domingo, 27 de junio de 2021

Comentario de textos Mayo 2021

La verdad es que este mes  no se me ocurre ninguna chorrada, reflexión quiero decir, con la que abrir este comentario de textos – con el que ya llevo un retraso inaceptable, sobre todo teniendo en cuenta mi propósito de fin de año pasado.

Podría hablar de que ahora todos estamos – bueno, los que quieran, que tampoco es obligatorio – en la situación en la que yo llevo unos meses: fumando siempre que estoy en la calle para ir sin mascarilla que solo me pongo para atravesar umbrales, como si fuera un extraño rito de judío ultra ortodoxo (ese en el que han de tocar el quicio de la puerta al entrar y salir) pero la verdad es que no me apetece meterme en una reflexión sobre eso de llevar la mascarilla guardada en un bolsillo de cualquier forma para luego ponérsela. Parece tan desquiciado e insalubre este comportamiento (ponerse una mascarilla sucia así cada poco rato) que es como aquel consejo de toser en la articulación del codo que es donde cualquier viejecita que te tenga cariño se cogerá/colgara y, previsiblemente, se llenara de tus miasmas, se contagiara y… bueno… en fin, pero todo desde el cariño.

También podría hablar de prohibiciones o ilegalidades absurdas pero desde que sé que hay números primos que se consideran ilegales (si, resulta que el programa para descodificar DVD en binario es numero primo, así que ha sido declarado como un numero ilegal que no se puede duplicar) pues ya casi ninguna prohibición me sorprende, en este mundo en el que puedes usar la barra de los bares pero no como barra para compartir una cerveza, en el que esta permitido bailar en discotecas pero solo en las que tengan una pista de baile en el exterior (una norma claramente para las fiestas de los pueblos pero de poco interés para la mayor parte del sector; bueno, supongo pero igual la mayor parte del sector de las discotecas son las discotecas de pueblo – con pista al aire libre – no me sorprendería lo más mínimo que, a mí, todas las discotecas me parecen de pueblo y en cualquier caso mi interés por bailar es mínimo), solo por citar algunas ejemplos que podría estar así el día entero.

También podría hablar de ese anuncio que he visto en la tele y que tantísimo me indigna, aunque igual no lo habéis visto (parece que soy el único de mis conocidos que lo ha visto) y como dudo que pueda encontrarlo os lo cuento: la cámara sigue a una madre de familia que entra en el salón de casa donde su marido está jugando a un videojuego en la televisión (Por justicia social pienso que es el Fortnite ese al que juegan todos los críos).El padre está desesperado, hablando en voz alta, casi a gritos, porque le están caneando (perdiendo, dándole una paliza). La madre sigue andando por la casa y entra en la habitación de su hijo (supongo, aunque quien sabe ahora con tanta tipología de familia) que está también conectado a la red, pero, no, no esa jugando “mama, que estoy en clase” dice el crio. A lo que la madre le responde “anda y baja a ayudar a tu padre” como quien le pide algo obligatorio, ya sabéis la forma de pedir de las madres. Total, que el niño va a la habitación del padre (no sé porque estoy convencido de que baja unas escaleras) y se pone a jugar con su padre, y empiezan a ganar (esto se sabe por la cara del padre, porque el niño toma el mando y por los comentarios). Todo acaba bien y el mensaje es algo así como “qué maravilla es colaborar” pero… de verdad soy yo el único que se ha dado cuenta de que la madre ha sacado a su hijo de una clase solo para subir el ego de su padre, porque esas son las prioridades. Quiero pensar que no soy el único que se ha dado cuenta y que ya no se ve el anuncio por una impresionante reacción social de repulsa, que la compañía en cuestión ha pedido perdón por tan torpe anuncio, pero es algo que quiero, me temo que no tiene nada que ver con la realidad como me pasa con la mayoría de las cosas que quiero.

Pero, en fin, como además este mes parece que he leído como un auténtico animalillo a juzgar por la pila de libros para comentar que está en el lado derecho de mi mesa (en mi mesa auxiliar, como quien dice) pues me lanzo directamente a la tarea de comentar y ya ira surgiendo algo, o no.

Mi primera lectura era de historias cortas (no, yo tampoco se explicar la diferencia entre una historia corta y un cuento, pero esto son historias cortas) con el intrigante título de Villanos Victorianos cuyo título en inglés es mucho más prometedor (The Penguin Book of Gasligh Crimes) y sugerente ya que cuando uno piensa en “victoriano” se imagina una cosa (en la reina Victoria y en una Inglaterra más bien imperial) pero cuando piensa en los principios de la luz de gas, de la iluminación de las ciudades con gas, pues uno piensa ciertamente en el Londres de Jack el destripador, en prostitutas, chulos y todas esas cosas que convierten a este libro “en una reunión de granujas”, en la que la mayoría de los protagonistas ven las cosas algo diferentes al resto de la sociedad y “Para el, lo que estaba planeando apenas era un robo, sino más bien una prueba artística de habilidad en la que media su ingenio y su astucia frente a las fuerzas de las sociedad en general.” Es difícil evaluar un libro que se compone de historias tan variadas ya que las hay buenas, malas, mejores y peores, pero en general casi todas son entretenidas, en su variedad y se dejan leer muy bien.

Obviamente al leer sobre esa pareja que llega a Suiza y “teníamos habitaciones amplias y agradables, en el primer piso, con vistas al lago, y, ninguno de nosotros estaba poseído por el menor síntoma de esa incipiente manía que se manifiesta en un deseo insano de escalar montañas de fastidiosas escarpaduras y nieves innecesarias, me atrevería a afirmar que todos disfrutamos. Pasábamos la mayor parte del tiempo holgando en el lago, en esos graciosos vaporcitos y, de subir a una montaña, subíamos al monte Rigi o al Pilatus, en los que había una máquina que hacia todo el trabajo muscular por nosotros” no pude más que pensar en la distancia que me separa de algunos, desgraciadamente muchos, de mis contemporáneos, que, sin duda, se lanzarían a escalar cosas en lugar de disfrutar de esa holganza tan reconfortante y que tan bien encaja con mi carácter natural. Obviamente, por aquello de escalar cosas, pensé inmediatamente en mi buen amigo Jose Manuel y su transformación de trasnochador y juerguista en sano escalador (sano debería estar entre comillas ya que es algo de lo que tengo mis dudas, muchas, muchas dudas) ya que no se trata de una transformación de su carácter, que sigue siendo obsesivo y perfeccionista, sino tan solo de un cambio en el objetivo vital. Si su obsesión por el estudio le llevo a ser el número uno de la carrera, o si su afición a la cerveza le llevo a ser un gran bebedor pues es normal que un cambio al deporte le lleve a unos excesos en esa línea. Yo personalmente echo de menos tomar cervezas hasta altas horas de la noche (no sé si yo estaría ahora en capacidad de hacerlo) debatiendo de casi cualquier majadería o de nuestros contemporáneos, pero… cada loco con su tema.

Como digo, los protagonistas son variados e incluso está el que “bebía Champan con la tranquilidad de un hipertenso”, obviamente de un hipertenso de otros tiempos ya que ahora lo primero que te prohíben – bueno, después del tabaco – es el alcohol entre el que creo que los doctores (en la materia) incluyen, casi con toda seguridad el Champan, por lo que, si bien los hipertensos solemos tender a ser tranquilos, no nos gusta incumplir las indicaciones de nuestros médicos (o nos pone un poco nerviosos incumplirlas) por lo que me permito dudar o de la tranquilidad o de su hipertensión; o aquel otro que reflexiona como podría hacerlo mi padre “No hay nada tan insignificante que no merezca la pena aprender y aprenderlo bien”, frase con la que estoy bastante de acuerdo (aunque matizada ya que yo creo que hay muchas cosas que no merece la pena aprender, pero todo lo que merece la pena merece la pena aprenderlo bien).

Aunque pueda parecer lo contrario, de forma general, evito las conversaciones sobre libros y mucho menos las que van sobre libros que a alguien le han gustado, pero a mí no. Son conversaciones que no llevan a nada ya que es casi imposible convencer a otro de lo que te ha gustado de un libro o de lo que no te ha gustado, de hecho, es imposible convencerse uno mismo de que un libro le seguiría gustando si lo volviera a leer. En el hecho de que te guste un libro influye casi tanto el libro como tu momento vital que, al final, condiciona lo que te dice un libro o lo que te parece ingenioso del mismo. Por eso me sorprendió bastante encontrarme el otro día debatiendo sobre La anomalía, con Isabel – a la que sin ánimo de ser machista y clasificarla por algo ajeno a ella, podría referirme como la mujer de Paco ya que lo es y aclararía bastante quien es, al menos para los que conozcáis a Paco – a la que le había gustado mucho y la había hecho reflexionar sobre las posibilidades de ser “otros nosotros mismos”. Supongo que yo me perdí esta reflexión en el libro ya que esto de poder ser otros, que nuestras decisiones nos hacen ser una versión de nosotros mismos, ya se lo había leído a Rafa hace mucho tiempo cuando hablaba de que todos somos genocidas de nosotros mismos y que en cada decisión acabamos matando todos los otros yoes que podríamos ser y supongo que por eso no me ha parecido especialmente bueno (malo, muy malo, le dije a Isabel, ya que en las conversaciones para que surja la diversión, siempre hay que exagerar; incluso a veces hay que estar en contra solo por principios).

El caso es que creo que es en este libro – no estoy seguro, porque no he encontrado la marca – donde uno le dice a otro “hemos estudiado todas las posibilidades, si esto fuera jugar a cara o cruz hemos estudiado incluso que la moneda caiga de canto”, afirmación a la que el otro le responde: “pero no habéis estudiado que la moneda no caiga, y eso parece que es lo que ha sucedido”. Se trata de un ejemplo que últimamente se da mucho, especialmente en los campos de seguridad y salud, en los que algunas personas te obligan a vivir como si situaciones que no se pueden dar fueran, incluso probables y así es como de repente te ves paseando por el exterior de una depuradora obligado a llevar casco, como si fuera posible que algo te cayera del cielo o incluso que el cielo mismo se callera sobre tu cabeza como tenían aquellos galos famosos. Yo, simplemente “estoy cansado, tan cansado” que ya podeis empezar a llamarme Beniceturix (ni de coña, ni se os ocurra que por causas menores hemos tenido problemas mayores).

