miércoles, 6 de julio de 2016

Comentario de textos Junio 2016

Antes de volverme de Piles, incluso antes de escribir ese post extra de Junio cuando ya no me quedaba nada que leer (perdón, que releer) me acerque en bicicleta al supermercado de Piles (realmente al hipermercado que está en la carretera ya que en Piles, playa, hay un supermercado – el Super Patri - que la verdad es que evito visitar. No sé bien porque. Simples manías de lugareño, supongo. Aunque yo sea de otro lugar).

Por supuesto que no era la primera vez que en este viaje iba en bici ya que, como he comentado, uno de mis objetivos era ver si volvía a montar en bici y revolver la duda de si era capaz de ir y volver hasta el super (o mejor dicho: hiper, bueno vamos al Consum) sin problemas.

Considerando que la distancia entre la casa y el hiper no creo que llegue ni a los dos kilómetros (tres como mucho, para la ida y la vuelta) parece la típica duda estúpida, para todo el mundo salvo tal vez para los que ni siquiera me conocéis. Para los que me conocéis de hace poco y/o solamente de verme por los bares y que prácticamente siempre me habéis visto fumando resulta estúpida porque obviamente sin entrenamiento estáis seguros de que no sería capaz de conseguirlo sin parar a fumar un pitillo o pedir una cerveza o más probablemente a ambas cosas y apostariais a que acabaría pidiendo un taxi. Para los que me conocéis un poco más y sabéis de mi pasado biciclista,  cuando era joven y hippioso, también resulta absurda ya que es una distancia que podría hacer descalzo y sin llegar ni a despeinarme y ni tan siquiera empezar a sudar al fin ya que sabéis que durante años iba a todas partes y prácticamente a todas horas en bicicleta (incluso alguna vez a Rock Ola a ver algún concierto y vuelta a casa con unas copillas de mas, o de menos, según se mire) puede que incluso alguno sepáis que mi record personal en esta modalidad (no deportiva) esta en ir de excursión desde Madrid a la base aérea de Torrejón de Ardoz (cerca de 30 kilómetros) por la mañana para manifestarme en contra de la OTAN y volver por la tarde llevando a una chica en el trasportín de mi bici (algo que es bastante más duro que ir solo) desde la base hasta el parque de Berlín para tomar unas merecidas (creo yo) cervecillas antes de fracasar en mi intento de enamorarla y marcharme a casa, obviamente en bici. Supongo que no está de más explicar que la chica vino conmigo porque yo era el único que llevaba una bicicleta de paseo, con trasportín y sin marchas, ya que el resto de los manifestantes amigos o conocidos de esta bella desconocida (en mi memoria, muy bella) llevaban bicicletas de carreras que no van equipadas con el debido trasportín para estos menesteres ni tan siquiera con una cesta delantera ni con una bocina tipo automóvil de primeros de siglo. Vamos que me toco a mi traerla de vuelta por que las bicis de los demás no tenían un equipamiento propio de un ciclista urbano si no de un aspirante a maillot amarillo (o rosa).

Por cierto, lo soy, pese a mi lamentable estado de salud (mental y física), soy capaz de ir entre ambos puntos básicos de la geografía pílense Sin problemas, eligiendo bien la hora ya que dudo de que sea capaz de hacerlo en pleno verano y a las cuatro de la tarde como esos biciclistas que parecen querer morir deshidratados o de insolación esperando que el seguro lo considere un accidente e indemnice a sus familias con algo que les permita, pese al dolor por perder a un ser querido, celebrar la eliminación de un claro candidato a los premios Darwing.

En cualquier caso, a lo que íbamos (yo al hiper, vosotros no tengo ni idea) esta vez no necesitaba comprar nada en concreto – ya tenía suficientes provisiones para los días que me quedaban – pero me había parecido ver que junto a las cajas (donde normalmente se ponen los productos esos que uno coge casi solo porque está esperando) tenían un par de expositores de libros de bolsillo y parecía una posibilidad a estudiar.

Increíblemente mi memoria tenía razón y allí, junto a las cajas, parecía que estaban los expositores, con sus libros si bien yo pensaba disimular eso de que mi visita era para comprar libros que no quería parecer yo un intelectual en bicicleta (no confundir con un intelectual en La Bicicleta, que eso es otra cosa). Así que tras dar una vuelta por el supermercado y coger algunos productos para disimular, no como el que va a una farmacia a por condones y se compra la mitad antes de pedirlos sí no más bien como un hombre de verdad al que le han encargado comprar tampones y antes de pedirlos, pues se compra tres cuartas partes de la farmacia, me hice con unas tarrinas de helado y algunas otras cosillas de ese tipo que siempre resultan agradables.  Ya de camino a la caja y como si fuera un pensamiento de última hora (no, en mi afán por disimular no llegue a silbar pero estuve cerca) me pare a mirar los expositores.

En el primer expositor lo más apetecible que había eran unos libros de colorear y recortar pero que parecían excesivamente infantiles para mi edad (no, no quiero decir que me sintiera capaz de realizar las actividades que proponían de forma correcta) perdidos entre unas portadas y unos títulos que yo creía que ya no sería posible ver o que alguien editara (aunque fuera para su exhibición y – quien sabe – venta en un supermercado de una playa levantina, fuera de temporada). El segundo expositor estaba poblado de novelas que no tenían mal aspecto (obviamente best-sellers veraniegos) pero todas ellas estaban en alemán, o en un idioma similar, vamos que los títulos tenían todos muchas, muchas más consonantes que vocales. Mal íbamos, ya había eliminado los libros en español y en idiomas varios. Afortunadamente el ultimo expositor era de best sellers en ingles  que obviamente, para mí, ya es otra cosa aunque, conociendo la población de Piles, no acababa de entender bien esta poliglotía ni, ya puestos, esta afición por la lectura.

Si todo esto resultaba un poco increíble, encontrar una novela de John Connolly que todavía no está traducida al español y en paperback (o rustica, o bolsillo) era algo que solo podía clasificar de inaudito, o citando a todos sabéis quien, de Inconcebible. Pero si, allí estaba A Song of Shadows, otra novela de la serie de Charlie Parker que, por mi afición a las mismas y el ritmo de producción que mantiene Connolly, ya he comentado varias en este blog.  También estoy casi seguro de haber comentado que últimamente se estaba excediendo con el tema de lo sobrenatural y que estaba perdiendo parte de mi interés. Pues nada, afortunadamente me veo obligado a desdecirme ya que, sin perder el toque sobrenatural de sus personajes, esta vez ha vuelto a bajar un poco a la realidad (sin excesos, que cada uno es como es y son novelas fantásticas) y es mucho más agradable. Reconciliado con el ahora solo quiero que mantenga su ritmo de producción (sé que ya hay otra editada en paperback, sin traducir), que las siga fabricando como churros que yo me las seguiré leyendo con la misma satisfacción que puede dar un buen chocolate con porras (ya, debería haber puesto como churros, pero yo soy más de porras que de churros y ante todo: sinceridad. Como digo siempre “La sinceridad es muy importante. Si consigues fingirla lo tienes hecho”).

En cualquier caso, aunque aún no la tengo internalizada para decirla de forma apropiada a mi carácter, me quedo con esta idea que desgraciadamente es demasiado certera y descriptiva de algunos conocidos míos:
“He had come to realize that there were those in the world who were so clever that they regarded simplicity as beneath them. If they had to connect two points, the invariably chose to do so by adding a third, making a triangle.”
Pues ya de vuelta de mi primera experiencia solo en Piles y  por la pereza de conducir hasta mi verdadera librería de referencia, Librería Fuenfría en Cercedilla (de la que un post de mi amigo Mariano me hace dudar si será la misma desde la que se alimenta el acueducto de Segovia o si se trata de otra Fuenfría. Aunque yo creo que no es la misma, esto es una excusa – otra más – para intentar visitar a Rafa para que me lo aclare), decidí pasarme una vez más por la Librería Méndez de la Calle Mayor que siempre es una visita agradable, especialmente antes de que la puerta del Sol se convierta en un tostadero de humanos.

Yo creo que casi todos tenemos una extraña fascinación por el carácter inglés, entendiendo como ingles no los Hooligans si no las clases altas de primeros de siglo (XX se entiende pero por si acaso, aclaro) ya sea por las novelas o por las series televisivas que los muestran como capaces de decir,  en palabras de un personaje de La partida de caza cosas como “¿De que sirve tener un hijo, pensó el señor Glass, si uno no puede utilizarlo de recadero?” y que en una versión actualizada (a otros tiempos, que hoy no tendría sentido) es lo que siempre respondía mi padre cuando sus amigos, o mi madre, le preguntaban porque se había comprado una tele sin mando a distancia, “¿para qué, para que quiero un mando a distancia? Si tengo hijos” mientras nos pedía que cambiáramos de canal.

La novela se deja leer bien y como buena novela inglesa deja perlas de ese servilismo aceptado tan ingles pero desde mi punto de vista pierde un poco desde que aparece el activista anti caza – aunque lo aprovecha bien para lanzar un discurso pro caza – y el niño pierde el pato que tiene como mascota ya que uno no puede evitar leer pensando que alguna tragedia (grande o infantil) está a la vuelta de la esquina, o de cada página.

