sábado, 26 de marzo de 2022

Comentario de textos - Febrero 2022

Pues pese a que me duela ya empieza a ser costumbre esto de encontrarme en el último fin de semana del mes siguiente con “la tarea” de escribir la tradicional entrada de mis comentarios de texto y, lo que es peor, sin haber escrito ninguna otra entrada (de otros temas que es lo que divierte).

Me gustaría decir que he tenido un mes muy complicado, haciendo muchas cosas, pero, aunque he tenido bastante trabajo este mes creo que la principal causa de mi retraso se debe a la cantidad de “marcianadas” que últimamente suceden en mi entorno. Ninguna de estas marcianadas me quita especial tiempo, por lo que su utilidad como excusa es baja, pero me llevan a un estado mental en el que me “desfondo” y al final, y tras pasar casi todo el día sentado ante las pantallas (si, así en plural; que ahora tengo dos para hacer multitarea o más bien para procrastinar el doble al poder tener dos temas abiertos en el ordenador y no avanzar en ninguno) pues se me hace cuesta arriba el seguir sentado en el ordenador y, pues me cambio de silla o sillón o sofá y ya me desconecto.

¿Qué marcianadas han surgido este mes (o en los últimos meses, que el tiempo es relativo y mi memoria, cuando menos, liquida sino directamente gaseosa)? Pues de todo un poco, desde una misteriosa herencia que parece que ha aparecido, pasando por relaciones con un delegado de personal que da mala fama (o la fama que los empresarios les suponen) a todos los sindicalistas del mundo aprovechando todo para su único beneficio, sin olvidar los lentos, inexistentes, avances con la obra de Piles, las sorprendentes decisiones de algunos familiares, ofertas de trabajo verdaderamente marcianas (que ya os contare si avanzan) y, en fin, de todo un poco, desde una sobrecarga de trabajo hasta que, así sin más, el itunes de mi ordenador haya dejado misteriosamente de funcionar (algo que me tiene ahora mismo bastante mosqueado y a punto de reiniciar este ordenador para ver si se recupera o si tengo que, utilizar un método todavía más clásico, como empezar a golpear fuertemente en el lateral del mismo para que arranque).

En fin, nada realmente importante pero muchas cositas pequeñas que, a algunos al menos, pues nos descentran y, a veces, desfondan. Pero, a lo que vamos en esta entrada: mis lecturas del mes.

Empecé el mes con retraso lector ya que no tenía absolutamente nada que leer hasta que Bermejo me presto Castellano, un libro que decía que le estaba gustando y que tenía tanto en digital (formato en el que estaba leyéndolo el) como en formato físico (vamos, el libro) que no estaba leyendo.

Es uno de estos libros que son como un dos en uno: en los capítulos pares te cuenta, con la precisión y a ratos el aburrimiento de un libro de historia, de la historia de los comuneros de castilla, esos que conforman parte del barrio de salamanca; y en los capítulos impares pues anécdotas biográficas del propio escritor. He de reconocer que, a mí, los capítulos pares me han superado (ya que nunca me ha interesado la historia, a menos que este muy bien novelada, que no es el caso, aunque no esté mal) pero me he divertido sabiendo que los que juzgaron a los comuneros “en pena de su maleficio” los condenaron “a pena de muerte natural” lo cual, así, en principio, pues no parece tan grave hasta que uno reflexiona que si a uno, digamos, le dan garrote vil, o lo matan por cualquier otro medio pues puede, en un sentido amplio considerarse natural que se muera. En estos capítulos también aparece la frase “algo que tiene la barbarie es que crece y se reproduce a medida que se ejercita” que es una buena forma de expresar un hecho innegable.

Respecto a los capítulos impares me quedo con los primeros en los que cuenta como el adquiere un espíritu castellano cuando se marcha a vivir a Cataluña y cuando descubre a, oye una cinta de Nuevo Mester de Juglaría en un viaje en coche (si es que alguna música hace mucho daño; menos mal que no tenía una cinta de Joaquin Diaz. LO digo con conocimiento de causa que en casa estaban, en vinilo, tanto la cinta que Lorenzo Silva oye en el coche en su viaje epifánico, como, ya digo, cosas más duras como el ya mencionado Joaquin Diaz, al que yo vi actuar en una iglesia de un pueblo de Segovia – Sotosalbos, creo que se llamaba – un día, de los escasos, en que mis amigos me llevaron engañado de excursión al campo, pero, eso, ya si eso, lo explico otro día).

También, uniendo la parte personal con la parte histórica, me ha gustado recordar (que sí, que lo sabía) que Madrid debe su nombre a que “Para abastecerse de agua, dada la poca que le podía aportar el rio Manzanares y el desnivel favorable para traerla, recurrió a un tipo de conducción subterránea desarrollado por los aqueménidas, que los árabes importaron de Persia y llamaron mayrat, cuyo plural dio la palabra Mairit” y que es lo que algunos, en el sector, llamamos “los viajes del agua” de Madrid. Vale, no sabía los detalles, como que los desarrolladores se llamaban aqueménidas pero si sabía la historia y siempre está bien reconocer historias que conoces, aunque sean tan inútiles y absurdas, o de tan poco interés general, como estas.

Antes he mentido un poco y la verdad es que me quedaba un libro por leer de los que había comprado el mes anterior en mi librería de referencia (por si os habéis olvidado, y ahora que habrá cambios en mis librerías de referencia, Méndez en la calle mayor donde ya están todos esperando vuestras visitas) y que, es posible, que incluso hubiera empezado antes de que Bermejo me prestara este, pero con el que no había conseguido avanzar. El libro en cuestión se llama Nostalgia pero que realmente es una especie de recopilación de cinco cuentos o novelas cortas. ¿Por qué había comprado este libro, que así, de primeras ya tenía aspecto de ser bastante infumable? ¿es que estaba loco? ¿es que había desabastecimiento y era lo único que quedaba? No, nada de eso (o si, quien sabe). La verdad es que lo compre porque (para los que no lo sepáis) me pase un año, o algo más, prácticamente a caballo entre Madrid y Braila (una pequeña, pero no pintoresca, ciudad del este de Rumania). Iba y venía lo suficiente como para que me compensara tener tarjeta de viajero frecuente de Tarom (las líneas aéreas rumanas), lo suficiente incluso para coincidir con varios de los acordeonistas que asolaban las calles de Madrid por aquella época y nunca (creo) había tenido la oportunidad de leer a ningún autor rumano (ni siquiera estaba seguro de que este concepto existiera), añadiría actual pero no es necesario. Es decir: sentía curiosidad por intentar entender un poco más a algunos de los conocidos que deje allí y, ya sabéis mi extraña teoría, de que se prende los libros. El caso es que no conseguí acabármelo (afortunadamente me prestarían otro libro a tiempo) y aunque puede que le de otra oportunidad en alguna tarde de desesperación no parece algo probable.

Pues eso, que cuando estaba atascado en la lectura del rumano anterior, Alvaro se acabó Project Hail Mary, un libro de ciencia ficción que le había regalado por navidad, y me lo paso. Salvado por la campana, menuda diferencia. Todo lo malo, o intenso, que era el anterior, lo tiene este de entretenido, incluso de ligero pese a que casi toda la ciencia que le aporta a la ficción (suficiente pero no en exceso) es bastante creíble y viable. Alguna es clásica como eso de pensar que si hay vida alienígena no tiene por qué parecerse en nada a nosotros, ni siquiera sus condiciones de vida han de ser similares, o compatibles con las nuestras; otras son simplemente reflexiones tan cotidianas que sorprenden como la del astronauta que se pone a pensar en algo y “I tried to scratch my head, but the vinyl suit got in the way” y, que a mí por lo menos, me hace pensar en cómo se verían limitados en algunas circunstancias comportamiento tan sencillos y tan interiorizados como rascarse la cabeza para pensar; otras sencillamente geniales basadas en la premisa del libro (la potencia del sol está disminuyendo y la tierra se va enfriando lo que nos lleva a la destrucción) y que crean un dilema moral a algunos cuando otros proponen cosas como “derretir los polos con explosiones nucleares” ya que si el problema es el enfriamiento de la tierra la solución es fácil:  “Humanity has been accidentally causing global warming for a century. Let’s see what we can do when we really set our minds to it… I care about saving humanity. So get me some greenhouse effect”.; otras son más personales cuando a los astronautas que irán en una misión especial, probablemente suicida, les consultan sobre como (si llegara el caso) les gustaría morir y la respuesta de una de ellas (la rusa) da lugar al siguiente dialogo:

“Heroin”. She shrugged. “I have been good girl all my life. No drugs. Limited Sex. I want to experience massive pleasure before I die. People die from heroin all the time. Must be nice.”

I rubbed my temples. “You want to die… from a heroin overdose?”

“Not immediately,” she said. “I want to enjoy. Start with normal effective dose. Get High. Addicts all agree first few uses are best. Then downhill from there. I want to feel those first few doses. Then overdose when time is right”.

“I guess. We can do that,”

Y por supuesto, para mí la mejor, la relativa a la capacidad inteligente de la especie humana “We’re as smart as evolution made us. So we’re the minimum intelligence needed to ensure we can dominate our planets”. Ese nivel de inteligencia, pero parece que ni una gota más de la necesaria y cada vez menos. Verdaderamente entretenida y si yo fuera ese tipo de persona, os la recomendaría, incluso bastante.

En fin, siguiendo con las cosas extrañas que últimamente pasan o que han pasado a raíz de la pandemia mi amigo Table me trajo un librillo, que ha editado el mismo en el que recopila una serie de conversaciones por correo o algún otro medio tecnológico con sus compañeros de oficina. Camera Café lo ha llamado ya que es el grupo que solía tomar café prácticamente todos los días en la oficina y con el que yo, los años que trabaje en la misma oficina, pues también tomaba café. La verdad es que es una lectura extraña en la que se puede comprobar, o más bien reafirmar las características que uno ya le había asociado a cada uno de los personajes (personas) que conforman un grupo heterogéneo dentro de un grupo básicamente homogéneo. Aporta ese punto nostálgico de recuperar el contacto con conocidos con los que has compartido desayunos durante bastante tiempo y que ya no ves, y sobre todo las instrucciones claras del juego con el que veíamos quien pagaba el desayuno que, sencillamente, yo nunca legue a entender, ni mucho menos, aplicar bien de puro freak que era (o es, que igual el grupillo lo ha retomado ahora que ya hay actividad presencial).

