viernes, 23 de agosto de 2024

Comentario de textos - Julio 2024

Hoy es jueves, no lo digo por hacer una referencia a “mi burro peruano en el Perú (perdonen la tristeza)”, que la verdad es que hoy no estoy nada triste y además está ya la utilicé una vez en una presentación para un proyecto que estaba ofertado para el lago Titicaca y tampoco es cosa de repetirse. Es solo que es un día raro – para escribir, digo – ya que suelo escribir los fines de semana, que entre semana no encuentro el tiempo, pero ya ves aquí innovando y sobretodo procrastinando.

Ya puestos a innovar pues voy a empezar comentado algo que realmente no tiene ninguna relación conmigo, pero “que sabía que iba a pasar, que se veía venir desde hace tiempo”. Hace unos años una empresa (o puede que fuera una universidad) puesto una web libre, creo que, en Londres a la que podías conectarte tras aceptar “las condiciones de uso”. Durante el periodo de pruebas se comentaron varios miles de personas a las que la empresa, un mes después de que se conectaran, decidió mandarles un tranquilizador mensaje para aclararles que “no, no les iban a exigir que le entregaran a su primogénito” como todos habían aceptado al conectarse a la red (es posible que algunos hubieran aceptado las condiciones habiéndolas leído por las ganas de librarse por lo menos de uno de sus hijos; pero no me costa que nadie pidiera que se cumplieran). Esto se quedó en una anécdota, una de esas historias a las que nadie le da credibilidad (incluso algunos maliciosos piensan que me la he inventado), o que todo el mundo afirmaba que a él no le habría pasado nuca, que era imposible, pero…

… hace unas semanas una pareja fue a cenar a un restaurante de uno de los varios Disneyland que hay por el mundo. La mujer sufrió una intoxicación alimentaria y murió; su pareja (podría poner su marido, ya que eran una pareja “plenamente normativa”, de hombre y mujer y casado, pero como le puede pasar a parejas “menos normativas”, pues eso que paso de precisar en exceso) decidió que iba a interponer una denuncia en el juzgado para reclamar responsabilidades penales (y, seguramente, una indemnización) ya que al fin y al cabo su mujer había muerto por una intoxicación en un restaurante. Hasta aquí, pues sin ser normal (afortunadamente, que tampoco muere tanta gente de intoxicaciones) parece claro, pero “sorpresa, sorpresa” Disney, al enterarse del inicio de la demanda, decidió poner un recurso para “parar” la demanda, aduciendo que no podían demandarles ya que al suscribirse a su plataforma de televisión habían aceptado que “todos los litigios entre las partes se dirimirán mediante un arbitraje privado, sin posibilidad de interponer demandas” ni de publicidad añado yo.

Pues eso, que todo el mundo “aceptando acuerdos de uso” sin leer, no ya la letra pequeña, ni siquiera la grande, tendría, más pronto que tarde, que dar lugar a una situación de este estilo. Es verdad que con toda la publicidad negativa que ha recibido Disney por esto parece que ha decidido retirar la impugnación de la demanda, supongo que con el plan de conseguir un pacto.

Yo por mi parte cada vez accedo a menos cosas en internet (solo a las que no tienen acuerdos de uso ni cookies) pero la verdad es que me surge (a Barcina más bien) la pregunta ¿no debería alguien – digamos el estado – vigilar/ comprobar los acuerdos que se proponen a los usuarios para garantizar que estos son, digamos, medio razonables? No sé, puede que no todos, pero seguro que, si los de las 50 compañías que todo el mundo usa, los acuerdos de esos gigantes informáticos que más que permitirnos subirnos a sus hombros para avanzar, parece que quieren subirse ellos a los nuestros (bueno, ya se han subido; en mi opinión ya han dinamitado la gran idea que era internet).

Pues eso, que tengo un jueves innovador y reflexivo, así a lo tonto (o a lo idiota que es como se refiere a mi gran parte de mi familia, con su característico: “tú eres idiota”).

¿Idiota? Pues puede, posiblemente, incluso probablemente, pero hoy estoy más innovador y voy a empezar directamente citando – tras otra breve introducción – una frase, un concepto, que pensaba me ha sorprendido leer este mes en dos de mis lecturas (es verdad que de la misma autora) que pensaba que había inventado yo pero que como siempre ya estaba inventado (no, no la dijo antes Oscar Wilde, al parecer fue Thoreau).

Cuando estaba pensando en que muebles comprar para amueblar mi casa de Farmacia (dicho así parece que tenga varias, pero no, solo he tengo una y si lo digo es solo por reflejar que he tenido varias sucesivamente – en algún caso simultáneamente – y que esta es la última) estaba dudando en si comprar unos sillones, para sentarme a leer, o comprar mecedoras, que me apetecía mas ya que las mecedoras y las hamacas (mas estas últimas, pero por poco; o igual depende del día) siempre me han encantado. Pero antes tenía que decidir el número de elementos que quería comprar y para tomar esa decisión pues aplique (sin saberlo) la frase que he leído dos veces: “I had three chairs in my house; one for solitude; two for friendship, three for society”

El caso es que al final, me decidí, por razones estéticas de ocupar el espacio, a comprar solo dos elementos (que le fueran dando a la sociedad) y, aunque podría decir que lo hice porque las mecedoras eras notablemente más caras, me decidí por comprar una mecedora y un sillón que me parecía algo que dejaría la duda de si había elegido la soledad (con dos piezas diferentes) o la amistad (con un conjunto de dos piezas). Cada uno podéis pensar lo que queráis, que yo no voy a confesar, por lo menos hasta que me obligue algún acuerdo de uso que acepte descuidadamente (cual si se tratara de una amistad), y además – salvo este escrito – no hay pruebas de esto ya que la tienda se equivocó y me mando dos mecedoras (o igual lo hizo aposta, de forma premeditada para que pueda decir que me decidí por la amistad, pero dudo – sin motivo alguno – que en la tienda conocieran o estuvieran pensando en Thoreau)

Dicho esto, pues a revisar mis lecturas del mes, que han sido bastantes (así que paciencia, o dejar de leer. Avisados quedáis. De hecho, ya es viernes y tengo dudas de que hoy acabe esta entrada).

Ante la imposibilidad de cruzar el soleado desierto que es la Puerta del Sol para llegar a mi librería de referencia – Méndez en la calle mayor es el nombre – en un horario en el que estuviera abierta y que fuera admisible tanto por las autoridades sanitarias como las laborales pues me arrastre hasta una famosa cadena de librerías y me agencie (compre) The Mayors of New York, una nueva novela de una de mis autoras predilectas y porque comprar en ingles siempre me parece una traición menor a mi librería. Es una buena novela – lejos de sus mejores novelas de la serie (si, es de una serie, pero no de una trilogía) – que se lee muy bien (incluso, o mejor, en ingles diría) en la que, para investigar la desaparición, posible secuestro, del hijo de la alcaldesa de NYC la pareja va pidiendo favores a “otros alcaldes”, los no oficiales de la ciudad y prometiéndoles mejoras para las zonas “que controlan”, del tipo de iluminación para un parque y cosas similares.

Mi parte favorita es ese dialogo entre el protagonista y su exmujer: «I remember. That’s one of the reasons I left you. » «You didn’t leave me. You cheated on me and lied to me. I kicked you to the curb. » «The first time I cheated on you, that’s when I left you. I just took you a while to figure it out. », que en este caso empieza la mujer pero que podría haber sido del revés, que yo no tomo partido por ninguno de los dos géneros.

También – por haber sufrido la falta de aceras y el exceso de baches en algunas zonas de estados Unidos – creo que la explicación que proporciona sobre un barrio de las afueras de la ciudad (de las ricas, los suburbs) podria se creible: “If this area had had blocks, we’d have been about two away, but he old-world leafy splendor didn’t allow for that. No sidewalks, either, so we fast-walked along the badly paved road. Potholes, a privilege of the elite. Keeps the proletariat from speeding through the neighborhood.” si no fuera porque incluso en las zonas pobres también hay baches y carencia de aceras. Ya digo, no es la mejor de la serie, y es peor de la que me engancho a esa autora (que no era de la serie) pero más que aceptable, incluso aceptablemente buena.

Como ya habréis supuesto no solo compre esta, sino que también me compre A little life, que es una interesante pero excesivamente larga sobre un grupo de amigos de NYC, uno de los cuales sufre abusos infantiles y sobre la forma de como por no enfocarlos adecuadamente (es posible que no exista esta posibilidad) pues acaba destrozado no solo su vida sino la de todos sus conocidos (con un poco de exceso en sus planteamientos, además de en su extensión).

Si me ha gustado mucho, obviamente porqué estoy de acuerdo en la estupidez del planeamiento actual sobre las profesiones y la felicidad (como un absoluto) que presenta: “But these were days of self-fulfillment, where settling for something that was not quite your first choice of a life seemed weal-willed and ignoble. Somewhere, surrendering to what seems to be your fate had changed from being dignified to being a sign of your own cowardice. There were times when the pressure to achieve happiness felt almost oppressive, as If happiness were something that everyone should and could attain, and that any sort of compromise in its pursuit was somehow your fault.”

