domingo, 4 de septiembre de 2016

Comentario de textos Agosto 2016


Aaaahh, Agosto. El mes de verano por excelencia, por definición e incluso simplemente por el calor agobiante que se sufre en Madrid y en casi todas partes. No es que a mí me afecte lo mas mínimo ya que por muchas razones, que no me detendré a detallar ni a debatir, últimamente tengo tan poco trabajo que para mí son casi vacaciones todos los meses, aunque no del todo ya que empiezo a sufrir las posibilidades de un cierto agobio económico lo que hace que no se sean exactamente vacaciones. O si, ya que como siempre digo “las vacaciones son para los pobres, los ricos ¿de qué necesitan (necesitamos) vacaciones?”.

Empezaba Agosto y yo todavía tenía en casa un libro por leer, lo que siempre me da una cierta tranquilidad espiritual por aquello de no tenerme que enfrentar a conflictos entre mis librerías de referencia (ya sabéis: la librería Fuenfría de Cercedilla, que si bien parece que se anima todavía puede aceptar más visitantes sin problemas; y la librería Méndez de la calle Mayor, que con la perdida de la hora punta de las diez que tenían cuando las trabajadoras) del Ayuntamiento – sí, así en femenino ya que, según la opinión del librero, las compradoras de libros son notablemente más mujeres que hombres) aprovechaban para pasarse a comprar una novela a la hora del café). El nivel de pereza había aumentado al once.

En Grand Central Station me senté y lloré era la novela que me esperaba para empezar mis lecturas de agosto, y aun diré más: era la única novela que tenía, algo que digo para explicar porque me empecine en acabarla ya que pese a ser bastante corta se hace excesivamente larga. Es más, me atrevo a decir que  se hace excesivamente larga desde la primera página. No dudo de que pueda tener su encanto para ciertas personas y que las frases que adornan su contraportada no sean sinceras, supongo que es tan solo que yo no estoy en ese grupo de personas. No me ha interesado nada la historia que cuenta, ni como la cuenta y unidas las dos cosas ni siquiera estoy muy seguro de cuál es la historia que cuenta. Bueno, sí se la historia que pretende contar porque parece ser autobiográfica y la explica en la solapilla, si no fuera por esto creo que no me habría enterado de nada, o de casi nada de la historia. También supongo que me he perdido algo del lenguaje ese tan poético que usa, que a mi sencillamente me suena a petardez tras petardez, a un montón de frases vacías que realmente no significan nada. Igual es problema mío y eso es el lenguaje poético pero no tiene ni punta de comparación con, digamos, Moix, Ana María para más señas. Con todo la parte más sorprendente, tan sorprendente hasta casi resultar divertida, la componen las ultimas diez páginas sobre la traducción y las citas o referencias en el texto que se dedican a contarte que cuando ha escrito “rumores de guerra” realmente está citando a Tacito si dice “Desnuda espero” está citando a no sé qué poeta. Vamos, que con este método de buscar referencias hasta la sección de deportes del periódico cita a todos los clásicos de la literatura tranquilamente, siendo por lo tanto una sección para culturetas y hipsters. Ríete tú de las casualidades de los videntes, de las profecías de Nostradamus o de la cábala.

He de confesar que si esto de las citas me ha divertido es porque una vez, en esos años tan raros en los que a los bares les dio por anunciarse poniendo una lista de los grupos que pinchaban, yo decidí escribir un panfletillo utilizando los títulos de cien de mis (del Wurlitzer) canciones favoritas (bueno realmente fueron 101, como broma adicional con la nomenclatura de los cursos de iniciación que en estados unidos se denominan “lo-que-te-apetezca-estudiar 101”) que pretendía contar una historia estúpida como excusa para el entretenimiento de localizar las ciento una canciones. Se trataba de localizar las ciento una que yo habia puesto ya que la lista final de canciones que podían localizarse era muy superior a las ciento una ya que había muchas que yo no sabía que había puesto, pese a que me eran conocidas, y que algunos de los pocos jugadores que leyeron aquello “localizaron” rápidamente. Pero divago, si eso, ya os copio el panfletillo otro día y a ver cuántas y cuales adivináis y cuantas de ellas eran, y cuantas no eras, las que yo había incluido.

Diría que las traiciones se pagan – aunque precisamente este mes el ir a la Casa del Libro a comprar algo estaba justificado, por aquello de las vacaciones – y que por eso El libro de Stone, que no tenía mala pinta, me acabo pareciendo una bazofia bastante infumable. Escrito por un neurótico, diría que casi más neurótico que Woody Allen, pero sin la diezmillonésima parte de su gracia. Como ejemplo, en un momento del libro está abrazando, algo más que cariñosamente, a su novia y de repente decide imaginarse que realmente su novia está abrazando, mucho más que cariñosamente,  a su padre para acto seguido imaginarse que es el mismo el que está abrazando a su madre y a continuación estrangulándola. Por mi parte, sobran los comentarios. Es verdad que pese a  haberme parecido un mal libro suscribo, aunque no sea aplicable en este caso, su afirmación de que “los libros son la mejor manera de relacionarse con la humanidad sin llegar a comprometerse con los seres humanos”
También creo que es totalmente cierto eso de que “la expresión ‘para siempre’  resulta imposible de concebir hasta que cae con todo su peso sobre uno mismo: la aceptación de que para siempre significa para siempre jamás”; el resto de los ‘para siempre’ son claramente condicionales al igual que siempre lo es aquello de “de esta agua no beberé, y este cura no es mi padre”. Solo esos ‘para siempre’ que se asocian a una perdida irreversible son de verdad, los demás… ya se verán.

Mi otra compra en La Casa del Libro fue un libro en inglés, Orphan X, en gran medida para sentirme menos traidor pero en parte porque venía recomendado, entre otros, por Baldacci, escritor que goza de mi favor incondicional en ese de los Thrillers, siendo todas (vale, casi todas) sus novelas un valor seguro. No hay que ser un genio para deducir sobre la base de la portada que va sobre un asesino (por voluntad, trabajo, venganza, o vete a saber tú el motivo), ni viendo el ‘huérfano’ del título, e incluso la X parece indicar que ira sobre un asesino fabricado por el gobierno a partir de un huérfano que por supuesto no será el único de ese programa gubernamental (queda la duda de si la X es un numeral, es decir es el décimo, o si es un literal, y por lo tanto hay algunos más de diez).

Curiosamente la dedicatoria del libro no es a una serie de autores similares del género si no que la hace a los protagonistas de los libros, presentando una lista de asesinos famosos, entendiendo como asesinos incluso a espías o detectives lo que en cierta medida remite a mi lista de canciones para sustituir a una lista de grupos que ya he comentado antes. Es una dedicatoria larga – prácticamente una página entera – ya que la cantidad de asesinos de novela es muy elevada y pese a ello salta a la vista que falta uno de mis favoritos, uno de mis referentes del género, un desliz, o una laguna casi imperdonable ya que como puede hacerse una lista como esa y que no aparezca… bueno, ya os lo cuento otro día.

El libro se deja leer muy bien, aunque por supuesto resulte totalmente increíble. Yo me lo devore – prácticamente entero - en el viaje en tren a Piles. Un viaje que confesare hice directo, pese a que había comprado billete solo hasta Valencia, por lo que teóricamente tenía que bajarme y cambiar al cercanías, hecho que ignore al descubrir que el tren iba directo hasta Gandía aunque con cierta aprensión por si aparecía un revisor pero  ¿Quién, que revisor, le va a decir nada a un psicópata que apunta con letra minúscula frases en un cuaderno? Por mucho que en este caso las frases fueran tan horterillas como esta frase que igual usare un día de estos para congraciarme con las chicas y con el hecho de ligar/amar mucho menos que la mayoría de mis conocidos: “A guy can love a million woman. But a ‘man’, a man loves one woman a million ways”. Toma frase… ¿cómo te quedas? Especialmente tú que sabes quién eres, a quien se aplicaría esta frase si fuera mía. Pues eso, un libro bueno aunque no sé si lo suficiente como para darle las gracias de Baldacci.

Si, exactamente tal y como estáis pensando los más observadores de vosotros ahora me encontraba de nuevo en Piles con tan solo unos pocos capítulos por leer de un libro de esos que se leen prácticamente solos. No era un plan brillante sobretodo sabiendo que en Piles ya no me queda prácticamente nada que leer (el resto de los visitantes tienen más suerte ya que yo  he decidido dejar todos los libros que llevo y me acabo allí para el siguiente lector.  No por bondad ni nada parecido, si no tan solo porque pese a lo que dice la tradición popular sobre  los libros – la cultura, en general – estos no solo ocupan lugar si no que pesan y mi natural vagancia me obliga a actuar así).

