jueves, 4 de enero de 2018

Comentario de Textos - Diciembre 2017

Intento empezar a escribir esto antes de que se acabe el mes de diciembre, antes de que se acabe el año, algo que en principio seria hacer un poco de “trampa” ya que no se han acabado mis lecturas del mes. Pero no es tanta trampa ya que ahora mismo es la mañana del día de fin de año lo que hace presagiar que no lea ni un renglón en lo que queda de año y que lo que hay hasta aquí es lo que habrá mañana.

Además, ahora que miro alrededor mes compruebo que realmente lo de viajar (este ha sido un mes con varios viajes, aprovechando puentes y temas laborales) , si bien es bueno para muchas cosas, entre ellas mi pila de libros que ha crecido como la tradicional barriga cervecera o cualquier barriga normal en estas fechas, no lo es para mí pila de libros por leer, ya que esta ha desaparecido por completo (solo me queda uno de cuentos de Halloween, del que solo llevo la mitad ya que ¿Cuántos cuentos con temática de Halloween puede leer uno seguidos?; mi máximo esta en tres, así que aún me queda tiempo para acabarlo).

No solo se ha acabado mi pila de libros de NYC, si no que estas navidades solo me han regalado dos libros (No, ninguno de ellos es Patria, que ciertamente casi esperaba para tener una excusa para leerlo ya que no tengo claro que me apetezca nada), uno lo suficientemente corto para ya haber pasado a la pila de libros a comentar y otro que ahora me veo en la obligación moral de tener que ir a cambiarlo (obligación que es posible que no cumpla; no soy yo muy bueno con esto de las obligaciones morales).

El caso es que ahora que me enfrento a mi pila de lecturas del mes, con la que podríamos seguir la extravagante tradicional familiar de hacer unas cuantas montañas para incluir como “paisaje” del tradicional Belén que se ponía en casa de mis padres, me arrepiento de haber dejado de tomar notas sobre los libros y confiar en mis nuevos y preciosos marcadores para marcar mis pasajes favoritos. No porque los marcadores no funcionen, que funcionan estupendamente, son elegantes y me permiten marcar las frases en entornos en los que si sacara una libreta para copiar frases me tomarían – equivocadamente, todo hay que decirlo – por un psicópata, posiblemente peligroso; si no porque con la memoria que tengo si no he colocado ningún marcador me cuesta demasiado acordarme de que va cada libro (creo que algunos podría volver a leerlos pero la ausencia de marcadores me indica que esto no es una buena idea) y ahora me veo envuelto en el problema de buscar los recuerdos de los libros en mi dañada memoria. Pero lo intentare… a ver que información encontramos perdida entre mis neuronas.

Los casinos, los juegos de cartas, los timadores y similares son temas que siempre me han fascinado. Podría decir que esta fascinación viene sobre todo de mi afición de la magia con cartas, que viene de los años en que dedicaba gran parte de mi tiempo libre – y parte del ocupado – a realizar juegos de cartas o de monedas, de los años que tome clases de magia, teóricamente con Juan Tamariz, pero realmente con Joaquín Navajas (un genio con las monedas), en fin de esos años en los que siempre llevaba una baraja y unos cuantos medios dólares, de cuando me iba de vacaciones con un tomo de casi mil páginas de Alex Elmsley para ponerme a practicar en cuanto podía – lo siento Lourdes pero así son las adicciones y en algo tenía que entretenerme mientras tú hacías Taichí en, digamos, las afueras de Segovia –, de  esos años en los que daba “la brasa” a todos los conocidos con el tradicional “coge una carta” e incluso de aquellas extrañas ocasiones en los que los conocidos disfrutaban con mis juegos de cartas y monedas, o las todavía más escasas ocasiones en la que disfrutaban desconocidos como aquellos punkitos que pretendían echarse unas risas a mi cosa y acabaron bastante alucinados con mi versión del Matrix de Al Schneider en el Mesón Gallego (versión ligeramente alcoholizada y lamentable comparada con la de Schneider, que hasta sabiendo cómo se hace me sigue pareciendo increíble cada vez que la veo en video) pero es más probable que la afición venga de las historias familiares de aquel bisabuelo que perdió casi toda la fortuna familiar jugando a las cartas.

Así que no es de extrañar que cogiera Queen of Spades nada más verlo y sin molestarme ni en mirar un poco la contraportada, o puede que mirara la contraportada para confirmar que iba sobre jugadores y casinos. Lo que tengo claro es que me salte la parte en la que decían que era una versión actualizada de una fábula de Pushkin pero ambientada en un casino de Seattle, ya que si hubiera leído eso… estoy casi seguro de que no lo habría cogido, ya que aunque ni conozco Seattle ni tengo ningún recuerdo de Pushkin lo de una revisión de una fábula me habría tirado para atrás, sin ninguna duda. Lo único sorprendente del libro es que en ese casino ficticio, situado en el siglo XX,  continúen jugando al Faro, en lugar de jugar solamente al Texs Hold’em o como mucho al Black Jack. El Faro es un juego decimonónico al que no creo que nadie vivo haya jugado nunca y del que yo solo tengo las referencias de libros de magia antiguos (hablo de Robert-Houdin y similares) en el que sí que se hablaba mucho de cómo hacer trampas en las partidas de Faro. Quitando esta anécdota que creo que a nadie interesa la verdad es que se trata de un libro verdaderamente prescindible y muy alejado de los grandes libros de este estilo entre los que aprovecho para recomendaros los de James Swain (si, como suena: será que me siento valiente de cara al año que viene pero estos libros los recomiendo: Grift Sense es una obra maestra y Funny money o Sucker Bet también son excelentes y si los leéis el próximo año ya habréis leído algo excelente) aunque igual lo hago porque creo que, inexplicablemente, no están traducidos al español así que el riesgo de la recomendación es bajo.

Paseando por Kinokuniya estuve a punto de no coger The name of the game is a Kidnapping solo porque la portada pseudo-psicodélica se parecía demasiado a otras portadas japonesas de los últimos años y eso me escamaba un poco. Al final me decidí a cogerla porque ya había leído un par de novelas del autor, si bien con resultados dispares, y en aquel momento no tenía muy claro si me habían gustado mucho o poco. Leída esta tercera me gustaría poder confirmaros si mi opinión se decanta hacia seguir recordando el nombre del autor como una opción a comprar o si debería añadirlo a la lista de autores fallidos. Lamentablemente mi recuerdo de la novela es escaso y la solapilla no me aclara mucho: si, va sobre un secuestro y tiene puntos buenos, de eso estoy seguro, pero no lo sufrientemente buenos como para haber marcado ninguno y ni siquiera tengo claro que la historia se resuelva de forma especialmente interesante. Me temo que tendré que seguir probando con HIgashino para poder emitir un veredicto final, o temporalmente final, ya que de momento diría que hay empate técnico.

El puente de diciembre me marche a Piles con mi sobrina (y su madre, claro está) con la intención de que su madre aprendiera a montar en bicicleta – cosa que todavía es un work in progress – y Alicia no se aburriera demasiado en Madrid, o se pasara el día de pantalla en pantalla (de la tele a la Tablet, de la Tablet al ordenador, del ordenador a la tele y otras combinaciones que ha descubierto para cuando le dices que lleva mucho viendo la tele pueda corregirte y decirte que no, que no ha visto la tele que estaba con el ipad, o con otra pantalla. Menuda es la niña, ha heredado el gen discutidor de los Reig, y el gen puntilloso de los Villacis). En ese momento estaba empezando Dear Cyborgs, libro que compre en la librería Words de Brooklyn solo porque me parecía enrollado hacerlo, aunque he de reconocer que leer ciencia ficción, o mejor dicho novelas futuristas, en ingles me resulta muy difícil ya que muchas veces no se si no entiendo algunas palabras porque mi nivel de inglés es insuficiente o porque son palabras que se ha inventado el autor para describir algo que todavía no existe y claro, me acabo perdiendo. Se trata de un libro corto, poco más que un cuento largo, por lo que no me apetecía mucho llevármelo a Piles y tener que volver a traerlo de vuelta. Así que decidí dejarlo. En principio el plan era dejarlo y retomarlo a la vuelta pero la verdad es que lo poco que había leído no hizo que me interesara lo suficiente retormarlo a la vuelta y aunque lo he dado por leído la verdad es que no debería. Igual lo retomo cualquier día de estos y os cuento algo más de él, de momento se va a la estantería.

