más acercarse a su garito para saludarlo.; en fin, de esos caballos lentos tan diferentes de los caballos rápidos de LeCarre o Highsmith y otros autores, con los que comparten destino ya que “incluso los caballos rápidos iban a parar al matadero, pero el hecho de que los lentos llegaran antes era una de las pequeñas paradojas de la vida.”

De momento, con tres novelas de la serie leídas, a mí me parece una buena serie con ese punto de tristeza que viene de “la peor jugarreta que te gastaba la vida era dejar que la luz entrara en ella lo justo para que vieras lo maravilloso que podía ser todo para después apagarla de golpe, sin previo aviso” que en cierta medida hemos sufrido casi todos (por no decir todos los mayores de una cierta edad) y con esas descripciones de algunos grupos, digamos humanos pero con dudas, como “los conspiranoicos de internet, cuyo usuario promedio parecía ser el resultado de mezclar ADN de un hijo único, un suscriptor del Daily Mail y un bacilo toxico. El resultado final era un organismo egocéntrico, rebosante de rabia acumulada con el paso de los años y capaz de exudar mierdas venenosas por todos sus poros. Entre sus rasgos podía destacarse la propensión a escribir en MAYÚSCULAS, el más absoluto desprecio hacia los usuarios con otros puntos de vista – a los que consideraba como perros al servicio del poder – y la más absoluta ignorancia de que existía una cosa llama la navaja de Ockham.” de los que todos tenemos ejemplos cercanos que nos gustaría mantener lejos pero se resisten a ser expulsados.

La elección de Tres se debió sobre sobre todo a la editorial – y la serie – en la que estaba publicada ya las novelas negras en esta serie de Anagrama suelen dar muy buenas sorpresas (como la primera de Keer) ya que suelen ser novelas negras que se salen del canon convencional de la novela negra, aportando algo más. Esto pasa aquí. No os puedo contar mucho sin hacer demasiados spoilers de esos, pero se trata de una novela bastante fascinante sobre la seducción, o lo que seduce, y la dominación que a mí me ha gustado pese a no tener ninguna frase (creo) de novela puramente negra.

La escritora es un título malo, más que malo poco tentador, pero como no me suena haber leído casi nada escrito por islandeses (salvo algún cuento en un libro que se llama Hijas del frio que recuerdo con mucho apego) aunque según la autora al parecer la poesía islandesa es algo realmente importante tanto que en Islandia “los hombres nacen poetas. A la edad de hacer la confirmación ya cumplen con su inherente papel de ser unos genios. Da igual que escriban libros o no. En cambio, las mujeres alcanzan la pubertad y tienen hijos, lo cual les impide escribir”, puede que sea cierto lo de la poesía, pero lo que se trasluce en esta frase (y en general en el libro) es un machismo que uno – por lo menos yo – tiene dificultad de asociar con Islandia. Claro que mi desconocimiento de Islandia es total, enciclopédico diría si no fuera porque dudo que todo el conocimiento posible de Islandia de para una enciclopedia, tal vez para una pequeña adenda. Ni siquiera sabía que habían conseguido la independencia en 1944, ni siquiera sabía que eran “dependientes”, ni tampoco de quien dependían (parece que de los daneses) y lo único que al ver la portada era mi posible solidaridad con “uno de los miembros del jurado de Long Island dijo que el nombre completo de Miss Islandia sonaba como una cascada de piedras cayendo en un fiordo” ya que no tengo ni idea de cómo se pronunciaría el nombre ni, ya puestos, de cómo suena una cascada de piedras cayendo por un fiordo pero me parece probable.

Sobre Friday Black solo os puedo decir que es una recopilación de relatos (cuentos) y que es de lo peor que he leído últimamente. Carece totalmente de interés y encima los cuentos son tan aburridos y tan obvios que no hay por donde salvarlos. No, ni siquiera está bien escrito; una completa decepción. (Nota: no debo de ser el único que piensa que es mala ya que me ha costado lo suyo encontrar la portada en español de este libro, algo que no suele pasarme)

Como me marchaba a Piles, donde siempre me falta lectura y no hay demasiadas opciones de compra, pues cogí El Hijo del Chofer, pese a que estaba casi seguro que no me iba a gustar; muy difícil parecía que una crónica sobre la transición en Cataluña me gustara por mucho que anunciaran que “se lee como un thriller” (si, puede que se lea como un thriller, pero como un thriller de los malos, sin especial interés). Aunque como mi conocimiento de la transición en Cataluña, o en toda España, es solamente un poco mejor que mi conocimiento de la independencia de Islandia pues me he llevado alguna sorpresa como la de “el diario que impulsa Fraga, el diario que debe orientar el cambio político. Ya tiene nombre, El País, pero aún no tiene permiso.” Sorpresas te da la ignorancia – que no la vida – ¿Fraga era un impulsor de El País? Imagino que para algunas personas es una historia entretenida y que para los que conozcan el nombre de Quintà, alguien que “tal vez no haya otra voluntad que hacer daño cuando está en mano. Dañar. Intoxicar todo lo que pueda. Convertir la realidad en el cenagal donde habita su conciencia” les parezca interesante – puede que fuera uno de esos poderes facticos de los que tanto se habla – pero a mí me resulta indiferente y solamente me ha gustado la frase que le dice un conocido al que siempre ha despellejado y puteado (vamos una especie de archienemigo) cuando, tras caer en desgracia, le pide que le ayude, que le de trabajo: “siempre he pensado que es bueno tener un enemigo. En mi caso eres tú. Me gusta que siga siendo así.” Que me ha parecido una elegante forma de mandar a alguien a tomar por culo.

