domingo, 7 de marzo de 2021

Comentario de textos - Febrero 2021

Pues aquí seguimos – sin alcanzar mi propósito de año nuevo, aunque, como yo soy un optimista, diría que un poco más cerca de alcanzarlo – encerrados en una falta de posibilidades de felicidad que ya, después de un año, empieza a ser preocupante. Sobre todo porque  las perspectivas que se plantean no parecen destinadas a volver a una vida normal, plena, en ningún momento ya que seguimos (no, la gente que yo conozco, sino los otros, los que los dirigen y, desgraciadamente, algunos mas) instaurados en ese error de que la salud se reduce a no estar enfermo. 

Se ha instaurado la creencia de que cualquier tipo de vida vale, incluso una en la que carezcas de la más mínima posibilidad de hacer algo que te gustaría, reduciendo tu vida a la supervivencia, trabajar, ir a la compra y volver a encerrarte en casa, todo planificado. Ya no existe la posibilidad de “ahora tengo un rato, voy a cercarme a la peluquería a ver si hay hueco”, ahora hay que reservar hora; si has conseguido ir a un bar con unos amigos y encontrarte con otros, o de ir solo a ver a quien encuentras ya que no sabes si podrás sentarte con ellos (ya de estar de pie tranquilamente en la barra charlando con quien se acerque, ni hablamos). Y todo esto lo aceptamos porque creemos que defendemos la salud, pero la salud es mucho más que eso, que ese no estar enfermo; la salud es la posibilidad de ejercer la vida que quieres, de reunirte con tus amigos para tomar unas cañas, de manifestarte si te apetece o en general de llevar una vida improvisada si es lo que te apetece. 

Pero la verdad es que ya estoy hasta cansado de reivindicar esta simpleza, de reivindicar que la salud es mucho más, para mí la salud incluye el fumar, ya que equilibra mi salud mental, posiblemente en contra de mi salud física, pero es parte de mi salud (no, no estoy diciendo que fumar sea lo más sano, ni siquiera que sea sano; si ahora pudiera elegir no haber fumado lo elegiría, pero no puedo, es algo que ya forma parte de mí y que me completa. A mí, que soy fruto, como todos, de una época, de mis propios vicios, de mis experiencias, que han formado mis amores y de mis odios).

Es verdad que algunos amores y odios sabemos de dónde vienen (por ejemplo yo puedo decir exactamente porque odio el color amarillo en la ropa o porque no me gusta demasiado la ginebra, salvo algunos gin-tonics, y muchas otras manías de mi personalidad) pero otros odios y amores me resulta muy difícil imaginarme de donde me vienen, como han llegado a ser parte de mi personalidad (que tanto le debe a las Lebowitz y Leibovitz – que pese a tener apellidos diferentes para mí son hermanas:, Fran y Annie, la escritora y la fotógrafa habitando el mismo NYC del que tengo nostalgia pese a no haber conocido– si bien mi personalidad le debe más a Fran que a Annie ya que Fran tiene más opiniones, como demuestra en esa miniserie que le ha dedicado Scorsese recientemente y cuyo capitulo cinco – sobre el deporte – creo que es de lo mejor que he visto).

Pese a conocer el origen de muchos de mis gustos personales, incluso digamos manías, nunca había entendido bien mi fascinación por el brutalismo en arquitectura, que es, posiblemente, mi estilo arquitectónico favorito. Siempre he pensado que me gustaba sin ninguna razón real ya que no había tenido contacto con el – salvo el de ver el edificio de casas militares de San Bernardo – hasta apuntarme a Caminos (es verdad que parece que de pequeños patinábamos en la Ciudad Universitaria, probablemente en el parking de Caminos pero yo no tuve este recuerdo hasta que no vi fotos de esa época) y la verdad es que me resultaba inexplicable mi fascinación hasta que hace unos días – escaneando fotos que habíamos sacado de casa de mi abuela – me encontré con una foto de la parte trasera de nuestra casa en Cali, Colombia, probablemente la primera casa en la que viví y de la que solo tengo los recuerdos del patio delantero que provienen de otras fotos y filmaciones de mis padres que la mostraban casi como una casa bucólica. ¿Cómo podía imaginar yo que tuviera este aspecto tan brutalista?

Ni siquiera ahora viéndola desde este ángulo y no desde el que se ve en casi todas las fotos y películas de las que tengo recuerdo puedo imaginarme porque esta vista de esta casa ha influido tanto en mi gusto estético. Se me hace raro pensar que la parte de atrás de esta casa – que yo no recordaba, ni recuerdo –  y que seguramente vi muy pocas veces (esta parte de atrás, digo, no la casa en sí que entiendo vi todos los días en los dos años que vivimos allí) pudiera haber influido tanto en mi gusto estético. 

Para mí, la casa de mi infancia es la de Cangas que sí que recuerdo por fuera y por dentro (aunque con graves errores topográficos de su interior que hacen que en mi recuerdo de su interior responda, mas que a una posibilidad física real, a las leyes de los cuadros de Escher – igual de ahí mi fascinación por Escher – pudiendo llegarse desde la cocina al mismo sitio, a la entrada, bien por un pequeño pasadizo (horizontal, aclaro aquí) en el que recuerdo perfectamente que había una especie de armario donde se guardaban nuestros juguetes, o bien subiendo una escalera muy inclinada que daba a la parte noble de la casa desde la que, sin bajar, podía llegarse a la entrada) y por supuesto el piso de Viriato y ya más tarde el Puig en Játiva (ahora Xativa). Pero ninguna de ellas, su estilo arquitectónico, me produce especial interés o me resulta especialmente satisfactorio; sin embargo, el estilo de la parte de atrás de esta casa de Cali si que me fascina.

Sorpresas te da la vida, o por lo menos sorpresas nos da a los que no recordamos algunas cosas, sorpresas que en cierta medida ayudan a resolver algunos misterios, aunque difícilmente todos, lo que me lleva a mi primera lectura de este mes la, en cierta medida, fascinante No digas nada que es casi un libro de historia sobre los Troubles de Irlanda del Norte, una época y una guerra (declarada o no, ese es otro tema) que creo que has fascinado a toda una generación (la mía, en la que todos tenemos una opinión y tomamos partido por uno de los bandos, no diré por cual lo tome yo, por si, por alguna razón, vosotros habéis tomado partido por el bando equivocado que tampoco es cuestión de empezar de nuevo los Troubles).

Es muy importante el “casi” que he puesto al definirlo como libro de historia, porque si bien es un libro que parece muy documentado (tiene casi cien páginas de fuentes) se lee como si fuera una historia inventada sobre personajes reales que todos conocemos, como ese Gerry Adams que paso de ser líder del IRA a no haber apoyado nunca la lucha armada y de otros que sabemos que existieron aunque no sepamos sus nombres (como Derry Martin McGuiness, pistolero del IRA – con ese nombre parecía lo más probable como carrera profesional – habituado a ejecutar el castigo típico del IRA de disparar a las piernas de jóvenes) pero que acabo diciendo públicamente “’tras un largo debate, el IRA ha decidido que dispararle a un joven en una pierna y dejarlo lisiado de por vida no es un castigo justo ni conveniente’. Y dijo después: ‘estamos contemplando un enfoque más preventivo y más implicado a nivel social’. Nacionalistas del SDLP compararon el brusco cambio de imagen del Sinn Féin a grupito de bienintencionados activistas con el misterio de la Inmaculada Concepción” (para que luego presumamos de haber inventado lo políticamente correcto, cuando lo político-militar correcto ya estaba mas que inventado) pero sobre todo para mí la sorpresa son los personajes de las hermanas Price de las que no sabía nada y que parece que, por lo menos Dolours, era tan icónica de esta lucha –además de activa participante – como el Che Guevara pero extrañamente poco reivindicada por el movimiento de empoderamiento femenino. A saber por qué pero hace un personaje fascinante.

El arranque de la novela empieza con una “desaparición”, la de una viuda de 38 años con diez hijos, que obviamente recuerda a las desapariciones de Chile o Argentina y que en principio parece equiparar estos procesos hasta que más adelante se comenta que si bien conforme a fuentes oficiales – de comisiones de investigación – en Chile desaparecieron tres mil y en Argentina treinta mil, en Irlanda del norte consiguieron identificar a 16 desaparecidos y si bien “en otros países hubo debate sobre el número total de personas enterradas en tumbas anónimas, pero en Irlanda del Norte la lista de víctimas cabía en el reverso de un sobre”. Según el autor esto “era un reflejo de la extraordinaria pequeñez de la provincia” pero, aunque coincida con él en la existencia de esa anomalía demográfica que es que “había muchísimos más americanos irlandeses que personas en la propia Irlanda” imagino que también hay que poner en contexto el nivel de violencia de los distintos sitios y de los distintos actores implicados.

En cualquier caso, se trata de un libro interesante y pese a ser histórico se deja leer estupendamente descubriendo, al menos para mí, cosas que no sabía de un conflicto que, si forma parte de mi imaginario colectivo y de mis recuerdos, de mis odios y amores, por lo que me ha parecido, a ratos, fascinante incluso considerando la parte histórica real.