Como veis a base de préstamos y regalos, ya había pasado más de la mitad del mes, pero aún me quedaba un puente en Piles (para conseguir dar luz al piso de arriba, aunque sea en precario, a la espera de avanzar con la obra necesaria) así que ya se imponía la visita a la librería Méndez para acaparar lecturas ya que, aunque he escrito puente se trataba de la semana blanca, o de la semana de carnavales y había que rellenar la bolsa con lecturas.

Pero no, no os asustéis porque pese a que fuera a pasar cinco o seis días en Piles (lo que obviamente representa cinco o seis libros, como mínimo) mi torpeza al empacar hizo que me olvidara de mis marcadores por lo que tras el tiempo trascurrido desde la lectura mis comentarios serán breves ya que se basaran en lo que recuerdo, sin ningún apoyo memorístico.

Empecé por Enterrador, que empecé antes de marcharme a Piles en parte porque una vez comprado (leída la contraportada con calma) era el que menos me apetecía ya que no es una novela sino una especie de memorias de un empresario de pompas fúnebres, y, a mí, las historias reales me interesan mucho menos que las inventadas. No está ni bien, ni mal; se deja leer, pero tiene poco que aportar. Le falta la gracia, el humor negro si quieres decirlo así, que uno esperaba de las historias de un enterrador (que resulta que no lo es, que es un empresario de pompas fúnebres y no, no es lo mismo). Si me gustó mucho (Lo suficiente para hacerle una foto mientras leía) la frase “Matar a alguien de la misma especie – a uno mismo o a otro – requiere verdadera resolución y un silencio de muerte, aunque sea momentáneo, de todas las voces que se levantan en contra.” Ojalá la gente escuchara más y no se encerrara en sus silencios voluntarios.



Si eres como yo y tienes una pilita de libros entre los que hay uno que se llama Empezamos por el final está claro por cual empezaras, no, no hay duda. Tampoco hay duda de que esta novela es melodrama en toda regla, con sus buenos, muy buenos, con sus malos, incluso con una niña y su abuelo, con muchos problemas familiares y de identidad. En fin, que tiene todo para ser un melodrama y lo es. Ninguna duda al respecto, pero, a mí, me ha gustado, incluso me ha gustado mucho. Puede que sea que me voy haciendo mayor o que siempre me han gustado los melodramas escritos (no en la vida real, que no los soporto) y bueno, por supuesto el personaje del abuelo, pues que voy a decir que quien no querría ser un abuelo así, quien no cree que el sería un abuelo así, aunque este muy lejos de serlo.

Un libro con un mago o con cartas en la portada siempre llama mi atención y si va sobre artistas de variedades (incluyendo en esto a magos que no son estrellas) pues tiene todas las papeletas como le ha pasado a Bueno, aquí estamos. Aquí también hay bastante melodrama, con niños desplazados de la guerra, aunque esta vez para bien ya que se trata de un desplazamiento dentro de la propia Inglaterra a una familia que siente más cariño por el desplazado que la propia pero básicamente es la historia de un triángulo amoroso que está bien pero que no acaba de convencer, al menos a mí no me ha convencido.

Cuando le tienes cariño a un autor, cuando además coincides a veces con él por el barrio e incluso has tomado alguna cerveza con él, aunque sospeches que su nueva novela no va a ser buena pues la compras y te arriesgas. Esto es lo que ha pasado con Una historia ridícula que solo la compre por el autor y la verdad es que no me ha convencido nada, pero seguiré comprando lo que publique Landero ya que cuando es bueno es muy bueno y cuando no lo es, tampoco es tan malo. Siempre se deja leer.

La verdad es que intente no leerme Bobby March vivirá para siempre en Piles, con la intención de traérmela de vuelta Madrid ya que es la tercera de una serie que me está gustando bastante y, no sé, porque estuvieran todas juntas. Lo primero que tengo que comentar es que obviamente el titulo no está bien traducido. A ver, está perfectamente traducido pero la traducción estricta hace que se pierda la gracia de la serie: la primera se llamaba enero no sé qué, la segunda algo de febrero y esta… esta, en inglés, si se llama marzo no sé cuántos, pero claro en español ese marzo no se lee como un mes. Dicha esta tontería la verdad es que es una buena novela policiaca, no estrictamente negra, que está compuesta de varias historias que parecen completamente desparejas, pero. sin spoilers… de momento por mi puede seguir con más meses que las estoy disfrutando.

Bueno, estoy tentado de repetir alguna de mis promesas de que escribiré más y de otras cosas, pero… ya sabéis lo que digo y dicen: “si te engañan una vez, no es cumpla de nadie a todos nos pueden engañar; si te engañan una segunda vez es porque el que te engaña es muy bueno; si te engañan una tercera… es que eres tonto y (casi) mereces que te engañen”. Así que, no digo más que decía aquel y ¡Disfrutad asaltando el castillo!

 

Lecturas

Castellano – Lorenzo Silva

Nostalgia – Mircea Cartarescu

Project Hail Mary – Andy Weir

Camera Café (o semanario de una pandemia) – Fernando Mesa

Enterrador – Thomas Lynch

Empezamos por el final – Chris Whitaker

Bueno, aquí estamos – Graham Swift

Una historia ridícula – Luis Landero

Bobby March vivirá para siempre – Alan Parks

domingo, 20 de febrero de 2022

Comentario de Textos enero 2022

Aquí estoy de nuevo, aprovechando esta tarde de sábado / mañana de domingo (no, no es que no sepa en que día vivo, ni si es por la tarde o por la mañana; es porque, aunque empiezo en la tarde del sábado igual se alarga la escritura y no lo termino hasta mañana), para escribir sobre mis lecturas (si, si, ya se, que llevo varias prometiendo escribir sobre otras cosas, pero… en fin, que “no me da la vida” que, al parecer dicen algunos grupos de jóvenes, y no tan jóvenes).

El caso es que ha sido un mes bastante interesante para mi vanidad ya que un par de personas con las que trabajo habitualmente, ellos en el papel de mis jefes y yo en el papel de experto (en mis cosas), me han pedido si querría darles cursos o charlas de formación. Es algo que en gran medida me ha sorprendido mucho ya que pese a que cada vez que me preguntaban algo yo les contaba “un rollo” de los míos, contestando a su pregunta, pero también comentando todo tipo de cuestiones colaterales, proporcionándoles opiniones discutibles (refiriéndome con ello a opiniones no aceptadas, o no pensadas, por algunos) y con sus toques de teoría y anécdotas que, seguramente, no venían al caso. Bueno, que os voy a contar; ya sabéis, esa forma mía de contar según qué cosas que es entre ordenado y disgregada, pero sobre todo verborreica por escrito y ellos jamás habían mostrado demasiado interés en entrar en el debate que siempre propone uno cuando explica algo. Vamos, que yo tenía mis dudas de que mis respuestas les parecieran ni tan siquiera adecuadas, pero, mira tú por donde, parece que sí que se lo parecían y que “les aclaraban” las cosas que preguntaba.  “… sorpresas te da la vida…” que cantaban aquellos y aquel otro (que sí, que la versión original no es la que yo canto imitando a la Orquesta Platería, eso lo sabemos todos), antes de añadir “…si naciste pa’ martillo, del cielo te caen los clavos...:”

Claro, de momento estoy bastante contento, henchido de vanidad (vamos, como siempre, que es algo que pese a mis inseguridades no me falta), básicamente porque todavía no he dado ni el curso que me han pedido que preparara (de momento solo he preparado el Syllabus que dicen los profesionales) y tampoco he dado mi charla (clase magistral, prefiero llamarla yo), aunque esta ya está preparada, y no solo en mi cabeza, a falta de pasarla a limpio (que es cuando suelen darse las cosas por preparadas) sino que incluso ya tengo la presentación (si, en PowerPoint, cual profesional).

Pues eso, que de momento todo bien… imagino que cuando de la clase magistral (este jueves, justo antes de marcharme para Piles a descansar un poco e incluso a ver si avanzamos con la contratación de la obra que necesita la casa nueva) andaré menos contento ya que mis jefas (en este caso ambas son chicas) habrán comprobado que igual no fue tan buena idea pedirme esta cosa a mí, y que si al final lo del curso sale adelante pues igual y les hacen una evaluación a los alumnos sobre el profesor (el que esto escribe) pues igual me vuelven a suspender todos como en mi última participación en la EOI. Ya os iré informando, si va bien… que, si va mal, pues me callare y lo dejare correr para ir a lamerme las heridas de mi vanidad.

Eso sí… ahora me toca preparar un curso y conociendo lo que me lleva a mi preparar este tipo de cosas pues… me temo que me he metido en un buen berenjenal del que ya veremos cómo salimos, pero desde luego leyendo algo menos y probablemente sin conseguir escribir de otras cosas que del curso… o no, ya veremos, no adelantemos acontecimientos que luego las cosas funcionan de formas muy raras, inescrutables que diría otros.

No todo han sido alegrías, sino que he recibido una mala noticia, pero, como todavía no está confirmada al cien por cien, pues de momento no os la comento ya que todas las decisiones son reversibles y puede que al final la noticia no se produzca o que, pese a mis reticencias iniciales, sea para bien.

