lunes, 8 de septiembre de 2014

Comentario de textos - Agosto 2014

El sueño de un hippie – Neil Young
Who I am – Pete Townshend
El hijo único – Anne Holt
El caso birdman – Mo Hayder
Yo fui Johnny Thunders – Carlos Zanón
Un soplo de aire fresco – Don Winslow
Tras la pista del espejo de Buda – Don Winslow
Cold, cold ground – Adrian McKinty
La muerte del padre – Karl Ove Knausgard
The Wastewater plant – Dodge Winston
The Wrath of Angels – John Connolly
Cuentos de la ballena azul – Jonathan Vidal

Si Agosto no te pilla preparado puede convertirse en un mes de lecturas extrañas: si te vas de vacaciones acabaras leyendo todo tipo de novelas en ediciones de bolsillo de las que venden en los quioscos de prensa o en el Carrefour (algo contra lo que no tengo nada en contra, que quede claro) porque seguro que no has sido previsor y no has cargado con libros suficientes para todas las vacaciones ( siempre acabas leyendo más de lo que pensabas, es inevitable),  si no te vas de vacaciones lo más probable es que el cierre de tu librería habitual te obligue a visitar sitios un poco menos agradables (La casa del libro, El corte inglés, la FNAC o incluso La Central) para abastecerte.
Ya, ya sé que ahora vosotros tenéis una solución a este problema (si os quedáis sin vacaciones, o si vuestras vacaciones os acercan a Madrid, que de todo hay en la viña del Señor) al contar con la Librería Fuenfria de Cercedilla que abre todo el verano (las otras tres estaciones, también; que lo sepáis, así que no tenéis excusa para no visitarla) y que además de lectura os proporciona una excusa para ir a visitar la sierra y que podáis “aprovechar” los días de verano y así os podáis sentir mejor por eso de ir al campo en lugar de estar en casa tranquilos que para vuestra mente judeocristiana es como mucho mejor que darse  a la pereza de estos días (solo Dios sabe porque).

Obviamente, por mi incapacidad para ir al campo (mucho menos en los meses de verano) yo opte por abastecerme en exceso y de extrañas lecturas en la librería Méndez de la calle mayor, por lo menos hasta que me marchara de vacaciones a Piles y me dedicara al apasionante mundo de las lecturas de quiosco y/o de grandes superficies,  de hecho pensaba abastecerme de una colección de novela negra que, a precios ridículos y a un ritmo de un libro cada dos días, El Pais (creo) anunciaba con sacar este verano. Un buen plan para releer (algo obligatorio en verano) e incluso, con mucha suerte, descubrir algún autor nuevo y con la ventaja añadida de no tener que transportar libros a la ida ni a la vuelta.
Abastecerse “en exceso” nunca es fácil, si simplemente abastecerme ya me cuesta lo mío y, como ya sabéis, acabo comprando los libros por los motivos más absurdos y sin ningún criterio discernible. Como para abastecerme en exceso, eso iba a resultar difícil.

Afortunadamente, no lo fue tanto gracias a la casualidad (o al posicionamiento de los libros estudiado por las mentes malignas de la mercadotecnia actual; que es otra posibilidad) ya que había dos libros que no me había comprado por separado nunca pero que al verlos juntos me pareció que igual podían tener su gracia, eso de leerlos como un pack: El sueño de un Hippie de Neil Young y Who I am de Pete Townshend.



¿Biografías, estáis murmurando? Pues sí, ya os digo que no habría comprado ninguno de los dos por separado (de hecho ya había visto ambos más veces y nunca me habían apetecido) pero los genios malignos de la mercadotecnia me obligaron. Si, lo reconozco, yo soy de ese tipo de persona que siempre acaba comprando las chorradas que colocan cerca de las cajas a la salida, o un producto más caro solo por no agacharme a coger el que esta de oferta en la balda del suelo. Pero ¿biografías, si tú despotricas siempre de las biografías? ¿Biografías? ¿Dos? En fin, otro triunfo de los genios malignos sobre la humanidad.


Pues sí, las compre y no solo las compre, si no que de hecho me reafirmo en que las biografías me parecen una mierda, salvo escasas pero honrosas excepciones. Estas no lo son. A ambas les pasa lo que a casi todas las biografías: les falta sinceridad y las partes más interesantes se quedan claramente fuera. Supongo que esto es casi inherente a la escritura autobiográfica y se debe a que aunque uno quiera ser sincero y contar las cosas que le han pasado, uno se siente limitado para contar cosas de otras personas, aunque sean verdad, y como norma general la vida de una persona es interesante pero por sus relaciones con otras personas. La vida no es solo un deporte de contacto, si no que es un deporte de grupo: a uno solo no le pasa nada especialmente interesante, las cosas interesantes siempre implican a más personas, y claro si no se quieren contar cosas de otras personas pues no se puede contar casi nada interesante.

Eso sí, a veces la visión tan parcial que uno tiene de las cosas, donde tiene uno la raya que separa la normalidad de lo raro, resulta sumamente educativa/curiosa. Así cuando Neil Young recuerda la actuación como equipo de seguridad de los Hell’s Angels en el concierto de Altamont parece encantado con la misma y comenta casi como un logro “solo hubo un homicidio durante el concierto”. Sí, es posible que con la cantidad de gente que había un solo homicidio fuera un logro del servicio de seguridad pero, no sé, parece que, cuando menos, es uno más de lo deseable. No sé, a mí un homicidio me parece un fracaso del servicio de seguridad, eso sin considerar que el homicidio lo llevo a cabo el propio servicio de seguridad. No sé, ya digo, la normalidad de cada uno es probablemente anormal para los demás: “No se puede tener todo. O eres roquero o no lo eres”.

En cualquier caso la lectura de ambas seguidas, especialmente teniendo en cuenta mi incapacidad para retener información, me ha resultado educativa ya que ambas están planteadas de forma totalmente diferente. La de Neil Young no es un libro como tal (como yo lo entiendo) siendo más bien la transcripción de pensamientos dictados directamente sin ninguna revisión (algo con lo que igual bromea una de las pocas veces que dice habla de un acto ilegal de otra persona, “¡No he dicho nada! ¿el micrófono estaba encendido?” o algo de lo que ni siquiera se ha preocupado), la de Pete Townshend si lo es y se ve un esfuerzo de escritura (suyo según todos los indicios), estando organizado y siguiendo una pauta normal.

Pete Townshend resulta creíble cuando admira a la gente que ha conocido a lo largo de su vida (también cuando odia a otros) e incluso hasta cuando no cuenta algo, como al hablar de los conciertos de Hendrix, lo hace con estilo: “Dudo un poco al describir lo extraordinario que era velo actuar, porque no quisiera que sus legiones de jóvenes fans sintieran lo que se han perdido. Todos nos hemos perdido algo. Yo me perdí a Parker, Ellington y Armstrong.”; Neil Young, no, probablemente porque no admira a nadie tanto como a si mismo e incluso aprovecha el libro para convencer de que es la única persona que sabe de sonido y que es incomprensible que su sistema de almacenamiento de sonido no triunfe y si lo hagan otros sistemas. Él es el centro del universo, no solo de su universo (que cada uno somos el centro del nuestro), si no el centro del todo el universo, a veces todo el universo. “un hippie con demasiado dinero es capaz de cualquier cosa”, dice el como algo bueno; vale, yo lo leo de otra forma.

Supongo que igual debería comentar que a mí siempre me ha caído mucho mejor Pete Townshend que Neil Young y que puede que esto influya en mi lectura, pero paso de comentarlo. Os aseguro de la de Townshend es mucho mejor libro (¡por lo menos es un libro!) sin ningún tipo de parcialidad ni de imparcialidad.

Lo que si comentare es que mi compra en exceso no fue tal, en un sentido estricto, ya que prácticamente había acabado estos libros a primeros de agosto y si no los he considerado de julio es solo porque me parecía que había leído mucho en julio.

Así que a primeros de agosto ya me encontraba sin reservas, con la librería Méndez cerrada,  con Cercedilla a la distancia habitual (o un poco más por eso del verano) y en Madrid. Ciertamente podía haber seguido con mi plan de comprar la colección de novela negra del verano pero, no sé porque, me parecía un plan adecuado solo para Piles.

Esta vez decidí darle una oportunidad a La Casa del libro y me pase por su nuevo edificio (si, ya lo sé: lo abrieron hace el número de años suficiente como para que lo de “nuevo” carezca de sentido pero, que queréis que os diga, para mi La Casa del Libro es la de la Gran Vía, esta pues como que solo es el nuevo edificio).

No me apetecía mucho, pero era necesario ya que no sabía cuándo se concretaría mi visita a Piles, no me apetecía mucho porque en estos sitios en los que están todas las novedades, sin criterio especial, me resulta muy difícil escoger un buen libro. Al fin y al cabo, para mí, la función del librero (tarambana o no) es la de seleccionar las cosas que merece la pena poner a disposición de sus clientes, realizar un filtrado inicial que les facilite la vida, conocer a sus clientes y por eso estaría dispuesto a pagar más por un libro (ya, ya sé que no se puede, que el precio es fijo).

Así que me fui a lo fácil, a la sección de novela negra y me decidí por comprar de chicas (perdón de autoras, o autores, femeninos) como criterio básico de selección. Como no podía ser menos había una autora escandinava que no conocía (creo), la padrina o la abuela (no recuerdo) de la novela negra sueca o noruega (tampoco recuerdo) de la que había varios. Cogí El Hijo Único, un asesinato en un orfanato con el culpable más probable uno de los niños. Esto dice la contraportada, así que hasta aquí no os estropeo nada. Hasta aquí no hay spoiler… el spoiler podría venir al deciros que me recuerda a Agatha Cristie ya que hay un momento en el que prácticamente todos los personajes tienen un motivo u otro para cometer el crimen y este se resuelve pues de aquella manera. Lo mejor de todo el libro es un dato que necesito comprobar “¡En la actualidad se cometen en Oslo más asesinatos que en las novelas negras! Por primera vez en la historia” ya que viendo la cantidad de novelas escandinavas que hay últimamente se me hace un poco raro, claro que puede que al ser la abuela (o la madrina)  de la novela negra escandinava esa actualidad no sea ahora y si sea cierto.

