viernes, 24 de agosto de 2018

Comentario de textos Julio 2018


Creo que este es el mes que más tarde empiezo a escribir (en la tarde del día 20), tan tarde empiezo que hay alguna de mis lecturas para las que mis recuerdos son, ya escasos, por no decir inexistentes. La verdad es que no tengo mucha excusa, salvo la de haber estado ocupado completando mi lista de visitas a los continentes visitables. Ya puedo decir que he estado en los cinco continentes clásicos (o en los seis, según cuente cada uno los continentes); solamente me queda la Antártida y ya veremos si no acabo acercándome un día de estos. Ya, tampoco parece gran cosa, lo sé, pero que es mucho más si tenemos en cuenta que a mí no me gusta especialmente viajar, o por lo menos viajar solo.

Por otra parte debido a los dos días que he pasado metido en aviones (por aquello de acercarme hasta ese quito continente que esta en las antípodas); a los días que he pasado en Piles a la vuelta y a las tardes lluviosas de Auckland, que no hacían demasiado tentador el pasearlas (tampoco es que fueran especialmente tentadoras en los días soleados, las tardes en Auckland, digo) pues el caso es que tengo bastante tarea atrasada en cuanto a libros.

Por si esto fuera poco también tengo tarea en cuanto a música ya que o me conformo con poneros dos temas (los correspondientes a la K) o me tengo que enfrentar a la letra L que, sospecho, es una de las letras con más grupos (incluso quitando los prefijos propios del español).

Y eso por no hablar de las historias asociadas a muchas de las canciones que aparecen en estas letras, entre las que están algunas de mis favoritas (historias, no canciones) y de las que no me va a dar tiempo a comentar como es debido, si quiero mantener esta entrada en una longitud razonable.

Empecemos pues con una canción infinitamente hortera cantada por todo un personaje al que no pude ver en directo cuando visito Madrid con la Gira Stiff de 1980 (si, aquella con Tempole Tudor, Any Trouble, Dirty Looks y similares) ya que por esas cosas del incomprensibles inlcuso en un año de hace tanto tiempo había en Madrid dos buenos conciertos a la vez. El otro concierto era un homenaje a Mario Armero, conocido – por muchos- como un imprescindible locutor de radio de los primeros tiempos de la movida madrileña (no en aquellos años, que por supuesto esta denominación no existía), y también conocido – por menos, eso si – como uno de los primeros mafiosos de aquella y enl que iban a actuar su caterva de grupos, sus acólitos: Nacha Pop, Mama, Los Secretos y otros.

El caso es que no se bien porque (posiblemente por razones monetarias de financiación, o probablemente por hacer de buen hermano) decidí acudir con mi hermana Maite al concierto homenaje, en lugar de a la gira Stiff. Decisión, o elección, de la que todavía me arrepiento ya que no solo no conseguimos ver todos los conciertos del homenaje (ya que Maite no soportaba el agobio de la sala y tuvimos que salir a mitad) si no que luego tuve que soportar las burlas de Jacobo durante varios años por haberme perdido no ya a los grupos excelentes que tocaban, algo completamente comprensible que hasta yo mismo sigo echándome en cara; sino incluso aguantar que el concierto de los Equators había estado bien, incluso a la altura del resto (la típica maldad entre amigos ya que, salvo honrosas excepciones, a ninguno de los dos nos gustaba, ni nos iba a gustar – hasta ahí podíamos llegar - el Ska, por muy británico que fuera) cosa que obviamente ponía, y sigo poniendo en duda. En cualquier caso cada vez que oigo esta canción me entran unas ganas incontenibles de divertirme y de hablar un idioma extranjero de una forma tan divertida (algo que seguramente, pese a lo que diga mi vanidad, hago siempre que hablo en Ingles).


Pero bueno ya que estamos en la letra K y hablando de conciertos resulta inevitable colocar aquí una canción de Kortatu (me ahorro el Sarri, Sarri para evitar extravagantes reivindicaciones políticas en estos tiempos revueltos de este segundo post franquismo que vivimos) y ya hablaremos otro día (aunque igual ya lo hemos hecho, mi memoria es más que lamentable) de este último concierto en Caminos (si bien, no el ultimo realmente; si el ultimo verdaderamente significativo). Que conste que de momento el título de la canción no se lo aplico a Auckland, o al menos no de momento, ya que no voy a decir nada de Auckland hasta que no se aclaren las cosas y sepa si tengo que cogerle cariño, o no (que no quiero ser el típico que cuando un amigo le dice eso de “no es mi novia” se lanza a criticarla sin dejarle terminar la frase esa que acaba con “nos hemos casado”; quedando como un auténtico bocazas); tampoco se la aplico al Madrid de aquellos años – en el que todo era nuevo, incluso mis años – así que solo nos queda el Madrid de hoy; y si, eso podría ser.



Pero, volviendo a las lecturas el caso es que, como recordareis, empecé el mes en Piles y la verdad es que lo empecé con cierta prevención frente a Las doce balas de Samuel Hawley, ya que una historia de un padre y una hija adolescente (o pre adolescente, que esa línea parece que se difumina cada día más y ya nadie sabe dónde empieza una y termina la otra, salvo por supuesto los adolescentes y los pre adolescentes) con un toque Tarantino no parecía una gran elección. Y aquí empiezan mis problemas ya que ahora mismo no recuerdo nada especial de esta novela, lo que sin duda significa que en su momento me pareció mala, o por lo menos maleja, sin gracia y sin nada especial. Pero mis problemas continúan porque en mi móvil hay una foto de una página que debe de ser de este libro y que sin embargo el mes pasado adjudique a otro libro erróneamente, o al menos eso creo. En fin, que ya no se puede estar seguro de nada.





Bueno una de las cosas de las que siempre se puede estar seguro es de que soy un vago y un mal porteador ya que siempre que voy a Piles me acabo quedando corto de lecturas y he de rebuscar entre los libros que hay por allí para entretenerme por lo menos un día o un par de ellos. Aunque pensaba que ya me había leído casi todo lo que hay allí (salvo por supuesto los libros que me niego a leer, por razones diversas que tampoco vienen al caso) me encontré con El secreto de Gray Mountain, novela entretenida en el sentido en el que lo son los best-sellers más clásicos de la que tampoco os puedo comentar mucho salvo la obviedad que se deja leer de forma entretenida.

Hablando de clásicos, aquí va ese clásico inevitable de los Long Ryders que habla de expediciones y expedicionarios (que no, que por muy calenturienta que sea vuestra mente – como la mía –Lewis y Clark no eran pareja; o al menos no son pareja heterosexual, aunque todos sospechemos que algo tuvo que haber entre ellos en esos viajes tan largos por esas tierras tan frías e inhóspitas).


La primera mano que sostuvo la mía, la escogí porque últimamente casi todo lo que leo de esta editorial (Libros del Asteroide) no solo me es desconocido si no que me gusta bastante o al menos eso es lo que mi memoria me dice cuando estoy escogiendo libros, aunque respecto a los libros yo soy como la protagonista y “hay momentos en los que la vida desparece por un agujero y no recuerdo lo que ha pasado. Por ejemplo, no me acuerdo de una cosa tan poco importante como que he tenido un hijo” y es posible que los autores de esta editorial ya no me sean totalmente desconocidos (creo que ya tengo varios libros del mismo autor, no del de esta novela, de otras) y tambien es posible que el porcentaje de libros de esta editorial que me gusten no sea tan elevado como lo es en mi recuerdo ya que este no me ha gustado prácticamente nada. Pero estas cosas nos pasan a todos, o ¿quién es capaz de decidir si esta canción (la primera vez que la oyó, me refiero; no ahora con la distancia) le gusto o le aberro? y ¿quién es capaz de decir que no le gustan los Lords of the New Church, con ese nombre tan chulo y su reputación?