Afortunadamente para Piles tenía una novela policíaca de algo más de quinientas páginas, Six Four, que pese a tratarse también de un secuestro – estoy seguro de que en Japón no hay tantos secuestros como estadísticamente parecen indicar mis lecturas, igual que estoy seguro de que no hay tantos asesinos en serie o raptos de niños en estados unidos como estadísticamente demuestran mis series televisivas favoritas – parecía una gran opción para leer frente a la chimenea, si conseguíamos encender el fuego. Para encender el fuego tuvimos que esforzarnos bastante y al final usar pastillas de encendido - ya, ya sé que todos sabéis encender el fuego con ramitas, tablillas y troncos pequeños pero nosotros solo teníamos troncos medianos; y así, os lo aseguro es mucho más difícil de lo que parece – pero para devorar el libro no tuve que hacer ningún esfuerzo. Se deja leer casi de un tirón y, desde un desconocimiento absoluto, parece mostrar un gran realismo de partes de la cultura japonesa (pero que sabré yo; igual Japón o el cuerpo de policía de Japón no se parece en nada a esto, asi de atrevida es la ignorancia). Yo diría que merece la pena.

Como me temía, pese a sus más de quinientas páginas, no era lectura suficiente para todas las tardes noches frente a la chimenea así que también me lleve Paprika, como apoyo logístico por si se me acababa la lectura que yo no soy de ese tipo de personas que son capaces de leer dos, o más, libros a la vez. A mí ya me cuesta leerlos de uno en uno, me cuesta mantener a los personajes de un solo libro en mi cabeza, como para andar simultaneando libros. No quiero imaginarme el caos que se podría montar dentro de mi cerebro con distintos asesinos pululando, mezclándose entre países y épocas (supongo que así es como nacen aberraciones como Orgullo y prejuicio y zombies).

En cualquier caso, la premisa de Paprika es bastante sencilla – para ser una novela futurista – y es la típica policiaca de sueños: unos inventan una máquina que permite curar enfermedades mentales internándose en los sueños de los pacientes; otros roban esta máquina y la usan para el mal; hay una detective adorable y adorada por todos los personajes; la historia se complica y se resuelve. Nada del otro jueves pero la historia esta llevada con gracia y el libro se deja leer.

En este momento mi pila de lecturas había bajado notablemente y prácticamente ya estaba reducida a poco más que un clásico: Somehing Wicked this way comes que estaba más o menos seguro de que ya había leído, solo que hace muchos, muchos años por lo que para mí sería como leerlo por primera vez (bueno, siendo sincero creo que esto se puede decir de casi cualquier libro y en menos de dos semanas; aunque luego a mitad me dé cuenta de que efectivamente ya lo he leído, las primeras cien o doscientas páginas seguro que me parecen nuevas en casi cualquier libro). ¿Qué puedo decir del libro? Es un clásico y es de Bradbury, no creo que haga falta decir nada más. Podría contaros que es la historia de una feria que llega a un pueblo y en la que se ven atrapados unos niños, podría incluso haceros un spoiler del final porque como el propio Bradbury escribe casi al final del libro “Is Death important? No. Everything that happens before Death is what counts.”, algo que para mí, además de su literalidad, se traduce en que en los libros o en las películas no es tanto el final, ni tan siquiera la historia lo que importa; no, lo que importa de verdad es como está contada la historia y en eso Bradbury es un maestro.

De mi pila de libros que hace menos de dos menos tenía un tamaño tranquilizador ya solo me quedaba un libro, de hecho solo me quedaba un libro que yo no había querido comprarme pero que no pude evitar comprar. ¿Cómo es esto? Os contare, creo que estábamos en Words cuando Álvaro me paso At Swim-Two-Birds, que es su portada tenía un elogio de Dylan Thomas que decía “This is just the book to give your sister if she’s a loud, dirty, boozy girl”. Así que tras hacerle el chiste de rigor a Alvaro sobre si yo le parecía su hermana para recomendarme este libro, o si pretendía que se lo regalara a mi hermana y entonces la estaba llamando gritona, sucia y borracha, algo que no me parecía para nada bien (ya sabéis en plan Asterix en Córcega y su “¿no te gusta mi hermana?... ¿Qué te gusta mi hermana?”) se lo devolví diciéndole que no me interesaba (ni a mi hermana, ni probablemente tampoco a la suya).

No me lo quería comprar, no porque me lo hubiera recomendado Álvaro, sí no porque le había echado un vistazo rápido al prologo y lo comparaban con Joyce y soy consciente de que mi ingles no está, ni estará nunca, a la altura suficiente para leer a Joyce en Ingles (ni probablemente mi español para leerlo traducido). Pero no podía dejar de comprarlo, además de porque me lo había pasado Álvaro – que en este viaje me había pasado muy pocos libros –, porque hay estaba Dylan Thomas diciendo que lo recomendaba (vale, para una hermana borracha, ruidosa y sucia; pero lo recomendaba el mismísimo “diecisiete whiskies, todo un record”). Era inevitable comprarlo, pero ya os digo que prácticamente imposible leerlo. Conseguí llegar hasta la mitad hasta que subconscientemente me lo deje en casa antes de partir de viaje a Tenerife y no lo he vuelto a retomar.

Este desliz subconsciente de dejarme el libro que estaba leyendo en casa teniendo por delante un viaje de ida y vuelta en el día a Tenerife – no, no tengáis envidia. Podria haber sido a cualquier sitio ya que salí de casa a las cinco de la mañana y a las nueve de la tarde ya estaba de vuelta (agotado, eso sí). Nada que ver con mi feliz viaje a Tenerife hace muchos años para hacer de canguro – me obligo a volver a rebuscar en el kiosco del aeropuerto. Cuando ya estaba prácticamente resignado a comprarme Patria (que para que no quedan dudas no me apetece leer) y aun a riesgo de acabar teniéndolo repetido el día de Navidad, vi un nuevo Baldacci: La larga milla, protagonizado por ese personaje que tiene el problema mental inverso al mío, que no puede olvidar nada. Poco puedo decir de Baldacci, salvo que es siempre correcto aun cuando ya no llegue a la altura de sus primeros libros; de su nuevo personaje solo diré que considerar lo suyo como un problema mental no me parece serio ya que no se trata de que no pueda olvidar nada y que lo esté recordando todo, todo el tiempo, algo que sería verdaderamente complicado y confuso. No, lo que le pasa es que puede recuperar sus recuerdos más o menos a voluntad, lo cual no es ningún problema comparado con el de no poder recuperarlos en ningún momento (o peor todavía con la de no poder hacer nuevos recuerdos, que más bien es lo que me pasa a mi, como en su día le paso a Steve Wozniack; Woz para sus amigos y para los detractores de Apple, o mas concretamente del tonto-del-haba de Steve Jobs. Creo que el acabo curándose, tengo que acordarme de mirar cómo, o casi pediros que me recordéis mirarlo, que a mi se me olvidara) y solo de vez en cuando “revive” recuerdos dolorosos. No me parece para tanto.

Si os diré que en este libro se le nota que es de letras, y que todos sus lectores previos (los amigos o familia que leen el borrador antes de publicarlo) también lo son. Me explico, yo no sé mucho de armas pero si alguien tiene “una nueve milímetros y una cuarenta y cinco” guardadas en un maletín para armas (sea lo que sea eso) este no puede medir “unos setenta y cinco centímetros cuadrados”. No, no creo que uno sea capaz de meter dos pistolas en una caja que mide poco más de 8,6 centímetros de lado. No, no me lo creo, es imposible.

He hecho pruebas con conocidos de letras, dejándoles a leer la página completa,  y efectivamente no les ha llamado la atención (aunque el marcador les daba alguna pista de donde había que fijarse) asi que puede que si esto me ha llamado tanto la atención es porque me he acordado de una acalorada conversación con un “prestigioso artista”, Josechu Davila, una noche de hace ya muchos años en la barra del Morgenstern en la que me resulto imposible convencerle de que una pizza de un metro cuadrado (que era una instalación que quería hacer seguramente con fondos públicos) no podía medir 50 centímetros de lado, que tenía que medir un metro de lado para que fuera de un metro cuadrado. Fue imposible convencerle y no solo hizo esta instalación si no creo que hizo otra en la que, según él y puede que los que le financiaban, tenía un millón de metros cúbicos de aire contaminado de Madrid en un cubo de un metro de lado. Artistas y gentes de letras (o murcianos y otras gentes de mal vivir, que diría aquel).

Mi incapacidad para volverme a meter en el inglés de Flann O’Brien me dejaba sin nada que leer, con la pila de libros agotada, lo que si no fuera por la proximidad de la navidad me obligaría a visitar mis librerías de referencia de Madrid y Cercedilla (ya sabéis la librería Méndez de la calle mayor y la librería Fuenfría de Cercedilla, que os supongo visitando de forma anónima ya que no me llegan informes de vuestras visitas desde el frente de la sierra).

Como ir al centro es imposible en Navidad e ir a la periferia, o a campo abierto, es para mí casi imposible en cualquier época del año, me resigne a esperar a los regalos de navidad leyendo más cuentos de Halloween y viendo series de televisión.

