domingo, 30 de agosto de 2020

Comentario de textos - Julio 2020

La verdad es que me habría gustado escribir esta entrada en Piles, de cara al limonero, para poder empezar parafrasear a aquel y decir “… y el limonero seguía allí.” y para que no hubiera vuelto a pasar tanto tiempo que más que “asentar” mi opinión sobre las lecturas estoy descubriendo que lo que hace es que me olvide completamente de lo leído (lo que en algunos casos es, desgraciadamente, bueno, pero en otros me pone en el compromiso de no recordar).

En cualquier caso, no ha podido ser. Las razones, pues varias. Así en plan excusa puedo contaros que una vez levantada la cuarentena he hecho mi primer viaje internacional en avión y por trabajo, lo que a su vez implica que he trabajado algo este mes (el de agosto, me refiero) y más realistamente, pues la pereza innata a estar en Piles, donde entre el calor, los mosquitos y pese a esto lo bien que se está sin hacer nada pues ha hecho imposible ponerse a escribir sin tener una obligación (no, esto no es una obligación, o no lo es del todo). Creo que los diez primeros días de cada viaje a Piles es imposible hacer nada útil, salvo leer y comer (cosas útiles en sí mismas, pero ya sabéis a lo que me refiero) y que es ya en la segunda semana en la que uno puedo plantearse empezar a producir. Por lo menos eso me pasa a mí, que pese a montar el ordenador el primer día (si, no, yo no llevo un portátil, sino que me llevo el ordenador de la oficina – el de sobremesa – en un precioso maletín de asesino profesional) e incluso sentarme todas las mañanas pues, a menos que sea necesario por tener una fecha de entrega, pues no empiezo a empezar a hacer mis cosas hasta la mediados de la segunda semana y claro, si como este mes, esto se ve interrumpido con la necesidad de viajar pues, sencillamente, no avanzamos.

En cualquier caso, antes de ponerme a hablar de los libros que este mes son bastantes, os confirmo que las medidas de para viajar en los aeropuertos son ridículas, al menos entre Oporto y Madrid. Ahora para ambos sitios hay que rellenar – antes de embarcar – una declaración indicando en que sitio del avión viajas (como si esta fuera una información que las aerolíneas no tuvieran ya, con toda la que te obligan a repetir a ti, con la molestia que esto supone). Para Oporto se supone que has de llevarla y entregarla al llegar en la aduana pero el caso es que todos nosotros nos volvimos con el papel perfectamente relleno sin que nadie hiciera ni el mínimo gesto para pedírnoslo; para volver a Madrid, o para entrar, has de llenar un papel parecido pero en una aplicación – se ve, que somos más modernos – y por supuesto has de llevar un papel con un código de barras que te dan pero que obviamente tampoco comprueban (en honor a la verdad he de decir que si lo comprueban, visualmente, es decir un tipo mira que tienes un papel que parece el que tienes que tener, sin leer el código, así a ojo de buen cubero, y te deja pasar tranquilamente). Vamos que todo de cara a la galería, para que la gente se quede contenta con que se está haciendo algo, molestar a la gente para que proporcione información que ya tienen y que no van a comprobar. No se puede ser más estúpido o absurdo.

En fin, de Oporto nada os puedo contar ya que fue un viaje relámpago, de esos en los que van de oficina en oficina, de depuradora en depuradora y podrías haber estado en Oporto o en Tombuctú y solamente disfrutas de un poco de sabor local en las comidas, que, eso sí, como íbamos de invitados pues fueron casi todas buenas y copiosas pero aburridas porque continuaban siendo de trabajo. Si, si tomamos bacalao y no, no lo y tomamos a la portuguesa ni a dourada; así de raros somos o son nuestros anfitriones pero tomamos una lubina salvaje espectacular y un arroz caldoso con dorada verdaderamente sensacional, pese a que no pudimos acompañarlo con vinho verde ya que nuestros anfitriones se negaron a tamaña aberración, según ellos cualquier otro vino es mejor que el verde, algo que me sorprendió sobremanera. Poco más os puedo contar ya que todo lo que tratamos es confidencial, si, ya veis, secretos de grandes empresas de los que ahora extravagantemente yo soy conocedor.

En fin, pasando a los libros, mi primera lectura fue Las Huellas del Silencio, que así, a priori, por la contraportada tiene un interés discutible para alguien que ha ido a un colegio laico ya que trata sobre curas pederastas pero que me decidí a coger para no tener que leer la novela con la que se hizo famoso el autor, esa de el niño con el pijama de rayas (que nunca me ha apetecido leer). La novela se deja leer bastante bien y la perspectiva – la de un cura que no ha participado en los abusos y que realmente no era, o no quería ser, consciente de ellos – resulta interesante. Y la postura, el comportamiento, de la iglesia frente a este tema queda claramente establecida en este dialogo entre el cura y un cardenal en una aparición radiofonica:

-¿trasladaron a Tom Cardle de parroquia en parroquia, usted y sus colegas obispos, porque sabían que el agredía sexualmente a niños?

- Liam, si yo hubiera sabido que él estaba haciendo eso, acaso trasladarlo no habría sido lo correcto? ¿O tendríamos que haberlo dejado donde estaba?

Oh, no, dije negando con la cabeza. Aléjate del micrófono, por el amor de Dios.

- Lo correcto habría sido llamar a los gardaí eso habría sido lo correcto – señalo Scott, levantando la voz por primera vez.

- Bueno, claro, claro – dijo el cardenal – Y lo hicimos. En su momento.

- No es cierto – respondió Scott bruscamente – Los gardaí fueron a buscarlos a ustedes.

- Pura semántica.

Primero un razonamiento totalmente tramposo, seguido de una falsedad completa y rematado con una afirmación vacía – o peor aun realmente de aceptación como negación -. dicha con seguridad, como si fuera algo irrelevante. ¿Pura semántica, como excusa frente al significado diferente de dos cosas? Pues claro, son dos cosas que significan algo diferente porque son algo completamente diferente, de hecho, prácticamente contradictorias, pero con eso queda aclarado todo. Solo es una diferencia semántica, se puede ser más jesuítico, como si la semántica no fuera el significado, sino solo la interpretación del significado.

En fin, es una lectura interesante que además me ha dado a conocer las “chocolatinas Curly Wurly” que obviamente espero sigan fabricando porque ahora tengo que probarlas al saber que son un clásico de Dublín como las “patatas fritas Tayto, botellas de bebida energética Lucozade, te Barry´s”. Creo que se impone un viaje para probarlas in situ.

Cherry, su contraportada, podría parecer interesante: un ex soldado de Irak que al volver se hace adicto a la heroína, se da a la delincuencia y acaba mal. El caso es que se supone que no estamos hablando del protagonista sino del autor, lo cual pues ya presagia que igual la idea no es tan buena (ya sabéis mi antipatía hacia los casos reales, especialmente contados por los protagonistas) y si bien el personaje acaba mal se supone que el autor no tanto, ya que escribe esta historia. En cualquier caso, el que acaba mal es el lector, o un lector de mi tipo concreto, que solo puede considerar que esta novela es una mierda, sin ningún interés y lo que es peor con poca credibilidad, aunque de esto no tengo ni idea ya que no conozco ningún exsoldado de Irak heroinómano y delincuente, es tan solo una opinión sin ninguna base.



Como dice uno de los protagonistas de El Corazón de Inglaterra al observar un debate entre candidatos presidenciales en el que están el candidato conservador y el laborista “y el resto de la tarima ocupado por la habitual multitud de candidatos estrafalarios, incluido el inevitable representante del Monster Raving Loony Party con un sombrero de copa y un enorme narciso de tela en el ombligo. A Doug le paso por la cabeza fugazmente la idea de que Inglaterra era, y siempre lo había sido, un país muy raro.” Es esta rareza intrínseca de los ingleses (que no de todos los británicos, o al menos no de la misma forma) cuya existencia comparto, incluso desconociendo la existencia de ese partido y antes de haber visto fotos de sus candidatos (a los que la descripción del autor no hace justicia) la que me impulso a comprar este libro con la idea de intentar entender el Brexit – desde la ficción, que desde la realidad es otra cosa – a comprar este libro. La verdad es que el libro aporta poco, o nada, o yo me lo he perdido que todo puede ser.


Ya he hablado otras veces de mi fascinación por Japón y especialmente por la literatura japonesa, normalmente asociado a mis compras en Kinokuniya ya que es raro ver libros japoneses traducidos al español (salvo los inevitables de Murakami – el intenso – y de algunos clásicos también inevitables); así que al ver Territorio de luz pues no me pude resistir a comprarlo. Como (casi) todos los libros japoneses, es raro; raro en el sentido de las relaciones entre los personajes, de la visión de la vida de los mismos, no desde el punto de vista de la escritura. En este hay una madre recientemente divorciada con una niña pequeña a su cargo, hasta aquí nada raro, pero empieza su vida en una nueva casa y tiene algunas otras relaciones extrañas de padres e hijos que la llevan a decir cosas como “Si te quedas más tiempo con tus padres te cas a volver tonto de verdad… No tienes que sentirte obligado a quedarte. Que sean tus padres no quiere decir que te vayan a proteger. Te han estado haciendo daño desde que eras pequeño, y precisamente por esas heridas que te infligieron tienen que continuar haciéndote daño. Los padres son solo padres, no son nadie especial. Hay padres a los que hay que abandonar por el bien de uno mismo. Que no te engañen con el pretexto de que son tus padres.” Estoy seguro de que aquí también hay relaciones paterno filiales con un carácter igual de perverso, que han entrado incluso en un bucle en el que el daño pasado justifica el daño futuro, como las mentiras del pasado de obligan a seguir mintiendo o a hacer saltar la banca y confesar (algo casi imposible como todo buen jugador – o mentiroso – sabe). Afortunadamente no las mías ni ninguna que conozca con claridad, aunque de algunas sospecho que no son demasiado sanas, pero, ya, si eso, hablamos otro día de estos casos particulares y escasos.