Ya veremos, de momento solo puedo confirmar que este mes mis lecturas no me han llenado de satisfacción, sino más bien todo lo contrario. Este mes no he acertado con mis elecciones en mi librería de referencia de la capital del Reino (del de esta España nuestra, digo) y mi primera elección Que no te quiten la corona que, así en principio (sobre la base de la contraportada) no tenía mala pinta y podía incluso tener un toque sesentero con su protagonista de edad madura y problemas vitales por su alcoholismo y soledad , me ha resultado tan insoportable que la he tenido que dejar poco después de pasar el limite teórico de las cincuenta páginas. No sé, igual en algún momento le doy otra oportunidad a lo que parece una aburrida historia centrada, por algún extravagante motivo, pero sin ninguna gracia, en Cimino y Melville (ahí es nada, para que luego digan de intensidad).




Tras esta decepción (siempre resulta penoso abandonar un libro que uno ha escogido) volví a mi librería de referencia y cuando ya me estaba yendo el hermano menor me dijo “has visto la de LeCarre”, le dije que no, aunque la había visto de reojo y no me había tentado mucho. Por mucho que lo intento no consigo pillarle la gracia a LeCarre y la cotidianeidad de sus espías. En cualquier caso, al final cogí Proyecto Silverview, tanto por la recomendación como por esa nostalgia de leer autores que gustaban a mis padres pese a que ya sepa que no me gustan. Son cosas que no puedo evitar y menos en el caso de la gran novela postuma del autor, ya que con eso uno entiende que no habrá más (ya veremos que esto de las herencias de los escritores famosos es lo que tiene) y bueno, pues un último esfuerzo igual valía la pena.

Es más, de lo mismo, de lo de siempre. Está bien escrita, pero a mí no me ha despertado el interés. Eso sí, obviamente el homenaje a mi madre queda servido solo con leer esta frase: “ya estaban en la cocina ayudando a su madre….  …Ocupándose además de que su madre tuviera en todo momento un gin-tonic al alcance de la mano, porque no era que fuese alcohólica, pero juraba ser incapaz de cocinar sin tener preparado algo fuerte que beber.”  Algo que también pasaba en mi casa con mi madre, que siempre tenía un gin-tonic al alcance de la mano (además de otras botellas para echarle a la comida ya que para ella todos los platos requerían su poquito de coñac o de oporto o de cualquier otro licor) aunque en su caso no creo que toda la frase sea aplicable.

Creo que Escombros tiene una de las portadas más feas de los últimos tiempos y es casi un motivo para no comprarla ya que parece una mierda de novela juvenil pero la verdad es que a veces las portadas engañan y como era de un colombiano pues decidí darle una oportunidad pese a ese aspecto de mala novela juvenil. La verdad es que no es juvenil y tampoco diría que es mala, claro que tampoco diría que es buena o no juvenil., creo que esperaba más del personaje principal que al final no ha conseguido interesarme. Eso sí, me ha sorprendido mucho la información contenida en esta frase: “así que mi viacrucis no fue maíz trillado como el de Cristo que solo tuvo que subir un montículo, el Calvario, y con asistente, el Cirineo, un judío muy bello, esterilizado, que le ayudaba a cargar la cruz”. No sé, en mi imaginario personal y creo que en de todos está el de Cristo subiendo la cruz hasta el Gólgota él solo, sufriendo bajo su peso y con una corona de espinas, pero ¿ahora va y resulta que tenía un ayudante para llevar la cruz? Sorpresas te da la revisión de la historia sagradas porque si, parece que lo del Cirineo (San Simón de Cirene) es cierto, aunque no se sepa mucho de él, salvo que venia del campo. Ya ves tu, toda una imagen tradicional queda subvertida.


Cuando tenía en mis manos El señor Wilder y yo, tenía muchas dudas ya que el titulo me parecía curioso y con posibilidades de ser divertido (con Billy Wilder de coprotagonista, casi seguro sería divertido) pero el autor… el autor me producía muchas dudas… estaba casi seguro que no me gustaba., tenía la sensación de haber leído un par de novelas suyas que no me habían hecho ninguna, o poca, gracia. Lamentablemente mi memoria tenía sus dudas sobre el autor y al final decidí cogerlo. No es que fuera exactamente un error, pero vamos, que me podía haber ahorrado la lectura de este libro en el que, desde mi punto de vista, solo hay una historia razonablemente divertida: con Billy Wilder recorriendo granjas pro Francia para tomar queso Brie y llegando tarde a un rodaje. Pero ya digo, solo razonablemente divertida la mejor anécdota, el resto pues prescindible.




Los colores del adiós, mi última lectura de este mes, es tal vez la que más se salva entre las escogidas este mes y, creo, que es básicamente por ser un libro de cuentos, que al ser más dispersos pues siempre hay más posibilidades de que haya algo bueno en ellos. El caso es que si bien tengo la sensación de que me ha gustado no consigo recordar ninguno de los cuentos y mucho menos nada especial de ellos (no he marcado ni una sola frase) lo que, me parece a mí, no puede ser una buena noticia respecto a la calidad del libro. Pese a todo, tengo la sensación de que no me ha disgustado, pero, como digo, la verdad es que el listón estaba muy bajo este mes.

En fin, pues eso que voy a ver si voy preparando mi curso por si al final me lo contratan y vosotros pues ¡Divertíos asaltando el castillo!

 




Lecturas

Que no te quiten la corona – Yannick Haenel

Proyecto Silverview – John Le Carré

Escombros – Fernando Vallejo

El señor Wilder y yo – Jonathan Coe

Los colores del adiós – Bernhard Schlink













domingo, 6 de febrero de 2022

Comentario de Textos - Diciembre 2021

La verdad es que este mes se me ha complicado lo de escribir sobre las lecturas del mes anterior (diciembre) y pese a que casi todos los fines de semana, e incluso algún día entre semana, he pensado en sentarme a escribir de estas lecturas para después, con tiempo, ponerme a escribir sobre otras cosas.

De hecho, tenia, todavía tengo, en la cabeza una recopilación de anécdotas de viaje que me apetece contar ya que, por algún extraño motivo, quizás por una simple cuestión estadística, me han sucedido algunas extravagancias divertidas en algunos de mis viajes. Curiosamente, la última, la que disparo esta idea, fue hace poco en uno de mis últimos viajes a Piles. No en el último que he hecho en coche conduciendo yo solo, tras algunos, bastantes ya, años de no conducir (si excluimos las veces que he conducido por el lado equivocado de la carretera en Nueva Zelanda) y en el que no sucedió nada memorable salvo que, siguiendo a tradición familiar iniciada por mi hermana Helena pues me pusieron una multa por exceso de velocidad (pequeño exceso de velocidad) que solo comento para que acepte mejor mis burlas cada vez que le llega una multa después de un viaje (incluso de un viaje corto a, digamos, Cercedilla).

No, en este último viaje no sucedió nada especialmente “extravagante” pero creo que fue en el anterior cuando cogí un taxi en la calle Hortaleza para ir a la estación de Atocha y antes de llegar a la esquina el taxista me pregunta “¿tiene mucha prisa?” y yo le contesto “no, no especialmente, yo siempre voy con tiempo” (algo que todos los que me conocen es cierta medida un poco falso, ya que yo normalmente no voy con tiempo… Voy con mucho tiempo, a veces el suficiente para coger el avión o tren anterior al mío). Total, que me el taxista me empieza a contar que además de taxista tiene un servicio o de mensajería para un banco y que tiene que acercar unos papeles a la calle Almagro, pero que no tarda nada: que es entrar y salir, que es un poco de desvío pero que, por supuesto, parara el taxímetro. Le digo que sin problema que, perfecto, que nos acercamos por Banco Caminos sin problema. El tío se queda bastante sorprendido ya que él no ha mencionado el nombre del banco y me dice que como conozco yo Banco Caminos. Total, que le cuento que lo conozco desde hace muchos años, que de hecho es mi banco, y nos ponemos a hablar de la gente de Banco Caminos que conocemos ambos, de ahora y de hace bastantes años. El tío no da crédito y tenemos charla hasta que llegamos a Atocha y nos despedimos como casi amigos de toda la vida. No es una gran historia, pero tampoco es normal que un taxista te lleve a hacer un recado cuando lo coges. Aunque por extraño que suene no es la primera vez que me pasa algo así. Pero, como digo, ya, si eso, pues os contare otras aventuras más divertidas o sorprendentes de mis viajes otro día que este mes, por aquello de haber estado en Piles un puente, mi lista de lecturas es un poco más larga de lo habitual, aunque como contrapartida, por haber dejado los libros en Piles y no poder consultarlos, por tener solo unas notas y mi memoria (por llamarla de alguna manera) mis recuerdos de los libros son más escasos y puede que el post no se alargue tanto. A ello.

Por alguna extraña casualidad de la vida entre los libros “expuestos” en mi librería de referencia había varios libros de escritores africanos y por algún extraño motivo al final me encontré con que había elegido a dos africanos entre mis lecturas para irme a Piles. El primero de ellos era la nueva novela del último premio nobel, Crónicas desde el país de la gente más feliz de la tierra. Como no había leído nada de él y como se trataba de un premio nobel; de hecho, del primer premio nobel africano. Algo de lo que me he enterado después ya que de repente me parecía mucho tener para leer dos novelas de dos premios nobel africanos y me pregunte cuantos habría. Una búsqueda en internet, me aclaro que de momento hay cuatro y que cuando acabara estas lecturas pues ya me habría leído a todos los escritores africanos que tienen un premio nobel. Pese a no saber que esta, y la otra lectura, me situarían en un nivel cultural extraño, me convertiría en alguien que ha leído a todos los escritores africanos con nobel, pues decidí darle una oportunidad, además se supone que trataba de la corrupción en una Nigeria imaginaria y los libros de corrupción siempre parecen ir a ser entretenidos.

La verdad es que a mí no me ha entretenido y sobre la base de solo esta lectura me resulta incomprensible que le hayan dado un premio nobel. Es verdad que esta novela es de después de que le dieran el premio e igual ha empeorado mucho, pero yo me pensaría incluso en quitárselo.

