miércoles, 11 de marzo de 2020

Comentario de textos febrero 2020



No hace ni veinticuatro horas que termine de escribir la entrada de libros de enero y ya estoy de vuelta aquí por varias razones: la primera, que ya es ocho de marzo – y aunque hace un día ideal para pasear me temo que no saldré de casa por aquello de las manifestaciones que se prevé colapsen Madrid hoy. Nada que ver con estar en contra o a favor de la manifestación, es solo que me temo que la calle estará demasiado llena para lo que mi mente puede soportar, además, las manifestaciones son cada vez más como aquel sketch de Las Chass, algo a lo que la gente va antes, o después, de irse a tomar el aperitivo, un sitio en el que dejarse ver sin ninguna reivindicación concreta, o concreta y tangible –la segunda razón es que en febrero he leído bastante – igual no en cantidad de páginas pero ciertamente si en número de libros (algunos eran muy cortos) – por lo que me va a llevar tiempo comentar las lecturas; y la tercera es que sigo en plan optimista, pensando que algún día encontrare el tiempo, y las ganas simultáneamente, para escribir en este blog de algo que no sea libros. Ni idea de sobre qué, pero espero que en su momento se me ocurra algo que comentar.

¿Qué cómo puede ser que haya leído mucho y a la vez no haya tenido tiempo para escribir una entrada en este blog? Pues no lo tengo claro. Por una parte, he tenido tiempo ya que aún no he decidido que voy a hacer con mi futuro laboral por lo puede decirse que realmente todavía no estoy trabajando (si bien, sigo haciendo hojas de cálculo y pequeños informes de cosas que van saliendo) pero por otra parte dije que sí, que colaboraría en un tema que esperaba que fuera sencillo pero que se ha convertido en una auténtica tortura que, sinceramente, ha ocupado una cantidad ingente de tiempo. El tema en cuestión era revisar la traducción de un libro técnico. Si bien era, es, o será cuando esté acabado, un libro no excesivamente largo tampoco era, es o será, especialmente corto (unas 700 páginas, una vez formateadas) y yo pensaba que sería cuestión de leérselo y tomar algunas notas de un número limitado de errores, incluso teníamos un formato para hacer los comentarios. Así que no parecía mucho trabajo, parecía la típica cosa que se puede hacer en esos ratos libres sin demasiado problema. Gran error el mío, al final y sin marcar todos los errores (unos por repetidos incesantemente y otros porque creo que ya no podía verlos; ya sabéis, eso del bosque y los arboles) al final he marcado más de dieciséis mil errores. Vamos, que creo que casi me habría costado menos traducirlo desde cero y si lo he acabado ha sido solo por cabezonería. Así que he estado leyendo sobre “primeros respondedores”, sobre cosas que pasan “temprano a la mañana” y en fin sobre construcciones gramaticales imposibles (incluso para mí que no soy lo que podríamos llamar un experto en estas lides). Agotador y me temo que improductivo ya que el resto del equipo revisor está formado por gente (de Chile, Argentina e incluso de Texas) a la que me temo que estas cosas les suenan bien y forman parte de su español, así que ya veremos qué pasa con la versión final. Pero, divago, ya, si eso, pues lo comentamos otro día. Ahora a las lecturas.

He de reconocer que Sherlock Holmes. A scandal in Japan es una novela que no he escogí yo, sino que fue Álvaro el que la escogió por lo que el acierto, el descubrimiento, hay que atribuírselo a él Yo no soy especialmente aficionado a Sherlock Holmes, ni lo he sido nunca, ni siquiera de pequeño cuando supongo que leería varias de sus novelas. Siempre me ha parecido demasiado artificioso y, en cierta media, tramposo ya que al final parte del misterio se basa en una ceniza con la que es capaz de averiguar que el asesino fumaba una marca que solo se fabrica en un pueblo de una lejana región de dios sabe donde y que por lo tanto como además la colilla tiene una gota de algo que solo Sherlock sabe identificar pues está claro que el asesino no solo era fumador (suposición ya arriesgada desde un punto de vista lógico como sabe cualquiera que haya viajado en el metro de Madrid, ya que puede que solo llevara el cigarrillo encendido) sino que además es un asiático de la provincia de Xin-Ideas (por la especificidad de la ceniza) bajito (por la forma en la que la ceniza está en el cenicero) y al que le huele el aliento (por la enzima que contiene la gota encontrada en la colilla). A mí siempre me ha parecido que podría ser eso o cualquier otra cosa, pero, de nuevo, divago.

No hace falta ser Sherlock para sospechar que esta novela pasa en Japón, a donde Sherlock se ha ido, más bien le ha enviado su hermano, después de matar, o dejar morir, al malvado Moriarty y donde usara sus poderes de deducción para… bueno, sin spoilers. Afortunadamente no hay tanta deducción lógica en esta novela como en los originales (o en mi recuerdo de los originales) pero si ciertas observaciones básicas de contraste entre Japón y occidente y nada más llegar el avispado de Sherlock se da cuenta “as far as the eye could see the whole Street was full of loud confusion, and yet once glance was enough to see that the streets were hygienic. Unlike in London, there were no puddles of sewage by the side of the road”, algo de lo que no estoy totalmente seguro ya que desconozco cuando se instaló el saneamiento en Japón pero que tengo que recordar mirar por curiosidad ingenieril, o simplemente intelectual.

Siguiendo con contrastes obvios, otro es provocado por la indudable afición de Sherlock a la cocaína (yo creía que era al opio, pero ya digo que no he leído mucho de él) que según el “it refreshes the mind and clarifies thought. It is an indispensable to me as rice is to the Japanese” pero que para su anfitrión japonés  “it leads to progressive deterioration and morbidity of spirit” (“that´s and old wives’ tale” para Sherlock) que inevitablemente me recuerda a uno de los insensatos comentarios de un profesor de mi sobrina Alicia que opina, en su clase para pre-adolescentes, que “el azúcar es tan mala como, o peor, que la cocaína”, afirmación que incluso aceptando (algo que ya es mucho aceptar) que el azúcar sea mala está completamente fuera de lugar y del sentido común pero, no sé, será lector de Sherlock Holmes.

Con todo, mi reflexión favorita es la que hace sobre los hermanos, concretamente sobre los hermanos mayores: “Speaking purely in my own capacity, the significance of my individual existence is greatly injured by the existence of a brother. I may be unique, but he presence of a brother, identical in blood and greater in experience in years, cuts my own value down by half”. Obviamente no la comparto en su totalidad, pero, como hermano mediano, he de reconocer que no le falta algo de razón, aunque a veces puede que más que reducir a la mitad el valor de uno, lo doble. Que hermanos hay de todos tipos y no, no voy a entrar en cuál de ellos me considero para cual, de mis hermanos, o hermanas.

 es el típico libro de cuentos de terror (dark tales según la portada) que la verdad pues no da miedo ni nada por el estilo. La verdad es que es muy difícil dar miedo en tan solo diez páginas (que es la longitud media de cada uno de los cuentos) pero yo creo que ni tan siquiera lo intenta. En cierta medida lo único curioso es que intenta vincular todos los cuentos, cada uno con el siguiente para que, en cierta forma, parezca una historia más larga o, tal vez, para otra cosa que tampoco estoy seguro. Si un cuento acaba en una sala especifica de un hospital pues el siguiente empieza allí, o si en uno sale un camión accidentado en el otro pues es el accidente el tema principal del cuento. Un poco entre infantil – el típico juego de palabras encadenadas – y el cine de moderneo que funciona pues lo justo.





Una de las grandes decepciones de las lecturas de este mes ha sido Sing, Unburied, Sign que parecía prometer bastante pero que ni siquiera he conseguido acabarme, lo he dejado a la mitad. Diría que lo deje con dolor de corazón, pero la verdad es que me estaba resultando insoportable y una novela de un viaje por Mississippi de una familia a visitar a un familiar preso (algo que podría sonar interesante) es verdaderamente decepcionante. No digo que sea malo, ya que ha ganado algunos premios e incluso parece estar en la lista de los mejores diez libros del NYT, solo digo que a mí no ha conseguido ni engancharme un poco y si conseguí llegar hasta casi la página ciento cuarenta creo que ha sido solo por testarudez.