Afortunadamente mi memoria es lamentable, especialmente para los libros y en particular para los libros que se leen casi sin pensar y puedo releer sin problemas muchos libros como si fuera un  intelectual, aunque tengo entendido que estos (los intelectuales) recuerdan lo que han leído y la relectura la llevan a cabo para captar los matices y sutilezas que no captaron en la primera lectura (por la complejidad del libro, no por su torpeza natural, que mira que sois malos cuando queréis) y no porque, como me pasa a mí, no se acuerden de nada de lo que han leído. En fin, sea como sea el caso es que, tras buscar un buen rato, localice un Best-Seller, El socio, que probablemente (con una probabilidad cercana al 100%) ya me había leído en visitas anteriores pero que pensaba que perfectamente podía volver a leerme y eso que los best-sellers son los libros más difíciles de releer ya que en muchos casos lo que más importa es la resolución de la historia y no la forma en la que está contada (como si dijéramos, en un tono fascistoide, eso de que el fin es más importante que los medios; o para llevar la contraria a los hippies que el camino no es importante, solo el final importa).
No hubiera sido raro, no habría sido la primera vez (ni será la última, me temo) que a mitad de un libro mi cerebro se ilumina y descubre que efectivamente ya lo había leído sumiéndome en la duda de que hacer: seguir o dejarlo. Pero no, no me sonaba nada, nada de nada y eso que es una de esas historias en las que todo son trampas, todo cambia de repente hasta la última página (aunque uno adivine, o sospeche, cuál va a ser ese giro final que sabe que habrá). En fin, eso una tranquila lectura de playa, entretenida y poco más con sus personajes muy buenos y con sus grandes corporaciones muy malas. En este caso una compañía de seguros para las que en mi experiencia (desgraciadamente bastante amplia) y para las que con excepción del FAM, es cierto lo que afirma uno de los protagonistas que  “llevaba años trabajando para compañías de seguros y nada le sorprendía: sabía que siempre encontraban la manera de caer más bajo”. Si, son lo peor aunque en difícil empate con los servicios de garantía que, por increíble que pueda parecer para las cámaras sumergibles no cubren los daños por agua.

Afortunadamente, pese a lo que internet me decía en mi última búsqueda, en Gandía si hay una Casa del Libro como afirmaba mi hermana Helena, demostrando que siempre es mejor fiarse de una persona que de una maquina por lo que podía ir a abastecerme sin buscar la segunda librería de Gandía pueblo en una de esas visitas necesarias para abastecerse de cosas o para pasar una tarde de bandera roja ya que además está en un centro comercial. Se trata de una tienda mínima – las he visto más grandes y mejor abastecidas en algunos aeropuertos – pero que cumpliría, si no nos poníamos muy exigentes, la función de abastecerme.

La ausencia de novedades interesantes me obligo a plantearme volver a la intelectualidad veraniega y dedicarme a las relecturas en un sentido estricto por lo que cogí La trilogía de La Fundación, que son tres libros que sabía perfectamente que ya había leído, que además creía recordar por lo que sí que sería un verdadero intelectual, releyendo para captar matices y sutilezas. Pero como una mona vestida de seda, por muchos trucos que usara yo seguía siendo yo y aunque recordara lo de la psicohistoria, poco más recordaba y ya estaba volviendo a leer sin captar sutilezas, e incluso lo que recordaba era nuevo para mí demostrando que uno puede leer el mismo libro de muchas formas distintas. Así, por ejemplo, recordaba el concepto de la psicohistoria casi como una especie de fatalismo marxista, en el que las cosas estaban escritas, o adivinadas, debido no a las acciones de las personas individuales si no a una especie de mente colectiva que era la que formaba la historia. Sin embargo leyéndola (perdón releyéndola) ahora la actitud fatalista de La Fundación se me acercaba casi al comportamiento de Rajoy y en su inacción para cualquier cosa (en esta etapa plagada de elecciones, no cuando gozaba de la mayoría absoluta para cometer actos cercanos – por el lado equivocada – a la criminalidad), ese “total, seré presidente haga lo que haga, así que no hago nada, no cedo nada y no pacto nada”.

Es verdad que en el segundo libro se sigue viendo esa lucha entre los, buenos y viejos, tiempos de La Fundación (con un sistema basado en la ciencia pura) y los tiempos posteriores de El Imperio (basado en la herencia de los lideres) que le hacen recordar a un científico “Además, en tiempos de sus antepasados, los alcaldes eran elegidos y destituidos a voluntad, y las únicas personas que heredaban algo por derecho de nacimiento eran los idiotas congénitos” y que si marcan un poco ese alegato a favor de gobiernos más lógicos que los que tenemos (o a los que tendremos en el futuro).

Supongo que esto de re interpretar los libros, es tan natural como el cuándo eres crio y ves La Guerra de las Galaxias y quedas convencido de que realmente los Jedis son los buenos, los que defienden la libertad, la justicia y todo lo importante, que tú de mayor quieres ser un Jedi (por supuesto partimos de la base de que no puedes ser Han Solo, que es lo que de verdad quiere ser cualquiera de nosotros); y luego al cabo de unos años y de unos cuantos  visionados adicionales te das cuenta de que no dejan de ser una secta religiosa con todos los problemas morales que esto implica y si bien no quieres ser el emperador ya no estás seguro de querer ser un Jedi, a menos que puedas ser Obi-Wan Kenobi (de viejo, se entiende)

Yo ya sé que no seré Jedi, ni tampoco seré  Alec Guinness (que aunque pueda parecer lo mismo, no, no es lo mismo que ser Pepe Mahou que por cierto tampoco seré) pero creo que si estoy cerca de ese personaje de La Fundación del que dicen “Era un anciano y le gustaba decir que sus conductos neurónicos se habían calcificado hasta el extremo de que sus procesos mentales eran rígidos e invariables…. Pero sus ojos no veían menos porque estaban más gastados y su mente no era menos experimentada y sabia porque ya no era ágil”. Lo de los procesos mentales rígidos ya lo tengo logrado, aunque fallo en lo de no ver menos.

Ya que andaba comprando libros aproveche y cogí, con muy poco convencimiento diré, Perros Callejeros, ya que nunca consigo recordar si Elmore Leonard me gusta o no ya que lo confundo con James Ellroy (creo) que no me gusta, o ,mejor dicho me gusta en plan pimientos de Padrón: unos si y otros no. Si me decidí a cogerlo fue en plan homenaje a algunos conocidos que no pueden resistirse a las ofertas (no daré nombres) y porque por el precio que tenía podía arriesgarme sin cargo de conciencia. Se trata de una novela bastante correcta, entretenida aunque con un punto de todo el mundo engaña a todo el mundo, nadie se fía de nadie y esto acabara estallando por cualquier parte que es un poco cansino. Yo la he disfrutado y como toda buena novela negra deja perlas excelentes: “Yo creo que el cielo debe de estar en alguno de esos planetas que no vemos, detrás de las estrellas. Para los que están allí no tengan que mirar a la tierra y pensar: Joder que suerte he tenido de salir de allí.”


Ya de vuelta en Madrid (aviso a los lectores playeros: la trilogía me la acabe de leer en el tren así que no busquéis ni esta ni la de Leonard por Piles) me acerque un sábado a otra Casa del Libro (esta vez a la de Fuencarral en la que había una cajera verdaderamente preciosa y encantadora) a comprar algo y cumpliendo con otro de los ritos veraniegos compre un libro de un volumen más apropiado para la halterofilia que para la lectura en la cama: Ciudad en llamas. He de confesar que estuve dudando un buen rato si comprarlo o no – no solo porque yo leo bastante en la cama y no quería morir aplastado – si no porque también tenía una especie de interludios que pretendían reproducir cosas como fanzines punks y diarios. Eso en el lado negativo. En el positivo pues estaba básicamente que pasaba en NYC a mediados de los setenta y que trataba más o menos de los inicios del Punk en esta ciudad. Claro que esto era según la contraportada… y esa lección (la de que no puedes fiarte de las contraportadas) ya la he aprendido. Al final la ausencia de otra cosa más interesante me hizo decidirme por comprarla y lamento decir que no he conseguido acabármela porque me ha parecido sencillamente insoportable y solo avanzaba en ella por necesidad, por ausencia de alternativa lectora.

Lo que más me molesta es que creo sinceramente que podía haber sido una buena novela. Al fin y al cabo pasa (NYC en 1977) en un momento y lugar que es razonablemente histórico (si bien, de esa historia de andar por casa de algunas personas; no de la historia con mayúsculas), que además el autor sitúa muy acertadamente entre dos hechos que realmente no tienen ninguna relación (ni entre ellos, ni con el momento de la novela) como son el bicentenario de estados unidos y el apagón de la ciudad de Nueva York . Relacionar tanto el bicentenario como el apagón dela ciudad podía aportarle un toque bastante interesante a la historia del punk en la ciudad, y si a esto el autor añade un hecho (no sé si real o inventado) que tiene potencial para desarrollar una teoría suficientemente divertida como es que ese fuera el primer año (el bicentenario) en que los fuegos del 4 de Julio no fueron disparados por personas si no por maquinas.  

Pero no es solo que la historia estuviera bien situada sí no que además en algunos casos describe personalidades de una forma excelente: “solo creía que sus acciones tenían consecuencias como los niños creen en el Ratoncito Pérez: porque los demás lo decían y porque cuando levantabas la almohada… ¡Mira! ¡Una moneda!”. ¿Qué mejor forma de describir la irresponsabilidad de algunos adultos o semiadultos?; y en otros describe bien principios cuasi filosóficos: “Y había aprendido que, en realidad, no podías hacer acopio de nada que importara. Sentimientos, personas, canciones, sexo, fuegos artificiales: existían solo en un tiempo concreto y, cuando este concluía, se acababan”. No solo se acababan en ese tiempo, que es una obviedad, si no que se acababan también las sensaciones asociadas a ellos, incluso su recuerdo y es ese final el que provoca eso de la nostalgia, incluso eso que yo digo para reírme de ella de  que “ahora ya ni siquiera la nostalgia es lo que era”.