En cualquier caso y confiando en que no vuelva a ser tiempo de elecciones y sin ganas de ponerme a discutir el trasfondo de la reflexión, o su parecido con la situación actual, me quedo con como un paisano (socialista según el mismo) le explica al activista su opinión sobre que los campesinos como el carecieran de voto y por lo tanto no tuvieran representación:
“‘Nunca votaríamos a gente como nosotros.’: esa parecía ser su opinión, aunque también le aseguraron que, en primer lugar, les divertían lucho las reuniones políticas, porque podían hacer mucho ruido sin necesidad de votar y, en segundo lugar, si ellos consiguieran el voto entonces un montón de gente mucho menos sensata también lo conseguiría, ‘los que viven en la ciudad, en los barrios bajos, y los gitanos’; esta no era en absoluto la solidaridad que esperaba encontrar en un buen socialista”
Aunque probablemente debería haber elegido la de Sir Randolph ya que viene más al caso: “No es mala idea acostumbrarte a escribir lo que piensas. Así no tienes que molestar a nadie” pero no estoy seguro de compartirla en su totalidad, o por lo menos aplicado a mí ya que si bien lo de escribir es divertido, para mi es más divertido molestar a alguien en directo con ideas mal ajustadas, extraños recuerdos, o listas de lecturas que escribirlas en la soledad de casa y quedarte con la duda de saber si alguien las lee. En cualquier caso no son actividades excluyentes y  yo no tengo ninguna duda sobre quien lee estas cosas (nadie, ni siquiera tú, así que deja de poner esa cara que sé que no estabas leyendo).

Como os contaba hace poco en Piles me había leído un libro que compre sin tener ni idea del autor que me había gustado lo suficiente para hacerme la firme promesa de intentar recordar el autor del mismo en mis futuras excursiones. Obviamente, ya lo he olvidado un par de veces, pero extrañamente me acordaba de la editorial (misterios de la memoria) por lo  que mire con mucho más interés las novedades (o no) editoriales de la editorial (Libros del Asteroide) y me arriesgue a comprar dos de autores que no conocía como le gusta decir a Rafa por lo que no habían escrito ellos (es decir por lo que se decía en la contraportada y la faja).

El primero fue Montecristo que supuestamente es un “thriller ambientado en el mundo de la banca que revela hasta qué punto nuestro sistema financiero es un castillo en el aire” y que es “el libro más político de Martin Suter” además de ser “una obra de intriga delicada y de personajes ricos en matices” entre otras grandes alabanzas y que básicamente es una simple novela entretenida (sin excesos tampoco en cuanto a entretenimiento) con una trama que prácticamente se adivina desde el primer momento y cuya originalidad es como la del guion que ha escrito el protagonista. Ciertamente voy aprendiendo que en este mundo la gente dice cualquier cosa para vender una novela ya que ni refleja nada de nuestro sistema financiero (salvo lugares comunes sobre la maldad del mismo) ni sus personajes tienen ningún matiz (salvo el de ser unos buenos y otros malos). Eso sí, puede que sea la novela más política del autor, al fin y al cabo no he leído nada más suyo (visto lo visto, dudo que lo haga) por lo que hasta donde yo sé puede que el tal Martin Suter se dedique normalmente a escribir novelas del Oeste en plan Marcial La Fuente Estefanía o novelas rosas tipo Corin Tellano y que este sea realmente su libro “más político”. No puedo saberlo, pero si sé que la inclusión de ese “mas” en la expresión “más político” está claramente de sobra e induce a error en plan agencia inmobiliaria y sus “muy luminoso” para describir un piso interior.

Con el segundo, Como se hizo la guerra de los zombis, he de reconocer que me he deje llevar más por el propio título y por la posibilidad de que realmente fuera “hilarante comedia” que por los grandes elogios de los críticos. Os lo confesare, es el tipo de novela que a la hora de escribir en este blog no me molesta haber leído ya que simplemente puede decir que es mala, tirando a muy mala y pasar a otra cosa, a otro libro….

Como esta vez he partido mi blog mensual de libros en dos (además de hacer uno intermedio sobre discos) pues ahora no tengo más que comentar lo cual puedo ver que agradecéis ya que vuestros bostezos empezaban a notarse incluso a este lado de la pantalla así que aquí lo dejo por hoy aunque espero que hasta antes de final de mes.

A Song of Shadows – John Connolly
La partida de caza – Isabel Colegate
Montecristo – Martin Suter

Como se hizo la guerra de los zombis – Alexander Hemon

viernes, 1 de julio de 2016

Ordenando discos (patrioticamente)

Pues ya casi hace un año que coloque mis discos (mis vinilos que se dice ahora. Ahora que hay más opciones. Antes, por falta de opciones, todo eran discos – incluso los de pizarra de gramófono, si es que uno los tenia) en un mueble y aproveche aquella ocasión para comentar los discos que habían quedado a la vista tras la colocación.

La verdad es que me gusto eso de tener un tema para recuperar recuerdos porque casi todos los discos que tengo tienen recuerdos asociados.

Lamentablemente todavía no tenía tocadiscos – estaba a la espera de canjear un bono regalo de mi familia para hacerme con uno – por lo que no había mucha rotación en los discos, bueno como es obvio no había ninguna rotación.

Pero ya tengo tocadiscos y he vuelto a descubrir que los discos – los Lp’s – son un gran formato ya que te hacen mantenerte atento a lo que estas oyendo o a lo que has oído al tener que darles la vuelta o cambiar de disco cada poco tiempo, escoger el siguiente, y a diferencia de los singles no tienes que estar totalmente pendiente. Creo que los quince minutos, aproximadamente, de la cara de un disco son una buena medida del tiempo, lo justo para centrarte en el disco pero permitiéndote hacer otras cosas.

Obviamente no voy a comentar cada uno de los discos que oigo ya que resultaría excesivo. No, mi plan es ir poniendo los discos empezando siempre por uno de los vistos y de vez en cuando hare una foto a mi estantería y comentar los discos que el azar haya dejado a la vista.

Así que antes de empezar a escuchar discos metódicamente, que con mi velocidad de escritura ya llevo varias semanas oyendo discos, para desarrollar este plan el caso es que sin llegar a ordenarlos he hecho una separación básica, con un criterio meramente patriótico: por una parte los españoles y por otra el resto del mundo y el resultado inicial ha sido este de aquí al lado

Entre los españoles (si algo más de media balda es de españoles): el segundo disco de Nacha Pop, Buena Disposición, para mí probablemente el mejor disco de Nacha Pop. Si, como lo habéis oído, a mí me parece mucho mejor disco que el primero, menos mítico quizás para muchos, pero más contundente, mucho mejor producido, con excelentes canciones que, al igual que las del primero, y pese a que han pasado treinta y cuatro años del disco (mas desde que las empecé a tararear) todavía puedo cantarlas de memoria. El primer disco – que sin duda acabara saliendo en estas páginas – tiene las canciones más míticas para el común de los mortales y realmente parecía difícil que después de temas como aquellos pudieran en tan poco tiempo enfrentarse a un segundo LP con otro gran puñado de canciones excelentes (casi todas).

Desde el principio, desde ese “Nada más escuchar los acordes, vas a tiritar y estirar su pasado…” que es ya una declaración de principios que todos esperábamos de un grupo al que también podíamos cantar “yo te vi cambiar y he visto con que fuerza puedes tocar. No necesitas más” hasta ese final de “Ahora quiero estar mejor”. Por supuesto sin olvidar Alta tensión la impecable Atrás, o Que hiciste conmigo anoche, eso sí, sin olvidar tampoco, o tal vez sin perdonar sería más adecuado, alguna que no está a la altura del disco (para mí, la mas floja es Brillo perdido, ¿Quién quiere oír la historia de un gato?; o en menor medida Sonrisa de ganador ya que a quien le importan los problemas de los ludópatas, cuando lo que quieres son canciones de amor, canciones que te hagan “vivir en Do… Bañarme en una distorsión”?, o por ser critico Buque que no llega con su guitarra semifunky y su intermedio de voces radiofónicas). Pese a estos deslices, es un disco sencillamente excepcional y eso que ahora algunas frases tienen otro significado que el que tenían para mí como “… tan solo hay algo que funciona mal, es que su amigo se ha echado atrás”.

A estas alturas y con la fama acumulada por Nacha Pop poco o nada podría contaros de ellos y ni siquiera contaros que los he visto en concierto impresionaría nada (aunque los haya visto cuando pocos los conocíamos y mucho antes de este disco) puesto que a lo largo de los años creo que ya todo el mundo los ha visto en concierto, incluso aquellos a los que obviamente no les gustaban pero así son las modas y esa cosa que hace que la gente acabe apreciando cosas que odiaba solo porque alguien, junto con la distancia en el tiempo, les ha convencido de lo buenas que son, de que les tienen que gustar.

Pero, en cualquier caso por aquello de ser yo un abuelito, y de ser esto un blog, os contare alguna batallita relacionadas con Nacha Pop.

