martes, 27 de octubre de 2020

Comentario de textos - Septiembre 2020

No sé bien como empezar, si empezar gritando ¡Toque de queda! ¡Toque de queda! (que lo de la movilidad nocturna reducida que el presidente tiene la desfachatez de pedir que usemos como termino, pues no lo veo de ninguna manera. Ya me cuesta imaginarme que esta idea – nomenclatura – puede planteársela alguien es un circulo muy privado, de esos en los que se habla en catalán en la intimidad, pero salir en una rueda de prensa en todas las televisiones para intentar imponer esta neo lengua eso me parece claramente excesivo y ofensivo); o si recordar a ese agujero negro de bar cerca de Chueca que ha podido ser el causante de toda esta vuelta a los ochenta ya que a mí esto del toque de queda y el papa estado, inevitablemente, me recuerda a esos años en los que mis padres me decían que había que estar en casa a las diez, o los posteriores a esos en los que ya podíamos estar en casa a las doce. Si, esos años pre-SIDA, esos años en los que todavía se planteaba la abstinencia como una posible solución al SIDA al igual que ahora se plantea el recorte de la sociabilidad – una de principales características del ser humano – como la cura para esta pandemia. Me preguntaría si es que de verdad no hemos aprendido nada, ni nosotros ni todos esos expertos que se multiplican como champiñones después de una buena lluvia en un bosque. ¿de verdad, de verdad, buscamos la solución en la “abstinencia social”? ¿Por qué no unas rogativas y sacar unas vírgenes – no más de seis – en procesión? No sé, de verdad que se me hace difícil empezar ya que últimamente cada vez se me hace difícil entender el mundo exterior, ese mundo en el que al parecer mucha gente estaría de acuerdo en suspender el desembarco de Normandía, incluso con la certeza de que es la única forma de acabar con el régimen nazi, porque claro morirían algunos, muchos incluso, demasiados que es cualquier cantidad de muertos superior a uno. No, si puede haber muertos en el desembarco lo mejor será dejarlo tranquilo que al fin y al cabo solo se trata de acabar con el nazismo. Ya se nos ocurrirá otra cosa, o llegara la bomba atómica o las cosas se arreglarán porque tenemos “moral de victoria” (esas palabras u otras muy similares a utilizado nuestro presidente, porque eso es lo importante, las ganas de conseguir algo, aunque sea algo que no estás preparado para conseguir y para lo que no piensas prepararte; no, a ti te basta con desearlo y tener “moral de victoria”).

En cualquier caso, esta vuelta a los ochenta, al toque de queda paternal (no al declarado por aquel militar golpista con sus tanques en Valencia) hace que no me pueda quitar de la cabeza esa canción de Mama que tantas veces he cantado, muchas veces justo antes de terminar llegando tarde a casa por tomar la última cerveza y saltarnos el toque de queda (que al fin y al cabo todo el mundo sabe que no hay nada mejor para un adolescente que poder incumplir una norma familiar)




Casualmente me podría culpar un poco de esta vuelta a los ochenta ya que este mes mi primera compra en mi librería de referencia (ya sabéis, la librería Méndez de la calle mayor en la que me comentan que se os echa de menos con tanta tontería, al igual que en la de la sierra de Madrid, la Fuenfria de Cercedilla, en la que Rafa agradecerá vuestra presencia para tener una excusa para un vino y su economía agradecerá vuestras compras) fue Cuentos Completos de Lorrie Moore. ¿se puede ser más ochentero? Si, supongo, supongo que podría haberme comprado algo de Carver pero yo siempre he sido más de chicas cuando tengo la oportunidad y son buenas. De hecho, Lorrie Moore fue durante mucho tiempo – esos ochenta, primeros noventa – una de mis autoras favoritas (pese a que siempre he pensado que sus cuentos, y novelas, son, pues eso, muy de chicas, ya sabéis sobretodo de relaciones y esas cosas), probablemente una de las primeras autoras que leí en inglés y elegida sin demasiadas influencias exteriores (alguien me la tuvo que recomendar pero no recuerdo quien o cuando) y de la que pensaba que lo había leído todo y es posible, no podría deciros ya que incluso los cuentos que sé que he leído (y que siguen en mi biblioteca como prueba) no me acababan de sonar en esta relectura. Por ejemplo, no recordaba ese gran principio de uno de ellos: “Ocurrió en un lugar remoto. Había gimnasios, pero ni ironía ni cafeterías. La gente se tomaba las cosas literalmente, sin drogas.” que obviamente debería recordar ya que menor forma de describir una zona verdaderamente aburrida y, ya de paso, a sus gentes.

Lo que si me ha sorprendido es que comportamientos que antes nos parecían absurdos se han generalizado y me da la sensación de que cada vez más personas piensan eso de que como se solo se vive una vez pues hay que hacer cosas arriesgadas a lo que, al menos yo, sigo pensando que precisamente eso de que solo se viva una vez es precisamente “Lo que a ella se le antojo el motivo más importante para ir con cuidado, tomárselo con tranquilidad, disfrutar de una vida normal. No le gustaba hacer cosa donde el truco consistía en no morir en el intento”.

O ese otro de que nada es culpa de uno, que la culpa siempre esta fuera y en algo que no se puede corregir como “El mismo Mack seria ahora un genio si al nacer hubiera sido una persona completamente diferente. Pero ¿Qué le vas a hacer? En una ocasión leyó que los genios solo nacen de mujeres de más de treinta años; su madre tenía veintinueve. ¡Maldita sea, joder! ¡Qué cerca había estado!”. Sí, todos seriamos genios, o expertos, solo si fuéramos otras personas y si no lo somos es culpa de otros, que hacer algo para serlo esta fuera de lugar.

Pero este mes las cosas no han quedado en la relectura de autoras ochenteras, sino que mi siguiente elección Malos tiempos para el país, pasa en la Inglaterra de finales de los setenta primeros ochenta que al fin y al cabo pues son homologables a los primeros ochenta en los madriles. Se trata de una novela de esas supuestamente policiacas, con sus asesinatos en serie y su detective con problemas de personalidad que pretende retratar esa Inglaterra de finales de los setenta, primeros ochenta, marcada por la dama de hierro. Lamentablemente, como era esperable por estar escrita por un francés nacido en 1979, no consigue lo del retrato que hace aguas por todos lados y parece más de oídas y de búsquedas en una hemeroteca que de vivencia, o por lo menos fascinación; pero, que sabré yo de la Inglaterra de finales de los setenta (de la de los primeros ochenta algo más, pero tampoco mucho). El caso es que con tantos asesinatos de chicas “desde hace siete meses, la noche está reservada al género masculino a causa del toque de queda. Bárbara y sus amigas no lo han respetado nunca: cuando se es joven, la prohibición de salir por la noche es tan aberrante como la abstinencia sexual o la privación de música”. Encontrar un toque de queda en una novela ahora pues es sorprendente y llama la atención (las referencias, o comparación con la abstinencia sexual ya se me había ocurrido a mi antes, o a L, especialmente en relación con el SIDA, por si teníais duda sobre la comparación inicial, digo).

También es curioso encontrar otra referencia a mi tipo más odiado de barrio (diría que al más odiado por cualquier persona con amor por una ciudad) “… y toma Lilycroft Road, señalada por chales de fachadas amarillas y azules, con impecables jardincillos. El resto se divide entre iglesias, ultramarinos y tiendas. Bonito barrio para quien aprecie la comodidad de una vida sosa.” Es verdad que podría ser peor, si no tuviera tiendas o ultramarinos, pero creo que el color amarillo de las fachadas compensa la existencia de esos elementos, con creces. Pese a estos dos detalles la verdad es que el libro no merece la pena es esfuerzo de leerlo, incluso considerando que su lectura tampoco requiere mucho esfuerzo.

MI siguiente compra (o lectura, que ahora me doy cuenta de que puedo parecer un psicópata leyendo los libros en el orden en que me los he comprado. No, no es eso; no tengo ni idea de en qué orden los elijo – salvo excepciones – y desde luego no los leo en ese orden, es tan solo una forma de hablar, o de escribir) fue La mujer de la falda violeta. ¿La razón? Evidente, la autora es japonesa lo que ya son dos puntos a favor ya que curiosamente las escritoras japonesas tienen un punto bastante bueno. En general, que no es el caso. A mí me ha parecido infumable, pretencioso y sin capacidad para llegar a ese grado de pretenciosidad. No me he enterado de que historia quería contar y no he encontrado ni una frase ni una idea que retener del mismo. Es posible que la culpa sea mía, pero yo soy más de lo que cantaban solera “no es tu culpa, ni tampoco puede ser la culpa mía” en esa canción para dejar a una chica que luego reinventarían y mejorarían hasta la perfección (en lo musical y en la desfachatez) Los Modelos en su clásico temazo:


De Vuillard me había leído una novela por recomendación de mi librero de referencia de la serranía madrileña (Aka, mi hermano Rafa; Aka el librero tarambana) y me había gustado bastante así que aprovechando que han debido de editar gran parte de su obra pues ocupaba prácticamente una balda de la librería (de la Méndez) decidí coger otro, un poco al azar y escogí La guerra de los pobres. Se trata más de un cuento que de un libro propiamente dicho – por la longitud – y pese a tratar de sublevaciones campesinas apoyadas por teólogos. Algo que, pese a sonar mal, podía ser interesante, la verdad es que no es nada especial se lee bien y creo que le es aplicable su propia cita “La gente quiere historias, aclaran las cosas, dicen; y cuanto más auténtica es la historia, más gusta. Pero las historias verídicas nadie sabe contarlas.” Yo, por mi parte, siempre he dicho que prefiero la ficción, prefiero que todo sea mentira ya que es más fácil contar la verdad de esa forma que poniéndose a contarla. En el caso de querer contar la verdad siempre acaba uno teniendo que mentir porque la verdad no coincide exactamente con lo que uno quiere contar.