Eso si, ahora mismo, viendo los libros leídos y mis notas sobre los discos de la colección de Álvaro, si os puedo asegurar dos cosas:

La primera es que La Investigación es una mierda de novela, o por hacer caso a la contraportada: una mierda de fábula. No es que la historia sea digna, o indigna de un niño de diez años, ni que el llamar a los protagonistas por sus actividades, sin ponerles nombre, resulte cansina e infantil, ni que la moraleja en el caso de haberla sea de una simpleza infinita (o más bien de una simpleza nula, ya que el concepto de infinito no es ninguna simpleza); no, lo peor para mi es que, aparte de todo esto, el autor estropee una gran referencia cinematográfica con esa corrección semántica de “No tenía mucho que perder. Al fin y al cabo, si estaba muerto, no podía estarlo más, dado que la muerte, se dijo, era un estado que no admitía superlativos. No se puede estar muy muerto ni extremadamente muerto. Uno está muerto y punto.” ¿De verdad? Venga hombre y ¿Qué pasa con Wesley y el milagroso Max? Un poco de cultura contemporánea en vez de tanta tontería. Al cine, o a ver la televisión cualquier navidad, lo mandaba yo para que comprendiera que se puede estar “muerto, o totalmente muerto”.

La segunda cosa que os puede asegurar es que el primer disco de Lloyd Cole sigue siendo un disco fascinante,  incluso en una tarde soleada pero que mejora mucho en una noche de lluvia (no necesariamente en Madrid, listillos, que sois como los toros… al primer trapo embestís sin tan siquiera tomar aire para la carrera) y por si alguno lo duda o no lo recuerda, aquí va uno de esos temas apabullantes que probablemente ni siquiera es el mejor del disco.


A mi vuelta de Piles tenía que empezar a preparar mi viaje a Nueva Zelanda, al que prometo dedicar una, o más, entradas posteriores ya que es país bastante extravagante, tan extravagante era todo que yo ni siquiera me di cuenta  (me lo hizo notar Álvaro a la vuelta) de que en los billetes ponía directamente “Te Putea Matua”, para referirse al Banco Central de Nueva Zelanda (o de Aotearoa que, para ampliar vuestra cultura , es como los nativos, ,os Maorís, denominan a Nueva Zelanda), algo que si bien, probablemente, no deja de ser cierto pues resulta excesivo reconocerlo tan explícitamente o para cualquier hispano hablante (especialmente para aquellos, que seguro que los hay, que se llamen Matua o para los Mateo que se puedan sentir aludidos). Es verdad que todo está del revés allí, no solo las cosas que uno sabe y espera (como el trafico) si no cosas más estúpidamente pequeñas como que hacia el Sur hace más frio y hay más montañas o que la gente es verdaderamente educada y respetuosa. No, no puedo confirmaros si realmente el agua des desagüe gira en sentido contrario ya que no tengo muy claro en qué sentido gira aquí y… bueno, se me olvido comprobarlo. Uno no puede estar en todo, ni siquiera en todos los temas “profesionales”. Ya os lo mirare, si vuelvo; o ya lo miráis vosotros si al final venís a visitarme (si es que me voy, que no estoy adelantando acontecimientos y nada está decidido; ni a medio decidir, ni nada).

No es que los preparativos que tuviera que hacer fueran muchos (me habría gustado probar a conducir por el lado correcto de la calzada para ir con confianza si tenía tiempo de alquilar un coche para hacer excursiones por el campo que parece que es lo más interesante de Nueva Zelanda, pero esto no es una tarea fácil, o dicho en modo Rajoy  es una tarea difícil, o en modo Hernandez y Fernandez, yo aún diría más, no es una tarea fácil), poco más que hacer la maleta y, dada mi edad y condición de salud, una bolsa de medicinas variadas y poco más.

Bueno, también me apetecía conseguir algo que leer en Ingles, idealmente en Ingles de Nueva Zelanda, para ir practicando en el viaje en avión, algo que inevitablemente me llevaría a volver a cometer mi característica doble traición, a mis dos librerías de referencia, para no tener que depender de las escasas novelas en ingles que hay en los kiosquillos del aeropuerto de Barajas (algo lamentable para un aeropuerto de esta entidad, e incluso para un aeropuerto regional).

Para consumar la traición me decidí por acercarme a una librería de Alonso Martinez que me sonaba tenían libros en inglés y en más idiomas: de hecho estaba convencido (esta vez con acierto) que se llamaba librería internacional. Por supuesto entre sin fijarme mucho y nada más entrar me asaltaron las dudas de si no debía haberme fijado un poco más y no meterme en una librería cualquiera,  ya que en la planta de calle (la misma que no tenía la relojería Enrique Busian, según sabemos todos que alguna vez hemos oído la radio)  no había libros más que en Español y de temas extravagantes. Esto me parecía algo raro para una librería internacional.  Afortunadamente y como ando en pleno proceso de cambio vital, aproveche mi lado femenino (ya que no parecía haber un plano o mapa que consultar con mi lado masculino) y le pregunte al dependiente que amablemente (por decir algo y ser algo más amable que él) me dirigió al sótano de la librería (los genios del marketing y de la colocación no dejaran nunca de sorprenderme).

Y si, era allí, en el sótano de la librería internacional, donde por extraño que pueda parecer estaban las diferentes secciones de literatura en idiomas varios y en la de ingles me sorprendió encontrar una novela de Connolly que no era de la serie de Charlie Parker ni de las otras series conocidas. La novela en cuestión: he, es una semi-biografía de Stan Laurel, el flaco, de El Gordo y el Flaco, aclaro, por si hay algún lector que anda flojo de historia del humor, del cine o en general de historia, digamos, contemporánea básica. La verdad es que es interesante de leer (su devoción por Chaplin, la de Stan Laurel, digo,  me resulta fascinante ya que a mí no es que me guste demasiado) y se nota el oficio de un escritor que la hace, más o menos, entretenida. Con todo, a mí la verdad es que no me ha llegado mucho. Probablemente por culpa mía y de mi desconocimiento de gran parte de la historia del cine, o por época debería decir del cinematógrafo. Estoy seguro de que para gente con más cultura, mejor dicho con una incultura menos enciclopédica que la mía, debe de ser fascinante. Con todo me encanta esta descripción de la industria del cine (concretamente la del productor Hal Roach, que obviamente era llamado cucaracha y no por ser tuno precisamente) que creo es aplicable al resto de industrias del entretenimiento (música, arte, literatura, etc.): “Hal Roach operates a manufactory and its machines must be fed. They are voracious consumers of ideas. They seek novelty, but only to replicate it. They demand variety, but only if it can conform to a set rule”. Un grave problema de difícil solución, ya que cada uno de nosotros lo amplifica al buscar la novedad y la variedad pero dentro de lo que siempre nos ha gustado, de nuestro propio conjunto de reglas, de estándares.

Pese a mi incultura del cine (matógrafo) clásico, mi incultura musical, siendo grande no lo es tanto,  me permitio alegrarme al encontrar en  la colección de discos de Álvaro ese clásico que empieza con ese fenomenal “people think I am the life of the party…” que luego siempre nos arranca (al menos a mí que soy un tipo sensible, con un lado femenino que me permite preguntar a dependientes) unas lagrimitas que al parecer dejan huella (por cierto que no sé porque pero la canción tarda en empezar, no os pongáis nerviosos).