Aunque mis lecturas del mes me volverían a llevar a Irlanda del norte, mi siguiente elección – por variar un poco – se movió un poco más al norte, al Glasgow de Alan Parks que ya había visitado en su primera novela (Enero Sangriento), y que me había dejado con buen sabor de boca para seguir la que, seguramente, sea una serie de doce novelas y leerme este Hijos de Febrero

Para seguir leyendo libros de una serie policiaca creo que hay varios requisitos importantes: el primero es obviamente que el personaje (o personaje, que cada vez se dan más las parejas de investigadores) te caiga razonablemente bien o especialmente mal, vamos que no te deje indiferente y a mí, este de momento me está gustando; otro requisito es que tenga este toque negro en frases contundentes y en esta novela también se da esto con frases como “Nunca pasa nada malo, o como mínimo nada que no puedas beberte de un trago” o esa otra de “Parecía el típico lugar al que irías a tomarte una última copa antes de tirarte de un puente”; y un tercer requerimiento es que la trama no sea “exactamente la de siempre”. Es este último requerimiento el que tal vez le falle a esta novela y en el que yo encuentro que me pasa como cuando veo las docenas de series de televisión y de películas de asesinatos filmadas en NYC que me lleva a pensar que es imposible vivir allí sin acabar asesinado, violado o secuestrado. Pues con esta novela me pasa algo parecido y la trama me hace pensar venga, ya está bien, es imposible que a todo el mundo le haya pasado esto, aunque sea muy frecuente no tiene por qué ser la causa para usar en casi todas las novelas/películas/series actuales. No, no voy a haceros un spoiler y deciros que es lo que ya me cansa un poco que salga en tantas novelas, películas y series. Si eso, pues os la leéis y ya lo comentamos.

Elegí Propiedad Privada sin fijarme mucho o, la verdad sea dicha, sin fijarme apenas nada - mis típicos problemas de concentración cuando voy disfrazado de cuatrero - y cuando ya estaba en casa dispuesto a empezar una novela que reflexionara sobre el concepto de propiedad, de la propiedad privada, me di cuenta de que había cogido un libro de cuentos que es algo bastante diferente.

Posiblemente en este caso es mejor ya que no acababa de ver claro cuál podía ser el debate sobre la propiedad, aunque soy consciente de que hay muchos posibles debates sobre este tema, debates en los que a veces tus posturas cambian ya que como todos sabemos no es lo mismo la propiedad privada propia que la propiedad privada ajena o incluso que la privacidad de la propiedad pública, por eso un conjunto de cuentos parece una mejor opción ya que permite poner más perspectivas del debate (o poner las mismas de una forma más sencilla para ambas partes, el escritor y el lector).

La verdad es que veo las frases que he marcado y parece que lo que más me ha gustado – sí, me ha gustado el libro – son la reflexiones sobre la interpretación del carácter “al fin y al cabo, una timidez perdonable y cierta incomodidad social podían confundirse con cualidades semejantes, pero más agresivas; por ejemplo, frialdad y hostilidad” que creo que es algo que me pasa a mí, o que le pasa a mi relación con mis semejantes (dicho así como una semejanza de género, de género humano me refiero no de identidad de género) que tienen tendencia a confundir mi actitud; sobre los comportamientos sociales “Se la veía apagada en presencia de Jillian porque así se comporta la gente cuando se pasa la noche entera metiéndose el puño en la boca y esperando que su invitado se marche”, algo que yo también hago ya que a veces no hay otra opción que aguantar estoicamente, con un puño metaforico en la boca (que un puño entero no es tan fácil de meterse en la boca, aunque yo he conocido a una chica que podía); con los estados de ánimo “No se sentía deprimida, pero la depresión suele parecerse más a lo que uno no siente que a lo que siente” que creo que es un concepto clarificador, por lo menos para los que intentamos no sentirnos deprimidos si bien es deprimente; o incluso con la privacidad, aunque no la de la propiedad sino la de los sentimientos y pensamientos “Era gracioso ver que, cuando ocurría una nimiedad, uno la capitalizaba al máximo, pero que cuando algo realmente transcendental movía las placas tectónicas de la mente, uno se callaba la boca. Porque el instinto dictaba que eso era privado” hecho con el que estoy completamente de acuerdo, aunque no sé si es gracioso, si creo que hay cosas que son privadas, tal vez en relación con mis sentimientos yo sea de los de “setec astronomy” pero es difícil saber porque y casi imposible cambiarlo.

El Abstemio es una novela que cogí pensando que también pasaba en la Irlanda de los Troubles basándome en el aspecto del protagonista de la foto de la portada y convencido de que tenía un mes irlandés (que al final resulto ser irlandés / escoces). Nada más empezarla me percaté de mi error ya que la acción trascurre en 1867 – cosa que es vedad que se dice en la contraportada, que se ve me leí con escaso o nulo interés, una vez más – Pero que en parte prueba que mi conocimiento de la moda masculina es escaso o que lo es el del que ha decidido la foto de la portada, pero uno de los dos estamos equivocados en cuanto a la moda masculina de 1867, o incluso, probablemente, ambos. 

Aclarado esto y sirviendo casi de prueba de la duración por lo menos de los preliminares de los Troubles, la novela pues se deja leer, pero poco más que aportar ya que no puedo hablar de su realismo clásico al estilo Dickens, no sé, puede que lo sea pero yo no acerté ni con la moda masculina del periodo así que como voy a juzgar su realismo. No es ni buena ni mala, correcta, pero sin nada remarcable.


Una colección de cuentos con el título El tabaco y el diablo resulta obviamente tentadora para alguien como yo, si además el subtítulo es “y otros relatos cristianos” y se trata de un libro japonés pues la tentación es casi una decisión de fuerza mayor que hace inevitable la compra. Obviamente se trata de cuentos centrados en la evangelización, o intento de, cristiana en Japón y de la recepción de esta práctica por parte de los japoneses que ya he contado otras veces pues fue recibida de forma bastante dudosa llevando incluso a rituales de sacrificio de católicos arrojándolos a volcanes y cosas parecidas pero también variable con cierta implantación de costumbres o lo que es mas extraño de algunas piezas de arte (las Maria-Kannon) que al parecer son un tipo de “estatuilla china de porcelana de color blanco o azul de la Virgen Maria con la apariencia externa del Buda Kannon, avalokitesvara bodsisattva, adorada por los cristianos japoneses ocultos en la época de la persecución cristiana para no ser descubierta su fe por lo oficiales dela autoridad” lo que nos lleva un poco a que cualquier cosa vale, como mezclar una virgen con un buda para adorarle en secreto, o incluso al hecho de que Buda hay más de uno y como aclara una nota Buda ni siquiera se llamaba Buda sino “Sakyamuni: fundador del budismo, conocido también con el nombre de Siddharta Gautama, o con el de Buda” (vamos que era un tipo con varios alias, algo que nunca es buena señal, ni siquiera para montar una religión; pero tal vez si para una secta que tampoco es tan diferente). Por cierto, que una de las peores cosas del libro es la colocación y repetición de las notas a pie de página, que es de lo peor que he visto y que casi me hace dejar de leer.

Para mi tal vez lo más curioso ha sido encontrarme con que existe una creencia tradicional japonesa sobre hacia qué lado debe de colocarse la cabeza para dormir, no por la existencia de esta creencia, ni por el hecho de que exista una palabra para colocar mal la almohada (kita-makura, que es acostarse con la almohada hacia la dirección norte) sino por el hecho de que sea la opuesta a la que tenía mi padre (que sí, que mi Padre tenía una creencia de cuál era la orientación buena para dormir ademas de creencias sobre casi cualquier cosa) que decía que la almohada debía estar al norte ya que así dormías de pie y no con la cabeza hacia abajo (hacia el sur) aunque también tenía preferencia por dormir en la dirección de la marcha de la tierra, que decía que así no te mareabas. Puede parecer un criterio estúpido – yo no creo que sea estúpido, si bien creo que como duerme uno depende de cómo sea su habitación, donde este la puerta o las cosas, más que de lo que uno prefiera- pero desde luego es menos estúpido que el japonés que se basa en que “trae mala suerte, quizas porque cuando Buda murió, estaba acostado con la almohada hacia esta dirección” ya que como todos sabemos lo que trae mala suerte es ser supersticioso, razón de sobra para no serlo.

También me ha sorprendido mucho que la resurrección no les pareciera una cosa rara “Excusado es decir que desde tiempos antiguos ha habido no pocos casos de personas que después de haber perdido la vida resucitaron. Sin embargo, la mayoría de ellos se limitan a casos de intoxicación por el veneno del sake o de los afectados por los elementos venenosos de los ríos y de las montañas”. Que a ver… que cogerse una borrachera de sake y desmayarse no es lo mismo que morir – parece un poco exagerado – y que no sé cómo de sucios estarían los ríos japoneses en aquella época para que se culpara a los mismos de la muerte habitual de personas que resucitaban (igual solo tenían cagalera).