Hacía mucho que no compraba un libro para molestar a mi hermano Rafa, básicamente por falta de oportunidad que no de falta de ganas, que lo de molestar a los hermanos es, pues eso, una afición de hermanos. La existencia de Blanco, una especie de autobiografía, pero a través de artículos de Easton Ellis, era por lo tanto una oportunidad difícil de dejar pasar incluso sabiendo a priori que iba a ser una mierda sin ningún interés. La posibilidad de que tuviera alguna cosa buena podía compensar todas las cosas malas que pudiera tener. Lamentablemente cuando se juega, a veces se pierde y otras se gana, y si con esto no ha quedado bastante claro: esta vez he perdido y este libro es malo, malo, tan malo como para tener que darle la razón a un hermano. Imaginaos lo malo que es. En cualquier caso, aunque sin llegar al extremo del autor he de reconocer que mi visión de mi ciudad favorita últimamente empieza a coincidir con la suya de 2010 “Nueva York estaba, si cabe, todavía más atestada de gente, y de gente más rica; todo se veía limpio y ligeramente anónimo, como si la globalización hubiera tocado Manhattan con su varia mágica. La ciudad en la que, a finales de los ochenta, me había hecho mayor de edad era mucho más sucia, más aterradora y emocionante que el lugar homogeneizado y corporativo que percibí…” Resulta cierto ese NYC de los ochenta, noventa ya no existe y con él se ha perdido parte del encanto de la ciudad; afortunadamente solo parte y para mi sigue siendo el lugar ideal en el que pasar tiempo y puede que incluso vivir (cualquier día).

A ver, si uno se lee la solapilla de un libro en la que dicen que el autor es realmente un colectivo de escritores italianos la primera reacción es, casi con toda seguridad, dejarlo donde estaba e incluso – en estos días – ir a buscar el gel hidro-alcohólico que hay en todos los establecimientos para frotarse las manos a toda velocidad. Pero si la novela es de ciencia ficción mezclada con comunismo a uno le surge el recuerdo de Benni, y su fascinante Tierra, y decide darle una oportunidad a este Proletkult. ¿comete uno un error con esta actitud? Pues no estoy seguro de que contestar ya que se deja leer y toda la historia – con su colonia comunista extraterrestre – pues tiene su punto graciosillo, pero sin los excesos necesarios para resultar verdaderamente divertida o reivindicativa pese a ese “En Marte también hay contradicciones, repuso, como en todo lo que existe. Una sociedad ideal sin conflictos no sería ideal. Sería una mentira.” o la aclaración que pare hecha a la media de mi tío Ramiro, el cura obrero que debió de trabajar uno solo día de su vida (en parte porque sus compañeros no le veían trabajando) sobre porque se puede no ser obrero y comunista “que un obrero escriba novelas o deje de trabajar en la fábrica no significa que se aleje del pueblo. En cambio, si se deja seducir por los privilegios y el poder, deja de tener una cultura proletaria”.

Como ahora tengo poco trabajo, o más bien tengo trabajo de forma ocasional, pues dedico más tiempo a leer y antes de acabar el mes tuve que hacer otra visita al hermano Méndez que sigue trabajando (con su hermana verdadera creo, mientras que el falso hermano esta en ERTE, creo. Ya veis, soy un hombre de fe) y nada más llegar me encontré con Rotos, que se suponía era una novela, o supuse yo por mi cuenta y riesgo, pero resultó ser un libro de cuentos. Eso sí, un libro de cuentos de Don Winslow por lo que no había duda de que empezaría a leer.

He de confesar que para mí tiene algo de autor inventado ya que estoy convencido de que la primera novela que leí de el – por recomendación de mi hermano Rafa – trataba sobre la mafia de las basuras en, diría, Nueva York o Nueva Jersey, algo que pese a todas las pruebas en contra sigo creyendo, y que me encanto tanto como para convertirlo en uno de misa autores favoritos y haber leído todo lo que ha publicado (con mayor o menor disfrute). Además, creo que su trilogía sobre las drogas la componen cuatro libros (lo cual ya es raro) no siendo ninguno de los cuatro ese primer libro que sí que forma parte de la trilogía oficial. Pues eso, toda mentira en mi mente, o mejor dicho ficción, que es algo bueno para un autor de ficción que es cuando es bueno (cuando se pone en modo tesis doctoral periodística resulta ligeramente agotador). Por si todo esto fuera poco tengo una anécdota con un libro suyo – un homenaje a Trevanian, otro grande – en la que era mi librería de NYC cuando yo había cogido el único ejemplar y en la caja una señora empezó a decirme que ella venia justo a comprárselo, a punto estuve de ceder, pero cuando se dio cuenta de que yo había venido de España y ella de un par de manzanas pues decidió no insistir en que venía a por el… ya vendría otro día.

Sea como sea el libro tiene seis cuentos y curiosamente todos son buenos y varios de ellos con personajes de otras novelas como los maria-cultores de Salvajes, los surfistas de la patrulla del amanecer o el mismísimo Frankie Machine, así que era un poco como volver a estar entre amigos.

Uno de los cuentos empieza con una de esas frases que ya lo dicen todo: “Nadie sabe de dónde ha sacado el revolver el chimpancé” y que a mí por supuesto inmediatamente me trajo a la cabeza a los Yayhoos y su excelente canción, al parecer dedicada a Hank Williams Jr, que ahora mismo sigo cantando y que os comparto.


Los personajes le permiten mucho juego, incluso cuando resultan sumamente realistas como ese atracador que para defenderse de la acusación de un robo afirma “¡No puede identificarme – contesta Richard indignado - ¡Llevaba puesta una máscara!. Estos chicos se hacen querer, piensa Chris, Se hacen querer de verdad. No me extraña que el club Mensa tenga tan poco éxito en las cárceles.” Aunque todos lo sabréis el club mensa es el club de los supe inteligentes, que seguramente hacen justicia al primer sinónimo de club que le vino a la cabeza a mi sobrina Alicia con sus diez añitos: una secta.

También esa chica, Carolyn, que tiene un novio que es profesor, buena persona y un poco tontorrón y que de repente tiene una epifanía al pensar en él y sus virtudes: “el profesor Capullo siempre estaba dispuesto a hablar de sí mismo: de su carrera, de sus ideas, de su ropa, de sus miedos, de sus ansiedades, de su sinusitis, de sus sentimientos… Santo Dios, estaba saliendo con una mujer sin saberlo, se dice Carolyn”.

Y por supuesto los amigos de novelas anteriores, los surfistas adultos, o de la vieja escuela que suena mejor, y a los que uno de los jóvenes intenta convencerle de las ventajas de un ipad, o ipod, o como se diga el cacharrillo que le permitiría llevar la música a todas partes y el solo puede responder: “pues yo no quiero llevarme mi música a todas partes, se dice Duke ahora. Quiero escucharla en mi casa tomándome un whisky y en disco de vinilo, como está mandado”.

Incluso la chica tontilla de salvajes tiene su buena frase al afirmar que “fue ella quien me explico que ‘madre’ y ‘padre’ son verbos antes que sustantivos”.

Pues eso, seis cuentos muy majos para redondear un mes sin demasiados encierros y no como los que vienen por delante que prometen ser demoledores.

Ojalá pudierais divertiros asaltando el castillo, pero todo el mundo sabe que el asalto a un castillo ha de empezar antes del amanecer y con este toque de queda pues está difícil, además suelen necesitarse más de seis personas y a veces el asalto se alarga hasta bien entrada la noche.

 

Lecturas

Cuentos Completos – Lorrie Moore

Malos tiempos para el país – Michaël Mention

La mujer de la falda violeta – Matusko Imamura

La guerra de los pobres – Éric Vuillard

Blanco – Bret Easton Ellis

Proletkult – Wu Ming

Rotos – Don Winslow

domingo, 4 de octubre de 2020

Comentario de Textos - Agosto 2020

 Pues parece que ya se han cumplido seis meses desde inicio del “estado de alarma”, esa cosilla que iba a durar un par de semanas y de la que, según nuestros variados presidentes ya “hemos salido, y hemos salido más fuertes” varias veces. El caso es que hoy es el primer día en que en Madrid se inician nuevas restricciones a la movilidad por unos criterios verdaderamente absurdos, que hacen sonrojar a cualquier persona con un mínimo de conocimientos estadísticos (además de hacer sonrojar a todo el mundo por esas pequeñas cosas como ser discriminatorias y claramente ineficientes).

