martes, 7 de marzo de 2017

Comentario de textos - Febrero 2017

Hoy he decidido que voy a jubilar una de mis cazadoras. Ya, ya se, que dicho así – sin contexto – no parece algo que merezca ni un mínimo comentario por lo que supongo que me toca explicar que yo no suelo jubilar, tirar, ropa mí en general tampoco suelo tirar cosas.

En lugar de tirar cosa para renovar periódicamente mi vestuario o mi decoración, más bien me dejo llevar por el método que podríamos denominar “del bosque” en el que el ecosistema se renueva, y la continuidad del bosque se mantiene, por los incendios periódicos (bueno, en mi caso una combinación de incendios y mudanzas es lo que mantiene mi ecosistema) ya que al no contar los arboles con depredadores naturales (salvo en algunas zonas los castores) pues los arboles son prácticamente inmortales y allí se quedan envejeciendo el bosque. Esta teoría, la de los incendios como renovadores de los bosques, tiene cierto merito científico pero conviene recordar que no es conveniente llevarla al exceso en la práctica – dejando que el bosque se quede libremente sin control – ya que puede dar lugar al denominado efecto Yellowstone (que debe su nombre a aquella vez, a mediados de los ochenta, diría, en la que unos hippies consiguieron convencer al servicio de parques naturales de estados unidos de aplicarla, dejando que un incendio en el parque se descontrolara – ya lo controlaría la naturaleza, era la teoría – y no solo casi se quedan sin parque natural si no que estuvieron obligados a desalojar varias poblaciones vecinas.

En cualquier caso, ya toca deshacerme de esta cazadora que igual lleva conmigo algo más de diez años, puede que incluso quince y ya ha cumplido con creces su tarea de abrigarme en un par de continentes (podrían haber sido tres si los cincuenta días que pase en Vietnam no hubieran coincidido con la temporada de invierno en España, verano allí, y siendo yo algo más previsor que Aznar – que se presentó en Argentina en pleno verano bien abrigadito con el abrigo de alpaca que lucía al subirse al avión en el invierno Español – decidí dejarla en casa). En cualquier caso me cuesta deshacerme de ella ya que tras este tiempo ya la he adoptado como mi cazadora favorita y me encanta el aspecto de trabajador de un campo petrolífero de Nebraska que me proporciona, pero… así es la vida. A partir de mañana llevare mi nueva cazadora de cuero o una de mis cazadoras no oficiales de ingeniero de obra, hasta que empiece definitivamente la primavera (a la que parece que ya no le falta casi nada para llegar a los madriles).

(Nota: aquí debería ir una foto con mi cazadora pero...)

Pero a lo que íbamos… a las lecturas de este mes que como ya os avance el mes pasado, por aquello del trabajo, han sido escasas (el trabajo bien, por cierto; una vez superado el miedo escénico de volver a empezar a trabajar en serio no se dio mal. De hecho ahora mismo estoy otra vez empantanado con otro par de temas – además de con mi libro para el que no acabo de encontrar el tiempo por aquello de volver a intentar ganar dinero).

Para que no parezcan tan pocas voy a considerar como que he leído parte de The new Mammoth Book of Pulp Fiction, si bien solo me he leído cuatro cuentos de los treinta y tres que tiene.  La verdad es que el titulo ya habla por si mismo: se  trata de cuentos, o novelas cortas (vete tú a saber) típicas de crímenes, bajos fondos, detectives y esas cosas… en general de lo que en el mundo musical seria la cara b de un single de un grupo famoso pero en su edición japonesa o puede que norcoreana. Hay desde Dashell Hammet a McDonald (uno de ellos, no recuerdo cual – la portada dice que se trata de John D.) pasando por Jim Thompson y los cuatro que he leído son muy correctos, aunque no impresionantes. Por si os estáis preguntando porque no he leído más: he de confesar que me lo lleve a Piles aprovechando que uno de los viajes me obligaba a estar temprano por la mañana cerca de allí y decidí dejarlo para próximos viajes ya que tiene una letra infernal para leer cómodamente (algo esperable ya que me costó poco menos de seis dólares) pero que para los días que te quedas sin lectura en la playa puede ser muy útil tenerlo por allí.

Un día de estos, probablemente en noviembre o diciembre, le dedicare un post a Lindsay Hutton que es una de las pocas personas que consiguen reconciliarme con el mundo y que más que hacerme pensar “yo de mayor quiero ser como Lindsay”, me hacen pensar: “yo de mayor quiero ser Lindsay Hutton”, aunque la verdad es que no me gustaría tener que esperar a ser mayor para ser como él: me gustaría ser desde ya mismo tan buena persona como él. Estoy convencido de que es una de las pocas personas del mundo que cuando viaja lleva más equipaje, más suovenirs, en el viaje de ida que en el de vuelta. Me atrevería a afirmar que tiene que pagar exceso de equipaje cada vez que viene a Madrid y que vuelve con tan solo dos mudas sucias a su escocia natal.  

El caso es que en su último viaje trajo The Shoe, para mí un autor y un libro completamente desconocidos y que me atrevería a apostar que no gustara a los aficionados a la lectura no aficionados a la música pop ya que para que pudieran apreciarlo tendría que tener tantas notas a pie de página que parecería una edición crítica de Catedra que les explicaran que canción es “Holidays in the sun” y como, en qué contexto, los Sex Pistols se refieren a Mallorca (majorca en isleño británico) y no, digamos a la India, cuando cantan eso de “cheap holidays in other’s people misery” (bueno, vale, probablemente tendrían que explicarles, antes, a muchos lectores quienes son los Sex Pistols). A mi me ha parecido excelente y con una de esas grandes reflexiones sobre la música que merecen la pena anotar y repetir y que subscribo en su totalidad: “I always fail to understand why it is that popular music – pop music, rock music, call it what you will – is the only art form for which one’s appreciation is expected to diminish as one grows older. I simply cannot understand it. And if you know the answer, put it in a postcard and send it to that twerp”. O en lugar de una postal – que hoy en día es difícil encontrar un buzón – enviarme un comentario.

Pero no solo subscribo sus reflexiones musicales (algunas) si no que tambien muchas otras ya que coincido plenamente en lo de “If you choose televisión as your information supply then you limit your potential for understanding” aunque la actualizaría para incluir tweeter, facebook y en general – por desgracia – gran parte de lo que se ve en la red actualmente. Mira que algunos teníamos grandes esperanzas en internet y en su capacidad de divulgar conocimientos pero obviamente vamos en la dirección equivocada (o por ser más correctos: vamos en el sentido equivocado, que puede que la dirección sea correcta).

Aunque seguro que nada más mirar la portada ya lo habéis adivinado compre Only the dead know Burbank básicamente por la portada y por el título ya que la historia que contaban en la contraportada – una niña se despierta en una tumba para iniciar un viaje que la llevara al cine de terror de Hollywood – me parecía entre poco y nada interesante. No me atrevería a asegurar que el libro este mal ya que tiene detalles curiosos como ese de practicar batiendo huevos para coger el ritmo de mover la manivela de la cámara de cine de forma constante, ya que no he conseguido acabármelo. Lo deje cuando la niña llega a Berlín y tiene sus primeros éxitos en el cine de terror, así que me he perdido la que seguramente sea la parte más divertida o interesante que imagino es su epopeya americana y pese a dejarlo tan pronto he de reconocer que me ha divertido su descripciones sobre el genio, más bien sobre la percepción del propio genio de algunos artistas y su aceptación/negación:“he had been called a genius, something all artists suspect of themselves at one time but never bother denying until they hear it from a separate source”. Por supuesto sin olvidar el destino reservado a muchos artistas, con no tanto talento como ellos creen: “An artist will starve on so sparse a diet as his own genius”.

Probablemente a algunos os gustara saber que llegados a este punto ya solo me quedaba por leer un libro de los que llenaban mi maleta a la vuelta de NYC por lo que para el próximo mes ya estaré volviendo a visitar mis librerías de referencia, empezando casi seguro por la librería Méndez de la calle Mayor ya que de momento todavía hace frio para subir hasta la librería Fuenfría de Cercedilla (frio para mí, que estoy viejo y tras muchos años de ser atérmico a esta edad me ha cogido el frio, pero no para vosotros que por aquello de no haber sido nunca atérmicos estáis acostumbrados a estas temperaturas y que además os gusta el campo. Así que vosotros empezar por ir a la librería Fuenfría de Cercedilla que siempre agradecen las visitas y cuanto más os conozcan mejor os recomendaran).