A veces hay que saber contemporizar, pero con cuidado para no renunciar a lo importante y no sé si suscribiría el consejo que da para las relaciones personales “You’re wrong. Relationships never provide you with everything. They provide you with some things. You take all the things you want from a person – sexual chemistry, let’s say, or good conversation, or financial support, or intellectual compatibility, or niceness, or loyalty – and you get to pick three of those things. Three – that’s it. Maybe four, if you’re very lucky. The rest you have to look for elsewhere. It’s only in the movies that you find someone who gives you all of those things. But his isn’t the movies. In the real world, you have to identify which three qualities you want to spend the rest of your life with, and then you look for those qualities in another person. That’s real life. Don’t you see it’s a trap? If you keep trying to find everything, you’ll wind up with nothing.” Ya que para el amor (que es de lo que hablamos cuando hablamos de cualquier cosa) yo sigo en la opción de esta canción (y así me va):


He de reconocer que habendo sido adolescente (casi un niño) en los ochenta madrileños pues no me extraña que muchos de mis coetáneos pudieran suscribir esta comparación: “Of course, he had always done drugs – everyone had – but in college, and in his twenties, he had thought of drugs the way he thought of desserts, which also loved: a consumable that had been forbidden to him as a child and which was now freely available.” Y si algunos no hemos consumido más drogas es probable que guerra solo porque nuestro amor a los dulces y el chocolate fuera mayor que el que nos despertaban las drogas, por lo menos como una constante. Igual por eso en lugar de estar muertos pues somos, simplemente, diabéticos parafraseando ese chiste de “¿susto o muerte?”.

Precisamente, tras el régimen al que me obligaron que la amenaza de no operarme, y que ya he decido dejar por varios motivos me he puesto la tarea de comprobar cuanto de cierto tiene esta afirmación medica que hacen en la novela: ” «We measure weight loss in grades» he hears Andy saying. «A loss of one to ten percent of your body weight is Grade One. A loss of eleven to twenty percent is Grade Two. Grade Two is when we consider putting you on a feeding tube.”» ya que ahora mismo me acerco peligrosamente a ese once por ciento de pérdida de peso (que, por cierto, es una parte de mí que ya echo de menos) y lo de entubarme en luagr de comer, ese si que no, que yo me basto solo para hacerlo.

Leídas estas novelas pues ya me aventuré un día – antes de que el sol cegara la Puerta del ídem –a cruzar dos veces ese paramo, jugándome la vida diría, e incluso diría, sin exagerar ni nada, que la habría perdido si no fuera porque en el camino de vuelta pare a comprarme un granizado de limón (otra de mis pasiones, incluso sin ron ni vodka) y llegar hasta mi librería de referencia para comprar, entre otros (ya que me marchaba a Piles) La tarde que Bobby no bajo a jugar.

Es un libro que yo clarificaría de flojillo en el que se mezclan dos historias separadas en el tiempo de sendos viajes de Fisher a Cuba y que como en la primera lo retratan como un pedófilo, por supuesto sin usar el termino pero ¿Qué otra cosa es un adulto que mantiene relaciones sexuales con una niña de 14 años, sea o no Fisher y, añado, sean o no consentidas? me hace dudar bastante del resto de las anécdotas que se cuentan. Incluso aunque me gustaría creer que, en algún momento, Nikola Tesla fuera a ser padrino de Fisher (no, ni idea de porque esto me gustaría que hubiera sido cierto; supongo que son rarezas de uno)

Ahora que soy mayor, me gustaría pensar que me es (parcialmente aplicable) eso de “En su caso apenas había cambiado, las persona poco agraciadas tiene esa suerte: no envejecen a peor porque siempre fueron peores.”, aunque, obviamente, no lo es ya que yo soy, siempre he sido, una persona agraciada, pero lo digo por algún amigo (que decía aquel).


En lo único que es honrada la contraportada de Historias de la noche, es en que es “un thriller sin acción” (frase que yo no había leído al comprármela, que si no) porque eso es exactamente lo que es, que dicho de otra forma es una idiotez. En gran medida es como una seria de Netflix (o similar) en las que algo que se podía hacer resuelto satisfactoriamente con una película de, digamos, noventa minutor (incluso mejor en un costo de veinte) se alarga hasta tener varias temporadas de doce capítulos de una hora. Y que, si no dejas de lado, en parte es por el tiempo que llevas invertido en seguir la historia.

Pero como todo (o casi todo) al final siempre encuentras una frase que te parece buena, o con la que puedes sentirte identificado, en este caso para mí: “No entender le hiere, es como un insulto dirigido a él, un muro que le pone delante para mostrarle su impotencia para franquearlo, para encararlo con su nulidad.”, muro que más que detenerme, en mi caso, la verdad, es que me hace plantear el buscar como saltarlo, el hacer el esfuerzo para eliminar el muro de no entender.

Un hombre bajo el agua, es la nueva novela de un autor que me había leído, por recomendación, pero que en ese momento no recordaba que no me había gustado especialmente. Este olvido de mi experiencia anterior, unido al hecho de tener una mención hídrica pues me decidió a cogerla y me ha dejado con la misma sensación que la anterior: no es especialmente interesante, pero se deja leer.

Aunque estas separadas por varias páginas la conjunción de estas dos frases “Si algo he aprendido desde que vivo con T. es que la ironía en Argentina esmalta cualquier dentadura” y “o el cinismo español, según como lo queramos ver.” Creo que habrían sido mucho mejor aprovechadas si las hubiera puesto juntas y no separadas.

En cualquier caso, si me parece buena, probablemente la mejor del libro, esa de “Yo se defender como un guerrero mi única patria: la tranquilidad”, todo sea dicho desde (la que debería haber sido) mi única mecedora, pero nunca del que nunca llego a ser mi único sillón.


Siguiendo con el tema hídrico pues también me compre Las propiedades de la sed que es una extraña historia que mezcla los derechos del agua con los campos de concentración para japoneses en estados unidos durante la segunda guerra mundial.

Desde el punto de vista hídrico no tengo claro de dónde ha sacado el traductor (traductora en este caso) el termino, que yo desconocía, por lo que dudo que exista por mucho que me guste (aseguro que alguien me corregirá y me dirá que sí, que existe)) para “Los geólogos tenían un nombre para los arroyos cuyos cursos habían sido alterados, sus cabeceras interrumpidas, cortadas o, literalmente, cercenadas: los llamaba arroyos decapitados.”

Un concepto que sí que existe, aunque un poco menos cada vez (pero todavía mucho) y por lo que veo es universal es el considerar que pagar por el agua es un atraco, auqneu su precio sera ridículo y que se refleja en ese: “En cuanto a mi pequeña planta embotelladora, ¿cree usted que alguna vez pague un solo centavo en el oeste de Texas por usar el agua local? Y cuando se lleva a los labios es botella verde de Coca-Cola ¿Qué porcentaje del mejunje que hay dentro calcula usted que es agua? Toda gratis. ¿era un delito? En un lugar como este, el desierto de California, uno pensaría que sí. Pero el día que tenga que pagar por el agua cierro. Nadie debería ganar dinero con el agua, no, seños. Eso sí que es delito.”

He dicho que esa idea del coste del agua era “universal” pero la verdad es que igual estoy exagerando y que ese sentimiento solo refleja la existencia de una significativa colonia de vascos en aquella zona – de existencia tan desconocida para mí, hasta que las conocí de primera mano, como las de mineros asturianos en West Virginia (que acabaron provocando una revuelta minera en la zona de las más famosas de los Estados Unidos – la revuelta, no la zona – o las de pescadores gallegos y portugueses en la costa de Maine - que queda reflejada en ese pastor al que llaman vasco ya que “Vasco vino del País Vasco. Los vascos se establecieron a ambos lados de la sierra, criaban ovejas para los del ferrocarril. Le he preguntado donde puede conseguir buen cordero…” y que seguramente, además de pastor, era exiliado de la guerra civil ya que, al describir la decoración de un local de allí, un bistró francés, que “era rustico y apolítico… …salvo por la foto de Vasco, encima de la chimenea, en la que se veía al Generalísimo Franco con un cuchillo clavado en un ojo.”

También aporta –  además delas curiosidades hídricas – la curiosidad del contenido de los “paquetes de alimentos” oficiales que la Cruz Roja – institución que deploro por motivos que ya contare otro día, si es que no os los he contado yo – contenían, entre otras cosas (como 450 gramos de uvas pasas) cigarrillos en una cantidad indeterminada, porque si, en aquellos momentos los cigarrillos además de formar parte del equipamiento básico de cualquier soldado, eran considerados como alimento.

Y siguiendo con el tema de los cigarrillos me resulta completamente creíble que cuando estaban elaborando las normas y prohibiciones del campo de concentración se planteara, con un debate interminable, la prohibición de cerillas y encendedores en el campo ya que debían considerarse como “armas potenciales de destrucción; al fin y al cabo, podía tener cierto sentido esta consideración ya que el campo era todo de madera. El debate solamente se terminó cuando “… alguien del Departamento del Interior, sin duda sacando del paquete el enésimo Camel o Lucky Strike del día, había decidido A LA MIERDA CON ESO. La gente tiene que fumar. La gente tiene que contar con algo para permanecer despierta y socializar. La gente tiene que contar con algo para pensar. Y, al fin y al cabo, que había más norteamericano que el tabaco…”

No solo coincido con este funcionario público, sino que también coincido con la visión (de otro personaje) de la naturaleza frente a las zonas urbanizadas (habitadas) cuando afirma que: “Le gustaba ver las huellas del hombre en el paisaje, contar la sincronización de los postes del telégrafo al borde de los caminos, oír el tren. El mundo no cubierto de huellas era para él un rompecabezas sin sentido.”

Y como no coincidir, tomar partido por la persona correcta, en ese dialogo en el que una actriz, de nombre Joan, pero en plan Meg Ryan anoréxica pide una comida (concretamente “Una taza de caldo de gallina, después quiero una cuña de lechuga, ya sabe usted, la que sirven en el Brown Derby. Y después me trae una patata asada s-a-n-s naaada de mantequilla.” Que si lo hubiera oído el gran Bourdain la habría asesinado directamente, antes de terminar la frase, pero que mi médico seguro que la felicitaba) y otro personaje intenta explicar su comportamiento con un “Tiene que cuidar la línea, le explico a Schiff la mujer sentada enfrente de la actriz. Ella es guionista, aclaro esta última, por eso no tiene que preocuparse por su aspecto.”, solo para que la guionista pueda rematar el dialogo con ese cuasi perfecto: “Ella es actriz, por eso no tiene que pensar. Yo tomare la sopa de ajos, una ensalada y el cordero. Alimento para el cerebro, Joan.”