No sabría por dónde empezar a comentarlas o cual podría ser el objetivo de comentarlas pero me cuesta contenerme, casi me hace daño pensar en que para limitar la movilidad se permitan todo tipo de movimientos salvo aquellos unidos a llevar una vida normal (aparte del trabajo), hiere mi sensibilidad pensar en que exista un criterio absoluto, lo que parece un número casi elegido al azar (si bien un numero redondo, 1000 casos por cien mil habitantes parece ser el numero elegido,  que al parecer no se aplica homogéneamente o sobre unos datos de una fiabilidad que no me atrevo a clasificar ni de mínima) y aplicado a zonas todavía más aleatorias basadas en cuál es tu ambulatorio – o zona sanitaria – de referencia (qué más da donde desarrolles tu vida, si cuesta abajo según sales de casa, y que no hayas pasado por la puerta de tu ambulatorio ningún día de tu vida cotidiana; a ti te ha tocado el ambulatorio que esta cuesta arriba y, pues ya está, hay quedas computado, que no sepas ni donde esta o cual es el límite de tu zona, que importancia puede tener para la transmisibilidad del virus); que el tamaño (no ya las características)de cada zona básica de salud pueda no ser equiparable al de otras zonas de salud que importancia puede tener; que todo esto te lo digan unas gentes que no han entendido como funciona el uso de la mascarilla y que se la estén quitando justamente para hablarte que importancia podría tener; en fin, que para que nos vamos a meter en berenjenales de desviaciones típicas, de fiabilidad de los datos, de tamaño de muestra o de cualquier otra cualidad básica que solo puede ser examina por un comité de expertos invisible o inexistente. Pues eso, que no sabría por dónde empezar y la verdad es que volver a recordar las célebres frases de los epidemiólogos suecos que en su día decían “el problema de los confinamientos, es que… hay que salir de ellos; y para eso hace falta un plan que seguramente falle”, no sé, igual para el primer aniversario del primer estado de alarma o para el tercer mes del segundo confinamiento pues retomo el tema De momento, creo que lo dejo aquí y me vuelvo a escribir sobre mis lecturas, pero si nuestros majaderos dejan de crear comités para “reunirse y comer” y al final les da por sacar al ejército a rodear los barrios obreros – perdón los barrios con mayor incidencia – para que se cumplan las instrucciones marcianas que han decidido pues, ya, si eso, y antes de que estalle la sublevación y podamos volver a bailar (los que bailéis, que yo no voy a empezar a mi edad) o a tararear este temazo, u otros con estos pioneros de la protección facial (que no de la distancia de seguridad, que eran otros tiempos) pues ya comentamos.



Aprovechando el paso de por Madrid, para mi escapada laboral a Oporto intente acercarme a mi librería de referencia en la calle mayor, la librería Méndez que necesita (como todas) vuestras visitas de apoyo y, sobre todo, vuestras compras para competir con los gigantes del comercio electrónico y en mucha menor medida con la que ya debería ser vuestra librería de referencia en la sierra de Madrid, ya sabéis Fuenfria en Cercedilla, pero la encontré cerrada (creo que por horario, que lo habían modificado lentamente). Afortunadamente me quedaba, de mi última compra, un libro sin empezar por lo que, de momento, podía sobrevivir sin verme abocado a traicionar a los hermanos Méndez (que a mi hermano me es más fácil y mucho más habitual traicionarle).

Así que mi primera lectura fue El libro de los nombres que conforme a la contraportada mezclaba dos temas que (al menos en mi imaginario personal) resultaban difícilmente mezclables: los colaboracionistas nazis y Noruega. No es que desconozca que Noruega fue invadida por los nazis y no soy tan ingenuo para pensar que si hubo un movimiento de resistencia a los nazis (cosa que doy por supuesto, no porque los noruegos no sean un poco nazis, sino porque a nadie le gusta ser invadido) también tuvo que haber un movimiento de colaboracionistas que les apoyaran (siempre hay gente que aprovecha las oportunidades, incluso las peores oportunidades), es tan solo que nunca se me había ocurrido imaginar que realmente lo hubiera y que ellos también tuvieran a su Billy el niño (estilo franquista, digo, no estilo forajido del oeste, con su tapabocas no homologado).

Vale, seguramente a muchos de vosotros esto – lo de los colaboracionistas nazis noruegos – no os haya sorprendido, pero me extrañaría mucho que supierais la historia de cómo los nazis se llevaron a gran parte de los judíos de Noruega en “la mañana y la noche del 26 de noviembre de 1942, en la que todas las familias fueron recogidas de sus casas”, ¡en taxis! para llevarlas hasta un barco en los muelles de Oslo. Si, parece que no los recogieron en furgones o camiones militares, no, parece que los recogieron en taxis para que pensaran que los llevaban a Israel. Unos tíos finos en cuanto al transporte, aunque parece que no tan finos en lo de las masacres.

El libro tiene una estructura curiosa, en la que cada capítulo empieza por una frase (o más) que recoge la letra del alfabeto (“A por acusación”, “G por Granada, España”, y así) que parece mostrar algún problema con la “J” donde el escritor ha tenido que escribir “J por Janucá” que seguro que está bien pero que se hace raro a los que siempre hemos visto esta fiesta judía escrita como “hanuka” y más raro a los que – extravagantemente, sin motivo – pensamos que en noruego debe de haber muchas palabras que empiecen por “J”.

La verdad es que es un libro que se lee muy bien y resulta curioso, aunque la reflexión que a mí más me ha gustado no es suya, sino, al parecer, de una tal Ann Heberlein con la que coincido casi totalmente: “los seres humanos ya hemos defendido los actos ante nosotros mismos antes de realizarlos. Por eso el acto se hace realidad, porque ya se ha sopesado si es bueno o malo, si es algo que debe hacerse o no. SI se elige hacerlo, el acto ya está justificado. Entonces resulta difícil arrepentirse, porque requiere que uno retroceda, que uno se atreva a considerar la motivación y la justificación con otros ojos”.

No coincido del todo ya que a veces hay actos que tiene unas consecuencias que no esperábamos, que no han entrado en nuestro razonamiento, digamos, por ejemplo, el caso de ese capitán de barco que al pasar por las islas Mauricio y por ser el cumpleaños de un miembro de la tripulación decide acercarse a la costa para intentar conseguir una mejor señal de telefonía para que su familia pueda felicitarle y acaba encallando el barco y dando lugar a un desastre ecológico. En este caso el arrepentimiento es posible, no así en el caso del primer accidente con víctima mortal de un coche sin conductor, en el que el sistema detecto al peatón con seis segundos de anticipación, el sistema evalúo que lo iba a atropellar un segundo y medio antes de ocurrir el accidente pero el sistema no freno ya que estaba programado para ignorar falsos positivos y el coche acabo atropellando al peatón (al parecer los diseñadores habían decidió que si el coche tuviera que parar en todos los casos semejantes se pasaría el viaje parando y no sería un proyecto viable). En este caso el arrepentimiento es difícil de creer.

Antes de acabarme este libro decidí acercarme a la competencia de mis librerías de referencia (no, no daré nombres por parafrasear esa frase de mis padres de “Se dice el pecado, pero no el pecador” que, obviamente no viene al caso ya que ya he dicho ambos pero que me apetecía citar) y me abastecí para volverme a Piles.

Cogí pequeñas mujeres rojas, por aquello de coger un libro de alguna autora española contemporánea y con la idea de que Rafa me había hablado de la autora favorablemente (aunque de esto no estaba seguro y leído el libro estoy casi seguro de que no, o puede que si). En principio no parecía nada tentadora, una historia con el trasfondo de memoria histórica (unas fosas de la guerra civil) y (según la contraportada) homenajeando cosas tan variadas como Hammet o Rulfo, Peter Pan o Alicia… casi nada, o casi todo para presentir que sería lo que yo llamaría pedorrillo pero me sentía generoso y me apetecía darle una primera oportunidad, pero me reafirmo en que no todo el mundo merece una segunda oportunidad y estoy casi seguro de que en este caso lo recordare. Creo que una de las cosas que más me ha molestado de este libro es que la protagonista (que atrevidamente imagino es como se ve, o le gustaría verse a la autora) sea capaz de afirmar “yo también tengo mi culturilla, aunque no la voy exhibiendo por ahí” (citando innecesariamente La Naranja Mecánica) y esta misma narradora se plantee el siguiente problema matemático de su infancia: “Un tren sale de Barcelona a las 12.30 a una velocidad constante de 200 kilómetros por hora ¿A qué hora llegara a Madrid sabiendo que entre Madrid y Barcelona hay una distancia de 625 kilómetros? Y, lo que es peor ¿a qué hora pasara el tren por Calatayud considerando que entre Madrid y Zaragoza median 313,5 kilómetros y entre Zaragoza y Barcelona 316?”. Aunque creo que la autora, con su culturilla, no sabría resolver la primera pregunta estoy dispuesto a aceptar que en esto me equivoco, pero estoy seguro de que no siquiera sería capaz de darse cuenta de cuantos errores hay en la segunda pregunta (como si fuera una profesora de clase de mi sobrina Alicia que ni siquiera saben cuándo la pregunta tiene errores).

A Manuel Vicent nunca he conseguido cogerle el punto, no es que me disguste, pero, en general, no me acaba de gustar especialmente pero como estaba cogiendo libros para irme a Piles pues parecía que este Ava en la noche, era casi obligatorio para viajar a valencia y leerlo en Piles, casi como homenaje a mi padre que si le encantaba, así que no tuve muchas dudas al elegirlo.

Al final gran parte de la historia pasa en Madrid, centrada en los míticos Jarabo y Ava Gardner, saliendo lugares clásicos como el Chicote y más que favorito de mi padre creo que es una novela que le gustará mucho a mi sobrino Rafa y a mi hermana Maite por la parte de Jarabo y de ese Madrid de posguerra que supongo que retrata y que les dará para un par de conversaciones divertidas. A mí, como casi todo lo de Vicent, pues me ha parecido entretenida, pero sin más, sin ninguna profundidad y con escaso interés. Lo que más me llamo la atención es que (si no lo leí mal, ya que se me olvido marcarlo en su momento y luego no lo localice) aquí el valenciano cuando habla de un blanco y negro, dice algo así como: es un bocadillo de Longaniza y Butifarra. Si no ha sido una alucinación me alegro de que mi padre no haya llegado a leer esta barbaridad que heriría mortalmente su sensibilidad valenciana y las protestas podrían oírse desde las antípodas (y, esta vez, con razón)

Echadme a los lobos es una novela, teóricamente policiaca, de la que lo único que me molesta es ni haberla comprado en una de mis librerías de referencia. No es que me haya parecido buena, es que me ha parecido excelente. No como novela policiaca, ni como noir que dicen en la contraportada, ni como si tuviera relación con el Brexit que es lo primero que dice la contraportada. No es ninguna de esas cosas, ni policiaca, ni negra, ni de actualidad del Brexit, no tiene ninguna de esas cosas, pero… es excelente y aplicando la “Primera ley de la termopoetica – le dice Danny después, al salir de clase - : No trata sobre lo que trata.”