He de reconocer que también me ha desconcertado enterarme de que los samuráis no eran considerados de la clase alta – yo pensaba que eran de las clases más altas, como si fueran nobles manchegos, maldita cinematografía – pero parece que no eran considerados de la “clase social de manga larga signifique la clase privilegiada de los nobles, religiosos, médicos, escolares, etc. que nunca tenían que remangarse por no tener que ponerse armadura”; imagino que los campesinos sencillamente no tenían mangas que remangarse y que eso era otra categoría social muy por debajo de la de los samuráis. Un libro curioso sobre un extraño país, en una época extravagante, que algún día espero visitar e incluso conocer.

Mi última lectura del mes – sí, ahora estoy leyendo bastante ya que de pocas cosas más tengo ganas – fue Los Papeles de Tony Veitch, de uno de esos autores que al parecer son clásicos – clásicos de la novela negra, para más señas e incluso para más detalles del tartan noir – pero de los que yo nunca había oído hablar, así de enciclopédica es mi incultura y a punto estuve de no comprarla porque era la segunda parte de una trilogía con un tal inspector Laidlaw, que según la contraportada es, además de carismático (al parecer, según las contraportadas, todos los protagonistas lo son) “un lobo solitario con un profundo sentido de la justicia social” algo que no tenía ni idea de lo que podía significar pero que ya en palabras del autor “Laidlaw daba la impresión de estar empeñado en labrarse una carrera como profanador de interiores, iba por Glasgow llenando de tensión ambientes hasta entonces agradables. Hoy estaba haciendo un trabajo excelente.” ¿Profanador de interiores? Excelente descripción, una frase impecable sobre todo con ese añadido final del trabajo excelente.

Y a vuelta de página otra frase propia del género “El dinero puede conseguirlo todo. Si no tienes cuidado con él, hasta puede traerte la muerte.” Poco más tarde alguna descripción de tipos humanos también propia del género “ciertas personas en caso de escuchar de un moribundo el secreto de la existencia seguido de un insulto solo se quedarían con esto último.”; otras sobre la calidad de las nuevas generaciones, solo aptas para personas de cierta edad “El hijo de Eddie, Simpsy, era como todos los demás, una imitación en plástico de su padre. Nada que ver con el articulo original. Sin clase ninguna, como sacado de la tienda de todo a una libra. Ya no los hacían como antes, pero, eso sí, seguían empeñados en fabricarlos. Sonrió al pensar en los que creían que las cosas mejoraban con el tiempo.”; y por supuesto una descripción de una mujer, algo alejada del canon del genero puro en algunos aspectos, pero impecable: “Había sido guapa. Ahora era mejor que guapa. Tendría treinta y cinco, treinta y ocho años, y se adivinaba que los había vivido con intensidad. Sus ojos sugerían que detrás de ellos podrías encontrar la cueva de Alí Babá, si te sabias la contraseña y te las habías arreglado para llegar antes que los cuarenta ladrones.”

A mí me ha parecido una muy buena novela y seguramente compre alguna más de la trilogía si es que las veo, o puede que incluso las busque por internet aunque me da un poco de miedo buscarlas en versión original, que el escoses es un idioma que suena como un idioma conocido, incluso humano, pero resulta ininteligible la mas de las veces.

Por supuesto una de mis partes favoritas es coyuntural y relativa a un bar (The Crib) ya que después de catorce años en los que el Wurlitzer no había cerrado ni un día me imagino esta sensación en alguno de los clientes habituales al llegar a la puerta uno de estos días: “The Crib estaba cerrado. Cosa tan rara, como que el sol se abstuviera de salir una mañana. Dos hombres estaban de pie frente a la puerta, contemplándola. Uno de ellos miro en derredor con expresión divertida y levanto la vista al cielo, como si quisiera cerciorarse de que no habitaba un universo paralelo. Echaron a andar justo cuando Laidlaw estaba llegando. Oyó que uno le decía al otro: ‘igual han tirado la bomba atómica sin que nos hayamos enterado’.”

Sí, no me cuesta nada imaginarme a alguno de nuestros parroquianos exactamente igual de extrañado que esa pareja en la puerta y la existencia de Piles me hace creer que tanto en los universos paralelos como en que habría gente que no se enteraría si tiraran una bomba atómica (a los lugareños de Piles la caída de las torres gemelas, el 11-S, no les parecía algo por lo que mereciera encender la televisión y por supuesto ni pensaban subir el volumen en el bar para ver qué había pasado) a menos que la tiraran en La Siesta, en Las Palmeras o el GloriaMar. Tengo mis dudas sobre si se enterarían si las tiraran en la torre de Piles pero desde luego si cayera en el Castillo de Cullera no se enterarían hasta un par de días después y les parecería irrelevante.

Así que ya sabéis “Divertíos asaltando el Castillo” (el de Cullera u cualquier otro) mientras vuelve a la vida The Crib, el Wurlitzer y, así, en general, volvemos todos un poco a la vida que ya casi estamos para que nos resuciten y no conviene esperar que no es lo mismo estar "prácticamente muerto que muerto en su totalidad".

 

Lecturas

No digas nada – Patrick Radden Keefe

Hijos de Febrero – Alan Parks

Propiedad privada – Lionel Shriver

El Abstemio – Ian McGuire

El tabaco y el diablo y otros relatos cristianos – Akutagawa Ryunosuke

Los papeles de Tony Veitch – William McIlvanney

domingo, 14 de febrero de 2021

Comentario de textos Enero 2021

Diría que este mes de enero ha sido raro, pero todos pensaríamos en la obviedad de que últimamente – en lo que les dio (afortunadamente ya se ha retirado el termino) por llamar nueva normalidad – todos los meses son raros, o más bien, todo es raro, no solo los meses. Es raro eso de volver a comportarse como si fueras un adolescente volviendo a casa a las diez de la noche, borracho antes de cenar o, más habitualmente borracho antes de la hora de la cena ya que a veces ni te apetece cenar. La verdad es que no te apetece hacer nada y si vuelves borracho no es por la alegría de beber si no por la desesperación de no saber qué hacer y puesto que ya se ha la convención social del horario de beber que te impedía traspasar la frontera entre ser un borracho conocido y un alcohólico anónimo, pues todo es como más decadente, en el sentido de deprimente no en el otro (que la decadencia pues puede tener un toque de distinción como si fueras miembro del imperio británico).

Pero la verdad es que con lo que ha sido un mes raro no me refería a eso, sí no simplemente a que cometí un error de planificación (algo que tampoco es tan raro en sí mismo) y con las calles de Madrid llenas de gente durante las fiestas, con la policía diciéndote a donde puedes y a donde, o por donde, no puedes ir y me quedé sin libros que leer antes de navidad y con poca o ningunas ganas de acercarme hasta la Librería Méndez a reponer ya que mi cerebro se atora con el uso de la mascarilla incluso con todo lo que la evito fumando prácticamente cada vez que piso la calle. Normalmente no sería una cosa preocupante, de hecho, la proximidad a la navidad era una causa adicional para no visitar mi librería de referencia ya que en la antigua normalidad algún libro caería para navidad y de hecho seria casi de mala educación ir a comparar libros unos días antes de navidad (hay dos cosas que no pueden hacerse antes de navidad: la primera comprarte cosas que quieres y que son susceptibles de ser regaladas por tus conocidos , por aquello de quitarles opciones y la segunda es decir delante de algún conocido que algo te gusta si no estás cien por cien convencido de que sería un buen regalo de navidad ya que es casi seguro que terminara convirtiéndose en uno, aunque, o sobre todo si lo has dicho de broma) pero con esa nueva normalidad vete tú a saber que pasaría, e igual este año no tocaba regalar (o regalarme a mi) ningún libro y me quedaba sin nada que leer hasta después de Reyes, que en casa como somos aficionados a las fiestas pues no dejamos pasar ni una y menos si implica regalos.

El caso es que en navidad no me regalaron ningún libro por lo que empezaba el año sin lecturas, bueno, lo empezaba como lo había terminado releyendo los cuentos japoneses de The Oxford Book of Japanese Short Stories, que parece que había leído por última vez en noviembre de 2001 (como indicaba la tarjeta de embarque de un vuelo de Madrid a Oviedo que había utilizado como marca páginas). Si, ese año y parte del siguiente yo estaba viviendo en Oviedo y semana si y semana no venía a Madrid, una vez en avión, viajes que me pasaba enteros leyendo, y otra conduciendo, viajes que aprovechaba básicamente para meditar ya que conducir por una carretera conocida es algo bastante Zen, le guste o no a la DGT normalmente conduces con el cerebro prácticamente apagado y la suave repetición de las curvas y el sonido del coche es perfecto para la práctica de la meditación para los urbanistas a los que la M30 o la castellana nos parece que suenan bastante parecidas al mar (desde cierta distancia, la M30 o la castellana digo, que de cerca suenan muy diferente). Debido a mi falta de memoria estaba disfrutando de estos cuentos olvidados, y me continuaban sorprendiendo cosas como el martirio de cristianos (sesenta o setenta al día que torturaban arrojando a un volcán) que se cuenta en algún cuento: “The Valley of Hell high upon Unzen was an ideal place for torturing Christians” (que cachondos los japoneses, pues claro que el valle del infierno es un sitio ideal para torturar cristianos, ¿cómo no lo va ser con ese nombre?) hasta que llegue al de Kenzaburo Oe (o Oe Kenzaburo, que los japoneses lo icen en orden inverso) que todavía recordaba bastante bien y que había leído en su versión española (La presa, creo recordar que se llama traducido) y me pareció el momento de dejarlo y buscar otra lectura para llegar bien hasta el día de Reyes – que obviamente este día si me regalarían libros – o  bien hasta que Alvaro o Helena se hubieran leído los libros y comics que les habían regalado por Navidad.