Una elección razonablemente fácil era El caso Birdman ya que es la primera de una serie de la que acababa de leerme la segunda  (El tratamiento)y no me había disgustado si bien tampoco me había encantado. A esta le pasa un poco lo mismo, es una novela correcta pero tramposa y no puedo explicaros mucho más sin hacer un spoiler de toda la historia y estropeárosla y tampoco es plan. Es una novela entretenida y que se lee bien así que igual os vale para rellenar unas horas.

Un título como Yo fui Johnny Thunders puede resultar tentador y siendo de un escritor español de prácticamente mi edad pues pensé que se merecía una oportunidad. Aunque tienen algunas frases buenas “Tiene la cabeza como los bolsillos de un mendigo: un montón de cosas que no sabe dónde las cogió, que significan, para que sirven” con las que me podría sentir identificado incluso con la que podría identificar a mucha gente que tiene la cabeza exactamente así, se trata de una oportunidad desperdiciada y sin llegar a ser una mala novela no es lo que me esperaba aunque tampoco tengo claro si esperaba algo en concreto.







Con esto conseguí entretenerme hasta que llego el día en que al final me marcharía para Piles para pasar unos diez días (eso pensaba yo) descansando, pasando algunos ratos leyendo en la playa, tomando unas cervecitas, leyendo un rato por la tarde y tomando otras cervecitas, incluso montando en bicicleta y sin hacer nada productivo, ya que han sido dos años de muy poco trabajo en los que ni siquiera me he encontrado con las fuerzas para hacer muchas de las cosas que tenía atrasadas precisamente para un momento como este. Además había encontrado la excusa perfecta para salir de Madrid ya que tenía una reunión en Murcia que justificara mi visita (aunque no necesitara una excusa).

Sin nada que leer se hacía necesaria otra visita de última hora, aunque fuera al nuevo edificio de La Casa del Libro. Esta vez sabía lo que iba a comprar ya que la vez anterior no había comprado la primera novela en español de una serie de Winslow (otro autor que me descubrió Rafa, aka el librero tarambana, y que esta entre mis favoritos e imprescindibles), Un soplo de aire fresco, ya que había pensado aplazar la compra para comprar la serie en ingles en mi peregrinación anual. Pero ahora era necesario. Solo diré que Winslow sigue siendo un imprescindible y que prácticamente nunca decepciona (bueno, puede que alguna no esté a la altura del resto pero aun así). En esta primera novela de la serie además recuerda un poco al Goldman de Brothers, por lo menos al principio cuando el protagonista está empezando a formarse en distintas artes de legalidad dudosa pero de manifiesta utilidad.



Llevarse un solo libro a un viaje como este no está bien ya que puede que te lo acabes antes de llegar y si no te lo acabas lo harás ese mismo día ya que es lo que tienen estos libros, que hacen que no tengas sueño suficiente para dormir hasta que no pasas la última página (en este caso, en el que además reproducen el primer capítulo del siguiente, solo hasta que acaba la historia porque si empiezas la siguiente antes de dormirte igual tienes un problema de insomnio y seguro que no hay librerías de guardia cerca). Extrañamente esta vez tuve suerte y localice la primera novela de McKinty (si, esta vez sí era el Mc adecuado y no como el mes pasado cuando intente comprarla por primera vez).  Extrañamente no habían traducido el título y en español también se titula Cold Cold Ground, algo que haría que mi hermana Helena no empezara a leérsela cuando la deje en Piles ya que pensaba que estaba en inglés. Así de raros somos en la familia. La verdad es que me gusto bastante pero me sigue gustando más la segunda, cero que porque en esta la violencia externa a la historia (el Ulster en los 80) está más presente y no tan asumida como en la segunda en la que solo proporciona un telón de fondo inquietante. Con todo, ya digo: buena.

Al final solo pude estar en Piles un par de días ya que tuve que volver para preparar una oferta para realizar otro proyecto, ya que con el poco trabajo que hay no podía desperdiciar la oportunidad. Hay que ganar algo de dinero para pagar tanto libro y otras cosas. Afortunadamente, el retorno fue provechoso y me han dado el trabajo así que ahora estoy proyectando la segunda ampliación de una estación depuradora que proyecto mi padre en los ochenta y para la que yo hice un proyecto de ampliación (que no gano) a finales de los noventa. No sé si es un record pero debe de estar cerca esto de trabajar tres veces en la misma depuradora, igual consigo batirlo en otra década.

Con mi vuelta a Madrid mi plan de comprar la serie de novela negra del verano fracaso y volvía a estar en la ciudad, otra vez sin lectura. Eso sí, para entonces la librería Méndez ya estaba operativa lo que facilitaba el tema adquisiciones notablemente, sin necesidad de visitar la sierra de Madrid (algo que me apetece hacer) o las grandes superficies (algo que no me apetece especialmente).

Aunque la librería Méndez estaba operativa decidí pasarme una vez más por la Casa del Libro (por el edificio nuevo) para comprar la que primera novela identificaban como la segunda parte de la serie de Winslow: Tras la pista del espejo de Buda, ya que la primera me había parecido excelente y, aunque no había leído el capítulo incluido en la primera, me apetecía seguir las peripecias del detective Neale. La localice, la compre sin prácticamente mirarla y me fui a casa a leerla. Cuando ya llevaba varios capítulos, en un breve descanso, decidí leer la solapilla interior. Increíble, ponía que era la tercera entrega de la serie. Me quede totalmente extrañado. Como podía ser tan desastre, ir a comprarme la segunda parte y comprarme la tercera; ya me vale, y encima veía casi una continuidad lógica entre ambas novelas. Ya me vale, a mi o… a los correctores de pruebas ya que pese a lo que decía la solapilla era la segunda y era de la que estaba el principio en el libro anterior. Es difícil elegir la errata más grave en un libro (por cierto que cada vez abundan más, debe de ser que con la crisis las editoriales han eliminado a los correctores) pero esta alcanza fácilmente el top-ten, sin problemas.

No es una mala novela pero es de las que no están a la altura de lo que uno espera (mucho de Winslow, aunque ya había tenía algunas decepciones con el anteriormente) y eso que está llena de frases realmente estupendas como “el café se le subió directamente a la cabeza, agarro su resaca y le soltó un par de bofetadas” o “la paranoia es como el cinturón de seguridad: es cuando no te lo pones cuando sufres el accidente” sin olvidar la que me parece una gran pregunta metafísica (para la que no tengo respuesta): “¿le habría gustado a Judas el vino de la ultima cena?”. Ya digo, una novela que si fuera de otro sería buena o muy buena pero que para Winslow pues se queda en normalita.

Liquidada esta deuda ya podía visitar la librería Méndez. Esta vez solo estaba el mayor de la hermanos (digo hermanos, aunque cada vez estoy más seguro de que no solo no son hermanos, si no de que ni siquiera son familia pero la realidad no es tan importante como la gente cree). Como siempre elegí mis libros tranquilamente y los lleve a la caja para pagar y fue entonces cuando el mayor me dijo “una gran elección, me han dicho que este libro es excelente”. Una frase normal pero que a mi me extraño ya que generalmente, pese a confiar en la opinión solapada de mis libreros, no suelo comentar con ellos lecturas y mucho menos suelen alabar las cosas que me llevo. Puede que porque normalmente no acierte con lo que hay que llevarse o puede que sea porque yo no transmita ganas de charlar o la necesidad de reafirmación de otros clientes pero es raro que hable con mis libreros de libros.

La única vez que recuerdo haber hablado con un librero porque el alabara los libros que compre fue en Maine (creo) en una librería de segunda mano a la que había ido con mi hermano Rafa. Rafa llevaba ya bastante tiempo viviendo allí y visitando al librero con cierta asiduidad, ya que al parecer era todo un personaje (el librero, digo. Rafa también pero eso ya lo sabéis) que incluso había estado en la guerra civil española y Rafa intentaba que le hablara comprándole las cosas más intelectuales que se le ocurrían a ver si entablaban conversación, pero el otro no soltaba prenda. Rafa compraba sus extrañezas y el librero se las cobraba prácticamente sin mediar palabra mientras Rafa se mordía la lengua para no iniciar la conversación. El caso es que yo escogí dos o tres libros, que por supuesto a Rafa le parecieron completamente fuera de lugar y sin ninguna relevancia para su plan de conocer más de librero y fuimos a pagar. A pagar, yo, mientras que Rafa tenía la esperanza de que igual el librero comentara algo de la compra infantil de su hermano menor y aunque fuera por esta ironía poder comentar con el librero.

El librero coge el primero de los libros que yo había elegido, lo mira, me mira… y dice (traduzco libremente) “excelente elección ¿le gusta a usted Mamet (creo que era)? No es habitual por aquí”; coge el segundo libro, lo mira, me mira y dice “ciertamente excelente. Definitivamente  ¿Usted no es de por aquí, no? No, no se ofenda, es solo que no suelo tener clientes que hagan tan buenas elecciones”. “No, soy español” le informo yo, ante la mirada atónita y alucinada de mi hermano. Así que el librero se traduce a sí mismo y dice en perfecto español “¿Español? Hombre, que curioso, yo estuve en España… en la guerra civil, en el bando de los republicanos…no se ven muchos españoles por aquí” y se pone a contarme parte de su vida y milagros. Afortunadamente, Rafa consigue salir de su estupor y se pone a conversar con el librero y a comentarle que soy su hermano, que el también es español y republicano. En fin, que más o menos, se cumplió el objetivo de Rafa de conocer a aquel librero aunque fuera por mi lamentable colaboración.