Ahora hay que ir a comprar libros – y a cualquier parte – con mascarilla y la verdad es que a mí la mascarilla me agobia, me bloquea, embota mi capacidad de razonar, de pensar con claridad, así que, en mi visita a mi librería de referencia capitalina, la librería Méndez en la calle mayor (que como todo las librerías, comercios y bares, necesita la visita de todos para salir adelante, hoy un poco más que hace unos meses), cogí los libros no al azar pero si con poco criterio en algunos casos (nada tan dramático como mi visita al chino de Piles para comprar un cable HDMI, que tuve que repetir tres veces sin conseguir acertar con el cable correcto. Al final, mi hermana se acercó y compro el cable correcto) y acabe con esta Agua Salada que desde la portada se ve claramente que no es un libro que me hubiera comprado sin mascarilla (bueno, igual si ya que tiene agua en el título y eso es algo que siempre me provoca ganas de comprar). No es que el libro sea malo, no lo es, y tampoco es tan de lesbianismo como la portada (de anuncio de colonia Anais) hace temer (algo que tampoco me preocuparía especialmente) pero si es un libro blandengue, a riesgo de ser apedreado por políticamente incorrecto diría que es un libro para chicas. Si, lo siento, pero la verdad es que lo pienso y eso cuando en algún caso pueda coincidir con su protagonista en sus afirmaciones: “Mi amigo Alex dice que cuando tiene una relación sentimental con una persona le entrega pedacitos de sí mismo. Él dice que da demasiado de sí mismo a los demás, pero yo creo que quizá no doy lo suficiente. No tengo excedente de mi misma. No me puedo permitir ir dando partes de mí.” Si, a mí tampoco me queda excedente de mi para ir regalando por ahí partes de mí mismo (Otra cosa es que tampoco me crea la afirmación del amigo Alex, ya que creo que muy poca gente va dando pedacitos de sí mismo, tal vez algunos van cambiándolos, pero no regalándolos).

También, aunque la frase no este escrita con el espíritu de la pandemia actual, creo que eso de que “Habíamos crecido repletos de historias de la juventud de otras personas y estábamos desesperados por formar parte de algo significativo. Nuestro día a día nos parecía sin valor e irrelevante” explica en gran medida el interés con el que una gran mayoría se está apuntando a medidas individuales como llevar mascarilla cundo no hace falta (no lo digo yo, lo dice la OMS y el CDC americano) o incluso como la gente se apunta a determinadas causas como una cruzada individual. Todos queremos hace algo significativo, ser parte de la historia, sentir que estamos colaborando activamente en la Historia, que nuestras acciones pueden modificar el mundo; todos queremos ser más importantes y relevantes de lo que somos. (No, no me malinterpretéis: yo creo que son nuestras pequeñas acciones individuales las únicas que pueden cambiar el mundo, nuestro mundo, pero no son esos gestos vacíos si no la cordialidad, la educación, le comprensión de que hay gente diferente a nosotros y no de que nuestra forma de vivir es la única posible, o la única correcta. Sí, yo creo esto, pero también creo en la ciencia y en la educación y no en los disparates, de ninguno de los dos lados, por cierto).

Escoger Como leones, en cambio fue fácil ya que era continuación de Bull Mountain, una novela sobre mafias en las montañas Georgia que me había gustado. Además, como normalmente tengo problemas con los acentos y como la mascarilla no me dejaba pensar con claridad en lugar de leones, interprete Leones (como en de León, en lugar del animal) y claro me parecía interesantísimo que una historia en las montañas de Georgia pudiera tener una conexión con las montañas leonesas y ya me imaginaba que parte de ella pasaría en El Bierzo. Resultaba, por lo tanto, plenamente tentadora. (No, no hay ninguna conexión con León, pero creo que aquí puede haber una novela de destilerías ilegales interesante). La verdad es que se deja leer muy bien, es entretenida y aunque vaya un poco de redención en lugar de simplemente de maldad pues tiene su punto.



Hay novelas que estas casi seguro de que no te van a gustar pero que a la vez no puedes evitar leer ya que se pueden parecer a novelas que te han encantado o crees que pueden tener alguna relación con cosas que, en cierta medida, te han pasado. Este es el caso de El invitado, que por aquello de ir dos amigos del colegio me parecía interesante y a la vez estaba seguro de que no me gustaría, que me sentiría decepcionado ya que la historia se enredaría en cosas que me quedaran suficientemente lejanas y de escaso interés (secretos guardados toda una vida hasta que estallan en una fiesta, al cumplir cuarenta años los protagonistas, sonaba realmente aterrador y demasiado tópico). Pero, en fin, así funciona el cerebro humano y pese a todo decidí darle una oportunidad. En un momento dado, creí que podría llegar a gustarme ya que podría sentirme identificado con el protagonista que tiene el mismo problema de hieratismo que yo “Me han dicho que tengo tendencia a mostrar una expresión de desaprobación o infelicidad cuando yo creo que mis facciones son tan solo inexpresivas o relajadas.” Exactamente como me pasa a mí que soy internamente hierático pero que al parecer exteriormente no lo soy tanto, lo que, quieras que no, pues no resulta como uno esperaba y la gente acaba hablado de mi expresividad – o de mis caras raras – en lugar de mi claro hieratismo de estatua.

Con todo tiene cosas buenas con las que coincido: “Hoy el mundo es tan egocéntrico… No le dan ninguna importancia a como les gustaría vivir a otras personas. No hay límites. Todo ese ruido que se cuela en los silencios ocasionales; toda esa actividad frenética e incesante que llena cualquier espacio disponible con un torrente de tonterías. Estado. Favorito. Tuit. Filtro. Pantalla. Me gusta. Actualización. Feed. Feed. Feed. El mundo reducido a destellos de atención del tamaño de un bit que responden al denominador común más bajo.” Creo que esto pasa, que cada día pasa más y a más gente, y me preocupa en parte ya que crea un nivel de estupidez creciente en el que ya nadie tiene tiempo para pensar nada, solo para comprobar que la última micro novedad está teniendo éxito.

Las novelas de la colección Siruela Policiaca suelen ser un valor seguro, o por lo menos bastante seguro así que con la mascarilla puesta y ya casi sin oxígeno cogí Te encontrare en la oscuridad. Como no quiero hacer muchos spoilers (pese a que creo que realmente un spoiler – el saber el final de algo, o lo que va a pasar – no es realmente una limitación para disfrutar de la lectura o de la visión de una buena película; al fin y al cabo, todos releemos libros o vemos La guerra de las galaxias más de una vez – o incluso todos los años – disfrutando como la primera vez) no os contare nada de la trama, mas allá de lo que dice la contraportada, salvo que si hay alguna sorpresa bien traída. Lo que si os diré es que tiene una de las mejores frases sobre la desigualdad femenina en el trabajo (concretamente en el trabajo policial pero aplicable a cualquiera que he leído últimamente) ya que la protagonista “Tenia treinta y dos años y le faltaba el pene que servía de llave maestra para ser aceptada, pero le sobraba aptitud y sabia soltar tacos, y eso contaba mucho.” Sí, es una desgracia que exista esa llave maestra para progresar o integrarse en según qué trabajos.

En otro momento de la novela me ha recordado como ahora a (casi) todo el mundo le gusta la música que no oían cuando tenían la edad para hacerlo y como todos han estado en conciertos míticos en los que de verdad no estábamos tantos y como el protagonista “me sentí mal al imaginar cuanto se habría tenido que haber aburrido Bob en la universidad y luego en su vida y en su matrimonio, si para el ir a un concierto el fin de semana era sinónimo de una vida excesos a lo Axl Rose a finales de los ochenta”. Incluso me sentí un poco peor al pensar en conocidos que podrían haber ido a conciertos a primeros de los ochenta (más divertidos y excesivos) y que ahora les parece que ir a un concierto es lo más, aunque este concierto será por la tarde, sentados y con distancia social. Incluso así es bastante degenerado en sus mentes, es tan excesivo que igual se compraran todo el merchandising existente para recordar esa noche en la que decidieron “take a walk on the wild side” y sobrevivieron.

Después de estas lecturas seguía en Piles, pero ya sin nada que leer, así que me puse a rebuscar entre los libros a ver si la familia o las visitas habían dejado algo que mereciera la pena leer, o algo que poder leer. Encontré Los crímenes de Alicia que parece haber ganado un premio Nadal y cuyo autor no parece derrochar mucha imaginación en los títulos ni ya puestos en la trama. Un par de cosas (además del hecho de que esta novela ganara un premio Nadal, que es un premio importante) me han llamado la atención. La primera es si ahora que parece que se está produciendo un gran revisionismo histórico este se trasladara también a la literatura y Lewis Carroll (si, la Alicia del título es la que todos nos temíamos) será eliminado o denostado como autor de cuentos infantiles siendo, sino claramente si potencialmente un pederasta de prestigio. Imagino que no ya que en la literatura siempre ha habido más permisividad social frente a ciertos comportamientos y pese a que ahora las persona tengan que ser “planas” y si han hecho algo malo pues ya está, ya no pueden hacer nada bueno y deben de ser culpabilizadas y estigmatizadas por ello, y no con distintas facetas o “capas” como las cebollas de Shrek creo que para los artistas la existencia de estas capas pues todavía se acepta.