Pero si el tema de los cigarrillos ha cambiado no menos ha cambiado le visión de los chefs y de cómo comemos, incluso porque lo hacen algunos, cuando hablado de un chef (que curiosamente se había formado en el hotel Drake de Chicago; una institución que yo no he visitado pero que igual algún día visito) dice que el hecho de cocinar era: “… un aspecto de su hombría que podría parecer poco masculino: las mujeres cocinaban, las mujeres se preocupaban por la presentación de la comida y sus sabores; los hombres comían ternera. los hombres norteamericanos comían por apetito. Los hombres norteamericanos comían para para producir grandes músculos; Grandes Pensamientos; esperma.”

Si todas estas cosas me parecen buenas, tengo que reconocer que la mejor es cuando un personaje, al que preguntan ¿Qué sabes de la pascua judía?, en plan tú no puedes comprendernos ya que tú no sabes nada de nuestras tradiciones (en el caso de los judíos, normalmente esto es un “no sabes lo que hemos sufrido (como pueblo)”) simplemente responde “Aquello fue terrible. Terrible. Una época atroz para ser egipcio. Plagas… diez en total (si no me falla la memoria de los tiempos juveniles en que iba a la iglesia) ulceras y ranas. Dios en apogeo de su inventiva., para mí, un cambio de perspectiva verdaderamente brillante, impecable, te pregunta por un tema judío y respondes por la segunda parte de la parte contratante ya que en toda historia hay dos partes y si los judíos sufrieron pues loe egipcios no tuvieron mejor suerte. Simplemente brillante.

He de reconocer que acabadas estas lecturas el calor seguía apretando y, si bien había sobrevivido en mi primera excursión veraniega, pues no me sentida capaz de repetirla por lo que en lugar de ello me dirigi a una librería cercana para reabastecerme.

Como siempre busqué primero algo que no fuera tanta traición y afortunadamente encontré The Madness of Crowds la última novela – todavía no traducida - de la que se ha convertido en una de mis escritoras “policiacas” favoritas (lo de las comillas es porque pese a que estrictamente pues hay policías y crímenes, la verdad es que la parte policiaca es realmente una excusa, un McGuffin que diría un cultureta, si un cultureta leyera policiacas que todos sabemos que los culturetas solo leen novelas de pensar, muy mucho de pensar).

Se trata de la novela “pandémica” (realmente post) en la que plantea la existencia de “un grupo”, que con una base estadística, llamémoslo científica por generalizar aunque toda su ciencia se basa en “correlaciones espurias” (del tipo correlación entre “people who drowned after falling out of a boat and the marriage rate in Kentucky”, o casi todas las de nutrición – que cambian cada nada – por no hablar sobre las de fumar) como que usando las numerosas muertes de ancianos en las residencias de Quebec (parece que la situación fue parecida a la que parece paso en Madrid) y la aprobación al derecho a una muerte digna pues defiende, fervientemente y con esas correlaciones, que se debe implementar un programa de eugenesia por el bien de la sociedad, no solo para personas mayores sino también para personas con deficiencias psíquicas (y ampliable a otros).

La parte policiaca la aporta el inspector Gamache, el protagonista de las novelas de Penny, que es básicamente una buena persona pero que se ve obligado a proteger a este grupo para evitar disturbios en una presentación “multitudinaria” de sus teorías y a investigar un asesinado relacionado con esto. Pese a esta parte policiaca la novela trata, entre otras cosas, e de la libertad de expresión, de los límites de la misma y de la necesidad o no de defender esta libertad incluso para ideas que sean contrarias a nuestras creencias más íntimas.

A mí me ha encantado y miro el lateral del libro – en el que coloco mis marcadores – y veo que esta “sembrado”, hay tantos que no creo que pueda comentar todas las frases o ideas que me han gustado.

Obviamente la primera idea es sobre ciencia y emociones que con ese “Scientists might appear rational, but they were in fact completely at the mercy of their emotions. Because they never learned to face them.”, refleja, además de una idea general sobre los científicos, otra posible visión; que se complementa con esa distinción que los “malos” científicos (sobre todo los estadísticos) no saben hacer: “But correct and right were two different things. As were facts and truth”; cuanta diferencia hay entre ambos conceptos.

También me parece muy interesante como algunos traumas – o incidentes que dejamos se conviertan en traumas – pueden definirnos y realmente convertirnos en peores personas: “They all had it, residual guilt, though some were able to brush the ash off and move forward, while others were smothered by it. Like those poor souls caught in the eruption of the Vesuvius. They had human form but were, in fact, hollow.”; creo que todos hemos pasado por nuestros propios Vesubios (o Hiroshimas y Nagasakis) pero lo importante es como salimos de ellos, si vacíos o enteros.

Por supuesto, mi favorita, puede que sea “Having sex did not define an intimate relationship, any more tan not having sex prevented one.”, en la que creo con total sinceridad creo que al igual que la verdad y los hechos, sexo e intimidad son conceptos muy diferentes que la gente mezcla con demasiada facilidad.

Afortunadamente no todo son cosas intensas y por ejemplo su teoría sobre los jeroglíficos egipcios me encanta y me parece que igual merece más consideración en los círculos de los paranormales: “some of that had been presumed to be nonfiction accounts of ancient Egyptian lives and events, etched carefully into Stone, were actually the ancient equivalent of novels. Mostly thrillers.”; o la referencia a Santa Margarita que al parecer es “the patron saint of people rejected by religious orders, which made her Jean-Guy’s favorite saint” y que si no fuera por la cantidad de Santos/Santas/Santes que hay en la iglesia católica (aunque de los últimos creo que no hay) igual podría ser mi favorita, pero con tantos es difícil decidirse.

A mitad de camino entre la seriedad y lo menos serio pues estaría una posible explicación de porqué le podrían dar un premio nobel de la paz a una activista de un país africano que escapa de sus circunstancias realizando matanzas de sus enemigos (los que conviertes a niños en soldados o violan e menores de forma sistemática): “I think it’s not about how much good a person’s done, but how much worse they could have been.”, algo que explicaría el premio, digamos, a Obama.

Por ultimo pues me gusta pensar que me es aplicable eso de “Here was someone who would consider before he acted. It was rare, she knew, to have some space between thought and action. Most people didn’t. They thought they did, but most acted on impulse, even instinct, then justified it.”, pero posiblemente sea solo vanidad.

Tras esta excelente lectura, Un pueblo de Oklahoma, que compre porque era de una editorial que me gusta resulto un bastante decepcionante. Se trata de 36 relatos – bocetos de personajes – sobre un pueblo de 1.300 almas escrito en 1931. Como en cada historia sale más de un personaje que parece tener algún problema mental de algún tipo –o algo tara significativa -  pues la verdad es que es una muestra muy representativa (casi un 4%) lo que no deja bien a los pueblos (ojo: correlación espuria).

Es un poco cansino, por lo repetitivo y porque son bocetos que realmente aportan poco, pero sorprende, por lo curioso, esta descripción: “La noche de la fiesta, Lil dio un recital. Apareció vestida a la española: un chal rojo le cubría la espalda y los hombros desnudos, se había puesto una falda larga con volantes y llevaba el pelo recogido en un moño con una enorme peineta.” Vamos, todo un clásico; igual no de España, pero sí de la publicidad de una España inexistente pero que triunfo en la Oklahoma de los años treinta.


Me compre El percherón mortal convencido de que se trataba de una novela que no me había leído (algo que me ha pasado con otra compra este mes) pero que era del mismo autor de una novela, que pensaba se llamaba "los enanitos verdes" de la que siempre que me preguntan cuento el principio porque me parece de los mejores que he leído. Por supuesto, pues me la he releído y he comprobado que mi recuerdo del principio no es, extrañamente, el que yo cuento (a veces, que sospecho cuento las dos versiones).

En mi versión “falsa”, un tipo va al psiquiatra y le cuenta que está loco, que ve enanos verdes; en ese momento se presenta un enano vestido de verde lo que sorprende al doctor, que obviamente también lo ve, lo que tranquiliza al paciente que decide que no está loco.

La realidad es que hay un dialogo en el que el paciente le comenta al psiquiatra que tiene alucinaciones y el dialogo sigue:

- Las alucinaciones son un síntoma corriente del trastorno mental – asentí.

- Y cuando uno no solo ve cosas…, sino que demás le pasan cosas…, cosas irracionales quiero decir…, eso es tener alucinaciones ¿no?

-Si – dije – una persona mentalmente enferma suele vivir en un mundo imaginario, irreal. Se aparta completamente de la realidad.

Jacob se reclino hacia atrás y suspiro con alivio:

- ¡Ese soy yo! – dijo – Estoy loco, gracias a Dios. No está pasando en realidad.”

Parecía totalmente satisfecho. El rostro se le había relajado en una sonrisa torcida que resulta simpática. Obviamente, mi información le había aliviado. Lo cual era raro, pues antes nunca me había enfrentado a un neurótico que admitiera su placer ante la perdía de la razón. I había visto a ninguna que hablara sonriendo del tema.

He de reconocer, aunque la conclusión del paciente sea la contraria en cada uno de ellos y son casi contradictorios, que los dos principios me gustan bastante y dudo de cual me gusta más (el mío, se cuenta mejor pero el del autor es más redondo). Os dejo que decidáis que versión os gusta más y, a partir de ahora, intentare contar esa.

Además de este principio he de reconocer que me ha gustado la relectura y especialmente leer algo que yo siempre he pensado sobre los bromistas: “En último extremo, la psicología del asesino y la del bromista diferente solo en grado. Ambos son sádicos; ambos disfrutan con lo grotesco y con el placer de infligir dolor a otros. Podría considerarse el crimen como la broma definitiva y, a la inversa, a la broma como una forma social de asesinato.”