Si bien le hizo ilusión conseguir hablar con el librero, del que creo que luego se hizo amigo, no dada crédito a que le hubieran interesado mis selecciones más que las que el llevaba haciendo, así que la aventura le dejo con un poquito de resquemor. Resquemor que podríamos decir que empeoro cuando unos días después fuimos a visitar a Lidia (a New Hampshire, creo) y le conto lo acontecido con el librero (razón por la que yo la conozco) buscando su comprensión mediante el método de enseñarle el segundo libro, la mierda esa era como lo denominaba, que había comprado.

Lidia, tampoco lo conocía, le parecía que debía ser una porquería (es verdad que la portada parecía indicar que lo era) y me pidió que se lo dejara para ojearlo un poco en el baño antes de emitir un veredicto completo.

A las tres horas (o un poco menos), o igual cuando llamo Claudio (vete a saber, al fin y al cabo nosotros estábamos tomando unas copas), puesto que no volvía, decidimos ir a ver si le había pasado algo.

Llamamos a la puerta y le preguntamos si había algún problema. Ella, toda sorprendida y digna (pensaba que llevaba tan solo unos minutos, igual un poco más, pero nada excepcional),  nos dijo que “No, no pasa nada. Solo estaba ojeando esta mierda, ahora mismo salgo”.

Y salió, aunque aún tardo un poco.

Seguimos tomando alguna copa pero ella estaba un poco tensa, como distraída. Al poco, se despidió de nosotros y se retiró a sus aposentos diciendo que estaba muy cansada y que mañana tenía un día complicado. No volvimos a verla hasta la mañana siguiente cuando nos despertamos y ella ya estaba tomando café en la cocina, claramente sin haber dormido, pero ya en las últimas páginas del libro.
Todos (también estaba José Manuel, creo) la miramos sorprendidos, mientras leía las últimas páginas, dejaba el libro con cara de agotada y como toda explicación decía “pues no está mal esta mierda... pero tampoco es gran cosa”. Pues, vale.

Realmente Rafa no daba crédito. Primero se sentía traicionado por el librero y ahora por su casi-hermana y encima en su territorio (los libros) y por su hermano pequeño. No daba crédito pero no os diré si él se leyó el libro, la mierda esa, o no; de hecho tampoco os diré cuál era la mierda esa porque: divago, si eso, pues ya os lo cuento otro día.

El libro que el hermano mayor de los Méndez me decía que era buenísimo, que todo el mundo le había dicho que era una obra maestra, era La muerte del padre. Puedo confesaros que pensé en cogerlo por el título solamente, aunque cuando mire la contraportada en la que se decía que era la primera de seis de la biografía del autor estuve a punto de dejarlo ya que a) no me gustan las biografías y b) ¿seis tomos, de autobiografía? Tenía que ser broma, una broma pesada. Pese a todo, lo cogí ya que parece que este es mi mes dedicado a las biografías y no pienso sentirme obligado a leer los otros cinco tomos. Utilizare las mismas palabras que el autor usa para describir la lectura de un autor (Adorno) de esos obligatorios: “lo que me enriquecía cuando leía a Adorno no estaba en lo que leía, sino en la imagen que recibía de mí mismo cuando leía. Yo era una persona que leía a Adorno”. Pues eso, un libro ideal para ir a leer a La bicicleta, o similar, y para contar que se ha leído o mejor aún para dejarse ver leyéndolo. Un existo seguro pero dudo que yo lea las cinco partes siguientes.

Mientras leía este libro, ya casi a final de mes, en el blog que la agencia de protección ambiental americana (la USEPA) comentaban la edición de The Wastewater Plant, según ellos el primer libro ambientando en una depuradora. Una novela de terror con el subtítulo de “Where no one cares when you scream” lo que, como seguro comprenderéis,  provoco mi rauda a amazon.es ya que, por malo que fuera y parecía realmente malo, era necesario leerlo. La verdad es que lo que resulta más curioso del libro es que este escrito por un operador de planta no porque no esté muy bien escrito, que no lo está, sino porque hay algunas cosas que no resultan especialmente creíbles viniendo de alguien que se supone trabaja en una depuradora (aunque sutiles). En cualquier caso la típica novela de terror, tipo La cosa o similar, y que puede que quede mejor en una película; aunque no será la primera película filmada en una depuradora ya que, entre otras, gran parte de ese clásico de la serie B, o Z, que es El vengador toxico, esta filmada en una depuradora. De hecho en algún momento he sabido en cual en concreto, pero me he olvidado como me olvidare de este libro (excepto para conversaciones absurdas).

Aunque soy plenamente consciente de que amazon tiene una extraña política de envíos y de que yo tengo contratado un servicio por el que me cobran un tanto anual, independiente del número de envíos, aproveche para pedir la última novela de Connolly por aquello de ahorrar (aunque no me supusiera ningún ahorro). Es más, creía haber oído que Connolly había sacado no solo una novela si no que había sacado dos este año, por lo que comprobé las fechas de edición y pedí las dos últimas editadas. Dos Charlie Parker seguidos es algo que cualquier persona necesita, casi igual que verse una temporada de 24 toda ella seguida, ya que cuesta dejarlas y da pena que se acaben. Es verdad que The wrath of angels está lejos de lo excelente que es Todas las cosas muertas, la primera de la serie y que para mí está en el top-ten de comienzos de novelas (un día hare una selección de mis comienzos de novela favoritos) y que la historia de ángeles y demonios ya ha evolucionado hacia una saga sin final posible; con todo Connolly sigue teniéndolo y sus novelas siguen siendo verdaderamente entretenidas. Esta también, aunque la historia sea tan solo una excusa para algunas reflexiones interesantes, siendo mi favorita de esta novela: “previous generations wanted to be governed by men, who were smarter than they were, while today’s voters preferred to be led by those who were as dumb as themselves” y por supuesto para frases ingeniosas como “CSNY, Four way street, couldn’t be more mellow if Buddha himself was on backing vocals”, especialmente apropiada después de leer la biografía de Neil Young.

Con esta novela daba debería dar por acabado el mes pero uno de los últimos días apareció en la mesa de mi oficina Cuentos de la ballena azul y tuve que leérmelo por la curiosidad que siempre despiertan las cosas escritas por conocidos. Se trata de una recopilación de artículos sueltos que la verdad es que no tienen más interés del que podría tener este blog y (sí, soy vanidoso) mucha menos gracia que este blog. Jonathan es una buena persona y estoy convencido de que en su vida hay historias verdaderamente divertidas (al fin y al cabo ha sido músico y promotor musical durante muchos años) y sin embargo hasta cuanto puedes averiguar que la historia que cuenta podría ser realmente divertida, no tiene ninguna gracia contada por él. Eso sí, ahora que sé que ha sido fan de Jackson Browne (el de la sensacional y horterisima Stay, aunque tiene muchas otras canciones excelentes) tengo que buscarle una buena canción, babosa a ser posible, para ponérsela la próxima vez que coincida en el Wurlitzer con él, o la siguiente en que coincida en un concierto en el que vaya de punk-rocker profesional a ver cómo reacciona, si se pone a bailar, se hace el sueco o que.

Solo espero que no se me olvide ya que estas pequeñas alegrías son las que hacen la vida realmente divertida. En fin, que al final se me ha vuelto a ir la mano con las lecturas y con las historias pero ahora que tengo trabajo estoy leyendo menos así que el mes que viene seguramente mi comentario de textos sea corto (para compensar) aunque espero escribir más a menudo. Pero divago, si eso, ya os lo cuento otro día.



lunes, 18 de agosto de 2014

Inauguraciones

El otro día fui a la inauguración de una planta de tratamiento de aguas potables, la ETAP de Medina de Pomar (creía yo), en la que podría decirse que había colaborado, aunque también podría decirse que se trataba de una planta que había diseñado.


Como casi siempre ninguna de las dos cosas es más cierta que la otra: innegablemente había colaborado en el diseño del tratamiento casi hasta poder decir que yo había hecho el diseño, pero solo del proceso y equipamiento, que como es  la parte importante, la que hace que funcione, podría decirse que yo la había diseñado; pero ni yo firmaba el proyecto ni había realizado la totalidad del mismo así que no puedo decir que la hubiera diseñado completamente.

En cualquier caso pensaba que conocía bien la planta y que básicamente iría a disfrutar de verla construida, de los canapés y poco más. Ese era el plan: hacer acto de presencia, comprobar que todo estaba bien, saludar a los conocidos sonriendo tontamente a los políticos, tomar unos canapés y un par de cervezas, pero sin abusar ya que seguramente andarían las fuerzas vivas de la localidad (Aka la Guardia Civil) y puesto que además teníamos pensado volver a tiempo para tomar unas gambas en el chiringuito de la sierra (del que ya os ha hablado otras veces), e incluso pasar por Cercedilla y visitar la que debe de ser ya vuestra librería de referencia pero de la que creo que aún no os he hablado, o no o suficiente.

Yo tenía mis dudas respecto a las posibilidades reales de cumplir este horario, en primer lugar porque no tenía ni idea de donde quedaba Medina (yo trabajo sobre plano sin visitar, casi nunca, el sitio concreto) y sobre todo porque en mi experiencia – que se basaba en las muchas inauguraciones a las que mi padre me llevaba durante los primeros años ochenta, el primer Plan de Saneamiento Integral (PSIM) lo inauguramos juntos prácticamente entero, yo tomando refrescos y devorando los, entonces, tradicionales canapés perfectamente barnizados, y mi padre ejerciendo de presentador técnico de la planta - estas cosas podían alargarse mucho con discursos y presentaciones.