La otra cosa que me ha llamado la atención está fuera de la novela – viene como una nota a pie – y tiene que ver con la continuación obvia de la serie: 2, 4, 8, 16… ya que es algo que me ha sucedido a mí en algunos test de esos de inteligencia o personalidad en los que para mí el numero siguiente de la serie no era el obvio… y una serie como esa podía tener como continuación perfectamente el 31 en lugar del 32 y siempre me han dicho que estaba mal. Pero a veces las personas vemos las cosas de forma diferente y no es el 32 el número que tan obviamente sigue en esa serie tan obvia, sino que es otro y tenemos nuestras razones (en este caso por ejemplo hay una serie geométrica – el número de zonas en las que queda dividido un cirulo al realizar todas las uniones de n puntos de su circunferencia que da 2 para 2 puntos, 4 para 3 . 8 para 4, 16 para 5 pero…. 31 para 6 puntos – e incluso en esta serie para cualquier otro número que pongamos a continuación del 16 se puede encontrar un polinomio que cumple la serie).

A veces, ver las cosas de una forma diferente no es estar equivocado; a veces lo obvio no es la única posibilidad; o nunca lo es, me atrevería a decir. Imagino que por eso es por lo que me gusta tanto discutir y buscar siempre otro posible razonamiento, las cosas siempre pueden ser diferentes de lo obvio.

En fin, divertíos asaltando el castillo.

 

Lecturas

Las huellas del Silencio – John Boyne

Cherry – Nico Walker

El corazón de Inglaterra – Jonathan Coe

Territorio de Luz – Yuko Tushima

Agua Salada – Jessica Andrews

Como Leones – Brian Panowich

El Invitado – Elizabeth Day

Te encontrare en la oscuridad – Nathan Ripley

Los crímenes de Alicia – Guillermo Martinez

jueves, 30 de julio de 2020

Comentario de textos Junio 2020


PS: debido a problemas tecnicos de momento este post va sin fotos y sin videos. Si algun dia me acuerdo y averiguo como, pues lo actualizare aunque tampoco pongais muchas esperanzas en esto. Los luditas somos asin.
PSS: corregido lo de las fotos... espero...

Aquí estoy, casi a últimos de mes, sentado frente a lo que en casa llamamos “el huerto de Piles” (pese a que ya hace años que en el mismo no crece ninguna hortaliza o similar) mirando a un limonero como si quisiera ser un poeta rememorando su infancia o, más bien, su tercera infancia cuando la verdad es que, curiosamente, yo si tengo recuerdos de mi infancia asociados a unos limoneros. No a este que veo ahora, sino a los que había en El Puig, donde entre hectáreas, o fanegas o anegadas, no sabría decir, de naranjos había una zona que era el huerto de los limones. Pese a que era una de las zonas más cercanas a la casa, a la señorial casa debería decir, solo separada de la misma por dos jardines con flores, diría, por decir, que, de estilo francés, era una de las zonas más abandonadas y más oscuras de la finca. Mis recuerdos, posiblemente inventados, son que no era una zona fácilmente accesible, no por su dificultad, sino por su oscuridad y porque a continuación no había nada. Nada, salvo la balsa de riego que nos hacía las veces de piscina y en la que nadábamos en compañía de un numero de ranas suficiente como para formar su propia civilización y algunas culebrillas de campo, entre líquenes y todo tipo de musgo y donde usábamos la tubería de llenado de la balsa tanto como trampolín para tirarnos como ducha, o como grifo de un SPA de deficiente diseño.

A mí me encantaba bañarme en aquella balsa, rodeado de la flora y fauna que crece en un agua estancada (dejo de gustarme nadar, asi en general, cuando a mi sobrino Pepe – que era un gran nadador, el David Meca de la familia ya que se dedicaba a nadar travesías – le dio un ictus, o un derrame cerebral – que aún no se la diferencia, si es que la hay- con efectos mucho mayores de los que tuvo el mío; a partir de entonces me dejo de gustarme nadar, evitándolo en la medida de lo posible, aunque no haya servido para no sufrir mi propio derrame) y después a la vuelta cruzar por el huerto de los limones, en lugar de ir por el camino principal, y comerme un limón a mordiscos, con cascara y todo. Si, lo de la cascara suena raro, pero tenéis que tener en cuenta que hasta que no fui muy mayor (en una comida fuera de mi casa) yo pensaba que la piña se comía sin pelar y por supuesto con el corazón, algo que parece no ser cierto y que incluso hace como raro para el resto del mundo. Aunque no lo comprendo bien, ya que se supone que las vitaminas están principalmente entre la cascara y el fruto la verdad es que ahora (casi siempre) pelo la piña, aunque me como el corazón, y hace ya algún tiempo que no me como ningún limón a mordiscos. Pero, divago, ya, si eso, hablamos de mis hábitos alimentarios otro día y os comento lo mucho que me gustaba el coco cuando era pequeño (incluso pelado, este sí) y como me pase un verano comiéndome un par de cocos diarios, cocos que ganaba – eran el premio principal – en un puesto de una feria en L’Escala (si, donde las anchoas peludas, por diferenciarlas de las de Santoña) jugando a los dardos, entrenamiento, o afición, que luego me depararía bastante alegrías – en forma de invitaciones ganadas honradamente – en el Red Lion y otros bares durante mi adolescencia.

Ahora, con carácter excepcional, me saltare el orden cronológico de mis lecturas del mes para empezar cuanto antes con Amor intempestivo, la nueva novela de Rafa y, como no, aprovechare los recuerdos de mi hermano sobre lo que mi padre le dijo cuando leyó su primera novela: “En lo que has escrito hay una buena novela… que tú no has conseguido escribir” para deciros que, gracias a la colaboración de su editor (que le hizo quitar la parte del borrador inicial que era, simplemente una excusa, un McGuffin que diría aquel personaje del propio Rafa) esta vez sí ha conseguido escribir la buena novela que había en el borrador (por cierto y para evitar malos entendidos, creo que esto, lo de escribir una buena novela ya lo había conseguido bastantes veces con anterioridad, puede que casi todas aunque no quiero mojarme en estos momentos).

Dicho esto, lo de la buena novela, la verdad es que leer sobre historias que conoces, que has vivido (aunque probablemente sería más correcto decir de historias con las que has convivido, ya que los mismos hechos conforman diferentes historias para cada uno de los partícipes, así que nadie ha vivido la misma historia) pues tiene algo de raro, resulta extraño comprobar que cosas o como recuerdan otras personas de partes de tu vida, vale, de su vida ya que los demás, incluso los personajes que esta vez tenemos hasta frase (no grandes frases, pero frases… que es otro nivel de personaje) hemos vivido otra vida, con hechos parecidos.

Si para mi hermano el recuerdo le ayuda incluso aunque afirme “pero a mí, al recordar, cuando regresan a mi corazón (eso es recordar, del latín, cor, cordis, volver a atravesar el corazón) mueren allí de nuevo, todos los días, y aumenta a mi alrededor la oscuridad, y regresa también el deseo de encontrar un sitio donde esconderme. Estas páginas, tal vez.” es otra cosa en la que somos muy diferentes. Aunque es cierto que mi derrame me ha hecho perder la memoria y gran parte de mis recuerdos, muchos de ellos los he perdido por voluntad propia o como mecanismo de autodefensa. Sencillamente, como Nick Nolte en el Príncipe de las mareas (o como muchos otros personajes) me niego a recordar según qué cosas, no quiero indagar en mi pasado, no me interesa volver a atravesar mi corazón, me mantengo alejado de todos los sitios que pueden recordarme según qué cosas ya que ni siquiera sé si puedo recordar algunas páginas de mi pasado. No, para mí todo el pasado está olvidado, no aparece en ningún mapa (de momento, aunque este blog – si algún día dejo de hablar de libros – quería que sirviera para eso) ya que tener un mapa es la mejor forma de no encontrar las cosas, o de solo encontrar las que uno ha marcado en el mapa; todo lo que no está el mapa pues, sencillamente, no existe. Supongo que así son los recuerdos de todos, mapas de territorios por explorar, pese a haber estado allí. Pero, divago, de nuevo, ya, si eso, pues hablamos de mapas o pasados, o de exploradores celestes otro día. Ahora os dejo aquí cantando ese “I Dont remember, I don.t recal, I got no memories of anything, anything at all” porque remember y recall son cosas diferentes, aunque yo sea incapaz de encontrar la diferencia en español.