Y así, en la feliz, familiar y hogareña mañana de Navidad, recibí mi recompensa de un año de lecturas con el libro de mi sobrino y también con Huracán en Jamaica, llegado desde las frías montañas de Cercedilla. Supongo que debía hacer frio, mucho frio,  en Cercedilla porque el único motivo que se me ocurre para regalarme este libro es el de buscar el calor de la Jamaica del título, o más bien de los rones que uno siempre asocia a Jamaica (que aclaro no están entre mis favoritos; demasiado especiados) sin haber leído ni un par de páginas. Personalmente me ha parecido muy malo, incluso diría lamentablemente malo, y como es cortito ni siquiera me ha dado tiempo a abandonarlo (aunque estuve tentado de hacerlo).

Ahora ya estoy casi en la víspera de Reyes, entreteniéndome con más cuentos de Halloween y esperando a ver si ya de una vez se vacía el centro de Madrid y puedo acércame a visitar mis librerías de referencia.

En fin, no es que tenga propósitos de año nuevo (que luego uno nunca cumple) pero espero que este año consiga escribir de algo más que de libros e incluso avanzar con mis tareas pendientes e incluso ver a esos amigos que hace mucho tiempo que no veo.

Queen of Spades – Michael Shou-Yung Shum
The name of the game is kidnapping – Keigo Higashino
Six Four – Hideo Yokoyama
Dear Cyborgs – Eugene Lim
Paprika – Yasutaka Tsutsui
Something wicked this way comes – Ray Bradbury
La ultima MIlla – David Baldacci
At Swim-Two Birds – Flann O’Brien

Huracán en Jamaica – Richard Hughes

martes, 5 de diciembre de 2017

Comentario de textos - Noviembre 2017

Tener una pila de libros por leer resulta verdaderamente tranquilizador permitiéndote elegir que leer desde la comodidad del salón de casa, si se te acaba un libro pues sencillamente escoges otro y, tras una pausa para permitir que los personajes del libro abandonen tu cerebro, empiezas a seguir las aventuras, o desventuras, de otros desconocidos a los que, posiblemente, si hay suerte, disfrutaras conociendo; o tal vez te resultaran odiosos, preocupantes o, si hay mala suerte, totalmente indiferentes.

Si yo fuera una persona previsora me podría ahorrar una de las cosas malas (si, todo tiene cosas malas si piensas el tiempo suficiente en ello) de tener una pila de libros en espera ya que me dedicaría a reponerla visitando mis librerías de referencia (ya sabéis cuales son y aunque ahora las dos sean prácticamente inaccesibles: la librería Méndez de la calle Mayor por la acumulación de gente propia del centro e incluso por eso de tener que circular, como peatón, en un solo sentido por algunas calles; la librería Fuenfría de Cercedilla porque sigue estando a una distancia inalcanzable para un peatón y posiblemente a punto de quedarse aislada por la nieve, cosa que a mí me tira para atrás pero que seguro que a vosotros, mas amantes de la naturaleza, os debería animar a visitarla, tomaros un caldito – quien dice caldito, dice vino – y disfrutar de esos marcos incomparables que seguro que hay por las proximidades). Como yo no soy previsor y no repongo los libros por leer a medida que voy leyendo de la pila,  he de enfrentarme a comprobar como esta va desciendo preocupantemente de tamaño, como van quedando cada vez menos opciones de lectura y sobretodo, más preocupante, como la pila de lecturas a comentar va aumentando significativamente, algo que al enfrentarme a contaros lo que he leído me preocupa ya que son demasiados libros, cosas,  a recordar – afortunadamente me compre en NYC unos marcadores de línea que me permiten marcar las cosas más interesante de cada libro sin necesidad de hace el psicópata escribiendo en otro cuaderno – pero que también debería preocuparos a vosotros, mis cualificados lectores, porque tal vez hay demasiadas cosas que comentar y me salga, inevitablemente, un comentario largo.

En fin, sea como sea, toca empezar y lo hago, no por elección personal, sí no porque suelo escribir en el orden en que las he leído, con Since we fell, la última novela de uno de mis autores favoritos: Dennis Lehane. Os seré sincero: miro el libro, leo lo que pone en la solapilla interior – la trama de la novela – ojeo algunas páginas al azar, incluso voy a los dos marcadores que he puesto y nada, no consigo recordar prácticamente nada de la historia y, sin embargo, me atrevo a afirmar que es una buena novela. ¿Por qué, os preguntareis? Pues sencillamente porque si recuerdo la sensación de entretenimiento, de interés, que sentía durante la lectura, las ganas de volver a retomar la lectura o de continuar con ella. Parece poco, pero para los que tenemos menos memoria que algunos peces es más que suficiente para arriesgarnos a decir que es una buena novela y que nos ha gustado. Así de valientes y osados somos los desmemoriados. Además, para completar mi memoria,  tengo mis dos marcadores que me permiten ofreceros una gran afirmación sobre el mundo en general y como ha cambiado: “the switch form a culture that made things of value to a culture that consume things of dubious merit. She’d grown up in the absence, in other people’s memory of a dream so fragile it had been doomed from the moment of conception. If there had ever been a social contract between the country and its citizens, it was long gone now, save the Hobbesian agreement that had been in play since our ancestors had first stumbled from caves in search of food: Once I get mine, you’re on your own”; y otra más personal que me apunto por si alguien me pregunta que es lo que no me gusta de mi mismo: “That I don’t like about myself is that sometimes I don’t really like myself”. Ambas la subscribe completamente aunque sobre la primera tengo algunas dudas al no tener muy claro quien es Hobbes  que sospecho, casi con seguridad, que no es el tigre de Calvin.

Después de leer a uno de mis autores favoritos parecía un buen momento para intentar leer un autor que no conocía pero que parece que es la estrella de este otoño-invierno, al menos en NYC, ya que en todas las librerías tenían como mínimo su nuevo libro (algo con tortugas en el título, es todo lo que recuerdo). Como más que hípster yo soy un cultureta de la vieja escuela obviamente no me compre ese libro que estaba en todas partes si no que espera a encontrar más títulos en otra librería y entre ellos me decidí por An abundance of Katherines. Igual el que le ha hecho famoso (ese de las tortugas, que creo haber visto también por estos lares) es estupendo pero la verdad es que de este lo mejor es el título, e incluso este solo es bueno si uno tenía una preciosa y encantadora amiga llamada Katherine que vivía en NYC y, no sé porque pero creo que no es el caso de mucha gente. Es una novela que me atrevo a clasificar de “pedorra”, una historieta de amores envuelta, o vestida, en un galimatías de matemáticas que obviamente el autor no ha comprendido, ni asimilado, ni nada de nada.


Después de esta decepción – previsible decepción, añadiría en mi desconfianza de todos los libros, o autores, que de repente aparecen llenando todas las estanterías de todos los sitios – me debatía entre una policía desconocida o volver a uno de mis autores clásicos. Tras unos momentos de duda, me decidí por The Silent Dead, una policiaca  japonesa, que siempre son exóticas y entretenidas. Sin ser nada excepcional, la verdad es que no decepciona, o no mucho. Me explico: si bien la historia central es un poco decepcionante, pese a que el primer avance hacia el descubrimiento del asesino este relacionado con la contaminación del agua, algo que a mí siempre me interesa, la verdad es que esta historia central es un poco plana. En cambio la descripción de las jerarquías de la policía japonesa, por ejemplo la naturalidad con la que se aceptan los ascensos por razones familiares  resulta curiosa, y el personaje de la investigadora resulta interesante. Mientras la leía veía en las noticias los avances sobre el juicio por violación múltiple de estos imbéciles que se autodenominan La Manada (tal vez lo único acertado que han hecho, ya que ciertamente son unos animales, aunque posiblemente fuera más adecuado que se hubieran denominado La Piara, dicho esto con mi mayor respeto hacia los cerdos, pero ya me entendéis) y en este libro también hay un juicio por violación. En este juicio la agredida, cuando los abogados defensores intentan poner en duda la violación, hace el siguiente razonamiento (la detective Sata de la que habla fue asesinada en acto de servicio, como no podía ser menos precisamente investigando esta violación): “The fact that I had no scratch marks does not mean that the sex was consensual. The man was holding a knife to my throat. His other hand was over my mouth. I ‘chose’ not to resist because I was afraid of being brutalized even more and of the knife cutting me. Submitting is not the same thing as consenting. Why don’t we apply your logic to Detective Sata? Detective Sata was prepared to put her life on the line to arrest that man. According to your reasoning, the fact she was ready to risk her life meant that she was happy to be killed – and that her murder was therefore consensual. You can’t seriously think that”. Aunque comprendo lo que quiere decir, y lo comparto, he de reconocer que creo que existe un grave problema lógico en este razonamiento, creo incluso que el razonamiento puede incluso usarse de la forma inversa sin demasiados problemas. Pese a esto creo que la idea del mismo es fundamental “someterse no es lo mismo que consentir”, a lo que yo añado que  ni siquiera consentir es suficiente, el consentimiento de una parte no exonera de su culpa en un acto.