Para ello hemos de situarnos a finales de 1979, principios de 1980, antes de que Nacha Pop sacara su primer LP pero después de haber tocado como teloneros de Siouxsie & The Banshees e incluso después de haber tocado en la fiesta de inauguración de El Sol (que pese a que cada año la celebren un día distinto, o últimamente durante varios meses consecutivos, fue el 2 de Noviembre).

Nacha Pop además de ser un gran grupo – algo indudable – eran también el grupo más enchufado de todos los de la movida debido en gran medida a estudiar (muchos o todos) de sus componentes en el Liceo Francés y al hecho de que tenían hermanos mayores que eran amiguetes de Rafa Abitbol, Gonzalo Garrido y Mario Armero; es decir de todas las fuerza vivas de la radio más representativa de aquella época y de una de las primeras mafias musicales de la capital lo que les proporciono sus primeros grandes conciertos (y parte de los pequeños) así como los contactos necesarios para grabar sus discos.

No digo esto para quitarles merito, si no por dar un poco de contexto que permita entender cómo pese a ser ya un grupo consolidado todavía tocaban en las fiestas de los alumnos del Liceo Francés, es decir en unas fiestas de colegio (claro que esto era normal e incluso Los Nikis tocaban en las fiestas de la Urbanización Santo Domingo en la que vivía Joaquín, y sus padres; que no todos los Nikis son de Algete ciudad; o más bien ninguno, siendo más del club de la urba donde tomabamos cervezas hace muchos, muchos años).

En cualquier caso, ese año además de Jacobo que venía rebotado de Los Agustinos (y algunos otros ya que nuestro colegio empezaba a convertirse en una parada para los rebotados en su camino descendente aunque todavía no habría llegado a ser el colegio de integración en el que al parecer se ha convertido) se había incorporado otro alumno, Romay (diría que Santiago Romay, aunque igual era solo un nombre parecido y lo confundo con algún deportista famoso) que venía rebotado precisamente del Liceo Francés por lo que a) le invitaban a las fiestas de los alumnos (y ex alumnos entiendo) y b) conocía a los de Nacha Pop (mucho según él).

Dos cosas que son relevantes porque no solo podía invitarnos a la fiesta de fin de curso (digo que sería, pero igual era de primavera que en aquellos años se celebraba todo lo que se podía) en la que iban a tocar Nacha Pop sí no que además nos iba a presentar a ellos con la intención de que intentáramos quedar a tocar un día con ellos. Obviamente nosotros le dijimos que sí, que lo organizara para quedar con ellos antes o después del concierto y tomar unas cervezas y ver si podíamos hacer algo juntos (si, así se lo comentamos ya no como si estuviéramos en la misma liga si no como si jugáramos al mismo deporte, que no era el caso). Dicho y hecho, ya estábamos invitados al concierto e incluso habíamos quedado con los de Nacha Pop, antes del concierto, para charlar de música y tocar algo con ellos.

No es que el hecho de que nosotros no supiéramos tocar ningún instrumento o de que solo tuviéramos dos canciones con música (teníamos varios cientos en cuadernos y en todo tipo de trozos de papel: servilletas, cuentas, páginas arrancadas de libros de texto, etc.) nos preocupara mucho a la hora de reunirnos con músicos de verdad (que no solo habían teloneado a grupos extranjeros que nos encantaban si no – aunque eso entonces no lo sabíamos – telonearian a los mismísimos Ramones en menos de un año).

Nada, eso no nos preocupaba en lo más mínimo; lo que de verdad nos preocupaba era el transporte hasta el Liceo Francés que desde nuestro punto de vista estaba en pleno campo, y por supuesto las necesidades económicas que una excursión como esa exigía en cuanto a compra de cervezas y otros bienes fungibles necesarios. Vamos, que lo único que nos preocupaba de aquel encuentro era si seriamos capaces de conseguir dinero para comprar las suficientes cervezas (y otros) para conseguir llegar hasta el lugar de encuentro que, como peatones forzosos, para nosotros se encontraba en casi otra provincia, una lejana de hecho.

Llego el día del concierto y Jacobo y yo nos reunimos para planificar la excursión. Aunque se innecesario aclararlo, nos reunimos en un bar (¿Dónde si no?) y aunque no estoy seguro de en cual apostaría a que fue en La Flor de Valdepeñas que estaba razonablemente cerca de casa de Jacobo, del colegio y de la parada de los autobuses desde mi casa. Ademas era un bar con precios más que razonables, algo que resultaba necesario dados nuestros medios.

Obviamente quedamos temprano ya que a) nos apetecía mucho el concierto y la posibilidad de charlar con los de Nacha Pop y b) teníamos una larga excursión por delante así que inevitablemente - ¿Qué otra cosa puede hacer uno en un bar? – nos pedimos unas cervezas (ya, ya sé que todos esperabais que pidiéramos unos vinos, incluso posiblemente unos vinos de Valdepeñas por hacer honor al nombre del local; pero no, la verdad es que lo de tomar vinos lo reservábamos para un estupendo bar que había en la calle Eguilaz, que por toda decoración, o tal vez ni como decoración, solo tenía una reproducción del cuadro de Los Borrachos – conocido en círculos más finos como El triunfo de Baco – y en el que solíamos jugar a dar vueltas al marcador de tapas ya que era de esos sitios en los que siempre las ponían por orden hasta agotar las opciones y vuelta a empezar). Como buenos clientes que somos y mientras charlábamos (de chicas seguramente) nos las bebimos y… bueno, pedimos otras… y así unas cuantas veces ya que el tema de conversación nos tenía bastante absortos.

Con todo, malpensados, conseguimos salir de La Flor con lo que parecía tiempo razonable, aunque sin posibilidades de coger un autobús a menos que estuviéramos dispuestos a renunciar a la bebida. Como éramos demasiado jóvenes para renunciar a la bebida decidimos que éramos lo suficientemente jóvenes y aguerridos para ir andando, así que tras comprar  un par de litros y unos Sacis (no, mal pensados, que hoy no acertáis una. No, no es un código para drogaina, si no que me refiero a unos auténticos caramelos Saci, unos sacidos, que vendía una panadería que había en Doctor Fleming) y emprendimos el camino con idea de subir todo Alberto Alcocer, cruzar la M-30 e internarnos en el desconocido campo abierto que había más allá de ese límite urbano final.

Un plan sencillo, sin complicaciones previsibles, que nos pusimos a desarrollar sin más demoras ignorando incluso el parque de San Fernando y la posibilidad de pararnos a la sombra un rato disfrutando de la cerveza y de los sacidos. Llegamos rápidamente hasta la plaza de Republica dominicana donde tuvimos que desviarnos ligeramente para acercarnos al Jumbo (supongo) para reponer algunas de las provisiones que habíamos consumido en el trayecto (como si fuéramos aquel Breton que para transportar la poción mágica de Panoramix tendría que ir bebiéndosela, lo que obviamente contradecía la idea del propio transporte. Pero aun no habíamos leído ese tebeo y no estábamos centrados en razonamientos casi metafísicos).

Desde nuestro punto de vista se trataba de un desvío aceptable e incluso necesario teniendo en cuanta la lejanía de nuestro objetivo final por lo que no se planteo ninguna duda el respecto y al cabo de un rato volvíamos a encontrarnos en la Republica Dominicana en la dirección correcta con el rumbo retomado y fuerzas renovadas.

Supongo que en algún momento, antes de la M-30, y pese a que solamente teníamos que seguir recto hasta las proximidades de nuestro objetivo decidimos o bien tomar un atajo o bien desviarnos con algún objetivo (diría que pasar un momento por el parque de Berlín y por La Ancha, que parecía raro pasar tan relativamente cerca y no acercarse a saludar o tomar una caña fria) ¿Quién lo puede saber? ¿Teníamos un objetivo más cercano – éramos personas con un plan – o habíamos asumido el riesgo de atajar convirtiéndonos en errantes por las zonas ajardinadas y limítrofes de la ciudad? ¿Quién lo sabe, a quién puede importarle?

Fuera porque el atajo, como siempre ocurre, no era tal sí no más bien un camino excesivamente largo o fuera porque habíamos alcanzado nuestro objetivo parcial el caso es que se nos había hecho demasiado tarde para llegar, no solo a ver a los de Nacha Pop antes del concierto sí no incluso para los aplaudir en los bises (o en los trises, que son los bises de los bises).

A ver, igual no era tan tarde desde un punto de vista estrictamente temporal – vamos, por hora  quiero decir, que por hora igual todavía llegábamos – pero sí que era tarde para que nos siguiera apeteciendo una caminata por paramos cada vez más desconocidos. Era, digamos, anímicamente muy tarde para una tarea tan colosal como cruzar la M-30 y sobre todo era anímicamente innecesario: para que alejarnos más de nuestros puntos de referencia cuando aún estábamos a tiempo de dar media vuelta y llegar a tomar una cerveza fresquita a la sombra que siempre existe en el interior de un buen bar (digamos The Red Lion o el Knight & Squire).