Con Irvine Welsh siempre tengo mis dudas: Trainspotting me gusto, pero porno no me gusto y Skagboys no conseguí leerla (pero esto fue, básicamente, culpa mía por comprarla en escoces; algo que la hace ilegible salvo para los locales de Glasgow o Edimburgo). En este Artista de la cuchilla, el protagonista es Begbie, posiblemente uno de los personajes más odiosos de Trainspotting, o más odiosos a priori y equiparable a un Martinez el Facha pero escoces y violento de verdad. Han pasado años y, extrañamente reformado, vive en california con su mujer y su hija habiéndose convertido – para su extrañeza – en un artista plástico cotizado cuando se ve obligado a volver a casa para el funeral de un hijo al que no ha conocido, pero al que se siente en la necesidad de vengar (tras aclarar su muerte). La verdad es que se lee bien y llega incluso a ratos llega a ser bastante divertida. Para mí la mejor reflexión fue algo que sentí en Nueva Zelanda “el hecho de conducir por la izquierda no le molesta tanto como el de estar sentado en ese lado del vehículo” que es algo que resulta difícil de explicar pero hasta como copiloto (en el asiento de la muerte) te sientes verdaderamente extraño en un coche que circula del revés de lo que debería (como les decía a los Neozelandeses y otros que me preguntaban, “Maybe you don’t drive on the wrong side of the road, but certainly you do not drive on the right side. Case settled”).

Como siempre mi carga para Piles se me quedo corta y me quede sin lectura. Además este año, para mí, es una tortura ir a tiendas ya que no soporto la mascarilla por lo que estaba a punto de ponerme a trabajar por la falta de lectura cuando Alvaro (que es un tío detallista y que está pendiente de estas cosas) me trajo – creo que del supermercado, aunque no estoy seguro de cual – Las Doncellas, que no tenía mala pinta y que venía avalado por Baldacci (lo que ya he dicho otras veces que no es una garantía no mucho menos; que estas cosas que ponen  en la faja no son de fiar). A ver, no es un mal libro y se deja leer, pero abusa de esa característica de estar esperando al giro final, durante toda la historia te presenta a un culpable viable, casi aporta pruebas (por supuesto retorcidas y no vinculantes) para convencerte de que este es el culpable, para en los últimos capítulos dar un giro casi total y sacarse un nuevo culpable que no te esperabas pero que tampoco podía ser otro ya que no hay demasiados personajes en la novela. Si no es uno, pues casi que será el otro y no, ni siquiera se te queda la cara de tonto ya que dices “pues vale”.

La verdad es que leído este Alvaro y Helena, en una visita a la casa del libro de Gandía para acompañar a Alicia a que se comprara cosas de adolescente – ni idea de que se compraron – volvieron con otros dos libros, pero… creo que estos ya se corresponden con el mes de agosto, aunque podría estar equivocado, pero así lo he decidido, así que hasta la próxima entrega no los comento. De momento, lo de siempre: 

¡Divertíos asaltando el castillo!

 

Lecturas

Sangre a borbotones – Rafael Reig

Trio - William Boyd

Tokio Redux – David Peace

Las furias invisibles del corazón – John Boyne

Tigres de verdad – Mick Herron

Tres – Dror Mishani

La escritora – Audur Ava Ólafsdóttir

Friday Black – Nana Kwame Adjei-Brenyah

El Hijo del Chofer – Jordi Amat

El artista de la cuchilla – Irvine Welsh

Las Doncellas – Alex Michaelides

domingo, 11 de julio de 2021

Comentario de textos junio 2021

 

Empezare por reconocer que este año he agradecido mucho la existencia de una competición importante de futbol. No, no es porque con la edad haya empezado a gustarme el futbol, que no, no me gusta especialmente, pero tampoco me disgusta ya que tengo buenos recuerdos de mi infancia y pre adolescencia (más o menos hasta que descubrí la cerveza, los vinos y la música) relacionados con el futbol: quedarme después de clase en el patio a jugar durante horas partidos de tres o cuatro por equipo con Badalla, Aranda y (puede, no lo tengo claro) Viloria y ahora no recuerdo ninguno más … nos quedábamos desde el inicio de la hora de lectura hasta que el director (que era el padre, o el tío – que siempre he sido pésimo para las relaciones familiares - de Aranda) decidía que ya era hora de cerrar el colegio y nosotros nos marchábamos a tomarnos unas coca colas de un litro, a veces de dos, a Garcés (Coca colas que al cabo de unos años me harían imbatible jugando al penúltimo con cervezas, litronas por aquel entonces, ya que la idea era bebérselas de un trago lo que constituyó una práctica insuperable para el penúltimo, ya que podía acabarme la litrona de un trago sin mayor problema); las tardes de domingo, en las que había un partido especial en la televisión (si, entonces la posibilidad de ver un partido era algo que ocurría solamente una vez a la semana, y no todas, lo que hacía que cuando el partido fuera importante – digamos un Real Madrid Barcelona – se convirtiera en un acontecimiento) acompañando a mi padre que se servía un whisky con almendras, inicialmente, aperitivo que poco a poco se iba ampliando incluyendo taquitos de queso, taquitos de jamón y a veces berberechos o mejillones. Estoy casi seguro de que a mi padre tampoco le interesaba el futbol y que lo veía como una necesidad social (al fin y al cabo, al día siguiente tenía que ir a la oficina y la mayoría de la gente solo hablaría del partido por lo que tenía que saber lo que había pasado) y, sobretodo, como una excusa para tomarse un aperitivo tranquilo (a veces intentaba que le pusieran un aperitivo cuando estaba leyendo en el salón pero por algún motivo esto no acababa de cuajar y, prácticamente, solo había aperitivo si había futbol).

