sábado, 6 de febrero de 2016

Comentario de textos - Enero 2016


Seduction of the innocent – Max Allan Collins
Summer, Fireworks, and my corpse – Otsuichi
Bitter Bronx. Thirteen Stories – Jerome Charyn
High as the horses’ bridles – Scott Cheshire
Producciones Kim Jong-Il presenta… - Paul Fischer
Ready Player One – Ernest Cline
334 – Thomas M. Disch
Night Music. Nocturnes 2 – John Connolly
The Zap Gun – Philip K Dick
Angel y el mono – Howard Chaykin – David Tischman – Philip Bond
The Minx – Peter Milligan – Sean Phillips
The Fade out – Ed Brubaker – Sean Phillips
White Trash – Gordon Rennie – Martin Emond
The Names – Peter Milligan – Leandro Fernandez – Cris Peter
Fairest – Bill Willingham
Fables Happily ever after – Bill Willingham – Mark Buckingham – Steve Leialoha – Andrew Pepoy
Fables 150 Farewell – Bill Willingham – Mark Buckingham – Steve Leialoha

Cada vez que leo un libro de esta colección/editorial – Hard Case Crime – me veo obligado a comentar lo mismo: “como molan las portadas, ese aspecto de clásicos del Pulp”. Porque al menos a mí me encantan las portadas de esta colección  y si no compro todas las que veo es solo por las limitaciones de peso en los aviones y, para que negarlo, porque alguno de los autores no están entre mis favoritos. Además las que he leído suelen ser buenas novelas, sumamente entretenidas y Seduction of the innocent, pues también lo es. No solo es una novela entretenida si no que trata uno de esos episodios de la historia americana que son tan absurdos que parecen increíbles, como los juicios al Rock&Roll por ser una fuente de satanismo, de mensajes ocultos grabados del revés (que uno pensaría que ahora, con las ediciones digitales, no podría realizarse pero que extravagantemente se mantienen ya que muchos reproductores digitales permiten escuchar una pista al revés. Ni idea de por qué o para qué, aunque algunos discos de hardcore-noise-after-ni-idea la verdad es que casi mejoran oídos del revés, desgraciadamente no lo suficiente para poder ser escuchados con tranquilidad, o como las críticas a los juegos de ordenador por fomentar la violencia, o como… cualquier absurdez. El caso es que la novela se sitúa en unos juicios al mundo del cómic (vamos a los tebeos) por ser fuente de violencia juvenil (juicio que efectivamente tuvo lugar) y por supuesto tiene lugar un asesinato que parece basado en un cómic (o tebeo). Ademas de esto y de la portada la novela tiene unas cuantas viñetas de cómic (o tebeo) al principio de cada capítulo que realmente son excelentes.

La verdad es que pese a que me cueste reconocerlo (bueno, ahora ya no me cuesta tanto como prueba este reconocimiento semis público) hay cosas pequeñas que me pone muy nervioso, pequeñeces que me atacan los nervios, pequeñas tonterías que sencillamente me parecen inaceptables. Exactamente esto es lo que me ha pasado con Summer, Fireworks and my corpse que es una novela (realmente un cuento) que se supone que viene acompañado por otros dos: Yuko y Black Fairy Tale; entiendo que para completar un volumen que justifique su edición. No, lo que me pone nervioso no es que vengan otras dos historias junto a la que da título al libro, como digo eso lo puedo entender e incluso en el caso de un autor japonés para el mercado americano pues me parece algo acertado. No, lo que me desquicia es que, si bien la historia que da título al libro no es la más corta de las tres, ciertamente tampoco es la más larga, pero es que la historia del título solo tiene unas 75 páginas mientras que la historia más larga tiene casi 230 páginas. A ver, obviamente la novela (en caso de serlo alguna) seria Black Fairy Tale y no la que se anuncia en el título, que llega escasamente a un cuento un poco largo. La verdad es que me molesta mucho y no se bien porque ya que más o menos las tres historias están bien, historias correctas de terror con más o menos acierto y más o menos originalidad pero que se leen bien sin ser demasiado japonesas (lo que es una pena) y las he disfrutado pero… al final la última historia me ha mosqueado por no haber dado título al libro (tiquismiquis que es uno).

Como este último libro me había mosqueado un poco decidí coger uno de cuentos cortos: Bitter Bronx, eso sí, comprobando antes que el título del libro no se correspondiera con ninguna historia ya que no quería tener la tensión de estar anticipando que la mejor historia, la que da título al libro (que al menos yo supongo que es la mejor o la favorita del autor) estaba aún por llegar. Como además el Bronx es una parte de NYC que conozco poco, creo que solo he ido una vez y hace ya muchos años (cuando se supone que uno no debía ir) aunque mucho después de cuando están ambientas las historias, muchas de las cuales critican implícita o i al ingeniero que se le ocurrió hacer una autopista cruzando el Bronx (diría que con razón, ya que meter una autopista en mitad de un barrio no parece una buena forma de rehabilitarlo). Algunas de las historias se cruzan con otras pero solo porque el “marco incomparable” (que no es Murcia, aunque puede que el Bronx tenga algo de Murcia en cierta medida) es el mismo y, diría que es algo muy ochentero, la ciudad es en cierta medida un protagonista más de la historia (creo que de esto mi hermano solía hacer mucha burla en sus primeras novelas y cuentos con bastante razón, diría). El caso es que, en general, las historias están bien aunque tampoco son excepcionales, para mi muy lejos de los grandes cuentistas.

“la sangre llegara hasta los frenos de los caballos”, al parecer dice el apocalipsis (14:20 para más señas) y es una frase que me extraña no sea más conocida, que no haya aparecido en más películas, series o novelas de psicópatas (igual lo ha hecho y yo no lo recuerdo) ya que es una frase demoledora y versátil. Yo me puedo imaginar cientos de escenas (de películas, no de la vida real) en las que resultaría una frase excelente y definitiva. Como título para una novela también me parece excelente, aunque más para una novela de muchos asesinatos, una novela negra canónica (o no canónica, que yo no se me el canon) por ponernos finos, que para una novela sobre un niño de 12 años que ha tenido una visión ante una multitud en Queens. Con todo y considerando que, según la contraportada, se centra en la historia de su vuelta a Queens después de haber estado en california y haber perdido la fe, pues pensé que High as the horses’ bridles merecía una oportunidad… bueno, pues sin llegar a equivocarme del todo tampoco he acertado en darle una oportunidad aunque su descubrimiento de que los padres no son una sola entidad realmente merece la pena: “She glared back at Dad, and let me into the house. I couldn’t know what that glare was about, not really, only it appeared Mom and Dad thought differently about some things. About me. They were different people. I don’t think I really knew this before. From then on I wasn’t surprised when they had opposite opinions, or when my mom got mad at Dad for whatever reason.”

Este era el último libro que me había comprado en NYC lo que podía situarme en una situación compleja que requiriera una visita a mis librerías de referencia en Madrid, si no fuera por a) los regalos de navidad que si bien no incluían muchos libros, incluían uno que prometía ser un poco espeso y cuya lectura había estado retrasando, b) los libros, pocos, que Álvaro había comprado en NYC y que aún me quedaban por leer y c) los comic (tebeos) que habíamos (vale, que había comprado Álvaro pero con el apoyo moral y logístico de todos) y que también me quedaban por leer.