En cualquier caso, pese a que sí que creo que es un mal libro, la verdad es que tiene frases buenas, como “echar de menos a una mujer que te ha dejado será siempre menos doloroso que desear sin tregua a la que duerme a tu lado, en una penumbra indiferente y tibia, a años luz de distancia”, incluso aunque obvie la posibilidad de que seas tú quien la he dejado precisamente por esa indiferencia, salvo del deseo; o esa descripción de los mundillos artísticos, del literario concretamente como “un tren grotesco en el que unos listillos sin billete se cuelan descaradamente en primera, con la complicidad de unos revisores incompetentes, mientras en el andén se quedan los genios modestos (una especie en extinción a la que no se hace ilusiones de pertenecer)” que aplica y explica especialmente a la música en la que resulta sorprendente lo que triunfa frente a lo que no. Por supuesto, creo que ya casi es obligatoria en un libro actual, tiene su reflexión sobre el uso de internet con ese “el mensaje no está muy claro, pero la libertad de pensamiento en internet resulta mucho más efectiva desde el momento en que la gente ha dejado de pensar” que resulta plenamente aplicable incluso a los telediarios.

Aunque en la fiesta antes mencionada mantuve un par de conversaciones adicionales sobre libros (una sobre Verdú, Vicente, y su libro de futbol, que no se llamaba como yo pensaba, aunque estoy seguro de que un capitulo si se llama como decían: “el miedo del portero al penalti” o tal vez fuera “la soledad”, y otra sobre ese escritor sueco – noche y dia, de apellido y nobel de nacimiento – que ya he comentado últimamente) nadie me pregunto por ninguno de los tres libros siguientes que he leído que sinceramente me han parecido muy malos.

El primero de esta trilogía de desaciertos en la compra fue Me dejaste entrar, cuenta una de esas historias de duendecillos malignos que imagino podrá leerse como una metáfora del machismo y de la irrevocable atracción de algunas mujeres hacia según que comportamientos posesivos y de abuso. Igual no, igual solo es un cuento malo sobre una chica que se casa con un duende de los bosques, en cualquier caso, no merece que talaran árboles para imprimir esto (ni aun asumiendo que sean arboles de bosques sostenibles ni que el personaje malvado sea pariente de los árboles del bosque). Perfectamente prescindible y no se debería leer cerca de una chimenea ya que da demasiado ganas de arrojarla al fuego.

Agujero la compre solo porque era de una novela japonesa y por la portada se podía averiguar que era de una japonesita y, bueno, ya sabéis mi debilidad por cómo funcionan las mentes de a) los japoneses; b) las mujeres y c) los jóvenes… así que sentía curiosidad. Al igual que con la anterior sospecho que hay alguna metáfora oculta que se me ha pasado por alto, ya sabéis que yo no soy muy de metáforas ocultas…me gustan las metáforas, pero solo cuando están a la vista y parecen casi un juego de palabras. En fin, que otro fracaso de mis compras.

No me cuesta nada ser sincero, así que puedo decir que cogí La patria de los suicidas, sin especial interés y que solo me animo que estuviera editada en Siruela Policiaca que, es verdad, que me ha descubierto bastantes libros y autores interesante. Supongo que para algunas personas que una novela policiaca pase en Iznájar, Córdoba, puede ser un factor de bondad adicional pero la verdad es que si bien me resulta fácil identificarme con crímenes, o asesinos, de casi cualquier nacionalidad me resultan muy poco creíbles los crímenes, o los asesinos, de esta España mía, esta España nuestra. NO tengo ni idea de porque me pasa esto, puede que sea culpa de los escritores, puede que sea culpa de los protagonistas o de ambas cosas, o incluso que yo no esté preparado para “personajes de carne y hueso” si el hueso y la carne son de aquí, o igual es porque a los personajes –e incluso al escritor – le falta la sangre necesaria quedándose en eso, en despojos de carne y hueso. Como decía aquel la(s) historia(s) de España es como la morcilla y sin sangre… ni es morcilla ni nada.

El hombre perdido es la nueva de Jane Harper, escritora australiana que explota los recursos de vivir en un país en el que tu vecino más cercano puede encontrarse a mil quinientos kilómetros de distancia y en el que para hace un viaje en coche a la tienda es mejor equiparse con varios kits de supervivencia básicos e incluso tener una agenda en la que apuntas cuando sales de casa, adonde vas y cuando esperas volver para que sepan dónde buscarte si pasa algo y no regresas en el tiempo esperado. Es verdad que todos estos ingredientes, unidos a las rencillas propias de vecinos de comunidades muy pequeñas y muy aisladas, pues dan un caldo de cultivo para escribir novelas exóticas con temas cotidianos convirtiendo errores pequeños en lacras gigantescas. No es que sea una gran novela, pero después de las tres anteriores resulta una agradable variación ya que se entiende y los personajes tienen sangre y la autora aclara cosas que la gente tiende a confundir “según ella, se quedo paralizada. Yo creo que luego se avergonzó un poco de no haberse marchado, pero en realidad es una reacción muy habitual. Además, estaba sola y a oscuras con un tipo corpulento e insistente. – Steve miro a Nathan -. Podemos decidir si nos interesa prestarnos a algo, pero solo cuando nos dan la alternativa. Si no la das, estas manipulando a la otra persona y aprovechándote de ella. - Se encogió de hombros -. Es una violación.” Así de sencillo debería de ser entender algunas cosas, hay muchos tipos de violencia y todo lo que deja sin alternativas a otra persona es violencia. Así de simple.

Seis cuatro es la segunda vez que la leo, si me la había leído en ingles hace unos años y me había gustado bastante, no tanto como para volver a leérmela conscientemente, por voluntad propia, pero si como para leerla una vez que me había quedado sin alternativas y sin tiempo para acercarme a mi librería de referencia, Méndez en la calle mayor (que para acercarme a Fuenfría en Cercedilla es mejor ni hablar, que ya sabéis todos de mi alergia al campo) que fue donde me la compre pese a estar seguro en casi un 83,7% de que ya me la había leído. Obviamente me sonaba mucho pero como no está seguro del todo decidí cogerla en mi última visita precisamente con esa idea: tenerla de reserva por si me quedaba sin lectura en algún momento. No me extiendo con ella, en este segundo comentario, ya que para eso está el primero y yo nunca he sido de segundas aclaraciones.



Sobre Días de luz y esplendor también tenía mis dudas ya que estaba casi seguro de haber leído una de lo que al parecer es una trilogía, pero era incapaz de recordar si era esta u otra. Al final resulto que no la había leído, que he leído la primera y esta que es la tercera, saltándome la segunda por esos caprichos del destino con una habilidad olímpica. Es verdad que pese a que los personajes son los mismos en ambas novelas – me atrevo a adivinar que también en la segunda serán los mismos – pueden leerse (yo lo he hecho) como historias separadas sin ningún problema. La verdad es que la novela tiene un sentido del humor muy urbanita y muy cercano a mi, que también siento a veces eso de “en aquel momento no sabíamos que eran los ochenta – dijo Washington -. Nadie nos lo dijo hasta 1987, y para entonces ya casi habían pasado.”, que en cierta medida explica a veces mi distanciamiento, mi ausencia de nostalgia, por lo que ahora se reivindican como los ochenta, especialmente por aquellos que no los vivieron en su día pese a que pudieran haberlos vivido (por edad). Esas épocas que en las que entre las cosas más sorprendentes se encontraba que alguien pensara “Di no a la droga” era un gran eslogan (al parecer de Nancy Reagan) cuanto todo el mundo sabe que “las drogas no admitirían un no por respuesta”, esto es, era y seguirá siendo, así de sencillo.

Toda la novela se lee muy cómodamente y tiene sus frases buenas, siendo para mí la mejor: “las excentricidades de un amante se transforman en fallas de carácter en aquellas personas con quienes uno ya no se acuesta” que es aplicable no solamente a las amantes sino, incluso más, a aquellos amigos con los que uno ha dejado parte de su amistad.

Sobre la Jurado 272 tuve muchas dudas y la verdad es que la había dejado sin comprar, pero el Méndez mayor – el menor sigue de baja de ERTE, imagino al igual que imagino que son hermanos, sin razón alguna quiero decir – me la recomendó, que a ellos (a él y, entiendo su mujer, que es la que ahora le acompaña en la librería) les había gustado mucho. Así que decidí darle una oportunidad y la metí debajo del brazo antes de acercarme a pagar mis deudas de esa visita. La verdad es que está bien, entretenida, sin ser un thriller judicial tiene ese punto de seguir las decisiones del jurado en un caso mediático y cómo evoluciona todo posteriormente para ellos como consecuencia de su participación en el juicio. La novela pasa en Los Ángeles, ciudad que visite en su día y no me gustó nada (pero dejare esto para otra entrada que igual escribo pronto) creo que ni siquiera es una ciudad, sino que también pienso en ella como “un tributo ejemplar a la capacidad del ser humano para sobrevivir en un suelo infértil, o el edificio marchito de los planes más ambiciosos de una generación para plantar algo que no debería vivir.” y sobre sus habitantes – al igual que sobre los de Madrid – también coincido en eso de que “geográficamente eran sus vecinos. Oficialmente eran sus iguales. Entonces, ¿Cómo era posible que parecieran teletransportados de otro planeta?”.

La gran curiosidad, para mí al menos, es enterarme de que debido a las leyes en contra de los delitos sexuales (especialmente la pederastia no santificada), o más bien en el sentido de avergonzar sobre los delitos cometidos que en el castigo de ellos como los registros públicos de delincuentes sexuales, la prohibición de vivir a más de una distancia de un colegio, o la necesidad de ir a presentarse a su potenciales vecinos para contarles sus delitos;  tenga como resultado que “Cada vez había más hombres expulsados de la sociedad que necesitaban un sitio donde vivir en paz. Así nació un sórdido negocio inmobiliario que dio lugar a pueblos como Miracle. Si era la sociedad la que debía de protegerse de esos hombres o eran ellos quienes debían protegerse de la sociedad, dependía del modelo de negocio de cada uno.” Entiendo que es dificil, pero no creo que la solución pase por la creación de estos guetos en los que se intenta eliminar la posibilidad de reincidencia, pero sobretodo se elimina la posibilidad de rehabilitación e incluso de perdón. No lo sé, sinceramente; a veces para algunos delitos todo castigo me parece poco, pero otras veces me supera la posibilidad de creer en la posible recuperación. Más en sistemas de enjuiciamiento basados en un método asambleario, como es el de jurados, ya que todos sabemos (desde mucho antes de esta novela, e incluso desde antes de las otras; todos sabéis cuales) que el método asambleario no funciona, que la gente cede ante el más fuerte, o el más terco o el más dicharachero o el más lo que corresponda.