Por casa de Alvaro y Helena llevaba tiempo rondando una biografía de Amy Rigby que les regalo Lindsay Hutton (que es la persona que me gustaría ser a mí de mayor; Lindsay digo, no Amy que no me veo como cantante si no como un tipo que disfruta de la vida y de los amigos): Girl to City: a memoir. Ya, imagino que a muchos el nombre de Amy Rigby no os dice nada, puede que algunos igual la imagináis relacionada con la de los Beatles, con la que no tiene nada que ver, pero la verdad es que, aunque tuvo un disco de razonable éxito (Diary of a mod housewife) es una cantante bastante desconocida, asi en general pese a tener canciones tan buenas como “Do you remember that” o este “Dancing with Joey Ramone”:


Respecto al libro pues es eso, la biografía de un músico (o música debería decir) poco conocido, una compositora con buenos temas y que también es madre y ama de casa a tiempo parcial (las tres cosas a tiempo parcial) sin grandes logros en el campo de la música y que ha vivido un poco a la sombra de sus parejas y familiares. Es un libro que se deja leer pero que no deja de ser más que la historia de cualquier amigo o conocido que puedas tener, no hay cotilleos especialmente interesantes y tampoco es una vida de locura o pasión (o de pasiones muy normales: su música, su hija y sus parejas). Vamos que es más o menos prescindible a menos que por casualidades de la vida, e intercesión de Lindsay, pues hayas tomado un café o dos con ella.

Aunque no fue mi siguiente lectura – entre medias me los comics que le regale a Alvaro por navidad, a medida, eso sí, que se los iba acabando que uno es tramposo y hace regalos que le pueden gustar a uno para que luego se los pasen, pero no maleducado para leerlos antes- comento ahora Historias de terror, la biografía de Liz Phair que Helena quería leer y que yo aproveche para regalarle por navidad (si, así también me lo podía leer yo y encima me ahorraba pensar un regalo; negocio redondo). Es posible, aunque más difícil en este caso, que no os diga nada el nombre de Liz Phair pero en este caso, a diferencia del de Amy Rigby, el problema es vuestro ya que ha sido una de las cantantas (mezcla entre cantante normal y cantautora) más relevantes de los noventa, un icono del feminismo, del empoderamiento e incluso me atrevo a afirmar del DIY (Do it yourself por si no estáis familiarizados con el termino). Famosa, verdaderamente famosa y encima de todo por todo tipo de buen rollismos.

Y el caso es que todo esto, toda esta imagen es completamente falsa, Liz Phair no es nada de esto. No, tan solo es una niña pija – adoptada eso sí, pero por un par de médicos de mucho dinero – cuya gran aspiración en la vida es la de estar emparejada (“si nos enfrentamos al Armagedón, tengo que estar emparejada”) cuyo mayor logro, para ella es la maternidad (“Me siento completa. Me siento realizada.” Dice, entre otras cosas, al referirse al nacimiento de su hijo,o hija, que no recuerdo), que no es capaz de estar en el mismo hotel que sus músicos (no, ella se queda en el Flatiron hotel mientras sus músicos duermen en una pensión de Brooklyn) o de viajar con ellos en la caravana (no, ella se mueve de ciudad en ciudad en avión mientras sus músicos viajan en autocar y si la nieve los bloquea, es su problema no el de Liz Phair).

La verdad es que leyendo la biografía te das cuenta de que todo lo que pensaba que era ironía (como ese “I want a boyfriend” de su Fuck & Run) no es ironía, que realmente es lo que quería y te planteas como se puede crear un malentendido tan grande. Con todo, incluso con una idea que podría funcionar, el libro es decepcionante y el personaje, o en este caso la persona, se vuelve realmente incomprensible y odiosa pese a que su primer disco tenga temas excelentes si uno les pone la ironía que necesitan:

 



Los reyes magos me trajeron dos libros de los que nunca había oído hablar y de los que, viendo las portadas, y contraportadas, no tenía muy claro que yo me hubiera comprado nunca si los hubiera visto.

Del primero de ellos Pánico al amanecer puedo entender el motivo para seleccionarlo como regalo ya que se supone que es un clásico de la literatura australiana, al menos según la contraportada y bueno, dada mi reciente visita a ese hemisferio pues ese puede ser motivo suficiente. Básicamente trata de alguien, un profesor de, digamos, secundaria, que se ve atrapado en pueblo perdido mientras intenta llegar a Sídney por una serie de malas decisiones y problemas de entendimiento con los aborígenes. Es verdad que así contada la historia no es nada original y que recuerda a muchas otras (mi favorita es este sentido, es Giro al infierno de John Ridley, de la que además hay película y que es mucho más negra). Es verdad que el libro se deja leer bastante bien, que realmente los lugareños (y aborígenes) de esa población del interior de Australia son a la vez raros y creíbles y que la novela es de 1961 lo que obviamente requiere valorar el que haya otras parecidas de forma diferente. Vamos, que asi, en general, pues bien, ni tan mal.


De La inquietud de la noche, he de reconocer que, así a primera vista, no veo nada que la haga ni medianamente interesante y la lectura de la contraportada me provoca casi una reacción alérgica, pero supongo que el hecho de que haya ganado el Booker international es el motivo por el que los reyes magos se han decidido a comprármela (si no es eso, espero que no sea porque la autora trabaja – además de escribir novelas y poesía – en una granja lechera aunque en la foto vaya vestida como si fuera el personaje malvado de una película de adolescentes en un internado). En cualquier caso, me la he leído entera, pero me ha costado y me ha parecido sencillamente insufrible. No es lo peor que he leído, pero estoy casi seguro de que entra en un bottom ten, sin ningún problema, aunque igual eso es solo por mi mala memoria y he leído cosas mucho peores. No lo sé, lo dudo.


Entre medias pues he aprovechado para leer los tebeos (Comics, perdón, o novelas gráficas) que le regale a Alvaro. La primera, fue Cruel Summer que es la típica novela negra, bien desarrollada y es de Brubaker (que no, que no sé si es el guionista o el dibujante y no, no lo he mirado, pero que, para mí, desconocedor del mundo del comic, es un valor seguro en todas sus series o libros sueltos).



Otro clásico del comic es Joe Hill (de fama por la serie de Locke & Key, de la que han hecho serie de televisión) y del que este Basketful of heads, tiene su punto, aunque es un poquito floja. Entretenida pero no esta a la altura.

Por ultimo The Dollhouse family pese a la falta de una estética gótica real yo si la clasificaría en este género (aunque que sabré to de la taxonomía del comic) pero que si que es por lo menos de terror (o puede que no, que sabré yo) y que la verdad es entretenida (aunque aquí la opinión que importa es la de Alvaro que al fin y al cabo los comics eran un regalo para él, para mí ya son de segunda, o tercera, mano).

En fin, que como no voy mal en mi propósito de año nuevo – solo es día catorce – pues no me enrollo con otras historias y ya, si eso, pues antes de que acabe el mes a ver si escribo de algo que no sea libros ni este desastre de anormalidad en la que vivimos.

Lo dicho, divertíos asaltando el castillo.


Lecturas

The Oxford Book of Japanese Short Stories – Varios Autores

Girl to city: a memoir – Amy Rigby

Historias de terror – Liz Phair

Panico al Amanecer – Kenneth Cook

La inquietud de la noche – Marieke Lucas Rijneveld

Cruel Summer – Ed Brubaker, Sean Phillips

Basketful of heads – Joe Hill, Leomacs, Dave Stewart

The Dollhouse family – M.R. Carey, Peter Gross, Vince Locke, Chris Peter

domingo, 17 de enero de 2021

Comentario de textos- diciembre 2020

Pues aquí estoy a día 17 de diciembre, a mitad de camino entre lo que sería normal y lo que viene siendo habitual, pero intentando cumplir con mi resolución de año nuevo. Para lo que os halláis perdido en esta frase, aclaro: lo normal sería que escribiera mi comentario de textos en la primera semana del mes (a mes vencido, pero al principio); lo que viene siendo habitual es que escriba al final del mes, o incluso en el principio del siguiente; y mi resolución de año nuevo es la de intentar escribir, por lo menos, dos veces al mes, una sobre las lecturas y otras sobre el motivo original de este blog; “usease” yo mismo, mis recuerdos, aventuras o paranoias varias.

De momento no puede decirse que vaya ni bien ni mal en mi resolución de año nuevo ya que todo dependerá de las próximas semanas, o incluso del próximo mes (o realmente meses ya que es una resolución a largo plazo). Ya veremos cómo se desarrollan las cosas.