Pero no es por estos recuerdos por lo que he agradecido que haya una competición de futbol importante, no, gracias al futbol hemos tenido un descanso en las agoreras noticias sobre el virus (si, si, vamos a morir todos; y “cada paso que avanzas te acercas al final, recuerda la palabra: vivir siempre es mortal” que cantaban aquellos), descanso que lamentablemente ya ha terminado.

Además de esto me ha resultado bastante educativo y he podido comprobar a) que cada vez somos más blandengues y ahora, si hace calor, los equipos pueden pactar pausas de hidratación en mitad de cada tiempo, porque claro jugar los cuarenta y cinco minutos sin pausa es algo muy duro, y encima pueden hacer cuatro (o cinco) cambios de jugadores que, claro, también se cansan mucho de jugar todo el partido y b) que cada vez se hacen más tonterías, como ponerse dos jugadores en todos los córneres para confundir al contrario, o mi favorita: poner a un tío medio tumbado detrás de la barrera para que los otros puedan  sin preocuparse de que la pelota les pase por debajo. En fin, pues eso que ha habido futbol y yo he aprendido cosas viéndolo (cosas inútiles, eso sí, pero cosas. Imagino que en cierta medida la cultura es aprender cosas que no te interesan, pero si interesan a los demás y la convivencia requiere de esta cultura).

Con todo, la noticia de esta última semana (o semanas que ya me pierdo) ha sido el asesinato de Samuel, un gallego al que una panda de descerebrados le pego una paliza hasta matarlo, o lo mataron de una paliza. La verdad es que me preocupa mucho el debate que hay sobre si es una agresión homofobia o no lo es (que desde mi punto de vista lo es) y de enterarme de que esto es un agravante. Si, entiendo que a priori parezca que el hecho de matarle de una paliza con un motivo (un motivo totalmente absurdo y de discriminación) sea un agravante, pero ¿no sería todavía peor, más grave, que le hubieran matado sin ningún motivo, que le hubieran matado solo por matarle (con independencia de su condición sexual), que le hubieran matado solo porque les apeteció? Como persona a la que le han pegado bastantes veces siendo pequeño, por diferentes motivos de todo tipo que en general se resumían (como los mandamientos de la Santa Madre Iglesia) en uno solo: porque podían y querían, me preocupa que el hecho de que exista un motivo sea un agravante. Para mi es peor si no existe motivo pero que sabré yo, que a mí también me parece un agravante el hecho de ir bebido o drogado y parece que es un eximente basado en esa premisa de que hay algo en el alcohol, o las drogas, que te cambia, pero como dice mi hermano: “en el fondo de las botellas no hay nada, he vaciado las suficientes como para saberlo. Creedme.”

Pero, volvamos a lo nuestro, a lo que hemos venido y empecemos por una relectura obligatoria: Un día cualquiera en Nueva York que es la recopilación de los dos libros (Vida metropolitana y Ciencias Sociales, que yo siempre he tenido como libros míticos, aunque finalmente los haya perdido) que Lebowitz escribió en los setenta y ochenta. El título y el motivo de la reedición están claros para todos y es por aprovechar el tirón de la serie que Scorsese, entiendo que, como un buen amigo, le ha hecho para ganar algo de dinero (que al fin y al cabo debe de ser difícil vivir de dos librillos editados hace casi cuarenta años, por mucho que se hayan vendido o por mucho que luego haya colaborado en otros proyectos). La verdad es que ambos libros han sufrido con el paso del tiempo (igual para un lector nuevo, no han sufrido tanto) y pese a que siguen siendo excelentes y casi puedes abrir una página al azar y encontrar una idea con la que estar de acuerdo y que además te lleva a una sonrisa, cuando no a una carcajada, algunas cosas son demasiado coyuntural y requerirían una revisión, probablemente para ser más hiriente, sarcástica o cínica (que no para serlo menos) ya que más gente ha aprovechado estos años para incidir en estos temas con menor acierto en general, pero son muchos años los que han pasado. Eso sí, al igual que el capítulo sobre deportes de la serie, siguen siendo de lectura casi necesaria (aunque no decir de necesaria para que).

En cierta medida mi siguiente lectura, El misterio Bartlett, encaja con el libro anterior en que refleja una historia de enredo, con cierto grado detectivesco, en NYC y protagonizada básicamente por ricos ociosos, de esos que “es de agradecer que los ricos ociosos entren de vez en cuando en contacto directo con las realidades de la vida. A sus veintisiete años, Rex Carshaw apenas sabía lo que era que frustraran sus planes.” que, lamentablemente, me recuerdan demasiado a las generaciones por venir que veo como se desmoronan ante cualquier cambio en sus planes (cuentos de la lechera, en muchos casos). La verdad es que es un libro entretenido pero lo mejor, por suceder la historia en 1913, son algunas de las notas a pie de página al explicar aspectos de la cambiante NYC y que son muy educativas. Por supuesto que uno pueda escribir cosas como “Si. Intuición femenina, ya sabe. Sustituye a la inteligencia” pues da una idea agradable de lo que era escribir en otra época y que ahora no podrían ni pensarse (imagino que el concepto de intuición femenina es machista, y apostaría algo a que la propuesta de sustitución final tampoco parece muy acertada hoy en día, pese a que en muchos casos la intuición – femenina, masculina u otros no binarios – sustituye a la inteligencia).