En fin, pues eso, lo de siempre: ¡Divertíos asaltando el castillo! Yo espero estar de vuelta en breve para cumplir mi promesa de inicio de año aunque no las tengo todas conmigo.

 

Lecturas

Villanos victorianos – Michael Sims (ed.)

La anomalía – Hervé Le Tellier

Me dejaste entrar – Camilla Bruce

Agujero – Hiroko Oyamada

La patria de los suicidas – Pascual Martinez

El hombre perdido – Jane Harper

Seis cuatro – Hideo Yokoyama

Días de luz y esplendor – Jay McInerney

La Jurado 272 – Graham Moore

domingo, 6 de junio de 2021

Comentario de textos ABril 2021

 

Nunca me he terminado de creer eso de que “la cara es el espejo del alma” y la verdad es que soy más de la teoría de que “uno es cómo se comporta cuando cree que nadie le ve” (algo que le preguntaban a un Brian Ferry imaginario en un programa de radio que tenían mi hermano y Orejudo en una emisora de radio pirata). Supongo que por eso siempre he sentido cierta fascinación por las fotos de espaldas, más que por los retratos. Creo que cuando uno sabe que le están fotografiando (o pintando, o filmando, o en general viendo) uno tiene tendencia a comportarse de una forma diferente a como es, pero cuando a alguien le hacen una foto o un retrato de espaldas, o de lado, o sin que lo sepa es mucho más uno mismo.

Para mí una de las mejores fotografías de Kennedy (JFK para algunos) y una de las grandes fotografías de la historia, es esa en la que está de espaldas apoyado en la mesa del despacho oval en plena crisis de los misiles de Cuba.

 



Sabiendo que posiblemente salió en la revista Life (no, no tengo ninguna prueba, y no, no me apetece buscarla) me gusta pensar que vi esa foto siendo pequeño en El Puig, donde había una colección completa de ejemplares de la revista Life de esos años. Es más, diría que tengo un recuerdo claro de haberla visto al igual que tengo el recuerdo clarísimo de haber visto muchas de las fotografías que marcaron los sesenta en aquellos veranos valencianos en los que poco más había que hacer que mirar las fotos de aquella colección de Life, y los dibujos de la colección de Blanco y Negro que también había allí, tirada en unos armarios, y que se ha perdido (cuando vendimos la finca, mis padres nos pidieron si queríamos quedarnos algo y yo no incluí esta colección, aunque en lo que si insistí es que guardaran una fresquera nevera de madera preciosa, cosa que por supuesto no hicieron, así que igual se habría perdido de todas formas). Por supuesto me niego a pensar que vi estas fotografías mucho después, en libros de fotografía, cuando pasé por mi etapa de fotógrafo aficionado durante la que aterrorizaba a todos mis conocidos y entretenía otras tardes de verano y de otras temporarias buscando tomas absurdas (artísticas creo que se denominan técnicamente). No, todas, o casi todas esas fotografías, las vi cuando era pequeño en aquellos Life, y estoy seguro de que fue el acceso a esos Life lo que me hizo interesante por la fotografía y que son esas fotografías las que siempre he intentado imitar (con poco o nulo acierto) y sigo intentando imitar cada vez que fotografío algo (ampliado con las fotografías que he visto posteriormente).

De hecho, probablemente mi fotografía favorita de todas las que he tomado nunca es una fotografía de Lourdes de espaldas, arropada en una manta que se agita al viento, frente a un mediterráneo que no se ve en la playa de Gandía durante una gota fría verdaderamente tremenda. Fotografía que no puedo mostraros ya que en un enfado – cabreo monumental, diría yo – Lourdes tiro los negativos de esas fotos y las únicas copias que había.

En cualquier caso, respondiendo a vuestra pregunta de a qué viene esto os diré que es porque Cabut (también conocido como mi tío Ricardo, aunque realmente creo que es mi primo y que para mí es un hermano más: mi hermano mayor; y también conocido por nombres más oficiales que nos revelare en estas páginas) me ha regalado un cuadro en el que yo estoy en Piles mirando el mediterráneo y. claramente, con todo el peso del mundo sobre mis espaldas (que es por eso y no por acumulación de grasa  por lo que tengo yo esa chepa). Este, al que ya le he encontrado sitio en mi casa aunque todavía este buscando sitio para las cosas que he quitado para ponerlo.

Si, seguro que estáis de acuerdo en el parecido del retratado conmigo e incluso estaremos de acuerdo con el estilo Sorolla del cuadro pero he de deciros, porque así lo ha confesado el propio autor, que no, que no soy yo. Al parecer está basado en una foto de Ricardo Piglia que salió en el periódico (tengo las pruebas, aunque no aqui asi que no recuerdo en que peridico se publico o con que motivo o que mar miraba Piglia) lo que todavía me sorprende más ya que se a) se parece más a mí que a Piglia, o al Piglia fotografiado, lo que algunos podríais pensar que es porque Ricardo no pinta lo suficientemente bien (equivocados que estáis, malas personas) y b) Piglia es un escritor que me gusta bastante desde que me lo descubrió mi hermano Rafa (mi verdadero hermano mayor, que me ha descubierto a innumerables escritores más). Así que estoy muy feliz con este cuadro y quería compartirlo con vosotros, lo que debería explicar la introducción y ahora, sin más introducción, a por las lecturas.


La primera novela de este mes, 1794, es la segunda del noble sueco (no lo digo por su bondad interna, que desconozco, sino en un sentido literal ya que, al parecer, es realmente de la nobleza sueca). Era una novela que me apetecía mucho leer ya que la primera me pareció muy buena. Esta también es buena pero tal vez por la aprensión que me provoco la falta de imaginación al escoger el titulo he de reconocer que me ha gustado un poco menos, pero todavía me quedan ganas de leer la tercera de la supuesta trilogía (aunque esta segunda es completamente independiente de la primera) que, no sé por qué sospecho que se titulara 1795. 

No os diré en que año pasa la historia, por si alguno lo considera un spoiler, pero ya os avanzo que es en un año en que en Suecia (si, pasa en Suecia) declaran una ley Suntuaria (que yo no tenía ni idea de lo que era, pero seguro que vosotros sí) que hace que “Los encajes, los bordados, la seda, los tejidos de colores… todo ha sido prohibido para evitar que los riksdalers suecos abandonen el país en los bolsillos de los comerciantes extranjeros. El color ha desaparecido de las calles”

Es verdad que ahora mismo, en estos tiempos pandémicos de leyes no suntuarias, uno tiene la misma sensación, esa de que ha desaparecido el color y la alegría de las calles, pero también es verdad que, sabiendo que no era la primera ley suntuaria de Suecia (posiblemente tampoco la última) uno no puede nada más que revisitar su idea del cine de Bergman (Ingmar) y esas pelis en blanco y negro tan sobrias y plantearse si hay relación entre ambas cosas. Incluso a mí, aunque parezca contradictorio, me lleva a pensar en ABBA y todos aquellos trajecitos de colores, cortes y formas tan horteras y a la explicación que ellos mismos daban de porque se vestían así… que era para no existiera posibilidad, ni la menor sombra de duda, de que era ropa de trabajo y no tener problemas con hacienda al desgravarse este coste ya que ¿Quién iba a vestir así en su vida normal? Luego resulto que algunas personas si decidieron vestir parecido en la vida normal, aunque afortunadamente un poco mas discretamente.

La verdad es que los personajes son muy completos (ni idea de que quiero decir con esto pero espero que se entienda) como ese que decide poner tierra de por medio y “Solo piensa en avanzar a cualquier precio, en evitar la cercanía de la gente y buscar la soledad cueste lo que cueste: así como quien quiere ayudarte siempre encuentra la manera de hacerlo, nada detiene a quien quiere hacerte daño.”; o aquella que cuando le dice a otra que ha de ser madrina de una niña, porque no hay nadie más, y esta le responde con un no creo en Dios como motivo para no serlo, sencillamente le responde “entonces no tendrás problema es ser testigo de un rito superstición.” y da por zanjado el asunto adjudicándole a la otra el papel de madrina, sin dudar. Con ambos me siento identificado y supongo que por eso soy padrino de mi sobrina y, bueno, lo otro pues mejor no comentar. En cualquier caso y pese a ser más floja que la añada anterior, sigue mereciendo la pena leerla.

Mi siguiente selección en mi librería de referencia, ya sabéis (Méndez en la calle mayor) y también sabéis que necesitan que os acerquéis por allí a comprar (igual que por Fuenfría en Cercedilla, que pilla un poco más lejos y tiene un horario errático, pero, a cambio os permite visitar el campo y, si tenéis suerte, el bar de enfrente con una caña, vino o similar en compañía del librero escritor y tarambana de mi hermano), fue La calle por aquello de ser de una afroamericana (cuando aún no existía este término) en el NYC de los años 40. Su protagonista, mas negra que afroamericana, en principio cree eso tan americano de que solo hace fala trabajo duro y determinación para que todo se arregle y para sacar adelante, encarrilar, su vida y la de su hijo tras su divorcio. 

Pronto aprende que “Aunque fueses negro, con dinero tu vida era diferente…, tal vez no por completo, pero sí lo suficiente para que disponer de él fuese crucial” (algo que aquí siempre hemos sabido y aplicado a la diferencia entre los árabes – que son bienvenidos incluso en Marbella o en la casa Real – de los moros que no son bienvenidos ni siquiera en las pequeñas partes que todavía controlamos en otro continente, que es posiblemente más suyo en la que medida en que alguna tierra es de alguien, que ya dijo un histórico jefe sioux regañando al hombre blanco) pero que tarda más, mucho más, casi toda la novela, en aprender, que “Y mientras tu estas dejándote la piel para pagar el alquiler de esa porqueriza infecta, el mundo exterior se hacía cargo de tu hijo. La calle aceptaba con gusto esa responsabilidad. Se convertía en el padre y en la madre de tu retoño y se encargaba de educarlo en tu lugar. Pero la calle era un padre degenerado y una madre depravada con los que tú, por descontado, colaborabas al hablarle sin para a tu hijo de dinero”. Perpetuando una espiral, aumentándola hacia la marginación y las bandas, que llega hasta hoy y seguramente hasta pasado mañana y dejándote con la duda de cuanto es bueno poner en valor el dinero en la educación infantil (Los niños han de aprender el valor del dinero pero tampoco debe de ser algo que les condicione; un tema en el que debe de ser difícil, o imposible, encontrar un equilibrio). A mí me ha parecido una gran novela que, desgraciadamente, podría estar escrita hoy en día.