De momento poco os puedo contar especialmente interesante, salvo que hasta ayer no limpiaron la nieve de mi calle (bueno, de la calzada de mi calle; que en la acera la habían “amontonado” los porteros, conserjes y propietarios de negocios para abrir camino a los vecinos y/o compradores, que a mí no me queda claro si vivimos en un mundo solidario o simplemente capitalista) que llego a tener este aspecto:


No es que a mí me haya afectado especialmente este tema de la nieve, el único cambio de verdad ha sido en mi calzado ya que he aprovechado para utilizar las botas de seguridad obreril que tenía casi sin estrenar desde que me las regalaron como equipamiento básico para realizar mi trabajo de ingeniero de oficina en Nueva Zelanda (para que necesitaba, con urgencia, ya que fue de lo primero que me dieron, un equipamiento de seguridad como este – que incluía hasta gafas de sol de protección – un ingeniero de oficina como yo es algo que sigue siendo un misterio).

Un cambio más sutil es que me he dado cuenta de cómo ha cambiado mi percepción de la nieve (no, no me refiero a que ahora sea la señorita Smila y tenga una extraña percepción de la nieve, libro que podría recomendaros si yo fuera de esos que recomiendan libros, no, no es eso).

Cuando era pequeño, hasta la pre adolescencia digamos, la nieve era algo que formaba parte normal de mi vida, algo que pasaba todos los años y que yo esperaba con interés para poder subir a esquiar los fines de semana. Es verdad que de vez en cuando se veía en la ciudad, tengo recuerdos de ver todo Madrid nevado, especialmente el parquecito que había delante de nuestra casa de Viriato, e incluso recuerdos de guerras de bolas de nieve en ambos patios del colegio de la calle Guadiana. Puede que incluso nevara en cantidades similares o superiores (al parecer hay que recordar el 77 no solo como el nacimiento oficial del punk sino como una gran nevada en Madrid), pero no tengo la sensación de que interrumpiera la vida normal como lo ha hecho esta.

Para mí el único cambio era que la actividad principal del sábado cambiaba de ir a jugar al futbol a Villalba a subir a esquiar a Navacerrada, pasar el día esquiando con una sola pausa breve para comernos un bocadillo que llevábamos preparado de casa en papel albal y coger el autobús hasta Villalba para cambiarnos quitarnos toda la ropa empapada (aún no se habían inventado las fibras impermeables como el Goretex y uno volvía lleno de nieve desde la cabeza a los pies) comprar chocolatinas Milka de chocolate blanco para reponer energía y sobre todo comer naranjas. 

Ya, parece una actividad rara, esa de comer naranjas, pero el caso es que en aquellos años todavía existía El Puig, la finca familiar en valencia, y yo diría que todas las semanas recibíamos un par de cajones gigantes de excelentes naranjas de mesa (no como las de ahora he de añadir para demostrar mi edad, mi nostalgia de la infancia y también por ser fiel a la realidad) así que en casa siempre sobraban naranjas por lo que nuestra madre (supongo, o más posiblemente nosotros mismos) siempre nos preparábamos una bolsa con diez o doce naranjas lo que nos permitía poder compartirlas con los amigos sin tener que preocuparnos porque nuestra generosidad nos dejara sin naranjas suficientes para saciar el apetito y la sed de después de esquiar. Para mi esquiar siempre ha sido un preludio a comer naranjas como un poseso, eso sí, sin llegar a ser como mi abuelo Elías al que recuerdo a la hora del postre escogiendo naranjas de una fuente gigante, poniendo, tras grandes debates internos, nunca menos de cinco seleccionadas para ir comiéndoselas por orden de una forma tan metódica que cualquier psicópata televisivo o cinematográfico envidiara.

Cuando deje de esquiar, al cambiar los deportes por otras actividades más formadoras del espíritu personal y seguramente menos del espíritu nacional (también en parte por el miedo provocado por una serie de accidentes, o incidentes más bien ya que tener accidentes esquiando es difícilmente clasificable de accidente siendo mas o menos consustancial al hecho, asociados a la nieve de los que, ya, si eso, hablamos otro día), solo tengo recuerdos sueltos de la nieve en Madrid, como aquel año en el que me tuvieron que escayolar un pie (bueno, solo el dedo meñique, que puede parecer inútil pero que es verdaderamente importante para el equilibrio) y un par de días después se puso a nevar a modo u manera dejando toda la ciudad universitaria (seguramente también el resto de la ciudad) cubierta de nieve durante varios días, días que yo tenía que seguir acudiendo a clase con mi pie escayolado (además de una brecha en la ceja, de la que, ya, si eso, hablamos otro día junto con aquel accidente y las reacciones de mis familiares al mismo) cogiendo el G en Moncloa y cruzando el aparcamiento de Caminos – una estepa siberiana y asfaltada de dimensiones suficientes por la que, vacío, podrías dejar que condujera por la misma hasta el mismísimo Ray Charles, o incluso el propio Maradona en plena campaña de “simplemente di no”, sin colisionar con nada a toda velocidad – esquivando coches, motos y compañeros de estudios con mayor o menor acierto.

Alejado de la nieve de temporada – de la temporada de esquí – mi siguiente recuerdo de la nieve ya es de un viaje, en Maine (Waterville, creo recordar que se llamaba el pueblo en el que estaba destinado Rafa) donde Barcina y yo visitamos a Rafa, aprovechando para descubrir el color local y las actividades de fin de semana de los aborígenes de esas tierras una vez motorizados, consistentes, entre otras más increíbles, en hacer derrapar sus coches en los aparcamientos de la zona entre cerveza y cerveza; confirmamos, a instancias de Rafa, que Stephen King es un tipo sin imaginación, que básicamente es un escritor realista en un sentido Galdosiano;  aprovechamos para demostrar la incompetencia de dos Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos (uno de ellos número uno de la promoción) para estimar la escala de un mapa decidiendo ir a visitar Canadá, Quebec,  como si estuviera un poco más lejos de Waterville que Toledo de Madrid y pudiéramos hacer un viaje que incluía muchas cosas más en poco más de un día; e incluso caminamos por la nieve que cubría no las aceras de aquella ciudad universitaria, que no había, sino las calzadas, sin que nadie hiciera nada al respecto ni se inmutara para ir, con una resaca de sobresaliente, a contarles cosas de España y de nuestras impresiones de los Estados Unidos a los alumnos de Rafa, cuya resaca era tan grande que con tal de no dar clase le pareció una idea excelente este plan que se inventó, y del que nos convenció, o al que nos obligó sería mejor decir, a altas horas de la madrugada. (la verdad es que luego pasamos una tarde muy agradable leyendo, con cervezas y whiskies, las redacciones de los alumnos realizaron sobre nuestra visita y sobre nosotros mismos, sorprendidos – gratamente – de que algunos, más de uno, nos considerara Hell’s Angels entre otras cosas que, ya, si eso, comentaremos otro día). El caso es que pese a ser nieve en una ciudad universitaria no soy capaz de pensar en ella como nieve en un entorno urbano como, digamos, Madrid.

Como digo, nada que ver entre esa nevada y esta.

Unos años más tarde volví a convivir con la nieve en el entorno urbano de Sunny Braila, en Rumania, donde pasé prácticamente casi un año (bueno, yendo y viniendo cada quince o veinte días), donde cuando nevaba la nieve sencillamente se convertía en parte de la ciudad y nadie parecía preocuparse de quitarla, ni de las aceras, ni de las calzadas ni de las carreteras (lo que convertía el viaje en coche desde Bucarest a Braila en una actividad a la que era mejor enfrentarse con los ojos cerrados y fe ciega en Catalin, nuestro conductor, y en sus cambios a lo que debía ser el carril central de la autovía, que allí es de uso común para los dos sentidos de circulación pero podía ser la mitad de la estepa). Allí la gente convivía con la nieve, caminando por encima de ella prácticamente sin percatarse de su existencia igual que convivían con el frio (menos veinte grados no era raro) sin renunciar las mujeres a las transparencias, que debían considerar la cumbre del capitalismo, a las minifaldas, las medias de rejilla y en general a ir vestidas como si fueran a un coctel de lujo.

Pese a que recuerdo Braila, también Bucarest, cubierta de nieve (cuando era la época, el resto del año en Braila, a orillas de la desembocadura del Danubio, hacía un calor pegajoso y estaba llena de mosquitos como si fuera la Albufera en verano, lo que era claramente peor) no tengo recuerdo de haber visto nunca una máquina quitanieves ni a operarios, propietarios o vecinos, quitando la nieve para abrir caminos a casas, tiendas, bares o centros oficiales. Alli no era necesario forma brigadas voluntarias u obligadas para limpiar. No, allí simplemente andabas por encima de ella como andabas cuando no la había, tal vez con un poco más de cuidado o un poco más despacio pero no pasaba nada, ibas al bar, las tiendas estaban abastecidas y todo era normal. 