Trigo limpio me la había recomendado Jesus, buen lector y amiguete además de, o pese a ser, quien más me contrata últimamente. Pese a que me la había recomendado no la estaba buscando activamente, pero al verla en la estantería de mi librería de referencia capitalina (ya sabéis, pero os lo recuerdo: la librería Méndez de la calle Mayor para que paséis a hacer una visita de compras y ya aprovecho que es verano y que igual vais a la sierra para que no dejéis de desviaros hasta Cercedilla y más concretamente a, si, la librería Fuenfría que, si están, agradecerán vuestra visita) y pese a la horrible portada hípster decidí darle una oportunidad y seguir la recomendación de Jesus. A ver, la novela tiene aciertos y creo que podría ser buena si le extirparan toda la parafernalia de clase de literatura (aunque imagino que es esto precisamente lo que ha hecho que le guste a la gente) que, a mí personalmente me sobra todito, todo, aunque tampoco llegaría a ser muy buena, ya que la historia no deja de cojear y parecer un poco una copia de otras historias. En cualquier caso, tiene un par de referencias a la memoria y los recuerdos que me han gustado: “A veces, nuestros recuerdos los guardan otras personas. Eso lo he aprendido de mi padre. Mi madre lo guarda casi todo” que tiene una primera parte con la que coincido ya que existen pocos recuerdos que tenga uno solo, y la realidad de los recuerdos suele estar en una mezcla de versiones, y esa parte final de diferencia entre progenitores que resulta reveladora, pero “De todas formas, recordar tiene más de creatividad que de acta notarial” sobre todo en mi caso, como ya habréis notado alguno de los mencionados en estas páginas.

De pronto oigo la voz del agua, es un título que para mí resulta irresistible (un poco largo, tal vez) y el hecho de ser de una escritora japonesa (una japonesilla, me decía yo a mí mismo pese a que naciera en 1958) pues era un añadido prometedor que había obvia la adquisición. Tengo que dejar de llevarme por estos impulsos. No me atrevo a decir que sea la novela que menos me ha interesado últimamente, pero solo porque he tenido algunos grandes desaciertos en este campo (como se vara más adelante) pero no me ha interesado nada y no la he disfrutado, salvo la frase de la frase de la contraportada “No me gusta hablar del pasado. Mama lo repetía a menudo, casi en un susurro, pera nada más decirlo empezaba a hacerlo”. por aquello de reflejar estupendamente las contradicciones que todos tenemos pero que vemos más en los demás. Creo que en gran parte me he perdido en la novela por falta de interés.



Si el título anterior me gustaba, este Se ahogarán en las lágrimas de sus madres, me parecía realmente lamentable y carente de interés, sobre todo para una novelas sobre un atentado terrorista islamista. La contraportada tampoco auguraba nada bueno ya que se parecía demasiado a hechos reales, con un atentado contra una librería que presenta unos comics sobre Mahoma. Pero, no sé, me sentía intelectual y me apetecía leer a un sueco que no fuera policiaco. En fin, debería decir lamentable, pero por hacer la gracieta diría que si lo veis pues os hagáis el sueco y paséis de él. No digo más.

Azpeitia (Chavi) es amigo de mi hermano y la verdad es que, por extensión de casi toda la familia, y a mí me gusta decir que es amigo mío ya que creo que es un gran escritor (yo soy vanidoso hasta por persona interpuesta, por proxy que diría alguno). Tal vez su único fallo es que es excesivamente culto, cuando lees una novela suya, en este caso Músika (no por lo que entendeos ahora como música sino por lo que hacen, o inspiran o susurran las Musas) te das cuenta de lo poco que sabes sobre el tema en cuestión no tanto por lo que sabe él y te cuenta (que también) sino por aquellas cosas que ni siquiera se molesta en contarte pero que sabes que están hay (creo que no me explico, pero digamos que cuando el usa la palabra hetera par cierto tipo de mujeres, sabes que está hablando de mucho más que de orientación sexual, sabes que te estás perdiendo algo, que deberías saber más cosas sobre las heteras). Esto hace, en algunos momentos, un poco ardua la lectura, pero merece la pena aprender sobre el procedimiento de elección del mejor autor teatral de la temporada (los competidores ese año eran Sófocles, Eurípides y Jenocles) donde habiendo diez votantes solo sacan cinco votos para elegir al ganador y en caso de empate (al menos entre el segundo y tercero) lo hacen a cara o cruz (a Mochuelo y, lastima, no menciona la otra opción) o aprender que por una infidelidad el marido podía esclavizar a su mujer y luego venderla (que no es algo que me parezca bien, solo curioso) seguramente entre otras opciones mejores y peores.

También es fascinante la descripción de los ciudadanos (no, no de los de ciudadanos sino del concepto genérico de gente que vive, y tiene derechos, en la ciudad): “Gente que sucumbe al deseo de poseer cosas que no sabe hacer con sus propias manos. No al anhelo ancestral de aprender el modo de hacerlas, sino al quedarse con ellas al precio que sea para exhibirlas en su casa durante un tiempo y arrumbarlas después en cualquier rincón. EL tipo de gente que ha convertido el mundo en un estercolero atravesado por la guerra” que igual es un poco excesivo, achacándole todos los males, pero no le falta cierto grado de razón.

También lo es su amor por los libros, por lo clásicos, con en esa historia (seguramente clásica) en la que uno quiere vender nueve libros por un precio y cuando no se lo pagan queda tres y sube el precio, y lo vuelve a hacer hasta no vender ninguno en la que “Tarquinio no consiguió comprender el enigma del valor de los libros, aunque es muy sencillo: valen lo mismo nueve que tres, porque en cada poema, en cada historia, está el hilo que lleva a todos los demás. LO que intentamos no es preservarlos, sino materializarlos. Son un legado que no puede perderse, siempre está ahí, en el fondo de cada uno. El olvido constante en que los vamos hundiendo no los destruye, solo los esconde y los aplaza.”