Desde el personaje principal que “es un hombre que le da mucha importancia a las pequeñas cosas: la buena educación, la cortesía, la consideración con los demás…, la calderilla de la vida civilizada. Pero con la calderilla de la vida civilizada hay suficiente para todos.” ¿Cuántas veces hemos usado en casa el concepto de calderilla, frente a los cheques en blanco, (si bien no de la misma forma)? Hasta esa sobrina Marieke que graba sonidos de cosas, que distingue entre el pasado grande y el pasado pequeño, y a la que “cuando me pregunta cuál es la diferencia entre lo olvidado y lo que nunca se ha conocido, es algo tan elemental que no soy capaz de responderle”

Pasando por las referencias numéricas: “ven los ceros llenando du cuenta (no deja de ser curioso lo de los ceros: cuanto más nada hay, más dinero tienes”, o esa otra impecable de “0 es un hecho, pero 1-1 = 0… bueno, ahí hay una historia, la historia de todo”.

Tiene tantas frases buenas, tantos conceptos interesantes que por muchas que ponga todavía quedaran muchas más, tantas que te hace dudar si no las ha dicho antes Oscar (que siempre lo ha dicho todo antes):

“mi desprecio por él es como el fuego que deje encendido en una habitación sabiendo que iba a volver. Da igual si es en media hora o en medio siglo, porque, cuando se trata de él y de gente como el, mi desprecio está regulado con termostato”

“aunque es posible que no tengas talento para triunfar, puedes consolarte pensando que tu mediocridad evitara que fracases”

“ha descubierto que los exrebeldes son los que mejor resultado dan como esbirros, y tiene a gala su capacidad para sacar al conformista que llevan dentro”

Podría seguir, pero cierro con su propia explicación de por qué tienen tanto existo las novelas de ciertos géneros: “El género detectivesco, policiaco, de suspense, etc., con sus tramas llenas de giros inesperados y exculpaciones en la sala del tribunal…, es solo un lugar de nuestra cultura en el que ponemos la complejidad de la que carece el mundo”.

Si recomendara libros, la recomendaría, pero como parece que tiene otra pues voy a buscarla a ver si la leo y por supuesto a intentar recordar este nombre para futuras novelas (McGuinness, Patrick parece fácil de recordar para un aficionado a la cerveza, pero es el típico nombre con truco).

Quanlityland es una de esas novelas que compras sin muchas esperanzas, ya que leyendo la contraportada te das cuenta de que es una chorrada que posiblemente no daría más que para un capitulo de una serie de, digamos, Netflix: el típico futuro distópico en el que todo está controlado por las maquinas, o más específicamente por nuestras interacciones con las maquinas básicas (tipo teléfono inteligente, quiera decir esto lo que quiera decir en este contexto) y con nuestra necesidad de ser valorados continuamente para no sabernos solos (aunque sea siendo apreciados, con un like, por gente que apenas conocemos o que la verdad es que ni siquiera apreciamos). Eso es lo que piensas cuando la compras y es exactamente lo que te da: no es más que una parida continua que parece escrito por dos fumados que se van retroalimentando y jugando a ver quién dice la cosa más exagerada, pero como una película de Cheng & Chong pues la lees con una sonrisa en la cara e incluso con alguna carcajada porque sí, porque sencillamente las chorradas acumuladas son divertidas.

Ahora que parece que dos chatbots (programas cuyo objetivo es dar conversación a los usuarios de internet, generalmente para informarles de cuánta razón tienen o de las ganas que una belleza rubia de estonia tiene de conocerles y enamorarse de ellos) parece que se han inventado un lenguaje propio en el que se comunican (o se comunicaban hasta que han decidido desconectarlos antes de que se pusieran a hablar con otros y a organizar el fin del mundo) pues es divertido recordar la historia, citada en el libro, de “Tay que debía aprender de las interacciones con sus interlocutores. Y eso hizo. Al cabo de tan solo dieciséis horas, Microsoft lo retiro de la red porque negaba el Holocausto”. Esto que en el contexto del libro parece mentira es una historia real, Tay estaba diseñado para parecer una adolescente americana de 19 años y para interactuar en twitter con los usuarios, básicamente diseñado con una técnica de repetición de lo oído, por lo que después de solo dieciséis horas, en las que publico cerca de 90.000 tweets de esos, se había vuelto obsceno, negacionista y tan políticamente incorrecto que sí, tuvieron que desconectarlo. Algo que genero una campaña para que volvieran a conectarlo, lo liberaran, en la red. Extrañamente Microsoft dice que aprendió la lección, pero ha seguido sacando chatbots para entretener a la gente, o, para algunas personas, solamente para expandir mensajes racistas y peligrosamente antisociales. Supongo que en cierta medida es un logro de la inteligencia artificial, el conseguir parecerse tanto a la inteligencia normal en su nivel más mediocre o bajo.

Mi última lectura, Nos vemos allá arriba, la cogí sin especial interés y cuando fui a pagar el dependiente me comento todo contento “ya han editado la tercera parte de la trilogía”, como si debiera comprármela sin saber que era una trilogía o sin haber leído ni siquiera la primera (algo que podía suponer al estar comprándome yo esta y no la segunda) demostrando una inteligencia al nivel de la de Amazon que siempre te recomienda el libro que te acabas de comprar (que normalmente es justo el que ya no quieres comprarte)  y recordándome una vez que Lourdes en Partners & Crime cogió un libro y el dependiente le dijo “no, ese no, coge el ejemplar de ejemplar de al lado que está firmado por el autor” (autora creo que era, por matizar) a lo que Lourdes le dijo “no gracias, que todavía no sé si me ha gustado y paso de tener un libro que no me guste firmado”.

Después de leer este libro no tengo demasiadas ganas de leer el resto de la trilogía, a ver, no es malo pero tampoco me ha interesado especialmente ni siquiera considerando que el tipo de negocios que los protagonistas proponen para recuperarse económicamente son propios de esta España y todo me lleve a pensar que probablemente pudiera tener lugar aquí (no en la España de posguerra, donde seguramente sucedieron, sino incluso en esta España actual) o que está bien escrito e incluso con frases excelentes como ese “Labourdin era un imbécil esférico: lo volvieras hacia donde lo volvieras siempre se mostraba igual de idiota” que adoptare para, por desgracia, describir a algunos conocidos que son totalmente esféricos respecto a la idiotez o incluso frente a otras cualidades.

Y que decir de esa diferencia entre conceptos como “La escasez es peor que la miseria, porque en la indigencia es posible conservar la dignidad, mientras que la estrechez te conduce a la mezquindad, a la racanería, te vuelve tacaño, ruin; te envilece, porque frente a ella es imposible permanecer intacto, mantener el orgullo, el amor propio” que siendo verdad es falsa ya que siempre desde un punto de vista vital igual es mejor la escasez que la miseria pero a la que no le falta un poco de razón. No sé si me explico.

En fin, aquí lo dejo ya que se me ha hecho tarde – ya ha empezado octubre – por lo que en breve tendré que ponerme a comentar las lecturas de septiembre desde este nuevo confinamiento perimetral que ahora tiene la ciudad de Madrid (y otras) y cuya base técnica o científica es cuando menos más que discutible, por no hablar de sus implicaciones sociales, pero, ya, si eso, pues comentamos otro día.

 Lo dicho, divertíos asaltando el castillo (en los horarios convenidos y con las restricciones actuales, si esto es posible).

 

Lecturas

El libro de los nombres – Simon Stranger

Pequeñas mujeres rojas – Marta Sanz

Ava en la noche – Manuel Vicent

Echadme a los lobos – Patrick McGuninness

Qualityland – Marc-Uwe Kling

Nos vemos allí arriba – Pierre Lemaitre

domingo, 30 de agosto de 2020

Comentario de textos - Julio 2020

La verdad es que me habría gustado escribir esta entrada en Piles, de cara al limonero, para poder empezar parafrasear a aquel y decir “… y el limonero seguía allí.” y para que no hubiera vuelto a pasar tanto tiempo que más que “asentar” mi opinión sobre las lecturas estoy descubriendo que lo que hace es que me olvide completamente de lo leído (lo que en algunos casos es, desgraciadamente, bueno, pero en otros me pone en el compromiso de no recordar).

En cualquier caso, no ha podido ser. Las razones, pues varias. Así en plan excusa puedo contaros que una vez levantada la cuarentena he hecho mi primer viaje internacional en avión y por trabajo, lo que a su vez implica que he trabajado algo este mes (el de agosto, me refiero) y más realistamente, pues la pereza innata a estar en Piles, donde entre el calor, los mosquitos y pese a esto lo bien que se está sin hacer nada pues ha hecho imposible ponerse a escribir sin tener una obligación (no, esto no es una obligación, o no lo es del todo). Creo que los diez primeros días de cada viaje a Piles es imposible hacer nada útil, salvo leer y comer (cosas útiles en sí mismas, pero ya sabéis a lo que me refiero) y que es ya en la segunda semana en la que uno puedo plantearse empezar a producir. Por lo menos eso me pasa a mí, que pese a montar el ordenador el primer día (si, no, yo no llevo un portátil, sino que me llevo el ordenador de la oficina – el de sobremesa – en un precioso maletín de asesino profesional) e incluso sentarme todas las mañanas pues, a menos que sea necesario por tener una fecha de entrega, pues no empiezo a empezar a hacer mis cosas hasta la mediados de la segunda semana y claro, si como este mes, esto se ve interrumpido con la necesidad de viajar pues, sencillamente, no avanzamos.