En navidad, Rafa y Violeta desde la librería de Fuenfria de Cercedilla me habían regalado Producciones Kim Jong-Il presenta… , libro que obviamente yo no me hubiera comprado nunca (algo que está en la esencia de un buen regalo) por aquello de “basarse en hechos reales” puesto que yo solo leo ficción, de hecho las cosas que han sucedido no me suelen interesar e incluso si me interesan y han sucedido yo las leo como ficción: “reality is overrated” es  uno de mis lemas, además de uno de los lemas de una camiseta del Morgenstern.  Como ya dicho el hecho de que la historia estuviera basada en hechos junto con el hecho de que sea una historia sobre Corea del Norte (tal vez una de las pocas ocasiones en las que el Norte se asocia a algo peor que el Sur, normalmente – al menos para los que somos del Norte – todo lo malo viene del sur, concretamente de debajo del paralelo…. No digo más, que igual alguno se enfada), lo habían situado en el fondo de la pila de libros por leer, después de todos los traídos de NYC aunque ya empezaba a estar un poco saturado de leer en inglés. A ver, la historia es básicamente entretenida y de hecho parece muy bien documentada (¿Qué sabré yo de Corea del Norte para afirmar esto? Nada, pero queda bien) y la verdad es que todo parece creíble con muchos datos y algunas historias (como los secuestros de ciudadanos extranjeros, concretamente Japoneses) pues ya las había leído en otros sitios por lo que lo estaba intentando leer como si fuera de verdad. Hasta que, de repente, marginalmente, escribe esto: “A medida que avanzaba la fiesta, Jong-Il, como tantos otros padres de familia de finales de los años setenta, se levantó de la mesa y volvió con su cámara de Súper 8 para dejar constancia del jolgorio. Tomo primeros planos de los presentes, y se centró en Choi. Cuando quitaron la mesa, condujo a los invitados al salón, introdujo la película en el proyector y mostro las imágenes a todo el mundo.”

¿De verdad? Venga, Vale, así que hace una película en Súper 8, la saca de la cámara y la pone directamente en el proyector. No digo que en Corea del Norte fuera como en España en los setenta cuando tenías que mandar la película a revelar a un laboratorio especializado y tardaban tres días o una semana en enviártela revelada o incluso tenías que ir a buscarla a una nave por debajo de plaza de España (ni que algo parecido pasara en Estados Unidos) pero tampoco me creo que por muy dictador que seas o por muy avanzados que  estuvieran las películas de super-8 pudieran proyectar sin necesitar revelado. No, eso sí que no… hasta ahí podíamos llegar. ¿Documentado? Pues yo diría que no, así que como historia real tengo mis dudas, como historia de ficción pues no está mal la verdad.

Una vez liquidadas mis compras y mis regalos era el momento de pasar al robo de libros, empezando por Ready Player One que si bien fue una novela que compro Álvaro, lo cierto es que yo también estuve tentado de comprarla así que no se si punta del todo como robo. Todo un acierto, la verdad es que es una de esas novelas verdaderamente entretenidas, muy sencilla e incluso simplista, pero con las que te lo pasas como un niño pequeño de la que además recuerdas cosas que tenías olvidadas de adolescente de los ochenta enganchado a los videojuegos de aquellos primeros ordenadores que se las apañaban con 32 o 64 k y en los que las cosas se archivaban en una cinta de cassette que ni siquiera reproducida del revés podíamos considerar musical. Ya digo, una historia sencillita que se lee como una partida de un video juego comentada, así que no es para todos los públicos: nunca se la recomendaría a mi hermano Rafa ya que no le pillaría la gracia (creo que ni siquiera pillaría la gracia de Tierra de Stefano Benni y esta tiene menos gracia).

334, por el contrario, es un libro que creo que yo nunca me hubiera comprado y que en el caso de habérmela comprado me habría puesto nervioso, como ya he comentado, puesto que la “novela” solo ocupa las ultimas 100 páginas del libro, estando las primeas 150 ocupadas por una serie de cuentos que, en cierta medida, tienen relación con la novela, al menos con la localización de la novela el 3334 East 11th Street. Y no solo me hubiera puesto nervioso con esto sí no que además es de esas novelas en las que en cada capítulo se cambia de personaje, de época e incluso de “realidad”. De hecho viene con una especie de plano al principio para que sitúes quien es el personaje principal de cada capítulo, el año en el que sucede y si se trata de fantasía, realidad, un monologo o que… Seguro que tiene su público pero para mí, pues como que no es… si ya me costó entenderme con Rayuela y eso que la leí de adolescente cuando aún tenía memoria, paciencia e inquietudes.

Cuando ya solo me quedaba por leer un libro – sí, este año Alvaro apenas si compro libros en nuestra visita a NYC -  un sábado de esos que me quedo intentando entretener a Alicia mientras Helena y Maite tienen que ocuparse de la desagradable tarea de visitar a mi abuela para escuchar sus maldades (algo que aunque mi médico no me ha prohibido expresamente – lo de visitar a mi abuela, no lo de las maldades – pero que mi salud no me deja realizar y  mis queridos seres queridos me dejan evitar), pues eso, un sábado de esos en los que al final acabamos comiendo en un Vips y mientras Maite acompaña a Alicia a que escoja su regalo (algo que inevitablemente me recuerda a los domingos de mi infancia en los que toda la familia salíamos a comer a casa Antonio y antes pasábamos por el kiosco y nuestro padre nos compraba algún tebeo – normalmente un Joyas literarias juveniles – como si de ir a misa se tratara y que hacia el domingo un día feliz) y os demás dábamos vueltas desesperándonos poco a poco (la niña no es rápida en sus elecciones de regalos) encontré una de esas pilas que hay en Vips de libros rebajados y entre ellos Night Music, el segundo volumen de cuentos de Connolly que sencillamente es muy bueno; no digo excelente ya que como en todos los tomos de cuentos los hay excelentes y otros que no llegan a tanto, igual que los hay muy largos e incluso muy cortos e incluso hay dos que están unidos,  aunque separados en el libro, y el segundo de los cuales incluye a Sherlock Holmes y al villano Moriarty que si bien puede trazar los planes más complicados para sus delitos se ve completamente incapaz de, por ejemplo, ir a una joyería y simplemente robarla con lo que duda de ser realmente una gran mente criminal.

The Zap Gun, es un cuento largo o una novela corta que como se ve en este post no tengo muy clara la diferencia y creo que tampoco la tienen los editores. De hecho estoy seguro de que en España se editó como parte de los tres tomos de cuentos completos de K Dick pero no lo puedo asegurar. K Dick siempre merece la pena, yo creo que debe de ser lectura obligatoria. Puede que no todo el, puede que no está en concreto, pero si muchas de sus novelas, especialmente considerando que mucha gente ha visto adaptaciones de sus novelas que, la verdad sea dicha, dejan fuera mucho de lo importante de K Dick, de sus mundos ciertamente alucinados y de sus paradojas mentales.







Y con esto llegamos al último fin de semana de enero, ya sin nada que leer y la verdad es que salvo comics (tebeos) de los que Álvaro sí que había comprado un puñado asi que por si acaso no me acercaba por mis librerías de referencia cogi unos cuantos y me puse a la tarea.

Los hay buenos, como The Fade Out o los Fables y Fairest, aunque el primero aun tiene que continuar por lo que aún no sabemos si será excelente, y los dos últimos son casi un cierre de serie por lo que siendo buenos no lo son tanto como el resto de la serie que ya estaba siendo larga, larga hasta agotar un poco la premisa; y los hay no tan buenos, o directamente malos que no aportan nada especial salvo entretener un ratillo.

Ahora ya la visita a la librería Méndez de la calle mayor se hace inevitable o incluso la visita a la librería Fuenfría de Cercedilla salvo que Rafa realmente cumpla el plazo de su editor y en breve tenga preparado un borrador para saciar a sus lectores (que somos, o deberíamos ser, todos). Yo espero que así sea y que en breve pueda disfrutar de leer el borrador, si no pues tocara visita de librerías o tal vez empezar a realizar algunas de las tareas que tengo aplazadas y en las que debería ir avanzando. Rafa: tu editor, el panel de expertos críticos (sin criterio, eso sí) esperan ese borrador, el público espera la versión final. Animo Bro. Sorprendentemente le molesta menos que le llame Bro que Rafa, algo que le molesta, o le molestaba, sobremanera y que por eso prefiero, así que corrijo: 

¡Animo Rafa!.


lunes, 11 de enero de 2016

Bowie - Clases Particulares

Pues afortunada y oficialmente ya se han acabado las navidades. Como son unas fechas señaladas pues había tenido la idea de escribir una entrada en este blog sobre mis recuerdos navideños pero la verdad es que ya son muchos años y tengo la sensación de que si empiezo a contar cosas de las navidades no acabaría antes del verano porque tengo la sensación de que me han pasado muchas cosas importantes en Navidad.