Por supuesto que también coincido con la tesis general de la novela que la protagonista resume en “there is only one way to live your life: facing forward” y de hecho la pongo en práctica en cuanto me acabo este libro y abro la última novela de Connolly:  A Game of Ghosts (mi plan realmente era abrir la anterior que me acababa de comprar en NYC, todo contento de tener por delante dos novelas de Connolly, pero al volver a casa tuve que enfadarme con mi memoria ya que la anterior ya me la había leído. Desastre de memoria que tiene uno, o doble desastre ya que no ha sido el único libro que me he comprado en este viaje que ya me había leído y no recordaba, aunque dudaba). ¿Qué decir de Connolly? Pues que es como ciertos estilos musicales, si te gusta el power pop te gusta el power pop; por mucho que a un oyente al que no le guste el power pop y todas las canciones le parezcan iguales, si te gusta, te gusta y te parecerán muy diferentes.  En este libro en concreto creo que él quería acabar el ciclo de Charlie Parker, más de la mitad del libro parece dedicada a cerrar algunos temas abiertos con anterioridad, pero en algún momento la codicia (propia o de su editor) le lleva a no terminar de cerrar la serie dejando las puertas abiertas a continuaciones. Yo creo que ha sido un error y que era un buen momento para acabar con la serie, claro que es posible que yo este equivocado y que la próxima de la serie sea fascinante (yo la comprare, al menos una vez) o incluso que el motivo de no cerrar la serie no sea la codicia si no cualquier otra cosa. Ya veremos.

Antes hablaba de mi recelo hacia los libros o autores que aparecen de repente llenado todos los medios, otras veces ha hablado de mi recelo hacia los grandes adjetivos que autores que me gustan dedican a algunos libros (aunque casi siempre acabe picando y comprándolos) pero tengo más recelos… soy un tipo receloso que le vamos a hacer. En libros también recelo de las pegatinas que anuncian un libro como uno de los 100 mejores, o de los notables, según una publicación fiable, pero a mí no me suena su autor (algo que tiene más que ver con mi incultura enciclopédica que con la fama real del autor) incluso recelo más cuando la publicación es de reconocido prestigio, como The New York Times, y todavía más cuando en lugar de una pegatina esto está impreso en la portada.
Afortunadamente también soy una persona que se sobrepone a sus recelos y últimamente en casi todos los viajes acabo comprando por lo menos un libro desconocido (para mi) de la lista 100 Notable Books del New York Times Book Review, a la que, poco a poco, le estoy cogiendo cariño. Este año le ha tocado el turno a Black Water que me ha parecido un libro notable (como enuncia la lista). Con la ayuda de la contraportada os puedo decir que, al parecer, es un libro sobre espías pero escrito mirando al pasado (retrospectivamente, vamos) pese a que en sus propias palabras mira a varios pasados ya que “people talked about the past as if it was a thing, an object: the past, like the box pr the house or the three – as if it was solid and singular. But the past wasn’t an object with boundaries but something fluid and continuos, like a river. Nobody has one past.”; e incluso algunos hechos del pasado te hacen olvidar tu propio pasado:  “… it was hard sometimes to remember that early part, the happy past… what happened at the end of those five years was so overwhelming and calamitous that It collapsed time, concertinaed those years into no more than a few images. It made it seem as though that early, happy period for him has been no more than the prelude to the inevitable.” No se ha vosotros pero a mi si me ha pasado un par de veces y supongo que por eso, además de por razones médicas y por la falta de fotografías tras varios incendios, me cuesta tanto recordar algunos años incluso para contároslos, o contármelos a mí mismo.

Después de salir de este pasado de espías lo siguiente era pasarse a la ciencia ficción de Dark Matter, cuya mayor pega es que es más ficción que ciencia ya que la parte científica se vuelve ligeramente irracional con tanto viaje por los multiversos esos que se suponen que se crean cada vez que tomamos una decisión aunque por volver al libro anterior “Wasn’t that the problem, always, not making a choice – not knowing whether you had a choice or not?” lo cual obviamente complica la creación de los multiversos, al no saber que es exactamente una decisión o cuales son las opciones de elección. Pese a tener la base de una historia de amor simple, la verdad es que se lee estupendamente y resulta entretenida en su mayor parte.







Tras la ciencia ficción, un poquito de terror siempre viene bien así que mi siguiente elección fue Dark Debts, una historia bastante bien montada centrada en los exorcismos y otros fenómenos “para anormales” (como esta casualidad cósmica, que igual se os ha pasado desapercibida, de los títulos de dos palabras de mis últimas tres lecturas. Seguro que esto significa algo especial, o posiblemente tan solo que andaba cansado de títulos largos, o simple casualidad). Al parecer yo no he leído la versión original, de 1996, si no una revisión/reescritura de la versión original que la autora ha hecho para celebrar los veinte años de la novela, algo que es un poco extraño y que me deja con la duda de cómo sería la versión inicial. En cualquier caso lo que si tengo bastante claro es que parece tratarse de una respuesta católica a El exorcista, en la que en cierta medida se defiende la tesis de que si uno es poseído es porque ha hecho algo mal, que la posesión no tiene lugar en inocentes (o en familias inocentes) si no que uno se lo ha buscado por sus malas acciones. Con todo, para mí lo más chocante ha sido descubrir que la autora ha sido guionista de Cancion Triste de Hill Street, de Hechizo de luna y de muchas otras series que considero buenas o, por lo menos, sumamente divertidas (Hill Street la considero como genial, todo sea dicho) algo que se nota en alguno de los grandes problemas teológicos que una de las protagonistas se plantea como “I’d like to know what God has against famous musicians in small airplanes?” (Algo que estoy casi seguro que mi sobrina Nieves no puede no ya contestar, si no que me temo que ni siquiera puede entender por qué resulta necesario planteárselo, y me temo que no está sola en los que ignoran el porqué de esta pregunta básica).

La verdad es que ha sido un mes verdaderamente entretenido de lecturas - con escaso criterio o con variedad y con eclecticismo -  que ha merecido la pena pese a que ahora mi pila de libros por leer este preocupantemente disminuida. Y en camino de agotarse ya que me marcho a Piles a pasar este puente de diciembre.


Since we fell – Dennis Lehane
An abundance of Katherines – John Greene
The silent dead – Tetsuya Honda
A game of Ghosts – John Connolly
Black water – Louise Doughty
Dark Matter – Blake Crouch

Dark Debts – Karen Hall















domingo, 12 de noviembre de 2017

Comentario de textos - Octubre 2017

Tras celebrar el aniversario del Wurlitzer – ya van once años –  empezando octubre solo me quedaba un libro por leer, procedente de mis últimas compras del año en mi librería de referencia madrileña y capitalina, ya sabéis la librería Méndez de la calle Mayor. Obviamente tampoco me quedaba ninguno de mi librería de referencia madrileña comunitaria ya que, espero que a diferencia de vosotros de los que espero mucho más que de mí, especialmente en cuanto a visitas a la librería Fuenfría de Cercedilla, que tampoco es tanto pedir ya que ciertamente yo no prodigo mis visitas, ciertamente no predico con el ejemplo; por lo que uno podría suponer que octubre se presentaba complicado en cuanto a lecturas.

Nada más lejos de la realidad, ya que afortunadamente antes de empezar este último libro de mi pila de cosas a leer, ya tenía ya los billetes para NYC lo que me permitiría visitar mis librerías de referencia ultramarinas. El único punto un poco crítico era hacer durar este último libro, para tener lectura en el avión de ida para no tener que depender del quiosquillo de prensa que hay en Barajas para seleccionar otro. Si conseguía hacerlo durar hasta aterrizar, o casi aterrizar, ya no tendría que preocuparme por la lectura en los próximos meses ya que una de las primeras visitas en NYC, obligado por mi sobrina Alicia, iba a ser casi seguro la librería japonesa Kinokuniya lo que para mí es una alegría. Es verdad que Alicia no quería ir a la librería a comprar libros, si no que su intención era ir a comprar unos muñecos que venden en caja sorpresa y que obsesivamente recordaba desde el pasado, o puede que incluso desde el año anterior.