Aunque me había comprado otro libro en inglés, para hacer que la traición fuera doble en todos los sentidos, la verdad es que con este conseguí llegar hasta Auckland sin problemas ya que viajaba por la noche y para no parecer el más raro del avión decidí, además de no sacar mi cuaderno de notas, hacer como que veía alguna película (que así también practicaba mi ingles oído, otra asignatura pendiente) e incluso disimular que dormía un rato (probablemente quedándome dormido, como buen actor del método que soy).

Como ya he comentado no quiero hablar mucho de Auckland (de momento) pero solo diré que se supone que es una ciudad de 1,3 millones de habitantes y que pese a que yo soy un tipo andarín al que le gusta patearse las ciudades (normalmente hasta los límites de los mapas oficiales u oficiosos) me costó encontrar una librería decente en la ciudad y para encontrar la segunda, la única anunciada como “independiente”, tuve que salirme del mapa oficial por bastante, hasta una zona residencial llamada Mount Eden (Auckland no es una ciudad, en un sentido europeo, sino que es un conjunto de núcleos pequeños unidos entre sí pero separados por descampados, zonas industriales e incluso cementerios) y llegar a la librería Time Out.

Como yo no soy mucho de saludar, ni de preguntar (pese a mi lado femenino ya mencionado) me dedique a recorrer la librería (bueno, recorrer, recorrer; no, ya que es pequeñita) hasta localizar la sección de escritores Neozelandeses ya que me apetecía leer cosas locales. Me hice con unos cuantos libros, escogiéndolos tras una cuidadosa valoración del título, la portada e incluso una rápida lectura de la contraportada y cuando ya tenía mi pequeño montoncito me acerque a la cajera y de la que escaneaba los códigos para cobrarme aproveche para preguntarle lo obvio (ya que no lo había hecho al entrar) ¿Qué si me recomendaba algún autor contemporáneo neozelandés? que no conocía ninguno y que me apetecía intentar aprender cómo funciona el cerebro de los locales ya que tengo la teoría de que se aprende más de cómo funciona una sociedad o de cómo es la gente de verdad, leyendo ficción que leyendo, digamos, una guía de la ciudad e incluso hablando con los nativos (pese a que ella no era Maorí tuve el cuidado de no referirme a ellos como aborígenes, ya que aún no sabía si los neozelandeses son, o no, susceptibles con este tema. No, no parecen serlo).

Como no puede ser menos con gente de origen anglosajón, nos pusimos a charlar de esas cosas típicas entre turista y nativo y resulto que había estado en España, en Barcelona, para asistir al Primavera Sound; algo que he de reconocer me pareció increíble ya que eso de recorrerse medio mundo para ir a un festival me parecía demasiada locura por muy indie que uno sea y por muy aislado que viva en una isla. Si, si, ya se, ya se, por donde vais y  eso de la mota y la viga… y que un tipo que se ha recorrido medio mundo solo para ver si le ofrecen algún trabajo interesante no es quien para criticar los motivos de viaje de nadie, ni siquiera de una indie, ni tan siquiera de una indie casi seguro lesbiana (afirmación que no pretende ser peyorativa, ni valorativa, sino solo enunciativa ya que el otro sitio que había visitado de España era Sitges y sus recomendaciones lectoras tiraban – como más tarde comprobaría – hacia la literatura de género, o como se diga).

En cualquier caso me di mi paseo de vuelta hasta el apartamento y me dispuse a leer una de sus recomendaciones: The new animals, que me apetecía bastante ya que la acción se sitúa en Auckland, en la actualidad y , pese a que sus protagonistas son millennials preocupados por la moda y por lo tanto no exactamente interesantes para mí, igual me aportaba alguna idea de hacia dónde dirigir mis pasos en las noches de Auckland, mas allá de la zona del puerto, si no para unirme a un grupo de millenials por lo menos por simple cotilleria social. La verdad es que la historia, como era esperable, no consiguió interesarme; tampoco me resultaron especialmente interesantes los personajes ni el estilo ni el tono de la escritura; y encima la zona en la que pasan la acción, K-Road, que en la novela se describe como una zona llena de gente y vida nocturna era bastante inhóspita para el estándar de una ciudad como Madrid,  y en ninguna de las veces que la visite (varias a distintas horas) no conseguí encontrar la actividad que se describe en la novela (igual este año ya no es una zona de moda, o los aborígenes son astutos y se esconden al olor de los turistas ávidos de color local o sedientos de oír una buena canción; nunca se sabe con estos Abo).

Pese a la decepción de K-Road en cuanto a la vida nocturna de Auckland si conseguí encontrar un par de sitios, escondidos en callejones no recomendables,  en los que si bien no se podían escuchar canciones como esta de los Lem Price 3, si se podían escuchar algunos temas de sus “padres espirituales”  (me refiero para los de oído duro a The Jam, entre otros):


Tras esta experiencia con las recomendaciones de la librera decidí darle una oportunidad a una de mis elecciones al azar: A line too far, novela que había escogido pese a que la acción de la misma se sitúa en Australia (que no es lo mismo que Nueva Zelanda y que de hecho no esta tan cerca cómo nos parece desde este lado del globo) porque su premisa tenía un aire a una de Murakami (el bueno, no el que estáis pensado) que ya me había leído.

En esta unos comandos chinos se hacen con la mitad de Australia sin ninguna violencia, llegando a las bases militares en autobús turísticos y tomándolas por sorpresa tomando como rehenes a los soldados de las mismas, para luego reclamar que Australia pacte con ellos la entrega de la mitad del territorio (en la de Murakami son unos comando coreanos los que invaden unas islas japonesas sobre las que reclaman la soberanía, en plan batalla de Perejil). Pese a que la zona de Australia que invaden apenas tiene población, solo tiene muchos recursos naturales sin explotar, tampoco es aceptable regalársela a los chinos por lo que el primer ministro llega a una solución bastante demencial que no es contare, no sé bien si por no estropearos la novela (aunque dudo que llegue a traducirse) o bien por dejaros con la intriga y la duda ya que es divertida de leer (quien sabe igual si la traducen, o hacen una película) o tal vez solo por hacerme el cultureta interesante. A mí personalmente me ha encantado  la descripción de la multiculturalidad de “Australia: another great melting pot of people where the temperature had never been enough to dissolve racism and prejudice” por aquello de su aplicabilidad a muchas otras zonas, incluso con menor temperatura, en las que la multiculturalidad no ha conseguido eliminar estos males.

Si bien el orden de una discografía (o de un colección de discos, si fuera el caso; que no lo es porque todos sabemos que Álvaro no colección discos, ni cosas en general) es muy personal me sorprendió mucho encontrar en la letra L un recopilatorio (Let’s Active) de IRS, una discográfica o distribuidora muy, pero que muy ochentera, y en cierta medida “combativa” y me alegro volver a escuchar a The Alarm, un grupo de esos que a mí me gustan desde siempre pero que aún no he encontrado a nadie más a quien le gusten y que viene bien para ambientar una novela de invasiones.