En cualquier caso, antes de ponerme a hablar de los libros que este mes son bastantes, os confirmo que las medidas de para viajar en los aeropuertos son ridículas, al menos entre Oporto y Madrid. Ahora para ambos sitios hay que rellenar – antes de embarcar – una declaración indicando en que sitio del avión viajas (como si esta fuera una información que las aerolíneas no tuvieran ya, con toda la que te obligan a repetir a ti, con la molestia que esto supone). Para Oporto se supone que has de llevarla y entregarla al llegar en la aduana pero el caso es que todos nosotros nos volvimos con el papel perfectamente relleno sin que nadie hiciera ni el mínimo gesto para pedírnoslo; para volver a Madrid, o para entrar, has de llenar un papel parecido pero en una aplicación – se ve, que somos más modernos – y por supuesto has de llevar un papel con un código de barras que te dan pero que obviamente tampoco comprueban (en honor a la verdad he de decir que si lo comprueban, visualmente, es decir un tipo mira que tienes un papel que parece el que tienes que tener, sin leer el código, así a ojo de buen cubero, y te deja pasar tranquilamente). Vamos que todo de cara a la galería, para que la gente se quede contenta con que se está haciendo algo, molestar a la gente para que proporcione información que ya tienen y que no van a comprobar. No se puede ser más estúpido o absurdo.

En fin, de Oporto nada os puedo contar ya que fue un viaje relámpago, de esos en los que van de oficina en oficina, de depuradora en depuradora y podrías haber estado en Oporto o en Tombuctú y solamente disfrutas de un poco de sabor local en las comidas, que, eso sí, como íbamos de invitados pues fueron casi todas buenas y copiosas pero aburridas porque continuaban siendo de trabajo. Si, si tomamos bacalao y no, no lo y tomamos a la portuguesa ni a dourada; así de raros somos o son nuestros anfitriones pero tomamos una lubina salvaje espectacular y un arroz caldoso con dorada verdaderamente sensacional, pese a que no pudimos acompañarlo con vinho verde ya que nuestros anfitriones se negaron a tamaña aberración, según ellos cualquier otro vino es mejor que el verde, algo que me sorprendió sobremanera. Poco más os puedo contar ya que todo lo que tratamos es confidencial, si, ya veis, secretos de grandes empresas de los que ahora extravagantemente yo soy conocedor.

En fin, pasando a los libros, mi primera lectura fue Las Huellas del Silencio, que así, a priori, por la contraportada tiene un interés discutible para alguien que ha ido a un colegio laico ya que trata sobre curas pederastas pero que me decidí a coger para no tener que leer la novela con la que se hizo famoso el autor, esa de el niño con el pijama de rayas (que nunca me ha apetecido leer). La novela se deja leer bastante bien y la perspectiva – la de un cura que no ha participado en los abusos y que realmente no era, o no quería ser, consciente de ellos – resulta interesante. Y la postura, el comportamiento, de la iglesia frente a este tema queda claramente establecida en este dialogo entre el cura y un cardenal en una aparición radiofonica:

-¿trasladaron a Tom Cardle de parroquia en parroquia, usted y sus colegas obispos, porque sabían que el agredía sexualmente a niños?

- Liam, si yo hubiera sabido que él estaba haciendo eso, acaso trasladarlo no habría sido lo correcto? ¿O tendríamos que haberlo dejado donde estaba?

Oh, no, dije negando con la cabeza. Aléjate del micrófono, por el amor de Dios.

- Lo correcto habría sido llamar a los gardaí eso habría sido lo correcto – señalo Scott, levantando la voz por primera vez.

- Bueno, claro, claro – dijo el cardenal – Y lo hicimos. En su momento.

- No es cierto – respondió Scott bruscamente – Los gardaí fueron a buscarlos a ustedes.

- Pura semántica.

Primero un razonamiento totalmente tramposo, seguido de una falsedad completa y rematado con una afirmación vacía – o peor aun realmente de aceptación como negación -. dicha con seguridad, como si fuera algo irrelevante. ¿Pura semántica, como excusa frente al significado diferente de dos cosas? Pues claro, son dos cosas que significan algo diferente porque son algo completamente diferente, de hecho, prácticamente contradictorias, pero con eso queda aclarado todo. Solo es una diferencia semántica, se puede ser más jesuítico, como si la semántica no fuera el significado, sino solo la interpretación del significado.

En fin, es una lectura interesante que además me ha dado a conocer las “chocolatinas Curly Wurly” que obviamente espero sigan fabricando porque ahora tengo que probarlas al saber que son un clásico de Dublín como las “patatas fritas Tayto, botellas de bebida energética Lucozade, te Barry´s”. Creo que se impone un viaje para probarlas in situ.

Cherry, su contraportada, podría parecer interesante: un ex soldado de Irak que al volver se hace adicto a la heroína, se da a la delincuencia y acaba mal. El caso es que se supone que no estamos hablando del protagonista sino del autor, lo cual pues ya presagia que igual la idea no es tan buena (ya sabéis mi antipatía hacia los casos reales, especialmente contados por los protagonistas) y si bien el personaje acaba mal se supone que el autor no tanto, ya que escribe esta historia. En cualquier caso, el que acaba mal es el lector, o un lector de mi tipo concreto, que solo puede considerar que esta novela es una mierda, sin ningún interés y lo que es peor con poca credibilidad, aunque de esto no tengo ni idea ya que no conozco ningún exsoldado de Irak heroinómano y delincuente, es tan solo una opinión sin ninguna base.



Como dice uno de los protagonistas de El Corazón de Inglaterra al observar un debate entre candidatos presidenciales en el que están el candidato conservador y el laborista “y el resto de la tarima ocupado por la habitual multitud de candidatos estrafalarios, incluido el inevitable representante del Monster Raving Loony Party con un sombrero de copa y un enorme narciso de tela en el ombligo. A Doug le paso por la cabeza fugazmente la idea de que Inglaterra era, y siempre lo había sido, un país muy raro.” Es esta rareza intrínseca de los ingleses (que no de todos los británicos, o al menos no de la misma forma) cuya existencia comparto, incluso desconociendo la existencia de ese partido y antes de haber visto fotos de sus candidatos (a los que la descripción del autor no hace justicia) la que me impulso a comprar este libro con la idea de intentar entender el Brexit – desde la ficción, que desde la realidad es otra cosa – a comprar este libro. La verdad es que el libro aporta poco, o nada, o yo me lo he perdido que todo puede ser.


Ya he hablado otras veces de mi fascinación por Japón y especialmente por la literatura japonesa, normalmente asociado a mis compras en Kinokuniya ya que es raro ver libros japoneses traducidos al español (salvo los inevitables de Murakami – el intenso – y de algunos clásicos también inevitables); así que al ver Territorio de luz pues no me pude resistir a comprarlo. Como (casi) todos los libros japoneses, es raro; raro en el sentido de las relaciones entre los personajes, de la visión de la vida de los mismos, no desde el punto de vista de la escritura. En este hay una madre recientemente divorciada con una niña pequeña a su cargo, hasta aquí nada raro, pero empieza su vida en una nueva casa y tiene algunas otras relaciones extrañas de padres e hijos que la llevan a decir cosas como “Si te quedas más tiempo con tus padres te cas a volver tonto de verdad… No tienes que sentirte obligado a quedarte. Que sean tus padres no quiere decir que te vayan a proteger. Te han estado haciendo daño desde que eras pequeño, y precisamente por esas heridas que te infligieron tienen que continuar haciéndote daño. Los padres son solo padres, no son nadie especial. Hay padres a los que hay que abandonar por el bien de uno mismo. Que no te engañen con el pretexto de que son tus padres.” Estoy seguro de que aquí también hay relaciones paterno filiales con un carácter igual de perverso, que han entrado incluso en un bucle en el que el daño pasado justifica el daño futuro, como las mentiras del pasado de obligan a seguir mintiendo o a hacer saltar la banca y confesar (algo casi imposible como todo buen jugador – o mentiroso – sabe). Afortunadamente no las mías ni ninguna que conozca con claridad, aunque de algunas sospecho que no son demasiado sanas, pero, ya, si eso, hablamos otro día de estos casos particulares y escasos.

Ahora hay que ir a comprar libros – y a cualquier parte – con mascarilla y la verdad es que a mí la mascarilla me agobia, me bloquea, embota mi capacidad de razonar, de pensar con claridad, así que, en mi visita a mi librería de referencia capitalina, la librería Méndez en la calle mayor (que como todo las librerías, comercios y bares, necesita la visita de todos para salir adelante, hoy un poco más que hace unos meses), cogí los libros no al azar pero si con poco criterio en algunos casos (nada tan dramático como mi visita al chino de Piles para comprar un cable HDMI, que tuve que repetir tres veces sin conseguir acertar con el cable correcto. Al final, mi hermana se acercó y compro el cable correcto) y acabe con esta Agua Salada que desde la portada se ve claramente que no es un libro que me hubiera comprado sin mascarilla (bueno, igual si ya que tiene agua en el título y eso es algo que siempre me provoca ganas de comprar). No es que el libro sea malo, no lo es, y tampoco es tan de lesbianismo como la portada (de anuncio de colonia Anais) hace temer (algo que tampoco me preocuparía especialmente) pero si es un libro blandengue, a riesgo de ser apedreado por políticamente incorrecto diría que es un libro para chicas. Si, lo siento, pero la verdad es que lo pienso y eso cuando en algún caso pueda coincidir con su protagonista en sus afirmaciones: “Mi amigo Alex dice que cuando tiene una relación sentimental con una persona le entrega pedacitos de sí mismo. Él dice que da demasiado de sí mismo a los demás, pero yo creo que quizá no doy lo suficiente. No tengo excedente de mi misma. No me puedo permitir ir dando partes de mí.” Si, a mí tampoco me queda excedente de mi para ir regalando por ahí partes de mí mismo (Otra cosa es que tampoco me crea la afirmación del amigo Alex, ya que creo que muy poca gente va dando pedacitos de sí mismo, tal vez algunos van cambiándolos, pero no regalándolos).