Pues eso, mi último libro en ingles de esta temporada ha sido The Watchmaker of Filigree Street, al que le tenía ganas en parte porque lo comparaban con los de Cabal y en parte porque me gustaba el título y la idea general de atentados en la Inglaterra victoriana vinculados en cierta forma a relojes de precisión. Me ha gustado pero mucho menos de lo que esperaba, incluso en algún momento he estado a punto de dejar de leerlo. Puede que ya estuviera saturado de leer en inglés o que el inglés de este libro me resultara algo más difícil de lo habitual y que por eso estuviera a veces tentado de dejarlo, pero también puede que le falte trama y personajes ya que no me he acabado de implicar con ninguno de los personajes. Con todo algunas descripciones de usos de otra época me han hecho sonreír:  “She seemed to acknowledge that while numbers were a necessary part of life, they were, like French postcards, not suitable for a lady”.Y, que conste, que me he sonreído no por el micro o macro machismo que una frase como esta puede representar hoy en dia siendo lo mas natural en el contexto de la historia si no por lo de las postales francesas para referirse a las fotos eróticas de la época. Que a mí ni el micromachismo ni el macromachismo me arrancan una sonrisa, como todos sabéis; si acaso una buena carcajada.

En cualquier caso la mejor frase de este libro y que he de empezar a aplicar para cuando me piden dar una charla es la que pone el autor en boca de un tal Gilbert (que según el es el Gilbert de los famosos Gilbert & Sullivan): “The safest way to success is to write according to the capacity of the stupiest member of the audience”.

Procurare no olvidarla aunque tenerla en cuenta a veces te obliga a bajar tanto el nivel que casi sería mejor ni escribir, ni dar charlas y hacer como Trump y comunicarse solo por vía tweeter. Pero ya, si eso, hablamos de Trump otro día.


The New Mammoth Book of Pulp Fiction – Varios Autores
The Shoe – Gordon Ledge
Only the dead know Burbank – Bradford Tatum

The Watchmaker of Filigree Street – Natasha Pulley

domingo, 26 de febrero de 2017

La Gran Huelga (1986)

Hace algunos meses, cuando surgió la oportunidad de donar parte de mi librería a los ancianitos de Castilla León, empecé a escribir una revisión de los libros que había decidido conservar que podría servir como una lista de mis novelas favoritas (vale, no serviría para eso de ninguna forma pero como alguien me había pedido una lista de mis novelas favoritas y el estado actual de mi memoria me impedía hacerlo, pues tendría que valer).

Escribí lo que se suponía sería una primera parte, llegando con un gran esfuerzo hasta la letra G, no entera pero lo suficiente para hablar del gran Goldman, William; y también tome algunas notas  para poder seguir sin tener que volver a desmontar toda la librería (tarea que no resulta previsible que vuelva a llevar a cabo en muchos años). Por supuesto y gracias a Bermejo también tenía una lista de los libros donados a los ancianitos de Castilla y León  y que seguramente también mereciera algún comentario.

Esta continuación, o continuaciones,  están todavía a la espera pero no os preocupéis, no es hoy cuando voy a continuarla. No, no va  a ser hoy el día que os aburra con esto. Ya, si eso, seguiré otro día con la revisión de mi librería y de la de los ancianitos.

Precisamente por aquellos fechas, un poco después y puede que impulsado por el orden alfabético de mis libros, y en gran medida por tener de nuevo un tocadiscos, decidí ponerme a oír metódicamente la colección de discos de Álvaro (que más o menos esta ordenada alfabéticamente) ya que además de apetecerme oír discos que no había oído en mucho tiempo, discos que yo no tengo porque en su día no tenía dinero para comprármelos y cuando tuve el dinero pues ya tenía otras cosas en la cabeza, me apetecía volver a oír esos discos que yo nunca me hubiera comprado e incluso muchos que ni siquiera había oído nunca.

Mi idea era combinar la escucha de estos discos con la revisión de mi librería en próximas entradas del blog, ya que pensaba que podía quedar más divertido hablar de discos y de libros a la vez, e incluso, quien sabe, tal vez hasta incluir algún video (si soy capaz) para entretener y capturar algún lector despistado, o por lo menos para cabrear a mi hermano mayor al que la música (salvo contadas cosas de las que seguro que no hay video) le pone sumamente nervioso y que como todos los que tenéis hermanos mayores sabéis es una de las pocas obligaciones de los hermanos menores: cabrear y poner nerviosos a los hermanos mayores (a los nuestros y a los ajenos).

Claro que existía un grave problema de coordinación ya que no solo Álvaro ha conseguido una colección de discos (perdón: una discografía, que Álvaro no es coleccionista de discos, ni mucho menos supersticioso ya que eso da mala suerte. Lo de ser supersticioso, no lo de coleccionar discos, digo) que daría envidia a más de un buen coleccionista (o a casi cualquier aficionado; a mí me la da) si no que yo ya había escrito sobre mi librería, llegando hasta la G, antes de “ponerme” en serio a escuchar los discos de Álvaro (digo en serio porque ya iba por la D, en discos, cuando se me ocurrió la idea y pensé en ir tomando notas para esas entradas del blog, por lo que de esas letras ni siquiera recuerdo lo que he escuchado y tendré que volver a empezar cuando acabe). Así que, no, hoy tampoco voy a ponerme a escribir sobre discos, por lo que tampoco me voy a poner a escribir sobre ambas cosas.

¿Qué por qué os cuento sobre que no voy a escribir, en lugar de ponerme a escribir sobre algo? Una gran pregunta, incluso diría “me encanta que me hagas esta pregunta” que decían antes en todas las entrevistas (junto con aquello de “este marco incomparable” para referirse a casi cualquier sitio, incluida Murcia) y cuya variación “una pregunta muy interesante” es la forma actual y estándar de empezar a responder a cualquier pregunta en casi todos los seminarios y congresos justo antes de empezar a no responder a lo que te han preguntado por parte de todos los que han leído libros sobre “cómo comunicar de una manera efectiva” o de cosas similares comprados en las tiendas de los aeropuertos y estaciones de alta velocidad.

Supongo que la respuesta es que nunca tengo claro cómo empezar a contar algo, de hecho la mayor parte de las veces que me siento a escribir este blog ni siquiera tengo claro que historia es la que quiero contar ¿Cómo para saber dónde empieza una historia y termina otra? y supongo que en gran medida es por ello por lo que escribo menos de lo que a mí me apetecería (ya que estamos diré que otro problema al que casi siempre me tengo que enfrentar es ese de que – casi – ninguna historia nos pertenece completamente y aunque tu tengas ganas de contarla pues puede que otros de los protagonistas no tengan interés porque se cuente la historia, o una parte de esa historia).

En cualquier caso, oyendo los discos de Álvaro llegue hasta unos que pensaba que me haría mucha ilusión oír, estaba convencido que todavía me gustarían lo mismo que me gustaron en su día y  que, en cierta medida, han sido parte de la banda sonora de una época de mi vida pero que no había vuelto a oír desde entonces (con entonces me refiero a 1985-86), es decir canciones que probablemente no había oído en los últimos treinta años pero de las que tenía un buen recuerdo, o bastantes buenos recuerdos.

Algunos de estos recuerdos ya los comente en otra entrada de este blog, hace varios años, cuando hable del concierto por el que se terminaron los conciertos de la Escuela (la de Caminos, Canales y Puertos, digo) ya que hablo del disco del primer disco de  Kortatu (bueno, venga para los puristas y porque en este primer disco no está mi tema favorito del grupo, Mierda de ciudad, aclarare que hablo del primer LP, que técnicamente no fue su primer disco ya que antes sacaron “El disco de los cuatro”, que era un disco compartido con otras tres bandas incluso más reivindicativas).

Al oír ahora este primer disco – y otros dos de Kortatu que tiene Álvaro – me sorprende lo malos que eran, posiblemente no como músicos que en eso me niego a entrar, si no lo malos que eran musicalmente (ahora habiendo oído los originales de casi todas las canciones que entonces me sorprendieron, me doy cuenta de que no aportaban nada especialmente). Si los hubiera oído tan solo unos pocos años después (como he oído a sus grupos continuación tipo Negu Gorriak) me habrían parecido una autentica basura y no me habrían interesado lo mas mínimo; cosas de la edad supongo, aunque como Mierda de ciudad no está en estos discos pues me queda el consuelo de que tal vez esta versión si supere al original (por lo menos en mi recuerdo; aunque estoy seguro de que no).

También, aunque esto ya me lo parecía entonces, me resulta muy sorprendente la indiferencia que sus pretensiones políticas tenían en nosotros (parte de la juventud de aquellos años ochenta) y en cómo nos resultaba completamente indiferente que cantaran en euskera o que incluso cantaran a la fuga de dos presos etarras (si, de eso va Sarri, Sarri) para nosotros era música divertida que te hacia saltar (el Ska tiene esta característica, incluso cuando no es especialmente bueno) y buscar otra cerveza para seguir la fiesta ya que sin cerveza no hay fiesta. Nos lo tomábamos con la misma indiferencia con la que nos tomábamos a Gabinete cantando “Como perdimos Berlin” difrazados de Nazis o a Glutamato cantando cualquier barbaridad. Tan cansados estábamos de las reivindicaciones políticas de nuestros hermanos mayores que nos eran indiferentes las de nuestros hermanos pequeños, o de nuestros coetáneos más atrasados (o retrasado). A nosotros solo nos importaba la música y las letras de amor y paz.