En principio mi método para asegurar que el libro me durara se basaba en intentar no empezarlo, no fuera a ser excepcionalmente bueno y me lo acabara leyendo del tirón, o empezarlo en el último momento cuando ya solo me quedara tiempo para avanzar un poco en la historia, solo lo suficiente para cogerlo con ganas durante el viaje. Mi vuelo salía el día doce de octubre por lo que aguantar sin empezarlo suponía un pequeño reto, más cuando todo lo que había en la televisión era el process, que la verdad es demasiado aburrido, absurdo e innecesario (no, no voy a entrar en detalles de mi opinión sobre este tema ya que se me hace difícil aclarar estas cosas por escrito, además por increíble que pueda parecer las opiniones están tan estúpidamente polarizadas que diga lo que diga seguro que ofendo a ambas partes simultáneamente y cuando es tan fácil ofender la verdad es que no tiene ninguna gracia hacerlo. Ya sabéis lo que decían vuestros mayores para alejarnos de las drogas y de la vida fácil: las cosas que no requieren esfuerzo no suelen merecer la pena). Afortunadamente en este caso, sobretodo en el mío, uno puede ponerse algunas temporadas de series de las que todo el mundo habla pero que uno no ha visto lo que le permite rellenar estos huecos, a la vez que se hace una cultura popular necesaria para sobrevivir en el mundo actual y no ser como mi sobrina Nieves que acaba de descubrir que su cultura popular la está aislando del mundo que existe a su alrededor ya que no comprende ni una mínima parte de referencias básicas que todos damos por supuesto (igual os doy detalles en alguna entrega posterior pero baste decir que frases como “le hare una proposición que no podrá rechazar” o “¿fresas, fresas? En esta época del año” no le dicen nada).

Al final no pude aguantar sin leer y empecé El gran salto un par de días antes de marcharme de viaje, arriesgándome a quedarme sin lectura para el vuelo; pero “¿Quién dijo miedo?” (Quiero decir, aparte de yo mismo en multitud de ocasiones, incluso en esta). El caso es que mi miedo estaba injustificado ya que sin ser una mala novela – se deja leer – es una novela que no engancha especialmente por lo que hacerla durar hasta el vuelo no me supuso ningún problema. Es más, prácticamente no había avanzado nada en esta historia paralela al atentado en Brighton contra Margaret Thatcher (o mejor dicho, contra la convección del partido conservador) que son las historias de los personajes de este libro. Puestos a confesar, la verdad es que cuando aterrizamos en NYC ni siquiera me la había acabado – aunque me faltaba poco – algo que se explica por si solo, ya que como todos sabemos la velocidad de lectura depende de la calidad del libro (al menos en mi caso, que si no me interesa el libro me distraigo con casi cualquier excusa, o con cosas que ni optimistamente pueden clasificarse como excusa). De todas formas no es un libro tan malo como para dejarlo de lado una vez aterrizados en NYC así que al final me lo acabe y aunque puede que tenga alguna cosa buena, como no quería parecer un psicópata en el avión, que las aduanas están cada vez más absurdamente serias, pues no tome ninguna nota en mi cuadernillo (que por cierto me había dejado en Madrid ya que tenía planes de comprarme todo tipo de cuadernos y objetos de papelería durante el viaje), pues no tengo ninguna nota sobre el mismo y no puedo comentárosla ya que no recuerdo nada especial del libro.

Al día siguiente de la llegada, el primero en el que más o menos hay que decidir qué hacer ya que el día de la llegada entre instalarse, bajar a tomar las cervezas de rigor para habituar el organismo al excesivo nivel de gas de las cervezas americanas (frente a las españolas) y después de haber dado unas cuantas vueltas de reconocimiento por las proximidades del apartamento para ubicar un par de sitios en los que tomar café, e incluso realizada esa primera compra necesaria que debe incluir al menos leche y galletas para el desayuno de Alicia pero que se acaba complicando con Coca cola para Helena, antiácidos para mí y cervezas para Álvaro o, más bien para el por si acaso, junto con otra pequeña pila de productos básicos, fue Alicia la que propuso como primera actividad (tras un segundo desayuno) visitar Kinokuniya, algo que contó con la aprobación de todos, si bien por diferentes motivos y muchos de ellos alejados del verdadero propósito de una librería: los libros. Yo me oponía un poco a visitarla, pese a que para mí es una visita obligada no solo por los libros de autores japoneses, desconocidos para mí o – pedante que soy – los suficientemente conocidos como para estar entre mis favoritos, si no también por la sección de papelería que tienen en la planta baja y en la que hay verdaderas maravillas ya que me parecía demasiado pronto por la mañana y que acabaría cargando todo el día con una bonita pila de libros en la mochila, algo que quieras que no acaba resultando cansado, sobre todo si el plan es pasarte todo el día paseando.

En cualquier caso, donde hay patrón no manda marinero y donde hay sobrina o niños no manda un adulto y como además estaba verdaderamente cerca del apartamento pues allí nos dirigimos y salimos con unos más cargados que otros pero todos bastante encantados con nuestras primeras compras (algo que en general nos cuesta hacer, digo lo de las primeras compras: En mi caso ya tenía garantizada la lectura nocturna e incluso la matinal si decidia esperar a que todos estuviéramos listos para salir a pasear los próximos días (algo que al final solo hice algunos días porque la verdad es que los ritmos de levantarnos y arreglarnos entre los Villacis – representados por Álvaro y Alicia – y los Reig – representados por Helena y yo mismo – son no ya distintos, si no tal vez opuestos y algunos días me marchaba solo a recorrer la ciudad para darles unas cuantas horas de margen).

En cualquier caso, volviendo a los libros, en Kinokuniya solo suelo comprar autores japoneses que no se encuentran fácilmente en mis otras librerías de referencia y de hecho suelo fijarme bastante en esto por lo que cuando estaba eligiendo que libro de los que había comprado iba a leerme me sorprendió mucho haber cogido uno de una autora francesa: How to behave in a crowd, ya que no le veía el sentido (bueno, salvo que el titulo me fascinaba) ya que tenía pinta de estar traducido al español e incluso de no ser difícil de encontrar en alguna de mis librerías de referencia de Madrid. Supongo que lo compre por conocerme un poco a mí mismo y por saber que jamás me acordaría del nombre de la autora o del nombre del libro para buscarlo más adelante y que dependería de la suerte de volver, o no, a encontrármelo y con una traducción del título que me pareciera igual de tentadora o incluso con una portada tentadora. Me ha parecido un libro excelente, sencillamente: excelente, lo he leído con verdadera satisfacción y pese a que no pueda ofreceros ninguna frase o reflexión del mismo ya que pese a haber comprado unas libretas preciosas en Kinokuniya y a haberlo leído tranquilamente en el apartamento sin que nadie me juzgara de psicópata por tomar notas – bueno, salvo mis familiares presentes, que ya saben que lo soy y por lo tanto no me juzgan, ya están aburridos de hacerlo – no he tomado ninguna nota del mismo. La vagancia vacacional o mi miedo patológico a empezar las múltiples libretas y cuadernillos que me compro son la única razón para que no pueda ofreceros nada de su contenido. Si tengo razón y lo veis en español, no me atrevo a recomendároslo pero a mí me ha gustado mucho.

Otra de las actividades – tradiciones – en NYC es ir a pasar el día a Brooklyn, siempre con la intención de que nos guste pero sin conseguirlo nunca (bueno, salvo la vez que quedamos con Katherine que a mí me encanto todo, incluso Brooklyn) para después de pasar varias horas en distintas tiendas de discos – últimamente también a petición de Alicia que cada día es más hípster y Rough Trade es uno de sus sitios favoritos – paseando por las escasas calles habitadas y por varios descampados industriales, tomar unas cuantas cervezas mientras hacemos tiempo para ir a Peter Luger a tomar una ensaladita (tomate, cebolla y una raja de beicon de ,media pulgada de espesor), un Porterhouse y meter la cabeza de Alicia en un gigantesco cuenco de nata, todo bajo la atenta mirada de los antipáticos camareros del lugar que ya empiezan a recordarnos y a los que su carácter antipático (grumpy, creo que es el termino más empleado por los críticos gastronómicos locales para describir a los camareros) no les impide echarse unas risas con nosotros.

Esta tradición, que es algo más compleja que lo indicado, incluye ahora – desde el año pasado, creo – el visitar la librería WordBooks que tiene una buena sección infantil de forma que Alicia y yo acabamos saliendo cargados de la misma tocándonos normalmente cargar con las compras ya que el repartirlas nos obligaría a aceptar parte de las dos toneladas de discos que Álvaro acabara comprándose a lo largo del día en las distintas tiendas de discos que hay que visitar y la verdad es que tampoco compramos tanto ya que es una librería pequeñita.

Entre los libros que compre esta The Nix, que el año anterior parecía ser de lectura obligatoria ya que estaba en todas las librerías, razón por la que posiblemente no me lo compre pero que este año no había visto hasta ahora por lo que decidí darle una oportunidad a la edición en rustica (paperback) que siempre es más barata y notablemente más ligera (algo a considerar cuando uno es paseante). Se trata de un libro entretenido, posiblemente un poco más largo de lo necesario, pero creo que no tan bueno como para la exposición mediática a la que estuvo sometido el año pasado ni tampoco para los elogios que parece haber tenido de la crítica, aunque creo que parte de estos elogios se deben a un inevitable corporativismo ya que uno de los personajes centrales es un escritor, aunque puede que no sea por eso y que si tenga una mayor intensidad para los americanos ya que parte de la acción se sitúa en las revueltas estudiantiles de los sesenta. En cualquier caso me quedo con la reflexión de que “sometimes we ‘re so wrapped in our own story that we don’t see how we’re supporting characters in someone else’s”,  que podría tener como corolario una explicación de por qué es tan difícil escribir historias de uno mismo, o porque cuando las cuentas siempre hay alguien que dice que eso no es verdad,  ya que aunque uno sea el protagonista de sus propias historias, de las que cuenta, todas esas historias están llenas de personajes secundarios que seguramente se consideran protagonistas de esa misma historia, normalmente de una versión diferente de la misma historia.