Imagino que igual le dieron el premio nobel por usar palabras como ordalía que, aunque te suena su significado no lo tienes muy claro y que no sabrías bien usar en una frase salvo que esta fuera sobre la inquisición española. Claro, cuando lees que la “cultura familiar” de esa Nigeria imaginaria (pero imagino que no tan imaginaria) todavía sigue practicando cosas como “las viudas eran sometidas a ordalías espantosas para demostrar que no habían estado involucradas en la muerte de sus esposos. En algunas comunidades, después de lavar al muerto, la mujer padecía la tortura medieval de la ordalía. La obligaban a beberse la porquería residual del lavado ritual del cadáver, Si vomitaba, entonces era una asesina. Si retenía aquellas aguas residuales en el estómago, bueno, una lástima. Tenía que encontrar la manera de recuperarse de la náusea e incluso del envenenamiento”, todo eso después y antes de otras cariñosas muestras de apoyo a la viuda pues piensas que igual se hemos avanzado en España desde la inquisición, e igual otros, pues, no tanto.

Hablando de palabras he de reconocer que me ha chocado ver mucho la falta de imaginación para nombrar a los testículos del autor en esta Nigeria imaginaria, o en el caso de que la palabra usado se corresponda con la usada en la Nigeria real, la falta de una palabra propia para nombrar a los testículos que se deduce de “primero te quitas los pantalones, pero ya es demasiado tarde. ¿Ya tienes a las hormigas soldado enredadas en los pelos de los blockos!”, donde blockos que está en cursiva suena demasiado parecido a la palabra inglesa. No sé, son cosas que me extrañan.

La media luna de arena es una novela que se anuncia a sí misma (o que el editor anuncia desacertadamente) como “Noir mediterraneo” creo que da mala espina a casi cualquiera y hace difícil empezar a leerla con ganas, por lo menos a mí no me daba mucha confianza. Afortunadamente no me cuesta nada reconocer que estaba equivocado y os recomiendo que ignoréis ese término lamentable con el que se anuncia y le deis una oportunidad. No os la recomiendo porque yo no recomiendo libros, pero es una novela negra muy entretenida (y si, pasa en Italia, lo que supongo la convierte en mediterránea) con frases que siempre he pesado y, afortunadamente, comprobado en la vida real que son totalmente ciertas como “cuando se habla de repartir puñetazos no siempre s la complexión o la forma física lo que decide quién gana, sino el nivel de cabreo, que se traduce en la determinación de repartir leches a diestro y siniestro.” mientras que en otros casos la comprobación de la realidad ha sido desafortunada ya que “la diferencia entre los pecados y las buenas acciones es la siguiente: las buenas acciones antes o después acaban olvidándose, pero los pecados tienen la cola muy larga”.

Otras frases simplemente suenan bien, aunque no quede plenamente claro su significado “aquellos ojos que no consiguen mantener la mirar y se apartan, la melancolía de quien ha visto más vida de la que le habría gustado ver, pero ha vivido menos de lo que habría sido justo” pero que, seguro que sirven, adaptadas, para mensajes de tazas de desayuno o de poster de autoayuda y crecimiento personal.

 También tiene frases plenamente desacertadas como “Pero, en aquellos parajes, el elevarle la categoría profesional al interlocutor esta una especie de respeto consolidado: así, el aparejador se convertía de inmediato en ingeniero, al ingeniero se le promovía a arquitecto y el profesor era en al acto doctor”. Pero ¿Qué majadería es esta? ¿Qué majadería es promover a un ingeniero a arquitecto? A quien se le ocurre tamaña perversión de la realidad, como para dejar de leer inmediatamente.

Después de un premio nobel y de una novela mediterránea, le tocaba turno a mi segundo premio nobel del mes, al último premio nobel africano y a su Paraíso, título que ya desde la contraportada se ve que va a ser irónico porque va de las desventuras de un joven de 12 años al que su padre da en prenda de pago a un comerciante. Dicho así, parece que va a ser peor de lo que es, que contendrá mucha tristeza y que será un verdadero dramón El caso es que no lo es, es una novela entretenida, aunque es posible que yo no haya pillado “la gran riqueza de matices en la complejidad de una sociedad africana en plena mutación causada por la presencia de una cultura europea sobrevenida” y que tras la lectura no estoy seguro de que aparezca en ningún momento la cultura europea (más bien la cultura norafricana, contrapuesta a la del áfrica negra; casi la cultura mediterránea ya que no hay que olvidar que parte de áfrica es mediterránea) pero que sabré yo.

De hecho, cuando el protagonista se plantea traducir el Corán se pregunta “¿es para adultos esta religión? No sé qué es Dios ni recuerdo sus miles de nombres y sus millones de promesas, pero sé que no puede ser ese gran tirano que adoráis” que más que ir en contra de la cultura europea, contra la que podría ir ya que el Dios no es mejor en ella, parece ir en contra de otra cultura como decía antes.

A mí me fascinan el mantenimiento de esas creencias – que no digo que no sean ciertas – me manifiestan un pensamiento mágico fascinante como “Al cabo de unos días, supieron que estaban cerca del lago. La luz que tenían delante parecía más intensa y aun así suave a causa del peso del agua que tenía debajo.” Ni más ni menos, el peso del agua de debajo… en fin, no sabría ni por dónde empezar a debatir.

Cogí El poder del perro (que no tiene nada que ver con la novela homónima de Winslow, Don; Don de nombre y de señal de respeto) porque era del oeste y una película nueva en Netflix que no había visto pero que por algún motivo (publicitario) me estaba recomendando cada vez que veía cualquier serie. La leí con interés ya que es la historia de dos hermanos que no pueden ser más distintos (de hecho, se presentan como tan diferentes que llega a ser absurdo pensar que son hermanos) que trabajan su propio rancho en el que viven juntos. En la vida de uno, el sensible y rechoncho, conoce a una mujer que lleva a vivir a la hacienda y bueno, las cosas no van como sería deseable. Nada especial hasta que lees el “postfacio” y resulta que se te ha escapado la homosexualidad latente de uno de los personajes y que todo es una especie de sátira social sobre los estereotipos de sexo. Toma ya, lo que descubres leyendo la parte final que desde mi punto de vista resulta una interpretación torticera que solo es explicable porque esta parte esta escrita por Annie Proulx que si escribió una novela con temática gay entre vaqueros (Brokeback mountain por si alguno paso en asilamiento sobre el 2005). ¿Qué porque me leo el postfacio? Pues ni idea, pero gracias a ellos también me he enterado que el autor estuvo en estudiando literatura inglesa en el Colby College de Waterville, Maine; algo que me ha hecho ilusión porque es un sitio que conozco y en el que una vez dimos (Barcina y yo) una “charla” a sus alumnos en calidad de turistas europeos y luego pasamos una tarde fascinante leyendo los comentarios que los alumnos habían hecho de nosotros.

Hay novelas de las que lo único que se puede decir es que son novelas inglesas, Bajo la red es una de estas. Se trata de una novela de personajes extravagantes, en las que hay una relación de chico quiere a chica que quiere a chico que… ya sabéis, pero con cierta afición al alcohol “para entonces ya había ingerido suficiente alcohol como para sentirme desesperado ante la perspectiva de tener que dejar de beber” pero con fuertes, a la par que absurdos principios “me dijiste una vez que era de mal gusto beber en un pub cuyo nombre no se conoce o entrar y no beber.” que suscribo plenamente y espero que todos suscribáis ya que no hacerlo es de muy mala educación (si, es de muy mala educación entrar en un bar y no beber, inaceptable).

El personaje también tiene manías que me son muy conocidas “Nunca me permitirá dormir durante el día. El sueño de día es un sopor maldito del cual uno despierta desesperado.” Y “Pertenezco a esa clase de hombres que prefieren caminar veinte minutos a esperar cinco en una parada de autobús y cogerlo para un viaje de otros cinco” y que entiendo que igual no compartáis ya que estas no son obligatorias, solo aconsejables.

La última novela que me había llevado a Piles desde mi librería de referencia era Un lugar desconocido, que es una extravagante novela japonesa en la que el protagonista se entera, durante una reunión de negocios, de que acaba de morir su mujer de un infarto. Se le hace extraño el lugar (una zona con muchas casas de citas) y las circunstancias de la muerte y se pone a investigar para terminar descubriendo algo que preferiría no haber sabido.

Es una novela curiosa en el sentido de como refleja las relaciones sociales y algunas costumbres de un Japón post guerra mundial que sigue, en gran medida, siendo tan exótico como el que más. Tengo que ir a Japón, cualquier día de estos, aunque supongo que no descubriré nada especial y puede que sea una decepción. Ya veremos.




Aunque solo estuve el puente, como no me apetecía trabajar, leí lo suficiente para quedarme sin lectura y lo único que encontré que no me hubiera leído fue Habla memoria, que se supone es una biografía del escritor Nabokov. Digo se supone ya que hay un par de capítulos sobre el linaje familiar que superan en aburrimiento a los del Silmarillion de Tolkien seguidos por otros capítulos sobre lepidópteros que terminan de rematarte. No hay nada bueno que pueda decir de este libro de memorias, en el que prácticamente no hay nada interesante y que se queda en unos primeros años verdaderamente aburridos.

A la vuelta de Piles, otra visita a la librería Méndez (ya sabéis, calle mayor de Madrid, donde ya están reincorporados ambos hermanos) y ya podía reponer mi pila de lecturas para lo que restaba de mes. Todavía mucho pero no os asustéis, ya con menos ritmo lector así que no debería faltar mucho para llegar al final de este post.


Nosotras ya no estaremos me tentó porque es de una escritora valenciana y trata sobre la herencia de una casa familiar y el empecinamiento de la protagonista por quedársela, empujada por sus recuerdos y nostalgias varias. Supongo que en parte esperaba sentirme identificado, o relacionado por lo menos, con cuando “perdimos” (la familia) El Puig que ha sido lo más parecido que hemos tenido a una casa familiar de vacaciones (la de Cangas de Onís, en la que también pasamos muchas vacaciones – de más pequeños – para mí no cuenta ya que se “perdió” cuando éramos demasiado pequeños, al morir mi abuelo y aunque tengo muchos recuerdos de esa casa, incluso de cangas, puede que muchos sean inventados y no tuvo ningún impacto real); sabía que no me sentiría identificado con la casa de Piles por muchas razones que no vienen al caso y, porque además no la hemos perdido y seguimos manteniéndola los hermanos, e incluso ampliándola.