Seguramente, por la ausencia de mi padre como presentador técnico de las instalaciones, que cuando se ponía (y cuando no se ponía, también o incluso más) podía resultar excesivamente didáctico y cuasi eterno; más bien digamos que por la ausencia de un presentador técnico el acto se redujo a lo mínimo imprescindible y nos dio tiempo a cumplir el horario casi en su totalidad, tomándonos las preceptivas gambas pero sin llegar a visitar al librero tarambana, que seguramente andaría echándose la siesta o haciendo la siesta que nunca se sabe, y eso teniendo en cuenta que paramos en otra obra de camino (no por sentirnos como jubilados si no porque también era un proyecto nuestro y pillaba de camino hacia las gambas).

En cualquier caso, como decía, no esperaba que la planta me sorprendiera ya que, como decía, había participado en el diseño; no podían haber cambiado nada significativo sin informarme (pensaba). Y no, no habían cambiado nada significativo salvo que ahora la planta tenía “nombre”: ETAP DE CAMPOS GÓTICOS, ni más ni menos, para haberlo sabido.


Tampoco es que si lo hubiera sabido habría sacado mis (inexistentes) ropajes a lo Cure, ni que me hubiera cardado mi (inexistente) pelo, ni mucho menos me hubiera pintado la raya de (estos si, existentes) ojos. No, nada de eso; tan solo es que es un nombre mucho más elegante que con el que yo tenía archivado este trabajo y me daba pena no haberlo utilizado antes.

La verdad es que lo de las inauguraciones, por muy tonto que sea, me sigue haciendo ilusión  ya que pese a llevar más de veinticuatro años diseñando plantas de tratamiento casi nunca he estado invitado a las inauguraciones de las mismas, de hecho posiblemente en todos estos años es la segunda o tercera vez que iba a participar en la inauguración de algo que había diseñado yo. Inconvenientes de ser “un negro”, o más bien el ultimo eslabón de una cadena muy larga, el ultimo mono (bueno, el penúltimo ya que incluso por debajo de mi hay gente que hace una parte importante del trabajo), en la que pese a ser yo el que hago el trabajo de diseño normalmente es otro el que firma el proyecto, se lleva los laureles y es invitado a las inauguraciones. Es sabido que a los escritores, de autobiografías y otros, no les invitan a las presentaciones de los libros (bueno, a Rafa cuando realizo la autobiografía de Marilyn sí; pero aquello era distinto) sino que va el biografiado o el firmante, que obviamente cuenta lo mucho que le costó escribir el libro que le han escrito.

El caso es que esta vez, estaba invitado porque aún hay gente razonablemente honrada en este mundo, gente que no quiere apuntarse los trabajos de otras personas, aunque los asuma porque para eso les ha dado la confianza de hacerlos, gente que sabe que es lo que ha hecho y que es lo que han hecho otros y como repartir el mérito.

De hecho este es el único motivo por el que en todos estos años he acudido a dos o tres inauguraciones (todas en los últimos años): por Bermejo (José Ramón, para más señas, pero desordenado porque tampoco se trata de que salga esto en cualquier búsqueda) que me ha invitado a las inauguraciones de las plantas en las que he participado con él (también me ha invitado a visitar las obras durante la construcción, pero no siempre he ido a verlas ya que, como sabéis, a mí el campo no me tienta mucho y las obras que yo hago siempre están en el campo). Al resto de obras que se han construido con los proyectos que yo he firmado con, entre otros, los nombres de Atanasio, Luis, Antonio, Carlos, Santiago, e incluso algún Hipólito (no son necesarios los apellidos ya que ellos saben quiénes son y, ya digo, tampoco se trata de salir en cualquier búsqueda) pues no he sido invitado a verlas nunca y menos a la inauguración.

Además, para mi  es una obra especial, no solo por aquello de estar invitado en calidad de proyectista, si no que también me resulta especial por ser una planta de agua potable, ya que yo normalmente me dedico al agua residual, lo que viene siendo la mierda (motivo por el que cada vez que vais al baño contribuís a darme trabajo; queráis o no) y aunque puedan parecer lo mismo son temas muy diferentes. Las plantas de agua potable (llamadas estaciones de tratamiento de agua potable o ETAPs) son mucho más elegantes y limpias que las plantas de aguas residuales (llamadas estaciones depuradoras de aguas residuales, o EDARs; a las que ahora se les quiere cambiar el nombre a ERARs, queriendo significar estaciones regeneradoras de aguas residuales. Tiempos, nomenclatura y diseño).

De hecho creo que incluso mi hermano Rafa podría visitar una ETAP sin tener necesariamente que vomitar a los cinco minutos como le paso una vez, creo que en 1995, cuando en un viaje a Piles tuvimos que parar en la EDAR de Almansa ya que yo tenía que hacer el proyecto de remodelación y necesitaba visitarla. Aunque recuerdo que le ofrecí a Rafa dejarle en un bar y pasar a recogerle después de la visita le pareció una tontería y se empeñó en venir a la visita, creo que incluso le hacía algo de ilusión ya que era una planta que había diseñado y construido nuestro padre y si a mí no me daba asco ¿Por qué se lo iba a dar a él? ¿Es que pensaba que era una nenaza (sin connotaciones machistas, que conste)? De ninguna forma.

Así que nos, ambos, nos reunimos con el operario de la planta y empezamos, por aquello de empezar por el principio, por el pretratamiento, por las rejas que retienen lo más gordo: condones, resto de comida o animales, en fin, todo tipo de mierda; incluso en algunos casos, (no en este, afortunada o desgraciadamente) restos humanos e incluso cadáveres enteros.

Normalmente la visita a las rejas es algo rápido: ves cuantas hay, de qué tamaño, de que paso, como están funcionado y pasas a lo siguiente por lo que aunque sea un poco “sucio” no sueles estar el tiempo suficiente para que te de especial asco. Hay poco que ver (a menos que sepas mirar).

Sin embargo Rafa no tuvo suerte ya que en este caso no funcionaban bien, pero tampoco funcionaban tan mal como para que el operario nos lo dijera. Pero había algo raro en ellas, algo muy raro, que se notaba que el operario sabia pero no quería contar para ver si nos dábamos cuenta (los listos de los ingenieros).Él lo sabía, pero ninguno de los ingenieros que habían estado visitando la planta esos días, a los que él tenía que contarles la planta perdiendo el tiempo de su cigarrillo, de su café o de su merecido descanso, había comentado nada. Esas rejas eran su prueba para ver si sabíamos de que hablábamos, o si, como el suponía y ya había comprobado los días anteriores, los listos de los ingenieros no teníamos ni idea y solo sabíamos de papel, pero no de la realidad y por lo tanto no merecía la pena dedicarnos tiempo ni ser especialmente cordial. Si ni siquiera podíamos ver que las rejas funcionaban mal, es que no teníamos remedio.

Rafa tuvo mala suerte ya que yo me quede mirando atentamente las rejas durante, posiblemente, unos cinco minutos; unos minutos que a Rafa se le hicieron casi infinitos ya que él, en lugar de mirar la reja, estaba mirando la mierda que quedaba retenida en la reja intentando identificar las distintas cosas que quedaban atrapada en la misma. Un error que en poco más de cincuenta segundos ya le había revuelto el estómago hasta el límite del vomito.

El operario tuvo suerte ya que para evitar el vómito Rafa le ofreció un pitillo que por lo menos le permitiría aprovechar el tiempo de la visita para echarse un cigarrillo (en esa época, más civilizada, ofrecer tabaco era un símbolo universal de cordialidad).Increíblemente Rafa también me ofreció (mas probablemente me pidió que ofreciera, aunque no quiero levantar falsos testimonios) por lo que los tres nos pusimos a fumar.

Entonces yo tuve suerte y lo vi, lo vi claro: ya sabía que le pasaba a la reja e incluso sabia porque.

Se lo comente al operario que sorprendido, ya que yo era un joven ingeniero (comparado con los otros listos y mayores, senior creo que los llaman ahora, ingenieros que habían visitado la planta), dio por superada la prueba y cambio totalmente su actitud: ahora si nos enseñaría la planta encantado y comentaríamos los problemas de verdad, eso sí, cuando acabáramos de fumarnos el pitillo contemplando la reja para desgracia de Rafa.

En honor a la verdad diré que Rafa finalmente consiguió no vomitar aunque se disculpó de subir a ver los lechos bacterianos, la parte más interesante aunque con un grave problemas de moscas, larvas e insectos, disculpándose en general de visitar atentamente el resto de la planta mientras , creo, se hizo la firme promesa de no volver a visitar alguna depuradora en toda su vida salvo que le obligaran a punta de pistola y aun así, se lo pensaría.

Una vez visitada la planta, durante todo el viaje hasta Piles e incluso durante las siguientes horas de conversación con mis padres, Rafa no paraba de estar sorprendido, asqueado y horrorizado de los cuarenta minutos o más que  yo me había pasado mirando una reja llena de mierda así como del apestoso e insoportable olor, hedor creo que era la palabra que usaba para referirse al olor, que había tenido que soportar (estoicamente – si ni siquiera había vomitado) y de lo enfermo mental que era su hermano (algo que ya sospechaba) que recorrió el resto de la planta charlando amigablemente con el encargado.

Si bien durante el viaje hasta Piles no consiguió contar con mi comprensión ya que la planta estaba bastante limpia y olía bastante poco para lo esperable si encontró la comprensión de mi madre que se escandalizaba con las descripciones literarias de mi hermano (el escritor), pero no así la de mi padre que sí que recordaba la planta que había diseñado unos veinte años antes y que no creía que pudiera ser especialmente desagradable, ya que de hecho era una planta bastante elegante y limpia y que estaba encantado de que la hubiéramos visitado ambos: el ingeniero y el escritor.

Obviamente mi padre estaba más encantado de que la hubiera visitado el escritor (Rafa) que el ingeniero (yo) ya que para Rafa era la primera, visto lo visto juraba que sería además  la última, mientras que para mí era una más en lo que ahora era mi forma de ganarme la vida, aunque conmigo tuviera más posibilidades de comentar.

