Este mes ha sido un mes raro en lo referente a mis lecturas,
ya que aunque al final de esta entrada aparezcan cuatro libros – que no es una
mala medida – la verdad es que este mes solamente he leído dos y medio. Podría
culpar a ese último medio, ya hablaremos luego de él, de que mis lecturas hayan
sido escasas; en parte seria cierto pero no sería estrictamente justo. La
verdad es que he pasado un mes bastante descentrado de todo salvo, tal vez, de
ver series de televisión en streaming
como si intentara reivindicar mi época más hípster,
ya sabéis aquella en la que me hice con un macbook
y aproveche para empezar este blog.
He visto unas cuantas series como “The man in the high
castle”, basada en la novela de Philip K. Dick y cuya estética es impresionante
aunque han alargado excesivamente la historia y pierde bastante del punto de
sorpresa de la noval original; “Fadua” una extraña serie israelita sobre los
servicios de inteligencia, un poco al estilo 24 pero sin tanta producción; “Paranoia”
que s una muy curiosa serie policiaca inglesa en la que los alemanes quedan
retratados como una pandilla de hippies trasnochados y en la que los policías británicos
al no llevar arma tienen bastantes problemas a la hora de perseguir a los
malos; y por supuesto ahora mismo ando
cada semana a la espera del nuevo capítulo de “American Gods” para disfrutar
con las alucinaciones de Neil Gaiman, algunas de las cuales son convertidas en imágenes
con mucho acierto y otra con menos (no, no me he enganchado a “Twin Peaks”, ni
siquiera he visto ningún capitulo. No porque sea un hípster a la antigua usanza si no porque soy incapaz de resolver
los problemas de conexión entre los distintos cacharros que me permitirían verla
en mi televisión: vamos que porque aunque quiera ser un hípster sigo siendo básicamente
un torpe con algunas cosas).
De una forma elegante podría decir que he tenido un mes “visual”
pero para que nos entendamos todos lo que he tenido es un mes de vago dedicado
a contemplar la televisión, intentando atrofiar (o desarrollar, que este punto
nunca lo he tenido claro) mi imaginación ya que, como cantaban aquellos que
parece que ahora están de moda: “la televisión
es nutritiva”.

Con todo he de reconocer que mi mes de lector empezó bastante
bien, con su correspondiente visita a la reformada librería Méndez de la calle
Mayor, pero lamentablemente con el aplazamiento, una vez más, de la necesaria
visita a la librería Fuenfría de Cercedilla y con la adquisición de
Bull Mountain que ha sido un
descubrimiento. Es una novela muy buena, con una historia clásica de una dinastía
familiar – una dinastía de paletos
fabricantes de licor casero y metidos al tráfico de drogas, pero que son la
realeza de las montañas de esa América verdaderamente profunda – con sus odios
irreconciliables entre hermanos que empieza con no solo empieza con un de esas
escenas que te enganchan si no que mantiene el tipo a lo largo de todo el
libro. Muy entretenida y bien escrita, tanto que cuando Helena me pidió un
libro reciente en español, no dude en dejársela y ahora, además de mi opinión,
cuento con dos más, la suya y la de Álvaro, y todas positivas. Otro tipo de
persona no dudaría en recomendarla. Yo, como ya sabéis, no recomiendo por lo
que me abstengo.

Si bien mi primera elección fue acertada, la segunda, como
me temía incluso al realizarla, resulto bastante decepcionante ya que se supone
que
El motel del Voyeur es una
historia real sobre las practicad de voyeur que un dueño de hotel le cuenta a
Gay Talese y que el prácticamente hace poco más que transmitir. La verdad es
que a mí las historias reales me importan en general entre poco y nada, y que
de hecho prefiero que todo sea inventado. No sé porque pero, para mí, las cosas inventadas además de más
entretenidas son incluso más creíbles. Puede que yo sea un tipo raro, no lo
dudo aunque se me hace extraño ya que precisamente yo soy, para mí, la medida
de la normalidad, pero vete tú a saber. El caso es que si bien algún otro libro
de Talese que he leído – un recopilatorio de crónicas deportivas, creo, y puede
que incluso el de la mafia – sin llegarme a emociona no me habían disgustado
este me ha parecido muy flojillo, y eso por ser cortes que está más cercano a
infumable.