El caso es que oír este disco me hizo acordarme de aquel concierto una vez más y también, porque hacía poco, relativamente, me habían pasado unas fotos, de la “Gran Huelga” de los estudiantes de ingeniería: la huelga por la ley de atribuciones.

Así de combativos éramos todos en aquellos años: Kortatu celebraba la fuga de dos presos etarras y reivindicaba el euskera y el independentismo vasco, mientras que los ingenieros de España se levantaban en huelga frente a la injusticia de perder atribuciones profesionales para cedérselas a los arquitectos, digo a los diseñadores de interiores, y mientras tanto los miembros de Culturales alquilábamos tres Land-Rover para irnos a recorrer Galicia mientras durara la huelga de nuestros compañeros o nos durara el dinero que habíamos ganado vendiendo varias veces (por lo menos tres según las fuentes más fidedignas) el aforo del salón de actos de Caminos a los reivindicativos punkis.

Si, cada colectivo tenía sus prioridades muy claras en aquellos días por lo que justo cuando se iniciaba la huelga de atribuciones y con la verja de caminos todavía sin arreglar (salvo por un poco de cinta americana para intentar disimular que estaba completamente destrozada) los intrépidos ingenieros del futuro nos embarcábamos rumbo a Galicia y sin intención de volver hasta que no se resolvieran los problema que dejábamos atrás.

En principio – por aquello de no parecer esquiroles, por lo de abandonar la huelga, y por no parecer capitalistas en ciernes, por lo de ir a gastarnos los dineros ganados con el sudor de los músicos – decidimos disfrazar aquella escapada como un viaje de estudios (de hecho conseguimos que diferentes organismos nos ofrecieran alojamiento, e incluso alguna empresa una comida digna, por ser los ingenieros del futuro). Además tras lo de la rotura de la verja de la escuela y de otras zonas de la misma nos vimos obligados a plantear el viaje como una actuación urgente, lo que hizo que no todos pudiéramos abandonar Madrid en el mismo momento y nos valió para dejar una representación de culturales en los actos huelguistas en los que era necesaria nuestra presencia y puede que incluso les encargáramos que se enfrentaran a la (justa) ira del cuerpo docente de la Escuela.

Aquí podéis ver al primer contingente de Culturales preparándose para la huida, entre los que los más avispados, o los mejor informados podréis reconocer a algunos directores generales de constructoras responsables de la construcción de las principales infraestructuras de esa España nuestra, claro que también podéis ver a algún infiltrado que no conseguiría terminar la carrera y a algunos que no hemos llegado a nada especial y que por lo tanto seguimos siendo unos irresponsables (y no, no me refiero al campeón de Tango de España, al que algunos habréis reconocido. Que ser campeón de Tango es un logro más importante de lo que, en un principio, os pueda parecer).


Como ya os he dicho se trataba de un viaje que no tenía fecha de vuelta ya que nuestra idea era mantenernos lejos de Madrid, de la escuela, hasta que hubiera acabado la huelga, se nos hubiera acabado el dinero y/o la dirección de la escuela se hubiera olvidado de nosotros y de los pequeños incidentes que habían ocurrido en la escuela.

En cuanto acabara la huelga tendríamos que volver corriendo – bueno, a la velocidad que los Land-Rover permitían con todos dentro; que no era tanta – ya que en ese momento se renovarían las clases y lo que podía ser peor los exámenes, así que todas las mañanas llamábamos a los compañeros y compañeras (si, por increíble que parezca había dos o tres compañeras) que habíamos dejado de reten en Madrid para que nos informaran si se había acabo la huelga o no. Si no se había acabado, era el momento de decidir el siguiente destino del día, hacer una cuantas llamadas para intentar que algún estamento oficial nos diría alojamiento a todos o a los que pudiera acoger dejándoles claro que éramos los ingenieros del futuro en viaje de prácticas. Si eso fallaba era el momento de tirar de amigos y conocidos de la zona que nos dejaran parte de su salón, de sus casas de vacaciones o de lo que fuera para que por lo menos algunos pudieran dormir fuera del Land-Rover ya que tampoco se trataba de gastar el dinero que tantos esfuerzos y disgustos nos había costado ganar en algo tan poco productivo como alojamiento. Aunque no os lo creáis, ya que el 86 no fue un año muy seco en Galicia, la verdad es que nosotros teníamos mucha sed casi todo el día, por no hablar de las noches y necesitábamos ese dinero por meras razones de supervivencia y para poder seguir bailando los temas de Kortatu, e incluso de vez en cuando, a mas altas horas de la noche, algún tema de Esplendor Geométrico (si, concretamente Necrosis en la Poya, que no es un tema fácil de bailar sin apoyo químico o sin una cantidad ingente de alcohol) como puede verse en la figura 2.


La verdad es que me gustaría deciros donde estuvimos pero, por cosas de la edad, tengo recuerdos bastante difusos de aquel viaje, y ya me supone un esfuerzo aseguraros que la Comunidad Autónoma que visitamos primero fue Galicia. Me suena que dormimos en la Comandancia de Marina de Marin, casi seguro que visitamos Santiago y juraría que estuvimos en la Isla de La Toja recorriendo edificios medio abandonados en los que algunos futuros ingenieros se dieron al robo de objetos, o a la recuperación de objetos abandonados según sus propias palabras, que luego había que encajar en los ya bastante llenos Land-Rover, y por supuesto estuvimos en Vigo donde nos detuvo durante un rato la Guardia Civil, a altas hora de la noche o puede que fuera a primera horas del día, para dejarnos marchar cuando conseguimos convencerles de que ya nos íbamos a “la cama” (sin aclararles que nos referíamos a un bar que había en un pueblo cercano, o que por lo menos así nos habían jurado los expertos en Siniestro Total de la zona).

Si no fuera por esas cosas de la edad podría contaros muchas más cosas ya que por algún motivo hace unos años tuvimos una reunión post-viaje (puede que fuera para celebrar que finalmente se había cumplido el plazo de prescripción de todos, o de gran parte, de los delitos que hubiéramos podido cometer durante aquellos días) y estoy casi seguro de que los que tenían tendencia a estar serenos (casualmente diría que fueron los que no llegaron a ser ingenieros y aquellos otros que nunca llegaron a ejercer de ingenieros; si no de gestores y cosas así) nos ilustraron a los demás con anécdotas y comportamientos, cuando menos, confusos de aquel viaje protagonizadas por aquellos que si conseguimos convertirnos en los ingenieros del futuro (ya del pasado). Pero igual no les preste la debida atención a sus anécdotas, porque al fin y al cabo el pasado no me interesa demasiado, o tal vez porque, como ingeniero, soy muy corporativista y pensaba: vete tú a saber que hay de verdad en todas estas anécdotas que cuentan estos no ingenieros y cuanto hay ficción, que los gestores son muy aficionados a las ficciones ajenas y ya me diréis cuáles de esos os parecen personas fiables.


Tampoco puedo aclararos cuanto duro aquel viaje, ya que por una parte hay pocos registros de la Gran Huelga (seguramente silenciada por los poderes facticos del momento o por los decoradores de interiores) y por otra porque yo abandone aquel viaje a la primera ocasión que surgió, mucho antes de que se acabara el viajes.

Si, abandone aquel viaje con mentiras de todo tipo – creo que llegue a matar a algún familiar razonablemente cercano – y me subí en el primer tren a Madrid que pude encontrar en cuanto nos acercamos a una estación de ferrocarril a recoger a parte del grupo que se había quedado a vigilar el desarrollo de la Gran Huelga ya que por muy divertido que estuviera siendo el viaje yo tenía que volver a Madrid, tenía que volver con urgencia para abrazar a Lourdes, para volver a besarla, porque desde la primera vez que la bese, o que ella me beso, o que nos besamos, en la nochevieja de 1985 en las escaleras de la calle Lérida, eso era lo único que de verdad me importaba y me hacía feliz. Malditas canciones pop que han formado mi carácter. Debería haber oído más Rock radical vasco o más Ska, o más Punk, o más cualquier otra cosa, pero entonces ya era tarde, yo ya la echaba de menos. Afortunadamente, añado; y aun la echo de menos aunque ya no haya a donde volver.


viernes, 10 de febrero de 2017

Comentario de textos - Enero 2017

Como novato en esto de escribir me sigue resultando muy curioso cómo la gente interpreta lo que escribo y encuentra cosas entre líneas que no tengo ninguna conciencia de haber dicho. Ya, ya sé que no debería resultarme curioso, si al fin y al cabo esto mismo pasa  prácticamente con cualquier conversación, como no iba a suceder algo parecido, pero ampliado, en este monologo que es lo de escribir y más aún lo de que te lean sin poder ver las caras que ponen al hacerlo (excepción hecha de mi hermana L a la que obligo a leer esto que escribo delante mío para contabilizar sus risas… que cada vez son más escasas, todo sea dicho).