Bueno, realmente supongo que no es que pasen más cosas en navidad que en otras épocas del año, creo que tan solo es más fácil identificar y agrupar lo que sucede en un periodo tan específico como una gran cantidad de cosas y que lo que pasa en momentos normales del año pues queda desagrupado. Es como lo de los taxis: si bien a casi todos nos parece que los taxistas son malos conductores, simplemente porque recordamos los incidentes con los taxis,  a nadie se le ocurre pensar que la gente que lleva coches amarillos es peor conductor que el resto de los conductores si bien es obvio que cualquier persona que conduzca un coche amarillo es una mala persona. Bueno, salvo que el coche en cuestión sea un cuatro latas y el conductor sea mi tío Ricardo, en cuyo caso obviamente estamos hablando de una gran persona, y desde hace poco de un gran abuelo.

Es verdad que hay cosas muy específicas de las navidades que sería difícil que sucedieran en cualquier otra época del año como por ejemplo que tu familia te pierda en la puerta del sol, a la salida de un Corte Ingles, o como el momento exacto en que descubres que tus padres son los Reyes Magos, pero otras muchas como, digamos, el primer beso a Lourdes podrían haber sucedido en cualquier otra época del año (o posiblemente no).

En cualquier caso, pese a que el que probablemente sea el mejor momento de mi vida (ese primer beso a Lourdes) fuera en Navidad y en cierta medida por la Navidad, son unas fiestas que a mí no me gustan, demasiado largas y con demasiadas obligaciones familiares, además ese mejor momento acabo llevándome, de forma casi ineludible, a uno de los peores momentos de mi vida, si bien no fue un momento si no algo que perdura. Pero divago, si eso, ya hablamos de las navidades otro día.

No, hoy y aprovechando que Bowie ha muerto (hoy, o ayer, o tal vez antes de ayer para cuando acabe de escribir esto y posiblemente para cuando alguno leáis esto ya habrá muerto el tercero de la serie – el primero de esta serie ha sido Lemmy de Motorhead, y las apuestas para el tercer puesto ya están abiertas. Aunque excluida de la porra general, por no ser música ni famosa, yo cubro – 1 a 1000 – a que mi abuela sea el tercero de la serie; por aquello de que aun perdiendo la apuesta algunos salimos ganando) me he decidido a escribir sobre esta muerta.

La razón principal para escribir sobre Bowie es que quiero intentar vencer mi vagancia de escribir a la vez que intento cumplir mi propósito de año nuevo (o del año pasado) de escribir más a menudo ya que Bowie no está entre mis autores-cantantes-artistas favoritos por lo que al tener pocos recuerdos especiales que compartir sobre él pues igual me sale una entrada corta y consigo cumplir el propósito.

Nunca le he visto en directo, algo de lo que en su momento solo tuvo la culpa él ya que, si no me equivoco, fue él el que en los ochenta y preparando una gira europea(creo que la de Let’s Dance) dijo “Yo no toco en África” refiriéndose a la posibilidad de incluir Madrid en la gira y por lo tanto de que yo fuera a un concierto suyo. No me mal interpretéis, no es que yo no fuera a verle por un tema patriótico de que comparara España con África (algo que, dicho sea de paso, no me parecía tan fuera de lugar en ese momento) o por cualquier otra cosa. No, es tan solo que si la Mahoma no viene a la montaña pues, a veces, la montaña no va a ver a Mahoma (sin que ninguno seamos ni Mahoma ni la montaña).

Puede que luego se comprara un Atlas mundial ilustrado y ubicara mejor España y puede que también cambiara de opinión sobre tocar en África porque estoy casi seguro de que ha tocado en España y, casi seguro, que en África, aunque seguramente después de que yo dejara de ir a conciertos.

Si hubiera venido, cuando yo todavía iba a conciertos que era cuando hacia canciones con Giorgio Moroder (China Girl será una canción hortera, que seguro que nadie reivindica hoy, pero que os voy a decir que no supongáis ya por mí ochenterismo hortera) o incluso cuando no compuso, ni canto, la canción de “Feliz Navidad Mr. Lawrence” (que si bien es  de Sakamoto & Sylvian podría ser suya e igual la habría bordado; o no, que Sylvian es mucho Sylvian) , seguro que le hubiera visto y posiblemente nunca escribiría esta entrada ya que igual me salía más larga que la original sobre las navidades ya que, sin duda, habría mucho que contar hablamos del hombre espectáculo.

En cualquier caso, pese a no ser de mis favoritos, resulta necesario reconocerle el mérito que tiene en cuanto a la reinvención (casi continua) de sí mismo, de sus personajes, ya que es innegable que es uno de los autores que más han cambiado de estilo, prácticamente hay un David Bowie para (casi) cualquier persona (bueno, salvo deshonrosas excepciones y casos limítrofes del género humano) aunque siempre con un toque elegante (o directamente hortera).

Lo que sí que tengo es una colección algo dañada – los listillos de El Corte Ingles les habían cortado una esquina para marcarlos como artículos de rebajas finales – de sus primeros discos, que me compre en formato pack cuando estaban a punto de descatalogarlos gracias a la torpeza matemática de Thomas Gemperle, a mi destreza como profesor particular y a mi extraña concepción del dinero y los favores a amigos. Os cuento…

Todo el mundo que me conoce intuye que yo no tengo paciencia para ser profesor, algo que contrasta con mi creencia de ser un buen profesor y de tener una paciencia casi-infinita con la estupidez innata de los alumnos. No tengo ni idea de porque la gente intuye (falsamente) esto pero ya sabéis lo rara que es la gente, incluso hay quienes piensan que yo soy expresivo facialmente cuanto obviamente soy un tipo hierático. Incluso más extendido está el mito de que tengo menos paciencia/capacidad para ser profesor particular pero la experiencia niega esas creencias (no la de ser profesor para todo un curso, que podría estar avalada por mis cursos en la EOI donde, frecuentemente, acababa suspendiendo a toda la clase ya que eran incapaces de comprender nada).

Esta creencia no es nueva, remontándose a mis años de instituto (entonces llamado BUP) donde pese a la evidente necesidad que algunos de mis amigos y conocidos tenían de un buen profesor particular ninguno me lo propuso hasta que Susana Casenave me dijo que si podíamos quedar un día para que le explicara algo de matemáticas para un examen.

Susana era, seguramente lo siga siendo, una chica preciosa, encantadora, porrera, lo que podríamos llamar una musa hippie, con la que era imposible llevarse mal pero con la que también era (casi) imposible llevarse bien, ya que simplemente estaba fuera del alcance de los normales mortales del montón, como yo.

Sin dudarlo yo le dije que cuando quisiera y acabamos quedando un día, casi seguro el día antes del examen, a última hora de la tarde en la plaza del dos de mayo. Empezamos tomándonos unas cervecitas en el kiosco, que ya era una hora decente y de alguna forma había que empezar y no nos íbamos a meter a estudiar directamente. Las cervecitas dieron paso a unos porros, que dieron paso a otras cervecitas y tras un par de vueltas por lo que los mayores llamaban la espiral de la droga nos fuimos a sentarnos a la churrigueresca puerta del museo municipal con el objetivo de empezar a resolver sus dudas matemáticas.

En aquellos años tribunal era un sitio sumamente tranquilo por el que solo pasaban unas pocas personas camino del metro, nada que ver con lo que es ahora, por lo que aunque parezca increíble era un gran sitio para estar concentrados: Susana resolviendo problemas matemáticos y yo intentando explicárselos mientras continua enamorándome de ella, compartiendo unos litros y unos porros y haciendo intervalos para cotillear con malicia de todos los compañeros del colegio (perdón, instituto que ya éramos mayores). En algún momento, después de la hora de cenar y cuando ya no podíamos leer los apuntes, decidimos que a) ya habíamos resuelto todas las dudas b) ya habíamos criticado bastante a todo el mundo y c) nos habíamos quedado sin cervezas y sin costo por lo que decidimos dar la sesión por acabada y nos separamos.