Al fin y al cabo yo había estado en mi primera depuradora (al menos la primera que recuerdo: la de Castellón de la Plana) si no me equivoco en el verano de  1979, a la tierna edad de trece años (eran otros tiempos), de camino desde un campamento de la OJE (si, de los fascistas. Era lo que había en esa época, no se podía elegir) a Játiva (Vale, Xátiva que es el que han elegido los socarrats) y desde entonces había visto muchas, ya que mi padre me solía llevar como acompañante/mascota/amuleto casi cada vez que tenía que ir a visitar una (creo que he visto todas las de la comunidad de Madrid) y muchas otras ya que ya llevaba más de cinco años haciendo proyectos de depuradoras (aunque esta era la primera iba a ampliar una que hubiera construido mi padre) pero para Rafa era la primera.

Normal que a mi hermano aquella reja le pareciera sucia – que no estaba muy limpia pero tampoco especialmente sucia (en alguna parte debo tener una foto pero no consigo encontrarla) – y normal que mi padre le diera más importancia a que mi hermano hubiera visto su primera depuradora; y ultima a juzgar por su reacción, salvo alguna que pudiera ver al fotocopiar algún plano durante el corto tiempo que trabajo conmigo.


Pero divago, si eso, ya os lo cuento otro día que hoy solo quería hablar de la inauguración de la ETAP de Campos Góticos (y de lo bonita que nos ha quedado; además parece que funciona por si os lo preguntabais).

martes, 5 de agosto de 2014

Comentario de textos - Julio 2014

El huerfano – Adam Johnson
Ciudad Ocupada – David Peace
Superdolares – Luigi Carletti , Agente Kasper
Candido – Voltaire
Prayer – Philip Kerr
Bosque Frio – Partick McCabe
El tratamiento – Mo Hayder
Alguien dice tu nombre – Luis Garcia Montero
Elvis o la virtud – Frantz Delplanque
El don – Mai Jia

Lo sé, lo sé, a mí también me ha pasado.

Ciertamente, viendo la lista de libros de este mes parece claro que he debido de hacer trampas o bien se me ha ido de las manos lo de la lectura. Supongo que un poco de ambas cosas, pero eso si para ambas cosas tengo excusa (en general, que quede claro, puedo tener excusa para casi cualquier cosa, y si  no la tengo pues la busco y la encuentro).

Respecto a “hacer trampas” en la lista: yo diría que es muy probable que los dos primeros no los leyera este mes si no el mes anterior ya que a mediados-finales del mes pasado estaba prácticamente sin libros cuando con motivo de celebrar el cumpleaños de mi sobrino Rafa (el primero que celebramos con él, aunque ya supere holgadamente los veinte años, y no estuviera muy claro porque teníamos que reunirnos este año para celebrarlo; cosas de la vida) recibí un pedido casi a domicilio – en el restaurante que ahora nos acoge para este tipo de celebraciones familiares – procedente de la librería Fuenfria de Cercedilla (la que ya debe de ser vuestra librería favorita o por lo menos favorita de la sierra de Madrid) y transportado por mi hermano. Además a finales de Junio pase unos días en Piles (que sí, que significa hemorroides en Ingles pero que es un sitio muy agradable) por lo que posiblemente me leería un par de libros allí en esos cuatro días (si no alguno más).

Respecto a que “se me ha ido de las manos” solo puedo decir que aunque tengo algunos trabajos ando últimamente con pocas ganas de hacerlos, lo cual me obliga a ocuparme en otras tareas y puesto que la televisión cada día es peor – cuantas más cadenas menos interesante parece ser el contenido -  pues mi tiempo de lectura aumenta significativamente. SI a esto le sumamos que los días de verano son más largos pues eso, que hay muchas más horas de lectura. Por supuesto también está la explicación b y es que cada día soy menos sociable y más ermitaño lo que hace que disponga de mucho más tiempo que ocupar, todo el que antes dedicaba a actividades sociales (vamos, lo que viene siendo: a tomar copas).

La selección del “servicio casi a domicilio” es siempre algo más limitada que la selección de una librería – tampoco va a ir Rafa en el autobús con una maleta de cartón rellena de libros como si fuera un vendedor de postguerra con todo su muestrario a cuestas (aunque igual esta imagen le está tentando, que siempre ha sido rarito en cuanto a su imagen, bueno y en eso y en otros aspectos, y puede que su próxima visita la realice de esta guisa) –pero siempre es suficiente para abastecerme adecuadamente e incluso para que tenga que volver a cargar con algunos no seleccionados,  a veces simplemente por supervivencia propia (o los carga él o me toca cargar a mí con ellos) y otras (las menos) porque no pasan mis místicos criterios de selección (igual la próxima vez apunto los descartados por aquello de aclarar mi misticismo selector).

Entre los libros preseleccionados estaba Ciudad Ocupada, una selección arriesgada ya que es una “segunda” novela de una trilogía, pero entendible al ser una novela que pasa en Japón (que seguro que ya os he contado que para mí es el último destino exótico – mucho más que el África negra o similares – y que algún día visitare. Peso divago, si eso, ya os lo cuento otro día). Además, cosas de la suerte, yo ya me había leído la primera novela de la trilogía (Tokio Year Zero, o Tokio Año cero, para los que la hayáis leído traducida) de la que, obviamente, no recordaba nada, ni tan siquiera si me había gustado o no pero que dudo hubiera comentado con Rafa. Ya digo: arriesgado pero con suerte. ¿La novela, os preguntáis? Pues no está mal pero la verdad es que tiene un “tufillo” a taller de literatura (donde al parecer, me lo ha explicado Rafa que de esto sabe, no van con monos de mecánico ni con un lápiz en la oreja ajustando sonetos, pese a que esta imagen provenga del propio Rafa) mezclando distintos estilos de narración que si ahora os cuenta una parte este señor, que si luego esta señora, que si ahora ponemos un periódico, que si ahora metemos una poesía. En fin, que no está mal pero si yo fuera el profesor (o director del taller) las notas para sus padres no le garantizarían unas vacaciones sin deberes adicionales.


Elegí El Huerfano, fiándome de los comentarios de Rafa que había leído las primeras cincuenta páginas y le habían gustado. Además de esto, pues pasaba en Corea del Norte (en la mala) lo que siendo un país razonablemente desconocido y que ahora es uno de los “imperios del mal” pues siempre parece prometedor (la de Murakami sobre los coreanos que invaden una Isla de Japón que leí hace poco ya os la he comentado en otra entrada y bueno, los norcoreanos sí parecen bastante tarados). Bien, Rafa tenía razón y las primeras cincuenta páginas, incluso puede que las cien primeras, están bien y resultan entretenidas. Lamentablemente es como si en lugar de un buen filetón tienes que comerte a la fuerza  todo el lomo de una vaca, e incluso de una vaca tejana que como todos sabemos deben de ser mucho más grandes que una ternera gallega o que un buen buey irlandés (yo diría que como cinco veces cualquiera de ellos si se mantiene la relación entre las alitas de pollo del Texas BBQ de NYC y las alitas de un pollo normal). Pues eso, que acabas algo más que saturado y al final ya ni siquiera recuerdas el excelente sabor de los primeros trozos que comiste e incluso, dramatizando, puede empujarte al vegetarianismo (Dios no lo quiera ya que eso os dejara sin algunas opciones laborales como ser portero de discoteca, además de hacer vuestra vida, no solo las comidas, mucho más aburrida).


La verdad es que las historias “basadas en hechos reales” no me suelen interesar demasiado, salvo en el caso de Estrenos TV que sencillamente creo que son educativas y que la eliminación de este tipo de películas de la televisión ha tenido un efecto muy negativo en la formación de los jóvenes de hoy en día, pero las historias de falsificadores y de casi cualquier tipo de timador sí que me suelen interesar. Superdolares reunía ambas características ya que (se supone que) es la historia real de un agente de un cuerpo especial de la policía que investiga la existencia de una instalación de fabricación de dólares falsos pero perfectos, prácticamente auténticos al realizarse con la misma tecnología y los mismos materiales que los originales. Como dicen varios de los personajes “Same-same but different”. Si, podía ser interesante pero también había que tener en cuenta un par de cosas: el cuerpo al que (supuestamente) pertenece este agente especial es de los carabinieri italianos y la verdad es que, sin faltar a la policía italiana, pues, no es el típico cuerpo que acojona o que promete especialmente, aunque esto puede deberse al desconocimiento que yo tengo de los cuerpos especiales o tal vez al secretismo inherente de este tipo de cuerpos (al parecer uno de los cuerpos especiales más “duros” del mundo es la policía montada del Canadá, muy por encima del Mosad, los Navy-Seals o similares, que incluso tiene un tren especial para llevar todo su equipamiento a donde sea necesario); y encima el nombre en clave de este agente (que pese a ser secreto firma el libro) es Agente Kasper (si, como el fantasma risueño dela película pero con una K para darle un toque más agresivo, supongo). Pues eso, un par de cosillas pero de cosillas importantes ¿no?.


La verdad es que si todo fuese inventado el libro habría estado mucho mejor. Corrijo: si todo hubiese sido inventado por un buen autor de Thrillers hubiese estado mucho mejor. Puede que la realidad supere a la ficción en el sentido de que realmente suceden cosas que son muchos más increíbles que las que alguien pueda imaginar, cosas que si pusieras en una novela harían que esta fuera tachada de increíble (por mucho que todo fuera cierto) pero esas cosas hay que saber contarlas, hay que tener lo que unos llaman “ritmo dramático” y también lo que mi padre llamaba “calidad de página”, o cualquier otra cosa igualmente difícil de explicar (Si eso, otro día, os cuento lo que yo creo que mi padre entendía por “calidad de página”, que puede no tener nada que ver con lo que el entendía pero que es un criterio que yo también he adoptado y que resulta muy útil para valorar libros). El caso es que además de una historia, real o ficticia, hay que tener algo, algo más, que ciertamente ninguno de los dos autores tiene por lo que el libro se queda en un apunte de historia sin profundizar en la misma ni en sus personajes.