En cualquier caso, como siempre ¡Divertíos asaltando el castillo! que yo voy a seguir encerrado en casa hasta que pase esta ola de calor (al de todos los años, por cierto) y recordar las palabras de Chavi (Don Javier, o Señor Azpeitia) “los poetas cómicos prefieren herir con la verdad a imaginar mentiras. La verdad hace más daño.” y yo también soy de esta opinión. Siempre la verdad, las mentiras solo valen para divertirse y no se deben contar en sustitución de la verdad, son otra cosa, no otra liga, son otro deporte.

 

 Lecturas

Un día cualquiera en Nueva York (Vida metropolitana y Ciencias Sociales) – Fran Lebowitz

El misterio Bartlett – Louis Tracy

Trigo limpio – Juan Manuel Gil

Se ahogarán en las lágrimas de sus madres – Johannes Anyuru

De pronto oigo la voz del agua – Hiromi Kawakami

Músika – Javier Azpeitia

domingo, 27 de junio de 2021

Comentario de textos Mayo 2021

La verdad es que este mes  no se me ocurre ninguna chorrada, reflexión quiero decir, con la que abrir este comentario de textos – con el que ya llevo un retraso inaceptable, sobre todo teniendo en cuenta mi propósito de fin de año pasado.

Podría hablar de que ahora todos estamos – bueno, los que quieran, que tampoco es obligatorio – en la situación en la que yo llevo unos meses: fumando siempre que estoy en la calle para ir sin mascarilla que solo me pongo para atravesar umbrales, como si fuera un extraño rito de judío ultra ortodoxo (ese en el que han de tocar el quicio de la puerta al entrar y salir) pero la verdad es que no me apetece meterme en una reflexión sobre eso de llevar la mascarilla guardada en un bolsillo de cualquier forma para luego ponérsela. Parece tan desquiciado e insalubre este comportamiento (ponerse una mascarilla sucia así cada poco rato) que es como aquel consejo de toser en la articulación del codo que es donde cualquier viejecita que te tenga cariño se cogerá/colgara y, previsiblemente, se llenara de tus miasmas, se contagiara y… bueno… en fin, pero todo desde el cariño.

También podría hablar de prohibiciones o ilegalidades absurdas pero desde que sé que hay números primos que se consideran ilegales (si, resulta que el programa para descodificar DVD en binario es numero primo, así que ha sido declarado como un numero ilegal que no se puede duplicar) pues ya casi ninguna prohibición me sorprende, en este mundo en el que puedes usar la barra de los bares pero no como barra para compartir una cerveza, en el que esta permitido bailar en discotecas pero solo en las que tengan una pista de baile en el exterior (una norma claramente para las fiestas de los pueblos pero de poco interés para la mayor parte del sector; bueno, supongo pero igual la mayor parte del sector de las discotecas son las discotecas de pueblo – con pista al aire libre – no me sorprendería lo más mínimo que, a mí, todas las discotecas me parecen de pueblo y en cualquier caso mi interés por bailar es mínimo), solo por citar algunas ejemplos que podría estar así el día entero.

También podría hablar de ese anuncio que he visto en la tele y que tantísimo me indigna, aunque igual no lo habéis visto (parece que soy el único de mis conocidos que lo ha visto) y como dudo que pueda encontrarlo os lo cuento: la cámara sigue a una madre de familia que entra en el salón de casa donde su marido está jugando a un videojuego en la televisión (Por justicia social pienso que es el Fortnite ese al que juegan todos los críos).El padre está desesperado, hablando en voz alta, casi a gritos, porque le están caneando (perdiendo, dándole una paliza). La madre sigue andando por la casa y entra en la habitación de su hijo (supongo, aunque quien sabe ahora con tanta tipología de familia) que está también conectado a la red, pero, no, no esa jugando “mama, que estoy en clase” dice el crio. A lo que la madre le responde “anda y baja a ayudar a tu padre” como quien le pide algo obligatorio, ya sabéis la forma de pedir de las madres. Total, que el niño va a la habitación del padre (no sé porque estoy convencido de que baja unas escaleras) y se pone a jugar con su padre, y empiezan a ganar (esto se sabe por la cara del padre, porque el niño toma el mando y por los comentarios). Todo acaba bien y el mensaje es algo así como “qué maravilla es colaborar” pero… de verdad soy yo el único que se ha dado cuenta de que la madre ha sacado a su hijo de una clase solo para subir el ego de su padre, porque esas son las prioridades. Quiero pensar que no soy el único que se ha dado cuenta y que ya no se ve el anuncio por una impresionante reacción social de repulsa, que la compañía en cuestión ha pedido perdón por tan torpe anuncio, pero es algo que quiero, me temo que no tiene nada que ver con la realidad como me pasa con la mayoría de las cosas que quiero.

Pero, en fin, como además este mes parece que he leído como un auténtico animalillo a juzgar por la pila de libros para comentar que está en el lado derecho de mi mesa (en mi mesa auxiliar, como quien dice) pues me lanzo directamente a la tarea de comentar y ya ira surgiendo algo, o no.

Mi primera lectura era de historias cortas (no, yo tampoco se explicar la diferencia entre una historia corta y un cuento, pero esto son historias cortas) con el intrigante título de Villanos Victorianos cuyo título en inglés es mucho más prometedor (The Penguin Book of Gasligh Crimes) y sugerente ya que cuando uno piensa en “victoriano” se imagina una cosa (en la reina Victoria y en una Inglaterra más bien imperial) pero cuando piensa en los principios de la luz de gas, de la iluminación de las ciudades con gas, pues uno piensa ciertamente en el Londres de Jack el destripador, en prostitutas, chulos y todas esas cosas que convierten a este libro “en una reunión de granujas”, en la que la mayoría de los protagonistas ven las cosas algo diferentes al resto de la sociedad y “Para el, lo que estaba planeando apenas era un robo, sino más bien una prueba artística de habilidad en la que media su ingenio y su astucia frente a las fuerzas de las sociedad en general.” Es difícil evaluar un libro que se compone de historias tan variadas ya que las hay buenas, malas, mejores y peores, pero en general casi todas son entretenidas, en su variedad y se dejan leer muy bien.