Una parte de mi quiere deciros que es un libro de lectura obligatoria, secretado por alguna glándula desconocida que tienen los escritores y que como soñaban Rafa, Orejudo y otros sobre sus futuras obras maestras “solo nos quedaba pararlo a limpio, de que ya estaba escrito y listo para ser publicado, en cuanto cada uno decidiera la ilustración de la portada” y lleno de cosas fantásticas como ese “nolo contenderé, es decir, que no me declaraba ni culpable ni inocente: no quería discutir” que le ofrecen a Rafa en un juicio en Estados Unidos, o esa descripción de nuestro padre enfermo y de su “mirada de enfermo, que no se si la tienen todos o solo los enfermos de la familia: sin mover la cabeza, que tenía un poco inclinada hacia abajo, levantaba los ojos azulados hacia nosotros y sentíamos de inmediato que era el, papa, y que nos quería, y que se iba a poner bien” de la que me gustaría poneros una foto que tengo (pero no localizo, aunque he localizado esta que creo que se parece a la que recuerdo) en la que se puede observar con claridad, hasta el movimiento; pero la verdad es que – como seguro han descubierto todos ellos – casi nunca es el escritor el que elige la portada así que eso era de lo poco que no tenían que aportar al libro pese a que la tuvieran  más que decidida antes de haber tecleado una página y en otro orden de cosas no se i es una buena idea que la leáis y penséis que las cosas que nos han pasado tienen una importancia diferente a la que tienen, así que propondré la lectura solo como opcional ya que  o bien no entrara en el examen o solo será para subir nota.

En cualquier caso, es hora de volver al principio del mes y a los libros comprados en mi (vuestra, espero) librería de referencia de la capital, la Librería Méndez, ya que pese a que para conseguir el ejemplar dedicado subí hasta Cercedilla, a la Librería Fuenfria (cosa que ya sabéis os recomiendo hacer) la verdad es que no me baje ningun libro de allí, en parte porque ya había comprado para el mes y en parte porque después de comer y con el libro de Rafa en las manos pues el resto de libros resultaban menos apetecibles.

Podría decir que escogí La gran fortuna porque pasaba en Bucarest, que extrañamente es una de esas ciudades en las que he vivido un tiempo suficiente y que sentía curiosidad por como la describiría una inglesa, pero sería mentira ya que, por la contraportada, sabía que se trataba de un Bucarest muy distinto al que yo visite en su día – pre revolución comunista, ya que pasa en el inicio de la segunda guerra mundial – o podría decir que iba sobre una pareja de ingleses, de ingleses de antes de la guerra, que siempre tienen un toque de diversión, pero también sería mentira ya que la verdadera razón de escogerla es que me había puesto a repasar mis conocimientos de hidráulica y obviamente Manning es algo básico en este tema, tan básico que fue el límite que me puse para seguir retrocediendo en mi repaso.

La verdad es que es una novela entretenida, en la que aprendido una de esas curiosidades sobre sectas – los Skoptsi – que siempre sorprenden: “son una de las atracciones que hay que ver en esta ciudad. Los Skoptsi son una secta rusa. Creen que para que seamos digno de la gracia, todos, hombres y mujeres, debemos desprendernos de todo lo que nos cuelgue por delante. O sea que cuando se han reproducido, los jóvenes se entregan a unas orgias descomunales en las que alcanzan tal grado de éxtasis que acaban mutilándose a si mismos”. Mutilándose en un sentido más amplio que el de aquel “Do the mutilation” de los Revillos, y que me hacen plantearme como alguien llega a esta extravagante teoría y la pone en práctica:

Más curioso, por ser una historia que luego se repetiría (en forma real o de mito; que yo en eso no entro) es saber que Rumania también tenía su reclamación sobre ese concepto tan guerra civilista que es el oro de Moscú: “El editorial recordaba a los lectores que en 1914 as reservas de oro del país habían sido enviadas a Moscú para garantizar su seguridad, aunque después nunca habían regresado. Pero ahora la viril juventud rumana estaba dispuesta a enmendar este atropello.”
Pero no solo de comunistas vive la novela, también hay algún hueco para la segunda parte de la parte contratante, para “los sonrientes jóvenes rubios apostados en las torretas de los tanques salían sanos y salvos de las ruinas. Todos se dejaban acariciar por el sol. Cantaban: ‘¿qué importa qué destruyamos el mundo? Cuando sea nuestro, ya lo volveremos a construir’.” Algo en lo que si sustituimos a los jóvenes rubios por una sociedad secreta, a los tanques por unos virus y las medidas contra él, y le añadimos una buena ración de conspiranoia (tipo QAnon o inferior) podemos pensar que es un cantico que alguien está aplicando a esta España nuestra, al Madrid que la IDA está destruyendo, a esa idea de vida que en el libro se asocia a “En España había colorido y calor y peligro. Allí todo tenía sentido. La vida debería ser así.”, dentro de poco aquí ya solo quedara el calor, ni el colorido ni el peligro que es consustancial a la vida como cantaban los grandes de Glutamato en ese “Vivir siempre es mortal”



Curiosamente mi siguiente lectura, Un caballero en Moscú, también estaba asociada al bloque soviético y la verdad es que tenía una premisa divertida, si bien un tanto extraña: un noble ruso es condenado a muerte, pero su pena es conmutada por un arresto domiciliario a perpetuidad en un hotel de lujo, “conspicuo exponente del lujo y la decadencia que el nuevo régimen se ha propuesto erradicar” (al parecer la cadena de muerte se la conmutan por un poema que escribió en su juventud, aunque no queda claro como ambas cosas – morir o vivir en un hotel de lujo – pueden considerarse, en cierta medida equivalentes. Misterios de la mene soviética).

Como en casi todas las novelas buenas por lejos que uno se encuentre del protagonista es inevitable identificarse con la sensatez del mismo, mas todavía si es capaz de hacer afirmaciones como “Siempre había creído e un caballero tenía que mirarse al espejo con desconfianza. Pues los espejos no eran herramientas para descubrirse a uno mismo, sino más bien para engañarse. ¿Cuántas veces había visto a una joven hermosa dar un giro de treinta grados delante del espejo para verse más favorecida? (¡Como si, en adelante, la gente solo fuera a verla desde ese ángulo!) ¿Cuántas veces había visto a una gran dama llevar un sombrero terriblemente pasado de moda, pero que a ella le parecía au courant porque su espejo tenía un marco de estilo igual de antiguado?”

Aunque algunas de sus afirmaciones sean cuando menos extrañas y claramente discutibles, como sus consejos sobre vinos “¿El Rioja? El Rioja era un vino que podía acabar con el estofado con la misma violencia con que Aquiles había acabado con Héctor. Le daría muerte al plato de un golpe en la cabeza y lo arrastraría atado a su cuadriga hasta que hubiera puesto a prueba la entereza de los troyanos.” No sé, podría ser ya que los Riojas no son vinos tan suaves como otros, pero yo se lo echo a los estofados y no acaban degollados, ni imaginarme lo que podría pensar si le echas un poco del “maldito Cariñena” o de un vino de El Bierzo o Toro.

Pese a que el protagonista se pasa casi toda su vida adulta encerrado en el hotel el autor consigue endosarle el papel de padre – a través de una niña abandonada en el mismo, así que de padrino o tío sería más adecuado – lo que le permite hacer una gran reflexión sobre la educación: “el papel de un padre es expresar sus preocupaciones y, después, retirarse tres pasos. No uno ni dos, sino tres. O incluso cuatro. (Pero nunca cinco.) Si, un padre debe compartir con su hijo sus dudas y luego retirarse tres o cuatro pasos, para que el niño pueda tomar por si solo la decisión, aun en el caso de que esa decisión pueda conducir a un disgusto.” Algo fácil de decir, pero, creo, casi imposible de llevar a la práctica, imagino que por ser un paso una medida claramente imprecisa o puede que por ese afán de protección tan arraigado (o simplemente por no tener que lidiar con las consecuencias del error del niño).

Ya metido en casualidades, coincidencias o curiosidades mi siguiente lectura, Los secretos que guardamos, también se relacionaba con el bloque soviético, en este caso con la publicación de El doctor Zhivago en la URSS y con el papel que unas mecanógrafas de la CIA habían jugado para introducir la novela ilegalmente en la URSS (según la contraportada). La verdad es que a mí la historia de las secretarias se me ha quedado corta y esperaba más de ella, no sé, una participación más activa, un poco más de espionaje clásico o algo de ese estilo. Sin embargo, si me ha resultado muy interesante enterarme de cosas de Pasternak, el autor, cosas como que le nominaron dos veces al premio nobel (la primera renuncio, al parecer presionado por el aparato del estado y, ya, si eso, pues a la segunda… acepto), o que realmente era un poeta, al parecer muy apreciado por el régimen, o que esta era su primera y única novela. Estos dos hechos, mirados conjuntamente, me confunden un poco ya que pese a que sea conocido por su única novela entiendo que las dos nominaciones debieron ser por su obra poética ya que, sinceramente, tampoco me parece que la novela en cuestión sea merecedora de un premio nobel que tengo entendido se da por toda una carrera (o por parte, ya que se debe dar en vida y tampoco vas a dejar de escribir porque te den el nobel. Si así fuera sonaría mas a premio para acallar a escritores que otra cosa. Aunque nunca se sabe, igual esta era la idea de Nobel, que era un tipo vengativo como prueba la prohibición expresa de instaurar un nobel de Matemáticas por esa pequeñez, micro o macro machismo lo dejo a vuestra elección, de que su mujer le engañaba con un matemático). No sé, es algo raro si uno quiere mantener la teoría de que el Nobel se da realmente por los méritos propios y no por componendas de geopolítica u otros criterios de reparto.