Me ha sorprendido encontrar una referencia a, entiendo, el régimen de Franco con ese “No soy un hombre valiente. A veces, leyendo sobre las torturas que hombres han sufrido en España, en Dachau y en Buchenwald, he abandonado el libro que relatada esos martirios.”; e igual tras mi derrame pues me debería haberme sentido identificado con “En la vida de toda persona hay momentos en que es posible hacerse a un lado y ver lo que ha pasado, así como lo que pasa ahora, con una objetividad que escapa a lo natural, que es casi divina.”, pero la verdad es que no. Para nada de objetividad.

Mi siguiente lectura fue Cancelado que es la típica novela para novelistas o críticos en la que un escritor, denso, denso, escribe una novela comercial (con un seudónimo) convencido de que será otro fracaso (como sus libros sesudos) ya que piensa que es una mierda (además de una parodia) y como Cervantes actual (salvando las diferencias) va… y triunfa lo que le produce un cabreo monumental.

Además de coincidir la idea general del libro –entendida como que entre lo que algún escritor cree que la gente debería leer y lo que la gente quiere leer – también coincido con su descripción de Washington (basada en mis tres o cuatro visitas) según la que “Washington esconde su pobreza mejor que ninguna otra ciudad del mundo. A pocas manzanas del National Mall y de Capitol Hill, por donde desfilan miles de turistas a diario, hay gente que cubre las ventanas con toallas para que no entre la lluvia y que, por la noche, para atrancar la puerta, la asegura clavándole tablones de madera atravesados.”; para mí siempre ha sido una ciudad en la que si te desvías una manzana del itinerario apareces en zonas casi de guerra.

Destacable también su descripción dela comunicación entre familiares: “Cualquiera que hable con alguien de su familia sabrá que compartir un idioma no implica compartir las reglas que rigen para su uso. Digamos lo que digamos, lo que en realidad queremos decir es otra cosa…”; e incluso sobre la comunicación con animales: “Por mucho que las truchas puedan desquiciarnos, ni son capaces de pensar ni nos tienen en cuanta. Una trucha se parece mucho a la verdad: hace lo que quiere, lo que debe.”

 

Los impotentes, mi siguiente y penúltima lectura del mes (si, por fin, ya vamos acabando) es una novela argentinísima, yo diría que, en algunos casos ilegiblemente argentina, ¿Por qué como leer desde España “en el último desayuno devoran una docena de facturas mojándolas en café instantáneo con leche”?

Tal vez una de las pocas cosas que no es argentinísima, sino muy europea, de “Los escritores y sus posturas nos han mal acostumbrado, nos han explicado hasta el cansancio como tiene que ser una persona que escribe literatura, como tiene que presentarse ante el mundo, como tiene que sonar, como tiene que acompañar de manera creíble todas esas palabras que escribieron y que probablemente, en muchos casos, no termine de entender de donde carajo salieron.”

Como frase curiosa, para referirse a la repetición de comportamientos (incluso, sobre todo, delictivos) me gusta esa frase de “¿Qué le hace una mancha más al tigre?”


Pues termino el mes leyendo otra de Penny, Una revelación brutal, que voy a ver si poco a poco me las leo todas (espero que solo una vez, aunque con mi memoria esto de rellenar lecturas dará lugar a muchos errores en las compras)

No me extiendo mucho – es buena pero no me ha gustado tanto como otras – y aparte de al ya mencionado Thoreau también cita a Kipling y ese poema de Kipling de “Si todos los hombres cuentan para ti, pero ninguno demasiado. Serás un hombre, hijo mío.”, que le lleva a este concepto “Tenía muchos colegas, conocidos, compinches. Era un comunista emocional. Todo el mundo contaba igual para él, pero nadie demasiado.”

Esta. Igual pòr ser mas primeriza, es un poco mas localista, algo que hace que la traductora ponga una nota al pie para explicarnos que los quebequenses  usan términos religiosos – tipo cáliz o tabernáculo – para maldecir; o referirse (ahora la autora) a Air Canadá como esa “La compañía aérea que cobraba por todo. Beauvoir estaba convencido de que pronto pondrían una ranura para las tarjetas de crédito al lado del oxígeno de emergencia.”, que igual se ha planteado más de una aerolínea.

En este caso hay un par de cosas que no comparto como “Una vez oyó decir a un juez que la forma más humana de ejecutar a un prisionero era decirle que era libre. Y entonces matarlo.”, que dudo mucho; o incluso ese “No sé si alguien cuidaba de este hombre, pero, desde luego, el si se cuidaba” seguida de “Que epitafio más maravilloso – pensó Gamache – Se cuidaba.”, que espero me sea aplicable en la acepción de vivir bien, dándole alegrías, y no en la (creo que más generalizada) de llevar una vida sana, de deporte y dietas, que me parece de lo más triste.

Y ya, si alguno habéis llegado hasta aquí, pues recordar (lo digo sin motivo concreto, no seáis picajosos) “Pero no hay donde ocultarse de la conciencia…. Al final te encuentra. El pasado siempre acaba encontrándote.” Venga, disfrutad, asaltando el castillo.

 

Lecturas

The Mayors of New York - S. J. Rozan

A little life - Hanya Yanagihara

La tarde que Bobby no bajo a jugar - Maya Montero

Historias de la noche - Laurent Mauvignier

Un hombre bajo el agua - Juan Manuel Gil

Las propiedades de la sed - Marianne Wiggins

The Madness of Crowds - Louise Penny

Un pueblo de Oklahoma - George Milburn

El percherón mortal - John Franklin Bardin

Cancelado - Percival Everett

Los impotentes - Nicolás Giacobone

Una revelación brutal - Louise Penny

sábado, 13 de julio de 2024

Comentario de textos Junio 2024

Hoy me he despertado con ganas de escuchar a Springsteen (dicho y hecho, por cierto) y no tengo claro si fue por una conversación que tuve el otro día sobre conciertos de estadio (conversación que surgió tras una reunión de trabajo y en la que resulto que de las cinco personas que estábamos reunidas, dos habían ido a ver a Luis Miguel e incluso uno había pagado quinientos euros por entrada, algo que me sorprendió mucho ya que era gente básicamente más joven que yo, como no podía ser de otra forma, ya que mayores que yo trabajando pues quedan pocos) o porque andaba yo pensando en que este mes se han cumplido un par de mis sueños de infancia / adolescencia y por lo tanto era inevitable recordar esa parte de The River de “Is a dream a lie if it don't come true? Or is it something worse?” que tantas veces he cantado (por llamar algo a lo que yo hago cuando creo que canto) pero que aquí tenéis en directo en fechas similares a cuando yo la vi en directo.

Pues si, como decía este mes he cumplido uno de esos sueños pequeños: he conseguido algo que siempre había pensado imposible, fuera del alcance de cualquier ser humano normal (o por lo menos normal según mi definición) y he conseguido terminarme una bolsa de zanahorias sin que ninguna se me pusiera mala (luego he intentado repetir con una segunda bolsa e, inevitablemente, he fracasado como debe ser). Pero es que también puedo considerar que se ha cumplido uno de mis grandes sueños de la adolescencia, ni más ni menos que un proyecto en el que participo salga en las páginas del New Musical Express (el NME, que para algunas era una institución que íbamos a adquirir, cuando podíamos, al quiosco de Alonso Martinez – uno de los pocos que lo vendía en el Madrid de los ochenta – para seguir las novedades musicales), que con la excusa de un festival pues saca al Wurlitzer en sus páginas (https://www.nme.com/features/music-features/mad-cool-2024-madrid-3767184) como sitio al que ir para escuchar musica.

Ya, ya os veo diciendo el primer sueño es una auténtica chorrada y que vosotros lo conseguís siempre que compráis zanahorias; y también es veo pensado que el segundo está muy lejos de la idea original del sueño (que, ni que decir tiene, seria haber salido como banda destacada y, porque los sueños lo permiten, en la portada o con un especial de varias páginas). Vale, puede, pero cada uno tiene sus sueños y ahora creo que el que me queda por cumplir es conseguir acabarme un boli bic (escribiendo, no habiendo garabatos, aunque me conformaría con conseguirlo de esa manera). En cualquier caso, volviendo a Bruce: “Now all the things that seemed so important, well mister they vanished tight into the air. Now I just act like I don’t remember…” 

Así, que, tras esta reflexión, pues al tema de los libros.

Empecé mis lecturas (ni que decir tiene que mercadas en la librería de referencia – no digo ya mía, porque espero que sea también la vuestra – Méndez de la calle mayor aunque este mes, por aquello de ser la feria del libro pues también compre algunas en su caseta y en la de otra editorial) con La revelación, que no es ni buena, ni mala pero que tiene cierto interés como parodia / crónica de la política americana actual (o reciente, debería decir).

Siempre se aprenden cosas como porque las elecciones son en un martes de noviembre, después del primer domingo: “resulta que los padres fundadores tenían una idea en mente: en noviembre, la cosecha del otoño ya se había recogido, pero el tiempo todavía era lo bastante bueno para viajar. Y como algunos tenían que desplazarse para participar, no podían hacerlo en lunes, porque la gente no iba a viajar en Sabbat, y tampoco podía ser el 1 de noviembre, porque es Todos los Santos, y así hasta llegar a esto.”