Al día siguiente ella aprobó el examen por suerte o por que lo había entendido y yo me quede con un recuerdo agradable de eso de dar clases particulares.

Thomas que no había aprobado los exámenes,  ante la amenaza de sus padres de ponerle un profesor particular todo el verano, decidió que si yo había conseguido que aprobara Susana (algo completamente falso) podía intentarlo con él o el intentarlo conmigo ya que mejor dar clase tomando unas cervezas y fumando que en un entorno más docente/decente.

No sé como pero convenció a sus padres de que esto era una buena idea, de que podía funcionar y sus padres (bueno, su madre ya que su padre no estaba muy convencido del tema al habernos visto a Thomas  y a mi emborrachándonos habitualmente en El Urumea, el bar más cercano a su casa en el que ambos tenían cuenta en la que solíamos apuntarle gran parte de nuestras bebidas semanales) hablaron conmigo con la idea de acordar precios y horarios. Yo les dije que estaba dispuesto a dar clase a Thomas, que los horarios pues iríamos viendo según como fuéramos pero que me negaba a que me pagaran ya que se trataba de hacer un favor a un amigo.

Estuvieron de acuerdo en todo. Obviamente su padre intento hacer trampa en la parte económica y puesto que había dejado claro yo no iba a dejar que me pagaran lo que hacía era intentar coincidir más con nosotros en El Urumea, lo que si bien podía parecer un poco incómodo tenía la gran ventaja de que se hacía cargo con una elevada frecuencia de nuestras cuentas pagando a ciegas (incluso totalmente ciego, que precisamente abstemio no era).

El caso es que Thomas y yo nos juntamos unas cuantas tardes en el sótano de su casa, sacábamos los libros y unas cervezas y nos poníamos a la tarea. A la tarea que tocara, que no siempre era la de estudiar, a veces simplemente estábamos charlando u oyendo música, a veces estábamos jugando a las damas alcohólicas (con vasos de chupito) y otras recibíamos amigos para colaborar en el vaciado de botellas y el llenado de ceniceros. Al cabo de unas horas cerrábamos los libros y nos bajábamos al bar a tomar algunos medios que siempre olvidábamos pagar, dejándolos apuntados a la cuenta del padre de Thomas, que normalmente andaba pasaba por allí para comprobar que progresábamos, o que por lo menos habíamos estado estudiando (u lo que fuera).

El caso es que, puede que inexplicablemente o porque el alcohol ayude a retener información, Thomas aprobó todas las que tenía que aprobar ante la sorpresa de sus padres. Sus padres que no daban crédito a tamaña hazaña, uno por que nos había visto bastante perjudicados de vez en cuando y otra porque apenas si nos había visto estudiar, decidieron (además de que yo debía de ser un genio de la docencia) que el acuerdo realizado era irrelevante y que estaban obligados a pagarme más, especialmente la madre de Thomas que aunque sospechaba de nuestro libre uso de la cuenta del bar no tenía plena consciencia de la cantidad a la que podía ascender. Yo me negué en redondo, asegurándoles que un trato era un trato y que Thomas era mi amigo y no iba a cobrarles por juntarme con él a charlar, a beber y a estudiar un poco.

Puede que yo sea testarudo pero os aseguro que la madre de Thomas lo era mas, asi que cada vez que iba a casa de Thomas teníamos un conato de discusión y antes de salir siempre me veía obligado a vaciar los bolsillos de mi chaqueta ya que siempre se habían llenado misteriosamente, pero sin intervención maternal según la susodicha, de billetes.

Al final tuvimos que llegar a un acuerdo cuya versión inicial consistía en que “vale, no me pagarían” pero que me regalarían algo y que en su versión final quedo en “que me regalarían unos cuantos discos que yo eligiera” y así fue como me hice con el pack de discos de Bowie que estaban saldando en El Corte Ingles ya que aunque tenía un precio muy adecuado estaba totalmente fuera de mis posibilidades y era algo que podía enseñarles.

Todos quedamos satisfechos, yo con mi segundo alumno aprobado (dos de dos), mi colección de discos de Bowie y mi par de cientos de medios de ron con limón,  ellos con el misterioso e incomprensible aprobado de su hijo que les parecía algo cercano a un milagro.

Si bien la historia de mis discos de Bowie acaba aquí y podría terminar aquí con todos mis alumnos particulares aprobados supongo que podría seguir y hablar de mi primer fracaso como profesor particular, que fue con Jacobo, o incluso hablar de los siguientes  y múltiples fracasos que tuve intentando enseñar matemáticas a Jacobo. Fracasos que al final tuvimos que solventar de una forma imaginativa y, podríamos decir, radical como fue la de directamente sustituirle en el examen (algo que no fue tan fácil como puede parecer) pero que fue un éxito completo. Pero divago, si eso, ya os lo cuento otro día.


PS: aunque es difícil elegir una canción favorita de Bowie, la mía, casi seguro, seria Ashes to Ashes (por el video) o Rock and Roll Suicide (por eso principio de “Times takes a cigarette, puts it in your mouth…”) o Changes (por el piano y los semi-corillos) o Absolute Beginners (por la película y ese “ban-ba-da-ooo… I’ve nothing much to offer…”) o China Girl (por qué no se puede ser mar hortera y más ochentero, sin ser The Cars) o … muchas por muchas y variadas (o camaleónicas, que diría un critiquillo musical) razones.

sábado, 26 de diciembre de 2015

Comentario de textos - Noviembre y Diciembre 2015

The expendable man – Walter Mosley
The education of a poker player – James McManus
El invierno del dibujante – Paco Roca
Capitalismo canalla – Cesar Renduelles
El invierno del Dibujante - Paco Roca
Capitalismo canalla - Cesar Renduelles
El sanador místico – V.S. Naipaul
Villain – Shuichi Yoshida
Those we left behind - Stuart Neville
Darkness & Dawn - George Allan England
Really The Blues - Joseph Koening
The big Whatever - Peter Doyle
Tokio - Nicholas Hogg
The Killing Kind - Saul Black
Johannes Cabal. The Necromancer - Jonathan L. Howard


No sé qué me sucede últimamente que me encuentro, además de con mi tradicional apatía, algo así como enfadado. No enfadado por nada en concreto, ni con nadie especialmente, es tan solo un sentimiento de enfado generalizado. Supongo que puede ser que en lugar de estar convirtiéndome en un viejecito entrañable, o en un viejo verde, las dos posibilidades que manejaba para mi vejez cuando pensaba en ella cuando como algo teórico y después de haber desechado el convertirme en un “niño secreto” como Groucho en aquel tebeo de “gruñidos en el desierto” me esté convirtiendo en algo más habitual en mi familia y que es el modelo viejo gruñón. Supongo que esta es una probabilidad a la que mi material genético apuntaba desde hace tiempo, sobre la base de los antecedentes familiares. No tanto por mi padre que si bien tras toda una vida de ser una persona amable, que le valió incluso el mote profesional de Don Pimpón, se volvió un viejo gruñón en los últimos años de su vida (aunque justificadamente ya que sufrió una hemiplejia en su última operación a corazón abierto) si no por el ejemplo del padre de mi padre, mi abuelo paterno, que ciertamente siempre tuvo mal carácter y era realmente, o al menos en mi recuerdo de él, lo que se podría denominar un viejo gruñón en toda regla. Supongo que mi esperanza estaba en que todos mis mayores afirmaban que yo era igual que mi abuelo Benito, mi abuelo materno, del que la práctica ausencia de recuerdos, ya que murió de cáncer cuando yo era bastante pequeño, unido a la leyenda familiar de que era un tipo afable (lo suficiente para haber aguantado a mi abuela hasta morirse; o de haberse muerto antes de amargarse aguantándola) me permitían imaginarme como un viejecito entrañable. Sin embargo, pese a ese parecido legendario me temo que cada día estoy más cerca de convertirme en un viejo gruñón, con o sin excusa, a menos que consiga solucionar mis problemas de actitud o que el cáncer que ayude a dejar una leyenda de mi persona.