Supongo que, por mi fascinación por los excesos, desvaríos, más bien, de la mente humana, que hace que me interesen mucho los asesinos en serie (el mismo que también hace que me interesen ciertos programas de televisión que no voy a confesar en público) también hace que me interesan las novelas sobre nazis, e incluso las novelas sobre nazis fugados ya sean de los que lo niegan o de los que lo aceptan y se justifican o de los otros (los que se sienten orgullosos). Supongo que por eso cogí Ruta de Escape, que era sobre la fuga de un nazi, desde Alemania a Italia y que casi parece una tesis doctoral de referencias que tiene, entre otras entrevista con su nieto que sigue siendo barón, o similar, de no se que. Es verdad que resulta impresionante ver la capacidad de negación del comportamiento de su padre por parte del hijo – supongo que para algunos será una gran virtud eso del amor filial – pero que a ratos da un poquito de escalofrió y el resto del tiempo simplemente repelús. Dudo que ninguna virtud deba anteponerse a lo que vendría siendo el reconocimiento de la verdad familiar, por dura que esta sea. Sin embargo, no se trata de una novela cautivadora sino de un – en mi opinión – de un aburrido periplo de investigación para determinar no se sabe bien qué, que al final te deja bastante indiferente.

He de reconocer que cogí Klara y el Sol estando casi seguro de que no me iba a gustar, pero me apetecía leer una novela de Ishiguro (al que me niego a considerar un escritor japonés ya que, pese a haber nacido en Nagasaki, se mudó – le mudaron sus padres, seguramente – a Londres con seis años y sus obras más famosas son sobre mayordomos británicos) ya que al fin y al cabo se trata de todo un premio Nobel.

Es verdad que el tema – centrado en un androide y la inteligencia artificial – es el típico tema que me fascina y me repugna a la vez y sobre el que creo que se ha avanzado prácticamente nada desde K. Dick (en literatura) y me temo que incluso menos en la parte científica desde que ya era tendencia al final de los ochenta, principios de los noventa, en los que trabaje en el LSI (nada que ver con el LSD aunque algunos de los que trabajábamos allí parecíamos estar, a veces, bajo la influencia de sustancias, pero se trataba solamente de café trampero de Arizona – solo café y lo más fuerte que se podía hacer, ni azúcar ni puñetas… café, café y café  – y puede que de la tensión de saber que justo encima de nosotros había, las noches y los fines de semana que nos quedábamos a trabajar, un puesto de francotiradores protegiendo la Moncloa y que nos tenían completamente vigilados con inteligencia humana y no la artificial con la que jugábamos nosotros). Me resulta incomprensible que este escritor inglés tenga un premio Nobel y que esta sea su primera novela después de haberlo recibido.

Cada cierto tiempo sale un estilo nuevo de novela, no es que yo los siga mucho o que sea capaz de decir las diferencias entre un estilo y otro, y de repente empieza uno a encontrar novelas de ese estilo.

Ahora parece que se lleva al country noir (para lo que al parecer es suficiente que la historia pase en alguna zona rural de los estados unidos, tipo las montañas Orzak, los Apalaches - o las Apalaches - o, en West Virginia) y como consecuencia pues ya he leído un par de libros de este estilo que, en general, me han gustado por la extrañeza de un mundo que uno sabe que existe y que incluso creyó entrever, o adivinar, un verano que paso en West Virginia y otras temporadas en sitios con gentes igual de pintorescas de la américa profunda (ese uno mayestático soy yo, que me ha dado por ahí).

Huesos en el valle, según la contraportada, prometía que además de contar con los fabricantes y traficantes de droga necesarios para un country noir de esos que se precie, prometía meter en la coctelera a las malvadísimas empresas de fracturación hidráulica. Como este, el fracking no la droga, es un tema con el que he tenido cierta relación profesional (si, en el lado de los malvados, que uno, que no sabe montar en moto, nunca ha podido estar del lado de los malvados y es algo que siempre apetece y suma puntos con las mujeres) pues me decidí a darle una oportunidad y la cogí con ganas. A ver, no voy a decir que sea mala (aunque podría) tan solo os diré que podéis esperar a que hagan la película con Steven Seagal (o algún actor similar) y entonces despotricar que la película es igual que todas las de acción tonta de ese actor y tal vez añadir que mejro cojáis alguno de los últimos best-sellers del bueno de Baldacci, de esos de un agente del FBI en la américa rural (vamos de los peores suyos, que hay varios) y por lo menos lo pasareis mejor…. No será country noir, y no estaréis a la moda, pero pasareis un mejor rato que con esta.

Podría decir que escogí El Grupo para compensar haber cogido La Calle pero a poco que me conozcáis sabréis que esta idea se me ha ocurrido claramente a posteriori y que para nada  fui consciente de que estaba cogiendo dos retratos tan alejados de una misma sociedad, el NYC de los cuarenta. En este caso está representado por un grupo de universitarias blancas, ricas y despreocupadas (en La calle básicamente una madre sola; trabajadora sin casi formación; negra, perdón afroamericana, y pobre y angustiada) pero no, ni siquiera al leerlo fui consciente de esto y solamente ahora al escribir me doy cuenta de las grandes diferencias entre los dos mundos de estas dos novelas que pasan en una época y un lugar similar.

Si a uno de los mundos no lo salva el Plan Roosevelt, ya que ni siquiera le llega (hablamos de mujeres negras en una gran ciudad, y no de obreros de la construcción), el otro se ríe de él y lo desprecia ya que a él no le beneficia directamente “Lo mismo pasa con tu amigo Roosevelt y todos esos flojos trabajadores sociales de la Casa Blanca. La economía se habría recobrado si la hubieran dejado en paz, en lugar de escuchar los gimoteos de los tirados de la sociedad. ¡Recuperación! ¡Dime tu que recuperación ha habido! La economía está enferma y lo que han hecho es enchufarle un biberón.” Y esto también sigue pasando, aunque ya se haya comprobado que los grandes planes de recuperación sirven más a los ricos, que especulan y se enriquecen con ellos, que a los pobres a los que, simplemente, les permite sobrevivir.

Por supuesto que también entre los miembros de este grupo hay disparidades, pequeñas en un contexto amplio, pero verdaderamente importantes para sus miembros (miembras debería decir al ser todas chicas, pero no me sale) y así “Y en la universidad, ella y Norine habían trabajado juntas bastante amigablemente en la revista literaria – Vosotras erais las estetas. Nosotras, las políticas – Continuo Norine -. Y nos mirábamos desde las barricadas.” ¿las barricadas, dice? Cuando al otro lado de Central Park pasaban las historias de La Calle, ¿Barricadas, ellas las políticas? Si, igual que en una clase de política en la universidad española de los setenta o los ochenta donde las diferencias en las opciones políticas entre facciones (o fracciones, de lo pequeñas que algunas eran) eran tan sutiles que parecían meramente escolásticas, o sacadas directamente de La vida de Brian, pero que les llevaban a los odios más acérrimos, les llevaban a las barricadas y allí siguen algunos.

También tiene por supuesto vigencia en la actualidad, en la que estos dos mundos siguen completamente separados, no solo allí sino también aquí, en esta España mía, esta España nuestra que cantan con alegría algunos. Esa España en la que algunos mantienen ese gran dilema sobre pecho o biberón: “Primero amamantamos a nuestros hijos; la ciencia nos aconsejó que no lo hiciéramos. Ahora nos dice que entonces teníamos razón. ¿O estábamos equivocadas entonces y ahora tenemos razón? Debe de estar relacionado con la teoría de la relatividad, si entiendo algo a Einstein.” y al que ahora hemos añadido todo tipo de decisiones pandémicas, cambiantes y contradictorias pero para mí que no relacionadas ni con la ciencia ni con la teoría de la relatividad (si entiendo algo a Einstein, algo más que las miembras del grupo espero. Si, ahora lo he clavado y he puesto miembras aunque mi corrector ortográfico piense que esta palabra, o palabro, no existe y yo, de momento no le he sacado del error añadiéndola).

En cualquier caso, creo que esos dos mundos – yo mismo y probablemente todos – coincidimos en la misma reflexión: “Por muy desgraciada que se sintiera en ese momento, no podía decir semejante cosa. Incluso cuando había deseado morirse, no había deseado no vivir nunca. Nadie podía hacerlo.” Mi única pega real es en gran parte culpa mía ya que se trata de un grupo de nueve personas y a mi me cuesta distinguir a tantas personas y seguir sus diferencias; acabo mezclando a unas con otras sin mayor problema o pudor.

En fin, que pese a mis buenas intenciones me he retrasado este mes casi como si no hubiera hecho propósito de año nuevo y aquí lo dejo que en breve debería ponerme a preparar el de mayo que ya andamos por junio. Aprovechad estos días sin toque de queda y de vuelta a la subnormalidad y ¡Divertíos asaltando el castillo!

Lecturas

1794 – Niklas Natt Och Dag

La Calle – Ann Petry

Ruta de Escape – Philippe Sands

Klara y el Sol – Kazuo Ishiguro

Huesos en el valle – Tom Bouman

El grupo -  Mary McCarthy

martes, 6 de abril de 2021

Comentario de textos Marzo 2021

Vivimos en una vez cada vez más visual (video-visual, o de tiktokers u como los llamen, debería decir para no parecer sumamente antiguo) en la que se supone cierto ese dicho popular de “Una imagen vale más que mil palabras” (supongo que un video vale más que una imagen, aunque para esto no hay dicho popular; y un tiktok de esos vale más que un video, imagino, que qué sabré yo de esto).

El caso es que es uno de esos dichos populares con los que no estoy seguro de estar de acuerdo. Es verdad que hay imágenes que valen más que mil palabras (incluso que mil palabras escogidas y debidamente ordenadas, que más que mil palabras, así, al azar y desordenadas pues casi cualquier imagen vale más, a menos que uno tenga alma de poeta dadaísta; que, por cierto, no es el caso). Sin embargo, he de reconocer que las imágenes son más fácilmente manipulables, o diré más fácilmente tergiversables (que, seguro que manipulables es malinterpretado poniendo una intencionalidad, que, a veces, no es el caso) que, digamos, esas mil palabras escogidas (tergiversar unas cuantas palabras – muchas menos de mil, por seguir siendo moderno, digamos las que caben en un tweet de esos, es por supuesto incluso más fácil). Aunque claro para eso de permitir tergiversar incluso mil palabras pues también tenemos la retórica lo que hace que la comparación entre imágenes y palabras pues sea más difícil de establecer.