El libro se supone que también muestra una fascinación por el cine – como no podía ser menos ya que realmente la fama de la novela esta asociada al cine – fascinación que siente las secretarias y que todos los que hemos ido a cines (con mayúsculas y no a los mini cines actuales) hemos sentido desde los grandes carteles, o en este caso, en Washington D.C: “el letrero de neón rojo del Georgetown, esperar en la cola a que la persona de la taquilla te diera una entrada, el olor de las palomitas, los suelos pringosos, los acomodadores que te guiaban hasta tu asiento con su pequeña linterna. Incluso canturreara en la ducha Let´s All Go the Lobby, que era la letra del anuncio que proyectaban para animar a comprar chucherías en el mismo cine. Pero mi parte favorita siempre ha sido el momento entre que se apagan las luces y empieza la película, ese instante en que el mundo entero parece estar al borde de algo.” Supongo que todo esto forma parte de la infancia de muchos, ese vértigo y esas sensaciones… luego crecimos y vinieron los cines de versión original, desaparecieron los acomodadores, los cines redujeron su tamaño a poco más que una sala de reuniones y ya no cantamos “Movierecord” aunque mantenemos vivo el “visite nuestro bar”.

Si esta visión del cine es la que todos tenemos he de volver al libro anterior en el un comunista acérrimo habla de las películas del cine negro “Todas sin excepción representaban un Estados Unidos en el que la corrupción y la crueldad campaban a sus anchas; en el que la justicia era un mendigo y la bondad un necio; en el que la lealtad era endeble y el egoísmo, duro como el acero. Dicho de otro modo, representaban un retrato sumamente realista de lo que era el capitalismo” solo par preguntarse “¿Quién hace estas películas? ¿Quién las promociona? … ¿Cómo es posible, Aleksandr? ¿Por qué les permiten hacer estas películas? ¿no se dan cuenta de que están minando sus propios cimientos?”. Cuanta inocencia, cuanta fe en la humanidad, cuan poco entendimiento de los principios del capitalismo ¿minando, dice? Nada más lejos de la realidad, promocionando el capitalismo y sus valores, si bien a través de sus antihéroes (porque no hay héroes en el capitalismo) pero siempre dejando la esperanza de que uno puede ser el malo, el poderoso, ese que hace lo que quiere porque, al fin y al cabo, él se lo merece, él es diferente a todos los demás, él es el individuo al que no se aplican las reglas de la sociedad, ni las pequeñas ni las grandes. Enternecedor a la vez que dramático.

Mi siguiente elección para el mes – ya después de la lectura de la de Rafa – fue El enigma de la habitación 622 ya que había leído la primera novela del autor y me había parecido entretenida (no especialmente buena, le habría quitado gran parte de ella sin ningún problema) y parecía que con su volumen podría ser una elección valida de cara al verano y a tener que visitar librerías con mascarilla (algo que me imposibilita pensar en una medida que no os podéis imaginar). Si a la primera le había quitado la mitad y me hubiera quedado con una novela entretenida a esta le puedo quitar el noventa por ciento y me quedaría con una novela sencillamente aburrida. En el límite de la estafa del autor que tiene éxito con una primera novela (me perdí la segunda asi que no estoy totalmente seguro).

En fin, que aquí sigue el limonero y creo que es hora de intentar publicar esto y marcharme a dar un baño al mar o un paseíto por la orilla (aunque increíblemente aquí en Piles han puesto una norma que dice que está prohibido pasear por la orilla de doce a tres; no se si es simple gilipollez o es para apoyar a los chiringuitos, espero, aunque lo dudo, que sea la segunda). En breve mas, mucho mas que estar en Piles es lo que tiene, tiempo para leer.


Lecturas
Amor intempestivo – Rafael Reig
La gran fortuna – Olivia Manning
Un Caballero en Moscú – Amor Towles
Los secretos que guardamos – Lara Prescott
El enigma de la habitación 622 – Joël Dicker

domingo, 21 de junio de 2020

Comentario de textos Mayo 2020


Pues aquí seguimos, parcialmente confinados en un mundo que parecía haberse quedado sin noticias, o más bien, en el que las noticias habían dejado de importar y solo existía la pandemia, y como consecuencia de ella desde las más estúpidas teorías conspiranoicas hasta las más estúpidas indicaciones de nuestros gobiernos y de los expertos que les asesoran, que tan pronto dicen una cosa como la contraria, o cualquier cosa entre medias, según soplen los vientos y las necesidades de cada grupo político. Eso sí, según ellos,, todo basado en la experiencia y el conocimiento científico, pero sin advertir que ninguno de los dos existe o que cada uno habla de la feria como le fue en ella o de que sobre muchas cosas no existe consenso científico y en la que sí parece existirlo es la única que se han olvidado, eso en lo que todos los expertos en salud solían estar de acuerdo, aquello de que: “Health is more than just disease prevention. For many people, being healthy requires social interactions with friends and family, spending time outdoors, exercise, physical intimacy, and other pleasures of life “.

En eso andábamos y así nos habríamos quedado si no hubiera sido por la muerte, el asesinato grabado en directo, de George Floyd y la llegada del verano, de la temporada turística (no nos engañemos). Las consecuencias de la primera noticia, más que la noticia en sí misma, si han conseguido desplazar a la pandemia de los principales titulares y la segunda, bueno, la segunda, sencillamente ha transformado la opinión de todos los expertos que asesoran a nuestro gobierno y ya, para lo antes posible se podrá volver a lo que nos quieren vender como nueva normalidad., que básicamente pretenden sea un cambio radical en nuestras vidas ni para bien, ni aceptado al menos por mí.
La verdad es que frente a ambas noticias me siento bastante asqueado por muchos motivos.

De los de los expertos en la gestión de la pandemia ya he hablado aquí otras veces y aunque podría añadir cosas, tampoco creo que sirviera de nada ya que últimamente ni el derecho al pataleo me consuela. 

De las consecuencias del asesinato, aunque se podrían hacer (se han hecho) reflexiones muy sesudas (no es lo normal, siendo lo normal quedarse en la parte superficial o tomar decisiones que no acaban de entenderse como la de que HBO retire Lo que el viento se llevó de su catálogo de películas; algo, que si bien no es censura técnicamente – al fin y al cabo, es como si una editorial decide no publicar un libro en concreto, y no como que un estado prohíba un libro, digamos, matar a un ruiseñor, o cualquier otro – para mi está bastante cerca por las características casi monopolísticas del mercado audiovisual) y otras que se encuentran en el extremo opuesto y que dudo que puedan calificarse de reflexiones (ya que a mi entender una reflexión requiere pasar un tiempo reflexionado y no decir lo primero que se te pasa por la cabeza) a mi hay dos temas que me interesan y de los que creo que se habla poco.

Por una parte, está el tema de la militarización de las fuerzas de seguridad (si, ahora se empieza a hablar de ello y algunas personas hablan de que otras hablan de desmantelar las fuerzas de seguridad haciendo una interpretación torticera de lo que los primeros han dicho) y en general de la militarización de la sociedad, de la civil, digo. Para mi es inquietante que las fuerzas de seguridad, la policía local, quiera convertirse en el ejercito y que incluso exista esa visión en la sociedad, esa escala que va de la policía local, a la policía nacional, al ejército, a los cuerpos de elite asumiendo que este es el orden de importancia de desarrollo de la misma. Que se promueva que los policías locales se conviertan en cuerpos de elite, para entendernos ,de asesinos entrenados, en lugar de tender cada vez más hacia la sociedad civil. Seguro que no me estoy explicando, pero intentare hacerlo otro día para que me entendáis mejor, pero me parece totalmente fuera de lugar que un portero o un camarero aprendan krag-maga (o como se llame) en lugar de aprender un poco de educación y psicología para no tener que saber ese tipo de cosas.

Otra cosa que me inquieta, o que me inquietara en un futuro optimista, es pensar que ¿Por qué no ha habido la voluntad de cambiar las cosas hasta que no ha habido protestas, protestas violentas? ¿De verdad debe ser esto así, solo puedes conseguir lo que es justo y necesario moralmente si te dedicas a destrozar cosas? Y no me malinterpretéis, estoy a favor del cambio, más del cambio de estas cosas, pero es solo que me inquieta que el cambio solo se produzca como consecuencia de acciones violentas. Para mí es como decirle a la gente que la educación o la racionalidad no sirven de nada frente a la violencia, que es mejor ser un maleducado violento que una persona educada, que es la única forma de conseguir cosas. No sé, me inquieta que la sociedad mande y reciba este mensaje; aunque para ser sinceros me inquieta más que todo esto pase sin ningún cambio real: ni en la militarización de la sociedad ni en el racismo imperante. Me temo que en cuanto otra noticia retome los titulares toda la lucha por la igualdad quedara en lo que siempre ha quedado, en nada, en agua de borrajas, en otro episodio que nos prometeremos a nosotros mismos, como sociedad, que no volverá a suceder; hasta que suceda de nuevo que nos volveremos a escandalizar.

Pero divago, como siempre al principio, por aquello de que estas entradas traten de algo más que de mis lecturas mensuales. Si, todavía me debo a mi mismo escribir más a menudo para contar otras cosas, pero mientras se cumple esta promesa hecha sin horizonte temporal, vamos con las lecturas.