Obviamente al leer sobre esa pareja que llega a Suiza y “teníamos habitaciones amplias y agradables, en el primer piso, con vistas al lago, y, ninguno de nosotros estaba poseído por el menor síntoma de esa incipiente manía que se manifiesta en un deseo insano de escalar montañas de fastidiosas escarpaduras y nieves innecesarias, me atrevería a afirmar que todos disfrutamos. Pasábamos la mayor parte del tiempo holgando en el lago, en esos graciosos vaporcitos y, de subir a una montaña, subíamos al monte Rigi o al Pilatus, en los que había una máquina que hacia todo el trabajo muscular por nosotros” no pude más que pensar en la distancia que me separa de algunos, desgraciadamente muchos, de mis contemporáneos, que, sin duda, se lanzarían a escalar cosas en lugar de disfrutar de esa holganza tan reconfortante y que tan bien encaja con mi carácter natural. Obviamente, por aquello de escalar cosas, pensé inmediatamente en mi buen amigo Jose Manuel y su transformación de trasnochador y juerguista en sano escalador (sano debería estar entre comillas ya que es algo de lo que tengo mis dudas, muchas, muchas dudas) ya que no se trata de una transformación de su carácter, que sigue siendo obsesivo y perfeccionista, sino tan solo de un cambio en el objetivo vital. Si su obsesión por el estudio le llevo a ser el número uno de la carrera, o si su afición a la cerveza le llevo a ser un gran bebedor pues es normal que un cambio al deporte le lleve a unos excesos en esa línea. Yo personalmente echo de menos tomar cervezas hasta altas horas de la noche (no sé si yo estaría ahora en capacidad de hacerlo) debatiendo de casi cualquier majadería o de nuestros contemporáneos, pero… cada loco con su tema.

Como digo, los protagonistas son variados e incluso está el que “bebía Champan con la tranquilidad de un hipertenso”, obviamente de un hipertenso de otros tiempos ya que ahora lo primero que te prohíben – bueno, después del tabaco – es el alcohol entre el que creo que los doctores (en la materia) incluyen, casi con toda seguridad el Champan, por lo que, si bien los hipertensos solemos tender a ser tranquilos, no nos gusta incumplir las indicaciones de nuestros médicos (o nos pone un poco nerviosos incumplirlas) por lo que me permito dudar o de la tranquilidad o de su hipertensión; o aquel otro que reflexiona como podría hacerlo mi padre “No hay nada tan insignificante que no merezca la pena aprender y aprenderlo bien”, frase con la que estoy bastante de acuerdo (aunque matizada ya que yo creo que hay muchas cosas que no merece la pena aprender, pero todo lo que merece la pena merece la pena aprenderlo bien).

Aunque pueda parecer lo contrario, de forma general, evito las conversaciones sobre libros y mucho menos las que van sobre libros que a alguien le han gustado, pero a mí no. Son conversaciones que no llevan a nada ya que es casi imposible convencer a otro de lo que te ha gustado de un libro o de lo que no te ha gustado, de hecho, es imposible convencerse uno mismo de que un libro le seguiría gustando si lo volviera a leer. En el hecho de que te guste un libro influye casi tanto el libro como tu momento vital que, al final, condiciona lo que te dice un libro o lo que te parece ingenioso del mismo. Por eso me sorprendió bastante encontrarme el otro día debatiendo sobre La anomalía, con Isabel – a la que sin ánimo de ser machista y clasificarla por algo ajeno a ella, podría referirme como la mujer de Paco ya que lo es y aclararía bastante quien es, al menos para los que conozcáis a Paco – a la que le había gustado mucho y la había hecho reflexionar sobre las posibilidades de ser “otros nosotros mismos”. Supongo que yo me perdí esta reflexión en el libro ya que esto de poder ser otros, que nuestras decisiones nos hacen ser una versión de nosotros mismos, ya se lo había leído a Rafa hace mucho tiempo cuando hablaba de que todos somos genocidas de nosotros mismos y que en cada decisión acabamos matando todos los otros yoes que podríamos ser y supongo que por eso no me ha parecido especialmente bueno (malo, muy malo, le dije a Isabel, ya que en las conversaciones para que surja la diversión, siempre hay que exagerar; incluso a veces hay que estar en contra solo por principios).

El caso es que creo que es en este libro – no estoy seguro, porque no he encontrado la marca – donde uno le dice a otro “hemos estudiado todas las posibilidades, si esto fuera jugar a cara o cruz hemos estudiado incluso que la moneda caiga de canto”, afirmación a la que el otro le responde: “pero no habéis estudiado que la moneda no caiga, y eso parece que es lo que ha sucedido”. Se trata de un ejemplo que últimamente se da mucho, especialmente en los campos de seguridad y salud, en los que algunas personas te obligan a vivir como si situaciones que no se pueden dar fueran, incluso probables y así es como de repente te ves paseando por el exterior de una depuradora obligado a llevar casco, como si fuera posible que algo te cayera del cielo o incluso que el cielo mismo se callera sobre tu cabeza como tenían aquellos galos famosos. Yo, simplemente “estoy cansado, tan cansado” que ya podeis empezar a llamarme Beniceturix (ni de coña, ni se os ocurra que por causas menores hemos tenido problemas mayores).