¿Qué a donde voy con esta tontería, puedo ver que os preguntáis algunos? ¿Qué de donde sale esta tontuna, os preguntáis otros, aunque no os vea? Pues ya que preguntáis, os lo contare:

Hace poco, obviamente ya en estos tiempos de pandemia, conocí la historia “detrás de” una de las portadas más famosas, más icónicas, del punk-rock: la del London Calling de los Clash (que puede que alguno hayáis oído versionada por Los NIkis como Algete Arde, pero que casi seguro que pocos habéis oído este Vamos de Camping de Los Lukas que es una versión más infantil y veraniega pero excelente).


Vale, antes de seguir pondré la portada por si hay algún lector que no la conozca que según las estadísticas y los escasos comentarios por aquí viene mucho desconocido no identificado y no se bien con quien estoy tratando.

Cuando uno ve la foto de la portada (por lo menos cuando yo la vi) uno piensa “joder, menudo concierto que debían de estar dando. Ojalá pudiera haber estado allí”. Lo primero que te viene a la cabeza es pensar que ese era el momento más álgido del concierto, de un concierto verdaderamente excelente, en el que hasta les dio por ponerse a imitar a los Who (¿los quién? Los Who… inevitable el chiste).

Pero nada más lejos de la realidad… la verdad es que básicamente se trataba de lo que cualquier músico, o espectador, siente en lo que ahora las autoridades competentes (supongo que en cosas distintas de la música en directo) con la necesaria cooperación de algunas salas y promotores quieren hacernos pasar por un concierto en directo, un concierto de punk-rock debería, debo y especifico, ya que otros estilos pueden ser más adaptables a la situación actual (de hecho, yo vi uno de Nick Lowe en NYC sentado tomando quesos y vinos que fue excelente, aunque debo señalar que Nick Lowe ya estaba en su versión crooner y hubiera sido mucho más excelente – creo que eso no vale serlo, pero para que me entendáis – si hubiera sido en condiciones normales: de pie, con unas cervezas y moviendo el pie o la cabeza como si estuviéramos bailando totalmente desfasados). Pero, divago dentro de la divagación (meta-divago), ya, si eso, pues charlamos de Nick Lowe y de la City Winnery otro día.

Volvamos a la portada, a la foto y volvamos a 1979 al, 20 de septiembre y al Palladium de NYC – volvamos como algo ficticio, que yo, el Palladium, es un bar que no he conocido – donde los Clash estaban dando un concierto como parte de su primer tour americano. El caso es que los Clash son un grupo de bar, de bar ruidoso y punk por añadidura; pero la gira americana era básicamente en teatros con el público sentado, no por voluntad propia sino, más bien, por la acción de los porteros y otras fuerzas de seguridad. Tocar en este tipo de sitios llenaba de desesperación a los músicos ya que una multitud sentada pues más que una multitud es casi un velatorio (al menos desde el punto de vista de un músico, o espectador, de punk). Tocar, por primera vez en NYC en 1979 en un sitio así, con todo el público (aforo completo) obligatoriamente sentado hizo que Paul Simonon se diera la vuelta y destrozara su bajo. No lo destrozo por alegría, sino por desesperación o más bien por una frustración total; no era un momento álgido era un “hasta los huevos de esto”, eso no era un concierto ni era nada, no era lo que ellos eran ni lo que hacían. Tan sencillo como eso, después de varios conciertos en esas condiciones y tras una hora, ocho minutos y diez segundos sobre el escenario en el NYC del 79 y justo tras haber terminado White Riot (ya, ya sé que habría sido mucho mejor si hubiera justo terminado de tocar London Calling, pero es que la vida no es una película) , dijo: hasta aquí hemos llegado, así no se puede, no merece la pena, rompió su bajo y se marchó del escenario, no sin que Pennie Smith (si, la foto la hizo una chica ala que ni siquiera le gustaban especialmente los Clash, ni especialmente el punk-rock, como si cualquier buen guionista de cine habría querido que fuera) pudiera captar este momento icónico pero tan mal interpretable.

Pues eso, que es algo que he aprendido, que me ha resultado muy educativo (a la vez que un poco decepcionante), que creo que se aplica a la situación actual y futura (por lo menos a corto plazo) de ciertas actividades de las que yo disfruto (como oír punk-rock en un bar bebiendo y con gente) y que me apetecía compartir antes de, ya, si, por fin, pasar a las lecturas del mes.

En mi última – en aquel momento – visita a mi librería de referencia, a sabéis Méndez en la calle Mayor, le comenté al mayor de los hermanos (si, como fruto de la pandemia ahora hablamos más ya que creo que todos estamos más necesitados de conversación y aprovechamos casi cualquier ocasión para charlar. Incluso los, razonablemente, asociales como yo) que uno de los libros que me había llevado en la anterior visita me había parecido muy bueno pero que era una pena que fuera una especie de segunda parte y que si tenía la primera: Caballos lentos. No, no la tenía, pero me la pedía sin ningún problema, que en breve estaría allí. Así que, casi por primera vez en mi vida (o que yo recuerde), me acerque a una librería a por un libro “encargado”. Es una sensación distinta cuando vas a recoger un libro que cuando vas, simplemente, a ver que hay, aunque en mi caso no tanto , ya que ya que había ido hasta allí pues me dedique a mirar otros libros y, como si dijéramos, al final me fui con uno más de los que me hubiera llevado normalmente. La verdad es que me gusto bastante, cargada de humor y de buenos personajes tiene frases antológicas como la de la descripción de esas partes de internet, “los foros abiertos en cuyas discusiones saltaban los escupitajos como en una sartén de patatas fritas y la ira no admitía el menor sentido de la gramática”; la de un Londres (o un Madrid o un NYC) donde “había actividad las veinticuatro horas del día, pero solo si se tenían en cuenta las cosas que nadie quería hacer, como buscar el camino de vuelta a casa a altas horas de la noche, o salir para un trabajo de limpieza con el frio del amanecer, a oscuras todavía.” por que por mucho que nos engañemos eso de la ciudad veinticuatro horas tiene bastante de mito, en todos los casos y, desgraciadamente, cada vez más y no solo por el toque de queda que tenemos ahora; o la dudosa existencia de esas dos derechas, “la versión de la derecha que ofrecía la clase dominante y la que se cocía en las barriadas” en la que muchos políticos creen pero que al final se vuelve una sola ya que es la misma.

En esta visita había otro Landero, El huerto de Emerson, que, en principio me daba mala espina ya que nunca he tenido a Landero por un escritor prolífico y me sonaba que últimamente estaba sacando demasiadas cosas (o eso me parece a mí) pero decidí cogerlo y darle la oportunidad que merecía o, por lo menos, su parte de derechos de autor que al fin y al cabo sabia por mi hermano Rafa que había estado pasando por momentos difíciles (no, no económicamente sino personales).La verdad es que no me ha parecido un libro trabajado sino sacado con ciertas prisas, sin estar especialmente hilvanado pese a ser “recuerdos” en gran medida dispares. Pero, con todo sigue siendo Landero y puede escribir cosas como “Pero yo había resuelto ya que preferiría soñar a Marta el resto de mi vida que vivir con ella los años que hubiera durado nuestro amor.” con la que, al menos yo me puedo sentir identificado, o como “Pensé en la multitud de gente que había conocido a lo largo de mi vida, y sobre todo en los que ya habían muerto, sus caras, sus nombres, sus voces, sus ilusiones rotas. Pensé también en las mías, en mis ilusiones perdidas, y en como las ilusiones que se pierden no suelen ser reemplazadas por otras. Son solo eso: vacíos, huecos, magníficos edificios en ruinas, jardines de ayer donde hoy solo crecen hierbas sin ley, amargas flores sin aroma” con la que creo que casi cualquiera se puede sentir identificado. Pero obviamente, por ser Landero, también aporta ese tipo de conocimiento arcano que siempre es útil: “Y me acuerdo de Heródoto, que en su Libro I cuenta que los antiguos persas discutían los asuntos más importantes en estado de embriaguez, y al día siguiente volvían a discutirlos en estado de sobriedad, o al revés. Si en ambos casos estaban de acuerdo, cerraban el trato, y si no, renunciaban a él:” que a mí me parece un método impecable de decisión que en cierta medida he practicado siempre habiendo discutido el mismo tema sereno y borracho, borracho y sereno antes de tomar una decisión.

Mi principal razón para comprar Una sala llena de corazones rotos (aparte del título que me gusta, pero que me gustaría más para un disco de power-pop) fueron las primeras frases de la novela que se reproducían en la contraportada: “Es inevitable preguntarse qué le pasa por la cabeza a un hombre como Micah Mortimer. Vive solo, es reservado, su rutina está grabada en piedra”, no tanto porque me pareciera que pudiera tener cierto parecido conmigo si no porque alguien pueda pensarlo y siempre interesa ver cómo ven los demás a alguien a quien en ciertas cosas puedes parecerte. Tiene algún que otro punto interesante como ese “No es la primera vez que pensaba que los sueños proféticos no tenían mucha utilidad si su significado solo se hacía patente en retrospectiva” con el coincido plenamente y por eso no creo en los sueños, ni en los proféticos ni en los normales y mucho menos en su interpretación, por no hablar de usar la interpretación de los sueños para “dirigir” tu vida. Pero en líneas generales me ha parecido flojilla y un poco demasiado tópica: “realmente las mujeres hacían funcionar el mundo. (Había una clara diferencia entre «dirigir el mundo» y «hacerlo funcionar»)” ¿en serio? ¿todavía estamos con estas diferencias y tontunas? Lo dicho, flojilla.

Con Palahniuk, del que también compro casi todo lo que veo, me pasa una cosa rara: creo que tiene buenas ideas pero que casi siempre se empeña en escribirlas mal, alargándolas innecesariamente y de una forma bastante repetitiva que acaba agotando la buena idea. Es verdad que tiene buenas novelas (todavía recuerdo con mucho agrado la lectura de El Club de la Lucha y otra, de la que no recuerdo el nombre ni el argumento – si he de ser sincero – pero tenía algo que ver con unos travestis viajando a, o por, Canadá). A esta, El dia del ajuste, le pasa lo mismo, lo mismo que a las malas, que la idea tiene su punto: el típico mesiánico que habla del fin del mundo y del día del ajuste de cuentas y más o menos forma una secta que acaba haciendo que… bueno, ya, si eso, os la leéis vosotros; pero agota muy rápidamente la repetición y las cosas brillantes no abundan. Es divertida la teoría del “desbordamiento de jóvenes” que plantea que “todas las importantes turbulencias políticas se debían al exceso de hombres jóvenes”, en sus propias palabras “si el porcentaje de hombres y mujeres entre quince y veintinueve años de la población alcanzaba el treinta y cinco por ciento… ¡cuidado!”. Dudo que él lo haya mirado pero la verdad es que esa cifra del treinta cinco por ciento parece excesivamente elevada pero no tengo las ganas de mirar si esto es viable (sigo prefiriendo la teoría de Goldman en Brothers).