Uno de esos lugares comunes que a todo el mundo le gustan tanto y que no pueden evitar mencionar como su plan de verano es la relectura de los clásicos, aunque en la mayor parte de los casos más que relectura sería más correcto hablar de lectura ya que el hecho de conocer el título de un libro, el nombre del autor e incluso saber de qué va no hace que cuando te lo leas lo puedas llamar relectura. No, para ser relectura has de habértelo leído antes; si no, no vale como relectura.

En este sentido mi autor clásico en esta compra iba a ser Voltaire y la obra elegida: Cándido. ¿Sería una relectura de los clásicos? Pues, en el momento de la compra no conseguía decidirlo, ¿existía la posibilidad de que yo, con mi enciclopedia incultura, no hubiera leído a Voltaire; incluso de que no hubiera leído Cándido, en concreto? Difícil de creer. Estaba dispuesto a admitir que no lo hubiera leído en francés, algo que hubiera sido raro ya que mi francés se limita a tres o cuatro palabras sueltas, curiosamente casi todas relacionadas con el desayuno u otra comida; pero ¿que yo no hubiera leído a Voltaire, el Cándido de Voltaire? No resultaba creíble. Claro que podría ser, podría ser puesto que siendo el tipo de libro de “sentencias” yo no recordaba ni una sola de las que se reproducían en la contraportada, pero ni una sola de ellas; así que puede que no lo hubiera leído.


En cualquier caso, ya se tratara de una lectura o de una relectura de los clásicos, el hecho de que estuviera traducido por Carlos Pujol (algo a lo que mi hermano daba mucha importancia, pero que para mí no tenía mayor trascendencia, salvo la de que Carlos Pujol es, efectivamente, un escritor que parece genial) era un factor a favor de su adquisición para lectura (o relectura, ya veríamos) pero el factor decisivo es que tenía ilustraciones. Sí, no lo neguemos ¿quién puede resistirse a un libro ilustrado? Y ¿si el ilustrador es el que ilustro la mayoría de los libros de Roald Dahl (Quentin Blake se llama por si os lo estabais preguntando)? No había duda, desde luego con dibujitos no lo había leído. Así que ya podía decir que este verano releería (o leería) a los clásicos que como digo es un objetivo de cualquier “intelectual-hipster-llámalo-X” que se precie; no solo los releería, si no que los releería en una traducción envidiable (lo de los dibujitos no sería necesario mencionarlos, salvo a conocidos, ya que para algunas personas esto le resta seriedad a la relectura de los clásicos).

La verdad es que se trata de un libro muy divertido, pese a estar lleno de sentencias maximalistas,  como esa de “las desgracias particulares engendran el bien general; de modo que cuantas más desgraciadas particulares haya, mejor anda todo” que casi podría resumir la política del partido popular y su triunfalismo en estos años. Hasta más o menos la mitad del libro para mí era una lectura de los clásicos, por lo que mi plan no de relectura de los clásicos no se cumplía. Pero allí estaba, concretamente en la página 82, allí estaba ese grito y salvaje que conocía tan bien, que en tantas borracheras habíamos utilizado como cita clásica para demostrar nuestro nivel intelectual de cara a conquistar mujeres. Si, en ese simbólico número de página, que representa el mejor año (posiblemente y de momento) de mi vida y también una de las mejores cosechas de Rioja estaba mi cita favorita de Voltaire: “¡Comamos Jesuita, comamos Jesuita!”.

Si, se trataba de una relectura de los clásicos en toda regla (salvo, tal vez, por lo de los dibujitos). De hecho, ahora podía comprobarlo, no solo había leído Cándido con anterioridad, si no que había leído otros diez cuentos de Voltaire, en la misma excelente traducción de Pujol y en una colección sesuda con notas a pie de página. Ya podía quitarme la barba sin dejar de ser un hípster (no, no fue este el motivo por el que me la he quitado pero encaja tan bien con la historia que tenía que mencionarlo e incluso asociar ambos hechos).

Con esta relectura acabe los libros procedentes de la librería Fuenfria y decidí acercarme por la Casa del libro a ver si había alguna novela en ingles que me apeteciera, ya sabéis por aquello de no traicionar a mis librerías de referencia, tan pronto en el mes, o incluso por si había alguna novela no-novedad de algún autor que hubiera descubierto había poco gracias a las recomendaciones implícitas, la selección previa, de ambas librerías ya que ninguna de estas dos opciones (idioma extranjero o libro que no es novedad) me paree una traición a mis librerías ya que ellas me surten de novedades o de los clásicos reeditados.

Cuando era pequeño solía desear, e incluso lo decía en voz alta, un daño concreto, habitualmente la muerte, a alguna persona. ¿Quién no ha pensado, o le ha dicho a alguien, “ojala te mueras”, o cualquier otro mal sencillo como “ojala ardas en el infierno por toda la eternidad y un día”? No, ¿vosotros no? Anda mentirosillos, no, si tampoco os habréis reído nunca de las caídas de la gente. Vale, seguir engañándoos.

La verdad es que yo lo deje de hacer un día que pensé, o sentí, y si ahora va y se muere; así, tranquilamente, yo voy, le deseo la muerte y el tipo va y se muere. Joder, eso sería algo increíble y no digo algo increíble en un buen sentido (aunque posiblemente la muerte del tipo de personas a las que yo se la deseaba habría sido un bien para la humanidad); no, creo que si hubiera pasado habría sido increíblemente chungo, eso si habría sido un trauma insuperable, pensar que con desear cosas puedes hacer que pasen. Acojona. Bueno, pues eso, más o menos, pero a través de la oración, es lo que se supone que se plantea en Prayer de Kerr. La idea de la novela – sin ser un spoiler – es: ¿qué pasaría si de verdad el orar realmente funcionara?; si un grupo de personas, devotos cristianos o católicos,  se unieran para orar y pedir por la muerte de los enemigos de la religión y estos empezaran a morir en extrañas circunstancias ¿sería posible que esto hubiera sido por el poder de la oración?; ¿Que tipo de Dios te haría caso en algo así? La verdad es que supongo que tal y como va el mundo es posible pensar que casi cualquier Dios que existiera, al que la gente reza, podría ser de este tipo; o por citar a un personaje de la novela “sometimes I think God is just the devil pretending to be nice”.


La verdad es que Kerr, un escritor que me gusta hasta cunado el libro no le sale bien (si, a todo el mundo le pasa) y que me descubrió Rafa con aquella fascinante Una investigación filosófica, varios años antes de que se hiciera famoso con su serie de Gunther, resuelve la historia con credibilidad, me atrevería a decir con “calidad de página” (sea esto lo que sea). Si bien, con ese toque sobrenatural, no es una novela negra al uso (aunque hay novelas negras sobre “poderes sobrenaturales” que son ciertamente al uso, como las de Charlie Parker de Connolly que, dicho sea de paso, es una de mis series favoritas) tiene frases realmente negras y reflexiones apasionantes como: “I’m just saying that fooling yourself is what being human is all about, right? It’s the Price we pay for having the kind of brain that invents explanations for stuff. I believe in human gullibility and not much else” que a mí al menos me recuerda a aquella conocida cita de “solo creo que hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Del universo no estoy seguro” que creo recordar era de Einstein.

Antes de encontrar esta novela había localizado Bosque Frio, que había cogido sin dudar ya que pensaba que era del escritor de “Oigo Sirenas en la calle”, novela que había leído hace poco y me había gustado bastante, así completaba mi fondo bibliográfico y comprobaba si el que me hubiera gustado era casual o si realmente era un escritor a recordar. Un buen plan, salvo por el detalle de que no se trataba del mismo escritor. No, no lo eran: uno era McCabe y el otro McKinty; nada que ver, bueno al menos los dos son irlandeses y los dos son McAlgo. Tampoco es tan raro confundirlos ¿no?. Tampoco tienen nada que ver ya que si la de McKinty es una novela urbana esta es una novela rural con una complicada historia de la que no puedo contaros mucho sin hacer un spoiler, por lo que solo diré que el que puede ser a recordar es McKinty, no McCabe (aunque este tampoco está mal, pero un poco demasiado “retorcido” para mi gusto).



Normalmente con estos libros habría llegado a final de mes sin problema y sin embargo aún estábamos en la primera quincena de Julio. Ya había sido suministrado por la librería Fuenfria de Cercedilla (esa que cada vez os gusta más, no lo neguéis) e incluso ya había gastado el comodín de la novela extranjera.

Mal íbamos.

Resultaba casi imperiosa la visita a mi librería de referencia, la librería Méndez de la calle Mayor, antes de que se fueran de vacaciones ya que en estos meses veraniegos no hay planes de comidas familiares por lo que se resultaba poco creíble el suministro casi a domicilio desde la lejana (para mí que no piso el campo, no para vosotros que debéis visitarla con frecuencia) Cercedilla.

Mi primera elección fue El Tratamiento y antes de hablar de ella debería hacer dos correcciones a este texto: la primera es que os debo contar que Bosque Frio trata sobre abusos infantiles y la segunda que eso de que he dejado de desear que muera gente es mentira ya que sigo deseando que mueran todos aquellos que abusan de los demás, especialmente los que abusan de niños. Con conozco a ninguno (creo, que nunca se sabe) pero estoy convencido de que si lo conociera no solo desearía matarlo, es posible (solo posible, que quede claro) que podría ser algo más que deseo. Las dos aclaraciones las considero necesarias ya que ambas novelas tratan sobre pederastas y, ya digo, es algo que me molesta mucho. No, no me molesa que las novelas traten el tema, que es algo que creo bueno ya que resulta incomprensible e ininteligible pero desgraciadamente real, si no los pederastas en sí mismos (no solo ellos si no que también los maltratadores de su pareja y en general la gente que abusa de otra) e incluso la continuidad de comportamientos a los que suelen estar asociados y lo difícil que es romper ese circulo vicioso.