Después de esta decepción decidí no arriesgarme y escogí el libro más corto de los que me quedaban por leer (no llega a las cien páginas) para que fuera casi imposible dejarlo a mitad (algo que siempre me decepciona). Devils in Daylight es una curiosa historia en la que uno de los protagonistas (un escritor para más señas) descubre qué, cuando y donde, se va a cometer un asesinato y, extrañamente, decide acudir a la cita más que con la intención de detenerlo con la intención de observarlo. Esto ya es en sí bastante raro, pero es que además convence a su mejor amigo para que le acompañe y si, los dos ven como una mujer comete un asesinato un poco ritual que, adema, sirve de sesión fotográfica (así, en plan película snuff, o como se diga). Si bien ninguno de los dos hace nada, ni ese día ni los siguientes, uno de ellos se obsesiona con la asesina y la trama (corta, como ya he dicho) pues avanza hasta que al final todo era “a work of fiction authored by a woman”. Gracias al epilogo (no estoy seguro de que sea la palabra correcta) me he enterado de que puede ser una copia de un cuento de Poe (que yo no recuerdo o, más probablemente, no conozco) y de una extravagante curiosidad religiosa: “In the Japanese middle ages, devout Buddhists regularly condemned Murasaki to hell for the sin of writing fiction”. ¿Cuál es la curiosidad, os preguntareis? Que los budistas – si bien los de la edad media – consideren la escritura de ficción un pecado que te manda directo al infierno es bastante sorprendente, aunque te deje con la duda de si los budistas tienen textos sagrados – así, tipo la Biblia – si la escritura de estos también es pecado, ya que obviamente ficción lo es, o si este caso está exento. Igualmente, la existencia de un infierno dentro del budismo parece sorprendente para mi mente occidental, pensaba que no tenían. Pero igual, aunque casi ninguno se sorprenda de que en la edad media los japoneses tuvieran textos de ficción (que encima molestaran a los budistas) puede que alguno si se sorprenderá, en esta jornada de igualdad, que el Murasakí al que se refiere en esta referencia es una mujer, la que escribió uno de los libros más famosos de la época y, en general, de la literatura japonesa, algo que es difícil de concebir en la literatura europea.

Ya puestos en curiosidades comentaros que al parecer a principios del siglo XX en Japón era popular el billar, si bien una variación del billar francés que se jugaba con cuatro bolas (en lugar de tres para los que no habéis pasado la infancia en los billares de General Perón, o en algún otro, o para los que menos sepáis de este juego) y que ganaba el primero que conseguía golpear cien bolas haciendo al menos una carambola por tacada. Yotsu-dama se llama esta variante para los que sois aficionados a la información inútil.

Tras esta lectura y aunque no me apetecía demasiado ya que la única novela que había leído del autor no me había gustado demasiado, por predecible, y que esta nueva adquisición (hecha con ánimo de reconciliarme con el autor) parecía la típica novela de detectives, me decidí por empezar Newcomer y ver si la reconciliación era posible. Ciertamente me he reconciliado con él, ya que es una novela interesante, no tanto por la trama, que no es gran cosa, sino por el personaje central y como se relaciona con el mundo. El personaje central (aparte de la víctima que, parafraseando a Cuerda, José Luis, es necesaria pero no contingente, o del revés) es un policía recién llegado a un barrio de Tokio que se dedica a visitar distintas tiendas y residencias relacionadas con la vida de la víctima o con el asesinato y que se relaciona de una forma muy curiosa, muy natural me atrevería a decir aunque sea de lo más antinatural frente a la imagen que todos tenemos de un investigador de la policía, que va explicando, descubriendo, la relación entre cada uno de los personajes y la víctima. Es una novela que se lee estupendamente y que sin tener ninguna frase o episodio destacable resulta fascinante.

El mes pasado comente que había dejado a mitad la novela que compre para el viaje de ida a NYC, Those People, que no consiguió engancharme ni siquiera para leerla en el avión. Como habíamos organizado otro viaje a Piles, con la excusa de que incomprensiblemente hacia finales de febrero parece que los chavalines tienen un viernes y un lunes no lectivos (Incomprensible porque no sé cómo pretenden que los padres puedan tomarse esos dos días libres para hacerse cargos de ellos. Supongo que se supone que o los cuida el servicio – todos somos ricos y tenemos servicio, incluso el servicio – o bien todos tenemos familia que se pueda hacer cargo de ellos ya que carece de otras obligaciones; o, lo que incluso sería más raro, en las familias solamente trabaja uno de los padres –  supongo que en esta caso el plural sobra – por lo que no hay mucho problema salvo, tal vez, digo, para las familias monoparentales que, en cualquier caso ya lo llevan chungo) pero decidí continuar con su lectura ya que si me daba tiempo a acabarla pues bien y si no me daba tiempo pues la dejaba definitivamente y no habría sido una perdida muy grande, porque buena, buena ya sabía que no era. La termine, pero si bien al final la historia – a la típica urbanización de familias con niños se muda una familia sin niños y con un estilo de vida un poco diferente y empiezan los problemas – tiene algún pequeño giro la novela para nada mejora.

Como es necesario para realizar cualquier viaje a Piles fue necesaria una visita a mi librería capitalina de referencia para equiparme, si no con ropa interior (que no es el sitio adecuado) si con lecturas necesarias así que el miércoles, diría yo, me acerque a la Librería Méndez de la calle Mayor para asegurarme el suministro del material necesario para cuatro días en la playa o, mejor dicho, cerca de la playa que yo soy más de interior y de chiringuito que de arena.

La primera novela que llamo mi atención, adema fuertemente, fue Enero Sangriento, ya que parecía una buena novela negra que encima estaba ambientada en Glasgow en los setenta. Tan prometedora parecía que durante un buen rato estaba seguro de haberla leído y a punto estuve de no comprármela. Afortunadamente al final me decidí a comprarla, si solo tenía una vaga sensación de haberla leído igual no la había leído y si la había leído pues leerla en español tampoco sería mala idea ya que podía dejarla en Piles y seguro que tendría algún otro lector antes del verano. Es una novela muy correcta, con su detective con el que en cierta medida te identificas y es una lectura ideal para el verano o para casi cualquier otra temporada. Además, encima no la había leído así que todo salió bien y no tengo que devolverla (algo que no pensaba hacer pero que me hizo ilusión que uno de los hermanos me comentara que podría hacerlo sin ningún problema).

Supongo que he de confesar que realmente antes de empezar con esa novela aproveche que en el baño de casa de Alvaro y Helena había aparecido The Fade Out, un comic de uno de mis autores favoritos (Brubacker) algo que me hizo ilusión porque últimamente los comics que compramos en NYC tienden a desaparecer antes de que yo los lea y, desgraciadamente, no vuelven a aparecer nunca así que me quedo sin leerlos fundamentalmente porque se me olvida cuales eran y no tengo forma de buscarlos entre el orden – propio y normal para cualquier tienda de comics que se precie – en el que Álvaro mantiene su libraría de comics pero que resulta completamente críptico para un no iniciado.
Se trata de un comic, probablemente de una novela gráfica, ambientada en la época dorada de Hollywood con su toque de Macartismo que es verdaderamente entretenida: productores viciosos, escritores honrados, mujeres fatales, escritores borrachos, en fin, un poco de todo lo que uno espera de un clásico de esa época. He de reconocer que la disfrute menos de lo que debía ya que se trata de una novela que se editó por partes y ya había leído algunas de ellas, lo que me creaba mucho desasosiego ya que a ratos estaba completamente seguro de haberla leído y de repente nada me sonaba: Al llegar al final y ver las portadas con las que se editaron las partes independientes me di cuenta de que en lugar de seguir totalmente enfermo mental (que lo de volverme loco es algo a lo que llego tarde) era simplemente que me si que había leído algunas partes, pero no todas. Misterio resuelto para mi tranquilidad mental.

Raramente los hermanos (Méndez, no los míos, que tampoco) me recomiendan alguna novela, no mantenemos ese tipo de relación, sino que nos comportamos como ingleses de libro, pero esta vez el mayor de ellos (repito que igual no es el mayor, esto es una decisión unilateral, así como el hecho de que sean hermanos) mientras andaba yo dándole vueltas a 1793, me dijo, sin llegar a recomendármelo, que todo el mundo hablaba muy bien de ese libro. Añadiendo que era una novela histórica de detectives, algo (el termino novela histórica) me hizo dejarlo donde estaba a la velocidad del rayo como si pudiera ser contagiosa, como, por ser actual, estuviera llena de coronavirus activos (aunque en aquel momento – escribo aquí para cualquier futuro historiador – no era más que una gripe y Italia no había aislado parte de su territorio ni, esperemos futuros historiadores, la civilización había colapsado – ciertamente no hay un término en novela que me produzca una reacción similar (bueno, si los hay pero no suelen estar a mi alcance).