Como ya os conté el mes pasado la imposibilidad de visitar mis librerías de referencia fue suplida por el préstamo de algunos libros por parte del vecino pintor así que este mes tenía por delante una trilogía de la que solo he podido leerme el primero Annihilation porque su lectura no me ha dejado ningunas ganas de continuar con los otros dos volúmenes. A ver, no es que sea una mala novela solo que no es interesante y no mejora en casi nada la historia ya contada mil veces: una expedición (científica se supone) llega a un sitio completamente aislado en el que pasan cosas muy raras que van a investigar mientras van muriendo uno a uno. Tal vez la única reflexión interesante de toda la novela es la relacionada con el mapa de la zona que una de las expediciones previa (también desaparecida), les ha hecho llegar: “The map had been the first form of misdirection, for what is a map but a way of emphasising things and making others things invisible?”, ya que si tienes un mapa lo que no está en él, pues como que no existe, a menos que seas explorador o, digamos, científico, que son el tipo de personas que, a veces, buscan las cosas que no aparecen en los mapas por aquello de completar el conocimiento ya que un mapa nunca es completo, el mapa no es el territorio que decía aquel.

Mi siguiente lectura era The great man, otro libro en el que el protagonista, se supone, es un pintor (extrañamente también judío), aunque más bien se trata de un libro en el que la historia se inicia con la muerte de ese gran pintor y realmente las protagonistas pues son su hermana (también pintora y famosa) su mujer y su amante. La verdad es que al principio tiene su punto precisamente por el aporte de personajes de, digamos, la tercera edad que ciertamente no salen mucho en las novelas y menos en la categoría de amantes que parece algo reservado para la crisis de los cuarenta o cincuenta. Es una novedad que tiene su gracia, aunque pierde fuelle a lo largo de la historia y del que solo puedo destacar (aunque no esté de acuerdo) su valoración sobre los autistas: “he’s so deeply autistic he’s locked in his own mind; it’s imposible to dislike someone who isn’t fully there. Dislike requires presence”.

Totalmente en desacuerdo ya que yo no requiero la presencia de la gente para que no me guste, de hecho, prefiero que no me gusten a distancia, que estén ausentes y creo que de hecho la falta de presencia (mental) es el motivo de muchos divorcios (según tengo entendido) o de muchos matrimonios infelices.

En fin, como uno no puede vivir solo de los préstamos o de las relecturas me di una vuelta por Amazon para buscar a algunos de esos autores que me gusta leer en ingles por aquello de no traicionar, abandonar en este caso por imposibilidad física, a mis librerías de referencias, ya sabéis; la librería Méndez en la calle mayor y, así, un poco más lejos, pues la librería Fuenfría en la sierra de Madrid, en Cercedilla, aunque que os voy a contar a estas alturas que no sepáis de ambas.

Aunque quería haber empezado por otro libro debido a los misterios de la logística de envío de Amazon pues me llegaron separados los libros que pedí juntos y dentro de los del primer envío estaba The Woman in the Woods, otra de Charlie Parker que, incompresiblemente (Por que la primera edición es de 2018), todavía no había leído. Una alegría reencontrase con Charlie Parker, y ya desde la primera página estaba de acuerdo con el: “Parker wondered if at some point every person reached an age where he or she prayed for a pause to progress, although often it seems to him that progress was just so much window dressing, because people tended to remain much as they have always been. Still, he wished folks would occasionally leave the windows as they were, for a while at least.” Obviamente yo ya he llegado a esa edad e incluso a las mismas conclusiones.

Respecto a la novela en sí misma, pues sigue la saga si bien esta vez el trasfondo de la maldad intrínseca se centra en las mujeres maltratadas y el de la bondad pues en las redes informales de ayuda para las mismas mientras siguen luchando contra el verdadero mal que siempre está en la saga. Pese a toda la fantasía de la maldad absoluta que siempre está en sus libros, los personajes siempre tienen ese toque de normalidad encontrándose en situaciones en las que todos nos hemos encontrado “Parker didn’t know how many beers Walsh might have drunk, but he guessed it was somewhere between ‘too many’ and ‘not enough’”. ¿A quién no le ha pasado tener esta duda, sobre uno mismo o sobre un amigo? (siendo, en ocasiones, el orden un tema importante ya que demasiadas a veces es menos que no suficientes).

Sentirse identificado con Parker es fácil, ya que es el cínico bueno (el antihéroe, supongo) pero la verdad es que en sus novelas siempre hay ideas, formas de expresar estas ideas, con las que, aunque mencione a los nazis, síntoma claro de estar equivocado, uno ha de estar (al menos parcialmente) de acuerdo: “if I could outlaw one concept, the obvious others apart, it would be fucking blind patriotism. It’s nationalism in better clothing. You know who were patriots? The Nazis, and those Japanese fucks who bombed Pearl Harbor, and the Serbs who rounded all those men and boys and put them in holes in the ground outside Srebrenica before going back to rape their women, at least until someone tried bombing sense into them. Patriots built Auschwitz. You start believing that ‘my country wrong or right’ shit, and it always ends up at the same place: a pit filled with bones”. Incluso si en lugar de pensar eso sobre tu país lo piensas sobre tu raza, sobre tu cultura o sobre tu grupo de preferencias sexuales.

Mientras me leía esta novela me llego la que más ganas tenia de leer del pedido que había hecho: Chicago de Mamet, David, que es un autor (fundamentalmente teatral y de guiones) que esta entre mis favoritos. Yo descubrí a Mamet con La Casa de juegos, una película que posiblemente hay envejecido mal pero que yo recuerdo como una obra maestra de las películas sobre timadores. Además, unos cuantos años después (Mamet) me serviría para hacer rabiar a mi hermano en una librería de viejo en Missouri (creo recordar, aunque podría haber sucedido en Maine) al comprar unos libros de Mamet y otros de Goldman y recibir la felicitación del librero por mi buen criterio frente a las cultas compras que mi hermano hacía para impresionarle sin respuesta por parte de aquel librero que había luchado en España con las brigadas internacionales y que Rafa quería conocer. Incluso todavía tiene mucha utilidad para epatar a todos esos aspirantes a actor que trabajan, temporalmente, de camareros, porteros o similares pero cuyo conocimiento del teatro se limita, probablemente, a los musicales.

Vamos, que parcial, parcial no soy respecto a Mamet, así que decir que me ha gustado no será ninguna sorpresa y puede que el hecho de que no me haya gustado tanto como esperaba tampoco lo sea (al fin y al cabo, cada año estoy más pitufo gruñón, o enano gruñón), pero en esta última frase la clave es “tanto como esperaba” ya que gustarme me ha gustado mucho (como prueba la cantidad de marcadores que he puesto en la misma para recordar partes).

Empezando desde la descripción de lo que son las noticias “is that which makes its consumer self-important, angry, or sufficiently whatever the hell to turn to page twelve, and turning, encounter the ad for the carpet sale”, las noticias son la justificación para la publicidad de la venta de alfombras o digamos, por citar algo más de la novela, de ese anuncio “How could… Al Capone escape… from absolutely… any scrape? Burma-Shave” que, aunque no he conseguido encontrar en la red me parece creíble; pasando por esas casualidades, o igual supersticiones, como que “the armistice has been signed on November 10, and hostilities were to cease on the next day: the eleventh day of the eleventh month on the eleventh hour” y por que no ese tipo de frases que siempre sorprenden como “the first phrase he’d heard, in basic training, was that those looking for sympathy could find it in the dictionary, between ‘shit’ and ‘syphillis’”  o esa otra de la plegaria de los aviadores “not ‘do not leave me die’ but ‘don’t let it be my fault’”, que resume todo un concepto vital.

Ya digo, la clave es “tanto como esperaba” ya que de Mamet yo esperaba mucho, mucho; tal vez demasiado.

Tras Mamet le tocaba el turno a Kerr y a su póstuma y treceava novela de Gunther: Metropolis que, si he de decir la verdad, estoy casi seguro de que no es la treceava (o la siguiente a la doceava) si no que es algo que han sacado de un cajón para hacer caja. A ver, no me mal interpretéis, no es una mala novela, pero tampoco es tan buena como debería ser y el hecho de que la acción transcurra antes de la de las primeras novelas de la serie pues da que pensar. El personaje, naturalmente, no es tan cínico, tan de novela negra, como llegara a serlo o casi diría como empieza siéndolo en la trilogía berlinesa ya que aún no le han pasado tantas cosas, hablamos de su primer caso como policía y el personaje pues no es tan el mismo. Con todo, la historia se sostiene y a lo largo de la misma hay reflexiones interesantes como “the law’s still a set menú in this city, Angerstein. You don’t get to pick and choose that you’ll have and what you won’t” que quien mas, quien menos, todos olvidamos a la hora de pensar en nuestros derechos, pero olvidamos nuestros deberes, o solo queremos cumplir parte de las leyes (normalmente las que nos benefician) y que los demás también cumplan las que nos benefician.

Me resulta imposible no citar la reflexión sobre el Berlín de entre guerras (o entre Weimar y el nazismo) que creo por su parecido con nuestra situación actual (o mas bien con la de la del Madrid de los años ochenta, esta es mi refelxion sesuda de hoy, que, ya, si eso, pues desarrollo otro dia): “I think we’re always going to be facing a crisis of one kind or another. Might as well get used to that. It’s indecision that’s more likely to cause our crises. Governments that can’t get anything done. With no clear majority, I’m not sure this new one will be any different. Right now our biggest problem looks like democracy itself. What use is it when it can’t deliver a viable government? It’s the paradox of our times and sometimes I worry that we will get tired of it before it can sort itself out.” Una preocupante paradoja.