En cualquier caso, la novela se lee razonablemente bien, aunque es algo tramposa en algún planteamiento, pero lo que más me ha impactado es saber que existen asociaciones que defienden la pederastia y la pedofilia (legales, quiero decir). Sinceramente no lo entiendo. Aunque puede que haya casos, causas o motivos para revisar la edad de consentimiento (que no se cual es) desde luego el limite me parece necesario y sano y algunas cosas no creo que puedan ser ni planteables por una mente que no esté totalmente enferma.

Ya digo las dos me dejaron mal sabor de boca (por su tema), sabor que no estaba seguro de que me pudiera quitar Alguien dice tu nombre, ya que las novelas escritas por poetas no suelen ser especialmente buenas (zapatero a tus zapatos, que aunque te creas capaz de hacer zapatillas, no es lo tuyo) salvo honrosas excepciones, me viene a la cabeza Javier (Chavi) Azpeitia (aunque creo que no ha publicado poesía yo tengo un incunable que demuestra que es un gran poeta, además de gran escritor). Aunque no esperaba mucho creo que incluso recibí menos de lo que esperaba: una historia de amor en la Granada del franquismo y en el seno de una editorial que me ha dejado completamente indiferente, pero seguro que tiene su público. Para mi olvidable y olvidada.





Aunque no íbamos bien, había que seguir intentándolo y tal vez Elvis o la virtud podía ser la novela excelente y divertida de este mes ya que según la contraportada era “una lectura excelente si te gusta el rock y el humor negro”. A mí me gustan las dos cosas, creo, ya que en ese genérico del rock presenta un grave problema de definición que ya hace sospechosa esa frase. (¿rock? Pues depende de que rock ¿no?; como si solo hubiera uno o todo fuera lo mismo). Para empeorar las cosas es la segunda novela con el mismo personaje y yo no había leído la primera y viendo las referencias que el propio autor hace a esta novela posiblemente no la lea. Pero aquí no terminaban las señales de que podía ser una decepción, no, no lo he dicho pero el autor es francés; acabáramos. Esto no podía traer nada bueno, no podía terminar bien esta lectura, incluso había riesgo de no terminarla. En su descargo dire que es razonablemente entretenida, aunque rozando el absurdo en algunos momentos y que como el propio autor cita de otro autor “Vamos, que no se trata de dotar a un personaje de toda la parafernalia del rock ni hacer que cite letras de grupos punk para que el libro sea eso, rock”.


No, ciertamente no se trata de eso y creo que debería haberse aplicado el cuento, que se dice, porque creo que eso es mas o menos lo que ha hecho y con el resultado esperado.

Las novelas sobre criptógrafos, o sobre secretos (como encubrirlos, descubrirlos y su importancia) siempre me resultan interesantes. Si mi inteligencia hubiera sido mayor y si Caminos no hubiera estado mucho más cerca que la autónoma, que es donde me hubiera tocado estudiar de no escoger una carrera de la Politécnica, es posible que hubiera estudiado exactas (matemáticas dicho en fino) e incluso es probable que hubiera acabado enloquecido por la criptografía o alguna otra  rama de las matemáticas, igualmente criptica. En cierta medida Caminos me salvo de este tipo de locura, aunque hay de tantos tipos que obviamente no me ha salvado de la locura.

Obviamente El don, que trata de un criptógrafo chino, era una elección casi inevitable. La novela en si es entretenida a ratos y otros ratos es ligeramente insoportable y en general se acaba haciendo excesivamente larga (si, gana la parte insoportable). Como en mis últimos años de Caminos estuve trabajando en un sitio que se llamaba el LSI (Laboratorio de Sistemas Inteligentes) teóricamente haciendo temas de inteligencia artificial (la broma tradicional es que como no teníamos natural teníamos que intentar hacernos con algo artificial) pues me quedo con una descripción que hace de los problemas del desarrollo de la inteligencia artificial: “Después de todo, un ordenador no es lo mismo que un cerebro humano. Con las personas basta que un hombre y una mujer se acuesten juntos para crear un nuevo ejemplo de inteligencia humana. Puede haber fallos, claro, como cuando nace una persona con deficiencia mental. En muchos aspectos, la creación de inteligencia artificial podría compararse con la tarea de convertir a un deficiente mental en una persona de inteligencia elevada, algo sumamente difícil”.


Puesto que se acercaban las vacaciones confirme con la librería Méndez  de la calle Mayor que cerrarían hasta el 18 de agosto yo que requería comprar un par de libros más ya que aunque la librería Fuenfria de Cercedilla estará abierta todo el verano – no solo no tenéis excusa y debéis subir a tomar una cervecita, ver el campo y compraros unos libros si no que no me negareis que es un plan excelente– las probabilidades de que yo visite el campo son como las de que no llueva durante la feria del libro: ínfimas.


Pero, si eso, ya os cuento el mes que viene; aunque antes espero contaros otras cosas si consigo el tiempo y venzo la pereza.

viernes, 25 de julio de 2014

Comentario de textos - Junio 2014


Canada - Richard Ford
Big Brother - Lionel Shriver
Los Hijos - Gay Talese
El gato que venia del cielo - Takashi Hiraide
Los caballeros las prefieren rubias. Anita Loss
Pero se casan con las morenas – Anita Loss


Pues como os comentaba a finales de mayo, para evitar acudir a la feria del libro, me acerque por segunda vez consecutiva a la Librería Méndez sin respetar el turno implícito de dividir mis compras entre mi librería de referencia y la que ya supongo es vuestra librería favorita en la sierra de Madrid: la librería Fuenfria de Cercedilla que sé que cada día os gusta más y que espero que os siga gustando cada día un poco más por aquello de departir con el librero tarambana y tener escaso riesgo de cruzaros conmigo (dos grandes ventajas que seguro no apreciáis suficientemente).
 
Con mi memoria, incluso con la que tenía antes, comprar libros) es difícil porque nunca recuerdo si ya me lo he comprado o no (algo menos con los discos, pero incluso me pasa con la ropa y de hecho tengo varias camisas idénticas y no solo porque me gusten, que me gustan, si no porque me he olvidado de que las había comprado) o si he leído algo del autor y de si me ha gustado no. Cuando estoy en la tienda, salvo casos excepcionales, esta es una duda que me ataca al mirar cada libro ¿he leído algo de este autor?¿me gusto o fue aquel que deje a mitad?

La verdad es que estaba convencido de que ya había leído algún libro de Richard Ford y estaba igualmente convencido de que me había gustado; además las dos primeras frases de Canadá prometían: “Primero os contare lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vinieron después.”. Un principio bastante prometedor ¿no?, no tan bueno como para incluirlo en mi top ten de principios demoledores, que un día intentare recopilar en una entrada por aquello de comentarlos, pero a mí me parece un buen principio. Lamentablemente y aunque es verdad que hay un atraco e incluso unos asesinatos en el libro el libro no tiene el ritmo que un principio como este se merece, de hecho se queda en una anécdota respecto al resto del libro que se vuelve una lenta historia familiar de dos hermanos y de su separación por ese primer acontecimiento pero que no a mí al menos no me ha interesado especialmente e incluso se me ha hecho bastante pesado, no tanto como para dejarlo a medias pero casi, casi.

(Por si os lo estáis preguntando, lo he comprobado y no, no había leído ningún libro de Richard Ford y estoy casi seguro que confundía a ese Richard con Richard Russo, del que ya creo haber comentado algún otro libro y que si que es un autor que me atrevería a recomendaros, si yo recomendara libros o autores y si supiera que os gustan los libros “lentos” que no es el caso. O igual o confundía con cualquier otro Richard o incluso con algún otro Ford que todo es posible).

Shiver sin embargo era un apellido que no me sonaba de nada, aunque titular, en estos tiempos que corren, una novela Big Brother son ganas de provocar malentendidos entre los potenciales lectores que nos dejamos llevar por poco más que el titulo y/o la portada, que solo de vez en cuando miramos la contraportada, algo que intentamos evitar ya que suelen tener tendencia a destriparte la historia, y que normalmente nos conformamos con mirar las primeras frases o como mucho ojeamos las paginas para hacernos una idea del “tono” general del libro y de si es “de diálogos” o “de largas descripciones” ya que, creo que inevitablemente, ese Big Brother lo tenemos asociado, los más afortunados, a un mundo en el que todos nuestros movimientos son vigilados, y los menos afortunados a un programa, o muchos, incluso demasiados, de la peor televisión.

En este caso la contraportada nos habla de otra historia de hermanos, lo que obviamente y puesto que en Canadá ya había hermanos era un punto en su contra, pero también nos informa de que en la historia hay un “nazi de la nutrición” lo que obviamente era un punto a su favor, al menos para mí que estoy convencido de que este tipo de nazis son verdaderamente peligrosos, seguramente no tanto como los nazis convencionales pero no muy lejos de ellos (dicho esto sin ánimo de trivializar el nazismo como ahora hacen muchos nazis encubiertos de los muy distintos tipos que existen) y que son un objetivo prioritario de mis diatribas periódicas por motivos que no voy a entrar a explicar ahora mismo, pero que estoy dispuesto a explicar en cualquier momento delante de un buen chuletón o incluso de cualquier comida adecuada, por supuesto siempre orgánica (porque yo solo como comida orgánica y solo bebo agua mineral porque como todos debéis saber no hay de otro tipo: de momento no hay agua vegetal, ni animal, salvo tal vez la reciclada que beben algunos astronautas; ni comida inorgánica, salvo para algunos culturistas o similares y para los ya mencionados astronautas que pueden alimentarse de pastillas o productos nutricionales elaborados en laboratorios farmacéuticos).