El caso es que me apetecía comprarla y el hecho (también comentado por el mayor de los hermanos) que el autor era de la nobleza escandinava y que su nombre quería decir “noche y día” me parecía que le daba un toque pijo-hippie o hippie-pijo que hacía que me apeteciera más. Pero ¿novela histórica, en serio? A ver para mí que una novela pase en otra época no la convierte en novela histórica, ni siquiera que la época este bien documentada y bien escrita la convierte en novela histórica. Si solo fuera necesario eso, todas las novelas serian históricas. Puede que no ahora mismo, no en el momento en el que fueron escritas, pero si con el paso del tiempo. No, novela histórica es otra cosa; una pedantería. Obviamente para mí las novelas de Philip Keer sobre los nazis, las de Robert Harris sobre la Roma imperial, ni tan siguiera el Nombre de la Rosa de Eco son novela histórica. Yo, Claudio de Graves, Ariadna en Naxos de Azpeitia o la del impresor de Orejudo podrían serlo, pero…yo diría que no, simplemente son novelas que suceden en otro momento.

Así que al final decidí llevármela y sinceramente creo que ha sido una de las novelas que más me ha gustado últimamente. Casi estoy tentado de recomendarla, pero no lo hare, eso si se la he dejado a Helena y espero que se la lleve en su próximo viaje a Piles y la deje allí para disfrute de los visitantes.
He de decir que casi hacia el principio de la historia la aparición de un elemento de la Inquisición Española “en la plaza está instalado el burro español, con su lomo en cuña. Encima, sentado a horcajadas y con pesas en los pies, hay un hombre que no para de lloriquear” me hizo desconfiar un poco y pensar que igual si era, una novela his… ya sabéis. Pero a la vez que me hizo dudar (poco he de reconocer, ya que para tan solo lloriquear en un burro español hay que ser muy, pero muy, resistente, no basta con ser sueco) me recordó un viaje a Toledo con mi hermano y creo que con Juanito Cervezas (Johnn Beers) en el que visitamos el museo de la Inquisición Española que era realmente fascinante, por lo descabellado, pero en el que no recuerdo si había un burro español (instrumento, digo; no persona).

Afortunadamente al poco la novela introduce la profesión de uno de los dos protagonistas principales y su relación con su trabajo: “Cardell lo detesta sobre todo porque el acuerdo que tiene con Gedda lo obliga a mantenerse razonablemente sobrio, Cumple labores de vigilantes y portero durante algunas horas, por más o menos un chelín a la semana, a lo que suma una comisión por cada borracho que pone de patitas en la calle.” Y obviamente esta aparición de la profesión de portero de garito en una historia ambientada en la Suecia del siglo dieciocho pues me sorprendió.

Igual de sorprendente es el que le pagaran una comisión por cada borracho que echaba a la calle, supongo que si esto lo haces hoy en día acabas con el bar completamente vacío para poder cobrar la comisión. Aunque luego – cuando echa a uno - entiendes que no se refiere a el borracho típico, sino a los alborotadores borrachos (que pese a lo que piensen algunas personas son, afortunadamente, la minoría de los borrachos) ya que borracho allí estaban todos ya que en palabras del mismo portero: “Esta es una parroquia muy sedienta. Tras la comunión, el cáliz queda tan vacío que los clérigos nos vemos obligados a buscar el sacramento en otra parte.”

Creo que la historia es lo suficientemente complicada, con reminiscencias de los mejores thrillers de Harris (de ambos Harris, me refiero), con un buen ritmo y con diferentes partes, narradores, que realmente aportan a la historia e incluso con algo que a mí me parece un gran guiño a la inmortal obra de Morgenstern: “Ahora solo resta una cosa: beberemos hasta caernos y después volveremos al punto de partida. Sabremos lo mismo, pero al menos estaremos menos sobrios.” Si bien hay que recordar que “mi nombre es Iñigo Montoya, tu mataste a mi padre, prepárate a morir” siguiendo las instrucciones de Vizzini lo hace del revés, en el orden correcto en mi opinión: primero vuelve al punto de partida y luego ya, pues se emborracha (en el orden inverso, el riesgo de no llegar al punto de partida es demasiado elevado).

En fin, pues eso, ¡divertíos asaltando el castillo!


Lecturas
Sherlock Holmes. A scandal in Japan – Keisuke Matsuoka
Revenge – Yoko Ogawa
Sing, Unburied, Sing – Jesmyn Ward (sin terminar)
Devils in Daylight – Jumichiro Tanizaki
Newcomer – Keigo Higashino
Those People – Louise Candlish
Enero Sangriento – Alan Parks
The Fade Out – Ed Brubaker & Sean Phillips
1793 - Niklas Natt Och Dag

sábado, 7 de marzo de 2020

Comentario de textos enero 2020



Lo de empezar diciendo que llego tarde es ya un lugar común, y ya sabéis que yo y la gente pues como que no nos llevamos muy bien. En espacial es lugares comunes o públicos, por no hablar ya de las fiestas populares; yo soy más de lugares privados así que este mes pues no pediré perdón por escribir tarde, ni siquiera siendo ya prácticamente el último fin de semana del mes de febrero.

Enero empezó tranquilo, con una modificación significativa en nuestras tradiciones familiares – bueno, en lo que pasan por tradiciones familiares pese a no tener la confirmación del tiempo que el resto del mundo requiere. En nuestra casa hay cosas que se convierten en tradición, si así lo decidimos, desde la primera vez que las hacemos– en concreto de la tradición del día de Reyes. Se había convertido en tradición que me tocara a mi comprar un regalo para cada uno de los miembros del núcleo duro de la familia que cenamos juntos la noche de Reyes. Este año, sin embargo, a petición de mi sobrina hemos cambiado la tradición y hemos decidido hacer un amigo invisible. Este cambio hace que ya no tengo que pasar la mañana y/o la tarde del día cinco encerrado en el corte inglés, dando vueltas buscando todos los regalos que me tocaba comprar (aunque todavía me paso la mañana y la tarde del 24 de diciembre dedicado a estos menesteres ya que para mí esa es la verdadera tradición y es mi verdadero recuerdo de las navidades: ir el ultimo día al corte ingles con mi padre y con una lista casi eterna de algunas cosas, pocas podría incluso decirse ya que es una cuestión relativa, que faltaban por comprar. Ya sabéis, esos regalos de última hora que todavía no se han comprado porque las navidades han venido sin avisar, porque algunos requerimos un poco de tensión para lleva a cabo según que tareas).

Empezó tranquilo, decía, y yo empecé a leerme El embalse 13 libro que resulta obvio me compré solo por el título – me cuesta resistirme a títulos que tengan incluyan referencias al agua o a las obras hidráulicas – en mi librería de referencia de la calle Mayor: la librería Méndez como bien sabéis pero que yo sigo mencionado a ver si algún día coincidimos por allí (mencionaría mi librería de referencia de la sierra, la librería Fuenfría, pero tendría que ser por motivos distintos ya que las posibilidades de que coincidamos en ella son pequeñas por mucho esfuerzo que pongáis de vuestra parte. Como decía siempre mi padre: dos no pueden si uno no quiere. Aunque en este mas que no querer se trata de no encontrar el momento o los medios). La novela pues no está ni bien ni mal, pero yo no he conseguido terminármela. En gran medida porque no está bien, no conseguí que me enganchara, pero también porque un día aburrido frente al ordenador encontré una oferta verdaderamente barata de vuelos a NYC, y claro pues organizamos un viaje para mantener nuestra tradición de viajar una vez al año hasta esa fascinante ciudad. Aunque podía haber cogido la novela para el avión (realmente aviones ya que el vuelo era, a la ida, vía Londres) pero como no me estaba enganchando pues se quedó sobre mi mesita de noche, sin terminar. Puede que la novela mejorara, a partir del punto en el que la he abandonado, pero creo que me quedare sin saberlo, o no, que igual en algún momento vuelvo a retomarla (diría que no y casi seguro que así sea ya que sospecho que se va directa a la estantería y de allí es difícil, muy difícil, salir o ser rescatado). Lamento no poder contaros más, pero es lo que hay.

Como viajaba sin nada que leer aproveche la parada – la escala, creo que es el termino técnico – en Heathrow para comprarme un libro del que tampoco os puedo comentar nada de momento ya que tampoco lo termine en el avión pero que ahora estoy retomando y que ira a la lista de los del mes que viene (bueno, de este mes, pero el mes que viene).

La verdad es que NYC me sigue gustando mucho, pese a que obviamente ambos (la ciudad y yo) hemos cambiado mucho y nuestra relación ahora es muy diferente de la relación de hace unos años. Yo estoy viejo y cansado – aparte de que, en este viaje, durante unos días, estuve con un buen gripazo; vamos, especialmente atontado – y la ciudad también esta cambiada y algunos de sus encantos han desaparecido o se han minimizado (cada vez hay menos tiendas extravagantes y únicas, y más franquicias y cosas normales; mas repetición) además en enero es una ciudad en la que hace frio (lo que es peor, yo ahora lo noto ya que antes era atérmico y lo del frio pues me resultaba indiferente) y que por primera vez he visto nevada lo que obviamente es un punto a su favor. Como cantaban aquellos “no es tu culpa, ni tampoco puede ser la culpa mía”. En cualquier caso, esperemos que esta tradición se siga manteniendo ya que todavía se mantienen muchas de las cosas que me encantan y a las que me costaría renunciar, entre ellas mis librerías de referencia: Kinokuniya y McNally Jackson que es donde he aprovechado para abastecerme.