También, aunque la frase no este escrita con el espíritu de la pandemia actual, creo que eso de que “Habíamos crecido repletos de historias de la juventud de otras personas y estábamos desesperados por formar parte de algo significativo. Nuestro día a día nos parecía sin valor e irrelevante” explica en gran medida el interés con el que una gran mayoría se está apuntando a medidas individuales como llevar mascarilla cundo no hace falta (no lo digo yo, lo dice la OMS y el CDC americano) o incluso como la gente se apunta a determinadas causas como una cruzada individual. Todos queremos hace algo significativo, ser parte de la historia, sentir que estamos colaborando activamente en la Historia, que nuestras acciones pueden modificar el mundo; todos queremos ser más importantes y relevantes de lo que somos. (No, no me malinterpretéis: yo creo que son nuestras pequeñas acciones individuales las únicas que pueden cambiar el mundo, nuestro mundo, pero no son esos gestos vacíos si no la cordialidad, la educación, le comprensión de que hay gente diferente a nosotros y no de que nuestra forma de vivir es la única posible, o la única correcta. Sí, yo creo esto, pero también creo en la ciencia y en la educación y no en los disparates, de ninguno de los dos lados, por cierto).

Escoger Como leones, en cambio fue fácil ya que era continuación de Bull Mountain, una novela sobre mafias en las montañas Georgia que me había gustado. Además, como normalmente tengo problemas con los acentos y como la mascarilla no me dejaba pensar con claridad en lugar de leones, interprete Leones (como en de León, en lugar del animal) y claro me parecía interesantísimo que una historia en las montañas de Georgia pudiera tener una conexión con las montañas leonesas y ya me imaginaba que parte de ella pasaría en El Bierzo. Resultaba, por lo tanto, plenamente tentadora. (No, no hay ninguna conexión con León, pero creo que aquí puede haber una novela de destilerías ilegales interesante). La verdad es que se deja leer muy bien, es entretenida y aunque vaya un poco de redención en lugar de simplemente de maldad pues tiene su punto.



Hay novelas que estas casi seguro de que no te van a gustar pero que a la vez no puedes evitar leer ya que se pueden parecer a novelas que te han encantado o crees que pueden tener alguna relación con cosas que, en cierta medida, te han pasado. Este es el caso de El invitado, que por aquello de ir dos amigos del colegio me parecía interesante y a la vez estaba seguro de que no me gustaría, que me sentiría decepcionado ya que la historia se enredaría en cosas que me quedaran suficientemente lejanas y de escaso interés (secretos guardados toda una vida hasta que estallan en una fiesta, al cumplir cuarenta años los protagonistas, sonaba realmente aterrador y demasiado tópico). Pero, en fin, así funciona el cerebro humano y pese a todo decidí darle una oportunidad. En un momento dado, creí que podría llegar a gustarme ya que podría sentirme identificado con el protagonista que tiene el mismo problema de hieratismo que yo “Me han dicho que tengo tendencia a mostrar una expresión de desaprobación o infelicidad cuando yo creo que mis facciones son tan solo inexpresivas o relajadas.” Exactamente como me pasa a mí que soy internamente hierático pero que al parecer exteriormente no lo soy tanto, lo que, quieras que no, pues no resulta como uno esperaba y la gente acaba hablado de mi expresividad – o de mis caras raras – en lugar de mi claro hieratismo de estatua.

Con todo tiene cosas buenas con las que coincido: “Hoy el mundo es tan egocéntrico… No le dan ninguna importancia a como les gustaría vivir a otras personas. No hay límites. Todo ese ruido que se cuela en los silencios ocasionales; toda esa actividad frenética e incesante que llena cualquier espacio disponible con un torrente de tonterías. Estado. Favorito. Tuit. Filtro. Pantalla. Me gusta. Actualización. Feed. Feed. Feed. El mundo reducido a destellos de atención del tamaño de un bit que responden al denominador común más bajo.” Creo que esto pasa, que cada día pasa más y a más gente, y me preocupa en parte ya que crea un nivel de estupidez creciente en el que ya nadie tiene tiempo para pensar nada, solo para comprobar que la última micro novedad está teniendo éxito.

Las novelas de la colección Siruela Policiaca suelen ser un valor seguro, o por lo menos bastante seguro así que con la mascarilla puesta y ya casi sin oxígeno cogí Te encontrare en la oscuridad. Como no quiero hacer muchos spoilers (pese a que creo que realmente un spoiler – el saber el final de algo, o lo que va a pasar – no es realmente una limitación para disfrutar de la lectura o de la visión de una buena película; al fin y al cabo, todos releemos libros o vemos La guerra de las galaxias más de una vez – o incluso todos los años – disfrutando como la primera vez) no os contare nada de la trama, mas allá de lo que dice la contraportada, salvo que si hay alguna sorpresa bien traída. Lo que si os diré es que tiene una de las mejores frases sobre la desigualdad femenina en el trabajo (concretamente en el trabajo policial pero aplicable a cualquiera que he leído últimamente) ya que la protagonista “Tenia treinta y dos años y le faltaba el pene que servía de llave maestra para ser aceptada, pero le sobraba aptitud y sabia soltar tacos, y eso contaba mucho.” Sí, es una desgracia que exista esa llave maestra para progresar o integrarse en según qué trabajos.

En otro momento de la novela me ha recordado como ahora a (casi) todo el mundo le gusta la música que no oían cuando tenían la edad para hacerlo y como todos han estado en conciertos míticos en los que de verdad no estábamos tantos y como el protagonista “me sentí mal al imaginar cuanto se habría tenido que haber aburrido Bob en la universidad y luego en su vida y en su matrimonio, si para el ir a un concierto el fin de semana era sinónimo de una vida excesos a lo Axl Rose a finales de los ochenta”. Incluso me sentí un poco peor al pensar en conocidos que podrían haber ido a conciertos a primeros de los ochenta (más divertidos y excesivos) y que ahora les parece que ir a un concierto es lo más, aunque este concierto será por la tarde, sentados y con distancia social. Incluso así es bastante degenerado en sus mentes, es tan excesivo que igual se compraran todo el merchandising existente para recordar esa noche en la que decidieron “take a walk on the wild side” y sobrevivieron.

Después de estas lecturas seguía en Piles, pero ya sin nada que leer, así que me puse a rebuscar entre los libros a ver si la familia o las visitas habían dejado algo que mereciera la pena leer, o algo que poder leer. Encontré Los crímenes de Alicia que parece haber ganado un premio Nadal y cuyo autor no parece derrochar mucha imaginación en los títulos ni ya puestos en la trama. Un par de cosas (además del hecho de que esta novela ganara un premio Nadal, que es un premio importante) me han llamado la atención. La primera es si ahora que parece que se está produciendo un gran revisionismo histórico este se trasladara también a la literatura y Lewis Carroll (si, la Alicia del título es la que todos nos temíamos) será eliminado o denostado como autor de cuentos infantiles siendo, sino claramente si potencialmente un pederasta de prestigio. Imagino que no ya que en la literatura siempre ha habido más permisividad social frente a ciertos comportamientos y pese a que ahora las persona tengan que ser “planas” y si han hecho algo malo pues ya está, ya no pueden hacer nada bueno y deben de ser culpabilizadas y estigmatizadas por ello, y no con distintas facetas o “capas” como las cebollas de Shrek creo que para los artistas la existencia de estas capas pues todavía se acepta.

La otra cosa que me ha llamado la atención está fuera de la novela – viene como una nota a pie – y tiene que ver con la continuación obvia de la serie: 2, 4, 8, 16… ya que es algo que me ha sucedido a mí en algunos test de esos de inteligencia o personalidad en los que para mí el numero siguiente de la serie no era el obvio… y una serie como esa podía tener como continuación perfectamente el 31 en lugar del 32 y siempre me han dicho que estaba mal. Pero a veces las personas vemos las cosas de forma diferente y no es el 32 el número que tan obviamente sigue en esa serie tan obvia, sino que es otro y tenemos nuestras razones (en este caso por ejemplo hay una serie geométrica – el número de zonas en las que queda dividido un cirulo al realizar todas las uniones de n puntos de su circunferencia que da 2 para 2 puntos, 4 para 3 . 8 para 4, 16 para 5 pero…. 31 para 6 puntos – e incluso en esta serie para cualquier otro número que pongamos a continuación del 16 se puede encontrar un polinomio que cumple la serie).

A veces, ver las cosas de una forma diferente no es estar equivocado; a veces lo obvio no es la única posibilidad; o nunca lo es, me atrevería a decir. Imagino que por eso es por lo que me gusta tanto discutir y buscar siempre otro posible razonamiento, las cosas siempre pueden ser diferentes de lo obvio.

En fin, divertíos asaltando el castillo.

 

Lecturas

Las huellas del Silencio – John Boyne

Cherry – Nico Walker

El corazón de Inglaterra – Jonathan Coe

Territorio de Luz – Yuko Tushima

Agua Salada – Jessica Andrews

Como Leones – Brian Panowich

El Invitado – Elizabeth Day

Te encontrare en la oscuridad – Nathan Ripley

Los crímenes de Alicia – Guillermo Martinez

jueves, 30 de julio de 2020

Comentario de textos Junio 2020


PS: debido a problemas tecnicos de momento este post va sin fotos y sin videos. Si algun dia me acuerdo y averiguo como, pues lo actualizare aunque tampoco pongais muchas esperanzas en esto. Los luditas somos asin.
PSS: corregido lo de las fotos... espero...