Pero este no es el tema de hoy ya que, igual alguno lo ha notado, no he escrito nada desde hace dos meses, habiéndome saltado un comentario de textos, y habiéndome dejado algunas historias interesantes en el tintero ya que parece que este año es un año de celebraciones que habrían dado (algún día lo darán) para un par de post divertidos ya que además de cumplir medio siglo resulta que también he cumplido un cuarto de siglo como Ingeniero de Caminos (Canales y Puertos, incluidos) lo que ha producido algunos reencuentros interesantes o cuando menos anecdóticos. Pero, si eso, ya os lo cuento otro día.

Como ahora se me han juntado dos meses de lecturas este deberia ser un post largo pero gracias a mi carencia de neuronas dedicadas a recordar cosas a corto plazo prácticamente ya no tengo recuerdo de alguna de las novelas que he leído lo que probablemente lo convierta en más corto de lo que debería. Ya veremos.

En algunas historias la ausencia de un dato relevante, o teóricamente irrelevante, hacen que toda nuestra percepción de la historia sea diferente, cambiando totalmente la forma en la que percibimos la historia. Esto es exactamente lo que pasa con el principio de The expendable man donde un médico recoge una autoestopista en una carretera de estados unidos y él está sumamente preocupado por este hecho, por lo que le pueda pasar o lo que la gente pueda pensar y el lector no acaba de entender que es lo que le preocupa, salvo que el medico vaya a resultar ser un asesino en serie y por eso este preocupado porque le hayan visto recoger a la joven autoestopista o porque la vean con él en el coche. Hay un cierto desasosiego por parte del lector que se debe solamente al hecho de que el autor nos ha ocultado, no lo ha considerado relevante, comentarnos que el medio es… negro, siendo la autoestopista blanca y joven. De hecho este dato se revela de forma implícita cuando conocemos a la familia del médico, no siendo para el autor necesario mencionarlo explícitamente lo que obviamente a mí me recuerda a un amigo de Álvaro que se pasó un día que por el Morgenstern y que tras haberme dado todo tipo de datos sobre de que conocía a Álvaro para que le diera recuerdos mientras nos tomábamos una cerveza, solo en el último momento y como un hecho irrelevante que podía no haber notado o no pensar en utilizar como forma de identificación, me dijo “por cierto, soy negro”. Anda carajo, pues menos mal que lo has mencionado; nunca se me habría ocurrido mencionar este particular para describirte, tan irrelevante como si fueras pelirrojo. En cualquier caso, la historia está bien escrita y luego se complica porque obviamente la chica aparece muerta y tras haber sufrido un aborto lo que obviamente deja al médico negro en una situación bastante delicada que le obliga a investigar por su cuenta antes de que le acusen o directamente le linchen ya que pese a pasar en California lo hace en un momento en el que los problemas raciales tienen tendencia a resolverse de manera expeditiva. Como curiosidad del libro resulta necesario, aunque irrelevante, constatar que por lo menos en aquel momento Whopper aún no era la marca comercial de hamburguesas que es hoy en día, si no que se refería a una mentira grande e infantil como en “This was a child, telling her whoppers, expecting them to be believed”. Curioso que eligieran ese nombre como marca comercial de una hamburguesa icónica.

Si el libro anterior ocultaba un dato durante gran parte de la narración mi siguiente lectura tenía un título, The education of a poker player, que para nada se correspondería con el contenido del libro que básicamente trata sobre la infancia de un niño católico en Chicago y que prácticamente no tiene ninguna mención al poker en sus páginas.  Es verdad, lo he comprobado a posteriori ya que a priori parecía totalmente innecesario, que la contraportada deja claro de que va el libro por lo que no puedo culpar totalmente al editor del libro aunque algo de culpa tiene ya que la portada sí parece relacionarse con los naipes. Definitivamente me tengo que fijar en más cosas antes de comprar un libro ya que no solo es que no tratara de lo que yo pensaba si no que ciertamente tampoco es un libro, en sentido estricto, sí no de una recopilación de artículos/cuentos publicados en revistas y agrupados en forma de libro. No están mal pero tampoco son especialmente buenos, faltándoles la coherencia que uno espera en un libro (quiero decir en una novela) pero tratándose de católicos por supuesto aparece el tema del destino y de las coincidencias (o no) que le sirve para dejar una interesante frase sobre las mismas: “Timming was why anything big ever happened, not to mention all the huge things that don’t”. Una forma de ver el destino, tan culpable de lo que sucede como de todo lo que no sucede, es decir, en gran medida indiferente a lo que sucede o deja de suceder.

Lo que si resulta innegable es que algunas cosas suceden cuando no es el mejor momento: si un mes cualquier, de esos que me quedo sin libros, y me veo obligado a ir a buscar cómo ir a mi librería de referencia del campo, la librería Fuenfira de Cercedilla, sin conseguirlo para acabar traicionado a mi hermano yendo a mi otra librería de referencia en Madrid, la librería Méndez de la calle Mayor, me regalaran libros sería una cosa estupenda pero si eso mes es justo octubre que es cuando todavía tengo la mesa llena de los libros importados clandestinamente de NYC pues no es lo mejor, aunque siempre es agradable.

Es verdad que siempre es agradable que te regalen cosas aunque a veces la primera reacción sea de estupor, o directamente de terror preguntándote para tus adentros “¿Por qué? ¿Por qué esto?”. A este estupor, a estas preguntas uno se acaba acostumbrando cuando el regalo se lo hace la familia ya que es normal que la familia de uno sea “extraña” y realmente no acierte con los regalos, es algo que forma parte de la tradición y de la naturaleza. No resulta preocupante ya que al cabo de unos cuantos años uno ya ha asumido que la familia no tiene ni idea de cómo es uno, de que cosas le interesan o le gustan, o bien ha asumido que estas cosas no le importen a su familia. Si es un poco más inquietante cuando el regalo proviene de un amigo ya que entonces uno no puede evitar preguntarse o bien “¿Cómo puede verme interesado en esto un amigo?” o bien “¿Cómo puede mi amigo tan raro?” incluso, más normalmente, ambas cosas a la vez.

Sin embargo algunas veces uno no se hace ninguna de esas preguntas y las cosas son más o menos normales y explicables como que Borja te regale un comic, El invierno del dibujante, ya que a) los comics le gustan a todo el mundo y b) Borja es un artista (artista gráfico convertido en pintor hiperrealista, con un pasado como músico, y jugueteando a ser tatuador entre otras cosas). Además siendo un comic español y sobre escritores / dibujantes de comics pues todo encaja y aunque para mí la historia del comic español pues no me sea algo que me interese especialmente pues todo encaja y encima se disfruta leyéndolo.


Algo parecido ocurre si Minguito te regala Capitalismo canalla, ya que él es un tipo muy concienciado y creo que incluso un poco “concienciador” (palabra que diría que no existe pero que viene a ser como misionero o proselitista de las ideas anticapitalistas).Que el libro pudiendo ser bueno, con una idea que podría considerarse buena, sea malo, incluso muy malo no es culpa suya aun cuando si sea el regalarlo tras habérselo leído. Incluso el hecho de que sea malo le da más valor al regalo ya que obviamente cumple plenamente una de las premisas (para mi) de un buen regalo: que sea algo que seguramente no te cumplirías (aunque incumpla la básica de que te pueda interesar). En cualquier caso puede que el libro no sea tan malo como me ha parecido a mí, que por momentos me ha recordado a American Psycho salvando la distancia de el de Ellis parece un catálogo de marcas comerciales y este simplemente un catálogo de títulos variados de libros, más o menos, conocidos pero sin entrar en nada interesante. Los dos son libros vacíos.