La he leído y la verdad es que no está mal, pero tampoco está bien.  Se deja leer, pero poco más. Por lo menos a mí no ha conseguido envolverme, o implicarme en la historia ni siquiera cuando aparece un Benito (un abuelo muerto) que es un nombre que es raro en Valencia, tierra de Rafaeles y RIcardos. En cualquier caso, es vedad que da gusto afirmaciones con las que uno está completamente de acuerdo como “Hacer lo que nos gusta no es garantía de estar haciéndolo bien, por mucho que digan los coaches y los gurus del mindfulness” que es algo que la gente parece haber olvidado hoy en día y que creen que, si algo les gusta a ellos, pues ya está bien. Y nada más lejos de la realidad, que te guste no es suficiente… igual que no es necesario, ni suficiente, tener toda tu vida llena de actividades, siempre hay que dejar espacio para el aburrimiento “Aun no sabe la niña que de ese aburrimiento han de surgir las cosas más hermosas, que es en la fertilidad del tiempo vació donde surgen las grandes ideas.” Que para mí es otra gran verdad.

Vida de Gerard Fulmard, tenía pinta de ser una novela tipo Mendoza, con un detective impropio y disparatado (un auxiliar de vuelo en paro, vamos un azafato de toda la vida) e incluso con ese toque de tener a todo tipo de personajes estrambóticos alrededor (o al menos según la contraportada). La verdad es que al acabar de leerla pues entiendes que Mendoza es Mendoza y que no es tan fácil de imitar, que no basta con plantear las situaciones o los personajes, sino que hay que saber llevarlos. La única frase que he marcado como graciosa es “Parece divertido, como si tan solo fuese una idea extraña, disparatada pero graciosa, como si acabaran de proponerle un picnic en una estación depuradora de aguas residuales, un fin de semana en un campo de tratamiento de aguas cloacales.” Que a mí me hace gracia por varios motivos: el primero porque recuerdo las caras de mi hermano Rafa una vez que camino a Piles le hice parar para visitar una depuradora; el segundo porque picnic no, pero reuniones para tomar café y palmeras de chocolate si he tenido en depuradoras; y el tercero por esa expresión tan graciosa, y tan fuera de lugar de “campo de tratamiento de aguas cloacales” para la que no se ni por dónde empezar a despellejar ¿por cloacales, o por campo? En fin, olvidable.

Con este libro ya estábamos verdaderamente próximos a la navidad y por cosas de la vida (Alvaro cogió COVID de ese, pero como si fuera una gripe de aquellas) estuve un par de días durmiendo en casa de mi hermana mientras convertíamos mi casa en un Lazareto improvisado en el que encerramos al enfermo, algo que además de currarle le sirvió para descansar como un animalillo pasando el dia entre dormitar y ver series, o películas, de esas que solo puedes ver en un estado de conciencia alterado (normalmente causado por fumar porros como un animalillo).

El caso es que me lleve Miss Marte a casa de mi hermana y mi sobrina Nieves vio que lo estaba leyendo y, en fin, parece que no daba crédito a que yo pudiera estar leyendo eso. No, no porque le pareciera mala, sino, me pareció entender entre sus explicaciones confusas (es como una ametralladora hablando y sospecho que ni Martin Sheen aguantaría diez minutos dentro de su cerebro) porque al parecer le parecía impropio para mi edad. Sí, creo que le parecía increíble que pudiéramos leer el mismo libro (para ser sincero a mí también, pero porque me parece improbable imaginarme a mi sobrina leyendo). El caso es que lo leímos con resultados distintos: a ella parece que le gustó mucho y a mí me parecía una novelilla sin ningún interés. Cosas de la edad, supongo.

A mí me llamaron la atención dos frases del libro: la primera es parte de un dialogo en el que uno comenta que le diagnosticaron que tenía los dientes pequeños para sorpresa de alguien que no se imagina que esto se tenga que diagnosticar, a lo que el diagnosticado le responde “Si, también a los enanos se les diagnostica acondroplastia. Las cosas no basta con verlas, hay que saber de ellas.” frase, que ahora sabiendo que mi sobrina ha leído me pregunto irónicamente si estará de acuerdo con ella. Se me hace raro pensar que si, creo que para ella “lo de saber” como que no le interesa mucho. Ojalá me equivoque.

La otra que me ha gustado mucho ha sido “Especial es la palabra más tramposa de todas. Especial durante la primera hora es alguien diferente, guay, cool; especial, cuando lo eres siempre, es alguien con síndrome de Down.” Que demuestra uno de esos usos divertidos del lenguaje con el que también estoy muy de acuerdo pese a que creo que hay gente que es especial siempre sin tener un síndrome diagnosticado, o no necesariamente de Down. Algunos son especiales siempre, sencillamente porque son tontos, en el sentido no diagnosticable normal.

En fin, pues eso que haber pasado una semana en Piles ha hecho esto más largo de lo normal y no me ha dejado tiempo para ponerme a comentar extrañas historias de viajes. Actividad que dejo para otro día, ahora ya sabéis ¡Divertíos asaltando el castillo!

 

Lecturas

Crónicas desde el país de la gente mas feliz de la Tierra – Wole Soyinka

La media luna de arena – Fausto Vitaliano

Paraíso - Abdulrazak Gurnah

El poder del perro – Thomas Savage

Bajo la red – Irish Murdoch

Un lugar desconocido – Seicho Matsumoto

Habla memoria – Valdimir Nabokov

Nosotras ya no estaremos – Lola Mascarell

Vida de Gerard Fulmard – Jean Echenoz

Mis Marte – Manuel Jabois

domingo, 2 de enero de 2022

Comentario de textos - Noviembre 2021

Hoy es domingo, 2 de enero de 2022 y aquí estoy escribiendo mi crónica de libros. En principio esto parecería indicar que voy bien con mis planes de escribir a primeros de mes – algo bastante necesario para no olvidarme de lo que he leído – e incluso parece prometer que este mes conseguiría cumplir mi propósito de año nuevo (del año pasado) y dejarme tiempo para escribir de otras cosas a lo largo del mes. Sí, eso es lo que podría parecer si no fuera por el pequeño, insignificante, detalle de que no estoy escribiendo sobre los libros del último mes, si no que estoy escribiendo sobre mis lecturas de noviembre. Dios, cada día soy más desastre y pese a que cada día me apetece más escribir (hay ratos en los que me encuentro pensando en historietas del abuelete que contar, dándole vueltas en mi cabeza e intentando con poco éxito situarlas en un marco temporal correcto.) pero al final siempre surge algo que me retrasa. Unas veces es porque me he pasado la tarde escribiendo informes y ya estoy cansado de mirar a esta pantalla y otras por cualquier motivo igual de estúpido o incluso por ese vicio de ponerme a leer.

En cualquier caso, esto de las falsas impresiones, por falta de un contexto completo, me ha recordado a uno de los primeros exámenes que hicimos en la Escuela, casi seguro que un primer parcial de física, del que todos salimos bastante contentos. Un poco confusos ya que las preguntas habían sido raras, pero todos más o menos confiados en que no lo habíamos hecho mal, incluso algunos convencidos de que lo habían hecho bien. Extrañamente física era una asignatura que se daba en grupos pequeños, de unos 25 o 30 alumnos por clase, en lugar de ser una asignatura que se diera en una de las aulas grandes, con todos, con los casi, o más, de 300 alumnos que debíamos de ser en primero. Digo extrañamente ya que nunca me quedo claro cuál era el criterio para que una asignatura se decidiera dar en una clase grande o en una clase pequeña, es decir todos (o la mitad) juntos, o todos separados en pequeños grupos. A veces daba la sensación de que las asignaturas importantes eran las que se daban en clases pequeñas, por aquello de contar con una atención más individual y más seguimiento mientras que las asignaturas menos importantes se daban en las clases grandes con todos agrupados ya que no importaba que prestáramos menos atención; aunque igual era simplemente que algunas asignaturas tenían suficientes profesores para separarnos en clases y en otras había suerte si había un profesor para todos. Lo que está claro es que no era la calidad de los profesores, como uno podría pensar, y que cuando había un profesor que verdaderamente estaba a años luz del resto se daba la clase en un aula grande ya que, al menos yo he tenido profesores claramente brillantes y claramente incapaces en un “aula grande” y he tenido clase en un aula pequeña en la que el profesor estaba a años luz de profesor del aula de al lado (a veces, con la suerte de que estaba por delante y a veces por detrás). No se, esto siempre ha sido un misterio a resolver pero que carece de importancia y divago.