Aquí estoy, casi a últimos de mes, sentado frente a lo que en casa llamamos “el huerto de Piles” (pese a que ya hace años que en el mismo no crece ninguna hortaliza o similar) mirando a un limonero como si quisiera ser un poeta rememorando su infancia o, más bien, su tercera infancia cuando la verdad es que, curiosamente, yo si tengo recuerdos de mi infancia asociados a unos limoneros. No a este que veo ahora, sino a los que había en El Puig, donde entre hectáreas, o fanegas o anegadas, no sabría decir, de naranjos había una zona que era el huerto de los limones. Pese a que era una de las zonas más cercanas a la casa, a la señorial casa debería decir, solo separada de la misma por dos jardines con flores, diría, por decir, que, de estilo francés, era una de las zonas más abandonadas y más oscuras de la finca. Mis recuerdos, posiblemente inventados, son que no era una zona fácilmente accesible, no por su dificultad, sino por su oscuridad y porque a continuación no había nada. Nada, salvo la balsa de riego que nos hacía las veces de piscina y en la que nadábamos en compañía de un numero de ranas suficiente como para formar su propia civilización y algunas culebrillas de campo, entre líquenes y todo tipo de musgo y donde usábamos la tubería de llenado de la balsa tanto como trampolín para tirarnos como ducha, o como grifo de un SPA de deficiente diseño.

A mí me encantaba bañarme en aquella balsa, rodeado de la flora y fauna que crece en un agua estancada (dejo de gustarme nadar, asi en general, cuando a mi sobrino Pepe – que era un gran nadador, el David Meca de la familia ya que se dedicaba a nadar travesías – le dio un ictus, o un derrame cerebral – que aún no se la diferencia, si es que la hay- con efectos mucho mayores de los que tuvo el mío; a partir de entonces me dejo de gustarme nadar, evitándolo en la medida de lo posible, aunque no haya servido para no sufrir mi propio derrame) y después a la vuelta cruzar por el huerto de los limones, en lugar de ir por el camino principal, y comerme un limón a mordiscos, con cascara y todo. Si, lo de la cascara suena raro, pero tenéis que tener en cuenta que hasta que no fui muy mayor (en una comida fuera de mi casa) yo pensaba que la piña se comía sin pelar y por supuesto con el corazón, algo que parece no ser cierto y que incluso hace como raro para el resto del mundo. Aunque no lo comprendo bien, ya que se supone que las vitaminas están principalmente entre la cascara y el fruto la verdad es que ahora (casi siempre) pelo la piña, aunque me como el corazón, y hace ya algún tiempo que no me como ningún limón a mordiscos. Pero, divago, ya, si eso, hablamos de mis hábitos alimentarios otro día y os comento lo mucho que me gustaba el coco cuando era pequeño (incluso pelado, este sí) y como me pase un verano comiéndome un par de cocos diarios, cocos que ganaba – eran el premio principal – en un puesto de una feria en L’Escala (si, donde las anchoas peludas, por diferenciarlas de las de Santoña) jugando a los dardos, entrenamiento, o afición, que luego me depararía bastante alegrías – en forma de invitaciones ganadas honradamente – en el Red Lion y otros bares durante mi adolescencia.

Ahora, con carácter excepcional, me saltare el orden cronológico de mis lecturas del mes para empezar cuanto antes con Amor intempestivo, la nueva novela de Rafa y, como no, aprovechare los recuerdos de mi hermano sobre lo que mi padre le dijo cuando leyó su primera novela: “En lo que has escrito hay una buena novela… que tú no has conseguido escribir” para deciros que, gracias a la colaboración de su editor (que le hizo quitar la parte del borrador inicial que era, simplemente una excusa, un McGuffin que diría aquel personaje del propio Rafa) esta vez sí ha conseguido escribir la buena novela que había en el borrador (por cierto y para evitar malos entendidos, creo que esto, lo de escribir una buena novela ya lo había conseguido bastantes veces con anterioridad, puede que casi todas aunque no quiero mojarme en estos momentos).

Dicho esto, lo de la buena novela, la verdad es que leer sobre historias que conoces, que has vivido (aunque probablemente sería más correcto decir de historias con las que has convivido, ya que los mismos hechos conforman diferentes historias para cada uno de los partícipes, así que nadie ha vivido la misma historia) pues tiene algo de raro, resulta extraño comprobar que cosas o como recuerdan otras personas de partes de tu vida, vale, de su vida ya que los demás, incluso los personajes que esta vez tenemos hasta frase (no grandes frases, pero frases… que es otro nivel de personaje) hemos vivido otra vida, con hechos parecidos.

Si para mi hermano el recuerdo le ayuda incluso aunque afirme “pero a mí, al recordar, cuando regresan a mi corazón (eso es recordar, del latín, cor, cordis, volver a atravesar el corazón) mueren allí de nuevo, todos los días, y aumenta a mi alrededor la oscuridad, y regresa también el deseo de encontrar un sitio donde esconderme. Estas páginas, tal vez.” es otra cosa en la que somos muy diferentes. Aunque es cierto que mi derrame me ha hecho perder la memoria y gran parte de mis recuerdos, muchos de ellos los he perdido por voluntad propia o como mecanismo de autodefensa. Sencillamente, como Nick Nolte en el Príncipe de las mareas (o como muchos otros personajes) me niego a recordar según qué cosas, no quiero indagar en mi pasado, no me interesa volver a atravesar mi corazón, me mantengo alejado de todos los sitios que pueden recordarme según qué cosas ya que ni siquiera sé si puedo recordar algunas páginas de mi pasado. No, para mí todo el pasado está olvidado, no aparece en ningún mapa (de momento, aunque este blog – si algún día dejo de hablar de libros – quería que sirviera para eso) ya que tener un mapa es la mejor forma de no encontrar las cosas, o de solo encontrar las que uno ha marcado en el mapa; todo lo que no está el mapa pues, sencillamente, no existe. Supongo que así son los recuerdos de todos, mapas de territorios por explorar, pese a haber estado allí. Pero, divago, de nuevo, ya, si eso, pues hablamos de mapas o pasados, o de exploradores celestes otro día. Ahora os dejo aquí cantando ese “I Dont remember, I don.t recal, I got no memories of anything, anything at all” porque remember y recall son cosas diferentes, aunque yo sea incapaz de encontrar la diferencia en español.




Una parte de mi quiere deciros que es un libro de lectura obligatoria, secretado por alguna glándula desconocida que tienen los escritores y que como soñaban Rafa, Orejudo y otros sobre sus futuras obras maestras “solo nos quedaba pararlo a limpio, de que ya estaba escrito y listo para ser publicado, en cuanto cada uno decidiera la ilustración de la portada” y lleno de cosas fantásticas como ese “nolo contenderé, es decir, que no me declaraba ni culpable ni inocente: no quería discutir” que le ofrecen a Rafa en un juicio en Estados Unidos, o esa descripción de nuestro padre enfermo y de su “mirada de enfermo, que no se si la tienen todos o solo los enfermos de la familia: sin mover la cabeza, que tenía un poco inclinada hacia abajo, levantaba los ojos azulados hacia nosotros y sentíamos de inmediato que era el, papa, y que nos quería, y que se iba a poner bien” de la que me gustaría poneros una foto que tengo (pero no localizo, aunque he localizado esta que creo que se parece a la que recuerdo) en la que se puede observar con claridad, hasta el movimiento; pero la verdad es que – como seguro han descubierto todos ellos – casi nunca es el escritor el que elige la portada así que eso era de lo poco que no tenían que aportar al libro pese a que la tuvieran  más que decidida antes de haber tecleado una página y en otro orden de cosas no se i es una buena idea que la leáis y penséis que las cosas que nos han pasado tienen una importancia diferente a la que tienen, así que propondré la lectura solo como opcional ya que  o bien no entrara en el examen o solo será para subir nota.

En cualquier caso, es hora de volver al principio del mes y a los libros comprados en mi (vuestra, espero) librería de referencia de la capital, la Librería Méndez, ya que pese a que para conseguir el ejemplar dedicado subí hasta Cercedilla, a la Librería Fuenfria (cosa que ya sabéis os recomiendo hacer) la verdad es que no me baje ningun libro de allí, en parte porque ya había comprado para el mes y en parte porque después de comer y con el libro de Rafa en las manos pues el resto de libros resultaban menos apetecibles.

Podría decir que escogí La gran fortuna porque pasaba en Bucarest, que extrañamente es una de esas ciudades en las que he vivido un tiempo suficiente y que sentía curiosidad por como la describiría una inglesa, pero sería mentira ya que, por la contraportada, sabía que se trataba de un Bucarest muy distinto al que yo visite en su día – pre revolución comunista, ya que pasa en el inicio de la segunda guerra mundial – o podría decir que iba sobre una pareja de ingleses, de ingleses de antes de la guerra, que siempre tienen un toque de diversión, pero también sería mentira ya que la verdadera razón de escogerla es que me había puesto a repasar mis conocimientos de hidráulica y obviamente Manning es algo básico en este tema, tan básico que fue el límite que me puse para seguir retrocediendo en mi repaso.