Imaginaros si estaba descentrado, posiblemente enfermo, que normalmente a la vuelta de NYC ya vengo con un par de libros leídos durante esas horas entre la última cerveza y dormir, o bien en esas horas de la mañana entre mi despertar y el del resto o incluso hasta el instante en el que todos estamos, por fin, listos para salir del apartamento y empezar nuestra exploración sin rumbo alrededor de la cuadricula de esta ciudad de escaso pasado; pero este año el primer libro que empecé a leer fue el que me compre en el aeropuerto de vuelta hacia casa: The care and feeding of ravenously hungry girls. Así estaban las cosas y supongo que este año no he sido la mejor de las compañías, con una desgana ciertamente excesiva y con una emoción ciertamente deficiente. “necesita mejorar” seria la máxima nota que conseguiría mi comportamiento en esta ocasión.

No culpo totalmente a la novela, ya que no todas las novelas sirven para leer en un avión, siendo las mejores para esto los bestsellers y probablemente las peores las que no tienen una historia claramente lineal (ya sabéis con saltos en el tiempo o entre personajes- narradores) para las que se requiere, o al menos yo necesito algo más de concentración de la que se puede conseguir en un avión, y esta es de este último tipo. El resultado es que pese a que la historia – una familia monta una ONG, con no recuerdo que excusa, y al final la utilizan para todo menos para su objetivo inicial, bueno, básicamente la utilizan para vivir ellos de la mejor manera posible, al final les pillan y el barrio, que era el que les financiaba, pues les da la espalda mientras ellos acaban en la cárcel – me interesaba porque al fin y al cabo es algo que pienso de la mayoría de las ONGs, o más bien de la mayoría de las entidades sin ánimo de lucro que aplican el sin ánimo de lucro a que no producen beneficios contables, excluyendo por supuesto sueldos exorbitados de la dirección o la contratación de esos pedigüeños que copan las calles de cualquier ciudad y que obviamente no son voluntarios sino personal contratado para hacer crecer la pirámide y aprovechar para viajar a distintos países con la excusa de la cooperación (basta mirar las cifras de dinero que se recaudaron para el desastre de Haití y las que realmente llegaron a los Haitianos – escalofriante diferencia entre ambas – o pensar en el número de ONGs que enviaron delegaciones a Haití para pensar todas en hacer lo mismo) Pero, en fin, voy a parar porque me enciendo y no le conviene a mi presión arterial y lo de que todos acaben en la cárcel no lo veo ya que entonces alguien se vería obligado a montar varias entidades sin ánimo de lucro de apoyo a los presos de entidades sin ánimo de lucro. En cualquier caso, si me ha servido para confirmar una vez más las diferencias culturales a través de esa lista que la protagonista hace mientras “wander along the bookcase to the classics: Jane Austen, Charles Dickens, Robert Frost, Langston Hughes, Zora Neale Hurston” ya que escasamente la mitad entrarían en una lista de clásicos de mi librería. 

Ya en Madrid pues era el momento de empezar con mi primera adquisición japonesa, The Goddess Chronicle, de la que me preocupaba mucho una de las citas de la contraportada “A dark and lovely feminist retelling of the Japanese creation myth”, que no prometía nada bueno, pero como conocía a la autora (no en el sentido físico de conocer, sino en el de haber leído ya varios libros suyos) pues decidí ignorar esta cita y darle una oportunidad. La verdad es que es un libro que he disfrutado y que en el caso de ser una revisión feminista de los mitos de la creación es una revisión feminista valenciana:

“as ill as she was Izanami-sama´s desire to produce life did not flatter, so from her vomit arose the male and female deities Kanayama-biko and Kanayama-bime. These two are the Deities of Mining. From her excrement sprang Haniyasu-biko and Haniyasu-bime, the Gods of Clay. Next from her urine arose Mitsu-ha-no-me, the God of Gushing Water”


Vale, vale, la primera es diosa – supongo que por eso lo del feminismo, aunque pese a que los dioses se crean en pares, el primero que se crea es siempre el masculino – y que el panteón de dioses japoneses pues es muy numeroso, pero, hombre (o mujer, digo feministamente) que, al menos parte de, los dioses provengan del vómito, del meado o de los excrementos pues solo se le ocurre a un valenciano (o valenciana).

En cualquier caso, es un feminismo dudoso, no igualitario, ya que al parecer se puede saber si un ahogado es hombre o mujer ya que “Men float face down, women face up”, algo que podría ser cierto (yo no lo pongo en duda) pero que inevitablemente me hace pensar en chistes de tetas que no es una cosa muy feminista que digamos.

También me ha resultado muy interesante la visión del concepto del yin y del yang que se da en toda la novela, ya que todo va como emparejado y hay como dos vidas paralelas, que en nuestra versión occidental importada por los hippies representa la armonía del universo (sea eso lo que se, que tampoco quiero entran en ese debate) y que sin embargo en esta historia se traduce en que cuando la sacerdotisa del día (a la que toda la isla trata a cuerpo de rey, reina digo, durante toda su vida) muere pues hay que matar a la sacerdotisa de la noche (que ha vivido toda su vida, dicho sencillamente, puteada por toda la isla) ya que si no, pues se pierde el equilibrio de las cosas y todo tipo de desgracias pueden ocurrir y ocurrirán. Si, supongo que a eso se le puede llamar equilibrio, pero no sé si es un equilibrio que resulte interesante, así en principio diría que no mucho para una mitad.

La verdad es que últimamente tengo bastante mala suerte con mis visitas a McNally Jackson ya que la parte de abajo – la que tiene tanto la novela policiaca, negra, de crímenes e incluso lo que llamaríamos el fondo editorial básico – suele estar cerrada por alguna presentación, lectura poética o similar que me impide cotillear a gusto y marcharme con una gran carga. Esta vez limitado a la parte superior, en la que están las novedades y algo de fondo editorial clásico, pues estaba dudando sobre si coger The Schrödinger girl, y acababa de dejarla cuando Álvaro me dijo “has visto esta”, le dije que sí y decidí cogerla y la verdad es que tiene su punto, o varios puntos. En una de las primeras escenas el protagonista está en una librería mirando un libro de física cuántica y decide que hablara con la primera persona que coja el mismo libro. Algo que parece una forma de entablar una conversación tan buena o mala como cualquier otra pero que solo funcionaria, daría lugar a una conversación y no a unas miradas de pánico e incluso a una llamada a las fuerzas de seguridad del estado o por lo menos al guardia de seguridad, en una ciudad como NYC donde todos son tradicionalmente antipáticos pero al parecer también son unos revisionistas, no muy seguidores, o nada seguidores, de la tradición de antipatía que se supone les caracteriza y donde es creíble que algo así no solo de lugar a una conversación sino que incluso continúe tomando un café y bueno, la historia siga para dar lugar a una novela que no incluya una inminente visita a un centro penitenciario.

El caso es que la chica en cuestión empieza a multiplicarse, a desdoblarse en varias chicas con vidas y caracteres distintos que se van cruzando en la vida del protagonista provocándole el esperable nivel de desconcierto. Esto, además de otras cosas, le lleva a varias conversaciones con un amigo suyo psicólogo o psiquiatra cansado de serlo ya que ha dejado de beber y los problemas ajenos ya le interesan mucho menos que antes cuando “I was drunk. The patients were more interesting then. Now I know why Freud did cocaine”.

Por supuesto todos sus amigos, a los que cuenta la historia de esa chica cuántica que se duplica cada cierto tiempo con cambios en la personalidad, piensa que está loco e intentan convencerle, pero a quien no le ha pasado que “It should have been obvious to them that the more they questioned me, the more I would want to prove them wrong” lo que cada vez le enreda más en la historia. Pero, asi son las cosas entre amigos, entre amigos de verdad que no se dan la razón a ciegas unos a otros, sino más bien todo lo contrario y pueden crear una competición por casi cualquier tema (iba a escribir una competición de a ver quién mea más lejos, pero sospecho que no sería considerado lenguaje inclusivo).