Afortunadamente el libro trata sobre todo de las relaciones entre dos hermanos - realmente, aunque irrelevante, se trata de hermana y hermano - y del entorno familiar de ella (él no tiene puesto que es un fracasado, fracasado por gordo entre muchas otras cosas) y de cómo se vive una adicción.

La verdad es que a medida que avanzas en el libro piensas que la gordura es simplemente una metáfora de cualquier adicción (y en gran medida lo es) aunque también a medida que avanzas algunas situaciones son solo explicables, atribuibles, a la gordura y no tienen una equivalencia en otras adicciones.

Siendo yo gordo – sí, porque aunque parezca que he adelgazado la báscula de mi endocrina dice que para nada, que sigo rondando las tres cifras (no dire por que lado) - podríais suponer que me ha gustado por eso, pero la verdad es que no. La verdad es que me ha gustado porque creo que trata bastante bien lo que algunas personas están dispuestas a hacer por su familia y como algunas decisiones para mantener lo que crees importante no son compartidas por aquellas persona que más te importan y hace que algunas cosas que podrían ser sumamente sencillas, como ayudar a un hermano, se compliquen excesivamente.

Aparte de los nombres de los autores y esas otras características básicas que ya he comentado un factor que siempre influye en la decisión es el tamaño del libro.

La verdad es que cuando veo un libro muy largo, digamos de más de 700 páginas con letra pequeñita, siempre me enfrento al mismo dilema: si es bueno estaré encantado e incluso se me hará corto, además puesto que los libros cuestan prácticamente lo mismo sea cual sea su longitud son obviamente una gran inversión desde un punto de vista económico; pero, si es malo, si no consigo meterme en la historia o en los personajes se me hará interminable, a menos que lo termine por el “método b” que es el de dejarlo sin acabar, y sentiré que he perdido mucho tiempo por lo que será una pésima inversión de tiempo.

Los Hijos, con unas setecientas cincuenta páginas y con una letra que obliga a casi cualquiera - salvo a los jóvenes imberbes o prepubescentes - a plantearse la adquisición de unas nueva gafas que faciliten su lectura, en mi caso de unas lentes progresivas que me conviertan en el anciano entrañable que me gustaría ser en breve, o más probablemente en el viejo gruñón que casi seguro terminare siendo también en breve (lo único seguro, es que sea lo que sea, será en breve); así que si encontramos a alguien que apueste por la primera opción, podéis apostar, que ya sé que todos vosotros apostaríais por la segunda: la del viejo gruñón, es uno de esos libros que resulta necesario “sopesar” muy mucho.

Esta vez, aunque os parezca increíble, me acordaba de haber leído hace poco otro libro de Talese, que incluso recuerdo haber comprado porque confundí al autor con otro. Sí, me acordaba de haber leído un libro de Talese pero, por supuesto, no recordaba si el libro que había leído me había gustado o no, obviamente recordar este pequeño detalle es algo que está por encima de mi capacidad memorística actual y que por supuesto carece de importancia.
 
También he de reconocer que para mí, las pocas veces que la leo, carece de importancia lo que diga la contraportada ya que en esos raros casos la leo en diagonal y saltándome una de cada dos palabras. Ahora que la vuelvo a leer, dice claramente que es una saga familiar desde finales del XIX hasta los primeros cincuenta, obviamente con mi método de lectura de contraportadas yo había decidido, unilateralmente y sin ningún criterio, que la saga familiar sucederá en otra época más actual y que de hecho se centrara en los sesenta. Misterios de la vida y de la lectura de salteada.

Pero fue por esta decisión unilateral, que la saga se centrara en los cincuenta y sesenta la razón principal por la que me decidí a comprarlo, así que ya podéis imaginar mi sorpresa cuando la historia empieza a finales de XIX e incluso parece que se va a remontar hacia atrás y no avanzar hacia mediados del siglo veinte.

Una sorpresa total para mí, que veía como avanzaban las páginas del libro y seguíamos en la primera guerra mundial y que para cuando empezaba la segunda guerra mundial ya habíamos pasado holgadamente la mitad del libro.

A este paso para llegar a mitad de los sesenta iba a necesitarse un segundo tomo del que no me habían anunciado nada en la contraportada, menuda estafa, menuda estafa, si esto fuera lo que decía la contraportada y no algo que yo hubiera decidido por mi cuenta que no era el caso.

La verdad es que se trata de uno de esos libros que parecen muy bien documentados y en los que se aprende muchas cosas, como porque los tanques se llaman tanques (según Talese, se debe a que en el primer transporte, en la primera guerra mundial, se llevaron cubiertos en tren al frente - curiosamente hasta el desierto del Sinaí -  y, para despistar al enemigo, se referían a ellos como tanques/depósitos de agua); que en la primera guerra mundial las divisiones americanas eran divisiones segregadas - solo de negros o solo de blancos - y que entre estas estaba el regimiento 369 que se llamaba los Harlem Hellfighters (un nombre excelente, del que me gustaría ver la insignia, si es que la tenían); y se recuerdan algunas otras como que Mussolini fue - además de director de periódico - un agitador comunista antes de convertirse en el Duce o que Cole Porter en 1934 tuvo un éxito musical con un tema que decía “Eres lo más, eres Muss-o-li-ni...”.

Desgraciadamente, pese a la apariencia de bien documentado y a lo creíble de lo que cuenta, habla de la guerra civil española, comentando “que duro hasta la caída de Barcelona a manos de la tropas de Franco en enero de 1939”. Es verdad que yo de historia se poco menos de lo estrictamente necesario, pero incluso para mí - incluso para mi dañada memoria – parece, cuando menos, ligeramente inexacto. Claro, esto me hace poner en duda el resto de informaciones que  contiene aunque no lo suficiente como para que no las cuente en un futuro cercano (verificadas o sin verificar, eso ya veremos).

Los libros especialmente “delgados” también requieren una profunda reflexión ya que por precio, al costar básicamente lo mismo que uno normal o que uno gordo, son una “mala” inversión económica; eso si, por malos que sean tampoco te van a destrozar la vida mucho tiempo (bueno, algunos lo consiguen por aquello de ser sumamente ilegibles pero es difícil es como marcharse del cine viendo un corto).

Con poco más de 150 páginas, con una letra considerable y con unos márgenes que solo pueden clasificarse de generosos El gato que venía de cielo, podría ser clasificado como una mala elección solo por este motivo. Mucho peor elección si consideramos mi especial relación con los gatos, que han sido fuente de varios disgustos y situaciones bastante confusas a lo largo de mi vida (si eso, ya os cuento otro día). A su favor tenia estar escrito por un japonés, algo que salvo que se trate del Murakami plasta puede ser suficiente (el que es obligatorio haber leído para poder tomar café en La bicicleta), y también el venir recomendado por Kenzaburo Oé que es un autor que para mí era de culto mucho antes de que le dieran el Nobel (que creo que se lo han dado pero ahora me entra la duda) y que, pese a esto, sigue siéndolo. Solo diré que si bien Oé seguirá teniendo todo mi aprecio (¿Cómo podría perderlo alguien que titula un libro “Arrancad las semillas, fusilad a los niños”?) esta recomendación no me parece fiable ni justificada, aunque esto último puede que sea fruto de su edad (de la suya, digo) y de un posible amor a los gatos no comprendido ni compartido (suyo, que no mío).

Pues si ni el autor, ni el título, ni la contraportada ni incluso el tamaño que otro criterio se puede aplicar para seleccionar un libro concreto entre otros muchos os andaréis preguntando. Pues ni idea, tengo que responderos, pero estoy seguro de que no son futro del azar y que de alguna forma, coherente pero inconsciente, las tomo sin poder explicar por qué.

Bueno, en el caso de Los caballeros las prefieren rubias y de Pero se casan con las morenas si puedo explicaros por qué ya que eran dos libros que formaban parte de una colección de humor que había en casa de mis padres que junto con los de Wodehouse y algunos otros forman parte de eso que podríamos llamar “mis preciados recuerdos”. Si, esa colección, con su lomo verde, así como otras de serie negra (una en marrones y otra totalmente negra que seguro que Rafa recuerda y sabría decir nombre y editorial) representan, no sé si la literatura pero si los libros. Podría deciros que ambos libros (editados en uno solo ahora) son muy, pero que muy divertidos y podría incluso contaros muchas cosas o transcribiros las frases más graciosas pero no lo hare ya que a) creo que es mejor que os los leáis (igual que los de Wodehouse o el resto de esa colección que no recuerdo) y b) porque estoy convencido de que si bien puede que no conozcáis los libros seguro que conocéis la película. Solo os diré que merece la pena leerse hasta el prólogo, esa “biografía de un libro” y que creo que muchos de los personajes siguen siendo totalmente vigentes (con ciertos cambios menores).

Os lo recomendaría pero no lo hago ya que igual no tenéis el mismo sentido del humor que yo y puedo que reflexiones como “ayer llegamos en tren a Londres porque el barco no llega hasta Londres… que en Nueva York todo es mejor porque el barco llega realmente hasta Nueva York, y empiezo a pensar que, a fin de cuentas, Londres no es tan educativo” ni siquiera os arranquen una sonrisa ya que puede que incluso os parezca mejor Londres que Nueva York algo que no pienso ni comentar.

La verdad es que este mes me ha costado mucho encontrar el tiempo para escribir esta entrada, para acabarla realmente, y que ya casi me toca empezar a escribir la del Julio sin ni siquiera haber tenido tiempo de contaros (más bien de contármela a mí ya que no os vengáis arriba que yo escribo para mí y solo os uso como excusa) alguna batallita o reflexión. No todo ha sido culpa mía, y de mi dejadez y cansancio vital, si no que la tecnología no me ha ayudado y la “perdida” de mi ordenador ha contribuido notablemente a mi retraso (aunque no lo excuse).

Pero no os confiéis que espero, en breve, retomar mis batallitas y reflexiones.