Creo que podía haber sido buena pero es tan mala que no solo no la he terminado si no que había pensado en dejarla muchas veces pero, desgraciadamente, no tenía otra cosa que leer. Afortunadamente mi amigo de la infancia Mike (González, para más señas. Del que por su importancia en mi pasado tendré que hablar más en estas páginas, pero, ya si eso, otro día) puso un comentario en Facebook de que se estaba leyendo una nueva novela de la serie de Bernie Gunther. Esta información unida a la rapidez del servicio prime de amazon, y a la excusa que me proporcionaba que a mi sobrina se le hubiera roto una botella que tenía y a la que le tenía un cariño de esos infantiles que haría que ,cuando se diera cuenta de que se le había roto, se produjera una pequeña crisis domestica de mayor intensidad que la crisis de los misiles soviética, con todos en DefCon 1 y con el Doomsday Clock a escasos segundos de la media noche, me salvo de continuar leyéndola, o por lo menos durante un tiempo: lo que tarde en leerme The other side of silence.

Lamentablemente leerse un libro de Kerr es algo que lleva poco tiempo, ya que uno se pone a ello y prácticamente no puede parar hasta terminar. Sí, es de ese tipo de autores: de los que son un poco mejor que muy buenos y no solo cuando escriben novela negra. De hecho esta novela más que negra es casi de espías. El personaje central es S.W: Maughman, el famoso escritor, y la trama se basa en unos chantajes – en principio – sobre su homosexualidad y la de su círculo de amigos para complicarse con la trama de espionaje. Sumamente entretenida, e incluso educativa en chorradas como que en un cuadro famoso de Gauguin (Eve), ella, la Eva del cuadro tiene no siete dedos en el pie izquierdo y no los cinco habituales o los seis que algunos condes malvados tienen en una mano. Afirmación que me pareció tan insólita como la de que Maughman jugara al Bridge con la Reina de España en 1956 (supongo que se refiere a una reina en el exilio, a una ex reina, ya que hasta yo con mi incultura histórica enciclopédica sé que en esas fechas no había reina en España) pero que se compensa con conversaciones como la que ocurre cuando Gunther le dice a Maughman “A picture can tell a thousand words. Isn’t that what they say?” (Refiriéndose a la foto con la que le chantajean) y él se limita a responder  “Christ, I hope not. Otherwise I’m out of fu-fucking work” (no porque le costara decir joder, sí no porque al parecer en ocasiones tartamudeaba).

Acabado este libro, como un intermedio que demostró una vez más la teoría de que muchas veces los anuncios son mucho mejores que los programas en los que se ubican, intente volver a Ciudad en llamas. Lo intente fuertemente hasta que llego el final de mes, que considere una señal, y decidí que era imposible seguir intentándolo y que lo daría por acabado para los comentarios de este mes. Una pena, tanto tiempo perdido con un libro tan malo.

Aquí acabo aunque me voy con la sensación de que he adquirido demasiados compromisos de contar otras cosas que no se si conseguiré cumplir. Lo intentare o, más probablemente, me olvidare de ellos si nadie me los recuerda (afortunadamente tengo un certificado médico que permite no tener conciencia de culpabilidad por las cosas que olvido, o más precisamente por el hecho de no añadir recuerdos nuevos como los de estos compromisos a mi cerebro).


En Grand Central Station me senté y lloré – Elizabeth Smart
Orphan X -  Gregg  Hurwitz
El libro de Stone – Jonathan Papernick
El socio – John Grisham
Trilogía de La Fundación – Isaac Asimov
Perros Callejeros – Elmore Leonard
Ciudad en llamas – Garth Risk Hallberg

The other side of silence – Philp Kerr

jueves, 18 de agosto de 2016

Enseñando a pilotar (o no) y otras cosas

Este verano he pasado un par de veces por Piles, que a mí me gusta – como si fuera angloparlante – llamar hemorroides (ya que eso significa piles en inglés) y me hace mucha gracia pensar que seguramente aún hay algún estudiante de Waterville (Maine) que todavía recuerde algo estupefacto a aquel profesor que indudablemente no solo debía de tener serios problemas de hemorroides si no que estaba orgulloso de ellos, o bien debía pertenecer a un grupo de apoyo de orgullosos enfermos hemorroidales, ya que se presentaba a algunas clases con una camiseta que en letras grandes decía, para ellos, en su idioma: “Hemorroides” junto con un dibujo semi-fálico de la torre de Piles.

Sí, yo entiendo su estupefacción ya que tener hemorroides no parece la típica cosa de la que presumir, o hacer bandera – menos con un símbolo fálico que parece aportar una causa homosexual para tener las mismas – pero ellos que podían saber de nuestras bárbaras costumbres hispánicas, por mucho que un día, que el ya mentado profesor, se levantó con una resaca entre bastante digna y monstruosa se llevó a clase como sustitutos, para no tener que hablar y demostrar la magnitud de su resaca, a dos ilustres visitantes : Barcina y yo, con la intención principal de dormitar en el aula mientras los visitantes les explicaban cosas de España y sus impresiones de Maine, de los Estados Unidos en general, y con la intención adicional de no tener que pensar un tema para una de las redacciones obligatorias que debían hacer sus alumnos (“impresiones sobre los visitantes” es un tema tan bueno como “mi último verano”, o incluso mejor) como parte de su currículo académico, y que él debía corregir para nota y para cumplir con sus obligaciones docentes.

Obviamente en su estado de pereza resacosa, compartida, todo sea dicho, con la de los  visitantes, compartió parte del arduo trabajo de corrección de las redacciones con nosotros por lo que los tres pasamos unas horas realmente divertidas leyendo los mejores pasajes de cada redacción, si bien los sujetos de las redacciones nos quedamos verdaderamente sorprendidos – tan estupefactos como ellos con la camiseta del profesor – de las majaderas conclusiones que habían sacado tanto de nuestro aspecto como de nuestras palabras y opiniones lo que nos hizo pasar unos momentos de increíble incredulidad y casi nos llevó a replantearnos algún cambio estético, que no de opinión. Pero divago, ya, si eso, os lo cuento otro día.

Volviendo a Piles y a lo que quería contar: No recuerdo a que edad aprendí a montar en bicicleta (entendiendo por aprender a montar en bicicleta el momento en que mis padres le quitaron los ruedines a mi bicicleta y yo empecé a caerme y a destrozarme las rodillas, las piernas y los codos contra casi todas las superficies imaginables: asfalto, tierra, hormigón, grava, césped, matojos, agua e incluso hielo) y tampoco tengo muy claro cuando aprendí a montar en monopatín (en Sancheski que es como lo llamábamos entonces desconociendo que el nombre venia de la mezcla de los hermanos Sánchez con el Ski que es a lo que originariamente se dedicaban: a fabricar tablas de Ski) estoy convencido de que fue bastante tarde y casi seguro que fue después de los seis años, la edad que tiene ahora mi sobrina Alicia (el monopatín seguro porque no creo que llegara a España hasta mediados de los setenta y dudo que yo fuera un “early adpoter”, aunque quien sabe igual lo era que yo siempre he sido rarito, rarito a la par que un impulsor de tendencias)

Es verdad que ahora hay una tendencia – bastante incomprensible para mí – a que los niños aprendan todo lo relacionado con los deportes (y con otros conocimientos inútiles para un niño, como, digamos, la alta cocina o la moda) lo antes posible y no resulta raro ver a niños de escasa edad haciendo todo tipo de salvajadas con todo tipo de medios de locomoción por lo que entiendo que existe una cierta presión social en los niños (también en los padres) para que sus hijos aprendan a desplazarse en distintos aparatos cuanto antes. Puede que esto, la idea de proporcionar movilidad adicional a los pequeños retoños, tenga que ver con las ganas de los padres de perderles de vista o de que sean independientes (esto de la independencia lo dudo ya que luego tienen miedo de dejar que se alejen de ellos por su propio pie por si algún psicópata fuera a secuestrarlos o algo así, como si siguieran formando parte de una serie de televisión tipo Mentes Criminales) también puede que tenga que ver con esta ansia por que aprendan muy pronto el que quieran (los padres) que lleguen a ser campeones olímpicos, o mundiales o interestelares o quien sabe que, y que de esta forma tenga una profesión bien remunerada (aunque esto solo lo consigan muy pocos o casi ninguno) y no solo se forren ellos si no que con un poco de suerte les proporcionen un tranquilo retiro a sus progenitores que se volcaron en que aprendieran esa profesión (seguramente en un pasado re imaginado por ellos mismos, tras muchos esfuerzos por su parte, la de los progenitores se entiende); o igual tan solo es que gracias la accesibilidad del video es tan divertido ver como los pequeños retoños se estrellan de formas a cada cual más graciosa e inverosímil, y  incluso más divertido compartirlo con el mundo para avergonzar a su retoño y conservarlo para la posteridad. No sé, no sé porque estas prisas con estas cosas y tanta calma con otras cosas más importantes pero, divago otra vez.