Si me sorprendió que hubiera una novela de Connolly de 2018 que no hubiera leído, el que hubiera una de 2019que no me hubiera leído, A Book of Bones, me sorprendió solamente un poco menos, pero me seguía pareciendo inexplicable: si había estado en NYC en enero y no había visto ninguna de las dos en mis visitas a mis librerías de referencia. Me resultaba un poco inexplicable, aunque como explicación más plausible se me ocurre mi negativa a comprar en Barnes&Noble, negativa que incluye incluso el mirar en la propia tienda por razones de maldad empresarial que no viene al caso explicar ahora, combinada con la posibilidad de que el catarro que cogí en mi visita fuera algo más de lo que parecía (si, seguramente coronavirus, ¿porque no?) y estuviera más atontado de lo normal durante mi visita.

En cualquier caso, yo, al igual que Angel ignore este catarro ya que pese a ser “an unusual human being… Where he did not differ from most men was in his distrust of doctors, and his response to virtually any ailment had generally been to ignore it in the expectation that it would eventually get bored and leave his body, or tackle it with the aid of whatever was on special that week at CVS.” Pero a diferencia de él, yo solo tenía un catarro o una enfermedad leve, no como el bueno del amigo Angel que tiene un cáncer diagnosticado y en tratamiento durante esta última novela de la saga (si bien, Connolly advierte que seguirá con Parker y sus inicios en su próxima novela que ya está preparando y que espero no me pase inadvertida)

La novela está bien, para ser el cierre de una saga si bien pues se echa en falta a los personajes gravemente enfermos y como todos los finales pues deja una sensación extraña a medida que la vas leyendo y ves cómo avanza el final irremediablemente. Ya veremos cómo vuelve a antes del principio y como desarrola las relaciones de Parker con los secundarios e incluso el personaje antes de estas novelas. Puede ser prometedor o un desastre, ya veremos.

En cualqueir caso es casi seguro que pese a ser novelas de entretenimiento los lectores aprendamos algunas tonterías como que en Inglaterra, cerca del muro de Adriano, esta Corbridge que “was once a Corstopitum, or Coria, the northernmost outpost of the Roman Empire”, ya sabesi como nuestras Coria, del rio u otras; o que uan de esas extrañas medidas – que varía de medida según el caso – era el codo (cubit) y que “two thousand cubits, Johnston explained, was the distance from the Mount of Olives to Jerusalem and the furthest a Jew was permitted to walk on the Sabbath”.Ya digo, curiosidades o conocimientos inutiles.

El caso es que esta lectura terminaba con mi pedido de libros por internet y las librerías todavía no estaban abiertas. Afortunadamente ya parecía faltar poco, cuestión de días, y yo todavía tenía un préstamo sin intentar leer: Ancillary Justice, así que las cosas no estaban tan mal como parecían, no todo estaba perdido; aunque estaban mal ya que era un libro que no me apetecía demasiado leer, según la contraportada el protagonista (o la protagonista) había sido un barco de guerra y un sistema de inteligencia artificial que ahora había sido castigado a ser un simple humano.

La empecé, ya digo, sin demasiadas ganas y en cuanto abrieron las librerías (sin cita previa) pues la deje sin ningún remordimiento ni mala conciencia. No me estaba interesando pese a que si que había encontrado esta reflexión interesante: “Luxury always comes at someone else’s expense. One of the many advantages of civilization is that one doesn’t generally to see that, if one doesn’t wish. You’re free to enjoy its benefits without troubling your conscience.” Así que puede que esté bien – al fin y al cabo, ha ganado todos los premios de ciencia ficción – pero ahora es el momento de apoyar a mis librerías de referencia, aunque sea difícil por eso de tener que llevar mascarilla y no poder enredar dando vueltas y vueltas a los ejemplares, así que tocaba dejarlo y ponerse con las compras realizadas en la librería Méndez, que ya, si eso, comentaremos el mes que viene.

Lo dicho: divertíos asaltando el castillo (o visitando bares y tiendas de barrio).

Lecturas
Anhiliation – Natalie Portman
The great man – Kate Christensen
The Woman in the Woods – John Connolly
Chicago – David Mamet
Metropolis – Philip Keer
A Book of Bones – John Connolly
Ancillary Justice – Ann Leckie


lunes, 18 de mayo de 2020

Comentario de textos - Abril 2020



Pereza me da empezar a escribir en estos tiempos extraños en los que al parecer estamos en camino hacia un ese oxímoron de la “nueva normalidad” que me chirria incluso más que otros pero que ahora es completamente normal oír a todo el mundo como una realidad, incluso como el objetivo a alcanzar; pereza me da escribir encontrándome en una fase no identificada (probablemente en la fase raíz de 2 menos 1; o en la raíz de pi menos la raíz de e; imposible de saber con una numeración de fases que empieza en cero solo para que la última fase no sea la cuatro, ni tampoco la última, a menos que ya hayamos renunciado a la fase que nos devuelva a la normalidad normal); pereza me da escribir frente a la falta de criterio numérico de la mayoría de los tertulianos que veo en los telediarios o leo en los periódicos, esos nombrados expertos en disciplinas que no son las que practican pero de las que opinan como auténticos poseedores de la verdad absoluta,  e incluso, me temo, en los expertos secretos del gobierno, que se reúnen en unos comités en los que solo ellos pueden evaluar criterios objetivos que no pueden comentarnos pero que en palabras de su líder supremo son, pese a todo, públicos y fácilmente verificables por la ciudadanía, conformando un panel de mandos objetivo que misteriosamente incluye criterios subjetivos; pereza frente a la falta de noticias ajenas a la enfermedad que hemos dejado que cambie nuestra forma de vida, no ya temporalmente sino parece que para siempre.

Tengo tanta pereza, tanta desfisia diría por usar una palabra familiar (probablemente solo de mi familia), que me ya ni me apetece ponerme a reflexionar sobre este cambio de actitud de toda la sociedad que ha pasado de aquel “nadie cambiara nuestra forma de vida” en relación con el terrorismo, fundamentalmente, el terrorismo islámico al actual oxímoron de “pues iremos a una nueva normalidad”, es decir cambiaremos toda nuestra forma de vida por un virus tan ricamente, sin problemas (incluso con algunos sectores que piensan que incluso deberíamos cambiarla todavía más e incluir la mascarilla como parte de los complementos de moda). No, me da pereza plantearme, ni tan siquiera teóricamente, cual sería nuestra reacción, como sociedad digo, si de repente una organización terrorista declarara que ellos son los responsables de la diseminación de este virus ¿volveríamos a nuestra actitud de “no cambiaran nuestra forma de vida” o seguiríamos persiguiendo el oxímoron del cambio de forma de vida, de buscar una nueva normalidad?

Tan desfisioso estoy que no me apetece hacer la matemática necesaria para contaros que en la situación actual (digamos con un cinco por ciento de la población infectada) y con unos test que tienen un porcentaje de falsos negativos y de falsos positivos elevado (del orden del 6% y del 4,5%) el que un test de positivo es solo ligeramente más fiable que decidir que uno está infectado tirando una moneda al aire.

Pero como perdido entre la casi exclusividad de noticias sobre el virus se ha colado la supuesta aprobación de una ley para retirar las matemáticas de las carreras de ciencia y tecnología (majadería más grande no se puede imaginar en situaciones normales, no digamos ya en momentos en los que todo el mundo se ha convertido en experto en geometría y en análisis estadístico o en un mundo cada vez con más presencia digital) creo que igual debería aportar unos cálculos básicos que, como el resto de este post pues podéis saltaros (no, no entrara en el examen final).

Tomemos unas 1000 personas, por facilitar el cálculo que no tiene influencia alguna en el resultado.

Si hay un 5 por ciento de infectados quiere decir que de esas mil personas, 50 están infectadas y 950 no.

Si la tasa de fallo (falsos negativos) sobre los verdaderamente infectados (50) es del 6% - acierta en un 94% de los casos – se medirán 47 positivos en este grupo de 50.

Si la tasa de fallo sobre los no infectados (950) es del 4,5% - acierta en un 95,4% de los casos – quiere decir que dará positivo en 43 ocasiones.

Es decir que los test hechos a esas mil personas darán un resultado de 90 infectados de los cuales 47 estarán realmente infectados y 43 serán falsos positivos.

Así que si tu test da positivo pues tu probabilidad de estar realmente infectado es de 47/90, poco más preciso que el resultado de tirar una moneda al aire y que salga cara (podría decir cruz, pero la verdad es que por el diseño de las monedas es ligeramente más probable que salga cara que cruz, muy ligeramente pero más probable en la realidad según algunos investigadores con mucho tiempo libre y con becas, que sea cual sea su importe, son claramente excesivas).

Otra cosa es que significa realmente esta probabilidad que eso ya es de segundo curso o para nota y como esto no entra en el examen, aquí lo dejamos.

Por otra parte 3 personas de esas mil (de los 50 infectados, los 3 no detectados) tendrán un resultado que dice que no tienen la enfermedad cuando realmente la tienen. Esto igual puede ser un problema de contención de la epidemia ya que 3 de cada mil – no, no parece mucho – estarán contagiados, pero con un resultado negativo y por lo tanto razonablemente seguros de que no tienen la enfermedad (ya que el test les ha dicho que no).

Pero por qué preocuparse de estas cosas, de estas pequeñas realidades matemáticas cuando no van a entrar en el examen y de hecho ahora se propone que las matemáticas no sean necesarias para las carreras técnicas y científicas.