Como éramos personas inteligentes fuimos capaces de ver la derrota antes de que sucediera, renunciando tanto al concierto como a reunirnos con los de Nacha Pop que sospechábamos no nos llevaría a nada, y sin pérdida de ánimo decidimos hacer de nuestra debilidad virtud y convertir la tarde en una victoria aprovechando que ahora todo el camino a recorrer hasta la cerveza conocida más cercana era cuesta abajo (topográficamente digo, que no anímicamente ya que nuestro ánimo seguía mejorando).

No tengo ni idea de que paso después, aquella tarde, pero el hecho de haber podido ver a Nacha Pop, incluso de haber estado charlando con ellos y no haberlo conseguido no hizo mella en nuestra satisfacción por una tarde estupenda. Igual podríamos haber terminado tocando con Nacha Pop en algún momento (si hubiéramos aprendido a tocar algún instrumento) o igual ahora seriamos autores famosos de canciones ¿Quién sabe?.

Lo único seguro es que pasamos una tarde estupenda (pese a tener un objetivo, algo que, a gente de ánimo menos firme, y por la propia presión de alcanzar ese objetivo siempre dificulta lo de pasarlo bien) y también es seguro que nuestro amigo Romay se enfadó mucho cuando no llegamos a la cita y creo que pese a que le contamos mentiras que casi parecían verdad estuvo algún tiempo sin hablarnos.

En fin, podría contar más cosas sobre este disco o sobre Nacha Pop pero, si eso, ya lo hago otro día que desde la estantería me miran otros discos y otros recuerdos.

La verdad es que a los discos a los que más cariño les tengo son aquellos que me compre en el momento en que salieron, como quien dice aquellos que hacen, o hacían, mis contemporáneos. Por supuesto que también me gustan los clásicos (y que también les tengo cariño) pero no es exactamente lo mismo, en cierta medida es muy distinto. Desde el punto de vista del valor emocional los clásicos siempre son mucho peores ya que uno no se imagina a si mismo haciendo esas canciones, si no que uno las reconoce más como lo que le podría haber influido para hacer otros tipo de canciones, las de sus contemporáneos.

Con todo, una de las grandes ventajas de los clásicos es que pueden encontrarse más baratos que los discos nuevos, ya sea de segunda mano, reediciones o incluso nuevos pero que no se han vendido como se esperaba por lo que las grandes superficies o las cadenas (Vips, El Corte Ingles, etc.) ofrecen, u ofrecían, unas ofertas fantásticas sobre todo de cosas que no han conseguido estar de moda en esta España nuestra, pero que lo estaban en otros países. Esto en la música de finales de los setenta y primeros ochenta era estupendo ya que ponían excelentes discos que triunfaban fuera, en el mercado inglés o americano, pero que como aquí no vendían ni uno al poco tiempo ya estaban a precio de saldo.

Además, otra gran ventaja es que a veces, como en el caso que nos ocupa, se editaba en una caja (o simplemente se agrupaba) toda o mucha de la discografía de un autor hasta un momento determinado para su venta a precio de saldo.

Estos dos factores fueron – al no ser yo coleccionista, fetichista o vicioso de las ediciones – lo que me permitieron hacerme en su día con de “The Joe Jackson Collection”, una caja que recopilaba los seis primeros discos de, obviamente, Joe Jackson desde el Look Sharp!, de 1979, hasta el Body and Soul, de 1984 (vale, falta el Mike’s Murder, de 1983, pero es una banda sonora y esas no puntúan, o mejor dicho: no son necesarias y pueden ser desaconsejables de forma general).

La verdad es que no tengo recuerdo de cuando la compre, supongo que debió de ser hacia finales de 1985 o principios de 1986 ya que la compre antes de comprarme su siguiente disco, el Big World que salió en 1986, que casi seguro es el único disco doble del mundo  que solo tiene tres caras (la cuarta cara, como no podía ser de otra forma, estar, esta; pero esta sin grabar) y que si me compre en riguroso directo.

Tampoco tengo recuerdo del donde lo compre y podría engañaros contándoos que, obviamente (donde si no) se lo compre a Escribano en El Escri de los bajos de Aurrrera pero a) es posible que para entonces El Escri ya se hubiera mudado a la calle Sandoval; b) dudo que tuviera dinero para comprar una caja como esta en un sitio como ese; y c) aunque he comprado muchos discos en El Escri, creo que le he comprado pocos o ninguno a Escribano ya que siempre trataba con Joaquín y de hecho desde que el abandono Escridiscos para abrir su propia tienda (Rock & Roll Circus, que yo os recomiendo fervorosamente. Por si os apetece pasaros a que os recomiende cosas) prácticamente no he vuelto a pisar Escridiscos. Lo más seguro es que la comprara en algunas rebajas de El Corte Ingles que como decía resultaban sumamente adecuadas para mi presupuesto, o que la consiguiera como regalo de navidad o de cumpleaños.

Obviamente una caja – seis discos del mismo autor – siempre es difícil de comentar pero una caja como esta lo es más si cabe ya que es, tal vez, demasiado variada pero habrá que intentarlo... que para eso hemos venido.


A ver, los dos primeros discos (Look Sharp! y I’m the Man, ambos del 79) son dos grandes discos de cierto tipo de Power-Pop, dinámico, con fuerza pero con suficiente melodía, aunque tal vez un poco finolis,  con temas tan absolutamente imprescindibles como Is she really going out with him? o el On your radio (solo por citar una tema de cada uno).

En los dos siguientes (Beat crazy y Jumpi’ Jive) cambia el trio que le acompañaba en los discos anteriores, o puede que solo amplié (que no tengo menoría para recordar a sus músicos ni paciencia para mirarlo en internet) para formar casi una Big-Band que suena totalmente a gánster y a toda la época de la prohibición (no en vano hay versiones de Glenn Miller) y entre las que esta  ese título de canción que casi podría dar lugar a toda una filosofía What’s the use of getting sober (when you are gonna get drunk again) y que durante aquellos años prácticamente entendíamos como una pregunta plenamente retórica.

En los dos últimos (de la caja: Night and day y Body and Soul) parece que ya se ha vuelto totalmente Neoyorquino (si, Joe Jackson es ingles pero se mudó a NYC por aquellas fechas) por lo que se dedica a una música más cercana al jazz (probablemente para demostrar lo buen músico que es y lo desaprovechado que estaba haciendo canciones sencillas) en algunos casos con sus toques (o, a veces, algo más que toques) de salsa y otros ritmos latinos como en Cha-Cha Loco o Cancer donde canta eso de “Everything gives you cáncer, there’s no cure, there’s no answer” de una forma tan latina y divertida que te dan ganas de ponerte a bailar con tu cáncer a cuestas; en otros casos, como en la increíble Be my number two, sencillamente se enciende un pitillo y apaga las luces del local para volverse completamente nocturno y marcarse una canción antológica preguntándole a su chica (o chico porque, al parecer, el disco tiene algunas referencias homosexuales) eso de “Won't you be my number two? Me and number one are through. There won't be too much to do, Just smile when I feel blue” como si quisiera decirle que tampoco es tan dificil ser su novia (o novio) que tampoco se require tanto, que se anime.

La verdad es que visto ahora con perspectiva no había mucho motivo para seguir comprando discos de Joe Jackson y menos un doble (o casi doble) pero no solo me compre el Big World si no que seguí comprando discos suyos hasta que tuve que dejarle por imposible porque definitivamente, musicalmente, se había vuelto excesivamente intenso, para mí,  muy lejos de las canciones sencillas del principio y a las que yo solo abandono ocasionalmente. (algo que yo me negaba a creer aunque ya se podía adivinar con el contenido de la caja y esperaba que en algun momento volviera al redil de las buenas canciones).

He de reconocer que pese a los desvaríos que ya apuntaban los discos que tenía, no solo me compre Big World si no que me gusto y que cuando vino a Madrid, en 1986, para presentarlo fui a verle encantado aunque resultara ser uno de esos conciertos raros. Raro porque además de la banda, había un traductor que antes de cada canción traducía la letra entera de la misma para que a nadie se le escapara nada del mensaje de sus canciones pero que por rompía mucho el ritmo del concierto; raro también porque se pasó la mitad del concierto pidiendo al público que se callara para que se oyera a la banda y no al público (cosa que a veces es de agradecer en los estadios y campos de deportes porque no hay nada más desagradable que ir a ver y escuchar a unos músicos y encontrarte oyendo solamente lo que cantan – habitualmente de forma muy decepcionante – tus vecinos de evento) algo que resultaba casi imposible cuando se arrancaba con temas de su primera etapa o incluso de la segunda; más raro aun para mí, en el recuerdo, porque siempre he pensado que en este concierto los teloneros habían sido los Housemartins y claro eran dos estilos casi incompatibles (internet me ha sacado de este error al permitirme comprobar que mis recuerdos se corresponden con dos años distintos si bien en el mismo espacio geográfico y que por lo tanto son bastante falsos. Cosas de la memoria, o del alcohol o de vete tú a saber que).