O incluso más curioso: “un apunte: la expresión «América primero» no es lo mismo que «sueño americano». Las ideas detrás de la primera frase se remontan a Thomas Jefferson y su relación con otros países. La frase del sueño se acuño en 1931 como critica a la riqueza individual y pretendía alentar a un regreso a la igualdad y a la riqueza del país por encima de la de los individuos. A los progresistas les parecía que era antidemocrático ser millonario. El significado de la expresión se metamorfoseo en la de cada de los cincuenta; el sueño americano paso a ser un símbolo y una visión del éxito y la prosperidad, y lo vendimos son solo internamente, sino por todo el mundo.” cuyo origen – casi comunista, o por lo menos, socialista – según la autora (matizo, aunque sospecho cierto) queda muy lejos de la visión actual del éxito por el individualismo que significa. ¡qué gran problema es este de la resignificación de los eslóganes o de las palabras, por no hablar de la aritmética de las puntuaciones de los exámenes donde se puede aprobar con cuatro y se puede llegar a sacar un 14 (todo eso sobre diez).

Solo puedo considerar que es aplicable (en este caso y en general) ese dialogo que suscribo plenamente: “Quizá esta gente es idiota. ¿Por qué nadie hace bien su puto trabajo? – Lo que quieres decir es por qué nadie hace su trabajo tal y como lo harías tú. – Es lo que he dicho.” que no deja de ser una versión larga del clásico “hay dos formas de hacer el trabajo: la mía y la equivocada.” Que desgraciadamente las paredes del Wurlitzer ya se saben de memoria y en la que lo único que no es cierto es que haya dos, desgraciadamente el segundo grupo incluye demasiadas variaciones, unas sutiles y otras, simplemente, descabelladas

El libro también me ha recordado que dentro de nada (en 2026) estados unidos cumplirá doscientos cincuenta años (desde la independencia) que, si bien es una cifra ridícula, he de reconocer que me acojona un poco ya que recuerdo cuando fue el bicentenario (que nos acabábamos de mudar a Nicasio) y me asusta pensar que ya han pasado cincuenta años de esos recuerdos. En fin, cosas que pasan; la alternativa habría sido peor.

Mi siguiente lectura fue La Colonia, una curiosa historia que pasa en una pequeña (mínima) isla de la costa irlandesa en la que coinciden por una parte un pintor inglés y un lingüista francés que quiere preservar el habla de la isla (por ser un irlandés puro, sin contaminación lingüística del inglés) sobre todo del inglés (el habla irlandés y parece que no contamina; ya sabéis, en general las actividades que a uno le interesan no contaminan tanto como las de los demás y así a algunos les parece normal que “la esfera de las vegas” consuma 28.000 Kwh pero les preocupa que otro – nunca el – no desenchufe un adaptador de móvil en su casa; pero no hablemos de cinismo que todos tenemos nuestras cosas y nos liamos).

El caso es que como dicen los habitantes de la isla, unos a favor del inglés y otros a favor del francés, pero todos preocupados porque “Dos (foráneos) es más de lo que podemos manejar”, aunque en el descargo de los aborígenes de esta isla, a diferencia de muchos otros que se quejan de los turistas, ellos no abandonan nunca su isla por lo que nunca son foráneos.

Entretenida pero un poco prototípica (con su artista local por descubrir al que luego traicionara el inglés y sus romances dobles) pero sin la gracia necesaria para llegar a ser buena.

Compre Sé mía por mi mala memoria ya que ya había leído otra novela del autor y no me había gustado (a punto de dejarla a medias que estuve, he comprobado en entradas anteriores) y si me hubiera acordado no la habría comprado. Esta también tuve la tentación de dejarla en varios momentos de la lectura pero, a diferencia de la anterior, cada vez que iba a dejarla aparecía una frase más o menos interesante como “Aunque también es cierto que los expertos en suicidio son, en su mayoría, personas que no han conseguido llevarlos a cabo.” que no puede más que recordarme a esa canción de GlutamatoYe-Ye, ya sabéis… y a la que podría cambiársele el nombre a “el experto”:

Por supuesto coincido plenamente con ese “en casi todos los sentidos, la medicina no es una ciencia ni un arte, sino una masonería gremial que se remonta a la magia negra y la nigromancia.”, más y más, cuantos más médicos visito; y por supuesto desde un agnosticismo total con ese refrán (sabiduría eterna, lo llama el autor) de “… es sabiduría eterna que dice que, si quieres hacer reír a Dios a carcajadas, solo tienes que contarle tus planes”

Aunque viendo como cada día me cuesta más seguir algunas de las historias que me cuentan adolescentes (y los que no lo son) también me encuentro preguntándome “¿Qué clase de persona podemos decir que somos si carecemos de la capacidad de hilvanar una narración personal coherente?”; si, mi vanidad me hace pensar – en contra de todo lo que escribo aquí y lo que cuento de viva voz – que tengo cierta coherencia. Cosas de la vanidad.

En cualquier caso, la mejor frase del libro parece ser una cita: “cuando un entrevistador le pregunto al poeta Philip Larkin: «¿Cree que podría haber sido más feliz en la vida?», este respondió «No, no sin ser otra persona». Así pues, por término medio, diría que he sido feliz.”, que suscribo plenamente ya que si, ser uno mismo es una limitación a la felicidad y a todos, alguna vez o en algunos casos nos gustaría ser otro (ese que usa los cuadernos que se compra o el que tiene las cosas ordenadas) pero ser otro no mejoraría nuestra felicidad ya que como decía K. Dick (parafraseando al vendedor de Total Recall) “¿Qué es lo que ha sido igual en todas sus vacaciones? Usted, no le gustaría tomarse unas vacaciones de sí mismo”,

Mi paseo anual por la feria del libro fue poco productivo en cuanto a compras de cosas “especiales” y solo me lleve Bastardo, que es una novela turca que el de la editorial pensó que era una buena idea intentar venderme como una versión turca de Menos que cero; algo que, a él, desconocedor de mi relación, cuando menos dudosa, con ese libro, le sonaba muy bien, pero que yo compre por la portada. Sinceramente no creo que tenga nada que ver, salvo que los personajes de ambos libros son niños ricos, pero son ricos de forma muy distinta y si con los personajes de Easton Ellis, yo me podía identificar en los ochenta, la verdad es que con estos – que son unos vividores bastante arrastrados – pues para nada.

La mayor curiosidad del libro – que tampoco tiene especial interés – es enterarme de que un tal Romain Gary gano dos veces el premio Goncourt, eso sí, la segunda con un seudónimo (Emile Ajar) y aunque creo que no he leído a ninguno de los dos me han gustado las dos últimas frases de su nota de suicido “Me lo he pasado muy bien, gracias. Hasta pronto.”, como el que se marcha a tiempo de una fiesta para no molestar.

Como contrapartida me sorprende (creo que no la ha pensado lo suficiente) una frase en concreto “He aquí la teoría de los maricas – dijo Cenk - ¡Decir que un homófobo es un homosexual encubierto es como decir que una nazi es un judío encubierto!”, que he de reconocer que por una parte me suena excesivamente antigua y en la que no veo la analogía, pero igual existe y tiene sentido aparte del obviamente homófobo.

Obviamente Como si fuera un rio era una novela a comprar (ya sabéis que yo pico en todos los títulos con referencias hídricas o hidráulicas u similares) pero aparte de esta referencia a la vida como un rio (que no puede ser mas obvia , por mucho que aquí se ponga en boca de un indio, americano, no de la india) es una novela bastante floja que podría clasificarse como “folletinesca” con su drama de romance maldito entre una cultivadora de melocotones (fuera del estado de Georgia, que es de donde deben de ser los melocotones; vamos la Murcia americana en este sentido y supongo que también en el de marco incomparable, por lo menos incomparablemente racista según tengo entendido) pero sin nada más, ni una frase lo suficientemente buena para destacarla.

A cambio mi otra compra en la caseta de los Méndez, Las Fieras, que es una novela con dos protagonistas femeninas en el país vasco de finales de los ochenta (obviamente una de ellas terrorista famosa de ETA) sin tener tampoco nada destacable y ser también bastante folletín (con sus romances trágicos) pues si me ha interesado un poco más. Sera porque es una historia, una época o unos protagonistas quiero decir, que me pueden resultar más cercanos y en los que incluso puedo ver a algunas personas reflejadas. Pero vamos, que tampoco fue un acierto.

Aunque la quería haber comprado en la feria, A Santa Compaña, estaba “agotada” en Méndez e incluso ese día en Tusquets lo que me lleno de alegría por motivos que aún no puedo revelar, pero me cabreo un poco ya que me apetecía leérmela ya que la primera de la serie me había gustado mucho. Esta nueva entrega me ha parecido un poco más floja que la primera, pero, con todo, de las mejores que he leído este mes.

Aparte de la curiosidad de que salen monjas clarisas – no las que tanto entretenimiento nos han dado estos meses desde Belorado y a las que he perdido la pista informativa sin saber el final, que seguramente habrían tenido alguna mención si el timing hubiera acompañado – resulta muy curioso que Gonzalo de Berceo acabe teniendo unos “zapatos de gamuza azul”, entiendo que como una referencia que casi seguro alguien ha tenido de indicarle al autor que, me temo, la desconoce.

La otra gran curiosidad, para mí que de Historia Sagrada se lo justo (quiero decir poco, aunque más que muchos, pero no los justo en un su sentido religioso que, supongo, debería ser mucho más) se recoge en ese párrafo “… una crucifixión de santa LIberata, patrona de las malcasadas. La Virgo fortis, como algunos la llaman en latín. Aunque en este cuadro la santa no estaba barbada, como parece en tantos, sentí una extraña turbación al verla crucificada como un cristo femenino…”

La mejor reflexión es aquella en la que, quien más quien menos, hemos caído alguna vez (algunos siempre) “Es muy difícil creerse las culpas, no dejarse ir en frases discordantes del tipo: «Yo me acuso de que la abadesa…, yo me acuso de que el sacristán…, yo me acuso de que sóror Matilde…». Yo me acuso, en fin, de que los demás tienen la culpa.”, comportamiento que, ya digo, para algunos, es algo continuo; los demás son los culpables de todo lo que me pasa.