En cualquier caso cuando escribía mi último comentario de textos no estaba tan agobiado como algunos lectores han interpretado, aunque si es cierto que este es el primer mes en los últimos ene años en el que por fin tenía el suficiente trabajo para justificar el sueldo que me pago y claro después de tanto tiempo perdiendo el tiempo uno no sabe cómo va a reaccionar, uno (por lo menos uno como yo) siempre tiene dudas de su capacidad y de no ser lo suficientemente listo, lo suficientemente competente, lo suficientemente llámalo-x para estar seguro de que puede enfrentarse a lo que le viene por delante. Ya, ya sé que muchas veces transmito esa odiosa seguridad de ser el más listo, el más competente y el mas llámalo-x del mundo pero también es verdad que es una opinión compartida que no lo soy, de hecho creo que es una opinión generalizada que todos son más listos, más competentes, mas llámalo-x que yo y que si ellos estuvieran en mi lugar todo funcionaria mejor porque ellos saben cómo hacerlo todo mucho mejor, más competentemente, mas llámalo-x que lo que yo lo hago. Pero no me lo tomo como algo personal ya que creo que piensan eso de forma generalizada sobre todo el mundo, aunque la realidad parezca empeñarse en no darles la razón.

En fin, el caso es que sí que he tenido trabajo este mes y como además era un trabajo que no era de mis favoritos pues, sin llegar a estar agobiado ni preocupado, y como hace años que no trabajo en serio (desde mi derrame y el principio de la crisis) pues no tenía mis capacidades demasiado claras y me faltaba un poco de esa seguridad que da la práctica cotidiana de una actividad (vamos, lo mismo que me pasa con eso de ligar). Pero todo ha ido bastante mejor de lo que esperaba, no había perdido tantas facultades y prácticamente me ha dado tiempo a realizar un trabajo decente (no, excelente que yo no soy de esos) e incluso a perder algo de tiempo con otros asuntos que tampoco podían esperar, a procrastinar y a ver algunas series de televisión (en verdad de Netflix, más que de televisión, ya que desde las navidades soy poseedor de un cacharrin que no sé cómo se llama y tengo en préstamo una Tablet, o como se llame).

Lo que he hecho poco, supongo que en parte porque ya había avisado y no quería quedar mal y en gran parte porque se empezaban a agotar mis reservas de libros ha sido leer, sobretodo en la parte final de enero y en el principio de febrero (como se verá más claro el próximo mes) y aunque no estrictamente relacionado retrasarme con este blog y con mi otro proyecto de escritura (ese famoso libro técnico que no acaba de avanzar. Bueno realmente yo he avanzado mucho en una mitad: la que he subcontratado a Leticia, aunque ni ella ni yo hemos avanzado casi nada con nuestras mitades). Pero algo hemos leído y aunque sea más tarde de lo habitual vamos con esos comentarios de textos.

Aunque podría haber empezado el año leyendo el par de libros que me han regalado por navidad la verdad es que lo empecé leyendo Eileen, o tal vez es que ya lo estaba leyendo en diciembre y aun no me lo había acabado. Vete tu a saber, mi memoria no llega a tanto y mis notas (que tomo en una libretilla, tipo Moleskine, del Maceratta Musei que me regalo hace tiempo mi hermana Maite) no lo aclaran. Ni siquiera mis notas me aclaran si me gusto la novela o no, lo que conociéndome quiere decir que no me gusto especialmente aunque tuviera cosas lo suficientemente buenas como para apuntarlas. Entre ellas esta esa aversión que una de las protagonistas siente (y que yo comparto totalmente) por los perfumes que, con mucho acierto, le hace clasificar a las personas que los llevan como “These highly scented people are not to be trusted. They are predators. They are like the dogs who roll around in one another’s feces. It’s very disturbing”. Tambien tiene esa diferenciación entre hombres y mujeres en función de su capacidad de aguante: que le lleva a decir “A grown woman is like a coyote – she can get by on very Little. Men are more like house cats. Leave them alone for too long and they’ll die of sadness” Incluso tiene esa parte de chorrada cultural que siempre resulta divertida que en este caso es el moto de Pall-Mall, en el que pese a ser la marca que fumaba mi madre durante muchos años (antes de pasarse al tabaco light) yo nunca me había fijado pero que dice “Per aspera ad astra” que (supongo) puede traducirse como “por el sendero áspero, a las estrellas” o incluso mas libremente como “a través del esfuerzo, el triunfo” que obviamente refleja perfectamente la iniciación en este rito de fumar que al principio cuesta pero que si persistes es verdaderamente satisfactorio. Además gracias a la Wikipedia parece que esta frase, que me ha encantado, inspiro un pasaje de la Regla de San Benito (algo que pese a mi nombre, gracias a mi cultura enciclopédica, ni sabía que existía ).

Supongo que si pese a estas cosas no tengo un recuerdo claro de la novela es que no debió de gustarme mucho, o tal vez es que simplemente que mi memoria, mi capacidad de retener cosas nuevas especialmente, cada día está peor. No sé qué habrá sido.

Aunque se trata de un libro de cuentos, que por lo tanto puedes dejarlo y retomarlo con facilidad (creo que los libros de cuentos no deben de leerse seguidos, si no por trozos e incluso si son lo suficientemente cortos uno debe de leerlos en el baño, o por lo menos tener siempre uno ,o más de uno, en el baño) como ya lo tenía empezado pues seguí con Make something Up. Stories you Can’t Unread que en cierta medida me ha servido para reconciliarme con el autor que en sus últimas novelas flojeaba bastante. La verdad es que tiene historias bastante graciosas: en una se pone de moda entre la juventud lobotomizarse; en otra uno se ha creído eso de que la risa cura todas las enfermedades y va a visitar a su padre enfermo de cáncer para contarle chistes  a ver si se cura; en otro tres de los más listos de la clase hartos de que los más fuertes de la clase abusen de ellos deciden repetir curso las veces necesarias para ser los más fuertes de la misma y que no abusen de ellos; en otra se descubre que prácticamente todos los pacientes de una clínica que tiene un método para curar la homosexualidad son jóvenes heterosexuales que están engañando a sus padres para que una vez curados les regalen lo que quieran y en el que uno de los que si son homosexuales ante la pregunta de si no le da miedo ir al infierno por ser homosexual responde tranquilamente y con más razón que un santo (que digo que un santo, con más razón que el propio San Benito): “My idea of Hell would be going to Heaven and being forced to pretend I’m like you for the rest of eternity”. Pues eso, historias divertidas y bien contadas (por lo  menos algunas de ellas).

Creo que es sabido por casi todo el mundo que conoce mis gustos sobre libros que salvo contadas excepciones (contadas incluso con los dedos de la mano izquierda de un dinamitero jubilado y zurdo) no soy especialmente partidario de las biografías ni en general de las historias basadas en casos reales, que yo prefiero que todo sea inventado, que la historia sea falsa, así que me sentí bastante sorprendido cuando por navidad me regalaron dos biografías. Ni con mucho es el peor regalo que me ha hecho mi familia, que un año, vete tú a saber si por olvido de mi cumpleaños o por que otra razón solo me regalo una manzana y ni siquiera me la regalaron envuelta, ni estaba recubierta de caramelo ni nada. No, una manzana, tal cual, cogida imagino del frutero de casa directamente. Un año, que no olvido aunque no recuerde, ese fue todo mi regalo de cumpleaños: una manzana. Así que supongo que han debido de mejorar mucho nuestras relaciones familiares en estos años ya que además de los libros tuve otros regalos y ¿Qué, si se trataba de biografías?. Detalles, nimiedades, “odds and ends” que solía cantar el ya premio nobel con The Band.

Cash, man in black es, obviamente,  la autobiografía de Johnny Cash que podríamos decir es un artista total y extravagantemente reivindicado dentro de un estilo totalmente vilipendiado por todo aquel que quiera ser no ya hípster, sí no incluso simplemente moderno. Desde hace unos cuantos años es un más que un artista es casi un icono de la contracultura y a mi, la verdad es que me cuesta mucho, pero mucho entender esta reivindicación o esta conversión en icono de alguien cuyo mayor logro conocido (aparte de casarse con June Carter) es ser fotogénico, empeñarse en vestir de negro (color que empezó a vestir porque empezó a cantar en iglesias y era un color apropiado para la iglesia), haber grabado un disco, o dos, en una prisión, o dos, (ni siquiera por ser el primero en hacerlo) y ser un anfetaminico conocido, reconocido y convicto por ello. Supongo que si no hubiera sido tan aficionado a las pastillas o tan fotogénico no sería reivindicado si no que seguiría siendo un excelente cantante (en un estilo por otra parte completamente odiado por casi todos los que lo reivindican a Cash) pero con unas ideas cercanas a un Reagan y me temo que por el lado de Bush (quiero decir incluso más a la derecha que Reagan). En cualquier caso la lectura resulta un poco pesada ya que esta autobiografía está escrita una vez rehabilitado de las drogas y estando en comunión con Dios (por gracia y empeño de la Carter family) por lo que todas las historias están filtradas por esta conversión y rehabilitación.