El caso es que mi sobrina (Alicia, se entiende. Si, sé que tengo otras dos, casi tres, sobrinas y que debería especificar más, pero las otras, son otras historias, cada una la suya) este verano a sus seis años de edad quería aprender a montar tanto en bicicleta como en monopatín y me ha correspondido a mí el honor de encargarme (en parte, o en principio) de esta faceta de su educación vial.

¿Por qué me ha correspondido este honor os preguntareis? Podría decir que es porque se montar en los dos apartados elegidos por Alicia para destrozarse las rodillas y llenarse de heridas las partes blandas, con mala suerte incluso alguna dura, de su cuerpo; incluso podría pensar que se debe a mis anteriores éxitos enseñando a conducir a algunos de mis hermanos; aunque también podría ser por mi dilatada experiencia docente y mi proverbial paciencia (a la altura de mi hieratismo) o, más probablemente a que era la única persona disponible en las cercanías en ese momento. Parémonos a reflexionar un momento en las posibilidades.

¿Conocimiento del medio (locomotor, se entiende?

Totalmente cierto en cuanto a la bicicleta. Si bien no tengo recuerdos de mi de muy pequeño, digamos a los seis años de Alicia, montando en bicicleta (si recuerdo con, digamos, nostalgia, un tractor rojo de plástico con pedales que había en Játiva que debe corresponderse con esa edad) por lo que no tengo esa imagen verano azul con la que todos nos imaginamos de pequeños, pese a que, es verdad que mis primeros recuerdos de montar en bicicleta son de los veranos que pasamos en Camorritos (en la sierra de Madrid), especialmente de una cuesta que tenía una curva que la hacía prácticamente imposible de bajar sin acabar empotrado en el suelo y que subirla era para un niño de mi edad, nueve o diez años diría, como escalar, y coronar, la etapa reina de la vuelta ciclista, del giro o del tour (lo que sea más duro sea lo que sea, que mi cultura ciclista no llega a saber esto). Al final a base de subirla una y otra vez, no solo conseguí unos gemelos envidiables, sino que también conseguí dominarla, al bajar, pero como cantaba aquel “I got the scars to prove it”.

Unos pocos años después la bicicleta se convirtió en mi medio de transporte favorito – único, si excluimos el coche de San Fernando – y debería añadir que en un excelente medio de financiación para ciertas actividades que no es necesario detallar ahora, ya que mis padres nos daban a cada hermano un bono-bus semanal para que fuéramos y volviéramos a clase (10 viajes, once o doce si sabias aprovecharlo y hacías un poco de trampa) que como yo no gastaba pues acababa revendiendo a conocidos (emprendedor que siempre ha sido uno).

Fue mi medio de transporte hasta que (primero) un segundo atropello por un coche (ya había tenido uno pero no fue relevante), en la calle Princesa dejo mi bici muy tocada y me obligo a llevarla a rastras hasta casa (Nicasio Gallego) al parecer sangrando de una brecha en la cabeza (que todo sea dicho, yo no había notado) y con el dedo menique del pie derecho dolorido e hinchado, lo que no solo hizo que mi madre me echara una bronca monumental si no que se empeñara en llevarme al hospital para que me dieran puntos y certificaran, los médicos siempre molestando y de parte de los adultos, que efectivamente me había roto el dedo (algo que, según algunos miembros de mi familia, certificaba también que yo era un tarado, un animal, o más probablemente, incluso, un animal tarado, por haber ido andando hasta casa en lugar de irme yo solo al hospital – que ya tenía edad – y eso que les oculte que antes de ir a casa me tome un par de cañas con el conductor que me atropello ya que el pobre se sentía muy mal, incluso antes de que yo le dejara peor ante mi familia como autor de un hit and run, dando a entender que probablemente incluso estaba DUI, y porque en mi experiencia de accidentes – significativa – resulta básico tomarse unas cañas después de un accidente, a ser posible con todas la partes implicadas como si se tratara de un “tercer tiempo” de un partido de rugby).

Después de este accidente, un mes después o así – los que tardaron en arreglar mi bici, a la que hubo que volver a soldar el cuadro, y en curarse mi dedo meñique, ya que con la escayola era imposible no ya montar en bici si no casi andar – cuando, pedaleando enérgicamente para ir a la universidad, volcando mi peso sobre manillar y pedales como un autentico, o ficticio, profesional, para subir la rampa del garaje la bicicleta decidió partirse por la mitad (no la soldadura que había hecho para mí el viejecito que arreglaba bicicletas en la plaza de Olavide, que resistió, sí no dos de las barras del cuadro) y yo acabe con un precioso semi-tatuaje del manillar en el plexo solar (calculo yo que seria) con el detalle de las manetas e incluso de la sujeción de la bocina y de la cesta que llevaba y, lamentablemente con dos mitades de una bicicleta que ya no permitían arreglo alguno.

Como no estaba para pasarme al monociclo, opción ni planteable, y tenía bastante más interés en conseguir una guitarra eléctrica – acumulando mis regalos de cumpleaños, navidad, santo y varios – que en tener otra bicicleta pues deje de montar en bicicleta algo que redujo mi capacidad financiera (temporalmente, he de decir ya que siempre hay formas de conseguir dinero para un buen emprendedor. Mira si no a Bárcenas).

Con un currículo como este, que incluye un par de accidentes de relativa importancia, puede que no debiera ser considerado como una buena opción para enseñar a montar en bicicleta a nadie (menos a una sobrina de seis años) pero también hay que tener en cuenta que pese a todos mis años (pocos) y kilómetros urbanos (muchos) montando en bicicleta solo he tenido esa mínima fractura de meñique y menos de una decena de puntos en una ceja, lo que no es un mal promedio y creo que podría cualificarme ya que mucha gente se ha roto muchas más cosas haciendo mucho menos.

Más discutible pueden ser mis cualificaciones para enseñar a montar en skate ya que yo soy anterior al propio termino skate, siendo yo más de monopatín, o incluso directamente de Sancheski, que de lo que viene siendo skate como tal pero la verdad es que la tecnología y la practica básica no han cambiado mucho y estoy casi seguro que un piloto de autogiros está más cualificado que muchos de nosotros para pilotar un helicóptero (aunque yo no me subiría a ese helicóptero) o por lo menos para enseñar los principios básicos.

Supongo que yo empecé a montar en monopatín cuando tenía unos doce o trece años, lo supongo principalmente porque creo que antes no existía (o no era conocido, habitual, el juguete que todos los niños queríamos) y porque mis recuerdos son de estar en el colegio de la calle Guadiana y aprovechar para practicar, además del patio asfaltado del colegio (seguramente asfaltado para que no hiciéramos el salvaje, o más bien para que al hacerlo sufriéramos las consecuencias ya que aunque mi colegio era laico, creían firmemente en eso de que “En el pecado llevas la penitencia”) y sobre todo bajando las cuestas de El Viso (si, pijazo que era uno en aquellos días pre-pijos).

Monte pocos años y nunca me dio por hacer “trucos” así que poco tengo que enseñar sobre el uso acrobático del monopatín (o del skate), que seguramente es la parte que más mola, yo solo puedo enseñarle la parte de disfrutar de ir en la dirección correcta (incluso a velocidad excesiva), saber cambiar de dirección a voluntad, y saber frenar sin caerse y dejarse los dientes en la superficie, generalmente, dura en la que inevitablemente uno acaba estrellándose de vez en cuando, vamos, lo que vienen siendo los rudimentos básicos (suficientes para empezar).

Durante ese par de años la verdad es que monte mucho en monopatín, montaba mucho y a veces de una forma un poco bruta (tenía muchos menos años) por lo que tuve que aprender a arreglar el monopatín con repuestos no oficiales (que ya entonces eran carísimos y mi presupuesto era limitado y necesario para otras aficiones como las palmeras de chocolate o glaseadas. Estas últimas, solo de Garcés) desmontando ruedas, cambiando los cojinetes que traían (tuve dos monopatines: un Sancheski de plástico naranja y luego uno de madera con lija para sujetar mejor los pies en la tabla. Lo que en aquel momento era casi un monopatín profesional) por cojinetes especiales que compraba en una tienda de material industrial que había en Bárbara de Braganza y que prácticamente, comparativamente, eran regalados (a cambio, como si fuera Ikea, llevaba mucho más trabajo).

No deje de montar en monopatín porque me aburriera, porque dejara de gustarme, porque madurara o porque tuviera un accidente importante. Bueno, en cierta medida, si tenemos un concepto amplio de accidente, podríamos decir que si, que lo deje por un accidente. Me explico.

El caso es que un día estaba montando por la Castellana de camino a casa desde el colegio, ya casi llegando a Colon, cuando un grupito de chavalines (de mi edad o posiblemente un poco mayores, y en número de tres o cuatro) hicieron que me cayera a propósito con intención de robarme el monopatín. Bueno, este era su plan y más o menos se desarrollaba adecuadamente: yo me había caído del monopatín al cruzarse ellos en mi camino; mientras yo me levantaba uno de ellos cogió mi monopatín, sus colegas empezaron a juntarse a su alrededor y a decirme que me fuera, que ahora el monopatín era suyo. Entiendo que su plan iba como lo habían trazado en su  mente y que ya tan solo quedaba que yo me marchara de allí (a ser posible llorando para redondear la imagen de su plan) para que ellos se pusieran a jugar con mi monopatín, felices cual perdices. No era mal plan, lo reconozco: era sencillo y tenía la seguridad que dan los números pero, ya digo, a veces ocurren accidentes.