Ahora que me doy cuenta veo que en Auckland tampoco leí tanto como me había parecido, supongo que al final entre unas actividades y otras estuve más ocupado de lo que tengo la sensación de haber estado, ya que solamente me dio tiempo a empezar el otro libro que había comprado en Madrid: Madness is better than defeat, antes de empezar a empaquetar los libros y ropas para volver a encerrarme durante un día en un par de aviones de vuelta (quien sabe si temporalmente) a este país demenciado con mis dementes compatriotas de los que me sentía tan distante en el cambio de avión en Dubái (y solo llevaba diez días sin haber tratado con ningún español) que me produjo un verdadero shock cultural (el encontrarme tras varios días sin tratar con compatriotas, encontrarme a la espera de  un avión que se iba a llenar de españoles, muy  y mucho españoles). En cualquier caso, ya hablaremos, si eso, otro día, de nuestros compatriotas y de cómo son (somos, me temo aunque no me guste; pero unos más que otros) mi toma de contacto con ellos me convenció de que tiene que existir vida en otros planetas, ya que claramente la tierra es el manicomio de la Galaxia y España es el ala de casos especiales, de los casos irrecuperables me temo.

La novela es de esas bastante delirantes y divertidas, desde la premisa inicial, que ciertamente merece la pena leer, aunque combine cosas excelentes con cosas más flojillas e incluso previsibles y ya conocidas. Entre las mejores, para mi,  esta reflexión sobre la escritura de informes en organismos oficiales, concretamente en la CIA: “The agency generates millions of pages of documents a year, much of that in the form of first-person narratives, and although the internal literature of the agency may never had its Modernist or its Beat period, it’s absurd to suppose that a bunch of neophiliac college-educated guys at their typewriters would be totally unaffected by what’s going on out at the publishing houses that in some cases they’re secretly funding.”

Estoy convencido que aquí existe un tema de tesis interesante y que un estudio de la evolución del lenguaje en los informes de inteligencia (o de otros ámbitos) seria verdaderamente divertido de leer, a la par que educativo. Mucho más interesante, eso seguro, que leer este blog del que hoy me despido con este tema de Power-Pop de The Look, casi en forma de agradecimiento por seguir hasta aquí conmigo, si es que alguno lo habéis conseguido, o como petición para otras entradas u otros días, o alguna opinión: “Be with me”.



Lecturas:

Las doce balas de Samuel Hawley – Hannah Tinti
El secreto de Gray Mountain – John Grisham
La primera mano que sostuvo la mía - Maggie O’Farrell
La investigación – Philippe Claudel
He – John Connolly
The new animals – Pip Adam
A line too far – B.C. Colman
Madness is better than defeat – Ned Beauman

domingo, 15 de julio de 2018

Comentario de textos Junio 2018



Hay un experimento bastante conocido de psicología que se supone prueba la capacidad de percepción y concentración, en el que se pide a los sujetos que observen un video de un partido de baloncesto y cuenten cuantos pases da el equipo que lleva la camiseta oscura. No parece ni difícil (no lo es, la mayor parte de la gente acierta, o se aproxima bastante) ni especialmente interesante, sin embargo los experimentadores lo ven como una prueba de la escasa capacidad de percepción de los sujetos. ¿Cómo, os preguntareis, llegan a semejante conclusión?  Pues sencillamente porque es un experimento tramposo, muy tramposo. Resulta que mientras estas contando los pases un tipo disfrazado de gorila cruza el campo de juego haciendo chorradas y la mayor parte de los espectadores no se dan cuenta de este hecho, no es que no lo comenten, es que sencillamente no lo observan.

¿Prueba esto que los espectadores no tienen capacidad de percepción? Yo lo dudo, al fin y al cabo lo que se les ha pedido es que se fijen, y cuenten, el número de pases que realiza el equipo vestido de oscuro, no se les ha pedido que se fijen en si hay algo anormal en el partido (por muy anormal que sea) igual que tampoco se les ha pedido que se fijen en el color de pelo de los jugadores. Para mí, y en las repeticiones del experimento se pone de manifiesto, es evidente que si no les hubieran pedido que contaran los pases seguramente casi todos hubieran observado al tipo disfrazado de gorila, pero al imponer una tarea concreta en la mente de los espectadores se desvirtúa su capacidad de observación y percepción.

¿Por qué inicio hoy este blog “de libros” con algo tan fuera de lugar? Bueno, pues básicamente porque yo voy a hacer algo parecido y hablando de libros (y canciones) voy a intentar que no se noten mis comentarios sobre algún posible cambio importante en mi vida (la palabra clave de esta frase es “posible”, ya que de momento solo es una posibilidad que estoy explorando, para nada una realidad. Tan solo una idea). Bueno, hare eso o igual – depende de cómo se desarrolle la escritura – igual ni siquiera lo comento en este blog, como si yo fuera tan supersticioso como un escritor que nunca cuenta de que van sus novelas hasta que no las ha terminado cuando la realidad es que yo no soy supersticioso porque serlo trae mala suerte. Así que en esta entrada os pido contéis el número de vocales que aparecen en la misma.


Pero vamos con el experimento y empecemos por mi primera lectura del mes, Papá se ha ido de casa, título que obviamente no invita a leerla pero que como la contraportada la clasificaba de “un clásico del feminismo inglés”, siendo este un tema del que no tengo ni idea, no ya del feminismo inglés, si no del feminismo en general, pues me decidí a comprarla a ver si aprendía, comprendía, aunque fuera algo básico que tampoco era mi interés averiguar las diferencias entre el feminismo inglés y el feminismo de otras nacionalidades. ¿He aprendido algo? No, la verdad es que no, no he aprendido nada pero igual esto se debe a que ya sabía algo de las diferencias históricas entre hombres y mujeres y como estas todavía se mantienen en gran medida (en mayor medida en unos sitios que en otros) a día de hoy (más aun en la época en la que está escrita la novela, 1958). Si, supongo que he aprendido (o podría haber aprendido de no saberlo) que las costumbres sociales son incluso más inamovibles, o más lentamente transformables, que los conocimientos científicos, esos mismos que la protagonista en cierta medida asume durante la novela: “Ella había leído en algún sitio que, en el pasado, la gente creía que el cerebro tenía como finalidad derramar vapor frio sobre el corazón para enfriar las pasiones. Al parecer eso es lo que le estaba sucediendo a ella en aquel momento”. Si, la gente ha creído durante mucho tiempo cosas como estas y como que las mujeres deben de servir al hombre, o que su verdadera finalidad es la de ser “reproductoras” (en este sentido esto no solo una absurdez del feminismo sino de toda la sociedad que trasmite la idea de que la reproducción es parte de una vida completa, tanto para las mujeres como para los hombres) y lo que es peor es que mucha gente sigue creyendo en cosas igual de absurdas o incluso todavía más absurdas como que existen alimentos naturales y otros que no lo son, que existen alimentos libres de químicos, o eso que no todos tenemos los mismos derechos (ya sea hablando de mujeres y hombres, tendencias sexuales, lugar de nacimiento o creencias). Si, todavía quedan grandes bolsas de ignorancia y estupidez en el mundo que deben de ser erradicadas.

Por cierto que esto es algo de lo que yo no me considero liberado ya que todavía considero que hay grupos…  y grupos de chicas. Por ejemplo en la colección (perdón discografía, que no colección) de Álvaro hay dos copias del disco de Heroines (uno de los grupos favoritos de Helena) que pese a ser un grupo paritario, para mí, es claramente un grupo de chicas, que suenan así de bien (o incluso mejor) lo que no tengo ni idea de si me convierte en feminista (por considerar que en este grupo las chicas son más importantes que los chicos, siendo el mismo número) o en machista (simplemente por hacer la distinción). Ni idea, con estas cosas me pierdo.