Una buena segunda entrega pero que no llega a la primera, mas por las bondades de la primera que por las carencias de esta segunda.

Tras una nueva visita a la calle Mayor y obviamente, una vez mas, solo por el titulo, me compre La casa del ingeniero. Es una novela que para un lector normal es floja pero que, casi seguro, para los críticos y lectores más avezados sea muy interesante por su estructura en la que en la novela se habla de otra novela que habla de otra novela que debe de ser algo difícil pero que para mí es como si se tratara de la típica gracieta esa de “un acertijo dentro de un enigma dentro de (no recuerdo que ni me importa)”.

En cualquier caso, aunque ya no sea válido por ser de otra época, me proporciona otro motivo para estar en contra de los médicos (no es que necesite más, pero… siempre se agradece) en ese “Los médicos saben mucho. Van de casa en casa y se enteran de todo. En la mía, no ha entrado nunca un médico. Si tengo algo que ocultar o no, eso no le importa a nadie.”; conocimiento, de cotillera, que si puedo aceptar tenían antes los médicos y puede que incluso hoy los médicos rurales (si es que esto existe a día de hoy, que como urbanita no tengo ni idea de cómo funciona esa parte del mundo).

Si hay una parte que me ha recordado mucho por un parte a mi sobrina Alicia a la que veo muy capaz de hacer algo parecido, es “Una niña de nueve años «una perfecta dama», entrego su cuaderno de deberes, en el que figuraban varios ejercicios de sumas, con la resolución de una sola suma y el siguiente comentario: «Las demás se hacen de la misma manera» y por otra parte a mi examen del segundo parcial de Métodos (Métodos matemáticos y de las técnicas creo que se llamaba esa asignatura de segundo de Caminos) en el que solo tenía que sacar once puntos sobre treinta para compensar (había sacado veintinueve, sobre treinta, en el primero) y que era tan repetitivo que cuando “calcule” que ya tenía los once necesarios, con cierto margen de error, pues escribí algo así como “…aquí lo dejo… el resto es igual… me aburro y ya tengo los puntos necesarios”. Pues sí, si os estabais preguntando como acabo, pues saque los puntos suficientes, y tan ricamente: Métodos aprobado por parciales.

Tras esto empecé – atención al verbo – El evangelio según Yong Sheng, que podría parecer prometedora por tratar de evangelizadores cristianos en china a principios del siglo XX pero que tras varios atascos, incluso desmayos de aburrimiento, no he conseguido terminarme, dejándola definitivamente a la mitad tras doscientas páginas sin prácticamente interés. Lo único interesante de esas doscientas páginas es que “La calle HongWu, donde estaba su dormitorio, era una calle llana que, antes de la proclamación de la Republica, se llamaba LujiKang, «calleja de la concubina Lu», en honor a la concubina favorita del emperador Jiaquing, de la dinastía QuIng, que había vivido en ella. También la llamaban «calleja de la Joven Belleza».”, que, eso de la concubina, pues me parece un motivo tan bueno para nombrar una calle como otro cualquiera, e incluso mejor que muchos.

Llegados a este punto – a solo una lectura, relectura realmente , de terminar el post – y viendo que he clasificado varias, o muchas, de mis lecturas como flojas (o peor) debe volver a recordar que llevo algún tiempo a régimen por lo que es posible – quiero pensar que no – que esto ha influido, negativamente, en mis opiniones de este mes (y de los anteriores, tal vez) y que no todo es culpa de las novelas, y sus escritores respectivos, sino que parte es achacable a mi mal carácter por el régimen. Es bastante probable ya que estoy un poco (o un poco mas) insoportable últimamente, enfadica y gruñón como siempre, pero en versión extendida.

En cualquier caso, mi última lectura ha sido Pompeya que no solo es una relectura ya que la leí hace muchos años, sino que la he comprado para regalar a Zarandieta, un amigo al que han operado dos veces de la cadera (una inevitable y la segunda pues discutible si por mala praxis del médico o por la famosa negligencia de los pacientes), que ahora está en proceso de reconversión en ingeniero de aguas (transición que podemos dar por concluida y esperamos irreversible) al que al parecer le gustan las historias de Roma y al que tengo tendencia a regalarle libros por sus cumpleaños.

Si os preguntáis porque este libro en concreto, hacéis bien aunque, por lo contado, parece claro que va sobre un ingeniero de aguas en la antigua roma (en Pompeya, incluso) y es de los pocos Best-Sellers en los que la ingeniería y un ingeniería en concreto es el protagonista. En el que se dice que “Los senadores podrían soñar con imperios; los soldados, con conquistas; pero eran los ingenieros quienes tendían las calzadas y los acueductos, los que construían todo eso y proporcionaban a Roma su alcance universal.”

También se aportan curiosidades como “De una lavandería vecina, ante la que había varios recipientes para que la gente orinara en ellos, salía un hedor a orines (nada limpiaba mejor la ropa que la orina humana).”, que recomiendo como producto de limpieza, al menos solo; o como “Él prefería la regla de Varro, según la cual el número de invitados a una mesa no debía ser inferior al de las Gracias (tres) ni superar al de las Musas (nueve).”, que parece un buen consejo de protocolo.

Si bien resulta curioso que se diga que “Así ocurría en aquellos días en la bahía: los cocineros eran más famosos que las gentes a quienes alimentaban.”, algo que es muy moderno – la fama de los cocineros – y que uno no esperaría de Roma; resulta menos sorprendente que ya en aquel momento la obra civil fuera un pozo de corrupción a todos los niveles “Los acueductos siempre habían dado lugar a corruptelas: los agricultores se conectaban a la canalización principal cuando esta cruzaba sus tierras; los ciudadanos añadían una tubería aquí y otra allá y pagaban a los inspectores para que hicieran la vista gorda; los trabajos públicos se concedían a contratistas privados que presentaban facturas por obras nunca realizadas; los materiales se extraviaban.”, problemas que se mantienen a día de hoy; o como empiezan las mismas en los proyectos desde los políticos “La generosidad de Ampliato empezaba a incomodar al ingeniero. Primero, llegaban los regalos; luego los regalos se convertían en un préstamo; y por último, el préstamo en una deuda imposible de saldar” (Ampliato es el polito de turno) y como lo que era cierto para Roma lo sigue siendo hoy en día: “El ingeniero nunca había tenido nada que ver con todo aquello. No obstante, no resultaba fácil encontrar un hombre honrado en Roma; un hombre honrado era un estúpido.”

Por supuesto también hay curiosidades ingenieriles que a nadie importan (salvo a los ingenieros) como “… pero los acueductos, que debían mantener una inclinación equivalente al grosor de un dedo cada cien menos – mas, y el caudal resquebrajaría las paredes; menos, y el agua se estancaría – , estaban obligados a seguir las ondulaciones del terreno” o como “Cuatro regulares montones de grava estaban dispuestos alrededor de un muro circular de ladrillo, alto como la cintura de un hombre. Se trataba de un tanque de sedimentación. Sabía que al menos había una docena como aquel a lo largo del Augusta – uno cada cinco kilómetros, según la recomendación de Vitrubio –, lugares donde el agua era obligada a reducir su velocidad para recoger las impurezas que pudiera arrastrar una vez se hubieran depositado en el fondo.”, que para un converso reciente a la ingeniería de aguas deberían tener interés para conocer que (casi) todo ya estaba inventado y que el método más importante en ingeniería es el de Cauchy (si, ese, el de las aproximaciones sucesivas; eso es la ingeniería). Un libro que todo ingeniero de aguas debería leer, no digo mas.

Pues hasta aquí hemos llegado, así que sin nada más que añadir, pero con hambre y con el mal humor correspondiente a estar a régimen solo puedo deciros ¡Divertíos asaltando el castillo!

 

Lecturas

La revelación - A.M. Homes

La colonia - Audrey Magee

Sé mía - Richard Ford

Bastardo - Hakan Günday

Como si fuera un rio - Shelley Read

Las fieras - Clara Usón

La Santa Compaña - Lorenzo G. Acebedo

La novela olvidada en la casa del ingeniero - Soledad Puértolas

El evangelio según Yong Sheng - Dai Sijie

Pompeya - Robert Harris

domingo, 9 de junio de 2024

Comentario de textos - Mayo 2024 (entrada 150)

Nota previa: pues sin saberlo (me he enterado al darle a "crear entrada") parece que estoy de aniversario y que esta en mi entrada 150...  ciento cincuenta entradas y todavía no he cumplido, ni me he acercado, al objetivo inicial de este blog. Así de desastre soy, aunque la verdad es que esto del blog de libros, pues ni tan mal... pero... es el momento de decir que volveré a intentar reconducir mis textos hacia ese objetivo... (Por supuesto la palabra clave en esa frase es "intentar").

Creo que cada ve entiendo menos el mundo en el que vivo (estoy casi seguro de que ya he empezado alguna otra vez de una forma parecida, pero es que: cada vez entiendo menos) o lo que es lo mismo cada vez me sorprenden más algunas de las noticias que leo y de los comportamientos que veo en (los que se supone son) mis contemporáneos. Tantas noticias y cosas raras leo que estoy empezando a considerar necesario volverme un psicópata, no, no para ir asesinando (diezmando) a mis contemporáneos sino para dedicarme a escribirlas en una agenda en público, algo que (para mi) es incluso más psicópata que eso de ir diezmando la población, ya que cuando llego a esta hoja (bueno, pantalla) en blanco soy consciente de que se me han olvidado muchas de esas cosas tan marcianas que me gustaría comentar.