Bueno, si recuerdo un viaje de Bucarest a Braila que tuvimos que hacer en tren porque a Catalin le prohibieron (los ingleses que nos contrataban) ir a Bucarest a buscarnos por estar las carreteras intransitables según las autoridades y recuerdo que cuando nos recogió en la estación no paraba de despotricar, diciendo que el podría habernos ido a buscar perfectamente y que no había que fiarse de las autoridades y que los ingleses eran unas nenazas que no había ningún problema, que solo había un poco de nieve. Yo no es por darle la razón a nuestros jefes ingleses, ni a la autoridad, pero la verdad es que, en todo el viaje en tren, desde la ventanilla, solo se veía blanco, ni el verde de un árbol, ni el gris de ninguna construcción, ni absolutamente nada de color, el paisaje era un perfecto cuadro banco de Rothko pero igual eso era lo normal y Catalin tenía razón, al fin y al cabo el es de alli y ni los ingleses ni nosotros, los españolitos, lo somos.

También recuerdo haber visto nevar en Toledo con Juanito Cervezas (Johnny Beers) un día que le llevamos de excursión para que alucinara con el museo de la inquisición y en general con todo Toledo; en mi terraza de La Latina con todos los tejados blancos hasta la cúpula de San Francisco el Grande; en la carretera de Valencia a la atura de Requena un año que mi padre se empeñó en teníamos que llevarle de vuelta a Piles pese a los avisos de tráfico; en Ezcaray en el camino hacia la casa que hizo famosa El Sur (una película de Víctor Erice) y que era de la familia de la primera mujer de un amigo del colegio; e incluso, el año pasado, más menos por estas fechas, vi nevar en NYC y, lo creáis o no, todavía me acuerdo y era algo completamente distinto a como nieva en Madrid, allí nevaba con suavidad como si la propia ciudad lo agradeciera y en menos de una hora la nieve empezaba a cubrir los parques, coches y calles y aunque justo tuvimos que marcharnos al aeropuerto no parecía que aquello fuera a crear ningún problema, sino más bien que iba a dejar imágenes limpias y bonitas sin ese rastro de mierda que tenemos ahora en Madrid con unas pilas de hielo sucias a mas no poder. Ya lo sé, no han sido nevadas comparables y NYC es NYC.

Como digo, nada que ver entre esas nevadas y esta última, o más bien entre sus efectos y los de esta.

En cualquier caso, después del caos que se ha montado en Madrid (y más zonas) sencillamente ha cambiado mi percepción de la nieve: desde la diversión infantil preadolescente de esperarla todos los años para poder comer naranjas, pasando por la indiferencia y la normalidad ante cualquier cantidad de nieve en Maine o en Rumania, hasta llegar hasta llegar a este vamos a morir todos, no quedan alimentos que hemos tenido estos días y que aún tenemos. No sé, me resulta un poco increíble todo esto y la verdad es que no acabo de entenderlo, pero… hay tantas cosas que ya no entiendo, que, ya, si eso, pues las comentamos otro día. Ahora al tema que se me ha ido la pinza con las batallitas de la nieve.

El silencio, es la última novela de DeLillo, que como ya he comentado otras veces es para mí una obligación leer. No porque me apasione, que en general creo que me pierdo en sus novelas, sino porque es DeLillo. Si, solamente por eso, es algo que todavía no he superado y que esta novela no me va ayudar a superar. A ver, lo primero es que es demasiado corta para que yo le dé la categoría de novela, dejémoslo en un cuento largo y como tal pues se deja leer, no acaba de profundizar en nada, pero entretiene el rato que dura y supongo – casi seguro que yo me la he perdido – tiene una reflexión sobre el mundo actual y, en concreto, sobre el uso de la tecnología. No lo sé, tal vez, no digo que no, pero para mí la mejor frase es cuando uno de los personajes dice “Solo nos falta que llueva – dijo Jim – y sabremos que somos personajes de una película”. Porque es verdad si en una película pasa una situación especialmente rara es casi seguro que se pone a llover, ya que las situaciones raras son más raras si llueve; así que si no llueve cuando pasa algo raro es que no somos personajes de una película. A mí me pasa algo parecido cuando la gente dice eso de que igual somos una simulación dentro de un ordenador y yo sencillamente sé que es verdad porque carezco de una imagen residual propia, así que yo, al menos y de momento, no soy una ficción en un superordenador controlado por el grupo de los nueve ángulos (o la orden de los mismos, que como todo el mundo sabe suman 1260, cuyos dígitos sumados dan 9 y que todos sabemos son el número de los anillos de poder y la trinidad de trinidades; aquí lo dejo pero a buen entendedor pocas palabras bastan). Cuando me decida por una imagen residual de mí mismo – mi aspecto de jubiladillo con una chaqueta de punto, algo nada especialmente molón puesto a elegir imagen residual lo que me lleva a pensar que es mi imagen real – pues igual me convencen, pero de momento, mientras no decida más detalles necesarios para esa imagen residual pues difícil está el convencerme.

Así como con DeLillo no tuve ninguna duda a la hora de cogerla la verdad es que con Leones Muertos tuve muchas dudas ya que era la segunda novela de una serie y no me había leído la primera (puede que la tuvieran y podía haberla cogido pero a) yo no soy de preguntar y b) a veces leer la segunda entrega de una serie es muy ilustrativo de cara a poder seguir una serie ya que te permite entender si pueden leerse separadas y cuanto esfuerzo tiene que hacer el escritor para no tener que volver a repetir lo de la novela anterior para que sigas la historia y la relación entre los personajes). Además, yo en las novelas de espías tengo tendencia a perderme, bueno, en las tramas muy complicadas tengo esa tendencia, aunque no sean de espías. Si al final me decidí es porque se trataba de espías caídos en desgracia lo que le daba un punto interesante, más interesante que el de los espías a los que todo les sale bien, hagan lo que hagan y siempre les ha salido bien; además parece improbable que les metan en tramas muy complejas ya que por definición no son los más hábiles (aunque siempre esperas la redención de los personajes). La verdad es que me ha entretenido mucho y aunque la trama se complica un poco más de lo que me hubiera gustado, o esa redención es un poco forzada, el caso es que si la veo puede que me lea la primera y ya puestos alguna más.

Una obligatoria, por autor, otra que casi no… igual ya veis una pauta en mis compras así que no os extrañara que cogiera Yo fumo para olvidar que tú bebes solo por el título, resultaba inevitable pese al hecho de estar escrita por alguien de la edad (aproximada, que ya vendrá uno a decirme que el otro es un año mayor) y que pasara, al menos en parte, en el Madrid de los finales de los ochenta una época que aglutina tanto mis mejores recuerdos como los peores, y estos últimos a veces, casi siempre, pese a ser menos, son más densos y pesan más. Lo mismo le pasa a la novela que pese a tener aciertos también tiene decepciones y creo que estas últimas hacen que solo sea una novela de esas que bueno, uno se lee sin especial entusiasmo, pero sin acritud ni problemas.  Con todo me gusta mucho la frase con la que rebate esa idea tan extendida de que una pareja se supone que tiene que tener los mismos gustos, o que deben de ser parecidos: “Si, tenemos gustos completamente distintos. A mí me gustas tú, y a ti te gusto yo, y ya ves en que nos parecemos”.

En cualquier caso, de esta novela y por aquello de no ser yo aficionado al futbol, me quedo con dos citas de George Best (algunos dicen que el mejor jugador de todos los tiempos o por lo menos el mejor futbolista del norte de Irlanda, perdón de Irlanda del Norte que no es lo mismo) que hay en las notas finales: “Gaste la mayor parte de mi fortuna en coches, mujeres y alcohol. El resto lo malgaste.” Y “En 1969 deje las mujeres y la bebida. Fueron los peores veinte minutos de mi vida.” No se cómo futbolista, puede que no sea Maradona, pero, así en lo de las citas, pues no es Oscar, pero está bastante bien aunque no como para compensar el resto del libro.

Recuerdos del futuro tampoco es un mal título, digamos para una novela de ciencia ficción, pero para una novela que pasa en su mayoría en el NYC de finales de los setenta con constantes referencias a tiempos anteriores, se trata claramente de un título desaprovechado. En cierta medida tan desaprovechado como puede serlo el resto de la novela que es extremadamente pesada, para mi gusto, y creo que también para el editor, ya que, si no, pues no se entiende la necesidad de colocar dibujitos a lo largo del libro, dibujitos que aportan entre poco y nada o incluso por debajo de nada. Pero como de toda lectura se saca algo yo me he enterado de que al parecer siempre ha existido una polémica por la autoría del famoso urinario de Duchamp, no solo por el hecho de que estuviera firmado por R. Mutt (lo que ya en sí mismo pareciera prueba de que no era de M. Duchamp) sino sobre si Mutt era o no en primer lugar una mujer y en segundo una baronesa. Ni idea de si tiene razón en su reivindicación feminista, pero, a mí, me ha sorprendido enterarme de esto que seguro que en su momento ya supe. Por lo demás poco que aportar en la historia o el estilo de la novela.