Algo con lo que si me he quedado de este libro es con ese “Se hallaban, en plena madurez, aun capacitados para cometer cualquier crimen y cualquier grandeza, paralizados por la trivialidad” que siento es de aplicación a mi edad actual (igual no en plena madurez, si no ya un poco pasado, posiblemente solo aprovechable en forma de macedonia, y con capacidad solo para cosas de tamaño mediano; nada de grandezas ni mucho menos de crimenes) pero ciertamente paralizado por la trivialidad. Un poco menos paralizado ahora que me estoy planteando marcharme de este país para quitarme toda esa trivialidad de encima e intentar tomar un nuevo impulso. Como según el experimento debéis andar entretenidos contando vocales, sin prestar demasiada atención a la lectura, aprovecho para dar salida al gorila a cancha y os cuento que el jueves me marcho a Nueva Zelanda, de momento para conocerlo pero con la sincera intención de conseguir que me guste, me ofrezcan un trabajo que me interese y volver para quedarme y reinventarme para dejar de lado esta trivialidad que me paraliza y confiando en que no me salga mi Doppelgänger malvado como el que cantaban que tenían los Hex Dispensers:



Precisamente el tema de los Dopplegänger y en su acepción más normal de “gemelo malvado” encaja con mi siguiente lectura, La novia gitana, ya que su supuesta autora (Carmen Mola) es obviamente un seudónimo (algo que no hacía falta que indicaran en la solapilla, aunque es posible, incluso probable, que existan varias Carmen Mola a las que tampoco quiero ofender que igual alguna es familia de general golpista y tampoco es plan de empezar otra guerra civil por una bromilla) que es algo que puede asociarse a un gemelo, a un Dopplegänger, y porque es mala, como si fuera un gemelo malvado, aunque claro igual el gemelo original tampoco es bueno. NI idea, ya que la lectura de la novela no me ha producido ni el más mínimo interés en saber quién es quién se esconde tras ese seudónimo, así que puede que este sea su gemelo malvado o puede que incluso sea su gemelo brillante, habrá que averiguar quién es el gemelo original para decidir. En cualquier caso creo necesario aclarar que no es que sea una novela pésima, ni siquiera especialmente mala, lo que pasa es que es una novela que no tiene nada: ni una historia clasificable como buena, ni unos buenos diálogos, ni personajes de los que te gustaría saber más; pero como lectura de verano pues se deja leer pero poco más.

La novena hora se inicia con un suicidio, lo cual es una forma cunado menos llamativa de empezar una novela que si eres como yo (y no te has leído la contraportada para saber de qué va la novela) pues te deja con la duda de si la novela se centrara en cómo se ha llegado a esta situación o si bien la novela tratara del futuro y de la aceptación, o no, de este suicidio; de su impacto en otros personajes. Si no eres como yo (y te has leído la contraportada) ya sabes que solo es un punto de comienzo como otro cualquiera y que realmente la historia no trata del suicidio si no que este es solo eso, un punto para situar a los personajes y justificar parte de su situacion. Supongo que si yo fuera un poco menos como yo me habría costado un poco más comprar esta novela ya que las vidas asociadas a un convento de Brooklyn me interesan bastante menos que la perdida voluntaria de la vida, el suicidio, que he de decir es un tema que me interesa mucho.

Aclaro, antes de que alguien se me ponga nervioso: no como acto a practicar, sobre todo porque solo se puede practicar una vez y yo soy más de hacer cosas repetitivas, ya que siguiendo una famosa regla informática a mí nunca me sale bien a la primera ya que si algo funciona a la primera es que está mal; pero también en gran medida porque pese a que soy una persona básicamente feliz.

Por aclarar la aclaración, confesare que no tengo el valor de negar que en algunos momentos la idea de este acto haya pasado por mi mente, todos tenemos momentos verdaderamente malos en los que lo mandaríamos todo a paseo (por no decir a la mierda), a todos nos han dado sirocos en los que no vemos mucho sentido a las cosas. Afortunadamente nunca me he sentido cerca, posiblemente por mis experiencias vitales sobre el impacto en otras personas, pero en gran medida creo que también, pese a lo que recomiendo la sabiduría popular, porque no me he dedicado a compartir estos sentimientos depresivos cuando los he tenido y a que mi relación con las drogas siempre ha sido recreacional y no paliativa, nunca he bebido o he tomado drogas para intentar olvidar o salir de una situación, solo para divertirme o ser lo suficientemente social como para intentar seducir a alguien, solamente para mejorar una situación que ya era buena. Para mí solo existe una forma de enfrentarse a las situaciones malas y es la de plantarles cara, con todas tus fuerzas pero solamente con tus fuerzas; si necesitas sustancias que te den fuerzas adicionales, o si necesitas el apoyo de otras personas (más allá del que ya tienes, del que te has ganado, en condiciones normales) nunca lograras enfrentarte de verdad a las cosas malas, solo las esconderás, ellas se dedicaran a crecer mientras tu no las miras y tú te harás dependiente de ese apoyo externo (ya sean sustancias o personas) algo que me parece más un problema que una solución. Pero divago, ya, si eso, hablamos de temas serios otro día, que ahora es el momento de que sigáis contando vocales y de aprovechar para recordar otro clásico de la letra H, los Hi-Risers:


 En cualquier caso y aunque la novela no trate mucho del suicida deja algunas reflexiones para católicos y otros creyentes en reencarnaciones: “¿acaso puede haber un tormento mayor para un hombre cuyo pecado fue el suicidio que el de permanecer atrapado para siempre en el cuerpo del que había intentado deshacerse?”; e incluso otras para grandes preguntas para los agnósticos con sentido del humor (pero no del tiempo): “¿acaso no es gracioso como morimos todos al mismo tiempo? Siempre al final de nuestras vidas. ¿Por qué preocuparnos?”

A finales de mes, para evitar las fiestas del Orgullo Gay (y Lesbico y Trans, y Bi e indiferente, y cualquier cosa salvo, no sé bien porque, las de aquellos a los que la identidad sexual no nos parece relevante) que ya son las fiestas principales de Madrid que la hacen inhabitable, desplazando a otros santos patrones (como San Isidro, La Almudena, La Paloma o El Camen) más tradicionales y que a mí me molestaban de forma similar (a mi odio por las multitudes y por los festejos populares no le importa la identidad sexual o religiosa, o la causa solidaria que se reivindique y solo respetan, parcialmente las fiestas de San Genaro en NYC) me marche a Piles lo que me obligo a volver a visitar mi librería de referencia, la Librería Méndez de la calle mayor, para proveerme de lecturas ya que ni siquiera tenia lectura para un viaje en cercanías hasta la Librería Fuenfria de Cercedilla, algo que si yo fuera mi hermano me haría cantarme, sumamente enfadado y decepcionado por mi escaso apoyo al negocio, al menos el título de esa temazo de Husker Du, que os recuerdo:



En cualquier caso y sin comprobar si mi hermano ha decidido no volver a hablarme, por no subir a visitarle o por alguna de las otras razones que Husker Du, da en ese temazo, me compre, entre otros, para llevarme a Piles, uno de esos libros que asusta por su tamaño, más de seiscientas páginas, vamos, lo que viene siendo un verdadero “tocho” que se llama Tierra Madre y del que la frase de la contraportada me parecía tan buena como esa de las familias felices y tristes de todos sabéis quien: “Uno viene de una familia como de una tierra lejana. La nuestra era un caso aparte con sus propias costumbres y crueldades”.