En cualquier caso, pese a que sí que creo que es un mal libro, la verdad es que tiene frases buenas, como “echar de menos a una mujer que te ha dejado será siempre menos doloroso que desear sin tregua a la que duerme a tu lado, en una penumbra indiferente y tibia, a años luz de distancia”, incluso aunque obvie la posibilidad de que seas tú quien la he dejado precisamente por esa indiferencia, salvo del deseo; o esa descripción de los mundillos artísticos, del literario concretamente como “un tren grotesco en el que unos listillos sin billete se cuelan descaradamente en primera, con la complicidad de unos revisores incompetentes, mientras en el andén se quedan los genios modestos (una especie en extinción a la que no se hace ilusiones de pertenecer)” que aplica y explica especialmente a la música en la que resulta sorprendente lo que triunfa frente a lo que no. Por supuesto, creo que ya casi es obligatoria en un libro actual, tiene su reflexión sobre el uso de internet con ese “el mensaje no está muy claro, pero la libertad de pensamiento en internet resulta mucho más efectiva desde el momento en que la gente ha dejado de pensar” que resulta plenamente aplicable incluso a los telediarios.

Aunque en la fiesta antes mencionada mantuve un par de conversaciones adicionales sobre libros (una sobre Verdú, Vicente, y su libro de futbol, que no se llamaba como yo pensaba, aunque estoy seguro de que un capitulo si se llama como decían: “el miedo del portero al penalti” o tal vez fuera “la soledad”, y otra sobre ese escritor sueco – noche y dia, de apellido y nobel de nacimiento – que ya he comentado últimamente) nadie me pregunto por ninguno de los tres libros siguientes que he leído que sinceramente me han parecido muy malos.

El primero de esta trilogía de desaciertos en la compra fue Me dejaste entrar, cuenta una de esas historias de duendecillos malignos que imagino podrá leerse como una metáfora del machismo y de la irrevocable atracción de algunas mujeres hacia según que comportamientos posesivos y de abuso. Igual no, igual solo es un cuento malo sobre una chica que se casa con un duende de los bosques, en cualquier caso, no merece que talaran árboles para imprimir esto (ni aun asumiendo que sean arboles de bosques sostenibles ni que el personaje malvado sea pariente de los árboles del bosque). Perfectamente prescindible y no se debería leer cerca de una chimenea ya que da demasiado ganas de arrojarla al fuego.

Agujero la compre solo porque era de una novela japonesa y por la portada se podía averiguar que era de una japonesita y, bueno, ya sabéis mi debilidad por cómo funcionan las mentes de a) los japoneses; b) las mujeres y c) los jóvenes… así que sentía curiosidad. Al igual que con la anterior sospecho que hay alguna metáfora oculta que se me ha pasado por alto, ya sabéis que yo no soy muy de metáforas ocultas…me gustan las metáforas, pero solo cuando están a la vista y parecen casi un juego de palabras. En fin, que otro fracaso de mis compras.

No me cuesta nada ser sincero, así que puedo decir que cogí La patria de los suicidas, sin especial interés y que solo me animo que estuviera editada en Siruela Policiaca que, es verdad, que me ha descubierto bastantes libros y autores interesante. Supongo que para algunas personas que una novela policiaca pase en Iznájar, Córdoba, puede ser un factor de bondad adicional pero la verdad es que si bien me resulta fácil identificarme con crímenes, o asesinos, de casi cualquier nacionalidad me resultan muy poco creíbles los crímenes, o los asesinos, de esta España mía, esta España nuestra. NO tengo ni idea de porque me pasa esto, puede que sea culpa de los escritores, puede que sea culpa de los protagonistas o de ambas cosas, o incluso que yo no esté preparado para “personajes de carne y hueso” si el hueso y la carne son de aquí, o igual es porque a los personajes –e incluso al escritor – le falta la sangre necesaria quedándose en eso, en despojos de carne y hueso. Como decía aquel la(s) historia(s) de España es como la morcilla y sin sangre… ni es morcilla ni nada.

El hombre perdido es la nueva de Jane Harper, escritora australiana que explota los recursos de vivir en un país en el que tu vecino más cercano puede encontrarse a mil quinientos kilómetros de distancia y en el que para hace un viaje en coche a la tienda es mejor equiparse con varios kits de supervivencia básicos e incluso tener una agenda en la que apuntas cuando sales de casa, adonde vas y cuando esperas volver para que sepan dónde buscarte si pasa algo y no regresas en el tiempo esperado. Es verdad que todos estos ingredientes, unidos a las rencillas propias de vecinos de comunidades muy pequeñas y muy aisladas, pues dan un caldo de cultivo para escribir novelas exóticas con temas cotidianos convirtiendo errores pequeños en lacras gigantescas. No es que sea una gran novela, pero después de las tres anteriores resulta una agradable variación ya que se entiende y los personajes tienen sangre y la autora aclara cosas que la gente tiende a confundir “según ella, se quedo paralizada. Yo creo que luego se avergonzó un poco de no haberse marchado, pero en realidad es una reacción muy habitual. Además, estaba sola y a oscuras con un tipo corpulento e insistente. – Steve miro a Nathan -. Podemos decidir si nos interesa prestarnos a algo, pero solo cuando nos dan la alternativa. Si no la das, estas manipulando a la otra persona y aprovechándote de ella. - Se encogió de hombros -. Es una violación.” Así de sencillo debería de ser entender algunas cosas, hay muchos tipos de violencia y todo lo que deja sin alternativas a otra persona es violencia. Así de simple.