Con todo tiene alguna parte verdaderamente divertida (en plan chiste):

“- En toda la historia, solo el señor King se acercó a revelar la verdadera magia de la gente negra – explico Arrabella -. Durante muchos años nos planteamos matarlo para protegernos.

La señorita Josephine escucho aquello, asombrada.

- ¿Los negros mataron a Martin Luther King Jr.?

Arabella frunció el ceño.

- No al doctor King… - exclamo-. Contratamos a un hombre para que matara a Stephen King. Por desgracia, el asesino era inepto y el intento de matarlo atropellándolo con un coche y dándose a la fuga fue un fracaso.

En las obras maestras del escritor, explico, en libros como El resplandor, La danza de la muerte y La milla verde, King casi había convencido a los blancos de los magníficos y asombrosos poderes que los negros mantenían ocultos.”

A Towles le descubrí hace poco con su segunda novela, sobre un noble ruso al que condenan a no salir de un hotel de lujo y que tenía bastante gracia, así que Normas de Cortesía, que es la primera y que en lugar de un hotel en Rusia pues pasaba en el NYC de finales de los cuarenta era una elección indudable y resulto ser todo un acierto. A mí me ha encantado; vale, vale, que la historia tampoco es especialmente brillante, es más bien convencional, pero ya desde las primeras páginas y eso bar de Jazz en el que “Ibamos a quedarnos en ese bar de mala muerte donde se tomaban la música lo bastante en serio como para que nadie molestara a dos chicas de buen ver y la ginebra era lo bastante barata como para bebernos un dry Martini cada hora” que( salvando los matices) creo que es aplicable al Wurltizer y en cierta medida es parte del secreto de su éxito con el público femenino (y por lo tanto con el masculino).

Aunque yo no conocí NYC hasta casi finales de los 80 –por lo que no tengo ni idea de cómo sería al final de los 40  – he de reconocer que ese cine que visitan en el que “por toda la sala, los encendedores lanzaban destellos igual que luciérnagas” me recuerda a mi adolescencia y, sobre todo, a esas sesiones matinales en las que no solo se podía fumar, sino que era casi obligatorio hacerlo hasta que dejaba de verse la pantalla, paraban la proyección para mostrar un cartel que nos pedía que fumáramos menos y nosotros seguíamos fumando (aunque, probablemente, un poco menos); incluso esas chicas del medio oeste americano se parecen bastante a las chicas de provincias del Madrid de mi adolescencia por lo que igual no soy demasiado imparcial (aunque poco o nada tengan que ver ambas ciudades y ambas épocas, o yo con los protagonistas).

Con todo, que es bastante, la mejor frase, máxima diría, del libro es ese “permítaseme observar que en momentos de intensa emoción – ya provocados por la ira o la envidia, la humillación o el resentimiento -, si lo que vas a decir hace que te sientas mejor, lo más probable es que sea inoportuno. Esa es una de las máximas más valiosas que he descubierto en mi vida. Y puedes quedártela, porque a mí no me ha servido de nada.” en competencia con ese “la genialidad de una generación se convierte en la enfermedad venérea de la siguiente.” que ya me extraña que no sea de Oscar, que como todos sabemos siempre dijo todas las citas antes que nadie.

Por cierto, las "normas de cortesía y comportamiento decoroso en compañía y conversación" que dan titulo al libro (supongo ya que se reproducen al final del mismo) son del joven George Washington y son nada menos que 110. Es verdad que igual no todas - algunas por obsoletas - pero no son malas normas en general y muchas las subscribo y espero (no porque le hagan falta, si no por curiosidad) las lea mi sobrino (al que hace mucho que no menciono por este medio)

Jill la cogí en parte porque me gusta la editorial y en parte porque se supone que es una “Obra maestra” (según la solapilla que siempre afirma que todas lo son) pero a punto estuve de dejarla a mitad. SI no lo hice fue solamente porque no me quedaba nada que leer y no me apetecía darme otro paseo enmascarado para ir a buscar más libros. Seguro que me he perdido algo de la novela porque su genialidad se me ha escapado completamente.

Acabada la tortura de la novela anterior, Helena me recordó que no me había leído The Hacienda. How not to run a Club y que me la prestaban. The Hacienda (realmente con cedilla pero no sé cómo ponerla con este teclado) fue un club muy famosos de Manchester, prácticamente la cuna del Acid-House que montaron los de Joy DIvision/New Order (que para los que no los sepias son los mismos, salvo por el detalle del fallecido Ian Curtis, aunque es raro que ambos grupos le gusten al mismo tipo de persona, al menos en esta España mia, esta España nuestra). El libro tiene tal vez demasiadas cosas que no interesan mucho (como la lista de conciertos y fiestas que se hacían en the Hac; que al parecer es la forma in de nombrarlo, aunque haber usado in seguro que está totalmente out) pero ciertamente ejemplifica las cosas que uno no debe hacer al llevar un club (si bien obvia la más importante que es no estar encima de club, que al final es la base).

La primera de las que cita es sobre el diseño, del que obviamente tenía mucho y por un gran diseñador (un arquitecto, al parecer) que lamentablemente “approached (the design) from an architect´s point of view, not that of a clubber” y estaba lleno de, digamoslo claro, grandes cagadas.

Otra importante viene justo del otro lado, de primar las actuaciones y a la creatividad de los artistas y casi acaba en tragedia cuando “the German industrial-rock band Einstürzende Neubauten borught a pneumatic drill to their gig. They started it up during their set then attacked the central pillar with it. The crowd were mesmerized. We were, too. We may as well have been fiddling as Rome burned because none of us moved to stop the guy – even though that one beam held up the entire building. WE just creamed ‘Yeah! Go on!’”.

Por supuesto también dejaron a los porteros, y a la mafia de porteros, hacerse cargo de la puerta y a los camareros robar con total impunidad y otros pequeños detalles de operación hasta que, ya tarde, trajeron a un experto para que les aconsejara: “He had an eye for detail the rest of us lacked. Little  things like ‘why don’t you stop the staff stealing off you”, ciertamente un tipo observador cuando al parecer se distinguía al personal, pese a no llevar uniforme, en cualquier calle de Manchester (también conocido como Madchester o Gunchester según la época) horas después de cerrar porque todos llevaban una caja de cervezas bajo el brazo.

La verdad es que es una lectura entretenida (a la par que educativa) y, pese a que me parezca increíble por aproximación musical o vital, puede entender el impacto o encanto del acid house en la generación posterior a la mía (o en parte de la mía que lo descubrió a tiempo) ya que al leer cosas como “Furthermore, like punk before it, lost something as it got older: the innocence of nobody knowing the rules, or even if there were any. The initial explosion of ecstasy – coupled with the music – had revolutionized the world. Everything that followed could only be an imitation.” a veces pienso que sí, que tal vez tiene razón (aunque sé que no, que no son lo mismo ambas cosas, aunque a alguien se lo puedan parecer y yo no lo pueda discutir salvo apelando al ‘esa mierda, dices’), a veces, pero, ya digo, enseguida se me pasa.

 En fin, pues eso que hoy nuestro presidente ha anunciado que ya estamos en el “Inicio del fin” y yo he sentido un ataque de pánico con solo oírlo; creo que habrá que esperar bastante, pero mientras tanto ¡Divertíos asaltando el castillo!

 

Lecturas

Caballos Lentos – Mick Herron

El Huerto de Emerson – Luis Landero

Una sala llena de corazones rotos – Anne Tyler

El día del Ajuste – Chuck Palahniuk

Normas de Cortesia – Amor Towles

Jill – Philip Larkin

The Hacienda. How not to run a club – Peter Hook

domingo, 7 de marzo de 2021

Comentario de textos - Febrero 2021

Pues aquí seguimos – sin alcanzar mi propósito de año nuevo, aunque, como yo soy un optimista, diría que un poco más cerca de alcanzarlo – encerrados en una falta de posibilidades de felicidad que ya, después de un año, empieza a ser preocupante. Sobre todo porque  las perspectivas que se plantean no parecen destinadas a volver a una vida normal, plena, en ningún momento ya que seguimos (no, la gente que yo conozco, sino los otros, los que los dirigen y, desgraciadamente, algunos mas) instaurados en ese error de que la salud se reduce a no estar enfermo. 

Se ha instaurado la creencia de que cualquier tipo de vida vale, incluso una en la que carezcas de la más mínima posibilidad de hacer algo que te gustaría, reduciendo tu vida a la supervivencia, trabajar, ir a la compra y volver a encerrarte en casa, todo planificado. Ya no existe la posibilidad de “ahora tengo un rato, voy a cercarme a la peluquería a ver si hay hueco”, ahora hay que reservar hora; si has conseguido ir a un bar con unos amigos y encontrarte con otros, o de ir solo a ver a quien encuentras ya que no sabes si podrás sentarte con ellos (ya de estar de pie tranquilamente en la barra charlando con quien se acerque, ni hablamos). Y todo esto lo aceptamos porque creemos que defendemos la salud, pero la salud es mucho más que eso, que ese no estar enfermo; la salud es la posibilidad de ejercer la vida que quieres, de reunirte con tus amigos para tomar unas cañas, de manifestarte si te apetece o en general de llevar una vida improvisada si es lo que te apetece. 

Pero la verdad es que ya estoy hasta cansado de reivindicar esta simpleza, de reivindicar que la salud es mucho más, para mí la salud incluye el fumar, ya que equilibra mi salud mental, posiblemente en contra de mi salud física, pero es parte de mi salud (no, no estoy diciendo que fumar sea lo más sano, ni siquiera que sea sano; si ahora pudiera elegir no haber fumado lo elegiría, pero no puedo, es algo que ya forma parte de mí y que me completa. A mí, que soy fruto, como todos, de una época, de mis propios vicios, de mis experiencias, que han formado mis amores y de mis odios).