The Housing Lark, es una novela sobre los inmigrantes caribeños en Londres en los sesenta algo que, por los acontecimientos racistas posteriores, incluso actuales, uno nunca pensaría que (esta inmigración) era algo que había demandado el Reino Unido, sino que se había producido en gran medida en contra de la política oficial. Vamos que uno (yo, por ejemplo) piensa que el Reino Unido había acogido a los inmigrantes caribeños por su buen corazón (el de los británicos, digo) e incluso uno (yo, no) podría pensar que el abuso de esta bondad era la causa principal de los problemas de esta inmigración, y sin embargo, parece que la realidad es que fue el Reino Unido el que demando que vinieran estos inmigrantes ya que tenían una escasez de mano de obra. Así se escribe la historia, y lo que es peor se transmite a las futuras generaciones de votantes de ciertos partidos que (imitando a la primera ministra de Nueva Zelanda respecto al autor de la masacre de Christchurch) me niego a nombrar.

Se trata de una novelilla graciosa en la que un grupo de inmigrantes que viven en pésimas condiciones de alquiler deciden juntar dinero para comprarse una casa y convertirse así en sus nuevos caseros y poder salir de la pobreza. No quiero contaros más de cómo se desarrollan las cosas o de como acaba todo que puede que sea algo racista pese a ser caribeño el autor o de las relaciones entre los hombres y mujeres caribeños de la novela que puede que no sean precisamente feministas, pero si os diré que parece que esta no es la novela que hizo famoso al autor y que si veo la que le hizo famoso intentare comprármela. No, esto no es una recomendación que ya sabéis que yo no recomiendo libros.

En fin, aquí lo dejo, que ya voy con un mes de retraso y febrero, como todos los meses a la vuelta de NYC, pues ha sido un mes intenso de lecturas y quiero volver a empezar a escribir pronto para ponerme al día y ver si encuentro tiempo para comentar algo más que libros.
Divertíos asaltando el castillo.

Lecturas
El embalse 13 – Jon McGregor
The care and feeding of ravenously hungry girls – Anissa Gray
The Goddess Chronicle – Matsuo Kirino
The Schrödinger girl – Laurel Brett
The housing lark – Sam Selvon

martes, 4 de febrero de 2020

Comentario de textos diciembre 2019


La verdad es que ahora mismo ando a) algo confundido; b) algo disperso y c) bastante desganado. Imagino que es normal y que se trata de un proceso de readaptación que no tiene mayor trascendencia, bueno, más que imaginarlo debería decir que lo espero, que espero que sea así.

Pero el caso es que ahora tengo que volver a tomar decisiones sobre qué hacer en el futuro cercano e incluso en el futuro algo más lejano (sin excesos temporales, pero si con un poco de perspectiva). Laboralmente me debato entre algunas opciones que creo que tengo, o a las que puedo optar sin acabar de ver ninguna de ellas especialmente clara; desde el punto de vista de este blog me debato entre hacer una entrada que abarque las lecturas de diciembre del año pasado y de este enero con la intención de ponerme al día, que ya estamos a tres de enero y para cuando acabe de escribir y publique estaremos a dios sabe que día, e incluso de algún día cumplir esa promesa de hablar de cosas que no sean libros y entre hacer dos entradas separadas para, por lo menos, cumplir mi promesa de escribir una vez al mes. Decisiones, decisiones…

Lo del trabajo, pues ya veremos; lo de la entrada pues también, a medida que esto avance, aunque la decisión estará tomada antes de escribir el título así que ya sabréis lo que ha pasado. El titulo será un spoiler en toda regla, diría que incluso más que un spoiler es como titular una novela “el asesino es el mayordomo” (siempre y cuando el asesino sea el mayordomo, si al final el asesino es otro o ni siquiera hay mayordomo pues el spoiler pasa a ser una broma).

En fin, para darme una oportunidad de acabar, empezare a escribir sobre los libros y me abstendré de comentar el debate sobre el color más feo y su parecido con el color tradicional de la ropa de “falsa caza” tan usada por los defensores de esta nuestra España (loquita de corazón y dura como la caña, que decía aquella). Como ando sin acceso a internet – aquí en casa – y como tengo una memoria algo deficiente (o alternativa, para ser políticamente correcto que al parecer ya no existen las deficiencias, ni los deficientes) pues no so puedo confirmar el pantone exacto (que una búsqueda en internet os podrá confirmar sin problemas. Venga, va, os ahorro la búsqueda: se trata del 448 C) y solo comentare que es muy parecido a lo que antes se llamaba “verde oliva” pero que cuando quisieron ponerle este nombre – a petición de las autoridades australianas que fueron las que hicieron una encuesta para elegirlo con intención de usarlo en las cajetillas de cigarrillos para que fueran menos tentadoras – se encontraron con una fuerte oposición del sector olivarero australiano (que si, que parece que lo hay y que es un lobby importante) y tuvieron que desistir de esta denominación. En fin, que parece que aquel poema/canción, con su correspondiente modificación a “galeses del sur, aceituneros altivos” puede usarse en todo el mundo. Mira tú, quien nos lo iba a decir. En cualquier caso, desbarro de nuevo, así, que, ya si eso, hablamos de los aceituneros australianos otro día.

Lindsay Hutton (el tipo de persona que me gustaría ser a mí de mayor) no pudo acercarse al aniversario del Wurlitzer así que no nos vimos, pero ahora, a la vuelta, me encontré con un par de regalos que había dejado. El primero de ellos, Scarfolk Annual 1979, es una mezcla entre comic, fanzine y revistilla universitaria literaria excesivamente bien editada. No tengo claro de si se trata de un clásico escoces o más bien de la revisión de un clásico escoces de la época, dado que la edición es de 2019, pero desde luego tiene ese sabor a chorrada universitaria (o incluso preuniversitaria) que, por lo menos a mí, pues me lleva a los primeros ochenta y porque no decirlo me hace recordar La Perla de Lab-UAM con más dibujitos o a un Makoki con menos dibujitos. El caso es que es un librillo ideal para tener en el cuarto de baño para echarse unas risas sin complicaciones que afortunadamente esta en inglés y no directamente en escoces. Es decir, que puede leerse.


El otro regalo que Lindsay había dejado era Vambo, una novela claramente auto editada por un escoces de Glasgow que supongo, sin ningún dato adicional salvo una foto en la que parece tener una edad similar y esta con una copa de Martini, amigo de Lindsay o cuando menos conocido, al que el mismo (el autor, digo) define, o se define, en la contraportada como el “most dangerous Rock & Roll autor of his generation”.  A ver, se deja leer (afortunadamente tampoco está en escoces, o en fonético) e incluso en algún momento tiene gracia, pero no pasas de ser un divertimento al que le falta bastante trabajo para poder ser considerada una novela (probablemente esto es lo que le habrán dicho los editores antes de decidirse por la autoedición). Yo la he leído con cariño y la guardare igualmente con el mismo cariño, pero ni, aunque fuera fácil de encontrar se la recomendaría a nadie.


De mi última visita a mi librería de referencia capitalina salí con Los errantes, una novela de la última premio nobel (bueno, no el ultimo que ese fue otro no exento de polémica y que casi creo recordar que no hay) no porque me apeteciera especialmente sino por aquello de mantenerme al día y poder hablar con propiedad frente a posibles intensos locales (ya sabéis el tipo, los que siempre llevan un libro de Murakami – del que no mola – o un cuadernillo para tomar copiosas notas sobre la realidad o dios sabe sobre que) que seguro que están devorando esta novela de una polaca con premio nobel. Si, la cursiva en novela esta puesta a propósito ya que no estoy muy seguro de que se pueda clasificar como tal a esta serie de “pedazos” (o en el lenguaje de la contraportada “historias incompletas, cuentos oníricos subsumidos en un libérrimo cuaderno de viaje hecho de excursos, apuntes, narraciones y recuerdos”. Entenderéis porque apetecer, apetecer pues no apetecía leerlo).

El caso es que pese a el poco interés que despierta inicialmente luego está lleno de datos, o informaciones, curiosas como la aclaración sobre cómo se produciría la resurrección de la carne (con que cuerpo nos encontraremos para toda la eternidad, aquellos que creáis en este tipo de cosas en lugar de abrazar el pastafarismo,o cualquier otra creencia estúpida con tal de renciar a la fe de vuestros mayores, digamos por ejemplo, el tierra planismo que parece ser una cosa) y que al parecer es con “nuestra apariencia física, a la edad de Cristo”. Vamos, que de resucitar lo haremos como estábamos a los treinta y tres años. No sería la que yo hubiera elegido, pero, no, tampoco se bien cuál hubiera elegido. Tampoco aclara esto si es solo la edad física o también nuestra edad mental, nuestros recuerdos o nuestro ánimo, también serían el de esa edad para toda la eternidad (donde, por cierto, calculo que no pasa nada, así que en realidad no envejeceremos ni nos haremos más sabios). Creo que es un debate interesante y que no está muy bien resuelto – puede que lo este, teológicamente, pero que yo no tenga ni idea, ya que de teología también ando flojillo siendo algo que forma parte de mi incultura enciclopédica – y que sobretodo deja en el aire a todos los que mueran antes de esta edad, como se recuperan estos para la eternidad ¿con su ultimo físico, o con aquel que misteriosamente tendrían a los treinta y tres de haber seguido viviendo, o ya descompuestos? Además, esto me hace tener la duda de si esto de la resurrección de la carne es como la imagen residual que cada uno tiene en Matrix (la película, la primera que las demás no merece la pena ni mencionarlas) aunque imagino que no ya que en la película hay una cierta tendencia a ser más joven y molón (aunque de todo hay en el código fuente, o en la viña del señor).