La otra biografía, también autobiografía, es la de Oliver Sacks: En movimiento. Leídas así juntas resulta curioso que los dos fueran adictos a las anfetaminas, incluso resulta ligeramente preocupante que mi familia decida regalarme libros de personajes declaradamente drogadictos y encima con la misma adicción. Prefiero pensar que existen otras razones que esta de la adicción para seleccionar estos dos regalos pero por si acaso, por si alguien tiene dudas, volveré a aclarar que “no, no soy ni he sido nunca aficionado a las anfetaminas y la verdad es que dudo que me aficione en el futuro”. Si bien es verdad que he probado una cierta diversidad de drogas, con cierta variedad añadiría, nunca he sido adicto a ninguna sustancia ilegal (sí, soy adicto al tabaco, a la cerveza, al chocolate y en algunas temporadas al ron e incluso durante un breve periodo a los Moscow Mule) pero por ser sincero el tema de las adicciones si es un tema que me interesa, no así el de los adictos que en general me parecen aburridos, monotemáticos incluso. Pero volviendo al libro… he de reconocer que me he aburrido mucho y que más que una autobiografía casi ha parecido un aburrido currículo, un currículo contado con poca gracia (diría que le falta toda la gracia que aporta en las historias clínicas que le han dado fama). Tanto es así que reconoceré que no me lo he acabado, así que igual luego mejora mucho y el problema es solo que me he quedado antes dormido antes de que llegue lo interesante. Para mí lo único gracioso no proviene de Oliver, si no de su hermano y, por extraño que parezca, son sus últimas palabras desde la cama del hospital: “me voy fuera a  fumar”. Eso es irse con estilo, casi como aquellas de otro Dylan de “dieciocho whiskys, creo que es todo un récord” (que pese a que parece que no son ciertas yo siempre he dicho mal rebajando su supuesto récords en el último whisky, supongo que sabiendo que seguro que se lo dejo sin beber. No porque me parezcan muchos, que ya he demostrado en un par de ocasiones que no son tantos, sí no porque me suena mejor diecisiete. No sé porque.)


En fin, como ya avisaba he leído poco y este mes – ya estamos a día diez y solo he conseguido dejar un libro a mitad – probablemente no mejore mi media (por cierto el penúltimo de mi maleta neoyorquina lo que me obligara a visitar una o mis dos librerías de referencia en breve y con el frío que hace estos días imagino será la librería Mendaz de la calle mayor, ya que subir hasta la librería Fuenfría de Cercedilla parece algo difícil de conseguir). En cualquier caso, no adelantemos acontecimientos, igual me lleno de anfetaminas en honor a mi familia y me pongo a leer a toda velocidad lo que queda de mes… o a escribir… o a leer…. o a ambas cosas… que los anfetaminicos somos así, de aquesta manera y a la vez de aquella otra.


Eileen - Ottessa Moshfegh
Make Something Up. Stories You Can't Unread - Chuck Palahniuk
Cash. Man in Black - Johnny Cash
En movimiento. Una vida - Oliver Sacks

domingo, 8 de enero de 2017

Comentario de textos - Diciembre 2016

Ya ha pasado el día de Reyes, lo que significa que, por fin, se han acabado las navidades. No es mi época favorita del año, no. Aunque tampoco es que tenga una época favorita, la verdad es que las múltiples actividades familiares de las navidades me dan mucha pereza y prácticamente ninguna de ellas me divierte últimamente. El hecho de beber poco – nunca no beber – unido al hecho (tal vez sean el mismo) de que mi cerebro se cansa mucho últimamente hacen que ya ni siquiera participe activamente en las distintas fiestas. Este año no he salido ni en nochebuena ni en la noche de Reyes, y en la noche de fin de año solo he salido nominalmente llegando a casa incluso antes de que se hubieran retirado las prostitutas de Montera o los travelos de Fuencarral. Tampoco he asistido a las, cada vez menos, copas entre amigos para felicitar las fiestas o para despedir el año.

Han sido unas navidades tranquilas, todo lo tranquilas que permiten los compromisos familiares tras las que, por fin, se me viene encima un poco de trabajo que la verdad no sé si estoy preparado para hacer. Mi idea era no haber aceptado los trabajos que me habían ofrecido estos días para dedicarme al libro que tengo prometido escribir pero al final los mercados me han obligado a aceptar y en breve estaré un poco saturado de trabajo. No tanto por tener mucho, que tampoco es para tanto lo que me han encargado; sí no más bien por la falta de práctica de estos últimos años en los que prácticamente no he trabajado. Ya veremos cómo se dan las cosas. Con un poco de suerte: cojo el ritmo, me entretengo y hago un poco de caja; con un poco de mala suerte: me acabo agobiando, no quedo contento con el trabajo y quién sabe.

El tiempo dirá.

De momento lo único que puedo asegurar es que tengo poco tiempo para hacer mi resumen de lecturas del mes de diciembre. Un mes que ahora que coloco la pila de libros leídos en mi mesa, bajo las portadas de internet y por supuesto consulto las notas que tomo para recordar algo de lo leído en la libreta que me trajo mi hermana Maite de Maceratta, me temo que requeriría de bastante más tiempo del que tengo.

Así que, aunque es un buen momento para contar algunas cosas sobre las fiestas navideñas de mi pasado – por no hablar de seguir charlando del vaciado de mi librería o de la revisión de la discoteca de Álvaro que estoy llevando a cabo (estoy oyendo todos los vinilos por orden, más o menos, alfabético, e incluso tomando algunas notas para comentar algunos discos – me temo que tendré que aprovechar el tiempo y lanzarme directamente a comentar los libros en la esperanza de que los trabajos que tengo este mes se desarrollen mejor de lo previsto y volver a comentar en este blog pronto (además de avanzar con algunos capítulos de mi libro). Así que a ello….

A principios de mes la pila de libros que saque de la maleta de viaje tras mi visita a NYC seguía bastante entera – ahora ya empieza a escasear, aunque aún dura – por lo que no me he planteado las visitas a mis librerías de referencia locales que, casi seguro ya me empiezan a echar de menos salvo porque una (la Liberia Fuenfría de Cercedilla) ya está acostumbrada a la escasez de mis visitas y la otra (la librería Méndez de la calle Mayor) creo que piensa que hiberno de las lecturas y que hasta que no vuelve el sol o el calor a Madrid no me acerco a visitarlos.

En cualquier caso empecé el mes leyendo The association of small bombs, que es uno de esos libros que coges en gran parte por acumulación sensorial: lo vas viendo en casi todas las librerías y aunque no ten convence mucho al final te dices a ti mismo “vamos a darle una oportunidad; el titulo no está mal, tampoco leo a muchos indios y si está en todas partes será que está más o menos bien”. No está mal, está más o menos bien pero desde luego no es “unpredictable” que es como lo clasifica la crítica del NYTBR (la New York Times Book Review, dicho como si fuera algo que leyera habitualmente. Cosa que la verdad hago ahora por internet, junto con la LARB que ya, si eso, os cuento otro día que es). Es verdad que resulta curioso leer sobre terrorismo en países que, aunque uno sabe que tienen mucho, no son portada de los periódicos, igual precisamente por aquello de que las bombas son mas pequeñas. No solo son más pequeñas si no que en un momento dado construyen una bomba y le dan forma de coco ya que “if someone were to open his backpack, it would look like he was carrying a coconut for a ceremony”. No dudo que en la India llevar un coco en una mochila resulte poco sospechoso, al fin y al cabo estamos hablando de un país en el que su principal líder espiritual, Gandhi, proponía que para hacer frente a los nazis lo que debían haber hecho los judíos era haber cometido un suicidio colectivo para así dejarles si n la posibilidad de exterminarlos. No sé, puede que allí lo del coco (o lo del suicidio colectivo) tuviera éxito pero dudo que en el mundo occidental funcionara bien ninguno de las dos cosas.

Another Brooklyn era otro de esos libros que estaban en casi todas las librerías, incluso mas que el anterior o por lo menos en un sitio más preminente, en casi todas con una nota diciendo que era un excelente retrato del Brooklyn de los 70 por lo que pese a mis dudas iniciales tambien acabe comprándolo (no, no es que compre todos los libros que están en todas mis librerías favoritas. No señor, aunque no lo parezca tengo criterio como prueba el hecho de que no me compre The Nix que es el libro que en más librerías estaba – creo que en todas las que visite – y en todas en el mejor lugar. Parece que es la promesa de este año, que obviamente yo decidí no comprarme, en gran medida porque era un poco demasiado grueso pero sobretodo porque me dio mala espina desde el primer momento. Si alguno se lo lee, pues ya me contara). Por mucho que en la portada pone que es una novela yo lo clasificaría de cuento largo pero solo porque no tengo ni idea de cuál es, si es que existe, la diferencia para una u otra clasificación. Un buen cuento sobre el pasado, sobre como asimilar algunas tragedias con esa frase excelente de “I know now that what is tragic is not the moment. It is the memory” con la que desgraciadamente coincido por duro o trágico que sea un momento, es peor el recuerdo del mismo. Pero para mí la mayor sorpresa ha sido descubrir ese fascinante lugar común que refleja la orden de una madre a su hija: “eat your peas, there are children starving in Biafra” que es prácticamente lo mismo que “aquellos negritos muriéndose de hambre en África” que mi madre y sospecho que las de varias generaciones usaban en nuestra España para que nos comiéramos la verdura o lo que fuera que no nos gustara y que seguro sirvió de inspiración a Glutamato Ye-Ye para aquel himno universal de “todos los negritos tienen hambre y frio” que daba título a su disco de canciones/himnos católicos (mal interpretado por muchos).