En este caso el accidente consistió en que a mí se me cruzaron los cables, arranque el monopatín de las manos del chavalín que lo tenía y le atice en toda la cara con el mismo en un gesto puramente accidental, tan accidental fue el gesto que le rompí la tabla de madera en plena cara (puede que incluso la cara, aunque nunca lo supe) lo que causo un cierto caos entre sus compañeros (o compinches) y un gran estupor en mí ya que acababa de quedarme sin monopatín que era precisamente lo que había querido evitar. Ya digo, un accidente, un accidente que me obligo a subir andando hasta Alonso Martínez (algo que de todas forma pensaba hacer ya que subir Génova patinado no era una opción, demasiada pendiente para un chaval tranquilo como yo) y que me dejo sin monopatín (además de con el pequeño problema de explicar a mis padres que había pasado con el monopatín, algo que fue tan fácil como contarles el plan original – pre accidente – de los chavalines, como este estaba pensado en sus cerebrillos).

Así que me quede sin monopatín antes de aprender a hacer trucos con él, lo que acabo con mi prometedora carrera de skater y dejo, de por vida, muy reducida mi capacidad para enseñar a mi sobrina el uso del skate.

Resumiendo que yo diría que cuento con el conocimiento del medio suficiente para que este sea el motivo de la elección como entrenador/docente de mi sobrina, en ambos medios, pero esto puede ser algo discutible por los accidentes. Así que no está claro que este sea el motivo, la motivación para que sea yo quien enseñe a mi sobrina.

¿Éxitos anteriores en educación vial?

A mí me enseñó a conducir mi padre (con ayuda de la inevitable y obligatoria autoescuela), me enseño tarde para los cánones de la época, que prácticamente exigían que tu primera actividad al cumplir los dieciocho años fuera la de sacarte el carnet de conducir, como si viviéramos en una urbanización de película americana y el coche, saber conducir, fuera algo absolutamente necesario para poder recorrer las llanuras de cereales que separan nuestros ranchos, o nuestras casas con jardín, de nuestro High School, o como si tuviéramos que ir a un mirador para tener nuestros primeros escarceos sexuales en la parte de atrás de un Trans-Am o de un Corvette, o como si todos contáramos con un garaje en el que arreglar un coche, montar una empresa tecnológica o ensayar con nuestro grupo de rock.

No sé, es posible que la mayoría de las personas de mi generación tuvieran este tipo de problemas y necesitaran aprender a conducir lo antes posible, pero nosotros vivíamos en el centro, íbamos al colegio en autobús, andando, en bicicleta, o en monopatín; teníamos nuestros primeros escarceos sexuales en las partes más oscuras de los bares, en los cines, en los parques, o en cualquier sitio en el que pudiéramos; y aunque teníamos una plaza de garaje en la que aparcar el coche entre el resto de coches de los vecinos, e incluso si alguien venía a verte y tenías que invadir la plaza de un vecino podías hacerlo temporalmente dejándole una cariñosa nota pidiendo perdón anticipadamente, pero de ponerse en el garaje a reparar uno o más coches, montar una empresa tecnológica o ensayar con tu grupo podías ir olvidándote. Así que ni yo, ni nadie de mi familia (salvo tal vez Columna, que no sé cuándo o como aprendió) teníamos especial interés por empezar a conducir y yo espere hasta tener veinte años para sacarme el carnet de conducir y solo lo hice porque Santo Domingo, donde Jaco tenia casa, quedaba lejos y aunque se podía ir en autobús y el viaje de ida, normalmente a altas horas de la noche era divertido ya que nos juntábamos lo mejor de varios mundos (si, había algún extraterrestre. Estoy convencido de ello) la vuelta a Madrid tras, o más habitualmente con, una nada desdeñable resaca era realmente insufrible para un simple ser humano.

Pese a sacarme el carnet de conducir tarde, fui prácticamente el primero de mis hermanos en sacármelo, con bastante diferencia (salvo tal vez Columna que ya no estaba en casa) algo que mi padre aprovecho para delegar en mi la tarea de enseñar al resto de mis hermanos a conducir o por lo menos a complementar lo aprendido en la autoescuela con las lecciones adicionales de los sábados por la tarde y los domingos por la mañana o por la tarde en el aparcamiento de Caminos. Estoy casi seguro que delego en mí, más que por mis demostradas habilidades para conducir por poderse quedar tranquilamente en casa durmiendo la película de las cuatro de la tarde o durmiendo cualquier otra cosa que pusieran en la televisión.

El caso es que, por los motivos que fueran, me tocó a mí la tarea de pasar las tardes de sábados y/o las mañanas y/oo tardes de los domingos domingos jugándome la vida en un Talbot Solara (tipo Stasrky y Hutch: rojo pero con la capota negra) en el aparcamiento de Caminos y por gran parte de la ciudad universitaria para que mi hermano y dos de mis hermanas aprendieran a conducir (con la ayuda de la autoescuela, obviamente. Lo mío tan solo eran unas clases de apoyo, no eran ni de recuperación, ya que aún no habían suspendido, ni mucho menos de perfeccionamiento, que de eso mejor no hablar).

En cualquier caso, con mi colaboración (seguramente no decisiva) mis dos hermanas aprobaron el carnet de conducir, incluido el examen práctico se entiende, por lo que teóricamente pueden conducir. De las dos, una lo hace regularmente, en el sentido de con frecuencia, no en de la forma de conducir que – como sé que me lee – clasificare de excelente; la otra creo que ha conducido un par de veces (como mucho) y que actualmente tiene el carnet como decoración y seguramente sin renovar.

Así que aunque puede que solo una de ellas conduzca en la actualidad pero las dos aprobaron el carnet, que entiendo no les regalaron como se lo regalaron a mi madre en Colombia – textualmente, en su caso – por lo que la única vez que se sentó detrás del volante de un coche, un Land-Rover, lo estrello contra el porche de la casa en un tiempo record, lo que viene siendo instantáneamente; pero  si eso,  ya hablaremos de ello otro día.

Mi hermano – mi primer alumno – no tiene carnet de conducir pero no porque yo no consiguiera enseñarle a conducir si no porque entonces vivía en estados unidos – donde sí consiguió sacarse el carnet – pero al volver pasó de convalidar su carnet americano por el español en el plazo legalmente estipulado y se quedó sin carnet.

Como Rafa fue mi primer alumno en esto de conducir es al que más recuerdo haberle ensañado cosas básicas como como sentarse (sin mucho acierto como puede verse por su excesivamente atenta, casi forzada, postura. Aunque en su descargo diré que igual no era por conducir y era solo eso que le pasa, que cuando  huele una cámara tiene que ponerse a posar, o a lo que el piensa que es posar); donde y cuando mirar o como usar los espejos retrovisores.



Esto último, lo de los espejos, nos costó un poco más de lo normal y fue algo que provoco su primer accidente al pedirle yo que diera marcha atrás (sabiendo que había un árbol detrás, en su inevitable trayectoria), y él me hizo caso como un obediente padawan, o un marine americano destinado en Guantánamo, pero, a la española, es decir sin mirar por los espejos hasta que empotro el coche contra el árbol. “No, la fuerza no es intensa en él”, que diría alguno. Fue entonces, solo entonces, al oír ese sonido característico- casi como el de un AK-47, que diría otro– cuando se dio cuenta de que allí, y antes que el coche, estaba el árbol, de que debía haber mirado por el espejo retrovisor al menos una vez para ver si el árbol pensaba o no moverse (algo cuando menos dudoso, salvo para los mayores fanáticos de Tolkien o de Shakespeare), y de que se había estrellado por primera vez (y esperemos que por última vez). Tengo mis dudas de si también fue en ese preciso momento cuando se dio cuenta de mi tranquilidad – cuasi zen – de mi sangre fría e infinita paciencia – comparable solo a mi hieratismo – o si más bien se dio cuenta de lo #*$&Z%$ que era su hermano pequeño, o si bien esto último ya lo sabía de antes y tampoco le sorprendió (o no le sorprendió tanto como que el árbol siguiera allí, cual dinosaurio en un micro relato).

Además Rafa tenia necesidades especiales (no, cabroncetes, no lo sigo en ese sentido) si no que como él no iba a ir a la autoescuela si no que iba a sacarse el carnet en estados unidos, donde se puede conducir acompañado sin carnet para practicar, necesitaba aprender a moverse no solo por el aparcamiento y las proximidades si no que debía salir a la calle. Obviamente esto era un tema espinoso al que estaba reticente ya que – normal – le parecía una salvajada que con unas leccioncillas mías pudiera meterse entre otros coches, parar en los semáforos y en fin lo que viene siendo conducir y siempre que se lo proponía decía “dentro de un rato, el próximo día”.