También otras curiosidades más actuales, que al parecer explican – en caso de ser ciertas, que yo siempre supongo que todo lo que leo es verdad y esto no tiene por qué ser necesariamente verdad, ni necesariamente cierto – como el origen de la denominación de Pogo para el baile punk por excelencia: “mañana toca Sabbat. Jasidiés imberbes bailan el pogo en un bulevar al ritmo de una alegre música sudamericana de moda. ‘Bailar’ no es la palabra adecuada. Se trata mas bien de pegar saltos salvajes y extáticos, girar sobre el propio eje, sin moverse del sitio, los cuerpos rebotando unos contra otros”. Una descripción casi correcta de un pogo en, digamos, México (aunque no sé si tan siquiera en México puede asignarse música sudamericana a los punks) y por lo de no moverse del sitio ya que el pogo moderno tiende provocar desplazamientos, casi tectónicos.

Incluso incluye curiosidades más dudosas, como “en una ciudad del Lejano Oriente se suele señalar los restaurantes vegetarianos con una esvástica roja, el ancestral signo del Sol y la fuerza vital”. Digo dudosa, en parte por esa referencia a una ciudad sin identificar y también por aquello de unir el vegetarianismo con la fuerza vital. No parece muy creíble, aunque si es cierto que es posible ya que la esvástica es un símbolo con significados anteriores al que tenemos asociado en occidente (el nazismo). Tanto es así que en Japón en utilizaba tradicionalmente en los mapas para representar la ubicación, o disposición (que no recuerdo bien), de los templos y que tras un debate bastante acalorado sobre si debía de eliminarse la esvástica en los planos que van a preparar para los próximos juegos olímpicos para no ofender a los occidentales, han decidido que las mantendrán ya que para ellos el significado es otro y no ven la necesidad de occidentalizar sus grafías solamente porque les hayan robado la simbología y la hayan utilizado para una de las peores causas posibles. Faltaría más que al que han robado tuviera que sentirse culpable, aunque el debate está servido e imagino que en un par de meses – cuando las olimpiadas, o juegos olímpicos estén más cerca – este debate se trasladara a todas nuestras televisiones y medios de prensa, y se soltaran todo tipo de barbaridades. Ante esto, solamente diré que “recuerden, aquí les hemos informado antes”.

De la librería Méndez (que antes no he citado por nombre, ni por dirección: la calle mayor) también me lleve Los hambrientos y los saciados en la esperanza de que fuera un divertimento sencillo sin pretensiones, pero con reflexiones interesantes sobre la inmigración (que me parece un término extravagantemente partidista en su uso para describir el movimiento de personas, la migración, ya que denota claramente la perspectiva desde la que se habla, eliminado toda posible neutralidad en la conversación. Se habla mucho de los problemas de la inmigración, pero nada de los problemas de la emigración y, no sé, pero para mí que también los hay, igual que hay causas, los verdaderos problemas). La verdad es que es entretenida, se deja leer razonablemente, pero le falta el punto necesario de reflexión para pasar de ser un divertimento a una novela. Ya, ya sé que es raro que diga esto y luego me queje de las novelas espesas, solo reflexión, pero como siempre e incluso citando a mi horóscopo pues lo importante es el equilibrio (del que yo carezco completamente).

Lo que me ha resultado más curioso, ya que la novela pasa en la actualidad, es la afirmación que hace de que unos disparos contra manifestantes hechos ahora son “Que yo sepa, han sido los primeros disparos en directo en la televisión alemana”. Puede que sea cierto, no soy un experto en televisión alemana y tampoco lo soy en los juegos olímpicos, pero creo recordar que la resolución de aquel incidente en los juegos olímpicos de Múnich – sí, he decidido hacerme el irlandés y decir incidente para una doble matanza – fue televisado en su segunda mitad y algún que otro disparo en directo se vio.

Esperando la navidad y con una cuasi certeza de que al menos un libro caería por tan señaladas fechas decidí retomar la lectura de La capital, libro que había empezado en mi anterior visita – cuando estar en Madrid era para mí estar de visita – pero que no había terminado y con el que no me había apetecido cargar en el avión hasta Nueva Zelanda. He de reconocer que pese a que es un libro entretenido no he conseguido acabármelo ya que por algún motivo no me ha acabado de interesar la historia, o no lo suficiente para continuarla (igual no es culpa de la historia si no de la larga pausa que le impuse al libro). Lo que si me ha interesado mucho es algunas curiosidades lingüísticas como “¿Por qué se decía sudar como un cerdo? Como hijo de granjero sabía, claro, que los cerdos no sudan, no pueden transpirar por la piel. De niño empleo una vez ese giro. ¿Por qué? Porque se dice. Su padre le había reprendido. Los cerdos no sudan. Y no hay que hacer todo lo que hacen los demás; si otros dicen estupideces, tú no tienes que decirlas también”. Ya veis, esto de la estupidez de comportarse como los demás es como lo del pecar católico, no solo se hace de obra, sino también de pensamiento y de palabra, y seguramente también de omisión (aunque esto último supongo que será el empeñarse en distinguirse de los demás a toda costa, esa individualidad que parece ser la gran virtud de estos tiempos en los que hay que ser diferente a toda costa pero que al final solo hace que todos los diferentes sean iguales, como le paso a ese hípster que denuncio a una revista porque habían usado una foto suya – tan seguro estaba de su estilo único – pero que resulto ser de otro hípster).

Pero volviendo al tema de sudar como un cerdo, ¿Qué, por qué se dice? “porque mucha gente tiene un problema con la sangre. Antes, cuando hacían la matanza en casa, veían cuanto sangraban los cerdos, y entonces llamaban sudor a la sangre”. Mira tú, y yo pensando que era porque te hacían trabajar como un cerdo y sudabas (cosa que no tenía sentido ya que los cerdos, trabajar, pues tampoco trabajan mucho)

O esa otra del loco “que se dio muerte por haber sentido un amor inmortal” dando lugar a otro oxímoron de esos, e incluso esa de que “el termino alemán Lager significa en alemán almacén, pero, entre otros significados, tiene también el de campo de concentración”, además del más conocido – en inglés y puede que en alemán también – de un tipo de cerveza. Ya ves tú, lo que se aprende.

El caso es que, pese a que le doy credibilidad a estas teorías, la afirmación que luego hace de que “vivió tranquilamente como consejero de la Dirección General de Seguridad, DGS, la policía secreta española” pues me hace dudar ya que estoy casi seguro de que la DGS no es, ni era, la policía secreta española. Poco secreta seria si tenía su sede en la plaza mayor, ¿no?, vamos ya sería poca secreta con una sede oficial.

Efectivamente mis previsiones de un libro por navidad se cumplieron y recibí Como desees, regalo que cumple el criterio básico de un regalo de navidad (o de cualquier regalo): el de ser algo que te apetece tener pero que no estás seguro de querer comprarte. Obviamente cualquier cosa relacionada con Goldman, más aún con Morgenstern, pues me apetece y quiero tenerla (sin fanatismos o paparruchas de coleccionista, no nos equivoquemos para otras navidades o fiestas) pero este libro en concreto me parecía que iba a ser insulso, todo iba a ser bueno y apenas si habría algún cotilleo divertido. Eso era lo que hacía que no me apeteciera comprarlo, eso y el oportunismo del actor convertido en coautor (vamos autor firmante con negro reconocido, que puede que entonces sea solo mulato). Es entretenido ya que habla del resto de los actores y del rodaje, pero le falta ese punto necesario de maldad para que merezca la pena. Con todo me ha recordado una frase de la película que uso poco (o nada) pero que pienso empezar a usar y con la que acabo esta entrada: 


“¡Divertíos asaltando el castillo!”