Es verdad que algunos amores y odios sabemos de dónde vienen (por ejemplo yo puedo decir exactamente porque odio el color amarillo en la ropa o porque no me gusta demasiado la ginebra, salvo algunos gin-tonics, y muchas otras manías de mi personalidad) pero otros odios y amores me resulta muy difícil imaginarme de donde me vienen, como han llegado a ser parte de mi personalidad (que tanto le debe a las Lebowitz y Leibovitz – que pese a tener apellidos diferentes para mí son hermanas:, Fran y Annie, la escritora y la fotógrafa habitando el mismo NYC del que tengo nostalgia pese a no haber conocido– si bien mi personalidad le debe más a Fran que a Annie ya que Fran tiene más opiniones, como demuestra en esa miniserie que le ha dedicado Scorsese recientemente y cuyo capitulo cinco – sobre el deporte – creo que es de lo mejor que he visto).

Pese a conocer el origen de muchos de mis gustos personales, incluso digamos manías, nunca había entendido bien mi fascinación por el brutalismo en arquitectura, que es, posiblemente, mi estilo arquitectónico favorito. Siempre he pensado que me gustaba sin ninguna razón real ya que no había tenido contacto con el – salvo el de ver el edificio de casas militares de San Bernardo – hasta apuntarme a Caminos (es verdad que parece que de pequeños patinábamos en la Ciudad Universitaria, probablemente en el parking de Caminos pero yo no tuve este recuerdo hasta que no vi fotos de esa época) y la verdad es que me resultaba inexplicable mi fascinación hasta que hace unos días – escaneando fotos que habíamos sacado de casa de mi abuela – me encontré con una foto de la parte trasera de nuestra casa en Cali, Colombia, probablemente la primera casa en la que viví y de la que solo tengo los recuerdos del patio delantero que provienen de otras fotos y filmaciones de mis padres que la mostraban casi como una casa bucólica. ¿Cómo podía imaginar yo que tuviera este aspecto tan brutalista?

Ni siquiera ahora viéndola desde este ángulo y no desde el que se ve en casi todas las fotos y películas de las que tengo recuerdo puedo imaginarme porque esta vista de esta casa ha influido tanto en mi gusto estético. Se me hace raro pensar que la parte de atrás de esta casa – que yo no recordaba, ni recuerdo –  y que seguramente vi muy pocas veces (esta parte de atrás, digo, no la casa en sí que entiendo vi todos los días en los dos años que vivimos allí) pudiera haber influido tanto en mi gusto estético. 

Para mí, la casa de mi infancia es la de Cangas que sí que recuerdo por fuera y por dentro (aunque con graves errores topográficos de su interior que hacen que en mi recuerdo de su interior responda, mas que a una posibilidad física real, a las leyes de los cuadros de Escher – igual de ahí mi fascinación por Escher – pudiendo llegarse desde la cocina al mismo sitio, a la entrada, bien por un pequeño pasadizo (horizontal, aclaro aquí) en el que recuerdo perfectamente que había una especie de armario donde se guardaban nuestros juguetes, o bien subiendo una escalera muy inclinada que daba a la parte noble de la casa desde la que, sin bajar, podía llegarse a la entrada) y por supuesto el piso de Viriato y ya más tarde el Puig en Játiva (ahora Xativa). Pero ninguna de ellas, su estilo arquitectónico, me produce especial interés o me resulta especialmente satisfactorio; sin embargo, el estilo de la parte de atrás de esta casa de Cali si que me fascina.

Sorpresas te da la vida, o por lo menos sorpresas nos da a los que no recordamos algunas cosas, sorpresas que en cierta medida ayudan a resolver algunos misterios, aunque difícilmente todos, lo que me lleva a mi primera lectura de este mes la, en cierta medida, fascinante No digas nada que es casi un libro de historia sobre los Troubles de Irlanda del Norte, una época y una guerra (declarada o no, ese es otro tema) que creo que has fascinado a toda una generación (la mía, en la que todos tenemos una opinión y tomamos partido por uno de los bandos, no diré por cual lo tome yo, por si, por alguna razón, vosotros habéis tomado partido por el bando equivocado que tampoco es cuestión de empezar de nuevo los Troubles).

Es muy importante el “casi” que he puesto al definirlo como libro de historia, porque si bien es un libro que parece muy documentado (tiene casi cien páginas de fuentes) se lee como si fuera una historia inventada sobre personajes reales que todos conocemos, como ese Gerry Adams que paso de ser líder del IRA a no haber apoyado nunca la lucha armada y de otros que sabemos que existieron aunque no sepamos sus nombres (como Derry Martin McGuiness, pistolero del IRA – con ese nombre parecía lo más probable como carrera profesional – habituado a ejecutar el castigo típico del IRA de disparar a las piernas de jóvenes) pero que acabo diciendo públicamente “’tras un largo debate, el IRA ha decidido que dispararle a un joven en una pierna y dejarlo lisiado de por vida no es un castigo justo ni conveniente’. Y dijo después: ‘estamos contemplando un enfoque más preventivo y más implicado a nivel social’. Nacionalistas del SDLP compararon el brusco cambio de imagen del Sinn Féin a grupito de bienintencionados activistas con el misterio de la Inmaculada Concepción” (para que luego presumamos de haber inventado lo políticamente correcto, cuando lo político-militar correcto ya estaba mas que inventado) pero sobre todo para mí la sorpresa son los personajes de las hermanas Price de las que no sabía nada y que parece que, por lo menos Dolours, era tan icónica de esta lucha –además de activa participante – como el Che Guevara pero extrañamente poco reivindicada por el movimiento de empoderamiento femenino. A saber por qué pero hace un personaje fascinante.

El arranque de la novela empieza con una “desaparición”, la de una viuda de 38 años con diez hijos, que obviamente recuerda a las desapariciones de Chile o Argentina y que en principio parece equiparar estos procesos hasta que más adelante se comenta que si bien conforme a fuentes oficiales – de comisiones de investigación – en Chile desaparecieron tres mil y en Argentina treinta mil, en Irlanda del norte consiguieron identificar a 16 desaparecidos y si bien “en otros países hubo debate sobre el número total de personas enterradas en tumbas anónimas, pero en Irlanda del Norte la lista de víctimas cabía en el reverso de un sobre”. Según el autor esto “era un reflejo de la extraordinaria pequeñez de la provincia” pero, aunque coincida con él en la existencia de esa anomalía demográfica que es que “había muchísimos más americanos irlandeses que personas en la propia Irlanda” imagino que también hay que poner en contexto el nivel de violencia de los distintos sitios y de los distintos actores implicados.

En cualquier caso, se trata de un libro interesante y pese a ser histórico se deja leer estupendamente descubriendo, al menos para mí, cosas que no sabía de un conflicto que, si forma parte de mi imaginario colectivo y de mis recuerdos, de mis odios y amores, por lo que me ha parecido, a ratos, fascinante incluso considerando la parte histórica real.

Aunque mis lecturas del mes me volverían a llevar a Irlanda del norte, mi siguiente elección – por variar un poco – se movió un poco más al norte, al Glasgow de Alan Parks que ya había visitado en su primera novela (Enero Sangriento), y que me había dejado con buen sabor de boca para seguir la que, seguramente, sea una serie de doce novelas y leerme este Hijos de Febrero

Para seguir leyendo libros de una serie policiaca creo que hay varios requisitos importantes: el primero es obviamente que el personaje (o personaje, que cada vez se dan más las parejas de investigadores) te caiga razonablemente bien o especialmente mal, vamos que no te deje indiferente y a mí, este de momento me está gustando; otro requisito es que tenga este toque negro en frases contundentes y en esta novela también se da esto con frases como “Nunca pasa nada malo, o como mínimo nada que no puedas beberte de un trago” o esa otra de “Parecía el típico lugar al que irías a tomarte una última copa antes de tirarte de un puente”; y un tercer requerimiento es que la trama no sea “exactamente la de siempre”. Es este último requerimiento el que tal vez le falle a esta novela y en el que yo encuentro que me pasa como cuando veo las docenas de series de televisión y de películas de asesinatos filmadas en NYC que me lleva a pensar que es imposible vivir allí sin acabar asesinado, violado o secuestrado. Pues con esta novela me pasa algo parecido y la trama me hace pensar venga, ya está bien, es imposible que a todo el mundo le haya pasado esto, aunque sea muy frecuente no tiene por qué ser la causa para usar en casi todas las novelas/películas/series actuales. No, no voy a haceros un spoiler y deciros que es lo que ya me cansa un poco que salga en tantas novelas, películas y series. Si eso, pues os la leéis y ya lo comentamos.

Elegí Propiedad Privada sin fijarme mucho o, la verdad sea dicha, sin fijarme apenas nada - mis típicos problemas de concentración cuando voy disfrazado de cuatrero - y cuando ya estaba en casa dispuesto a empezar una novela que reflexionara sobre el concepto de propiedad, de la propiedad privada, me di cuenta de que había cogido un libro de cuentos que es algo bastante diferente.

Posiblemente en este caso es mejor ya que no acababa de ver claro cuál podía ser el debate sobre la propiedad, aunque soy consciente de que hay muchos posibles debates sobre este tema, debates en los que a veces tus posturas cambian ya que como todos sabemos no es lo mismo la propiedad privada propia que la propiedad privada ajena o incluso que la privacidad de la propiedad pública, por eso un conjunto de cuentos parece una mejor opción ya que permite poner más perspectivas del debate (o poner las mismas de una forma más sencilla para ambas partes, el escritor y el lector).

La verdad es que veo las frases que he marcado y parece que lo que más me ha gustado – sí, me ha gustado el libro – son la reflexiones sobre la interpretación del carácter “al fin y al cabo, una timidez perdonable y cierta incomodidad social podían confundirse con cualidades semejantes, pero más agresivas; por ejemplo, frialdad y hostilidad” que creo que es algo que me pasa a mí, o que le pasa a mi relación con mis semejantes (dicho así como una semejanza de género, de género humano me refiero no de identidad de género) que tienen tendencia a confundir mi actitud; sobre los comportamientos sociales “Se la veía apagada en presencia de Jillian porque así se comporta la gente cuando se pasa la noche entera metiéndose el puño en la boca y esperando que su invitado se marche”, algo que yo también hago ya que a veces no hay otra opción que aguantar estoicamente, con un puño metaforico en la boca (que un puño entero no es tan fácil de meterse en la boca, aunque yo he conocido a una chica que podía); con los estados de ánimo “No se sentía deprimida, pero la depresión suele parecerse más a lo que uno no siente que a lo que siente” que creo que es un concepto clarificador, por lo menos para los que intentamos no sentirnos deprimidos si bien es deprimente; o incluso con la privacidad, aunque no la de la propiedad sino la de los sentimientos y pensamientos “Era gracioso ver que, cuando ocurría una nimiedad, uno la capitalizaba al máximo, pero que cuando algo realmente transcendental movía las placas tectónicas de la mente, uno se callaba la boca. Porque el instinto dictaba que eso era privado” hecho con el que estoy completamente de acuerdo, aunque no sé si es gracioso, si creo que hay cosas que son privadas, tal vez en relación con mis sentimientos yo sea de los de “setec astronomy” pero es difícil saber porque y casi imposible cambiarlo.