Al final un día sin darle importancia, aprovechando su intensa concentración mientras conducía, le dije que en lugar de seguir recto de una zona del aparcamiento a la otra, girara a la izquierda, y sin el darse cuenta salimos a la calle que hay enfrente de Caminos. Como no había tráfico e iba totalmente concentrado (en solo él sabe que, porque en lo de la conducción parece que no del todo) seguimos hasta la rotonda de la avenida de la complutense donde al tener que parar en el semáforo, con otros coches, empezó a darse cuenta de que algo no iba del todo bien, que habíamos salido del aparcamiento. Le dije que sí, que nos habíamos despistado pero que no pasaba nada, que hiciera tranquilamente la media rotonda a la izquierda y que volvíamos al aparcamiento. Pero claro, como conductor novato, él no sabía que desde allí solo se podía enfilar la avenida de la complutense (quien lo hubiera supuesto) por lo que había de rodear todos los campos de deportes que hay allí, el paraninfo creo que es el nombre técnico, por una vía con sus buenos dos o tres carriles y con cierto tráfico por lo que se puso a la derecha y al final de la avenida de la complutense cogió lo que le parecía era una desviación pequeña donde estaba convencido que podríamos parar y  cambiar de conductor que el ya no podía más, que había tenido suficiente. Sin problema por mi parte, me parecía bien que cogiera ese desvío y en cuanto pudiera, parábamos y cambiábamos, eso le dije y se tranquilizó.

Ya digo: a mí me parecía muy bien lo que proponía, pero por razones distintas a las suyas: puede que fuera por hacerle compartir uno de mis lemas, ese de “Nunca entres en un sitio del que no sepas como salir”, que obviamente no era uno de sus lemas, ya que no sabía dónde se metía: el camino que el proponía tomar nos llevaba directamente y sin posibilidad de parar a la carretera de la Dehesa de la Villa y desde allí al túnel de Sinesio Delgado sin solución de continuidad (por decir algo técnico); o puede que solamente fuera por que se le quitara un poco el miedo al tráfico; quien sabe las razones de las cosas.

El caso es que me parecía estupenda su elección, mucho mejor que dar la vuelta al paraninfo y volver a Caminos. Más educativa, digamos y además la había propuesto él y era mi hermano mayor (siempre hay que tener un poco de respeto a la edad, o a las canas aunque aún no fuera el caso).

Cuando empezó a darse cuenta de en qué se había metido creo que se pensó muy seriamente parar en mitad de donde estaba sin importarle ya nada, o como plan alternativo, o complementario, asesinar a su hermano, imagino que sintiendo que tenía mayor justificación moral que la del Caín original.

 El caso es que al final no hizo ninguna de las dos cosas si no que siguió conduciendo con cuidado y lo hizo bastante bien, lo suficientemente bien como para incluir este paseo en nuestro itinerario habitual e incluso llegar más lejos (no diré hasta donde porque no estoy seguro de que sea un delito que haya caducado) entre el tráfico en los siguientes días.

Yo diría que Rafa aprendió a conducir, incluso diría más (como Hernández o Fernández) que conseguí enseñarle a conducir. Así que lo mires como lo mires: tres de tres que no está mal y es algo que que diría que me cualifica como profesor de circulación.

Vale, si lo miras de otra forma igual no estoy cualificado ya que ahora solo conduce uno de mis tres alumnos y para empeorar las cosas he de reconocer que la vez que más cerca he estado de morir en accidente de tráfico (como contexto diré que esto lo dice alguien que ha tenido tres siniestros totales) fue precisamente con Rafa al volante.

Fue en una incorporación a una autopista en Long Island, en la que entramos tan rápido y metiéndonos directamente en el carril del medio que el conductor del coche que casi nos aplasta (por meternos prácticamente a ciegas en su carril) se bajó del coche con intención de darle una paliza a Rafa, podríamos decir (si no odiáramos la violencia) que con toda la razón del mundo ya que casi lo mata,  por lo que había hecho pero en cuanto se dio cuenta de que acababa (él y nosotros) de salvar la vida milagrosamente y que además Rafa estaba de acuerdo, se quedó bloqueado, se calló, volvió a su coche y se marchó prácticamente sin una sola palabra pero seguramente murmurando plegarias al dios o dioses que acabaran de salvar su vida (dudo que rezara por nosotros, pero nunca se sabe). Nosotros por nuestra parte, nos fumamos un pitillo en el arcén y puede que incluso cambiáramos de conductor, aunque no lo creo.

Vistas así las cosas, pues puede que realmente tampoco esté capacitado y que este tampoco sea el motivo, la motivación, para que sea yo quien enseñe a mi sobrina.

¿Experiencia docente?

Bueno, mi experiencia docente es un hecho objetivo, que si la midiéramos en horas de clase, como profesor, seria escandalosamente elevada ya que ha habido años en los que daba más de cuatro horas de clase, cinco días a la semana, y eso sin considerar las conferencias o clases magistrales que he dado para entidades de razonable prestigio, que no han sido pocas.

Es verdad que en la mayoría de los cursos que he dado la gente venía parcialmente obligada ya que eran cursos para parados (si, como los de los escándalos de corrupción andaluces; de esos mismos; pero con otros organismos y dando los cursos, que es más difícil, o por lo menos mas cansado) o de reinserción para presidiarios y que no les hacíamos evaluaciones ya que el único baremo que había para conseguir el título final del curso era el haber acudido con suficiente asiduidad a clase, aunque uno no se hubiera enterado de nada.

Por supuesto que parece más honrado medir la experiencia docente, más que por las horas, por la capacidad para transmitir lo que se quiere enseñar ya que en esto de la experiencia pasa como con muchas cosas, como por ejemplo con la suerte que uno puede tener mucha suerte, pero si toda es mala pues casi mejor tener poca ¿no?

En cualquier caso mi vanidad, posiblemente otra de esas cualidades de mi personalidad que supera a mi hieratismo, y el hecho de haberme encontrado después, en el ámbito profesional (lo que ya es una pequeña señal. Por lo menos no cambiaron de ámbito profesional), con antiguos alumnos míos me hace pensar que mal, mal no debí hacerlo y lo digo sin necesidad de recurrir a las, más que probables, mentiras que los muy bellacos (y bellacas) me han dicho sobre que aprendieron mucho y que yo era uno de sus profesores favoritos. Lo que me hace sentirme cualificado.

Sin embargo el único curso en el que yo tuve que evaluar a mis alumnos, lo que habían aprendido de lo que yo había intentado enseñarles, arrojo unos resultados sumamente decepcionantes. Tan decepcionantes que por las presiones de la dirección del curso, del organismo dentro del que se impartía, tuve que repetir el examen que les había puesto (que era fácil y de mínimos) ya que de unos treinta alumnos ni siendo, no ya generoso si no magnánimo, solo un par de ellos parecían haber aprendido lo suficiente para acercarse al aprobado. Vamos, que ninguno había aprendido nada de lo que les había enseñado, teniendo el listón bajo, muy bajo. Solo cuando como si fueran las cinco de la mañana en un bar y te ves obligado no ya a bajar el listón, si no a tirarlo y ya lo buscaras otro día, y les repetí el examen conseguí un nivel de aprobados que la dirección del curso considero como aceptable. Lo que yo diría que no indica una buena experiencia docente.

Vistas así las cosas, pues puede que realmente tampoco esté capacitado y que este tampoco sea el motivo, la motivación para que sea yo quien enseñe a mi sobrina.

Así puestas las cosas parece evidente que el único motivo indiscutible para honrarme con la tarea de enseñar a montar a mi sobrina en diferentes medios de transporte se debe, casi seguro, a que era la única persona disponible en las cercanías en ese momento.

Que todo sea dicho a mí me parece una razón tan buena como cualquier otra pero que puede explicar porque de momento no he conseguido que deje de mirar a su cámara cenital y comprobar lo elegante y guapa que está aprendiendo a montar y empiece a  intentar aprender a montar. Eso o igual es simplemente que todavía es un poco pequeña para aprender estas cosas por mucha presión social que exista.

Estoy seguro de que en algún momento, cuando de verdad le apetezca y no cuando crea que tiene que hacerlo, querrá aprender y espero ser la única persona disponible en las cercanías para intentar enseñarle y si no lo consigo pues ya está explicado porque probablemente será más culpa mía que suya.

Y si no le apetece de verdad pues no aprenderá (a todos nos quedan muchas cosas por aprender). Montar en bicicleta, en monopatín, en Skate o en Longboard realmente no tiene ninguna importancia, salvo la que ella quiera darle, y hay miles de cosas, para mi mucho más importantes, en las que supera a sus coetáneos o contemporáneos o lo que sean los niños de seis años (además de en la altura, que tampoco es importante).


sábado, 6 de agosto de 2016

Comentario de textos Julio 2016

Todo presagia que hoy será un día extraño.