Lecturas

Scarflok Annual 1979 – Varios autores (creo)
Vambo – William Ritchie
Los errantes – Olga Tocarzuk
Los hambrientos y los saciados – Timur Vermes
La Capital – Robert Menasse (sin terminar)
Como desees – Gary Elwes con Joe Layden















jueves, 2 de enero de 2020

Comentario de textos Noviembre 2019

Treinta y uno de diciembre y por fin me siento a escribir sobre mis lecturas del mes de noviembre; como tardare más de un día en terminar esta entrada y, obviamente, mañana no será un día operativo (la única “operación” que realizare será la de meter las sobras de lasaña en el horno en algún momento del día) y luego hasta que no consiga una conexión a internet (ahora mismo en casa no tengo) pues esto no verá la luz hasta el año que viene y creo que batiré mi propio record de tardanza. 

El año que viene espero hacerlo mejor – no en el sentido de tardar más, todavía más; sino en el contrario: en el de escribir más a menudo y sobre más cosas que solamente libros; ya sabéis, la idea inicial de recopilar recuerdos y cosas de ese estilo. Digamos, por decir, que ese es uno de mis propósitos de año nuevo (aunque realmente no lo es, que yo eso de los propósitos lo veo un despropósito) junto con organizar un poco mi vida (no, no es que este desorganizada pero ahora mismo está en un momento extravagante, en el que vuelvo a tener que decidir qué hacer, así con el futuro me refiero).

En cualquier caso, acabo de tomar la decisión que más que propósitos para el año nuevo voy a tomar un propósito para lo que queda de año. Uno sencillo e incluso alcanzable: acabar es escribir esta entrada antes de que acabe el año, de hecho, antes de que empiecen las celebraciones, los preparativos e incluso las pre celebraciones. Parece un propósito modesto, pero por algo hay que empezar. Así que a la tarea de comentar las lecturas de este mes.

Mi primera lectura del mes fue The Memory Police, novela de una japonesa que no conocía pese a que según la contraportada es una de las autoras más conocidas en Japón y que encontré en la librería de Auckland que no he conseguido que me gustara. Obviamente con mis problemas de memoria el titulo ya llamo mi atención y aunque la premisa se me antojaba un poco incomprensible: en una isla de Japón van desapareciendo cosas, categorías enteras en plan las rosas, y no solo desaparecen las cosas sino incluso los recuerdos de las mismas y por supuesto pues hay una especie de grupo disidente que mantiene algunos recuerdos vivos, e incluso algunos objetos que se supone que han dejado de existir, así como la policía de los recuerdos que da título al libro.

Se trata de una premisa tan absurda que solo puedo pensar que se trate de una de esas metáforas que yo, en mi simpleza, no acabo de captar verdaderamente y que leídas literalmente resultan, pues eso, absurdas. Es verdad que como indica el protagonista, a veces, incluso cuando has perdido el recuerdo de algo, cuando ya no recuerdas, queda la sensación del recuerdo:

 “my memories don´t fell as though they´ve been pulled up by the root. Even if they faced, something remains. Like tiny seeds that might germinate again if the rain falls. And even if a memory disappears completely, the heart retains something. A slight tremor or pain, some bit of joy, a tear”.

A mí esto me pasa con los libros de los que apenas recuerdo nada, pero de los que, si me queda esa sensación de alegría, ese sentimiento de si me gustaron, incluso de si me emocionaron o me parecieron una autentica bazofia. Ese sentimiento sigue allí pese a que yo sea incapaz de recordar nada del libro en cuestión incluso cuando empiezo a volvérmelo a leer es posible que no tenga ningún recuerdo hasta la mitad el libro, o incluso hasta las últimas páginas del libro, momento en el que de repente recuerdo todo del libro. Algo que no tiene ningún mérito ya que no recuerdo la primera lectura si no esta segunda, o tercera lectura, y es algo similar a mis recuerdos de infancia que no los recuerdo hasta que no veo una foto o una de las antiguas películas de súper 8 y de repente me digo, anda mira si me acuerdo de eso, sin saber si realmente recuerdo lo que paso o haber visto la fotografía, o la película, antes. Con todo me gusta pensar que los recuerdos están en alguna parte esperan solamente a esa lluvia para germinar de nuevo, pero creo que solo quiero pensar eso porque es una frase bonita con obvias reminiscencias de esa otra de Blade Runner (ya sabéis cual).

Aunque todavía no está lista para ver la luz ya he tenido el placer de leer un primer (o segundo) borrador de la nueva novela de mi hermano Rafa (como buen hermano prefiero llamarle Rafa que sé que no le gusta nada, para eso están los hermanos) y cuando me pregunto que me había parecido me habría gustado contestarle ese “I couldn´t posible say” que le contesta uno de los personajes, un ávido lector, a un escritor cuya escritura le gusta. Me gustaría haberle explicado que “If you read a novel to the end, then it´s over. A will never want to do something as wasteful as that. I´d rather keep it here with me, safe and sound, forever” que me parece una frase muy elegante, pero he de decir que yo me termine la novela de Rafa y de momento me ha gustado bastante, aunque, ya, si eso, reservaremos los comentarios para la versión final o para otra lectura posterior.

Aunque no sea relevante no puede evitar mencionar una curiosidad que he aprendido sobre la vocales en Japonés, que si bien son las mismas que en español por algún extraño motivo que no alcanza a comprender su orden natural es diferente al nuestro; algo que he descubierto gracias a las pruebas de escritura que lleva cabo la protagonista del libro: “To warm up my fingers, I tried writing a, i, u, e, o. Then, taking care to match the size of the characters to the lines on the paper, I continued with ka, ki, ku, ke, ko”. Inquietante, cuando menos.

Ni el título, ni la portada de First Cosmic Velocity dejan ninguna duda sobre el tema general del libro: la carrera espacial rusa, si bien no muestran la premisa básica del libro que es la de la existencia de una conspiración global en la carrera espacial mediante el uso de gemelos para mandarlos al espacio: mandan a uno y luego cuando la nave se destruye en la reentrada pues sacan al otro gemelo (o al doble de la perra Laika) para apuntarse un logro respecto a la exploración espacial. Una parte del libro – la de quien es más héroe, si el que va al espacio o en que se queda en tierra – me recuerda inevitablemente (aunque con un poco más pobremente) a aquella historia que contaba Goldman sobre Un puente muy lejano y como la gente percibía que los mas valientes eran los que cruzaban el rió en la primera barca sospechando que los alemanes estaban al otro lado del puente dispuestos a ametrallarles – y los ametrallaban a todos – pero se olvidaban del valor de los que iban en la segunda (y sucesivas) barcas y me no es que sospecharan que al otro lado estaban los alemanes, no, para ellos no era una sospecha, era una certeza – lo que obviamente requiere más valor, rayano en la insensatez me atrevo a afirmar – pero que sin embargo no son percibidos como los héroes y no son recordados. Los héroes, para el imaginario colectivo, son los primeros, aunque requiera más valor ser el segundo.

El libro me ha parecido flojillo, falto de desarrollo y de personajes con personalidad si bien la descripción de la expresión de la abuela (aplicable, en mi experiencia más a madres) es sencillamente indiscutible “He recognized the expression from Grandmother, one he has always identified as concern mixed with happiness at having something to be concerned about.” ¿Quién no ha visto, no reconoce, esta expresión en su madre? Esa alegría por la preocupación con un menor o mayor toque de preocupación real.

Creo que ya comenté que desde mi punto de vista una de las razones por las que la trilogía de ciencia ficción de Cixin Liu ha tenido tanto éxito es porque se mete bastante con el régimen comunista chino y algunas de sus estupideces como querer cambiar el color de los semáforos para que el rojo represente avanzar. De lo que no estoy seguro es de si comente que también tenia algún debate sobre so la teoría de la relatividad era capitalista o comunista pero como este debate vuelve a surgir en este libro aprovecho y os dejo esta reflexión:

“relativity is both supremely individualistic and perfectly socialist. My perspective is essential, but only to me. I do sometimes think that´s something Marx didn´t understand. Community is a myth, a convenient, perhaps essential one, but what community can there be if no two people see light the same way? So the idea of community is what let us rationalize our selfishness as something noble, when in fact we are stuck with our own internal logic. The math of logic is universal. We´re all looking at the same numbers, but the equation is unique for each of us”.

A mi esto razonamiento, más que para la teoría de la relatividad me parece que sirve mejor para explicar porque en las elecciones todos los partidos ganan mientras que todos sus adversarios siempre pierden: los numero son los mismos pero la ecuación para interpretarlos es única para cada uno. Algo verdaderamente sorprendente y un completo sinsentido aunque no deja de sorprenderme el parecido fonético entre algunos números en ruso con los nuestros como puede verse en esta cuenta atrás que se incluye en el libro, que yo de ruso… entre poco y nada: “pyat, chetirii, trii,dua, odin” (el parecido de dos y tres es sorprendente y no pienso mencionar nada sobre ese Odín que se desdobla como uno y dios mitológico, lo que no deja de ser sorprendente que en una religión con muchos dioses haya uno que sea el uno).