Si los dos libros anteriores los compre por saturación uno de los motivos para comprar Soho Sins es obvio (no hay más que ver la portada) y es casi el mismo por el que compro muchos libros de la editorial Hard Case Crime. El otro motivo importante es que me encanta esa editorial, creo que no solo hacen buenos diseños si no que tienen un muy buen criterio de selección, y la mejor forma de que continúe es comprar lo que editan ¿no?, o eso tengo oído. Si le quitamos la portada y si lo saca otra editorial igual no sería lo mismo pero tal y como están las cosas yo solo puedo decir dos cosas: la primera es que se trata de una excelente novela negra y la segunda es que espero que alguien la traduzca pronto para que todos podáis disfrutar de ella. Miento. Diré otra más: espero que Vine que pronto otra novela y que no se me olvide su nombre porque de momento es un autor a seguir, muy mucho a seguir (parafraseando a un presidente del gobierno o de lo que hoy en día pasa por un  gobierno). Incluso diré una última cosa: las notas que he tomado, las frases que he copiado, ocupan más de dos páginas en mi cuadernillo y eso que he dejado muchísimas fuera lo que me hace muy difícil elegir cual reproducir aquí así que, por si acaso la leéis y no os gusta, os diré lo que responde un protagonista cuando le preguntan si ¿cree que él siempre tiene razón? (una pregunta que a mí me hacen a veces con ese tono irónico o sardónico que siempre acompaña a esa pregunta): “No, hardly ever. That’s why I have to go slow and think all the time. Haven’t you noticed?”

Creo que ya he comentado que antes Álvaro y yo solíamos cruza compras o recomendaciones de libros y discos y que últimamente lo hacemos menos. Con todo, a veces cuando estas en una librería veo un libro que aunque a mí no me tiente demasiado creo que le puede gustar a Álvaro pero que no ha visto porque andaba distraído o descentrado, y que me decido a comprar ya que al fin y al cabo es muy posible que acabe en su librería, en la que yo llamo mi librería auxiliar y que acoge muchos de los libros comprados en NYC . Pues eso me paso con Mongrels, tanto por la portada como por el ir sobre hombres lobo (una familia de) en una América razonablemente actual. No tenía mala pinta y sin embargo solo puede decir que no he podido acabármelo, no he conseguido que me interesara lo mas mínimo. Claro que esto no quiere decir nada y puede que Álvaro le encuentre la gracia que a mí se me ha escapado.




Tras esta decepción decidí retomar el libro de artículos, prólogos, conferencias y otros de Neil Gaiman: The view from the cheap seats, que había empezado durante la visita a NYC (es decir a mediados de octubre) pero que por eso de ser cosas sueltas pues aún no había acabado. Como todas las recopilaciones de varios hay cosas muy buenas (el elogio de las librerías, tema sobre el que, pese a ser no prácticamente, me gustaría extenderme) y otras mucho peores  (como algunas introducciones a libros sin especial interés salvo el de proporcionarme algunas referencias para elegir algunos regalos de navidad para frikis). Creo que Gaiman es un tipo bastante inteligente y coincido especialmente con su reflexión sobre la disponibilidad de información:“we’ve moved from an information scarce economy to one driven by an information glut… The challenge becomes, not finding that scarce plant growing in the desert, but finding a specific plant growing in a desert”. Hoy en dia encontrar información sobre cualquier tema es muy fácil pero encontrar la información correcta sobre un tema es sumamente difícil. En mi casa era obligatorio comer todos juntos y participar en las conversariones que obviamente siempre acababan en discusiones sobre los temas mas variopintos que debían en casi todos los casos ser resueltas invocando la única autoridad innegable: la enciclopedia Larousse. A día de hoy no sabría que fuente, que autoridad innegable podría usarse para terminar con éxito estas discusiones que entretenían nuestra infancia y adolescencia y que, para bien o para mal, han forjado tanto nuestro carácter discutidor como nuestro respeto por la autoridad del saber de ciertas instituciones.

En cualquier caso como el propio Gaiman dice y yo amplio para hablar de libros o casi de cualquier otra cosas: “If someone tells you what a story is about, they are probably right. If they told you that that is all the story is about; they are probably wrong.” Tambien que quedo con su diferenciación entre el conservadurismo de muchas personas y el de los niños (que son muy distintos, en sus causas y en sus modos): “While humans tend to be conservative, sticking with what they liked, children are utterly conservative: they want things as they were last week, which is the way the world has always been.”

En este punto aproveche que me habían pasado una especie de diario que había escrito mi hermano para un suplemento de un periódico durante el verano y que me pareció entretenido dentro de que no tenía ninguna historia ni mayor pretensión que la de poner una cosa, prácticamente cada día. Eso sí, no se si no perdonarle o si agradecerle que si bien cita a mis hermanas no haga ninguna mención a mí. Me decanto más por agradecérselo.

“Gripping suspense, sheer terror and a wrenching love story” así se presenta Security en la nota esa de portada (que me he prometido dejar de leer y/o valorar a la hora de comprar un libro) lo que si bien no era un motivo total para comprarlo por lo menos me recordaba a la excelente canción de Meat Loaf “two out of three ain’t bad” en la que intentaba convencer a su novia (de que no le abandonara) diciéndole eso de “I want you, I need you, but there ain’t no way I am ever gonna love you, now don’t be sad cause two out of three ain’t bad”. Pues con este libro igual: dos de tres no es suficiente y yo he tenido que dejarlo a mitad sin haber disfrutado de él. Cosas que pasan.








Ghostheart la compre convencido de que me gustaba el autor, del que estaba convencido de ya había leído por lo menos otra novela y sobre todo convencido de que me había gustado. Sí, soy un insensato y todavía confió en mi memoria de vez en cuando y eso que ahora mismo se que por lo menos he leído otra novela suya (lo se porque la tengo en la librería) pero ni siquiera ahora mismo recuerdo si me gusto o no. Diria que no especialmente, diría que no me parecio una mala historia aunque demasiado típica (eso sin mirar mi comentario de la misma en este blog, que por fechas debe de haberlo) pues con esta me pasa algo bastante parecido, creo que la historia no termina de ser mala pero no llega a ser buena pero estas cosas nos pasan a todos y como dice el propio protagonista “I figured it was just another sign that I was losing my mind. But hell, seems I’ve lost so many things recently one more couldn’t hurt”.




Tenía muchas ganas – todavía las tengo – de leer más cosas de MacDonald (por lo menos de uno de ellos) desde que lo descubrí y especialmente tenía muchas ganas de leer Cape Fear que sin lugar a dudas es una (o más bien dos) película excelente. Si la película (sus dos versiones) eran buenas, si lo que había leído del autor era bueno pero no lo más conocido: El cabo del miedo tenía que ser una gran novela pero…. No acaba de serlo. A ver, no es una mala novela, puede que incluso sea una buena novela pero, desde luego no es tan buena como la película a la que, por cierto, no se parece tanto como sería de esperar. Y no se parce tanto por que El cabo del miedo no es el título original del libro, no, no señor: el libro originalmente se llamaba The executioners (obviamente este uno de esos casos en los que la película supera al libro, tal vez lo supera tanto que se han visto obligados a adaptar el titulo del libro al de la película). La principal diferencia entre ambos es casi de orden moral ya que son ellos – el matrimonio perfecto – los que deciden matar a Cady (de hay el titulo original) y por supuesto no tiene la misma presión sexual que la película. Con todo seguiré leyendo cosas de MacDonald.

Mucho he leído este mes pero poco os he contado fuera de los libros lo que me enfada un poco, un poco menos de saber que tengo un mes complicado de trabajo por delante (debería decir: “por fin” pero no estoy seguro de cómo se desarrollara). Ya veremos. Si eso, ya os lo cuento otro día.
  

The association of small bombs – Karan Mahajan
Another Brooklyn – Jacqueline Woodson
Soho Sins – Richard Vine
Mongrels – Stephen Graham Jones
The view from the cheap seats – Neil Gaiman
Diario en eÑe, Palabras que explotan – Rafael Reig
Security – Gina Wohlsdrof
Ghostheart – R. J. Ellroy

Cape Fear – John D. MacDonald

martes, 6 de diciembre de 2016

Comentario de textos - Noviembre 2016

Estos meses de otoño invierno son los que dedico a leer mis compras de NYC por lo que dejo de visitar mi librería de referencia campestre, la librería Fuenfría de Cercedilla (aunque como mi hermano no deja de afearme, con toda la razón del mundo, tampoco es que la visite mucho en los meses de poco frío) e incluso mi librería capitalina, la librería Méndez de la calle Mayor, y me dedico a ir viendo como disminuye la pila de los libros comprados en mis librerías de referencia de NYC.