La verdad es que en este viaje he tenido un poco de mala suerte ya que en el apartamento en el que estuvimos, afortunadamente solo en mi habitación, parece que había algún tipo de bicho, o una colonia inmensa de bichos, que me picaron bastante y que o bien eran ligeramente venenosos o yo soy alérgico a sus picaduras por lo que al cabo de un par de días estaba bastante cubierto de picaduras que al día siguiente hacían ampolla y se estallaban dejandome con el aspecto de un yonqui de los ochenta, o de un leproso de la edad media, cubierto de pústulas y con brazos y piernas hinchados. Al final por insistencia familiar fuimos a visitar a un farmacéutico (farmacéutica realmente) que puso una cara bastante sorprendida e incluso diría preocupada, recomendándonos encarecidamente que fuéramos a un médico, e incluso insistiendo en ello alegando que más que una medicina eso requería un especialista. Como yo ya había cedido bastante en cuanto a ir a preguntarle a un farmacéutico por unas simples picaduras al final conseguimos llegar a un acuerdo para que nos recomendara una pomada y olvidáramos, al menos de momento, lo del médico. Y aquí viene el poco de mala suerte ya que parece – tengo pendiente ir al médico para que me lo confirme – que soy alérgico a la pomada que me recomendó ya que cuanto más pomada me daba más se me hinchaban no solo las picaduras si no las zonas cercanas a las que había llegado la pomada. La verdad es que era difícil distinguir si eran las picaduras o la pomada ya que, salvo alivios temporales, la cosa había ido a peor desde el principio y solo cuando un día después de haber empezado a echarme la pomada prácticamente no podía levantar los brazos decidí dejar de echarme la pomada (pese a que había prometido echármela). Afortunadamente las cosas mejoraron en cuanto incumplí mi promesa y deje de echarme la pomada, si bien no notablemente si lo suficiente para poder culpar a la pomada de este incidente y para poder volver a levantar los brazos. Ya digo, un poco de mala suerte que además me hacía sentirme como el personaje de The Nix, ese que

“He longs for someone in the crowd to see the haunted expression he’s sure is playing all over his face right now and come up to him and say, You seem to be experiencing overwhelming pain, how can I help you? He wants to be seen, wants his hurts acknowledged. Then he recognizes this as a childish desire, the equivalent of showing your mom a scratch so she can kiss it. Grow up, he tells himself.”

Solo por unas picaduras de insectos estaba buscando un apoyo infantil; y yo que pensaba que ya estaba crecido, que ya era todo un hombre que podía soportar unas cuantas picaduras de insectos sin tener que buscar el consuelo en los demás. Parece que no, parece que sigo necesitando la aceptación o la compresión, e incluso ya puestos dar un poco de envidia con esta foto de mis compras literarias y por lo tanto de mis futuras lecturas:




El gran salto – Jonathan Lee
How to behave in a crowd – Camille Bordas

The Nix – Nathan Hill

sábado, 7 de octubre de 2017

Comentario de Textos - Septiembre 2017

Estaba preparándome para empezar a escribir sobre lo poco que he leído este mes: colocando los libros para intentar recordar de que iba cada uno y buscando la libretilla que me regalo mi hermana y en la que tomo notas para intentar completar estos recuerdos que se me borran continuamente cuando… me ha entrado una crisis al no encontrar la libreta por ninguna parte. Una crisis total ya que sin mis notas, mis recuerdos de los libros que he leído, incluso de los que acabo de terminar (o de no terminar) son mínimos, o incluso menos que mínimos, si esto es posible (algo que no tengo muy claro). He revuelto mis montones de papeles, he mirado por todas partes y ya había llegado a la conclusión de que estaba irremediablemente perdida cuando, como pasa siempre en estos casos, he dejado de buscarla y ha aparecido delante de mis narices, justo en el sitio en el que suelo dejarla pero que nunca recuerdo.

Localizada la libreta me doy cuenta de que tampoco era una perdida tan grande ya que solo he tomado notas de uno de los tres libros que he leído este mes. Solo tengo notas de Rumbo al Mar Blanco y si bien no necesito las notas para recordar que me ha parecido un libro excesivamente complicado de leer, que he leído, hasta donde he podido, con un cierto aburrimiento aunque como somnífero me ha parecido estupendo y creo que durante un par de semanas he tenido que despertarme para no clavármelo mientras dormía tras habérseme caído de las manos, si las necesito, en cambio, para recordar algunas citas del mismo que me han llamado la atención. La primera estoy seguro de que podría aplicarse a este libro y creo que es algo que sospecho les ha pasado a muchos escritores (o al menos debería haberle pasado a muchos, o por lo menos a los escritores que también son lectores, al menos en el principio de su carrera): “Si hubieras pasado, como yo, por la experiencia de escribir un libro para descubrir luego que ya lo había escrito otro, y mejor que tú, entonces tendría motivos para el fatalismo”. Supongo que, además, es uno de los motivos por los que muchos lectores ni siquiera pensamos en la posibilidad de escribir; todo lo que se nos ocurre creemos que ya lo ha escrito alguien mejor que nosotros y claro, para que ponerse a escribir si al final vamos a descubrir que eso ya estaba escrito, que alguien no solo se nos había adelantado, lo había hecho mejor, si no que además estamos demostrando nuestra incultura por no haberlo leído antes y dañando nuestra vanidad que al fin y al cabo es el principio básico de la escritura: la vanidad de que lo que quieres (tienes, para algunos muy volcados en su oficio) contar es único, original e interesara a todo el mundo. Algunos lectores vencen este miedo, vencen también el miedo a la página en blanco, se convierten en escritores y nos proporcionan algo nuevo. Otros, lo intentan y no lo consiguen; otros por citar reproduciendo una cita de Kafka que inicia un capitulo son “… como un patinador novato, un novato que, además, practica en un sitio donde está prohibido patinar”.

Ojo, que no digo que sea el caso, y que el libro sea malo, aunque a mí a ratos me lo haya parecido pero solo porque se trata de un libro “denso, denso” y estoy casi seguro de que me he perdido muchas cosas e igual hasta es una obra maestra (como parecía pensar su autor) pero como dice el propio autor se me ocurren, al menos, dos opciones: “Primero, que lo que pudiera parecer sobrenatural, puede ser en realidad infra normal, quiero decir con esto que un hombre medio desquiciado por una serie de coincidencias inexplicables tiende a pensar que significan algo, y tener razón. Pero lo que significan en realidad es que su apasionada atribución de un significado a tales coincidencias ha despertado en el mundo infra normal un entusiasmo similar por producirlas” o tal vez “Tercero, que nuestra falta de inteligencia no es una medida de la inteligencia misma.” (Las otras dos que cita el autor no vienen al caso).

Aunque seguro que ya todos sabéis que soy un poco (o más que un poco) snob, sin llegar a ser (espero) oyente de las caras b de singles solamente editados en Japón, confesare públicamente que hay libros que me he negado a leer solamente porque han alcanzado una fama y una especie de consenso universal que me parecen altamente sospechosos. Uno de los últimos de esta categoría es Patria, que por muy bueno que pueda ser, me da una pereza enorme ponerme a leerlo; algo parecido me paso con Crematorio de Chirbes que afortunadamente ya había leído antes de que le llegara la fama televisiva ya que es posible que se me hubieran quitado las ganas de leerlo, que sin estar entre los mejores de Chirbes (ni con mucho) es suficientemente bueno para merecer la pena vencer esta pereza; y también me paso con Gomorra la novela que le dio fama mundial al autor de La banda de los niños y a la que decidí darle una oportunidad en mi última visita a mi librería de referencia de la capital (ya sabéis, la librería Méndez de la calle Mayor), oportunidad  que no estoy seguro de que le hubiera dado en mi librería de referencia extra capitalina (que os recuerdo, porque me llegan rumores de que no la visitáis lo suficiente – aunque parece que más que yo - es la librería Fuenfría de Cercedilla).