La verdad es que es una novela entretenida, en la que aprendido una de esas curiosidades sobre sectas – los Skoptsi – que siempre sorprenden: “son una de las atracciones que hay que ver en esta ciudad. Los Skoptsi son una secta rusa. Creen que para que seamos digno de la gracia, todos, hombres y mujeres, debemos desprendernos de todo lo que nos cuelgue por delante. O sea que cuando se han reproducido, los jóvenes se entregan a unas orgias descomunales en las que alcanzan tal grado de éxtasis que acaban mutilándose a si mismos”. Mutilándose en un sentido más amplio que el de aquel “Do the mutilation” de los Revillos, y que me hacen plantearme como alguien llega a esta extravagante teoría y la pone en práctica:

Más curioso, por ser una historia que luego se repetiría (en forma real o de mito; que yo en eso no entro) es saber que Rumania también tenía su reclamación sobre ese concepto tan guerra civilista que es el oro de Moscú: “El editorial recordaba a los lectores que en 1914 as reservas de oro del país habían sido enviadas a Moscú para garantizar su seguridad, aunque después nunca habían regresado. Pero ahora la viril juventud rumana estaba dispuesta a enmendar este atropello.”
Pero no solo de comunistas vive la novela, también hay algún hueco para la segunda parte de la parte contratante, para “los sonrientes jóvenes rubios apostados en las torretas de los tanques salían sanos y salvos de las ruinas. Todos se dejaban acariciar por el sol. Cantaban: ‘¿qué importa qué destruyamos el mundo? Cuando sea nuestro, ya lo volveremos a construir’.” Algo en lo que si sustituimos a los jóvenes rubios por una sociedad secreta, a los tanques por unos virus y las medidas contra él, y le añadimos una buena ración de conspiranoia (tipo QAnon o inferior) podemos pensar que es un cantico que alguien está aplicando a esta España nuestra, al Madrid que la IDA está destruyendo, a esa idea de vida que en el libro se asocia a “En España había colorido y calor y peligro. Allí todo tenía sentido. La vida debería ser así.”, dentro de poco aquí ya solo quedara el calor, ni el colorido ni el peligro que es consustancial a la vida como cantaban los grandes de Glutamato en ese “Vivir siempre es mortal”



Curiosamente mi siguiente lectura, Un caballero en Moscú, también estaba asociada al bloque soviético y la verdad es que tenía una premisa divertida, si bien un tanto extraña: un noble ruso es condenado a muerte, pero su pena es conmutada por un arresto domiciliario a perpetuidad en un hotel de lujo, “conspicuo exponente del lujo y la decadencia que el nuevo régimen se ha propuesto erradicar” (al parecer la cadena de muerte se la conmutan por un poema que escribió en su juventud, aunque no queda claro como ambas cosas – morir o vivir en un hotel de lujo – pueden considerarse, en cierta medida equivalentes. Misterios de la mene soviética).

Como en casi todas las novelas buenas por lejos que uno se encuentre del protagonista es inevitable identificarse con la sensatez del mismo, mas todavía si es capaz de hacer afirmaciones como “Siempre había creído e un caballero tenía que mirarse al espejo con desconfianza. Pues los espejos no eran herramientas para descubrirse a uno mismo, sino más bien para engañarse. ¿Cuántas veces había visto a una joven hermosa dar un giro de treinta grados delante del espejo para verse más favorecida? (¡Como si, en adelante, la gente solo fuera a verla desde ese ángulo!) ¿Cuántas veces había visto a una gran dama llevar un sombrero terriblemente pasado de moda, pero que a ella le parecía au courant porque su espejo tenía un marco de estilo igual de antiguado?”

Aunque algunas de sus afirmaciones sean cuando menos extrañas y claramente discutibles, como sus consejos sobre vinos “¿El Rioja? El Rioja era un vino que podía acabar con el estofado con la misma violencia con que Aquiles había acabado con Héctor. Le daría muerte al plato de un golpe en la cabeza y lo arrastraría atado a su cuadriga hasta que hubiera puesto a prueba la entereza de los troyanos.” No sé, podría ser ya que los Riojas no son vinos tan suaves como otros, pero yo se lo echo a los estofados y no acaban degollados, ni imaginarme lo que podría pensar si le echas un poco del “maldito Cariñena” o de un vino de El Bierzo o Toro.

Pese a que el protagonista se pasa casi toda su vida adulta encerrado en el hotel el autor consigue endosarle el papel de padre – a través de una niña abandonada en el mismo, así que de padrino o tío sería más adecuado – lo que le permite hacer una gran reflexión sobre la educación: “el papel de un padre es expresar sus preocupaciones y, después, retirarse tres pasos. No uno ni dos, sino tres. O incluso cuatro. (Pero nunca cinco.) Si, un padre debe compartir con su hijo sus dudas y luego retirarse tres o cuatro pasos, para que el niño pueda tomar por si solo la decisión, aun en el caso de que esa decisión pueda conducir a un disgusto.” Algo fácil de decir, pero, creo, casi imposible de llevar a la práctica, imagino que por ser un paso una medida claramente imprecisa o puede que por ese afán de protección tan arraigado (o simplemente por no tener que lidiar con las consecuencias del error del niño).

Ya metido en casualidades, coincidencias o curiosidades mi siguiente lectura, Los secretos que guardamos, también se relacionaba con el bloque soviético, en este caso con la publicación de El doctor Zhivago en la URSS y con el papel que unas mecanógrafas de la CIA habían jugado para introducir la novela ilegalmente en la URSS (según la contraportada). La verdad es que a mí la historia de las secretarias se me ha quedado corta y esperaba más de ella, no sé, una participación más activa, un poco más de espionaje clásico o algo de ese estilo. Sin embargo, si me ha resultado muy interesante enterarme de cosas de Pasternak, el autor, cosas como que le nominaron dos veces al premio nobel (la primera renuncio, al parecer presionado por el aparato del estado y, ya, si eso, pues a la segunda… acepto), o que realmente era un poeta, al parecer muy apreciado por el régimen, o que esta era su primera y única novela. Estos dos hechos, mirados conjuntamente, me confunden un poco ya que pese a que sea conocido por su única novela entiendo que las dos nominaciones debieron ser por su obra poética ya que, sinceramente, tampoco me parece que la novela en cuestión sea merecedora de un premio nobel que tengo entendido se da por toda una carrera (o por parte, ya que se debe dar en vida y tampoco vas a dejar de escribir porque te den el nobel. Si así fuera sonaría mas a premio para acallar a escritores que otra cosa. Aunque nunca se sabe, igual esta era la idea de Nobel, que era un tipo vengativo como prueba la prohibición expresa de instaurar un nobel de Matemáticas por esa pequeñez, micro o macro machismo lo dejo a vuestra elección, de que su mujer le engañaba con un matemático). No sé, es algo raro si uno quiere mantener la teoría de que el Nobel se da realmente por los méritos propios y no por componendas de geopolítica u otros criterios de reparto.

El libro se supone que también muestra una fascinación por el cine – como no podía ser menos ya que realmente la fama de la novela esta asociada al cine – fascinación que siente las secretarias y que todos los que hemos ido a cines (con mayúsculas y no a los mini cines actuales) hemos sentido desde los grandes carteles, o en este caso, en Washington D.C: “el letrero de neón rojo del Georgetown, esperar en la cola a que la persona de la taquilla te diera una entrada, el olor de las palomitas, los suelos pringosos, los acomodadores que te guiaban hasta tu asiento con su pequeña linterna. Incluso canturreara en la ducha Let´s All Go the Lobby, que era la letra del anuncio que proyectaban para animar a comprar chucherías en el mismo cine. Pero mi parte favorita siempre ha sido el momento entre que se apagan las luces y empieza la película, ese instante en que el mundo entero parece estar al borde de algo.” Supongo que todo esto forma parte de la infancia de muchos, ese vértigo y esas sensaciones… luego crecimos y vinieron los cines de versión original, desaparecieron los acomodadores, los cines redujeron su tamaño a poco más que una sala de reuniones y ya no cantamos “Movierecord” aunque mantenemos vivo el “visite nuestro bar”.

Si esta visión del cine es la que todos tenemos he de volver al libro anterior en el un comunista acérrimo habla de las películas del cine negro “Todas sin excepción representaban un Estados Unidos en el que la corrupción y la crueldad campaban a sus anchas; en el que la justicia era un mendigo y la bondad un necio; en el que la lealtad era endeble y el egoísmo, duro como el acero. Dicho de otro modo, representaban un retrato sumamente realista de lo que era el capitalismo” solo par preguntarse “¿Quién hace estas películas? ¿Quién las promociona? … ¿Cómo es posible, Aleksandr? ¿Por qué les permiten hacer estas películas? ¿no se dan cuenta de que están minando sus propios cimientos?”. Cuanta inocencia, cuanta fe en la humanidad, cuan poco entendimiento de los principios del capitalismo ¿minando, dice? Nada más lejos de la realidad, promocionando el capitalismo y sus valores, si bien a través de sus antihéroes (porque no hay héroes en el capitalismo) pero siempre dejando la esperanza de que uno puede ser el malo, el poderoso, ese que hace lo que quiere porque, al fin y al cabo, él se lo merece, él es diferente a todos los demás, él es el individuo al que no se aplican las reglas de la sociedad, ni las pequeñas ni las grandes. Enternecedor a la vez que dramático.

Mi siguiente elección para el mes – ya después de la lectura de la de Rafa – fue El enigma de la habitación 622 ya que había leído la primera novela del autor y me había parecido entretenida (no especialmente buena, le habría quitado gran parte de ella sin ningún problema) y parecía que con su volumen podría ser una elección valida de cara al verano y a tener que visitar librerías con mascarilla (algo que me imposibilita pensar en una medida que no os podéis imaginar). Si a la primera le había quitado la mitad y me hubiera quedado con una novela entretenida a esta le puedo quitar el noventa por ciento y me quedaría con una novela sencillamente aburrida. En el límite de la estafa del autor que tiene éxito con una primera novela (me perdí la segunda asi que no estoy totalmente seguro).

En fin, que aquí sigue el limonero y creo que es hora de intentar publicar esto y marcharme a dar un baño al mar o un paseíto por la orilla (aunque increíblemente aquí en Piles han puesto una norma que dice que está prohibido pasear por la orilla de doce a tres; no se si es simple gilipollez o es para apoyar a los chiringuitos, espero, aunque lo dudo, que sea la segunda). En breve mas, mucho mas que estar en Piles es lo que tiene, tiempo para leer.


Lecturas
Amor intempestivo – Rafael Reig
La gran fortuna – Olivia Manning
Un Caballero en Moscú – Amor Towles
Los secretos que guardamos – Lara Prescott
El enigma de la habitación 622 – Joël Dicker