Mi última compra fue Vidas Breves, que compre más por la editorial que por el título o cualquier otra cosa como el autor, referencias o interés. La verdad es que es una novela que me ha sorprendido, pero entiendo que solo me sorprenda a mí y no al resto de lectores e incluso me la sorpresa ha estado condicionada por otras facetas de mi actividad. El caso es que uno de los personajes principales es una mujer tan egocéntrica y tan manipuladora que me cuesta no ver reflejada en ella a mi abuela (a la que he conocido y de la que Rafa habla en su, de momento, último libro; a nuestra otra abuela de verdad, genética, no la conocimos, y con nuestra abuelastra, la abuela Maria, la verdad es que tampoco tuvimos mucho trato). E incluso, aunque más justificado por los aquello de la genética, veo en cierta medida reflejada la dependencia de mi madre hacia esa figura en la relación de la protagonista principal. No lo sé, cosas mías que seguro que no reflejan la realidad de los demás y que a otro lector no le dicen nada. Con todo, me encanta su visión, o su interés, por la vida amorosa de los demás que refleja en esa frase “por aquel entonces yo no era dada a especular sobre la vida sentimental de los demás. Me imaginaba que la de todos era como la mí: defectuosa.” Básicamente porque a mí la vida sentimental de los demás, pese a que se empeñen en contármela, sigue sin interesarme nada y creo que, salvo honrosas excepciones, casi todas las vidas sentimentales son defectuosas y que incluso a todos nos ha pasado, más de una vez eso de “había llegado a esa fase peligrosa en la que era consciente de todos los errores que había cometido y quería tener una confrontación descomunal para arrasarlo todo y empezar de nuevo”; y no solo en aspectos sentimentales. Creo que ahora estoy en una de ellas, pero espero controlarme antes de enzarzarme en esa confrontación que está por venir.

Pensaba, había calculado, que las ultimas lecturas que compre en mi librería de referencia, repito por si alguno se ha olvidado: Librería Méndez de la calle mayor, me durarían por lo menos hasta la mañana de navidad en la que mal se tenía que poner para que no me regalaran un libro que me permitiera llegar hasta fin de año sin necesidad de volver por el centro disfrazado de atracador urbano. Casi lo consigo, pero no del todo, así que tuve que rebuscar alguna lectura por casa y como faltaba poco pues cogí un libro de cuentos japoneses con el fin de releerlos y dejarlos cuando llegaran los refuerzos (de este ya hablaremos el mes que viene).


Los refuerzos llegaron de la forma de Wattebled, un libro que se sinceramente no merece este nombre ya que es una auténtica bazofia. Ni tiene interés la historia, ninguna de las dos historias: la del protagonista de las fotos y la del fotógrafo que intenta reconstruir la historia tras comprarlas en el rastro, ni el estilo de escritura, ni nada, ni las fotos que dan origen al libro. No dudo de que el anterior, que tengo entendido es más o menos lo mismo, pueda tener algún interés si la historia de las personas fotografías es más interesante o no sé, la búsqueda tiene algo más que un itinerario en coche por Francia. Entiendo que cuanto uno tiene éxito con un tema intente repetirlo – a los Ramones les funciono – pero uno debe de ser consciente de si lo que hace vale algo o no. Curiosamente entre las virtudes del autor tanto mi hermana como mi hermano destacaron que era un Ingeniero de Caminos, imagino que por intentar provocar mi corporativismo. Mal intento ya que como el propio autor reconoce él es un “ingeniero de caminos fracasado” y en mi experiencia eso es casi tan malo, sino peor, que ser un exfumador.

Con todo y en la esperanza de que en algún momento mejorara me arrastre por sus páginas hasta el final. Por mi lo habría dejado a medias, cerrándolo bruscamente como si esto fuera lo peor que se puede hacer con un libro. Afortunadamente como dice Fran Lebowitz (que parece no ser hermana de la fotógrafa Annie, aunque yo no estoy muy seguro de esto y creo que ambas forman parte de un complot judaico de dominación de los medios de comunicación orquestado seguramente por el club, u orden, de los nueve ángulos, el club de los siete investigadores o tal vez por los cinco de Enid Blyton. Todo acabara descubriéndose tarde o temprano) esto no es lo peor que puede hacerse con un libro, “lo peor que puede hacerse con un libro es olvidarse de que uno lo está leyendo, dejarlo para ir a comer y haberse olvidado de que lo estaba leyendo”. Claro que esto requiere estar leyendo varios libros a la vez, como yo leo de uno en uno (como si fuera un monógamo consecutivo) pues no puedo olvidarme de que estoy leyendo un libro en concreto. Creo que empezare a practicar este método para poder tratar a algunos libros como verdaderamente se merecen y olvidarme de que los estoy leyendo.

Increíblemente he escrito hasta aquí sin mencionar ni la pandemia ni, sobre todo, hablar de las nuevas y cada vez más estúpidas medidas que nuestros varios gobiernos nos dedican que incluyen conceptos contra natura como ese de reuniones de convivientes (no hay reuniones entre convivientes – salvo que tu padre te llame al despacho para revisar tus notas o afearte cualquier comportamiento – no, las reuniones entre convivientes se llaman convivencia así que no, no pueden prohibirse, ni limitarse, las reuniones entre convivientes sin limitar la convivencia, que imagino será lo siguiente), todo un logro. Así que para no estropearlo me retiro y os deseo que “os divirtáis asaltando el castillo” (Castillo, no Capitolio que eso es otro tema).

 

Lecturas

El Silencio – Don DeLillo

Leones Muertos - Mick Herron

Yo fumo para olvidar que tú bebes – Martín Casariego

Recuerdos del futuro – Siri Hustvedt

Vida Breves – Anita Brookner

Wattebled o el rastro de las cosas – Paco Gómez





domingo, 27 de diciembre de 2020

Comentario de textos - Noviembre 2020

Todavía no he conseguido ponerme al día con el comentario de las lecturas de noviembre, pese a que ya ha pasado la navidad y estamos camino de fin de año y por lo tanto de comentar los libros leídos en diciembre.

Si yo fuera tan histérico como parte del personal de mi gestoría, que me reclama los gastos del trimestre a mediados del último mes, supongo que en la esperanza que en los últimos quince días no gaste nada ni tampoco facture nada, pues iría muy mal pero como tampoco es que tenga unas fechas límite con las que cumplir para la escritura de mis comentarios de textos, pues ni tan mal.

 La verdad es que mi ideal, lo que tengo en la cabeza, es intentar escribirlas en la primera semana de cada mes – ya será en los primeros diez días o en la primera quincena, que nos conocemos todos – para luego en la segunda quincena escribir sobre algo que no sean lecturas. 

Este es mi propósito de año nuevo, para cuando empiece el año, digo. Podría haber elegido otro propósito cualquiera, como dejar de fumar pero ahora con esto de tener que llevar mascarilla por la calle todo el tiempo se me hace incluso más difícil dejar de fumar o de llevar el cigarrillo encendido ya que si según salgo de un lugar me enciendo un pitillo para no tener que ponerme la mascarilla (casi como si fuera un judío ortodoxo, de alguna ortodoxia muy específica, que en lugar de tener que tocar el quicio de las puertas al entrar o salir pues tengo que encenderme un pitillo o ponerme la mascarilla; costumbres tan absurdas como la de cualquier ortodoxia  injustificable lógicamente).

La verdad es que como consecuencia fumo mucho más y me recuerda a cuando empezaron a prohibir fumar en el interior de los locales en NYC se convirtió en un instinto encender un cigarrillo a la salida de cada tienda o bar, sin importar que la siguiente tienda o bar a visitar estuviera a cinco o diez metros de la que salía, o incluso puerta con puerta: si salía a la calle, encendía un pitillo, si estaba llegando a algún sitio encendía otro y estoy convencido de que no era el único que hacía, hace, esto. En fin, que por motivos diferentes el resultado era, es, el mismo y no especialmente bueno para mi salud. Para mi salud física en el sentido exclusivo en el que ahora se usa el termino salud, olvidándose de la premisa básica de que la salud es mucho más que no estar enfermo. Ahora la salud es incluso más restrictiva y ya ni siquiera se trata de no estar enfermo, sino de ni tan siquiera estar expuesto a una posible enfermedad. 

Pero no quiero entrar en otro debate sobre la estupidez de todas estas medidas, de todos los cambios de vida, que la sociedad ha decidido aceptar como necesarios y, lo que es peor, como obligatorios sin pararse a pensar ni un momento en la lógica o el impacto de los mismos. Son conversaciones que no tienen mucho sentido porque para algunas, demasiadas, personas las teorías sin confirmar se han convertido en artículos de fe y ya estamos en una carrera para ver quién es el más restrictivo, el más solidario, el más concienciado y el más… ni idea. En fin, si seguimos así pues tendremos que decir adiós a la civilización y a la sociedad tal y como la entendemos y dedicarnos a vivir en una burbuja virtual sin contactos reales, o igual con un poco de suerte se nos pasara la tontería y volveremos a vivir sabiendo que siempre hay riesgo en la vida.

Pero como digo, no quiero meterme en esta conversación y hoy lo único que quiero – saltándome los comentarios sobre las navidades, que nunca ha sido mi época favorita del año (no, ni idea de cuál es mi época favorita del año, ni siquiera de si tengo una; diría que no, que depende del año) – es hablar de cosas fáciles como mis lecturas de este mes (bueno del mes anterior, ya sabéis).