Supongo que a todos nos pasa, pero hay algunos discos que, sin ser buenos, tienen un valor especial para mí porque se corresponden claramente con un momento muy específico de mi vida y este es el caso del Some Folks de Street Boys. Puede resultar incomprensible(para mí lo es) que un grupo que incluye no solo un acordeón si no también un clarinete pueda tener un lugar en mi discografía, o sinceramente en la discografía de alguien sensato; si además se trata de un grupo francés (que afortunadamente no canta en francés) la cosa ya toma tintes dramáticos.; si encima este disco es de 1981, año en el que había muchísimos discos buenos, lo de que todavía continúe ocupando un lugar destacado en mi discografía, y en mis recuerdos, parece algo realmente absurdo. Pero así es, aunque como casi todo en este mundo tiene una explicación o al menos un montón de excusas para ser así.

Aquel año (1981) Jacobo y yo seguíamos con la idea (idea que por otra parte nunca perderíamos) no de montar un grupo, que ya llevábamos tiempo con nuestro grupo, si no con la idea más descabellada de intentar aprender a tocar lo suficiente algún instrumento como para musicar las letras que teníamos escritas.

Por supuesto pensábamos que esto, por ser algo básicamente mecánico y por la cantidad de músicos que había, sería bastante fácil e incluso rápido. Al fin y al cabo ya habíamos visto ascender (si bien temporalmente) a Pulgarcito desde la estación de Arguelles a la televisión y a tener un contrato discográfico haciendo posiblemente una de las mejores versiones (tal vez la única buena) de una canción de Sabina que se han hecho nunca (Me refiero a ¡Que demasiado!) por lo que cuando paso más o menos lo mismo en Francia y un grupo, los Street Boys, que tocaba en el metro se hizo con otro contrato discográfico decidimos que efectivamente eso de tocar o hacer música no sería tan difícil y Jacobo me regalo este disco con un “para ver si aprendemos…” que desgraciadamente se demostró inútil ya que aún estamos en ello, más cerca de conseguirlo, pero sin haber avanzado casi nada.


He de reconocer que a mi este disco (pese al clarinete o el acordeón) me sigue gustando, en su sencillez y en la diversión de algunas de las canciones que me siguen pareciendo eso que deben ser las buenas canciones: canciones hechas por unos amiguetes para divertirse y ver si consiguen sacar algo de dinero tocando en la calle sin más pretensión.

Seguramente para hacer canciones como estas, o para tocarlas, el tiempo que se requiera es más del que nosotros tuvimos, o del que conseguimos dedicarle entre cerveza y cerveza, entre enamoramiento y enamoramiento, entre concierto y concierto pero no habría cambiado ninguna de las tardes de risas y desbarre que disfrutamos, ni tampoco ninguna de las otras, escasas, en las que no disfrutamos por distintas razones por haber aprendido a tocar. No, no habría decidado ni un minuto mas a aprender a tocas música si hubiera tenido que quitárselo a esas tardes.


En cualquier caso, como  cantan ahora mismo en la última canción de la cara a “Hey, no reason to be sorry today… sully bab dully bab dully bad dala…”. Me voy a cambiar el disco. Ya, si eso, seguimos otro día.

sábado, 18 de junio de 2016

Comentario de textos - Extra - Junio 2016

Disclaimer: bienvenidos a una edición extra de mis lecturas. He tenido que hacer esta edición extra porque me he venido a Piles unos días y aunque mi idea era avanzar en la escritura de un libro técnico que (se supone) estoy preparando la verdad es que básicamente he hecho una precuela de El Quijote y me he dedicado casi exclusivamente a leer. Así que mirando la pila de lecturas que se va amontonando y la certeza de que lo que llevo leído a día 12 dará lugar a un post excesivo me he decidido excepcionalmente a crear esta edición extra. Así además me justifico un poco haber venido cargando con el ordenador con el que debería estar trabajando. Ya solo tengo que encontrar una excusa para haber cargado con todos los libros e informes que me he traído e incluso con la guitarra pero ya pensare algo. Con todo se trata de un post, especialmente largo pero eso solo podía haberlo evitado habiéndome puesto a escribir mi libro, que es lo que tenía que haber hecho. En fin… ahí va el ladrillo.

No siempre se consigue resolver una de esas dudas que inquietan a la humanidad, o por lo menos a gran parte de la humanidad que yo conozco; no siempre se consiguen pruebas irrefutables que permitan elegir un bando en una de esas discusiones recurrentes e inevitables entre lectores y cinéfilos, o más habitualmente entre no lectores y aficionados al cine; no siempre se consigue el ejemplo perfecto para rebatir una afirmación común, tan común como “siempre es mejor el libro que la película”. Está prácticamente aceptado que los libros son siempre mejores que las películas, al fin y al cabo unos son arte serio – literatura – y las otras no son más que mero entretenimiento. Aunque viendo lo que leen algunas personas, las suficientes para elevar, incomprensiblemente,  algunos libros a la lista de los más vendidos y viendo algunas películas que sencillamente resultan tan pedantes e incomprensibles que seguramente rezuman Cultura (con mayúsculas) por todos sus poros, escenas o cortes parece una discusión innecesaria y podría afirmarse fácilmente que en todas partes cuecen habas (Literariamente) o que los ángeles también comen judías (cinematográficamente). Se trata de una generalización absurda y existen ejemplos suficientes para negar tamaña afirmación, baste pensar en algunas adaptaciones de Stephen King que, hasta en opinión del propio autor, son mejores que la novela-cuento en la que se basan; incluso algunas personas poco sensatas pueden pensar en La Princesa Prometida o Blade Runner, grandes películas que parten de grandes (en mi opinión incluso mejores) libros pero sin embargo la idea persiste: el libro es mejor que la película dice la gente, con total tranquilidad aunque no hayamos leído el libro o no hayamos visto la película y si dices lo contrario eres juzgado como poco intelectual.

Pero esto se acabó, amigos, tengo la prueba irrefutable. De hecho la he tenido durante mucho tiempo en la biblioteca de casa pero me había dado pereza ponerme a comprobarlo hasta que sin nada que leer y con la pereza que me acompaña a principios de mes cogí El Padrino de la estantería y me lo leí (hablo, obviamente, de releer, no de leer por primera vez; que uno es un intelectual). Es irrefutable. Aunque dudo que haya alguien que no haya visto la película todos sabemos que hablamos de un clásico del cine, de un referente cultural como pocos, de una obra maestra, casi de una prueba básica de que eres un ser humano (si bien puede no haberte gustado, o eso dicen, en el caso de que seas excesivamente femenino y de hecho en algunos círculos se utiliza como detector de la homosexualidad a eso he oído) y sin embargo el libro, pese a ser un best-seller en su día (no sé si antes o después de la película), no pasaría una criba de los cien, ni de los mil, mejores libros. Si has hecho ambas cosas (ver el libro y leer la película, que cantaría Kiko Veneno) habrás comprobado que pese a la fidelidad de la película al libro esta añade detalles que la mejoran notablemente como los canelones que Clemenza lleva en el coche cuando va a matar al que traiciono al padrino. Esos canelones, que no tienen ninguna importancia, resultan inolvidables (aunque puede que no sean canelones). Muchas escenas siendo prácticamente iguales, tienen algún pequeño detalle en la película que les aporta precisamente esa sutil diferencia que eleva el conjunto de bueno a obra maestra. El casting de los personajes, si bien se desvía de las descripciones del libro (convirtiendo a gordos en flacos y cosas así),  es impecable y recoge mucho mejor la personalidad de los personajes que, en general, acojonan más. El Padrino, siendo un buen libro, es mucho mejor película que libro, siendo el contraejemplo prefecto para la tan manida sentencia cultureta. Se acabó el debate sobre libros y cine. No digo más, que decía aquel.

No es normal, aunque tampoco es inaudito, que lea dos libros seguidos, o prácticamente seguidos, del mismo autor. Ni siquiera cuando vuelvo de NYC y por caprichos de calendarios editoriales uno de mis autores favoritos ha sacado dos libros entre mis visitas suelo leerme los dos seguidos ya que casi todos los autores saturan un poco y conviene espaciar la lectura del mismo autor para poder apreciar más las diferencias con otros, la calidad si es que la tiene (he de reconocer que algo parecido me pasa con los libros de cuentos, que me cuesta mucho sentarme a leer toda una colección de cuentos del mismo autor o del mismo tema así, de corrido. No digamos ya la poesía, que solo se puede leer en pequeñas dosis). Necesito pausas, pero claro si te has tenido que tienes que coger un tren y no llevar nada para leer pues dependes mucho de lo que la tienda de la estación tenga que ofrecerte.