El Abstemio es una novela que cogí pensando que también pasaba en la Irlanda de los Troubles basándome en el aspecto del protagonista de la foto de la portada y convencido de que tenía un mes irlandés (que al final resulto ser irlandés / escoces). Nada más empezarla me percaté de mi error ya que la acción trascurre en 1867 – cosa que es vedad que se dice en la contraportada, que se ve me leí con escaso o nulo interés, una vez más – Pero que en parte prueba que mi conocimiento de la moda masculina es escaso o que lo es el del que ha decidido la foto de la portada, pero uno de los dos estamos equivocados en cuanto a la moda masculina de 1867, o incluso, probablemente, ambos. 

Aclarado esto y sirviendo casi de prueba de la duración por lo menos de los preliminares de los Troubles, la novela pues se deja leer, pero poco más que aportar ya que no puedo hablar de su realismo clásico al estilo Dickens, no sé, puede que lo sea pero yo no acerté ni con la moda masculina del periodo así que como voy a juzgar su realismo. No es ni buena ni mala, correcta, pero sin nada remarcable.


Una colección de cuentos con el título El tabaco y el diablo resulta obviamente tentadora para alguien como yo, si además el subtítulo es “y otros relatos cristianos” y se trata de un libro japonés pues la tentación es casi una decisión de fuerza mayor que hace inevitable la compra. Obviamente se trata de cuentos centrados en la evangelización, o intento de, cristiana en Japón y de la recepción de esta práctica por parte de los japoneses que ya he contado otras veces pues fue recibida de forma bastante dudosa llevando incluso a rituales de sacrificio de católicos arrojándolos a volcanes y cosas parecidas pero también variable con cierta implantación de costumbres o lo que es mas extraño de algunas piezas de arte (las Maria-Kannon) que al parecer son un tipo de “estatuilla china de porcelana de color blanco o azul de la Virgen Maria con la apariencia externa del Buda Kannon, avalokitesvara bodsisattva, adorada por los cristianos japoneses ocultos en la época de la persecución cristiana para no ser descubierta su fe por lo oficiales dela autoridad” lo que nos lleva un poco a que cualquier cosa vale, como mezclar una virgen con un buda para adorarle en secreto, o incluso al hecho de que Buda hay más de uno y como aclara una nota Buda ni siquiera se llamaba Buda sino “Sakyamuni: fundador del budismo, conocido también con el nombre de Siddharta Gautama, o con el de Buda” (vamos que era un tipo con varios alias, algo que nunca es buena señal, ni siquiera para montar una religión; pero tal vez si para una secta que tampoco es tan diferente). Por cierto, que una de las peores cosas del libro es la colocación y repetición de las notas a pie de página, que es de lo peor que he visto y que casi me hace dejar de leer.

Para mi tal vez lo más curioso ha sido encontrarme con que existe una creencia tradicional japonesa sobre hacia qué lado debe de colocarse la cabeza para dormir, no por la existencia de esta creencia, ni por el hecho de que exista una palabra para colocar mal la almohada (kita-makura, que es acostarse con la almohada hacia la dirección norte) sino por el hecho de que sea la opuesta a la que tenía mi padre (que sí, que mi Padre tenía una creencia de cuál era la orientación buena para dormir ademas de creencias sobre casi cualquier cosa) que decía que la almohada debía estar al norte ya que así dormías de pie y no con la cabeza hacia abajo (hacia el sur) aunque también tenía preferencia por dormir en la dirección de la marcha de la tierra, que decía que así no te mareabas. Puede parecer un criterio estúpido – yo no creo que sea estúpido, si bien creo que como duerme uno depende de cómo sea su habitación, donde este la puerta o las cosas, más que de lo que uno prefiera- pero desde luego es menos estúpido que el japonés que se basa en que “trae mala suerte, quizas porque cuando Buda murió, estaba acostado con la almohada hacia esta dirección” ya que como todos sabemos lo que trae mala suerte es ser supersticioso, razón de sobra para no serlo.

También me ha sorprendido mucho que la resurrección no les pareciera una cosa rara “Excusado es decir que desde tiempos antiguos ha habido no pocos casos de personas que después de haber perdido la vida resucitaron. Sin embargo, la mayoría de ellos se limitan a casos de intoxicación por el veneno del sake o de los afectados por los elementos venenosos de los ríos y de las montañas”. Que a ver… que cogerse una borrachera de sake y desmayarse no es lo mismo que morir – parece un poco exagerado – y que no sé cómo de sucios estarían los ríos japoneses en aquella época para que se culpara a los mismos de la muerte habitual de personas que resucitaban (igual solo tenían cagalera).

He de reconocer que también me ha desconcertado enterarme de que los samuráis no eran considerados de la clase alta – yo pensaba que eran de las clases más altas, como si fueran nobles manchegos, maldita cinematografía – pero parece que no eran considerados de la “clase social de manga larga signifique la clase privilegiada de los nobles, religiosos, médicos, escolares, etc. que nunca tenían que remangarse por no tener que ponerse armadura”; imagino que los campesinos sencillamente no tenían mangas que remangarse y que eso era otra categoría social muy por debajo de la de los samuráis. Un libro curioso sobre un extraño país, en una época extravagante, que algún día espero visitar e incluso conocer.

Mi última lectura del mes – sí, ahora estoy leyendo bastante ya que de pocas cosas más tengo ganas – fue Los Papeles de Tony Veitch, de uno de esos autores que al parecer son clásicos – clásicos de la novela negra, para más señas e incluso para más detalles del tartan noir – pero de los que yo nunca había oído hablar, así de enciclopédica es mi incultura y a punto estuve de no comprarla porque era la segunda parte de una trilogía con un tal inspector Laidlaw, que según la contraportada es, además de carismático (al parecer, según las contraportadas, todos los protagonistas lo son) “un lobo solitario con un profundo sentido de la justicia social” algo que no tenía ni idea de lo que podía significar pero que ya en palabras del autor “Laidlaw daba la impresión de estar empeñado en labrarse una carrera como profanador de interiores, iba por Glasgow llenando de tensión ambientes hasta entonces agradables. Hoy estaba haciendo un trabajo excelente.” ¿Profanador de interiores? Excelente descripción, una frase impecable sobre todo con ese añadido final del trabajo excelente.

Y a vuelta de página otra frase propia del género “El dinero puede conseguirlo todo. Si no tienes cuidado con él, hasta puede traerte la muerte.” Poco más tarde alguna descripción de tipos humanos también propia del género “ciertas personas en caso de escuchar de un moribundo el secreto de la existencia seguido de un insulto solo se quedarían con esto último.”; otras sobre la calidad de las nuevas generaciones, solo aptas para personas de cierta edad “El hijo de Eddie, Simpsy, era como todos los demás, una imitación en plástico de su padre. Nada que ver con el articulo original. Sin clase ninguna, como sacado de la tienda de todo a una libra. Ya no los hacían como antes, pero, eso sí, seguían empeñados en fabricarlos. Sonrió al pensar en los que creían que las cosas mejoraban con el tiempo.”; y por supuesto una descripción de una mujer, algo alejada del canon del genero puro en algunos aspectos, pero impecable: “Había sido guapa. Ahora era mejor que guapa. Tendría treinta y cinco, treinta y ocho años, y se adivinaba que los había vivido con intensidad. Sus ojos sugerían que detrás de ellos podrías encontrar la cueva de Alí Babá, si te sabias la contraseña y te las habías arreglado para llegar antes que los cuarenta ladrones.”

A mí me ha parecido una muy buena novela y seguramente compre alguna más de la trilogía si es que las veo, o puede que incluso las busque por internet aunque me da un poco de miedo buscarlas en versión original, que el escoses es un idioma que suena como un idioma conocido, incluso humano, pero resulta ininteligible la mas de las veces.

Por supuesto una de mis partes favoritas es coyuntural y relativa a un bar (The Crib) ya que después de catorce años en los que el Wurlitzer no había cerrado ni un día me imagino esta sensación en alguno de los clientes habituales al llegar a la puerta uno de estos días: “The Crib estaba cerrado. Cosa tan rara, como que el sol se abstuviera de salir una mañana. Dos hombres estaban de pie frente a la puerta, contemplándola. Uno de ellos miro en derredor con expresión divertida y levanto la vista al cielo, como si quisiera cerciorarse de que no habitaba un universo paralelo. Echaron a andar justo cuando Laidlaw estaba llegando. Oyó que uno le decía al otro: ‘igual han tirado la bomba atómica sin que nos hayamos enterado’.”

Sí, no me cuesta nada imaginarme a alguno de nuestros parroquianos exactamente igual de extrañado que esa pareja en la puerta y la existencia de Piles me hace creer que tanto en los universos paralelos como en que habría gente que no se enteraría si tiraran una bomba atómica (a los lugareños de Piles la caída de las torres gemelas, el 11-S, no les parecía algo por lo que mereciera encender la televisión y por supuesto ni pensaban subir el volumen en el bar para ver qué había pasado) a menos que la tiraran en La Siesta, en Las Palmeras o el GloriaMar. Tengo mis dudas sobre si se enterarían si las tiraran en la torre de Piles pero desde luego si cayera en el Castillo de Cullera no se enterarían hasta un par de días después y les parecería irrelevante.

Así que ya sabéis “Divertíos asaltando el Castillo” (el de Cullera u cualquier otro) mientras vuelve a la vida The Crib, el Wurlitzer y, así, en general, volvemos todos un poco a la vida que ya casi estamos para que nos resuciten y no conviene esperar que no es lo mismo estar "prácticamente muerto que muerto en su totalidad".

 

Lecturas

No digas nada – Patrick Radden Keefe

Hijos de Febrero – Alan Parks

Propiedad privada – Lionel Shriver

El Abstemio – Ian McGuire

El tabaco y el diablo y otros relatos cristianos – Akutagawa Ryunosuke

Los papeles de Tony Veitch – William McIlvanney