Ya digo, al fin y al cabo, las matemáticas no le hacen falta a nadie y nadie las usa realmente en su vida cotidiana (yo sí, pero eso es culpa mía que soy muy, pero muy, rarito y hay días que me da por aplicar el teorema central del límite, o de pensar que, si no se contagia la gente, no se relaciona para contagiarse, pues será imposible que esta resulte contagiada y por lo tanto imposible que se alcance una cierta inmunidad de manada o de grupo por no falta a nadie).

Pero, ya, si eso, pues comentamos de esto otro día, en otro momento, o así a lo loco en la sección de comentarios.

Ahora con las lecturas de este mes confinado, que podrían ser muchas pero que al final no lo son ya que aunque mis creencias personales son las de que no es tan fácil, ni tan preocupante, contagiarse como confinar a toda la sociedad para evitar esto (que, por otra parte, para mí, es casi un objetivo necesario para la vuelta a la normalidad, a la normal, no a la nueva) no me parece justo recurrir al envío a domicilio de productos (si es peligroso para mi salir también lo es para el mensajero y simplemente porque yo pueda pagarlo no creo que deba hacerle correr unos riesgos que yo no corro) pues no he recurrido a comprar libros por la red.

Con mis librerías de referencia cerradas y sin esta posibilidad era el momento de plantearse la relectura de cosas que ya tuviera en casa.

Esto, que en principio parece fácil teniendo en cuenta que en casa hay bastantes libros, resulto ser algo difícil ya que por una parte el año pasado regale gran parte de mi librería a una residencia de ancianos; por otra, parte de mi librería, por razones de espacio, está en casa de Álvaro y Helena (más que de espacio, por la vagancia de trasladarlo); y por otra parte por el funcionamiento errático de mi memoria que, si bien le cuesta recordar si he leído un libro cuando estoy en una librería, al mirar mi librería no tiene prácticamente ninguna duda de que ese libro ya lo he leído e incluso recuerdo bastante del mismo como para no sentirme tentado a releerlo.

Tras enfrentarme a estos problemas durante varios días al final que decidí a coger Yo, Claudio para la primera relectura, casi por desesperación. Estaba seguro de que lo había leído, pero como tenía la duda de si lo había leído antes o después de ver la serie de televisión (que en casa de mis padres era casi obligatoria por ser una de las series favoritas de mi madre) y como solo recordaba las líneas generales pues parecía una buena opción ya que, pese a todo, tenía buen recuerdo de esta lectura. Curiosamente esta vez las intrigas de la Roma de Graves no han conseguido engancharme y puede que por la desfisia de estos días pues no conseguía avanzar en la historia y me he visto obligado a dejarlo a medias. Guardare su relectura para otra época en la que este más centrado ya que sigo creyendo que merece la pena revisar un folletín como este, más sabiendo que gran parte de lo que cuenta es historia (que supongo estarán pensado en quitar de las carreras de letras).



Tras este primer fracaso para conseguir lectura, o relectura de mi librería que incluso en tiempo de pandemia uno sigue siendo un intelectual dedicado a la relectura más que a la lectura, y como yo no he respetado estrictamente el confinamiento pues me puse a investigar la librería de casa de Álvaro y Helena a ver que encontraba para releer. El problema fundamental era el mismo: la mayoría de los libros recordaba haberlos leído e incluso recordaba bastante de ellos como para no plantearme su relectura en estos momentos. Sin embargo, entre ellos apareció Stardust que no estaba seguro de haber leído – tenía el recuerdo de que en su momento no me apeteció nada por ser un cuento demasiado infantil – pero que ahora, tras haber leído más cosas de su autor, si me apetecía leerlo y decidí darle una oportunidad a esta historia infantil, a este cuento de hadas. La verdad es que se lee muy bien, muy rápido y pasas un rato bastante entretenido, algo que no deja de ser el objetivo principal de casi todas las lecturas (o por lo menos de las mías) si bien no es el objetivo de las relecturas que es solo el de presumir.

También aproveche para coger prestado Las uvas de la ira, libro que estaba seguro de que ya había leído, pero del que tampoco recordaba mucho, o mucho más de lo que muestra la película. No diré que es un buen libro – eso es algo sabido por todos ¿no? – ni tampoco diré que es mejor que la película – eso es algo que siempre hay que decir, aunque no siempre sea cierto – pero si diré que leer este melodrama, porque es un auténtico melodrama, siempre es reconfortante (no se bien porque, supongo que por un natural egoísmo de saber lo mal que lo pasan otros y no uno) y a la vez un poco desasosegante (por ese resquicio de conciencia social que todos tenemos y que nos hace sentirnos mal cuando leemos estas cosas). El caso es que, leído ahora, con una mayor división en Estados Unidos entre el campo y la ciudad, con una inmigración (ahora exterior) igual de elevada resulta preocupante ver lo poco, o nada, que algunas cosas han cambiado, o mejor dicho comprobar como algunas cosas siguen siendo iguales solamente con cambios cosméticos. Como la lucha de clases, la igualdad buscada o por lo menos una menor diferencia, siguen estando igual de lejos ahora y, por mucho que haya optimistas irreductibles, probablemente en esa nueva normalidad que se nos avecina.

Afortunadamente antes de ponerme a rebuscar de nuevo en las librerías ya estudiadas recibí la oferta de préstamo de libros de Jorge, el pintor vecino, que amablemente me acerco unos cuantos libros para seguir enfrentándome a este confinamiento, o más bien a la ausencia de librerías abiertas en las que ir a mirar novedades y apetencias.

Su primera recomendación fue My name is Aher Lev, libro completamente desconocido para mí, al igual que su autor, y con una portada verdaderamente fea y de la que no se entiende su relación con la historia pero que según Jorge era un gran libro. La verdad es que preferiría no discrepar con él, y deciros que es un buen libro, incluso que es un libro excelente, pero me resulta muy difícil ya que me ha parecido bastante normalillo, tirando a malo. Puedo entender por qué le gusta a Jorge, el pintor, ya que su protagonista es un pintor (o un wanna-be durante gran parte del libro) y el libro contiene bastantes citas sobre arte, su trascendencia y esas cosas, pero la verdad es que a mí me ha parecido básicamente la historia de un niño mal criado. Un personaje solamente preocupado por el mismo, y por su arte obviamente, que en gran medida olvida el mundo alrededor o solamente hace que gire a su alrededor. Si me ha gustado enterarme de esa razón por la que a los judíos les parece muy mal matar (al parecer especialmente a judíos) y que se explica por aquello de que cada asesinato es realmente un genocidio ya que no solo matas a una persona sino a todas las personas que él pudiera haber sido (algo que ya habia leido, inlcuso en una novela de Rafa).  Con todo, incluida la búsqueda en internet de la portada que me hace creer que es un libro bastante famoso, o por lo menos suficientemente conocido, no puedo estar de acuerdo con Jorge.

Siempre me gusta contar que viví dos años en Colombia, pese a que no tenga ningún recuerdo de estos años, salvo los inventados por ver películas de super-8, fotografías o como resultado de diferentes historias familiares, traumas infantiles (como no saber pronunciar kilometro y cosas similares) o a través de expresiones o palabras que se usan en mi familia pero que son desconocidas para el resto del mundo exterior. Una de estas palabas es tula, que es una especie de bolsa de viaje o de deporte (para mí solamente es aplicable a mis tulas – la grande y la pequeña – que son una de las pocas cosas amarillas que me gustan verdaderamente y que pese a ser ya inútiles para su función – una tiene las asa inutilizadas por efecto del fuego – y a la otra no le funciona la cremallera – siguen siendo una de mis posesiones favoritas, una de esas cosas irrenunciables) así que cuando en El ruido de las cosas al caer se menciona como algo normal la existencia de “unas doce tulas repletas de ladrillos, unos trescientos kilos en total” pues a mí me da un arrebato (similar al que me da con según que música colombiana, algo inexplicable) al enterarme de que por lo menos para los narcotraficantes (los ladrillos lo son de coca) la tula existe, como tal, y mi percepción del libro mejora clara y parcialmente. Con toda mi parcialidad creo que este es un buen libro, sin ser excepcional ni nada parecido, está bien escrito y la historia pues más o menos sostiene el interés. Además, en estos días de incertidumbre provocada este pasaje resulta más aplicable si cabe a mi situación: “Ahora mismo hay una cadena de circunstancias, de errores culpables o de afortunadas decisiones, cuyas consecuencias me esperan a la vuelta de la esquina; y aunque lo sepa, aunque tenga la incómoda certeza de que esas cosas están pasando y me afectaran, no hay manera de que pueda anticiparme a ellas.”

Si, ciertamente así es como me siento. Totalmente impotente ante lo que está por venir, confundido por no poder, o no querer adaptarme, por negarme a aceptar esa nueva normalidad que no creo compatible con mi forma de vivir o de entender la vida. Pero, haremos lo que podamos y trataremos de reparar lo mejor posible lo daños.

En fin, aquí os dejo por hoy y espero que para la próxima ya estemos en una fase diferente de este viaje a un lugar en el que no queremos estar, o incluso que ya estemos de vuelta a donde queremos estar.

Lecturas
Yo, Claudio – Robert Graves
Stardust – Neil Gaiman
Las uvas de la ira – John Steinbeck
My name is Asher Lev – Chaim Potok
El ruido de las cosas al caer – Juan Gabriel Vásquez