Curiosamente la mañana que me marchaba a Valladolid – por temas laborales – la tienda de la estación de Chamartín tenía el nuevo libro de Rafa en novedades (os recuerdo: Señales de humo se llama y es la precuela de Manual de Literatura para Caníbales, aunque seguro que ya lo tenéis leído o, probablemente, conociéndoos, releído como es preceptivo, y que habéis disfrutado) y aunque me tentó comprarlo solo para que tuvieran que reponer y siguiera bien expuesto, al final me acerque a los libros en inglés, sección que cada vez es mayor y está mejor nutrida de novedades en paperback (o rustica) no tanto para satisfacer el bilingüismo creciente de este país sí no más bien como prueba de una mayor presencia de extranjeros lectores. El caso es que entre esos libros de bolsillo de bajo coste estaba la nueva novela de Kerr, la tercera de la serie sobre el entrenador de futbol detectivesco: False nine. Ya estaba en bolsillo en ingles la tercera cuando yo prácticamente había terminado de leerme la segunda traducida, así que tenía que comprármela ya que era prácticamente la mejor opción que veía. Todo lo dicho para la anterior es aplicable: una novela sencilla, entretenida que demuestra a) el buen hacer del escritor (no en vano el mismo se acaba referenciando al hablar del libro que ha escrito el protagonista – un entrenador de futbol – de forma bastante graciosa: “I should have got myself a ghost. Like Roddy Doyle or Philip Kerr. Kerr’s more expensive I hear. But then he doesn’t look for a credit. The rumour is he’s done quite a famous footballers. Probably because as ghosts go he’s more transparent than most”; vete tú a saber, supongo que el sabrá cuanto ha trabajado de escritor oculto, de ghost), b) porque siempre expresa opiniones con las que coincido pero con mucha más gracia de la que yo aporto, como la del valor de algunos títulos universitarios: “Anyway, university doesn’t mean much nowadays. You can get a degree for staying in bed and watching televisión” y c) porque siempre se aprende algo interesante como que puede que el odio entre los seguidores del Real Madrid Barcelona se remonte a un famoso partido que se jugó en 1943 y que el Barcelona perdió 11-1 y para el que Kerr imagina el final del discurso del entrenador del Barcelona en el descanso, tras haberles dicho lo típico de ganar y tal, en estos términos: “On second thought’s, you’d best let these spaniards beat us, lads, or they’re liable to shoot us, like they shoot Lorca. If they can shoot a poet these fascists can certainly shoot a football team”. Aunque en principio parece más fácil, e incluso aceptable, matar a un poeta que a todo un equipo de futbol he de reconocer que los discursos de medio partido no se le dan bien a Kerr que en otra novela lanza uno que dudo pudiera ser comprendido por casi ningún jugador de futbol (excepción hecha del Valdano ese que al parecer es un intelectual). Aunque no te guste el futbol merece la pena leerla, tengo que regalárselas a Zarandieta para ver qué le parecen a alguien que le guste el futbol que puede ser la prueba de fuego.

Este mes tenía la idea de venirme a Piles unos días, solo, para ver si conseguía avanzar en un libro que (se supone) estoy preparando, para intentar fumar menos, montar en bicicleta o pasear por la orilla como un viejecito, intentar volver a tocar la guitarra y en general despejarme (aunque no sepa, ni se me ocurra, de qué tengo que despejarme).

Era una buena idea que obviamente requería hacer acopio de libros ya que, pese a la multitud de cosas que quería hacer, se perfectamente que iba a ser incapaz de hacer bastantes de ellas y los días en la costa son mucho más largos que los días en el interior (digan lo que digan los relojes y/o la realidad), así que era necesario acercarme por mi librería capitalina de referencia, la Liberia Méndez de la calle Mayor, para hacer acopio de libros o me vería obligado a desviarme en la salida de Madrid para pasar por la librería Fuenfría de Cercedilla – que realmente debería ser mi librería de referencia, la vuestra y la de cualquiera que se precie y tenga cierta movilidad – algo que seguramente retrasaría mi salida de Madrid excesivamente o me obligaría a conducir los cuatrocientos kilómetros hasta Piles después de haber tomado alguna cerveza de más con mi hermano ya que para una vez que paso por allí, pues hay que hacer los honores, y esto último no parecía una buena idea desde el punto de vista de la seguridad vial (ya es discutido por algunas personas malvadas que el hecho de que yo conduzca sea bueno para la seguridad vial, pero eso es solo porque algunas personas son de natural muy, muy malvadas y lo digo refiriéndome a algunos de vosotros. Ya sabéis quienes sois).

Vale, también podía haberme acercado a la feria del libro y haber paseado por el retiro esquivando mimos y espectáculos callejeros varios pero la verdad es que desde hace ya varios años la feria me da demasiada pereza y me satura mucho ver los mismos diez o veinte libros en casi todas las casetas y muy pocas cosas tentadoras debido a las pocas casetas de editoriales “especiales” o especializadas. No sé, igual es cosa mía pero ahora es como ver la misma mesa de El Corte Ingles o de Vips una y otra vez… demasiado aburrido.

En cualquier caso he de reconocer que pese al buen aspecto que tenía Adios en azul, estuve a punto de no cogerla cuando leí que era la primera de una serie de veintiuna novelas con el mismo protagonista. ¿Veintiuna? Así de pronto, parecían muchísimas. No ya solo para escribirlas si no para ponerse a leerlas si de verdad la primera merecía la pena ¿de verdad, veintiuna solo con el mismo protagonista? ¿Sesenta y nueve en total? Vaya pereza o vaya alegría tener por delante (o por detrás realmente) una obra tan extensa como esa. Son cifras que dan un poco de vértigo y por lo tanto de pereza lectora. Error, ha sido una alegría leer esta novela y realmente me apetece leerme otras cuantas (no creo que las sesenta y nueve, ni probablemente las veintiuna pero seguro que la de El Cabo del miedo, que es de este autor, y alguna más serán inevitables) y tengo que apuntarme el nombre (es fácil: MacDonald, pero también es fácil de confundir con otros MacDonald que hay) para buscar un tomo en NYC en versión original. Eso sí, en Septiembre ya que como bien cuenta el autor “Manhattan en Agosto es una repetición de la Gran Plaga de Londres. La mermada muchedumbre arrastra los pies por las calles convertidas en hornos, con las bocas entreabiertas, al borde del sincope. Los que todavía se mantienen con fuerzas se deslizan con la cabeza gacha de un oasis de aire acondicionado al siguiente, pasando el menor tiempo posible expuestos a la muerte negra que cae a plomo en el exterior”. Aunque me permito poner en duda tanto lo de la “mermada” muchedumbre,  que hoy en día es una ficción ya que Manhattan sigue llena en pleno Agosto y lo de la “Gran Plaga de Londres” que creo que no es más que un eufemismo o una traducción (histórica pero suave) de aquel episodio de un Londres apestoso por las alcantarillas y que se llamó: The Great Stink, es decir más bien el gran hedor que la gran plaga y que impulso la renovación del saneamiento de la ciudad (un tema interesante y que creo que ya he mencionado alguna otra vez).

Es normal que uno se sienta más o menos identificado con el protagonista de las novelas, especialmente en el caso de la novela negra, ya que este suele representar al héroe (con mayúsculas) y los principios morales más sólidos que a todos nos gusta pensar que tenemos aunque luego, en lo que viene siendo la vida real no los practiquemos, pero no he podido dejar de sentirme parcialmente identificado frente a descripciones como “Me han dicho que cuanto me veo arrastrado a situaciones violentas puedo parecer alguien salido de algún rincón recóndito del infierno, pero yo nunca me he visto con esa pinta. Mi espejo refleja sistemáticamente la campechana imagen de un joven ingeniero que logra construir el puente sobre el rio superando enormes dificultades, incluida la flecha envenenada que acaba haciendo diana en su heroico hombro”. Parcialmente porque pese a que en algún caso he oído algo similar sobre mi aspecto en situaciones violentas y aún más cuando en España el concepto de campechano e ingeniero son difícilmente unibles (excepción hecha de locutores televisivos que consideran al Rey, o al emérito Rey como campechano) pero sobre todo porque como todos los que me conocéis sabéis yo soy básicamente hierático, en todo tipo de situaciones.

Si, como ya digo, no me siento identificado físicamente con el protagonista resulta inevitable sentirse identificado psicológicamente cuando afirma “…soy un romántico incurable que considera que las relaciones entre un hombre y una mujer no deberían convertirse en un concurso para saber si nos ponemos a la altura de los conejos. Los conejos siempre nos van a ganar”, sobre todo por tan sabia conclusión, en ese tema no se puede competir con los conejos. Una novela excelentemente entretenida, aunque asunte pensar que el fenotipo del malvado sigue igual, o más, vigente que el del bueno. Cosas de los fenotipos, supongo.

Si bien no consigo soportar a algunos autores que mis contemporáneos hípsters adoran ya que me parecen espesos e innecesarios, el colmo de la pedantería y de la vacuidad tengo una relación muy extraña con DeLillo que me gusta pese a que ciertamente ninguno de los que no he citado les llega en complejidad, o en “espesez” y siempre que acabo una novela suya tengo esa sensación de inferioridad que proviene de estar seguro de haberme perdido las partes más interesantes, la profundidad de la reflexión, el recado que diría Rafa para referirse a El Mensaje que dirían otros; pero que siempre, extrañamente acabo leyendo con satisfacción. Pues eso es exactamente lo que me ha pasado con Cero K, que creo que me he perdido, que se me ha escapado, la reflexión que tiene la novela; vamos, que no me enterado de nada. Y pese a ser consciente de que me he perdido todo lo importante, me ha gustado. Seguramente solo por algún truco hipnótico de su escritura que me afecta subliminalmente, que es una forma vacía de decir que no tengo ni idea de porque me ha gustado aunque puede que sea por lo que el propio autor dice: “Es humano querer saber más, y más, y todavía más – le dije -. Pero también es cierto que lo que no sabemos es lo que nos hace humanos. Y el no saber no tiene fin”, como mi incultura enciclopédica o como porque me gusta DeLillo.