Por una parte la propia fecha que, al igual que para casi la totalidad de los japoneses, aunque por motivos diferentes, representa en cierta medida mi Hiroshima personal y siempre me crea cierto desasosiego, acompañado de una casi ineludible tendencia a emborracharme hasta perder la conciencia, de brindar cientos de veces con un “Contra Mundum” compartido, que me veo obligado a evitar ya que siempre he mantenido la teoría de que uno solo debe beber cuando esta alegre y nunca cuando tiene problemas o se encuentra bajo de moral: uno solo debe beber porque le apetece pasárselo bien, no cuando quiere encontrarse mejor, que sería aplicable a cuando uno lo esa pasando mal y en esos casos, a menos que sea inevitable, creo que no es la mejor opción (aunque, obviamente, tampoco es la peor). A una parte de mi le gustaría escribir, en plan terapia, sobre mi Hiroshima personal (tal vez sería más apropiado decir mi Nagasaki ya que aunque los hechos coincidieron con un aniversario de Hiroshima yo no supe desde ellos hasta el aniversario de Nagasaki), pero otra parte, mayoritaria de momento, sabe que aún no estoy preparado – puede que nunca llegue a estarlo –, sabe que no sabría ni cómo ni por dónde empezar a contar esa historia y me basta con hacer esta pequeña pausa para decirme a mí mismo, puede que incluso a algún otro lector que sepa lo que significa la fecha, que hoy es un día triste, que siempre lo será, y que el tiempo ni borra el recuerdo de la perdida ni atenúa el dolor de la misma.

Por otra parte es uno de esos días en los que me he levantado consciente de que empieza un fin de semana y de que no tengo nada que leer (ayer, con dificultad, he de reconocer, me acabe el último libro que tenía), que mis libreros de la calle mayor, los de la Librería Méndez, se han marchado de vacaciones (merecidas, sin lugar a dudas) y que mi librería de referencia, la Librería Fuenfría de Cercedilla, no solo sigue a la misma distancia que otros días si no que de momento no se ha perfeccionado ningún medio de transporte que pueda llevarte cómodamente (y traerte de vuelta) en un sábado caluroso de verano para hacer el acopio necesario. Así que posiblemente, si no hoy, mañana, me vea obligado a cometer una nueva traición, que sumar a otras ya cometidas.

Además, aquí estoy a primeros de mes, intentando cumplir con mi “compromiso” de comentar textos muchos de los cuales he leído en los días que he pasado en Piles (sí, me he vuelto a ir unos días aprovechando que no solo no tenemos gobierno si no que parece que, aunque no tenga nada que ver, apenas si hay trabajo en la licitación pública) y que por compartir con los futuros visitantes he dejado allí lo que hace que para estos comentarios solo cuente con las notas que tomo, con una caligrafía minúscula, en un cuadernillo que me regalo mi hermana Maite tras su visita laboral a Maceratta (bueno, laboral, laboral… no estoy seguro ya que si no recuerdo mal sus obligaciones laborales eran de un máximo de cinco horas… … ¡semanales!... lo que salvo para las estadísticas gubernamentales no puede considerarse un puesto de trabajo propiamente dicho) por lo que en gran medida dependo de mi memoria, algo que no parece una gran idea pero ¿Quién dijo miedo?.

He de reconocer que hay cosas que me inquietan mucho, que incluso me conturban, cosas a las que mi mente enferma les da una importancia que no tienen para nadie más (puede que incluso realmente no tengan ninguna importancia) pero no puedo evitarlo por lo que me veo obligado a comentar la inquietud que, tras su lectura, me provoca la elección de la palabra ataúd como parte del título de El ataúd de la novia ya que como indica una nota de la autora al final del libro (además de otras referencias a lo largo del libro) no se trata de un ataúd, sí no de un cofre, de “El cofre de la novia” que es el mueble en el que la novia debía guardar su ajuar. No digo que no entienda porque han cambiado cofre por ataúd en el titulo – es algo que resulta evidente – si no que me inquieta, me inquieta precisamente porque lo entiendo y no me parece que el vender unos cuantos ejemplares más, sobre la base de un malentendido, sea algo aceptable o perdonable. Incluso me inquieta más el cambio en el titulo ya que creo que sin ser una gran novela es lo suficientemente buena como para no requerir de estas artimañas publicitarias y menos por una editorial “seria” como Siruela.

La novela (los personajes de) investiga el asesinato de una niña, veinticinco años después de que ocurriera ya que parece que incluso las investigaciones por asesinato tienen plazo de prescripción lo que le permite hablar sobre esa manía de muchos padres de trasmitir sus obsesiones a sus hijos, forzándoles a intentar cumplir los sueños que ellos no consiguieron: “Porque perdonar a alguien que no cree haber hecho nada malo es una forma de dominación. Los niños deben de crecer a la luz de los adultos, no morir a su sombra.”; o también de cosas mucho más sencillas, cosas que ahora no pueden hacerse al parecer para no traumatizar a los niños pero que la simple observación de la realidad desmiente: “Eso no te lo crees ni tú , Roger. Que los que mienten desvían la mirada cuando hablan y todas esas chorradas. Es como pretender que en el deporte infantil no haya perdedores ni ganadores”; o incluso alguna más amplia

Así como la trampa en el titulo anterior me parece totalmente innecesaria y me enfada he de reconocer que la practica americana de poner en las ediciones de bolsillo el título del siguiente libro del autor siempre me ha parecido muy acertada (claro que requiere a) que la edición de bolsillo salga en un tiempo razonable y b) que el autor tenga el titulo ya listo para cuando sale la edición). Es una práctica que me gusta bastante, sobre todo en los autores que me gusta leer en ingles ya que no he de esperar a la traducción y de forma general acabo comprándome el libro en ingles por internet (lo que técnicamente no es una traición a mis librerías ya que ellas no tienen versión original) como en el caso de A time of Torment, otro Connolly de Charlie Parker.

Si el anterior Charlie Parker me había gustado especialmente, sobretodo porque el mal (o los malos) era más terrenal (unos nazis) en este el mal vuelve a ser una fuerza casi mística de esas de verdadera fantasía (aunque obviamente apoyada en personas  concretas: unos seguidores de un culto vikingo en un condado remoto de West Virginia – que es verdad que es una zona bastante asturiana, como todo tipo de mineros-dinamiteros locos –. Vikingos que, según el propio Connolly, llegaron hasta Córdoba en sus excursiones entre el mar Negro y el mar Caspio pero que yo no acabo de creerme ni siquiera en una obra de ficción).  Con todo a mí me ha gustado pero yo soy bastante fan de Connolly.

Resulta curioso que en un momento dado en esta novela también se trate el tema del lenguaje no verbal y su relación con mentir (aunque con más acierto que en la anterior): “All that stuff about people looking to the right when constructing untruths – or it might be the left; Parker could never remember, not that it mattered anyway – was so much mumbo jumbo: smoke from the pseudoscience of neurolinguistics programming. It was the pauses, or absence of them, that gave a liar away: either taking too much time to think, or not enough time at all”.

En cualquier caso siempre deja perlas que hacen que la lectura no solo sea entretenida si no algo más como esta sobre el propio-centrismo: “Every individual spends a lifetime trying to disprove Copernicus by placing him- or herself at the heart of existence, but a small core of diehards manages to turn it into an art”

Otro de mis escritores favoritos es Harris (por supuesto el otro Harris, no el conocido de todo el mundo por “El silencio de los corderos”, que uno es un intelectual y además de solo releer pues prefiere las caras B). Creo que de Harris me han gustado todas sus novelas y sí, creo que las he leído todas. Para mí, creo que para casi toda mi generación, la historia de Roma es conocida sobre todo por Yo, Claudio (y no, ahora no hablo de la novela de Graves – al que por supuesto he leído, perdón releído – si no de la serie televisiva, que uno es un intelectual –pero también veía la televisión de pequeño y de no tan pequeño; seguramente me ponga a ello cuando acabe estos comentarios) y sin embargo he de reconocer que la trilogía sobre Cicerón que acaba con Dictator me ha fascinado (aunque le sigo teniendo más cariño a Pompeii, que fue la primera que lei sobre Roma de Harris y que además va sobre un ingeniero hidráulico) y no solo la recomendaría (si recomendara libros) si no que tengo que acordarme de regalársela a mi amigo Anselmo C. Soto (pongo el nombre completo por si se busca en internet y lee esto me lo recuerde si se me olvida) al que, según una reciente conversación, parece encantarle la historia de Roma, mira tú por dónde.

La verdad es que me gustaría conocer su opinión – o la de cualquiera que sea algo de historia (yo de historia no sé nada y leo estos libros como ficción) – para ver si me puede aclarar si algunos conceptos que ahora se consideran “novedades-de-la-nueva-politica” realmente existían en aquella época ya que por ejemplo ya parecían existir los escraches aunque entonces se llamaban flagitatio ya que en palabras del ficticio Cicerón “… cuando el pueblo podía expresarse con libertad, la flagitatio era un derecho de los ciudadanos que deseaban quejarse pero eran demasiado pobres para acudir a los tribunales. Les permitía manifestarse ante la casa de aquel a quien consideraban responsable de su desgracia.”; o también el concepto de renta universal (si bien limitado a los ciudadanos de roma, aunque incluso yo que no sé nada de historia, se que no todos eran ciudadanos) ya que el ficticio Cicerón se vio obligado a revocar “… el privilegio según el cual todos los ciudadanos romanos tienen derecho al equivalente de al menos una barra de pan gratuita al día.”