El caso es que unas semanas después del examen, con las navidades cerca, el profesor decidió leer las notas en voz alta, antes de exponer las mismas en el tablón de anuncios – practica que servía para que todo el mundo supiera lo negado que eras, o supongo, que en otros casos, lo excelente que eras; y sobre todo para no perder el tiempo en clase leyendo una lista de nombres interminable, algo que he de comentar no parecía preocuparle el hombre verde, nuestro profesor de topografía y llamado así ya que era tan viejo y pellejo porque todo él tenía un color verduzco por que se le trasparentaban todas las venas (extrañamente, no así las arterias que como todo el mundo sabe dan otra tonalidad más sana) y que pasaba lista al principio de todas las clases que daba en aula grande, leyendo con infinita paciencia casi trescientos nombres con lo que le quedaba poco tiempo para contarnos los secretos y arcanos de aquella técnica completamente manual en aquellos días pre sistemas de posicionamiento global que supongo tenía el sentido de hacernos sentir como constructores de pirámides con batallones de esclavos a nuestras ordenes colocando piedras y tomando medidas – y empezó a repasar la lista de apellidos. Así que allí estaba – sería incapaz de decir el nombre de este profesor y mucho menos de clasificarlo – diciendo nombres y la correspondiente nota: “Marina, 7; Montoya; 6; Nistal, 7, Ortueta, 4; Recio, 3… “ y todos mirábamos a los mencionados, a nuestros amigos, y nos decíamos “Pues no va mal, no ha sido tan difícil. Esto no va a ser tan duro como nos contaban”, aunque alguno murmuraba que le parecía muy baja que el merecía mucha más nota, que iría a revisión porque no le parecía justo (sospecho que Nistal, aunque no puedo jurarlo y seguramente es solo maledicencia por ser años después el inventor del famoso, a la vez que despreciable, método Nistal para aprobar en las revisiones de examen, y porque además todos son nombre inventados que solo de casualidad coinciden con los de conocidos míos). Pero de repente el profesor va y dice “… Niño, 78…”  y fue entonces, cuando el contexto de las notas se manifestó, cuando comprendimos la realidad, la magnitud de la tragedia (que dirían los horteras o los locutores de televisión), la dura realidad (que también dirían algunos personajillos); no jodas, que el profesor estaba puntuando sobre 100 y no sobre 10 como estúpidamente habíamos supuesto todos, admitiendo que era la nota que esperábamos, o a lo mejor, un poco más, pero no mucho (ya, soy consciente de que tendría que haber mencionado a Niño mucho antes, o que podría haberme inventado otro nombre que no tuviera relación con nadie, pero casi seguro que Niño, este inventando Niño y no Paco Niño, fue el primero que supero la frontera de los 10 puntos en ese parcial; el primero y posiblemente el único). No, nuestras notas eran diez veces inferiores a las que nos creíamos que nos merecíamos, en algunos casos, ya digo que algunos creían haberlo hecho mejor, mucho menos.

Pues eso es lo que pasa con esta entrada, que parece que por escribir el día 2 voy bien pero realmente no voy tan bien en mis planes de escritura. Pero, habiéndoos dejado con la duda de cuál es el método Nistal – nada que ver con ese Nistal que era compañero de clase y posteriormente “querido amigo y compañero” que conste – paso a comentar las lecturas de este último noviembre (que no han sido muchas, más bien pocas) para poder, en breve, pasar a las lecturas del ultimo diciembre (que es lo que debería estar haciendo ahora y que sí que han sido muchas) e incluso, así, a lo loco, a escribir de otras cosas que no sean libros.

Ya, ya sé que nadie debería leer por obligación, que leer es una actividad placentera y que no debería haber motivos para leer algo que no te apetece. Lo sé, lo predico y me gustaría practicarlo, pero la verdad es que no lo hago. Tengo demasiadas manías, estúpidas razones podríamos decir, para coger algunos libros y leérmelos como ya he comentado otras veces que me llevan a coger – comprar – libros que no me interesan nada y que estoy casi seguro de que no me van a gustar. No, no voy a repasarlas todas ahora. El caso es que cogí, en mi librería de referencia de la capital – la librería Méndez de la calle mayor, a la que por fin ha vuelto el hermano menor, tras su ERTE y otras complicaciones adicionales a nivel personal que le han tenido jodidillo en estos últimos, me gustaría decir meses, pero ya son casi años, lo que es una alegría (lo de la vuelta, no lo de que sean años en lugar de meses, ni, mucho menos, que haya estado jodidillo) – ese El nombre de los tontos esta escrito en todas partes.  La verdad es que, pese a todos, lo empecé con ganas ya que tenía pinta de autobiográfico y paródico, pero en seguida me desfondé. La verdad es que la historia de un grupo musical infantil, tipo parchís, dejo de interesarme enseguida. Tanto fue así que lo deje de leer hacia la mitad, cuando todavía parecía que se iba a quedar en la historia del grupo infantil. Luego, a final de mes, por la ausencia de reservas de lectura lo volví a coger, ya, eso sí, con pocas ganas, pero, tal vez por la carencia de otras posibilidades, empecé a cogerle el tranquillo y al final sin llegar a poder decir que me haya gustado tampoco creo que sea para dejarlo a medias sin leer. Poco más puedo decir ya que no tiene nada especial.

Como ya digo, a veces tengo motivos absurdos para coger un libro que se, a priori, que va a ser difícil que me guste. Este fue también el caso de El gran farol, que es un libro básicamente autobiográfico de una psicóloga que se convierte en campeona de póker (en la modalidad Texas Hold’em) y que cogí pensando en mi sobrino Rafita, que como muchos ha pasado – espero que esta sea la forma verbal correcta, aunque tengo mis dudas – por esa fase en la que uno confía en poderse hacer rico con los juegos de pseudo azar y llevar una vida tranquila viajando de casino en casino disfrutando de ganancias sin límite en un ambiente de lujo para acabar retirándose antes de los treinta en su propia isla privada (vamos lo que viene siendo montarse una película para nada realista). Es verdad que esta es la historia de alguien que empieza a jugar al póker tarde y pese a todo consigue tener éxito (ganando algo de dinero por el camino) y que en cierta manera puede servir de incitación a dejarlo todo y dedicarse a esto. Supongo que se podría leer así, ya que al fin y al cabo cada uno lee lo que quiere leer y deja de leer lo que le apetece, como la dedicación necesaria requerida, la necesidad de tener una buena base económica y los problemas de dedicarse a esta actividad.

La verdad es que es un libro de lectura pesada, para nada centrado en como jugar al póker, y que no tiene especial interés desde el punto de vista del juego, si bien si tiene algunas apreciaciones relacionadas con el juego, o en general con la vida, que suscribo como al hablar de las rachas de suerte (mala y buena) que “Mucha gente ignora que lo mejor que podemos hacer es tomar las mejores decisiones con la información de la que disponemos; el resultado no importa. Si eres capaz de elegir con inteligencia, deberías hacerlo una y otra vez. Centrase en la falta de suerte es toxico y aunque no le eches la mierda a otro, envenena tu mente y te incapacita para tomar decisiones lucidas en el futuro.” Esto es algo en lo que sí que creo, las cartas pueden ser buenas o malas, pero tú tienes que jugarlas con inteligencia, con toda la que tengas, siempre, y entender que no es lo mismo tener unas cartas en un momento que en otro, lo más difícil es usar la inteligencia cuando la información es limitada (es decir, siempre).

En otro momento del libro me habría gustado sentirme identificado, ya que me habría gustado que ese “Se ha demostrado que las evaluaciones de los profesores, por ejemplo, no son correlativas al aprendizaje del alumno: a veces, los profesores más populares no son los mejores profesores y aquellos que obtienen peores evaluaciones son, en realidad, mucho más competentes y acaban enseñando muchas más cosas a sus alumnos, según valoraciones objetivas.” se me hubiera podido aplicar en las veces que di clase en la Escuela de Organización Industrial (EOI) y que los alumnos me evaluaron, bastante deficientemente debo decir (lamentablemente la evaluación fue reciproca y empecé suspendiendo a todos ellos, antes de conocer su evaluación, debo añadir) demostrando que ni era popular sino que además no debía de ser buen profesor ya que no aprendieron casi nada (para contar toda la verdad tras suspenderlos a todos, me obligaron a realizar otro examen, preparado para que pudieran aprobar aunque no hubieran aprendido mucho). Si, aquello (lo de la evaluación) me dolió, me hubiera gustado ser un buen profesor, pero parece que carezco de la paciencia suficiente para soportar la estupidez de la media de las personas; eso, o cualquier otra causa. ¿Quién sabe? Es como la duda que se plantea en el libro cuando reflexiona sobre las bandas que tocan en el Hard Rock Café de Macao “Nunca se te hubiera ocurrido pensar como sonarían las Goo Goo Dolls si la cantante tuviese acento chino y la banda no supiese tocar”. Bueno, nunca te lo habrías planteado si no hubieras pasado algunas noches concretas en el Wurlitzer Ballroom, escuchando a bandas que te hacen plantearte dudas igual de existenciales.

Piranesi, fue otra novela que cogí porque tenía un buen recuerdo de la única novela (un tocho de muchas, muchas páginas) de la autora, pero, que ahora, tras la lectura de esta novela corta me hace replantearme la opinión. No es que me haya parecido mala, es que me ha parecido innecesaria; totalmente innecesaria. De verdad, nada bueno puedo decir de ella; salvo que no pienso releerme la primera para revisar mi opinión. Hasta eso me da pereza ahora mismo.


Coger Alguien como tú, no necesita explicación ni justificación: es una novela de Hornby (nombre que me cuesta escribir y al que siempre añado una s, vete a a saber porque) y las novelas de Hornby siempre van sobre relaciones y siempre, casi siempre, son buenas. A veces son mejores, a veces son peores, pero siempre tienen un punto (además, si mi memoria no me engaña – algo a lo que es aficionada – creo que estos post de las lecturas mensuales nacen a imitación de un libro suyo. No, no recuerdo cual, pero me suena que lo comente con el pintor en aquellos, ya lejanos, tiempos en que tomábamos café y charlábamos de cosas). En este el problema de la relación se centra, básicamente, pero entre otras cosas, en la diferencia de edad entre los dos miembros de la pareja (él y ella aclaro ya que últimamente es casi raro el ver parejas heterosexuales en los libros), que además van y son de distinto color. Obviamente esto lo hace un poco más particular que las parejas más normales con la que uno se puede sentir más identificado de otras novelas suyas.

Mi frase favorita es una que casi podría haber pronunciado la presidenta IDA  (de sus iniciales, no de su estado mental) “De modo que esa era la verdadera razón por la que la gente del barrio no iba a las tiendas del barrio, pese a todas las proclamas en sentido contrario: la gente del barrio se acostaba con gente que trabajaba en el barrio y después, cuando la cosa se torcía, les daba demasiada vergüenza volver a aparecer por allí.” ya que está en su línea de virtudes destacables de la capital del reino “como poder hacer tu vida sin encontrarte a tu ex” y que yo no descarto como una reflexión interesante.