Después de una lectura tan densa como la de DeLillo resulta necesario plantearse una lectura ligera y que mejor que una compilación de cuentos de novela negra que pasan en la ciudad de Madrid que es lo que promete Madrid Negro. Claro que también afirma que reúne a algunos de los autores más destacados de la novela negra en castellano y la verdad es que la lectura de la lista – además de la evidente falta del hermano del que esto escribe – no parece cumplir esta expectativa. Obviando la imperdonable ausencia ya mencionada es necesario referirse al aprovechamiento (indudablemente comercial) del título genérico de Ciudad-Barrio-Lo que sea Noir que corresponde a una serie en la que – al menos los que yo he leído – los cuentos si aprovechan características de la ciudad-barrio-lo que sea que quieren reflejar y que en este caso es – salvo alguna excepción honrosa – muy discutible. 

Si bien cada uno de los cuentos parece ubicarse en un barrio de Madrid la verdad es que se trata de una ubicación en muchos casos forzada solo para entrar en el título y estructura planteado como demuestra el hecho de que en una conversación de un policía sobre un juez se refiera al mismo a este como “habrá dejado a medias el almuerzo y la lectura del diario en el club náutico”. ¿En serio? ¿Un policía de Madrid se refiere a un juez de Madrid mentando el Club náutico? ¿Seguro que el cuento pasaba en Madrid inicialmente, que no se ha adaptado para la edición? Vale, me lo creo pero para ello es necesario que se trate del Madrid inundado de todos sabemos que autor que debería estar en esta antología. En cualquier caso ¿que podría esperarse si el editor, compilador, es un argentino que vive y trabaja en Barcelona, es decir alguien que no conoce vive Madrid? En serio, no había un compilador que conociera/viviera un poco más Madrid; si no gato, gato por lo menos gato adoptado o adoptivo.

Pese a esto, Jaboncillos Dos de Mayo, el primero y sin duda el más entretenido, el que salva la antología, presenta una lucha entre los nuevos Hipsters y los antiguos aborígenes, o indígenas más bien, del barrio, junto con Crimenes Cercanos en el que también están presenten las rencillas propias de un barrio concreto (en este caso con el club de golf de El Canal como punto focal) son de los pocos que podríamos clasificar de específicos de Madrid, o al menos de un Madrid urbano y real con algo de gracia. El Lobo, retrata un Madrid tan puntual y casi rural o aislado que se hace difícil considerarlo Madrid pero se trata de un buen cuento que casi parece de esos ingleses macabros por lo que cierra el libro de una forma correcta.

Con todo la parte más divertida la aporta Fernando Marías cuando su propio personaje se da cuenta de que “las primeras palabras que décadas atrás aprendí a escribir sobre el papel reglado de un cuaderno infantil de caligrafía” fueron… ¡Tachan! ¡Tachan, tachan! … Fernando Marías. ¿Cómo te quedas? Las primeras palabras que aprendió a escribir no fueron palabras sencillas tipo “Oso” o “Asa”, como seguramente hicimos todos nosotros. No, las primera palabras que el (supongo que con mayúsculas y acento, o con acento o con mayúsculas) aprendió a escribir fueron las de su nombre, no su nombre completo que incluiría el apellido de su madre, no, tan solo el nombre para la posteridad. Supongo que eso explica muchas cosas, incluso porque su cuento es tan malo y porque en el mismo no hay ningún oso, ni ninguna cosa a lo que agarrarse o con la que agarrar algo.

Reconozco que Mastretta es una debilidad mía, estoy incluso dispuesto a reconocer que solo tiene una, tal vez dos, novelas buenas y poco más que un puñado de cuentos pero solo lo reconoceré ante alguien que haya leído Arráncame la vida. Si no, no tiene sentido hablar ni reconocer nada. Dicho esto he de reconocer que El viento de las horas solo aporta una serie de recuerdos sencillos, muchos de su infancia y otros de mucho más tarde porque aunque no haya actualizado mucho la foto que acompaña al libro hablamos de una persona de más de sesenta años, casi una venerable ancianita que de hecho en estos recuerdos ejerce de ancianita, con sus problemas de memoria, con sus problemas para andar y manejar a sus perros al mismo tiempo. En fin, que ejerce más de abuelita entrañable que de narradora convencional y siempre con ese sonido tan mejicano que suena como de otro planeta, que más que narrar arrulla la historia. No, no hay nada excepcional en este libro y sin embargo desde mi actitud de viejecito que intenta aglutinar sus recuerdos, a veces, algunas cosas, me parecen excepcionales.

Seguro que cuando antes hablaba de Macdonald y de que es un nombre fácil de recordar pero también fácil de confundir alguno pensaba que mi memoria está fatal (cosa que es cierta por lo que no hay de que avergonzarse) pero lo decía con razón ya que El Coche fúnebre a rayas es de otro Macdonald que es también un clásico de la novela negra y dudo mucho que sea el único, así que ya veis: confundir a los dos, tres, o más, puede ser más fácil de los que imaginabais y le puede pasar a cualquiera, no solo a alguien con daño cerebral certificado. Supongo que se puede decir que esta es una novela negra canónica, ya que tiene todo lo que exige el canon de la novela negra: un detective cínico, mujeres más o menos fatales, una trama compleja con varios giros, asesinatos, intrigas y más o menos acaba muriendo hasta el apuntador. Que lo tiene todo y todo en su sitio, como si de una mujer fatal se tratara.

De mis compras para venirme a Piles, que me habían parecido generosas para diez días, ya solo me quedaba un libro por leer y la verdad es que solo llevaba aquí unos pocos días pero es lo que tiene si dedicas tu tiempo a leer y obvias el resto de las cosas que te habías planteado hacer: El libro al que quería darle un empujón y que me había servido de excusa para este viaje, además de obligarme a cargar con varios kilos de libros e informes en el equipaje, seguía todavía sin el menor impulso salvo el de colocar todos los informes, lápices y otro material de escritura sobre la mesa del comedor (algo básico: la mise en place); lo de volver a aprender a tocar la guitarra, que por supuesto también había traído en mi equipaje, prácticamente había sido desechado ante la pereza de volver a tener que crearme callos en los dedos. De hecho salvo pasear por la orilla del mar y sentarme vora al mar como una viña verde (que cantaba aquel), ir en bicicleta hasta el supermercado, descansar y leer, el resto de las cosas que me habían traído hasta la playa estaban por hacer, la rutina necesaria estaba por establecerse (y aun lo está) en gran parte por esa pereza que produce la playa y en gran parte por haber sido devorado por mosquitos tigre  que habían tomado la casa en nuestra ausencia y al parecer, según la opinión experta del exterminador al ver el estado de mis piernas, en forma de plaga.

Con un solo libro por leer, de los que había traído, y con los escasos que pudiera salvar para releer de los existentes por aquí, empezaba a tener un problema logístico y podía o ponerme a trabajar y dejar de leer tanto o bien rezar para que el libro que me quedada: Los monstruos que ríen fuera malo, ya que un libro malo siempre dura más que un libro bueno. Obviamente opte por los rezos ya que entre otras cosas el picor de las piernas no me dejaba concentrarme para ponerme a realiza tareas útiles, o más bien la verdad es que me apetecía entre poco y nada y por otra parte parecía necesario ya que el libro no tenía mala pinta: parecía tratarse de una de espías y aventureros en el África actual que por supuesto venia acompañada de muchos elogios en la solapilla. Puesto que había rezado para que el libro fuera malo me vi en la obligación de empezarlo por aquello de comprobar si las plegarias surtían efecto y he de decir que si, parece que las plegarias surtieron efecto: es un libro cuando menos flojillo, que puede que refleje bien un África que para mí es totalmente desconocida pero que me ha parecido un poco prototípica, sin ningún interés especial salvo el de describir la limpieza de un hotel en África cuyo “… vestíbulo olía a limpio, o bien a veneno, dependiendo de qué opinión tuvieras sobre ciertas sustancias químicas…” y en el que “La habitación era pequeña y tenía ese mismo aroma que decía: hemos matado todo lo que te pueda dar miedo” y que tras una limpieza de la terraza, especialmente de las zonas en las que crecían los mosquitos tigre me sirvió para mandar un mensaje tranquilizador sobre el estado de la misma en el que comunicaba que había dejado la terraza con un “alegre olor a lejía que dice he matado todo lo que puede morir”