Ya que andamos de confesiones, os diré que normalmente me gusta mucho mas el segundo disco de un grupo que el primero (también me suele gustar más la cara B que la cara A) y que de hecho creo que un grupo es excelente si su segundo disco es mejor que el primero; si es igual o peor ya me entran dudas sobre su calidad. Si bien al parecer esta no es su segunda novela he de reconocer que me ha confirmado que, seguramente, hice bien en no leerme las anteriores o por lo menos la que le dio fama. Me ha parecido sencillamente una mala novela, sin ningún interés, sin ninguna credibilidad (aunque obviamente yo no sé nada sobre la iniciación a bandas infantiles / juveniles en Napoles, por lo que puede que todo sea muy creíble, o incluso cierto, a mí me parece una patraña insostenible) y sin nada especial por lo que recordarla: no, ni siquiera es tan mala como para recordarla.

Recordarán tu nombre la empecé a finales de mes y en esta primera semana de octubre seguía leyéndola hasta que me he rendido, me he rendido completamente a la evidencia de que a mí me gustan las novelas, no la historia, y por mucho que el autor intente convencerte en las primera páginas de que es una novela y no un libro de historia, e incluso durante un par de capítulos hasta llegues a creértelo, se trata de un libro de historia (puede que de historia imprecisa, eso me siento incapaz de juzgarlo, y que algunos hechos no sean exactamente historia; pero eso no lo convierte en una novela). En cualquier caso creo que sí que es una historia interesante – si te gusta la historia – ya que se centra en los inicios de la guerra civil, en Cataluña y en el papel de la Guardia Civil de Barcelona enfrentándose a la sublevación militar. Resulta cuando menos de actualidad – por comparación – y para mí ha sido una sorpresa saber que la Guardia Civil de Barcelona se opuso a la sublevación, que se opuso lo suficiente como para que no triunfara, que en gran medida fue la responsable de mantener a Barcelona en el bando republicano (el bando de la legalidad en aquel momento). Supongo que es algo que debería saber, que todos deberíamos saber, pero que creo que tras muchos años de una imagen de cuerpo represor y franquista que todos hemos asimilado en nuestro imaginario colectivo para la Guardia Civil resulta bastante increíble, casi como una ficción totalmente inventada, el imaginarse, al menos a parte de, la Guardia Civil, como sostenedora del orden republicano (en general como sostenedora del orden que corresponda, ya sea el republicano, el constitucional o, desgraciadamente, el franquista). Solo por eso creo que merece la pena haber leído al menos tres cuartas partes del libro e incluso, si no odiara yo tanto la historia, posiblemente el leerlo completamente.

En fin, esto ha sido todo por este mes de escasas lecturas (más escasas si consideramos que dos de ellos no he conseguido acabarlos). Probablemente esta semana me acabe mi última compra en mi librería de referencia, en un par de vuelos, y en breve espero estar visitando mis librerías de referencia ultramarinas, ya que me marcho a NYC a pasar unos pocos días.

Bueno, espero que sean unos días, aunque si al final estalla esa guerra civil que los dos bandos catalanes y españoles parecen empeñados en provocar es posible que aproveche y pida asilo político en NYC, algo que – salvo por la parte de una contienda fratricida (la historia de España es como la morcilla, que decía aquel) – no me parece un mal plan; de hecho me parece una gran excusa para que me lo concedan.

PS: la verdad es que tenia la intención de meterme en algún berenjenal y hacer algún comentario sobre el "process", la cortedad de todos nuestros políticos,  los referéndum (especialmente el de Quebec, donde por cierto las bolas de billar no son de marfil - o imitación - si no de plástico, y no veas como rebotan) , el cumplimiento de la ley, la equiparación de esta desobediencia con otras desobediencias civiles, la violencia policial esa "tan brutal", o la estupidez en general pero... no quiero poner en peligro mi solicitud de asilo político y tampoco quiero aburriros mas de lo necesario. Si eso, ya lo comentamos otro día.

Rumbo al mar blanco – Malcolm Lowry
La Banda de los niños – Roberto Saviano

Recordarán tu nombre – Lorenzo Silva

domingo, 24 de septiembre de 2017

Comentario de Textos - Agosto 2017

Podría empezar justificándome e inventándome alguna excusa para explicar, explicarme a mí mismo, como he llegado a estas alturas del mes de septiembre sin haber encontrado tiempo para escribir mi comentario de mis lecturas de agosto pero la verdad es que llegado a este punto del mes casi es mejor que no me entretenga porque o consigo escribir estas notas hoy, o ya me será prácticamente imposible escribirlas ya que se acerca peligrosamente el aniversario del Wurlitzer

¿Qué tendrá que ver una cosa con otra? Igual os preguntáis los más inocentes de vosotros, almas de cántaro; otros, los más centrados entenderán perfectamente que con casi una semana entera de conciertos y celebraciones lo que no este escrito antes de que empiecen las mismas ya no será escrito a tiempo.

La simple idea de que igual puedo utilizar alguna mañana de resaca para escribir estos comentarios es solamente propia de alguien que no me conozca, que no conozca la resaca o que no se conozca a sí mismo. No, me temo que no hay tiempo para excusas ni para más introducciones y zarandajas ya que en breve recogeré a mi sobrina para comer con ella – mi excusa, o mejor dicho, mi colaboración, además de la prescripción de mis médicos, para no ir a comer con, desgraciada y científicamente inexplicable, mi inmoral abuela – y ya casi me quedare sin tiempo de hacerlo.

Además, ahora que veo mi pila de libros, creo que las excusas las necesitare en octubre para explicar mi escasez de lecturas de este mes de septiembre, a menos que decida – según vaya de tiempo – auto engañarme y pasar algunas lecturas de agosto a septiembre. Ya veremos, si eso, ya os lo cuento otro día.

Como ya os he comentado a principios de agosto me fui una semana larga a Brasil por temas de trabajo y previsoramente – teniendo en cuenta la duración de los viajes y el potencial aburrimiento de estar en cuasi-ciudades de provincias lejanas en tierras extrañas – había metido un par de libros gordillos y sin empezar en la mochila. Si, que pasa yo viajo de mochilero; bueno, realmente viajo con una especie de petate marinero de la marca Stetson – (exactamente sobrino, la misma que la de los sombreros; que tu tío es muy elegante cuando le apetece) que solo podría ser clasificado como de mochilero, si existiera el concepto de mochilero elegante o de lujo; concepto que seguramente ya exista como ese del camping de lujo.

La sustancia del mal, no es que tuviera muy buena pinta pero tenía la ventaja de que eran casi quinientas páginas de novela teóricamente entre negra y de terror (digo, por la comparación que hacían con Stephen King y Jo Nesbo, irrespectivamente añado, aunque sea un apalabra inexistente e innecesaria ya que bastaría con cambiar el orden de los dos para poder usar respectivamente, palabra que si existe, pero hoy me siento creativo hasta el punto de la indiferencia por el lenguaje). Su gran virtud: que se deja leer bien, es entretenido y no hay que prestarle demasiada atención ya que es de esas novelas en las que todos pueden ser culpables y al final el culpable es el que el autor se ha empeñado en hacer parecer como el más inocente, intentando que nos caiga bien y desviando las sospechas de él todo el tiempo. Su gran defecto: precisamente lo mismo, que no tiene nada especial. Una buena novela para leer en el verano con la mitad del cerebro apagado o para leer en un avión entre comida y comida con el cerebro un poco abotargado. A un nivel personal, por aquello de que pasa en unas montañas, me hizo acordarme de Barcina – que ahora se ha vuelto montañero, más de pasear que de escalar, pero con la misma dedicación, casi obsesiva, que le dedica a todo y que, entre otras cosas, le llevo a ser el número uno de la promoción – y más concretamente de que hace demasiado que no quedamos a comer. Algo a lo que tendré que poner remedio un día de estos, más pronto que tarde, invitándole a mi restaurante vegetariano favorito (myveg) donde acertadamente consideran que las pochas (sin chorizo, pero con panceta) son un plato muy adecuado para los come-verduras. Para los que os habéis asustado al oir que tengo un restaurante favorito vegetariano he de decir que una vez que fuimos con un vegetariano talibán y tras someter a un tercer grado al camarero se quedó prácticamente sin comer ya que todo tenía algo que no encajaba en los principios morales de su dieta (como decía mi padre “en el pecado, llevas la penitencia” que era una de las frases que usaba siempre que nos veía, por lo menos a mi) con una buena resaca. Para los que os habéis asustado ante la simple idea de que conozca un restaurante especializado en verduras, y os han dado escalofríos cuando he añadido favorito, como si conociera más de uno, solo puedo tranquilizarlos y recordaros que el cero también es un porcentaje (como el que de fruta tienen algunos zumos de frutas).Pero divago, ya, si eso, hablamos otro día de las verduras, de los dichos de mi padre, de mis resacas o incluso de matemática avanzada como los porcentajes o la regla de tres (la del nueve la dejaremos para más adelante que igual os parece tres veces más difícil)

En un vuelo de la duración de un Madrid – Sao Paulo creo que me habría acabado sin problemas una novela de quinientas páginas ya que me es casi imposible dormir en vehículos en movimiento (en parte porque si hay un accidente, no me gustaría perdérmelo, y en parte por experiencias pasadas que no viene al caso rememorar). El hecho de que no me la acabara indica que no me engancho lo suficiente (un requisito fundamental de una novela de este tipo) aunque también hay que considerar que era un vuelo nocturno, en los que inevitablemente apagas un poco más de la cuenta el cerebro por lo que igual no todo es culpa de la novela y ya que viaja solo es posible que echara alguna cabezada, aunque lo dudo mucho.