Supongo que es una mala política y que igual debería continuar visitando mis librerías de referencia durante estos meses de otoño invierno, no solo porque así equilibraría idiomáticamente mis lecturas si no porque seguramente podría ver la nieve en Cercedilla o perderme entre la multitud de paseantes que en un centro sin coches convierten el centro de la ciudad en una especie de parque temático robándonos la vida a los que nos gusta el centro de la ciudad tanto que entendemos que parte del mismo es el acceso al mismo para personas diferentes (no solo para jóvenes hípsters que pueden acceder en bicicleta, si no para la familia que lleva a dos niños pequeños y que o no puede meter el carrito en el autobús – solo cabe uno por autobús – o no tiene el coraje de enfrentarse con sus retoños a las interminables escaleras mecánicas de acceso y salida del infierno que es el metro, a según qué horas). 

No es mi intención entrar en polémicas absurdas pero me temo que las personas que vivimos en el centro, porque el centro de Madrid nos gusta (incluso sus incomodidades) tenemos derecho a que nuestros amigos puedan venir a visitarnos en coche, a poder recibir paquetes o la compra después de las once de la mañana, en fin, a tener los servicios que realmente conforman el centro de una ciudad y no a volver a vivir en el campo solo porque a algunas personas no les guste ni el centro de la ciudad ni nuestra forma de vida. Esas mismas personas que luego se quejaran cuando el centro de Madrid se convierta en una zona solo para turistas o jóvenes (no tan jóvenes) con elevado poder adquisitivo y se rasguen las vestiduras con conceptos como la gentrificación (sí, porque eso es lo que producirá; no tengáis dudas). 

Yo personalmente y ahora que se acercan las navidades echare de menos (entre mucha otras cosas) aquellas tardes del nochebuena en las que nos acercábamos con mi padre hasta el corte inglés con una lista casi interminable de los regalos que faltaban por comprar,  hacíamos rapiña de todo lo que encontrábamos que se parecía a lo que teníamos en la lista (con un criterio de parecido cada vez más laxo a medida que pasaban las horas) y al final arrastrábamos todo, como auténticos mulos de carga y a duras penas, hasta el coche que habíamos dejado en el aparcamiento justo a tiempo para volver a preparar la cena y luego los regalos. Para mi este stress de comprar regalos, lo que faltaba del supermercado para la cena e incluso bengalas en la plaza mayor, era gran parte de la navidad pero  me temo que esto ya no será posible ya que no habrá forma de llegar en coche al centro. Pero ya, si eso, lo comentamos otro día.

Hace unos años para entrar a The Strand a ver libros uno (yo por lo menos) tenía que mentalizarse antes e incluso si tenía pensado ver libros más de cinco minutos resultaba muy aconsejable disponer de un respirador portátil (absolutamente necesario si uno quería completar la visita descendiendo al sótano de la tienda, donde aunque no estuviera averiado el baño el olor, hedor más bien, era propio – imagino – de ciertas zonas del infierno, sin duda superior al de bares míticos con el CBGB). Afortunadamente ahora está parcialmente remodelado (vuelve a estar en unos niveles de agobio excesivos pero aceptables, en cierta medida los mismos que tenía hace muchos más años, cuando yo era más joven y resultaba visita obligada) por lo que puede añadirse, si no como visita obligada, si como visita recomendable para completar colecciones o comprar novedades a precios muy bajos. Creo que fue Rafa el que me conto que gran parte de las novedades que venden proceden de los libros que las editoriales mandan a los medios y a los críticos para que hagan una reseña y que, incluso cuando la reseña aparece, el crítico vende el libro sin leer. La verdad es que estoy seguro de que fue Rafa el que me conto esto, no por ser la típica maledicencia familiar (¿cómo va a vender el crítico el libro que va a reseñar antes de leerlo? Os preguntareis, pues parece que no es tan raro y que es incluso lo de reseñar sin haber leído el libro es parte de lo que se llama tener oficio.) si no porque es al fin y al cabo él es del oficio (no, no digo que Rafa haya hecho esto. Sé que Rafa es incapaz de algo así… Rafa es incapaz de tener un libro cerca, por malo que sea, y no leérselo).

El caso es que este año decidimos darle una oportunidad y entramos (tras llenar bien los pulmones por si teníamos que entrar en apnea) y para mi sorpresa tenían una colección de reediciones de Evelyn Waugh muy tentadora. Lamentablemente yo estaba seguro de que tenía todo Waugh (salvo las cosas para eruditos como Rafa, tipo las cartas completas y las biografías) por lo que aunque quería comprarme alguno, no me sentía muy justificado para hacerlo, así  que miraba y remiraba los títulos en inglés y comparaba mentalmente mis propias traducciones de los mismos con libros que estaba seguro de haber leído y, mierda, estaban todos. ¿Todos, seguro? ¿Igual Black Mischief no es Merienda de negros, o Vile Bodies no es Cuerpos viles? Ya casi había decidido que Brideshead Revisited no era, obviamente, Retorno a Brideshead (por muy libremente que a veces se traduzcan los títulos de libros y películas no podía ver la relación entre ambos) y que por lo tanto me lo podía comprar sin problemas cuando me di cuenta de que había uno que no había leído: The ordeal of Gilbert PInfold. Extraño, muy extraño pero, mira: decidido, me llevaría este. (Luego en casa, ya con calma vería que hay otro juraría que no tengo, aunque ya digo con la traducción de algunos títulos no se puede estar seguro y puede que sí que tuviera Helena, que no, que no estaba en The Strand)

Una vez leído me quedo bastante claro porque no me lo había leído antes. No, maliciosos, que no es porque sea malo, es porque al parecer es autobiográfico y yo prefiero leer coas que no son verdad (aunque, o tal vez precisamente por esto, soy consciente de que casi toda la ficción es, en gran medida, autobiográfica. Casi nadie, casi ningún escritor bueno, se inventa nada; casi todo es verdad, aunque reformulada). En cualquier caso, es un libro curioso en el que cuenta un ataque de paranoia  inducida por la toma de distintas sustancias para tranquilizarse (como Chloral, Bromuro y Crema de menta) que sufre el autor en un viaje en barco y que se va incrementando a medida que para tranquilizarse va aumentando la dosis que se toma. Ya digo, curioso pero lejos de los mejores, o incluso de los buenos de Waugh.

Como ya he dicho una de las principales características de The Strand es que está llena de gangas (todo son gangas, en cuanto al precio) por lo que es la librería ideal para comprar libros en los que no tienes especial interés, ya sabéis ese tipo de libros que no estás seguro de si te van a gustar y para los que te niegas a pagar el precio completo de los mismos, e incluso hay algunos por los que no pagarías más de uno o dos dólares (puede que incluso esto sea mucho) ya que solo lo compras como un (molesto) homenaje a alguna persona. Este es el caso de The informers que obviamente me compre solo por recordar (y molestar) a mi hermano Rafa y su, posiblemente, justificable odio por el autor (aunque me suena que hace unos años lo entrevisto y no le pareció tan tarado como en el momento en que gasto dinero comprando su primer libro por cierta recomendación que no es necesario repetir). He de confesar que a mí personalmente y por un precio mínimo no me parece una mala lectura, ya que creo (diría sé, pero resultaría excesivo) que sí que hay gente tan vacía como la que refleja este libro (y otros del autor) y que esta carencia de cosas interesantes en sus vidas o en las historias de su vida que nos cuenta el libro tienen cierto interés (si bien más que literariamente, lo tienen desde un punto de vista psicológico). En cualquier caso homenajear (aunque sea molestando) a un hermano mayor es una tarea que los hermanos pequeños debemos realizar de vez en cuando.

A diferencia de The Strand, Kinokuniya, no es solo una librería si no que también es papelería y otras cosas; también a diferencia de The Strand es una tienda tranquila y elegante y sobre todo muy japonesa, tan japonesa que hay zonas enteras que quedan fuera del alcance los no nipones (o nipones parlantes) ya aquello de estar solamente en japonés. Eso sí, para mi sigue siendo una parada obligatoria en NYC, para mí es obligatorio bajar a la planta sótano para dar vueltas entre los increíbles objetos de papelería que tienen, entre los que hay algunos para los que ni siquiera encuentro explicación racional para su diseño o sus posibilidades de uso; y por supuesto mirar toda la sección de autores japoneses completamente desconocidos (para mí, que soy un cultureta y que ya llevo años yendo, algunos ya son más que conocidos) y luego dar una vuelta por la zona de novedades y por la selección de libros que a mí personalmente me sirve como baremo y es precisamente por lo que tengo librerías de referencia (tiendo a fiarme del criterio del librero en la selección delos libros que pone visibles). De hecho lo único que para mí no es obligatorio, aunque si lo es para mi sobrina Alicia es visitar el baño (tiene que visitar todos los baños públicos a su alcance) o incluso la cafetería en la que creo que nunca he estado pero que seguro que es fascinante.