Obviamente las preguntas volvieron con toda su fuerza cuando Samba me regalo El sanador místico ya que al ver la portada me pareció que efectivamente se había vuelto loco y que por fin alguien había hecho feliz al tarado  Hare-Krishna de “se te ha caído…. La sonrisa” de la calle Fuencarral al comprarle un libro. De hecho al principio pensé que era una venganza porque al final resulto que Samba sí que es el escritor de un libro (algo de la era k-pop) que había comentado, no muy favorablemente en este blog (que no es de libros). Tanto me debió de sorprender la portada que pese a ser yo claramente hierático – una esfinge, casi – pues se me debió quedar tal cara de alucinado que intento tranquilizarme por todos los medios posibles, asegurándome que no era lo que parecía que le diera una oportunidad… y se la di…. Y me sorprendió… no era tan malo como yo había pensado. Vale, tampoco era excelente pero si que resultaba entretenido y curioso pese a ir de sanadores indios, ya que básicamente va sobre una pelea entre dos sanadores por motivos espurios. Incluso tiene frases buenas como “un hombre puede aguantar cosas grandes. Son las cosas pequeñas las que te desarman” con la que coincido plenamente no solo en cuanto a los problemas si no en cuanto a las soluciones ya que como dice Rafa “es fácil dar un cheque en blanco pero a veces solo se necesita calderilla, y esa casi nadie la tiene”. Una agradable sorpresa que (no) me obligara a darle otra oportunidad como escritor al bueno de Samba con el fin de confirmar si es solo una buena persona o si también puede ser un buen escritor.

Además de regalos extravagantes en cuanto a libros mis amigos y conocidos – convocados para mi cumpleaños – me dejaron otros cuantos regalos incluso más extravagantes y sorprendentes, si bien la presencia de algunos ya fue algo suficientemente extravagante y sorprendente. Pero, si eso, ya os lo cuento otro día.

Cuando compro libros en NYC suelo tener mucho cuidado al elegirlos, vale, no tanto como ya he comentado al hablar de otros, pero si el suficiente para evitar comprar libros que ya me he leído. Esto es algo que parece fácil pero que considerando las limitaciones de mi memoria no siempre consigo, sobre todo si han cambiado la edición y eso es justo lo que me paso con Villain. Si, lo compre pensando que no lo había leído y cuando llevaba unas cincuenta paginas me di cuenta de que si lo había leído, incluso diría que no hacía mucho  claro que como tengo la librería desordenada pues no estoy totalmente seguro ya que no he podido comprobarlo físicamente (tengo que acordarme de mirarlo). Así que de momento me salto la crítica de este libro del que sí que recuerdo que me gusto, aunque no lo suficiente para volver a leerlo por lo menos mientras tenga reservas, limitándome a dejar constancia de mi estupidez.



No siempre me olvido de todo, hay veces que recuerdo al autor e incluso recuerdo si me gusta o no me gusta. Claro que hay otras veces en las que recuerdo al autor pero mi opinión sobre el mismo no es clara ya que algunas de sus novelas me han gustado y otras pues no tanto o directamente no me ha gustado. ¿Qué hacer entonces? ¿Compro su nuevo libro o lo dejo pasar? Pues, aunque os sorprenda ya que como me conocéis sabéis que soy un tipo metódico (como buen ingeniero), unas veces decido que compro y otras pues lo contrario. No tengo claro si tengo algún criterio, supongo que sí, pero posiblemente no. El caso es que con Neville, el que ya había leído tres (creo) novelas, aunque eran de una serie, pues decidí darle otra oportunidad y compre Those we left behind sobre todo porque así podría decidir si era un autor destinado a pasar a mi lista de obligatorios o si lo dejaba en el olvido y solo para casos de necesidad. Por increíble que pueda parecer no me ha valido de nada y aun no se en que categoría clasificarlo. A ver, el libro es correcto y entretenido, un best seller convencional con unos niños y una policía y sin embargo ahora a un mes de habérmelo leído creo que podría volver a leérmelo sin problema ya que no me ha dejado ningún recuerdo y poco, o nada, puedo comentar del mismo. Supongo que eso es bastante malo pero igual no lo suficiente; ya veremos en el siguiente.

Una serie que se llame Doomsday Classics es algo que obviamente atrae la atención y una novela protagonizada por un ingeniero y su secretaria que se despiertan como únicos habitantes de un NY post-apocalíptico resulta una premisa cuando menos tentadora tanto por lo de que sea un ingeniero como por la previsión del autor de dejarle con su secretaria que como todo el mundo sabe son absolutamente necesarias, especialmente para un ingeniero.  Si además le añades el factor saldo ya que no se trata de una novela si no de tres novelas en un solo tomo pues comprar Darkness & Dawn resulta casi inevitable para casi cualquiera. Bueno, pues este tipo de cosas es las que hay que evitar a toda costa; las gangas nunca son buenas y escribir sobre ingenieros puede tener su gracia siempre y cuando se trate de un ingeniero de verdad y no de un mecánico sin especial interés. No es que estuviera a punto de dejarla a medias, es que estuve  a punto de dejarla en cada una de las mitades de las novelas e incluso entre novelas pero confiaba – inútilmente – que en algún momento la historia mejorara para poder ser clasificada como un clásico incluso por un editor poco escrupuloso. No hubo suerte.

Really the blues tiene otro de esos argumentos que casi te obligan a comprarlo: un músico – aunque sea de Jazz – en el Paris ocupado por los nazis se ve envuelto en una trama de asesinatos complicada con la resistencia. Pues, ¿cómo no vas a comprar algo así? A poco bien que esta llevada la historia tiene que resultar entretenida, y lo es… pero la verdad es que resulta pobre o por lo menos a mí me ha dejado indiferente ya que ninguno de los personajes tiene la enjundia suficiente para dejar la huella suficiente que te haga recordar la novela especialmente.








Aunque pueda parecer que me dejo llevar mucho por los temas de los libros tal y como los presentan los editores en las contraportadas la verdad es que no lo hago especialmente y es más bien que me dejo llevar por todo tipo de tonterías como, por ejemplo, que una novela pase en un país del que no se nada o prácticamente nada, como es el caso de Australia y la razón, además del título, por la que compre The big whatever ya que, al menos conscientemente, no soy capaz de nombrar un escritor australiano y mucho menos un escritor de novela negra (casi pulp) de las antípodas.  Bueno, esto lo escribo a posteriori ya que la verdadera razón por la que compre este libro es porque me equivoque de Doyle y estaba convencido de que este era el de La mujer que se chocaba con las puertas (o un título parecido) que fue una novela que me gustó mucho en su día aunque no tengo tan claro si otras suyas de (Peter Doyle, creo) que gustaron o no. En cualquier caso la primera explicación es mucho mejor – me hace quedar mejor – así que la mantengo y aprovecho para añadir este otro Doyle a la lista de autores de los que merece leer otro libro antes de tomar una decisión definitiva sobre ellos. Es una buena novela, en su género, que se lee estupendamente y que resulta sumamente entretenida.

Hablando de títulos: Tokio, así a secas no tiene por qué ser un gran título ni un título pésimo, es más bien un título un poco indiferente, pero si en la contraportada hablan de sectas – de sectas suicidas, para más señas – poco importa que también hablen de dos historias que entrelazan el presente y el pasado, algo que obviamente no es tentador, la idea inicial mejora y aunque uno piense que para leer sobre Japón es mejor leer a autores japoneses que a extranjeros hablando de una cultura que no entienden pues uno se decide a darle una oportunidad si el libro está en Kinokuniya ya que es una librería de referencia. Como era previsible, con sus pros y sus contras, es un libro que no llega a estar bien del todo - la historia de la secta se queda sumamente corta – pero que se deja leer pero uno se queda con la sensación de que lo tenían en Kinokinuya solo porque la librería, la de Tokio, sale en la novela lo cual resulta un poco decepcionante.