Después de acabarme este libro, ya en Brasil, empecé a leer Los casos de Horace Rumpole, abogado, novela que ya por su título uno sospecha que va a ser inglesa, inglesa y divertida a la manera inglesa. Esta sospecha inicial se convierte, entre sonrisa y sonrisa, en una certeza y sencillamente uno se da cuenta de que no se puede ser más inglés, o más británico. Vale, puede que se pueda ser más inglés – ahora mismo se me ocurren algunos ejemplos, incluso de no ingleses que son igual de ingleses, pero tampoco tengo tiempo para este debate (para eso está la sección de comentarios que por lo poco que comentáis empiezo a sospechar que igual no habéis visto).Aunque no recomiendo libros yo me apunto el nombre de Mortimer en mi cerebro para intentar leer algo más suyo si consigo acordarme de que lo he apuntado cuando ande de compras ya que siempre viene bien sonreír e incluso reír (no, no citare a Sterne que no quiero copiar a mi hermano y ya sabéis todos a que me refiero. Si no, pues a leer a Rafa o a Sterne, cuando acabéis esta entrada).

Pese a que solo había llevado dos libros – que me parecían pocos para tanto viaje – no estaba espacialmente preocupado ya que confiaba que en Sao Paulo habría al menos una librería internacional en la que comprar algún libro en inglés para los últimos días o para el viaje de vuelta. Dicen que la inocencia es lo último que se pierde, aunque en mi caso parece que es la estupidez ya que o bien no había ninguna librería internacional en todo Sao Paulo o mi enfado porque todas las tiendas cerraran el domingo, como si hubiera hecho un viaje al pasado, me impidieron encontrarla. Así que como un auténtico estúpido me enfrentaba a un viaje de diez horas – esta vez diurno – sin nada que leer y con la única esperanza de encontrar algo en la librería del aeropuerto.

En principio no se trataba de una situación preocupante hasta la angustia ya que mi vuelo salía de un aeropuerto internacional – ya había cogido el vuelo local un par de días antes – por lo que mal se tenía que poner para que no hubiera un bestseller o un clásico apetecible en inglés. En mi primera vuelta de reconocimiento a las tiendas del aeropuerto empecé a angustiarme un poco ya que la oferta estaba un poco, o notablemente, por debajo de lo esperado, que no de lo esperable si pensamos, por ejemplo, en el aeropuerto de Barajas.

En mi segunda o tercera vuelta de reconocimiento por fin la editorial Penguin y mi enciclopédica incultura vinieron a salvarme y localice In Dubious Battle, libro que estaba casi seguro de no haber leído (además de bastante escondido) ya que si bien de Steinbeck soy capaz de nombrar más de un título, incluso en inglés soy capaz de nombrar dos (igual que casi todos), no recordaba ninguno más que esos dos que todos conocemos y que sabemos que no se titulan ni parecido en español. Así que decidido, ya tenía lectura para el avión de vuelta y ya podía tomarme una cervecita tranquilo a la espera de leer sobre huelguistas en la América de la gran depresión cuando todavía se podía ser comunista en América, cuando era todavía más necesario ser comunista en América o cuando cualquiera que no estuviera completamente a favor del capitalismo era considerado comunista (como lo queráis ver).

La parte de la lucha social, que a mi me ha interesado poco (en este caso) es posiblemente la que ha hecho que un libro como este esté editado en Penguin – con categoría de clásico, aunque no estuviera entre los que yo conocía – y parece que también era el motivo por el que la editorial no tenía muy claro editarlo (como me informo el prólogo, que acabe leyendome) ya que pensaba que crearía mucha controversia (al parecer lo hizo y fue muy criticado, pero extrañamente no por los capitalistas – como temia la editorial – sé no por los comunistas que no se sentían reflejados adecuadamente y que consideraban que se les trataba de, como decirlo, panfletarios, sectarios, insensible y obvios). La verdad es que se lee bien y está lleno de observaciones con las que coincido: “you can’t make a general rule of it, because sometimes it flops, but mostly a guy that tries to scare you is a man that can be scared” que no solo contiene una importante verdad sobre las reglas generales si no que es aplicable a muchos otros comportamientos de las personas, no solo a las que intentan intimidarte, ya que la gente suele pensar que todos funcionamos igual; algo que, al menos a mí, siempre me ha servido para relacionarme con el resto del mundo entendiendo las debilidades que no confiesa la gente de sus comportamientos.

Pero, con todo la mejor parte es la explicación que un viejo piquete le da  a uno nuevo sobre uno de mis temas favoritos: “You ought to take up smoking. It’s a nice social habit. You´ll have to talk to a lot of strangers in your time. I don’t know any quicker way to soften a stranger down than to offer him a smoke, or even ask him for one. And lots of guys feel insulted if they offer you a cigarette and you don’t take it. You better start”, y no, no me estoy refriendo al fumar como uno de mis temas favoritos, si no a cómo han cambiado la percepción de las cosas: cosas que antes estaban bien, como fumar o intentar ser inteligente y culto, ahora son hábitos de los que la gente casi habla con dolor, como lacras, y prefieren dedicar todos sus esfuerzos e incluso presumir de lo que antes eran capacidades negativas. Sí, me hago viejo a pasos agigantados – probablemente a causa del tabaco – y cada día entiendo menos el mundo y menos aún a los que ya no son mis contemporáneos, aunque vivamos en la misma época.

Ya de vuelta en Madrid me decidí por Angeles en llamas, que parecía una prometedora novela policiaca, escrita por una mujer, ya que aunque no tengo ningún interés en que mi librería sea paritaria, es algo a lo que le presto la misma atención que a la de que parte de mis escritores sean calvos (calvas), rubios (o rubias), morenos (morenas) o pelirrojos (pelirrojas) entre otros criterios de paridad de vital importancia en estos días. Aclarado este punto supongo que mi afirmación de que no me ha gustado nada me hará parecer un machista total. Seguramente no debería haber comentado nada sobre la identidad sexual de su escritora pero “a lo hecho, pecho” (pecho varonil, me refiero. Que tampoco quiero ganarme un galardón de machista que, creo, otros se merecen más). Incluso siendo una mala novela, tiene alguna frase buena: “Nada hace saltar a por los aires la realidad de nuestras buenas intenciones como la propia realidad” pero que no justifican la simpleza de la novela, la mala escritura (o la mala traducción, que uno nunca sabe) y menos algunos errores de bulto que creo hay en parte de la trama.

He de confesar que cuando compre El juicio de Sören Qvist, lo hice sin fijarme mucho y solo porque las novelas sobre juicios siempre resultan divertidas, o en su defecto entretenidas; concretamente lo hice sin fijarme en que estaba editado por una editorial creada por Javier Marías y sin calibrar este hecho en su justa medida: una novela elegida por alguien cuya foto debería ilustrar la entrada de pedantería en, por lo menos, alguna enciclopedia o diccionario enciclopédico, tenía pocas posibilidades de ser entretenida. Supongo que el hecho de que además fuera la última de una trilogía en editarse junto con el hecho de que tuviera dos apéndices que no iban sobre la novela si no que estaban para reforzar la vanidad del editor debería haberme hecho sospechar, si me hubiera fijado. Si tan solo me hubiera fijado me habría ahorrado leerla, me habría ahorrado las burlas/críticas de mi hermano y no me sentiría mal, como un completo cínico, cada vez que le digo a mi sobrina “hay que fijarse, Alicia. Hay que fijarse”.



Aunque creo que la termine ya empezado septiembre incluyo este mes la lectura de La muerte espera en Herons Park, ya que incluso con el poco tiempo trascurrido ya casi no la recuerdo. Bueno, estoy exagerando: si la recuerdo pero la verdad es que tampoco hay mucho que recordar a que se trata de una investigación de asesinado en un entorno aislado (un hospital militar) que recuerda demasiado a las de Agatha Christie: todos los personajes tienen razones para cometer el crimen (Orient Express) pero los mas sospechosos pues van muriendo o por lo menos los intentan asesinar (Diez Negritos). Una lectura entretenida pero poco mas.

La sustancia del mal – Luca D’Andrea
Los casos de Horace Rumpole, abogado – John Mortimer
In Bubious Battle – John Steinbeck
Angeles en llamas – Tawni O’Dell
El juicio de Sören Qvist – Janet Lewis
La muerte espera en Herons Park – Christianna Brand