Por supuesto también es interesante su analogía entre dependencias de las nuevas generaciones y de las anteriores, y como se pueden reconocer ambas por gestos parecidos: “Nunca hasta entonces se había considerado un adicto al aparato, pero recordaba como describió su padre en una ocasión su adicción a los cigarrillos: «Bajo la mirada y tengo un pitillo en la mano y ni siquiera sé cómo ha llegado allí».” Sí, creo que esto le pasa ahora a la gente y como el protagonista estoy seguro de que sería bueno que se plantearan “Tal vez debería empezar a fumar. Si fumara, podría levantarse y salir al jardín trasero”. Algo que muchas veces sería mejor, por lo menos para un fumador como yo, que ver a alguien que está contigo concentrado en otra actividad con su teléfono que le absorbe totalmente. Y no, aunque yo fumo, no estoy abogando por el fumar (o tal vez si, como mal menor). Creo que nadie debería empezar a fumar. Es una estupidez.

Para mí ya es tarde, y aquí más que a fumar, hablo en un sentido más amplio, por lo que os dejo que en breve tendré que empezar con las lecturas de diciembre. Vosotros, pues eso ¡divertíos asaltando el castillo!

 

Lecturas

El nombre de los tontos está escrito en todas partes – Pablo Carbonell

El gran farol - Maria Konnikova

Piranesi – Susana Clarke

Alguien como tú - Nick Hornby











domingo, 28 de noviembre de 2021

Comentario de textos octubre 2021

 Pues aquí sigo incumpliendo mis propósitos de escribir sobre mis lecturas antes de que acabe el mes siguiente al de las lecturas; por no hablar de aquello de escribir de otras cosas por lo menos una vez al mes.  La verdad es que creo que no tengo excusa aunque ha sido un mes bastante tenso, este octubre, con la compra de la parte de arriba de la casa de Piles (y lo que nos queda, ya que todavía hay que hacer la obra para adecentarla, o incluso hacerla vivible) pero como somos una familia extraña pues esto le ha tocado más a la menor de la familia (si, no se porque supongo que en otro tipo de familias esto es más cosa de los hermanos mayores, no justo de la menor; pero, lo dicho, cada familia es cada familia).

También podría ponerme la excusa del trabajo, pero a eso sí que sería hacerse trampas al solitario. Aunque ahora tengo trabajo – suficiente y no con excesos – que me mantienen entretenido e incluso me obliga a salir de casa para visitar obras, pues la verdad es que tampoco es agobiante. Así que tampoco va a ser por eso.

Por supuesto que esta la excusa COVID, de estar hasta los mismísimos de tanta inconsistencia, de tanto “vamos a morir todos” o de tanto “libertad para los patos” y cosas similares, pero espero que no sea esto ya que esto tiene pinta de ir a durar y de que nosotros, digo, como sociedad no como nosotros en plan mis lectores y yo (que igual somos solo un par) no vamos a prender a gestionarlo.

En fin, que no sé qué ha sido pero aquí estoy en la mañana del último domingo de mes y con pocas ganas de hacer una introducción (No, lo de antes no se puede considerar introducción sino, que es tan solo un desbarre) así que me paso a comentar las lectura de este mes y , si surge algo, pues se quedara entre los comentarios.

Si, a mí también me resulta extraño el hecho de haber comprado El imperio del dolor que según su propio subtitulo es “la historia secreta de…”, frase que ya tiene dos de esas palabas odiosas para mí: “historia” en el sentido de verdad, de historia real, que mira que me gustan a mi poco las historias de verdad; y “secreta” en el sentido de oculta, algo que esconde otra cosa y pese a que si estoy más a favor de los secretos (que de la historia) en el contexto actual de paranoia social este tipo de secretismo suena siempre a conspiranoia, que pese a tener un punto de diversión acaba deformando el cerebro. ¿Por qué lo compre, entonces? Pues simplemente porque había leído otro libro del autor, también de “no ficción” sobre Irlanda y la verdad es que me gusto bastante.

Para ser de “no ficción” la verdad es que, salvo algunos trozos, se deja leer bien sin abrumar con información (aunque resulta interesante saber que Lou Reed recibió una terapia de electrochoque en 1959, lo que puede explicar porque todas sus canciones son básicamente la misma canción, más o menos ralentizada) centrando la historia casi siempre en personajes lo que hace que la puedas leer como un libro de ficción, como cuando lees las prácticas médicas para el tratamiento de enfermedades mentales “la única forma de curar la locura era extrayéndole los dientes al enfermo. Cuando los pacientes no parecían reaccionar de manera favorable a ese tipo de tratamiento, él iba más allá y seguía extrayéndoles las amígdalas, el colon, la vesícula biliar, el apéndice, las trompas de Falopio, el útero, los ovarios, el cérvix…

También sorprende (bueno, no es que sorprenda exactamente ya que ¿Qué otra opción había, un químico malvado en un laboratorio en el corazón dela selva amazónica?) que fuera Bayer quien inventara la heroína como sustituto de la morfina y que se dedicara a comercializarla en masa “en unas cajitas con un león impreso en la etiqueta” (esto sí que parece un objeto de coleccionista) y afirmando que ahora “El género humano podría disfrutar de todos los beneficios terapéuticos de la amapola del opio, sin ninguno de los inconvenientes” porque de esto puedo dar fe la morfina es una cosa estupenda (en pequeñas cantidades imagino y si no la usas lo suficiente para crearte adicción; vamos en el entorno controlado de un hospital y por una buena causa como quitarte los dolores de cabeza de un derrame cerebral. Doy fe, es una cosa estupenda en estos casos. De lo mejorcito que yo he probado e imagino – como dice Keith Richards – que algo parecido pasa con la heroína de grado medicinal y no esa mierda que tomaban sus amigos músicos yonkies de menos recursos económicos, que no musicales, como Gram Parsons, y que le acabarían costando la vida por comprar mierda de cualquier calidad a cualquiera, por ser pobre).

También es muy educativo el riesgo de alguna de las informaciones o contraindicaciones de los medicamentos. “Ingerir los comprimidos de OxyContin partidos, mascados o machacados puede inducir una liberación rápida y la absorción de una dosis potencialmente toxica de oxicodona”, contraindicación que como cualquier cartel de “No abrir” hizo que este fuera el método favorito de toma para provocar ese subidón rápido y que igual pues la gente habría tardado un poco más en averiguar cómo tomarlo (lo habrían averiguado tarde o temprano pero tampoco había porque darles las ideas).

Ya saliendo del mundo de la farmacología me gusta la reflexión que hace un senador americano sobre las sanciones económicas, y solamente económicas, del gobierno a las grandes empresas esto es como si estuviera emitiendo unos “permisos muy caros de mala praxis delictiva”. Porque sencillamente así es en muchos sectores, si solo existe una multa pues tan solo se trata de echar bien las cuentas e incluir el coste de estas posibles sanciones en el balance económica de la empresa, como puedes incluir cualquier otro impuesto o, digamos, tasa de extorsión, soborno o mordida similar. Esto hace que no tengas porque solucionar el problema, basta con asumirlo económicamente.

Aunque un poco pesado, incluso en peso físico, la verdad es que tiene parte entretenidas y supongo que proporciona una visión “secreta” del negocio farmacéutico y de la familia Sackler.

Ahora que repaso mis lecturas pienso que es posible que la falta de tiempo para escribir antes se deba a que este octubre ha habido dos buenos puentes que por aquello de intentar arrancar la obra de Piles pues hemos pasado allí. Pienso esto hasta que me doy cuenta que no existe mucha relación entre que octubre haya tenido puentes y que yo no haya encontrado el tiempo para escribir en noviembre. Es uno de esos razonamientos que pueden colar hasta que lo verbalizas y ves que obviamente no tiene ni pies ni cabeza.

Lo que si tiene sentido es que leyera Gancho Ciego en Piles, siendo una novela muy adecuada para leer en un sitio de playa, aunque sea en otoño. Es la típica novela de marrulleros en un puerto – que pese a que no lo diga en ningún momento yo estoy convencido de que se trata de El Ferrol - en la que hay todo tipo de timadores y vividores engañándose unos a otros o intentándolo ya que al final casi todos los que creen estar engañando a alguien son engañados por otros. Se trata de una lectura agradable de leer, entretenida y lo único que le falta es alguna frase memorable, que le dé un toque un poquito más negro. Pero, ya digo, es una buena novela policiaca.





En Piles y aprovechando alguno de los dos puentes, no estoy seguro de cual me leí también Gran Hotel Europa que a) tiene un título pésimo y que parece copiado directamente de otro libro o película; b) a ratos no es una novela sino una diatriba en contra del turismo de masas, como si existiera otro tipo de turismo y no se tratara solamente de que el turismo de masas es lo que hacen los demás mientras que el turismo de verdad, o incluso el no-turismo, es lo que hacemos cada uno de nosotros individualmente y c) tiene reflexiones interesantes recogidas en buenas frases por lo que me resulta un poco difícil clasificarla de buena o de mala. Tiene cosas muy buenas y cosas verdaderamente muy malas.

Ahora que parece que viajar es casi una obligación social y que te tiene que gustar viajar, algunas de sus reflexiones sobre lo que la gente busca en el viaje, porque es tan enriquecedor, me resultan excelentes “si pregunta a los viajeros más curtidos por sus mejores experiencias viajando, muchos le dirán que para ellos viajar es una forma de olvidarse temporalmente de sus problemas y no pensar en nada. No voy a negar que eso pueda ser agradable, pero no creo que estimule el crecimiento personal o conduzca a reflexiones valiosas.” No, yo tampoco lo creo, lo del crecimiento personal viajando, digo, por eso dudo de toda esa gente que afirma que viajan para mejorar como seres humanos más bien creo que ahora viajar es algo parecido a los “versos del décimo octavo canto del Purgatorio, en el que condenan a correr eternamente a una turbamulta de pecadores acusados de vacuidad y exceso de tiempo libre”. La cita de Dante obviamente no es mía (es de Dante y del autor, que por supuesto la cita primero en su idioma original) pero creo que se aplicaría también a todos esos aficionados al deporte como método de crecimiento personal y, en general a muchas otras actividades de este estilo.