Si bien yo le hubiera aplicado el método Stephen King (que según el mismo consiste en eliminar al menos un diez por cierto de lo escrito en cada revisión y realizar más de tres de cada original), al menos un par de veces y le habría quitado unas doscientas páginas que, para mí, no son más que repeticiones la verdad es que es un libro que me ha impresionado.

Según lo leía no podía dejar de pensar en que la madre del libro es exactamente igual que mi abuela: abusiva, manipuladora y sencillamente mala, así como pensar que en gran medida ha sido una suerte que, en cierto modo, mi madre fuera hija única (realmente tuvo un hermano pero murió muy joven) y mi abuela no pudiera ejercer la manipulación final de enfrentar a sus propios hijos. Con doscientas páginas menos habría sido mejor novela y creo que incluso habrían resaltado más esas frases de defensa de los lectores que a todos (los lectores, se entiende) nos gusta leer y nos creemos como grandes verdades: “La gente que lee mucho y con fervor aprende un idioma y habita un mundo que es diferente del mundo de los que no leen. No me refiero a los analfabetos, que, como tantos que conocí en África, desarrollan unas habilidades de observación especiales. Los no lectores son meramente vagos y arrogantes y obtusos. Y cuando hablo de lectores, no estoy pensando en los que están siempre buscando la última novedad, sino a los que vagan por el ámbito de la literatura, a los que se meten entre sus matorrales y en sus cavernas, a los que recorren los caminos poco transitados por los que solo los genios descarriados se aventuran. Los nombres famosos, desde luego: Shakespeare, Dickens (el Shakespeare de la novela), Flaubert, Joyce, Twain y Melville. Incuso quienes no leen conocen estos nombres, y aunque nunca abran un libro, han oído lo de «ser o no ser» y lo de por «por favor, señor, quiero un poco más» y que el capitán Ahab tenía una pata de palo y que la ballena es blanca. Pero nunca han oído los nombres de …” y sigue con una lista de autores que me excluye de su clasificación como lector debido a mi incultura enciclopédica (aunque me siento menos excluido que muchos conocidos míos que más que lectores son practicantes del Tsundoku, esa intraducible palabra japonesa que describe el hecho comprar libros solo para dejar que se apilen, sin leerlos).

Estando ahora mismo planteándome un cambio vital hay otras frases, en este libro con las que me siento identificado: “Con el tiempo, comprendes que se llega a un momento en la vida en el que no hay nada más para ti, nada más que una creciente repetición, el eco moribundo de las cosas pasadas.” pero con las que no me conformo, creo que esto se puede, y se debe cambiar, aunque para ello uno tenga que plantearse algún cambio que pueda ser clasificado de radical. Algunas veces uno ha de pasar de hacer el punk de Refused al PowerPop de The Lost Patrol Band o incluso dedicarse a cantar en un idioma incomprensible para la mayoría del universo, reinventarse como Invasionen y dar uno de los mejores conciertos que he visto en el Wurlitzer y puede que incluso fuera del Wurlitzer.


Algunos cambios aunque nos hagan ser un poco más incomprensibles resultan a veces necesarios para avanzar. Y aquí termina el experimento, el numero de vocales del texto o cualquier otra cosa, para eso están los comentarios.


 Lecturas:

Papa se ha ido de caza – Penelope Mortimer
La novia gitana – Carmen Mola
La novena hora – Alice McDermott
Tierra Madre – Paul Theroux

domingo, 10 de junio de 2018

Comentario de textos Mayo 2018 (y la G)



Pues ya estamos en Junio, como quien dice ya prácticamente en el verano, algo que a la mayoría de la gente le hace mucha ilusión pero que a mí me resulta bastante indiferente (como siempre digo, las vacaciones – y el verano – son para los pobres; los ricos no las necesitamos). En cambio sí que me hace ilusión llegar en este momento hasta la letra G ya que así puedo empezar colocando una canción de Gruppo Sportivo, que vale, lo sabemos todos: no son un gran grupo, pero innegablemente son divertidos; o eran divertidos en aquella época (los primeros ochenta) en el que las chorradas eran mucho mas chorradas que ahora mismo (si, ya lo sé: la nostalgia tampoco es lo que era) y que pese a la desfasada canción que os pongo, que creo que tiene todo tipo de “marcianadas”, también tenían buenas canciones.



No puedo decir que Sportivo (Gruppo) haya sido nunca uno de mis grupos favoritos (solo tengo un vago recuerdo de haber visto al calvo, a las dos chiquillas y los dos saxofonistas en directo y de haber disfrutado mucho con sus tonterías pero puede que no los haya visto. Mi memoria, como la de todos, es así y tanto pierde los recuerdos como los crea) por lo que la oportunidad de poner una canción de ellos tampoco debería ser nada especial, lo que pasa es que Sportivo (Bar) sí que ha sido un nombre al que me siento vinculado, muy vinculado, por muchas casualidades de la vida.

El Sportivo, del que pese a las horas que he pasado en el no estoy seguro de que se llamara así por el Gruppo Sportivo, era uno de los bares favoritos de Lourdes y mío; junto con el Haddock – del que si puedo asegurar que se llamaba así por el capitán Haddock, el de Tintín, aclaro por si alguno tiene tan pocas referencias como mi sobrina – que dejamos de frecuentar tanto porque lo descubrieron y le cogieron cariño, los amigos de mi hermano Rafa y ya no resultaba tan divertido; y el Wilhelm Meister – del que también puedo asegurar la procedencia de su nombre, siendo innecesario aclararos que se refiere al personaje de Goethe, porque todos  “sabemos quién es Wilhelm Meister, ¿o no?” que fue lo que nos preguntó el dueño antes de ponernos la primera copa y a lo que contestamos lo sufrientemente bien como para que nos pusiera las siguientes y que, con independencia del día que fuera, nos recibiera siempre con el Friday on my mind de The EasyBeats, canción que por algún motivo decidió que era nuestra canción favorita y que para mí ya está ineludiblemente unida a aquellas noches y a aquel minúsculo bar.

Pero volviendo al Sportivo, como hacíamos al menos un par de veces por semana durante tantos años que al final lo llevaban los hermanos pequeños de los que lo llevaban al principio por lo que fuimos clientes “Intergeneracionales”, o casi decoración propia del bar, si bien al final cerro, igual porque Lourdes y yo ya no íbamos (ya ni siquiera éramos Lourdes y yo) las casualidades de la vida hicieron que uno de los primeros locales (para nada el primero, que ya habían mirado bastantes, creo) que vieron Álvaro y Helena  para montar un bar fuera precisamente el Sportivo. La verdad es que no estaban cien por cien convencidos de cogerlo ya que pillaba un poco fuera de Malasaña, pese a estar en la mismísima calle e Manuela Malasaña, y en una zona de poco paso. Creo que incluso comentamos la posibilidad de que me acercara a verlo antes de decidirnos, lo cual a mí me parecía un poco innecesario ya que había pasado tantas horas allí tomando bacardis con limón que nuestro primer pedido no llegaría para servir ni una décima parte de los que me había bebido en el bar, probablemente ni siquiera diera para los que se había bebido Lourdes. ¿Ir a verlo? Menuda tontería, pero si, sin ninguna duda, podía ir desde la barra hasta los servicios, y volver, con los ojos cerrados e incluso sin recuperarme del todo de una lobotomía frontal, o una ingestión masiva de alcohol (algo que seguramente ya había hecho más de una vez). Totalmente innecesario eso de ir a visitarlo, que no se preocuparan porque fuera una calle de “poco paso”, que cerrábamos el trato, firmábamos los papeles y nos poníamos manos a la obra, o en su defecto una copilla (aunque igual no un ron con limón que yo ya me había pasado, casi definitivamente, al Barceló con zumo de naranja, bebida a la que me habían introducido Lourdes y Cocucho y que pese a que no era habitual que hubiera en los bares, resultaba innegociable tener).