Supongo que mi hermana tiene razón y que más que además de
haber empeorado mi memoria lo que realmente ha empeorado es lo poco que me fijo
en las cosas. Solo así se explica que en la misma compra añadiera otro libro,
El banquete celestial, que pasara en
una América profunda, o más bien en el oeste americano, por supuesto sin ser
consciente de este hecho en el momento de su compra. Con ciertos parecidos, en
especial esa América del salvaje oeste, pero con muchas diferencias en este
libro también hay una pequeña saga familiar en la que unos hermanos, tras la
muerte de su padre, se enfrentan de distintas formas y con el apoyo de la
referencia de un libro de aventuras a un viaje que les lleva a conocer a
personajes variados. Ni bueno, ni malo el libro se deja leer e incluso en
algunos momentos resulta gracioso aunque desgraciadamente sin mantener el tono,
el ritmo, o como se llame. Para mi lo más divertido es la figura de un “Inspector
de saneamientos” que es una figura que por razones profesionales obvias me
resulta divertida ver en una novela, si bien el carácter del personaje (un
pequeño dictador en su pequeña parcela de poder) resulta a veces cuando menos
ligeramente molesto, en el que lo son – desgraciadamente – muchos funcionarios
de rango bajo- medio.

Una cosa que, para mí y para muchas otras personas, resulta
un poco inexplicable es mi tendencia a comprar libros de algunos autores que,
sencillamente, sé que no me gustan pero a veces no puedo evitarlo. Diría que en
parte es porque se me olvida lo poco que me gustan, incluso a veces lo mucho
que me disgustan, y en parte porque si le gustan a alguien que me cae bien
siempre creo que debo de darles otra oportunidad, independientemente de cuantas
oportunidades les haya dado y de cuantos libros suyos me haya visto a dejar a
medias. Este es exactamente lo que me ha pasado con
La Voz del Amo, que si bien conseguí que una vez me gustara un
libro del autor todas las otras veces que he intentado leerlo me ha parecido
sinceramente insoportable, tanto es así que no consigo entender como a personas
que me caen bien y de cuyo criterio me fio puede gustarle Stanislaw Lem.
Sencillamente no lo entiendo, sencillamente creo que es insoportable y este ha
tenido bloqueada mi capacidad lectora durante muchos días, empujándome en gran
medida hacia la televisión, hasta que hoy con motivo de escribir esto he decidido
retirarlo de mi mesita de noche y negarme a seguir. Me he dado, una vez más por
derrotado y aunque espero haber aprendido la lección me temo que cualquier día,
dentro de algunos años, vuelvo a caer en la trampa y vuelvo a darle una oportunidad.
En este momento, espero sinceramente que no sea así. Intentare mantenerme firme
a este respecto, lo prometo.
Lo dicho, un mes tranquilo en cuanto a lecturas y un poco
descentrado en el resto de aspectos pero que ya se ha acabado y ahora, mientras
dudo si acercarme esta semana a la feria del libro para intentar que al menos
se produzca la tradicional tormenta primaveral que me deja empapado y mitigue
un poco la sequía que se nos viene encima, o si engañar a algún conocido para
que me acerque a Cercedilla e ignorar la feria y condenar a la costa levantina
a un posible verano con restricciones de agua, miro una foto que un amigo del
colegio ha recuperado y en la que tenía prácticamente la tercera parte de mi
edad actual y de la que hace ahora casi treinta y cinco años y decido que aún
hay muchas historias que no he contado y que aunque no sean del todo mías, ni
la mayor parte de ellas totalmente verdad, igual me animo a contarlas.

Ya, si
eso, os la cuento otro día si alguno acierta la edad aproximada que tendría yo
en esa foto (que es un año menos de lo que dan los cálculos que os he puesto) o si alguno (no familia) reconoce quien soy.
Lecturas:
Bull Mountain – Brian Panowich
El motel del Voyeur – Gay Talese
El banquete celestial – Donald Ray Pollock
La Voz del Amo – Stanislaw Lem