Algunos libros no cumplen las expectativas depositadas y otros si las cumplen, siendo casi exactamente lo que uno espera de ellos. En este último grupo esta The Killing Lessons, no porque sea especialmente bueno si no porque es exactamente lo que uno espera del título: un best-seller de asesinos en serie sin especiales complicaciones pero de lectura entretenida. Un poco excesivo en cuanto a la capacidad de aguante de sus personajes que están más cercanos a los superhéroes, o superheroinas en este caso, que al común de los mortales que no encajaríamos tan bien tantos golpes como ellos. Puede que más que una virtud del libro el cumplimiento de las expectativas se deba a la actitud del lector ya que tampoco esperaba mucho de el, salvo una historia razonable y razonablemente contada aunque el encontrar una frase que poder decirle a Alvaro, que es incapaz de irse a dormir a la cama por cansado que este, pues siempre alegra la lectura: “Not sleeping in your bed when you could was like not drinking from a wáter hole where you were lost in a desert”.

Y para acabar estos dos meses de lecturas – o para darlos por acabados ya que aun estamos a veintiséis y seguramente aun leeremos algo mas – que mejor que acabar con una serie ya conocida y de lectura agradable: Johannes Cabal, The Necromancer. Si bien no es el mejor de los títulos de la serie, la verdad es que las aventuras de Cabal siempre resultan agradables incluso cuando como en este caso se trate de una absurda apuesta con el Diablo y parezca un poco escrita rápidamente y sin los detalles que le daban color al resto de la serie y la hacían algo especial y de más divertida lectura. La verdad es que si no me equivoco esta es la primera de la serie por lo que igual mi juicio de que le faltan los detalles y se ha escrito rápidamente es un poco injusto y realmente es que poco a poco a mejorado su escritura o por lo menos la mejoro en la segunda no siendo tan buena en la tercera, pero puede que me equivoque y que realmente este bajando la calidad de la serie, con la siguiente lo averiguare.



En fin, como es tiempo de promesas y compromisos (por eso del fin de año) yo haré la mía en este blog que es la de intentar escribir más a menudo y no hacerlo sobre libros si no sobre mi pasado y mis paranoias que al fin y al cabo eran el motivo de iniciar el blog. Espero que no sea como vuestra promesa de ir al gimnasio o de dejar de fumar y/o beber o este tipo de promesas. Aunque nunca se sabe, si eso, ya os lo cuento otro día.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Comentarios de textos - Octubre 2015

Comentarios de textos Octubre 2015

La rubia de ojos negros – Benjamin Black
Last Winter, we parted – Fuminori Nakamura
Fat City – Leonard Gardner
Funny Girl – Nick Hornby
The Creeps – John Connolly
Girl waits with gun – Amy stewart
The lady from Zagreb – Philip Kerr

Pues ya está, ya he cumplido con las obligaciones más importantes del año: ya he estado en NYC y ya he cumplido los 50.

Lo de que he llegado a los cincuenta (edad que ayer me recordaba mi tío Ricardo, Cabut, que, según Saramago – no la gran escritora Sara, Mago, como pensaba aquella política tan leida; si no el de verdad – en aquel libro, El año de  la muerte de Ricardo Reis es “la edad”, creo que la edad más digna decía, o la única edad; aunque obviamente no recuerdo que decía y de momento no voy a releerlo) ya lo sabéis todos porque (creo, aunque no podría asegurarlo) que os vi a todos en la fiesta sorpresa que organizaron por mi cumpleaños.

Sí, estoy casi seguro de que os vi a todos los lectores de este blog (salvo a Juan del bar La Barra en la Calle Garcilaso, que aunque visite poco, continuo recomendando) aunque por supuesto vi a muchos mas no lectores (no ya de este blog, si no seguramente de nada salvo la prensa deportiva y/o económica) de alguno de los cuales decir que hacía mucho tiempo que no veía se queda corto ya que a alguno hacía más de treinta años que no veía. Debería decir, por aquello de justificar que he aprovechado la educación que mis padres se esforzaron en darme, que pese a los años que habían pasado todos estábamos igual, pero considerando que a muchos no los reconocí, teniendo incluso que preguntar (a otra persona, nunca al interfecto que eso sería grosero, y siempre discretamente) con quien estaba hablando pues no resultaría muy creíble. No, algunos estaban realmente irreconocibles, algunos porque habían cambiado para mejor y otros pues en habían cambiado en el sentido contrario (no en la dirección, contrariamente al dicho popular) mientras que a otros les hubiera reconocido en cualquier sitio y en cualquier momento, siempre y cuando me hubieran dicho que eran ellos. Sin ese dato creo que no habría reconocido a prácticamente nadie. Pero divago, lo de la fiesta, si eso, ya os lo cuento otro día.

En cuanto al viaje a NYC, mi peregrinación obligatoria como talibán que soy, podría decir que sin sorpresas aunque he de reconocer que cada año NYC se parece menos a mí(s) recuerdo(s) de ella. Tan poco se parece ya que creo que se hace necesario revisar mi guía Fragile, aquella que hice hace unos cuantos años para María Rodrigo (la Rodrigo, o Mari, Mari; ya que como NYC hay que mencionarla siempre dos veces) y que insensatamente, ya que la mayoría de mis sitios favoritos han desaparecido, sigo dando a todos los que me preguntan por sitios en NYC (Susana, Gemma, siento mucho haberos hecho pasear buscando bares y tiendas que ya han dejado de existir; aunque esa es precisamente la gracia de NYC: pasear sin rumbo). En cualquier caso aún quedan algunos de mis sitios favoritos y otros nuevos, para mí,  se han incorporado a mis favoritos, así que sigue siendo una visita necesaria, casi tanto como la actualización de mi guía. Pero divago, si eso, ya os lo cuento otro día.

Me marche de viaje el 28 de septiembre, no es que el día sea relevante o que lo recuerde especialmente, si no que como no tenía nada que leer utilice la tarjeta de embarque como marcador de páginas en el libro, La rubia de los ojos negros, que tuve que comprarme en el aeropuerto para el viaje – ya que no visite con tiempo la Librería Fuenfria de Cercedilla, algo que debería haber hecho para enfrentarme con seguridad a un vuelo cada vez más largo o simplemente porque es algo que hay que hacer cada cierto tiempo por aquello de la salud mental) y acabo de reencontrarla al volver sobre los libros que he leído (no, aunque tomo algunas notas cuando leo me queda tan poco poso de lo que leo que no puedo escribir de memoria y tengo que volver a mirar los libros para recordar; problemas de la edad). A ver, el libro está bien escrito desde un punto de vista canónico (ja, tomad expresión de critico; entre estas frasecillas y lo poco que escribo de otras cosas quien va a creer que esto no es un blog de libros), tiene lo que tiene que tener una novela negra, hasta algunas frases inteligentes, y sin embargo tan solo os diré que ni estando encerrado en un avión conseguí acabármelo y acabe dejándolo a mitad de vuelo. Como decía aquel: no digo más.
Una de mis librerías favoritas de NYC es Kinokinuya, parada obligatoria no solo para comprar autores japoneses que no son lo suficientemente famosos para ser traducidos al español pero si al inglés, sí no que también es obligatorio pasar por la planta de abajo para comprar, o mirar, chorradas de papelería y confirmar que “están locos estos japos”. El único problema de Kinokinuya es que hay que decidir en qué momento del día visitarla ya que es seguro que (yo) salga con una o dos bolsas de libros y tampoco es cuestión de recorrer luego toda la ciudad como un mulo de carga, que uno va teniendo una edad. Normalmente suelo leer algún libro en NYC, sobre la marcha que diríamos, pero la verdad es que no esta vez no tengo recuerdo de haber leído nada allí y no sería por falta de tiempo ya que ahora no salgo casi ninguna noche a visitar los bares de la ciudad así que supongo que algo leí. En cualquier caso el primer libro que suelo leer a la vuelta suele ser un japonés comprado allí, y esta vez le toco a Last Winter, We parted, que no es un mal libro pero que tampoco es un buen libro. La verdad es que es una historia un poco decepcionante escrita sin demasiada gracia y con menos intriga de la que debería.