Aparte de las reflexiones sobre viajeros – de las que hay muchas – me encanta una sobre los malentendidos idiomáticos que creo que últimamente me sucede mucho, en mi propio idioma, a la hora de proponer alguna solución a un problema que me plantean: “Los chinos, aunque lo más probable es que entendieran una solución totalmente distinta para un problema que nosotros casi con toda seguridad habíamos interpretado mal, sonrieron agradecidos.”

Y por supuesto esa característica de las teorías conspirativas o conspiranoicas en las que se ofrece “la improbabilidad de la hipótesis como prueba más concluyente de su validez”; nada que añadir salvo tal vez que “La gente tiende a externalizar sus problemas. Si podemos echarle a alguien la culpa de nuestros males, parece que ya hemos encontrado la mitad de la solución”.

La chica numero 11 es una de esas novelas policiacas de las que ultima disfruto poco ya que estas todo el tiempo esperando a ver cuál es el siguiente giro de la historia, porque sabes que lo habrá y eso en cierta medida no te deja disfrutar de la historia. Todo el libro gira entre dos teorías contradictorias y lo único divertido es como se dosifican para que a cada rato mires hacia el otro lado: ahora es más probable lo primero, ahora es menos probable. No sé, son como libros margarita que al final te resultan algo indiferentes, especialmente si no hay algún personaje o un lenguaje que te resulte especialmente atrayente.






La verdad es que con Queridos Niños me he reído a ratos, con ese escritor de discursos de campaña que en cierta medida me recordaba a mi hermano que trabajo en algo parecido en algún momento de su vida y pese a que la política española está muy lejos de la política americana (que es en la que se mira, intentando es una especie de versión de El ala Oeste, pues e queda muy lejos de ello por falta del material de base). Si como concepto me recuerda a mi hermano la verdad es que su personaje principal casi me recuerda más a mi (o a la idea que yo tengo de mí, que a saber cuánto tiene de real ya que al parecer ni siquiera soy hierático) cuando habla de “yo me había construido una soledad a mi medida. Muchos consideran la soledad una anomalía, pero yo te dije que para mí la anomalía era lo contrario. EL ser humano es un animal indefenso, que precisa del entorno para su protección y su crianza. La soledad es el triunfo de la madurez. Es un oasis de felicidad…”; o incluso en esa forma de afrontar algunas decepciones, de amores o de amistad frente a las que “Pero disimulaste bien. Formaba parte de esa tristeza que guardabas dentro, como todo ser inteligente”. Porque a quien le gusta otorgarse a si mismo esa independencia y ese estoicismo frente a la vida, por mucho que todo sea una fachada y que realmente necesite que su soledad no sea solitaria y estaría encantado de poder sacar esa tristeza de su interior, pero “La mayor forma de generosidad es dejar que los demás hagan algo por ti. Te lo digo yo porque no lo he permitido jamás. Soy el ser más egoísta del mundo porque quise ser independiente. Eso me alejo de todos, me convirtió en una isla.” Pese a que también soy un abusón que deja, incluso a veces obliga, a algunas pocas personas a hacer cosas por mí.

Y si todas estas reflexiones no son aplicables a mí, mucho menos lo es esa de “reconozco que tener los peores profesores del mundo fue una bendición. Fomento mi espíritu crítico en la edad en que los niños se hacen crédulos y respetuosos de la autoridad. Ahora todo es demasiado blando, y cuando los chicos buenos salen a a la calle, se echan a llorar al descubrir que el mundo es malo y despiadado.” No, creo que no sería justo decir que tuve los peores profesores del mundo – a ninguna edad, menos a la que los recuerdo – pero tal vez mi cinismo venga de algo de este estilo porque buenos, buenos hasta muy tarde no fueron mis profesores.

La afirmación que sí que es cierta es que “Si algo había logrado a lo largo de mi vida es jamás pisar una ciudad con un plan de visita previsto, lo turístico me resultaba abominable. Caminar, entrar en un bar, tropezarte con una estatua o un edificio singular sin haberlo buscado y tratar de entender, en la medida de lo posible, como vivía una persona corriente en esa ciudad que te es extraña era mi única idea de viaje” por eso me resulto muy curioso que un amigo me regalara un libro de viajes como Comer, Viajar, Descubrir por mucho que fuera del gran Anthony Bourdain, en cuyo restaurante de NYC he comido, cenado, precisamente porque salimos del hotel un día que llovía y nos pareció (bueno, le pareció a L) que podía ser un buen sitio para tomarse una sopa de cebolla y entrar en calor pero sin tener ni idea que era su restaurante y un templo gastronómico. Una sorpresa muy agradable de esas que te pasan por ir andando sin ningún tipo de plan.



Confesare, aunque creo que no hace falta, que no tengo ni idea de porque cogí Hamnet – supongo que, porque me lo recomendarían en mi librería de referencia de la capital, ya sabéis, la librería Méndez en la calle mayor – pero obviamente una especie de versión paralela de la vida de Shakespeare (o tal vez una versión real de la vida del mismo, que sabré yo) y de porque escribió Hamlet pues no es mi tipo de lectura. Con todo es una novela interesante más centrada en la mujer de El Bardo, y en su vida en el pueblo que el abandona por la capital que en el que se supone debería ser el personaje principal. No me atrevo a decir que sea ni buena, ni mala. Está bien pero tampoco creo que tenga nada reseñable, por lo menos para los que tenemos una incultura enciclopédica; igual para gente de más cultura pues, no sé, igual aporta algo.

Por algún extraño motivo mi amigo Bermejo paso uno de los puentes de este mes en Cantabria y en Galicia y decidió traerme Torres Quevedo, inventor del futuro, una especie de panfleto libro tras visitar el museo que parece que allí existe sobre este insigne ingeniero (no, lo de extraño no lo digo por que pasara el puente en Cantabria y Galicia, que es algo normal, si bien no es tan normal que acabara comprándose una casa ese puente, o el siguiente, así como quien no quiere la cosa, sino lo de traerme ese panfletillo). La verdad es que es que Leonardo Torres Quevedo es todo un personaje, un ingeniero inventor que construyo el trasbordador de las cataratas del Niagara, autómatas de ajedrez lo que lleva al autor a casi nombrarle padre de la inteligencia artificial, y al parecer el mando a distancia (algo que a mi padre nunca le pareció que tuviera ningún interés para cambiar de canal de televisión, en parte supongo porque tampoco había tanto y sobretodo, como decía, por qué para eso tengo hijos). Realmente no se puede clasificar esta lectura como libro, no pasa de panfleto de exposición, pero es entretenido y educativo. Curiosamente una de las cosas que más me ha llamado la atención es por qué pudo dedicarse a la invención – recibió una herencia considerable que le dejo sin preocupaciones económicas – en lugar de tener que dedicarse a la ingeniera como era esperable y como la mayoría de las personas tienen que hacer. Sin tener que trabajar es más fácil dedicar tu tiempo a otros menesteres (digo esto sin quitarle merito, ya que perfectamente podría haberse dedicado a no inventar).

Aunque he aprendido mucho sobre Torres Quevedo he de reconocer que la historia que más me ha sorprendido es el de Roebling – el diseñador y constructor del puente de Brooklyn, un verdadero ingeniero – que tuvo un accidente en 1869 (un ferry le aplasto un pie)  y que eligió como tratamiento médico la terapia de agua, que básicamente consistía tan solo en echarse agua continuamente sobre el pie, lo que hizo que muriera en 24 días de una infección de tétanos (aunque el autor dice que se negó a recibir tratamiento médico creo que es necesario señalar que no sería hasta 1930 cuando se empezaría a aplicar la vacuna del tétanos, por lo que no tengo claro que tratamiento médico se negó a utilizar, seguramente la amputación del pie. Digo esto para que nadie le tome por un negacionista anti vacunas).

Mi última lectura del mes fue Segunda Casa, una novela corta en la que una mujer americana en plan mecenas invita a un pintor a pasar una temporada en su casa con la idea de que se sienta tan impresionada como ella con el paisaje y que incluso la vuelva a impresionar con una nueva visión de ese paisaje bajo la mirada y la realización técnica de sus cuadros que tanto la habían conmovido. He añadido el detalle de que la mujer era americana para poder hacer la pregunta retórica de ¿Qué podría salir mal? Ya que sin el dato de la nacionalidad – digamos con un español o sudamericano – la respuesta es tan obvia que la novela carecería de sentido. Todo, todo podría salir mal como si uno saca un virus de la Antártida que lleva siglos congelado y lo descongela, como si uno lanza un cohete para que impacte contra un meteorito, en fin, como cualquiera de las ideas que tienen ahora los políticos o científicos que parecen no haber visto nunca una película de catástrofes.

La historia se espesa a ratos, por lo menos para sabemos que es lo más probable que pase, y solamente me ha dejado una reflexión buena “Únicamente los tiranos desean el poder por el poder, y para la mayoría de la gente la paternidad es la única oportunidad de ejercer la tiranía”.

Pues con esta reflexión sobre la maternidad o paternidad (que ahora me acuerdo de ser igualitario) os dejo con la intención de conseguir este mes lo no conseguido en el año. Vosotros ¡Disfrutad asaltando el castillo!

 

Lecturas

El imperio del dolor – Patrick Radden Keefe

Gancho Ciego – Antonio Fernandez Lage

Gran Hotel Europa – Ilja Leonard Pfeijffer

La china número 11 – Amy Suite Clarke

Comer, Viajar, Descubrir. Una irreverente guía gastronómica – Anthony Bourdain

Hamnet – Maggie O’Farrell

Torres Quevedo, inventor del futuro. Manuel de La Fuente Meras

Segunda casa – Rachel Cusk