¿Cómo cuales, igual os preguntáis? Pues aparte del todo lo relacionado con la política española (la escasez de argumentos, la necesidad de “comprar el paquete completo” de todo lo que hace tu bando, el revival del género epistolar y… en fin, podría seguir) o la no española (en serio, elegir entre Trump, un tipo condenado por varios asuntillos, o Biden que a veces parece que no resistiría la emoción de ganar a su edad; incluso Milei y la extravagante pelea con los ministros españoles; o el preocupante ascenso de los nacionalismos en un organismo internacional, por no hablar de la extrema derecha ), y obviando cosas como el cisma de las monjas de Belorado, que he de reconocer me parece de lo más entretenido de estos últimos tiempos, yo destacaría cosas como: que en el acto de celebración del Dia-D los paracaidistas ingleses que participaron tuvieran que pasar por la aduana (y que los franceses facilitaran estas imágenes), o en un tono más dramático (dejando claro que no tomo partido por ninguno de los dos bandos, que para mí ambos son susceptibles de quedarse sin estado y ninguno de los dos tiene mi respecto) casi cualquier noticia sobre el tema Gaza/Israel y, especialmente las lecturas sobre las mismas me conturba, me conturba mucho. No hablo tanto de los hechos, como de las lecturas: Israel hace una operación en la que ataca dos edificios concretos y rescata a cuatro rehenes (matando a cerca de 200 palestinos, no me olvido) pero es correcta la lectura de “Israel vuelve a atacar un campo de refugiados, ¿vale olvidarse de que era en ese campo de refugiados, y en esos dos edificios concretos, donde estaban los rehenes? No lo sé, igual que tampoco estoy seguro de que si según las propias estadísticas del ministerio de salud Gazati el porcentaje de “víctimas inocentes” (esto con comillas muy grandes, ya que este concepto recoge todas las mujeres y niños, dando a entender que todas las mujeres son “inocentes” y, claro, todos los hombres “culpables”; además de contar con la indefinición de niños, que no estoy seguro de que este claro que es un niño y que un hombre) se ha reducido de estar por encima del 60% al inicio de la guerra (cifra que, sospecho, reflejaba la composición de la población) a esta por debajo del 40% (en abril, último dato confirma por AP) pues se puede hablar de que cada vez es “más indiscriminada” la matanza de “víctimas inocentes”. Que quede claro, aunque los dos comentarios que hago apunten en la misma dirección, que yo estoy en contra de ambos, del comportamiento de ambos (o de sus líderes y de los que los apoyan) y todo esto me parece una salvajada sin nombre. Lo único que quiero decir esque me conturban mucho algunas valoraciones: las más partidistas, esas que obvian parte de los hechos, especialmente esas que me suenan a estar de parte de los Jedis (que aunque todos estemos a favor, más que nada porque no se puede estar a favor del Imperio, que es claramente nazi, no dejan de ser una secta con extrañas creencias y rituales) o que no se dan cuenta de que en la primera película de Indiana Jones, las acciones de Indiana pues no cambian nada en la historia como conjunto (si, Indiana no hubiera intervenido el resultado global – desde el punto de vista de la historia – habría sido el mismo: los nazis habrían abierto el arca de la alianza y todos habrían muerto) son totalmente apriorísticas, sin ninguna reflexión sobre la totalidad. Ya veis, este son el tipo de cosas que me inquietan, pero como pese a comprar cuadernos como un psicópata todavía no me decido a usarlos en público (ni en privado) pues muchas de estas inquietudes no os las puedo transmitir. Así que, pasemos a las lecturas de este mes que, debido a mi estado anímico de semi-convaleciente, pues han sido bastantes.

Mi plan para el primer fin de semana de mayo era marcharme a Piles por lo que me había abastecido de lecturas (si, como no, en mi librería de referencia, Méndez en la calle mayor que espero, aunque nunca coincidimos, que sigáis visitando periódicamente) y ya tenía el coche alquilado cuando me llamo la secretaria de “mi cirujana” para ver si me quería operar justo antes del puente por lo que tuve que suspender mi viaje (este y el de San Isidro, que también pensaba marcharme). Pese a tener lecturas acaparadas ese fin de semana ya estaba disponible (para allegados y por canales no oficiales) la nueva novela de Rafa, Cualquier cosa pequeña, e incluso había plan de subir a Cercedilla para que nos fueran entregadas por el autor en persona. La verdad es que yo no estaba de humor para subir a por mí copia, pero me la hicieron llegar por lo que obviamente se convirtió en mi primera lectura del mes. Es muy probable (seguro) que mi lectura de esta novela estuviera bastante influida por mi estado general (lamentable) tras mi intervención por lo que mi opinión sobre la misma pues no es para tenerla en cuenta, pero os la contare de todos modos. Es buena pero no está a la altura de otras de Rafa, a mí no me ha convencido… en parte porque, aunque Rafa diga que no conoce la serie de “la casa de la ciénaga” (ya sabéis, esa cuyos títulos son animales adjetivados), la verdad es que me la ha recordado mucho (si bien hay diferencias ya que aquí los espías no han sido relegados a este departamento por una, o más, torpezas históricas) y, bueno, eso es siempre un hándicap. Tampoco me ha convencido, más bien me ha confundido, el excesivo uso de arcaísmos del lenguaje (al parecer para conformar un lenguaje propio, e incluso una gastronomía propia) que afortunadamente he notado menos que en su versión en borrador. En cualquier caso, e incluso estando convaleciente y dolorido, es una buena novela y tiene a) las típicas cosas geniales de Rafa (me niego a escribir el autor) como esa sobre la edad de las mujeres “Las jóvenes ya no eran para él más que borradores de mujeres, prefería esperar a que estuvieran pasadas a limpio, después de los cuarenta, en edición corregida y aumentada.” con la que coincido, no estoy seguro de si por voluntad o por imposición de la edad y b) el típico “error numérico” propio de filólogo en el que una laguna se convierte en poco más que un estanque, o ligeramente superior a un charco grande, con una profundidad media de poco más de un metro (algo más leve que el propio de ese artista conceptual del que, ya, si eso, os hablo otro día para el que una pizza de 1 metro cuadrado era aquella que medía 50 x50 centímetros). NI que decir tiene que estáis tardando en comprar un ejemplar para leer y otros cuantos, para regalar, en cumpleaños, bodas, bautizos, comuniones o simplemente porque sí.

Todavía bastante dolorido escogí, entre mis compras, la más larga: El pacto del agua, una novela que sabía (por la contraportada) que era una saga familiar en el sur de la India y que, obviamente, había escogido por el título que ya sabéis que yo pico en todas las novelas que parecen tener relación con temas hídricos, y la India con sus monzones y sus sequias pues parecía que podría dar juego en este sentido. Pues, para nada. Se trata de una saga familiar pero unida con médicos y una posible enfermedad o maldición que hace que al menos un hombre de cada generación pues muera ahogado. Vamos, una chorrada que encima está salpicada de términos médicos y de médicos en sí mismo, algo a lo que tampoco estaba yo muy receptivo en esos momentos.

El único dato (en caso de ser un dato) relacionado con temas hidráulicos que creo que hay (de temas no hidráulicos o hídricos que la provincia de Kerala fuera el primer gobierno comunista elegido democráticamente en el mundo es algo que desconocía completamente) es ese “Nosotros, los brahmanes, creemos que el océano está contaminado, por lo que trasladarse por mar a un país extranjero corrompe el alma y uno queda condenado para toda la eternidad…”, creencia tan tonta como cualquier otra (sobretodo situada antes de principios del siglo diecinueve, cuando el mar tampoco estaba tan contaminado) pero que en caso de que se extendiera a mas religiones haría aconsejable mudarse a una isla y evitar en la medida de lo posible que te alcancen estos maestros con sus simplezas como la que da título a este libro: “El agua en la que entré apenas unos minutos antes se ha ido hace mucho tiempo y, sin embargo, sigue allí, con el pasado y el presente u el futuro entrelazados inexorablemente, como si el tiempo mismo se hubiera encarnado. Ese es el pacto del agua: que todos están ineludiblemente unidos por sus actos de acción y omisión, y que nadie está solo.” Una total chorrada.

Pese a ser una novela bastante aburrida, sin especial interés, si me ha gustado mucho eso de “Entiende que él escucha como otros hablan, que hay elocuencia en esa clase de atención tan poco común que el prodiga con generosidad. Es la única persona que conoce que utiliza los dos oídos en esa proporción exacta: los oídos el doble que la boca…”, algo que me gustaría practicar, creo que todos debemos ajustar esta proporción.

He de reconocer que además de los términos hídricos e hidráulicos, la presencia de cualquier variante de Nueva York en el titulo me tiene ganado y seguramente haga que compre el libro, incluso si como en este caso incluye a uno de los personajes cuyo comportamiento menos comprendo y sobre el que me inquieta que pueda ser un referente positivo para algunas personas, pero como no sabía si la referencia al personaje sería positiva o negativa pues empecé con la lectura de Bartleby y yo. Retratos de Nueva York. Lo primero que debería decir que me siento un poco estafado por el subtítulo (ese “retratos”) que parece indicar que se tratara de muchos, cuando realmente son básicamente tres: un escritor de obituarios del New York Times, un propietario de un edificio en el Upper East Side y Frank Sinatra. Digo básicamente porque de la que habla de estos pues habla de otros, bien porque están relacionados con el principal o porque (en el caso de Sinatra) pues no le hace ni caso y no consigue entrevistarle.

La verdad es que los tres temas son interesantes pero lo más sorprendente es lo bien pagados que estaban en aquel momento los artículos, o por lo menos, la cantidad de tiempo que se Talese podía dedicar a ellos a gastos pagados, invirtiendo casi un mes (cuatro semanas) para un artículo no especialmente conflictivo.