El libro no trata solo de Cicerón si no que, obviamente, también trata de Cesar, Pompeyo y el resto de la tropa como Bruto, Casio, et alli. Para alegría, o tristeza, de mi alma ingenieril incluso menciona a Marco Mamurra, ingeniero hidráulico de campaña de Cesar, aunque adjudica sus méritos de ingeniería al propio Cesar: “Cesar poseía una gran habilidad para construir presas  en torno a los manantiales  y desviar las aguas (así esa como había llevado a buen término multitud de asedios en la Galia e Hispania, y como pensaba actuar contra nosotros. Tomo el control de los ríos y los arroyos que nacían en las montañas y sus ingenieros los detuvieron” estableciendo el hecho obvio de que el agua es un arma de guerra y el menos obvio (aunque perfectamente relatado en un libro que me regalo Rafa del que no recuerdo el título, ni el autor, ni tengo localizado; digo por si quieres volver a regalármelo) de que el nivel dictatorial de un pueblo o civilización es directamente proporcional a la magnitud de sus obra hidráulicas.

Además de la parte histórica esta la parte más cotidiana de la relaciones entre los personajes y como si bien Cicerón se siente halagado porque Cesar le haga una visita sorpresa en su villa, hasta que le avisan de que Cesar, siendo Cesar, no viene solo si no que le acompañan unos dos mil hombres (solo su guardia personal, es decir prácticamente, técnicamente, solo) a los que como buen anfitrión deberá de dar de comer como parte de la visita (algo que obviamente causa algunos problemas logísticos y que me recuerdo mucho un libro – creo que de Steinbeck – en el que se contaban parte de las aventuras del Rey Arturo desde el punto de vista del intendente del Rey y de cómo los torneos y otros eventos que organizaba el Rey para darse prestigio llevaban al reino prácticamente a la ruina).

Neil Gaiman es un tipo famoso (esto es indudable aunque no hayáis oído hablar de él); es famoso por ser uno de los guionistas de comics (tebeos) más conocidos y reconocidos, aunque también es conocido (sin llegar a ser famoso) por ser escritor. Uno (yo, por ejemplo) pensaría que es lo suficientemente conocido/famoso como para escribir lo que le apetece y que una recopilación de cuentos como Material Sensible sería una recopilación de cuentos (que lo es) que él ha elegido escribir. En este sentido resulta curioso encontrarse con una recopilación de cuentos escritos por distintos motivos, distintos de la propia voluntad y en su mayoría por encargo, para celebrar cosas como el aniversario de Ray Dradbury, de Conan Doyle o de David Bowie, e incluso una colección de cuentos para un calendario (uno para cada mes). La verdad es que no consigo decidir si es que Gaiman necesita mucho el dinero y se apunta a cualquier cosa que le ofrecen y que le pueda reportar unos durillos, o si por el contrario se trata de alguien de muy buen carácter y que participa en casi cualquier causa que le ofrezcan con un cuento o un poema (si, también hay un par de poemas por lo que el propio Gaiman advierte – casi pide perdón – al lector en el prólogo). Ni idea, no sabría decir, aunque me pregunto como seria un recopilatorio de cuentos de Rafa.

Como en todos los recopilatorios de cuentos los hay mejores y peores (desde buenos hasta malejos) pero curiosamente el cuento de octubre (el mes de mi cumpleaños, por si queréis ir pensando un regalo) es el que me ha gustado pese a ser una historia verdaderamente sencilla de una chica que encuentra un genio en una lámpara y no pide ningún deseo. Una hippiez absoluta, sin duda, pero igual por eso me ha gustado… el que tuvo, retuvo que dicen.


Nunca falta nadie parecía una novela con posibilidades en la que una chica deja su matrimonio y se marcha, así, sin avisar, a Nueva Zelanda, por aquello de cambiar de vida y reinventarse. La solapilla incluso se atreve a afirmar “tan divertida como una película de los hermanos Coen”. Solo diré una cosa: es verdad que los hermanos Coen ya no son lo que eran (ni siquiera la nostalgia es lo que era) y también es verdad que, como todo el mundo al cabo de un tiempo, tienen alguna película que no esa a la altura de su nombre pero esto es tomar el nombre de los hermanos Coen en vano. Diré una cosa más, por aquello de ser justo: no he conseguido acabármela, así que puede que las ultimas paginas sean incluso más divertidas que una película de los Coen pero las cuatro quintas partes primeras (para los de ciencias: el 80%; para los de letras: casi todo) son un truño y no he sonreído, por no hablar de reír, ni una sola vez.

Esta vez en mi visita a la librería Méndez he interactuado un poco más de lo habitual con el mayor de los hermanos (vale, sigo sin tener pruebas de que sean hermanos o de cuál es el mayor) y no se bien como acabamos hablando de las nuevas editoriales. Entre las que tenían allí estaba Periférica, editorial de la que, para escándalo del librero, no había comprado nunca nada. Así que por aquello de darle una oportunidad a la editorial le pedí que me recomendara algo y me recomendó La librería ambulante, que le parecía un libro excelente (además de otro que queda para el mes siguiente). Se trata de un buen libro, excelente puede que sea excesivo aunque en este caso el punto de vista es muy importante ya que como habréis adivinado por el título un librero vera más cosas, o las verá con más cariño, que un no librero. Un no librero vera una historia sencilla de una mujer (una hermana explotada) que cambia su vida en un momento dado y se va a intentar vender libros por la americana rural, vera un cuento majo; un librero seguramente vea un alegato fantástico a su propio trabajo repartiendo cultura a los más necesitados. Ambas visiones son correctas, pero yo no soy librero así que diré que es un buen cuento.

Otra de las editoriales nuevas es Libros del Asteroide, que yo había descubierto el mes pasado, y de la que mi librero me recomendó Canciones de amor a quemarropa, que pese al pésimo título (justificado, en parte, por ser el título del disco que hace que uno de los amigos de los que se cuenta la historia se haga famoso) se deja leer e incluso está bastante bien. Curiosamente, según la contraportada es la historia de cuatro amigos que viven en la americana rural; curiosamente digo porque realmente hay cinco personajes ya que también está una amiga de los cuatro (viven en un pueblo pequeño así que todos son amigos) que igual no aparece en la contraportada porque es la mujer de uno de ellos y, ya se sabe: las mujeres casadas no tienen identidad  aunque si tenga voz (capítulos propios en la novela).

También resulta curioso que de los cuatro amigos, tres alcanzan, en mayor o menor medida, en un momento u otro, la fama y el prestigio, de una u otra forma: uno es una estrella de los rodeos de joven; otro es un yuppie que se ha forrado con la bolsa; el tercero es el músico que se hace famoso. ¿Qué pasa con el cuarto? Efectivamente, el cuarto es el que está casado con la chica y su logro en la vida es precisamente este: el tener una vida familiar excelente.

Con todo, y con esto me refiero básicamente a esa apología solapada de la felicidad conyugal e incluso rural, el libro se deja leer y deja alguna frase antológica como cuando la chica va a marcharse de casa y habla con su madre, que en sus propias palabras: “me sentía como en una entrevista de trabajo, como si mi madre estuviera entrevistándome para un puesto recién creado, el de hija adulta”; o está sobre la tranquilidad, seguridad que da oir la voz de un amigo en un mal momento: “la voz de Henry – la voz de un viejo amigo – como esa pared que encuentras para poder orientarte en una habitación oscura y desconocida. El mundo sigue allí afuera. Real como un poste.”

La única pega que le pondría a La chica de california y otros cuentos, es que creo que cuento es una palabra excesiva, ya que más que cuentos son semblanzas, pequeñas columnas casi de cotilleo (real o ficticio) escritas por un periodista como reflejo de una época y de una sociedad. La época pues la de los años veinte y/o treinta, esa época en la que parece que todo el mundo (o todo el mundo que podía) se dedicaba básicamente a beber y al adulterio, algo que tampoco la hace única ya que parece que lo mismo sucedia en los cincuenta (americanos, sesenta españoles), o incluso en los sesenta y setenta. Vamos, prácticamente siempre hasta que nace el culto por la salud, que acaba eso de beber a todas horas y casi por cualquier motivo, o sin motivo (por no hablar de fumar) y hasta que el SIDA y un cierto cambio en las costumbres sociales – la no obligación del matrimonio – disminuyen aparentemente las prácticas adulteras o la institucionalización de las mismas.

Con todo es un libro entretenido y que ha resuelto una duda que llevaba años teniendo: ¿si prepandrial es un término (no muy utilizado, aunque para algunos una institución durante algunos años) para el aperitivo, para unos cocteles, antes de la cena, existiría el término postpandrial, y de ser así que significaría exactamente?. Duda resuelta, por uno de los protagonistas que: “comió en silencio y después de cenar echo mano a la botella de ginebra, según su costumbre pospandrial”.

Pues así, escribiendo se ha pasado la mañana de este día extraño y ahora me tomare una cerveza, mientras preparo la comida, brindando en soledad y “Contra mundum”.


El ataúd de la novia – Unni Lindell
A time of torment – John Connolly
Dictator – Richard Harris
Material sensible – Neil Gaiman
Nunca falta nadie – Catherine Lacey
La librería ambulante – Christopher Morley
Canciones de amor a quemarropa – Nickolas Butler

La chica de california y otros relatos – John O’Hara