Mi otra librería favorita es McNally Jackson (a la que yo llamo RandMcNally, confundiéndola con lo que viene siendo la editorial de los planos de carreteras en EEUU, vamos con la guía Campsa), de la que me gusta todo: desde las libreras y las clientas (incluso fuera de la tienda, me encantan las chicas que llevan una bolsa de McNally que suelen ser sonrientes, guapas, amables, se las ve felices y cuando nos cruzamos por la calle nos intercambiamos “miradas llenas de significados”; y tengo testigos, no es que me lo esté inventando. Quede claro) hasta la disposición de la tienda, el hecho de que tenga uno de los baños más limpios de NYC (aunque ahora cobren por usarlo, supongo que más por mantenerlo limpio que por otra cosa) y los marcadores de los libros que vienen con espacio libre por detrás “for those who don’t write in their books”.  Además, no tiene el problema de tener que elegir el horario en el que se visita ya que está claro que será justo antes de cenar en el Rubirosa, lo que siempre es una alegría ya que sin duda tienen la mejor pizza que se pueda tomar. En McNally hay un poco de todo, desde las novedades editoriales a cosas (para mi) desconocidas pero que tienen aspecto de clásicos americanos y para mi algo clásico americano es el boxeo, bueno más bien el submundo del boxeo que el boxeo en sí.  Ese submundo de barrios bajos, de gente que todo lo que puede hacer es pelear para (mal) salir adelante, de alcohólicos, prostitutas, apostadores. En fin, lo típico… y bueno Fat City parece ser un clásico que incluso, en la contraportada, recomienda alguien como Ross MacDonald. Efectivamente, eso es lo que es, poco más que un rato en la vida de unos boxeadores de poca monta, que no acaban de llegar o que han llegado y ya están de vuelta en el barro, en el barro de seguir tirando como pueden.

Me gustaría poder hablar de Partners&Crime, la que era mi librería favorita de NYC para novela negra pero que lamentablemente cerro hace un año o dos aunque llegamos a tiempo de despedirnos del librero y de aprovechar parte de la liquidación final de libros; e incluso de la Liberia de St Marks que era donde compraba (o no compraba, mejor dicho) los libros de enrollados, contracultura y esas cosas pero esta también ha cerrado. Ciertamente he de realizar otra visita a NYC, recorriendo calles que no visite habitualmente, para reponer mi stock de librerías favoritas ya que ahora mismo tengo el mismo número de librerías favoritas en la Comunidad de Madrid que en NYC. Aun así, he de reconocer que no me cuesta llenar gran parte de una maleta, o una maleta pequeña, con los libros que me compro en este viaje y que necesito para el invierno:



Al igual que me pasa en Madrid, que a veces traiciono a mis dos librerías favoritas (repito por si alguien no lo tiene claro: la Librería Fuenfría en Cercedilla y la Librería Méndez en la calle Mayor) por una gran cadena también visito Barnes&Noble de la que antes era socio para aprovechar los descuentos, lo que me acababa saliendo caro ya que como tenia descuento acababa pagando las compras de todos, y donde además de todas las novedades editoriales, la sección de cocina y la sección infantil siempre reviso todas sus estanterías por aquello del fondo de armario, vamos por buscar otros libros de autores que me encantan pero que no he encontrado en mis librerías favoritas ya que la vida útil de los libros en las librerías es demasiado corta y si no acaba de salir es posible que ya no esté en exposición, vamos que este de canto y ya no lo veas.

Esto me paso con Funny Girl, que es de uno de mis autores favoritos y que no solo se me había pasado en NYC sí no que incluso se me ha pasado en Madrid, ya que estoy seguro de que esta traducido y ha estado en las librerías españolas (posiblemente el invierno pasado cuando yo estaba dedicado a mi cargamento internacional). Asumo, espero no equivocarme ya que me decepcionaría mucho, que todos conocéis a Nick Hornby, aunque sea por Alta Fidelidad, por lo que realmente no hay mucho más que decir. Sí, es un libro de Hornby y es bueno, inteligente, gracioso, entretenido y si bien no es su mejor novela merece la pena pasar un buen rato leyéndolo como casi todos los de Hornby, claro que si no habéis leído ninguno de él, yo no empezaría por este.






Lo mismo os digo de The Creeps, bueno en este caso no solo lo digo yo si no que el propio autor os repetirá que no empecéis por el tercer libro de una serie sin haberos leído antes los dos primeros, ya que obligáis al autor a poner más notas al pie de página para explicar cosas que deberíais saber y en este caso las notas a pie del autor funcionan casi como los paréntesis en La Princesa Prometida, que por si alguno de vosotros solo ha visto la película y no se ha leído el libro son realmente necesarios casi tan necesario como para que dejéis de leer ahora mismo y vayáis a comprar vuestro ejemplar y a leerlo, que no sé porque andáis perdiendo el tiempo leyendo este blog si aún no habéis leído todo Goldman. En cualquier caso The Creeps es realmente divertido. Si bien para los intensos lectores, espero que ninguno de vosotros aunque sé que Rafa lo es (igual que sé que no le gusta que le llamen Rafa, pero es lo que tiene la familia que no hace ni caso de lo que te guste), no es un libro apropiado ya que básicamente tiene un niño, un perro y varios demonios que hacen burlas a casi todo; los intensos no perdáis vuestro tiempo que mejor estará invertido en Murakami (el que es obligatorio en La Bicicleta) o Auster (que también es obligatorio) o en cosas más intensas que en esta novela (y las dos anteriores) que son simplemente muy divertidas. Si preferís el cine de Godard a La guerra de las galaxias o incluso a Hellboy ni os molestéis en empezarlo; en caso de que seáis personas normales empezar por la primera (The Gates) y seguro que llegáis a esta con más de una sonrisa en la cara.

Aunque queda mal reconocerlo la verdad es que yo soy una persona bastante superficial (vosotros  también aunque lo neguéis, o incluso aunque os lo neguéis a vosotros mismos) y he de reconocer que alguno de mis criterios para comprar libros (o discos) son la portada, el titulo o incluso el nombre del autor. Si unimos un título como Girl Waits with gun, con una buena portada y le añadimos estar escrito por una chica, que yo me compre ese libro no debe sorprender a nadie, es algo ineludible. Que luego la novela no esté mal, que no esté mal para ser una historia del oeste de esas que dan lugar a una película normalilla (el malo malvado y rico y las pobres hermanas enfrentadas con el) que tampoco mejora mucho porque la salvadora, en lugar de Clint Eastwood, sea una de las chicas con ayuda de un Sheriff tampoco es tan raro ni tan especial.




Después de leer una novela que no está ni bien ni mal, que no ha sido un descubrimiento, es el momento de volver a un valor seguro, de volver a un escritor e incluso a una serie que no falla, en este caso a The Lady from Zagreb y a Bernie Gunther para que te devuelva la satisfacción de leer una buena novela, la satisfacción de un oficio bien ejecutado. Si además es un oficio bien ejecutado por un novelista (o un buen personaje) que entiende algunas cosas igual que tú y encuentra satisfacción en cosas similares como fumarse un cigarrillo, pues mejor que mejor ya que: “that’s the great thing about a cigarette – it lets you off the hook sometimes, the only thing that need come out of your mouth is smoke, and they can’t arrest you for that; at least not yet. These are the freedoms that are important”.


Hay que tener en cuenta que Bernie Gunther dice esta frase, esta declaración de las libertades importantes, en la Alemania nazi, cuando ciertamente otras libertades mucho más importantes no existían y puede que a alguno le quede la duda de su verdadero significado, del significado de estas pequeñas libertades frente a otras. Me gusta pensar que la gente que piensa así no entendería la ironía de que la palabra nazi en swahili signifique coco (la fruta y no el coco), a la vez que estoy casi seguro de que les parece bien que aunque el estado de Baviera sea quien tiene (hasta el 1 de enero del año que viene) los derechos de autor del Mein Kampf y los donara a varias ONG estas prefirieran renunciar a los proyectos que podrían financiar con este dinero solo por “no mancharse las manos”. Al fin y al cabo hay gente para todo e incluso algunos prefieren que no se modifique genéticamente el arroz, para producir la variedad Golden rice, con el suficiente beta caroteno para asegurar la producción de la suficiente vitamina A que salvara la vida a varios cientos de miles de niños anualmente. Pero divago, si eso, ya os lo cuento otro dia.