Mi librería de referencia de la capital ha vuelto a abrir (aunque sospecho que han cambiado los horarios, pese a que ellos lo niegan) y pese a que ahora mismo no están los dos hermanos (a ver, si, están los dos hermanos Méndez , los oficiales, hermano y hermana, pero no los que yo he inventado que son hermanos; y la imaginación es, siempre, mejor que la realidad) es donde me abastezco y donde, salvo que andéis por la sierra u os apetezca ir al campo para, digamos observar fenómenos meteorológicos o astronómicos específicos, u otra cosa que aporte el campo, es la librería que deberíais visitar para vuestras compras o para las compras de navidad y reyes; si tenéis pensado ir al campo o ya habéis llegado obviamente mi recomendación es que elijáis bien el campo y que acabéis en la Librería Fuenfria donde os podrán recomendar libros e incluso más importante un bar cercano en el que tomar una caña o un caldito (si sois más de ese estilo, que de todo hay entre los campestres).

La primera elección del mes, Materia Oscura, era obvia pese a que las posibilidades de que fuera una buena novela eran escasas ya que, obviamente, se trata de una novela rescatada del cajón de borradores (o novelas completas) rechazadas en su día por la editorial o por el propio autor y que, a su muerte, pues sus herederos o la propia editorial, decide que es el momento de sacar al mercado. Sospecho que todos los escritores, sus familiares o sus editores, tienen este cajón, justo debajo del cajón en el que guardan múltiples cuentos cortos sobre temas o con estilos diversos, para poder aportarlos a distintas recopilaciones en caso necesario, o más habitualmente para incluirlos de alguna forma en una novela que se les ha quedado corta. A veces lo que está en estos cajones son ideas buenas que necesitaban más trabajo y para las que el autor no encontró el momento de completar; otras, sospecho, son ideas que el autor decidió dejar de lado porque no había conseguido lo que estaba buscando. Desde mi punto de vista esta novela es del segundo tipo, una novela que en su día le apeteció escribir y que o bien el propio autor, o su editor, decidió que no estaba lo suficientemente bien para publicarla. Una vez muerto, pues las cosas cambian y la novela está lista para ser publicada y vendida a los lectores asiduos del autor que compraran cualquier cosa del mismo.

No estoy diciendo que sea una mala novela e incluso me atrevo a decir que si la hubiera leído como primer o segundo libro de Kerr (no sé, en los tiempos de Una investigación filosófica) pues la historia de un ayudante de Isaac Newton, unos falsificadores y unos asesinatos seguramente me hubiera gustado. Ahora, después de todo Gunther, la verdad es que yo la habría dejado en el cajón hasta haber reescrito algunas partes y en general haberla mejorado lo suficiente. Tiene alguna frase buena “¿Agua, señor? Lo que usted necesita no es agua con la mañanita que hace. El agua no puede ser buena para la salud, es demasiado pesada y si no anda con cuidado le saldrá un cálculo. A unos caballeros como ustedes puedo ofrecerles algo mejor ¿le apetece una buena cervecita de Lambeth?” que mejora si tenemos en cuenta que por “mañanita” se refiere a primera hora de la mañana, algo así como a las seis o siete de la mañana que, hombre, es pronto para una cervecita; y también tiene alguna idea inquietante para estos tiempos de la sobreinformación que me afecta particularmente como escritor de estos comentarios de textos “Un librero debe guardar el secreto profesional igual que un médico. ¿en que se convertiría el mundo si cualquiera supiera lo que leen los demás? Desde luego, caballero, los libros acabarían siendo como pociones de charlatán y todos los embaucadores de los periódicos se dedicarían a afirmar la superioridad de un volumen por encima de otro.”

De hecho este tipo de afirmaciones son la que conforman todas las citas de las fajas de las novelas actuales, de las contraportadas y también son la ida detrás de las listas de libros más leídos de todos los periódicos y revistas que en tanto proliferan en estas fechas y que uno sabe perfectamente que no quieren decir nada, como el caso de la que envolvía “Exhalación” dedicada a que era el libro favorito, o que estaba leyendo, o que le había encantado (que no me acuerdo) a Obama y que esto era lo que lo convertía en interesante. Yo diré que esto no influyo nada en mi selección y vosotros podéis ponerlo en duda todo lo que queráis que así son las cosas… básicamente lo cogí por ser un libro de cuentos de ciencia ficción, pero cuando solo llevaba unas cincuenta paginas (en el segundo cuento y el que da título al libro) leí: “ahora también tenía espacio para rotar su microscopio en un radio de trescientos sesenta grados” y mi decepción por el autor o por el traductor o por la ciencia en la ficción se vino abajo: ¿un radio, en serio?. En fin, seguí leyendo… nada especialmente interesante salvo algunas referencias al abuso de la tecnología que se transforman en frases vacías e insensatas, en plan juicio moral, como “cualquiera que haya malgastado horas navegando en la Red sabe que la tecnología refuerza los malos hábitos”. Sí, claro, el malgastar el tiempo es culpa de la tecnología, es mucho mejor malgastar horas practicando un deporte, tirando piedras a un rio, o mirando a las musarañas.

La única idea que salvo de todo el libro, y solo por mi falta actual de memoria, es “se me ocurre que una memoria perfecta no podría constituir una narrativa de la misma forma que el metraje de una cámara de seguridad sin editar no puede ser una película.” Si bien es evidente que vuelve a mezclar conceptos y funciones y que tampoco esta al tanto de algunas películas de cine actual de autor, que ciertamente parecen el metraje de una cámara de seguridad o incluso mas aburridas, digamos como mirar como se seca la pintura de una pared.

Solo se me ocurre que a partir de ahora he de recordar las frases de la fajas y contraportadas de los libros no en relación con los libros en sí mismos, sino con el personaje o persona que las dice y el libro del que las dice, ya que como todas las recomendaciones dicen más del que las recomienda que del objeto recomendado.

En cuanto a llegue a casa, realmente a casa de Álvaro y Helena, y mire lo que había comprado me choco bastante haber cogido La familia Aubrey ya que no parecía interesarme nada y solo puedo explicar el haberlo escogido por un intento de equilibrar el género de mi librería (cogiendo alguna autora femenina que no conociera y que se supone buena, o incluso muy buena) o bien por la acción de la mascarilla que no me deja pensar, que embota mi pensamiento. Lo empecé a leer y llegué casi hasta la página cuatrocientos (de unas quinientas cincuenta) antes de decidirme finalmente a dejarlo ya que no conseguía nada de la historia, pero estaba a la espera de que mejorara. Supongo que a todos nos ha pasado lo de estar leyendo algo, no estar interesándonos demasiado, pero, de repente, un giro hace lo cambia todo y casi nos ponemos a leer retrospectivamente y vemos que ha merecido la pena el seguir con la lectura. No es el caso, o no ha sido el caso para mí en las primeras cuatrocientas páginas, igual tenía que haber seguido un poco más, o igual tenía que haberlo dejado mucho antes. Vete tú a saber, si eso, pues ya me contáis que os parece y si al final mejora lo suficiente.

En condiciones normales habría cogido Una chica es una cosa a medio hacer porque me parece un título fenomenal, lo habría abierto, hojeado un poco y estoy casi seguro de que no me hubiera decidido por cogerlo o solo lo hubiera cogido como último remedio: un vistazo rápido al interior, la lectura rápida de una página al azar, deja claro que solo es legible, si acaso, en versión original y casi imposible de leer en una traducción ya que toda la escritura parece basarse en un ritmo sobre frases entrecortadas que sencillamente se pierde en la traducción. El único motivo que se me ocurre para que llegara hasta casa con este libro es la necesidad de llevar como complemento vital una mascarilla que embota mi cerebro y que, sobretodo, me hace desear abandonar los sitios públicos en los que es necesario llevarla lo antes posible y salir a fumar un cigarrillo, o por lo menos llevarlo encendido. La única razón para aguantar hasta la página ochenta creo que fue mi cabezonería, pero sinceramente puede que es versión original no esté tan mal, o puede que este incluso peor y que sea una especia de ejercicio de un taller de escritura, ejercicio que no ha salido bien. Es algo que, me temo, tampoco sabré nunca y que, de momento, solo me ha servido para resolver la duda que siempre he tenido sobre si comprar la palmera de chocolate de El Zaragozano antes de entrar en la Librería Méndez o después. Claramente la tengo que comprar antes para llegar a la librería con, al menos parte, de mi cerebro operativo sin estar embotado por la mascarilla en el paseo hasta la librería. En mi próxima visita actuare así y veré si mi selección de libros mejora que desde luego la de este mes ha sido bastante decepcionante.

En fin, pues eso, que si consigo mantener mi propósito de año nuevo dentro de poco volveré a escribir sobre las lecturas de este mes de diciembre del que ya queda muy poco; mientras tanto ya sabéis “divertíos asaltando el castillo”.

 

Lecturas

Materia Oscura – Philip Kerr

Exhalación – Ted Chiang

La familia Aubrey – Rebecca West

Una chica es una cosa a medio hacer – Eimear McBride