Pero ¿no vas a ver el Sportivo antes de firmar? Insistían estos dos. ¿Cómo vamos a decidirnos a coger un bar sin que vayas a verlo? Tú… tú no eres normal; tienes que verlo antes de tomar la decisión; esto no es como comprar una barra de pan o como comprar una cerveza (estamos hablando de mucho antes de que existieran las cervezas artesanas y los cientos de tipos que existen ahora).

Pero yo no tenía ningún interés en volver a verlo, ya lo conocía y no tenía ni idea de lo que podía hacer un bar mejor que otro, o de que era lo que esperaban que viera que no hubiera visto ya. Además había decidido que sería mucho más divertido ver la cara que pondrían los hermanos (Los pequeños o los mayores) cuando supieran que era a mí, a un cliente, a quien se lo vendían. Sí, hombre, ¿perdernos la cara que iban a poner los dueños cuando me vieran entrar a mí a firmar el traspaso solo por ver el almacén? No, hombre no. No merecía la pena.

Y acerté ya que la cara que se les quedo a los hermanos cuando me vieron, porque ciertamente me reconocieron, fue lo suficientemente antológica para compensar el hecho de que hubiera zonas del bar que no conocía y que igual hubiera estado bien ver antes de comprarlo, ya que ¿Quién se iba a esperar que el almacén estuviera lleno de ruedas de carritos, de asideros de autobús o incluso de señales de tráfico y semáforos? Además, aunque hubiera sabido antes de estas pequeñeces, nada habría cambiado. Abrir un bar era una necesidad en esos momentos y el Sportivo cumplía los requisitos necesarios para ser un gran bar, al menos para mí como ya había demostrado mi presencia continuada en el mismo. No, cerraríamos el trato y abriríamos el Morgenstern (aunque creo que aún no sabíamos que se llamaría así; eso lo decidiríamos más tarde tomando unas pintas, o puede que unas pintas de mas) sin necesidad de que yo fuera a ver el local. Del Morgenstern, pasamos al Acme, luego al Wurlitzer y al Wharf-73, y a lo que todavía quede por venir por lo que en gran medida todo empezó con el Sportivo. Eso y las muchas horas de felicidad que pase en el Sportivo con Lourdes, y la suposición de que el nombre inicial venia por Gruppo Sportivo hacen que para mí sea importante este grupo, aunque nunca fuera uno de mis grupos favoritos, ni siquiera uno de mis favoritos en la letra G, ni siquiera en la letra G limitada a la colección de discos de Álvaro (donde debo hacer notar que no se encuentra Gram Parsons, lo cual es una ausencia mayor) ya que en esta letra también se encuentra el excelente, si bien errático, Graham Parker.



Sin ánimo de entrar en el debate musical me reafirmo en mi opinión de excelente pero errático como demostró en su concierto del 86, en la Universal (la de Manuel Becerra) del que todavía tengo un recuerdo agridulce, con temas excelentes pero con partes que no estaban a la altura de lo que algunos esperábamos de él. Una lástima, pero divago, ya, si eso, hablamos de esto otro día. Ahora, a por las lecturas.

Mi primera lectura del mes ha sido un libro que realmente no me apetecía nada leer pero que me sentí obligado a comprar por su título: Como leer el agua. He de reconocer que en parte estaba predispuesto a que no me gustara,  no solo por ser un libro divulgativo, género que no me interesa lo mas mínimo si no también por el aspecto del autor, por los subtítulos de la portada, por la contraportada, por la hojeada rápida que había echado al interior del mismo; pero por otra parte estaba dispuesto a que me gustara e incluso a aprender cosas sobre el tema que es el centro de mi carrera profesional y que también me fascina como entretenimiento. Digamos que sus posibilidades estaban al cincuenta por ciento, o tal vez treinta setenta al iniciar la lectura y sin embargo no he conseguido pasar de la mitad del libro, y eso ya con mucha insistencia por mi parte. A mí me ha parecido una autentica bazofia pero imagino que puede tener su público ya que una de las cosas que más me ha aberrado es la necesidad que el autor muestra por no usar ningún termino técnico, como si el uso de estos fuera una enfermedad, como aquella defensora de las comidas naturales que afirma que ella no come nada que no sepa pronunciar (y que parece que tiene graves problemas de pronunciación o la necesidad de llamar a las cosas que no le gustan por un nombre que no les guste y que en este caso si no quisiera tomar agua la llamaría monóxido de dihidrógeno, u oxido de hidrogeno, y te convencería que no es natural, de que es malo tomarla porque ella no sabe pronunciarla). Digo lo de bazofia con un poco de dolor y vergüenza ya que creo que en el libro hay cosas interesantes y que la divulgación del mundo del agua es algo muy interesante por lo que es una oportunidad perdida, o incluso peor que perdida ya que la falta de rigor científico y la creencia de que el público no científico es cuasi analfabeto (o analfabeto científico) es una verdadera lástima.

Es algo que me da casi tanta lastima como esa gente a la que ahora le gusta The Gaslight Anthem pero reniegan de Springsteen, siendo incapaces de ver el parecido musical entre ambos por no decir cuánto le deben los primeros al segundo, no solo en sonido si no en su apoyo como aborígenes ambos de New Jersey. Dos hechos igual de lamentables.


Este mes también me hace ilusión porque por fin  puedo escribir que he visitado mi librería de referencia de la sierra de Madrid, la librería Fuenfría de Cercedilla, aunque he de confesar que me sorprendió un poco no encontraros a ninguno en su interior, o en su exterior ya que el librero Tarambana decidió cerrar pronto y abrir tarde, para festejar que gran parte de la familia habíamos subido a verle impulsados por mi tío (primo o sobrino, en realidad) Ricardo que por algún motivo decidió que subiéramos hasta allí para comer en lugar de hacerlo en un lugar más civilizado.

Mientras mi hermano firmaba ejemplares de su última novela para familiares y amigos que recibirían el libro por persona interpuesta yo aproveche para dar una vuelta por la librería intentando decidirme por algo que comprar ya que yo seguía esperando a que mi hermano me regalara la tradicional copia dedicada de su libro que acompañara a la que yo suelo comprarme para tener siempre dos copias en casa, como si esperara un divorcio y una pelea por los ejemplares de las novelas de Rafa.