Seis cuatro es la segunda vez que la leo, si me la había leído en ingles hace unos años y me había gustado bastante, no tanto como para volver a leérmela conscientemente, por voluntad propia, pero si como para leerla una vez que me había quedado sin alternativas y sin tiempo para acercarme a mi librería de referencia, Méndez en la calle mayor (que para acercarme a Fuenfría en Cercedilla es mejor ni hablar, que ya sabéis todos de mi alergia al campo) que fue donde me la compre pese a estar seguro en casi un 83,7% de que ya me la había leído. Obviamente me sonaba mucho pero como no está seguro del todo decidí cogerla en mi última visita precisamente con esa idea: tenerla de reserva por si me quedaba sin lectura en algún momento. No me extiendo con ella, en este segundo comentario, ya que para eso está el primero y yo nunca he sido de segundas aclaraciones.



Sobre Días de luz y esplendor también tenía mis dudas ya que estaba casi seguro de haber leído una de lo que al parecer es una trilogía, pero era incapaz de recordar si era esta u otra. Al final resulto que no la había leído, que he leído la primera y esta que es la tercera, saltándome la segunda por esos caprichos del destino con una habilidad olímpica. Es verdad que pese a que los personajes son los mismos en ambas novelas – me atrevo a adivinar que también en la segunda serán los mismos – pueden leerse (yo lo he hecho) como historias separadas sin ningún problema. La verdad es que la novela tiene un sentido del humor muy urbanita y muy cercano a mi, que también siento a veces eso de “en aquel momento no sabíamos que eran los ochenta – dijo Washington -. Nadie nos lo dijo hasta 1987, y para entonces ya casi habían pasado.”, que en cierta medida explica a veces mi distanciamiento, mi ausencia de nostalgia, por lo que ahora se reivindican como los ochenta, especialmente por aquellos que no los vivieron en su día pese a que pudieran haberlos vivido (por edad). Esas épocas que en las que entre las cosas más sorprendentes se encontraba que alguien pensara “Di no a la droga” era un gran eslogan (al parecer de Nancy Reagan) cuanto todo el mundo sabe que “las drogas no admitirían un no por respuesta”, esto es, era y seguirá siendo, así de sencillo.

Toda la novela se lee muy cómodamente y tiene sus frases buenas, siendo para mí la mejor: “las excentricidades de un amante se transforman en fallas de carácter en aquellas personas con quienes uno ya no se acuesta” que es aplicable no solamente a las amantes sino, incluso más, a aquellos amigos con los que uno ha dejado parte de su amistad.

Sobre la Jurado 272 tuve muchas dudas y la verdad es que la había dejado sin comprar, pero el Méndez mayor – el menor sigue de baja de ERTE, imagino al igual que imagino que son hermanos, sin razón alguna quiero decir – me la recomendó, que a ellos (a él y, entiendo su mujer, que es la que ahora le acompaña en la librería) les había gustado mucho. Así que decidí darle una oportunidad y la metí debajo del brazo antes de acercarme a pagar mis deudas de esa visita. La verdad es que está bien, entretenida, sin ser un thriller judicial tiene ese punto de seguir las decisiones del jurado en un caso mediático y cómo evoluciona todo posteriormente para ellos como consecuencia de su participación en el juicio. La novela pasa en Los Ángeles, ciudad que visite en su día y no me gustó nada (pero dejare esto para otra entrada que igual escribo pronto) creo que ni siquiera es una ciudad, sino que también pienso en ella como “un tributo ejemplar a la capacidad del ser humano para sobrevivir en un suelo infértil, o el edificio marchito de los planes más ambiciosos de una generación para plantar algo que no debería vivir.” y sobre sus habitantes – al igual que sobre los de Madrid – también coincido en eso de que “geográficamente eran sus vecinos. Oficialmente eran sus iguales. Entonces, ¿Cómo era posible que parecieran teletransportados de otro planeta?”.

La gran curiosidad, para mí al menos, es enterarme de que debido a las leyes en contra de los delitos sexuales (especialmente la pederastia no santificada), o más bien en el sentido de avergonzar sobre los delitos cometidos que en el castigo de ellos como los registros públicos de delincuentes sexuales, la prohibición de vivir a más de una distancia de un colegio, o la necesidad de ir a presentarse a su potenciales vecinos para contarles sus delitos;  tenga como resultado que “Cada vez había más hombres expulsados de la sociedad que necesitaban un sitio donde vivir en paz. Así nació un sórdido negocio inmobiliario que dio lugar a pueblos como Miracle. Si era la sociedad la que debía de protegerse de esos hombres o eran ellos quienes debían protegerse de la sociedad, dependía del modelo de negocio de cada uno.” Entiendo que es dificil, pero no creo que la solución pase por la creación de estos guetos en los que se intenta eliminar la posibilidad de reincidencia, pero sobretodo se elimina la posibilidad de rehabilitación e incluso de perdón. No lo sé, sinceramente; a veces para algunos delitos todo castigo me parece poco, pero otras veces me supera la posibilidad de creer en la posible recuperación. Más en sistemas de enjuiciamiento basados en un método asambleario, como es el de jurados, ya que todos sabemos (desde mucho antes de esta novela, e incluso desde antes de las otras; todos sabéis cuales) que el método asambleario no funciona, que la gente cede ante el más fuerte, o el más terco o el más dicharachero o el más lo que corresponda.

En fin, pues eso, lo de siempre: ¡Divertíos asaltando el castillo! Yo espero estar de vuelta en breve para cumplir mi promesa de inicio de año aunque no las tengo todas conmigo.

 

Lecturas

Villanos victorianos – Michael Sims (ed.)

La anomalía – Hervé Le Tellier

Me dejaste entrar – Camilla Bruce

Agujero – Hiroko Oyamada

La patria de los suicidas – Pascual Martinez

El hombre perdido – Jane Harper

Seis cuatro – Hideo Yokoyama

Días de luz y esplendor – Jay McInerney

La Jurado 272 – Graham Moore