Este año solo he encontrado una nueva novela japonesa: The Kingdom, que tampoco es que sea nueva (el original es de 2011, siendo de este año la traducción al inglés) que ni siquiera es de un autor nuevo para mí, sí no de uno que me atrevo a clasificar como conocido y que me veo también obligado a confesar que no es de mis favoritos. Creo que he leído tres novelas suyas y la verdad es que siempre pienso algo parecido: está bien, es interesante pero le falta… le falta algo, no sé bien que, puede que sea intensidad, ritmo, tal vez lo que le falte sea simplicidad y frescura tiene demasiada tendencia a complicar las historias un poco más de lo necesario. Con todo leer sobre el Japón actual a mí me sigue gustando, no es mal libro y resulta sumamente extraño encontrar referencias a la mitología griega (de la maño de la cortesana Friné) en una novela japonesa, imagino que igual que para un japonés lo serán todas las referencias a la cultura antigua de Japón en una novela occidental.



Hace algunos años (bastantes, ya) en NYC había bastantes tiendas de discos, así que todos nos dedicábamos a mirar y comprar discos (fundamentalmente CD’s tanto para nuestras casas como para los bares) y era raro que no pasáramos un par de tardes, o más, mirando cada uno discos por nuestra parte, comentándolos y llevándonos tanto una montaña que podríamos denominar colectiva como montoncitos pequeños (colinas, podríamos decir) de forma separada. Ahora ya casi no quedan tiendas de discos en NYC, prácticamente tienes que irte a Brooklyn para comprar discos, y la mayoría de ellas están más centradas en los vinilos (cosas de hípsters) y es Álvaro el que fundamentalmente se dedica a escoger discos con alguna aportación puntual, más del tipo “¿has visto este?” que del tipo “Este me lo llevo yo”, así que ahora básicamente salimos con una única montaña de discos que en cierta medida es para todos pero que, necesariamente, es algo más de Álvaro ya que es él el que hace el grueso de la selección (este año, aprovechando que vuelvo a tener plato, yo he cogido algo que no llega ni a colina y de los que ya os hablare otro día).

Algo parecido ha pasado con las librerías, especialmente desde la desaparición de Partners & Crime, y desde que Alicia se dedica a cotillear la sección infantil en compañía de sus padres, y si antes terminábamos (yo) con algo más de una maleta de libros (un poco de todos) y cada uno con sus mochilas personales repletas, estos últimos años básicamente solo salimos con una única maleta de libros (justo para poder llevarla como equipaje de mano) que aunque es un poco para todos, ha sido escogida, casi en su totalidad, por mí.  No puedo decir en su totalidad porque siempre hay alguno que o bien Álvaro ha escogido por su cuenta o ambos hemos escogido de forma separada o que hemos comentado y decidido escoger más o menos de acuerdo. Este año, uno de ellos ha sido The insides (que todo sea dicho a Helena no le inspiraba ninguna confianza por aquello de que en la portada ponía “A novel” y si tiene que ponerlo parece una mala señal). Creo que ambos (bueno, en mi caso es algo más que una creencia) la escogimos por la careta de cerdo que aparece tanto en la portada como en el lomo y que presagiaba que podía ser una novela divertida. Acertamos, se trata de una novela bastante divertida, escrita para divertir con una historia que contiene dagas misteriosas, médiums y todo tipo de tonterías tipo agujeros en el espacio tiempo que la hacen bastante entretenida.

Se que decir que te gusta Barnes&Noble no es cool, ni mucho menos hipster, que es como que te guste la librería de El Corte Ingles, incluso, es posible que haya entre mis conocidos libreros quien piense que tiendas como estas representan el mal, pero a mi gusta pasear por Barnes& Noble (por casi todos ellos, aunque cada vez hay menos, pero especialmente por el de Union Square). No puedo evitarlo, me gusta perderme en la inmensidad de sus pasillos de la tercera planta y ver montones de cosas que no conozco, rellenar mi fondo de armario, y normalmente me gustan las selecciones que realizan. Siempre aprendo algo o encuentro un autor interesante del que me apetecía leer más cosas editadas hace algunos años. Sera solo porque tengo una incultura enciclopédica, no sé, será esa incultura mía o mi pésima memoria, pero me quede sorprendido de enterarme que The exorcist fue novela antes de ser película. Seguro que los que lo sabéis también sabéis que el escritor es el guionista y director de la película pero igual no os habéis fijado en lo acertado de la primera descripción del padre  Karras “a lone black  cloud in search of the rain”, dejando claro desde el principio que este personaje no va a traer nada bueno. Tal vez tampoco hayáis reparado en esa gran frase para referirse a alguien qe no sabe de cine que es “Oh, you though Psycho needed a laugh track”, una perfecta combinación de ironía y mala fe. O igual si, pero seguro que si la habéis leído hace tiempo – antes de estos tiempos en los que todo es cooperación y participación comunitaria o ciudadana – en la respuesta que el diablo le da al padre Karras cuando este le pide que si es poderoso se quite el mismo las correas con las que le tiene sujeto: “I much prefer persuassion, Karras; togetherness; community involvement”. O igual también la recordáis, yo ni idea así que para mí ha sido un descubrimiento.

Sick on you, es la biografía de un grupo de punk (teóricamente y puede que musicalmente si bien estilísticamente habría que clasificarlos en el Glam): The Hollywood Brats que como es bien sabido no consiguieron llegar a nada como grupo (aunque luego gran parte de ellos montarían The Boys, que llegaría a ser un grupo mítico al que finalmente he visto en directo en el X aniversario del Wurlitzer y que cerraron, o casi, el concierto con la única canción conocida de The Hollywood Brats, la que da título al libro). El libro ha sido cortesía del fantástico Lindsay Hutton, que es el tipo de persona que a mí me gustaría ser de mayor (vale, de más mayor) aunque para ello tendría que cambiarme por otra persona o multiplicar mi nivel de sociabilidad por, digamos como minimo, diez mil millones (y eso después de haberle sumado uno, ya que  -amigos de letras – cero por diez mil millones sigue siendo cero; y si, soy consciente de que mi nivel de sociababilidad actual es cero). A diferencia de las biografías de cantantes o grupos que triunfan resulta mucho sincera, divertida de leer y aclara los lados oscuros de esa ideal genial que todo el mundo tiene que es lo montar un grupo de música para además de ligar (salvo que seas el batería) hacerse millonario (“… para olvidarme de los amigos, coleccionar chicas con cicatrices, ir personalmente a pagar las multas…” o cosas peores como cantaban aquellos) . Es divertido, desde el principio, en el que el autor recoge las cinco reglas de oro para su grupo (que con mucho más humor yo resumo en: como mucho cuatro miembros y sin instrumentos chorras – léase panderetas, sintetizadores, címbalos, etc. – el cantante solo canta, nada de posar con instrumentos; tener un gran pelo, nada de rizos; por supuesto nada de pelo facial, ni barbas, ni bigotes y mucho menos perillas; y nada de novias) y de cómo las van rompiendo, una a una o incluso varias a la vez, hasta el epilogo en el que ven la primera audición privada de los Sex Pistols (“The first time they had played in front of humans that weren’t named Malcolm or McLaren”)y de su conciso veredicto: “Nine minutes. Four Songs. Three Chords. One verdict: dentist drill in molar, sans novocaine… very early in the tenth minute we left:”

Personalmente las novelas que mezclan el humor con la ciencia ficción (o la fantasía) siempre me parecen geniales, me encanta leer tan solo para divertirme y esta mezcla de géneros (desde ¡Tierra!) cuando está bien hecha resulta verdaderamente divertida ya que le permite al autor crear todo tipo de situaciones hilarantes fuera de cualquier intento de verosimilitud. En esta línea es en la que encaja perfectamente Futuristic Violence and Fancy Suits con la que pasas un rato verdaderamente divertido siguiendo a sus descabellados protagonistas. Además siempre aprendes algo que no sabías, en este caso yo he aprendido lo que es arte japonés del kintsugi, que no es un simple florero roto  y arreglado de cualquier manera, sí no un arte en el que: “The pot is shattered, then carefully reasembled with a resin mixed with gold. It symbolizes how we must incorporate our wounds into who we are, rather than try to merely repair and forger them”.

Si es que están locos estos japoneses, tengo que decir parafraseando a Obelix. Como cencerros pero fascinantes… si hasta tienen una palabra para la pila de libros que uno se compra pero que se quedan sin leer… En fin, si eso, ya os la cuento otro día.

The Ordeal of Gilbert Pinfold – Evelyn Waugh
The informers – Bret Easton Ellis
The Kingdom – Fuminori Nakamura
The insides – Jeremy P. Bushnell
The exorcist – William Peter Blatty
Sick on You – Andrew Matheson
Futuristic Violence and fancy suits – David Wong