Al final siguiendo las recomendaciones del librero tarambana me decidí a comprarme El Orden del día, novela corta que posiblemente yo nunca me hubiera comprado ya que el tema de las intrigas del tercer Reich o de los tornadizos industriales no me parecía especialmente interesante ni tentadora. Me alegra poder confirmar que es precisamente por esto por lo que tengo librerías de referencia, para que me recomienden cosas que posiblemente yo no me leería ya sea de forma implícita con la preselección que realizan de lo que ponen o no en los mostradores o de forma explícita como es el caso. Es verdad que el tema sigue sin interesarme especialmente pero que leer situaciones en las que uno puede sentirse tan identificado como cuando te enfrentas a una grosería injustificable y no reaccionas como deberías ya que no haces lo que debes, cuando “El intento de intimidación es grosero. Las maniobras más brutales nos dejan sin voz. Uno no se atreve a decir nada. Un ser demasiado educado, demasiado tímido, en lo más hondo de nuestro interior, contesta en vez de nosotros; dice lo contrario de lo que habría que decir.” siempre te proporciona el consuelo de no saberte solo. Es más, de no saberte solo frente a ese otro tipo de personas que piensan y actúan de una forma inaceptable bajo premisas tan absurdas como “Al cuerno el derecho, al cuerno las cartas magnas, las constituciones y los tratados, al cuerno las leyes, esas pequeñas escorias normativas y abstractas, generales e impersonales, las concubinas de Hammurabi, que son, como dicen, las mismas para todos, ¡esas pelanduscas! ¿Acaso el hecho consumado no es el más consistente de todos los derechos?” y que son la verdadera esencia del fascismo, el germen o el corazón de los comportamientos fascistas que se dan en todos lados, no solo en la política, sino en la vida cotidiana ya que no son más que el desprecio por los acuerdos tácitos de convivencia y que nos llevan a que las leyes (esas pelanduscas) no sean aplicables a nosotros. Por qué para mí el fascismo es simplemente eso, considerar que uno puede colarse en una cola, aparcar donde le dé la gana y esas pequeñas cosa; considerarse legitimado por hacer esos actos. Una gran recomendación del librero que me motiva a subir al campo con más frecuencia.

Al igual que ocurrió en los ochenta, una vez terminada la dictadura e incluso la parte más seria de la transición, era el momento de darse a la diversión así que después de esta lectura y de estas frases serias me veo obligado a poneros este gran tema de The Graduate que por lo absurdo del título es una declaración bailable del principio de permisividad (por mucho que poco más tarde este grupo se convirtiera en Tears or Fears y grabaran aquel gran disco The Hurting, mucho más serio y del que todos hemos gritado una parte lo que además de una realidad es una broma cultureta a descubrir que os dejo)




De vez en cuando por casa encuentro algún libro dedicado por el autor que sé que es imposible que este dedicado aunque la dedicatoria parezca de su puño y letra. Esto se debe a que mi hermano Rafa tuvo una época en la que se dedicaba a imitar la letra de autores consagrados y una vez que la había practicado lo suficiente se lanzaba a por una edición de bolsillo y se marcaba una dedicatoria con total impunidad. Creo que es algo que todavía práctica, normalmente en la intimidad de su hogar pero dicen las malas lenguas que se si le llevas a la feria del libro un libro de otro autor es muy posible que te lo dedique con la letra del mismo sin ningún pudor. Como yo casi no se escribir ni con mi propia letra, cuando vi Los Falsificadores, ya en mí librería de referencia de la capital (la librería Mendez de la calle mayor) me decidí a darle una oportunidad recordando esas dedicatorias de los libros familiares y por ser una policiaca de una buena editorial. No es que la novela este mal es simplemente que no tiene nada especial. Es una historia correctamente escrita sobre un tema, mundillo, curioso pero poco más, una novela más entre un montón sin nada en especial. Bueno corrijo, la verdad es que tiene una frase que me ha llamado mucho la atención ya que no estoy seguro de si es una frase positiva o un insulto solapado: “Pero después me acordaba de tu padre y me decía que de buen vino, buen vinagre, y más con un vino tan rico como era tu padre” lo que me preocupa porque desde luego en mi ámbito profesional me es del todo aplicable, como insulto, ya que mi padre era un excelente vino y aunque yo llegue a ser un buen vinagre… no sé, no es lo mismo ser vino que ser vinagre.

También en la letra G encontramos a Green Day que aunque obviamente tienen buenos temas, sobre todo en sus primeros discos, cada vez más sus canciones son eso, una más entre muchas otras sin nada verdaderamente especial, aunque a mi me siguen gustando.


Cuando estuve en Cercedilla les acababa de llegar, después de comer, la nueva “novela” de Orejudo: Grandes Éxitos que pese a que Rafa comentaba que era muy buena he de reconocer que me apetecía tan poco que no me la compre. ¿De verdad? ¿Orejudo ya ha llegado a la edad de hacer un recopilatorio? ¿No es un poco pronto? ¿Tiene necesidades económicas para justificarlo? ¿Tan bien le ha ido con la de los cinco como para aprovechar el tirón, como esos autores que cuando se vende su primera novela sacan un puñado de novelas del cajón de las rechazadas? No sé, así a priori se me hace un poco raro, aunque luego pensándolo bien tampoco es mucho más joven que Gaiman o de otros autores de los que si me he comprado algún recopilatorio? En fin, el caso es que en mi siguiente visita a la mi librería de referencia decidí darle una oportunidad y comprarla, al fin y al cabo puede que una vuelta al pasado de Orejudo rescatara algo gracioso, no se igual habría rescatado aquel “Los cinco y el misterio de los bedeles” que creo escribieron a medias Rafa y él en aquel numero en que tenía una trascripción de su programa radiofónico “El Gol de Marcelino” (en el que la selección musical corrió a mi cargo). No sé, podía ser divertido. Le daría una oportunidad.

Sinceramente: no está mal, ni bien. Se deja leer pero como en la mayoría de los recopilatorios las cosas decentes conviven con la morralla que por algún motivo siempre se cuela. Yo soy más discos completos, que vale, generalmente también tienen cosas buenas y malas, con sus canciones o partes de relleno, pero a las que soy más receptivo, me parece que con todo ofrecen una mejor continuidad y coherencia. Momento que aprovecho para dejar que The Grip Weeds hagan la pregunta retórica correspondiente:


Eso en cuanto a la parte de los cuentos incluidos en este Grandes éxitos que creo que, al menos para Rafa, no son la razón de recomendarlo (aunque puede que también) siendo la razón las introducciones a los cuentos, esa especie de biografía o según la contraportada introduce “la teoría literaria”. Respecto a esa parte, la verdad es que tiene más coherencia narrativa, más continuidad de estilo pero  será por vanidad colateral pero me sorprende tanto que no haya ninguna referencia a Rafa, ni a sus colaboraciones que se me hace muy extraño; tan extraño que era algo que durante toda la lectura no he conseguido quitarme de la cabeza y tal vez me haya estropeado la lectura. Pero ¿de verdad? ¿Nada sobre todos los años de universidad, de profesorado ambulante compartidos o pres-eguidos el uno del otro? ¿Nada de todas esos años en lo que salga, al menos un poco de Rafa? No se, supongo que cuando uno mira la vida de otros desde su perspectiva, en lugar de la del otros, siempre uno parece más importante de lo que realmente es.  

Con todo y aunque Rafa no aparezca explícitamente, para mí lo hace implícitamente a través de la incomprensión científica que ambos demuestran desde siempre que en el caso de Antonio le lleva a utilizar la metáfora de los vasos comunicantes precisamente en contra de la realidad, con ese “que la tensión de una sala se distribuye en dos vasos comunicantes; el de los espectadores y el del orador. Si el del conferenciante se vacía, el de la gene se llenara.”

¿De verdad? ¿Vasos comunicantes que se llenan y se vacían complementariamente? Ya, si eso, comentamos como el principio de los vasos comunicantes hace que ambos tengan el mismo nivel de llenado siempre, por aquello de que están comunicados,  e incluso hacemos practicas con un par de vasos de cerveza.

Hora de marcharme con un tema hortera pero moderno, aunque no sé si una cosa compensa la otra a mí me gustas (seguramente por lo hortera)



Lecturas:

Como leer el agua – Tristan Gooley
El orden del día – Éric Vuillard
Los falsificadores – Bradford Morrow
Grandes Éxitos – Antonio Orejudo