Si bien mis plegarias fueron atendidas y el libro me duro un poco más de lo esperable, con el sentido del humor característico de los dioses (o del único dios para los monoteístas) me acabe el libro después del último baño de la tarde lo que obviamente me dejaba en una posición cuando menos discutible sin nada que leer para esa noche y sin posibilidades de adquirir nada hasta el día siguiente. En cualquier caso gracias a mi escasa, nula, memoria me pude enfrentar a los libros que había por aquí y pese a estar seguro de que ya los había leído todos (salvo por supuesto The decline and fall of the Roman Empire y algunos títulos similares) me sentía capacitado para releer Dos historias romanas de Carlos Pujol. Para mi Pujol está en una lista de descubrimientos que me hizo Rafa en su día, entre muchos otros, y que incluía a autores excepcionales pero extrañamente poco conocidos (vale, o poco conocidos por mí en aquel momento) como Piglia, Monterrosso, Soriano y algún otro a los que les he cogido un cariño especial y que sin motivo considero unidos. Como queda claro por el título más que una novela son dos cuentos largos que suceden en Roma en distintas épocas por lo que no tienen prácticamente ninguna relación entre ellos (salvo la de compartir geografía). El primero de ellos tiene por protagonista a un exiliado español en Roma al que en alguien acusa de actividades sospechosas por no hacer lo que hacen los españoles en Roma y por no juntarse con ellos algo de lo que se defiende de forma impecable: “si necesitara la compañía de compatriotas, lo más fácil era no salir de mi país” y que más adelante se permite el afirmar una verdad ineludible como “la soledad nos obliga a ser nosotros mismos” o partiendo de la misma observación: “A veces pienso que dentro de un hombre hay muchos hombres, y que apenas se conocen entre sí. Lo que somos, lo que soñamos ser y lo que un día descubrimos en nosotros como una verdad oculta e insospechable que es una revelación sorprendente. Convivir con todos esos individuos no es nada fácil”.

El segundo de los cuentos pasa justo antes del inicio de la segunda guerra mundial lo que le permite a Carlos Pujol describir a Il Duce, al que alguien quiere comunicarle un problema tan grave como que su tía (creo) ya no tiene teléfono, con una sola frase demoledora a la vez que explica los problema de tener teléfono en casa (o actualizado: de tener móvil): “no molestes a ese señor, que estará muy ocupado ensayando poses titánicas. Si supieras lo tranquila que se vive sin teléfono. Era como tener la puerta de la casa abierta día y noche, en cualquier momento se te podía colar un desconocido”.

Es verdaderamente brillante y no me extraña que Rafa sintiera una especial devoción (o cariño) `por él, que probablemente era (o es) mutuo ya que como marcador del libro hay una carta de la editorial en la que se indica que le mandan el libro a Rafa por petición expresa del autor, que aunque mandara muchas siempre es algo que hace ilusión (digo).

Total que ya estábamos otra vez en el punto de partida: sin nada que leer y en un pueblo sin librería ni puesto de periódicos o best-sellers (que solo abre en lo que aquí es estrictamente la temporada) pero por lo menos era un día laborable y Gandía no está lejos. Además según mi móvil en Gandía hay dos librerías  (Ambra y Cervantes) y yo tenía el depósito lleno y gafas de sol (aunque no era de noche, ni estaba reuniendo a la banda, si puede decirse que estaba en una misión de Dios).

La librería Cervantes, que me pareció a priori la más tentadora por el nombre, resulto ser poco más que un kiosco de prensa, algo que me deprimió lo bastante como para dejar de buscar la otra librería y decidir acercarme a Carrefour ya que tenía que comprar un regalo para un cumpleaños, algo de comida y además sabía que por lo menos tenían algún bestseller. Mejor asegurar que arriesgarme a otra decepción.

No esperaba nada excepcional, lo típico de cualquier caseta de la feria del libro o incluso un poco menos así que me lleve una gran sorpresa cuando me encontré Armada, la segunda novela del autor de Ready Player One que había leído hace poco y me había parecido más que correcta. Es verdad que mi alegría se vio un poco empañada por la banda que la acompañaba y en la que se anunciaba que Spielberg pensaba hacer una versión de la primera novela, algo que siempre resulta, cuando menos, inquietante. Mi primera sospecha es que había aprovechado este tirón comercial para sacar un borrador de novela que tenía metido en un cajón antes de que le publicaran y triunfara con la primera si bien deseche esta idea al comprobar las fechas de publicación de ambas. Si bien yo acababa de leer, hacía poco, la primera el caso es que esta llevaba publicada casi cinco años por lo que la teoría de aprovechar el tirón comercial con cualquier borrador del cajón parecía menos probable. Cinco años son tiempo más que suficiente para escribir una novela nueva, incluso una buena novela nueva (vale, ya sé que alguno tomara nota de esto y me lo echara en cara cuando dentro de n años yo siga intentando darle un empujón a mi libro; e incluso algunos mucho antes cuando no complete mis deberes de historietas para mi blog). En cualquier caso la cogí con ganas y la verdad es que empieza entretenida pero poco a poco va perdiendo fuelle, pareciéndose demasiado a una mezcla de la primera y de El juego de Ender pero con toques de Spielberg (si así de poderosa es la psicología) o incluso de la factoría Disney. Se deja leer pero está muy lejos de la primera, pese a explotar un tema parecido o tal vez precisamente por eso y digo esto pese a que el padre del protagonista trabaje en algún momento en una planta de aguas residuales que es algo que siempre suma puntos (si bien una planta extraña ya que pese a vivir en un pueblecito pequeño la planta acaba explotando como si se tratara de una planta de una gran población. Pero vamos esta “extrañeza” solo es rara para mí y no molesta en la novela)

Definitivamente voy a dejar de leer novela negra escrita por autores franceses, puede que sea solo mala suerte o una serie de elecciones equivocadas pero cada vez que cojo una novela de un autor (o autora) francés (o francesa) que se supone es el nuevo descubrimiento de la novela negra francesa me decepciona sobremanera. También puede ser que genéticamente tenga codificado un odio o repulsión hacia lo francés (excluyendo obviamente sus quesos, el pate, el vino y el sorbete de mandarina con calvados entre muchas otras cosas) pero… A ver, no es que La Brigada de Anne Capestan sea mala, mala. La verdad es que la propia brigada, los personajes que la conforman tienen su gracia, e incluso la reflexión que puede haber implícita en que incluso el más lerdo de los lerdos, o el más peculiar de los peculiares, puede aportar algo en un trabajo me parece valida pero no consigue hacer reír como debería teniendo en cuenta la cantidad de personajes esperpénticos que contiene. Este conjunto de personajes en manos de, digamos Mendoza, habría dado lugar a una gran novela, muchísimo más divertida o por lo menos para mí, que he de reconocer que el humor francés se me escapa completamente. Una lástima, ya digo.

Enfrentado otra vez a la librería de Piles – no quería arriesgarme a ir en sábado a Gandía, por si la otra librería estaba cerrada que aquí nunca se sabe – me estaba quedando sin opciones de (re)lectura cuando me di cuenta de que había una copia de Esa oscura gente y de que probablemente hacia veinticinco años que no la leía (ya que se editó en 1990). Igual era el momento de hacer una relectura aun a riesgo de desencuadernar un poco la edición (que está realizada en papel verjurado con mucho cuidado pero no prevista para leer en la playa). Si, definitivamente era un buen momento para releerla, para volver a leer un sentido del humor que entiendo (no como el francés). No entrare en mucho detalle puesto que es una de esas novelas que o la habéis leído o posiblemente ya no podréis adquirir en ningún sitio (la editorial quebró –posiblemente por darle la razón al autor y demostrar que el negocio editorial no es tan limpio como parece – y casi toda la edición acabo en un depósito de confiscaciones hasta que misteriosamente al cabo de unos años apareció en forma de saldos en casi todos los Vips oportunidad que aprovechamos algunos para hacer acopio de ejemplares en espera de que se inventara e-bay y la novela se convirtiera en el clásico que merece ser) y tampoco se trata de daros envidia diciéndoos que ha aguantado muy bien el paso de los años y que a mí me sigue pareciendo una obra maestra. Incluso más divertida ahora tras haber leído otras teorías literarias de Rafa en otras novelas y manuales (aunque he de reconocer que sigo echando de menos algunas cosas que nunca llegaron a la novela final y se quedaron en el borrador y que me resultaban muy graciosas como las apariciones de Juanma el Terrible que por cierto acabo abriendo un bar de cañas en la calle de la Pasa y diciendo aquello de “el que no pasa por la pasa no se casa”. Ni idea de si sigue allí pero igual me acerco a comprobarlo). En cualquier caso: No digo más.

Aun me quedan tres días en Piles pero creo que definitivamente no leeré mas y me pondré a trabajar que ya va siendo hora, o más bien hora de ir a dar un paseo por la playa para llegar a tiempo al aperitivo.

Nota final: para los poco observadores he cambiado la lista de lecturas al final, por aquello de crear tensión dramática y que no sepáis a priori que es lo que he leído cada mes. Astuto que es uno, ¿a qué si?

El Padrino – Mario Puzo
False nine– Philip Kerr
Adiós en azul – John MacDonald
Cero K – Don DeLillo
Madrid Negro – Varios Autores.
El viento de las horas – Angeles Mastretta
El coche fúnebre a rayas – Ross MacDonald
Los monstruos que ríen – Denis Johnson
Dos historias romanas – Carlos Pujol
Armada – Ernest Cline
La Brigada de Anne Capestan – Sophie Hénaff

Esa oscura gente – Rafael Reig