Por último y dadas mis circunstancias personales he de reconocer que en cierta gran medida coincido con esa otra excelente frase de “I now know that leaving one place is not the same thing as returning to another”. Por segunda vez en un año he abandonado un lugar, pero aún no se si he vuelto a otro, ya veremos cómo discurre el inicio del año para averiguar si he vuelto a algún sitio o si he llegado a uno nuevo.

A mitad de mes ya estaba decidida mi vuelta y finalmente me marche de Auckland sin pasar The Women´s Bookstore para despedirme o provererme de libros ya que confiaba que con Chances Are y con algún best-seller de aeropuerto pues podría llegar a casa sin demasiado exceso de equipaje. A mi Richard Russo me gusta porque sus novelas suelene tener un ritmo muy pausado en el que la acción, si es que la hay, discurre bien lentamente o bajo la superficie de unas comunidades por lo demás tranquilas y apacibles. Nada parece alterar el orden de unas vidas que están completamente alteradas por algo que en parte solo se adivina. En esta la acción, o el hecho, esta más visible ya que hay una perdida en el pasado de los amigos sexagenarios que se reúnen de nuevo. Una perdida, una muerte cuyo recuerdo es una sombra sobre todas las relaciones y sobre la visión del mundo de cada uno de esos sexagenarios. Perdita que deja esta frase con la que coincide plenamente, y que consider applicable en demasiadas ocasiones: “He will lose her, of course, because that´s how these things worked. What you can afford to lose is precisely what he world robs you of. How it knew what you needed the most, just so it could deny you that very thing, was a question for philosophers.”

Además, uno de los personajes sufre una serie de micro derrames cerebrales, algo que suponiendo bien documentado a Russo me permite ponerle a mi condición un nombre propio de una deplorable agencia de detectives de tebeo (que no de comic): “The initial diagnosis is a TIA, what they call a ministroke. Apparently he´s been having them for a while”. QUE si bien me tranquiliza ya que suena mejor sufrir una TIA que un derrame, a la vez me intranquiliza ya que parece que no es un episodio aislado y que se pueden tener asi en un pequeño grupo o durante cierto tiempo.

El libro también deja una variación de esa frase que, desgraciadamente, cualquier persona con empleados o con gente a su cargo (léase hijos y similares) se ve obligada a decir, o al menos pensar, de vez en cuando y que en distintas variaciones significa que solo hay una forma de hacer las cosas la mía (ya sea en ese “a mi manera o carretera” o en ese “puedes hacerlas como yo, o hacerlas mal” o su variación “hacerlas como yo, o hacerlas bien”) y que en este caso se transforma en “You always have a choice. You can do things his way, or you can wish you had.” Que es todavía más paternal que cualquiera de las anteriores.

Mis lecturas de avión se debían completar con la lectura de un best-seller de aeropuerto y esta vez le tocó en suerte a Agent Running in The Field. Puede que fuera el cansancio del viaje – al fin y al cabo, es casi un día de viaje – o más probablemente fuera que LeCarre es de esos escritores a los que nunca he conseguido cogerles el gusto y que solamente compro por aquello de intentarlo (porque era uno de los autores favoritos de mi madre) pero el caso es que el libro se ha quedado a mitad sin poder, ni querer, terminármelo en el último vuelo. Algo que, ya digo, igual no es culpa suya, pero, como decía aquel, tampoco puede ser la culpa mía.

Nada destacable en el libro, en su primera mitad, que reseñar, ni una sola frase marcada en el mismo. Supongo que pese a ello seguiré intentado que me guste LeCarre algún que otro dia pero, ya lo veo difícil.

De vuelta en casa, pese a tener por delante unos cuantos días de pereza que teóricamente debía empezar a mezclar con visitas y retomar el contacto con la gente (algo que de momento solo he hecho parcialmente excusándome en las navidades y en la promesa de un nuevo año, como quien dice, a la vuelta de la esquina) retome la lectura de The Future is Female! que es un libro de cuentos de ciencia ficción escritos por mujeres que llevaba leyendo intermitentemente desde el año pasado (Intermitencia permitida por ser un libro de cuentos).

La verdad es que es un libro fascinante con 25 cuentos variados en temática y sobre los que no sé si será políticamente correcto que se ve la sensibilidad femenina en los mismos o que no, que esta sensibilidad no se ve y que son indistinguibles de, digamos, cuentos escritos por hombres. Así que por no meter mucho la pata en este fin de año diré que ni lo uno ni lo otro, y las dos cosas al mismo tiempo ya que se trata de veinticinco autores diferentes y por lo tanto de distintas visiones y sensibilidades. Hasta aquí puedo leer.

Terminado el libro mi hermana Helena me paso Una Odisea, libro que al parecer le habían recomendado fervientemente mi hermano Rafa y, si no lo entendí mal, incluso mi hermana Maite. Con solo mirarlo y leer el subtitulo ese de “Un padre, un hijo, una epopeya” que resultaba incluso malo para anunciar una película de serie Z resultaba claro que iba a ser difícil de digerir y si no hubiera sido por las recomendaciones no le habría dedicado más de cinco minutos. Desgraciadamente para mí, por la recomendación, le he dedicado el tiempo necesario para leerlo o más bien para ser torturado por la lectura de esto que, como tesis doctoral moderna sobre la Odisea puede tener un pase – dudosamente – pero que como libro resulta francamente insoportable, al menos para, digamos, personas normales que ni se saben la Odisea de memoria ni les ha creado un impacto vital.

Como curiosidad mencionar la etimología que cita el autor para travel (al parecer dudosa, al menos según mi hermano Rafa – posiblemente también para el propio autor - ya que cuando la mencioné en una comida dio lugar a una pequeña discusión en la que yo fui incapaz de citar la fuente de la que procedía esta información, pese a que no hacia ni un par de días que había acabado el libro) y con la que, en gran medida coincido. 

“Hoy, al oír la palabra pensamos en algo placentero, algo que hacemos en nuestro tiempo libre, el nombre de una sección del periódico que solemos hojear los fines de desaman. ¿Cuál es su relación con trabajoso? Ocurre que travel es prima hermana (como trabajo en castellano) de travail, que según un voluminoso diccionario – que mi padre me compro hace casi cuarenta años, hallándome yo en vísperas de mi primer viaje importante, de la periferia de Nueva York a la universidad de Virginia, de norte a sur, del instituto a la facultad – es ‘esfuerzo doloroso o laborioso’. El dolor, en efecto, se atisba, como un palimpsesto, insinuándose tras las letras de travail, merced a la extraña etimología de la palabra: procede, vía el inglés medieval y una reconfortante parada en el francés antiguo, del latín medieval trepalium, ´instrumento de tortura´. Así, pues, travel sugiere la dimensión emotiva del viaje: no sus accesorios materiales, ni el tiempo que puede llevarnos, sino lo que experimentamos. Porque en los días en que la palabra adquirió su forma y significado, travel implicaba, más que ninguna otra cosa, penas, dificultades, esfuerzo, algo que casi todo el mundo rechaza enérgicamente”.

Desde mi punto de vista los viajes, que parecen el nuevo opio del pueblo o la nueva religión ya que a todo el mundo parece encantarle viajar, que viajar es lo más, están completamente sobrevalorados y en muchos casos se acercan más a un trabajo y cada vez más a una experiencia delirante en la que uno es sometido voluntariamente a todo tipo de procedimientos absurdos (a menos que uno viaje en business o superior, que entonces como he podido comprobar gracias a las políticas de overbooking de las compañías aéreas y a la acumulación de puntos, es otra historia) que solo son aceptables porque uno quiere llegar al destino. Destino que para mí se basa simplemente en una ciudad en la que uno puede vivir unos días mejor de lo que vive cotidianamente, digamos a NYC. En ningún caso para ir a ver lugares más pobres que el de origen, la discutible naturaleza que siempre sale mejor en fotografía que en la realidad o por el mero placer del viaje. El viaje en si mismo, por mucho que digan los hippies, no es para nada una actividad placentera ni mucho menos el fin en si mismo.

Dicho esto, y terminadas los comentarios de mis lecturas a tiempo – aún no ha terminado el año ni empezado los preparativos o las pre celebraciones (que habrán terminado y empezado cuando publique esto) voy a empezar a pensar en mi próxima visita a NYC, obviando el viaje, o puede incluso que en ese viaje prometido (a mí mismo) a Japón.

Pues eso, feliz año, y ya, si eso, seguimos otro día.

Textos:

The Memory Police – Yoko Ogawa
First Cosmic Velocity –Zach Powers
Chances Are – Richard Russo
Agent Running in the field – John Le Carré
The future is female! – Edited by Lisa Yaszek
Una Odisea – Daniel Mendelsohn