Lo que hace interesante estos “retratos” es como la atención de cada uno de ellos va variando del sujeto principal a personajes o temas secundarios (vamos, como divaga completamente, de vez en cuando) lo que hace que de vez en cuando pues deje informaciones cuando menos curiosas sobre, por ejemplo, los andamios de NYC que (sobre 2017) son un negocio de más de un billón de dólares (no queda claro si billón americano o billón de aquí), que representan 450 kilómetros de acera (mucho parece) y que en 2013 se pintaron de verde para “armonizar cromáticamente” con una campaña de arbolado (queda abierto al debate porque ahora, en gran parte,  son azules ¿se debe a que la ciudad se está hundiendo y que ahora quiere armonizar con ambos ríos? aunque en ese caso igual un marroncillo claro sería más adecuado o es para que parezca que hay más policía, o vete a saber; queda la duda).

Razonablemente recuperado de mi intervención (ya sin drenaje y sin puntos) quede con mi amiga Maria de la O para hacer otro intercambio de libros, del que me lleve Mugre Rosa, que no es un gran título todo sea dicho y que pese a que en el imaginario colectivo convencional el rosa es un color difícilmente asociable a la mugre (casi incompatible para muchos) la verdad es que para los que disfrutamos de una adolescencia en los ochenta el rosa neón, verdaderamente sucio y lleno de mugre, es un color que forma parte de nuestros despertares acompañados tras alguna noche complicada. Igual por eso se me escapan algunas de las ironías del libro, o la metáfora poderosísima que es (según la contraportada) todo el libro, igual mis códigos culturales son diferentes y leer cosas como “… llegaría un momento, si es que no había llegado ya, ningún animal en el mar que no fuera una mutación.”  no solo me pone nervioso, casi en modo Goebbels, si no que me tiene por me hace levantarme y gritar “pues claro que ha llegado ya, pues claro, todo son mutaciones, una mutación constante… que idea es esta, ¿una crítica a la mutación o solo a los GMO pero solapada? De verdad, ¿en serio? ¿alguien está en contra del Golden Rice y prefiere la ceguera infantil? Seamos serios.” Libros con ideas así, solapadas en el texto, me atacan los nervios si es que las noto (que a veces ni las noto, pero igual todavía estaba sensible).

En mi siguiente lectura, Los amigos de mi vida, los protagonistas son libios, jóvenes libios que viven en el exilio en Londres (en un Londres distinto del marginal de los árabes, que estos son libios de dineros) y la verdad es que pese a que esto pueda resultar una cosa lejana pues la novela me ha gustado, incluso bastante. Por una parte, me ha resultado educativa (a mi casi todas las novelas me educan ya que mi cultura general tiene lagunas enciclopédicas) y no tenía ni idea de que, en 1984, desde la embajada de Libia en Londres habían disparado a manifestantes hiriendo a varios (entre ellos una policía) sin que pasara nada especial.

Curiosamente, en una parte (que marque antes de empezar a escribir pero que no recordaba antes) hay un dialogo que enlaza con el principio de esta entrada “recordé sus palabras: «Me he resignado a captar que vivo en un mundo de insensatos…»  recode lo feliz que me hicieron entonces y como más adelante resonaron en las palabras de mi padre, cuando hablamos del tiroteo y me dijo «La cuestión es, hijo mío – y sin duda siempre es la cuestión más importante –, como escapar de las exigencias de los insensatos.» La insólita simetría de ambas afirmaciones me impacto poderosamente.” mira tú, que a mí también y también coincido en cuál es la cuestión más importante, aunque todavía no me resigne a aceptar este mundo de insensatos.

Como lector de poca movilidad que soy me ha encantado leer eso de “… como si lo que en el fondo le incomodaba no fuera ver muchos libros, sino la estabilidad que entraña adquirirlos. Leer te exige estar quieto. Lo mismo que la escritura.” Y también esto otro “…pedimos a los escritores lo que pedimos a nuestros amigos más íntimos: que nos ayuden a canalizar e interpretar el mundo.” En ambas cosas creo que tiene razón.

Un mayo funesto, es la quinta entrega de la serie de meses del escritor escoces al que de momento sigo considerando como uno de los grandes escritores de novela negra actual (y eso sin conocer ni Glasgow ni Edimburgo, o igual por eso mismo, que por no conocerlos me resultan creíbles sus historias). En esta entrega la historia tiene un punto de complejidad, de duda sobre que está sucediendo, que le aporta un toque bastante interesante (no os cuento más para no hacer spoiler, y si recomendara libros os diría un leedla, pero... no digo más, que decía aquel). Respecto a la suspensión de la incredulidad (una cualidad que, para mí y a veces, deben tener desde los trucos de magia, hasta los libros) en este caso queda reflejada en “Hacia años que no veía a nadie beber laca con leche. No desde los días más oscuros de su padre. Vertías la laca en la leche y la sustancia pegajosa que sujetaba el pelo flotaba hasta la superficie. Lo apartabas y te bebías le leche, ahora mezclada con propelente o alcohol o lo que demonios hubiera en el espray.” Que igual es algo que nunca ha hecho ningún escoces alcohólico de los setenta pero que a mí me resulta perfectamente creíble, aunque me resultara increíble de un alcohólico español de los ochenta.

Por otra parte, aunque me ha hecho mucha ilusión ver escrita en un dialogo la palabra “correveidile” porque es una de esas palabras de mi infancia me sorprende mucho que el traductor o el autor (sospecho más del primero) la use como sinónimo de chivato. Esto casi me estropea todo el libro, picajoso que es uno.

Tras este nuevo escritor le tocó el turno a un verdadero clásico del género negro – más bien del pulp, pero “me abrumas con detalles” que dicen los argentinos, o que dice algún argentino conocido – y me leí La Luna en el Arroyo (de Goodis, autor que entre otras cosas – como uno de los pocos libros que salvé enteros de casa de mi abuela cuando la vendimos (los demás que tenia de pulp fueron “destrozados” para hacer unos cuadros de portadas que adornaran Piles, cualquier día – es el escritor de la serie El Fugitivo, aunque en su momento no se lo reconocieran). Pues eso, un clásico del género que contiene uno de los consejos más sabios que he leído (casi seguro que ya conocía pues ya lo había aplicado) para recuperar una noche perdida: “Mientras su cerebro volvía a funcionar, siguió con los ojos cerrados y se dijo que no debía pensar en el presente, ni siquiera echar un vistazo para ver donde estaba. Lo que tenía que hacer era volver al principio del camino y seguirlo muy despacio y con cuidado para llegar a donde estaba ahora.” En serio, si os pasara esto de encontraros en algún sitio y no saber cómo habéis podido llegar hasta allí haced caso al bueno de Goodis; funciona.

Mi última lectura del mes, Un inmenso azul, es la típica lectura que va contra mis principios de selección de lecturas ya que se supone que todo es cierto, que no es un libro de ficción sino un libro sobre tema, curiosidades, biografías, anécdotas y otros relacionados con el medio marino. Pero, como yo soy un marxista grouchista, de vez en cuando cambio mis principios y en este caso la referencia al medio hídrico supero al hecho de que fuera de no ficción. A veces fallas, pero otras (como esta) aciertas cambiando de principios como puedo comprobar tanto por el recuerdo que me ha dejado como por la cantidad de marcadores que he puesto mientras leía. Creo que es un nuevo record por página, y es que está lleno de curiosidades como porque la velocidad en el mar se mide en nudos, o porque la profundidad se mide en brazas y cuanto es una braza (1,80 metros, más o menos) o que se considera fondo marino (que no es el fondo, sino todo lo que se encuentra por debajo de los 300 metros, que es hasta donde llega luz) … en fin, un libro muy agradable ya que para algunos “saber que lo desconocido existe es insoportable.”

Y, para mí, al menos, no es solo lo desconocido sino lo falso, o asumido como cierto en el imaginario colectivo, como eso de que las mariposas monarcas recorren cada año la distancia hasta México y vuelven, aunque “Como la mariposa solo vive un par de meses, cada individuo no hace el viaje entero, sino que solo llega a su destino la tercera o cuarta generación.” Que también es sorprendente pero no es lo mismo que, por lo menos yo, pensaba.

También explica las diferencias entre la curiosidad perceptual y la curiosidad epistémica, algo que hace de forma breve y de forma muy comprensible (que os dejo consultéis) pero que en cierta medida encaja muy bien con ese “Quien dice «creo» en el ámbito científico comete un paralogismo. La ciencia es una actitud ante la verdad, no es la verdad es sí. La ciencia es revisión permanente, una manera de pensar y un cuestionamiento constante. Así, la ciencia es el opuesto a la convicción firme e inalterable.” Que es (la ciencia) tan parecida a la curiosidad epistémica que os contare lo que dice sobre ella “es el deseo de entender por entender. La curiosidad epistémica se ve impulsada tanto por el deseo, el placer de aprender algo nuevo, como por el miedo, la precepción insoportable de que lo desconocido sigue existiendo. Es una especie de pasión por el saber en sí, independientemente del provecho o del rendimiento que se le pueda sacar.” No me digáis que no os gustaría tener curiosidad epistémica, que más imbéciles la tuvieran.

Con todo, la mejor historia o concepto del libro es el de ese panadero escoces que, por mera curiosidad, acabo aportando la prueba que cambiaría una teoría asumida como cierta: “Durante mucho tiempo se creyó que las especies que utilizaban la fecundación interna podían descender de especies que no lo hacían, pero no al revés. SI se empezaba con penetración, se seguía así en todas las generaciones siguientes… “algo que tiene más implicaciones culturales de las que podrían abarcare en esta entrada pero que, ya, si eso, pues comentamos otro día con unas cervezas (o un vaso de leche, sin laca). Mientras tanto, pues ¡Divertíos asaltando el castillo!

 

Lecturas

Cualquier cosa pequeña - Rafael Reig

El pacto del agua - Abraham Verghese

Bartleby y yo. Retratos de Nueva York - Gay Talese

Mugre Rosa - Fernanda Trias

Los amigos de mi vida - Hisham Matar

Un mayo funesto - Alan Parks

La luna en el arroyo - David Goodis

Un inmenso azul - Patrik Svensson